106.
Inexplicablemente, Rubi era la que más afectada había quedado con la brutal respuesta de Yurba, tanto, que le costaba creer que el ejército, al que pertenecía su papá y su tío, se convertiría en una de esas antiguas bandas de salvajes y bandidos que asaltaban pueblos enteros arrasando con todo a su paso sin respeto por nada, matando viejos e infantes por igual y quemando sus casas. Era cruel e injusto atacar de esa manera a quienes no pueden defenderse. “Ya déjalo, Rubi, no hay nada que tú puedas hacer…” Le dijo Falena, con resignación, pero de inmediato se dio cuenta de la provocación implícita que había en esa frase. Esa era su hermana Rubi, y ella era decidida como un demonio cuando creía que debía hacer algo. Incluso su madre, que hasta ese momento se había mantenido en silencio y ajena a la discusión, se quedó con un “oh” en los labios al comprender lo que implicaba decirle a Rubi que no podía hacer algo. “Ya lo veremos…” Murmuró la chica entre dientes, justo antes de salir de casa con tranco firme, cerrando la puerta tras ella. Falena quiso saber adónde iba, pero no obtuvo respuesta, mientras Teté ya comenzaba a angustiarse por lo que fuera que su hija estuviera pensando en hacer. Falena tranquilizó medianamente a su madre, mostrándole las palmas de las manos y diciéndole que se encargaría de cuidar a su hermana, para luego salir de casa también a toda prisa. Dos minutos después, Rubi entraba con unos bultos en los brazos, los labios apretados e idéntica determinación en la mirada; golpeando la puerta tras ella con el pie y metiéndose a la cocina. Treinta segundos más tarde llegaba Falena de vuelta, media que sin aliento por haber estado corriendo de un lado a otro en vano, hasta notar que su hermana había regresado a casa por sí sola. Nuevamente quiso saber qué exactamente estaba pensando en hacer, pero esta la hizo a un lado con su implacable autoridad de hermana mayor. “¡Preparo la comida! ¿Qué te parece a ti que hago?” Le dijo, desembarazándose de ella como quién aparta un objeto que estorba. Era cierto, Rubi atizaba el fuego y picaba verduras, nada que pareciera atrevido o revolucionario, pero lo que le preocupaba, era lo que ocurría en su mente. Falena la cogió de una manga con rudeza, como pocas veces lo había hecho antes, para apelar a la intrínseca e inquebrantable complicidad entre hermanas. “Si estás planeando hacer algo, debes decírmelo, soy tu hermana y te apoyaré sea lo que sea…” Rubi la miró a los ojos por un rato, confiaba en ella pero no dijo nada, tal vez por la salud de los nervios de su madre que aún podía escucharlas, tal vez porque no tenía nada claro aún. “Lo que pienso hacer, es preparar un estofado de carne seca para comer.” Respondió. Falena asintió conforme y le liberó el brazo, el mensaje que podía descifrar en los ojos de su hermana era que podía estar tranquila por el momento, aunque podía notar que algo en ella se había encendido, algo grande y peligroso comenzaba a pulsar en su interior: un propósito.
“¿Cómo es que la vida se va tan al carajo, como para terminar aquí? en el hermoso valle de Tormenta de Piedras, montando caballos jorobados y viendo a unos pobres infelices cómo se pudren en vida un poco más cada día…” Comentó Batu, subiéndose a horcajadas sobre una piedra y mirando hacia el horizonte infinito mientras registraba sus prendas en busca de su pipa. Vadrid miraba en la misma dirección desde hacía rato sin que nunca hubiera nada nuevo que ver. “¿Cómo sigue Gisli?” Preguntó, sin apartar la vista de donde estaba mirando. Batu se examinó las uñas sin darle demasiada importancia a lo que vio. “A juzgar por la cara de Boma, yo diría que está en las últimas. Ya hace varios días que no caga.” Y luego de un momento de grave silencio, agregó. “Tú eres el siguiente, ¿lo sabes, no?” El viejo Trancas lo miró como al imbécil que suelta las peores bromas en los peores momentos, pero a pesar de la sonrisa socarrona de su camarada, éste no bromeaba del todo. “No el siguiente en morir, lerdo…” Aclaró. “El siguiente que reemplazará a Gisli como el jefe de Sera.” Trancas siempre fue un soldado de tropa, nunca comandó nada, y no creía que debía hacerlo ahora. “No tengo la antigüedad para tomar ese cargo.” Dijo, volviendo la vista hacia el horizonte. Batu sonrió al detectar un leve gesto taimado en su rostro. “Te gusta que te rueguen, eh. No se trata de antigüedad, sino de capacidad. Boma será el más antiguo aquí, pero es casi tan viejo como Gisli, además de que siempre ha sido un perro fiel, y los perros no se vuelven amos.” Trancas lo miró ofendido, no estaba siendo taimado, sino modesto, como debía ser un buen soldado que muestra sus méritos en combate y no hablando de ello. Pero antes de objetar algo, Batu se adelantó. “Como sea, no tienes elección, el viejo ya te echó el ojo y la decisión es suya.” Éste, de rodillas en el suelo, removía el lecho de la fogata en busca de una brasa para encender su pipa pero ya era tarde y estaba frío como un muerto porque nadie lo había alimentado en horas. Miró a su colega con cierto recelo en los ojos, pero regresó a su asiento resignado y en silencio, guardando su pipa de vuelta. Luego agregó. “Solo procura que los otros no se enteren de que le tienes pavor al fuego o lo usarán en tu contra a la mínima oportunidad.” Vádrid no le hizo ni caso. Nunca se lo confesó a nadie, pero era ingenuo pensar que nadie se daría cuenta en todo este tiempo. No podía negarlo, el fuego le aterraba, pero después de ver a sus camaradas ser consumidos hasta los huesos en una bola fuego blanco en segundos, quién podía culparlo.
León Faras.