domingo, 22 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

127.



Aregel se enteró casi al medio día de que a su amigo Cal le habían cortado una pierna. Este estaba sentado en el suelo contra un árbol bajo la sombra de un toldo improvisado, con la mandíbula apretada y el rostro amargado, mirándose la mano sin ánimos de hablar con nadie; en su puño apretaba unos cuantos dientes de ajo que debía comer en trozos pequeños y bien remojados en saliva, según Barucho, el curandero, para evitar que le entrara la fiebre por el corte y lo consumiera, pero que Cal simplemente quería lanzar lejos de su vista y que la fiebre lo durmiera para siempre, aunque todavía no se atrevía. Como soldados, las heridas y mutilaciones eran algo normal dentro del oficio, pero perder una pierna entera era el fin del oficio, de hecho, cualquier otro oficio que implicara moverse estaría jodido para alguien como él desde ahora en adelante. Sí, daba pena verlo, y por eso Cal no quería ver a nadie ni que nadie lo viera. Aregel lo comprendía, por lo que fue circunspecto y breve. “Lo siento.” Eso fue todo lo que dijo, como cuando alguien pierde a un ser tan querido que las palabras sobran, luego se retiró, consciente de que el otro no le respondería ni de gesto ni de palabra aunque lo hubiese escuchado.



Migas tenía abierto y vaciado el cuerpo de Nimir sobre su mesa principal. Sus órganos los puso en vasijas llenas con aceite de Estrago, un arbusto, cuya semilla, tan abundante como tóxica, servía para fabricar multitud de venenos con diferentes propósitos, y cuya densidad y composición impedía la normal oxidación de los tejidos. La carne, en cambio, sería frotada en sal, ceniza consagrada y aceite, antes de ahumarla durante treinta y tres días a temperatura de día muy soleado, un proceso lento y extenuante pero que debía hacerse ininterrumpidamente si se quería conservar el cuerpo intacto por el mayor tiempo posible. Migas fregaba el cuerpo sin vida de Nimir preparándolo para el ahumado, cuando vio un ligero movimiento por el rabillo del ojo que lo hizo frenar de golpe, el ladrido de su perro le confirmó que había sido real. No, no se trataba del difunto, sino del huevo de Cizal que descansaba como un trofeo sobre un mueble junto a la chimenea, y que además, convenientemente recibía el sol de la mañana a esa hora, esa cosa acababa de dar un respingo. Ni siquiera lo había pensado hasta ese momento, entre sus investigaciones de los manuscritos de Mirna y el tratamiento del cuerpo de Nimir, no lo había considerado, pero que tal si había algo que aún seguía vivo en su interior. Miró a su padre, pero este lo ignoraba, manteniendo la vista pegada en el suelo de la habitación. Migas sintió curiosidad, él era un alma curiosa y el Cizal, una criatura casi mítica de la que poco se conocía, y por lo que él sabía, jamás criada por ningún ser humano antes. Miró a su perro con cierto brillo en los ojos, y este le devolvió la mirada del que no le gusta nada lo que estás pensando, pero el viejo solo arrugó el ceño, se encogió de hombros y siguió con su trabajo de preparar el cuerpo de Nimir, mirando de reojo al huevo de vez en cuando, después de todo, sólo era un perro, qué podía saber él.



En Cízarin, las nubes cubrían el cielo advirtiendo que dejarían caer agua en poco tiempo y el viento anunciaba que esos nubarrones llegarían a Bosgos por la tarde. Era poco más de mediodía y Brelio estaba listo. Luego de dormir por unas cuantas horas, cargaba un pequeño hatillo de provisiones cruzado a la espalda, dado por Rubi, y recibía el caballo preparado por Falena. “Vas a llegar bien entrada la noche, ¿seguro que no quieres esperar un poco más?” Preguntó la chica, dándole los últimos retoques de cepillo al animal. El muchacho se negó, ya había esperado demasiado. “La noche está bien, es más seguro…” Afirmó. La chica recordó algo que el señor Sagistán le enseñó una vez sobre el arma de doble filo que era la oscuridad, útil y peligrosa a la vez, pero aun así Falena estaba de acuerdo, ella también se sentía más segura de noche. “Puedo acompañarte, si quieres.” Sugirió Falena de pronto, Brelio la miró burlón, no muy seguro de dónde había salido eso. “¿Crees que me da miedo ir solo?” La chica respondió seria y sin espera. “Creo que necesitarán toda la ayuda posible.” El muchacho también se puso serio entonces. “¿En verdad crees que sea tan malo?” Preguntó, tentando la vana esperanza de que las cosas nunca son tan malas como uno se las imagina. Falena asintió con gravedad convencida, y Brelio no pudo más que reconocer que él también, en el fondo, se temía lo peor. “Puedes venir conmigo, si quieres.” Le dijo. La chica entró en su casa para preparar algunas cosas rápidas para el viaje, pero claro, su hermana ya le tenía listo su hatillo de provisiones. “No me mires así, lo supe desde que se encontraron en el camino.” Le dijo Rubi, siempre suficiente, y luego la señaló con su dedo acusador justo hacia la nariz. “Se supone que no deberías estar allá, tío Demirel fue muy claro, así que mantente lejos de los problemas o vas a desear nunca haber tenido una hermana mayor.” La amenazó y luego la abrazó fuerte. Falena iba a despedirse de su mamá también, pero su hermana la detuvo. “No lo hagas, yo hablaré con ella después. Se ve muy contenta y relajada, pero en el fondo sigue siendo nuestra madre, la misma de siempre. Déjala que siga así por un rato más.La chica no discutió, después de todo, esa era Rubi, y Rubi siempre tiene la razón. A medida que se alejaba el caballo con ambos chicos encima, alguien que llegaba los observaba con curiosidad, sacando sus propias conclusiones internamente y emitiendo juicios que lo dejaban conforme, como acostumbra a hacer siempre la gente, luego, de buen humor, se acercó a la puerta de Teté para llamarla con unas tortillas de cebada aliñadas recién hechas en la mano, que había encontrado por el camino. La propia Telina abrió la puerta, pero su reacción no fue la que esperaba. “¿Y tú qué haces aquí?” Le dijo, con el rostro descompuesto de ver a su hermano. “¡Te desapareces por veinte años como si nada, sin saber de ti en todo ese tiempo como si hubieses muerto, imaginando puras cosas horribles y sufriendo por no saber dónde o cómo estás, hasta que ahora, así sin más, decides aparecer en mi puerta con un par de tortillas calientes en la mano y sonriendo como un bobo?” Le recriminó Teté, aparentemente muy dolida. Yádigar estaba sin palabras, totalmente cogido por sorpresa. Siempre era su presencia, nunca su ausencia la que provocaba ese nivel de cabreo, pero Teté, que no había dejado ni un solo día de ser su hermana chica, era honesta, porque ella no tenía la capacidad ni los medios para buscarlo a él y era él quién debía acercarse a ella. “¿Qué quieres que te diga? Al principio quería verte, pero Cízarin nos mantenía con una daga en el cogote prácticamente todo el día para evitar motines, después las cosas se relajaron con el tiempo, tuve una pequeña familia y supe que tú estabas haciendo tu propia familia también, estaba feliz y quería tenerte cerca para formar parte de eso también, pero pronto se fue todo al carajo, mi hijo se asfixió mientras dormía, mi mujer me dejó después de eso y yo dejé de preocuparme por nadie más que no fuera yo mismo. ¿Por qué? ¡Porque preocuparte por los que amas y no poder ayudarlos cuando te necesitan es una mierda! Pero con el tiempo te das cuenta de lo idiota que eres y que vivir sólo para ti es inútil, es un no vivir…” Teté volvía a tener su cara de angustia y sus manos apretujadas, mirando a su hermano con una compasión incómoda. “¿Cómo se llamaba tu hijo?” Le susurró, como si fuera pecado alzar la voz ante un tema tan delicado. “Se llamaba Boras, como su abuelo materno…” Respondió el otro, sin deseos reales de profundizar en el tema, aunque igual debió recibir el tierno y prolongado abrazo de su hermana, a riesgo de reflotar sentimientos que había tardado años en sepultar tan profundo como pudiera. “No me digas que esta mujer de aquí es tu hija.” Improvisó de pronto, para que Telina lo soltara antes de que se le saltaran las lágrimas, mirando a Rubi como si la viera por primera vez, ésta también actuó igual, como si recién lo conociera. Era mejor así, por la salud emocional de su madre. Las tortillas fueron aceptadas al fin y la plática se abrió paso sin esfuerzo, aunque interrumpida de vez en cuando por más de un bostezo, curiosamente, todos parecían bastante cansados.



León Faras.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

126.



Para el mediodía la ciudad ya estaba tomada sin ningún tipo de resistencia. Los bosgoneses que quedaban se mantenían alejados y dispersos, sería un día tranquilo. Fagnar ordenó descansar a la tropa pero mantener una guardia de vigilancia y los Tronadores listos para actuar ante la menor señal de insurgencia; mandó a un pequeño grupo a preparar el rancho para darle de comer a los soldados y ordenó a uno de sus capitanes, Váspoli, un recuento de los muertos y heridos dentro de su ejército. Váspoli hizo su trabajo, los números eran ridículamente bajos: treintaidós heridos, aunque la mayoría de ellos todavía podía pararse y sostener una espada; dos amputados, uno de una pierna y el otro de un dedo, según dijo este último, fue mordido por un bosgonés. Y tan solo cuatro muertos: tres rimorianos, y un cizariano que al parecer se posicionó mal y fue embestido por el proyectil de uno de los Tronadores en el pecho, el incidente aun era confuso pero según los testimonios de los vivos, el tipo estaba borracho e ignoró las advertencias, sin embargo, hubo otro incidente reportado que llamó la atención más que todos los anteriores, y era la pronta desaparición de un soldado rimoriano del que no se supo nada hasta la salida del sol, cuando, por iniciativa de sus propios compañeros que lo buscaron, le encontraron muerto y comido, completamente vaciado, como si todas las aves carroñeras del mundo lo hubiesen atacado a la vez, alimentándose de su carne y sus tripas, dejando solo los huesos y media cara para reconocerlo, lo cual era muy difícil de imaginar, pero no tenían otra explicación, de todos modos, a Fagnar sólo le interesaban los números, no las anécdotas,



Ese mismo nefasto día para toda la gente de Bosgos, era un gran día para Dan Rivel, que iniciaba desde abajo y con todo el espíritu, el oficio de carbonero. Resulta que, dejando Bosgos luego de concluir sus negocios con Bacho, se encontró con unos carboneros en el Bosque Muerto, los únicos, al parecer, en ese enorme lugar; un anciano casi ciego llamado Barros y otro no tan viejo, pero tuerto, llamado Gan, que a pesar de verse en pésimas condiciones, lo invitaron con toda amabilidad a compartir su puchero, un guiso de pellejo de cerdo y verduras de lo más sabroso y a tener una de las charlas más civilizadas que había tenido en mucho tiempo, como si esa gente con aspecto de pordiosero tuviera más educación que la mayoría de los que viven en ciudad, aunque más que educación fuera simple cortesía. No tuvieron reparos en introducirlo en el oficio, alegando que la materia prima era extraordinariamente abundante y que todo el carbón del mundo que pudieran hacer era simplemente insuficiente para alimentar todas las fraguas de Rimos, el único trabajo era transportarlo y para eso tenían los burros, y hasta una carreta que manejaba Petro, el otro miembro del clan, el que en ese momento no estaba. Siguiendo el ejemplo y las instrucciones del señor Gan, Dan Rivel hizo su primer horno de carbón, construido con la misma leña y cubierto todo de barro, dejando una entrada para la mecha que lo encendería, luego de eso, solo debían vigilar que no aparecieran entradas de aire que estropearan el proceso o al final sacarían pura ceniza y nada de carbón, pero eso lo hacían entre todos, turnándose; incluso el señor Barros se quedaba a veces solo vigilando los hornos durante horas, aunque se supone que no veía ni un pimiento, sin embargo, hasta ahora siempre lo había hecho bien. Petro era el hijo del señor Barros, un tipo seco y rudo como un poste, pero increíblemente más aseado y de buen aspecto que los otros, Dan concluyó que se debía a que era el encargado de las entregas y por eso cuidaba tanto de su imagen. El tipo, que era desabrido como el saludo del suegro que recién te conoce, aunque siempre respetuoso, como su padre, lo animó a que partiera trasportando su propio carbón en burro, y que montara amistad con los herreros, de esa manera y ahorrando dinero, en poco tiempo podría armarse su propia carreta como lo hizo él. De él aprendería Dan a diferenciar a los buenos clientes de los malos, a premiar a los primeros con lealtad y buenos precios y a enderezar a los segundos sin apenas tener que abrir la boca. Ese día, mientras Bosgos era despedazado, Dan Rivel hacía su primer viaje con carbón a Rimos, el primero de muchos, comenzando así su vida de comerciante y transportista.



Vamos a hacer esto ahora… He estado mucho más que una noche sin dormir…” Comentaba Yádigar, con suficiencia y medio bostezo contenido, como si alguien estuviera preocupado por su descanso. Musso lo seguía, aún le parecía un charlatán, pero aun así había charlatanes que podían ser útiles. Cana, la mujer muda, también los acompañó. “¿Han pasado una noche en el Bosque Muerto? Esa sí que es una larga noche sin dormir…” Continuaba hablando Yádigar sin poner atención al gesto de hastío de la mujer, como pensando: “Estos estúpidos rimorianos y su estúpido bosque muerto.” Yádigar los guió hasta un almacén prácticamente vacío, donde no había más de diez barriles pobremente custodiados, un sitio que no parecía en absoluto relevante. “Aquí es donde se guarda la cerveza traída de Velsi, más de una centena de barriles transportados en caravana y custodiada siempre por los mismos imbéciles que se beben su parte por el camino, sacándole un par de vasos a cada barril, imaginando que nadie lo  notará. No podemos matarlos ni reemplazarlos, porque se darían cuenta de inmediato.” Cana hizo un gesto y Musso lo interpretó. “¿Cuantos carros son en la caravana?” “Al menos cuatro.” Respondió Yádigar. “¿Cuantos hombres por carro?” Preguntó Musso y el otro le dijo que eran solo dos por carreta, pero luego estaban los guardias a caballo que eran casi siempre nueve. Musso se quedó pensando un rato. “El camino de Velsi hasta aquí, es bastante largo, y hay muchas historias de caravanas enteras que se desvanecen en la niebla…” Yádigar lo miró como a un tonto diciendo tonterías. “¡Se supone que queremos envenenar su cerveza, no robársela!” Musso parecía bastante conforme con su razonamiento. Se encogió de hombros. “Sí, pero si todos mueren será más fácil poner el veneno, ¿no?” Dijo, y Cana estaba de acuerdo.



León Faras.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

125.



La ofensiva de Bosgos fue prácticamente inútil, rozando lo infantil. Se lanzaron como una jauría de perros salvajes contra unos soldados que, ciegos y confundidos, se defendían cubriéndose el rostro y tirando espadazos de un lado para el otro, mientras recibían golpes de palos por la espalda o alguna que otra pedrada en la cabeza, todo muy divertido hasta que los soldados comenzaron a recuperar la vista de a poco y a ver entre nubarrones las siluetas de sus atacantes, entonces las espadas comenzaron a funcionar de nuevo y los que antes reían con la jugarreta de acosar con violencia a unos ciegos inútiles, debieron volver a huir otra vez, incapaces de pelear de igual a igual contra soldados armados y acorazados que ahora podían defenderse, mientras los Tronadores preparaban una nueva oleada de disparos y el general Fagnar regresaba, pues había huido gracias a que era el único que aún montaba su caballo y éste no había quedado ciego en ningún momento, por lo que pudo sacar a su amo antes de que fuera alcanzado por las muchedumbre enfurecida de Bosgos. Algunas bombitas de veneno cayeron sin hacer mayor daño, pues los cañones de Cízarin las opacaron rápidamente con potencia y precisión y la gente esta vez en lugar de retroceder, comenzaron a desperdigarse en todas direcciones, a huir hacia los campos, a abandonar la esperanza de defenderse y a los que aún trataban de resistir también.



El edificio de Nina, uno de los pocos de dos plantas en Bosgos, se mantenía en pie a pesar de haber sido atravesado de lado a lado, dos veces, por los Tronadores. El propio Mirú, el muchacho afeminado que trabajaba para Nina. salía por sus propios medios, traumatizado, jurando que una de esas bolas lanzadas por Cízarin le había pasado por delante de la cara y que incluso había podido verla. De las chicas, muchas estaban histéricas y aterradas; golpeadas y polvorientas, pero vivas, apenas saliendo a la luz para comprobar que, tan mal, no les había ido como pensaban, en comparación con el resto de la ciudad que estaba destrozada, con sus paredes en el suelo y su gente regada por todas partes, tentando el apetito de las aves carroñeras que les olían desde las alturas. Nina pudo comprobar con alivio que su negocio y sus empleadas estaban mejor de lo que esperaba, pero luego de unos segundos, se dio cuenta de que faltaban dos de sus chicas. Marla, una de las sobrevivientes, dijo que Dudú, la chica nueva de la aldea de Campo Seco, había salido corriendo y gritando no sabían adónde apenas oída la primera detonación y que no sabían nada de ella ahora. “¿Y Cípora?” Preguntó la jefa con cierto apremio. Mirú descompuso el rostro, como si hubiese tenido que recordar algo que no quería volver a ver en su mente. Nina lo inquirió de inmediato. El muchacho negó con la cabeza tapándose la boca con la mano. Un trozo de madera de la pared que salió disparado con el impacto de la bala, le había destrozado la cara y roto el cuello a Cípora, matándola en el acto, y al pobre Mirú le tocó verla de primera mano cuando trató de auxiliarla. “Se fue… Ella… ya no se movía ni nada.” Explicó con la voz cortada.



Cuando Cal Desci abrió los ojos, el sol ya iluminaba con fuerza, y lo primero que vio fue un rostro familiar pero de lo más extraño de encontrárselo allí. Era Barucho, el viejo curandero rimoriano, reclutado por el ejército cizariano como médico de campaña, que lo miraba con sus ojos diminutos y gesto desalentador. “Esperaba que durmieras un poco más.” Le dijo, sosteniendo una sierra en las manos, Cal quiso reaccionar, incorporarse, pero un dolor extremo le atravesó el sistema nervioso como un rayo. “Tu pierna está muerta, voy a tener que cortártela…” Dijo el curandero, como si estuviera hablando de quitarle un par de botas rotas. Cal protestó, alegando que si él estaba vivo, su pierna no podía estar muerta si aún la tenía pegada, pero Barucho no estaba allí para discutir. “He visto esto muchas veces antes, hijo, en las minas de hierro, en los campamentos de leñadores. Tu pierna es carne muerta ahora, y si no la cortas, te arrastrará a ti también.” Cal estaba desesperado y no deseaba oír tonterías sobre cortarle nada a nadie, pero el dolor era tan intenso que apenas podía hilar alguna idea coherente en su mente más allá de negarse y lloriquear como si estuviera rogando por su vida ante un ser superior, Barucho notó que la muerte ya se estaba esparciendo por su cuerpo, llevando al infeliz a tener calentura y alucinaciones, por lo que le pidió a su asistente, un nieto grande ya, que le había salido tonto como un mueble, pero humilde y fornido a la vez, que contuviera al paciente. El nieto, que estaba cerca de los treinta pero con cara y mente de niño, ató las manos de Cal a su espalda, y luego por poco lo asfixia evitando que éste se desatara gritando, por suerte, el curandero había desarrollado una destreza impecable en el oficio de amputar miembros y la tortura fue tan breve como podía serlo. Después de eso su cuerpo simplemente se rindió al descanso, lo que haría más fácil el resto del trabajo del curandero, cauterizar y suturar el muñón, todo embadurnado con un menjunje hecho a base de ajo, hierbas, corteza del Bosque Muerto y escupitajos de su propia saliva para mezclar todo.



León Faras.

viernes, 13 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

124.



Migas se había quedado dormido sentado en su mesa de trabajo cuando los ladridos de su perro lo despertaron. Hacía tiempo que no dormía en su cama, como si hacerlo fuese un ritual anticuado e innecesario. Aún no amanecía pero estaba a punto cuando salió y vio con profundo desagrado lo que estaba ocurriendo: su propiedad estaba infestada de cabras otra vez, cientos de ellas, por todas partes. Iba a empezar a repartir insultos y blasfemias al aire cuando notó el silencio de su perro, quien no estaba haciendo nada para que esos bichos se fueran. Cuando lo encontró, éste estaba congelado, con todos sus sentidos puestos en dirección a Bosgos, expectante, apenas notó cuando su amo llegó abriéndose paso entre los molestos animalejos que lo invadían todo. Migas creyó que habría algo interesante por ahí cerca y también permaneció un rato a la espera; por un segundo recordó al Cizal que mató a Nimir y se preocupó, tal vez debió salir con un palo en la mano o algo, pensó, pero pronto se oyeron las detonaciones en Bosgos, una docena al menos sonando al unísono y su perro estalló en ladridos otra vez, como confirmando sus sospechas. Ahora entendía por qué tenía todas las cabras de la ciudad metidas en su patio.


Brelio prometió por su honor que nunca abandonaría al grupo, pero lo hizo en su primera misión, y el castigo de la deserción es la muerte, aunque no siempre debía ser de esa manera, todo dependía del momento y las circunstancias. No podía ejecutarse a una persona así como así, sin escuchar sus razones siquiera, y él tenía sus razones: Bosgos está siendo destruido en estos momentos, todos lo oyeron, ¡y su familia estaba allí! Bueno, las familias de todos en el grupo estaban allí, pero solo él había abandonado al grupo. Una voz comenzó a llamarlo pero él no le prestó atención hasta que la tuvo al lado, era Falena y su hermana avanzando al trote en su caballo. “¡Oye, ¿adónde vas? Espera.” La chica desmontó y lo detuvo, Brelio quería continuar. “No puedes ir así, estás exhausto, para cuando llegues, si es que llegas, no valdrás para nada.” Argumentó Falena. “Algo muy malo pasó, Falena, lo sé, algo muy malo pasó.” Repetía el chico, como buen hijo de su madre que era, pues ésta le enseñó bien a oír sus voces internas y a interpretar sus emociones. Falena insistió. “Pues sea lo que sea, está allá y tú estás aquí, y no puedes hacer nada. Ahora debes descansar, comerás algo y partirás por la tarde… Y en un caballo, no a pie.” Brelio se negaba a haber abandonado al grupo para irse a comer y dormir, pero Lena tenía razón, y además era insistente como un borracho. “Vamos, mi casa está cerca. Todos necesitamos descansar un poco antes de seguir.” Rubi no intervino. Comprendía la angustia del muchacho, pero también el punto de su hermana para no dejarlo ir. Al llegar a casa, su madre estaba allí, y para sorpresa de sus hijas, lucía de excelente humor. Estaba cansada porque apenas había pegado ojo durante toda la noche, pero no se veía angustiada ni nada. Había pasado unas horas maravillosas junto a Dana hablando con un señor mayor, que con sabiduría, hablar pausado y sentido del humor, le había quitado de encima buena parte del pesar con el que cargaba desde siempre, como si de una mochila llena de piedras se tratara. “Me dijo que yo era como el tipo de la historia del ciego…” Les dijo, sin siquiera preguntarles de dónde venían o dónde habían estado. Las chicas se miraron sin entender nada, y les bastó muy poco para hacer que Teté continuara. “Un hombre, de un día para el otro ya no puede ver más, y debido a eso, empieza a desconfiar de todo y de todos: de lo que tiene en frente, de lo que hay bajo sus pies, de lo que está a punto de comer, de lo que hace la gente que lo rodea y hasta de sus propios sentidos.” Brelio también estaba allí pero a ella no pareció llamarle ni la atención. Continuó. “Entonces, comienza a vivir angustiado y temeroso de todo, todo el tiempo, con miedo a caerse, a golpearse contra las paredes, a ser engañado delante de sus propias narices e incluso teme de las risas que oye… hasta que un día se entera de un secreto…” Telina hizo una pausa dramática aquí, todos estaban cansados pero ahora querían saber cuál era ese misterioso secreto que tenía tan entusiasmada a su madre. Teté continuó. “Alguien se lo susurró al oído, le dijo que todos los demás se volvieron igual de ciegos que él. El hombre no le creyó, por supuesto, le dijo que eso era un embuste, que no era posible, que lo estaba engañando por ser un pobre ciego, pero la voz le dijo que, por eso mismo, no tenía más remedio que confiar.” Telina se detuvo, como esperando una reacción natural que no acababa de cuajar, aunque ella seguía igual de entusiasmada. “¡Confiar! El señor Gunta, que así se llamaba el señor mayor con el que hablamos anoche, me dijo que la confianza era una flor que crece en el mismo campo donde crece el miedo, si quitas un poco de uno, verás como el otro comienza a surgir por sí solo. Los dos, son el veneno y la medicina del otro, por eso necesitas ambos. Así me dijo.” Pues definitivamente algo se había trastocado en la cabeza de su madre, parecía como aquella vez que se emborrachó con licor de peras, creyendo que solo bebía zumo y se puso de un buen humor de lo más sospechoso. “Oh, por cierto.” Recordó de pronto Teté. “La señora Zaida falleció esta madrugada, la pobre se consumió igual que una velita en medio la noche, lenta y silenciosamente. El señor Gunta dijo que su partida fue tan natural como un atardecer.”


León Faras.

martes, 3 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

123.



Musso y sus hombres regresaban corriendo felices, como niños que acaban de hacer la mejor de las travesuras. Habían hecho colapsar la mitad del camino construido sobre pilares que ascendía a la cima del Decapitado y nadie los había visto. Eso era todo. Rubi y Motas habían prendido fuego a los establos, habían hecho estallar las reservas de pólvora de Cízarin, habían destruido parte de la armería con la explosión, y estos mindundis solo botaron cuatro pilares y un par de tablas sin siquiera llamar la atención de nadie. “¡Todo el ejército cizariano y sus Tronadores están destruyendo Bosgos en estos momentos, y ustedes aquí apenas rompiendo un par de tazas viejas, como ratas durante la noche!” Los increpó Yádigar, indignado con el vano orgullo que traían pintado en la cara. “¡Este sólo fue el primer paso!” Respondió Musso con la mirada amenazante. “¡Pues a ese paso pueden estar cien años sin llegar a ninguna parte!” Replicó el otro y los cuchillos volvían a apuntarle a la garganta, pero Yádigar ya no era un novato y podía distinguir cuándo un hombre solamente amenazaba y cuándo ese hombre estaba dispuesto a matar, y ese tipo calvo y feo solo era un pobre bruto hambriento de respeto y autoridad, no un asesino. “Y supongo que tú tienes el plan perfecto, ¿verdad?” Comentó Ren, procurando sonar intimidante, junto a su enorme y afilado cuchillo pegado al cuello de Yádigar. “Ustedes son bosgoneses, lo primero que debieron hacer fue envenenar la comida y el agua… ¿no se supone que ustedes fabrican veneno para todo?” Ren se iba a burlar de una idea tan obvia y que ellos ya habían pensado antes, pero Musso lo silenció con un gesto. “Ese es nuestro plan, pero necesitamos conocer los conductos y las fuentes principales, las vías, las entradas y las salidas de los productos…” “Yo soy Yádigar, soldado rimoriano al servicio de Cízarin por más de diez años y conozco todos los puntos de almacenamiento y traslado de suministros, y te digo que, si podemos envenenar su cerveza sin que se den cuenta, podemos acabar con la mitad de su ejército en un solo día.” Musso se mostró muy interesado, casi como si estuviera frente a una revelación. Yádigar continuó. “Pero quiero que las chicas se vayan. Una madre necesita de sus hijas.” Dijo, refiriéndose a sus sobrinas. Musso estaba de acuerdo, y con todo gusto, si Rubi ya había hecho su parte y de una manera espectacular, incluso ordenó que el novato las acompañara de vuelta a casa, pero cuando todos terminaron de mirarse las caras, se dieron cuenta de que Brelio, el nuevo, ya no estaba. Nadie supo decir en qué momento había desaparecido, pero el día ya estaba claro, las calles despejadas y las chicas no tenían problema en irse solas. “Visita a mamá un día de estos. Se ha preocupado mucho por ti.” Le dijo Rubi, antes de irse y su tío asintió. “Por cierto…” Iba a soltar Yádigar una pregunta atascada desde hacía rato, pero esperó demasiado, el caballo de Falena empezó a caminar y ya no le escucharon. No era importante, en realidad, solo era que se preguntaba qué había pasado con el bebé que Teté cargaba aquel día en que se fue de Rimos, la hija de la princesa Delia y el rey Ovardo. ¿Dónde estaba esa niña? ¿Estaba viva siquiera? Muchos en Rimos se preguntaban lo mismo.



Darlén sabía en su corazón de madre, y de bruja, que su hijo estaba bien estando fuera de la ciudad en ese momento, y que tanto ella como su marido podían estar tranquilos mientras enfrentaban a los invasores. Las primeras luces del alba mostraron la magnitud de la catástrofe y la enorme cantidad de heridos que se arrastraban en busca de un lugar seguro. Darlén vio a Circe, su mentora en la brujería, con su belleza sobrenatural y su mirada enigmática, atendiendo heridos como una fulana cualquiera, sin ningún alarde de su verdadero poder, y es que ella se lo había dicho una vez: “Hay dos tipos de brujas, las que revelan su verdadera cara y las que la ocultan. Las segundas viven más tiempo, pero la decisión es de cada una.” Darlén sabía que debía tener cuidado al usar sus poderes, haciéndolo con moderación y ayudando a quienes podía ayudar con sigilo, pero algo más debía hacerse en esta situación tan desastrosa. Fue en ese momento fue cuando apareció Emmer con su hija en brazos, la niña que ella amantó de bebé, la que se crió junto a su hijo como hermanos. Emma estaba muerta, su familia desbastada y el bueno de Qrima, aquel viejo gruñón pero de buen corazón que la sacó de Cízarin en la peor noche de su vida, sepultado bajo los escombros de su casa. Entonces decidió actuar y hacerlo sin recatos, invocando la aparición de una estrella en el cielo que hizo crecer hasta estallar y detener el avance enemigo, lo que debía darles tiempo para ayudar a los rezagados y organizar la defensa de la ciudad, sin embargo, las cosas no siempre son como deberían, pues, al presenciar el milagro, la gran mayoría de la gente, advertida de no mirar al cielo, se lanzó con palos y piedras sobre el enemigo, sin oír más que sus propios gritos, inconscientes de que los efectos del deslumbramiento no durarían más que algunos minutos y que con esa acción imprudente, nuevamente bloqueaban el uso de su mejor arma, el veneno. Otra vez Bosgos sufría el mismo problema de antes, la falta de un comandante, la ausencia de una jerarquía y el desorden se hacía con el poder, pues la única que en su momento funcionó como líder natural de Bosgos fue Nina, pero en ese momento ella no estaba, tenía asuntos más urgentes que atender. Su negocio fue de los primeros golpeados por los Tronadores y sus chicas a esa hora dormían dentro.



León Faras.

lunes, 26 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

122.



Así que tú eres el hermano perdido del que tanto habla mamá.” Dijo Rubi luego de mirar largo rato al bueno de Yádigar, pero la mirada más inquisidora fue la de su hermana, Falena, al darse cuenta de que ella sí sabía que su mamá tenía un hermano. “¡Cómo es que yo no sabía que teníamos un tío?” Protestó la chica, Rubi la miró con las cejas empinadas, como a una niña malcriada teniendo una pataleta de lo más injustificada: “Eso es porque nunca estás en casa y cuando estás, nunca pones atención.” Era inútil discutir, Rubi siempre tenía la razón. “Cuando Teté fue enviada a Cízarin, las cosas quedaron muy difíciles en Rimos, en especial si eras un soldado, parecía que cualquier día nos cortaban el cuello por cualquier cosa, y tratar de huir, aunque fuera para visitar a un pariente, era darles la excusa perfecta para hacerlo. Tiempo después supe que ella ya tenía una familia y un marido, por lo que pensé que no debía preocuparme por ella más, ni hacer que ella se preocupara por mí, ¡Ya sabes como todo lo convierte en un drama! Siempre fue así, y si ya tenía sus propios asuntos, no quería cargarla con los míos.” “¿Y, tú tienes hijos?” Preguntó Falena, cruzándose de brazos de lo más cómoda. Rubi la miró como a una desubicada cuyas preguntas son de lo más inoportunas, pero la chica tenía su punto. “¡Es nuestro tío, es pariente! ¡Tenemos que saber!” Respondió, encogiéndose de hombros. Yádigar sonrió sin ganas. “Tuve un hijo, pero murió pequeño, se asfixió con un colgajo de la manta mientras dormía… una muerte de lo más tonta. Después de eso mi mujer se fue, me dejó. Demasiado tiempo sola, dijo. Supongo que tenía razón” Falena ahora sí se sentía desubicada y Rubi volvía a mirarla igual. Otra vez había tenido la razón.



Mientras avanzaba por la devastación de Bosgos, Demirel oyó lo que parecía ser un enfrentamiento con espadas. No tardó mucho en encontrar a un bosgonés agotado con una espada en la mano y dos cizarianos muertos frente a lo que quedaba de su casa. Apenas amanecía y la llovizna era intensa. Ambos se miraron y se reconocieron; Demirel se había enfrentado dos veces a ese rimoriano antes, y las dos veces había resultado aquel con un proyectil en el pecho, sin embargo, la tercera vez sería distinta. “Vete.” Le dijo. Emmer se le quedó mirando como si le estuviera gastando una broma de mierda, pero Demirel insistió. “¡Vete! Ya has tenido suficiente, no pelearé contigo.” Éste tenía la mala costumbre de no fijar la vista en los ojos de la persona con quien hablaba, como una tara arrastrada desde muy joven, por lo que el otro no estaba seguro de obedecerle. “No me iré sin mi familia.” Advirtió el rimoriano. Demirel ya había visto a su mujer y su hija dentro, abrazada una a la otra y no quería tener que matarlas también. “¡Llévate a tu familia! ¡Vamos, deben irse! ¡Ahora!” Les ordenó, pero entonces, Emmer le respondió lo más impensado que podía ocurrírsele “Entonces, ayúdame…” Demirel se sintió insultado, y pudo reaccionar con agresividad, pero el otro acabó la frase a tiempo. “Mi otra hija está atrapada.” Demirel se acercó, la luz era escasa, podía pensar que aquello era una treta para golpearlo a traición, pero no lo hizo, se esforzó en mirar y al final vio: la chica estaba aplastada por una pared, rematada por una pesada viga de madera basta. No tenía buena pinta, la angustia de ese rimoriano era real. Demirel tuvo una idea y Gindri estaba de acuerdo, pues lo que más la honraba a ella era salvar y proteger al inocente, por lo que sin pensarlo más, metió su enorme espada bajo la viga para usarla de palanca y con todo el poder de sus piernas y espalda, más la ayuda de Emmer y sus brazos, la elevó lo suficiente como para que Nila pudiera tomar a su hija y sacarla de donde estaba, justo cuando los Tronadores rompían el cielo como en una aterradora tormenta otra vez. Demirel no era un experto, pero tenía experiencia como para afirmar que esa chica ya estaba muerta o muy cerca de ello. Emmer se iría al fin, con el cuerpo sin vida de su hija Emma en brazos, su esposa y su hija más pequeña, Lina. Cuando Demirel salió, se encontró con Yurba parado afuera, que lo miraba como si quisiera reprocharle algo, pero en cuanto lo animó a hablar, el otro solo meneó un poco la cabeza, bajó la mirada y siguió caminando. Yurba se había guardado de hacer alguno de sus molestos comentarios. Eso sí que se sentía raro, pero más raro fue lo que sucedería a continuación: Al amanecer, antes de que el sol se asomara por completo, una brillante estrella se posó sobre Bosgos, inusualmente brillante, llamaba la atención de todos como cualquier fenómeno de similares características lo haría, incluso Fagnar se detendría a observarla, como esperando a que algo sucediera. Y lo haría. Inmóvil, su luz empezó a hacerse más intensa y a titilar al mismo tiempo, hasta que en un segundo su resplandor lo inundaría todo de golpe, volviendo al mundo de un blanco tan intenso que incluso atravesaba los párpados, para luego apagarse súbitamente, dejando ciego por algunos minutos a todo aquel que la estuviera mirando. Fue un suceso aterrador que paralizó al ejército cizariano y a sus Tronadores por un rato, pero no había sido de origen divino como algunos pensaron, sino mágico. Darlén acababa de llegar a la ciudad y buscaba la forma de poner a salvo a los rezagados para contraatacar.



León Faras.

martes, 20 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

121.



El ejército cizariano se detuvo frente a la ciudad con Fagnar en frente, esta vez no entró. Los bosgoneses que estaban en pie comenzaron a agruparse, curiosos y soñolientos, sin saber bien qué ocurría en su vecindario pero temiéndose lo peor. Empezaron a asomarse con timidez, como animalitos que temen dejar la seguridad de sus refugios para ver lo qué pasa afuera. Allí estaba Fagnar, sin pronunciar ni una sola palabra, levantó su brazo y lo dejó así mientras los Tronadores, que ahora eran muchos más que la vez anterior, se posicionaban como un abanico apuntando a la ciudad. Nina y algunos de sus seguidores quisieron protestar, echar a los invasores con gestos, gritos y una actitud altanera, pero los ignoraron como a perros amarrados que solo pueden ladrar. El brazo de Fagnar seguía en alto y los Tronadores poco a poco se movían tomando sus puestos de ataque… hasta que dejaron de moverse, entonces la gente calló, borró sus gestos agresivos del rostro, su postura ahora buscaba la huida, el miedo brotó de sus entrañas, visceral, como cuando la muerte se presenta de improviso, y justo antes de que el general bajara su brazo, el mismo grito brotó de la garganta de todos ellos: “¡Corran!”



Diecisiete Tronadores dispararon a la vez arrasando con todo lo que tenían en frente y hasta unos veinte metros en adelante, muchos simplemente murieron en un suspiro, otros se quedaron atrapados entre los escombros de sus casas, y los sobrevivientes que asustados y desorientados pensaron que debían ayudar a los heridos, vieron con horror la mano alzada nuevamente del general que esperaba que sus cañones acomodaran su ángulo de disparo para una nueva detonación y así alcanzar una mayor distancia esta vez. Nadie ayudó a nadie, los que podían huir, corrieron, y los que no, solo se quedaron atrás bajo la protección inútil de sus propios brazos sobre sus cabezas. Fagnar bajó su brazo y el segundo golpe volvió a retumbar tanto en el piso como en sus oídos y a hacer crujir el cielo y la tierra como si los dioses hubiesen decidido acabar con su creación empezando por los habitantes de su ciudad, sin dejarles chance ni para protestar.



El alba ya se insinuaba cuando el ejército cizariano entró caminando y en silencio a Bosgos; sin violencia ni alaridos, abriéndose paso entre los escombros, sin resistencia, acabando con el sufrimiento de quienes se encontraban a su paso, mientras los Tronadores buscaban otra posición para una nueva descarga, porque sí, Fagnar no venía a dialogar y balas traía de sobra. Los rimorianos, como siempre en la retaguardia, entraron al final, incrédulos y decepcionados, mirando a su alrededor y oyendo los lamentos de los sepultados en vida. “¿Qué clase de batalla es esta?” Preguntó Cal Desci, mientras otro más allá decía: “¿Contra qué carajos estamos peleando?” Los bosgoneses se replegaban, huían en bandadas y apenas con lo puesto, temerosos de mirar atrás y ver el brazo del general de nuevo en alto y a punto de caerles otra vez sobre sus cabezas y sus casas. Tal era la conmoción, que ni siquiera las bombas de veneno, que tanto daño hicieron la última vez, habían aparecido aún. Unos gritos llamaron la atención de Cal, que con su espada y escudo de reglamento todavía inmaculados, se sentía como un novato que no sabe qué hacer ni adónde ir. Eran los grititos ahogados de una chiquilla atrapada entre los escombros de su casa a medio caer. Cal usó una antorcha para buscarla, y luego de verla, miró a su alrededor en busca de sus camaradas, pero, providencialmente, no había nadie cerca que lo ayudara o que lo hiciera desistir, por lo que, seguro o no de lo que hacía, se lanzó dentro. La chica no estaba gravemente herida, solo atrapada, por lo que intentar salvarla no sonaba a una completa locura, no necesitaba más que un poco de fuerza bruta para abrir el espacio por donde una niña flacucha como esa pudiera escurrirse, pero a mitad de la faena los Tronadores volvieron a estallar al unísono y a hacer temblar al mundo. Toda la estructura pareció moverse. La niña, en pánico, se retorció y estiró hasta liberarse como una rata atrapada por la garra de un ave rapaz, pero el edificio ya no se sostendría más y mientras una pared colapsaba, lo que quedaba de techo también se venía abajo. Ninguno de los dos alcanzaría a huir, la niña recibiría el golpe brutal de un cascote en la cabeza que la dejaría inmóvil en el suelo para siempre y Cal, con la mitad del cuerpo fuera, quedaría con una pierna atrapada y reventada bajo el peso de la casa, sin que nadie estuviese cerca para auxiliarlo. Lo más curioso, es que de haberla dejado donde estaba, la niña seguiría con vida.



Algunas bombas de humo fueron lanzadas, pero con timidez y recelo, porque claramente hacían más daño a su propia gente rezagada, herida y que trataba de huir, que al enemigo, que avanzaba en silencio y sin apuro, acabando con todo a su paso, como la peste. Para algunos podía ser un trabajo fácil y hasta divertido, pero para otros era una labor indigna, incluso para Demirel, que siendo un soldado orgulloso de su oficio, cargaba a Gindri sobre su hombro, renuente a ensuciarla con la sangre de víctimas que no luchaban y que en muchos casos solo pedían auxilio, so pena de que ésta, altiva, no le perdonara nunca tal deshonra y le pagara con la misma moneda en el futuro. Otro que estaba asqueado con su trabajo era Yurba. Luego de haber acabado con un par de vidas inocentes, se detuvo, miró la sangre en su espada y se dio la vuelta, quitándose la pechera de metal que le cubría el cuerpo, y caminando en sentido contrario. Tibrón le recordó al pasar que si lo sorprendían desertando de la batalla, el castigo podía ser la muerte. “¿Cuál batalla?” Respondió Yurba, luego se fijó en que la espada de su amigo aún estaba limpia de sangre, y simplemente sacudió la cabeza y siguió caminando. “Estaré atrás, con los rimorianos…” Dijo.



León Faras.