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martes, 15 de enero de 2013

Lágrimas de Rimos. Primera parte.


X

Luego de cruzar la llamada ciudad baja de Cízarin, Dan y su carreta se dirigen al extremo del cerro donde comienza el camino en espiral que los llevará a la ciudad alta y al castillo, la mujer que lo contrató viaja a su lado sentada muy recta, con la boca cerrada y con la vista inmutablemente hacia delante. Un puesto de guardia los detiene antes de iniciar el ascenso, la mujer saluda por su nombre a uno de los soldados, mientras el otro autoriza el paso sin mayores preámbulos, el camino es de madera, tablas que descansan sobres vigas que a su vez se apoyan en la pared del cerro por un extremo y en robustos pilares por el otro, los cuales se superponen unos a otros hasta la cima, la pendiente no es demasiado inclinada, pensando en que los coches tanto suben como bajan cargados por ahí, y el ancho es suficiente como para dos vehículos a la vez, de esa manera se evita el predicamento de que se toparan uno subiendo y otro bajando. Aunque no muy lujoso el camino hace alarde de los recursos con los que cuenta la ciudad, pues el trabajo invertido no deja de ser importante. Cierta sección del camino está reforzado con vigas de metal, justamente la que pasa por debajo de las enormes correas que transportan agua hasta la cima, debido al constante goteo que deteriora peligrosamente el material. Al llegar a la cima el camino termina en una cerrada curva que desemboca en una vía pavimentada de piedra gris clara que se desplaza con destreza entre la hermosa y tupida vegetación guiando a los visitantes hasta el patio interior del castillo por un acceso en la parte posterior. Los guardias de esta zona son bastante más displicentes al encontrarse ya en la última esfera de seguridad. El coche se detiene, la mujer se baja con garbo y se dirige hacia una puerta caminando muy recta, como si llevara algo sobre la cabeza que no quiere botar, luego de abrirla, le indica al cochero que las cosas que trae debe depositarlas ahí, y se retira, según dice, por unos minutos, Dan Rivel comienza su trabajo refunfuñando, pues esperaba recibir alguna ayuda para descargar los víveres. Al cabo de un rato cuando ya casi termina, la mujer regresa y le entrega una bolsita de cuero con monedas en su interior, Dan, bastante cansado la recibe e inspecciona, el dinero es suficiente pero la verdad esperaba más debido a la urgencia y lejanía del trabajo, sin contar la, a su juicio, pésima compañía que había debido soportar durante el trayecto, sin embargo la mujer está satisfecha, “lo has hecho bien, te permitiré, si quieres, que te lleves algo de material de la bodega, seguro conseguirás un buen precio por él con los herreros”, sin esperar respuesta, la mujer se dirige hasta una empinada escalera de piedra adherida al muro en un rincón interior del castillo, y sube hasta una solitaria puerta, una vez arriba, le hace señas con algo de impaciencia al hombre para que se acerque, quedándose ella afuera debido a la exorbitante cantidad de polvo y telas de araña que abundan en el interior, el cochero ingresa y la mujer le muestra un candelabro para que lo use, advirtiéndole por supuesto, que no es parte de las cosas que se puede llevar. Dan Rivel, con la ayuda de la tenue luz de las velas inspecciona el lugar, de primera sin mucho entusiasmo, pero de a poco comienza a interesarse, le llama la atención una pechera de armadura con una grotesca abolladura en el medio, como si hubiese sido golpeada por un enorme puño o algo peor, en su imaginación dilucida por unos segundos el aspecto probable en que terminó quien la llevaba puesta. Hay bastantes cosas que puede llevar y vender, en el suelo a su izquierda descubre un bello casco inusualmente adornado, que seguramente perteneció a alguien importante, al tomarlo, el yelmo revela una profunda herida que recorre desde la mollera hasta el ojo derecho, producida por una gran espada o tal vez un hacha, Dan lo toma con una mueca de actuado dolor, pero al enderezase se da un terrible cabezazo contra una repisa que lo hace encogerse nuevamente tomándose la cabeza con ambas manos y soltar todo lo que en ellas sostenía, de la repisa también caen un montón de cosas provocando un poco decoroso estruendo. Luego de escupir todos los insultos que se le vinieron a la mente y de tragarse la rabia, Dan, aún sobándose la cabeza, se agacha para coger el candelabro al que le quedó solo una vela encendida, pero antes de hacerlo, nota la presencia de una piedra de color negro, como del tamaño de un puño y labrada en forma de lágrima que parece titilar a la tenue luz de la vela a su lado, la toma y la estudia con interés, “No lo puedo creer, una de esas “gotas” de piedra de las que el viejo cojo habló, ¿Cuántas eran?...¿tres…?…” dijo con una sonrisa espontánea que por un rato le desvió del dolor del golpe. Muy cerca de aquella piedra Dan encontró la caja de madera en la que estaban guardadas sobre la repisa, la caja, boca abajo escondía una segunda lágrima que el hombre guardo en sus bolsillos junto con la primera, luego comenzó a rebuscar la tercera hasta hallarla en medio de unos baúles hasta donde había rodado, una vez guardadas, el cochero devolvió la caja a su lugar, esta vez vacía y comenzó a cargar su carreta con metales reciclados guardando su inesperado botín bajo el asiento, para luego retirarse del palacio sin ningún tipo de contratiempo, llevándose las lágrimas negras con él.

Fin de la primera parte.

León Faras.

lunes, 23 de abril de 2012

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

IX.

Para cualquier persona con una mínima sensibilidad ante el arte y las cosas bellas, llamar “Palacio” al Palacio de Rimos, es como comparar las finas notas de un violín con el tosco graznido de un pato, ya que dicho edificio no deja de ser una aglomeración de cavernas artificiales, agujeros en la tierra similares a los que usó el hombre en sus orígenes, ambientes secos, polvorientos y oscuros, sucios y cláustricos. Claro, tiene cualidades que pueden considerarse positivas, austeridad, imponencia, eficiencia, no deja de ser el colosal producto de un colosal trabajo, pero llamarlo “Palacio” resulta del todo inadecuado. Pero una cosa sí que es innegable, el lugar no podría ser más idóneo como casa de la decadente realeza que sostiene este incurioso reino, es evidente que es digno estandarte de este pueblo y su gente. 

 Dimas reposa sentado, pensativo, en una habitación externa del palacio donde probablemente ha estado toda la noche, un amplio salón con una única entrada, y sin conexión con el resto del castillo, ocasionalmente utilizada en agitadas celebraciones, en las cuales abundan el alcohol y las mujeres, además de los sempiternos juegos con apuestas, una combinación letal para aquellos hombres que con algo de dinero y algo de ingenuidad, se dejan arrastrar y seducir hasta el punto en que pierden todo lo que tienen, y aún peor, pierden lo que no tienen, acumulando angustiantes deudas de las cuales es muy arriesgado querer escapar, y que solo deben pagar de cualquier modo, provocando terribles dramas y quiebres familiares, con sus naturales consecuencias, de esto bien pueden hablar las muchas mujeres que trabajan en el lugar sólo para pagar deudas de padres y esposos, a cambio de irrisorias ganancias que cubren porciones ínfimas de las deudas contraídas, infinitando su estadía como servidumbre y todo lo que esto significa. Una de estas mujeres se dirige al cuarto donde el príncipe de Rimos se encuentra, lleva en sus manos un lavatorio de madera con agua para que Dimas se asee, este permanece sentado, restregándose sus agotados ojos víctimas del insomnio que provocan los insolubles problemas de su tambaleante reino, al sentir los pasos de la mujer que se acerca, le dirige una mirada con sus ojos húmedos y magullados, se ve cansado, cabreado, la mujer duda, Dimas con un gesto poco amable le da a entender que no se detenga, a ella no le agrada, es nueva y no está acostumbrada a soportar tratos ingratos gratuitamente, no en vano a desechado varios trabajos anteriores no sin soltarle lo que pensaba a sus pasados jefes y también a un par de novios que no supieron tratarla como debían, pero ahora es distinto, a oído un par de cosas sobre el hombre sentado enfrente, que la han obligado a sofocar la zona más rebelde e intransigente de su carácter, manteniéndola contenida, tensa, incómoda, no le agrada, pero ¿qué puede hacer?, ella es la única prenda de pago de su endeudado padre, solo pensar que este es el principio del resto de su vida le provoca una angustia tal, que siente que envejece diez años en un par de minutos, sabe que no está hecha para esto, sabe que no soportará para siempre. “No te he visto antes, ¿Cuál es tu nombre?”, la mujer mantiene el entrecejo fruncido y la vista esquiva, no le interesa iniciar una conversación, “Rúia”, responde con indiferencia, “¿Cuál?”, Dimas oye perfectamente, la mujer le clava su mirada en los prominentes e impasibles ojos de él, pero al instante desvía la vista, “Rúia”, repite con calma procurando ser oída con claridad esta vez, Dimas se lava la cara con brusquedad, como deshaciéndose del cansancio acumulado “¿Qué clase de nombre es ese?, ¿De donde eres?”, la mujer comienza a sentirse incomoda, incluso algo ofendida con el interrogatorio, “Yo soy de Rimos, pero mis padres y los padres de mis padres, son de Velsi?”, “¿Velsi?, ciudad de sicarios”, “los sicarios están en todos lados, no solo en Velsi”, Rúia responde atropelladamente, tratando de justificar la reputación de su lugar de origen, a pesar que nunca vivió allí, “como sea, es una ventaja que seas mujer, porque no hay mujeres sicarios ¿sabes por qué?”, la mujer no es tonta, reconoce una pregunta capciosa cuando la oye, sabe que no hay más respuesta que la que Dimas tiene en mente, por lo que mantiene la calma, “no…” responde evidenciando su desinterés por la respuesta, “porque las mujeres no pueden matar a nadie, a veces le sobran ganas, pero no tienen la capacidad, hay algo en su ser que lo evita…claro, pueden haber excepciones pero son muy pocas y muy fáciles de reconocer” concluyó Dimas al tiempo que se retiraba del salón, mientras se secaba las manos y los brazos con un trapo, que desechó antes de salir, Rúia se quedó allí mismo, con la idea de que por esta vez no había salido tan mal parada de su encuentro con el príncipe de Rimos. Por otro lado, Dimas se quedó con la idea de los rentables asesinos de Velsi dando vueltas en su cabeza, una cofradía de individuos desperdigada por todas partes, dispuesta a segar la vida de quien sea a cambio de una pequeña fortuna. Tipos normales, que se dedican al pastoreo, a las armas o a manejar un negocio, pero que, paralelamente, siguen un estricto código de normas y un arduo y cuidadoso entrenamiento para realizar su trabajo con asombrosa eficacia y limpieza, de hecho, una vez realizado el trabajo todos saben que ha sido un asesino de Velsi, pero nadie sabrá nunca la identidad de dicho asesino o de aquel que lo contrató, es la primera ley de esta institución, y su rompimiento convierte automáticamente al ejecutante en objetivo, lo mismo si se osa revelar la identidad de algún colega. La forma de operar es simple, una vez contratado el servicio, se contacta al sicario que esté más próximo al objetivo, pero no solo en distancia, también próximo en lazos emocionales, la eficiencia con la que operan depende muchas veces y en gran medida de estos lazos, no es raro que algún sicario deba eliminar a algún pariente o amigo, y luego de hacerlo que llore la perdida, por lo mismo muchos de estos individuos operan lejos de sus lugares de origen, pues todos conocen las leyes y todos saben a lo que se exponen si las rompen. Dimas se pregunta, si estos tipos tendrán algún problema en asesinar a un rey.


León Faras.

jueves, 19 de enero de 2012

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

VIII.


El  otero de Cízarin, aquel cerro que domina, solitario, las inagotables llanuras,  no es similar a otros cerros, su forma no es cónica, sino más bien tubular, es decir, su base y su cima son más o menos del mismo diámetro, como si hubiese sido empujado desde abajo. Su circunferencia es tierra y roca desnuda, pacientemente labrada por la erosión, salvo por escasas especies vegetales forzosamente adaptadas para vivir en un ambiente totalmente vertical. Pero su cúspide, se podría decir que es casi por completo una selva, casi, porque aquí fue construida una pequeña porción de la ciudad, la más lujosa y ornamentada, rematada por el no menos impresionante castillo de Cízarin, una construcción rectangular con un amplio patio interior, donde la vegetación nativa convive con un leve y delicado urbanismo, donde se mezclan añosos árboles con senderos pavimentados, finos asientos de piedra con enredaderas atrevidas y vigorosas, trabajadas piletas donde el agua fresca nunca se detiene de correr con pequeños arbustos de tronco torcido y ramaje denso, tierra negra y fértil con losa blanca y acérrima. El palacio cuenta con tres pisos, todos ellos un alarde de artístico lujo, y está fijado sobre una formidable plataforma formada de piedras hábilmente acomodadas que en su parte frontal mide lo mismo que uno de los pisos, y está escoltado por sus características doce torres. La escalera que nace en su entrada se conecta con las partes más altas de la ciudad ubicada a los pies del otero, la cual reposa apoyada en este, como si uno pretendiera sostener al otro. Esta es una de las formas de acceder a la ciudad alta, pero es solo peatonal, para cualquier vehículo es imposible llegar por el frente, para ellos se construyó un firme camino de madera sostenido por vigas, que rodea el otero unas ocho veces en espiral hasta alcanzar la cima por uno de sus costados.

Dos increíbles ruedas de madera giran incesantemente, propulsadas por el infatigable río Jazza, conectadas por un poderoso eje a un complicado mecanismo formado por engranajes que asemejan toscos y desproporcionados timones de barco construidos de durísima madera, los cuales mueven una gigantesca correa provista de tiestos que, luego de sumergirse en las aguas, recogen porciones de estas y las empinan hasta las partes más altas de la ciudad construida sobre el cerro, para depositarlas en una piscina desde la cual, por venas subterráneas, se alimentan las numerosas piletas de la ciudadela, desde donde el selecto grupo de habitantes que vive allí, se provee del vital elemento. Para el resto, cuyo puesto social o económico no les permite morar en las alturas, deben conformarse con los canales que distribuyen el agua en la ciudad baja, o en su defecto, contratar los servicios de la abundante mano de obra que habita los suburbios para que se la traslade al lugar requerido, entre ellos el siempre dispuesto Dan Rivel. Este se desplaza por uno de los callejones de la bella ciudad, rumbo a la arteria principal, el lugar donde el comercio se concentra, siempre en busca de formas de ganar dinero, aunque esta vez su prioridad es otra, desayunar, lo cuál no es problema en Cízarin, una ciudad acostumbrada a recibir visitas, sobre todo caravaneros y comerciantes que después de largos viajes para conseguir y transportar sus productos, llegan con la intención de recuperar sus fuerzas y como hay gran demanda también la oferta ha crecido, pudiendo encontrar locales destinados a colmar cualquiera de las necesidades del hombre y en una variedad inverosímilmente ajustable a casi cualquier presupuesto. La avenida es ancha, con un notable y constante tránsito de personas y vehículos y desemboca en una plaza siempre atestada de gente de todas las condiciones preocupadas todas ellas de hacer una de dos cosas, comprar o vender algo. Por todas partes hay vendedores tanto establecidos como ambulantes, que con estridencia se hacen escuchar por sobre el omnipresente alboroto, pudiendo encontrar casi cualquier producto o servicio que se necesite, desde lo más básico a lo más exclusivo o desde lo más módico a lo más opulento. La constante presencia de soldados patrullando a caballo y a pie, hace que las transacciones se realicen con cierta confianza, además de la existencia de un grueso poste erguido en medio de la plaza en el cual, de tanto en tanto, aparece algún pobre infeliz atado a este de incomodísima forma, de rodillas con una corta  cadena sujeta desde una estaca en el suelo al cuello y los brazos atados a la espalda por una cuerda dirigida a la punta del poste que es forzada levemente hasta producir un pequeño pero constante dolor en los hombros, a pleno sol y a vista y paciencia de todo el mundo, castigo que puede durar varios días dependiendo de la gravedad del delito o de las influencias del afectado y que durante el cual, el condenado no recibe ningún tipo de ayuda o suministro. El respetado poste tiene capacidad para castigar a cuatro hombres a la vez, aunque rara vez es utilizado en su totalidad, su sola presencia es suficiente para desincentivar a los más desesperados o más estúpidos, porque el trabajo en Cízarin, no es problema. Todo esto es parte de la política de Cízarin, enfocada a mantenerse como el paraíso del comercio, donde puedan moverse con seguridad las riquezas de los visitantes y mantener la particular forma de vida de su realeza.

Dan Rivel se detiene frente a un estrecho y largo local de comida rápida y barata, cuyo dueño conoce hace mucho. Apetitosos vapores escapan del lugar, atravesando la grasienta celosía sobre el dintel, vapores que impacientan el sistema digestivo del joven carretero y que compiten en el ambiente con los perfumes que emanan del local contiguo, una casona de dos pisos que refleja una innegable pujanza económica, y un notable gusto enfocado a satisfacer los sentidos, un prostíbulo, cuya calidad se evidencia no solo en la fachada del edificio, sino también en el hecho de que las mujeres no están a la vista, de hecho, el primer piso carece de ventanas en su frente y la única entrada da de inmediato con una escalera que conduce al segundo piso, cualidad estructural muy popular en este tipo de locales, es decir, mientras menos categoría tenga el burdel, más expuestas están las mujeres que ahí trabajan, hasta llegar a aquellas que ofrecen sus servicios directamente en la calle.

A esa hora de la mañana la clientela es escasa, por lo que encontrar un buen sitio en aquel estrecho lugar es fácil. La comida no puede jactarse de ser nutritiva o equilibrada pero algo sí puede asegurar, que las tripas no volverán a protestar hasta dentro de un buen rato, y para Dan, eso es todo lo que cuenta. Al cabo de una corta espera, una tortilla horneada y rellena con una indescifrable y humeante mezcla de ingredientes fritos pero de un aroma innegablemente apetitoso, aterriza frente al hambriento carretero, este, luego de sobarse las manos con una sonrisa de satisfacción, la agarra con cuidado, como si temiera despedazarla, y se la acerca a la boca, abierta más allá de las capacidades naturales de esta, pero en el momento en que sus salivosas mandíbulas se iban a cerrar, una mujer de mediana edad aparece en la puerta del establecimiento y se dirige al dueño de este, “Disculpe señor, ¿Quién es el dueño de la carreta que está afuera?” dijo, apuntando el vehículo de Dan, el  hombre, sin decir palabra y sin quitarle la vista de encima a la mujer apuntó a su lado, al delgado y desgarbado hombre que trataba de masticar un enorme y jugoso trozo de tortilla, Dan depositó amorosamente su desayuno en su plato y le hizo señas a la recién llegada apuntándose a si mismo y limpiándose con la otra mano el aceitoso líquido que le brotaba por las comisuras, esforzándose notoriamente por tragar, Rivel se acercó a la mujer, esta tenía el aspecto de una campesina pero vestía bastante bien, era posible que tuviera un negocio y que le estaba yendo muy bien o que trabajara para alguien que le iba aún mejor, una de las cejas de la mujer se levanto involuntariamente al ver al carretero, quien llegó mostrando una amplia sonrisa, la mujer, sin sonreír, también mostró sus dientes pero apuntándose uno de sus incisivos, dándole a entender al joven que traía algo pegado a los suyos, Dan se los limpió, pero no volvió a sonreír, “Necesito que haga un trabajo para mí, ¿cree que pueda trasladar algunas cosas al castillo?”, la mujer ya no mostraba la misma amabilidad que cuando llegó, “¿Quiere que vaya con mi carreta a la ciudad alta?, tardaré toda la mañana en llegar allá”, “no le estoy pidiendo que vaya gratis, además si no puede buscaré a alguien que pueda”, la mujer dio media vuelta amenazando con marcharse pero Dan la detuvo, tocando levemente uno de los brazos de esta pero retirando su mano de inmediato, la mujer se dirigió una mirada a su manga como si un insecto hubiese hecho caca en su ropa, luego miró los aún aceitosos dedos del hombre, este, con una incomoda sonrisa, oculto sus manos tras de si, “disculpe, no, no, si claro que puedo, yo puedo trasladar lo que usted quiera adonde usted me lo pida, es solo que es un viaje largo y casi completamente de subida, ¿me entiende?, le saldrá un poco más  caro que…” Dan trataba de justificarse, para obtener un buen precio por su trabajo, “no se preocupe, son suministros para el castillo, se le pagará bien, si eso es todo lo que le preocupa, pero necesito que salgamos lo antes posible, ahora mismo” “sí, sí, por supuesto” Dan se dirigió rápidamente en busca de su desayuno para llevárselo consigo, dejó unas monedas sobre el mostrador y salió nuevamente, diligentemente montó en su carreta y le tendió una mano a la mujer para ayudarla a subir, pero esta le dio una mirada como si el hombre quisiera hacerle una broma de mal gusto, por lo que Dan solo se limitó a mirar hacia el frente, incómodo y esperar pacientemente a que su acompañante se instalara a su  lado por sus propios medios.




León Faras.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

VII.


Aquella mañana, tres experimentados jinetes descendieron del cerro en cuyo seno reposa Rimos, hasta llegar a la Pared Sur, una gigantesca muralla de roca laminada que parece fabricada por el hombre y que limita en todo su ancho con el bosque de Rimos, con la parte del bosque donde la muerte se posó y secó hasta las raíces aquellos, alguna vez, hermosos árboles, la parte del bosque más próximo al sepultado monasterio de Mermes. Luego de atravesar el bosque se encaminaron al oeste y continuaron hasta que el paisaje se volvió sobrecogedoramente inhóspito, una extensa llanura cubierta de rocas de todos los tamaños imaginables, como si una noche hubiesen caído desde el cielo en una mortal tormenta cuyas consecuencias están a la vista. Luego de un par de horas, Aregel se detiene sin razón aparente bajo la compasiva sombra de una piedra especialmente voluminosa, se apea de su caballo y otea su entorno, al tiempo que extrae un trozo de género de su manga con el cual seca el sudor de su rostro, Yurba se detiene tras él y sin bajarse del animal que lo transporta, observa a su alrededor con expresión de desconfiada curiosidad, como si no fuera posible que algo hubiera llamado la atención de Aregel sin que él lo hubiera notado también, -“¿por qué nos detenemos, pasa algo?”- pregunta casi malhumorado. Yurba es un hombre de unos treinta y tantos años, espalda ancha y fuertes brazos, su cuerpo tiene las proporciones de un enano pero su estatura es normal, aunque por debajo de la media, se podría decir que es una especie de “enano gigante” sin embargo, esta desventaja física la compensa con una avasalladora personalidad y una descompensada  confianza en sí mismo. Tiene un reducido espacio entre los ojos y una nariz pequeña y huesuda. Salvo por sus cejas no tiene un solo pelo en toda su piel visible. Usa una espada corta a su diestra y un hacha pequeña en la siniestra. -“Esperamos a alguien”- responde Aregel con indiferencia, luego le dirige una mirada a su calvo amigo y agrega con una apenas perceptible sonrisa –“No te preocupes, te agradará”-, el aludido vuelve la vista al horizonte nuevamente, con el ceño fruncido y su frente se satura de arrugas –“¿no habrás citado al imbécil de Motas verdad?”, Aregel le devolvió una mirada como si le hubiesen hablado en un idioma remoto y complicado, “¿Quién rayos es Motas?”, el pequeño soldado continuó como si nada “…ese sinvergüenza es capaz de robarte la ropa interior que llevas puesta sin que te des cuenta”, el viejo solo acentuó su expresión de incomprensión, pero no dijo nada. El poderoso caballo del tercer jinete se detiene alejado algunos metros, indiferente al igual que su amo al candente sol. Este último, llamado Tibrón es un hombre de mediana edad, físicamente enorme, como una bestia de tiro. Al contrario de Yurba es reservado y formal por naturaleza, parece permanentemente concentrado en los detalles de su entorno. Una profunda cicatriz recorre el lado izquierdo de su rostro desde la sien hasta el final de su pómulo, despareciendo en la espesura de su barba. De su cinturón cuelga una gruesa espada, y colgado a la grupa de su caballo lleva un escudo redondo del cual sobresale una aguda hoja de metal, un arma tan eficaz en la defensa como en el ataque. Aregel mira al cielo, debe ser medio día, un indescifrable sonido producido por Tibrón llama su atención, este apunta con todo su brazo hacia el sur, una silueta montada a caballo permanece inmóvil en el horizonte, Tibrón sabe quién es el cuarto jinete que esperan, pero aún no está convencido. Yurba con su acostumbrado desparpajo se apeó de su caballo para dirigirse a un lugar más alto, con ambas manos se construyó una visera para observar mejor al personaje recién llegado, con la esperanza de reconocerlo antes que sus colegas, una actitud exigida por su personalidad que a veces le juega malas pasadas. El rostro de este, siempre con expresiones que parecen exageradas, se mudó cuando en el horizonte aparecieron las siluetas de cinco personajes más, una ojeada al pétreo rostro de Tibrón no le ofreció ninguna respuesta ni consuelo, el aspecto de Aregel en cambio, le hizo comprender en el acto que aquellos visitantes no eran precisamente a quien esperaban. El grupo de desconocidos comenzó a acercarse, separándose entre sí como abanico, el personaje que estaba al medio, parecía ser el líder, y se detuvo justo frente a Yurba, desde ahí inspeccionó al reducido grupo de soldados, posando la mirada en Aregel, el único que llevaba el diseño característico de Rimos en su armadura, era un hombre joven, bastante joven, apenas tendría unos veinte años, parecía que se había afeitado la cabeza hace sólo algunos días y su cabello era una mancha gris en donde debía estar, “Creí que solo nosotros debíamos buscar fortuna en estas yermas tierras, no imagino que propósito conduce a unos soldados de Rimos a adentrarse en el desierto, salvo claro, que busquen alguna debilidad de la cual aprovecharse cómo es su costumbre…” Yurba le dirigió una mirada que por sí sola era más que suficiente para reproducir con bastante eficacia todo lo que pensaba con respecto a la opinión del recién llegado y compañía. Las palabras idóneas para expresar dichos pensamientos se agolparon en su mente y cuando tomaba aliento para largárselas a su engreído interlocutor una oportuna intromisión de Aregel lo detuvo, este sabía que su amigo era valiente y leal como nadie, pero que su pequeña bocota tenía el incómodo poder de transformar las situaciones, degenerándolas en inimaginables e innecesarios conflictos, “tranquilo Yurba, no necesitamos problemas”, el aludido se contuvo, pero no cambió su efusiva mirada, pues no le agradaba que le pidieran tranquilidad, porque aquello siempre significaba que había motivos para no tenerla. Aregel imaginó que aquellos hombres pertenecerían a alguno de los muchos pueblos que él y sus compañeros habían atacado sirviendo a Cízarin en el “Grupo de la vergüenza” probablemente Bosgoneses, de ser así deberían tener cuidado, Bosgos era famoso por sus venenos. “Cometes un error” respondió con calma, “no nos interesa el perjuicio de nadie…”. El joven líder sonrió con ironía “¿a sí...no te parece perjuicio suficiente pisotear pueblos desprevenidos y más débiles, para luego someterlos?” El viejo soldado de Rimos tragó saliva, sus sospechas eran verdaderas, la situación se volvía tensa, estaban en inferioridad numérica, y además aquellos hombres también estaban armados, debía recurrir a la sensatez y la diplomacia para salir lo mejor librados posible. Iba a intentar justificar lo injustificable cuando oyó un solapado pero deliberadamente audible comentario del perpetuamente inoportuno Yurba, que momentáneamente logró apagar los circuitos de su mente, “Una opinión venida de un grupo de asaltantes de caravanas,…je, tiene que ser una broma”, el comentario, cómo era de esperar, provocó la mirada de furioso asombro de todos, ante la estúpida muestra de irresponsable sarcasmo del bajo Yurba. Uno de los extraños bajó de su caballo con decisión y se dirigió, amenazante hacia este, “¡son perros arrogantes como ustedes los que nos obligan a actuar así!” el pequeño permaneció impávido, “si claro, y yo soy la reina de…” su respuesta se vio truncada por un violento empellón que lo hizo tropezar y trastabillar hasta estrellarse con una enorme roca en su espalda, pero antes de recuperar el equilibrio un pesado antebrazo cayó sobre su cuello y lo comenzó a estrangular, Tibrón descendió de su caballo llevando con él su respetable escudo, mientras que Aregel involuntariamente se llevó la mano a la cacha de su espada. Yurba estaba incómodo  y luchaba por zafarse, al mismo tiempo preocupado por no caer, pegando lo más posible su mentón al pecho para evitar la asfixia, en ese momento vio algo que lo hizo abrir sus ojos desmesuradamente, el hombre que lo sujetaba con un solo brazo, buscó con el otro en una cartuchera atada a su muslo, de donde extrajo un puñal de mango corto con dos argollas para introducir los dedos índice y medio y lo batió hacia atrás. El brillo que esta hermosa arma produjo al reflejar los rayos del sol, fue la señal que esperaban los dedos que, a algunos metros de allí, sujetaban una impaciente cuerda de arco, la cual fue por fin liberada, y envió su letal cargamento directo al costado izquierdo del casi verdugo de Yurba. Este sintió que la presión disminuyó considerablemente, lo suficiente para librarse del brazo que lo estrangulaba y con un poderoso empujón lograr la distancia necesaria para propinar una potente patada frontal que lo alejó momentáneamente del inminente peligro que corría, sin resuello y sobándose su magullado cuello, dirigió su mirada hacia la dirección de donde vino la salvadora flecha, justo en el momento en que venía una segunda saeta destinada a su enemigo pero en dirección hacia donde ahora se encontraba él, sólo providencialmente logró verla a tiempo para saltar hacia atrás y estrellarse nuevamente contra la piedra a su espalda, como si esta tuviera un poderoso imán para atraer hombres, con los ojos y los dientes  apretados al límite, Yurba no vio como la flecha pasó a escasos milímetros de él, para estrellarse contra otra roca y hacerse añicos. En tanto, Tibrón iba a ayudar a su colega, pero se detuvo al ver a otro de los hombres que se dirigía directo hacia él, corriendo con una espada en alto, gritando furioso y con una descompuesta y endiablada expresión en el rostro, el experimentado soldado lo aguardó, pero al contrario de lo que se esperaba, Tibrón no retrocedió para esquivar el desmedido ataque, sino que al tener a su enemigo a un par de metros, el enorme soldado dio un sorpresivo salto hacia delante poniendo su escudo frente a él, y provocando la misma consecuencia que tendría en un velocista, que en medio de la pista apareciera de la nada una pared de concreto a una distancia que haría imposible siquiera disminuir la velocidad, el desprevenido atacante cayó ahí mismo, inconsciente y con un hilo de sangre corriendo desde una de sus fosas nasales. Aregel, a pesar de ser un soldado con bagaje en el combate, veía con incredulidad cómo en menos de un minuto Yurba había estado a punto de morir, un hombre yacía en el piso herido con una flecha y otro yacía inconsciente, con Tibrón parado a su lado encogido de hombros, como justificándose. Paseó la vista por su entorno en busca de quien sabe qué otra cosa podía hallar, dio un respingo al toparse con uno de los hombres parado a su espalda, al parecer hace algún rato y que ni siquiera había oído, de las manos de este colgaban inertes dos enormes cuchillos que parecían más adecuados para trabajar en el campo que para el combate, Aregel lo miró intrigado, el tipo lo miraba también pero no se movía, los músculos de su mandíbula se veían tensos bajo la piel a ambos lados del mentón, sudaba, parecía estar soportando un gran peso que el viejo no podía ver, de pronto el hombre hizo un amague de ataque que obligó al soldado a ponerse en guardia, pero de inmediato se detuvo, como si quisiera derribarlo con la mente, como si luchara contra una fuerza invisible, finalmente el desconocido, haciendo lo que pareció un esfuerzo sobrehumano, se lanzó en un ataque salvaje contra el viejo, quien recién en ese momento desenvainó su espada y se preparó para repeler el ataque, pero al segundo paso el hombre pareció como si sus piernas se hubieran desconectado del resto de su cuerpo, sin fuerzas, se doblaron obligando al tipo a estrellarse violentamente contra el pedregoso terreno, sin que nada amortiguara su caída. En ese momento Aregel comprendió lo que todos los demás ya habían visto, aquel tipo tenía tres flechas trianguladas en un reducido espacio de su espalda, esa extraordinaria habilidad con el arco le resultaba familiar, redirigió su mirada hacia el líder de aquellos hombres quién aún estaba montado y tenía las manos medianamente alzadas, no para rendirse, sino para apaciguar a los hombres que le quedaban, “Bien, muy hábil, un arquero posicionado a nuestras espaldas que nunca percibimos, no sé cómo, pero ya está. No me gusta la derrota, pero la muerte inútil tampoco me complace, así que dejamos esto hasta aquí, o tendrán que matarnos a todos…” el viejo soldado de Rimos miró a sus compañeros y luego de nuevo al joven cabecilla de aquellos hombres, “Opino como tú y lamento la muerte de uno de los tuyos pues, te aseguro que nuestra situación es más similar a la vuestra de lo que crees, pueden retirarse en paz y nosotros continuaremos nuestro camino”, “…¿y tu arquero?” respondió aquél muchacho con desconfianza, “¡Yurba!, ve donde nuestro arquero y dile que estos hombres se retiran en paz”, Yurba le dirigió una mirada como si le hubiesen pedido una indecencia, pero Aregel ni se inmutó, prefería quedarse con Tibrón, este era más adecuado para mantener la estabilidad de la situación, por lo que al lampiño guerrero no le quedó más remedio que obedecer, guardó sus armas y se dirigió con garbo hacia el grumo de rocas de donde provinieron las flechas, mientras rumiaba en su mente varias hipótesis sobre la identidad de aquel arquero oculto que les había ayudado. Rodeó el grupo de rocas  y comenzó buscando en las partes superiores de estas, había algunas muy altas, pero al bajar la mirada tras una piedra mediana se topó cara a cara con un arquero agazapado cuyo rostro estaba cubierto por un género adherido a un pequeño casco hecho de metal y cuero, quien, de un giro rápido y sorpresivo, le apuntó con su arco ya preparado, Yurba se detuvo en seco y mostró las palmas de las manos en señal de indefensión, “Aregel dice que permitas que aquellos hombres se retiren en paz”, el interpelado retiró la tela de su rostro y mostró una afable sonrisa “¡Yurba!”, este la reconoció enseguida, era Hilena, la hija de Aregel, “¿¡tú!?...” la mujer borró la sonrisa de su rostro y respondió con sarcasmo a la parca bienvenida del pequeño soldado, “Hola Hilena, tanto tiempo, ¿cómo has estado?”, “debí sospechar, que aquella flecha provenía del arco de una mujer”, “¿de qué hablas?”, respondió Hilena al reproche de Yurba, y luego, apuntándole con la flecha que sostenía en su mano como si fuese un puntero agregó, “salvé tu vida”, “sí, y dos segundos después casi me atraviesas el cráneo”,  la mujer respondió dirigiendo la punta de flecha hacia sí misma, “eso no fue culpa mía, tú te pusiste en frente, además no sé de qué te quejas…” dijo volviendo su puntero hacia Yurba, “…apuesto que todo este barullo ha sido culpa tuya”, dicho esto, se puso de pie y trepó a la cima de la piedra que la cubría para ser vista por aquellos hombres que aguardaban su señal para retirarse. Yurba quiso replicar, como siempre, pero no halló ninguna frase en su mente que lo justificara, por lo que sólo se limitó a murmurar entre dientes palabras ininteligibles mientras se retiraba por donde vino, Hilena le siguió, haciendo una infantil mímesis de la también infantil conducta de Yurba. 


León Faras.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Lagrimas de Rimos. Primera parte.

VI.

“Las Lágrimas Negras”, pensaba Dan Rivel a medida que se adentraba en los terrenos de Cízarin por caminos franqueados por muros de piedra que contienen inmensas parcelas plantadas con cereales y hortalizas. Nunca había oído hablar de tales piedras talladas, ¿Cómo podría encontrar algo que ni siquiera conocía?, el viejo de la pata de palo solo le había dado una vaga descripción, al parecer él tampoco las había visto nunca, ¿Qué clase de trabajo era este?, buscar unas piedras sin valor, por las cuales alguien paga mucho, pero que casi nadie parece conocer y que al parecer están en algún punto de una inmensa urbe como Cízarin, ¿Qué tal si tales piedras ni siquiera existen? O si están lejos de aquí, ya estaba bastante ocupado como para perder el tiempo en búsquedas inútiles. Le había prometido a ese viejo que intentaría averiguar el paradero de las lágrimas negras pero antes de empezar ya dudaba de la viabilidad de su tarea. No esperaba que el trabajo fuese fácil, pero al menos que fuese concreto. Conocía a mucha gente en la ciudad pero no podía andar por ahí preguntando “Hola, ¿conoces las lágrimas negras?, ¿sabes dónde están?”…que estupidez, incluso era posible que ese viejo lisiado le hubiera hecho una broma, que tal si se había topado con un demente que le inventó toda esta historia para burlarse de él, era perfectamente posible, y él, el muy imbécil, pidiéndole trabajo a un loco con un siniestro sentido del humor, que además le espeta una amenaza sobre las terribles consecuencias de la traición sobre su persona y su estúpida causa…insólito

La carreta de Dan Rivel continuó su camino, atravesando innumerables kilómetros de tierra cultivada, Cízarin es una ciudad próspera, con una gran potencia agrícola en su periferia y un bullente comercio en su centro, además de un hermoso puerto fluvial. La ciudad en si es bella, su construcción es moderna, completamente pavimentada, donde el río Jazza la recorre por numerosos canales que desembocan en las tierras agrícolas donde es aprovechada en el riego. Cuando el río crece, los torrentes de agua corren por los anchos caminos que separan las parcelas, pues estas están a por lo menos un metro de altura, perdiéndose en la inmensidad de los campos. La ciudad se halla a los pies y al frente de un único cerro densamente poblado de vegetación nativa, que domina el vasto lugar, en el cual se ha construido una pequeña y lujosa urbe rodeada en su totalidad por un muro, respetando y aprovechando la geografía del cerro, y cerca de la cima de este, el hermoso palacio de Cízarin, rodeado de vegetación, con sus doce torres sobresaliendo por encima de esta, desde donde la vista solo es limitada por su propia capacidad. Pero Dan Rivel está muy lejos de todo esto, él se dirige al patio trasero de la ciudad, una amplia zona alejada de esta, los suburbios, donde los caminos no están pavimentados y las inundaciones causan estragos, donde los canales por donde corre el agua son deficientes, donde viven campesinos, obreros, prostitutas y donde Dan Rivel tiene su hogar. Esta zona de Cízarin, comienza en la parte Oeste del otero, donde la hermosa ciudad, que a lo lejos parece que fuera hecha de una sola pieza, pierde abruptamente su modernidad y prolijidad para convertirse en una enteca imitación de si misma, con caminos cubiertos de barro siempre húmedo e incapaz de endurecerse pues el sol es bloqueado la mayor parte del día, enclenques construcciones que no siempre son capaces de defenderse de la agresividad del clima, canales que en muchas zonas se ven sobrepasados y una notable incapacidad de sus pobladores por mejorar sus condiciones, limitados a acceder solo a lo más básico que exige la vida para mantenerse, a cambio de un trabajo arduo e ilimitado.

La carreta se desplaza lenta y sonoramente por el lodoso sendero, Dan se dirige a su casa, una pequeña habitación que según él mismo piensa, se ubica en los suburbios de los suburbios. Un bulto tirado a la orilla del camino cerca de su destino lo obliga a detenerse, no es que el bulto bloquee el camino, sino que se trata de una persona, Ágaro. Este es un hombre joven con una más que evidente deficiencia mental, además de una insana tendencia a beber constantemente. Siempre con los mismos harapos, duerme en la calle, acurrucado sobre una piel tan pringosa como su cabello o su barba. Su risa constante y su escaso vocabulario son familiares para Dan, pues este siempre le ha permitido que le ayude a cambio de algo de comer o de beber, al igual que muchas otras personas a quien Ágaro siempre está dispuesto a ayudar, de esta forma se gana la vida y la estima de la gente. Dan Rivel se baja de su carreta y toma por debajo de los brazos a su borracho amigo, este intenta resistirse y protestar, aunque sus palabras son ininteligibles, pero al reconocer al hombre que intenta pararlo, le dirige una soñolienta sonrisa, y se deja conducir a la parte posterior de la carreta donde se acomoda nuevamente. Para cuando Dan llega a su casa, Ágaro parece estar dormido otra vez, por lo que debe volver a tomarlo para arrastrarlo al precario cuarto junto a su casa donde pernocta su caballo, y lo deja recostado sobre lo que será en un futuro próximo la cena del animal –Aquí estarás mejor que allá afuera- murmura Dan. Luego vuelve a su vehículo, tiene un par de trabajos que hacer en la ciudad. Con respecto a las lágrimas negras, él ya no piensa en ello.

Ágaro entreabre los ojos y examina el lugar donde está, un establo, el establo de Dan Rivel. Al verse solo, la constante expresión idiota de su rostro simplemente se desvanece, su aguda mirada se concentra en la calle por unos momentos, sus ojos denotan una mente sagaz que funciona perfectamente, luego mira el pasto bajo él, está tibio y cómodo. Una sutil sonrisa, completamente distinta a la que siempre tiene, se dibuja en su rostro, luego, Ágaro se acomoda nuevamente, para seguir durmiendo un par de horas más sobre el alimento del caballo de Dan Rivel.

León Faras.

jueves, 27 de octubre de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

V.

            En las partes más altas de Rimos, luego de los últimos rincones habitados, se ubican los hornos para el metal, altas y toscas torres, con pequeños infiernos en su interior capaces de derretir la roca, siempre expeliendo denso humo de sus hocicos, como chimeneas de una industria sepultada. En los alrededores se ubican las interminables minas, con sus caminos que se adentran en la tierra, franqueados por costillas de madera que hacen lo imposible por sostener las estructuras internas. Más arriba, donde las rocosas montañas se manchan de verde, un pequeño villorrio sirve de albergue a los escasos pastores de Rimos cuando las inclemencias del clima no les otorgan tiempo suficiente para regresar a sus hogares, casitas de roca de una sola habitación agrupadas a orilla del único sendero que se aventura hasta esos lugares. Osado sendero que continúa hasta casi desvanecerse, volviéndose menos que un sendero, una huella, que solo un exiguo uso evita que desaparezca, el uso que le da una persona que vive autoexiliada en las montañas. Una mujer llamada Hilena, la cual ya siente asco de la omnipresencia y control de Cízarin en Rimos y de la desesperante pasividad con que las personas lo aceptan como algo normal, sin que ni siquiera sus gobernantes consideren la emancipación como un derecho ganado. Aunque su huida no solo es producto de su espíritu subversivo y su naturaleza renuente a los lujos, más bien fue gatillada por el hecho de haberle roto la mandíbula a un soldado de Cízarin que tuvo la ingenua ocurrencia, dentro de su estado de intemperancia, de que su autoridad alcanzaba para dominar sobre ciertas partes de la anatomía de la mujer, la que no lo pensó demasiado antes de romperle un grueso jarrón de arcilla en la cara seguido de algunos puntapiés antes de que la tomaran para llevársela del lugar. Siendo cada vez más difícil de controlar su descontento con el escaso amor patrio de su pueblo, y de soportar las atribuciones cada vez más osadas por parte de la milicia de Cízarin, optó por alejarse con la esperanza de que en algún momento la mecha de la revolución se encienda en Rimos. Ahora vive en un pequeño templo abandonado hace mucho, dedicado a los antepasados, cuando estos eran aún recordados, es solo una habitación de madera que la mujer ha restaurado de a poco y con los medios a su alcance, hasta hacerla habitable. Está sobre una pequeña loma dividida en su centro por una escalera de piedras que acusa longevidad y abandono, derrumbada a trechos y colonizada por la hierba, cerca de la vertiente de agua que pasa por ahí en su camino hacia Rimos, donde seguramente antaño los peregrinos calmaban su sed. El entorno que rodea el templo ha sido usado como huerto. Una yegua sin ataduras pasta apaciblemente unos metros más abajo, sus orejas se mueven al oír pasos que se aproximan. Es Hilena quien llega, trae un arco en su mano y algunas flechas, además de un morral en su espalda que parece pesado, seguramente con alguna presa recientemente cazada, al pasar junto al animal este levanta la cabeza para recibir una fugaz pero afectuosa caricia luego la vuelve a bajar para seguir hurgueteando el terreno. La mujer se acerca a la vertiente para refrescarse, dejando los bultos que carga en el suelo, pero antes algo llama su atención, una paloma color grafito come ávidamente en el poste que ella a preparado a los pies de la escalera de piedra con agua y comida, precisamente para sus palomas cuando vuelven hambrientas y sedientas a su hogar, se acerca y toma entre sus manos a la dócil ave, esta trae un diminuto tubo de madera cuidadosamente atado a su pata con un mensaje en su interior. Para alguien que conoce a sus palomas es fácil adivinar la procedencia de tal mensaje, y esta no viene de muy lejos, es una de las aves que le entregó a su padre, Aregel Camo. Es interesante saber que ni ella ni su padre dominan ese exótico y complicado arte de la escritura, por lo tanto los mensajes solo constan de símbolos previamente acordados, usados generalmente por soldados, que, aunque incapaces de expresar ideas demasiado detalladas, sí son muy útiles para transmitir recados simples y precisos, como el donde y cuando de una reunión.



León Faras.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

 IV.


Cal Desci contaba con un privilegio bastante poco común en Rimos, su casa estaba a ras de piso, lo cual ayudaba mucho a su condición de lisiado, pero tal condición no había tenido nada que ver, mucho más determinante fue su cercanía a Dimas, quien retribuía la lealtad con la misma energía con la que castigaba la traición.

Ya era de noche, y esta se había dejado caer fría y húmeda, una llovizna fina y persistente como una densa cortina formada por sutilísimas partículas de agua que caían sin prisa, apenas visible a la escuálida luz que proporcionaba el farol que colgaba de la viga del alerón que sobresalía de la casa de Cal. Este preparaba sopa en un orondo caldero de greda que colgaba sobre el fuego de su agreste chimenea hecha de toscas piedras, al igual que las paredes de su casa. Mientras vertía los últimos condimentos al caldo que preparaba, conversaba alegremente con su invitado, que no era otro que Dan Rivel, quien no pudo negarse a la inesperada invitación del viejo a pasar la fría noche junto a un buen fuego, una atractiva sopa caliente y una agradable conversación, avivada con algunos vasos de licor. El principal tema de conversación hasta ese momento habían sido las vicisitudes del oficio que compartían, ambos eran cocheros. Dan, cómodamente sentado, fumaba una artesanal y rústica pipa que había fabricado él mismo, mientras narraba una anécdota, la cual condimentaba con pasajes falsos que se le ocurrían en el momento, solo para hacerla más graciosa. La casa de Cal Desci era pequeña, como todas las casas en Rimos, pero bastante acogedora, de gruesas paredes y ventanas de madera de dos alas, pocos muebles y una innumerable cantidad de artilugios colgados de las paredes y de las vigas: sogas de cuero, cantaros, herramientas, muchas de estas descompuestas, alforjas, un auténtico acumulador de basura de dudosa utilidad. Cogió de una repisa dos escudillas de greda, donde tenía varias apiladas, unas seriamente dañadas, las limpió con un trapo para sacarles el abundante polvo acumulado por todas partes y las llenó del suculento caldo, luego las depositó sobre la mesa donde Dan estaba apoyado y animó a su invitado a comer a la usanza antigua, cogiendo el cuenco con ambas manos y dándole pequeños sorbos. En eso estaba el joven cuando su viejo anfitrión comenzó su plática. “Hace pocos días divisé una caravana de comerciantes que venía del Oeste, más allá del desierto, quién sabe qué hay al otro lado de ese edén para reptiles, traían telas bellamente ornamentadas de colores que jamás imaginé en una prenda de vestir, otros comerciaban con líquidos aromáticos, según ellos extraídos de las plantas y sus flores, ¿puedes creerlo?, seguramente me estaban tomando el pelo, sacarle el aroma a una flor sería como quitarle las manchas a un cerdo sin desollarlo, el viejo soltó una carcajada, su comparación le había parecido tan certera como graciosa, luego continuó. Tú, -dijo señalando a Dan con su cuenco- quedarías muy bien en una de esas caravanas”, este, que ya había vaciado la mitad de su caldo, dejó sobre la mesa su escudilla, luego apoyó los codos mirando el techo con una mueca de nostalgia, “algún día amigo mío... algún día, créeme que todas mis esperanzas están depositadas en ello, pero sin una dote que me respalde, o algún comerciante antiguo que me apadrine, será difícil”. Cal Desci sonrió de forma imperceptible, “claro, la pobreza trunca los sueños de la gente como un agujero en el camino le rompe la pata a un buen caballo, nuestro oficio apenas alcanza para subsistir, lo sé. Talvez no te interese, pero por aquí a veces salen trabajos rápidos y muy bien recompensados, no te vendría mal alguna remuneración extra.” Dan estaba abiertamente interesado, quería por sobre todo mejorar su situación, estaba harto de que el único lujo que podía costearse fuera que una mujer medianamente atractiva le sirviera cerveza tibia en alguna taberna hedionda a orina, de que la mayoría de su alimento fueran restos que robaba de la carga que transportaba, de que algunos clientes caprichosamente no le pagaran lo acordado. Estaba harto de ser tan aplastantemente pobre. “Si tienes algún trabajo que darme, por favor, no dudes en decirme, respondió retomando su escudilla, te lo agradecería mucho”, “vaya”, la necesidad del muchacho volvió mucho más convincente sus argumentos, pensó Cal Desci, “de hecho tengo un trabajo en el que puedes ayudarme y que puede ser muy bien pagado, pero antes de decirte de qué se trata debo pedirte la mayor discreción, aceptes o no, nadie puede enterarse. Quiero dejarte claro que este es uno de esos trabajos donde la traición se puede pagar muy cara. ¿Entiendes lo que digo?” el rostro del viejo se había vuelto inusitadamente severo, “por supuesto” respondió Dan, con la mayor gravedad de la que disponía, que no era mucha. “Bien, -dijo el viejo lisiado, moviendo su cuenco hacia delante y apoyando los codos sobre la mesa- ¿Qué sabes sobre las Lágrimas Negras?”

Afuera en el resto del poblado la noche ya se instaló y la jornada terminó para la mayoría de los habitantes de Rimos, salvo para algunos hombres que vigilan la inmensidad de la noche desde sus puestos de guardia y que perciben la oscuridad como una fría e indiferente aliada. La llovizna continúa persistente y obliga a guardar respetuoso silencio a todas las criaturas, un silencio que se extiende mucho más allá de las fronteras de la ciudad. Un silencio, como cuando los dioses planean su próxima jugada.

Nubes rezagadas se desplazan por las tierras más altas, como gigantescas bestias níveas que pastan apaciblemente dirigiéndose al Este, hacia los límites de la vista humana, donde el resto de las nubes que cubrieron los cielos durante la noche se han agrupado para librar su inevitable batalla contra el astro sol que lucha por imponerse y cumplir su impostergable tarea, ascendiendo lentamente, como si le costara trabajo atravesar este denso y grisáceo pantano, arrancando jirones de vapor a su paso. Las nubes, incapaces de contener los luminosos rayos de luz de su inmortal enemigo son derrotadas por esta vez. Con desesperante lentitud se disipan, huyen, desertan, mientras el sol sube hacia un inmaculado cielo desde donde ha de gobernar un nuevo día.

Un pájaro se posa con la rapidez y confianza que la práctica le ha otorgado, en una delgada y nudosa rama, esta, sorprendida, deja caer las cristalinas gotas de agua que había acumulado durante la noche. El ave, luego de un par de rápidos vistazos a su alrededor se retira, tiene prisa, debe regresar. Sobrevuela los campos parcelados, inmensos cuadrados de tierra elevados por lo menos un metro, contenidos por muros de piedra, hasta posarse en otra húmeda rama de un árbol con apariencia anciana y atormentada, desde allí observa protegido por las pequeñas y gruesas hojillas, a dos hombres que descienden por los angostos caminos con sus herramientas al hombro. El pajarillo, luego de emitir un silbido de advertencia sobre la presencia humana, se retira presuroso en dirección a una de las orillas más pedregosas del río Jazza, donde rápida y nerviosamente sacia su sed, un sorbo y un vistazo a su alrededor, otro sorbo y vuela hacia el único cerro del lugar, eligiendo siempre la cara más cubierta de vegetación para ascender, hasta posarse en un muro, un muro que rodea la parte alta del otero como una corona rodea la cabeza de un rey, un punto del muro donde siempre escasea la presencia del hombre, desde allí brinca hasta un pequeño arbusto que parece a punto de caer, con sus raíces al aire, en un último intento por no desprenderse, un arbusto que ha crecido víctima de la gravedad y de la falta de tierra, debido a la intervención del hombre, sin embargo resiste más de lo que parece, ni se inmuta ante el brusco aterrizaje del ave y se muestra tozudo ante la suave brisa. Bajo él, una mujer transita despreocupada con un canasto con fruta fresca, bajando por una escalera y aprontándose para subir otra, a su lado, un niño pequeño con un puño aferrado a su falda le sigue el paso, mientras roe una fruta que lleva en la otra mano. Un brinco más y el pájaro llega hasta un pequeño tejado que sobresale de uno mayor y luego a la parte más alta de este último. Desde aquí ya aprecia el hermoso castillo construido sobre una plataforma de piedras, sobresaliendo por encima de la violenta y vigorosa vegetación de Cízarin. Vuela hasta la más próxima de las doce rectangulares y elevadas torres de vigilancia que rodean al castillo y se posa en una pequeña cornisa por debajo de la atalaya donde vigila un guardia armado con una lanza, una espada Pétalo de Laira al cinto y un cuerno para dar aviso colgado a la espalda, todo esto, irrelevante para el ave, para quien todos los humanos son iguales y representan la misma amenaza. Desde ahí se desplaza en caída hasta la base del castillo por uno de sus costados, y sin detenerse mucho tiempo, vuela hasta la parte posterior de este. Luego solo le queda ascender. De un salto en línea recta de por lo menos quince metros hasta llegar a su objetivo, una de las dos ventanillas angostas y alargadas ubicadas en la parte más alta de la muralla, a centímetros del tejado. Ingresa a la habitación y de un saltito llega al vértice más próximo, donde, entre la empalizada está su nido, con su siempre hambrienta descendencia, a la cual le regurgita un alimento que ha traído desde varios kilómetros de distancia hasta ese lugar, una habitación del castillo, polvorienta y oscura, en la cual solamente vegetan objetos en desuso, estatuas mutiladas, armas y muebles descompuestos, armaduras incompletas, y en una repisa pegada a la pared, una caja de madera decorada con finos pero sobrios diseños de enredaderas nudosas y con espinas, en cuyo interior descansan tres piedras negras, hábilmente labradas en forma de lágrima.

A varios kilómetros de allí, en los campos más alejados que inauguran Cízarin, una arboleda da la bienvenida a los visitantes que vienen del Oeste, un camino que en estos momentos está siendo atravesado por un solitario viajero, pero no un forastero, sino por Dan Rivel, quien salió muy temprano de Rimos.


León Faras.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

III.



Aregel Camo camina hacia la salida del polvoriento palacio luego de despedirse de su amigo y señor, quien constantemente necesita reposo, la noche se ha adelantado debido a la nubosidad reinante. Se dispone a cubrirse la cabeza cuando una voz lo llama por su nombre, dirige la mirada con precaución, Dimas está a unos metros apoyado en un pequeño muro que rodea la parte baja del palacio pegado a este. Está inexplicablemente solo. Fuma de una delgada pipa, las brasas al ser aspiradas iluminan tenuemente sus facciones ocultas bajo una gran capucha. Se acerca al viejo soldado y lo conduce amablemente a un apartado y pequeño salón para hablar. Aregel es invitado a entrar primero, lo hace con cautela, sus ojos recorren el sobrio cuarto disimulada e instintivamente, está aparentemente vacío, aunque la escasa luz que irradia del fuego que arde en la chimenea es incapaz de colonizar los apartados rincones, donde la oscuridad es dominante.

Se instalan en un sencillo mobiliario de madera sobre el cual hay una botella de licor y unos vasos que Dimas aparta para apoyar los brazos sobre la mesa y evitar preámbulos. “Tengo planes y necesito toda la ayuda que puedas darme -Argel, tan desconfiado como intrigado, intenta balbucear una frase que incite a su interlocutor a continuar, pero no es necesario, Dimas lo interrumpe-­ Creo que nadie mejor que tú puede entender y compartir mi propósito”, el viejo frunce el ceño con recelo y empequeñece los ojos como si le costara enfocar la visión. Dimas y él se rigen por códigos muy distintos, ¿Qué anhelo podría tener en común con tan oscuro personaje?, “Señor, -responde con el respeto al que un soldado como él está acostumbrado- ¿a qué propósito te refieres?” aunque la pregunta era predecible, la respuesta viene precedida de una corta pausa, “La liberación de Rimos”. El viejo soldado apenas puede solapar el inesperado entusiasmo que le produce la idea, aunque su naturaleza es prudente, “¿liberar Rimos? Para eso tendrías que rebelarte contra Cízarin, y es más, atacar y destruir Cízarin, ¿cómo piensas hacer eso?” Dimas mantiene la expresión de su rostro. Entrelaza los dedos sobre la mesa, “Solo tenemos una opción y una oportunidad, nuestro pueblo se mantiene débil, lo sé, como un animal herido cuya herida no para de sangrar. Se llevan nuestros recursos, nuestras riquezas, incluso nuestra gente. ¿Cuántos hombres y mujeres has visto morir? hombres y mujeres que ni siquiera eran soldados, presos del pánico, inútiles enviados al frente como contenciones humanas. Estos infames se han enriquecido y se han vuelto poderosos derramando la sangre de inocentes, y no solo de nuestra gente. Pero eso tiene un precio, han acumulado tantas riquezas como enemigos. Podemos detener esto, pero debe ser con un solo golpe, certero y devastador, cualquier hombre por grande y fuerte que sea ha de caer si es golpeado en su punto débil, así mismo sucede con los reinos, debemos golpear fuerte justo en medio de los ojos, una guerra demasiado larga nos desangraría”. Aregel se mantiene sereno, cuidándose de no exteriorizar lo que piensa, Dimas tiene razón, ha visto morir demasiada gente. Muchas veces solo fue el caos de una masa de personas sin ninguna instrucción intentando salvar su vida de cualquier manera, defenderse, la mayor parte de las veces sin éxito, incapaces de organizarse, de escuchar, de pensar, como una piara de cerdos consientes que llegaron al matadero. Deserciones masivas, que se convierten en cacerías. Incluso la guerra tiene la facultad de degenerar en cosas peores, una matanza.

 Una abyecta artimaña para mantener a Rimos en un permanente estado de incapacidad, para desincentivar cualquier tentativa de rebelión.

“Tienes razón, no lo pongo en duda, pero si Cízarin fuese un hombre, sería uno muy grande y muy fuerte, y además muy bien armado, pretender vencerlo en una sola batalla es a lo menos… utópico ¿has calculado lo que sucedería si fallamos?, sería el fin de Rimos”, Dimas bajó la vista a la mesa e inmediatamente la levantó para clavar sus prominentes ojos en los del viejo soldado, “¿Y tú has calculado lo que sucederá si no hacemos nada?...como pueblo, no tenemos otra opción, ¿Qué sucederá cuando nos quedemos sin nada que les interese?”, continuó Dimas aumentando levemente el tono de su voz, “Querrán acabar de una sola vez con la potencial amenaza que representa un pueblo sometido. Traerán aquí sus caballos, su poderoso ejército armado con antorchas y espadas, ¡nuestras espadas, fabricadas por nuestra gente!, y no se detendrán hasta que no hayan arrasado con todo. La misericordia no cabalgará junto a ellos ese día. Y luego, cuando estén satisfechos, se detendrán a contemplar su macabra obra ardiendo en llamas, brindando embriagados de satisfacción al calor de las incontenibles hogueras e impregnados del hedor de los restos de un pueblo calcinado, como borrachos que festejan en torno a una fogata…y yo te aseguro, Aregel Camo, hijo de Sinaro Camo, que si ese día nos sorprende en nuestro estado actual, no habrá absolutamente nada que podamos hacer para contenerlos, nada, como niños indefensos enfrentados a una manada de perros salvajes y hambrientos. Y temo que ese día no sea tan remoto como pretendemos”. El contundente pero manipulador argumento no le dejaba opciones al veterano guerrero, apoyó su espalda en su asiento y cruzó los brazos, aspiró profundamente por la nariz y luego lo resopló con fuerza, su cerebro le exigía aire puro para disipar sus propios nubarrones, estaba francamente sorprendido, sobre todo de compartir tan fielmente la visión de Dimas, de que las palabras de este, reflejaran con tanta exactitud sus propios sentimientos, pero no acababa de convencerse, ¿y si estaba siendo hábilmente manipulado…y si, por alguna desconocida razón, solo le decía lo que siempre había querido oír? Algo era completamente claro para el viejo, las motivaciones para llevar acabo un propósito, como era devolverle la autonomía a Rimos, no eran las mismas para los dos. No podían ser las mismas. No podía esperar de Dimas motivos sociales o patrióticos, no si realmente creía conocerlo. Solo le quedaba dar el siguiente paso, pero con cautela, seguía creyendo en las intenciones por sobre las personas, “Bien, ambos sabemos que nuestro pueblo pende de un delgado hilo sostenido por caprichosas manos, pero talvez deberías haber hablado con tu padre, en vez de conmigo” Dimas esbozo una sonrisa torcida, como percibiendo lo capcioso del comentario. “Mi padre está viejo y enfermo. Parece incapaz de ver la inminente tormenta de fuego que caerá sobre nosotros, y no me refiero a su ceguera, sería inservible proponerle una rebelión, menos una guerra, de haberlo considerado lo habría hecho hace mucho, aunque lo sabrá a su debido tiempo. Créeme, sé que esta es una decisión apresurada, pero la única opción que tenemos para conseguir nuestro objetivo es la iniciativa. La única ventaja con la que podemos contar es la sorpresa, de cualquier otra manera seremos, casi con certeza aniquilados y como bien has señalado, solo podemos aspirar a la victoria, la derrota no es opción, la derrota significa desaparecer”. El viejo soldado se masajeó su gruesa y gris barba, se sentía acorralado entre argumentos demasiado evidentes. Ayudar a Dimas se le presentaba más como un riesgo que como una opción, le conocía desde siempre y le hacia desconfiar su turbia personalidad, por otro lado, sabía que un propósito como este, no podía venir de nadie más, si se lo hubiera propuesto el dimitido rey de Rimos habría aceptado de inmediato, pero con su hijo, tenía serias dudas, dudas que estaba preocupado de no exteriorizar demasiado. Finalmente se rindió, pero se guardo el derecho a servir a la causa y no a su gestor. “La grandeza y urgencia del objetivo no me deja más opción que ponerme a su disposición, ¿Qué es lo que planeas hacer?” En el rostro de Dimas se dibujó una sonrisa, esta vez de satisfacción, como cuando las cosas salen exactamente como se han planeado, una sonrisa que incomodó a Aregel. “Planeo buscar aliados entre los muchos pueblos que Cízarin a empobrecido o subyugado”, el viejo junto sus pobladas cejas, “¿planeas aliarte con los pueblos que hemos atacado nosotros mismos?”, “¡Rimos no ha atacado a nadie!, -respondió Dimas algo alterado- sólo cumplimos con un inmundo pacto del cual no podemos zafarnos, y que no nos reporta ningún beneficio”, “pues tendrás que explicárselo muy bien a esa gente -Argel respondió manteniendo la calma, no estaba en sus planes tener una discusión con Dimas- porque te recuerdo que Rimos siempre a sido obligado a luchar bajo su propia bandera, es probable que no quieran escucharnos”, “entonces, nuestros emisarios deberán ser muy claros y convincentes, debemos hacerles entender que un solo perro no puede contra un león, pero una jauría sí, por lo menos puede hacerle frente. Estoy seguro de que todo pueblo ansía su libertad, y ofrecérsela será nuestra mejor oferta. Además, los pesados impuestos que Cízarin impone, pueden ser una gran ventaja”. Aregel se dio unos segundos para pensar, intentar crear una alianza era algo que sin duda era demasiado temerario, y de resultar, tomaría mucho tiempo, había que visitar personalmente los otros pueblos, llegar a acuerdos, convocar líderes, quizá solucionar conflictos internos entre clanes, familias o entre los mismos pueblos. Por otro lado, en su opinión, las probabilidades de que Rimos ganara por si solo un conflicto como este eran realmente remotas. “Estoy de acuerdo –dijo- sé que atacar Cízarin sin el apoyo de otros pueblos sería demente, pero buscar alianzas también puede ser inmensamente arriesgado, piensa que la confianza que debemos depositar es tan grande como la tentación de traicionar al más débil y obtener el favor del más poderoso a cambio de una rebaja de impuestos, tierras, pactos económicos o que se yo, un simple comentario destruiría nuestra única ventaja. Además, ¿qué ofrecemos nosotros?, conducir a la gente a una guerra con ribetes suicidas cuyo resultado es completamente incierto.” Dimas se apoyo en el respaldo de su asiento, expulsando todo el aire de sus pulmones con frustración, “Pues debemos intentar algo, tiene que haber alguna manera de evitar la desaparición de Rimos. Me gustaría saber cómo mi abuelo, estando en condiciones mucho más favorables que nosotros, decidió atacar con solo quinientos hombres, es una estupidez digna de un novato, pero sin embargo estuvo a punto de obtener la victoria...” “usando hombres privados de morir”, pensó Aregel, pero su oportuna respuesta se quedó en el interior de su mente, lejos de los oídos de su interlocutor. “…Su estrategia –continuó Dimas- sería de gran ayuda para planear mejor la nuestra, seguramente disponía de valiosa información que nosotros no tenemos, pero nadie sobrevivió a esa desastrosa campaña, ni siquiera mi padre alcanzó a luchar debido a su repentina ceguera.” El viejo relajó los músculos de su rostro y desvió la vista, añejos recuerdos solicitaban su atención, un hombre había sobrevivido, o mejor dicho, un hombre se había salvado de la destrucción total de su cuerpo, un soldado de Rimos que, al ver la locura que se llevaba a cabo en esa guerra, había desertado, la noticia fue muy comentada en su momento, pues la deserción en Rimos como en todas partes, es una falta gravísima, severamente castigada además con la más indigna de las muertes, la muerte a palos. Ese hombre se llamaba Emmer Ilama y sufrió su cruel castigo por parte de los soldados que se quedaron en Rimos, pero al haber bebido de la fuente de Mermes, su condena a muerte se convirtió en una tarea tan dramática como inútil. Finalmente su cuerpo, terriblemente maltrecho, fue tirado sobre una carreta, aún con vida y llevado con destino desconocido. Talvez fue abandonado en las áridas y yermas tierras al Oeste de Rimos, un desierto hecho de rocas y tierra endurecida donde debes ser un reptil amante del sol y de los insectos para sobrevivir, o peor aún, pudo ser llevado a La Garganta de Sera, un laberinto de húmedas cuevas convertidas en una espantosa prisión, donde terminan su vida los, con toda seguridad, hombres más desafortunados del mundo. Buscar a ese hombre e interrogarlo podría aclarar muchas dudas, claro, si su cuerpo estaba aún en condiciones de comunicarse de alguna manera, pero debía evitar que este hombre hablara con Dimas, pues era imprudente que este supiera sobre los dudosos beneficios que producía beber de la fuente de Mermes. Finalmente el viejo soldado salió de sus meditaciones, que por la expresión en el rostro de Dimas le pareció que habían sido un poco largas, “talvez nos precipitamos, permíteme tomar unos hombres para investigar el estado de las relaciones entre los otros pueblos y Cízarin, así podremos decidir si una alianza es posible o no. Es decir, si encuentro odio hacia Cízarin talvez podamos obtener lealtad hacia nuestra causa.” Dimas asintió con la cabeza, se sentía frustrado al ver como sus intenciones se empantanaban, “hazlo, creo que es lo mejor por ahora, sin duda Cízarin a sembrado odio durante este tiempo… pero también temor”, luego se puso de pie y caminó hasta la salida, pero antes de retirarse añadió sin darse la vuelta para mirar, “usa hombres de tu confianza, como dijiste, la tentación de traicionar al más débil puede ser muy poderosa”. El viejo se quedó mirando las brasas que ardían sin llamas en la chimenea, estaba preocupado, sentía que todo estaba en sus manos, debía cuidarse muy bien de las intenciones de Dimas, y también del futuro de Rimos, pues este estaba apunto de dar el zarpazo que lo liberaría o que lo terminaría de hundir, con todas sus criaturas dentro. Pero pronto dejó sus preocupaciones para después, debía planear lo que haría, un recorrido por el vecindario, para sopesar si la revolución podía tener eco en alguna parte. Pero antes, le haría una pequeña visita a la Garganta de Sera, talvez podría tener suerte y encontrar a Emmer Ilama allí.


León Faras.


lunes, 29 de agosto de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

 II.




Cal Desci, renguea como siempre, la extensión de madera en la que acaba su incompleta pierna derecha, se lo exige. Una prótesis que ya hace mucho tiempo ha adoptado como parte de su cuerpo, como si hubiera nacido con esa inerte pieza de madera adherida a su carne, incluso le ha dado una interesante y curiosa utilidad, él mismo ideó la forma de que por medio de algunos trozos de metal y tiras de cuero, sus flechas, el alimento de su inseparable arma, una ballesta ligera, de madera reforzada con finas y elegantes piezas de metal, se mantuvieran adheridas a su pierna y prestas para ser extraídas con relativa facilidad y en cualquier momento, mucho más cómodo para él que trasladarlas en una aljaba.

Ha estado sentado largo rato a los pies de una de las torres que inauguran el poblado, una costumbre suya añeja y gastada. Se ha hecho viejo y sus ocupaciones han disminuido simultáneamente con sus habilidades, aunque a veces solo es para minimizar su nostalgia, descomprimir su mente y contagiarla un poco de la paz que emana del vasto paisaje que se extiende ante él.

Ahora camina sin prisa, llevando firmemente aferrada a su mano izquierda una botella de licor de aceptable calidad medio vacía,…o medio llena. El resto del brebaje se encuentra en su estómago, en su sangre o quizá ya en su cerebro, aunque por lo menos en apariencia, no demuestra aún ninguno de esos desagradables efectos secundarios causados por el alcohol,… cuando es consumido, claro.   

En Rimos, la oferta y demanda de empleo se concentra casi por completo en dos grandes áreas, ambas relacionadas con las armas y las armaduras. Básicamente quienes las fabrican y quienes las usan. Cal Desci perteneció a esta última esfera, aunque el negocio tradicional de toda su parentela ha sido siempre el pequeño gremio de la alfarería, pero su pasado está siempre presente, ya que, aunque solo sea por orgullo o costumbre, aún carga consigo su espada de soldado de Rimos, una reliquia ahora inútil, permanentemente enfundada, envejeciendo como él en su prisión de cuero, renuente a la extinción.

Lo que antiguamente fue una costumbre, con el nuevo gobierno se volvió una obligación, que cada familia debía ceder, por lo menos, uno de sus hijos al ejército vencedor, esto lo llevo a enlistarse muy joven a pesar de ser el menor de su familia. Solo tenía dos hermanas mellizas que por ningún motivo permitiría que fueran, pues ser mujer no era impedimento. De hecho, cuando un joven y recientemente ciego Ovardo Hidaza negoció los acuerdos de la derrota, uno de los puntos exigidos era reforzar el ejército vencedor con parte de su propia gente, debidamente armados, cada vez que fuera exigido, una estrategia no solo destinada a fortalecer a este último sino también a evitar que los vencidos adquirieran la fuerza suficiente para retomar las armas. Si los varones no eran suficientes debía incluir mujeres, Ovardo respondió con amargo pero torpe sarcasmo que si no sería necesario incluir niños también. La cruda respuesta no se hizo esperar: “Si los hombres y mujeres no son suficientes para completar la cuota exigida, puedes enviar niños, pero deberán ser dos por cada adulto que falte”. Providencialmente, no ha sido necesario llegar aún ha este extremo. Esta situación obligó a que con el tiempo se creara un pequeño ejercito, conocido como “grupo de la vergüenza” destinado a cumplir con esta condición, y así evitar las masacres de personas novatas en el combate, muy comunes en un principio, además de la alarmante disminución en la edad de dichos combatientes. De esta forma, la gente en Rimos ha podido realizar una vida relativamente normal y desarrollar sus artes y oficios, que en definitiva son la vida de un pueblo.


Un jinete se mueve con rapidez y habilidad por los innumerables meandros que abundan en los angostos caminos del poblado, su paciencia se agota diligentemente, no le agrada ser mensajero, pero órdenes son órdenes, y sabe muy bien que la paciencia de su jefe es tanto o más volátil que la suya,  forzarla puede ser aventurado, riesgoso. Al fin divisa los erráticos movimientos de la silueta de Cal Desci, este lo ve aproximarse y como siempre, intenta hacer uso de su exagerada amabilidad, pero el caballero no está de humor y corta tajantemente la sobreactuada bienvenida del viejo, transmitiéndole el sucinto mensaje que su jefe le envió: “ejecuta”. El rostro de Cal mutó a la velocidad que una hoja cae en otoño, todos los músculos encargados de hacer sonreír su cara se aflojaron gradual y coordinadamente, mientras que el resto de su cuerpo mantenía la graciosa postura de alguien que recibe a un personaje muy importante. El jinete, acabada su tarea, giró con violencia su cabalgadura y se retiró sin dar ni esperar explicaciones. “Ejecuta”, no era la primera vez que recibía ese mensaje, Dimas, a veces le daba instrucciones con la explícita condición de esperar la orden para llevarlas a cabo. Como aquella vez que le ordenó asesinar a un hombre, que supuestamente le estaba traicionando, o no siendo completamente leal que sería más o menos lo mismo. El sombrío hijo de Ovardo, en su siempre particular forma de ver las cosas, tuvo la sutileza de enviar a la propia víctima con el mensaje ante la presencia de su verdugo, “ejecuta”. Cal Desci nunca pensó en convertirse en un sicario, para él, ese era un oficio infame, el asesinato de alguien merece por lo menos una justificación válida, un propósito poderoso para el homicida, de lo contrario se vuelve solo un acto degradante, que pone al hombre por debajo de las bestias, porque incluso estas no matan si no es por miedo, hambre o conservación, razones siempre legítimas.

Miró al hombre parado en el umbral de su casa con un gesto que fácilmente pudo ser compasión, luego, sin moverse del asiento donde reposaba, tomó de su prótesis una flecha, la puso cuidadosamente en su inseparable ballesta, y negándose la posibilidad de pensarlo dos veces, se la disparó directo al pecho del desafortunado individuo, este se desplomó sin encontrar a su paso nada que lo sostuviera, horrorizado, buscando una explicación en la neutra expresión del rostro del viejo, incapaz de imaginar que la orden que acababa de transmitir era su propia condena de muerte ni tampoco de interpretar correctamente la aparente impasibilidad de su asesino, el rostro de una adiestrada resignación en el arte de bloquear la mente para no darle oxigeno a la, a veces peligrosa conciencia y a su aún más peligrosa consecuencia, la culpabilidad. La mente en blanco, como último recurso para aquel que no puede darse el lujo del arrepentimiento.

El hombre tendido en el suelo, se extrajo la saeta de su pecho con lentitud y relativa facilidad, respiraba con dificultad y temblaba inconteniblemente. La desesperación se apodero de él al ver que solo consiguió sacar un ensangrentado astil de madera sin punta, además de aumentar el sangrado. Cal Desci había aprendido e imitado una perversa costumbre de un pueblo contra el cual luchó una vez, usar las flechas con la punta de hierro sin asegurar, de esta manera si intentabas retirarla por donde había entrado, el agudo trozo de metal se desprendía, quedando dentro del cuerpo de la víctima, transformando el deceso en una ineluctable cuestión de tiempo y a veces también en una prolongada e innecesaria agonía. Con la impávida actitud de un médico que debe operar sin anestesia para salvar la vida de alguien, Cal se puso de pie, tomó su veterana espada y terminó el trabajo.

El viejo cochero -esa era su actual ocupación, oficialmente- sintió de pronto la imperiosa necesidad de sentarse, como si sus energías se hubieran largado en la grupa del emisario que acababa de irse, alzó la vista, el gris y turbio cielo no le ofreció ningún consuelo, luego miró la botella en su mano, esta era mejor que nada, bebió un largo trago y trató de concentrarse, tenía una ineludible obligación: Conseguir las Lágrimas negras, sin importar los métodos. Por supuesto que el trabajo no necesariamente debía hacerlo personalmente, él era solo un viejo lisiado, pero tenía cierta autoridad sobre algunos hombres y también sobre algunos recursos, sin embargo, la obligación de que las piedras cayeran en las manos de Dimas, recaía directamente sobre él. Lo primero era averiguar el lugar exacto donde se encontraban.


Dan Rivel acababa de terminar su entrega, el pábulo de esas pesadas muelas de roca que incesantemente giran en torno de si mismas, propulsadas por infatigables bestias.

La oscuridad se acerca rápido, no le agrada la idea de recorrer los caminos de noche, tentar la suerte podría ser imprudente, el amenazante cielo también lo persuade a pernoctar en Rimos esta noche.

Guía su rústico carruaje, deshaciendo el trayecto realizado. Necesitará licor, la noche en estas alturas puede ser muy fría, también algo de comer y forraje para su caballo, luego un lugar seguro donde dejar su coche para refugiarse en él y salir por la mañana temprano. En su camino se encuentra con el viejo que vio a su llegada, el de la pata de palo, ahora está sentado a la vera del camino, en un banquillo arrimado a un pilar que sostiene el techo de uno de los muchos talleres. Este le dirigió una mirada casual al principio, pero inmediatamente su tez se iluminó, los músculos de sus cejas se relajaron, una amplia sonrisa saturó su cara de innumerables pliegues y arrugas, dando la impresión de que su anguloso y lampiño rostro hubiera perdido el relleno que existe entre la piel y el cráneo, una sonrisa que a pesar de ser habitual en él, parecía distinta a las demás. Se puso de pie lo más rápido que pudo e interceptó el carruaje sosteniendo al manso caballo para detenerlo suavemente. La solución estaba ante sus ojos, aquel muchacho era de Cízarin, el lugar donde se suponía debían estar las piedras, talvez lo podría convencer de que lo ayudara, no, estaba seguro de que lo haría, se había convertido en un eximio embaucador, un cohonestador experimentado que con los años había sepultado en las profundidades de su ser todas aquellas cualidades que literalmente entorpecían sus actuales obligaciones, escrúpulos incluidos, llegando a sorprenderse a si mismo en más de una ocasión, y no precisamente en forma agradable, de lo que la vida había hecho con él. Pero ¿qué culpa podía tener la vida?, un hombre le dijo hace años, muchos años, que si el río te arrastra hacia donde no querías o no debías estar, la culpa, antes que nada, era tuya, por meterte al agua. Constantemente sentía que tenía mucho de que arrepentirse, pero hacerlo era una estupidez estéril y pueril.


León Faras.

viernes, 5 de agosto de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera Parte.

          Rimos y Cízarin.

I.        


La carreta se desplaza más lenta que de costumbre, el peso de la carga es poco menos que el habitual, pues, es el último viaje del día y es cuesta arriba.  El único animal encargado de tirar, se mueve abnegado y sin azote. La rutina domestica más eficientemente que cualquier otro método, incluso a los más sediciosos, convirtiéndolos en un engranaje, que gira en el mismo lugar y sentido. La pendiente desaparece paulatinamente. En el suelo comienzan a aparecer  adoquines, tímidamente primero y luego se regularizan, formando un camino civilizadamente transitable, como si el encargado de ponerlos se hubiera ido desmotivando gradualmente a medida que se alejaba de la ciudad, hasta finalmente abandonar la tarea. Como sea, es señal de que falta poco, nos acercamos a Rimos.

El bucólico vehículo de dos ruedas, en su parte frontal tiene un cómodo asiento confeccionado a base de una gran cantidad de trozos de piel, pensado para alguien que pasa mucho tiempo sobre él, encima de este, un alerón a base de tejas de greda que se extiende casi hasta el final, eficiente protector contra el sol y la lluvia, tanto para conductor como carga, los costados  son irregulares cortinas de cuero que se recogen cuando es necesario, atándose a una firme, aunque burda celosía. La parte posterior, abierta por completo, alberga una especie de nido de barro de tamaño regular, como si perteneciera a una enorme ave, destinado a encender fuego, a veces para cocinar, a veces solo para pasar el frío.

El ancho sombrero fabricado con fibras vegetales del conductor, así como la holgada ropa que usa, delatan su condición humilde, usa una gruesa manta enrollada al cuello que le cubre los hombros, parte de los brazos y de la espalda para protegerse del viento y el frío. Mientras avanza gira la vista a la derecha, al Este, a lo lejos puede divisar el otero de donde partió rodeado de las vastas y fértiles llanuras de Cízarin, más allá las, a esta hora, opacas aguas del enorme río Jazza que reparte vida generosa e indistintamente a su paso. Mucho más cerca, aunque a una considerable distancia, a los pies de los cerros que ahora sube, el imponente bosque de Rimos revela su real tamaño, el bosque cuyo corazón está muerto, sí, una significativa porción de este, la más próxima al cerro, está misteriosamente seca, hasta las mismas raíces. Las explicaciones para este fenómeno son tan supersticiosas como paganas.

Los enhiestos y cilíndricos pilares de roca que marcan la entrada a Rimos, ya se distinguen a lo lejos. Uno de ellos está completo debe tener la altura de tres hombres, el otro es solo un poco más pequeño, pues su cúspide está destruida. El de la Izquierda, el completo, está casi en su totalidad fusionado al cerro que se extiende rodeando a Rimos y formando parte de este, hasta finalmente mezclarse con sus hermanas mayores, lejanas e inalcanzables montañas, imponentes y amenazantes como antiguos dioses, indiferentes e inmisericordes. El más pequeño, se encuentra al borde de una pendiente casi vertical de terreno desprendido. El camino de adoquines pasa por el medio de ambos, al igual que el destino del hombre, que pasa entre las decisiones que conducen a la grandeza y las que te acercan al abismo.   

El foráneo vehículo se acerca. Desde la base de una de las vetustas columnas hechas de angulosas rocas blancas es observado por un hombre igualmente añoso. Este sabe que la carreta trae grano, también sabe que el hombre que conduce es Dan Rivel y que el trabajo de este, consiste en trasladar lo que le pidan, donde se lo pidan. Viene a Rimos con frecuencia, aquí casi no hay agricultura, y estos productos son muy solicitados. También el carbón. El hombre maduro yace sentado en un poyo de madera, pulido, lustrado y prácticamente semi-esculpido por un inmemorial uso. Una de sus piernas, la izquierda, la mantiene estirada, la otra, es de la rótula hacia abajo una prótesis del mismo material que su sentadero.

Es el comienzo del atardecer y las nubes, bajas, grises, espesas, se aposentan, pesadas, sobre las partes más altas de Rimos, extendiéndose sobre él, formando una bóveda, un techo que parece estar sostenido por larguísimas y raquíticas pero abundantes columnas de denso humo gris claro que ascienden desde innumerables puntos del poblado, como inestables puntales encargados de sostener tal colosal estructura. La ausencia de la más mínima brisa acentúa aquel efecto. 

Dan Rivel  ya casi llega, él también conoce a aquel hombre de la pierna de madera, lo ve casi siempre que viene a Rimos, siempre con un aspecto jovial, vital, a pesar del ya poco cabello cano y de la incómoda mutilación que luce con aparentemente satisfecha resignación. Al respecto, a Dan siempre le a llamado la atención la prótesis que usa, o mejor dicho, las varas de madera, paralelas, como de un dedo más o menos de grosor, que recorren verticalmente el miembro artificial por el frente y el costado externo, sin lograr imaginar qué función pueden cumplir. Tal vez simples ornamentos, aunque no es un asunto que le interese demasiado.

Este pueblo de mineros, herreros y forjadores tiene cierto encanto, indudablemente no se compara con Cízarin, su tierra natal, pero hay cosas, paisajes, situaciones que construyen una geografía singular, una serie de condiciones inexistentes en otro lugar. Luego de hacer un ademán al viejo, Dan conduce su vehículo por el camino empedrado, el cual, rápidamente comienza a estrecharse, un pequeño centro de guardia lo espera en la entrada, cuatro soldados coterráneos suyos armados con la emblemática espada Pétalo de Laira, llamada así porque la hoja de esta arma reproduce fielmente la forma de los pétalos de esta característica y bella flor, muy abundante en los prados de Cízarin, chequean constantemente todo lo que entra y sale por aquel ingreso, aquellos hombres lucen una armaduras de suela, lustrosa y finamente labrada, más cómoda y elegante que la usada en las conflagraciones, uno de ellos, el de más alto rango, detiene el carro para un rápido chequeo, mientras otro inspecciona displicentemente la carga, este le hace un gesto a su jefe, quien con indiferencia autoriza el ingreso del rústico vehículo.

Los talleres de los forjadores y herreros se acopian a ambos lados, monótonas cajas de madera, piedra y barro, con fraguas perpetuamente encendidas en sus barrigas, y hombres perennemente atareados. Aquí y allá suenan estridentes golpes de metal contra metal, encargados de dar la forma deseada al material que llega de los hornos; carcajadas de hombres robustos y desenfadados, protegidos con delantales de cuero, que no se molestan en detener su labor para socializar; el repiqueteo de agudos cinceles que, a fuerza de golpecitos secos y perseverantes labran el duro metal y lo ornamentan con el motivo que caracteriza esta tierra, las nudosas enredaderas con espinas, armas y armaduras llevan complicados diseños con orgullo, representando la defensa por sobre el ataque y la testarudez de la vida ante lo adverso.

Cada cierta cantidad de talleres, aparecen angostos callejones que conducen a más talleres, aún más amontonados unos con otros, que terminan apretujados contra el cerro. Algunas de estas callejuelas al estrellarse contra el cerro se convierten en escaleras de madera estacadas a las paredes que recorren con habilidad la superficie casi vertical, ahí mutan a caminos de tierra o puentes de piedra, donde viven y trabajan más personas. Túneles y canteras ya desocupadas, son usadas como terreno para construir sus casas y habitaciones por los mismos trabajadores que las abrieron y sus familias, de hecho, el grueso de la población vive de esta manera, principalmente en viviendas de piedra y madera, algunas de ellas semi sepultadas, que parecen emerger de la tierra como víctimas de un alubión. Esta, otrora yerma tierra, está domesticada como quien domestica un animal salvaje y huraño, a fuerza de andamios, puentes, escaleras y pasadizos, convirtiéndolo en un lugar artificialmente habitable, como una fiera con camisa de fuerza que, imprudentemente, pretendes tener de mascota. La notable densidad poblacional de esta región, complica el avance de cualquier vehiculo, por esto, Dan prefiere el atardecer para visitar esta urbe. Se mueve lento pero sin interrupciones, a excepción, quizá, de un perro viejo que intenta mantener su reposo a pesar de que un colega, más pequeño y enérgico, lo atormenta incesantemente mordiendo orejas, nariz y cola en busca de diversión. Como si fuera una tarea embarazosa pero obligada, el viejo se levanta y se mueve sin prisa, casi contrariado, para darle el paso al vehiculo que se aproxima, dejándose caer, después de un par de vueltas sobre si mismo, un par de metros más allá, a la entrada de un taller. El pequeño hiperactivo, luego de ver pasar el vehículo con infinita humildad, vuelve a su incondicional tarea de poner a prueba la paciencia de su tolerante compañero.

Aunque escasos, es posible toparse con algunos comercios dispuestos a no seguir la industria reinante; molineros, alfareros, comerciantes, incluso pastores, aparecen como raras especies en una fauna demasiado definida.

El camino empedrado continúa casi recto, la carreta debe desviarse, toma una curva, esta vez de tierra, pero en cuanto a la calidad, no tiene nada que envidiarle al anterior, baja por una pequeña loma y se encamina hacia un sector más residencial que fabril. La sensación de estar en un hoyo o en el fondo de un cráter, aquí se acentúa, incontenibles y afiladas paredes por todas partes limitan el cielo, confinan al sol y estrangulan la serenidad de los individuos acostumbrados a  las extensas llanuras.

Las viviendas se aglomeran, incluso se descuelgan unas de otras, hay algunas donde, a simple vista, es imposible imaginar cómo sus moradores llegan hasta ella, y es que algunos de ellos deben atravesar una, dos o hasta tres casas para llegar a la suya, por lo general de parientes cercanos. Para cualquier visitante siempre resulta preocupante ver como los niños juegan a varios metros del suelo, en empinadas escaleras o endebles plataformas ante la insólita indiferencia de sus mayores, a pesar de esto los accidentes no son frecuentes, los niños desarrollan rápidamente fuerza y agilidad, después de todo, este es el ambiente en que nacieron.

Una de las cosas más llamativas de este lugar es una formidable roca que divide una de las caras más pobladas del cerro en dos, no es la única, como esta hay muchas, pero lo que la diferencia del resto, es que los trabajos a su alrededor han ido paulatinamente despojándola del cerro que la cubría, y que en definitiva la sostiene, dejando al descubierto un amenazante e inmutable coloso de piedra. Las excavaciones a su alrededor fueron prohibidas, puesto que ahora es imposible saber cuanto de la erguida roca está aún adherida al cerro, o hasta que punto este pueda contenerla, el más mínimo ronquido de los dioses de la tierra podría desprenderla, lo cual sería funesto, la inmensa cantidad de personas que han hecho su vida en su contorno, arriesgada o ingenuamente, haría que, sin importar hacia donde cayera, la destrucción que causaría sería simplemente ingente. A pesar de todo, a la gente en cuestión parece no preocuparle demasiado, las cosas suceden como las disponen las eternas divinidades y no hay mucho que uno pueda hacer al respecto, con este punto de vista la vida sigue normal, incluso se ha construido un hermoso mirador en la cima de la inquietante piedra, rodeado de un muro de la misma roca y cubierto por un toldo firmemente anclado, Dan no ha ido nunca allí, pero dicen que la vista desde los hombros del coloso es sencillamente sobrecogedora.

Algunos metros más adelante, luego de pasar rodeando la gran roca, el camino se apega al cerro para poder continuar, una profunda cañada desciende por allí llevando agua en forma permanente. El sendero, peligroso e inevitable, la rodea hasta su parte más angosta donde la salta mediante un rudimentario pero firme puente de madera, para luego continuar hasta internarse en otro centro urbano más pequeño pero igualmente poblado. Desde aquí, se puede ver parte del camino de adoquines al otro lado de la profunda cicatriz que divide Rimos, dirigiéndose directamente hacia esta, donde es substituido por un espectacular puente de oscura piedra, sostenido por una perfectamente rectangular columna, justo en su centro, que desciende hasta el fondo de la quebrada, obligando a las poco caudalosas aguas a dividirse para poder seguir su curso. Su superficie, llana y sin pretil, es suficientemente ancha como para dos carruajes, y al final de este, el Palacio de Rimos, recortado contra el vacío que representa un cielo sin límites. Poco menos que un castillo, esculpido en la roca de una de las caras aisladas de las alturas que rodean el poblado, esta construcción da la fascinante impresión de una admirable obra arquitectónica que está por fin viendo la luz, después de haber nacido en las entrañas de la tierra. Simplemente, sería difícil adivinar si lo están esculpiendo o exhumando. Parte de su flanco aún no está trabajado, al verlo, es inevitable no tener la sensación de estar en frente de alguien con parte de su rostro desfigurado.

Tiene un poderoso muro ovalado en forma de media luna ligeramente inclinado hacia adentro, reforzado con magníficas y rectangulares columnas que nacen dentro de los muros, ascienden con una leve curva atravesando las murallas y terminando erguidas, fuera y por encima de estas en afiladas pasarelas que se cortan abruptamente en el vacío. Viéndolo de afuera, no está bien definido donde nace, debido a que desciende sin interrupciones hasta el fondo de la cañada, el único acceso se encuentra en uno de sus extremos, a un costado del formidable palacio hacia donde se dirige un ancho corredor, encargado de remplazar al puente de piedra. Al traspasar las murallas, se ingresa a un amplio patio interior finamente pulido, donde solo se pueden encontrar algunos puestos de guardia y más al extremo algunas caballerizas. La pared frontal del palacio es plana, con numerosas ventanillas más largas que anchas, que iluminan el interior. Dos columnas rectangulares ascienden hasta la cúspide, una a cada lado. La entrada, es un sencillo portón rectangular que se encuentra a un costado, justo antes de que la singular estructura se incruste en el cerro. La construcción entera muestra austeridad e incuria, donde predominan líneas rectas y ausencia  total de ornamentos, como la esencia de estos hombres, eminentemente prácticos. Entre el muro exterior y el palacio, hay una pared angosta y alta con habitaciones a las cuales se llega mediante estrechas escalerillas que se adentran en el cerro. Al ingresar al palacio se encuentra con un gran salón perfectamente anular, con una congregación de vigorosas columnas que describen un círculo interior, al borde de una depresión de la misma forma, un par de peldaños más baja, al centro de esta, una burda roca rectangular, pulida y hábilmente trabajada solamente en su superficie, es el único mobiliario a simple vista. A ambos lados del ingreso, y mirando hacia adentro nacen dos escalas, que, luego de dar un rodeo sobre si mismas, se adhieren a la pared escalándola hasta un amplio balcón sostenido por una multitud de columnas más pequeñas, que recorre el salón en toda su circunferencia, mediante el cual, se accede a habitaciones superiores.

Aquí vive Ovardo, el Señor de Rimos, hijo de Nivardo, un rey cuya insolencia contra el vecino Cízarin le costó, hace muchos años, la potestad a su descendencia y el auténtico derecho de expansión. Rimos se convirtió en un reino subyugado, sin rey propiamente tal, e indefinidamente vedado de crecer territorialmente.

La figura de este Señor es luctuosa, ciego desde que era joven, es un hombre maduro que, sin embargo, tiene más años de los que representa, se mantiene siempre curvado, como si su columna fuera la rama de un viejo árbol que ha perdido toda flexibilidad. Cualquier actividad parece causarle sufrimiento físico, pese a todo, su carácter sensato y equilibradamente autoritario, además de su lucidez, se han mantenido inalterados. Su precaria salud, ha sido más severa últimamente, hasta hace pocos años era un hombre fuerte, cuya ceguera jamás le impidió realizar sus deberes de guiar esta tierra y sus hombres de la mejor forma posible, así como también la de manejar a su turbio y destemplado hijo, Dimas, un hombre con un permanentemente cuestionable modo de actuar, una moral ambigua y cierta sevicia innata, además de la desgraciada tendencia a desarrollar lo peor de sí.

El interior del palacio, durante buena parte de un día de sol, se ilumina bastante bien, pero a esta hora y con los cielos saturados de densas nubes grises, la penumbra se esparce rápidamente.

En el gran salón, por fuera del círculo de fuertes columnas y debajo del pasillo superior que lo rodea, salvo por algunas lámparas de aceite y antorchas, distantes entre si, la oscuridad ya se instaló. Ovardo está sentado en algo que sería pretencioso llamarlo trono, más bien un sobrio y tosco sillón de madera, conversa con su viejo amigo Aregel, parece de la misma edad que su señor, pero en realidad es más joven. Hay formas de vida que envejecen más rápido que otras. Es un hombre hábil y leal, también respetado. Muchas veces ha demostrado tener más autoridad incluso que Dimas. Este está algunos metros alejado, más como espectador que participante del diálogo, casi retrepado en su asiento, se pueden ver varios pliegues de piel en la zona donde su puño se incrusta en su sien para sostener la cabeza, la otra mano sujeta, con las yemas de los dedos desde el borde superior, un vaso de licor que hace rato no ha movido. Parece aburrido, distante. Distraído, sigue con los ojos la silueta de una mujer que a lo lejos se pasea encendiendo las lumbres más apartadas del vasto salón.

Desde hace un tiempo, el Señor de Rimos ha estado expresando cada vez con más insistencia, su intención de buscar la forma de recuperar una de las reliquias que iban incluidas en el poderoso tributo que los vencedores tomaron para resarcir el daño cometido por la irresponsable soberbia de su padre. Tres oscuras y durísimas piedras labradas en forma de lágrima, idénticas entre si, de modesto valor económico, pero de enorme importancia en su momento para el padre de Ovardo, y ahora también para él, aunque sus motivos son muy diferentes. Estas piedras fueron concebidas como llaves de una ingeniosa forma de cerradura cuya particular cualidad es que el erróneo uso de estas, cierra permanentemente la entrada que resguarda, la entrada a un vetusto monasterio encontrado accidentalmente por mineros de la región, quienes cavaban a los pies del cerro, justo debajo de la ciudad y que estaba dedicado a la diosa Mermes, deidad de la muerte y a la más preciada posesión de esta, una fuente de cristalina y amarga agua, que según se dice al beberla promete vida eterna, pero en realidad, lo que no todos saben es que lo que se consigue exactamente es la “ausencia de muerte”, lo cual inevitablemente termina convirtiéndose en una pavorosa maldición, pues no impide el deterioro o daño del cuerpo, con el consiguiente sufrimiento físico que este produce, sino que lo prolonga hasta que, en definitiva hace anhelar la expiración debido a la angustiante sensación de tener el alma irremediable y eternamente encadenada al cuerpo, sin importar el estado en que este se encuentre, llevando la sagrada comunión de la vida y el cuerpo a límites inimaginablemente atroces, Ovardo averiguó esto de la peor manera, al igual que los valientes hombres que lucharían junto a él y que finalmente lo hicieron guiados por su padre, debido a su repentina ceguera. Ahora solo ansía volver al único lugar donde él cree que la muerte puede tocarlo, el monasterio, o por lo menos encontrar alguna pista sobre como acabar con su vida. Pero recuperar estas pétreas lágrimas no es una tarea fácil, menos si se llegara a conocer el propósito para el cuál fueron diseñadas y fabricadas, ya que sus actuales poseedores jamás las entregarían sabiendo su utilidad.

Según las ideas de Dimas, una tarea no se puede clasificar como fácil o difícil, son los métodos que se empleen para realizarla los determinantes, y por supuesto, también los medios disponibles. Le ha dado a conocer este criterio a su padre muchas veces, el razonamiento parece lógico, pero subestima la labor y las potenciales consecuencias de esta. Además, para Dimas es imposible dimensionar la importancia de las lágrimas negras, por lo menos mientras ignore las razones de su padre, el cual, no parece estar dispuesto a correr el riesgo de revelárselas a su impredecible hijo, de ahí la actitud de este cuando oye las propuestas mucho más sosegadas y diplomáticas que discuten los dos viejos para recuperar los, para él, cada vez más curiosos guijarros. Aregel sí conoce el significado de estas piedras, era un niño en ese tiempo, pero suficientemente grande para darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor, curioso e independiente, descubrió más de lo que debía y vio más de lo que jamás quiso ver, por ejemplo, recuerda con claridad el imborrable y perturbador fin que tuvo su padre, y sus demás colegas, especialmente los escalofriantes baladros que salían de las hogueras donde se quemaban los masacrados cadáveres de los vencidos, cuerpos que se suponía debían estar sin vida, ya que este era un acto de salubridad y no de crueldad y que lo obligaron a llevarse las manos a los oídos con todas sus fuerzas, apretar los párpados y los dientes y a encoger su tamaño lo más que pudo en su precario escondite, en el cual se mantuvo por un tiempo que ahora, le sería imposible precisar.

Ahora Aregel, es un experimentado soldado, que ha participado en muchas batallas, pero ninguna por su tierra o los suyos, sino por la monarquía de Cízarin, el reino vencedor, como en un indefinido servicio militar. Algo especialmente relevante para él, que es hijo de uno de los más sobresalientes guerreros que se recuerden, quien, durante el corto tiempo que compartieron, siempre le inculcó una devoción religiosa por el lugar en que se nace y por su gente. La esencia y el motor de un soldado, decía, debía ser siempre el amor hacia lo que resguarda, de otro modo la banalidad de la batalla se hará cada vez más latente e insoportable, hasta precipitar el fin del soldado. Para Aregel, haber luchado siempre por causas ajenas es una frustración que se contradice con lo que cree y siente. Combatir por Rimos, es algo que, a pesar de los años, nunca ha dejado de acezar. Morir por Rimos, sería su conciliación para con su padre y su doctrina. Una situación que en la actualidad está muy lejos de suceder.

Dimas acaba su vaso de un sorbo, para él, el tema de las dichosas rocas no merece tanta verborrea, tal vez debería tomar el asunto en sus manos, no entiende por qué, pero si es, aparentemente tan importante, a él se le ocurren una o dos cosas para simplificar el asunto. Esas lágrimas negras, él nunca las ha visto, no sabe para qué sirven, su padre solo le ha dicho que son una reliquia, un objeto con un gran valor para él y su pueblo. Claro, Dimas no es ningún estúpido, sospecha que hay algo más, se podría decir que tiene fundada desconfianza basada en conjeturas con visos de verdad. Su artero cerebro, le dice que deben ser más que un simple souvenir de guerra o una antigüedad con valor sentimental. Sí, tanto interés debe valer la pena.

Se pone de pie ágilmente, como si de repente recordara algo importante que debía hacer, luego se retira caminando pausadamente y sin una palabra, jamás ha sentido la necesidad de dar explicaciones a nadie por sus actos, por impulsivos -o repulsivos- que sean, sale del salón para buscar a uno de sus hombres de confianza, un secuaz que piensa que manteniéndose bajo la sombra de él tendrá una vida más fácil, este conversa animadamente con un colega de guardia, pero al ver salir a su jefe, recupera súbitamente la compostura, y se acerca a Dimas, quien le habla en voz baja, el subalterno toma su caballo y se retira raudo a cumplir la orden que ha recibido.


León Faras.