jueves, 29 de octubre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

149.



Nila se llevó una gran sorpresa al llegar a casa de su amiga Darlén, luego de curar las heridas del prisionero, y encontrar allí a Brelio, pero más asombroso aún fue enterarse de que la chica que lo acompañaba, llamada Falena, era la hija de Teté. No es que hubiera una sola mujer llamada Telina en todo el universo, pero sí había solo una Teté que la había reemplazado ese funesto día en que la princesa Delia murió dolorosamente y la joven Telina se vio obligada a hacerse cargo de una recién nacida. “¡Por el sol que te alumbra! ¡Estás hecha toda una mujer! Tu madre se pondría tan feliz si te viera…” La chica reaccionó como el típico adolescente que detecta en el hablar de un adulto los estragos de la edad. “Sí, si me viera… más bien le daría un patatús de pura angustia,” comentó a medias, sin esperar que le escucharan, pero Nila lo captó y le sonrió con el ceño apretado. “No, yo hablo de tu verdadera mamá. ¿Sabías que yo te iba a cuidar apenas nacieras?… pero Teté ha hecho un buen trabajo. Debió ser tan difícil para ella, haciéndose cargo de una recién nacida siendo ella apenas una niña también…” Falena miró a Brelio buscando respuestas, pero el chico no tenía ni idea de lo que su tía Nila hablaba. “¿Acaso conociste a mi mamá, quiero decir, a mis dos mamás?” preguntó la muchacha, tan interesada como sorprendida. “Por supuesto. Trabajábamos juntas en el palacio, Teté era la criada de las cocinas, y yo la sirvienta personal de tu madre… y si me lo permites, también su amiga.” “¿Hablas en serio?” preguntó la chica, completamente incrédula, y agregó: “¿de verdad mi madre era una princesa?” Nila le tomó las manos, maravillada de su hallazgo. “¡Claro que sí! ¡Una princesa extranjera preciosa, con unos ojos imposibles, claros como el cielo del amanecer!” “Mi mamá me ha hablado de ellos, los míos, en cambio, son del color del hierro oxidado…” Falena sonrió un poco disconforme, Nila le tomó la cara con ambas manos. “Tienes los orgullosos ojos de una princesa rimoriana, igual que los de tu padre.” Para ese momento, Brelio ya se había aislado completamente de la situación, sintiendo que ya había oído suficiente, se retiró para traer agua y encender fuego. Esa noche, mientras Bosgos aguardaba en vela con el estómago apretado y el enemigo a las puertas, ellos se asearon y cenaron lo poco que tenían; luego, Nila y Falena se quedaron hablando hasta tarde recordando la memoria de la princesa Delia, mientras el chico improvisaba un puesto de guardia con una pequeña fogata fuera de su casa para estar atento a cualquier sonido de alarma.



Varias horas después la chica salió envuelta en una manta, había dormido un par de horas y ahora Nila era la que dormía un poco. Falena compartió su abrigo como la noche anterior y él, el vino caliente especiado que bebía a sorbos para mantener calientes las tripas. “Lo siento,” se disculpó ella. “¿Por qué?” preguntó Brelio. “Porque veníamos a preguntar cómo estaba Emma y, con toda la charla sobre mi madre, al final no pudiste hacerlo.” El chico le restó importancia. “No importa, Emma está bien, ella siempre está bien. Lo sé. Además, tú y yo la vimos, y lo que diga Berno no hay que tomárselo muy en serio.” “Se veía rara,” admitió Falena. El chico rio. “¡Ella es rara! Le gusta hacer cosas extrañas y luego ver la cara que pone la gente.” “Sí, ¿verdad?” confirmó ella arrugando la nariz. Después de eso, vino una breve pausa que Brelio rompió con suave sarcasmo. “Así que, orgullosa princesa rimoriana, ¿eh? ¿Quién lo diría?” Ella sonrió como quien detecta el dejo de burla en el comentario que quiere pasar desapercibido. “Me ofende que no lo hayas notado antes,” fingió sentirse agraviada. “Sí, lo sé, soy bastante lento para esas cosas,” se excusó el chico, fingiendo, a su vez, frustración ante sus escasas habilidades. Acabada esa frase, solo quedó el silencio que es agradable cuando es correspondido y una mueca de simple satisfacción en los labios que no duraría mucho debido al escenario que los rodeaba. “Cuánta tranquilidad, es como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración,” comentó Falena, mirando la ciudad golpeada y el campamento enemigo, que solo se adivinaban por los fuegos encendidos en ambos bandos mientras aguardaban lo mismo, pero por diferentes razones. “Creo que eso exactamente está haciendo en estos momentos,” replicó Brelio.



Gilda los despertó al amanecer cuando apenas habían cerrado los ojos, parecía disgustada. Berno y algunos ciudadanos más la acompañaban y se veían muy molestos también. Aunque les cayeron un par de miradas de desaprobación gratuitas a los muchachos, la cosa no era con ellos, sino con Nila y su marido, el cual no había aparecido en toda la noche. Se decía que Emmer había liberado por su cuenta al prisionero cizariano sin consultarlo con nadie, Nila, sin embargo, se agarró la cintura y elevó el mentón, soberbia, para recordarle a su tía que si ellos habían puesto a su marido al mando, no debían luego quejarse de las decisiones que tomaba. “¡Nadie lo ha puesto al mando!” intervino Berno, quien aún llevaba su ridículo sombrero de paja, pero ahora colgando en su espalda. Nila lo apuntó con su dedo a la cara como si fuese un arma. “Pero cuando salió solo a tratar con el enemigo, nadie protestó por eso, ¿verdad? ¡Tú estabas más que de acuerdo con quedarte parado atrás!” “Yo no he dicho que yo sea el líder,” se defendió el hombre, pero Nila ya estaba bastante airada. “¡Tú no lo eres, ¿pero tampoco admites que otro lo sea?! Esa es una postura bastante tonta y cobarde, Berno.” “¡Eso es injusto! Yo he luchado como todos aquí,” protestó Berno nuevamente, más ofendido que enojado, lo que Nila aprovechó sin delicadezas. “Pues para la próxima, asegúrate de estar al frente donde todos te vean, para que luego nadie ponga en duda tus hazañas. ¡Y lo mismo para el resto de ustedes, que la mayoría no sabría ni hacia donde correr si alguien no se los estuviera diciendo!” Luego de eso, señaló directo a la cara de Gilda con su dedo inclemente. “Y tú, tía, sabes perfectamente la clase de hombre que Emmer es, lo que sea que haya hecho, sus razones debió tener.” “¡No tiene derecho a hacer lo que se le dé la gana!” seguía protestando Berno, rencoroso. Gilda, en cambio, no se había inmutado ni un poco con el apasionado discurso de su sobrina. “Emmer es un hombre valiente, y sí, salió al frente cuando nadie más lo hizo como el más capacitado que era, pero el destino de un prisionero que él NO CAPTURÓ no está ni ha estado nunca en sus manos y debe responder por eso.” Gilda tenía unos ojos enmarcados de tizne negro que cuando querían, no admitían ninguna réplica, por lo que la discusión acabó ahí, dejando en claro los puntos sin necesidad de amenazas en vano.



León Faras.

jueves, 22 de octubre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

148.



Demirel pasó toda la noche esperando su muerte en completa oscuridad, pero no llegó. Dormitaba, soñaba con situaciones que jamás entendería de dónde las sacaba su cabeza, y luego se quedaba despierto en silencio hasta que el sueño lo vencía otra vez. Era extraño, pero en ese momento todos los bosgoneses estaban en la misma situación: aguardando en silencio y a oscuras a que el enemigo atacara en cualquier momento, pero tampoco sucedió. No se quejaba ni del hambre ni de la sed ni de las ganas de mear, pues Éscar, su antiguo instructor, lo había curtido bien en el arte de nunca darle en el gusto a las necesidades básicas del cuerpo y siempre mantenerlo con lo justo, pues en las restricciones brotaba la fuerza del espíritu y con esta, todo lo demás que se requería para ser un soldado. Apenas comenzaba a amanecer cuando llegaron algunos de sus captores, pero se quedaron detrás de él, excepto por una mujer joven y extraordinariamente hermosa que no había visto antes y que se agachó frente a él para mirarlo a los ojos. Desprendía un extraño pero agradable aroma, mientras que él olía a sudor fermentado y orina seca, aunque ella ni siquiera pareció notarlo. Le puso una mano en el pecho y cuando él quiso ver lo que hacía, ella le levantó el mentón con la otra mano para que la mirara a los ojos. Su mirada era suave pero atrapante. Demirel quiso hablar, saber de qué se trataba todo esto, pero una sonrisa de ella lo calló; no era una sonrisa seductora, sino más bien compasiva, aunque más cercana al amor que a la lástima. Entonces, Darlén levantó su mano desde su pecho hasta su frente. “Cuando despiertes, todo habrá terminado. Deja que tu valía te guíe.” Le dijo. Luego de eso, todo el agotamiento del mundo inundó los sentidos de Demirel hasta perder la consciencia en un segundo y desmayarse sin alcanzar apenas a oponer resistencia. “¿Qué fue lo que viste?” Preguntó Janzo a su esposa. Esta no tardó ni dudó. “No vi más que rectitud. Este hombre no dudaría en matar a su hermano o acabar con su propia vida si considerara que eso es lo más justo; sin embargo, no había rastros de crueldad en él.”



Despertó luego del sueño más reparador que hubiese tenido en mucho tiempo. Sentía la mente liviana como una pluma y sus sentidos más listos que nunca. Aún estaba sentado en el suelo, pero ya no estaba atado y lo rodeaba un bosquecillo que no le dejaba ver en qué dirección estaba qué cosa. Parecía como si lo hubiesen liberado en vez de matarlo. Por la posición del sol dedujo que era cerca del mediodía, pero no podía decir si habían pasado algunas pocas horas o varios días desde su cautiverio. Se puso de pie y de inmediato se dio cuenta de que después de mucho tiempo lo estaba haciendo sin su espada en la mano; sintió la rabia que solo da la traición cuando esta es sucia, rastrera y malintencionada. Liberar a un soldado pero retener su espada era deshonroso, era peor que perdonarle la vida a un hombre a cambio de sus manos, la espada era mucho más que… Entonces la vio, Gindri estaba premeditadamente apoyada contra el mismo árbol que él pero por el otro lado, de modo que en un principio era imposible que la viera, se sintió estúpido, desconcertado como el que insulta a alguien injustamente y luego debe reconocer su error y disculparse, aunque no termine de comprender el porqué. Estaba desorientado y rodeado de árboles, pero sabía una cosa: de un lado estaba Fagnar aguardando el momento para continuar con su masacre y del otro, esa gente que en su mayoría ni siquiera era soldado pero que al final de todo, lo habían dejado en libertad junto con su espada, luego de limpiarle sus heridas con orina de cabra. “Deja que tu valía te guíe.” Le dijo la mujer hermosa antes de ponerlo a dormir como a un bebé en el regazo de su madre ¿Qué lo guíe adonde? Pensó. Sin embargo, y con el tranquilizador peso de su espada sobre el hombro, al rato de comenzar a caminar sin estar seguro realmente de si salía del bosque o se adentraba más en él, se topó con un providencial sendero, uno hecho por cabras que no hace mucho huían de la guerra.



Váspoli regresó de Cízarin pasado el mediodía, cuando los hombres roían sus últimas reservas de comida a la sombra de sus toldos. Se detuvo en las afueras y entró a pie en el campamento. No traía las mejores noticias. “¿Qué ocurre?” Quiso saber Fagnar apenas verle la cara. “Traje lo que me ordenó, señor, hombres caballos y víveres, pero…” El general mostró impaciencia. Váspoli continuó. “Al parecer un idiota ebrio dejó caer una lámpara en las bodegas de fuego durante la noche y todo voló en mil pedazos, señor. Solo se salvaron dos barriles de polvo de Tronadores, el resto desapareció por los aires. Al pobre imbécil aún lo están azotando, pero insiste en que no recuerda nada…” Fagnar se masajeó la cara y asintió resignado. Cecar ya estaba en posición y esperando, debería sacarle el mayor provecho a la munición que tenía para sembrar el pánico con sus cañones, mientras él ordenaba a todas las tropas disponibles a marchar sin detenerse hasta que la ciudad fuera suya. No habría segundas oportunidades esta vez. Volvió a mirar al cielo, las nubes eran escasas e inocentes y la brisa soplaba traviesa hacia el interior de la ciudad. Esto se terminaba hoy.



León Faras.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

147.



Los días durante una batalla solían sentirse siempre en los extremos, o eternos o miserablemente cortos y este era uno de los primeros, simplemente esperando a que el enemigo se moviera para también poder moverse. Era de tarde y Emmer pensó que ese era un buen momento para darle sepultura a su hija Emma, según la costumbre rimoriana, antes de que se ocultara el sol, ya que sepultar a alguien de noche era considerada una pésima idea, principalmente, porque la gente podía confundirse y terminar enterrando a otro en su lugar, pero llegado el momento su cuerpo no estaba y Nila no parecía preocupada por eso, sino más bien nerviosa. Sí, los rimorianos eran seres supersticiosos que creían en espíritus invisibles capaces de perder a los vivos en noches sin fin, en dioses caprichosos que un día te sonreían y al siguiente te hundían en el lodo hasta el cuello sin ninguna razón y hasta en hombres que se volvían inmortales sólo por beber agua de una fuente, pero resucitar a los muertos era llegar demasiado lejos y Nila no sabía cómo explicarlo, sin embargo, una anciana a la que ninguno de los dos recordaba haber visto antes, aunque al parecer llevaba toda una vida allí, le explicó sin que se lo pidieran, que, en realidad, la niña no estaba completamente muerta. La vieja, que por cierto, aún podía adivinarse por sus facciones lo hermosa que debía verse siendo joven, y a la que le revoloteaba una mariposa amarilla cerca como si fuese su mascota, le habló a Emmer ignorando completamente a Nila. “La muerte de los jóvenes es distinta a la de los mayores, ellos pueden dormirse por horas esperando para ser despertados… si uno sabe cómo hacerlo, claro.” Emmer, que no había tenido tiempo para permitirse sentir la muerte de su hija y cuyos sentimientos debió suprimir para poder actuar, como todos los demás que también perdieron seres queridos aquel día y que debieron dejarlos atrás para seguir luchando por los que quedaban, aceptó aquello sin mayor resistencia, aunque sin entender qué rayos quería decirle exactamente. “¿Está diciendo esta mujer que Emma sigue viva?” Preguntó, mirando a la vieja pero dirigiendo la pregunta a Nila, que, parada a su lado, solo se atrevió a asentir sin abrir la boca. “¿Cómo…?” Alcanzó a decir el hombre, pero la anciana volvió a capturar su atención rápidamente sin apenas tocarlo. “Las buenas noticias no se cuestionan, joven, se celebran. Mejor vaya, búsquela y véala con sus propios ojos, después me lo agradece.” Le dijo con liviandad, como si solo le hubiese curado la gripe a un caballo, para luego retirarse murmurando cosas como si hubiese recordado de pronto que debía hacer algo muy importante. “¿Qué esperabas que hiciera? Me dijeron que podían salvarla y yo acepté.” Se excusó Nila, sonando bastante razonable dentro de su cabeza, pero viendo que su marido seguía confundido preguntándose cómo podía ser, después de haberla sacado de debajo de los escombros y cargado en brazos él mismo, lo agarró de la cara para mirarle a los ojos. “A ti te han matado tres veces y sigues aquí.” “Cuatro.” Corrigió él. “Cuatro.” Aceptó ella, y agregó. “Y aunque no entiendo qué clase de porquería te dieron de beber aquella vez, y no quiero saberlo, agradezco por cada día que sigues a mi lado.” Fin del tema.



En Sera, lo normal era arrojar los cadáveres lo más lejos posible dentro de Tormenta de Piedras para que las aves se encargaran de ellos y la peste no afectara a los demás, pero con Gisli, que fue su líder durante años y un buen líder, no podían hacer eso. Lo más fácil y digno era sepultarlo, pero no todos aceptaban la costumbre rimoriana. “Creo que alguna vez mencionó que sus padres fueron de Cízarin…” Comentó Batu, con la aprobación de varios compañeros que creían haber oído lo mismo, Boma, con su escaso léxico e inflexible gravedad, los corrigió a todos. “El jefe era de Jazzabar.” “¡Es lo mismo! ¡Jazzabar es la prima fea de Cízarin!” Afirmó Batu, esperando la aprobación de los demás que no tardó en llegar. “Debe ser devuelto a Jazza.” Ordenó Boma, mirando con severidad al que sería el nuevo líder, y esperando a que este lo apoyara. Vádrid, que sería el nuevo jefe de Sera en breve por decisión del anterior, reflexionó, tomándose muy en serio su nueva función. “Todos llegamos de la misma manera y vivimos al menos la mitad de la vida sin saber apenas qué estamos haciendo, pero si algo hicimos bien en este mundo, lo justo es que nuestro paso al siguiente sea de acuerdo con nuestras costumbres y creencias…” Tal vez pensaba decir algo más, pero se topó con la mirada de tedio de Batu que lo hizo dejarlo hasta ahí. “¿Y cuáles serían esas creencias?” Preguntó este último, como quien quiere zanjar de una vez por todas un tema del que ya se está harto. Vádrid no tenía idea, por lo que miró a Boma. “Será devuelto a Jazza.” Ordenó este. Batu soltó una risa descarada. “¿Quieres que arrastremos el cuerpo del viejo hasta Jazzabar?” Preguntó, poniendo énfasis en lo ridícula que sonaba la idea, pero Boma mantuvo su postura firme. Señaló una dirección con el dedo. “Jazza.” Dijo, y la mayoría comprendió lo que quería decir. En esa dirección estaba el brazo más cercano del río Jazza, si salían temprano podían estar de regreso por la noche del mismo día, era la ruta favorita de los infelices que se arriesgaban a huir de Sera, llegar al río era salvarse o ahogarse en el intento, pero tampoco era algo tan simple, para eso tenías que saber leer las piedras de Tormenta, diferenciar los mojones correctos de los falsos y orientarse correctamente con ellos de día o de noche, o en vez de salir del desierto solo te adentrabas cada vez más, agotando tu voluntad, tu cordura y tus fuerzas con cada paso hasta terminar siendo alimento para las aves.



Salieron antes del amanecer, Boma, Vádrid, Batu y el difunto. Los dos primeros porque debían ir y el tercero porque, al ser el más antiguo después de Boma, dejarlo significaba que quedaba a cargo de Sera y Batu no era un hombre en quien depositar responsabilidades, él solo hacía lo que su corazón le decía y las consecuencias eran culpa del que le daba el chance, por lo que llevarlo era más sensato que dejarlo y para él eso estaba perfecto. “Yo nací y me crie en Tierras Rojas, una aldea rodeada de cerros verdes y fértiles, pero que en el llano no crece ni una brizna de hierba. Allá los muertos se entierran, como en Rimos, pero después de tres años los desentierran y aunque no lo creas, están intactos, secos como pasas pero enteros. ¡La gente se los lleva de vuelta a su casa! Los peinan, le visten… Todo gracias a esa tierra color sangre.” Hablaba Batu sin importarle mucho si le oían o no. “Jugábamos cerca de una cueva que llamaban la Cueva del Llanto, solo porque una de sus paredes no dejaba de lagrimear todo el día, allí siempre sucedían cosas extrañas, cambiaban las cosas de lugar, las horas se volvían minutos o al revés; si mirabas el tiempo suficiente podías ver como algunas gotas de agua desaparecían antes de tocar el suelo. Hay que verlo para creerlo. Decían los mayores que allí vivía un Búfalo Unicornio y que por eso sucedían cosas raras allí, y nosotros por mucho tiempo lo buscamos hasta que nos dimos cuenta de que los viejos solo se burlaban…” Rio Batu. “Sí existen, yo vi uno una vez.” Comentó Vádrid sin levantar la voz y su amigo se le quedó mirando con la boca torcida como quien espera el remate de un chiste que se está haciendo demasiado largo, Vádrid notó aquello y no dio más detalles. Batu sonrió condescendiente “En ese caso, considérate afortunado.” Dijo, siguiéndole el juego a su amigo, pero éste no bromeaba. “Lo hago.” Respondió.



León Faras.

viernes, 2 de octubre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

146.



Costia era un hombre completamente distinto al que era antes, y no solo por su apariencia zarrapastrosa, su barba larga e hirsuta y su reciente tendencia a andar descalzo durante días enteros, sino también porque ahora era un hombre templado y reflexivo que ya no pensaba solo en su beneficio propio a costa del de los demás ni en la violencia como medio para conseguir esos beneficios; los horribles sueños en los que despertaba asustado sin saber por qué y que ya casi no tenía, habían ablandado su carácter y moldeado su personalidad volviéndolo alguien más pacífico y hasta compasivo, incluso ahora lo acompañaba un perro chico y flaco color canela con el que compartió su comida una vez y que ahora lo seguía a donde iba sin apenas hacer ruido, cosa que el antiguo Costia hubiese finalizado rápidamente con un certero puntapié en las costillas. Durante la noche del ataque cizariano, él permaneció en su refugio construido bajo un tronco saliente donde se mantenía seco junto a un fuego encendido y al perro que, silencioso y humilde, solo se enrollaba cerca de él con delicadeza, como si temiera romper algo tan frágil como el silencio. Durante ese día, mientras pulía la punta de una lanza contra el duro suelo del camino, unos viajeros le dejaron caer algo de comida, no lo agradeció porque nunca lo pidió, pero lo recogió de igual forma cuando los chicos se alejaron lo suficiente, eso cenaron aquella noche, pero cuando ya dormían, él y su perro despertaron al unísono, la oscuridad era total, pero ambos oyeron algo más que solo la lluvia caer ahí afuera. Costia avivó las brasas y pronto tuvo fuego de nuevo, entonces lo vio, aunque en un principio solo fue el hocico y las patas que eran blancos, porque el resto era tan negro como la oscuridad, se trataba de un caballo, con todos sus aperos puestos, que huía de la batalla a la que le habían arrastrado sus amos y que aún se sentía nervioso. El hombre lo acarició hasta tranquilizarlo y lo liberó de su montura y correas para que paciera libre, porque a él siempre le habían gustado los caballos aunque antes solía golpearlos e insultarlos para verse más rudo, luego, seguro de que no había más peligros, solo volvió a su refugio. Cuando amaneció, el caballo seguía cerca y sin intenciones de irse sin que lo echaran, y no solo eso, descubriría que dentro de las alforjas que portaba el animal había provisiones con las que comer ese día; sal, una vela de manteca que le venía muy bien y también un cuchillo de hoja corta y gruesa de los que se usan en el trabajo doméstico, muy útil, no agradecería nada de eso porque él no lo había pedido, pero aun así lo usaría.



Cegarra estaba casi convencido de que su hijo Yan se había comprometido con la puta coja del burdel de Nina, casi, y aunque Prato aseguró que eso no estaba del todo seguro, su mirada severa le decía que dejara de insistir en averiguar lo que prefería no saber, si después de todo se trataba de su hijo Yan, el chiflado, y no se podía esperar mucho más de él. “Aun así es mi hijo, Prato, y se supone que yo soy considerado el rey en este lugar, cómo voy a tener un hijo comprometido con una puta.” Prato, cuya separación entre nariz y boca era considerable y tal característica le daba cierto aire circunspecto, lo llamó a la calma con gesto grave. “Dele tiempo, señor, la impaciencia es el veneno de los tontos, tal vez la chica no sea lo que pensamos después de todo.” Cegarra lo miró poco conforme. Prato era su amigo y su fiel colaborador pero le estaba mintiendo, él sabía perfectamente de dónde había salido esa chiquilla y aun así procuraba ocultárselo. Suspiró. “No será la primera vez que confíe en tu criterio por encima del mío, supongo, además estoy cansado y siento el cerebro nadando en agua…” Prato aceptó la confianza con humildad. “Vaya, señor, descanse, ya verá como las urgencias de hoy son las risas de mañana.” Cego asintió de mala gana, convencido a la fuerza. “Sí, las risas de los que se burlen de mí por tener una nuera puta.” Gruñó.



No muy lejos de allí Bacho y Elba compartían un trago de vino de miel que era el favorito de ella. “Espero que esta vez decidas quedarte, tú eres su hijo mayor, Bicho, es tu responsabilidad.” Comentó Elba, tratando de sonar casual sin mucho éxito. Bacho tragó y se secó el labio con el antebrazo, pensando en desde cuándo su hermana lo llamaba Bicho. “¿Responsabilidad de qué? Si a mí nunca me han querido aquí, además, la mayor eres tú y la que siempre está junto al viejo.” Replicó, con algo de reproche en el tono. “No actúes como si te hubiese quitado algo, tú te fuiste, nadie te echó, yo…” Bacho la interrumpió antes de que acabara. “¿Crees que Cego me aceptó con los brazos abiertos cuando le dije que era su hijo? ¡No! Solo lo empezó a hacer cuando vio que su segunda hija era mujer, y la tercera también.” Elba apretó los dientes. “¡Y eso qué carajos tiene que ver? ¿Acaso no crees que una mujer pueda gobernar en su lugar?” Bacho asintió con la arrogancia de quien acepta un reto. “Sí, puede… pero si fuese mi hija no la dejaría casarse para no entregar todo mi linaje y poder a un completo pelafustán oportunista salido de quien sabe dónde.” Elba no replicó nada. Bacho esperó unos segundos y añadió. “Pero a ti eso qué te importa, si nunca te han interesado esas cosas…” Su hermana seguía en silencio. “Qué, ¿acaso quieres tener un marido ahora?” Agregó al fin, con algo de socarronería, pero genuinamente extrañado. Elba bebió un sorbo. “¿Y por qué carajos crees que yo no querría tener un marido que me quisiera y unos hijos a quién cuidar?” Y en verdad era difícil de creer. Elba siempre había sido una mujer ruda y directa que actuaba sobre todo como la hija mayor de Cegarra, un pilar inamovible al que aferrarse si el rey no estaba, ese siempre había sido su papel, y lo había hecho tan bien que nadie pensaba que pudiera importarle nada más. “Pobre de aquel infeliz que termine casado contigo…” Comentó Bacho llenando los vasos una vez más, para luego sonreírle a su hermana con malicia hasta que esta también le sonriera de vuelta, comprendiendo el sarcasmo. “¡Vete a la mierda, Bicho!” Le dijo ella. “Allá vamos todos.” Replicó él.



León Faras.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

145.



Según sus cuentas, Fagnar calculaba que sus hombres tardarían como mínimo, una jornada completa en ir a Cízarin y regresar con los suministros y munición que necesitaba lo que significaba, más o menos, reanudar el ataque al mediodía del día siguiente, pero eso no le preocupaba tanto, la ciudad no iría a ninguna parte y el descanso siempre ayudaba a la moral de los soldados, lo que le preocupaba era que el enemigo también tendría toda esa jornada para prepararse y estos bosgoneses habían demostrado ser más ingeniosos de lo que esperaba, eso, y los rimorianos, esa raza de necios, supersticiosos e idólatras de la obstinación, que además en ese momento eran mayoría entre su tropa y que seguían predicando la idea de que estaban peleando contra fuerzas sobrenaturales de dioses antiguos a los que no se les debía hacer enfadar, y a pesar de que él mismo había difundido la idea hasta el cansancio de que lo de la lluvia no había sido más que una hábil artimaña del enemigo y no ayuda divina, (difícil de replicar por lo demás sobre un cielo completamente despejado,) los rimorianos insistían en que lo de la lluvia podía pasar, pero lo de la estrella cegadora en medio del cielo había sido de todo menos normal, lo que los convertía en una fracción de su ejército tan confiable como un cúmulo de hojas dispuesto a esparramarse en todas direcciones a la menor excusa, además de que ya eran gente sin compromiso por la causa cizariana, obligados a luchar sin estipendio, solo sujetos por la promesa de que esa sería la última vez y que luego de tomada la ciudad de Bosgos, se daría por terminada su obligación y serían libres de volver a su tierra con su Pétalo de Laira al cinto y la eterna gratitud del reino, lo que en la práctica tampoco era mucho. Fagnar necesitaba para vencer la lealtad rimoriana casi tanto como la munición para sus Tronadores, pues estos eran la mayor parte de su ejército en ese momento, y a su pesar, ya se le agotaban tanto las promesas como las amenazas.



“Aprendí a leer por mi cuenta siendo apenas un crío con medio trozo de papel garabateado por un burro ignorante que ni siquiera sabía escribir correctamente, pero en ese momento eso yo no lo sabía. Mi papá no me ayudaría, mi mamá, menos, así que yo solo empecé a copiar esas palabras una y otra vez con un palo en la tierra o con carbón en las murallas, hasta hacerlo de memoria, luego separaba las letras y después las buscaba por ahí donde fuera que hubiera algo escrito sin apenas saber ni cómo pronunciarlas; pero al final aprendí porque tenía ganas de aprender y porque la vida siempre premia a los porfiados con lo que buscan y un extraño día, un viajero me regaló un libro así porque sí, porque él ya no sabía qué hacer con él y solo le hacía bulto, no era un gran libro pero todas las palabras que necesitaba estaban ahí.” Pronunció Migas con la seriedad de un discurso ante una Dudú que lo miraba con los ojos bien grandes y masticando con la boca abierta como las cabras un resto de tortilla que le quedaba. “Ahora, si lo que quieres es quedarte y aprender, tendrás que partir por ahí, aprendiendo a leer, y cuando sientas que no avanzas porque nadie te ayuda, recuerda: la vida siempre premia a los porfiados.” Sentenció Migas, sintiendo cómo la sabiduría fluía a través de sus palabras. La chica asentía vigorosa, pero su atención hace rato que se desviaba hacia un artilugio apoyado en un rincón y que sin hacer nada le estaba robando la calma. “¿Qué es eso?” Preguntó al fin, señalándolo con el dedo. Ese, era el Tronador que Migas arrebató de las manos frías del cadáver de Larzo, su inventor.



“Necesitamos saber cómo derrotar a esos aparatos que escupen fuego y hierro sobre nuestras cabezas.” Preguntó Emmer con cierta urgencia en el tono, pero Demirel le puso tal gesto de impotente resignación que le quitó todo su entusiasmo. “Tienen al hombre equivocado, debo decir, porque yo de los Tronadores no sé más que ustedes, solo sé que es un sucio invento con el que matar a tus enemigos sin tener que mirarle a los ojos… Para mí, es la espada la que debe decidir los destinos de una batalla, no esos infames aparatos.” “Pero no podemos luchar contra ellos solo con espadas.” Replicó Janzo, recalcando la inutilidad de su comentario. Demirel buscó algo de comodidad en su postura para su adolorida espalda. “Por lo que recuerdo, supieron defender muy bien su ciudad la vez anterior.” Sugirió, recordando claramente las nubes de humo venenoso que hacían que los hombres vomitaran sus propias entrañas descompuestas. “No estamos en las mismas condiciones que antes.” Respondió Emmer, consciente de que estaba dándole información sensible al enemigo sobre sus recursos, y el prisionero comprendió eso. “Si no pueden luchar contra algo, deben huir, no como cobardía, sino para mantenerse con vida porque los muertos no pelean, resistir hasta que las condiciones sean favorables para devolver el golpe.” Janzo lo miró de cerca. “¿Condiciones favorables?” Demirel lo miró como si no entendiera qué parte de lo que dijo no se entendía. “Cada ejército, cada hombre, cada decisión que se toma en la batalla tiene condiciones que le favorecen y otras que no; a veces atacar es mejor que defender, a veces la noche es mejor que el día o el calor que el frío, a veces desangrar al enemigo de uno en uno sin hacer ruido es mejor que desatar una carnicería, y otras veces es al contrario, y qué sé yo, aguantar hasta que puedan hacer otros de sus espectaculares trucos con nubes de colores y lluvias venenosas cayendo del cielo.” Luego de una pausa en la que nadie dijo nada, Demirel agregó. “Sea como sea deben estar listos, los Tronadores están en silencio ahora, pero seguirán disparando sobre ustedes y derribando sus edificios hasta quedarse sin fuego en las entrañas… y quién sabe cuándo sucederá eso.”



León Faras.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

144.



Falena y Brelio se adentraron en la ciudad abriéndose paso entre innumerables muertos, escombros y barro, espantados, con el horrible sentimiento en el estómago de que no quedaba ni un solo bosgonés con vida y es que el silencio se sentía tan pesado que a ratos era desesperante, fue entonces cuando apareció una figura silenciosa y de andar pausado frente a ellos. “¡Emma!” Gritó Brelio, pero aquella no se inmutó, y solo los miraba como si le costara reconocerlos. El chico pensó que su apariencia debía ser demasiado extraña, o que aquello era una jugarreta más de Emma, cuyo sentido del humor era de lo más peculiar, por lo que insistió identificándose a sí mismo y a quien le acompañaba, pero solo consiguió que la muchacha, cuyo aspecto tampoco era el más normal, se diera la vuelta y caminara, desapareciendo entre los escombros sin decir palabra. Tanto Brelio como Falena quisieron llamarla y seguirla, pero aquella simplemente se escondía en cualquier curva y cuando volvían a verla, ya les había sacado gran ventaja, era como perseguir algo sobrenatural con una habilidad mágica para desaparecer y aparecer, pero aún así lo intentaron hasta que se toparon de frente con un hombre que en cuclillas rastrojaba cadáveres escondido bajo un sombrero de paja ridículamente enorme, ese era Berno. Este los miró como si lo hubiesen sorprendido en algo indebido pero pronto reconoció al muchacho y se justificó diciendo que los muertos ya tenían todo lo necesario al otro lado y que lo que dejaban acá era para los vivos, quiso acompañar el comentario con una sonrisa pero pronto esta se le amargó en los labios cuando Brelio le preguntó por Emma. “Ay, muchacho, mira a tu alrededor. Algunos escapamos por los pelos pero otros no alcanzaron…” Los chicos se miraron preguntándose si aquel seguía borracho. “No, hablo de Emma, la hija mayor de Emmer y Nila.” Aclaró, pero Berno seguía con el mismo gesto afligido. “Ay, niño, te digo que ella no lo logró… le cayó la casa encima y quedó toda rota la pobre.” Declaró Berno con pesar, meneando la cabeza de lado a lado, adolorido. Brelio, creyendo con firmeza que el bueno de Berno tenía que estar borracho, explicó que acababan de ver a Emma caminando delante de ellos, pero solo lograron aumentar la lástima en los ojos del hombre. “Ay, muchachito, delante tuyo estaba yo, y yo no he visto nada, lo que ustedes vieron no era de este mundo… a veces pasa, yo vi a mi suegro dos veces después de muerto, muerto él, no yo, y aunque no me asustó, yo…” Iba a narrar su anécdota, pero el chico lo detuvo sin ánimos de oírlo, para preguntarle por su familia y el resto de la gente que quedaba con vida. A Berno no le gustó mucho el desaire, pero se lo tragó como quién traga un fruto amargo y le indicó el lugar donde se escondían los sobrevivientes y aquel donde su padre y otros interrogaban a un prisionero. “Pero no se vayan a meter donde no los llaman, ¿oyeron?” Les advirtió, severo, antes de seguir hurgueteando entre las cosas de los difuntos.



Se oía, de tanto en tanto, un lejano estruendo que desaparecía luego de chocar y repetirse entre los cerros y cañadas, era como el estallido de un Tronador pequeño recordándoles que Cízarin no se olvidaba de ellos, no es que el hecho tuviera mayor importancia, pero era persistente y molesto como una gotera. Cuando ya se acercaban, lo notaron porque allí quedaban edificios en pie y porque sobre uno de estos, dos hombres discutían animadamente sobre la mejor madera para construir el eje de una carreta, al tiempo que roían carne seca de liebre y vigilaban los movimientos del enemigo en la distancia. “Mira nada más a quién tenemos aquí…” La voz surgió de un recoveco inesperado y se elevó hasta la altura de su cuello, aquel era Ren junto con su prima muda que se ponían de pie simultáneamente, empuñando sus más que respetables cuchillos. “Es el desertor, ¿acaso no oíste cuando te dije que nadie abandona el grupo? Los que se van pagan con su vida, ¿recuerdas que te lo dije?” Amenazó el hombre. Brelio, con el cuchillo tan cerca de su garganta tuvo problemas para articular palabra, pero Falena lo excusó diciendo que no se había ido a ninguna parte, solo se había alejado un poco, y que las había acompañado a casa tal como se lo dijeron. Ren la miró como a un insecto molesto y le enseñó el filo de su cuchillo de cerca para preguntarle quién carajos se creía que era, pero Cana le hizo unas señas y pronto, aunque incrédulo, reconsideró su postura. “¿La hermana de Rubi? ¿Estás segura?” Le dijo a su prima, examinando a la chica de cerca, como se examina un documento importante, para luego dirigirse al muchacho otra vez. “Y tú dónde carajos se supone que estabas cuando te llamamos, ¿acaso echando una meada?” Brelio nuevamente tenía el cuchillo de Ren demasiado cerca como para responder con prontitud. “Sí.” Respondió Falena, apresurándose a sostener su mentira lo más digna posible. Y añadió con gesto cínico. “¿Qué? ¿Acaso ustedes no lo hacen?” Ren la miró con un nudo en la boca para no decirle nada, por ser la hermana de Rubi, en cambio siguió amenazando al muchacho. “Estás en el grupo gracias a mí y a Cana, nosotros te hicimos entrar, si tú te embarras, nos embarras a nosotros, y no nos gusta que un pelele como tú nos salpique con su mierda, ¿entiendes? Así que, la próxima vez que nos dejes mal, te arrancaré las…” No alcanzó a terminar su amenaza, porque en ese momento uno de los hombres que vigilaba sobre sus cabezas, recibió un proyectil en plena frente que lo lanzó de espaldas sin apenas emitir un gruñido, al mismo tiempo que en las afueras de la ciudad, un soldado cizariano y su compañero, cuyo trabajo era solo mantener la atención del enemigo sobre ellos, celebraba con euforia y totalmente admirado de sí mismo, la increíble hazaña que acababa de cometer acertando un tiro tan imposible en un blanco tan pequeño, que de seguro nadie nunca repetiría y que le daría tema para fanfarronear durante un buen tiempo, o al menos, mientras continuara con vida.


León Faras.