sábado, 15 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

142.



Los primeros rayos del sol despertaron a Falena y Brelio que sin querer se habían reclinado uno sobre el otro al dormirse. Dieron un respingo nada más abrir los ojos y verse, y es que sus rostros estaban pálidos por la ceniza, resquebrajada al secarse ésta con el calor del fuego y con surcos de lágrimas y baba que le daban un aspecto de criatura maligna y sobrenatural, además del pelo enlodado, tieso y blacuciento, disperso en todas direcciones. No les quedó más que reírse del susto que se dieron porque de verdad había sido tan tonto como genuino. Mientras aún reían, buscaron las charcas de agua más cercanas para lavarse la cara y todavía con esa misma sonrisa en la cara se pusieron de pie para observar la catástrofe que los rodeaba bajo la luz del día. Su sonrisa se apagó como una vela ante una repentina corriente de aire. Estaban rodeados de muertos, muchos soldados enemigos, y también muchos bosgoneses aplastados bajo los escombros de su propia ciudad, muchos cadáveres que no podrían ser recogidos y retirados en un corto plazo de tiempo, lo que sería de gran provecho para Cízarin, porque lo que comenzaran con sus Tronadores, lo terminarían con la pestilencia.



Fagnar envió una docena de sus hombres a recuperar los caballos dispersos por el escozor de la lluvia, estuvieran donde estuvieran, y a siete más, porque esos eran todos los caballos que tenían en ese momento, para que fueran a Cízarin y regresaran con suministros, munición para los Tronadores y todos los hombres disponibles para acabar con Bosgos de una vez por todas. Yurba y Tibrón no estaban en ninguno de estos dos grupos, por lo que su trabajo era quedarse parados donde estaban, atentos a cualquier posible reacción del enemigo junto con los rimorianos, que de pronto eran mayoría. En Bosgos la situación no era más favorable, su arma más letal, el veneno, estaba casi agotado, diluido en la lluvia o destruido bajo toneladas de escombros y tierra, y su gente no estaba en mejores condiciones, ahora ya no festejaban su relativa victoria con alcohol y polvo de ninfas, ahora se escondían y esperaban, mordisqueando cualquier cosa para matar el hambre o la ansiedad, esperando el ataque enemigo que sabían que llegaría en cualquier momento, porque así funcionaba esto, ellos habían dado su golpe y ahora tocaba esperar el golpe de regreso, mientras Cízarin los observaba desde lejos, sin hacer nada, aparentemente, porque algo debían de estar planeando. Cecar, quien mostraba confiable competencia y una motivación excepcional en su cargo, había expuesto su idea de mover los Tronadores a una zona lateral despejada desde donde atacar limpiamente lo que quedaba en pie de la ciudad, pero hacer el traslado ocultos entre los árboles para no ser vistos, lo que Fagnar celebró como una gran idea; mantener la atención del enemigo en el frente, mientras movían su foco de ataque principal a un flanco, era una de las tácticas de ataque más efectivas creada en la naturaleza por las más antiguas manadas de depredadores, por lo que ordenó implementarla de inmediato.



Cuando Desmirel despertó estaba sentado en el piso, con las manos atadas a la espalda y amarrado del cuello a un grueso poste que aún seguía en pie. Una mujer, asistida por una jovencita le limpiaba las heridas, el soldado no tardó en reconocerla, era aquella cuya hija murió aplastada y que él ayudó a sacar de entre los escombros. En cuanto la mujer lo vio abrir los ojos, le llevó a la boca el pico de una vasija con agua para darle de beber, pero Demirel la rechazó con rudeza, volteando el rostro con un gruñido, como un perro desconfiado. “Es solo agua, lo prometo.” Dijo Nila, y para probar que no contenía venenos ni soporíferos, se echó un trago en la boca ella misma. “Sé que debes tener sed, y…” Decía ella, cuando el hombre la interrumpió. “¿Por qué sigo vivo?” Preguntó con disgusto, como si estuviera hastiado de escuchar banalidades y quisiera por fin hablar sobre cosas importantes. “¿Acaso preferirías estar muerto?” Replicó la mujer, con una inocencia que a Demirel le pareció casi infantil. “¡Soy un soldado! ¡Claro que prefiero haber muerto empuñando mi espada antes que seguir vivo y atado a un poste como un puerco!” “¡Pues la muerte no llega cuando tú quieres, sino cuando te la ganas! ¡Y tal vez tú no te la has ganado todavía!” Replicó Nila, rencorosa, como si le hubiese ofendido su tono prepotente. Demirel pensó que podía estar parcialmente de acuerdo con esa afirmación. “¿Tu hija sí se la ganó?” Musitó, provocativo. Nila estuvo a punto de responderle que su hija muerta ahora estaba viva, pero se contuvo, en eso apareció Janzo. “¿Sabes por qué sigues vivo?” Preguntó éste sin rodeos. “Aparentemente, porque no me he ganado la muerte todavía.” Respondió el otro con un tono casual que Janzo no supo interpretar y prefirió ignorar. “Estás vivo porque alguien pensó que podrías ayudarnos a defendernos.” Demirel lo miró con una mueca de risa, como si quisieran tomarle el pelo. “¿Acaso pides que me cambie de bando?” La idea era ridícula de solo pensarla. “Queremos que nos ayudes, no que pelees por nosotros.” Respondió Janzo. “¡Nos están masacrando allá afuera, y no hicimos nada para merecerlo!” Explicó Nila. “Fueron advertidos y aun así se resistieron.” Argumentó Demirel, y de inmediato recibió una respuesta de un punto al que no podía voltearse a mirar. “¿Acaso no lo hubieses hecho tú?” Ese era Emmer. Demirel no respondió hasta que éste se dejó ver. “Lo que yo hubiese hecho, no es relevante. Las suposiciones no cambian nada.” Emmer se agachó frente a él. “Yo te vi hoy, no estabas contento con lo que estaba sucediendo aquí… Incluso estabas avergonzado.” Y luego de una pausa, agregó. “Por eso estás vivo.” Demirel sabía que eso era verdad, y siempre estaba en conflicto el deber de hacer su trabajo como soldado, y la obligación moral de no hacer nada que lo avergonzara a él o que deshonrara a su espada, aun así, ayudar al enemigo era una directa traición hacia su rey, y esa era una línea que él no estaba dispuesto a cruzar. “¿Cuántas líneas estás dispuesto a cruzar por hacer lo que otros te ordenan que hagas?” Le sugirió Nila como si le hubiese leído la mente. Demirel la miró a ella y luego a Emmer. “En el servicio está el honor del soldado.” Repitió el cizariano de memoria, como una frase inculcada durante mucho tiempo. “¿Y qué hay de proteger la vida de los inocentes con…?” Replicó Janzo, pero Demirel acabó su frase. “…¿contra la mano del tirano?” Lo que hizo que éste último le prestara mucha más atención que antes; aquella era una sentencia del ejército cizariano, vana retórica más que nada, pero especialmente popular desde el ataque de Rimos, lo que delataba a este hombre como cizariano, y si así era, algo en lo más profundo de su mente cobraba inesperado sentido, y es que al mirar ese rostro con otros ojos, comenzó a ver el atenuado pero innegable parecido con su hermano mellizo, el rey de Cízarin. “¿Quién demonios eres tú?” Preguntó.



León Faras.

lunes, 3 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

141.



Con la salida del sol de ese día, muchas cosas sucedieron casi simultáneamente. Por un lado, Cego regresaba a Jazzabar triunfante, como un rey conquistador con su trofeo bajo el brazo, para encontrarse con que uno de sus hijos, el chiflado, estaba perdidamente enamorado, al parecer, y comprometido también, con una mujer que le resultaba muy familiar de haber visto en alguna parte, y es que Cegarra, como casi todos los hombres que visitan Bosgos alguna vez, pasan al menos una noche en el burdel de Nina, donde estaba seguro que había una joven puta coja, de genio muy apacible y trato acogedor, pero a la nadie tomaba realmente en serio en su oficio debido a su tara. Prato podía tener similares recuerdos porque él le acompañaba en esa y otras aventuras, pero eligió mantener la boca cerrada, el ceño apretado y la vista inquieta para no verse inquirido por los ojos de su rey, entonces, Cego recurrió a su otro hijo, el malhechor, quien frecuentaba el negocio de Nina con regularidad y que estaba parado justo a su lado en ese momento, para confirmar sus sospechas, pero éste, medio que escuchó lo que le iba a decir y de inmediato sacudió la cabeza en negación, descartando la sugerencia de un plumazo y llamando a gritos a su hermana Elba para que bebieran el trago que le había ofrecido antes; escabulléndose enseguida de su lado, por lo que Cego debió quedarse con la palabra de sus otras dos hijas, la de en medio y la menor, que no hablaban más que maravillas sobre la novia de su hermano Yan, sobre todo Daliana, porque Rina hacía poco más que sonreír y asentir.



También con el despunte del sol volvía a casa el grupo de revolucionarios al mando de Musso. Tomando todo tipo de precauciones, debido a que esperaban una batalla en pleno apogeo, se acercaron a pie, dejando atrás carros y caballos y arrimándose agazapados, primero por el oído antes que por los ojos. La lluvia ya declinaba casi por completo y el silencio era preocupante, hasta echar el primer vistazo. Desde su perspectiva, no quedaba un edificio en pie en toda la ciudad y posiblemente tampoco sobrevivientes. Cana, la mujer muda, fue la primera en ponerse de pie para contemplar horrorizada el desastre, su primo Ren lo hizo tras ella y luego todos los demás, ya sin temor de ser vistos. Musso estaba tan furioso, con lo sucedido, con los cizarianos, consigo mismo y su patético intento de ataque que más insignificante se sentía al lado del desastre en Bosgos, que sintió las mismas ganas de llorar que de golpear algo hasta romperlo, pero entonces, Cana, que además era su cuñada porque su hermana muerta fue la esposa de él durante un tiempo, señaló un tipo de movimiento lejano que podían ser sobrevivientes y que les devolvió la esperanza a todos. Musso se restregó los ojos con rudeza, disgustado porque se le habían mojado sin querer, y con la misma rudeza, ordenó a todos ponerse en marcha, pues aún no estaba todo perdido.



El ejército cizariano, agotado como si hubiese tenido que cruzar todo un mar de lodo con el mundo a cuestas, se refugió en un claro del bosque aledaño donde recobraron el aliento hasta que el aguacero amainó y el sol por fin salió despejado en la mañana, atrincherados entre los los árboles esperando por un ataque enemigo que nunca llegó. Cecar, curioso, notó que la protección de los bosgoneses contra la lluvia no era más que cera de abeja y pensó que valdría la pena usarla con sus Tronadores, tal vez más que la grasa animal que ya usaban, mientras Fagnar los presionaba para que recuperaran su poder de ataque lo antes posible. Lograron recuperar algunos caballos que no habían ido muy lejos y el general los pensaba usar para arrastrar sus Tronadores de vuelta y acabar con lo que quedaba de ciudad, pero Tibrón le hizo ver, sin demasiado esfuerzo, que aquella era una idea impulsiva, que los hombres estaban cansados y desmoralizados, que casi no tenían víveres debido a la precipitada huida, que también habían perdido la mitad de sus pertrechos y algunos soldados ni siquiera tenían su espada para pelear, y que no debían olvidar que el enemigo aún podía contar con veneno y usarlo contra ellos, Fagnar no dijo nada, pero algo tenía que hacer, no podía concederles una victoria así de fácil, no cuando eran ellos los que tenían la ventaja en la batalla, tenían a los Tronadores. Fue así como el general ordenó a su ejército a salir de su escondite y formarse como se debía en las afueras de la ciudad, mientras que él tomaba los pocos caballos que tenían y se hacía acompañar de Váspoli y otro par de soldados de fiar hasta mismísimo centro de la ciudad, el escampado donde antes habían parlamentado para volver a hablar con el enemigo, una decisión que para algunos podía considerarse como valiente y digna, mientras que para otros solo era presuntuosa e inútil estupidez. “Si lo matan y lo envían de regreso sin cabeza, ¿nos podemos ir a casa?” Preguntó Yurba a Tibrón, que era de los pocos oficiales que quedaban, pero este ni lo miró. Poco a poco se daba cuenta de lo que todo el mundo ya sabía, que muchas veces era mejor ignorar a Yurba sus comentarios y dejar que se respondiera él solo. “Supongo que no será tan fácil.” Efectivamente. Se respondió a sí mismo.



Nuevamente sonó el cuerno y nuevamente salió Emmer al frente a hablar con el general mientras muchas caritas en el fondo se reían para sus adentros, engreídas y burlescas. “Esta será la última vez que hablemos, espero que sea consciente de ello.” Dijo Fagnar. Emmer asintió. El general esperó oír algo más, pero solo obtuvo eso. Continuó. “Antes vine a negociar, ahora tengo que felicitarles, lo de la lluvia fue una gran jugada.” “¿No creerá que nosotros hicimos eso? ¿O sí, general?” Replicó Emmer con cinismo controlado, Fagnar sonrió aun más cínico. “Sin llegar a ser un sabio, soy un hombre instruido…” Quiso llamar de alguna manera a su interlocutor pero se dio cuenta de que no conocía ni su nombre ni su rango, por lo que solo continuó después de una corta pausa. “He leído bastante, y conozco la historia de Hiblia y de cómo derrotó a un ejército más grande y mejor armado que el de él con la ayuda del cielo, pero pocos se acuerdan de la figura de Varaduma, el estudioso que le acompañaba desde las sombras y que fabricaba todas sus pociones y venenos. No esperará que crea que hay un dios preocupado por proteger el destino de estas tierras y su gente, ¿o sí? Porque de ser así, me gustaría mucho verlo.” Emmer apretaba la mandíbula como un acto reflejo para verse firme. “Tal vez ya lo vio, general.” Respondió, a falta de algo mejor. El general sonrió complaciente, otorgándole un porcentaje de validez a tal posibilidad, luego contempló el cielo completamente limpio y despejado sobre sus cabezas. “Que su dios los proteja.” Dijo, dándose la vuelta para irse sin más.



León Faras.

jueves, 23 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

140.



Migas puso a calentar un caldo de hueso con calabaza, esperando con el gesto agrio que la chica le cuestionara el aspecto poco apetitoso de su comida o la falta de condimentos de su cocina, pero en cambio Dudú se dedicó a admirar su entorno, a reconocer cada rincón, a quedarse maravillada ante un rudimentario pero fascinante aparato cuya utilidad se le escapaba definitivamente de su comprensión, pero no de su interés. Era una simple placa de madera con una pequeña vara parada en medio como un poste, de la que salían rayas rectas en todas direcciones, las que eran cruzadas por muchas otras líneas cuyas trayectorias y formas eran distintas entre sí, caóticas en un principio. “¿Qué chirimbolo es este?” Preguntó la chica realmente interesada. A Migas no le gustó el término que usó, pero no podía quejarse, en realidad, el aparato no tenía nombre todavía. “Estudio el movimiento del sol.” Respondió el viejo, escueto. “¿Con esto? ¿Cómo?” Preguntó Dudú, intrigada. Migas dejó su caldero de lado por un segundo para atender la curiosidad de la chica. Le encantaba hablar de sus pasiones científicas, pero a la vez odiaba gastar palabras en mentes farsantes que fingían el interés por lo que preguntaban y con esa muchacha, aún no estaba totalmente convencido. “Las líneas paralelas marcan periodos de tiempo, las otras, por donde pasó la sombra del poste durante esos periodos de tiempo.” El viejo seguía siendo breve y displicente. “¿Y eso para qué sirve?” Preguntó la chica queriendo entender, pero Migas ya le daba la espalda para volver a su olla. “Todavía no estoy seguro, pero si su recorrido no es siempre el mismo, quisiera entender por qué.”



La lluvia caía afuera aunque su veneno no llegaba hasta su propiedad, lo sabía por la multitud de cabras que aún no se movía de su patio y que solo se había arremolinado bajo los árboles cercanos para pasar la noche. Dudú bebió su caldo con apetito acompañado de un trozo endurecido de tortilla de avena cocida al rescoldo que sopaba antes de morder, como una experta. Migas estaba incómodo, su perro se había tomado la llegada de esa chica con demasiada naturalidad y su padre no había dicho palabra en toda la noche, ni siquiera para burlarse. “Puedes usar la cama cuando termines, yo tengo trabajo que hacer…” La chica quiso protestar, que ella estaba allí para trabajar, ganarse su sustento y aprender, pero el viejo fue categórico: “Empezarás mañana, no esta noche. Tengo cosas en que pensar.” No levantó la voz pero su gesto no admitió réplicas. Esa noche, luego de lavar los cuencos con un puñado de ceniza del fogón, Dudú escuchó, apenas audible por encima del rumor de la lluvia, al viejo susurrándole cosas a su padre junto al fuego, rogándole con impaciencia que no siguiera callado, que dejara de ser obstinado y dijera algo, incluso ofreciéndole deshacerse de la muchacha si era eso lo que él quería. Lo escuchó hasta que se durmió, enrollada en una cama para ella sola, en la que estaba acostada desde temprano como no lo había hecho en mucho tiempo, con una comida caliente en la barriga que la invitaba al sueño, al contrario de un estómago vacío, y la certeza interna de que se ganaría limpiamente cada una de las cosas con las que había soñado en esta vida, que no eran muchas ni muy complicadas, partiendo por el conocimiento, pues sabía, sin saber mucho, que el conocimiento era la fortaleza de los débiles, la que los hacía libres y dignos de respeto.



En Bosgos, más de la mitad del ejército cizariano yacía entre los escombros, destrozado, machacado contra el suelo como una plaga de insectos indeseables, mientras el resto retrocedía a la velocidad a la que retrocedían sus Tronadores, rodando trabajosamente sobre el lodo que primero los estancaba y luego los hacía deslizarse sin control, en una oscuridad casi completa y bajo una lluvia que, al menos y para su fortuna, parecía perder su toxicidad gradualmente a medida que pasaban las horas. Entre la oscuridad reinante y el suelo cubierto de escombros dominante, Váspoli, Tibrón y Yurba se abrían paso sin saber muy bien en qué dirección iban, solo buscando moverse y esperando a que la fortuna los guiara a una salida. Los enemigos, en su mayoría, parecían haberse replegado, agotados y con el veneno de la lluvia perdiendo su efecto. Entonces sintieron en la oscuridad un breve choque de espadas y el quejido agonizante de un hombre que recibía una estocada mortal y dolorosa. Un farol, colgado al amparo de un alero, sobreviviente por azar a la catástrofe y el aguacero, iluminaba la callejuela donde apareció la chiquilla con la espada cubierta de pinchos goteando sangre diluida en la lluvia. Se paró frente a ellos como si no le importara tener que enfrentar a tres soldados experimentados ella sola, con el cuerpo cubierto de heridas que no sangraban y una expresión en el rostro que no transmitía nada, tal vez indolencia. Se fijó en Yurba y este en ella. Ambos soportaban la lluvia sin protección y se reconocían como criaturas anormales que no debían existir. Váspoli estaba francamente agotado, y considerando que el ataque había terminado y que ahora todo el mundo se retiraba, abogaba por la idea de seguir su camino buscando una salida para reunirse con el resto de los suyos, en vez de liarse en más enfrentamientos pequeños en los que el azar podía hacer más daño que bien, sobre todo, después de ver a ese pájaro gigante devora hombres aparecer de la nada. Tibrón estaba de acuerdo, pero Yurba permanecía embobado hasta que el otro lo cogió del hombro y lo tiró hacia atrás para ponerse en frente con su respetable escudo por delante. “Vete, no pelearé contigo.” Le dijo a la chica con voz firme, mientras hacía avanzar a empujones a su renuente compañero más pequeño que insistía en voltearse a observar como borracho pendenciero. Emma no hizo ni dijo nada, solo permaneció inmóvil, lo cierto, era que reconoció en aquel pequeño soldado calvo algo que podía ver y sentir en ella misma: la mano de la brujería y la muerte.

Váspoli, Tibrón y Yurba saldrían eventualmente para reunirse con los demás, con los que quedaban y reconocer a los que no lo habían logrado, pero sobre todo se encontraron con la falta de uno cuya figura era demasiado evidente como para pasarla por alto, casi para cualquiera que llevara más de un día en el ejército. Uno de sus principales oficiales, cuya espada parecía un chiste absurdo debido a su ridículo tamaño, se quedó atrás cubriendo la retirada de sus camaradas incapaces de luchar y no había sido vuelto a ver. Muchos podían ver a Demirel como una bestia de tamaño intimidante y espíritu invencible, pero al fin y al cabo era solo un hombre como los demás capaz de agotarse y de sangrar como cualquiera, y aunque costara creerlo, parecía que no lo había logrado.



León Faras.

viernes, 10 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

139.



Fagnar, sin su bonita armadura hecha a medida y cubriéndose con una manta para caballos sobre la cabeza, ordenó a gritos a quien pudiera oírle, que debían proteger los Tronadores a toda costa, los que, por cierto, a estas alturas estaban tan empapados que no eran capaces de escupir ni una chispa. Cecar y sus hombres, sin poder contar con la ayuda de sus caballos que habían huido de la lluvia apenas notar los primeros síntomas del veneno, bregaron hasta el agotamiento rodando todo ese peso muerto sobre terreno lodoso, cubriéndose a medias de la lluvia con lo que tenían a mano y soportando su picor como se soporta un dolor de muelas o una herida infectada en batalla, pero no hubiese sobrevivido ni uno de ellos al final de no ser por los rimorianos, que viendo todo perdido ante fuerzas sobrenaturales, no esperaron ninguna orden para retirarse a la última línea y cubrir su retirada usando sus rudimentarios escudos como paraguas y repeliendo el acoso bosgonés, que no era tan efectivo cuando el enemigo se mantenía en pie y con un arma en la mano, mientras que en la primera línea, lo que quedaba del ejército cizariano resistía como podía el embate enemigo buscando escapar de la ciudad con vida al mismo tiempo. Tibrón, buscando replicar la técnica rimoriana para protegerse de la lluvia, recogió un escudo abandonado entre cadáveres y barro, era redondo y metálico. No lo notó de inmediato, pues solo lo usó para cubrirse de la lluvia, pero después, cuando el agua lo lavó y él mismo tuvo tiempo y luz para prestarle atención, vio que era el mismo escudo usado en el ataque anterior por Éscar, su antiguo instructor; el singular escudo fabricado con un palmo de hoja de espada al frente como uña afilada, que servía tanto para desgarrar la carne del enemigo, como para defenderse de sus ataques. La pieza había pasado por varias manos desde la batalla anterior y estado a punto de ser fundida por el herrero local para fabricar algo más útil, pero se salvó en el último minuto cuando todo el mundo en Bosgos comenzó a necesitar cualquier cosa que lo protegiera de la ponzoña que iba a caer del cielo y el escudo tenía una forma más que adecuada. Su última dueña fue la buena de Marla, que lo encontró perfecto para cubrirse la cabeza y los hombros, pero al poco rato se le hizo tan pesado e incómodo de llevar que lo acabó desechando a la primera oportunidad.



Tibrón recorrió las callejuelas destrozadas saltando entre cadáveres y escombros y luchando contra algún enemigo exaltado que de vez en cuando salía de las sombras para sorprenderle y luego volvía a ellas como carroñeros oportunistas. Ayudó a Váspoli, al que encontró defendiéndose con valor pero sin mucho éxito; acorralado por un pequeño grupo de rufianes cubiertos con pieles pringosas y armados con lanzas hechizas que les daban la ventaja de poder atacar a distancia, enardecidos por una fulana pequeña y chillona, que gritaba obscenidades al tiempo que azotaba una quijada de burro contra el suelo como si animara a su luchador favorito. Váspoli resolvió el problema de la lluvia robando la capa de hojas de Yaya encerada de un bosgonés muerto, lo que no fue suficiente para engañar a sus enemigos pero sí a sus compañeros, que habían estado a punto de atacarle en un par de ocasiones. Por suerte, Tibrón lo reconoció por sus gritos antes que por su aspecto. Ambos se quedaron juntos después de eso para cubrirse las espaldas mientras salían de allí, fue entonces cuando, en medio de la oscuridad y el chaparrón, vieron a un hombre pequeño y calvo peleando sin cubrirse con nada de la lluvia, con su pechera y pulseras de metal cizarianas empapadas, enfrentando un número indefinido de enemigos que se veían como criaturas salvajes en la noche, mientras una silueta cubierta con una manta ayudaba a otra que daba saltos como si le faltara media pierna a escapar hacia un lugar seguro. La silueta cubierta pasó junto a ellos, era Aregel que trataba de poner a salvo a su amigo Cal Desci, que con una pierna recién cortada y el veneno escociéndole la piel, aun no decidía qué era mejor entre seguir con vida o simplemente dejarse morir. Váspoli y Tibrón se miraron el uno al otro como cuando no puede ser cierto lo que tus ojos te dicen que ves. El hombre que peleaba bajo la lluvia era Yurba, y al parecer resistía muy bien la toxicidad del veneno sobre la piel, tanto, que parecía que no le afectaba. Ambos iban a unirse a su amigo en la batalla personal que aquel sostenía, pero entonces algo se impuso por encima de todos y le puso fin a la riña de sopetón. Estaba oscuro, bajo la lluvia y luchando contra enemigos cubiertos con todo tipo de cosas que les daban un aspecto entre animal y mitológico, pero entonces, lo que en un principio pareció ser un hombre grande cubierto con hojas como un arbusto, irrumpió en medio hiriendo de muerte a un bosgonés de un golpe brutal, con algo que al pobre tipo le destrozó el cuello. Yurba sintió el golpe de la sangre en su cara a pesar del chaparrón que le caía encima, mientras el resto de los bosgoneses se dispersaban huyendo en todas direcciones. Cuando la figura se irguió, en el extremo de lo que parecía ser un poderoso brazo emplumado, brilló un ojo redondo y amenazante. Era más alto que Yurba, estaba cubierto de plumas que lo protegían de la lluvia y con un pico curvo y afilado capaz de arrancarle medio brazo a un hombre adulto o perforarle el pecho de un golpe. El Cizal, con su presa inmovilizada bajo una de sus garras, miró al pequeño soldado desde las alturas, como juzgándolo, cosa que Yurba aceptó sin moverse ni decir palabra. En algún momento, el ave decidió que ya tenía la presa que quería y que el humano presente, por alguna razón del instinto, no era alimento ni amenaza, por lo que poco a poco, pero sin dejar de vigilarlo, comenzó a retroceder arrastrando con su garra el cuerpo sin vida del hombre que acababa de matar, lo que Yurba aprovechó para retroceder también a su vez, sin apuro ni darle la espalda, como a un enemigo al que se le respeta pero en el que no se confía. La aparición de esta ave es siempre algo impresionante, sobre todo cuando uno se encuentra un Cizal cazando por primera vez en toda su vida, y vive para contarlo, pero eso pronto pasó a segundo plano ante el descaro con el que Yurba recibía la lluvia sobre su piel sin la menor mueca de molestia en el cuerpo. El veneno no lo afectaba, la lluvia no le irritaba la piel, él mismo no podía explicarlo, no lo comprendía del todo tampoco, pero sabía que algo había cambiado para siempre en su cuerpo desde que estuvo a punto de morir por las mañas de esa bruja y el puñal maldito que le clavó en el pecho. Pero si él no lo entendía, sus amigos lo harían menos. “¿Cómo carajos haces eso?” Preguntó Váspoli, intrigado por su insolente falta de sensibilidad. Yurba respondió pedante. “No es gran cosa, algunos solo buscan cualquier pretexto para quejarse.”



León Faras.

miércoles, 1 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

138.



La lucha se extendió más de lo esperado por los bosgoneses, amparada bajo los techos que permanecían de pie, donde muchos soldados se ocultaban en la oscuridad más cerrada oyendo solo el sonido del agua cayendo y el de la respiración agitada de algún camarada incapaz de serenar el ánimo luego de que la mismísima lluvia se volviera en su contra, apretando el puño sobre el mango de sus espadas, esperando a que las antorchas entraran en sus escondites para sacarlos de ahí como a ratas y preguntándose por qué demonios los Tronadores estaban en silencio y no estaban restableciendo el respeto a punta de cañonazos contra lo que quedaba de ciudad. Allí estaba Cuci, el mismo que estaba presente cuando capturaron a Emmer desertando y lo ajusticiaron, ahora con más experiencia en el cuerpo y carne en los huesos. Era, como no, soldado rimoriano al servicio de Cízarin. Había estado en el ataque anterior y retirado temprano de éste con un largo tajo atravesándole el pecho casi de lado a lado, aunque poco profundo, propinado por una anciana armada con una hoz que resultó ser más peligrosa de lo que creía. Un poco más arriba el corte, y no la cuenta. Se podría pensar que esta experiencia le habría enseñado a no subestimar a ningún enemigo, pero Cuci no era de los que aprendía fácilmente y menos con base en su propia experiencia. Estaba allí acompañado por un par de colegas de los que, no estaba completamente seguro de quienes eran, porque dentro no se veía un pimiento y nadie decía nada, intentando encender por su cuenta una robusta vela de sebo hallada en un rincón, cuando una antorcha muy maltratada por la lluvia, pero viva, pasó por fuera sin detenerse, alguno de ellos debió soltar un grito ahogado por la impresión, porque la sombra que sostenía la antorcha le oyó y se detuvo para asomarse dentro. Se paró en la entrada completamente muda con una antorcha moribunda en una mano que iluminaba lo que parecía ser el cuerpo delgado de una mujer joven cubierto con un vestido empapado, pero sin voz ni rostro. Cuci pensó en lo fastidioso de tener que enfrentar otra aldeana histérica como las que le habían tocado en el ataque anterior, de esas que solo chillaban cada vez más fuerte mientras lanzaban golpes sin mirar a donde, pero en seguida se dio cuenta de algo más inquietante, la chica, estando totalmente empapada, no sufría en lo más mínimo con la lluvia. Emma arrojó la antorcha casi a los pies de Cuci, la pequeña llama que quedaba iluminó tenuemente las figuras de tres soldados, dos rimorianos y un cizariano, pero también lo que la muchacha sujetaba en su otra mano, que era una extravagante espada cubierta de pinchos, tan rara como el arrepentimiento mismo. Cuci recogió la antorcha antes de que muriera y con ella encendió la mecha de la vela de sebo que llevaba rato tratando de encender. Si tenía que pelear allí, prefería hacerlo con algo de luz, no había nada más tonto que una pelea a oscuras. Así le habían dicho.



Para Emma, aquel era el primer enfrentamiento con espadas de su vida, o de lo que era su vida, pero aun así ya no podía sentir miedo ni aunque quisiera. El rimoriano que no era Cuci atacó primero, un tipo harto de todo, que solo pensaba en sobrevivir y sacar provecho con cualquier cosa de valor que pudiera rapiñar en el proceso, más o menos como cualquier rimoriano hasta la coronilla de Cízarin. Pensó en solo aprovechar su posición ventajosa y dejarle caer un contundente bastonazo en la cabeza a la mujer para así evitarse cualquier riesgo. Éste, tenía una espada, pero consideró pertinente usar un garrote común y corriente con aquella chica, como para darle la oportunidad de aprender algo. Emma recibió el golpe, bastante violento sin duda, pero ni se quejó, lo que hizo que el hombre dudara de su propia fuerza y del bastón que había usado, luego, sin técnica ni habilidad, que no tenía, pero con fuerza y determinación, atravesó con la hoja de su espada cubierta de pinchos el vientre del hombre del garrote en la mano, mirándolo a los ojos, como se mira algo cuando uno quiere que ese algo se quede guardado en la memoria, hasta que las fuerzas del hombre se agotaron y la gravedad hizo que la chica tuviera que retirar su espada, no sin un poco de esfuerzo debido a las mismas púas que se aferraban a la carne de su víctima. Para Cuci, ese no era un amigo, pero era un colega rimoriano, y los rimorianos eran gente que debía apoyarse y protegerse entre sí porque nadie más lo haría, por lo que, dando un grito de lo más innecesario, atacó a la chica dejándole caer su espada sobre la cabeza y que Emma detuvo interponiendo su brazo sin que eso le provocara ni una mueca. Fue un buen golpe que bajo otras circunstancias hubiese amputado un miembro limpiamente, pero aquí solo había cortado carne porque el hueso resistió como una rama seca resiste el golpe del hacha. Cuci se quedó congelado, con su espada clavada al brazo de una chica que lo miraba como si acabara de insultar a su madre, esperando por no sabía qué. El golpe le entró por el costado, la parte blanda del torso bajo las costillas. Malagonía se encarnó con facilidad e hizo mucho daño con los pinchos al ser retirada, para volver a golpear casi donde mismo de nuevo, entrando más profundo esta vez. Cuci cayó de rodillas pensando en cuan inútil se podía ser para ser derrotado y asesinado por una chica con menos carne en los huesos que un lagarto, pero ahí estaba, muriendo mientras ella ni siquiera sangraba de su herida. El tercer soldado, el cizariano, simplemente desapareció en cuanto notó que los dos que lo acompañaban eran rimorianos.



Cerca de ahí, los que podían huir, huían, si no eran alcanzados por la ola de bosgoneses sanguinarios que masacraba con saña ciega a todo aquel que caía en sus manos, hasta borrarles cualquier rastro de vida del rostro; pero un hombre sin armadura, cubierto con una capa de tela basta y armado con una espada gigante les plantó cara, solo para darles tiempo a algunos de sus compañeros que intentaban escapar con vida de ese nuevo desastre. Demirel luchó con valor, tanto contra la lluvia, como contra la jauría de enemigos que pronto se reunió a su alrededor para doblegarlo, y aunque Gindri luchó con la misma furia de siempre a su lado, los ataques que le cayeron de todas partes terminaron por derrotar a su amo, haciéndolo hincar una rodilla en el barro y finalmente separar la espada de su mano. La lluvia le escocía la piel, y el saberse vencido le hería más que la muerte inminente que le rodeaba; pero pronto acabaría todo y lo haría sin sentir vergüenza ni miedo, honrando su oficio y a su espada hasta el final, y sin pedir nada que él no estuviera dispuesto a ofrecer. Esperó el golpe de gracia con serena dignidad, pero entonces, un mazazo en la nuca que no vio venir le apagó los sentidos y todo terminó.


León Faras.



lunes, 22 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

137.



La lluvia se fue haciendo más intensa sin apenas hacer ruido, al tiempo que la noche se apoderaba del mundo, y Tibrón, seguido de Yurba, se metieron bajo el techo de un edificio a medio destruir donde Váspoli y un par soldados más habían encendido un fuego que abrigara el cuerpo y animara la conversación en una noche que se anticipaba tranquila. Lo último que vieron en la oscuridad fueron a los bosgoneses encendiendo numerosas antorchas, lo que era perfectamente normal en una noche en la que no te veías ni las manos sin una llama cerca. La mayoría de los soldados ya había buscado refugio a esa hora, pero eran varios los que estaban obligados a calarse para mantener la vigilancia activa. Yurba permanecía en silencio, tenso, como a la espera, lo que llamaba la atención, y fue Váspoli quien le preguntó en qué estaba tan concentrado. “En el silencio… hay mucho silencio.” Respondió Yurba, lo cual le sacó una sonrisa a su compañero porque sonó igual que un niño asustado, pero entonces se desató la locura. Los primeros fueron los caballos, que empezaron a impacientarse y a tirar de sus amarres con inexplicable urgencia, luego fue uno de los soldados cizarianos que vigilaba el negro horizonte sin protegerse de la lluvia, quien comenzó a gritar en la oscuridad como si le estuvieran arrancando la piel de los huesos, articulando en el proceso, una sola palabra inteligible, pero sin contexto: “¡Quítenmela, quítenmela!” Aunque muchos pensaron que estaba siendo atacado por espíritus malignos contra los que nada se podía hacer, el pobre tipo solo rogaba para que le ayudaran a sacarse la armadura, la que se había convertido en una jaula de tortura para él. Los alaridos se empezaron a propagar rápidamente en la oscuridad y los que estaban a cubierto, más temprano que tarde, también debieron salir a la lluvia para enterarse de qué ocurría. El veneno iría decayendo en efectividad, diluyéndose en la lluvia, pero era especialmente agresivo en ese momento y particularmente despiadado con los que llevaban armadura puesta. Fagnar, bajo un toldo junto con su caballo, solo podía oír cómo se multiplicaban los aullidos desesperados de sus hombres en la oscuridad, sin comprender qué estaba pasando. Demirel, quien siempre había encontrado algo gallardo en exponerse a la lluvia sin inmutarse, ahora permanecía de pie bajo una pequeña visera de un edificio a resguardo de ésta, pero lo hacía porque debía cuidar el metal de Gindri de la humedad. Desde donde estaba, vio caer hombres revolcándose en el suelo, hombres que estaban perfectamente bien hasta hace unos segundos, y sin que nada los tocara excepto por la lluvia. Demirel tuvo ese presentimiento y solo eso lo mantuvo donde estaba. Miró al cielo y luego a esos hombres gritando desesperados, arrastrándose, tratando de aflojar las correas de sus pecheras, y también vio a quienes intentaban ayudarles, sucumbir de idéntica manera. Estiró un brazo fuera del alero que lo protegía y dejó que la lluvia le escociera la piel hasta estar seguro de que era eso y no otra cosa la que los estaba destruyendo, e inmediatamente después, comenzó a quitarse la armadura del torso, comprendiendo que si la comezón se le metía debajo del metal, lo haría perder la razón como a aquellos pobres infelices que se revolcaban en el suelo desesperados frente a él. En eso estaba, siendo metódico y preciso como siempre, cuando oyó el grito de ataque del enemigo que se les venía encima, y su control se volvió urgencia.



El grito fue como el rugido de una multitud enfurecida que viene hacia ti imparable como la lluvia misma. Las antorchas, soportando apenas el aguacero, se sacudían fugaces y furiosas en la oscuridad como enemigos fantasmales que acosan sin poder recibir daño. Los rimorianos, cuyas armaduras eran más ligeras o inexistentes, y su mentalidad más propensa a la desgracia predestinada, se ocultaron rápidamente, sabiendo que el cielo estaba en su contra y que fuerzas sobrehumanas protegían a esas gentes de Bosgos, contra las que poco podían hacer. Yurba y Tibrón fueron advertidos por Aregel y otros rimorianos que usaban sus escudos como paraguas con relativo éxito. Aún seco, Fagnar se puso de pie bajo su toldo, alarmado, sin poder ver nada en concreto que le dijera contra qué estaban peleando. Sacaba su caballo a la lluvia para montarlo cuando uno de sus oficiales cayó a unos metros de él retorciéndose en el suelo, atrapado en su propia y brillante armadura de la que ahora no podía deshacerse. “¡Es la lluvia, señor, la lluvia!” Alcanzó a advertirle de forma heroica antes de perder la facultad del habla de pura e insoportable comezón. Fagnar, apenas sintió los efectos del veneno, antes de comprender lo que ocurría y refugiarse bajo su toldo, pero su caballo enloqueció en poco tiempo, comenzando a repartir coces al aire y a buscar la huida desesperada, como bestia atrapada en un incendio, y lo logró solo porque nadie estaba dispuesto a discutir con él bajo la lluvia.



Los bosgoneses atacaron cubiertos con pieles de cabra, capas hechas de hojas de palma, escudos improvisados de casi cualquier material que pudiera ser encerado sobre sus cabezas, e incluso algunos usaron sin pudor alguno, fuentes de arcilla cocida; ollas de greda amarradas sobre la cabeza. Armados con cualquier cosa que atravesara carne o golpeara duro, destrozaron vorazmente a todo aquel que cayó sorprendido bajo la lluvia, y que clamaba porque se acabara su tortura, que eran al menos la mitad del ejército cizariano en ese momento, mientras el resto se ocultaba bajo los techos que seguían en pie o huían entre callejones y escombros, conscientes más que nunca de que luchaban contra fuerzas que no eran solo humanas. Los Tronadores dispararon algunas veces más aunque sin causar demasiado daño. Cecar y sus hombres luchaban por mantener secos sus cañones y mantenerse secos ellos, pero pronto comenzaron a sucumbir uno a uno por el terrible escozor de la lluvia bajo sus armaduras metálicas, sin embargo, Cecar demostró ser un líder apto y digno, que a punta de órdenes firmes, amenazas o directamente insultos gritados bajo la lluvia, movilizó a sus hombres para mantener sus puestos y no abandonar sus Tronadores, soportando él mismo la tortura del veneno sobre su piel e inspirando a su gente a que podían gritar o retorcerse todo lo que quisieran pero jamás deshonrar sus armaduras tiznadas, incluso a costa de sus vidas.



León Faras.

martes, 16 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

136.



Tibrón y Yurba habían tomado buena posición en la cima de un edificio medio destruido desde donde la visión era más abierta y no tan accidentada, para vigilar durante los últimos minutos de luz de día. Estaban bastante callados, lo que para uno era normal, pero para el otro era raro, ignorando por completo la llovizna fina que los empapaba y que les corría por los surcos de la cara. Un aire cálido los envolvía desde hace un rato como el aliento de un coloso que duerme, el mismo viento tibio que transportaba las nubes cargadas de agua hacia ellos y que ahora parecían tener especial urgencia por llegar. “Se va a desatar una buena…” Comentó Yurba. “Y no tardará mucho.” Convino el otro, sobajeándose la cara para librarse del agua acumulada en las cejas y en la barba. La llovizna comenzó a ganar intensidad paulatinamente hasta volverse una lluvia suave, de esas que transportan susurros de otros mundos durante la noche y que puedes llegar a descifrar si guardas suficiente silencio y pones atención; de pronto, el viento se detuvo, así sin más, como si alguien hubiese cerrado algo en alguna parte, y Yurba alzó la vista al cielo, desconfiado, con los ojos pequeños y el rostro arrugado, esperando a que algo anormal sucediera. En ese momento, y por razones que aún no podían explicarse, la gente de Bosgos comenzó a encender los cuerpos que habían logrado apilar y recoger. A encenderlos y alejarse. Gruesos cordones de espeso humo negro emergieron de inmediato. Muchos les miraban de lejos meneando la cabeza con una sonrisa de afectación, como quien ve lo mal que se pueden hacer las cosas cuando los que están a cargo no tienen ni idea de lo que hacen, pero no Yurba, él buscaba con los ojos del desconfiado algo más, la trampa escondida bajo sus pies, el truco esperando para explotarle en la cara, y cuando no encontró nada extraño, Aregel llegó hasta ellos para señalárselo. El viento no se había detenido, los estaba rodeando, podía verse en las siluetas de los árboles no tan lejanos cómo estos se mecían. Yurba se chupó un dedo y lo alzó: ni una brisa donde estaban ellos. “Maldición, te dije que algo raro pasaría.” Gruñó, pero Tibrón no le hizo ni caso. Yurba era de esos que apuestan a varias opciones sin que apenas se note, para luego inevitablemente acertar en alguna de ellas y jactarse de haberlo predicho. Aregel tampoco replicó, el comportamiento del viento era curioso, pero nada más, cosas más raras se habían visto en el mundo, pero se mantenía alerta porque al igual que Yurba, él también esperaba ver algo más después de haber sido cegado por una estrella en el cielo.



El recorrido de Falena y Brelio hasta Bosgos estaba siendo bastante anecdótico. Aunque comenzó con toda la normalidad del mundo, apenas llevarían un par de horas de viaje o poco más, cuando una estampida los alertó. Un buen número de caballos corría hacia ellos en sentido contrario como si estuvieran huyendo de algo. Esa fue su primera impresión, aunque nadie huía a esa velocidad a menos que fuera perseguido, menos aun con la humedad que había, que todavía no era lluvia, pero que formaba una capa de cieno resbaladizo a lo largo de casi todo el camino capaz de desgraciar para siempre un buen caballo si no se tenía algo de precaución. Los chicos se orillaban sin detenerse, con los rostros ocultos bajo las capuchas que le protegían la vista de la fina llovizna que casi flotaba en el aire a esa hora, cuando el grupo pasó al galope junto a ellos. Una mujer de aspecto rudo y un viejo tuerto iban al frente, el resto del grupo no se veía mejor, incluso Falena creyó reconocer a uno de ellos como a un bandido que se le cruzó en el camino una vez para asaltarla, pero no estaba segura; ellos no levantaron demasiado la vista y los otros no aminoraron el paso. El grupo arrastraba un robusto y pesado carro tras ellos, que hacía más ruido que todos los caballos juntos cada vez que se sacudía con los baches del camino. Brelio no reconoció ninguno como bosgonés. Luego de eso, cuando el día comenzó a opacar, la llovizna a hacerse más fuerte, y el cruce con los jinetes de antes había dejado de ser tema hace rato, otro encuentro en el camino de lo más inusual los volvió a sorprender. Este era un tipo con el aspecto de lo que debería ser un salvaje, vestía lo que quedaba de lo que alguna vez fue su ropa, se cubría los hombros y la espalda con una piel oscura, posiblemente de perro, y tanto el pelo como la barba le habían crecido sin pizca de atención durante mucho tiempo. Estaba acuclillado a orilla del camino arañando el suelo con un palo afilado en busca de algo comestible cuando vio a los chicos. Llevaba un cuchillo a la cintura y un morral cruzado, y su mirada era la de alguien cansado de vivir huyendo y escondiéndose de todo, por lo que solo se quedó ahí, quieto, como un animal que no piensa atacar pero que está más que dispuesto a defenderse. Brelio registró su bolso, sacó un trozo de pan y carne seca envuelta en un paño y se lo mostró. No esperaría a que se acercara como un perro hambriento, ni se lo lanzaría arriesgándose a que el otro, furioso, le lanzara una piedra de vuelta, solo se lo enseñó y luego lo dejó caer sin dejar de caminar. Los expulsados de las ciudades por lo general vivían de la generosidad de los viajeros, pero a fin de cuentas, eran expulsados por algo y uno no debía fiarse demasiado de ellos. Pero nada de eso era comparable con lo que les sucedió al llegar. La lluvia caía abundante y serena, la noche avanzada, y la oscuridad apenas herida por una aterrorizada llama atrapada en una jaula de vidrio que habían logrado encender después de varios intentos porque no les quedaba otra alternativa si querían continuar avanzando. Buscaron rodear la ciudad para no entrar de frente y así evitar a los soldados cizarianos, pero había un inusual silencio, apenas roto por el constante murmullo de la lluvia, del que no se sabía qué esperar. Cuando lograron acercarse a la ciudad y ver a medias la destrucción de esta, lo hicieron con su pequeño farol apagado para no ser descubiertos. Había escombros en lugar de edificios y tal vez algunos cuantos cuerpos que era imposible determinar con la pobre visibilidad que tenían a esa hora de la noche. Instintivamente ambos se retiraron de la cabeza las capuchas que los cubrían para ampliar su rango de visión y contemplar con libertad lo poco que se les permitía ver del escenario, fue en ese momento cuando una incómoda picazón les agarró el cuello y se les coló por la espalda, fue leve al principio como cosquilleo, pero se volvió cada vez más molesta. Cuando la comezón les cogió la cabeza y la cara, fue cuando notaron que la lluvia la estaba provocando y decidieron huir como se huye de una peste que está por todos lados. Se metieron al fin bajo el primer edificio destruido que medio los cubrió de la lluvia y allí se miraron en la penumbra, sacudiendo los miembros, moviendo el cuerpo sin poder dejarlo quieto, soportando una comezón desesperante que podía adivinarse también en el gesto urgido del otro y que siendo más persuasiva que el orgullo o el pudor, los obligó a quitarse la ropa empapada, apenas dándose la espalda el uno al otro, para lavarse la piel con lo que fuera. La chica, aunque con recelo y como medida desesperada, pensaba usar el agua empozada en el suelo, pero el chico la detuvo cuando encontró lo que buscaba, el antídoto que todo bosgonés bien nacido conocía para el urticario en todas sus versiones: la ceniza del fogón. Varios minutos después yacían sentados en el suelo, medio humillados, embadurnados en ceniza hasta el pelo pero con el cuerpo en paz, abrazándose las rodillas sin decir palabra, cubiertos con una manta sacada de los escombros mientras se estilaba su ropa, con un pequeño fuego encendido que se animaron a prender pese a las circunstancias y sin caballo, pues éste había sentido los efectos del veneno en la lluvia y había huido también por su cuenta.


León Faras.

viernes, 5 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

135.



El sol comenzaba a apagarse, los cuerpos eran apilados en montones curiosamente distantes unos de otros, empapados en aceite, mezclados con leña seca y con las cargas de veneno ocultas entre sus ropas. Curioso, porque lo usual y más práctico era hacer una sola pila de cadáveres y quemarlos todos juntos. “Tal vez eran de familias que no se llevaban bien…” Sugirió Yurba, y a los que le escucharon les sonó bastante probable. “Va a ser un desastre…” Predijo otro. “Con la lluvia que ya viene van a perder el aceite, la leña y no van a alcanzar a quemar los cuerpos.” Lo hizo con una sonrisa de sabelotodo, pero todos estaban pensando lo mismo que él, que aquello debió hacerse mucho antes, no ahora. Una llovizna fina y tímida comenzaba a caer. Para Gilda y los suyos lo más importante era encender los fuegos en el momento exacto y ese momento estaba cerca. Era hora de traer a Darlén.



Apenas a tiempo y con la noche casi encima regresaba Berno, tanto o más borracho que como se había ido, sonriente y orgulloso bajo un sombrero ridículo, tan grande que no pasaría a través de una puerta normal. Presentó un barril lleno de brea que no era brea, como si se tratara de un invento revolucionario, pero que a nadie logró entusiasmar. “¡Pero qué mierda es esta?” Vociferó uno. “Eso les pasa por enviar a un borracho.” Dijo otro. “¡Les dije que llegaría con cualquier basura!” Alardeó un tercero. Berno intentó defenderse haciéndose el ofendido y tratando de ignorantes a medio pueblo, pero entonces llegó Janzo preguntando si había traído lo que necesitaban; Berno explicó que sí, pero que no era brea, enfatizando que antes de hacer el intercambio, él pidió una demostración y que vio con sus propios ojos lo efectiva que era la cera. Janzo ordenó usarla. Muchos rechazaron la idea como atolondrada, pero Janzo los señaló a todos y luego señaló a Berno: Todos estaban empapados por una llovizna que apenas había comenzado, mientras que el borracho permanecía seco bajo su sombrero de hojas de Yaya encerado. “Si ellos la usan, nosotros también usaremos esa cera de abejas.”



Gilda fue por Darlén. Se asomó poco para no interrumpir, sin levantar demasiado la vista y sin hablar fuerte, le dijo que ya era hora. Circe, que se preparaba para vaciar su infusión misteriosa a través de la garganta de la difunta, la envió a que hiciera su trabajo con un gesto, y ésta asintió consciente de su obligación. Nila aguardaba junto a su hija muerta, abrazada a su hija viva, sentadas ambas en el suelo frente al cuerpo de Emma, que también reposaba en el piso vestida con su ropa habitual. Entre ambas, Circe puso una jofaina con agua y una sencilla lámpara que encendió cuando la habitación ya estaba lo suficientemente en penumbras, la llama, iluminaría el agua y todo aquello que se reflejara en esta. “Si ella quiere, podrás verla…” Anunció, señalando el agua. Nila y su hija habían comenzado a notar algo muy raro en el hermoso rostro de esa mujer cuando se movía en la penumbra y que desaparecía cuando una luz le daba en la cara, algo como el rostro de un animal, pero no dijeron nada, era mejor no importunar con ese tipo de observaciones a alguien supuestamente capaz de revivir muertos, por lo que centraron su atención en el cuerpo de Emma y en el agua entre ellas, mientras la bruja comenzaba a recitar versos en murmullos ininteligibles. Un sonido agudo y persistente como una campana se quedó en el aire largo rato. No era una campana, más bien una especie de escudilla de un metal que se veía pesado y valioso golpeado por un trozo tubular del mismo material y que la bruja pasaba por encima del cuerpo de Emma como si quisiera empaparla de esa vibración. Continuaba la letanía de versos susurrados, tan persistentes como la nota emitida por el cuenco, cuando la llama de la lámpara comenzó a agitarse sin que ninguna corriente de aire la afectara, entonces Lina vio a su hermana pasar fugazmente tras ella reflejada en el agua, tan real como la viera hace menos de un día, se volteó sobresaltada, pero como era de esperarse, no había nada tras ellas. La niña podía jurar que no mentía aunque nadie dudara de ella, pero no era necesario porque Emma se paró frente a ellas, mirándolas a través de la fuente de agua con un rostro que no se veía nada reconfortante, más bien era el de alguien que acaba de entender lo que está sucediendo y no está nada conforme con ello. Esta vez, madre e hija la vieron y ella las vio de vuelta, y casi sintieron que se arrepentían de estar allí, pero la visión desapareció y el cuerpo de Emma comenzó a convulsionar ligeramente, mientras una sustancia negra, espesa y brillante, como una babosa del lodo, le escurría por la mejilla saliendo de su boca. Circe había dejado de recitar y ahora solo miraba conforme con su trabajo. “La niña, ha aceptado retomar su cuerpo. La muerte, está siendo expulsada.” Anunció, como quien se toma la molestia de traducir una inscripción que está en una lengua desconocida para el resto. Nila y su hija se pusieron de pie realmente asustadas, convencidas de que acababan de cometer un error que ya no podrían enmendar. Un grito que no pudieron contener se les escapó cuando la chica, antes muerta, abrió los ojos con determinación, luego los dedos de sus manos respondieron a la voluntad de la consciencia y Emma se incorporó vomitando violentamente a un costado los restos de esa porquería negra alojada en su garganta. Circe le ofreció agua y la ayudó a ponerse de pie, porque ponerse de pie era lo más importante para alguien que hasta hace un par de minutos estaba muerto. Emma miró a su madre, ambas se veían sorprendidas y confundidas a la vez, y aunque tuvo la intención, no le salió palabra, entonces, la lluvia se hizo presente, dejándose oír con fuerza desde afuera y anunciando que cosas importantes estaban a punto de pasar. Emma recordó una promesa hecha durante el sueño más extraño de su vida, el porqué había regresado y supo qué debía hacer. Ya no había miedo ni dudas.



León Faras.