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Migas puso a calentar un caldo de hueso con calabaza, esperando con el gesto agrio que la chica le cuestionara el aspecto poco apetitoso de su comida o la falta de condimentos de su cocina, pero en cambio Dudú se dedicó a admirar su entorno, a reconocer cada rincón, a quedarse maravillada ante un rudimentario pero fascinante aparato cuya utilidad se le escapaba definitivamente de su comprensión, pero no de su interés. Era una simple placa de madera con una pequeña vara parada en medio como un poste, de la que salían rayas rectas en todas direcciones, las que eran cruzadas por muchas otras líneas cuyas trayectorias y formas eran distintas entre sí, caóticas en un principio. “¿Qué chirimbolo es este?” Preguntó la chica realmente interesada. A Migas no le gustó el término que usó, pero no podía quejarse, en realidad, el aparato no tenía nombre todavía. “Estudio el movimiento del sol.” Respondió el viejo, escueto. “¿Con esto? ¿Cómo?” Preguntó Dudú, intrigada. Migas dejó su caldero de lado por un segundo para atender la curiosidad de la chica. Le encantaba hablar de sus pasiones científicas, pero a la vez odiaba gastar palabras en mentes farsantes que fingían el interés por lo que preguntaban y con esa muchacha, aún no estaba totalmente convencido. “Las líneas paralelas marcan periodos de tiempo, las otras, por donde pasó la sombra del poste durante esos periodos de tiempo.” El viejo seguía siendo breve y displicente. “¿Y eso para qué sirve?” Preguntó la chica queriendo entender, pero Migas ya le daba la espalda para volver a su olla. “Todavía no estoy seguro, pero si su recorrido no es siempre el mismo, quisiera entender por qué.”
La lluvia caía afuera aunque su veneno no llegaba hasta su propiedad, lo sabía por la multitud de cabras que aún no se movía de su patio y que solo se había arremolinado bajo los árboles cercanos para pasar la noche. Dudú bebió su caldo con apetito acompañado de un trozo endurecido de tortilla de avena cocida al rescoldo que sopaba antes de morder, como una experta. Migas estaba incómodo, su perro se había tomado la llegada de esa chica con demasiada naturalidad y su padre no había dicho palabra en toda la noche, ni siquiera para burlarse. “Puedes usar la cama cuando termines, yo tengo trabajo que hacer…” La chica quiso protestar, que ella estaba allí para trabajar, ganarse su sustento y aprender, pero el viejo fue categórico: “Empezarás mañana, no esta noche. Tengo cosas en que pensar.” No levantó la voz pero su gesto no admitió réplicas. Esa noche, luego de lavar los cuencos con un puñado de ceniza del fogón, Dudú escuchó, apenas audible por encima del rumor de la lluvia, al viejo susurrándole cosas a su padre junto al fuego, rogándole con impaciencia que no siguiera callado, que dejara de ser obstinado y dijera algo, incluso ofreciéndole deshacerse de la muchacha si era eso lo que él quería. Lo escuchó hasta que se durmió, enrollada en una cama para ella sola, en la que estaba acostada desde temprano como no lo había hecho en mucho tiempo, con una comida caliente en la barriga que la invitaba al sueño, al contrario de un estómago vacío, y la certeza interna de que se ganaría limpiamente cada una de las cosas con las que había soñado en esta vida, que no eran muchas ni muy complicadas, partiendo por el conocimiento, pues sabía, sin saber mucho, que el conocimiento era la fortaleza de los débiles, la que los hacía libres y dignos de respeto.
En Bosgos, más de la mitad del ejército cizariano yacía entre los escombros, destrozado, machacado contra el suelo como una plaga de insectos indeseables, mientras el resto retrocedía a la velocidad a la que retrocedían sus Tronadores, rodando trabajosamente sobre el lodo que primero los estancaba y luego los hacía deslizarse sin control, en una oscuridad casi completa y bajo una lluvia que, al menos y para su fortuna, parecía perder su toxicidad gradualmente a medida que pasaban las horas. Entre la oscuridad reinante y el suelo cubierto de escombros dominante, Váspoli, Tibrón y Yurba se abrían paso sin saber muy bien en qué dirección iban, solo buscando moverse y esperando a que la fortuna los guiara a una salida. Los enemigos, en su mayoría, parecían haberse replegado, agotados y con el veneno de la lluvia perdiendo su efecto. Entonces sintieron en la oscuridad un breve choque de espadas y el quejido agonizante de un hombre que recibía una estocada mortal y dolorosa. Un farol, colgado al amparo de un alero, sobreviviente por azar a la catástrofe y el aguacero, iluminaba la callejuela donde apareció la chiquilla con la espada cubierta de pinchos goteando sangre diluida en la lluvia. Se paró frente a ellos como si no le importara tener que enfrentar a tres soldados experimentados ella sola, con el cuerpo cubierto de heridas que no sangraban y una expresión en el rostro que no transmitía nada, tal vez indolencia. Se fijó en Yurba y este en ella. Ambos soportaban la lluvia sin protección y se reconocían como criaturas anormales que no debían existir. Váspoli estaba francamente agotado, y considerando que el ataque había terminado y que ahora todo el mundo se retiraba, abogaba por la idea de seguir su camino buscando una salida para reunirse con el resto de los suyos, en vez de liarse en más enfrentamientos pequeños en los que el azar podía hacer más daño que bien, sobre todo, después de ver a ese pájaro gigante devora hombres aparecer de la nada. Tibrón estaba de acuerdo, pero Yurba permanecía embobado hasta que el otro lo cogió del hombro y lo tiró hacia atrás para ponerse en frente con su respetable escudo por delante. “Vete, no pelearé contigo.” Le dijo a la chica con voz firme, mientras hacía avanzar a empujones a su renuente compañero más pequeño que insistía en voltearse a observar como borracho pendenciero. Emma no hizo ni dijo nada, solo permaneció inmóvil, lo cierto, era que reconoció en aquel pequeño soldado calvo algo que podía ver y sentir en ella misma: la mano de la brujería y la muerte.
Váspoli, Tibrón y Yurba saldrían eventualmente para reunirse con los demás, con los que quedaban y reconocer a los que no lo habían logrado, pero sobre todo se encontraron con la falta de uno cuya figura era demasiado evidente como para pasarla por alto, casi para cualquiera que llevara más de un día en el ejército. Uno de sus principales oficiales, cuya espada parecía un chiste absurdo debido a su ridículo tamaño, se quedó atrás cubriendo la retirada de sus camaradas incapaces de luchar y no había sido vuelto a ver. Muchos podían ver a Demirel como una bestia de tamaño intimidante y espíritu invencible, pero al fin y al cabo era solo un hombre como los demás capaz de agotarse y de sangrar como cualquiera, y aunque costara creerlo, parecía que no lo había logrado.
León Faras.