143.
Migas despertó de pronto y asustado, como si hubiese cometido un grave error en sueños, pero se tranquilizó tras ojear su entorno y comprobar que todo parecía estar en perfecta normalidad. Estaba echado sobre sus documentos, como siempre, e iba a comenzar a poner en orden sus cosas cuando el motivo de su inquietud entró por la puerta sonriendo descarada y con un manojo de leña fina en las manos para encender el fuego. “Hice masa para tortillas, pero apenas había lumbre en el fogón. A Tata le encantarán.” Dijo la chica, Migas se preguntó quién carajos era Tata y si acaso se refería así a su padre, iba a comentarlo, pero Dudú se le adelantó. “Sí Tata, las haré con ajo como me pediste.” Migas la miró como si estuviera cometiendo un flagrante delito, pero Dudú continuó soltado comentarios y risitas cómplices como si en verdad hablara con su padre, hasta que Migas, hastiado de la farsa, se le acercó para decirle al oído, con uno de sus huesudos dedos estirado en señal de advertencia. “Deja de fingir que hablas con mi padre.” La chica protestó ofendida, pero el viejo fue inflexible. “Puedes tomarme por loco si quieres, pero no me tomes por imbécil. Ahora ayúdame a llevar a Nimir a la cripta para despejar la mesa. No podemos comer siempre con él ahí como si fuese un florero.” Ordenó el viejo, olvidando el asunto, como un agente que está dispuesto a pasar por alto un crimen menor, mientras no se vuelva a repetir. “A mí, no me molesta.” Señaló Dudú, bajito, cogiendo al difunto por los pies. “A mí tampoco, pero tal vez a él sí.” Contestó Migas, levantando el cadáver por los sobacos. Luego agregó. “Por cierto, sé que a mi padre le encanta el ajo pero no le des demasiado porque le ablanda la sangre, ¿entiendes?” Dudú asintió conteniendo una sonrisa.
Demirel, como el más ordinario de los ciudadanos, no tuvo la oportunidad de observar a la realeza de Cízarin muchas veces durante su vida, pero era un buen observador por naturaleza, y la fisonomía de un rey era algo importante para alguien que debía servirle, pero si al rey lo había visto solo un par de veces en toda su vida, al hermano del rey lo vio solo una vez, siendo él mismo un muchacho que todavía jugaba con una espada de madera. Sucedió justo antes del ataque de Rimos, el príncipe de Cízarin pasó frente a él montado sobre un caballo enorme, vestido de metal brillante, seguido de un ejército de soldados leales a su general, dispuestos cada uno de ellos a morir en la batalla defendiendo la ciudad y a su gente, tal como él soñaba con llegar a hacerlo algún día, pero de eso ya había pasado mucho tiempo, y del príncipe y guerrero aquel, nunca más se supo. “Solo somos personas dispuestas a hacer lo que sea por mantener a salvo a nuestras familias.” Respondió Janzo, innecesariamente ambiguo, lo que hizo que Demirel lo observara con aún más interés. Éste último habló. “Me crié en una posada en la que trabajé desde pequeño junto a mi madre limpiando y cocinando para los viajeros. Nunca conocí a mi padre, según mi madre, murió sin pena ni gloria antes de que yo naciera. Ahí aprendí dos cosas que me servirían para toda la vida: que la cebolla frita mejora cualquier plato por pobre que este se vea, y que puedes aprender mucho sobre las personas si sólo las observas y las escuchas sin interrumpir, y no necesito mucho para darme cuenta de que tú eres cizariano hasta las botas, un cizariano luchando junto con un monstruo rimoriano en contra de su propio pueblo, y apostaría un ojo a que no eres cualquier hijo de labriego.” Janzo miró a Emmer y luego de vuelta al prisionero. “Sí, así es.” Admitió. “¿Quién carajos eres?” Insistió Demirel. Janzo se le puso muy cerca para no tener que levantar la voz. “Creo que ya lo sabes, pero si yo te lo digo, tendré que matarte para conservar el secreto, y tú aún tienes la posibilidad de salir con vida de esta.” Demirel hizo una mueca de descaro. “Soy un soldado, la muerte no puede asustarme ni por dolorosa que sea, pero si me dices la verdad, tal vez aún tengan una posibilidad de que los ayude antes de morir.” Janzo lo miró a los ojos como se le mira a alguien a quien se le odia y se le respeta por igual. “Soy Rianzo, hermano de Siandro, y príncipe de Cízarin.” Respondió Janzo, con toda la seriedad del mundo, casi malhumorado, cosa que Demirel aceptó como algo válido. “¿Cómo es eso posible?” Preguntó éste, en un tono más apaciguado, y el otro le respondió que de alguna manera sobrevivió a la batalla, casi ahogado pero sin heridas graves, y que luego de eso, solo pensó en que quería estar con su mujer y su hijo. Demirel asintió conforme, como alguien capaz de reconocer cuando alguien está siendo honesto. “Puedo entender eso… puedo respetar eso, pero lo que no puedo, es aceptar que te hayas vuelto en contra de tu propio pueblo y de tu rey.” Le reprochó. Janzo sintió que la ayuda de este hombre le estaba saliendo demasiado cara. “Defiendo Bosgos tal como defendí Cízarin, tal vez eso sea una traición hacia mi rey para ti, pero un hombre no puede tomar dos caminos cuando debe elegir uno. Yo elegí el mío y ahora tengo que seguirlo hasta el final, porque lo que no puedes hacer, es traicionarte a ti mismo.” Demirel meditó unos segundos esas palabras y luego puso una cara de resignación de lo más curiosa. “¿Me dejarán elegir cómo quiero morir?” Dijo, como quien pregunta qué hay de postre. Tanto Janzo como Emmer se miraron incrédulos, ¡todo esto para nada! “Entonces, ¿no nos vas a ayudar?” Preguntó Nila, francamente enojada. Demirel se encogió de hombros, que era de las pocas cosas que podía hacer en su posición. “Sí, lo haré, pero ahora conozco su secreto y debe matarme para mantenerlo, eso fue lo que él dijo, así que me gustaría pedir que sea con un puñal en el corazón.” Janzo lo miró realmente harto de él. “Con mucho gusto lo haré como tú quieres.” Le contestó.
León Faras.