Mostrando entradas con la etiqueta La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de octubre de 2019

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


IX.

Más allá del valle de las Mellizas, donde el desierto termina endureciéndose y cortado verticalmente por un débil pero persistente paso de agua, luego del cual, los bosques florecen de nuevo. En aquella punta de tierra está ubicado Confín, un pueblo construido enteramente de madera, por gente dura y trabajadora que conocen y aprecian el valor de mantenerse alejados del resto de la sociedad, sin embargo, el pueblo terminó haciéndose muy conocido gracias a una mujer, Damne, quien tuvo la visión y la inteligencia para construir los hornos subterráneos cuando todos pensaban que los yacimientos de chatarra de Arenas Blancas no durarían ni un año de producción. Desde entonces, los hornos de Damne se han ido multiplicando, ardiendo casi ininterrumpidamente y generando trabajo para todos en Confín. Se trata de una mujer atractiva, de carácter fuerte, decidida, con una enorme melena de cabello negro ondulado, el que casi siempre mantiene cubierto debido a la constante arena fina que el viento arrastra del desierto. Su ropa es del mismo color que éste último. Aquel día llegó una mujer en un coche tirado por un caballo, era una mujer mayor, muy amable, aunque todo parecía muy raro, en primer lugar, parecía venir del desierto, pero nadie estaría tan loco para cruzar el desierto en un coche común y tirado por un solo caballo, como si se tratara de una paseo por una campiña. Además era una mujer mayor, sola y con una generosa cantidad de oro encima apenas cubierto por una manta, sin embargo, lo más raro era lo que quería encargarles a los habitantes de Confín, el trabajo más espectacular que se haya hecho jamás: quería la construcción de veinte gigantes de madera de diez metros de altura cada uno. Damne reunió a las personas, para proponerles el trabajo, veinte estatuas huecas por dentro, hechas de tablas, como barriles de diez metros de altura. Los hombres estaban de acuerdo, podían hacerlo si la paga era buena, y la paga era muy buena, pero el problema era que la mujer los quería para dentro de tres semanas, no antes ni después. Los hombres alegaron que por lo menos tenían que ser tres meses, la mujer respondió que no, que un mes ya era demasiado y que por eso era que estaba pagando tan bien. Damne intervino proponiendo quince estatuas en vez de veinte, la mujer se lo pensó, pero rectificó a dieciséis, pues, por sus propios motivos, no quería un número impar. Se cerró el trato y la mujer se alejó en su coche dejándoles el oro. Para los hombres seguía siendo una locura, debían fabricar andamios, trabajar en altura, subir y bajar materiales, eso tomaría mucho tiempo, pero Damne les recordó que nadie dijo que debían hacer las estatuas de pies, que podían hacerlas recostadas sobre el suelo, tenían desierto de sobra para eso y les hacía el trabajo mucho más fácil, además, todas eran iguales, por lo que sólo bastaba con planificar una, y ya sabrían como tenían que hacer las otras, y para ello, debían elegir a uno de los habitantes de Confín, uno cuyo cuerpo fuera lo más estándar, para tomarles las medidas y trasladarlas al gigante de diez metros, luego, con esas medidas, harían las argollas con el metal que producían para usarlas como esqueleto, y sujeto a éste pondrían la madera. Era mucho trabajo, pero también era mucho oro, y si todos trabajaban, todos recibirían su parte. No había tiempo que perder.

Luego de mucho caminar, haciendo un rodeo colosal, por fin Driana divisó al final del interminable pasillo pegado al muro, el puente que conectaba a éste con la parte más alta de la ciudad, aquel puente parecía ser la única manera de salir de la ciudad para ellos, pasando por encima de la jungla. Desde donde estaban, y debido a la oscuridad de la noche, el puente parecía vallado de gruesos postes que antes no estaban o de enormes estatuas que antes no habían visto, aunque tal vez antes no habían puesto suficiente atención, sin embargo, pronto se dieron cuenta de que no se trataba de postes ni estatuas, sino que de seres vivos, de los habitantes de Antigua, quienes se alineaban a ambos lados del puente, interpretando su cántico, que cada vez sonaba con más intensidad en toda la ciudad. Eran muchos, Lázar decidió detener el avance a prudente distancia, no podían retroceder, pero tampoco podían irrumpir en el puente con toda esa gente formada allí. Los habitantes de Antigua eran seres pacíficos, pero todos sabían que cuando tenían que luchar, lo podían hacer con una furia muy difícil de igualar, y ninguno de ellos sabía qué estaba pasando, por lo que era mejor ser discretos. El caballero de Egadari decidió adelantarse solo, sin su plumífera montura, la que se quedó junto a Idalia. Avanzó con toda cautela, pegando la espalda a la pared para evitar ser visto, cuando de pronto se detuvo, cuatro hombres, que claramente no tenían la misma figura uniforme de los habitantes de Antigua, estaban parados allí en el borde del puente, parecían estar encapuchados, aunque por la distancia, aquello era imposible de precisar. Uno a uno, los cuatro fueron empujados y lanzados al rio desde una altura muy poco amigable. En ese momento, un Místico apareció frente a él, Lázar, sin saber de dónde había salido aquel, apenas alcanzó a reaccionar, pero cuando lo intentó, el Místico ni siquiera lo vio, echó a correr, y como si no pesara nada, se elevó por los aires de un salto hasta la parte más alta del muro y de allí otro salto hasta el puente donde se encontraban los habitantes de Antigua. Éstos, en cuanto lo vieron aparecer, sacaron sus lanzas al unísono y le apuntaron al místico con ellas, salvo por uno, uno que no era habitante de Antigua ni tampoco de los que habían sido lanzados al rio, uno que a Lázar le pareció reconocer, parecía ser Madra, el mago que había estado junto a ellos en el socavón.

Tal como lo habían planeado, y gracias a los dioses, la caravana de Bomas emergía de la parte más dura e insensible del desierto y llegaba por fin al valle de las Mellizas, el tramo menos hostil del camino hacia los hornos de Damne. Aún quedaban algunas horas de día, avanzarían un poco más, se detendrían para comer y dormir por la noche y llegarían a Confín por la mañana. Entonces fue cuando Baros vio algo que llamó su atención lo suficiente como para detener su carro, Gago que venía más atrás protestó al verse obligado a detenerse también. Aquello, parecía una estructura de forma muy extraña, casi como un animal, pero uno muy grande y con un brillo muy extraño, como metal, a juzgar por la cantidad de arena que había acumulado, no podía llevar mucho tiempo allí. Bomas que iba más adelante, también detuvo su carro para ver qué era lo que pasaba, Baros en ese momento se alejaba de su carro. Pasó junto a dos pequeños cúmulos de rocas apilados en el suelo, uno junto al otro, como si fueran marcas, le parecieron familiares pero nada más, lo que realmente le interesaba estaba algunos metros más allá, era una especie de vehículo con patas y dos tenazas en frente, además, tenía dos estructuras en la cola que a Baros le parecieron bellotas enormes. No quiso acercarse demasiado, por temor a que aquella cosa estuviese viva, lo cual no sería tan extraño en un mundo como este. Un sonido en el cielo llamó su atención, y el gran Escorpión de Gálbatar pasó a segundo lugar en su escala de interés. Cuando Gago y Nilson llegaron junto a él, Baros estaba petrificado con la boca abierta y la vista pegada en la inmensidad del cielo, dijo que había visto a un animal que debía de ser enorme, volando a gran distancia y altura, pero lo que lo había dejado petrificado, era que se había abierto un agujero negro en el cielo que se había tragado al animal y luego simplemente se cerró y desapareció. Pasaron dos o tres segundos antes de que Gago estallara en risas, luego se fue alegando que lo de inventar historias se le daba bien, pero que debía mover su carro o le pasarían por arriba, cosa que era imposible pero no valía la pena comprobarlo. Nilson se alejó también meneando la cabeza y pensando que a Bomas le iba a encantar oír eso por la noche antes de dormir.



León Faras.

martes, 8 de octubre de 2019

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


VIII.

Un ave salió volando del castillo de Rávaro, justo cuando éste se ponía de pie para salir a pasear en su nueva y espectacular montura. La última conversación con aquel soldado antes de incinerarlo, le había dado una idea muy interesante y entretenida: los Salvajes de la ciudad vertical debían comprender que a Rávaro no se le robaba, y quien lo hacía, debía pagar. Subió por la escalera de madera construida para él, con toda la gallardía de la que su escuálido cuerpo era capaz, con el mando del Quebranta-espíritus en la mano, hasta sentarse en su poco práctico trono sobre los hombros de la bestia, satisfecho, como quien se sienta a la cabecera del más maravilloso de los banquetes, admiró el tosco toldo puesto sobre su cabeza para protegerse del sol y le pareció una idea genial. Cogió las riendas con elegancia y suavidad, como quien monta un fino y gallardo corcel, sólo que éstas estaban ancladas con aguzados ganchos a las fosas nasales de una bestia de cinco metros. Con una delicada caricia a la esfera que tenía en la mano, le hizo entender al monstruoso animal que montaba, que debía caminar. Un buen número de sus soldados le seguía, la mayoría, temerosos y desconfiados de abandonar la protección de los muros, para internarse en la ciénaga, pues todos ya estaban enterados de la sospechosa desaparición de los soldados espectrales, pero ninguno se había atrevido a decírselo a su jefe, quien en ese momento se veía relajado y complacido, como un faraón egipcio que admira todos sus maravillosos territorios y riquezas. Se dirigieron a los bosques donde sus hombres habían sido atacados por los Grelos, y al interior de éstos, al hediondo campamento de aquellos, otra razón para preocuparse de los soldados, pues no iban nada preparados para luchar, si es que tenían que hacerlo, ya que sus inútiles espadas no cumplían ninguna función en el combate a distancia y de altura de los Grelos, ni contra su exquisita puntería y la rapidez de sus ranas. El campamento estaba hecho de pequeñas e improvisadas chozas encaramadas en los árboles, donde apenas podía uno guarecerse de la lluvia o el sol y poco más que eso, mientras que en el suelo no había más que excrementos y restos de comida en constante descomposición, tanto de ellos, como de sus ranas, éstas permanecían allí por voluntad propia, nunca eran atadas o encerradas, se alimentaban de todo tipo de insectos y animales que eran atraídos por el hedor de los desperdicios y por el riachuelo estancado que estaba muy cerca de allí. Con respecto al oro y demás cosas de valor que tanto les gustaba, solían enterrarlo en lugares secretos e individuales; eran codiciosos y mezquinos con esas cosas y les gustaba mucho alardear de las supuestas riquezas que tenían, por lo tanto, la privacidad de sus escondites era de vital importancia para sostener el estatus y el prestigio que cada uno pretendía tener. Un buen campamento de Grelos podía convertirse con los años, literalmente en una mina de oro, ya que ninguno estaba dispuesto a gastar el suyo y la mayoría moría sin revelar su escondite a nadie. Rávaro sabía que el oro que le habían robado esas feas criaturas estaba enterrado por ahí, en alguna parte, pero no venía a recuperarlo, pues permanecería seguro hasta el día en que decidiera arrasar con todos los Grelos de sus tierras y levantar todo el oro que éstos mantenían ocultos a lo largo de numerosas generaciones. Por el momento les traía más oro, aunque de bajísima pureza, y un trabajo a cambio: atacar la Ciudad Vertical de los Salvajes. Sin embargo, no contaba con que el rey de los Grelos le diría que no.

Si los Grelos de por sí eran seres de baja estatura, su rey era un pigmeo viejo y debilucho, pero su rana era sin duda la más grande, gorda y holgazana de todas. El rey, sentado sobre la rama alta de un árbol, a la sombra de su precaria choza, acariciaba la abultada papada de su rana obesa. Nada salvo su rana lo identificaba como rey. Poéticamente estaba ubicado a la misma altura que Rávaro sobre su bestia, lo que los ponía al mismo nivel para hablar. Rávaro le expuso su trato con la diplomacia digna de un embajador, sonriente y amable, con una criatura que apenas y manejaba su idioma. Confiado, le mostró el oro que traía para sellar el acuerdo bajo sus términos, pero el rey lo miraba como a un imbécil al que no se le entiende una palabra de lo que dice, finalmente, el Grelo le dijo que no, con el conocido movimiento de cabeza de lado a lado y un sonoro eructo de su rana. Le explicó que los Grelos sólo seguían a los Grelos, no a los hombres; que para un Grelo, el oro regalado, no valía nada, que el que sí valía algo, era el que se capturaba en una cacería y por último, le dijo que jamás irían a la Ciudad Vertical, porque los Grelos tenían un extenso territorio de caza dentro de los bosques, y que no necesitaban salir de él, pues siempre había “tontos,” así lo llamó, que se internaban en su territorio, y a veces, incluso, cargando grandes cantidades de oro, todo ello lo dijo con su limitado manejo del idioma y desfasada acentuación, pero suficiente para hacerse entender. Rávaro se sentía insultado, esas asquerosas criaturas no le podían responder así, ni siquiera su rey, pensó en incinerarlo, y a su rana, nunca antes había incinerado a un Grelo ni a una rana, seguramente sería un espectáculo interesante, pero antes optó por una opción más civilizada: usar el poder disuasivo de la enorme bestia en la que estaba montado. Con una suave caricia sobre la esfera del Quebranta–espíritus hizo que el animal soltara un grito de dolor ensordecedor, sin embargo, el rey de los Grelos no parecía impresionado, tampoco su rana. Un Grelo jamás le haría algo así al animal que cabalgaba. Lo que sí consiguió fue que al menos una centena de Grelos aparecieran en los árboles cercanos a observar qué sucedía y que antes parecían no estar. Ahora, además, estaban rodeados y literalmente, emboscados, los soldados de Rávaro comenzaron a retroceder, pero sin que pareciera que estaban retrocediendo. Incinerar al rey de los Grelos ya no parecía una buena idea, los Grelos a su alrededor estaban armados con sus arcos y muchos estaban montados sobre sus ranas, en actitud relajada, pero listos para moverse. El rey de los Grelos le recordó que si decidía huir con el oro que había traído, entonces sí se convertiría en algo de mucho valor para su gente. Se escuchó el sonido de un arco tensándose y un segundo después una flecha se clavó en la nariz de la bestia, ésta gritó más por la molestia que por el dolor y soltó un violento golpe a un árbol cercano, pero los Grelos que estaban allí, huyeron un segundo antes, una nueva flecha se le clavó en el hombro mientras otra se rompió contra el hueso de su frente. Rávaro se sacudía en su improvisado trono, mientras sus hombres ya no disimulaban que se estaban aprestando para huir. Entonces decidió dar una muestra de su poder ordenándole con su Quebranta-espíritus a la bestia que atacara. Ésta golpeó con ambos puños el suelo de forma que remeció los árboles cercanos, otro lo rompió a la mitad de un manotazo y finalmente se lanzó con su amo por delante contra un tercero. Las flechas comenzaron a lloverle de todos lados, Rávaro cayó al suelo estrepitosamente, pero de inmediato se incorporó para buscar la esfera que había perdido, cuando la vio, el enorme pie de la bestia ya le caía encima, por poco alcanzó a evitar que su mano quedara hecha añicos como el aparato. Logró evitar eso, pero el siguiente pisotón de la bestia iba justo sobre él. Se cubrió inútilmente la cabeza con las manos, sin embargo logró soltar antes un conjuro y su cuerpo entero se convirtió en una antorcha de fuego amarillo pálido que desapareció bajo la pata de la bestia. Luego bajo ésta, sólo había un manchón de hierba ennegrecida y humeante. Sus soldados ya había corrido hace varios segundos, un aullido del rey y todos sus colegas salieron en persecución de esos desafortunados.

Salvo por algunos Grelos viejos que hace tiempo no se movían de donde estaban, sólo el rey y la bestia se quedaron allí. De alguna manera, el viejo rey sabía quién estaba realmente en el cuerpo de la bestia, le recordó que su hermano tenía una aliada poderosa, Dágaro sólo jadeaba tratando de recuperar el aliento. No podía hablar, no estando en ese cuerpo, sólo soltó un gruñido, y deshaciéndose de lo último que le quedaba del armazón que Rávaro le había mandado poner sobre sus hombros, echó a caminar fuera del campamento.

León Faras.

viernes, 30 de agosto de 2019

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


VII.

No era un gran problema para Ascaldari tener que nadar, el gran problema era meterse al agua, a los pollos de Egadari no les gustaba mojarse las plumas, bastaba con verlos bajo la lluvia, cómo perdían toda su gracia y altivez para convertirse en unas criaturas feas y aún más malhumoradas, como si temieran que alguien se burlara de su aspecto, sin embargo, al final tuvo que hacerlo. Lázar le quitó la pechera y las alforjas que eran un peso innecesario en el agua y junto con Idalia, Driana y Cían subieron a la barca y fueron trasladados hasta el último muelle antes del muro; el pollo nadó tras la barcaza sin problemas, aunque no parecía disfrutarlo para nada. La melodía, esa letanía musical insistente, envolvía todo, pero se mantenía oculta en la oscuridad, nada que se pudiera ver delataba su origen o propósito. Tal como Driana lo había dicho, había una angosta escalera hecha del mismo material del muro adherida a éste, que lo ascendía hasta perderse en la altura y la noche. Driana fue primero, la escalera no tenía más de medio metro de ancho, y al no tener pretil la hacía más arriesgada a medida que subían, llevaba bien sujeto y pegado al muro a su hermano Cían, quien también era vigilado de cerca por Idalia que venía justo atrás, Ascaldari fue al último, tirado de las riendas por Lázar que lo guiaba, pues, aunque los pollos eran famosos y confiables por su buena estabilidad sobre dos patas, una escalera era algo muy diferente y no había forma de que el animal viera donde pisaba. Cuando se terminó la escalera, aún faltaba un buen trecho de muro por ascender para alcanzar la cima y el puente, y sólo quedó un angosto pasillo a una altura intimidante que parecía bordear el muro en toda su impresionante envergadura, debía haber alguna subida, ya estaban allí y no era buena idea devolverse, por lo que no tenían más opción que echar a caminar, y eso hicieron, caminar por horas, sin encontrar una sola forma de seguir subiendo, hasta que agotados y frustrados se detuvieron a descansar unos minutos para decidir qué hacer, pues no podían escalar el muro, no tenían cómo, y aunque hubiesen podido, para el pobre Ascaldari hubiese sido una tarea imposible, en ese momento, el joven Cían descubrió que ya no estaban caminando sobre el mismo pasillo de antes, que aquel estaba varios metros más abajo y el puente varios metros más cerca: el pasillo tenía una suave pendiente que cada vez los acercaba más a la cima de una forma casi imperceptible hasta acabar en el puente. De seguro que se podía pensar en otras formas más prácticas e inteligentes de ascender un muro, pero al menos, podían seguir avanzando.

Al verla de cerca, Antigua era mucho más impresionante, para Gálbatar era un enigma cómo se había construido y con qué material, que parecía único y omnipresente, como una sola enorme roca labrada, a Licandro en cambio, le parecía una pésima idea el turismo en ese lugar y con ese cántico penoso que erizaba los vellos, sólo le interesaba salir de allí lo antes posible, aunque a juzgar por la entrada, ya empezaba a pensar que no lo lograrían. Gíbrida venía al final con su escopeta preparada en los brazos, admiraba la belleza de la ciudad, pero no la disfrutaba para nada, viendo probables enemigos por todas partes. Caminaron un buen trecho antes de encontrar un puente que cruzara sobre uno de los numerosos canales que recorrían la ciudad y por los que se movían los barqueros; en algunos puntos, la ciudad parecía flotar sobre el agua, mientras que en otros parecía más una ciudad anegada, con buena parte de su estructura bajo el agua. El alquimista señaló la parte más alta de la ciudad, la que estaba conectada con el puente que atravesaba el muro, allí se encontraba el “Corazón de Antigua” y allí era donde debían llegar, aquella, por lo que se sabía, era la fuente que mantenía eternamente con vida a toda la ciudad y sus habitantes, y era la fuente de inmortalidad que Rávaro deseaba, pero Licandro estaba cada vez más en desacuerdo, irrumpir en la ciudad, en el salón principal, coger un trozo del Corazón de Antigua y esperar a que los habitantes y guardianes simplemente se crucen de brazos como si nada, era una locura, o peor aún, una estupidez. Gíbrida pensaba algo parecido, si había seres defendiendo la ciudad y eran la mitad de buenos de lo que habían demostrado ser los Mancos, entonces estaban perdidos, Bolo, sin embargo, sólo se lamía los nudillos sanguinolentos despreocupado. No había ningún mapa de Antigua ni nada que les dijera qué camino debían tomar, por lo que sólo se dedicaron a buscar la forma de ascender por pasillos, escaleras y puentes hasta el punto en el que el maldito cántico parecía brotar del interior de sus propias cabezas, y se podía ver las siluetas oscuras de los habitantes de Antigua formados unos junto a otros, Licandro tomó una bocanada de aire y miró su gran martillo meneando la cabeza con decepción; aquellos se veían erguidos, tanto o más altos que él y además muy numerosos, de todas las empresas en las que había acompañado a su jefe y amigo, aquella era sin duda la que tenía peor pinta. Iban a avanzar resignados, cuando una voz les dijo que si pensaban entrar armados al salón del Corazón de Antigua, serían destrozados en segundos, Gíbrida apuntó a la cara del desconocido con su escopeta al instante, más por una reacción nerviosa que por que lo considerara una real amenaza, pero Gálbatar le bajó el arma con la mano hasta dejarla apuntando al suelo, aquel era otro de esos hombres que practicaban aquella falsa ciencia de la magia y la hechicería, saltaba a la vista, podía ser igual o peor que el Místico que habían encontrado antes, lo que lo hacía poco confiable para la muchacha. Al igual que el otro, éste también parecía querer ayudarles, aunque no tenían ni idea de por qué, sin embargo, Madra no traía explicaciones para ellos, sino sólo consejos, y el primero era dejar las armas allí para poder avanzar, nadie las tomaría, pero por si acaso, Gálbatar dejó a Bolo para cuidarlas. Pasaron junto a los enormes habitantes de Antigua que aún interpretaban su cántico, Gíbrida los miró tímidamente de soslayo, no se confiaba ni un pelo, ni de ellos, ni del mago que los guiaba, estaba asustada, y ella no era del tipo de chicas que se asustaba fácilmente, aquellos no eran hombres, más bien parecían estatuas, estatuas que podían moverse, notó que Licandro también se veía intranquilo, deseando tener más ojos de los que tenía. El alquimista quiso saber el porqué de ese cántico persistente, pero Madra nuevamente le aclaró que lo suyo era el consejo y no las respuestas; los magos siempre respondían cosas así, como si ser ambiguos los hiciera más interesantes. El consejo esta vez era, tomar lo que venían a buscar y salir lo antes posible de allí, eso no era necesario que se lo dijeran a Licandro, que cada vez estaba más ansioso por largarse. El salón era un rectángulo oscuro, pulido y enorme con las paredes llenas de ventanas sin cristales, allí, empotrado en el suelo dentro de un anillo metálico, había una especie de huevo gigantesco, de tres o cuatro hombres de altura, el cual, estaba hecho de un material transparente, pero que lenta y paulatinamente estaba siendo cubierto por una costra irregular, con el aspecto y la dureza de una roca. Gíbrida se acercó en primer lugar a mirar el interior del huevo por la superficie que aún era transparente, Madra la observaba fijamente, como esperando su reacción. En el interior pobremente iluminado, luego de una nebulosa pared de grueso cristal, y rodeada de cajas, tuberías, mangueras y artefactos incomprensibles, había una mujer que parecía dormir plácidamente, ella era el Corazón de Antigua, y la coraza que la protegía, se estaba volviendo de roca lenta e inexorablemente hasta que, cuando aquello sucediera, se apagaría su luz y sería el fin de la ciudad, todos lo sabían, aquel era un ciclo y debía terminar para dar paso a otro. El anillo de metal tenía un angosto canal que lo circundaba completamente y en el cual se acumulaba un líquido transparente similar al agua, aquellas eran las lágrimas del Corazón de Antigua, aquella chica, por alguna misteriosa razón, no dejaba nunca de lagrimear sin llanto, lágrimas que según se sabía, otorgaban la inmortalidad a quien las bebía. Madra cogió un pequeño frasco y con él extrajo un poco de las lágrimas y se lo entregó a Gíbrida, aquello era lo que venían a buscar, y ahora más valía que se largaran de allí, cosa en la que todos estaban de acuerdo, pero ninguno estaba muy seguro de poder lograrlo, sin embargo, Madra se ofreció a ayudarles, aunque se guardó sus motivos. No es que se pudiera confiar plenamente en un mago como él, pero dadas las circunstancias, cualquier cosa era mejor que cruzar de nuevo la endiablada entrada del Ladrón.



León Faras.

jueves, 11 de julio de 2019

La prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


VI.

Los soldados espectrales, no eran hombres. Alguna vez lo fueron, de eso no había duda, pero ya hace mucho tiempo que no. Eran producto de una magia negra, antigua y profunda capaz de capturar almas en una roca, una gema, unirlas a cuerpos artificiales o naturales y tomar posesión de éstos como quien entra a su propia casa. Espíritus fundidos a cuerpos metálicos, incapaces de sentir dolor o cansancio, tampoco piedad, sólo la euforia de la victoria y eso era precisamente lo que Dágaro les daba, victorias gloriosas, el placer de arrasar ejércitos enteros sin una sola baja, el orgullo de sembrar el miedo en el enemigo con tan sólo la presencia, sin necesidad, siquiera, de desenvainar la espada y eso sólo su amo podía dárselos y por eso era que le guardaban absoluta lealtad. Veían sin ojos y oían tan bien como cualquier hombre, pero sin oídos, tampoco tenían boca, pero eran capaces de hablar un lenguaje propio sacado del inframundo, y de emitir ese horrible chillido que soltaban cada vez que iban a luchar, un aullido espantoso que era el mismísimo ángel de la muerte anunciando su llegada. Días antes de que los soldados espectrales desaparecieron de los muros del castillo y se ocultaron en la ciénaga, Obli, el pequeño porquero al servicio de Rávaro, salía del castillo sentado en su carreta tirada por su asno “Bonachón” en busca de víveres y herramientas pero se detuvo antes de alejarse demasiado, tenía un encargo que cumplir. Con toda la cautela que el miedo puede dar, se acercó a uno de los soldados espectrales, eran enormes para él, que apenas superaba el metro de altura, y desprendían ese desagradable vapor negro por las hendiduras de su armadura, aquel en particular, llevaba un yelmo coronado con tres púas, permanecía inmóvil, pero estaba vivo y si quería le podía arrancar la cabeza de un solo golpe con su espada y su enorme fuerza. Le pidió permiso, aunque no esperaba una respuesta, y extremando precauciones, como quien mete la mano en un saco de víboras, cogió con la punta de los dedos el puñal que llevaba en su cinto el guardia espectral y se fue lo más rápidamente que pudo él y su asno, minutos después se lo entregaba a su hermana Dendé, quien le esperaba no lejos de allí, montada en los lomos de una bestia acuclillada, oculta en la ciénaga, esperando para llevarle el encargo a su ama, Rodana, la bruja de las jaulas. Obli también le había llevado un mechón de pelo.


Una vez en la superficie, el sonido, aquel cántico persistente, se volvía más presente y envolvía a toda la ciudad, aunque a simple vista no se viera a ninguno de los habitantes de la ciudad Antigua. Lázar, apuntando hacia las alturas, decidió que debían buscar la forma de subir hasta el puente por el que Idalia había llegado, ésta estaba de acuerdo, aunque tampoco era que tuviera una mejor idea. Iban a ponerse en marcha rumbo a la ciudad en busca de un camino que subiera, cuando Driana recordó algo, un acceso más seguro, pero el pollo debería nadar. Nadie comprendió de qué estaba hablando.


Cuando Driana salió antes del socavón, lo hizo con la intención de recuperar sus alas, pues para ella y su hermano, no había muchas posibilidades de atravesar la jungla sin ellas. Eran alas grandes y pesadas y que no podrían despegar jamás, si no eran llevadas hasta un sitio alto, pero atravesar la jungla a pie no era opción para ella. Se ocultaba de unos habitantes junto al río, cuando vio que una barca se detenía, aquellos se subían y le indicaban una dirección al barquero y éste iniciaba su marcha, sólo unos segundos después, otra barca se detenía allí a esperar pasajeros, Driana dudó varios minutos, pero al no aparecer nadie, se arriesgó a acercarse. El barquero, inmóvil como una estatua, no hizo ni dijo nada cuando aquella intrusa abordó su nave, y cuando la muchacha le indicó, con toda timidez y cuidado, la dirección en la que quería ir, la barca simplemente se puso en marcha, el problema fue que sólo llegó hasta el último muelle antes del muro y no pasaría de allí. Driana no se atrevió a bajarse, pues no faltaba mucho para que la niebla de la selva regresara, y si se quedaba tirada allí, moriría sin duda, sin embargo, algo llamó su atención antes de regresar, una angosta escalera que ascendía pegada al muro y se perdía en la oscuridad. Eso fue justo antes de encontrar a Idalia en el río.


Al salir del túnel de los Mancos, se encontraron con un puente, un único puente que cruzaba la nada, como si el mundo entero estuviera partido en dos mitades y ese puente fuera la única conexión entre ambas, al atravesarlo, continuaron por otro túnel idéntico al anterior, una alcantarilla, pero esta vez, perfectamente normal y segura, por allí, siguieron al Místico hasta la superficie, donde todos quedaron boquiabiertos al ver el cielo nocturno perfectamente estrellado, la ciudad era hermosa de noche, Licandro consultó su reloj, no había pasado tanto tiempo como para que anocheciera, todo lo que se contaba sobre Antigua, era cierto, Gíbrida, incluso, soltó una pequeña alabanza a la Gran Madre sin darse cuenta. A Gálbatar en cambio, le interesaba mucho más saber cómo demonios había hecho el Místico para multiplicarse, sin duda se trataba de esa ciencia incomprensible para él de la hechicería, el Místico le aclaró que ellos estaban por encima de los hechiceros, y aquellos, a su vez, están por sobre los magos. A él no le importaba, pero había algunos que podían sentirse ofendidos por la confusión, o aprovecharse de ella. Lo que no le dijo, fue que los alquimistas estaban en última posición en esa lista. Luego, les dijo que tenía algo importante que hacer y les advirtió que los había ayudado a entrar, pero que no los ayudaría a salir, no si llevaban aquello que habían venido a buscar y remató diciendo que se aseguraran de no estar en la ciudad para cuando acabara la noche. A Gíbrida, aquello le pareció una amenaza, pero Gálbatar la corrigió diciendo que aquello había sido una advertencia; según había leído, la niebla que emanaba de la jungla durante el día era turbia y tóxica y podía matar cualquier forma de vida. Debían darse prisa, y su única opción era salir exactamente por donde habían entrado, Gíbrida miró su bolsa atada al muslo y musitó algo así como que había gastado más munición de la que esperaba, Licandro negaba con la cabeza, tozudo, no podían usar de nuevo ese maldito callejón endiablado o todos morirían sencillamente, tenían que hallar otra salida, Gálbatar alegó que no había tiempo para debates, que sólo tenían unas cuantas horas. De todos, Bolo era el único realmente ansioso por volver a cruzar la Entrada del Ladrón. Para la muchacha, todo aquello se estaba volviendo una muy mala idea, antes de partir, se atrevió a recordarle a su jefe sus propias palabras, sobre que ninguna recompensa valía la pena si se perdía la vida por ella, el Alquimista se le acercó hasta estar a diez centímetros de su rostro, para recordarle que la palabra empeñada, Sí valía la pena.



León Faras.

viernes, 1 de febrero de 2019

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


V.

Fue una noche tranquila, las arenas del desierto se comportaron benévolas con los viajeros y llegado el ocaso, pudieron comer tranquilamente y dormir a gusto, hasta tuvieron ánimos de parlotear hasta bien entrada la medianoche, contándose la buena cantidad de cosas interesantes que habían visto y vivido a lo largo de sus ajetreadas vidas, algunas parecían mentira, otras lo eran casi por completo. Baros, por ejemplo, contó como la noche que lo liberaron, presenció la cosa más fabulosa jamás vista por nadie en ninguna parte del mundo: la increíble lucha entre una bestia y un enano de rocas. Por supuesto que, al igual que con el oro y los Grelos, nadie le creyó, incluso Bomas aprovechó para ponerse de pie, soltar un escupitajo al suelo e irse a dormir, alegando que después de semejante embuste, nadie podría contar otra historia que la superara, Gago, entusiasmado, aunque no convencido, quería conocer el desenlace de semejante combate. Nilson, en cambio, con sus gigantescos brazos cruzados sobre su no menos abultado pecho, escuchaba la historia con la vista fija en el fuego, asintiendo suavemente. Él sí le creía, o al menos le daba el beneficio de la duda, él había visto, hace varios años ya, caer del cielo una roca envuelta en llamas que se estrelló en un bosque, y de la que salió una criatura viva, que se alejó caminando y dejando un rastro de fuego azulado a su paso que no tardó en desaparecer, cubierto por el colosal incendio que se armó. Eso sí que fue algo increíble de ver, pero claro, cuando lo contó, a él tampoco nadie le creyó. Hay cosas que simplemente son imposibles de creer, y eso es así. Al alba reanudaron la marcha, si no había contratiempos, llegarían al valle de Las Mellizas aquella misma tarde.

Múltiples entradas, pero sólo una conectada con la única salida disponible. El Místico, una vez completado el laberinto, atravesó la raíz del Gigante Dormido que lo conducía a la salida, un conducto que se volvía cada vez más y más oscuro hasta anular completamente el sentido de la vista, aunque éste, no era en absoluto necesario para salir de allí, bastaba con seguir el camino recto como un túnel hasta atravesar la pared de agua y eso era todo, sin embargo, por precaución, el Místico cogió de la bolsa que colgaba en su cintura, una especie de escarabajo del tamaño de una nuez, parecía hecho de una roca gris-azulosa, pero con un enorme grado de detalle. Lo encerró formando una cavidad con ambas manos, le rezó una breve oración y le lanzó su propio hálito, un largo y regulado soplido como quien se calienta las manos con su aliento. Entonces del interior de sus manos comenzó a brotar luz, al abrirlas, el escarabajo voló, iluminando todo el lugar con su barriga como una luciérnaga. El escarabajo iluminó el camino del Místico hasta llegar a la pared de agua: una suave y fina cortina de agua que cubría todo el espacio para pasar. Tanto el insecto mágico como el hombre de la túnica marrón y la piel morada, cruzaron a través de la suave cascada sin ningún problema, pero apenas estuvo al otro lado, el Místico oyó la voz de un hombre y vio como el túnel transversal, justo frente a él, era iluminado paulatinamente por la luz amarilla e inquieta de un fuego, entonces, sin perder un segundo, cogió su escarabajo de un zarpazo, se lo metió en la boca y se dejó caer al suelo. En el otro extremo del túnel apareció Lázar de Agazar con una antorcha en la mano y la espada en la otra, inspeccionaba todos los conductos adyacentes en busca de alternativas o de posibles peligros potenciales. Se encontró con el cuerpo del Místico, con toda precaución y usando la punta de su espada, le levantó la capucha, el caballero retrocedió asqueado: Aquel hombre en el suelo lucía el desagradable aspecto de la muerte vieja. Tenía la piel roída hasta los huesos en algunos lugares, sus cavidades oculares estaban vacías, los labios recogidos y la parte blanda de la nariz a punto de desprenderse producto de una colonia de afanados gusanos. Lázar le guardó respeto y lo dejó en paz, sólo era un cadáver hace rato abandonado a su suerte como alimento para las alimañas, luego comprobó con decepción que en el fondo de aquel túnel sólo había un muro de roca por el que escurría sin parar una suave cascada de agua pegada a la pared. Cuando el caballero se retiró para continuar su camino, el Místico se puso de pie, le pareció ver, antes de que la oscuridad se volviera absoluta, un pollo gigante. Ya no tenía ningún aspecto de muerte, su piel violeta relucía, sus labios se juntaban, su nariz estaba intacta y sus ojos amarillos estaban tan vivos como siempre. La ilusión era el más simple de sus trucos. Una vez que todo regresó a la calma y la oscuridad volvió en su total dominio, escupió con suavidad el escarabajo sobre su mano, éste inmediatamente se encendió y reanudó su vuelo. Sin embargo, le quedaba una gran duda, por un lado, aquel caballero no era a quien él buscaba, pero por otro lado, se preguntaba qué diablos podría estar haciendo allí un caballero de Egadari y su plumífera montura. Entonces, un buen número de detonaciones, aullidos y golpes de metal llegaron hasta sus oídos. Dentro de las cloacas, era difícil saber de dónde venían exactamente esos sonidos, pero el Místico lo sabía sin ninguna duda: aquella era la entrada del Ladrón y los hombres que buscaba estaban allí, pero eso no era todo, había otro persistente sonido, una melodía lenta y grave que venía de la ciudad, a la que tendría que prestarle atención después.

Si un Nobora, por naturaleza, era una criatura pendenciera, que le parecía especialmente estimulante la idea de dar y recibir golpes, y con no mucha inteligencia como para medir consecuencias o considerar otras alternativas más seguras o menos violentas, entonces, un Nobora narcotizado con una sustancia que le hacía perder el mínimo de cordura y de instinto de conservación que el miedo puede generar en un organismo vivo, era un auténtico demonio desatado. Tanto Licandro como Gíbrida, una vez que su amigo Bolo desapareció en la oscuridad, se quedaron pasmados e incrédulos, incapaces de moverse hasta que una ensordecedora detonación los despertó de su letargo cerebral, a su lado, Gálbatar tiraba con fuerza de la palanca de su rifle hacia atrás y luego hacia delante para cambiar la munición usada por una nueva, el alquimista los increpó por estar parados como imbéciles, y llevándose la mira telescópica de su arma de nuevo al ojo derecho, echó a andar tras su esclavo Nobora.  Licandro, con ambas pistolas en las manos, se rascó la cabeza con la empuñadura de una de éstas mientras maldecía con frustración, se armó de valor, como quien está a punto de meterse al agua fría y luego caminó decidido, reprochándole, un poco al aire y otro poco a sí mismo, que él sabía que el Foso, aunque tuvieran que pasarse toda una vida buscándolo, era mucho más seguro que esta endemoniada entrada. Gíbrida, levantando con fuerza el cañón basculante de su escopeta recién cargada, le recordó que no era momento para arrepentimientos ni reproches, y también avanzó con paso firme tras él.

Como una lucha de gatos salvajes encerrados en un pozo, así se podía describir el combate desenfrenado de Bolo contra, por lo menos, tres Mancos simultáneamente. El Nobora era duro como un árbol, pero aquellas cosas eran de metal forrado en goma y los golpes de puño no eran, precisamente, lo más adecuado para derrotarles, sin embargo, Bolo ya había encontrado una forma bastante eficiente: lograba atenazarlos por detrás, donde las garras de los Mancos se volvían inútiles, con sus fuertes piernas por la cintura y sus poderosos brazos por el cuello, del cual tiraba con todos los músculos de su torso, repartiendo al mismo tiempo, violentos codazos sobre los hombros del Manco hasta conseguir descuajarle la cabeza, para luego usarla, junto con el cuerpo del decapitado, como arma contundente y arrojadiza contra los otros, mientras Gálbatar y los demás se abrían paso a tiros, descubriendo que los disparos a corta distancia eran mucho más eficientes y que las articulaciones de los Mancos eran particularmente débiles a las balas. Sin embargo, los enemigos, lejos de acabarse, parecían multiplicarse, todo lo contrario de las municiones y aún no se vislumbraba una salida. Licandro cogió a Bolo por la parte de atrás de su camiseta de cuero, bastante rasgada ya, y con una fuerza considerable lo elevó por los aires y lo lanzó un par de metros hacia atrás, para que el incansable Nobora ganara algunos metros, pues no paraba de enfrascarse en sucesivas peleas que evitaban que el grupo avanzara hacia una salida y debían hacerlo si querían salir de allí algún día. Gíbrida se adelantó varios metros animando a los demás a que hicieran lo mismo, cargó su escopeta y soltó un tiro hacia el bulto de enemigos, el estridente aullido de respuesta vino desde sus espaldas, un grupo de Mancos venía corriendo hacia ella, la chica apuntó y le soltó su disparo en plena cara al que estaba más próximo, pero inmediatamente supo que debía cargar otra vez, y estaba sola. Con agilidad, esquivó las garras del Manco que pasó volando sobre su espalda por los pelos y echó a correr como alma que lleva el diablo, tras ella, se escuchó como las garras de metal hendían la piedra al frenar la carrera y la retomaban nuevamente para perseguirle. Gíbrida ni siquiera intentó cargar su escopeta, su carrera era demasiado desesperada para eso, entonces vio una silueta que corría hacia ella en sentido contrario, no parecía un Manco, pero dadas las circunstancias, podía ser incluso algo peor. Estaba perdida, los Mancos casi le pisaban los talones y ese ser de túnica oscura corría por el cielo cabeza abajo directo hacia ella, entonces, en cuestión de segundos, Aquel le saltó encima lanzándola inexorablemente al suelo, le presionó fuerte en alguna parte de la nuca con dos dedos y la chica sintió como su cuerpo dejaba de obedecerle, se quedó inerte, tirada en el suelo sin poder moverse, completamente desvalida, mientras el hombre de la túnica continuaba su carrera hacia sus compañeros. Los Mancos frenaron su carrera junto a ella, eran cuatro, no había forma de que se defendiera, ni siquiera podía gritar, sin embargo, aquellos luego de estudiarla algunos segundos con sus rostros inexpresivos e inocentes, se alejaron sin siquiera tocarle un pelo. Parecía muerta, y para los Mancos, un muerto no era una amenaza ni les generaba el menor interés. Bolo estaba listo para lanzarse al ataque nuevamente, pero casi en el aire, unas manos fuertes y de color morado lo tomaron por la camiseta nuevamente y lo lanzaron varios metros atrás. Gálbatar disparaba a todo lo que su fusil le daba, mientras a su lado Licandro, hace rato sin un segundo de tiempo para cargar sus pistolas, había cogido el martillo que cargaba a su espalda y con él hacía lo posible por ganar algo de espacio repartiendo golpes de derecha e izquierda, entonces, un místico pasó corriendo junto a él, luego otro y luego una docena, por todos lados, cruzándose por las paredes, otros por el cielo raso, confundiendo a los Mancos que no sabían a quién perseguir o atacar. El alquimista y su compañero se miraron perplejos, hasta que el Místico, el de verdad, se paró en medio de ellos y casi les ordenó que salieran de ahí. A la carrera cogieron a Bolo, uno de cada hombro, mientras el Místico cogía a Gíbrida del suelo y con otra suave presión de sus dedos en el cuello, le devolvía toda la movilidad a su cuerpo. La chica se alejó de él a manotazos, asustada: aquello de quedar "atrapada" en un cuerpo sin poder moverse, había sido la experiencia más espantosa que había vivido.



León Faras.

jueves, 8 de noviembre de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


IV.

Rancober y Hanela oían con suma atención, aunque en completo silencio y a una más que prudente distancia, la reunión que estaban llevando a cabo los mayores en una de las cuevas más amplias de las paredes del abismo y una de las más cercanas a la superficie. Rocas labradas burdamente y puestas una sobre otra hacían de pilares, un fuego generoso ardía dentro, aunque se podía encender una hoguera en el interior de la cueva y aún así no sería demasiado. Todos, o la gran mayoría de los Salvajes estaban allí para escuchar lo que los mayores tenían que decir: el día había llegado por fin, la reina que montaría al Débolum para gobernar y esparcir la paz y la equidad por la tierra había aparecido, y debían prepararse para la gran batalla, pues sólo los que lucharan a su lado prevalecerían. El Débolum, por primera vez, de que se tenía memoria, saldría del abismo para limpiar la tierra del mal. Para los muchachos esa era una noticia estupenda, oficialmente, los sacrificios se habían terminado, pero por otro lado, no había nada que celebrar, una gran guerra estaba pronta a desatarse, y los Salvajes llevaban generaciones sin probar su valor en el combate.

El asunto estaba claro, el socavón era sólo un oasis para descansar y recuperarse, pero no un lugar para quedarse demasiado tiempo, sin embargo, Idalia no entendía bien como había llegado hasta allí, y ahora menos sabría cómo salir de ahí o hacia dónde. Lázar no tenía dudas, ella era la reina y debía retomar su lugar, pero Madra, con la expresión conspirativa que siempre parecía mostrar, señalaba que ella no pertenecía a ese lugar, que había venido desde el otro lado y que era allá donde debía cumplir con su destino, fuese éste cual fuese, Driana estaba de acuerdo con él, Idalia había sobrevivido al Débolum y eso significaba, según los Salvajes, que debía cabalgar sobre él fuera del abismo. Idalia insistía en que, que algo como aquello sucediera, era imposible, jamás ella se atrevería a siquiera subirse sobre un monstruo tan enorme y aterrador, Madra no estaba de acuerdo en eso, la gente constantemente terminaba haciendo cosas que, poco tiempo antes, se creía incapaz de hacer, en algunos casos, abominaciones, en otros, auténticos prodigios. Entonces, se dieron cuenta de que Cían, no estaba, el muchacho había subido hasta la parte alta, hasta la entrada al socavón y parecía muy interesado oyendo algo, recién en ese momento los otros también escucharon el sonido que venía desde la ciudad, era como una especie de “Mmm” muy profundo, que llevaba una melodía simple repetida una y otra vez, un sonido que nadie había oído antes, pero que ahora parecía envolverlos. Según Madra, significaba que los habitantes de Antigua habían despertado, pero era incapaz de determinar el porqué, y si aquello era bueno o malo, el mago propuso que tal vez sería mejor quedarse un tiempo más para no interferir en los asuntos de los habitantes de la ciudad, pero a Driana todo aquello le daba muy mala espina y pensaba decididamente, que era mejor largarse de allí lo antes posible, porque podía ponerse más difícil si se quedaban. Idalia decidió seguirla y Lázar, siguió a Idalia, Madra en cambio, se quedó allí, les deseó paz y suerte, pero les recordó que no habían llegado juntos, que no eran un grupo y que no tenían por qué serlo. Lázar le rogó a Idalia que subiera a lomos de Ascaldari junto con el joven Cían, y entonces, se adentraron en las cloacas, el caballero cogió una antorcha y avanzaron por el mismo camino por donde las mujeres habían llegado, de pronto, un sonido muy fuerte, como una detonación los congeló, dentro de esos agujeros estrechos, sólidos y ramificados, era imposible determinar de dónde había venido, pero lo siguió una batahola de rugidos, golpe de metal, chillidos estridentes y gritos y otro par de violentas detonaciones más. Lázar le entregó la antorcha a Idalia y de las alforjas de Ascaldari cogió un respetable puñal, como una espada corta y se la pasó a Driana, luego él sacó su espada del cinto y la puso en frente de sí, no estaba seguro de qué estaba pasando, pero más valía estar preparados.

Las cloacas eran lugares particularmente oscuros, pero aquellas parecían capaces de tragarse la luz del foco de Gálbatar, que intentaba penetrarla, con inusitada voracidad. Bolo continuaba expectante, tratando de detectar algo con su olfato o con su vista, algo que le indique qué hay ahí oculto en la oscuridad. Licandro decide avanzar, con precaución, pero moverse, pues la espera sólo le tensa más los nervios, Bolo se adelanta, dos o tres pasitos rápidos y se vuelve a detener, agazapado contra la pared, no se ve ni se oye nada y no se puede confiar en el instinto de un Nobora narcotizado. Entonces, el alquimista nota junto a él, en la pared, preocupantes marcas como zarpazos capaces de hender la roca, sus compañeros también las ven, pero cualquier comentario estaría de más. En ese momento, parece verse algo, pequeñas lucecitas estáticas en la oscuridad, como ojos que brillan al reflejar la luz. Gíbrida sacó su catalejo y trató de ver algo en la distancia y la oscuridad, pero aparte de esos ojos que brillan como inocentes y puras esferas de cristal, no logra distinguir gran cosa, sólo una tenue silueta, como de un cuerpo que se asoma tímido, desde una cavidad, dibujada cuando la luz no le da de lleno y vuelve a desaparecer cuando la oscuridad la absorbe. Hay algo ahí y no está solo. Gíbrida avanza un par de pasos para ver mejor y es como si hubiese traspasado un límite que no se debía cruzar; algo inicia una carrera desde la profundidad negra del túnel y pegado al cielo de éste, se mueve rápido y sobre cuatro patas, pero son muy difíciles de ver, la potente luz del foco de Gálbatar, inexplicablemente, los hace desaparecer, los oculta a la vista y sólo en la penumbra se distingue una silueta borrosa en vertiginoso movimiento por las paredes o el cielo de igual manera. Gíbrida disparó en dirección al sonido de las garras hiriendo las paredes, pero sólo consiguió dañar más las piedras del muro, retrocedió para ganar espacio y apuntar para su segundo tiro, pero Bolo pasó por enfrente de ella, corriendo de la pared al cielo, lanzándose contra aquella criatura y capturándola en el aire, rodando con ella por la pared como si se tratara del piso y llegando hasta los pies de Licandro, enzarzados en una riña de puños y garras endiabladas que terminó cuando, el Manco, al verse atrapado, soltó un aullido agudo y estridente capaz de hacer arrugar la nariz y esconder las orejas a cualquiera y Licandro, poniéndole el pie sobre la cabeza de aquella… cosa que los atacaba, y descerrajándole un disparo en la frente que dejó a Bolo golpeando con sus puños un cuerpo silente y exangüe. No importa de qué criatura se tratase, el disparo en la cabeza era universalmente efectivo. Del agujero en la cabeza del Manco escurrió un líquido similar al metal derretido, como si de sangre se tratara. Aquel era un ser del tamaño de un hombre pequeño y de contextura delgada, hecho de metal, pero cubierto de alguna clase de goma transparente que le daba una flexibilidad asombrosa y además esa capacidad de mimetizarse en su entorno. Estaba armado con garras y en su espalda cargaba un sable que al menos éste, no había tenido tiempo de usar. Sus piernas estaban perfectamente capacitadas y debidamente articuladas para facilitar el desplazamiento sobre dos o cuatro patas por igual. Su rostro era una máscara con simplemente tres agujeros, sus dos ojos redondos y expresivos, hechos del más puro cristal y un agujero como una “o” en el lugar de la boca y que le daba el aspecto de inocencia de una muñeca infantil. Muchos más ojos en la oscuridad volvieron a aparecer y cuando comenzaban a pensar que estar allí era una mala idea, y de que sería mucho más difícil contener a los Mancos si atacaban en grupo, Bolo se lanzó contra aquellos enemigos con un grito de furia, como un animal poseído por todos los demonios del caos, la ira y la destrucción.


León Faras.

miércoles, 24 de octubre de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


III.

Poner a dormir a Bolo no era tan sencillo como parecía, pero era necesario, pues debían descender de la barcaza sin que ésta tocara tierra, y Gálbatar quería a su esclavo Nobora cuidándoles las espaldas cuando cruzaran la Entrada del Ladrón. No era fácil, porque Bolo tenía una notable resistencia a las sustancias que pretendían influir en su metabolismo de fierro y porque, literalmente, podía oler a distancia los soporíferos que el alquimista sabía preparar, y negarse a probarlos, sólo el alcohol funcionaba y se lo bebía de buena gana, pero no tenían tanto tiempo como para emborrachar a un hombre-perro y esperar a que se recuperara. Entonces Licandro sacó una botella de líquido y se la enseñó a Gálbatar, era una cocción de flores maceradas en un licor destilado de bayas silvestres al que se le había agregado un polvo extraído de hongos con poderes mágicos, o eso le había señalado el vendedor, lo había encontrado hace unos días en un extraño mercado y de inmediato pensó en su amigo Bolo y su problema con la altura. El mercader le aseguró que el brebaje podía infundir valor a quien lo necesitara al punto de ser capaz de enfrentar su peor pesadilla con arrojo y valentía, y perder completamente la prudencia y el miedo a la muerte, si aquello era necesario; había batallas que se habían decidido gracias a esta bebida, sin embargo, se debía tener mucho cuidado con la cantidad, pues una dosis muy elevada, podía conectar al individuo con otro tipo de realidades, haciéndolo entrar en contacto con mundos gobernados por espíritus, a veces buenos y a veces malos, advirtió el comerciante, y luego vació los bolsillos de Licandro con una amable sonrisa. Mientras preparaban el descenso, Licandro le dio un vaso pequeño a su amigo Bolo, con toda ceremonia y discurso para que éste pensase que se trataba de algo especial y no de una botella de licor ordinaria que debía ser aniquilada lo más rápido posible, sin embargo, el vaso pequeño no pareció surtir efectos en el Nobora, y a éste pareció agradarle, por lo que le dio otro y de paso, se bebió uno él también, después de todo, nunca estaba de sobra un poco de valor. Cuando Licandro salió a la cubierta, Gálbatar miró preocupado la botella con el menjunje, le faltaba más de la mitad, lo que significaba que: o el organismo de Bolo era demasiado resistente o el brebaje era un completo timo. Licandro respondió que tal vez un poco de ambos, pero que finalmente había dado resultado y señaló hacía el cielo con una amplia y forzada sonrisa. En ese momento el Nobora trepaba eufórico por una de las redes de cuerda hasta el globo, donde cualquiera que se atreviera, podía experimentar lo que se sentía viajar sobre una nube. Gíbrida miraba con la boca abierta, realmente se trataba de un brebaje milagroso, se lo arrebató de las manos a Licandro y se echó un trago largo, luego se lo devolvió con la misma rudeza con que se lo quitó. No estaba tan mal.

La entrada de “El Gigante dormido” se refería a un árbol caído de un tamaño descomunal, como un tubo gigante con la altura de cuatro hombres de diámetro, que tenía sus ramas en la jungla, pero luego de cruzar el río en todo su ancho, enterraba las raíces en la ciudad. Parecía sacado de otro planeta, de uno particularmente enorme. El Místico llegó hasta allí para cruzar al otro lado, a la verdadera Antigua, y para eso, debía hacerlo por el interior del Gigante dormido y no por encima. Sus ramas ofrecían angostas entradas por las que un hombre delgado podía arrastrarse como por dentro de una tubería, pero sólo una de esas entradas llevaba sano y salvo al visitante hasta el otro extremo, pues una vez dentro, lo que se encontraba allí, era la entrada a un laberinto que cubría totalmente la circunferencia del interior del túnel, iluminado tenuemente por algunos haces de luz filtrados desde el exterior y por una bandada de insectos luminosos, similares a los que habían en el foso, que se desplazaba por el centro, todos juntos como una nube luminosa. Para los Místicos, sólo había una forma de cruzar el laberinto y era repitiendo una letanía infinita, muy larga, aprendida de memoria y que señalaba el camino que se debía tomar: cinco pasos, izquierda, diez pasos, izquierda, dos pasos, derecha… y así, hasta llegar al final. Es interesante destacar que hay puntos en los que, con sorpresa, se puede ver la luz entrar desde un agujero en el suelo bajo tus pies, como si se estuviera de pie sobre el sol y no bajo él, entonces, y sólo entonces, el visitante nota que está cabeza abajo, pero aquello no afecta en lo más mínimo dentro del Gigante dormido. De esa manera, el visitante cruza el paso hacia la ciudad Antigua, pero el intruso, o tal vez quedaría mejor decir, el insensato, es atrapado en un laberinto infinito y consumido por el Gigante lentamente.

Para cuando lograron que Bolo bajara del globo que sostenía la barcaza aerostática, ya habían preparado las cuerdas para el descenso, el sistema era muy simple, se utilizaban contrapesos que colgaban de la barcaza, pero éstos, sólo frenaban los últimos metros de la caída, por lo que bajar de la barcaza era un verdadero salto al vacío. Gálbatar y los demás, se ataron un pie a la cuerda y luego la sujetaron firme con ambas manos para dejarse caer, Bolo, dentro de su estado de exaltación narcotizada, apenas cogió la cuerda y se lanzó al vacío como un clavadista, dando un brinco espectacular desde la barandilla con un alarido de euforia digno de un Nobora desquiciado y sólo sujeto con sus poderosos puños que, y gracias a algún pequeño resquicio de sensatez dentro de su locura temporal, no soltaron la cuerda hasta posar los pies suavemente sobre el piso firme de la ciudad destruida. La Entrada del Ladrón estaba claramente señalada en el mapa, pero cruzarla, era algo completamente diferente, ninguno de los que estaban ahí lo había hecho antes, y todo lo que se sabía al respecto, eran cuentos y leyendas que tenían las mismas posibilidades de ser falsas o verdaderas. En primer lugar, se decía que debía ser cruzada de día, jamás al ocaso ni mucho menos por la noche. En segundo lugar, había quienes aseguraban que dentro del paso, la oscuridad era total y que era imposible diferenciar el arriba del abajo, también se decía que los Mancos podían ver en la oscuridad y que esa era su principal ventaja, eso, además de ser considerados indolentes y muy buenos guerreros.

Una auténtica ranura para hombres, estrecha, que apenas cabía un hombre corpulento como Licandro, pero incomprensiblemente alta, abierta en una pared que no ofrecía nada más, en medio de lo que, con seguridad, eran las ruinas de una ciudad hermosa. Luego, una escalera aprisionada entre dos paredes, que parecían ansiosas por juntarse una con la otra en cualquier momento. La luz del exterior los acompañaba, sólo hasta donde le era posible llegar, de ahí en adelante, la oscuridad se dejaba caer con toda su indiscutible rotundidad. Gálbatar encendió su foco portátil, Licandro y Gíbrida portaban lámparas. El sitio, una vez acabada la escalera, era un túnel cilíndrico, perfectamente redondo de unos tres metros de diámetro, tal vez un poco más, en cuya base corría agua como por un drenaje subterráneo, aquellas eran, de hecho, las cloacas de Antigua. Licandro levantó su lámpara a todo lo que le dio el brazo, un sonido en el techo señalaba que algo se movía sobre sus cabezas, cogió su pistola por precaución, pero sólo consiguió quedarse mirando incrédulo y con la boca abierta como la misma agua que corría bajo sus pies, también lo hacía por el cielo de roca, como si se tratara de un espejo, pero en el que ellos no se podían reflejar, el hombre se preguntó si aquel líquido que había bebido, no lo estaba haciendo ver cosas que en realidad no existían. Entonces, algo pasó reptando por la pared junto a él, algo enorme que lo hizo dar un salto, Gíbrida alzó su escopeta, Licandro lo apuntó con su pistola y medio segundo antes de apretar el gatillo, pudo ver que se trataba de Bolo, el Nobora, caminaba por la pared y subía hasta quedar cabeza abajo guiado por su olfato y por su instinto. Licandro soltó una retahíla de groserías, palabrotas e insultos dirigidos a Bolo, a sus parientes cercanos y hasta a los mismísimos constructores de aquel agujero maldito y siniestro, mientras se apretaba el pecho con la mano que sostenía el arma, conteniendo su corazón para que no se escapara de su sitio. Bolo no le hizo ni caso, seguramente tampoco le entendió demasiado, pero se mantenía inquietantemente expectante, como el perro que detecta a su presa, aunque no la vea, aunque esté oculta, su olfato y su instinto le aseguraban que estaba ahí, lista para huir o para atacar.



León Faras.

viernes, 12 de octubre de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


II

Las caravanas, han sido una buena forma de ganarse la vida desde siempre, porque desde siempre ha habido productos que necesitan ser llevados de un sitio a otro; telas, especias, arcillas y si eres nuevo en el negocio, siempre es bienvenido un novato para trasladar metal desde los yacimientos de chatarra de Arenas Blancas a los hornos sepultados de Damn, pero incluso para ser novato, era necesario contar con un capital para comprar un carro y los búfalos escamados que tiraran de él a través del desierto. Baros tenía ese capital: el oro que consiguió al huir del bosque, y lo utilizó en iniciar su pequeño negocio. El oro, un metal poco visto en el comercio popular. Cuando le preguntaron en el asentamiento de Arenas Blancas, de dónde lo había sacado, respondió que se lo había arrebatado a los Grelos, los cuales, a su vez, habían matado y se lo habían quitado a un grupo de soldados. Nadie le creyó, ¿Y cómo le iban a creer? si era una locura enfrentarse solo a una oleada de Grelos o más aún, entrar a su campamento a robarles oro, ¡Oro! ¡Si era más fácil robarles una de sus hembras, que el oro! aunque, no más atractivo. Baros se quedó tratando de justificarse, haciéndose escuchar por encima de las risotadas de los hombres que le oían, especialmente uno pequeño, de nariz ganchuda que mientras más fuerte reía, más grande abría los ojos, sentado convenientemente junto a su socio, un hombre enorme de piel de oliva, cuyos brazos parecían capaces de estrangular a un búfalo y su risa, era como la que haría el mismo búfalo, si pudiera reír a carcajadas. Entonces, un hombre llamado Bomas le habló, era un viejo de orejas perforadas muy alargadas, como si hubiese cargado rocas con ellas, y una sola aglomeración de pelo pringoso y aglutinado que le salía del cráneo como un tentáculo gordo y gris colgando en su espalda; le dijo que le importaba un carajo de dónde había obtenido el oro, que él lo aceptaba si lo que quería era un buen carro con toldo de oruga para las tormentas y ruedas areneras y, si quería, le podía ofrecer dos búfalos escamados de mediana edad, a mitad de precio, pero que aún podían trabajar un par de años con total facilidad, antes de vendérselos a los destazadores. Baros no sólo aceptó, luego de ver el carro y los búfalos, por supuesto, sino que también se unió a la caravana del viejo, era lógico, un caravanero solo, no era un caravanero. También eran parte de la caravana, el pequeño de la nariz ganchuda, Gago, y su gigante compañero oliváceo, Nilson.

Las arenas de los desiertos, forman olas, como las del mar, aunque se les llamen dunas. Estas olas también tienen movimiento y se desplazan como las del océano, aunque, por supuesto, de manera mucho más lenta y pesada. Este movimiento de las dunas, fue el que hizo emerger un día, desde sus entrañas, un pequeño trozo de metal, el ápice de un tubo de hierro de doscientos metros que llamó la atención de los hombres, quienes, en ese momento, fueron incapaces de cavar lo suficiente para descubrirlo por completo, pero, gracias a eso, un año después descubrirían el descomunal yacimiento de chatarra de Arenas Blancas, un sitio atractivo a su modo, que ofrecía la prosperidad y la muerte a partes iguales. Se trataba de un cráter de proporciones apocalípticas, cavado por incontables hombres que habían pasado por allí durante muchos años, en cuyo interior, bullía la actividad propia de una ciudad siempre sobre poblada, hecha casi en su totalidad de postes, toldos y lonas y donde se podía encontrar casi de todo, desde carne de pescado, traída quién sabe desde donde, hasta una más que aceptable cantidad y variedad de prostitutas. El yacimiento pertenecía a tres hombres que se lo habían dividido como una torta y cualquier hombre podía trabajar allí, pagando un porcentaje de sus ganancias. Nadie parecía interesarse por saber quién había depositado toda esa chatarra allí o en qué era utilizado todo ese metal antes de que fuera acumulado como basura, simplemente estaba allí, como un regalo de los dioses, y todos podían sacar provecho de él. Bomas, comenzó trabajando allí, como excavador, cuando aún era muy joven, un chiquillo. Había estado a punto de morir dos veces en ese sitio, dos veces, en serio. La primera: en una trampa de arena. Las excavaciones avanzaban en cualquier dirección y sin ningún control, por lo que había zonas donde el desierto estaba socavado y la arena se escurría lentamente, pero sin que nadie lo pudiera notar, perdiendo su densidad y convirtiéndose en una trampa traga-hombres. Bomas fue tragado por la arena hasta la cintura de una sola engullida, y luego lentamente, como una serpiente se traga una presa demasiado grande. Sobrevivió gracias a que alguien lo escuchó pedir ayuda y lograron llevarle una viga para que se sostuviera. Sólo andaba buscando un lugar apartado donde evacuar. La segunda vez fue en el gran derrumbe, algo cedió y toneladas de chatarra se vinieron abajo rodando o volando por los aires, una gigantesca pared que parecía inamovible como los muros de Jericó, perdió su estabilidad y comenzó a derrumbarse como un castillo de naipes, pero de naipes de hierro que pesaban toneladas. Fue una tragedia y fue la única vez que se recuerda que los trabajos se detuvieron por varias semanas para sacar los cuerpos de los muertos y de los heridos. Bomas sólo corrió lo más rápido que pudo y sin mirar atrás, cuando vio que todos los demás gritaban y corrían. No supo qué tan cerca estuvo de morir ese día, pero sospecha que se salvó por muy poco. Sin embargo, siguió trabajando en el yacimiento de Arenas Blancas por varios años más, hasta que tuvo su oportunidad y se convirtió en caravanero, desde entonces, no ha parado un solo día de su vida.

Las ciénagas, eran un lugar al que los soldados no lograban acostumbrarse. Todo lo que comían o bebían sabía horrible, el olor a putrefacción era constante y en algunos días, insoportable. Fico era un soldado de guardia en el muro exterior, se distraía aquel día observando cómo, algunos hombres subidos en improvisadas torres de madera, ataban al lomo de la bestia, no sin el máximo de precaución y un miedo palpable, una estructura de madera de aspecto simple, a la cual poder adherir un pomposo asiento con sombrilla en el que Rávaro pudiera viajar cómodamente montado sobre una criatura de cinco metros de altura. Éste observaba la maniobra con una expresión de satisfacción perversa, pues obviamente tenía en la mano el mando del amenazante Quebranta-espíritus, al que la bestia había aprendido a respetar y temer rápida e inteligentemente. Fico observaba esto totalmente relajado, con un codo apoyado en la baranda y un pie cruzado, mordisqueando de mala gana una fruta que sabía a lodo, cuando alguien gritó: un hombre llegaba, un soldado que se veía agotado y hambriento, dijo que había sido enviado junto con Baros rumbo a la ciudad del abismo, pero que éste los había atacado y huido hacía los bosques, donde fueron asaltados por Grelos, quienes, al descubrir que llevaban oro, les habían perseguido y cazado uno por uno. Él, de milagro había logrado escapar, gracias a la velocidad de su caballo y a que había desperdigado el oro que llevaba de manera que eso le diera tiempo para escapar, aquella última parte no le agradó para nada a Rávaro. Fico se dio vuelta hacia la Ciénaga para no ver como aquel pobre tipo era incinerado de dentro hacia fuera, se limpió la nariz con el dorso de la mano donde tenía la fruta, y asqueado, lanzó ésta lejos fuera. Entonces, lo notó, algo raro había, algo que le estaba llamando la atención desde hace rato, pero que no lograba identificar: Siempre que él y los otros soldados terminaban de comer algo sobre el muro, lanzaban los restos hacía afuera intentando darles en la cabeza, a uno de los guardias espectrales de Dágaro que permanecían rodeando el castillo, formados e inmóviles como estatuas o como armaduras vacías de decoración, pero esta vez, al lanzar la fruta, se dio cuenta de que no había ningún soldado espectral, los buscó con la vista, a todo lo que ésta le alcanzaba desde donde estaba, pero no pudo divisar ni uno solo. Pensó en que debía dar aviso, pero en ese momento vio como retiraban los restos del soldado que hace poco había llegado con malas noticias para su jefe y como éstos se desarmaban con sólo intentar moverlos. Fico se rascó el cuello y volvió a restregarse la nariz con el dorso de la mano, le quedaba una hora de guardia, con algo de suerte los soldaos espectrales regresaban a su lugar o a alguien más le tocaba informar de su desaparición.



León Faras.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


Capítulo quinto.

I.

En el socavón, Madra hizo una pequeña demostración de su magia haciendo arder un par de leños rezando cuatro versos en una lengua antigua y luego soplándolos de cerca hasta que de la nada, el fuego se encendió, sin embargo, lo más maravilloso era que ese fuego producía luz y calor, pero no consumía la leña, por lo tanto podía permanecer encendido indefinidamente, hasta que el mago usara otros versos para extinguirlo. Pasaron el día así, comiendo y conversando junto al fuego. Lázar sacó de las alforjas que cargaba Ascaldari, su pollo gigante, un trozo de carne seca y un poco de vino dulce para ofrecérselo con toda ceremonia y respeto a Idalia, quien no podía evitar sentirse incómoda con toda la formalidad del caballero para con ella. Driana tenía en su bolso una buena cantidad de frutos, de extraña forma pero agradable aroma que su hermano Cían, había recolectado ahí mismo, dentro del socavón, pues hacía muchos años que ni la ciudad, ni la jungla, sabían de hospitalidad al momento de atender al visitante con algo de comer, sólo allí, bajo la luz del Corazón de Antigua, la naturaleza mantenía su noble misión de proveer al hombre. Madra, por su parte, cargaba encima con un trozo de pan, el cual también repartió entre todos, eso, además de unas curiosas semillas que el mago llevaba en una bolsa y de la que siempre estaba sacando, pelando y masticando. La conversación no podía ser sobre otra cosa, que no fuera sobre Idalia y su increíble parecido con la reina, la de aquel lado, la reina Idalia, como misteriosamente, también se llamaba. Ella no podía entender cómo la podían confundir con otra persona, que, aunque tuvieran algún parecido, claramente no era ella, y los demás se preguntaban cómo dos personas podían parecerse tanto y más allá de lo físico, los demás, menos Lázar, él estaba, o quería estar seguro de que Idalia era su reina. Lo más interesante, vino cuando interrogaron a Idalia sobre cómo y por qué había llegado hasta Antigua, la mujer respondió que no tenía ni mínima idea del porqué, sólo que había despertado sobre un puente, que la llevó hasta el muro y allí una criatura que parecía una estatua con forma similar a la de un insecto, la asustó tanto que cayó al río, atravesando el foso y llegando hasta allí, donde Driana la había encontrado. Madra, quedó my interesado en aquella escultura con forma de insecto, pero la gran pregunta vino de la joven Driana: ¿Cómo había llegado la mujer hasta el puente? La pregunta era de lo más coherente pensando qué, el puente que cruzaba por encima de la jungla para llegar a la ciudad, hacía mucho tiempo que estaba cerrado para el visitante, como la ciudad. Idalia les aclaró que del otro lado no estaba cerrado, sino destruido, y que ella, sólo recordaba haber despertado allí, rodeada de restos humanos, luego de haber sido devorada por una criatura enorme de roca y lava, la que, por alguna razón, no la mató como a las otras. Driana no lo podía creer. Cuándo ella, la muchacha, la encontró en el agua, le habló en el idioma de los salvajes de la ciudad vertical, pues se dio cuenta de inmediato que era uno de ellos, por eso la ayudó, porque aunque Idalia no se había dado ni cuenta aun, ella también llevaba los mismos tatuajes bajo los ojos, se los habían hecho los salvajes mientras dormía, con una pintura especial que era prácticamente imposible de quitar, aquella era la señal de las “sacrificadas” de las mujeres entregadas al Débolum. Driana fue una de ellas, sin embargo, ella no estaba dispuesta a dejar solo a su hermano, robó un par de alas y se largó de allí. Aquella noche fue particularmente oscura, y para cuando se dieron cuenta, estaban sobrevolando la jungla. Lograron mantenerse en el aire hasta que el muro los detuvo. Tuvieron suerte. Por eso es que para la muchacha, la historia de Idalia era tan increíble, pues haber sobrevivido al Débolum, era algo que nadie había hecho nunca antes. Con respecto a los otros dos, habían llegado a la ciudad Antigua atravesando directamente la jungla, aunque con distintas maneras de encarar: Madra, lo había hecho utilizando los antiguos conocimientos que había acumulado en sus largos años practicando la magia, Lázar, en cambio, lo había hecho como un caballero, enfrentándose al peligro con valentía y riéndose de la muerte, si esta se presentaba, aunque era justo darle algo de crédito a Ascaldari, el cual, debido a su poco desarrollado cerebro de pollo, no le hacían gran efecto los gases alucinógenos de la selva, pero en cambio, le habían servido muy bien su instinto y resistencia física, para salir con vida de allí y sacar con vida a su amo.

Se pasaron el día entre comida y conversación y una más que necesaria siesta. Para cuando despertaron, la noche caía nuevamente y la niebla negra y tóxica de la jungla, se retiraba.

Gíbrida estaba cómodamente sentada en una silla con las botas sobre un barandal en la cubierta de la barcaza, limpiaba y aceitaba primorosamente su querida escopeta de doble cañón basculante, regalo de Gálbatar, hacía varios años ya. Si había algo que realmente le importara a la muchacha en este mundo, eso, era su escopeta. Gálbatar, en una mesa junto a ella, revisaba uno tras otro los numerosos planos de la ciudad Antigua en compañía del imponente Licandro, como una pareja de piratas escudriñando los mapas de un formidable tesoro. Cruzarían por aire toda la inmensa y peligrosa selva circundante, luego dejarían anclada la barcaza sobre las ruinas de la ciudad y descenderían con cuerdas. De ahí podían ponerse a buscar la entrada a la verdadera ciudad Antigua. “El foso” era la primera opción, la más segura y la más directa, en opinión de Gíbrida y también de Licandro, pero Gálbatar la desechó de inmediato: también era la más difícil de encontrar, el río, movía el foso de un lugar a otro, y era un río inmenso y también profundo. Algunos lo encontraban sin siquiera buscarlo mientas que otros, podían pasarse años tratando de hallar la dichosa entrada, claro, si algo no los mataba antes, pero si la encontraban, otro tema era entrar en ella, debía hacerse con cierta fuerza, pues la propia corriente del río te lo impedía. “La entrada del Ladrón” era la mejor opción para el alquimista, Licandro lo miró como quien cambia oro por rocas, esa entrada estaba protegida por un ejército, era muy arriesgado intentar atravesarla, pero Gálbatar parecía ya tener todo calculado: el ejército, era más bien una guardia, “La guardia de los Mancos” y aunque sí eran peligrosos, al menos sabían a qué se iban a enfrentar e irían bien preparados. Era la entrada más segura, desde el punto de vista de ubicación y resultados, sólo debían tener cuidado. La tercera opción conocida, era “El Gigante dormido”, y para Licandro, esa, no era una opción.

El interior de la jungla era un lugar espectacularmente hermoso, no había otra forma de describirlo en lo que a formas y colores se refiere: los troncos de los árboles pulidos y suavemente veteados, como si estuvieran hechos de mármol, con formas armoniosas y movimientos circulares, acabados en un follaje simétrico formado por hermosas hojas de colores intensos, vivos. Las enredaderas lo decoraban todo, con manchones maravillosos de pequeñas hojas y multitud de multicolores flores que escalaban los troncos, colgaban sus cuerpos serpentinos de las ramas y saltaban de árbol en árbol como una curiosa e intrincada red de comunicaciones que conectaba toda la selva, mientras que en el suelo, las numerosas plantas de tierra vigilaban celosamente que los intrusos se movieran sólo por los senderos que la jungla tenía preparados para ello, senderos que ya de por sí eran peligrosos, pero fuera de ellos se ocultaba con toda seguridad la muerte: la bruma venenosa, los vapores alucinógenos y las incontables trampas que la selva ocultaba para capturar a los incautos, eran razones más que convincentes para no aventurarse más allá de lo necesario. La selva cantaba, y sabía hacerlo muy bien, pero cuando la oías, debías estar bien entrenado para ignorarla de inmediato, porque si le ponías atención, te perdías como un marinero ante el canto de las sirenas. La jungla también sabía imitar muy bien las voces de las personas importantes en tu vida, las más amadas y las más extrañadas. La selva podía convertir tus sueños en realidad y tu realidad en un sueño, podía presentarte ante tus ojos el más dulce anhelo o acosarte con el más cruel peligro. Todo esto lo sabía muy bien el Místico, y corría a gran velocidad y apenas tocando el suelo, siguiendo el mismo camino que desde incontables generaciones venía siendo usado por su cofradía. Cruzó un brazo del río apenas salpicando agua de la superficie y sin detenerse llegó hasta el gran árbol de piel oscura, un árbol cuyo tronco estaba formado de numerosos tallos enroscados y trenzados formando uno solo, grueso y atormentado de abundante follaje color rojo escarlata. En él, y sólo en él, podía encontrarse un pequeño fruto cuyo jugo, haría que el Místico soportara todo el tiempo que debía soportar, el cargado e irrespirable aire de la selva. Debía llegar al Gigante dormido, esa era su entrada a Antigua y debía hacerlo lo más rápido posible.



León Faras.