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Fagnar no estaba nada conforme con las negociaciones. Presionado por la lluvia que se acercaba, no le faltaban ganas de forzar una respuesta a punta de cañonazos, pero para él, ser soldado todavía era una cuestión de honor y de lealtad en su nivel más elevado, y él debía estar a esa altura, “Mande alerta defensiva en espera de órdenes. Se acabó el descanso.” Ordenó, y la instrucción movilizó a todos rápidamente. Demirel lo observaba por el borde de las rendijas que eran sus ojos sin decir nada, se olía algo raro en la actitud de su general, en el gesto de su cara, como una urgencia nerviosa por acabar con una situación que estaba prácticamente bajo control, pero no llegaba a ver exactamente el porqué. Esperar una respuesta formal por parte del enemigo era lo más normal y adecuado, o de lo contrario, no la pide; además, lo único que podía cambiar de cómo estaban las cosas era el clima, pero éste siempre era imparcial y tanto la lluvia como el sol afectaba a amigos y enemigos por igual. Por supuesto, a él no le interesaban en lo más mínimo esas tontas armas modernas ni sus carencias, para él las guerras se ganaban y se seguirían ganando con espada en mano, y como era de esperarse, ignoraba completamente, al igual que casi todos sus colegas de armas, que un poco de agua caída del cielo podía inutilizar el poder de un Tronador en muy poco tiempo.
En la parte alta de Bosgos, donde Darlén tenía su casa, la que seguía intacta como casi todas en esa parte más alejada de la ciudad, se llevaría a cabo lo que era uno de los rituales más antiguos y desconocidos que existían, porque eso era, un rito, no brujería ni magia, y como tal, cualquiera podía realizarlo, pero no cualquiera sabría cómo. Circe preparó el tónico que la difunta debía beber, una mezcla de hierbas rebuscadas machacadas, empastadas con aceites tóxicos, y todo diluido en un agua que sólo recibía luz de luna y rezos por al menos siete meses, y que por sí sola podía generar conexiones con el mundo de los Invisibles si se bebía, pero la ceremonia en sí no se haría hasta que el sol comenzara a declinar, pues los espíritus, al contrario de los vivos, se orientaban mejor en la oscuridad, mientras que la luz los cegaba y confundía. Por su parte, cerca de allí, Migas hacía las mezclas de venenos, catalizadores y aceites con cálculos a ojo, como siempre se habían hecho, pues nadie, nunca, se había dignado a escribir recetas con medidas precisas en ninguna parte y el que sabía aprendía así, a ojo, como Dudú lo hacía ahora, siguiendo cada uno de sus movimientos y atendiendo cada uno de los susurros que el viejo soltaba para sí mismo, recordándose de lo que se debía hacer; esperando, como el perrito que espera las sobras de comida, a que el viejo le diera la oportunidad de meter las manos y participar.
La aldea de Cipiolo era un sitio extraño aunque por fuera pareciera una aldea como cualquier otra. Un puñado de casas miserables, varios fogones humeando por aquí por allá, rejas de madera con pescados colgados secándose al sol y unos cuantos botes que parecían hechos con más cariño que las mismas casas; lo raro allí era su gente, personas muy flacas pero musculosas como conejos despellejados, con unas cabelleras que tanto hombres como mujeres jamás se cortaban, así como la barba en los hombres que les crecía en la cara sin control como la maleza en un campo abandonado. Gente nudosa y callosa que hacía todo sin prisa, sin pausa y sin apenas decir ni pío. Berno había visitado el lugar antes y sabía que esa gente era rara pero no peligrosa, por lo que entró en la aldea sonriendo y saludando mientras todos le miraban como al apestado que no quieres que se te acerque demasiado. Las primeras que llegaron junto a él fueron don chiquillas idénticas entre sí, agarradas de los brazos con fuerza, que le recitaron en coro una bienvenida con despedida incluida y una reverencia: “Bienvenido, señor, gracias por su visita pero aquí no necesitamos nada. Que tenga un buen viaje.” “¿Dónde está Quyo?” Preguntó Berno sin hacerles mucho caso y las niñas señalaron un punto al unísono, como si las hubiesen parido pegadas. Quyo era un conocido con el que había hecho negocios antes logrando meter entre esa gente celosa sus productos de cuero usando vino de Curoto como lubricante con total éxito. El vino no era malo, pero sí era de lo más barato que había debido a que las bayas de Curoto crecían solas y abundantes sin que nadie se ocupara. Ahora solo traía vino y Quyo estaba encantado con eso, pero el problema fue que allí ni siquiera sabían qué cosa era la brea. Berno se sintió engañado, aquellos aldeanos piojosos usaban botes para pescar, y los botes debían ser impermeabilizados con brea para que no se hundieran a la mínima, explicó, entonces Quyo comprendió lo que su amigo pedía a cambio del vino y lo calmó con una sonrisa complaciente y el gesto de aplacar con ambas manos, pero cuando se lo dio, Berno nuevamente se sintió estafado. “¿Pero qué porquería es esta?” Dijo, con francos deseos de golpear a alguien. Quyo no entendía, eso era precisamente lo que ellos usaban para impermeabilizar los botes y funcionaba perfectamente, pero Berno no lo creyó hasta ver una demostración. Cera de abeja. Berno había oído hablar sobre la miel de abejas y que algunos hasta se la comían, pero él nunca la probaría, esa inmundicia no podía ser más que lo que esos bichos comían y luego cagaban, sin embargo, eso de la cera era diferente y funcionaba muy bien contra el agua, por lo que cerraron el trato, y entre risas, le regalaron un sombrero de hojas de Yaya, muy efectivo tanto para la lluvia como para el sol, según le dijeron, pero ridículamente grande y que Berno, después del segundo vaso de vino de Curoto, ya no se quitó más.
León Faras.