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viernes, 13 de enero de 2012

Autopsia. Primera parte.

V


La penumbra se apoderaba rápidamente del pesado ambiente dentro de la casa de Horacio Ballesteros, contenida a duras penas por las escasas lumbres separadas como las primeras estrellas del ocaso. El cuerpo de Domingo aún permanecía sobre la mesa emulando una grotesca pieza de museo, su madre, en la sala de estar, se recupera de la impresión, pero no de la angustia, bebiendo agua con azúcar que María, el ama de llaves, le había traído, junto a ella el padre del muchacho se acicala el bigote una y otra vez sin entender del todo, por qué el cuerpo de su hijo guardaba un bebe en sus tripas. Él prefirió un whisky.

Para el médico, el enterarse de que su hija estaba embarazada había sido como un balde de agua fría, seguramente su largo bagaje en medicina ya le habría hecho notar tal estado en su hija, a pesar que recién se hacían evidentes los cambios en el cuerpo de Elena, sin embargo, si no lo había hecho aún, era simplemente porque no había querido verlo y la muchacha tampoco se lo había comunicado, más que nada porque no estaba segura de lo que le sucedía y una vez que estuvo, decidió hacerlo después de confesarse ante Dios. El padre Benigno, ya no dudaba de la confesión de la muchacha, es más, estaba convencido de que aquel embarazo provenía de los mismos sucesos anormales que habían engendrado un bebe en un cadáver, primero, y en un varón, en segundo lugar, y que ahora aquella aberración, cómo él había comenzado a llamarle, había obrado en el cuerpo de una mujer casta, lo cual el médico contradecía firmemente, “Eso no es posible, Benigno, ella no pasó por el calvario que sufrieron Isabel y Domingo”, para el sacerdote el argumento del doctor era increíblemente testarudo, “Dígame Horacio, ¿cómo está seguro que aquel calvario y el embarazo se relacionan?, después de todo, Domingo se recuperó de él, sin que aquello evitara que esa criatura apareciera en su interior”, el doctor no podía asegurar esa relación, pero buscó que su respuesta sonara convincente, “Pues es un hecho que ambos embarazos aparecieron de forma inequívoca, precedidos de los mismos síntomas”, el cura era un hombre culto, inteligente dentro de sus creencias, y que detectaba fácilmente la endeble base en la respuesta del doctor Ballesteros, “acaso insinúa que Elena miente, Horacio”, la muchacha intervino con vehemente angustia, el alivio que había sentido al saber que el sacerdote creía en su testimonio, ahora era puesto en duda por su propio padre, “¡no padre, no, yo te juro que no he estado con ningún hombre, te lo juro!”, Ballesteros se sintió de pronto atrapado, eso no era lo que había querido decir y ahora sentía que perdía credibilidad, “te creo hija, dijo acariciándole la mejilla con dulzura, te creo, de seguro hay una explicación para esto..”, Elena se puso repentinamente seria y tomó la mano de su padre entre las suyas, “quiero que me lo saques, no quiero esa cosa en mi interior”, el doctor palideció notoriamente, “no puedo hacer eso…”, “Padre, por favor, esa criatura es impura, ¡no la quiero!, ¡tienes que ayudarme!, ¡tienes qué sacarla!”, el doctor se negaba con toda la ternura que podía, “no me pidas eso hija, no puedo hacerlo”, el cura observaba la escena en silencio, pero con creciente suspicacia ante la tozudez del médico, “Padre…”, dijo Elena con una sonrisa forzada, queriendo mostrar convicción, “…no sentiré nada, puedes dormirme, lo has hecho antes, no sentiré nada”. Los ojos del doctor se humedecieron inexplicablemente y guardó silencio, la muchacha lo miró extrañada, su padre no era un hombre sentimental. Benigno decidió intervenir, “¿por qué no puede Horacio?”, el doctor tenía una mirada suplicante que no logró conmover al cura, “dígame, usted es médico, ¿por qué se niega a operar a su hija?”, el doctor susurro un “no puedo” apenas audible, el cura insistió intrigado, “¿por qué no puede?, ¿tiene una razón, no?, dígame porque no” el médico contenía visiblemente el llanto acorralado ante la presión del cura, “¿qué es lo que oculta Horacio?, usted debe ayudar a su hija, ¡usted es médico por Dios!”, el doctor apenas hablaba al borde del llanto, negaba con la cabeza mirando con angustia al cura y a su hija, hasta que su resistencia se rompió en mil pedazos, dejando escapar un llanto amargo y doloroso, que ocultó inútilmente tapándose la cara con ambas manos, Elena no podía creer lo que veía, el sacerdote se enderezó respirando hondo, con una expresión que fácilmente se podía interpretar como asco, “fue usted…”, dictaminó con seguridad, lo que consiguió que el llanto del médico se volviera más contundente, Elena retrocedió tapándose la boca consternada al ver que su padre solo lloraba. El cura esperaba una negación que no llegó, por lo que insistió en confirmarlo, tomó al médico por las solapas con rudeza y lo zamarreó, “fue usted verdad, ¡dígalo!, usted embarazó a su hija”, Horacio se mostraba indefenso como un muñeco, solo atinó a pedir perdón con su rostro bañado entre lágrimas, saliva y mocos. Benigno, en cambio mostraba ira, “¡Dígalo Horacio, usted fue, esa criatura es suya!, ¡dígalo por Dios!”, el doctor le dirigió una larga mirada de angustia que el sacerdote respondió con sincera rabia, para finalmente admitirlo, “sí…”, entonces Benigno lo soltó, y el doctor cayó al piso llorando con el rostro cubierto con sus manos y repitiendo sin cesar, “perdón… perdón… perdón…”. Elena salió corriendo con intención de irse lejos, pero fue atajada por María, quien la abrazó y se la llevo a la cocina para tranquilizarla.

El doctor Horacio Ballesteros, salía de su casa detrás del cadáver de Domingo, llevando toscos pero firmes grilletes en sus muñecas y tobillos rumbo al coche-celda que le esperaba en la puerta de su casa, solo de reojo observó a su hija, quien sin mirarle, esperaba en el carruaje del cura a que fuera llevada lejos de allí, sin importarle mucho si era a un convento, un claustro o monasterio. El padre de Domingo permanecía junto al sacerdote, “Siempre me pareció un buen hombre el doctor Ballesteros… estoy francamente aturdido por los hechos…”, “El alma de los hombres es un misterio ante los ojos de los mortales”, respondió el cura con gravedad, el hombre a su lado asintió serio, y agregó, “Dígame padre, ¿Qué piensa de aquella criatura hallada en el cuerpo de mi hijo?”, “Sin duda aquello no es más que un montaje, creado por Horacio para explicar, llegado el momento, el réprobo embarazo que le provocó a su propia hija, drogándola, ciertamente, no se esperaba que la muchacha recurriera a Dios antes que a él”, el padre de Domingo volvió a asentir.


Un par de días después, María, la ama de llaves del doctor, pasaba a entregarle las llaves de la casa al sacerdote, había tomado la sabia decisión de visitar por algunos días a su familia, especialmente a su hermana Berta a quien no había visto en años, al cura sólo le quedó desearle un buen viaje.

Fin de la primera parte.


León Faras.

miércoles, 11 de enero de 2012

Autopsia. Primera parte.

IV.


“Me equivoqué… esto... no es una enfermedad…estaba equivocado, esto no puede ser una enfermedad…”

El añoso y atormentado tronco del sauce que enjuagaba las puntas de sus ramas en el pequeño lago de la ciudad, anidaba en uno de sus recovecos una pareja de pequeños y orondos cactus, con sus espinas blancas aplastadas, que crecían en apenas un puñado de tierra inerte, y que Elena visitaba en sus paseos para cerciorarse de que siguieran ahí. La muchacha llevaba buen rato sentada en la agreste banca de madera junto al viejo árbol desde su salida de la iglesia, buscando paz para su mente en las tranquilas aguas, en la barcaza destrozada a la orilla de estas y en los numerosos patos, que indiferentes llevaban a cabo sus actividades naturales sin prestar atención a su tristeza. Las palabras del padre Benigno se repetían en su mente como un inclemente eco que la hacía angustiarse, provocándole un sincero temor por su alma, ella no había hecho nada malo, lo sabía, pero eso no la hacía sentirse mejor. La suave pero fresca brisa del atardecer estival la hizo incorporarse, con un suspiro se puso de pie, ya era hora de regresar a casa.

Un carruaje lujoso y lustrosamente negro estaba detenido frente a la puerta del doctor Ballesteros cuando Elena llegaba, una silueta enorme e igualmente oscura permanecía erguida ahí, esperando ser atendida. La muchacha la reconoció en seguida y con ello, se evaporó la escasa tranquilidad que había conseguido. “Padre Benigno, ¿qué hace usted aquí?”, pregunto con humildad, el cura le dirigió una mirada sin cambiar su adusta expresión, “Vengo a hablar con tu padre” dijo, y volvió la vista hacia la puerta que en ese momento se abría. El sacerdote entró con la autoridad que su investidura le daba, detrás de él, un hombre maduro que abrazaba a una mujer de mediana edad, ambos vestidos de riguroso luto, entraron a la casa del doctor ante la vista impávida de Elena y del ama de llaves quien se secaba las manos en su delantal, mientras le informaba que el doctor estaba ocupado trabajando, “Dígale que necesito hablar con él ahora”. Elena, sin prestar demasiada atención a las intenciones del cura, se dirigió rápido al estudio de su padre. Entró y cerró la puerta. Lo encontró vaciando agua en un lavatorio, tenía sus manos totalmente ensangrentadas y el rostro marcadamente contrariado, tanto que su saludo sonó carente de todo interés, antes de que la muchacha hablara, la puerta comenzó a ser golpeada con insistencia, Elena le informó de quien había llegado a su padre, quien respondió con un desgano que más parecía profundo agotamiento, como quien a sido derrotado después de una larga y dura batalla, “Abre la puerta, lo estaba esperando”.

Elena abrió la puerta protegiéndose tras ella y el cura entró a la habitación con la vista fija en el doctor, que en ese momento se secaba las manos en una toalla blanca, manchada con un rojo diluido. “Este lugar huele a matadero”, “Buenas tardes, Benigno”, el médico se defendió con sarcasmo, jamás usaba el título de “Padre” con el cura, como este nunca le llamaba “Doctor”, entre ellos existía la misma rivalidad que siempre ha existido entre la ciencia y la religión. “Vengo por el cuerpo de Domingo, el alma del muchacho sufre el más insondable dolor de los condenados por el más reprochable de los pecados, el suicidio, y necesita cristiana sepultura, además de todo lo que esté en nuestras manos para atenuar su terrible sufrimiento”, dicho esto, reparó en el frasco que contenía el feto extraído del cadáver de Isabel y agregó “¿cuantos seres humanos mantiene en este lugar? No se da cuenta que son hijos de Dios” el médico miró de reojo el frasco, “dudo mucho que aquello sea un hijo de Dios”. Los padres de Domingo, que permanecían detrás del cura, eran bastante acomodados y generosos con la iglesia, lo que obligaba al sacerdote a usar cierta vehemencia en su causa, “sin embargo, el doctor respondió con cansancio en sus palabras, no creo que Domingo tenga más sufrimiento del que ya padeció en vida”, “Las espinas de este mundo no encuentran comparación en los tormentos eternos del infierno, Horacio, ¿dónde tiene el cuerpo?”, el doctor se le acercó al sacerdote y tuvo que inclinar levemente la cabeza hacia arriba para mirarlo a los ojos, “¿Sabe usted por qué se quitó la vida?”, el cura permaneció inmutable, “la locura descarrila las buenas almas, cegándolas…” el médico le interrumpió, cansado de oír argumentos Bíblicos “¿Quiere saber por qué enloqueció Domingo hasta el punto de colgarse de una viga?”, “¿y acaso usted me va a responder eso?”, aquel desafío del cura era lo que Ballesteros esperaba. Retrocedió hasta el fondo del cuarto, donde una cortina ocultaba su mesa de trabajo, y la corrió de un tirón. Todos guardaron silencio, solo se oyó una sonora aspiración de sorpresa que hizo el cura y el golpe seco en el suelo del cuerpo de la madre de Domingo al desmayarse, pero nadie se movió de su posición. “En el nombre de Jesucristo, ¿qué ha hecho?”. Sobre la mesa del doctor, yacía el cuerpo de Domingo recostado desnudo, una tela le cubría la cara y otra los genitales, su tronco estaba abierto de par en par, dejando ver las paredes internas, donde las limpias costillas resaltaban entre la carne rojiza con vetas blancas de grasa, dos ensangrentadas palanganas de loza a su lado contenían, una, una buena cantidad de los órganos que el doctor había retirado, y la otra, varias herramientas quirúrgicas sumergidas en un agua que había adoptado un atractivo tono rojo, el cura se acercó persignándose con una lentitud aturdida, “¿Cómo puede profanar un cuerpo de esta manera, como si fuera un animal?”, el médico se le acercó sin hablar señalando algo en el interior del cadáver, una bolsa de pellejo, como un melón grande, el sacerdote miró de cerca “¿Qué es lo que tiene dentro del estómago?”, “no es el estómago, ya lo extraje, aquello es una especie de formación celular totalmente anormal adherida al intestino” el doctor cogió una pinza y abrió la bolsa ya rasgada de antemano, el padre Benigno se llevó una mano a la boca y retrocedió consternado “…un bebé…”, “¿aún cree que aquello es un hijo de Dios?, esto que el muchacho sentía en su interior, fue lo que al final lo obligó a matarse”, el cura trataba de meditar, “ese niño… el del frasco… ¿de donde lo sacó?” el Padre había cambiado totalmente su tono desafiante y se mostraba desarmado, con lo que el médico adquirió cierta autoridad sobre la situación, “del cadáver en descomposición de Isabel Vázquez”, el sacerdote había perdido sus fuerzas, sudaba, “Dios mío, le reprocharía esa exhumación clandestina, si no fuera por lo que estoy viendo” luego bajó la vista y se llevó la mano a la frente unos segundos y agregó, “Dios nos proteja de aquello que está intentando venir al mundo”, esas últimas palabras lo hicieron reflexionar, algo apareció en su mente y buscó con la vista a Elena quien se mantenía en el mismo sitio junto a la puerta, y se le acercó “Tú, hija mía, no mentías…en el confesionario, no estabas mintiendo…”


León Faras.

miércoles, 4 de enero de 2012

Autopsia, Primera parte.

III.


-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida, bendígame Padre, porque he pecado.

Para el severo padre Benigno, cuyo nombre contrastaba con su aspecto iracundo y su carácter dominante, resultó alarmante el saber que una señorita tan respetable y educada como la hija del doctor Ballesteros estuviera embarazada sin antes haber contraído el sagrado vínculo del matrimonio, pero que ella desconociera quién era el padre de la criatura, era simplemente inconcebible, “Hija mía, tu alma tambalea entre las fauces del averno, has caído en el execrable pecado de la carne y su marca permanecerá imperecedera. Tal vez encuentres consuelo en la infinita misericordia de Dios, entregando tu vida al claustro y la penitencia para aspirar a un perdón que yo no te puedo conceder”. Elena se sentía sumamente afligida y las palabras del sacerdote solo aumentaron su desconsuelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. “Padre...", tomó una bocanada de aire para deshacer el nudo en su garganta, "...le aseguro que yo no he conocido varón…”, el cura abrió los ojos indignado mirando a través de la celosía el rostro inclinado y velado de la joven, “¿Qué estás diciendo muchacha?, ¡acaso quieres condenarte!, ¿cómo te atreves a compararte con la santísima Virgen?”, Elena se apretaba la boca y la nariz con la mano, conteniendo el inminente llanto. Al cerrar los ojos, las lágrimas fueron obligadas a correr por sus mejillas, “Padre… por favor… usted tiene que creerme, yo no he estado con ningún hombre…yo…” un vacío producido por el llanto le impidió seguir hablando. El padre Benigno le miraba con cierto desprecio en el rostro, le indignaban aquellos que luego de haber atentado contra el amor de Dios sin remordimientos, recurrían a él arrepentidos, buscando solo calmar su atribulada conciencia, “Te lo preguntaré solo una vez más niña, y recuerda que no me hablas a mi, si no al Padre eterno, ¿Cómo ocurrió tu embarazo?”, la muchacha ya tenía empapado su hermoso pañuelo “…no lo sé”, respondió con un hilo de voz, luego oyó la puerta del confesionario abrirse y los pasos del sacerdote que se alejaban, entonces su llanto se desató ya sin consuelo.

“Domingo había sanado…”, se repetía mentalmente el Dr. Ballesteros con la vista fija en el frasco de vidrio que contenía el feto que había extraído del cuerpo de Isabel, pero se lo repetía con la intención de responderse cómo había sucedido aquello, pues él nunca consiguió siquiera una mejoría, simplemente la enfermedad había desaparecido, y el muchacho, a diferencia de Isabel, la había soportado, aunque dejándole graves consecuencias mentales, como si hubiese sufrido lo insufrible. “¿Qué tienes que ver tú en todo esto?”, le susurró al maltrecho cuerpecito suspendido en alcohol que permanecía en sus manos, “¿Acaso puedes ser tú responsable de…?" La puerta de su estudio se abrió con timidez, interrumpiendo sus pensamientos, un trozo del generoso cuerpo de su ama de llaves se asomó con un telegrama en la mano, el médico se puso de pie y la invitó a acercarse. Lo leyó. Murmuró algo para si, y tomó su abrigo, antes de salir se dirigió a su empleada “Cuando Elena regrese, dígale que me espere aquí, necesitaré su ayuda.”

La bandeja sonó estrepitosamente al chocar contra las baldosas del sanatorio esparramando el desayuno de Domingo Montenegro por el estrecho pasillo de la habitación. Uno de los locos que estaba presente se tapó los oídos con desesperación y comenzó a golpearse contra la cama, otro, jugaba ensimismado con el cuerpo suspendido de Domingo, quien pendía exánime colgado del cuello de una de las vigas junto a su cama.

Cuando el doctor Ballesteros entró a las instalaciones del manicomio, el director le esperaba en su oficina, en uno de los rincones de esta, una enfermera soltaba los últimos sollozos de lo parecía haber sido un largo llanto, sosteniendo en una mano un pañuelo y en la otra un vaso ya vacío. El director, un hombre calvo, de gafas redondas y barba ermitaña le apretó la mano con rudeza, “Dr. Ballesteros, qué bueno que recibió mi telegrama, usted me pidió que le informara sobre cualquier cambio en la salud física del paciente Domingo Montenegro”, dijo con cierto acento extranjero en su hablar, el recién llegado mostraba ansiedad, “Sí, sí, dígame, le pasó algo a él”, el siquiatra sentía que le había generado una preocupación sin necesidad, “Sí, bueno, no sé si sea relevante para usted, pero esta mañana fue encontrado muerto por la enfermera” dijo, señalando a la mujer del rincón, quien reanudó su llanto al ser aludida. Ballesteros ni la miró “Por supuesto que es relevante doctor, tal vez la mejoría solo fue aparente y la enfermedad continuó en silencio hasta matarlo, como a mi paciente anterior”, el siquiatra soltó una risa torpe y nerviosa, le costaba ser claro en ciertas ocasiones “No doctor, el deceso se produjo debido a un suicidio, el paciente se colgó del cuello”, el médico se llevó un puño a la boca consternado, luego inhaló profundamente por la nariz, “Me gustaría llevarme el cuerpo, hay ciertos exámenes que quisiera realizarle”, “no sé si eso sea factible, la familia ya fue notificada”, “Puede decirles que Domingo padeció una enfermedad que muy probablemente fue contagiada de su prometida, Isabel Vásquez. Solo necesito confirmar que no hay riesgo de contagio para nadie más, estamos hablando de una enfermedad desconocida y con riesgo de muerte”, el siquiatra pareció entender “bien pero…cuanto tiempo cree usted que tardarán dichos exámenes” el doctor Ballesteros se sintió satisfecho, el cuerpo de Domingo podría otorgarle nuevos datos sobre la rara enfermedad que parecía haber descubierto, “no tardaré más de veinticuatro horas”.


León Faras.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Autopsia. Primera parte

II.


El suave rojo rubí del coñac, adquiría tonalidades y brillos hermosos al reflejar la luz de la pasiva llama que iluminaba el escritorio del doctor Horacio Ballesteros, quien ya llenaba la segunda hoja con una escritura febril y una caligrafía burda, procurando avanzar de prisa, mientras las imágenes aún estaban frescas en su memoria. Dejó caer la pluma dentro del tintero con cierta torpeza y se llevó ambas manos a los ojos, restregándolos con fuerza, luego se las pasó por el cabello, echando hacia atrás el mechón que hace rato colgaba en su frente. Miró de reojo el reloj de bolsillo junto al papel profusamente garabateado en frente de él, casi las cuatro de la madrugada, sentía cansancio en la vista. Tomó el vaso con coñac y lo acabó de un trago, luego lo volvió a llenar, desde hace ya algunos años que no podía conciliar el sueño sin antes invitarlo con una previa dosis de alcohol que apaciguara su mente y aquella noche, su mente estaba particularmente inquieta.

Había estado tratando de describir con rigor profesional el caso de Isabel Vásquez, anotando todos los sucesos en orden cronológico y los tratamientos por él prescritos desde que la chica había enfermado, hasta que, sobrepasado por las circunstancias, tomó la abrupta decisión de incinerar el cuerpo. Pero su informe arrojaba más interrogantes que luces, se preguntaba si la enfermedad y el embarazo tenían alguna relación o se trataban de hechos aislados. Una parte de él le aseguraba que había hecho lo correcto, que quemar aquella abominación engendrada en un cadáver sepultado había sido lo más sensato, pero no podía evitar que su curiosidad científica le royera los sesos…y si había estado en frente de una enfermedad nueva y sin precedentes, cuyas evidencias, se había apresurado en destruir, después de todo, ¿Cuántas veces la ciencia, había desbaratado los argumentos de la ignorante superstición? Sentía que se había dejado llevar como un novato… también que debía regresar.

Debido al fuerte aguacero desatado durante gran parte de la noche, la casona de la familia de Domingo Montenegro, donde yacían los restos carbonizados de Isabel, solo se había quemado parcialmente, dejando gran parte de la estructura sin mayores daños de los que ya tenía. El médico detuvo su coche a prudente distancia, un caballo ensillado y atado a uno de los pilares que sostenían el techo de tejas, demostraba la presencia de alguien en las inmediaciones, tal vez algún curioso atraído por el sofocado incendio. Aguardó unos minutos pero nadie apareció, tal vez Domingo hubiese regresado para sepultar el cadáver correctamente otra vez, pero el chico había terminado tan choqueado la noche anterior que eso no era muy probable. Descendió del vehículo y decidió acercarse a pie, sus botas se hundieron en el barro. Al llegar a la puerta se asomó sin entrar, el cielo tenía un buen boquerón que dejaba visible el arruinado techo del segundo piso, las paredes cercanas lucían enormes manchas de hollín con el horrible y polvoriento papel tapiz quemado por trechos, el suelo también había cedido a las llamas abriéndose un agujero que prosperó sólo hasta donde la humedad de las tablas se lo permitió y en donde yacía los restos de la pila que habían formado para quemar el cuerpo. Cuando iba a entrar se detuvo, abundantes pisadas hechas de lodo y humedad estaban esparcidas por el piso, “¿hay alguien aquí?”, la voz del doctor era fuerte y clara pero no recibió respuesta, estudiando su entorno, se acercó a los restos calcinados de Isabel, un esqueleto completo con restos de carne quemada adherida yacía bajo una buena porción de cenizas y madera a medio consumir que el médico comenzó a retirar con cuidado, un humo espeso y desagradable brotaba sin ninguna prisa a ratos, lentamente fueron apareciendo las abundantes fracturas que la chica había sufrido durante su agonía, parecía como si hubiese sido brutalmente golpeada, varias costillas, una clavícula, una tibia, ambos peroné, estaban desastillados, no parecían debilitados ni descalcificados, solo quebrados, como por algún trauma. Al cabo de unos minutos el doctor Ballesteros dio con lo que buscaba, los restos medianamente conservados de un feto de unos diecisiete centímetros, con una apariencia anatómica perfectamente humana, no se lo esperaba, más bien, se había auto-convencido de que alguna especie animal o vegetal, de alguna forma, se había anidado en el interior del útero de la muchacha, pero de ninguna manera un ser humano. Lo cogió con cuidado y lo envolvió en un lienzo de gasa. Sintió cierto remordimiento, a pesar de lo inverosímil que resultaba que un bebe pudiera vivir ni menos ser engendrado bajo tierra. Antes de retirarse, echó un último vistazo a la habitación, aún pensaba en el caballo que estaba afuera y en las huellas frescas de lodo. No tardó mucho en divisar un bulto arrimado a uno de los rincones del amplio cuarto, tras una pared divisoria. El doctor dio un respingo, Domingo Montenegro yacía en el suelo inmóvil con un mudo grito de pánico congelado en el rostro, sangre aún fresca le había corrido de la nariz y los ojos y abundante gotas de sudor en la frente, también notó que el húmero derecho estaba notoriamente quebrado. No parecía respirar. El médico tomó su maletín y se acuclilló a su lado, revisó sus signos vitales, un muy débil pulso le confirmó que aún estaba con vida, sin duda padecía los síntomas que Isabel mostró durante su corta agonía, al parecer, debía añadir riesgo de contagio a su informe de esta, ya rarísima patología. Cogió al muchacho en brazos y lo subió a su coche, luego regresó por el maletín, el feto y se retiró.

Elena Ballesteros era la menor de los hijos del doctor, y la única que, según este, tenía verdadera vocación de médico. Su hijo mayor había seguido la carrera de medicina, pero solo la usaba para diagnosticar inexistentes enfermedades a señoritas hipocondriacas de la alta sociedad que lo buscaban para confirmar sus falsas sospechas que otros médicos le negaban, en cambio su hermana mostraba interés en el alivio de las personas, lástima que su género le impidiera realizar los estudios necesarios.

Dos días llevaba Domingo en casa del doctor, sufriendo los mismos terribles síntomas que Isabel padeció antes de morir, al cuidado de Elena quien, al igual que su padre, trataba en vano de aliviar las incontenibles convulsiones de dolor y pánico que al muchacho le venían en forma cada vez más frecuente. Ante la impotencia de una enfermedad ineluctable la muchacha solo podía rezar a un lado de la cama en los pocos momentos de paz que el padecimiento concedía, mientras el doctor buscaba con frustración algún tratamiento que mostrara resultados antes del fatal desenlace que de seguro le esperaba al muchacho. Aquella noche, la joven enfermera sostenía un rosario mientras su enfermo, despierto pero ausente, mantenía la vista perdida en algún punto indeterminado de la habitación, hasta que pareció posarse en algo, su rostro se demudó y una gota de sangre apareció en la comisura de sus ojos. Un nuevo ataque comenzaba. Elena lo abrazó para sostenerlo mientras llamaba a su padre, pero ahora era distinto, Domingo no sufría dolor, si no más bien estaba aterrado, se recogía en la cama tratando de retroceder, respirando a duras penas, sudando y balbuceando hasta que simplemente, sintió la imperiosa necesidad de huir, sin importar las dolorosas fracturas que ya contaba.

Cuando el médico entró a la habitación encontró a su hija tirada en el suelo inconsciente, la ventana que daba a la calle abierta y la cama vacía. Elena no tardó en reponerse, no acusó ningún golpe, al parecer, solo sufrió un absurdo desmayo mientras forcejeaba con Domingo, este apareció minutos más tarde acurrucado contra la pared tras la cama, totalmente fuera de si y con las secuelas de un miedo que ni él ni Elena eran capaces de explicar.

Algunas semanas después, en los amplios terrenos del hospital psiquiátrico cercano al pueblo, Domingo Montenegro se abrigaba con el sol de la mañana, sentado solo, en una de los numerosos bancos de piedra esparcidos en el lugar. Su recuperación física fue total, sus fracturas sanaron y no volvió a sangrar, sin embargo, nunca más volvió a hablar ni a ser quien era, dejando en incógnita su versión de los hechos. Por otra parte, Elena ha comenzado a sentir más patente, ciertos síntomas que cada vez más le confirman sus sospechas, las cuales aún, no se atreve a confesarle a su padre. Ella está casi segura de que está embarazada, pero no tiene idea de cómo…ni de quién.


León Faras.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Autopsia. Primera parte.

La Autopsia.

Primera parte.

I.


La lluvia caía con una violencia inusitada, haciendo más difícil la visibilidad de una noche que de por si, ya era demasiado oscura. Dos hombres conducían la carreta totalmente empapados, tratando de mirar por debajo de sus gruesos sombreros que a duras penas contenían el chaparrón que se precipitaba totalmente perpendicular al suelo, sin embargo, la noche y el clima eran cómplices de la labor que llevaban a cabo, manteniendo a los curiosos alejados. El clásico sonido de las ruedas despegándose del barro arcilloso era un constante murmullo que acompañaba al insistente repiqueteo de los goterones sobre el cajón de madera que llevaban en la parte de atrás, el cual, de tanto en tanto, se golpeaba contra el vehículo al compás de las irregularidades del camino, haciendo evidente la existencia de un bulto en su interior.

La carreta se detuvo bajo un precario techo de tejas arrimado a una casona en deplorable estado, ubicada en una extensa y abandonada propiedad de los familiares del más joven de los dos hombres, este fue el primero en descender, abrazado a si mismo tratando de proveerse algo de calor, miró en derredor, nervioso, acusando lo poco honesto de sus actividades y lo poco acostumbrado que estaba a ellas. Aún desconfiado entró en la casa. Ayudado de una vela echó un rápido vistazo, una considerable capa de polvo, que en algunos lados formaba un finísimo limo producto de la buena cantidad de goteras, cubría toda la superficie del piso y de los pocos muebles que habían, al igual que en las paredes. Debajo de las ventanas, tanto de las rotas como de las intactas, el agua había entrado asociándose a la tierra, formando grotescas manchas que se descolgaban hasta el suelo. Acomodó una mesa más cerca de la entrada y dejando la vela cerca, volvió a salir, donde el otro hombre le esperaba para bajar el ataúd que traían y llevarlo dentro. Mientras el joven se ocupaba con algo de trabajo de encender la también húmeda chimenea para iluminar y calefaccionar el lugar, el otro hombre comenzó la tarea de abrir el cajón para poder estudiar el cadáver. Con la ayuda de un fierro aplanado comenzó el viejo médico a despegar las tablas impregnadas de humedad que se rendían sin oponer demasiada resistencia, una vez terminado esto, se sacó el abrigo tan empapado como el resto de su ropa, se remangó la camisa y tomó la vela encendida para iluminar el cuerpo. Isabel Vásquez llevaba muerta casi seis meses, su deceso se había producido luego de una corta pero traumática agonía, tanto para ella como para sus familiares y sirvientes, de tan solo dos días. En esos dos días, la joven de diecinueve años, había pasado de una salud perfecta, a un agotamiento crónico, una completa incapacidad de su cuerpo para recibir o procesar cualquier alimento o líquido, un profuso e inexplicable sangrado interno que afloraba por los orificios del cuerpo y una anormal seguidilla de fracturas de sus extremidades que no obedecían a ninguna causa ni remotamente racional y que mantuvieron a todos sus cercanos en vela tratando con desesperación pero inútilmente de apaciguar los agudos dolores que la muchacha sentía en su lecho. El médico de la chica, luego de que esta murió, sugirió una cirugía post mortem, con la intención de averiguar las causas de un deceso absolutamente irregular, lo cual fue tajantemente negado por la familia, por considerarlo una profanación contraria a los valores Cristianos. Solo el joven novio mostró profundo interés en llevar a cabo una autopsia, convenciendo al médico de hacerla a escondidas en el menor lapso de tiempo posible.

“Santa Madre de Dios, el médico tragó saliva, ¿qué diablos está pasando aquí?” curiosa mezcla de lenguaje santo y profano que brotó de sus labios al contemplar el cuerpo de la muchacha dramáticamente adelgazado pero sin rastros de descomposición. Una hinchazón leve en el bajo abdomen, como si algo estuviera inflándose bajo este, acaparó la atención del viejo y del muchacho, quien se acercó atraído por el intrigante tono de voz del doctor, “Oh, por Jesucristo…” fue todo lo que pudo pronunciar el joven al observar el cuerpo demacrado de la que era su prometida, mientras recibía la vela de manos del viejo.

Un fétido hedor se esparció en el ambiente en el momento en que el escalpelo, luego de haber cortado horizontalmente bajo las clavículas, rasgaba la piel por la línea del esternón hacia el pubis y que obligó al muchacho a retroceder con el rostro descompuesto por el asco, buscando en su bolsillo un pañuelo con el que se cubrió la boca y la nariz mientras el médico, inmutable, le miraba impaciente en espera de que volviera con la precaria pero imprescindible luz para poder seguir su trabajo, “esto recién comienza muchacho, te advertí que…”, “continúe, continúe”, el joven le interrumpió, haciendo un enorme esfuerzo por dominarse, volvió a iluminar el cadáver, pero esta vez, manteniéndose tan alejado como la extensión natural de su brazo le permitía. El médico notó que el cuerpo se descomponía sólo internamente, lo cual contradecía todas las leyes naturales al respecto. Continuó. Una vez abierto el tronco por completo, comenzó el examen de los órganos, de los que no se podía obtener demasiada información, las larvas y gusanos trabajaban afanosamente en su impostergable labor de hacer desaparecer el material orgánico, pero manteniendo la “cáscara” anormalmente incólume. Al llegar a la parte baja del vientre, el doctor retiró las manos como si hubiese tocado algo sumamente desagradable, la inefable expresión de su rostro, mezcla de interés, asombro y un poco de miedo, atrajo la curiosidad del muchacho quien se asomó nuevamente a echar un vistazo, “¿qué?... ¿qué ocurre?”, el viejo ni siquiera le miró, “su útero… esta muchacha… está… está, preñada”, el joven respondió alteradamente ofendido “¡eso es imposible!, ¿qué está diciendo?, ella sería incapaz de…”, el médico le quitó la vela de las manos para acercarla y observar mejor, “muchacho, no me estás entendiendo, digo que este cadáver esta llevando a cabo un proceso de gestación con absoluta normalidad, bueno, el doctor se corrigió a si mismo, mejor dicho, como si estuviera vivo” el joven se despegó por unos segundos el pañuelo de su cara, profundamente consternado, “…eso es imposible…” repitió, recién en ese momento el doctor le dirigió la mirada “¡¡soy médico!!, ya sé que eso es imposible, pero a juzgar por lo que veo, esta chica tiene por lo menos unos cuatro meses de em…” el médico se detuvo abruptamente, sorprendido por su propia mente, “oh por Dios, estamos hablando de un cuerpo que lleva casi seis meses sepultado, lo que significa…”, el joven seguía las reflexiones del doctor adivinando las palabras y terminando la frase “¿Qué Isabel fue embarazada…estando bajo tierra?”, el viejo volvió la vista al aparentemente sano vientre de la muchacha, y asintió con la cabeza…

La lluvia aún azotaba las tejas como si pretendiera atravesarlas cuando ambos hombres salieron, volteándose para observar por la puerta el interior, ahora, absolutamente iluminado por un fuerte y amarillento resplandor que hacia danzar aparatosamente las sombras que quedaban en el interior de la casona. Todos los muebles de la casa, algunos papeles, y restos de leña, lucían apilados en el centro de la habitación y sobre el cadáver de Isabel ardiendo en enormes llamas que lamían con apetito, el alto cielo del cuarto y llenando poco a poco todo el lugar de humo e incertidumbre. Mientras el doctor se ponía el abrigo nuevamente para volver al coche, el muchacho observaba las llamas, inmóvil aún tratando de digerir todo lo que había visto.





León Faras.