sábado, 18 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

129.



El cuerpo de Emma había sido envuelto en sábanas y perfumado con aceites para ser quemado según la costumbre rimoriana de sus padres, pero no se haría todavía. Lina, su hermana menor, parada junto al cadáver, no lloraba, quería hacerlo, deseaba hacerlo, pero no podía y no entendía por qué. “¿Acaso es que no la amaba, mamá?” Preguntó angustiada, Nila la abrazó. “No digas eso. Si no quieres llorar, no lo hagas, pero no pienses así.” Le respondió estoica, entre sorbetes de mocos y espasmos de llanto. Cerca, los sobrevivientes que no habían huido planeaban el contraataque. Teniendo a Darlén de su lado, y después de ver lo que la bruja había hecho en el cielo, muchos sentían un renovado ímpetu para luchar, pero la mujer aún lloraba la muerte de una muchacha, lamentándose no poder haber hecho nada para salvarla ni protegerla. Nila le apretaba la mano, recordándole que la vida y la muerte estaban más allá del control de cualquier ser humano por poderoso que este fuera. “Eso no es del todo cierto…” Mencionó una mujer demasiado bella como para haber pasado desapercibida hasta el momento en que habló, era Circe, por supuesto. “Pero ya su vida se extinguió.” Argumentó Darlén, con el rostro cubierto de llanto. “Su cuerpo aún no se corrompe.” Respondió la otra bruja. “Pero está dañado.” Replicó la una. “Pero está completo.” Alegó la otra. “¿De verdad crees que se pueda?” Preguntó Darlén, ilusionada y confundida. “Sabes que solo depende de ella.” Contestó Circe, señalando a la difunta. Solo entonces Nila intervino queriendo saber qué carajos estaban diciendo, porque todo aquello se trataba de su hija, pero antes de que le contestaran, Darlén se lanzó encima de su mentora, sujetándola por los hombros para rogarle que hiciera lo que pudiera por esa chica a la que le había dado pecho en sus primeros años y a la que consideraba como una hija más. Circe aceptó, y Darlén se dirigió a Nila entonces apretándole ambas manos. “Confío en esta mujer con mi vida. Tú también puedes hacerlo.” Le dijo, para luego sentarse a su lado con una sonrisita de ánimo renovado. Nila esperaba una respuesta y Circe no se la negó. “A veces la muerte es injusta, llevándose a quién aún no debía irse; el espíritu de esa persona lo sabe y durante un tiempo se niega a abandonar lo que le es familiar, rondando sin parar en busca de retomar sus asuntos, a veces incluso, hasta enloquecer…” Nila escuchaba atenta, ella era rimoriana, y los rimorianos tenían ciertas creencias ancestrales relacionadas con los Invisibles, criaturas que ayudaban o dañaban a las personas y que alguna vez habían sido seres humanos también. “¿Estás hablando de volver a alguien a la vida?” Preguntó Nila, con miedo de sonar un poco tonta. Circe respondió. “Hablo de componer algo que aún no debía romperse.” “Pero eso es antinatural.” Intervino Lina, que hasta ese momento oía tan interesada como preocupada. “No seré yo quién decida qué es natural y qué no lo es, pero si no lo desean, no haremos nada, yo no tengo ningún interés en forzar a hacer nada a nadie.” Replicó la bruja, sin alterarse, pero con firmeza. Nila la detuvo. “Espera. Antes dijiste que todo dependía de ella, ¿no?” Circe asintió. “Si Emma no quiere retomar su cuerpo, no hay nada que podamos hacer para forzarla. Si no quiere, no lo hará.”



Hemos perdido buena parte del veneno que teníamos bajo los escombros, pero aun nos queda para defendernos.” Comentó uno. “Hagamos un cinturón de fuego, los encerramos dentro y les lanzamos todo el veneno que tengamos sobre las cabezas.” Propuso otro, una idea genial, pero sin detenerse a pensar en las dimensiones de ese cinturón ni en el tiempo y recursos necesarios para hacerlo. “¡Pero contamos con una bruja!” Defendió su idea él mismo, optimista, sin que nadie pareciera apoyarlo realmente. Berno, quién volvía a salir de este nuevo ataque sin un rasguño, y cuya borrachera aún no se iba del todo, afirmó que lo del fuego era una idea tonta, pues no había que ser genio para darse cuenta de que antes de que el sol se escondiera, iba a caer la lluvia que tanto tiempo llevaban esperando, y para confirmarlo señaló al horizonte. El otro, medio ofendido, le exigió que entonces propusiera algo mejor, y Berno, cuyo rostro luchaba por verse convincente, pero sin mucho éxito, propuso “envenenar la lluvia.” Aquella era una de esas cosas que, dependiendo de dónde viniera, podía ser calificada como una estupidez o una genialidad, de hecho, todos se quedaron mirando entre sí buscando si alguien podía apoyar tal ocurrencia, pero de los presentes, ninguno tenía respuestas claras. Las preguntas empezaron a surgir de un lado y de otro; que si acaso eso era posible o cómo se haría tal cosa, con el inconveniente de que Berno no hacía más que sonreír con suficiencia sin explicar nada, hasta que alguien respondió con firmeza por él, esa era Gilda. “Por supuesto que es posible. Si puedes envenenar el agua, entonces también puedes envenenar la lluvia.” Y si alguien sabía de venenos, esa era ella. “Apilen los cuerpos y sus prendas, y reúnan todo el aceite que puedan conseguir…” Ordenó, para luego agregar. “Vamos a necesitar hacer humo. Mucho humo.” Gilda estaba molesta, tanto por la muerte de su hermano como por la descarada insolencia de Cízarin. No era culpa de éstos últimos que Qrima muriera, pero sí que estuviera pudriéndose bajo una pila de escombros en vez de estar descansando en la cripta que la mujer tenía preparada para sí misma y sus seres queridos, incluyendo a su querida cabra Cicuta. Junto con algunas mujeres, se fue para recolectar lo necesario y preparar los venenos que usarían, aunque pensando en que le vendría bien la ayuda de alguien con experiencia para ajustar las dosis: Migas.



La idea fue genial, pero muchos se quedaron pensando de dónde se le había ocurrido algo así a alguien como Berno, éste respondió fingiendo sabiduría. “Mi abuelo me contaba, que su abuelo le contaba a él, que cuando Hiblia el Santo derrotó al ejército de Gárraga el Sanguinario, lo hizo gracias a una lluvia que enloqueció a sus enemigos, pero esa lluvia no fue totalmente algo divino como muchos creyeron, Hiblia ya sabía cómo utilizar los venenos, solo que dejó que con el tiempo lo apodaran el Santo gracias a esa proeza.” Los que lo oían se quedaron mirando con una sonrisa incrédula, fuera verdad o mentira, aquella era una buena historia.



León Faras.

lunes, 6 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

128.



Dan Rivel entró en Rimos con su cara de, a medio camino entre negociante honrado e idiota; sonriendo y saludando mientras todos lo examinaban a él y a su producto como al forastero cuyas intenciones son desconocidas. Le habían dicho que Rimos estaba lleno de herreros y que siempre habría más de uno dispuesto a pagarle lo justo por su producto, que eso era lo más importante, así que no debía ofrecerlo como si estuviera desesperado ni dárselo al primero que lo llamara. Sin embargo, pronto se le acercó uno a cogerlo del hombro para llevarlo a su negocio como si se conocieran desde hace mucho, éste era Nardo, que con buen ojo, reconoció los burros que el chico traía y estaba muy interesado, desde que lo probó, en conseguir más de ese carbón que le vendían solo a Yelena. “Escucha muchacho. ¿Tu carbón ya está vendido?” El chico negó con la cabeza, el herrero no lo dejó agregar más. “¿De dónde lo sacas?” Dan apenas comenzaba a responder cuando el otro ya lo hacía callar como a un pelele. “¡Está bien, está bien! No es necesario que lo andes pregonando por ahí, aquí la gente puede ser muy supersticiosa y no se andan con bromas…” Luego quiso saber sobre el precio. El muchacho fue inflexible dándole el valor que le habían dicho que debía dar y Nardo lo aceptó con suficiencia, como si estuviera acostumbrado a pagar dichos precios. “Pero si te lo compro todo me harás un descuento, ¿verdad?” Dijo el herrero, poniendo cara de víctima. Dan, que no esperaba venderlo todo tan rápido, porque nadie se lo había advertido, aceptó, creyendo que un pequeño descuento era lo más justo. Luego de cerrar el acuerdo, el herrero lo despachó discretamente por la parte de atrás. “Este lugar está lleno de viejos envidiosos que se quejan si compras mucho y se quejan si no compras nada… mejor no darles de qué hablar.” Le recomendó, como haciéndole un favor, mientras lo empujaba afuera con brusca amabilidad. Nardo lo había notado al instante, ese carbón del Bosque Muerto era excepcional en cuanto a calor y durabilidad, al punto que valía mucho la pena dejar de lado algunos prejuicios a cambio de su eficiencia.



Allí mismo, junto a su establecimiento, Nina y sus chicas cavaron una tumba con sus propios medios, y lo mejor que pudieron, para sepultar a Cípora entre llantos contenidos y maldiciones escupidas entre dientes hacia el maldito invasor, luego marcaron el lugar con una pila de rocas acorde al número de presentes durante el funeral y se quedaron mirándola como esperando a que pasara algo. Marla, decidió que era apropiado soltar las palabras que tenía en mente. “Como bosgonesa bien nacida que era, a Cipo no le gustaban los funerales de fuego porque decía que la gente terminaba feísima, toda chamuscada y tirada a plena vista, además de que esa era una costumbre rimoriana. Ella siempre quiso terminar así, en la tierra, viéndose tal y como era en vida… lástima que su carita le haya quedado toda magullada como le quedó.” Se lamentó la mujer, pronunciando sus palabras con decoro, mientras recordaba el rostro velado de Cípora que disimulaba a medias una deformación severa de su facciones, y soportaba el agarre intenso a su brazo de Dudú, la chica nueva de Campo Seco, quien saliera corriendo apenas oída la primera detonación, pero que regresó pronto porque en realidad no se fue muy lejos, solo corrió a esconderse en un establo cercano sin ninguna otra razón en particular aparte de que ella era una chica asustadiza. Ella, Dudú, tenía un talento excepcional para quedarse quieta sin hacer ruido durante horas, llegando a veces a desaparecer estando a plena vista, solo volviéndose parte de su entorno. No hablaba mucho y realizaba su trabajo con desinterés profesional, como quien hace perfectamente lo que tiene que hacer sin necesidad de prestarle más que un mínimo de atención. Era joven, aunque sin mucha gracia, flacuchenta, como si en realidad nunca se hubiese llegado a acostumbrar a comer, habiéndolo hecho sólo eventualmente para mantenerse con vida, y consideraba la risa, su risa, una especie de placer culpable que debía ocultar y reprimir con esmero, como si mereciera un castigo por cada pequeña dosis de felicidad. Era obvio para Marla que su amiga tuvo una infancia difícil, pero eso no la hacía especial, la infancia no había sido fácil para nadie que ella conociera.



En el campo de batalla, que era más una masacre, una ciudad deshecha o un alarde de poder más que otra cosa, los cadáveres de los lugareños se secaban al sol sin que nadie los recogiera, mientras los enemigos de Bosgos bebían o dormitaban arrimados a cualquier sombra que los librara del calor de sus trajes, mitad de metal y mitad de cuero. Entre estos, pero sobre todo entre los rimorianos, se había propagado cierto desasosiego, incomodidad, incluso un poco de temor disimulado. Muchos aseguraban, sin que ninguno se atreviera a negarlo, que la estrella que los cegó antes, fue una advertencia divina de que lo que estaban haciendo estaba mal, y si insistían, con seguridad el castigo sería mucho peor. La lógica cizariana decía que no había ninguna divinidad interesada en proteger a estos camperos mugrientos hediondos a estiércol de cabra, pero la estrella en el cielo la vieron todos y no era cosa que alguien hubiese visto antes. Los oficiales procuraban desestimar tales creencias con ademanes bruscos y gestos arrogantes, pero en el fondo, todos estaban inquietos por lo visto en el cielo, tanto que el tema llegó hasta los oídos de Fagnar, aunque éste sólo respondió pragmático: “Pues, esperemos que no sea necesario tener que insistir con este ataque.” Fue todo, luego volteó la vista hacia el horizonte, como queriendo ignorar la preocupación de sus hombres o restarle importancia, pero en realidad, el tenía otra, menos divina y más mundana. Mientras descansaba sentado sobre escombros a la sombra de un toldo improvisado bebiendo una taza de un té espeso y amargo, notó la mancha de oscuros nubarrones que se acercaba. Los Tronadores, símbolo del poder cizariano, habían demostrado en reiteradas ocasiones ser sumamente ineficientes al ser expuestos a la humedad, y un completo desastre tratando de actuar bajo una lluvia moderada, donde la mínima interacción con el agua los convertía con inverosímil facilidad, en pesados trastos de hierro inútil incapaces de escupir el más mínimo hálito de fuego, convirtiendo sus aterradoras explosiones en chasquidos ridículos menos impresionantes que un eructo, y sin duda, lo que se acercaba por el horizonte era una lluvia más que moderada



León Faras.

domingo, 22 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

127.



Aregel se enteró casi al medio día de que a su amigo Cal le habían cortado una pierna. Este estaba sentado en el suelo contra un árbol bajo la sombra de un toldo improvisado, con la mandíbula apretada y el rostro amargado, mirándose la mano sin ánimos de hablar con nadie; en su puño apretaba unos cuantos dientes de ajo que debía comer en trozos pequeños y bien remojados en saliva, según Barucho, el curandero, para evitar que le entrara la fiebre por el corte y lo consumiera, pero que Cal simplemente quería lanzar lejos de su vista y que la fiebre lo durmiera para siempre, aunque todavía no se atrevía. Como soldados, las heridas y mutilaciones eran algo normal dentro del oficio, pero perder una pierna entera era el fin del oficio, de hecho, cualquier otro oficio que implicara moverse estaría jodido para alguien como él desde ahora en adelante. Sí, daba pena verlo, y por eso Cal no quería ver a nadie ni que nadie lo viera. Aregel lo comprendía, por lo que fue circunspecto y breve. “Lo siento.” Eso fue todo lo que dijo, como cuando alguien pierde a un ser tan querido que las palabras sobran, luego se retiró, consciente de que el otro no le respondería ni de gesto ni de palabra aunque lo hubiese escuchado.



Migas tenía abierto y vaciado el cuerpo de Nimir sobre su mesa principal. Sus órganos los puso en vasijas llenas con aceite de Estrago, un arbusto, cuya semilla, tan abundante como tóxica, servía para fabricar multitud de venenos con diferentes propósitos, y cuya densidad y composición impedía la normal oxidación de los tejidos. La carne, en cambio, sería frotada en sal, ceniza consagrada y aceite, antes de ahumarla durante treinta y tres días a temperatura de día muy soleado, un proceso lento y extenuante pero que debía hacerse ininterrumpidamente si se quería conservar el cuerpo intacto por el mayor tiempo posible. Migas fregaba el cuerpo sin vida de Nimir preparándolo para el ahumado, cuando vio un ligero movimiento por el rabillo del ojo que lo hizo frenar de golpe, el ladrido de su perro le confirmó que había sido real. No, no se trataba del difunto, sino del huevo de Cizal que descansaba como un trofeo sobre un mueble junto a la chimenea, y que además, convenientemente recibía el sol de la mañana a esa hora, esa cosa acababa de dar un respingo. Ni siquiera lo había pensado hasta ese momento, entre sus investigaciones de los manuscritos de Mirna y el tratamiento del cuerpo de Nimir, no lo había considerado, pero que tal si había algo que aún seguía vivo en su interior. Miró a su padre, pero este lo ignoraba, manteniendo la vista pegada en el suelo de la habitación. Migas sintió curiosidad, él era un alma curiosa y el Cizal, una criatura casi mítica de la que poco se conocía, y por lo que él sabía, jamás criada por ningún ser humano antes. Miró a su perro con cierto brillo en los ojos, y este le devolvió la mirada del que no le gusta nada lo que estás pensando, pero el viejo solo arrugó el ceño, se encogió de hombros y siguió con su trabajo de preparar el cuerpo de Nimir, mirando de reojo al huevo de vez en cuando, después de todo, sólo era un perro, qué podía saber él.



En Cízarin, las nubes cubrían el cielo advirtiendo que dejarían caer agua en poco tiempo y el viento anunciaba que esos nubarrones llegarían a Bosgos por la tarde. Era poco más de mediodía y Brelio estaba listo. Luego de dormir por unas cuantas horas, cargaba un pequeño hatillo de provisiones cruzado a la espalda, dado por Rubi, y recibía el caballo preparado por Falena. “Vas a llegar bien entrada la noche, ¿seguro que no quieres esperar un poco más?” Preguntó la chica, dándole los últimos retoques de cepillo al animal. El muchacho se negó, ya había esperado demasiado. “La noche está bien, es más seguro…” Afirmó. La chica recordó algo que el señor Sagistán le enseñó una vez sobre el arma de doble filo que era la oscuridad, útil y peligrosa a la vez, pero aun así Falena estaba de acuerdo, ella también se sentía más segura de noche. “Puedo acompañarte, si quieres.” Sugirió Falena de pronto, Brelio la miró burlón, no muy seguro de dónde había salido eso. “¿Crees que me da miedo ir solo?” La chica respondió seria y sin espera. “Creo que necesitarán toda la ayuda posible.” El muchacho también se puso serio entonces. “¿En verdad crees que sea tan malo?” Preguntó, tentando la vana esperanza de que las cosas nunca son tan malas como uno se las imagina. Falena asintió con gravedad convencida, y Brelio no pudo más que reconocer que él también, en el fondo, se temía lo peor. “Puedes venir conmigo, si quieres.” Le dijo. La chica entró en su casa para preparar algunas cosas rápidas para el viaje, pero claro, su hermana ya le tenía listo su hatillo de provisiones. “No me mires así, lo supe desde que se encontraron en el camino.” Le dijo Rubi, siempre suficiente, y luego la señaló con su dedo acusador justo hacia la nariz. “Se supone que no deberías estar allá, tío Demirel fue muy claro, así que mantente lejos de los problemas o vas a desear nunca haber tenido una hermana mayor.” La amenazó y luego la abrazó fuerte. Falena iba a despedirse de su mamá también, pero su hermana la detuvo. “No lo hagas, yo hablaré con ella después. Se ve muy contenta y relajada, pero en el fondo sigue siendo nuestra madre, la misma de siempre. Déjala que siga así por un rato más.La chica no discutió, después de todo, esa era Rubi, y Rubi siempre tiene la razón. A medida que se alejaba el caballo con ambos chicos encima, alguien que llegaba los observaba con curiosidad, sacando sus propias conclusiones internamente y emitiendo juicios que lo dejaban conforme, como acostumbra a hacer siempre la gente, luego, de buen humor, se acercó a la puerta de Teté para llamarla con unas tortillas de cebada aliñadas recién hechas en la mano, que había encontrado por el camino. La propia Telina abrió la puerta, pero su reacción no fue la que esperaba. “¿Y tú qué haces aquí?” Le dijo, con el rostro descompuesto de ver a su hermano. “¡Te desapareces por veinte años como si nada, sin saber de ti en todo ese tiempo como si hubieses muerto, imaginando puras cosas horribles y sufriendo por no saber dónde o cómo estás, hasta que ahora, así sin más, decides aparecer en mi puerta con un par de tortillas calientes en la mano y sonriendo como un bobo?” Le recriminó Teté, aparentemente muy dolida. Yádigar estaba sin palabras, totalmente cogido por sorpresa. Siempre era su presencia, nunca su ausencia la que provocaba ese nivel de cabreo, pero Teté, que no había dejado ni un solo día de ser su hermana chica, era honesta, porque ella no tenía la capacidad ni los medios para buscarlo a él y era él quién debía acercarse a ella. “¿Qué quieres que te diga? Al principio quería verte, pero Cízarin nos mantenía con una daga en el cogote prácticamente todo el día para evitar motines, después las cosas se relajaron con el tiempo, tuve una pequeña familia y supe que tú estabas haciendo tu propia familia también, estaba feliz y quería tenerte cerca para formar parte de eso también, pero pronto se fue todo al carajo, mi hijo se asfixió mientras dormía, mi mujer me dejó después de eso y yo dejé de preocuparme por nadie más que no fuera yo mismo. ¿Por qué? ¡Porque preocuparte por los que amas y no poder ayudarlos cuando te necesitan es una mierda! Pero con el tiempo te das cuenta de lo idiota que eres y que vivir sólo para ti es inútil, es un no vivir…” Teté volvía a tener su cara de angustia y sus manos apretujadas, mirando a su hermano con una compasión incómoda. “¿Cómo se llamaba tu hijo?” Le susurró, como si fuera pecado alzar la voz ante un tema tan delicado. “Se llamaba Boras, como su abuelo materno…” Respondió el otro, sin deseos reales de profundizar en el tema, aunque igual debió recibir el tierno y prolongado abrazo de su hermana, a riesgo de reflotar sentimientos que había tardado años en sepultar tan profundo como pudiera. “No me digas que esta mujer de aquí es tu hija.” Improvisó de pronto, para que Telina lo soltara antes de que se le saltaran las lágrimas, mirando a Rubi como si la viera por primera vez, ésta también actuó igual, como si recién lo conociera. Era mejor así, por la salud emocional de su madre. Las tortillas fueron aceptadas al fin y la plática se abrió paso sin esfuerzo, aunque interrumpida de vez en cuando por más de un bostezo, curiosamente, todos parecían bastante cansados.



León Faras.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

126.



Para el mediodía la ciudad ya estaba tomada sin ningún tipo de resistencia. Los bosgoneses que quedaban se mantenían alejados y dispersos, sería un día tranquilo. Fagnar ordenó descansar a la tropa pero mantener una guardia de vigilancia y los Tronadores listos para actuar ante la menor señal de insurgencia; mandó a un pequeño grupo a preparar el rancho para darle de comer a los soldados y ordenó a uno de sus capitanes, Váspoli, un recuento de los muertos y heridos dentro de su ejército. Váspoli hizo su trabajo, los números eran ridículamente bajos: treintaidós heridos, aunque la mayoría de ellos todavía podía pararse y sostener una espada; dos amputados, uno de una pierna y el otro de un dedo, según dijo este último, fue mordido por un bosgonés. Y tan solo cuatro muertos: tres rimorianos, y un cizariano que al parecer se posicionó mal y fue embestido por el proyectil de uno de los Tronadores en el pecho, el incidente aun era confuso pero según los testimonios de los vivos, el tipo estaba borracho e ignoró las advertencias, sin embargo, hubo otro incidente reportado que llamó la atención más que todos los anteriores, y era la pronta desaparición de un soldado rimoriano del que no se supo nada hasta la salida del sol, cuando, por iniciativa de sus propios compañeros que lo buscaron, le encontraron muerto y comido, completamente vaciado, como si todas las aves carroñeras del mundo lo hubiesen atacado a la vez, alimentándose de su carne y sus tripas, dejando solo los huesos y media cara para reconocerlo, lo cual era muy difícil de imaginar, pero no tenían otra explicación, de todos modos, a Fagnar sólo le interesaban los números, no las anécdotas,



Ese mismo nefasto día para toda la gente de Bosgos, era un gran día para Dan Rivel, que iniciaba desde abajo y con todo el espíritu, el oficio de carbonero. Resulta que, dejando Bosgos luego de concluir sus negocios con Bacho, se encontró con unos carboneros en el Bosque Muerto, los únicos, al parecer, en ese enorme lugar; un anciano casi ciego llamado Barros y otro no tan viejo, pero tuerto, llamado Gan, que a pesar de verse en pésimas condiciones, lo invitaron con toda amabilidad a compartir su puchero, un guiso de pellejo de cerdo y verduras de lo más sabroso y a tener una de las charlas más civilizadas que había tenido en mucho tiempo, como si esa gente con aspecto de pordiosero tuviera más educación que la mayoría de los que viven en ciudad, aunque más que educación fuera simple cortesía. No tuvieron reparos en introducirlo en el oficio, alegando que la materia prima era extraordinariamente abundante y que todo el carbón del mundo que pudieran hacer era simplemente insuficiente para alimentar todas las fraguas de Rimos, el único trabajo era transportarlo y para eso tenían los burros, y hasta una carreta que manejaba Petro, el otro miembro del clan, el que en ese momento no estaba. Siguiendo el ejemplo y las instrucciones del señor Gan, Dan Rivel hizo su primer horno de carbón, construido con la misma leña y cubierto todo de barro, dejando una entrada para la mecha que lo encendería, luego de eso, solo debían vigilar que no aparecieran entradas de aire que estropearan el proceso o al final sacarían pura ceniza y nada de carbón, pero eso lo hacían entre todos, turnándose; incluso el señor Barros se quedaba a veces solo vigilando los hornos durante horas, aunque se supone que no veía ni un pimiento, sin embargo, hasta ahora siempre lo había hecho bien. Petro era el hijo del señor Barros, un tipo seco y rudo como un poste, pero increíblemente más aseado y de buen aspecto que los otros, Dan concluyó que se debía a que era el encargado de las entregas y por eso cuidaba tanto de su imagen. El tipo, que era desabrido como el saludo del suegro que recién te conoce, aunque siempre respetuoso, como su padre, lo animó a que partiera trasportando su propio carbón en burro, y que montara amistad con los herreros, de esa manera y ahorrando dinero, en poco tiempo podría armarse su propia carreta como lo hizo él. De él aprendería Dan a diferenciar a los buenos clientes de los malos, a premiar a los primeros con lealtad y buenos precios y a enderezar a los segundos sin apenas tener que abrir la boca. Ese día, mientras Bosgos era despedazado, Dan Rivel hacía su primer viaje con carbón a Rimos, el primero de muchos, comenzando así su vida de comerciante y transportista.



Vamos a hacer esto ahora… He estado mucho más que una noche sin dormir…” Comentaba Yádigar, con suficiencia y medio bostezo contenido, como si alguien estuviera preocupado por su descanso. Musso lo seguía, aún le parecía un charlatán, pero aun así había charlatanes que podían ser útiles. Cana, la mujer muda, también los acompañó. “¿Han pasado una noche en el Bosque Muerto? Esa sí que es una larga noche sin dormir…” Continuaba hablando Yádigar sin poner atención al gesto de hastío de la mujer, como pensando: “Estos estúpidos rimorianos y su estúpido bosque muerto.” Yádigar los guió hasta un almacén prácticamente vacío, donde no había más de diez barriles pobremente custodiados, un sitio que no parecía en absoluto relevante. “Aquí es donde se guarda la cerveza traída de Velsi, más de una centena de barriles transportados en caravana y custodiada siempre por los mismos imbéciles que se beben su parte por el camino, sacándole un par de vasos a cada barril, imaginando que nadie lo  notará. No podemos matarlos ni reemplazarlos, porque se darían cuenta de inmediato.” Cana hizo un gesto y Musso lo interpretó. “¿Cuantos carros son en la caravana?” “Al menos cuatro.” Respondió Yádigar. “¿Cuantos hombres por carro?” Preguntó Musso y el otro le dijo que eran solo dos por carreta, pero luego estaban los guardias a caballo que eran casi siempre nueve. Musso se quedó pensando un rato. “El camino de Velsi hasta aquí, es bastante largo, y hay muchas historias de caravanas enteras que se desvanecen en la niebla…” Yádigar lo miró como a un tonto diciendo tonterías. “¡Se supone que queremos envenenar su cerveza, no robársela!” Musso parecía bastante conforme con su razonamiento. Se encogió de hombros. “Sí, pero si todos mueren será más fácil poner el veneno, ¿no?” Dijo, y Cana estaba de acuerdo.



León Faras.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

125.



La ofensiva de Bosgos fue prácticamente inútil, rozando lo infantil. Se lanzaron como una jauría de perros salvajes contra unos soldados que, ciegos y confundidos, se defendían cubriéndose el rostro y tirando espadazos de un lado para el otro, mientras recibían golpes de palos por la espalda o alguna que otra pedrada en la cabeza, todo muy divertido hasta que los soldados comenzaron a recuperar la vista de a poco y a ver entre nubarrones las siluetas de sus atacantes, entonces las espadas comenzaron a funcionar de nuevo y los que antes reían con la jugarreta de acosar con violencia a unos ciegos inútiles, debieron volver a huir otra vez, incapaces de pelear de igual a igual contra soldados armados y acorazados que ahora podían defenderse, mientras los Tronadores preparaban una nueva oleada de disparos y el general Fagnar regresaba, pues había huido gracias a que era el único que aún montaba su caballo y éste no había quedado ciego en ningún momento, por lo que pudo sacar a su amo antes de que fuera alcanzado por las muchedumbre enfurecida de Bosgos. Algunas bombitas de veneno cayeron sin hacer mayor daño, pues los cañones de Cízarin las opacaron rápidamente con potencia y precisión y la gente esta vez en lugar de retroceder, comenzaron a desperdigarse en todas direcciones, a huir hacia los campos, a abandonar la esperanza de defenderse y a los que aún trataban de resistir también.



El edificio de Nina, uno de los pocos de dos plantas en Bosgos, se mantenía en pie a pesar de haber sido atravesado de lado a lado, dos veces, por los Tronadores. El propio Mirú, el muchacho afeminado que trabajaba para Nina. salía por sus propios medios, traumatizado, jurando que una de esas bolas lanzadas por Cízarin le había pasado por delante de la cara y que incluso había podido verla. De las chicas, muchas estaban histéricas y aterradas; golpeadas y polvorientas, pero vivas, apenas saliendo a la luz para comprobar que, tan mal, no les había ido como pensaban, en comparación con el resto de la ciudad que estaba destrozada, con sus paredes en el suelo y su gente regada por todas partes, tentando el apetito de las aves carroñeras que les olían desde las alturas. Nina pudo comprobar con alivio que su negocio y sus empleadas estaban mejor de lo que esperaba, pero luego de unos segundos, se dio cuenta de que faltaban dos de sus chicas. Marla, una de las sobrevivientes, dijo que Dudú, la chica nueva de la aldea de Campo Seco, había salido corriendo y gritando no sabían adónde apenas oída la primera detonación y que no sabían nada de ella ahora. “¿Y Cípora?” Preguntó la jefa con cierto apremio. Mirú descompuso el rostro, como si hubiese tenido que recordar algo que no quería volver a ver en su mente. Nina lo inquirió de inmediato. El muchacho negó con la cabeza tapándose la boca con la mano. Un trozo de madera de la pared que salió disparado con el impacto de la bala, le había destrozado la cara y roto el cuello a Cípora, matándola en el acto, y al pobre Mirú le tocó verla de primera mano cuando trató de auxiliarla. “Se fue… Ella… ya no se movía ni nada.” Explicó con la voz cortada.



Cuando Cal Desci abrió los ojos, el sol ya iluminaba con fuerza, y lo primero que vio fue un rostro familiar pero de lo más extraño de encontrárselo allí. Era Barucho, el viejo curandero rimoriano, reclutado por el ejército cizariano como médico de campaña, que lo miraba con sus ojos diminutos y gesto desalentador. “Esperaba que durmieras un poco más.” Le dijo, sosteniendo una sierra en las manos, Cal quiso reaccionar, incorporarse, pero un dolor extremo le atravesó el sistema nervioso como un rayo. “Tu pierna está muerta, voy a tener que cortártela…” Dijo el curandero, como si estuviera hablando de quitarle un par de botas rotas. Cal protestó, alegando que si él estaba vivo, su pierna no podía estar muerta si aún la tenía pegada, pero Barucho no estaba allí para discutir. “He visto esto muchas veces antes, hijo, en las minas de hierro, en los campamentos de leñadores. Tu pierna es carne muerta ahora, y si no la cortas, te arrastrará a ti también.” Cal estaba desesperado y no deseaba oír tonterías sobre cortarle nada a nadie, pero el dolor era tan intenso que apenas podía hilar alguna idea coherente en su mente más allá de negarse y lloriquear como si estuviera rogando por su vida ante un ser superior, Barucho notó que la muerte ya se estaba esparciendo por su cuerpo, llevando al infeliz a tener calentura y alucinaciones, por lo que le pidió a su asistente, un nieto grande ya, que le había salido tonto como un mueble, pero humilde y fornido a la vez, que contuviera al paciente. El nieto, que estaba cerca de los treinta pero con cara y mente de niño, ató las manos de Cal a su espalda, y luego por poco lo asfixia evitando que éste se desatara gritando, por suerte, el curandero había desarrollado una destreza impecable en el oficio de amputar miembros y la tortura fue tan breve como podía serlo. Después de eso su cuerpo simplemente se rindió al descanso, lo que haría más fácil el resto del trabajo del curandero, cauterizar y suturar el muñón, todo embadurnado con un menjunje hecho a base de ajo, hierbas, corteza del Bosque Muerto y escupitajos de su propia saliva para mezclar todo.



León Faras.

viernes, 13 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

124.



Migas se había quedado dormido sentado en su mesa de trabajo cuando los ladridos de su perro lo despertaron. Hacía tiempo que no dormía en su cama, como si hacerlo fuese un ritual anticuado e innecesario. Aún no amanecía pero estaba a punto cuando salió y vio con profundo desagrado lo que estaba ocurriendo: su propiedad estaba infestada de cabras otra vez, cientos de ellas, por todas partes. Iba a empezar a repartir insultos y blasfemias al aire cuando notó el silencio de su perro, quien no estaba haciendo nada para que esos bichos se fueran. Cuando lo encontró, éste estaba congelado, con todos sus sentidos puestos en dirección a Bosgos, expectante, apenas notó cuando su amo llegó abriéndose paso entre los molestos animalejos que lo invadían todo. Migas creyó que habría algo interesante por ahí cerca y también permaneció un rato a la espera; por un segundo recordó al Cizal que mató a Nimir y se preocupó, tal vez debió salir con un palo en la mano o algo, pensó, pero pronto se oyeron las detonaciones en Bosgos, una docena al menos sonando al unísono y su perro estalló en ladridos otra vez, como confirmando sus sospechas. Ahora entendía por qué tenía todas las cabras de la ciudad metidas en su patio.


Brelio prometió por su honor que nunca abandonaría al grupo, pero lo hizo en su primera misión, y el castigo de la deserción es la muerte, aunque no siempre debía ser de esa manera, todo dependía del momento y las circunstancias. No podía ejecutarse a una persona así como así, sin escuchar sus razones siquiera, y él tenía sus razones: Bosgos está siendo destruido en estos momentos, todos lo oyeron, ¡y su familia estaba allí! Bueno, las familias de todos en el grupo estaban allí, pero solo él había abandonado al grupo. Una voz comenzó a llamarlo pero él no le prestó atención hasta que la tuvo al lado, era Falena y su hermana avanzando al trote en su caballo. “¡Oye, ¿adónde vas? Espera.” La chica desmontó y lo detuvo, Brelio quería continuar. “No puedes ir así, estás exhausto, para cuando llegues, si es que llegas, no valdrás para nada.” Argumentó Falena. “Algo muy malo pasó, Falena, lo sé, algo muy malo pasó.” Repetía el chico, como buen hijo de su madre que era, pues ésta le enseñó bien a oír sus voces internas y a interpretar sus emociones. Falena insistió. “Pues sea lo que sea, está allá y tú estás aquí, y no puedes hacer nada. Ahora debes descansar, comerás algo y partirás por la tarde… Y en un caballo, no a pie.” Brelio se negaba a haber abandonado al grupo para irse a comer y dormir, pero Lena tenía razón, y además era insistente como un borracho. “Vamos, mi casa está cerca. Todos necesitamos descansar un poco antes de seguir.” Rubi no intervino. Comprendía la angustia del muchacho, pero también el punto de su hermana para no dejarlo ir. Al llegar a casa, su madre estaba allí, y para sorpresa de sus hijas, lucía de excelente humor. Estaba cansada porque apenas había pegado ojo durante toda la noche, pero no se veía angustiada ni nada. Había pasado unas horas maravillosas junto a Dana hablando con un señor mayor, que con sabiduría, hablar pausado y sentido del humor, le había quitado de encima buena parte del pesar con el que cargaba desde siempre, como si de una mochila llena de piedras se tratara. “Me dijo que yo era como el tipo de la historia del ciego…” Les dijo, sin siquiera preguntarles de dónde venían o dónde habían estado. Las chicas se miraron sin entender nada, y les bastó muy poco para hacer que Teté continuara. “Un hombre, de un día para el otro ya no puede ver más, y debido a eso, empieza a desconfiar de todo y de todos: de lo que tiene en frente, de lo que hay bajo sus pies, de lo que está a punto de comer, de lo que hace la gente que lo rodea y hasta de sus propios sentidos.” Brelio también estaba allí pero a ella no pareció llamarle ni la atención. Continuó. “Entonces, comienza a vivir angustiado y temeroso de todo, todo el tiempo, con miedo a caerse, a golpearse contra las paredes, a ser engañado delante de sus propias narices e incluso teme de las risas que oye… hasta que un día se entera de un secreto…” Telina hizo una pausa dramática aquí, todos estaban cansados pero ahora querían saber cuál era ese misterioso secreto que tenía tan entusiasmada a su madre. Teté continuó. “Alguien se lo susurró al oído, le dijo que todos los demás se volvieron igual de ciegos que él. El hombre no le creyó, por supuesto, le dijo que eso era un embuste, que no era posible, que lo estaba engañando por ser un pobre ciego, pero la voz le dijo que, por eso mismo, no tenía más remedio que confiar.” Telina se detuvo, como esperando una reacción natural que no acababa de cuajar, aunque ella seguía igual de entusiasmada. “¡Confiar! El señor Gunta, que así se llamaba el señor mayor con el que hablamos anoche, me dijo que la confianza era una flor que crece en el mismo campo donde crece el miedo, si quitas un poco de uno, verás como el otro comienza a surgir por sí solo. Los dos, son el veneno y la medicina del otro, por eso necesitas ambos. Así me dijo.” Pues definitivamente algo se había trastocado en la cabeza de su madre, parecía como aquella vez que se emborrachó con licor de peras, creyendo que solo bebía zumo y se puso de un buen humor de lo más sospechoso. “Oh, por cierto.” Recordó de pronto Teté. “La señora Zaida falleció esta madrugada, la pobre se consumió igual que una velita en medio la noche, lenta y silenciosamente. El señor Gunta dijo que su partida fue tan natural como un atardecer.”


León Faras.