124.
Migas se había quedado dormido sentado en su mesa de trabajo cuando los ladridos de su perro lo despertaron. Hacía tiempo que no dormía en su cama, como si hacerlo fuese un ritual anticuado e innecesario. Aún no amanecía pero estaba a punto cuando salió y vio con profundo desagrado lo que estaba ocurriendo: su propiedad estaba infestada de cabras otra vez, cientos de ellas, por todas partes. Iba a empezar a repartir insultos y blasfemias al aire cuando notó el silencio de su perro, quien no estaba haciendo nada para que esos bichos se fueran. Cuando lo encontró, éste estaba congelado, con todos sus sentidos puestos en dirección a Bosgos, expectante, apenas notó cuando su amo llegó abriéndose paso entre los molestos animalejos que lo invadían todo. Migas creyó que habría algo interesante por ahí cerca y también permaneció un rato a la espera; por un segundo recordó al Cizal que mató a Nimir y se preocupó, tal vez debió salir con un palo en la mano o algo, pensó, pero pronto se oyeron las detonaciones en Bosgos, una docena al menos sonando al unísono y su perro estalló en ladridos otra vez, como confirmando sus sospechas. Ahora entendía por qué tenía todas las cabras de la ciudad metidas en su patio.
Brelio prometió por su honor que nunca abandonaría al grupo, pero lo hizo en su primera misión, y el castigo de la deserción es la muerte, aunque no siempre debía ser de esa manera, todo dependía del momento y las circunstancias. No podía ejecutarse a una persona así como así, sin escuchar sus razones siquiera, y él tenía sus razones: Bosgos está siendo destruido en estos momentos, todos lo oyeron, ¡y su familia estaba allí! Bueno, las familias de todos en el grupo estaban allí, pero solo él había abandonado al grupo. Una voz comenzó a llamarlo pero él no le prestó atención hasta que la tuvo al lado, era Falena y su hermana avanzando al trote en su caballo. “¡Oye, ¿adónde vas? Espera.” La chica desmontó y lo detuvo, Brelio quería continuar. “No puedes ir así, estás exhausto, para cuando llegues, si es que llegas, no valdrás para nada.” Argumentó Falena. “Algo muy malo pasó, Falena, lo sé, algo muy malo pasó.” Repetía el chico, como buen hijo de su madre que era, pues ésta le enseñó bien a oír sus voces internas y a interpretar sus emociones. Falena insistió. “Pues sea lo que sea, está allá y tú estás aquí, y no puedes hacer nada. Ahora debes descansar, comerás algo y partirás por la tarde… Y en un caballo, no a pie.” Brelio se negaba a haber abandonado al grupo para irse a comer y dormir, pero Lena tenía razón, y además era insistente como un borracho. “Vamos, mi casa está cerca. Todos necesitamos descansar un poco antes de seguir.” Rubi no intervino. Comprendía la angustia del muchacho, pero también el punto de su hermana para no dejarlo ir. Al llegar a casa, su madre estaba allí, y para sorpresa de sus hijas, lucía de excelente humor. Estaba cansada porque apenas había pegado ojo durante toda la noche, pero no se veía angustiada ni nada. Había pasado unas horas maravillosas junto a Dana hablando con un señor mayor, que con sabiduría, hablar pausado y sentido del humor, le había quitado de encima buena parte del pesar con el que cargaba desde siempre, como si de una mochila llena de piedras se tratara. “Me dijo que yo era como el tipo de la historia del ciego…” Les dijo, sin siquiera preguntarles de dónde venían o dónde habían estado. Las chicas se miraron sin entender nada, y les bastó muy poco para hacer que Teté continuara. “Un hombre, de un día para el otro ya no puede ver más, y debido a eso, empieza a desconfiar de todo y de todos: de lo que tiene en frente, de lo que hay bajo sus pies, de lo que está a punto de comer, de lo que hace la gente que lo rodea y hasta de sus propios sentidos.” Brelio también estaba allí pero a ella no pareció llamarle ni la atención. Continuó. “Entonces, comienza a vivir angustiado y temeroso de todo, todo el tiempo, con miedo a caerse, a golpearse contra las paredes, a ser engañado delante de sus propias narices e incluso teme de las risas que oye… hasta que un día se entera de un secreto…” Telina hizo una pausa dramática aquí, todos estaban cansados pero ahora querían saber cuál era ese misterioso secreto que tenía tan entusiasmada a su madre. Teté continuó. “Alguien se lo susurró al oído, le dijo que todos los demás se volvieron igual de ciegos que él. El hombre no le creyó, por supuesto, le dijo que eso era un embuste, que no era posible, que lo estaba engañando por ser un pobre ciego, pero la voz le dijo que, por eso mismo, no tenía más remedio que confiar.” Telina se detuvo, como esperando una reacción natural que no acababa de cuajar, aunque ella seguía igual de entusiasmada. “¡Confiar! El señor Gunta, que así se llamaba el señor mayor con el que hablamos anoche, me dijo que la confianza era una flor que crece en el mismo campo donde crece el miedo, si quitas un poco de uno, verás como el otro comienza a surgir por sí solo. Los dos, son el veneno y la medicina del otro, por eso necesitas ambos. Así me dijo.” Pues definitivamente algo se había trastocado en la cabeza de su madre, parecía como aquella vez que se emborrachó con licor de peras, creyendo que solo bebía zumo y se puso de un buen humor de lo más sospechoso. “Oh, por cierto.” Recordó de pronto Teté. “La señora Zaida falleció esta madrugada, la pobre se consumió igual que una velita en medio la noche, lenta y silenciosamente. El señor Gunta dijo que su partida fue tan natural como un atardecer.”
León Faras.