miércoles, 4 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

126.



Para el mediodía la ciudad ya estaba tomada sin ningún tipo de resistencia. Los bosgoneses que quedaban se mantenían alejados y dispersos, sería un día tranquilo. Fagnar ordenó descansar a la tropa pero mantener una guardia de vigilancia y los Tronadores listos para actuar ante la menor señal de insurgencia; mandó a un pequeño grupo a preparar el rancho para darle de comer a los soldados y ordenó a uno de sus capitanes, Váspoli, un recuento de los muertos y heridos dentro de su ejército. Váspoli hizo su trabajo, los números eran ridículamente bajos: treintaidós heridos, aunque la mayoría de ellos todavía podía pararse y sostener una espada; dos amputados, uno de una pierna y el otro de un dedo, según dijo este último, fue mordido por un bosgonés. Y tan solo cuatro muertos: tres rimorianos, y un cizariano que al parecer se posicionó mal y fue embestido por el proyectil de uno de los Tronadores en el pecho, el incidente aun era confuso pero según los testimonios de los vivos, el tipo estaba borracho e ignoró las advertencias, sin embargo, hubo otro incidente reportado que llamó la atención más que todos los anteriores, y era la pronta desaparición de un soldado rimoriano del que no se supo nada hasta la salida del sol, cuando, por iniciativa de sus propios compañeros que lo buscaron, le encontraron muerto y comido, completamente vaciado, como si todas las aves carroñeras del mundo lo hubiesen atacado a la vez, alimentándose de su carne y sus tripas, dejando solo los huesos y media cara para reconocerlo, lo cual era muy difícil de imaginar, pero no tenían otra explicación, de todos modos, a Fagnar sólo le interesaban los números, no las anécdotas,



Ese mismo nefasto día para toda la gente de Bosgos, era un gran día para Dan Rivel, que iniciaba desde abajo y con todo el espíritu, el oficio de carbonero. Resulta que, dejando Bosgos luego de concluir sus negocios con Bacho, se encontró con unos carboneros en el Bosque Muerto, los únicos, al parecer, en ese enorme lugar; un anciano casi ciego llamado Barros y otro no tan viejo, pero tuerto, llamado Gan, que a pesar de verse en pésimas condiciones, lo invitaron con toda amabilidad a compartir su puchero, un guiso de pellejo de cerdo y verduras de lo más sabroso y a tener una de las charlas más civilizadas que había tenido en mucho tiempo, como si esa gente con aspecto de pordiosero tuviera más educación que la mayoría de los que viven en ciudad, aunque más que educación fuera simple cortesía. No tuvieron reparos en introducirlo en el oficio, alegando que la materia prima era extraordinariamente abundante y que todo el carbón del mundo que pudieran hacer era simplemente insuficiente para alimentar todas las fraguas de Rimos, el único trabajo era transportarlo y para eso tenían los burros, y hasta una carreta que manejaba Petro, el otro miembro del clan, el que en ese momento no estaba. Siguiendo el ejemplo y las instrucciones del señor Gan, Dan Rivel hizo su primer horno de carbón, construido con la misma leña y cubierto todo de barro, dejando una entrada para la mecha que lo encendería, luego de eso, solo debían vigilar que no aparecieran entradas de aire que estropearan el proceso o al final sacarían pura ceniza y nada de carbón, pero eso lo hacían entre todos, turnándose; incluso el señor Barros se quedaba a veces solo vigilando los hornos durante horas, aunque se supone que no veía ni un pimiento, sin embargo, hasta ahora siempre lo había hecho bien. Petro era el hijo del señor Barros, un tipo seco y rudo como un poste, pero increíblemente más aseado y de buen aspecto que los otros, Dan concluyó que se debía a que era el encargado de las entregas y por eso cuidaba tanto de su imagen. El tipo, que era desabrido como el saludo del suegro que recién te conoce, aunque siempre respetuoso, como su padre, lo animó a que partiera trasportando su propio carbón en burro, y que montara amistad con los herreros, de esa manera y ahorrando dinero, en poco tiempo podría armarse su propia carreta como lo hizo él. De él aprendería Dan a diferenciar a los buenos clientes de los malos, a premiar a los primeros con lealtad y buenos precios y a enderezar a los segundos sin apenas tener que abrir la boca. Ese día, mientras Bosgos era despedazado, Dan Rivel hacía su primer viaje con carbón a Rimos, el primero de muchos, comenzando así su vida de comerciante y transportista.



Vamos a hacer esto ahora… He estado mucho más que una noche sin dormir…” Comentaba Yádigar, con suficiencia y medio bostezo contenido, como si alguien estuviera preocupado por su descanso. Musso lo seguía, aún le parecía un charlatán, pero aun así había charlatanes que podían ser útiles. Cana, la mujer muda, también los acompañó. “¿Han pasado una noche en el Bosque Muerto? Esa sí que es una larga noche sin dormir…” Continuaba hablando Yádigar sin poner atención al gesto de hastío de la mujer, como pensando: “Estos estúpidos rimorianos y su estúpido bosque muerto.” Yádigar los guió hasta un almacén prácticamente vacío, donde no había más de diez barriles pobremente custodiados, un sitio que no parecía en absoluto relevante. “Aquí es donde se guarda la cerveza traída de Velsi, más de una centena de barriles transportados en caravana y custodiada siempre por los mismos imbéciles que se beben su parte por el camino, sacándole un par de vasos a cada barril, imaginando que nadie lo  notará. No podemos matarlos ni reemplazarlos, porque se darían cuenta de inmediato.” Cana hizo un gesto y Musso lo interpretó. “¿Cuantos carros son en la caravana?” “Al menos cuatro.” Respondió Yádigar. “¿Cuantos hombres por carro?” Preguntó Musso y el otro le dijo que eran solo dos por carreta, pero luego estaban los guardias a caballo que eran casi siempre nueve. Musso se quedó pensando un rato. “El camino de Velsi hasta aquí, es bastante largo, y hay muchas historias de caravanas enteras que se desvanecen en la niebla…” Yádigar lo miró como a un tonto diciendo tonterías. “¡Se supone que queremos envenenar su cerveza, no robársela!” Musso parecía bastante conforme con su razonamiento. Se encogió de hombros. “Sí, pero si todos mueren será más fácil poner el veneno, ¿no?” Dijo, y Cana estaba de acuerdo.



León Faras.

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