lunes, 4 de mayo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

131.



Y recuerdas que la tía Luba siempre te decía que no servirías para parir. Mírate ahora, con dos hijas grandes y siendo todavía joven como para tener alguno más, ¿no?” Comentó Yádigar sonriendo, tratando de alabar la familia de su hermana y su capacidad reproductiva, pero Teté más bien sonrió incómoda, para luego admitir que aunque esas dos mujeres eran hijas suyas tanto o más que si las hubiese parido, en realidad ella no había logrado dar a luz ni un solo hijo vivo de todos los embarazos tenidos en su matrimonio. Yádigar se sintió tonto, como cuando uno se da cuenta por sí solo que ya ha bebido demasiado, porque eso era algo que él debería haber sabido. “Ella me cuidó desde que tengo memoria. Para mí ella ha sido mi única mamá.” Confesó Rubi sin esfuerzo, su tío asintió dando por ciertas cada una de sus palabras, pero entonces tuvo un presentimiento muy extraño. “¿Y Falena?” Preguntó. Fue curioso para Teté que él llamara a su hija por su nombre como si la conociera, pero no lo expresó, solo se limitó a responder. “¿Cómo? ¿Es que acaso todavía tienen a la princesa bajo tu cuidado?” Preguntó su hermano, incrédulo. Era lo que Yádigar se temía, la chiquilla que había conocido arriesgando el pellejo a altas horas de la noche y que ahora había visto partir acompañada de un pelele quién sabe hacia donde, era la mismísima princesa de Rimos, la hija única del rey Ovardo y su esposa, la princesa Delia, la única con legítima autoridad para reclamar ese trono algún día, y andaba por ahí suelta como los pollos, sin más cuidado que el suyo propio. “Ella ya no es una princesa, Yadi, es solo mi hija, y no hay ningún trono que reclamar, por eso la dejaron conmigo.” Le contestó Telina con calma y voz clara, apoyada por la inflexible mirada de Rubi que no admitía lugar a dudas y certificaba cada una de sus palabras. Yádigar se reclinó en su asiento y asintió. No estaba allí para discutir con la poca familia que le quedaba, pero como él, habían muchos dispuestos a albergar la esperanza de libertad para Rimos mientras esa niña estuviese viva. Y lo estaba.



Tienen a los mejores fabricantes de venenos aquí. ¿Para qué cuernos me quieren a mí?” Reclamó el viejo Migas una vez comprendió para qué lo habían mandado a buscar, mientras su perro y la cabra Cicuta se olfateaban reconociéndose como aliados. Gilda se le acercó señalando el horizonte. “Los mejores no bastan para envenenar la lluvia…” Le dijo, sugerente, halagándolo en el proceso. Migas pestañeó forzando los párpados unas cuantas veces y mirando los nubarrones que se acercaban, como sopesando sus opciones, luego le echó un vistazo a Dudú que lo miraba expectante a su lado. La chica, le recordaba un poco a Nimir y a ese insondable pozo de ignorancia que podía verse en sus ojos. “Envenenar la lluvia es la parte fácil, sólo hay que conocer las cantidades correctas de los ingredientes correctos y mezclarlos adecuadamente, lo difícil es evitar que el viento obre en tu contra, lanzándote toda tu ponzoña encima.” Advirtió Migas con seriedad profesional. “El viento será nuestro aliado.” Afirmó Gilda, sosteniendo la mirada del viejo durante varios segundos, como si ambos pudieran transmitirse cierta información sin decir palabra, hasta que Migas aceptó. “Haré las mezclas, le daré mi consejo a quien me lo pida, pero luego me iré. Tengo asuntos personales que atender.” Gilda sonrió con su dentadura absurdamente perfecta. “Con eso será más que suficiente.” “Ah, y consigan brea, de la que usan los pescadores para sellar sus botes…” Añadió el viejo antes de ponerse a trabajar. Gilda y el resto lo miraron sin entender, ellos tenían pensado usar el aceite de las lámparas para encender los fuegos. ¿Para qué querían brea? Además, nadie tenía botes en Bosgos, lo más cercano era en la aldea de Cipiolo pero esos parias eran pura gente rara que no se mezclaba con nadie, no vendían ni compraban nada, viviendo solo de lo que ellos mismos producían. Migas los miró con paciencia. “Cuando el veneno haga efecto, ustedes tendrán que salir con sus cuchillos y mazos a rematar al enemigo o la mayoría de ellos simplemente huirá para regresar cuando la lluvia termine y acabar con el trabajo. La brea los protegerá de la lluvia y su veneno.” “Yo me encargo.” Anunció Berno, aún tambaleándose al caminar como si el alcohol se negara a abandonar su cuerpo. “Esa gente puede ser celosa y desconfiada como la muerte, pero hay algo por lo que intercambiarían incluso a sus propios hijos…” Berno rio como si acabara de decir algo tan gracioso como obvio, por lo que ni siquiera se molestó en aclarar.



Por su parte, Demirel sospechaba que algo raro sucedía. Pulía el filo de Gindri con una piedra mientras observaba con sus ojos diminutos la aparente pasividad con la que la gente de Bosgos se había tomado la destrucción de su ciudad. “No tienen miedo… no después de ver esa estrella en el cielo.” Comentó Yurba a su lado, como uno de esos espíritus ruines que envenenan la mente de los mortales con susurros malintencionados, mientras se hurgaba los dientes con un palillo. “Nos van a devolver el golpe, ya lo verás, y no vamos a poder responder.” Advirtió confiado, presumiendo de saber lo que todos sabían que no podía saber, mientras escudriñaba el cielo buscando alguna señal misteriosa. Demirel no respondió, prefería alimentar sus propias conjeturas, aunque las de Yurba no estaban tan disparatadas esta vez. Tibrón y Váspoli, quienes también estaban allí, mantenían su propia cháchara insustancial sobre lo mal que cocinaba Elsa, la esposa de este último, y lo bien que éste lo sabía disimular, cuando un trueno lejano los silenció a todos. No se trataba de ningún Tronador esta vez, sino solo la vieja y confiable madre naturaleza recordándoles que se acercaba en forma de lluvia.



No era un trueno especial, ni el primero que oían en sus vidas, pero para muchos de los soldados que descansaban a esa hora, les sonó como una terrible advertencia que no debería ser ignorada.



León Faras.