148.
Demirel pasó toda la noche esperando su muerte en completa oscuridad, pero no llegó. Dormitaba, soñaba con situaciones que jamás entendería de dónde las sacaba su cabeza, y luego se quedaba despierto en silencio hasta que el sueño lo vencía otra vez. Era extraño, pero en ese momento todos los bosgoneses estaban en la misma situación: aguardando en silencio y a oscuras a que el enemigo atacara en cualquier momento, pero tampoco sucedió. No se quejaba ni del hambre ni de la sed ni de las ganas de mear, pues Éscar, su antiguo instructor, lo había curtido bien en el arte de nunca darle en el gusto a las necesidades básicas del cuerpo y siempre mantenerlo con lo justo, pues en las restricciones brotaba la fuerza del espíritu y con esta, todo lo demás que se requería para ser un soldado. Apenas comenzaba a amanecer cuando llegaron algunos de sus captores, pero se quedaron detrás de él, excepto por una mujer joven y extraordinariamente hermosa que no había visto antes y que se agachó frente a él para mirarlo a los ojos. Desprendía un extraño pero agradable aroma, mientras que él olía a sudor fermentado y orina seca, aunque ella ni siquiera pareció notarlo. Le puso una mano en el pecho y cuando él quiso ver lo que hacía, ella le levantó el mentón con la otra mano para que la mirara a los ojos. Su mirada era suave pero atrapante. Demirel quiso hablar, saber de qué se trataba todo esto, pero una sonrisa de ella lo calló; no era una sonrisa seductora, sino más bien compasiva, aunque más cercana al amor que a la lástima. Entonces, Darlén levantó su mano desde su pecho hasta su frente. “Cuando despiertes, todo habrá terminado. Deja que tu valía te guíe.” Le dijo. Luego de eso, todo el agotamiento del mundo inundó los sentidos de Demirel hasta perder la consciencia en un segundo y desmayarse sin alcanzar apenas a oponer resistencia. “¿Qué fue lo que viste?” Preguntó Janzo a su esposa. Esta no tardó ni dudó. “No vi más que rectitud. Este hombre no dudaría en matar a su hermano o acabar con su propia vida si considerara que eso es lo más justo; sin embargo, no había rastros de crueldad en él.”
Despertó luego del sueño más reparador que hubiese tenido en mucho tiempo. Sentía la mente liviana como una pluma y sus sentidos más listos que nunca. Aún estaba sentado en el suelo, pero ya no estaba atado y lo rodeaba un bosquecillo que no le dejaba ver en qué dirección estaba qué cosa. Parecía como si lo hubiesen liberado en vez de matarlo. Por la posición del sol dedujo que era cerca del mediodía, pero no podía decir si habían pasado algunas pocas horas o varios días desde su cautiverio. Se puso de pie y de inmediato se dio cuenta de que después de mucho tiempo lo estaba haciendo sin su espada en la mano; sintió la rabia que solo da la traición cuando esta es sucia, rastrera y malintencionada. Liberar a un soldado pero retener su espada era deshonroso, era peor que perdonarle la vida a un hombre a cambio de sus manos, la espada era mucho más que… Entonces la vio, Gindri estaba premeditadamente apoyada contra el mismo árbol que él pero por el otro lado, de modo que en un principio era imposible que la viera, se sintió estúpido, desconcertado como el que insulta a alguien injustamente y luego debe reconocer su error y disculparse, aunque no termine de comprender el porqué. Estaba desorientado y rodeado de árboles, pero sabía una cosa: de un lado estaba Fagnar aguardando el momento para continuar con su masacre y del otro, esa gente que en su mayoría ni siquiera era soldado pero que al final de todo, lo habían dejado en libertad junto con su espada, luego de limpiarle sus heridas con orina de cabra. “Deja que tu valía te guíe.” Le dijo la mujer hermosa antes de ponerlo a dormir como a un bebé en el regazo de su madre ¿Qué lo guíe adonde? Pensó. Sin embargo, y con el tranquilizador peso de su espada sobre el hombro, al rato de comenzar a caminar sin estar seguro realmente de si salía del bosque o se adentraba más en él, se topó con un providencial sendero, uno hecho por cabras que no hace mucho huían de la guerra.
Váspoli regresó de Cízarin pasado el mediodía, cuando los hombres roían sus últimas reservas de comida a la sombra de sus toldos. Se detuvo en las afueras y entró a pie en el campamento. No traía las mejores noticias. “¿Qué ocurre?” Quiso saber Fagnar apenas verle la cara. “Traje lo que me ordenó, señor, hombres caballos y víveres, pero…” El general mostró impaciencia. Váspoli continuó. “Al parecer un idiota ebrio dejó caer una lámpara en las bodegas de fuego durante la noche y todo voló en mil pedazos, señor. Solo se salvaron dos barriles de polvo de Tronadores, el resto desapareció por los aires. Al pobre imbécil aún lo están azotando, pero insiste en que no recuerda nada…” Fagnar se masajeó la cara y asintió resignado. Cecar ya estaba en posición y esperando, debería sacarle el mayor provecho a la munición que tenía para sembrar el pánico con sus cañones, mientras él ordenaba a todas las tropas disponibles a marchar sin detenerse hasta que la ciudad fuera suya. No habría segundas oportunidades esta vez. Volvió a mirar al cielo, las nubes eran escasas e inocentes y la brisa soplaba traviesa hacia el interior de la ciudad. Esto se terminaba hoy.
León Faras.