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martes, 4 de diciembre de 2012

Relato Erótico. Tres.


Domingo.

Plan B. (2/2)

Algunos minutos después, el agua deliciosamente tibia de la tina casi llega a su límite cuando entras en ella, te acomodas entre mis piernas dándome la espalda, te recuestas sobre mí y yo te abrazo, puedo escuchar que en el equipo de música comienza a cantar Alannah Myles, Black velvet, “Terciopelo negro”, eso despierta mi imaginación, entonces cojo la botella del shampoo, vierto una generosa porción en mi mano y me entrego a acariciar tu negra cabellera en un acto que será tan grato para ti, como para mí.

Enciendes un cigarrillo para los dos y te vuelves a relajar apoyando la cabeza en mi hombro, donde mis labios se entretienen con el lóbulo de tu oreja. Nuestros cuerpos se reconocen desnudos, en horas de contacto planeado sin que haya ningún velo artificial de por medio, conectándose a través de la piel, de las yemas de los dedos, de los labios, empleando el tacto como si no hubiesen más sentidos, sintiendo como propias las palpitaciones en el cuerpo del otro, la piel erizada, la respiración. Un ejercicio practicado tantas veces hasta eliminar toda extrañeza de tu contacto, hasta mimetizar el sentido de lo ajeno y el límite de tu cuerpo y el mío y donde el proceso previo, tan imprescindible a veces, se vuelve una relación sexual en si misma, que reemplaza la conexión carnal por un contacto minucioso e ininterrumpido, prolongado y excitante, donde la desnudez de uno desaparece en la piel del otro.

Mi hombro cede hacia atrás haciendo resbalar tu cabeza por mi brazo para tener tu boca al alcance de mi boca, donde aquellos besos que se presentan, se desarrollan sosegados como caricias que guardan plena consciencia de su humedad y calor, precediendo el contacto de la lengua al de los labios que se atrapan y se liberan en suave y prolongada contienda que no tiene premura en terminar, mientras los dedos se deslizan sigilosos, lubricados con el agua de la bañera, por tu cuello y tu hombro, quitando del camino tu cabello empapado que se pega a la piel. Me es fácil alcanzar tu mentón y cuello que ofreces con comodidad para que lo bese sin la desesperación de otras veces, si no con la calma de quien disfruta de cada paso que da, yendo y viniendo, volviendo a tu boca, donde tus labios y tu lengua aguardan siempre dispuestos, sintiendo tu pierna que se desliza por la mía sabiendo que no solo las manos están hechas para acariciar. No necesito buscar tu seno para alcanzarlo, mi mano se posa con suavidad en él, descartando el ímpetu de veces anteriores y que ahora parece tan inadecuado, para acariciarlo casi con timidez, pero procurando recorrerlo todo, como un ciego que depende de sus manos para ver, sin ignorar sus límites y alrededores, no tardan mis labios en acompañar a mis dedos, besando tu pezón y su contorno con marcada ternura, sin la ansiedad acostumbrada, yemas y labios se ayudan y complementan, haciendo cortas pausas que vuelven más minuciosa la labor. Tus manos sujetan mi cara y me llevan con suavidad de vuelta a tus labios, mientras te acomodas para quedar frente a frente, descansando tu peso sobre mis piernas en el reducido espacio que ofrece la tina, pero que es suficiente para los dos, el agua se sacude superando los bordes sin que ninguno lo note o le de importancia. Tu cadera retrocede levemente cuando tus labios comienzan a recorrer mi mentón y mi cuello, mis hombros y mi pecho, terminando su recorrido de vuelta en mi boca, luego el espacio entre los dos se reduce bruscamente alterando la pasividad del agua, mis brazos se cruzan en tu cintura asiéndote con fuerza y nuestros sexos ya despiertos entran en contacto comenzando un juego de fricción lubricados por el agua jabonosa. Mis manos recorren tu espalda ya sin el control del principio, manteniéndote pegada a mí mientras los besos se vuelven poco a poco más enérgicos, más anhelados y anhelantes.

Tus caricias son ahora más bruscas e intensas, yo te aprieto a mí pero lo que nos mantiene juntos es el incesante roce. El agua se sacude violentamente cuando busco salir de bajo tuyo, cuando nos retorcemos sin despegarnos demasiado para cambiar de juego, intercambiando posiciones, el aire escasea en los pulmones y la respiración se agita, apoyado en los azulejos que empotran la bañera te elevo tomado de tu cintura sacando gran parte de tu cuerpo fuera del agua, los débiles soportes de la cortina crujen al tratar de soportar el peso de ambos, pasados a llevar en un ciego acomodamiento de torpes manotazos que rápidamente se deshacen de los embases y botellas que estorbaban en el lugar que te acomodas, donde una toalla aparece casi mágicamente, como si siempre hubiese estado ahí, quedas a conveniente altura sobre mí que sigo en el fondo de la tina. Sobre mis rodillas y entre tus piernas, tus pechos quedan a la altura de mi boca, recupero la calma perdida para besarlos, su zona intermedia, tu estómago, tus muslos, advierto que tomas una suave bocanada de aire cuando poso mis labios en la sensible parte superior de tu entrepierna. Tal vez aún no lo adviertas, pero pronto notarás que esa no es solo una parada, que mis intenciones son quedarme ahí hasta el final, sobre todo cuando mis brazos se deslizan bajo tus piernas elevándolas ligeramente y obligándote a inclinarte hacia atrás.

Mi lengua entra al juntar mis labios y vuelve a salir cuando estos se separan, repitiéndolo una y otra vez y solo variando muy levemente el lugar donde se posa mis húmedas caricias, pronto tu respiración se hace más sonora, sin despegarme puedo verte que cierras los ojos, ambos centramos toda nuestra atención y sentidos en mi boca y tu sexo. Las reacciones automáticas de tu cuerpo llevan una de tus manos a mi pelo, sujetándolo con firmeza pero sin brusquedad cuando  alargo mis caricias, cubriendo tus bordes de arriba abajo en toda su extensión, terminándolas en besos intencionalmente cargados y prolongados que hacen que tus piernas se junten instintivamente, pero que con poco esfuerzo vuelves a relajar. Mis manos se sujetan firmemente a tus caderas para que mi lengua ejerza presión, la que se mueve de lado a lado ayudada por toda mi cabeza que se sacude entre tus piernas, para luego bajar y subir, pasando a llevar tus pliegues entre mis labios que se cierran suavemente, dejándolos escurrir entre ellos, y repitiendo la operación en ambos lados. Tus gemidos brotan junto con la humedad de tu interior que constantemente reemplazo por la de mi lengua y mis labios, insistiendo en mi recorrido ascendente que siempre termina en tu punto más sensible, donde permanezco alternando entre el roce de mi lengua y el cierre arrastrado y húmedo de mis labios. Tus piernas me aprietan instintivamente mientras tu cadera, a la cual me aferro, intenta retroceder cuando el primer orgasmo se anuncia, te sacudes hacia adelante forzando tu respiración la que termina en gemidos cada vez más seguidos e intensos que te obligan a sujetarte de mi cabeza en un arrebato de involuntaria desesperación, mientras palabras contenidas no alcanzan a salir ahogadas en tu garganta, hasta que finalmente curvas tu espalda rindiéndote a un orgasmo que ya no puedes contener y que yo me encargo de prolongar manteniendo mi boca pegada a tu entrepierna y en constante movimiento.

Me separo sin alejarme para permitirte una leve recuperación, hasta que tus músculos se relajan y tu respiración casi se normaliza. Luego vuelvo a comenzar a besarte con ternura, volviendo a reemplazar toda la humedad que ha emanado de tu interior por la de mi boca, para continuar buscando otro de tus orgasmos que por esta vez son mi único objetivo.


León Faras.

viernes, 24 de agosto de 2012

Relato erótico. Dos.

Domingo.

Café frío. (1/2)

No te sentí llegar anoche, me hubiese quedado otro rato contigo, pero estaba perdiendo mi batalla contra el sueño y el agotamiento y no había más remedio que buscar la cama. Lo cierto es que cuando desperté estaba tu cuerpo, no sé si consciente o inconscientemente, perfectamente amoldado a la cavidad interna que dejaba el mío, aún dormías plácidamente y al parecer no estaba dentro de tus planes más próximos despertarte. Yo a esas alturas ya tenía más que completa mi cuota de horas de sueño, por lo que quedarme ahí, a tu lado, como cierta parte de mi cerebro sugería insistentemente, iba a acabar cortando tu descanso antes de tiempo, así es que lo mejor era salir con cautela, meterme dentro de un pantalón deportivo y salir de ahí como un gato. En poco tiempo ya tenía mi agua caliente y amarga, lista para beber mi poco nutritivo desayuno de fin de semana, ese que por más que lo pruebas no termina de convencerte. Arrastré la alfombra para sentarme en el suelo junto al librero, la iluminación es excelente por la mañana y tomé uno de tus libros, de esos de los que me has hablado tantas veces en largos paseos sin rumbo o en esos momentos en que al finalizar el día compartimos un reducido espacio de simple compañía. Apoyado en la pared lo abro en cualquier página, sabes que no correrán ningún peligro en mis manos, leo párrafos y me salto páginas, internándome en situaciones inconexas como un sueño, saboreando el amargor de mi bebida en la vida de personajes ficticios. 

 El aroma del café te precede como las golondrinas preceden la primavera, no necesito verte para saber que estás ahí, como tú no necesitas buscarme para encontrarme, llegas con un tazón humeante en las manos y yo devuelvo el libro a su lugar para que te respaldes en mí. Sentados ahí, el aroma de tu cabello se mescla con el del café demasiado caliente para beberlo, el espacio que ocupamos en la alfombra se reduce cuando pegamos nuestros cuerpos, hablamos trivialidades con la mente puesta en el calor que se transmite de uno al otro, en el roce de texturas, en las inocentes caricias que no son otra cosa que un llamado del inconsciente, una insinuación de un deseo siempre pendiente, de una deuda al instinto que nunca termina de pagarse. 

Mi mano recorre tu espalda de arriba abajo solo con las yemas de los dedos en lenta distracción nacida de la costumbre, como un mecanismo que automáticamente se pone en marcha al tenerte cerca, luego tu mano en mi rostro, las bocas se atraen, las lenguas se tocan, se invaden, profanándose mutuamente en sus tibias moradas. Apenas y se separan para que tú te vuelvas hacia mí, cruzando una pierna por encima de las mías y descansando tu peso sobre ellas, tus manos sujetan con fuerza mi cabeza, como si pretendiera zafarme, las mías tu cadera, como si temiera caer, desde ahí resbalan a tu cintura y ascienden con firmeza y ansiedad controlada, arrastrando lo que encuentran a su paso para volver a caer por tu espalda hasta el final, nuestros cuerpos se empalman, provocando conscientemente deliciosa fricción, que embelesa y desespera por igual. Mientras recorro tus muslos, tus manos llegan a la pretina de mi pantalón, la sujetas y te arrastras hacia atrás llevándotelos contigo, te ayudo alivianando el peso de mi cuerpo para que lo consigas, luego tu aliento llega a mi entrepierna, tus manos allanan el camino que tu lengua y tus labios han de seguir, te quedas ahí por un rato, mientras yo siento el calor y humedad de tu boca, tu movimiento calculado que no precipita ni apresura, la cálida presión que envuelve y se desliza con suavidad, variando la cadencia a tu antojo, subiendo y bajando en esa altruista labor de entregar satisfacción al otro, pero este no es un propósito, si no un paso, y pronto posas tus labios en la periferia de mi ombligo, en mi estómago, recorriéndome en cortos y rápidos saltitos que buscan mis labios. Los encuentras, entonces nos levantamos hasta quedar ambos erguidos sobre nuestras rodillas, mis manos buscan desprenderte de la ropa que te cubre bajo la cintura, y tú me lo intentas facilitar pero te encuentras arrinconada contra ese antiguo mueble del que nunca nos deshicimos y cuya utilidad, siempre pusimos en duda. Solo te queda una salida y es hacia arriba, entonces te pones de pie, y yo de rodillas aún me comporto poco delicado con esas prendas que ya estorban. Mis besos son atropellados pero más prolongados de lo normal mientras tu ropa cae por tus piernas. Tu vientre, tus muslos, tu pubis pasan por mis húmedos labios en besos precedidos de un marcado roce de mi lengua, que se acercan y se alejan expectantes, de aquella hendidura donde tu cuerpo se bifurca, mientras mis manos intentan abarcar más de lo que la naturaleza les permite, sientes mi respiración agitada sobre tu piel, reflejo de lo anhelante que se vuelve un apetito y lo vertiginoso de saciarlo. De pronto todo el tiempo del mundo parece que se agota, los objetivos y prioridades se reducen a solo uno, de ahí en adelante nuestro acto se vuelve una caída libre donde no se puede evitar llegar al final por el camino más corto. 

Quizá sea por el instinto que los movimientos ya no son del todo conscientes, que la mente parece moverse más rápido, que la inercia obra sobre nosotros, pero me encuentro de pie frente a tu espalda, tus manos se aferran al mueble que hasta hace solo un rato parecía incapaz de prestar ningún servicio valorable, me apego a ti buscando el sabor de tu cuello y siento como tu cuerpo me contiene, mis manos se arrastran por debajo de la poca ropa que aún conservas hasta tus senos y las tuyas hacen lo posible por alcanzar mi nuca, luego bajo por tu cintura y me deslizo fugazmente por tu entrepierna, tu columna se curva en una reacción involuntaria, desde ahí a tu espalda que no tardas en inclinar hacia delante para precipitar la unión de nuestras carnes. Entro en ti con menos delicadeza de la habitual, la lubricación en ambos es evidente y compensa la atolondrada premura que arrastramos hace rato, una de mis manos se sujeta en la parte donde tu cuerpo se quiebra para permitirme recorrer tu espalda con la otra sosteniendo el vaivén de mi movimiento, de tu respiración agitada comienzan a nacer gemidos cada vez con más frecuencia. Me sostengo con fuerza de tu cintura disminuyendo mis movimientos a embistes lentos y profundos en un remanso para recuperar el ritmo de nuestra respiración y que aprovecho para besar tu espalda y recorrer tus piernas, en poco rato reinicio al ritmo que nuestro deseo está exigiendo, tus gemidos se dejan escuchar mientras noto que tu cuerpo se estrecha hacia mi alejando tu cadera del mueble que resiste inesperadamente bien. En un arrebato nacido solo de la ansiedad, escurro mis manos por debajo de tu ropa hasta tus hombros de los que me sostengo para acelerar mis movimientos, tu espalda se curva, tu mano busca mi muslo y entre gemidos contenidos a medias y palabras entre cortadas anuncias lo que todo tu cuerpo acusa, un orgasmo te recorre debilitando tus músculos por un instante al mismo tiempo que instintivamente buscas enderezarte manteniendo la curvatura de tu espalda, te acaricio buscando tus senos de pezones endurecidos, siento toda tu piel con insipiente humedad al igual que la mía, te beso y te huelo ávido de tu esencia, del sabor de tu piel sudada, para luego dejarte ir hacia adelante nuevamente, recuperando la posición que mejor acomoda a nuestra faena, mis movimientos se reanudan, con un ritmo moderado pero constante, mis manos resbalan por tu piel repasada insistentemente. El final ya se siente cerca y me apresuro, la rápida fricción que se produce en tu cavidad ya con la sensibilidad a flor de piel precipita otro orgasmo, siento como lo contienes al notar que lo vertiginoso del acto es señal de que pronto acabará en un orgasmo compartido que no demora en llegar, sorpresivamente te yergues, y mis manos que sujetaban tu cadera, te recorren por tu cintura, tu estómago, tus pechos, tus costillas sin hacer pausa en ninguno de ellos, mientras placenteras sensaciones nos recorren como si se pasaran de una cuerpo al otro. Manteniendo la posición nuestros labios y lengua se buscan, nuestros cuerpos permanecen juntos sin intención de separarse, y tus manos buscan las mías para aprisionarlas contra tu piel. 

Algunos minutos después, el agua deliciosamente tibia de la tina casi llega a su límite cuando entras en ella, te acomodas entre mis piernas dándome la espalda, te recuestas sobre mí y yo te abrazo, puedo escuchar que en el equipo de música comienza a cantar Alannah Myles, Black velvet, “terciopelo negro”, eso despierta mi imaginación, entonces cojo la botella del shampoo, vierto una generosa porción en mi mano y me entrego a acariciar tu negra cabellera en un acto que será tan grato para ti, como para mí.


León Faras.

sábado, 30 de junio de 2012

Relato Erótico.

Gotas de sudor. 

Aún quedaban un puñado de manís en el pocillo sobre la mesa de centro, que picaba sin ningún entusiasmo, al lado, un plato con restos pulverizados de papas fritas, algunos vasos, una botella de bebida medio llena y varias de cerveza completamente vacías, y en medio, como si fuera una elegante fuente con restos de algún exótico aperitivo, el cenicero de vidrio. La risa y el buen humor de la velada aún permanecían en el aire, mezclado con los fuertes olores del incienso y el cigarrillo que parecían ideal acompañamiento para la voz rasposa de Joe Cocker que sonaba bajito en el equipo de música. No te sentí acercarte hasta que te dejaste caer a mi lado sobre el sofá con dos botellines de cerveza en las manos y un cigarrillo apagado en la boca. Supongo que ya te había dicho lo mucho que adoraba esa costumbre tuya de guardar pequeñas porciones de todo para cuando quedábamos solos, sabiendo que todas las actividades de la vida, por mucho que el resto de la compañía sea grata, tienen un gusto distinto cuando solo se hacen de a dos. 

 Mientras yo tiraba un cojín al suelo para estar más cómodo, tú optaste por subir los pies descalzos enfundados en gruesas medias rayadas sobre la mesa, ya liberados de todas las etiquetas. Luego de un par de caladas al cigarrillo me lo acercas a los labios, dos fumadas y te lo ofrezco, no lo tomas, solo te inclinas hasta él y mientras aspiras el humo nuestros ojos hablan, en ese dialecto antiguo e instintivo, rápido y certero. En vez de volver atrás desciendes para un beso que me hace girar involuntariamente, me deshago del cigarrillo y en el segundo beso, subo contigo para evitar cortarlo, hasta que el respaldo del sofá nos detiene, dos lenguas que se buscan con anhelante necesidad, fuera y dentro de la boca, que se atrapan, se succionan sedientas, que se apropian de los sentidos haciendo desaparecer por largos segundos al resto del cuerpo, me das el espacio entre tus piernas, nuestros labios se separan para que los ojos vuelven a hablar, caigo sobre mis rodillas, haciendo esfuerzos por no soltar tu mirada dejo caer un beso calculado en uno de tus senos, por encima de las delgadas telas que lo cubren, lento, tierno, incluyendo un suave roce de mis dientes en tu pezón que me parece que ya despierta, apoyas tus brazos en mis hombros y siento tus dedos suaves en mi nuca, sin represiones, mientras poso mis labios en tu cuello, en la periferia de tus senos, en tu vientre, sin prisa, saboreando los olores y las texturas, sintiendo tu piel bajo la ropa, con mis pulgares firmemente aferrados a la pretina de tu pantalón…tu pantalón, ya sabes que esa es la única prenda que me molesta. Tu cinturón parece cooperar, pero el botón se resiste, se me hace más difícil la tarea con tus intenciones de quitarme la ropa, yo te ayudo y tú me ayudas, te acomodas recostándote sobre tu espalda para que aquella engorrosa prenda corra por tus piernas, pero solo esa, las otras pueden quedarse un rato más, es más, algunas de ellas llegarán hasta el final. 

 Recorro con mi lengua y mis labios la parte interior de tus muslos, de las rodillas hasta su nacimiento, en esa línea limítrofe es donde permanezco, donde tus piernas y tu cuerpo se unen, me muevo sin prisa ni vergüenza, bordeando tu ropa interior, luego mientras levanto la mirada hacia tus ojos, arrastro mi labio inferior por tu sexo de abajo hacia arriba, por encima de la tela que lo cubre, para detenerme en un beso que no tengo prisa por terminar, más que piel y tela se mezclan durante un rato, haciendo desesperar el contacto directo, entonces recién remuevo el velo de su sitio, solo el espacio suficiente, para acariciar con mi boca tu entrepierna, sus bordes, sus pliegues, deslizándome por su humedad, disfrutando de tus instintivas y bruscas reacciones que contrastan con la parsimonia con que desarrollo mi labor, desciendo y vuelvo a subir arrastrando mi lengua, que se deja acompañar de mis labios y mis dedos, se cooperan, se coordinan sin estorbarse, todo ahí me interesa, todo requiere mi atención, el interior y la periferia, deteniéndome a voluntad en ese punto que te descontrola, que te agita y que a ratos te desespera, pero todo eso solo me incita a continuar, a provocarlo con consciente intención, variando de la ternura a la brusquedad, en un juego de velocidades, de ritmos, de ataque y retirada, como una batalla que no estoy dispuesto a perder. Continúo así hasta que tu cuerpo te obliga a aferrarte de mi pelo para no desvanecerse, a apretarme entre tus piernas para detenerme, a contorsionarte, en un arrebato nacido de un delicioso placer que por segundos te domina por completo, te desarma, te controla y que yo trato de alargar en la medida que me lo permites, luego me retiro de ahí por un momento, buscando tu aliento, tu lengua, tus labios, tu agitada respiración que ya no se calma, los besos son ahora más violentos, más desesperados, dando y quitando la vida al mismo tiempo. Tú enrollas tus piernas a mí alrededor, atrapándome con fuerza, yo busco trozos de piel desnuda con mis labios, tu cuello, tu hombro, mientras con una mano hurgo debajo de tu ropa, hasta dar con tus senos, mi consciencia se traslada sin esfuerzo por mi cuerpo sintiéndote, el aroma de tu cuello, tus manos en mi pelo, tus piernas cruzadas en mi espalda, tu aliento tibio y premuroso en mi hombro, hasta mi mano aferrada a uno de tus pechos, tu pezón rígido que repaso con mis dedos, no pasa mucho tiempo hasta que llego a él con mis labios, para besarlo, succionarlo, acariciarlo con mi mano y mi lengua, junto a todo su rededor, desde ahí me traslado por tu cuerpo con mis manos, vuelvo a tus muslos, tu cintura, tu entrepierna. Sumido en tu piel apenas noto cuando empiezas a enderezarte tratando de desarmar las ataduras de mi pantalón, sin ayudarte ni oponer resistencia busco tus labios, tus besos, cayendo nuevamente en ese reducido y cómodo espacio que es el sofá, que sin embargo es más que suficiente para nuestros cuerpos que se funden, entregándose. Vuelvo a besar tu sexo antes de entrar en él, esta vez sin detenerme demasiado, sin la delicadeza y control del principio, esta vez solo es lascivo y crudo apetito, irresponsable provocación de tus reacciones, instinto de supervivencia, luego de eso realizo la carnal conexión, deslizándome despacio en aquella cavidad febril, donde la humedad y el calor atrapan y retienen. Entro y salgo sin prisa, sin apurarme, mis manos continúan su recorrido por tu cuerpo, me inclino sobre ti para besar todo lo que está a mi alcance, variando la velocidad y profundidad de mis movimientos, acariciando tus piernas que me aprietan, besando tus brazos que me envuelven, buscando de tanto en tanto tu boca para ahogar tu respiración agitada tragándome algunos de tus gemidos y convirtiéndolos en sedientos y desesperados besos que quitan el aire al mismo tiempo que lo entregan, invadiéndote por distintos frentes en forma simultánea. Mientras me agarras con fuerza me bebo el sudor de tu cuello, siento tus dedos que recorren mi carne, a ratos con ternura, a ratos con ímpetu. Me detengo un momento para concentrarme en mis labios y tu piel, entonces el desenfreno que alcanzamos, las ganas que acumulamos se vuelven impaciencia y nos obliga a romper con la breve estática, a seguir con el movimiento y el roce de piel, el amasijo de carne tibia y húmeda que nuestros cuerpos forman, rueda con brusquedad haciendo que casi lleguemos al piso, entre risas cómplices apagadas por labios que se estrellan torpemente, recuperamos la estabilidad, quedando esta vez tú encima mío, tendidos por un rato, apretándonos uno contra el otro, recorriéndonos con insistencia, pero pronto te acomodas y alzas tu torso, yo me alzo contigo abrazando tus caderas en todo su contorno, mis manos se pasean por tus muslos, tu cintura y tu espalda mientras te mueves con soltura, mientras nuestros acalorados alientos chocan cada vez con más insistencia y premura al ritmo de ambos corazones que golpean dentro del pecho impulsados por el deseo. Las sensibilidades se disparan, te recorren aumentando en intensidad con cada uno de tus vaivenes acompañados de gemidos que al salir parecen recoger tu espalda inclinándote hacia atrás y hacia delante, yo te sostengo de tu cintura mientras tú haces todo el trabajo sujeta a mi cuello decidida a llegar al fin forzando todas las resistencias hasta romperlas… 

Tus movimientos menguan en intensidad hasta detenerse soltando todo tu peso sobre mí que te estrecho manteniendo unidos nuestros cuerpos húmedos por algunos segundos más, mientras tú recuperas el aliento con tu cabeza apoyada en mi hombro… 

 León Faras.