martes, 12 de mayo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

132.



Grasa de cerdo era con lo que los cizarianos embadurnaban sus cañones para protegerlos de la humedad y sus efectos sobre el metal, y funcionaba bastante bien, pero no con los hierros incandescentes que usaban habitualmente para encender las mechas, ni mucho menos con las cargas de pólvora, ese polvo misterioso que usaban los Tronadores, que aún no tenía un nombre oficial y que cada uno llamaba como quería, perdía toda su capacidad explosiva al más mínimo contacto con el agua, lo que lo hacía complicado de manejar a la intemperie e intratable bajo una lluvia por leve que esta fuera, quienes manejaban los cañones lo sabían mejor que nadie, y ya hace rato habían notado los nubarrones en el horizonte. El oficial a cargo de los cañoneros, quienes mantenían la costumbre de ennegrecer sus armaduras con el hollín de sus detonaciones y cubrirse el rostro con pañuelos como forajidos, se presentó ante Fagnar con intenciones de hablarle en privado, pues estos eran celosos con las fortalezas y debilidades de su oficio y en cierta medida se consideraban superiores al resto de la tropa o al menos especiales, cosa que Fagnar no compartía pero toleraba. El oficial, un soldado maduro llamado Cecar, ascendido recientemente después de la muerte de Furio y medio emparentado con éste, sugirió que los Tronadores deberían ser agrupados en dos fracciones laterales, que eran más fácil de proteger de la lluvia de esa forma que de manera individual. Fagnar aceptó y así lo hicieron, sabiendo que no se trataba de algo completamente efectivo contra el agua y que esto aun les costaría en táctica y movilidad, pero confiando en que el daño hecho hasta ahora sería suficiente para que los habitantes de Bosgos aceptaran su unión al reino de una vez y sin oponer más resistencia. “Así será, señor. Creo que esta vez han tenido bastante.” Comentó Cecar, procurando sonar confiado. Fagnar iba a beber su último sorbo de té, pero notó que éste ya se le había acabado hace un rato sin darse cuenta, así como el tiempo se le acababa a un condenado. Tenía un problema de lo más inusual y que no podía seguir ignorándolo: debía hablar con alguien, tratar los términos, negociar, pero esa era una ciudad sin rey, comandante ni general y por lo que tenía entendido, y según la descripción dada por sus oficiales, quien parecía liderar a esta gente era una prostituta rodeada de mujerzuelas que la secundaban como gatos salvajes, mostrando los dientes y las garras desde atrás. “¡Hasta en Jazzabar tienen un rey con quien hablar!” Pensó en voz alta mientras se ponía de pie para llevar a cabo su ingrato trabajo.



Junto con Demirel, su imponente espada, Váspoli y un pequeño destacamento de soldados armados con sus Tronadores de mano, se presentó en el escampado central de la ciudad donde solían estar los Tronadores capturados de la batalla anterior. Fagnar parecía cansado pero en realidad lo que sentía era tedio, la pereza de tener que hacer algo que en el fondo se siente tan inútil. Se hizo sonar un cuerno y se gritó a viva voz el motivo de la reunión pero los bosgoneses tardaron en aparecer y cuando lo hicieron, lo hicieron mirando desconfiados, como un animal forzado por el hambre a abandonar su refugio. Fagnar los tranquilizó señalando que este era un diálogo formal y honorable donde no habría ningún tipo de hostilidad, aunque no sabía a quién debía dirigirse. Estaba Nina, como no, agarrada del brazo de una chica con el gesto enfurruñado, Janzo, cuyo aspecto era tan diferente que ya no temía ser reconocido como hermano del rey, Gilda, que sin querer era parte de los cabecillas ahora y algunos más, pero quien salió en frente sin que se lo pidieran fue Emmer. Demirel lo miró acomodando su postura, como quien quiere hacer notar su presencia aunque ya era bastante notoria. Lo reconocía como el hombre que había perdido una de sus hijas en el ataque y se temía que no fuera la mejor opción para negociar, pero Emmer se paró con actitud altiva, con las manos en la espalda y guardando prudente distancia. “...tenemos muertos que sepultar, heridos que atender y niños que alimentar, así que diga lo que tenga que decir sin rodeos.” Le espetó con voz firme pero sin gritar. El general reconoció los modos de un soldado en él, lo que sin duda le resultó más agradable que hablar con una prostituta. “Estas tierras son incorporadas al reino de Cízarin a partir de ahora, junto con todos sus habitantes. No es una amenaza, es un hecho, así que, si se resisten, el rey reclamará lo que le pertenece por la fuerza tanto como sea necesario.” Emmer se quedó en silencio por varios segundos hasta que de pronto habló como si hubiese recibido un codazo de alerta. “Pensé que íbamos a negociar algo.” Dijo. “Lo estamos haciendo.” Aclaró el general. “¿Dónde está la negociación?” Insistió el otro. Fagnar respondió de inmediato. “Acéptenlo y el ataque terminará de inmediato. Resístanse y continuaremos hasta que lo hagan.” Emmer nuevamente se quedó en silencio. No era el hombre más preparado del mundo, pero sabía una cosa, que en asuntos importantes decir lo menos posible era lo mejor. Echó un vistazo disimulado hacia las nubes del horizonte, pero que Fagnar notó, y en seguida asintió. “Le daré una respuesta formal por la mañana.” Le dijo, dándose la vuelta para retirarse. Fagnar esperaba una respuesta más inmediata, por supuesto, pero ese era un privilegio que Emmer no estaba dispuesto a darle. “Exigir una respuesta cuando su bota está sobre la cara de su enemigo no es negociar de forma honorable, más honorable sería cerrar la puta boca y terminar el trabajo sin falsos remilgos. Le daré una respuesta cuando tenga una, general, es todo lo que puedo ofrecerle.” Luego se retiró susurrando al pasar junto a Gilda y los demás. “Espero que esa absurda idea de la lluvia envenenada funcione o será mejor que tengas listo un estandarte de la flor cizariana para la mañana, porque eso será lo mínimo que tendremos que besar.”



León Faras.

lunes, 4 de mayo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

131.



Y recuerdas que la tía Luba siempre te decía que no servirías para parir. Mírate ahora, con dos hijas grandes y siendo todavía joven como para tener alguno más, ¿no?” Comentó Yádigar sonriendo, tratando de alabar la familia de su hermana y su capacidad reproductiva, pero Teté más bien sonrió incómoda, para luego admitir que aunque esas dos mujeres eran hijas suyas tanto o más que si las hubiese parido, en realidad ella no había logrado dar a luz ni un solo hijo vivo de todos los embarazos tenidos en su matrimonio. Yádigar se sintió tonto, como cuando uno se da cuenta por sí solo que ya ha bebido demasiado, porque eso era algo que él debería haber sabido. “Ella me cuidó desde que tengo memoria. Para mí ella ha sido mi única mamá.” Confesó Rubi sin esfuerzo, su tío asintió dando por ciertas cada una de sus palabras, pero entonces tuvo un presentimiento muy extraño. “¿Y Falena?” Preguntó. Fue curioso para Teté que él llamara a su hija por su nombre como si la conociera, pero no lo expresó, solo se limitó a responder. “¿Cómo? ¿Es que acaso todavía tienen a la princesa bajo tu cuidado?” Preguntó su hermano, incrédulo. Era lo que Yádigar se temía, la chiquilla que había conocido arriesgando el pellejo a altas horas de la noche y que ahora había visto partir acompañada de un pelele quién sabe hacia donde, era la mismísima princesa de Rimos, la hija única del rey Ovardo y su esposa, la princesa Delia, la única con legítima autoridad para reclamar ese trono algún día, y andaba por ahí suelta como los pollos, sin más cuidado que el suyo propio. “Ella ya no es una princesa, Yadi, es solo mi hija, y no hay ningún trono que reclamar, por eso la dejaron conmigo.” Le contestó Telina con calma y voz clara, apoyada por la inflexible mirada de Rubi que no admitía lugar a dudas y certificaba cada una de sus palabras. Yádigar se reclinó en su asiento y asintió. No estaba allí para discutir con la poca familia que le quedaba, pero como él, habían muchos dispuestos a albergar la esperanza de libertad para Rimos mientras esa niña estuviese viva. Y lo estaba.



Tienen a los mejores fabricantes de venenos aquí. ¿Para qué cuernos me quieren a mí?” Reclamó el viejo Migas una vez comprendió para qué lo habían mandado a buscar, mientras su perro y la cabra Cicuta se olfateaban reconociéndose como aliados. Gilda se le acercó señalando el horizonte. “Los mejores no bastan para envenenar la lluvia…” Le dijo, sugerente, halagándolo en el proceso. Migas pestañeó forzando los párpados unas cuantas veces y mirando los nubarrones que se acercaban, como sopesando sus opciones, luego le echó un vistazo a Dudú que lo miraba expectante a su lado. La chica, le recordaba un poco a Nimir y a ese insondable pozo de ignorancia que podía verse en sus ojos. “Envenenar la lluvia es la parte fácil, sólo hay que conocer las cantidades correctas de los ingredientes correctos y mezclarlos adecuadamente, lo difícil es evitar que el viento obre en tu contra, lanzándote toda tu ponzoña encima.” Advirtió Migas con seriedad profesional. “El viento será nuestro aliado.” Afirmó Gilda, sosteniendo la mirada del viejo durante varios segundos, como si ambos pudieran transmitirse cierta información sin decir palabra, hasta que Migas aceptó. “Haré las mezclas, le daré mi consejo a quien me lo pida, pero luego me iré. Tengo asuntos personales que atender.” Gilda sonrió con su dentadura absurdamente perfecta. “Con eso será más que suficiente.” “Ah, y consigan brea, de la que usan los pescadores para sellar sus botes…” Añadió el viejo antes de ponerse a trabajar. Gilda y el resto lo miraron sin entender, ellos tenían pensado usar el aceite de las lámparas para encender los fuegos. ¿Para qué querían brea? Además, nadie tenía botes en Bosgos, lo más cercano era en la aldea de Cipiolo pero esos parias eran pura gente rara que no se mezclaba con nadie, no vendían ni compraban nada, viviendo solo de lo que ellos mismos producían. Migas los miró con paciencia. “Cuando el veneno haga efecto, ustedes tendrán que salir con sus cuchillos y mazos a rematar al enemigo o la mayoría de ellos simplemente huirá para regresar cuando la lluvia termine y acabar con el trabajo. La brea los protegerá de la lluvia y su veneno.” “Yo me encargo.” Anunció Berno, aún tambaleándose al caminar como si el alcohol se negara a abandonar su cuerpo. “Esa gente puede ser celosa y desconfiada como la muerte, pero hay algo por lo que intercambiarían incluso a sus propios hijos…” Berno rio como si acabara de decir algo tan gracioso como obvio, por lo que ni siquiera se molestó en aclarar.



Por su parte, Demirel sospechaba que algo raro sucedía. Pulía el filo de Gindri con una piedra mientras observaba con sus ojos diminutos la aparente pasividad con la que la gente de Bosgos se había tomado la destrucción de su ciudad. “No tienen miedo… no después de ver esa estrella en el cielo.” Comentó Yurba a su lado, como uno de esos espíritus ruines que envenenan la mente de los mortales con susurros malintencionados, mientras se hurgaba los dientes con un palillo. “Nos van a devolver el golpe, ya lo verás, y no vamos a poder responder.” Advirtió confiado, presumiendo de saber lo que todos sabían que no podía saber, mientras escudriñaba el cielo buscando alguna señal misteriosa. Demirel no respondió, prefería alimentar sus propias conjeturas, aunque las de Yurba no estaban tan disparatadas esta vez. Tibrón y Váspoli, quienes también estaban allí, mantenían su propia cháchara insustancial sobre lo mal que cocinaba Elsa, la esposa de este último, y lo bien que éste lo sabía disimular, cuando un trueno lejano los silenció a todos. No se trataba de ningún Tronador esta vez, sino solo la vieja y confiable madre naturaleza recordándoles que se acercaba en forma de lluvia.



No era un trueno especial, ni el primero que oían en sus vidas, pero para muchos de los soldados que descansaban a esa hora, les sonó como una terrible advertencia que no debería ser ignorada.



León Faras.

domingo, 26 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

130.



Nina y sus chicas, luego de su pequeño pero necesario funeral, se unieron a la gente que clamaba venganza, y de inmediato Nina enviaría a la más avispada de su grupo a hablar con ese viejo resabiado de Migas por encargo de Gilda que pedía su ayuda. La mencionada no era otra más que Marla, cuya personalidad sensata y tenaz era especial para el trabajo, además de que, después de lo de Cípora, todas deseaban hacer cualquier cosa de utilidad para desquitarse de Cízarin, y como no, de su izquierdo iba agarrada Dudú, que si no estaba sujeta a alguien simplemente se desvanecía en su entorno. Marla no conocía al viejo más que por su reputación y las historias que se contaban sobre que en su juventud capturaba vagos y prostitutas durante la noche y los cocinaba para comerlos, o los vendía como carne curada de cerdo, pero ella no sentía miedo, una porque las historias siempre eran medio inventadas o no tendrían ninguna gracia, y otra porque la vida la había curtido lo suficiente como para no temerle a los desconocidos; ella los había conocido en todas sus formas y tamaños a lo largo de su vida, viejos y jóvenes, crueles y delicados y con todos ellos el miedo era siempre la peor estrategia; el temple, en cambio, era lo más efectivo. Encontrarle no fue tan fácil, todo el mundo sabía más o menos donde estaba la cabaña del viejo Migas pero los rodeos que dieron para evitar a los soldados cizarianos hicieron que medio se perdieran sino fuera por el mar de cabras que marcaba el lugar desde lejos, tanto con sus balidos como con su olor. El viejo había renunciado a correrlas debido a que eran demasiadas, y optó por esperar a que en algún momento se fueran solas. Las mujeres se abrieron paso entre los animales hasta la puerta, sin poder evitar por el camino más de alguna amistosa cornada en el trasero y se plantaron allí hasta que Migas las atendió por una minúscula abertura de su puerta, aunque no de la mejor manera viendo que se trataba de prostitutas. “No me interesan sus problemas ni lo que vengan a ofrecer…” Comenzó a escupir el viejo con gesto hostil pero la mujer lo interrumpió con firmeza. “Nos envió Gilda, necesita tu ayuda.” “¿Ella está bien?” Preguntó de inmediato el viejo, preocupado, cometiendo la imprudencia de abrir su puerta más de lo debido y permitir que la vista de las mujeres se inmiscuyera en sus asuntos. “¿Pero qué cochinada es esa?” Exclamó Marla, asqueada, viendo el cuerpo de Nimir abierto de par en par sobre una mesa. Migas iba a responder con agresividad que se trataba de un tratamiento funerario de alto nivel, pero Dudú intervino fascinada. “Vaya, ¿puedo verlo?” La chica se coló dentro de la casa con la naturalidad de un gato que huele comida, sin sentir miedo ni pedir permiso, le lanzó una palmadita amistosa sobre la cabeza al perro que la observaba junto a su amo y pasó a admirar el cadáver maravillada, como si se tratara de una obra de arte excepcional. “¿Y los órganos, dónde están? ¿Puedo verlos? Nunca he visto los de un ser humano…” Se excusó casi avergonzada, como si su ignorancia fuese incompetencia. Migas los señaló con recelo pero desarmado ante la más honesta expresión de curiosidad que hubiese visto desde la suya propia cuando él mismo era muy joven. Marla, por su parte ,estaba incrédula por el comportamiento de su compañera, quien no solo sonreía de gusto admirando un corazón humano, sino que además había dicho más palabras en los últimos dos minutos que en toda una semana. Luego, Dudú reparó en el padre de Migas y después de mirarlo un rato notó la extraña condición del anciano. “¿Puedo tocarlo?” Rogó, para luego añadir admirada. “¡Parece vivo!” “Lo está.” Replicó Migas, y la chica solo se sintió sobrecogida ante tanta maravilla, llevándose ambas manos a la boca como quien presencia un milagro. “¿De dónde eres, muchacha?” Preguntó al fin el viejo, pues el rostro de la chica tenía un aire familiar. Dudú le explicó sin recelos sus orígenes en la aldea de Campo Seco donde se crió sin padre pero con muchos hombres que visitaban su casa, algunos durante una noche y otros por varios días y que su mamá se esmeraba en complacer. Su padre, según sabía, había muerto cuando ella todavía no dejaba el pecho de su madre, por lo que no conocía ni su nombre, pues su madre nunca se lo dijo y ella no era de insistir demasiado. Migas recordó por un momento a su primo Telio, el tipo más tonto y buena gente del mundo. Un insoportable. Lo último que supo de él, era que se había desnucado en una mina que apenas estaban abriendo debido a una pedrada que le cayó del cielo. Saberlo no le sorprendió en lo más mínimo. Antes que eso, decían que se había juntado con una mujerzuela de la que estaba muy enamorado, una que, con total seguridad, no estaba igualmente enamorada de él. A la gente le encanta hablar de tipos como Telio gracias a ese tipo de decisiones. El hecho era que aquella chica le recordaba a su primo, con esa cara inflada sin mentón y ese ridículo cabello ondulado que nadie más en la familia tenía, aunque nunca oyó hablar de que Telio hubiese tenido una hija. “¿Tu madre vive todavía, muchacha?” Preguntó Migas. Dudú se encogió de hombros. Era probable, pero sinceramente, no lo sabía. El viejo asintió sin presionar, luego se dirigió a Marla. “Bueno, vamos a ver qué quiere esa vieja de .” Durante el camino, Dudú no dejó de hacer preguntas sobre quién era el muerto, y por qué se había muerto, y en qué consistía el fascinante proceso que le estaba haciendo y Migas respondía parco pero con disposición profesional, porque la chica no lo cuestionaba, solo tenía auténticas ganas de saber y eso era algo que él valoraba por sobre todas las cosas. Marla, por su parte, ya no llevaba a Dudú cogida a su brazo y eso la hacía sentirse extrañamente incómoda, pues la chica caminaba prendada de las palabras del viejo ese que no hablaba más que puras guarradas sobre tripas en remojo y carne descompuesta, eso, hasta que salieron de la espesura y Bosgos se presentó ante ellos, entonces el viejo se quedó en silencio. Migas no era un hombre de emociones fáciles y tampoco sentía tanto aprecio por las personas de Bosgos, pero no lo negaría, el espectáculo era sobrecogedor. Esta vez se le había pasado la mano a Cízarin.



León Faras.

sábado, 18 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

129.



El cuerpo de Emma había sido envuelto en sábanas y perfumado con aceites para ser quemado según la costumbre rimoriana de sus padres, pero no se haría todavía. Lina, su hermana menor, parada junto al cadáver, no lloraba, quería hacerlo, deseaba hacerlo, pero no podía y no entendía por qué. “¿Acaso es que no la amaba, mamá?” Preguntó angustiada, Nila la abrazó. “No digas eso. Si no quieres llorar, no lo hagas, pero no pienses así.” Le respondió estoica, entre sorbetes de mocos y espasmos de llanto. Cerca, los sobrevivientes que no habían huido planeaban el contraataque. Teniendo a Darlén de su lado, y después de ver lo que la bruja había hecho en el cielo, muchos sentían un renovado ímpetu para luchar, pero la mujer aún lloraba la muerte de una muchacha, lamentándose no poder haber hecho nada para salvarla ni protegerla. Nila le apretaba la mano, recordándole que la vida y la muerte estaban más allá del control de cualquier ser humano por poderoso que este fuera. “Eso no es del todo cierto…” Mencionó una mujer demasiado bella como para haber pasado desapercibida hasta el momento en que habló, era Circe, por supuesto. “Pero ya su vida se extinguió.” Argumentó Darlén, con el rostro cubierto de llanto. “Su cuerpo aún no se corrompe.” Respondió la otra bruja. “Pero está dañado.” Replicó la una. “Pero está completo.” Alegó la otra. “¿De verdad crees que se pueda?” Preguntó Darlén, ilusionada y confundida. “Sabes que solo depende de ella.” Contestó Circe, señalando a la difunta. Solo entonces Nila intervino queriendo saber qué carajos estaban diciendo, porque todo aquello se trataba de su hija, pero antes de que le contestaran, Darlén se lanzó encima de su mentora, sujetándola por los hombros para rogarle que hiciera lo que pudiera por esa chica a la que le había dado pecho en sus primeros años y a la que consideraba como una hija más. Circe aceptó, y Darlén se dirigió a Nila entonces apretándole ambas manos. “Confío en esta mujer con mi vida. Tú también puedes hacerlo.” Le dijo, para luego sentarse a su lado con una sonrisita de ánimo renovado. Nila esperaba una respuesta y Circe no se la negó. “A veces la muerte es injusta, llevándose a quién aún no debía irse; el espíritu de esa persona lo sabe y durante un tiempo se niega a abandonar lo que le es familiar, rondando sin parar en busca de retomar sus asuntos, a veces incluso, hasta enloquecer…” Nila escuchaba atenta, ella era rimoriana, y los rimorianos tenían ciertas creencias ancestrales relacionadas con los Invisibles, criaturas que ayudaban o dañaban a las personas y que alguna vez habían sido seres humanos también. “¿Estás hablando de volver a alguien a la vida?” Preguntó Nila, con miedo de sonar un poco tonta. Circe respondió. “Hablo de componer algo que aún no debía romperse.” “Pero eso es antinatural.” Intervino Lina, que hasta ese momento oía tan interesada como preocupada. “No seré yo quién decida qué es natural y qué no lo es, pero si no lo desean, no haremos nada, yo no tengo ningún interés en forzar a hacer nada a nadie.” Replicó la bruja, sin alterarse, pero con firmeza. Nila la detuvo. “Espera. Antes dijiste que todo dependía de ella, ¿no?” Circe asintió. “Si Emma no quiere retomar su cuerpo, no hay nada que podamos hacer para forzarla. Si no quiere, no lo hará.”



Hemos perdido buena parte del veneno que teníamos bajo los escombros, pero aun nos queda para defendernos.” Comentó uno. “Hagamos un cinturón de fuego, los encerramos dentro y les lanzamos todo el veneno que tengamos sobre las cabezas.” Propuso otro, una idea genial, pero sin detenerse a pensar en las dimensiones de ese cinturón ni en el tiempo y recursos necesarios para hacerlo. “¡Pero contamos con una bruja!” Defendió su idea él mismo, optimista, sin que nadie pareciera apoyarlo realmente. Berno, quién volvía a salir de este nuevo ataque sin un rasguño, y cuya borrachera aún no se iba del todo, afirmó que lo del fuego era una idea tonta, pues no había que ser genio para darse cuenta de que antes de que el sol se escondiera, iba a caer la lluvia que tanto tiempo llevaban esperando, y para confirmarlo señaló al horizonte. El otro, medio ofendido, le exigió que entonces propusiera algo mejor, y Berno, cuyo rostro luchaba por verse convincente, pero sin mucho éxito, propuso “envenenar la lluvia.” Aquella era una de esas cosas que, dependiendo de dónde viniera, podía ser calificada como una estupidez o una genialidad, de hecho, todos se quedaron mirando entre sí buscando si alguien podía apoyar tal ocurrencia, pero de los presentes, ninguno tenía respuestas claras. Las preguntas empezaron a surgir de un lado y de otro; que si acaso eso era posible o cómo se haría tal cosa, con el inconveniente de que Berno no hacía más que sonreír con suficiencia sin explicar nada, hasta que alguien respondió con firmeza por él, esa era Gilda. “Por supuesto que es posible. Si puedes envenenar el agua, entonces también puedes envenenar la lluvia.” Y si alguien sabía de venenos, esa era ella. “Apilen los cuerpos y sus prendas, y reúnan todo el aceite que puedan conseguir…” Ordenó, para luego agregar. “Vamos a necesitar hacer humo. Mucho humo.” Gilda estaba molesta, tanto por la muerte de su hermano como por la descarada insolencia de Cízarin. No era culpa de éstos últimos que Qrima muriera, pero sí que estuviera pudriéndose bajo una pila de escombros en vez de estar descansando en la cripta que la mujer tenía preparada para sí misma y sus seres queridos, incluyendo a su querida cabra Cicuta. Junto con algunas mujeres, se fue para recolectar lo necesario y preparar los venenos que usarían, aunque pensando en que le vendría bien la ayuda de alguien con experiencia para ajustar las dosis: Migas.



La idea fue genial, pero muchos se quedaron pensando de dónde se le había ocurrido algo así a alguien como Berno, éste respondió fingiendo sabiduría. “Mi abuelo me contaba, que su abuelo le contaba a él, que cuando Hiblia el Santo derrotó al ejército de Gárraga el Sanguinario, lo hizo gracias a una lluvia que enloqueció a sus enemigos, pero esa lluvia no fue totalmente algo divino como muchos creyeron, Hiblia ya sabía cómo utilizar los venenos, solo que dejó que con el tiempo lo apodaran el Santo gracias a esa proeza.” Los que lo oían se quedaron mirando con una sonrisa incrédula, fuera verdad o mentira, aquella era una buena historia.



León Faras.

lunes, 6 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

128.



Dan Rivel entró en Rimos con su cara de, a medio camino entre negociante honrado e idiota; sonriendo y saludando mientras todos lo examinaban a él y a su producto como al forastero cuyas intenciones son desconocidas. Le habían dicho que Rimos estaba lleno de herreros y que siempre habría más de uno dispuesto a pagarle lo justo por su producto, que eso era lo más importante, así que no debía ofrecerlo como si estuviera desesperado ni dárselo al primero que lo llamara. Sin embargo, pronto se le acercó uno a cogerlo del hombro para llevarlo a su negocio como si se conocieran desde hace mucho, éste era Nardo, que con buen ojo, reconoció los burros que el chico traía y estaba muy interesado, desde que lo probó, en conseguir más de ese carbón que le vendían solo a Yelena. “Escucha muchacho. ¿Tu carbón ya está vendido?” El chico negó con la cabeza, el herrero no lo dejó agregar más. “¿De dónde lo sacas?” Dan apenas comenzaba a responder cuando el otro ya lo hacía callar como a un pelele. “¡Está bien, está bien! No es necesario que lo andes pregonando por ahí, aquí la gente puede ser muy supersticiosa y no se andan con bromas…” Luego quiso saber sobre el precio. El muchacho fue inflexible dándole el valor que le habían dicho que debía dar y Nardo lo aceptó con suficiencia, como si estuviera acostumbrado a pagar dichos precios. “Pero si te lo compro todo me harás un descuento, ¿verdad?” Dijo el herrero, poniendo cara de víctima. Dan, que no esperaba venderlo todo tan rápido, porque nadie se lo había advertido, aceptó, creyendo que un pequeño descuento era lo más justo. Luego de cerrar el acuerdo, el herrero lo despachó discretamente por la parte de atrás. “Este lugar está lleno de viejos envidiosos que se quejan si compras mucho y se quejan si no compras nada… mejor no darles de qué hablar.” Le recomendó, como haciéndole un favor, mientras lo empujaba afuera con brusca amabilidad. Nardo lo había notado al instante, ese carbón del Bosque Muerto era excepcional en cuanto a calor y durabilidad, al punto que valía mucho la pena dejar de lado algunos prejuicios a cambio de su eficiencia.



Allí mismo, junto a su establecimiento, Nina y sus chicas cavaron una tumba con sus propios medios, y lo mejor que pudieron, para sepultar a Cípora entre llantos contenidos y maldiciones escupidas entre dientes hacia el maldito invasor, luego marcaron el lugar con una pila de rocas acorde al número de presentes durante el funeral y se quedaron mirándola como esperando a que pasara algo. Marla, decidió que era apropiado soltar las palabras que tenía en mente. “Como bosgonesa bien nacida que era, a Cipo no le gustaban los funerales de fuego porque decía que la gente terminaba feísima, toda chamuscada y tirada a plena vista, además de que esa era una costumbre rimoriana. Ella siempre quiso terminar así, en la tierra, viéndose tal y como era en vida… lástima que su carita le haya quedado toda magullada como le quedó.” Se lamentó la mujer, pronunciando sus palabras con decoro, mientras recordaba el rostro velado de Cípora que disimulaba a medias una deformación severa de su facciones, y soportaba el agarre intenso a su brazo de Dudú, la chica nueva de Campo Seco, quien saliera corriendo apenas oída la primera detonación, pero que regresó pronto porque en realidad no se fue muy lejos, solo corrió a esconderse en un establo cercano sin ninguna otra razón en particular aparte de que ella era una chica asustadiza. Ella, Dudú, tenía un talento excepcional para quedarse quieta sin hacer ruido durante horas, llegando a veces a desaparecer estando a plena vista, solo volviéndose parte de su entorno. No hablaba mucho y realizaba su trabajo con desinterés profesional, como quien hace perfectamente lo que tiene que hacer sin necesidad de prestarle más que un mínimo de atención. Era joven, aunque sin mucha gracia, flacuchenta, como si en realidad nunca se hubiese llegado a acostumbrar a comer, habiéndolo hecho sólo eventualmente para mantenerse con vida, y consideraba la risa, su risa, una especie de placer culpable que debía ocultar y reprimir con esmero, como si mereciera un castigo por cada pequeña dosis de felicidad. Era obvio para Marla que su amiga tuvo una infancia difícil, pero eso no la hacía especial, la infancia no había sido fácil para nadie que ella conociera.



En el campo de batalla, que era más una masacre, una ciudad deshecha o un alarde de poder más que otra cosa, los cadáveres de los lugareños se secaban al sol sin que nadie los recogiera, mientras los enemigos de Bosgos bebían o dormitaban arrimados a cualquier sombra que los librara del calor de sus trajes, mitad de metal y mitad de cuero. Entre estos, pero sobre todo entre los rimorianos, se había propagado cierto desasosiego, incomodidad, incluso un poco de temor disimulado. Muchos aseguraban, sin que ninguno se atreviera a negarlo, que la estrella que los cegó antes, fue una advertencia divina de que lo que estaban haciendo estaba mal, y si insistían, con seguridad el castigo sería mucho peor. La lógica cizariana decía que no había ninguna divinidad interesada en proteger a estos camperos mugrientos hediondos a estiércol de cabra, pero la estrella en el cielo la vieron todos y no era cosa que alguien hubiese visto antes. Los oficiales procuraban desestimar tales creencias con ademanes bruscos y gestos arrogantes, pero en el fondo, todos estaban inquietos por lo visto en el cielo, tanto que el tema llegó hasta los oídos de Fagnar, aunque éste sólo respondió pragmático: “Pues, esperemos que no sea necesario tener que insistir con este ataque.” Fue todo, luego volteó la vista hacia el horizonte, como queriendo ignorar la preocupación de sus hombres o restarle importancia, pero en realidad, el tenía otra, menos divina y más mundana. Mientras descansaba sentado sobre escombros a la sombra de un toldo improvisado bebiendo una taza de un té espeso y amargo, notó la mancha de oscuros nubarrones que se acercaba. Los Tronadores, símbolo del poder cizariano, habían demostrado en reiteradas ocasiones ser sumamente ineficientes al ser expuestos a la humedad, y un completo desastre tratando de actuar bajo una lluvia moderada, donde la mínima interacción con el agua los convertía con inverosímil facilidad, en pesados trastos de hierro inútil incapaces de escupir el más mínimo hálito de fuego, convirtiendo sus aterradoras explosiones en chasquidos ridículos menos impresionantes que un eructo, y sin duda, lo que se acercaba por el horizonte era una lluvia más que moderada



León Faras.

domingo, 22 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

127.



Aregel se enteró casi al medio día de que a su amigo Cal le habían cortado una pierna. Este estaba sentado en el suelo contra un árbol bajo la sombra de un toldo improvisado, con la mandíbula apretada y el rostro amargado, mirándose la mano sin ánimos de hablar con nadie; en su puño apretaba unos cuantos dientes de ajo que debía comer en trozos pequeños y bien remojados en saliva, según Barucho, el curandero, para evitar que le entrara la fiebre por el corte y lo consumiera, pero que Cal simplemente quería lanzar lejos de su vista y que la fiebre lo durmiera para siempre, aunque todavía no se atrevía. Como soldados, las heridas y mutilaciones eran algo normal dentro del oficio, pero perder una pierna entera era el fin del oficio, de hecho, cualquier otro oficio que implicara moverse estaría jodido para alguien como él desde ahora en adelante. Sí, daba pena verlo, y por eso Cal no quería ver a nadie ni que nadie lo viera. Aregel lo comprendía, por lo que fue circunspecto y breve. “Lo siento.” Eso fue todo lo que dijo, como cuando alguien pierde a un ser tan querido que las palabras sobran, luego se retiró, consciente de que el otro no le respondería ni de gesto ni de palabra aunque lo hubiese escuchado.



Migas tenía abierto y vaciado el cuerpo de Nimir sobre su mesa principal. Sus órganos los puso en vasijas llenas con aceite de Estrago, un arbusto, cuya semilla, tan abundante como tóxica, servía para fabricar multitud de venenos con diferentes propósitos, y cuya densidad y composición impedía la normal oxidación de los tejidos. La carne, en cambio, sería frotada en sal, ceniza consagrada y aceite, antes de ahumarla durante treinta y tres días a temperatura de día muy soleado, un proceso lento y extenuante pero que debía hacerse ininterrumpidamente si se quería conservar el cuerpo intacto por el mayor tiempo posible. Migas fregaba el cuerpo sin vida de Nimir preparándolo para el ahumado, cuando vio un ligero movimiento por el rabillo del ojo que lo hizo frenar de golpe, el ladrido de su perro le confirmó que había sido real. No, no se trataba del difunto, sino del huevo de Cizal que descansaba como un trofeo sobre un mueble junto a la chimenea, y que además, convenientemente recibía el sol de la mañana a esa hora, esa cosa acababa de dar un respingo. Ni siquiera lo había pensado hasta ese momento, entre sus investigaciones de los manuscritos de Mirna y el tratamiento del cuerpo de Nimir, no lo había considerado, pero que tal si había algo que aún seguía vivo en su interior. Miró a su padre, pero este lo ignoraba, manteniendo la vista pegada en el suelo de la habitación. Migas sintió curiosidad, él era un alma curiosa y el Cizal, una criatura casi mítica de la que poco se conocía, y por lo que él sabía, jamás criada por ningún ser humano antes. Miró a su perro con cierto brillo en los ojos, y este le devolvió la mirada del que no le gusta nada lo que estás pensando, pero el viejo solo arrugó el ceño, se encogió de hombros y siguió con su trabajo de preparar el cuerpo de Nimir, mirando de reojo al huevo de vez en cuando, después de todo, sólo era un perro, qué podía saber él.



En Cízarin, las nubes cubrían el cielo advirtiendo que dejarían caer agua en poco tiempo y el viento anunciaba que esos nubarrones llegarían a Bosgos por la tarde. Era poco más de mediodía y Brelio estaba listo. Luego de dormir por unas cuantas horas, cargaba un pequeño hatillo de provisiones cruzado a la espalda, dado por Rubi, y recibía el caballo preparado por Falena. “Vas a llegar bien entrada la noche, ¿seguro que no quieres esperar un poco más?” Preguntó la chica, dándole los últimos retoques de cepillo al animal. El muchacho se negó, ya había esperado demasiado. “La noche está bien, es más seguro…” Afirmó. La chica recordó algo que el señor Sagistán le enseñó una vez sobre el arma de doble filo que era la oscuridad, útil y peligrosa a la vez, pero aun así Falena estaba de acuerdo, ella también se sentía más segura de noche. “Puedo acompañarte, si quieres.” Sugirió Falena de pronto, Brelio la miró burlón, no muy seguro de dónde había salido eso. “¿Crees que me da miedo ir solo?” La chica respondió seria y sin espera. “Creo que necesitarán toda la ayuda posible.” El muchacho también se puso serio entonces. “¿En verdad crees que sea tan malo?” Preguntó, tentando la vana esperanza de que las cosas nunca son tan malas como uno se las imagina. Falena asintió con gravedad convencida, y Brelio no pudo más que reconocer que él también, en el fondo, se temía lo peor. “Puedes venir conmigo, si quieres.” Le dijo. La chica entró en su casa para preparar algunas cosas rápidas para el viaje, pero claro, su hermana ya le tenía listo su hatillo de provisiones. “No me mires así, lo supe desde que se encontraron en el camino.” Le dijo Rubi, siempre suficiente, y luego la señaló con su dedo acusador justo hacia la nariz. “Se supone que no deberías estar allá, tío Demirel fue muy claro, así que mantente lejos de los problemas o vas a desear nunca haber tenido una hermana mayor.” La amenazó y luego la abrazó fuerte. Falena iba a despedirse de su mamá también, pero su hermana la detuvo. “No lo hagas, yo hablaré con ella después. Se ve muy contenta y relajada, pero en el fondo sigue siendo nuestra madre, la misma de siempre. Déjala que siga así por un rato más.La chica no discutió, después de todo, esa era Rubi, y Rubi siempre tiene la razón. A medida que se alejaba el caballo con ambos chicos encima, alguien que llegaba los observaba con curiosidad, sacando sus propias conclusiones internamente y emitiendo juicios que lo dejaban conforme, como acostumbra a hacer siempre la gente, luego, de buen humor, se acercó a la puerta de Teté para llamarla con unas tortillas de cebada aliñadas recién hechas en la mano, que había encontrado por el camino. La propia Telina abrió la puerta, pero su reacción no fue la que esperaba. “¿Y tú qué haces aquí?” Le dijo, con el rostro descompuesto de ver a su hermano. “¡Te desapareces por veinte años como si nada, sin saber de ti en todo ese tiempo como si hubieses muerto, imaginando puras cosas horribles y sufriendo por no saber dónde o cómo estás, hasta que ahora, así sin más, decides aparecer en mi puerta con un par de tortillas calientes en la mano y sonriendo como un bobo?” Le recriminó Teté, aparentemente muy dolida. Yádigar estaba sin palabras, totalmente cogido por sorpresa. Siempre era su presencia, nunca su ausencia la que provocaba ese nivel de cabreo, pero Teté, que no había dejado ni un solo día de ser su hermana chica, era honesta, porque ella no tenía la capacidad ni los medios para buscarlo a él y era él quién debía acercarse a ella. “¿Qué quieres que te diga? Al principio quería verte, pero Cízarin nos mantenía con una daga en el cogote prácticamente todo el día para evitar motines, después las cosas se relajaron con el tiempo, tuve una pequeña familia y supe que tú estabas haciendo tu propia familia también, estaba feliz y quería tenerte cerca para formar parte de eso también, pero pronto se fue todo al carajo, mi hijo se asfixió mientras dormía, mi mujer me dejó después de eso y yo dejé de preocuparme por nadie más que no fuera yo mismo. ¿Por qué? ¡Porque preocuparte por los que amas y no poder ayudarlos cuando te necesitan es una mierda! Pero con el tiempo te das cuenta de lo idiota que eres y que vivir sólo para ti es inútil, es un no vivir…” Teté volvía a tener su cara de angustia y sus manos apretujadas, mirando a su hermano con una compasión incómoda. “¿Cómo se llamaba tu hijo?” Le susurró, como si fuera pecado alzar la voz ante un tema tan delicado. “Se llamaba Boras, como su abuelo materno…” Respondió el otro, sin deseos reales de profundizar en el tema, aunque igual debió recibir el tierno y prolongado abrazo de su hermana, a riesgo de reflotar sentimientos que había tardado años en sepultar tan profundo como pudiera. “No me digas que esta mujer de aquí es tu hija.” Improvisó de pronto, para que Telina lo soltara antes de que se le saltaran las lágrimas, mirando a Rubi como si la viera por primera vez, ésta también actuó igual, como si recién lo conociera. Era mejor así, por la salud emocional de su madre. Las tortillas fueron aceptadas al fin y la plática se abrió paso sin esfuerzo, aunque interrumpida de vez en cuando por más de un bostezo, curiosamente, todos parecían bastante cansados.



León Faras.