domingo, 20 de septiembre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

145.



Según sus cuentas, Fagnar calculaba que sus hombres tardarían como mínimo, una jornada completa en ir a Cízarin y regresar con los suministros y munición que necesitaba lo que significaba, más o menos, reanudar el ataque al mediodía del día siguiente, pero eso no le preocupaba tanto, la ciudad no iría a ninguna parte y el descanso siempre ayudaba a la moral de los soldados, lo que le preocupaba era que el enemigo también tendría toda esa jornada para prepararse y estos bosgoneses habían demostrado ser más ingeniosos de lo que esperaba, eso, y los rimorianos, esa raza de necios, supersticiosos e idólatras de la obstinación, que además en ese momento eran mayoría entre su tropa y que seguían predicando la idea de que estaban peleando contra fuerzas sobrenaturales de dioses antiguos a los que no se les debía hacer enfadar, y a pesar de que él mismo había difundido la idea hasta el cansancio de que lo de la lluvia no había sido más que una hábil artimaña del enemigo y no ayuda divina, (difícil de replicar por lo demás sobre un cielo completamente despejado,) los rimorianos insistían en que lo de la lluvia podía pasar, pero lo de la estrella cegadora en medio del cielo había sido de todo menos normal, lo que los convertía en una fracción de su ejército tan confiable como un cúmulo de hojas dispuesto a esparramarse en todas direcciones a la menor excusa, además de que ya eran gente sin compromiso por la causa cizariana, obligados a luchar sin estipendio, solo sujetos por la promesa de que esa sería la última vez y que luego de tomada la ciudad de Bosgos, se daría por terminada su obligación y serían libres de volver a su tierra con su Pétalo de Laira al cinto y la eterna gratitud del reino, lo que en la práctica tampoco era mucho. Fagnar necesitaba para vencer la lealtad rimoriana casi tanto como la munición para sus Tronadores, pues estos eran la mayor parte de su ejército en ese momento, y a su pesar, ya se le agotaban tanto las promesas como las amenazas.



Aprendí a leer por mi cuenta siendo apenas un crío con medio trozo de papel garabateado por un burro ignorante que ni siquiera sabía escribir correctamente, pero en ese momento eso yo no lo sabía. Mi papá no me ayudaría, mi mamá, menos, así que yo solo empecé a copiar esas palabras una y otra vez con un palo en la tierra o con carbón en las murallas, hasta hacerlo de memoria, luego separaba las letras y después las buscaba por ahí donde fuera que hubiera algo escrito sin apenas saber ni cómo pronunciarlas; pero al final aprendí porque tenía ganas de aprender y porque la vida siempre premia a los porfiados con lo que buscan y un extraño día, un viajero me regaló un libro así porque sí, porque él ya no sabía qué hacer con él y solo le hacía bulto, no era un gran libro pero todas las palabras que necesitaba estaban ahí.” Pronunció Migas con la seriedad de un discurso ante una Dudú que lo miraba con los ojos bien grandes y masticando con la boca abierta como las cabras un resto de tortilla que le quedaba. “Ahora, si lo que quieres es quedarte y aprender, tendrás que partir por ahí, aprendiendo a leer, y cuando sientas que no avanzas porque nadie te ayuda, recuerda: la vida siempre premia a los porfiados.” Sentenció Migas, sintiendo cómo la sabiduría fluía a través de sus palabras. La chica asentía vigorosa, pero su atención hace rato que se desviaba hacia un artilugio apoyado en un rincón y que sin hacer nada le estaba robando la calma. “¿Qué es eso?” Preguntó al fin, señalándolo con el dedo. Ese, era el Tronador que Migas arrebató de las manos frías del cadáver de Larzo, su inventor.



Necesitamos saber cómo derrotar a esos aparatos que escupen fuego y hierro sobre nuestras cabezas.” Preguntó Emmer con cierta urgencia en el tono, pero Demirel le puso tal gesto de impotente resignación que le quitó todo su entusiasmo. “Tienen al hombre equivocado, debo decir, porque yo de los Tronadores no sé más que ustedes, solo sé que es un sucio invento con el que matar a tus enemigos sin tener que mirarle a los ojos… Para mí, es la espada la que debe decidir los destinos de una batalla, no esos infames aparatos.” “Pero no podemos luchar contra ellos solo con espadas.” Replicó Janzo, recalcando la inutilidad de su comentario. Demirel buscó algo de comodidad en su postura para su adolorida espalda. “Por lo que recuerdo, supieron defender muy bien su ciudad la vez anterior.” Sugirió, recordando claramente las nubes de humo venenoso que hacían que los hombres vomitaran sus propias entrañas descompuestas. “No estamos en las mismas condiciones que antes.” Respondió Emmer, consciente de que estaba dándole información sensible al enemigo sobre sus recursos, y el prisionero comprendió eso. “Si no pueden luchar contra algo, deben huir, no como cobardía, sino para mantenerse con vida porque los muertos no pelean, resistir hasta que las condiciones sean favorables para devolver el golpe.” Janzo lo miró de cerca. “¿Condiciones favorables?” Demirel lo miró como si no entendiera qué parte de lo que dijo no se entendía. “Cada ejército, cada hombre, cada decisión que se toma en la batalla tiene condiciones que le favorecen y otras que no; a veces atacar es mejor que defender, a veces la noche es mejor que el día o el calor que el frío, a veces desangrar al enemigo de uno en uno sin hacer ruido es mejor que desatar una carnicería, y otras veces es al contrario, y qué sé yo, aguantar hasta que puedan hacer otros de sus espectaculares trucos con nubes de colores y lluvias venenosas cayendo del cielo.” Luego de una pausa en la que nadie dijo nada, Demirel agregó. “Sea como sea deben estar listos, los Tronadores están en silencio ahora, pero seguirán disparando sobre ustedes y derribando sus edificios hasta quedarse sin fuego en las entrañas… y quién sabe cuándo sucederá eso.”



León Faras.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

144.



Falena y Brelio se adentraron en la ciudad abriéndose paso entre innumerables muertos, escombros y barro, espantados, con el horrible sentimiento en el estómago de que no quedaba ni un solo bosgonés con vida y es que el silencio se sentía tan pesado que a ratos era desesperante, fue entonces cuando apareció una figura silenciosa y de andar pausado frente a ellos. “¡Emma!” Gritó Brelio, pero aquella no se inmutó, y solo los miraba como si le costara reconocerlos. El chico pensó que su apariencia debía ser demasiado extraña, o que aquello era una jugarreta más de Emma, cuyo sentido del humor era de lo más peculiar, por lo que insistió identificándose a sí mismo y a quien le acompañaba, pero solo consiguió que la muchacha, cuyo aspecto tampoco era el más normal, se diera la vuelta y caminara, desapareciendo entre los escombros sin decir palabra. Tanto Brelio como Falena quisieron llamarla y seguirla, pero aquella simplemente se escondía en cualquier curva y cuando volvían a verla, ya les había sacado gran ventaja, era como perseguir algo sobrenatural con una habilidad mágica para desaparecer y aparecer, pero aún así lo intentaron hasta que se toparon de frente con un hombre que en cuclillas rastrojaba cadáveres escondido bajo un sombrero de paja ridículamente enorme, ese era Berno. Este los miró como si lo hubiesen sorprendido en algo indebido pero pronto reconoció al muchacho y se justificó diciendo que los muertos ya tenían todo lo necesario al otro lado y que lo que dejaban acá era para los vivos, quiso acompañar el comentario con una sonrisa pero pronto esta se le amargó en los labios cuando Brelio le preguntó por Emma. “Ay, muchacho, mira a tu alrededor. Algunos escapamos por los pelos pero otros no alcanzaron…” Los chicos se miraron preguntándose si aquel seguía borracho. “No, hablo de Emma, la hija mayor de Emmer y Nila.” Aclaró, pero Berno seguía con el mismo gesto afligido. “Ay, niño, te digo que ella no lo logró… le cayó la casa encima y quedó toda rota la pobre.” Declaró Berno con pesar, meneando la cabeza de lado a lado, adolorido. Brelio, creyendo con firmeza que el bueno de Berno tenía que estar borracho, explicó que acababan de ver a Emma caminando delante de ellos, pero solo lograron aumentar la lástima en los ojos del hombre. “Ay, muchachito, delante tuyo estaba yo, y yo no he visto nada, lo que ustedes vieron no era de este mundo… a veces pasa, yo vi a mi suegro dos veces después de muerto, muerto él, no yo, y aunque no me asustó, yo…” Iba a narrar su anécdota, pero el chico lo detuvo sin ánimos de oírlo, para preguntarle por su familia y el resto de la gente que quedaba con vida. A Berno no le gustó mucho el desaire, pero se lo tragó como quién traga un fruto amargo y le indicó el lugar donde se escondían los sobrevivientes y aquel donde su padre y otros interrogaban a un prisionero. “Pero no se vayan a meter donde no los llaman, ¿oyeron?” Les advirtió, severo, antes de seguir hurgueteando entre las cosas de los difuntos.



Se oía, de tanto en tanto, un lejano estruendo que desaparecía luego de chocar y repetirse entre los cerros y cañadas, era como el estallido de un Tronador pequeño recordándoles que Cízarin no se olvidaba de ellos, no es que el hecho tuviera mayor importancia, pero era persistente y molesto como una gotera. Cuando ya se acercaban, lo notaron porque allí quedaban edificios en pie y porque sobre uno de estos, dos hombres discutían animadamente sobre la mejor madera para construir el eje de una carreta, al tiempo que roían carne seca de liebre y vigilaban los movimientos del enemigo en la distancia. “Mira nada más a quién tenemos aquí…” La voz surgió de un recoveco inesperado y se elevó hasta la altura de su cuello, aquel era Ren junto con su prima muda que se ponían de pie simultáneamente, empuñando sus más que respetables cuchillos. “Es el desertor, ¿acaso no oíste cuando te dije que nadie abandona el grupo? Los que se van pagan con su vida, ¿recuerdas que te lo dije?” Amenazó el hombre. Brelio, con el cuchillo tan cerca de su garganta tuvo problemas para articular palabra, pero Falena lo excusó diciendo que no se había ido a ninguna parte, solo se había alejado un poco, y que las había acompañado a casa tal como se lo dijeron. Ren la miró como a un insecto molesto y le enseñó el filo de su cuchillo de cerca para preguntarle quién carajos se creía que era, pero Cana le hizo unas señas y pronto, aunque incrédulo, reconsideró su postura. “¿La hermana de Rubi? ¿Estás segura?” Le dijo a su prima, examinando a la chica de cerca, como se examina un documento importante, para luego dirigirse al muchacho otra vez. “Y tú dónde carajos se supone que estabas cuando te llamamos, ¿acaso echando una meada?” Brelio nuevamente tenía el cuchillo de Ren demasiado cerca como para responder con prontitud. “Sí.” Respondió Falena, apresurándose a sostener su mentira lo más digna posible. Y añadió con gesto cínico. “¿Qué? ¿Acaso ustedes no lo hacen?” Ren la miró con un nudo en la boca para no decirle nada, por ser la hermana de Rubi, en cambio siguió amenazando al muchacho. “Estás en el grupo gracias a mí y a Cana, nosotros te hicimos entrar, si tú te embarras, nos embarras a nosotros, y no nos gusta que un pelele como tú nos salpique con su mierda, ¿entiendes? Así que, la próxima vez que nos dejes mal, te arrancaré las…” No alcanzó a terminar su amenaza, porque en ese momento uno de los hombres que vigilaba sobre sus cabezas, recibió un proyectil en plena frente que lo lanzó de espaldas sin apenas emitir un gruñido, al mismo tiempo que en las afueras de la ciudad, un soldado cizariano y su compañero, cuyo trabajo era solo mantener la atención del enemigo sobre ellos, celebraba con euforia y totalmente admirado de sí mismo, la increíble hazaña que acababa de cometer acertando un tiro tan imposible en un blanco tan pequeño, que de seguro nadie nunca repetiría y que le daría tema para fanfarronear durante un buen tiempo, o al menos, mientras continuara con vida.


León Faras.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

143.



Migas despertó de pronto y asustado, como si hubiese cometido un grave error en sueños, pero se tranquilizó tras ojear su entorno y comprobar que todo parecía estar en perfecta normalidad. Estaba echado sobre sus documentos, como siempre, e iba a comenzar a poner en orden sus cosas cuando el motivo de su inquietud entró por la puerta sonriendo descarada y con un manojo de leña fina en las manos para encender el fuego. “Hice masa para tortillas, pero apenas había lumbre en el fogón. A Tata le encantarán.” Dijo la chica, Migas se preguntó quién carajos era Tata y si acaso se refería así a su padre, iba a comentarlo, pero Dudú se le adelantó. “Sí Tata, las haré con ajo como me pediste.” Migas la miró como si estuviera cometiendo un flagrante delito, pero Dudú continuó soltado comentarios y risitas cómplices como si en verdad hablara con su padre, hasta que Migas, hastiado de la farsa, se le acercó para decirle al oído, con uno de sus huesudos dedos estirado en señal de advertencia. “Deja de fingir que hablas con mi padre.” La chica protestó ofendida, pero el viejo fue inflexible. “Puedes tomarme por loco si quieres, pero no me tomes por imbécil. Ahora ayúdame a llevar a Nimir a la cripta para despejar la mesa. No podemos comer siempre con él ahí como si fuese un florero.” Ordenó el viejo, olvidando el asunto, como un agente que está dispuesto a pasar por alto un crimen menor, mientras no se vuelva a repetir. “A mí, no me molesta.” Señaló Dudú, bajito, cogiendo al difunto por los pies. “A mí tampoco, pero tal vez a él sí.” Contestó Migas, levantando el cadáver por los sobacos. Luego agregó. “Por cierto, sé que a mi padre le encanta el ajo pero no le des demasiado porque le ablanda la sangre, ¿entiendes?” Dudú asintió conteniendo una sonrisa.



Demirel, como el más ordinario de los ciudadanos, no tuvo la oportunidad de observar a la realeza de Cízarin muchas veces durante su vida, pero era un buen observador por naturaleza, y la fisonomía de un rey era algo importante para alguien que debía servirle, pero si al rey lo había visto solo un par de veces en toda su vida, al hermano del rey lo vio solo una vez, siendo él mismo un muchacho que todavía jugaba con una espada de madera. Sucedió justo antes del ataque de Rimos, el príncipe de Cízarin pasó frente a él montado sobre un caballo enorme, vestido de metal brillante, seguido de un ejército de soldados leales a su general, dispuestos cada uno de ellos a morir en la batalla defendiendo la ciudad y a su gente, tal como él soñaba con llegar a hacerlo algún día, pero de eso ya había pasado mucho tiempo, y del príncipe y guerrero aquel, nunca más se supo. “Solo somos personas dispuestas a hacer lo que sea por mantener a salvo a nuestras familias.” Respondió Janzo, innecesariamente ambiguo, lo que hizo que Demirel lo observara con aún más interés. Éste último habló. “Me crié en una posada en la que trabajé desde pequeño junto a mi madre limpiando y cocinando para los viajeros. Nunca conocí a mi padre, según mi madre, murió sin pena ni gloria antes de que yo naciera. Ahí aprendí dos cosas que me servirían para toda la vida: que la cebolla frita mejora cualquier plato por pobre que este se vea, y que puedes aprender mucho sobre las personas si sólo las observas y las escuchas sin interrumpir, y no necesito mucho para darme cuenta de que tú eres cizariano hasta las botas, un cizariano luchando junto con un monstruo rimoriano en contra de su propio pueblo, y apostaría un ojo a que no eres cualquier hijo de labriego.” Janzo miró a Emmer y luego de vuelta al prisionero. “Sí, así es.” Admitió. “¿Quién carajos eres?” Insistió Demirel. Janzo se le puso muy cerca para no tener que levantar la voz. “Creo que ya lo sabes, pero si yo te lo digo, tendré que matarte para conservar el secreto, y tú aún tienes la posibilidad de salir con vida de esta.” Demirel hizo una mueca de descaro. “Soy un soldado, la muerte no puede asustarme ni por dolorosa que sea, pero si me dices la verdad, tal vez aún tengan una posibilidad de que los ayude antes de morir.” Janzo lo miró a los ojos como se le mira a alguien a quien se le odia y se le respeta por igual. “Soy Rianzo, hermano de Siandro, y príncipe de Cízarin.” Respondió Janzo, con toda la seriedad del mundo, casi malhumorado, cosa que Demirel aceptó como algo válido. “¿Cómo es eso posible?” Preguntó éste, en un tono más apaciguado, y el otro le respondió que de alguna manera sobrevivió a la batalla, casi ahogado pero sin heridas graves, y que luego de eso, solo pensó en que quería estar con su mujer y su hijo. Demirel asintió conforme, como alguien capaz de reconocer cuando alguien está siendo honesto. “Puedo entender eso… puedo respetar eso, pero lo que no puedo, es aceptar que te hayas vuelto en contra de tu propio pueblo y de tu rey.” Le reprochó. Janzo sintió que la ayuda de este hombre le estaba saliendo demasiado cara. “Defiendo Bosgos tal como defendí Cízarin, tal vez eso sea una traición hacia mi rey para ti, pero un hombre no puede tomar dos caminos cuando debe elegir uno. Yo elegí el mío y ahora tengo que seguirlo hasta el final, porque lo que no puedes hacer, es traicionarte a ti mismo.” Demirel meditó unos segundos esas palabras y luego puso una cara de resignación de lo más curiosa. “¿Me dejarán elegir cómo quiero morir?” Dijo, como quien pregunta qué hay de postre. Tanto Janzo como Emmer se miraron incrédulos, ¡todo esto para nada! “Entonces, ¿no nos vas a ayudar?” Preguntó Nila, francamente enojada. Demirel se encogió de hombros, que era de las pocas cosas que podía hacer en su posición. “Sí, lo haré, pero ahora conozco su secreto y debe matarme para mantenerlo, eso fue lo que él dijo, así que me gustaría pedir que sea con un puñal en el corazón.” Janzo lo miró realmente harto de él. “Con mucho gusto lo haré como tú quieres.” Le contestó.


León Faras.



sábado, 15 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

142.



Los primeros rayos del sol despertaron a Falena y Brelio que sin querer se habían reclinado uno sobre el otro al dormirse. Dieron un respingo nada más abrir los ojos y verse, y es que sus rostros estaban pálidos por la ceniza, resquebrajada al secarse ésta con el calor del fuego y con surcos de lágrimas y baba que le daban un aspecto de criatura maligna y sobrenatural, además del pelo enlodado, tieso y blacuciento, disperso en todas direcciones. No les quedó más que reírse del susto que se dieron porque de verdad había sido tan tonto como genuino. Mientras aún reían, buscaron las charcas de agua más cercanas para lavarse la cara y todavía con esa misma sonrisa en la cara se pusieron de pie para observar la catástrofe que los rodeaba bajo la luz del día. Su sonrisa se apagó como una vela ante una repentina corriente de aire. Estaban rodeados de muertos, muchos soldados enemigos, y también muchos bosgoneses aplastados bajo los escombros de su propia ciudad, muchos cadáveres que no podrían ser recogidos y retirados en un corto plazo de tiempo, lo que sería de gran provecho para Cízarin, porque lo que comenzaran con sus Tronadores, lo terminarían con la pestilencia.



Fagnar envió una docena de sus hombres a recuperar los caballos dispersos por el escozor de la lluvia, estuvieran donde estuvieran, y a siete más, porque esos eran todos los caballos que tenían en ese momento, para que fueran a Cízarin y regresaran con suministros, munición para los Tronadores y todos los hombres disponibles para acabar con Bosgos de una vez por todas. Yurba y Tibrón no estaban en ninguno de estos dos grupos, por lo que su trabajo era quedarse parados donde estaban, atentos a cualquier posible reacción del enemigo junto con los rimorianos, que de pronto eran mayoría. En Bosgos la situación no era más favorable, su arma más letal, el veneno, estaba casi agotado, diluido en la lluvia o destruido bajo toneladas de escombros y tierra, y su gente no estaba en mejores condiciones, ahora ya no festejaban su relativa victoria con alcohol y polvo de ninfas, ahora se escondían y esperaban, mordisqueando cualquier cosa para matar el hambre o la ansiedad, esperando el ataque enemigo que sabían que llegaría en cualquier momento, porque así funcionaba esto, ellos habían dado su golpe y ahora tocaba esperar el golpe de regreso, mientras Cízarin los observaba desde lejos, sin hacer nada, aparentemente, porque algo debían de estar planeando. Cecar, quien mostraba confiable competencia y una motivación excepcional en su cargo, había expuesto su idea de mover los Tronadores a una zona lateral despejada desde donde atacar limpiamente lo que quedaba en pie de la ciudad, pero hacer el traslado ocultos entre los árboles para no ser vistos, lo que Fagnar celebró como una gran idea; mantener la atención del enemigo en el frente, mientras movían su foco de ataque principal a un flanco, era una de las tácticas de ataque más efectivas creada en la naturaleza por las más antiguas manadas de depredadores, por lo que ordenó implementarla de inmediato.



Cuando Desmirel despertó estaba sentado en el piso, con las manos atadas a la espalda y amarrado del cuello a un grueso poste que aún seguía en pie. Una mujer, asistida por una jovencita le limpiaba las heridas, el soldado no tardó en reconocerla, era aquella cuya hija murió aplastada y que él ayudó a sacar de entre los escombros. En cuanto la mujer lo vio abrir los ojos, le llevó a la boca el pico de una vasija con agua para darle de beber, pero Demirel la rechazó con rudeza, volteando el rostro con un gruñido, como un perro desconfiado. “Es solo agua, lo prometo.” Dijo Nila, y para probar que no contenía venenos ni soporíferos, se echó un trago en la boca ella misma. “Sé que debes tener sed, y…” Decía ella, cuando el hombre la interrumpió. “¿Por qué sigo vivo?” Preguntó con disgusto, como si estuviera hastiado de escuchar banalidades y quisiera por fin hablar sobre cosas importantes. “¿Acaso preferirías estar muerto?” Replicó la mujer, con una inocencia que a Demirel le pareció casi infantil. “¡Soy un soldado! ¡Claro que prefiero haber muerto empuñando mi espada antes que seguir vivo y atado a un poste como un puerco!” “¡Pues la muerte no llega cuando tú quieres, sino cuando te la ganas! ¡Y tal vez tú no te la has ganado todavía!” Replicó Nila, rencorosa, como si le hubiese ofendido su tono prepotente. Demirel pensó que podía estar parcialmente de acuerdo con esa afirmación. “¿Tu hija sí se la ganó?” Musitó, provocativo. Nila estuvo a punto de responderle que su hija muerta ahora estaba viva, pero se contuvo, en eso apareció Janzo. “¿Sabes por qué sigues vivo?” Preguntó éste sin rodeos. “Aparentemente, porque no me he ganado la muerte todavía.” Respondió el otro con un tono casual que Janzo no supo interpretar y prefirió ignorar. “Estás vivo porque alguien pensó que podrías ayudarnos a defendernos.” Demirel lo miró con una mueca de risa, como si quisieran tomarle el pelo. “¿Acaso pides que me cambie de bando?” La idea era ridícula de solo pensarla. “Queremos que nos ayudes, no que pelees por nosotros.” Respondió Janzo. “¡Nos están masacrando allá afuera, y no hicimos nada para merecerlo!” Explicó Nila. “Fueron advertidos y aun así se resistieron.” Argumentó Demirel, y de inmediato recibió una respuesta de un punto al que no podía voltearse a mirar. “¿Acaso no lo hubieses hecho tú?” Ese era Emmer. Demirel no respondió hasta que éste se dejó ver. “Lo que yo hubiese hecho, no es relevante. Las suposiciones no cambian nada.” Emmer se agachó frente a él. “Yo te vi hoy, no estabas contento con lo que estaba sucediendo aquí… Incluso estabas avergonzado.” Y luego de una pausa, agregó. “Por eso estás vivo.” Demirel sabía que eso era verdad, y siempre estaba en conflicto el deber de hacer su trabajo como soldado, y la obligación moral de no hacer nada que lo avergonzara a él o que deshonrara a su espada, aun así, ayudar al enemigo era una directa traición hacia su rey, y esa era una línea que él no estaba dispuesto a cruzar. “¿Cuántas líneas estás dispuesto a cruzar por hacer lo que otros te ordenan que hagas?” Le sugirió Nila como si le hubiese leído la mente. Demirel la miró a ella y luego a Emmer. “En el servicio está el honor del soldado.” Repitió el cizariano de memoria, como una frase inculcada durante mucho tiempo. “¿Y qué hay de proteger la vida de los inocentes con…?” Replicó Janzo, pero Demirel acabó su frase. “…¿contra la mano del tirano?” Lo que hizo que éste último le prestara mucha más atención que antes; aquella era una sentencia del ejército cizariano, vana retórica más que nada, pero especialmente popular desde el ataque de Rimos, lo que delataba a este hombre como cizariano, y si así era, algo en lo más profundo de su mente cobraba inesperado sentido, y es que al mirar ese rostro con otros ojos, comenzó a ver el atenuado pero innegable parecido con su hermano mellizo, el rey de Cízarin. “¿Quién demonios eres?” Preguntó.



León Faras.

lunes, 3 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

141.



Con la salida del sol de ese día, muchas cosas sucedieron casi simultáneamente. Por un lado, Cego regresaba a Jazzabar triunfante, como un rey conquistador con su trofeo bajo el brazo, para encontrarse con que uno de sus hijos, el chiflado, estaba perdidamente enamorado, al parecer, y comprometido también, con una mujer que le resultaba muy familiar de haber visto en alguna parte, y es que Cegarra, como casi todos los hombres que visitan Bosgos alguna vez, pasan al menos una noche en el burdel de Nina, donde estaba seguro que había una joven puta coja, de genio muy apacible y trato acogedor, pero a la nadie tomaba realmente en serio en su oficio debido a su tara. Prato podía tener similares recuerdos porque él le acompañaba en esa y otras aventuras, pero eligió mantener la boca cerrada, el ceño apretado y la vista inquieta para no verse inquirido por los ojos de su rey, entonces, Cego recurrió a su otro hijo, el malhechor, quien frecuentaba el negocio de Nina con regularidad y que estaba parado justo a su lado en ese momento, para confirmar sus sospechas, pero éste, medio que escuchó lo que le iba a decir y de inmediato sacudió la cabeza en negación, descartando la sugerencia de un plumazo y llamando a gritos a su hermana Elba para que bebieran el trago que le había ofrecido antes; escabulléndose enseguida de su lado, por lo que Cego debió quedarse con la palabra de sus otras dos hijas, la de en medio y la menor, que no hablaban más que maravillas sobre la novia de su hermano Yan, sobre todo Daliana, porque Rina hacía poco más que sonreír y asentir.



También con el despunte del sol volvía a casa el grupo de revolucionarios al mando de Musso. Tomando todo tipo de precauciones, debido a que esperaban una batalla en pleno apogeo, se acercaron a pie, dejando atrás carros y caballos y arrimándose agazapados, primero por el oído antes que por los ojos. La lluvia ya declinaba casi por completo y el silencio era preocupante, hasta echar el primer vistazo. Desde su perspectiva, no quedaba un edificio en pie en toda la ciudad y posiblemente tampoco sobrevivientes. Cana, la mujer muda, fue la primera en ponerse de pie para contemplar horrorizada el desastre, su primo Ren lo hizo tras ella y luego todos los demás, ya sin temor de ser vistos. Musso estaba tan furioso, con lo sucedido, con los cizarianos, consigo mismo y su patético intento de ataque que más insignificante se sentía al lado del desastre en Bosgos, que sintió las mismas ganas de llorar que de golpear algo hasta romperlo, pero entonces, Cana, que además era su cuñada porque su hermana muerta fue la esposa de él durante un tiempo, señaló un tipo de movimiento lejano que podían ser sobrevivientes y que les devolvió la esperanza a todos. Musso se restregó los ojos con rudeza, disgustado porque se le habían mojado sin querer, y con la misma rudeza, ordenó a todos ponerse en marcha, pues aún no estaba todo perdido.



El ejército cizariano, agotado como si hubiese tenido que cruzar todo un mar de lodo con el mundo a cuestas, se refugió en un claro del bosque aledaño donde recobraron el aliento hasta que el aguacero amainó y el sol por fin salió despejado en la mañana, atrincherados entre los los árboles esperando por un ataque enemigo que nunca llegó. Cecar, curioso, notó que la protección de los bosgoneses contra la lluvia no era más que cera de abeja y pensó que valdría la pena usarla con sus Tronadores, tal vez más que la grasa animal que ya usaban, mientras Fagnar los presionaba para que recuperaran su poder de ataque lo antes posible. Lograron recuperar algunos caballos que no habían ido muy lejos y el general los pensaba usar para arrastrar sus Tronadores de vuelta y acabar con lo que quedaba de ciudad, pero Tibrón le hizo ver, sin demasiado esfuerzo, que aquella era una idea impulsiva, que los hombres estaban cansados y desmoralizados, que casi no tenían víveres debido a la precipitada huida, que también habían perdido la mitad de sus pertrechos y algunos soldados ni siquiera tenían su espada para pelear, y que no debían olvidar que el enemigo aún podía contar con veneno y usarlo contra ellos, Fagnar no dijo nada, pero algo tenía que hacer, no podía concederles una victoria así de fácil, no cuando eran ellos los que tenían la ventaja en la batalla, tenían a los Tronadores. Fue así como el general ordenó a su ejército a salir de su escondite y formarse como se debía en las afueras de la ciudad, mientras que él tomaba los pocos caballos que tenían y se hacía acompañar de Váspoli y otro par de soldados de fiar hasta mismísimo centro de la ciudad, el escampado donde antes habían parlamentado para volver a hablar con el enemigo, una decisión que para algunos podía considerarse como valiente y digna, mientras que para otros solo era presuntuosa e inútil estupidez. “Si lo matan y lo envían de regreso sin cabeza, ¿nos podemos ir a casa?” Preguntó Yurba a Tibrón, que era de los pocos oficiales que quedaban, pero este ni lo miró. Poco a poco se daba cuenta de lo que todo el mundo ya sabía, que muchas veces era mejor ignorar a Yurba sus comentarios y dejar que se respondiera él solo. “Supongo que no será tan fácil.” Efectivamente. Se respondió a sí mismo.



Nuevamente sonó el cuerno y nuevamente salió Emmer al frente a hablar con el general mientras muchas caritas en el fondo se reían para sus adentros, engreídas y burlescas. “Esta será la última vez que hablemos, espero que sea consciente de ello.” Dijo Fagnar. Emmer asintió. El general esperó oír algo más, pero solo obtuvo eso. Continuó. “Antes vine a negociar, ahora tengo que felicitarles, lo de la lluvia fue una gran jugada.” “¿No creerá que nosotros hicimos eso? ¿O sí, general?” Replicó Emmer con cinismo controlado, Fagnar sonrió aun más cínico. “Sin llegar a ser un sabio, soy un hombre instruido…” Quiso llamar de alguna manera a su interlocutor pero se dio cuenta de que no conocía ni su nombre ni su rango, por lo que solo continuó después de una corta pausa. “He leído bastante, y conozco la historia de Hiblia y de cómo derrotó a un ejército más grande y mejor armado que el de él con la ayuda del cielo, pero pocos se acuerdan de la figura de Varaduma, el estudioso que le acompañaba desde las sombras y que fabricaba todas sus pociones y venenos. No esperará que crea que hay un dios preocupado por proteger el destino de estas tierras y su gente, ¿o sí? Porque de ser así, me gustaría mucho verlo.” Emmer apretaba la mandíbula como un acto reflejo para verse firme. “Tal vez ya lo vio, general.” Respondió, a falta de algo mejor. El general sonrió complaciente, otorgándole un porcentaje de validez a tal posibilidad, luego contempló el cielo completamente limpio y despejado sobre sus cabezas. “Que su dios los proteja.” Dijo, dándose la vuelta para irse sin más.



León Faras.

jueves, 23 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

140.



Migas puso a calentar un caldo de hueso con calabaza, esperando con el gesto agrio que la chica le cuestionara el aspecto poco apetitoso de su comida o la falta de condimentos de su cocina, pero en cambio Dudú se dedicó a admirar su entorno, a reconocer cada rincón, a quedarse maravillada ante un rudimentario pero fascinante aparato cuya utilidad se le escapaba definitivamente de su comprensión, pero no de su interés. Era una simple placa de madera con una pequeña vara parada en medio como un poste, de la que salían rayas rectas en todas direcciones, las que eran cruzadas por muchas otras líneas cuyas trayectorias y formas eran distintas entre sí, caóticas en un principio. “¿Qué chirimbolo es este?” Preguntó la chica realmente interesada. A Migas no le gustó el término que usó, pero no podía quejarse, en realidad, el aparato no tenía nombre todavía. “Estudio el movimiento del sol.” Respondió el viejo, escueto. “¿Con esto? ¿Cómo?” Preguntó Dudú, intrigada. Migas dejó su caldero de lado por un segundo para atender la curiosidad de la chica. Le encantaba hablar de sus pasiones científicas, pero a la vez odiaba gastar palabras en mentes farsantes que fingían el interés por lo que preguntaban y con esa muchacha, aún no estaba totalmente convencido. “Las líneas paralelas marcan periodos de tiempo, las otras, por donde pasó la sombra del poste durante esos periodos de tiempo.” El viejo seguía siendo breve y displicente. “¿Y eso para qué sirve?” Preguntó la chica queriendo entender, pero Migas ya le daba la espalda para volver a su olla. “Todavía no estoy seguro, pero si su recorrido no es siempre el mismo, quisiera entender por qué.”



La lluvia caía afuera aunque su veneno no llegaba hasta su propiedad, lo sabía por la multitud de cabras que aún no se movía de su patio y que solo se había arremolinado bajo los árboles cercanos para pasar la noche. Dudú bebió su caldo con apetito acompañado de un trozo endurecido de tortilla de avena cocida al rescoldo que sopaba antes de morder, como una experta. Migas estaba incómodo, su perro se había tomado la llegada de esa chica con demasiada naturalidad y su padre no había dicho palabra en toda la noche, ni siquiera para burlarse. “Puedes usar la cama cuando termines, yo tengo trabajo que hacer…” La chica quiso protestar, que ella estaba allí para trabajar, ganarse su sustento y aprender, pero el viejo fue categórico: “Empezarás mañana, no esta noche. Tengo cosas en que pensar.” No levantó la voz pero su gesto no admitió réplicas. Esa noche, luego de lavar los cuencos con un puñado de ceniza del fogón, Dudú escuchó, apenas audible por encima del rumor de la lluvia, al viejo susurrándole cosas a su padre junto al fuego, rogándole con impaciencia que no siguiera callado, que dejara de ser obstinado y dijera algo, incluso ofreciéndole deshacerse de la muchacha si era eso lo que él quería. Lo escuchó hasta que se durmió, enrollada en una cama para ella sola, en la que estaba acostada desde temprano como no lo había hecho en mucho tiempo, con una comida caliente en la barriga que la invitaba al sueño, al contrario de un estómago vacío, y la certeza interna de que se ganaría limpiamente cada una de las cosas con las que había soñado en esta vida, que no eran muchas ni muy complicadas, partiendo por el conocimiento, pues sabía, sin saber mucho, que el conocimiento era la fortaleza de los débiles, la que los hacía libres y dignos de respeto.



En Bosgos, más de la mitad del ejército cizariano yacía entre los escombros, destrozado, machacado contra el suelo como una plaga de insectos indeseables, mientras el resto retrocedía a la velocidad a la que retrocedían sus Tronadores, rodando trabajosamente sobre el lodo que primero los estancaba y luego los hacía deslizarse sin control, en una oscuridad casi completa y bajo una lluvia que, al menos y para su fortuna, parecía perder su toxicidad gradualmente a medida que pasaban las horas. Entre la oscuridad reinante y el suelo cubierto de escombros dominante, Váspoli, Tibrón y Yurba se abrían paso sin saber muy bien en qué dirección iban, solo buscando moverse y esperando a que la fortuna los guiara a una salida. Los enemigos, en su mayoría, parecían haberse replegado, agotados y con el veneno de la lluvia perdiendo su efecto. Entonces sintieron en la oscuridad un breve choque de espadas y el quejido agonizante de un hombre que recibía una estocada mortal y dolorosa. Un farol, colgado al amparo de un alero, sobreviviente por azar a la catástrofe y el aguacero, iluminaba la callejuela donde apareció la chiquilla con la espada cubierta de pinchos goteando sangre diluida en la lluvia. Se paró frente a ellos como si no le importara tener que enfrentar a tres soldados experimentados ella sola, con el cuerpo cubierto de heridas que no sangraban y una expresión en el rostro que no transmitía nada, tal vez indolencia. Se fijó en Yurba y este en ella. Ambos soportaban la lluvia sin protección y se reconocían como criaturas anormales que no debían existir. Váspoli estaba francamente agotado, y considerando que el ataque había terminado y que ahora todo el mundo se retiraba, abogaba por la idea de seguir su camino buscando una salida para reunirse con el resto de los suyos, en vez de liarse en más enfrentamientos pequeños en los que el azar podía hacer más daño que bien, sobre todo, después de ver a ese pájaro gigante devora hombres aparecer de la nada. Tibrón estaba de acuerdo, pero Yurba permanecía embobado hasta que el otro lo cogió del hombro y lo tiró hacia atrás para ponerse en frente con su respetable escudo por delante. “Vete, no pelearé contigo.” Le dijo a la chica con voz firme, mientras hacía avanzar a empujones a su renuente compañero más pequeño que insistía en voltearse a observar como borracho pendenciero. Emma no hizo ni dijo nada, solo permaneció inmóvil, lo cierto, era que reconoció en aquel pequeño soldado calvo algo que podía ver y sentir en ella misma: la mano de la brujería y la muerte.

Váspoli, Tibrón y Yurba saldrían eventualmente para reunirse con los demás, con los que quedaban y reconocer a los que no lo habían logrado, pero sobre todo se encontraron con la falta de uno cuya figura era demasiado evidente como para pasarla por alto, casi para cualquiera que llevara más de un día en el ejército. Uno de sus principales oficiales, cuya espada parecía un chiste absurdo debido a su ridículo tamaño, se quedó atrás cubriendo la retirada de sus camaradas incapaces de luchar y no había sido vuelto a ver. Muchos podían ver a Demirel como una bestia de tamaño intimidante y espíritu invencible, pero al fin y al cabo era solo un hombre como los demás capaz de agotarse y de sangrar como cualquiera, y aunque costara creerlo, parecía que no lo había logrado.



León Faras.

viernes, 10 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

139.



Fagnar, sin su bonita armadura hecha a medida y cubriéndose con una manta para caballos sobre la cabeza, ordenó a gritos a quien pudiera oírle, que debían proteger los Tronadores a toda costa, los que, por cierto, a estas alturas estaban tan empapados que no eran capaces de escupir ni una chispa. Cecar y sus hombres, sin poder contar con la ayuda de sus caballos que habían huido de la lluvia apenas notar los primeros síntomas del veneno, bregaron hasta el agotamiento rodando todo ese peso muerto sobre terreno lodoso, cubriéndose a medias de la lluvia con lo que tenían a mano y soportando su picor como se soporta un dolor de muelas o una herida infectada en batalla, pero no hubiese sobrevivido ni uno de ellos al final de no ser por los rimorianos, que viendo todo perdido ante fuerzas sobrenaturales, no esperaron ninguna orden para retirarse a la última línea y cubrir su retirada usando sus rudimentarios escudos como paraguas y repeliendo el acoso bosgonés, que no era tan efectivo cuando el enemigo se mantenía en pie y con un arma en la mano, mientras que en la primera línea, lo que quedaba del ejército cizariano resistía como podía el embate enemigo buscando escapar de la ciudad con vida al mismo tiempo. Tibrón, buscando replicar la técnica rimoriana para protegerse de la lluvia, recogió un escudo abandonado entre cadáveres y barro, era redondo y metálico. No lo notó de inmediato, pues solo lo usó para cubrirse de la lluvia, pero después, cuando el agua lo lavó y él mismo tuvo tiempo y luz para prestarle atención, vio que era el mismo escudo usado en el ataque anterior por Éscar, su antiguo instructor; el singular escudo fabricado con un palmo de hoja de espada al frente como uña afilada, que servía tanto para desgarrar la carne del enemigo, como para defenderse de sus ataques. La pieza había pasado por varias manos desde la batalla anterior y estado a punto de ser fundida por el herrero local para fabricar algo más útil, pero se salvó en el último minuto cuando todo el mundo en Bosgos comenzó a necesitar cualquier cosa que lo protegiera de la ponzoña que iba a caer del cielo y el escudo tenía una forma más que adecuada. Su última dueña fue la buena de Marla, que lo encontró perfecto para cubrirse la cabeza y los hombros, pero al poco rato se le hizo tan pesado e incómodo de llevar que lo acabó desechando a la primera oportunidad.



Tibrón recorrió las callejuelas destrozadas saltando entre cadáveres y escombros y luchando contra algún enemigo exaltado que de vez en cuando salía de las sombras para sorprenderle y luego volvía a ellas como carroñeros oportunistas. Ayudó a Váspoli, al que encontró defendiéndose con valor pero sin mucho éxito; acorralado por un pequeño grupo de rufianes cubiertos con pieles pringosas y armados con lanzas hechizas que les daban la ventaja de poder atacar a distancia, enardecidos por una fulana pequeña y chillona, que gritaba obscenidades al tiempo que azotaba una quijada de burro contra el suelo como si animara a su luchador favorito. Váspoli resolvió el problema de la lluvia robando la capa de hojas de Yaya encerada de un bosgonés muerto, lo que no fue suficiente para engañar a sus enemigos pero sí a sus compañeros, que habían estado a punto de atacarle en un par de ocasiones. Por suerte, Tibrón lo reconoció por sus gritos antes que por su aspecto. Ambos se quedaron juntos después de eso para cubrirse las espaldas mientras salían de allí, fue entonces cuando, en medio de la oscuridad y el chaparrón, vieron a un hombre pequeño y calvo peleando sin cubrirse con nada de la lluvia, con su pechera y pulseras de metal cizarianas empapadas, enfrentando un número indefinido de enemigos que se veían como criaturas salvajes en la noche, mientras una silueta cubierta con una manta ayudaba a otra que daba saltos como si le faltara media pierna a escapar hacia un lugar seguro. La silueta cubierta pasó junto a ellos, era Aregel que trataba de poner a salvo a su amigo Cal Desci, que con una pierna recién cortada y el veneno escociéndole la piel, aun no decidía qué era mejor entre seguir con vida o simplemente dejarse morir. Váspoli y Tibrón se miraron el uno al otro como cuando no puede ser cierto lo que tus ojos te dicen que ves. El hombre que peleaba bajo la lluvia era Yurba, y al parecer resistía muy bien la toxicidad del veneno sobre la piel, tanto, que parecía que no le afectaba. Ambos iban a unirse a su amigo en la batalla personal que aquel sostenía, pero entonces algo se impuso por encima de todos y le puso fin a la riña de sopetón. Estaba oscuro, bajo la lluvia y luchando contra enemigos cubiertos con todo tipo de cosas que les daban un aspecto entre animal y mitológico, pero entonces, lo que en un principio pareció ser un hombre grande cubierto con hojas como un arbusto, irrumpió en medio hiriendo de muerte a un bosgonés de un golpe brutal, con algo que al pobre tipo le destrozó el cuello. Yurba sintió el golpe de la sangre en su cara a pesar del chaparrón que le caía encima, mientras el resto de los bosgoneses se dispersaban huyendo en todas direcciones. Cuando la figura se irguió, en el extremo de lo que parecía ser un poderoso brazo emplumado, brilló un ojo redondo y amenazante. Era más alto que Yurba, estaba cubierto de plumas que lo protegían de la lluvia y con un pico curvo y afilado capaz de arrancarle medio brazo a un hombre adulto o perforarle el pecho de un golpe. El Cizal, con su presa inmovilizada bajo una de sus garras, miró al pequeño soldado desde las alturas, como juzgándolo, cosa que Yurba aceptó sin moverse ni decir palabra. En algún momento, el ave decidió que ya tenía la presa que quería y que el humano presente, por alguna razón del instinto, no era alimento ni amenaza, por lo que poco a poco, pero sin dejar de vigilarlo, comenzó a retroceder arrastrando con su garra el cuerpo sin vida del hombre que acababa de matar, lo que Yurba aprovechó para retroceder también a su vez, sin apuro ni darle la espalda, como a un enemigo al que se le respeta pero en el que no se confía. La aparición de esta ave es siempre algo impresionante, sobre todo cuando uno se encuentra un Cizal cazando por primera vez en toda su vida, y vive para contarlo, pero eso pronto pasó a segundo plano ante el descaro con el que Yurba recibía la lluvia sobre su piel sin la menor mueca de molestia en el cuerpo. El veneno no lo afectaba, la lluvia no le irritaba la piel, él mismo no podía explicarlo, no lo comprendía del todo tampoco, pero sabía que algo había cambiado para siempre en su cuerpo desde que estuvo a punto de morir por las mañas de esa bruja y el puñal maldito que le clavó en el pecho. Pero si él no lo entendía, sus amigos lo harían menos. “¿Cómo carajos haces eso?” Preguntó Váspoli, intrigado por su insolente falta de sensibilidad. Yurba respondió pedante. “No es gran cosa, algunos solo buscan cualquier pretexto para quejarse.”



León Faras.

miércoles, 1 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

138.



La lucha se extendió más de lo esperado por los bosgoneses, amparada bajo los techos que permanecían de pie, donde muchos soldados se ocultaban en la oscuridad más cerrada oyendo solo el sonido del agua cayendo y el de la respiración agitada de algún camarada incapaz de serenar el ánimo luego de que la mismísima lluvia se volviera en su contra, apretando el puño sobre el mango de sus espadas, esperando a que las antorchas entraran en sus escondites para sacarlos de ahí como a ratas y preguntándose por qué demonios los Tronadores estaban en silencio y no estaban restableciendo el respeto a punta de cañonazos contra lo que quedaba de ciudad. Allí estaba Cuci, el mismo que estaba presente cuando capturaron a Emmer desertando y lo ajusticiaron, ahora con más experiencia en el cuerpo y carne en los huesos. Era, como no, soldado rimoriano al servicio de Cízarin. Había estado en el ataque anterior y retirado temprano de éste con un largo tajo atravesándole el pecho casi de lado a lado, aunque poco profundo, propinado por una anciana armada con una hoz que resultó ser más peligrosa de lo que creía. Un poco más arriba el corte, y no la cuenta. Se podría pensar que esta experiencia le habría enseñado a no subestimar a ningún enemigo, pero Cuci no era de los que aprendía fácilmente y menos con base en su propia experiencia. Estaba allí acompañado por un par de colegas de los que, no estaba completamente seguro de quienes eran, porque dentro no se veía un pimiento y nadie decía nada, intentando encender por su cuenta una robusta vela de sebo hallada en un rincón, cuando una antorcha muy maltratada por la lluvia, pero viva, pasó por fuera sin detenerse, alguno de ellos debió soltar un grito ahogado por la impresión, porque la sombra que sostenía la antorcha le oyó y se detuvo para asomarse dentro. Se paró en la entrada completamente muda con una antorcha moribunda en una mano que iluminaba lo que parecía ser el cuerpo delgado de una mujer joven cubierto con un vestido empapado, pero sin voz ni rostro. Cuci pensó en lo fastidioso de tener que enfrentar otra aldeana histérica como las que le habían tocado en el ataque anterior, de esas que solo chillaban cada vez más fuerte mientras lanzaban golpes sin mirar a donde, pero en seguida se dio cuenta de algo más inquietante, la chica, estando totalmente empapada, no sufría en lo más mínimo con la lluvia. Emma arrojó la antorcha casi a los pies de Cuci, la pequeña llama que quedaba iluminó tenuemente las figuras de tres soldados, dos rimorianos y un cizariano, pero también lo que la muchacha sujetaba en su otra mano, que era una extravagante espada cubierta de pinchos, tan rara como el arrepentimiento mismo. Cuci recogió la antorcha antes de que muriera y con ella encendió la mecha de la vela de sebo que llevaba rato tratando de encender. Si tenía que pelear allí, prefería hacerlo con algo de luz, no había nada más tonto que una pelea a oscuras. Así le habían dicho.



Para Emma, aquel era el primer enfrentamiento con espadas de su vida, o de lo que era su vida, pero aun así ya no podía sentir miedo ni aunque quisiera. El rimoriano que no era Cuci atacó primero, un tipo harto de todo, que solo pensaba en sobrevivir y sacar provecho con cualquier cosa de valor que pudiera rapiñar en el proceso, más o menos como cualquier rimoriano hasta la coronilla de Cízarin. Pensó en solo aprovechar su posición ventajosa y dejarle caer un contundente bastonazo en la cabeza a la mujer para así evitarse cualquier riesgo. Éste, tenía una espada, pero consideró pertinente usar un garrote común y corriente con aquella chica, como para darle la oportunidad de aprender algo. Emma recibió el golpe, bastante violento sin duda, pero ni se quejó, lo que hizo que el hombre dudara de su propia fuerza y del bastón que había usado, luego, sin técnica ni habilidad, que no tenía, pero con fuerza y determinación, atravesó con la hoja de su espada cubierta de pinchos el vientre del hombre del garrote en la mano, mirándolo a los ojos, como se mira algo cuando uno quiere que ese algo se quede guardado en la memoria, hasta que las fuerzas del hombre se agotaron y la gravedad hizo que la chica tuviera que retirar su espada, no sin un poco de esfuerzo debido a las mismas púas que se aferraban a la carne de su víctima. Para Cuci, ese no era un amigo, pero era un colega rimoriano, y los rimorianos eran gente que debía apoyarse y protegerse entre sí porque nadie más lo haría, por lo que, dando un grito de lo más innecesario, atacó a la chica dejándole caer su espada sobre la cabeza y que Emma detuvo interponiendo su brazo sin que eso le provocara ni una mueca. Fue un buen golpe que bajo otras circunstancias hubiese amputado un miembro limpiamente, pero aquí solo había cortado carne porque el hueso resistió como una rama seca resiste el golpe del hacha. Cuci se quedó congelado, con su espada clavada al brazo de una chica que lo miraba como si acabara de insultar a su madre, esperando por no sabía qué. El golpe le entró por el costado, la parte blanda del torso bajo las costillas. Malagonía se encarnó con facilidad e hizo mucho daño con los pinchos al ser retirada, para volver a golpear casi donde mismo de nuevo, entrando más profundo esta vez. Cuci cayó de rodillas pensando en cuan inútil se podía ser para ser derrotado y asesinado por una chica con menos carne en los huesos que un lagarto, pero ahí estaba, muriendo mientras ella ni siquiera sangraba de su herida. El tercer soldado, el cizariano, simplemente desapareció en cuanto notó que los dos que lo acompañaban eran rimorianos.



Cerca de ahí, los que podían huir, huían, si no eran alcanzados por la ola de bosgoneses sanguinarios que masacraba con saña ciega a todo aquel que caía en sus manos, hasta borrarles cualquier rastro de vida del rostro; pero un hombre sin armadura, cubierto con una capa de tela basta y armado con una espada gigante les plantó cara, solo para darles tiempo a algunos de sus compañeros que intentaban escapar con vida de ese nuevo desastre. Demirel luchó con valor, tanto contra la lluvia, como contra la jauría de enemigos que pronto se reunió a su alrededor para doblegarlo, y aunque Gindri luchó con la misma furia de siempre a su lado, los ataques que le cayeron de todas partes terminaron por derrotar a su amo, haciéndolo hincar una rodilla en el barro y finalmente separar la espada de su mano. La lluvia le escocía la piel, y el saberse vencido le hería más que la muerte inminente que le rodeaba; pero pronto acabaría todo y lo haría sin sentir vergüenza ni miedo, honrando su oficio y a su espada hasta el final, y sin pedir nada que él no estuviera dispuesto a ofrecer. Esperó el golpe de gracia con serena dignidad, pero entonces, un mazazo en la nuca que no vio venir le apagó los sentidos y todo terminó.


León Faras.