123.
Musso y sus hombres regresaban corriendo felices, como niños que acaban de hacer la mejor de las travesuras. Habían hecho colapsar la mitad del camino construido sobre pilares que ascendía a la cima del Decapitado y nadie los había visto. Eso era todo. Rubi y Motas habían prendido fuego a los establos, habían hecho estallar las reservas de pólvora de Cízarin, habían destruido parte de la armería con la explosión, y estos mindundis solo botaron cuatro pilares y un par de tablas sin siquiera llamar la atención de nadie. “¡Todo el ejército cizariano y sus Tronadores están destruyendo Bosgos en estos momentos, y ustedes aquí apenas rompiendo un par de tazas viejas, como ratas durante la noche!” Los increpó Yádigar, indignado con el vano orgullo que traían pintado en la cara. “¡Este sólo fue el primer paso!” Respondió Musso con la mirada amenazante. “¡Pues a ese paso pueden estar cien años sin llegar a ninguna parte!” Replicó el otro y los cuchillos volvían a apuntarle a la garganta, pero Yádigar ya no era un novato y podía distinguir cuándo un hombre solamente amenazaba y cuándo ese hombre estaba dispuesto a matar, y ese tipo calvo y feo solo era un pobre bruto hambriento de respeto y autoridad, no un asesino. “Y supongo que tú tienes el plan perfecto, ¿verdad?” Comentó Ren, procurando sonar intimidante, junto a su enorme y afilado cuchillo pegado al cuello de Yádigar. “Ustedes son bosgoneses, lo primero que debieron hacer fue envenenar la comida y el agua… ¿no se supone que ustedes fabrican veneno para todo?” Ren se iba a burlar de una idea tan obvia y que ellos ya habían pensado antes, pero Musso lo silenció con un gesto. “Ese es nuestro plan, pero necesitamos conocer los conductos y las fuentes principales, las vías, las entradas y las salidas de los productos…” “Yo soy Yádigar, soldado rimoriano al servicio de Cízarin por más de diez años y conozco todos los puntos de almacenamiento y traslado de suministros, y te digo que, si podemos envenenar su cerveza sin que se den cuenta, podemos acabar con la mitad de su ejército en un solo día.” Musso se mostró muy interesado, casi como si estuviera frente a una revelación. Yádigar continuó. “Pero quiero que las chicas se vayan. Una madre necesita de sus hijas.” Dijo, refiriéndose a sus sobrinas. Musso estaba de acuerdo, y con todo gusto, si Rubi ya había hecho su parte y de una manera espectacular, incluso ordenó que el novato las acompañara de vuelta a casa, pero cuando todos terminaron de mirarse las caras, se dieron cuenta de que Brelio, el nuevo, ya no estaba. Nadie supo decir en qué momento había desaparecido, pero el día ya estaba claro, las calles despejadas y las chicas no tenían problema en irse solas. “Visita a mamá un día de estos. Se ha preocupado mucho por ti.” Le dijo Rubi, antes de irse y su tío asintió. “Por cierto…” Iba a soltar Yádigar una pregunta atascada desde hacía rato, pero esperó demasiado, el caballo de Falena empezó a caminar y ya no le escucharon. No era importante, en realidad, solo era que se preguntaba qué había pasado con el bebé que Teté cargaba aquel día en que se fue de Rimos, la hija de la princesa Delia y el rey Ovardo. ¿Dónde estaba esa niña? ¿Estaba viva siquiera? Muchos en Rimos se preguntaban lo mismo.
Darlén sabía en su corazón de madre, y de bruja, que su hijo estaba bien estando fuera de la ciudad en ese momento, y que tanto ella como su marido podían estar tranquilos mientras enfrentaban a los invasores. Las primeras luces del alba mostraron la magnitud de la catástrofe y la enorme cantidad de heridos que se arrastraban en busca de un lugar seguro. Darlén vio a Circe, su mentora en la brujería, con su belleza sobrenatural y su mirada enigmática, atendiendo heridos como una fulana cualquiera, sin ningún alarde de su verdadero poder, y es que ella se lo había dicho una vez: “Hay dos tipos de brujas, las que revelan su verdadera cara y las que la ocultan. Las segundas viven más tiempo, pero la decisión es de cada una.” Darlén sabía que debía tener cuidado al usar sus poderes, haciéndolo con moderación y ayudando a quienes podía ayudar con sigilo, pero algo más debía hacerse en esta situación tan desastrosa. Fue en ese momento fue cuando apareció Emmer con su hija en brazos, la niña que ella amantó de bebé, la que se crió junto a su hijo como hermanos. Emma estaba muerta, su familia desbastada y el bueno de Qrima, aquel viejo gruñón pero de buen corazón que la sacó de Cízarin en la peor noche de su vida, sepultado bajo los escombros de su casa. Entonces decidió actuar y hacerlo sin recatos, invocando la aparición de una estrella en el cielo que hizo crecer hasta estallar y detener el avance enemigo, lo que debía darles tiempo para ayudar a los rezagados y organizar la defensa de la ciudad, sin embargo, las cosas no siempre son como deberían, pues, al presenciar el milagro, la gran mayoría de la gente, advertida de no mirar al cielo, se lanzó con palos y piedras sobre el enemigo, sin oír más que sus propios gritos, inconscientes de que los efectos del deslumbramiento no durarían más que algunos minutos y que con esa acción imprudente, nuevamente bloqueaban el uso de su mejor arma, el veneno. Otra vez Bosgos sufría el mismo problema de antes, la falta de un comandante, la ausencia de una jerarquía y el desorden se hacía con el poder, pues la única que en su momento funcionó como líder natural de Bosgos fue Nina, pero en ese momento ella no estaba, tenía asuntos más urgentes que atender. Su negocio fue de los primeros golpeados por los Tronadores y sus chicas a esa hora dormían dentro.
León Faras.