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viernes, 22 de agosto de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

106.



Inexplicablemente, Rubi era la que más afectada había quedado con la brutal respuesta de Yurba, tanto, que le costaba creer que el ejército, al que pertenecía su papá y su tío, se convertiría en una de esas antiguas bandas de salvajes y bandidos que asaltaban pueblos enteros arrasando con todo a su paso sin respeto por nada, matando viejos e infantes por igual y quemando sus casas. Era cruel e injusto atacar de esa manera a quienes no pueden defenderse. “Ya déjalo, Rubi, no hay nada que tú puedas hacer…” Le dijo Falena, con resignación, pero de inmediato se dio cuenta de la provocación implícita que había en esa frase. Esa era su hermana Rubi, y ella era decidida como un demonio cuando creía que debía hacer algo. Incluso su madre, que hasta ese momento se había mantenido en silencio y ajena a la discusión, se quedó con un “oh” en los labios al comprender lo que implicaba decirle a Rubi que no podía hacer algo. “Ya lo veremos…” Murmuró la chica entre dientes, justo antes de salir de casa con tranco firme, cerrando la puerta tras ella. Falena quiso saber adónde iba, pero no obtuvo respuesta, mientras Teté ya comenzaba a angustiarse por lo que fuera que su hija estuviera pensando en hacer. Falena tranquilizó medianamente a su madre, mostrándole las palmas de las manos y diciéndole que se encargaría de cuidar a su hermana, para luego salir de casa también a toda prisa. Dos minutos después, Rubi entraba con unos bultos en los brazos, los labios apretados e idéntica determinación en la mirada; golpeando la puerta tras ella con el pie y metiéndose a la cocina. Treinta segundos más tarde llegaba Falena de vuelta, media que sin aliento por haber estado corriendo de un lado a otro en vano, hasta notar que su hermana había regresado a casa por sí sola. Nuevamente quiso saber qué exactamente estaba pensando en hacer, pero esta la hizo a un lado con su implacable autoridad de hermana mayor. “¡Preparo la comida! ¿Qué te parece a ti que hago?” Le dijo, desembarazándose de ella como quién aparta un objeto que estorba. Era cierto, Rubi atizaba el fuego y picaba verduras, nada que pareciera atrevido o revolucionario, pero lo que le preocupaba, era lo que ocurría en su mente. Falena la cogió de una manga con rudeza, como pocas veces lo había hecho antes, para apelar a la intrínseca e inquebrantable complicidad entre hermanas. “Si estás planeando hacer algo, debes decírmelo, soy tu hermana y te apoyaré sea lo que sea…” Rubi la miró a los ojos por un rato, confiaba en ella pero no dijo nada, tal vez por la salud de los nervios de su madre que aún podía escucharlas, tal vez porque no tenía nada claro aún. “Lo que pienso hacer, es preparar un estofado de carne seca para comer.” Respondió. Falena asintió conforme y le liberó el brazo, el mensaje que podía descifrar en los ojos de su hermana era que podía estar tranquila por el momento, aunque podía notar que algo en ella se había encendido, algo grande y peligroso comenzaba a pulsar en su interior: un propósito.



¿Cómo es que la vida se va tan al carajo, como para terminar aquí? en el hermoso valle de Tormenta de Piedras, montando caballos jorobados y viendo a unos pobres infelices cómo se pudren en vida un poco más cada día…” Comentó Batu, subiéndose a horcajadas sobre una piedra y mirando hacia el horizonte infinito mientras registraba sus prendas en busca de su pipa. Vadrid miraba en la misma dirección desde hacía rato sin que nunca hubiera nada nuevo que ver. “¿Cómo sigue Gisli?” Preguntó, sin apartar la vista de donde estaba mirando. Batu se examinó las uñas sin darle demasiada importancia a lo que vio. “A juzgar por la cara de Boma, yo diría que está en las últimas. Ya hace varios días que no caga.” Y luego de un momento de grave silencio, agregó. “Tú eres el siguiente, ¿lo sabes, no?” El viejo Trancas lo miró como al imbécil que suelta las peores bromas en los peores momentos, pero a pesar de la sonrisa socarrona de su camarada, éste no bromeaba del todo. “No el siguiente en morir, lerdo…” Aclaró. “El siguiente que reemplazará a Gisli como el jefe de Sera.” Trancas siempre fue un soldado de tropa, nunca comandó nada, y no creía que debía hacerlo ahora. “No tengo la antigüedad para tomar ese cargo.” Dijo, volviendo la vista hacia el horizonte. Batu sonrió al detectar un leve gesto taimado en su rostro. “Te gusta que te rueguen, eh. No se trata de antigüedad, sino de capacidad. Boma será el más antiguo aquí, pero es casi tan viejo como Gisli, además de que siempre ha sido un perro fiel, y los perros no se vuelven amos.” Trancas lo miró ofendido, no estaba siendo taimado, sino modesto, como debía ser un buen soldado que muestra sus méritos en combate y no hablando de ello. Pero antes de objetar algo, Batu se adelantó. “Como sea, no tienes elección, el viejo ya te echó el ojo y la decisión es suya.” Éste, de rodillas en el suelo, removía el lecho de la fogata en busca de una brasa para encender su pipa pero ya era tarde y estaba frío como un muerto porque nadie lo había alimentado en horas. Miró a su colega con cierto recelo en los ojos, pero regresó a su asiento resignado y en silencio, guardando su pipa de vuelta. Luego agregó. “Solo procura que los otros no se enteren de que le tienes pavor al fuego o lo usarán en tu contra a la mínima oportunidad.” Vádrid no le hizo ni caso. Nunca se lo confesó a nadie, pero era ingenuo pensar que nadie se daría cuenta en todo este tiempo. No podía negarlo, el fuego le aterraba, pero después de ver a sus camaradas ser consumidos hasta los huesos en una bola fuego blanco en segundos, quién podía culparlo.



León Faras.

lunes, 11 de agosto de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

105.



Cerca de donde estaba Yan, había un tipo soltando una especie de discurso revolucionario metido en medio de un gentío que a ratos parecía apoyar sus palabras y a ratos sonaba disgustado con él. Como fuera, eran una molestia, porque él tendría una cita en ese lugar con la mujer más fabulosa que jamás hubiese conocido, si es que ella accedía a asistir, por supuesto, y el bullicio de esa muchedumbre estropeaba cualquier ambiente, digamos romántico, que pudiera haber en ese lugar. Para su desgracia, cambiar el lugar de la cita era ya algo imposible. El mensaje ya estaba enviado, la suerte echada, y a él sólo le quedaba esperar lo mejor.



En el burdel de Nina, Dan Rivel intentaba averiguar dónde encontraba a la prostituta coja a la que le había entregado el mensaje, pero se topó en la entrada con Mirú, un joven varón de ademanes afeminados, apenas mayor que él, que coqueto, le gustaba jugar con todos al tira y afloja sin dejar nunca de sonreír, ni tomarse absolutamente nada en serio. Dan intentaba explicarse, pero era como si aquel no quisiera escucharlo y solo le respondía con risitas vanidosas y caricias incómodas, hasta que le ofrecieron algo de dinero. “Lorina, por supuesto. ¿Acaso hay otra puta coja en otra parte?” Le respondió con la suficiencia del que hace rato conoce las respuestas, y agregó. “Llegas tarde. Ella no está aquí…” Dan quiso saber dónde estaba, pero solo obtuvo una rápida descripción de lo elegante que se veía cuando salió. “¡La hubieses visto! Si no fuera por la cojera, yo jamás la hubiese reconocido.” Confesó Mirú, sin miedo a la honestidad, sobre todo sabiendo lo poco producida que podía ser Lori con su apariencia. “¡Siempre desabrida como un huevo esa mujer, incluso a pesar de trabajar en un burdel! Yo no la entiendo.” Concluyó Mirú, dando su opinión personal, pero Dan ya no le prestaba atención, porque comenzaba a pensar en que él le había entregado el mensaje del señor Yan específicamente a la mujer que éste señaló, y ésta misma mujer, acababa de salir vestida inusualmente elegante como si asistiera a una cita. “¿Acaso la mujer de la que el señor Bacho hablaba era Lorina, la puta coja?” Comentó esto en voz alta sin darse cuenta, interrumpiendo a Mirú que ya había empezado a hablarle sobre lo maltratadas que tenía las manos luego de todos esos días trabajando duro por la ciudad y sus heridos. “¿Quién es ese Bachu?” Preguntó éste, ciertamente ofendido porque no le estaban prestando ni pizca de atención a lo que él decía, pero Dan ya debía irse. No había nada más que investigar. Claramente, no se trataba de ninguna cita romántica ni de ninguna relación seria de la que preocuparse. El señor Bacho lo entendió todo mal y su hermano solo buscaba un encuentro con una prostituta, pero fuera del burdel. Eso ni siquiera era algo raro. El asunto es que cuando fue, confiado y sonriente, a explicarle al señor Bacho que lo que sucedía no era más que un mal entendido, éste reaccionó como si aquel lo estuviera tratando de estafar. “¿Acaso me tomas por imbécil, imbécil?” Le gruñó Bacho, atragantándose con su bebida favorita, una de bonito color rosa hecha a base de jugo de tomate fermentado y leche de cabra. “¿Crees que no sé cuando mi hermano está interesado en una mujer, y me dices que solo tiene una cita con una puta! ¿Estás diciendo que mi hermano está enamorado de esa puta coja!” Dan podía explicarse, pero dada la superioridad física, la violencia inminente en el ambiente y la dosis de alcohol ingerida por aquel, era muy difícil. “¿Dónde es la cita…? ¿Qué no sabes dónde es la cita! Pero vaya mierda que eres. ¡Y encima te pago para esto!” Bacho insistió hasta que se cansó de zarandear al pobre chico y al fin lo soltó como a un estropajo inservible. “Ven conmigo. ¡Y más te vale que tengas razón!” Lo amenazó, antes de secar su jarra de un trago.



El lugar de encuentro de la pareja no era otro más que aquel en el que se conocieron la primera vez, en la pequeña plazoleta a la sombra del gran Sagistán que crecía allí, un árbol relacionado con lo sagrado y lo divino, cuyas innumerables virtudes abarcaban también el terreno de lo mágico, y cuya presencia nunca era algo casual. Aunque para Yan, ese sólo era el lugar en donde vio a Lorina por primera vez, y con eso era suficiente. La esperaba imperturbable como un guardia real, sin descanso ni distracciones, pues era ella quien debía decidir en qué momento presentarse, y él debía esperarla por el tiempo que hiciera falta, el cual nunca sería demasiado gracias a su superioridad física y a su voluntad de hierro. Eso se repetía mentalmente en el momento que la vio aparecer y todo aquello desapareció de su mente. Se sintió legítimamente abrumado por la belleza que irradiaba ella con ese simple cambio en su peinado y en sus atuendos, comprendiendo por primera vez el verdadero poder del encanto femenino, ese del que sus tres hermanas le habían hablado con petulante insistencia, pero que él siempre desestimó por saberse inmune, ahora lo doblegaba. “Espero no haberlo hecho esperar demasiado.” Dijo Lorina, acercándose tan rápido como su cojera se lo permitía. “Solo la muerte podría hacer que esa espera fuese demasiado.” Respondió Yan de forma automática, y es que esas frases afectadas y poéticas brotaban de su ser por sí solas en presencia de Lorina. “No diga eso, por favor.” Replicaba ella, sintiéndose halagada y avergonzada al mismo tiempo por la obsequiosa galantería de su hombre. “Anhelaba volver a ver sus ojos una última vez…” Decía él, y así, toda su interacción era cursi y suplicante a más no poder, encerrados dentro de una burbuja donde todo el mundo que los rodeaba, con sus miradas curiosas y sus opiniones que nadie pidió, simplemente desaparecían al no tener ojos ni oídos para nadie más. Aunque ciertamente, ellos no pasaban desapercibidos en absoluto.



León Faras.

jueves, 31 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

104.



Janzo meneaba y se sobaba el hombro haciendo muecas de dolor sentado fuera de su casa. Era una de esas lesiones testarudas que iban y venían como el clima, y no estaba su esposa para que le hiciera uno de sus remedios mágicos con esperma de vela, hierbajos aromáticos y rezos susurrados entre dientes que le quitaban el dolor por una buena temporada. Miraba a su alrededor y pensaba en su hermano, y en lo que aquel estaría pensando ahora, después de lo que sucedió con su poderoso ejército de hombres de metal y artefactos escupe-fuego. Pensaba en que ese mismo atrevimiento fallido le había costado la potestad a Rimos y a su rey, y en que un tropiezo como ese debía ser corregido a la mínima oportunidad y lo antes posible para no alimentar las ambiciones de sus enemigos. Seguramente eso era algo que también había considerado su hermano ya, y con razón. En Bosgos, algunos ya predicaban la ilusoria idea de atacar Cízarin, de devolverles el golpe, de derrocar a su rey. Uno de ellos, el que demostraba más convicción en sus ideas y fervor en su discurso, y que con ello atraía más la atención, era uno al que llamaban el capitán Musso. Tenía un puñado de fieles seguidores dispuestos a todo y a la mitad de la ciudad que aprobaba sus ideas sobre no dejarse atropellar por nadie, o que dejar una ofensa sin castigo era el primer paso hacia la esclavitud. La otra mitad creía que, aunque tuviera toda la razón, pensar en enfrentarse a Cízarin era una locura y una estupidez, pues no había forma de vencer un reino como ese ni aunque pelearan durante toda una vida, pero Musso les recordaba que la verdadera locura, y estupidez, era quedarse esperando sin hacer nada a que su enemigo los atacara cuando quisiera, para eso, era mejor invitarlos con los brazos abiertos a apropiarse de sus tierras y sus animales a cambio del honor de “¡Poder besarle sus reales pies!” Janzo estaba un poco de acuerdo con ambos, porque aunque podía aplaudir las ideas de Musso y su fervor, aún no veía con claridad cuál era la brillante estrategia que éste pensaba usar para llevarlas a cabo y derrotar a Cízarin, nada aparte de su apasionado discurso, muy inspiracional en su opinión, pero nada práctico.



Brelio ya era todo un hombre, y podía estar orgulloso de que gracias a la educación de su madre, era un hombre sensato y bienintencionado en el que se podía confiar. Pero había algo en él que a su padre le incomodaba un poco, como una segunda capa que no dejaba ver, como si su hijo estuviera siempre pretendiendo ocultar o reprimir algo. Su madre decía que su hijo era claro y transparente como el agua y siendo ella una bruja como era, seguramente sabía hasta lo que el chico soñaba por las noches, pero él no estaba muy seguro de conocerlo como debía. Brelio ni sospechaba que era un príncipe cizariano sobrino de un rey, y su padre vivía preguntándose si había sido injusto o egoísta al ocultárselo desde niño, también con la paranoia de que algún día lo averiguase y tuviera una reacción inesperada, renegando de sus padres por mentirles o tal vez solo terminara odiándolos en secreto por ocultárselo. Janzo no hablaba mucho del tema porque casi nadie sabía quién era él en su pasado, pero uno con quien sí podía hacerlo era Emmer, y éste, sin tomarse demasiado en serio la preocupación de su amigo, le respondió con suficiencia: “Mira, si hubiera algo raro en él, Emma lo sabría, porque ella siempre lo ha sabido desmenuzar con total facilidad, y si Emma supiera algo, todos lo sabríamos, porque ella nunca ha sido capaz de mantener sus ideas dentro de su cabeza por mucho tiempo.” Luego agregó: “Si fuera tú, no me preocuparía.”



“…La guerra ya comenzó, algunos no quieren oírlo, pero es cierto. Ellos ya dieron el primer golpe y darán el segundo y el tercero si es necesario. Por eso es que defenderse no es suficiente, ¡hay que atacar! Hay que quemar sus lechos, destrozar sus armas, envenenar sus alimentos y bebidas… quitarles la paz durante el descanso..” Predicaba Musso su doctrina ante un generoso grupo de bosgoneses que solo deseaban escuchar las palabras adecuadas para convencerse de luchar. “¿Y cómo vamos a enfrentar a su ejército?” Gritaba uno. “¿Cómo vamos a pelear? ¡No tenemos nada!” Gritaban otros, pero Musso respondía con pasión que tenían todo lo necesario. “No somos idiotas, no enfrentaremos un ejército que nos aplastaría como moscas en un instante. Nosotros los atacaremos en sus propias casas, por las noches y en secreto; con pequeños grupos, causando el mayor daño posible para luego huir. Ocultándonos, descansando y volviendo a atacar… golpeándolos una y otra vez aquí y allá y donde menos se lo esperan. Los debilitaremos mientras nosotros nos hacemos más fuertes.” Una mujer de unos treinta y pocos años llamada Iulia; robusta, con un atractivo relativo y cierta autoridad en el grupo de Musso, notó la presencia de una pareja muy joven entre la multitud. Se acercó a ellos seguida de un hombre apenas mayor pero con una marcada calvicie, cuyo mayor atributo eran sus enormes cejas y un par de brazos como para romperle la columna a un hombre joven. La mujer hizo unas señas con las manos y otros gestos con el rostro que el hombre tradujo. “Ella quiere saber si están dispuestos a pelear o están aquí solo de curiosos.” “¡Podemos pelear!” Respondió la chiquilla, impulsiva. Iulia no necesitó su lenguaje de señas para comunicar su impresión, bastó con la mirada. “¿Y estás así de dispuesta a que te rajen el cuello también?” Preguntó el hombre, inclinándose sobre ella. La muchacha dudó, como si estuviera siendo amenazada, pero luego de un par de segundos reaccionó. “¡No somos cobardes, podemos enfrentarnos a quién sea!” Alegó, altanera como un perro pequeño, muy valiente a pesar de su tamaño. La chiquilla estaba verde, su actitud era superficial, en una situación real probablemente se desmoronaría, tal vez dentro de un par de años más. El muchacho en cambio había mantenido la postura y el gesto, parecía del tipo que mantiene la boca cerrada y piensa antes de abrirla. Iulia hizo un par de señas con sus manos y el hombre se dirigió sólo a él. “Nadie les obliga a entrar, pero una vez dentro, nadie abandona el grupo. Piénsalo bien y vuelve mañana si estás dispuesto a unirte a nosotros.” Brelio asintió con una sonrisilla contenida y cierto brillo en los ojos, Emma en cambio se sentía un poco rechazada. “¡Qué tontería! Quién va a estar dispuesta a que le rajen el cuello…” Comentó la chica cuando ya se iban. “Seguro que son del tipo que solo fanfarronea frente a los demás, pero luego no hacen nada.” Agregó después. “No creo que debamos volver otra vez. Ese par que se nos acercó daba muy mala espina.” Concluyó luego, ante el persistente silencio de su compañero.



León Faras.

martes, 22 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

103.



Yurba estaba serio, ya no reía después de la noticia recibida, pero es que incluso Rubi, que no tenía nada que ver con el ejército y sus asuntos, estaba preocupada. “Una batalla sin inocentes…” Repitió, para luego mirar a Yurba. “¿Por qué dicen que no habrá inocentes, Yuyo?” Le llamaba Yuyo de cariño, pero también para molestarlo, porque ese era el nombre de una mala hierba. Yurba prefería no entrar en detalles. Se puso de pie con la intención de irse, pues se sentía mejor del cuerpo y ya no era tan divertido quedarse en esa casa, pero Rubi insistió en oír la explicación. “Quiere decir que no se respeta la vida de nadie, Rubi.” Aclaró Falena, pero Rubi esperaba la respuesta de boca de Yurba. “Significa que vamos a matar niños.” Le espetó este, con algo de rudeza y asco en el gesto, pues lo que él no quería mencionar era justo lo que ella quería escuchar, y lo sabía. Salió de la casa golpeando la puerta. Todavía recordaba con malestar en las tripas el rostro de aquel chico asesinado por obra de ese condenado puñal chupa-sangre y ahora debería agregar más rostros como ese a su conciencia. Debía beber. No había bebido como se debía en varios días, Rubi no le daba más que aguas e infusiones, y eso le estropeaba su buen ánimo.



Ahora me dirás qué clase de hombre es ese, desde cuándo que te pretende y de dónde lo conoces tú.” Le ordenó Nina en lo que era lo más parecido a un interrogatorio formal, pues a ésta le interesaban mucho las buenas historias sobre relaciones que incluían gestos románticos mezclados con sabrosos detalles picantes. “¿Es rico?” Preguntó Cípora entusiasmada y su jefa la miró ceñuda, como a la que nomás abre la boca y mata el chisme. “¿En serio crees que un hombre rico va a estar pretendiendo a Lorina, Cipo? ¿Piensas que sea algún príncipe extranjero, también?” Cipora iba a replicar algo en su defensa, pero Lorina comenzó a hablar y lo que ella tuviera que decir era más interesante en ese momento. “No me importa si es rico o no, Cipo, cómo podría, si yo nunca he conocido riqueza alguna. Solo me importa la honestidad de su corazón…” Su voz era melosa, tanto que Nina la miró con un poco de asquito, como cuando uno prueba algo que en realidad debería ser muy bueno pero el exceso de algo lo arruina. A la chica se le estaba pegando la labia empalagosa de su enamorado. “Sí, bueno, pero cómo lo conociste, dime.” Quiso saber su jefa, con la intención de aterrizar un poco el relato, pero Lori hizo tal gesto de ensueño, suspiro incluido, que Nina supo de inmediato que lo que estaba a punto de oír iba a ser más un cuento de hadas, de esos en los que las nubes se abren y del cielo caen lágrimas de aguamiel entre guirnaldas, arcoíris y mariposas de colores para enaltecer el amor cuando es puro y perfecto, que la anécdota sabrosa que ella esperaba oír. Cípora en cambio estaba emocionada oyendo. Sonreía con los ojos brillantes de ilusión como una niña tonta que escucha su cuento favorito. “¡No tiene nada de tonto que te gusten las historias románticas!” Protestó Cípora, ofendida. “Nada, si eres una niña, pero una mujer adulta debe saber que las cosas no son así. El amor en realidad solo te maltrata, te revuelca en el piso, te utiliza y juega contigo mientras cubre todo con su manto de ilusión y esperanza que no te deja ver más allá de tus propias narices y tus propios sueños, hasta que se rasga, pero cuando lo hace ya es tarde. Entonces puedes ver el estado en el que quedas después de todo lo que has dado a cambio de nada…” Concluyó Nina, con la crudeza de quién reparte una enseñanza aprendida de la peor manera, y aunque Cípora se había sentido abrumada por un discurso que no se esperaba, Lorina no sufrió ni un solo rasguño en su convicción. “Ese no es el amor de verdad, es solo lo que sucede cuando le entregas tu corazón a quien no se lo merece…” Le dijo con calma y sin apenas levantar la voz. Nina abrió la boca con sarcasmo, como si estuviera de pronto parada frente a la nueva voz de la sabiduría universal, e iba a responder algo mordaz, pero entonces Cípora se puso de pie para coger a su amiga de un brazo y llevársela de ahí para prepararla para su cita. “Debería ponerse contenta de que al menos una de nosotras logre la felicidad en este asqueroso mundo.” Le escupió con enfado antes de irse, como una reprimenda. Nina se quedó con las cejas empinadas y agarrándose la cintura con ambas manos, admirada del valor que se habían cogido esas dos. “A estas se les olvida quién es la jefa…” Comentó para sí con una sonrisa chueca. “Hay que ver la paciencia que una tiene que tener con este par de mal-emplumadas.” Concluyó, con su orgullo un poco ofendido.



Por un lado estaba Lorina, completamente ignorante en un tema en el que nunca tuvo la necesidad de indagar, y por el otro estaba Cípora, quien se suponía que era la entendida, pero cuyo gusto era horrible, con la idea de que la opulencia en brillos y colores era la clave para verse bien, aunque solo se tratase de chucherías brillantes de poco valor, multitud de telas de colores chillones y coloretes fabricados por ellas mismas pero aplicados de forma alarmante y sin tacto. Por suerte, Nina tenía en el fondo un buen corazón, además de que era capaz de reconocer el valor que Lorina estaba poniendo en esto y eso era algo que ella podía respetar, aunque no lo aprobara. Eso, y que sabía con certeza que esas dos sin su ayuda harían un desastre y algo en lo profundo de su conciencia le decía que no debía permitirlo. Cuando entró, era como ver a esas niñas pequeñas que se encierran en el dormitorio de mamá para probarse sus vestidos, maquillajes y joyas. En poco tiempo, el aspecto de Lorina era el de un mamarracho de estos que los teatros ambulantes suben a los escenarios para hacer reír a la gente, y Cipora, aunque se daba cuenta de ello, era incapaz de arreglarlo sin empeorarlo aún más. “¡Pero qué haces, mujer, acaso quieres que le den de palos apenas pise la calle!” Le gritó su jefa, horrorizada, tomando el control inmediato de la situación. Le lanzó un trapo a las narices a Lorina. “Quítate eso de la cara, que parece que te hubiesen abofeteado con la tabla del panadero!” Luego se puso a hurguetear las distintas capas de tela que la pobre chica llevaba encima. “¡Dos o tres colores como máximo! Más que eso, es una piñata.” Gritó Nina, arrancando telas a tirones. Cipora y Lorina se miraron preguntándose qué era una piñata. “¡Y sácale todas esas chucherías metálicas de encima que parece un sonajero para ahuyentar a los pájaros!” Ordenó Nina. Cípora obedecía diligente, agradecida de ya no tener que estar a cargo, y Lorina se dejaba manosear sin oponer resistencia. Cuando Nina terminó, el aspecto de su obra era perfecto, la chica se veía hermosa, sin parecer ni un espantapájaros ni una princesa, aun así, Cípora la miraba con aflicción. “Si tan solo le pudiéramos arreglar la cojera.” Dijo. Su jefa le dio una mirada reprobatoria sin decir palabra y se acercó a Lorina para tomarle las manos. “Deseo que lo que has encontrado sea tan real como dices que es, de verdad que sí, pero aun así no olvides todo lo que te he dicho… solo por si acaso.” Le pidió.



León Faras.

lunes, 14 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

102.



Su nombre era Dan Rivel, un jovenzuelo cizariano que a pesar de haberse quedado sin familia de muy joven, se buscaba la vida yendo a donde tuviera que ir y haciendo lo que tuviera que hacer, siempre con la mejor disposición mientras hubiera una recompensa al final, y Yan Vanyán podía ser un completo chiflado para algunos, pero no era ningún tacaño. “Lo hice tal como me dijo, señor Yan; le entregué el mensaje a la mujer que señaló sin decirle ni una palabra a nadie y sin que nadie me viera…” Explicó Dan, totalmente seguro de sí mismo y de su trabajo, y Yan, que lo había vigilado desde lejos, pagó lo acordado completamente conforme. “¿Dónde estarás, amigo? Tal vez necesite tus servicios de nuevo…” Preguntó Yan, aun conociendo la respuesta. “Yo voy donde me llaman, señor Yan, pero uno siempre está más dispuesto a servir con personas como usted.” Señaló el muchacho, servicial. Dan se alejó caminando con donaire entre la multitud. Tanto en Bosgos como en Cízarin, el muchacho era conocido por todos los habitantes de las calles, y repartía saludos y comentarios socarrones a diestra y siniestra mientras avanzaba, eso, hasta que una figura enorme y malhumorada lo cogió de un brazo en un recodo y lo lanzó contra una pared con rudeza. Dan no lo conocía, pero tenía el aspecto de un matón o un delincuente: bravo como un perro amarrado y con el cuero curtido por la mala vida. Ese, no era otro más que Bacho. “Escúchame, tonto, y escúchame bien…” “Oye, oye, oye…” Le interrumpió Dan sus amenazas, retrocediendo y desembarazándose de sus agarres con destreza; alzando la voz para que aquel notara que estaban en una calle concurrida y a plena luz del día. “No sé quién carajos eres, pero no puedes sorprender a la gente así, cogiéndola desprevenida como un bandido, y encima con insultos que nadie necesita…” Bacho lo escuchó con fastidio, y sin mucho disimulo le abofeteó fugazmente la mandíbula, no para hacerle daño, sólo para que lo tomara en serio y cerrara la boca. “Escucha, ceporro come-caca. ¿Qué negocios tienes tú con mi hermano? Me lo vas a decir todo o te dejaré la cara machacada como baya de Curoto.” Le amenazó sin importar las miradas de los transeúntes. “Mis negocios no son asunto suyo, señor.” Respondió Dan, rudo, aunque poco convincente. Había que saber lidiar con los matones en la calle para no dejarse atropellar por todos, pero también había que mantenerse con vida lo máximo posible, así que todo era un juego de tira y afloja. Recibir algunos golpes para evitar otros. “¿Acaso quieres de verdad que te golpee la cara, jeta de burro?” Amenazó Bacho, esta vez con más alarde en el gesto. “No, señor…” Respondió Dan, procurando zafarse de la tenaza que tenía en el cuello. “Pero si yo traiciono la confianza de su hermano, él no hará negocios conmigo, además, qué gana usted con golpear a un muchacho como yo frente a toda esta gente. Usted me dará de golpes, yo gritaré lo que sea para que me suelte y al final nadie ganará nada. En cambio…” Dan negociaba. Comprendía que, en la mayoría de los casos, los golpes eran el medio, no el fin, por lo que siempre se podían eliminar o reducir al mínimo si se resaltaban ciertos puntos atenuando otros. “Podemos hablar como gente bien portada. Yo no quiero ningún mal para su hermano, todo lo contrario, igual que usted. Podemos ayudarlo si me dice cuál es el problema. Yo siempre…” “Yo no tengo nada que hablar contigo, raspa-culo.” Gruñó Bacho por inercia, medio confundido. Dan puso cara de profunda frustración. “Pues está bien, si no quiere mi ayuda, no se la daré. Usted arreglará las cosas con su hermano y yo me encargaré de mis propios asuntos… no sé ni para qué estamos aquí hablando. Mejor…” Iba a seguir escupiendo todo lo que se le viniera a la mente mientras se acomodaba la ropa despaturrada por tanto zarandeo y encontraba el espacio para irse, cuando Bacho de pronto recordó que todavía se aferraba a su intención original y volvió a enseñarle los puños. “Escúchame bien, Traga-nabos. ¡Deja ya toda esa palabrería de gallina desculada! Me dirás qué hacías con mi hermano o…” Dan ya casi que prefería los golpes antes que seguir lidiando con este imbécil, corto de todos lados. Lo detuvo con ademanes descarados; ya sin el menor respeto. “Sí, claro, claro, como quieras… pero ya dime de una puta vez: ¿Quién mierda es tu hermano!”



A partir de ahí, la cosa cambió, porque Yan Vanyán era una de las personas más estimadas para Dan Rivel. Aquel era un hombre derecho, sin dobleces, que reconocía el valor en las personas y también la ausencia de éste. Que pagaba lo justo y valoraba un trabajo bien hecho. Que si estaba chiflado o no, esa era cuestión de perspectiva, y para ser honesto, había que señalar que la de algunos estaba bastante dañada. “Usted no se preocupe por nada, señor Bacho, yo me encargaré de averiguar qué está pasando…” Aseguró Dan, con total compromiso. Y agregó. “No permitiremos que nadie se aproveche del señor Yan, ni menos que jueguen con los sentimientos de un hombre justo y derecho como él.” Le dijo. Bacho asintió entusiasmado, hasta le dio la mano y todo. “Le tendré noticias para esta misma tarde, señor, eso sí, voy a tener que pedirle algo de dinero, hay algunos pájaros que no cantan si uno no les da de comer antes, ¿entiende?” Bacho entendía, pero era un poco más tacaño que su hermano, aunque también le gustaba mucho la idea de mandar y luego solo sentarse a esperar a recibir las noticias de vuelta, como lo haría un jefe, por lo que soltó algo de su dinero pero no sin algunas de sus amenazas más convincentes también. “Su hermano, es como mi hermano también, señor.” Le aseguró Dan. Y se fue.



León Faras.

martes, 8 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

101.



Cípora estaba realmente preocupada por su amiga, la apreciaba mucho y desde siempre, pero era tonta como la que más. Antes ya había tenido la idea de fugarse con un demente por puro capricho al que apenas conocía, y que por suerte no alcanzó a hacer o quién sabe qué hubiese sido de ella, pero es que ahora era mucho peor, porque actuaba como si hubiese sido tocada por la vara mágica de Ven Plimplín, ser etéreo al que nombraban como responsable de que algunos ingenuos sufrieran de amor como si de un mal perpetuo e incurable se tratara, y peor aun, Nina ya se había dado cuenta y probablemente la tenía advertida. De ser así, no sabría cómo ayudarla.



Lorina lavaba ropa y vendajes en un caldero hirviendo que revolvía mientras canturreaba una nana, como si hiciera dormir a un crío, tratando de no pensar, por insistente consejo de Cípora, en aquel caballero que no solo rondaba sus sueños desde que era niña, sino que ahora también podía ver rondando su barrio, y al que quería más que a su vida, pero del que no podía esperar sino lo que este mundo de suciedad y pesadumbre le permitía obtener a criaturas como ella. Entonces un imberbe se le acercó de la nada, haciéndose el tonto y observando con indiferencia en distintas direcciones, disimulando su interés. Lori le miró suspicaz. Seguro que era uno de esos chicos lascivos que gustaban de hacer apuestas obscenas con sus amigos y que creían que porque ella era puta, estaba siempre dispuesta a seguir sus estúpidos juegos libidinosos, pero el muchacho, manteniendo su actitud distante e indiferente, le metió con mañosa destreza un mensaje escrito en un bolsillo de su delantal, para luego alejarse con la despreocupación del que no puede ser culpado de nada. Lorina quiso escandalizarse por el ataque, pensando en, a saber, qué porquería le había metido entre sus ropas ese sinvergüenza, pero para cuanto comprendió lo ocurrido, el chico ya había desaparecido, y la multitud que la rodeaba era como siempre, impasible a sus preocupaciones o necesidades. Ahora estaba ansiosa, no había muchos seres en el mundo con la ocurrencia o la necesidad de enviarle mensajes escritos a ella, ni a nadie en realidad, pero solo podía pensar en una persona: su caballero con aliento olor a ciruelas, y debía averiguar qué decía.



Había que reconocer que Lorina era valiente cuando tenía que serlo, y que estaba dispuesta a ver el mundo arder y quemarse con él por el dichoso caballero ese que ni nombre tenía todavía. Cípora, una vez comprendió su propósito, intentó disuadirla de todas las formas posibles, incluyendo amenazas explícitas, pero ni caso le hizo su amiga. La chica se plantó frente a Nina con rudeza y le puso su misteriosa nota frente a las narices. “Te he leído los huesos en varias ocasiones y nunca te he pedido nada a cambio, a pesar de que sabes que esas cosas no se hacen gratis.” Le reprochó, expresándole una gran molestia sin venir a cuento. Y agregó. “Ahora me dirás qué dice aquí. Tú sabes cómo leer esto…” Nina se sintió atacada por esta pequeña loca que se sentía con el derecho y el valor para exigirle cosas, pero viendo el adolorido ruego en los ojos de Cípora y considerando que Lori igual y no le faltaba razón en lo que decía, accedió, pero no sin dejar en claro con más que evidente enfado, que ella era la jefa y que no tenía ninguna obligación de obedecer las exigencias de nadie, ni menos la de una de sus pelanduscas. Lorina no se intimidó ni un gramo, ni retrocedió ningún paso, siguió con idéntico gesto altanero esperando su respuesta. Nina estiró el papel con vivo fastidio, dejando en claro su desprecio por lo que estaba a punto de hacer, pero de a poco se encendió su interés. Al principio le costó un poco porque la caligrafía era bastante horrible, pero una vez superado aquello, pudo ver que no se trataba de un mensaje como cualquier otro. “Sin poder apagar la luz de tu existencia ni de día ni de noche, me rindo a rogarte, me llenes con tu presencia. Nada más podría pedir para seguir con vida.” Recitó, para luego quedarse con la boca abierta y las cejas estiradas, mirando a Cípora que parecía su reflejo con idéntica expresión. Lorina solo se mordía el labio, tratando de asimilar y retener cada palabra en su mente. “¿Que carajos es esto?” Preguntó Nina, y como no obtuvo respuesta inmediata, se dio a leer la siguiente parte: “Donde las hojas aún te extrañan y tus ojos hechizaron mi alma. Esperaré mientras mi sol ilumine.” Y una vez terminado, y viendo que se trataba de un mensaje anónimo, repitió su pregunta enfatizando su gesto anterior: “¿Qué carajos fue esto!” Cípora se tapaba la boca con una de sus enormes manos, emocionada por el lenguaje lírico del mensaje, a pesar de no estar muy segura de haber entendido bien su contenido, pero lo mismo podía decir Nina, que habiéndolo leído, no sabía qué carajos acababa de leer exactamente. Lorina, en cambio, había comprendido todo a la perfección, pues eran sus mismos sentimientos expresados en palabras que sólo un corazón colmado de amor como el suyo podía concebir a espaldas de la razón; ella sabía perfectamente qué debía hacer y adónde debía ir, pero tanto Cípora como su jefa la retuvieron por la fuerza y sin remilgos, porque algo como esto lo cambiaba todo, ahora incluso Nina quería saber qué carajos estaba pasando y quién diantres era ese pretendiente misterioso y supuestamente culto que cortejaba con tal elegancia a su querida Lorina, y ésta debería dar algunas respuestas antes de irse.



León Faras.

martes, 1 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

!00.



Petro se dirigía a Rimos con el carbón, era el turno de Gan realmente, pero aquel insistió y el otro no se opuso. Por un lado, Petro estaba trabajando en una carreta y debía ser él mismo quien negociara por los ejes, los anillos de las ruedas y esas cosas, y por el otro, Gan había descubierto un nuevo juego en el que el señor Barros era bastante bueno a pesar de casi no ver nada y con el que se podían pasar varias horas entretenidos mientras el carbón se cocía y el vino de arándanos durara. Un fulano de hablar raro le intercambió por carbón un tablero cuadriculado blanco y negro, Gan jamás había visto algo así, un juego que no usara dados ni cartas, solo un montón de pequeñas piedras blancas, todas blancas, abundantes en cierto recoveco del río Jazza. Las reglas eran muy simples: se repartía igual cantidad de piedras para cada uno, estas se ponían en los cuadros negros y solo sobre éstos podían moverse, además de que solo se les permitía avanzar, nunca retroceder, a menos que llegaran hasta el otro extremo del tablero, entonces sí podían devolverse. Con estas reglas básicas, más otras inventadas sobre la marcha, debían comerse o capturarse tantas piedras como fuera posible saltándoles por encima, y el que comía más, era el que al final ganaba. Petro no entendía cómo una actividad tan estúpida podía mantener ocupados a dos hombre adultos durante tanto tiempo, pero reservado como era, simplemente cerraba la boca y se ocupaba de sus asuntos.



Había un pequeño grupo de guardias cizarianos en la entrada de Rimos, junto a una de sus columnas, por lo general podía haber alguno si se les antojaba algo, pero no era cosa usual, tal vez buscaban a alguien. Petro iba a pasar con la cabeza gacha igual que sus burros, cuando un muchachito con uniforme de soldado lo detuvo poniéndole una mano en el pecho. “Tú, ¿De dónde eres?” Le preguntó, consultando una hoja de papel que sostenía con la otra mano. Por lo visto el muchachito sabía leer. Petro lo miró ofendido, como si lo estuvieran confundiendo con un delincuente. “Yo nací en la Roca Colorada, que fue donde me parió mi madre, pero luego nos trasladamos a la aldea de Cipiolo, donde mi madre enfermó y finó después de unos años, desde entonces mi padre y yo hemos recorrido el monte sin sentarnos en ningún lado por mucho tiempo, hasta ahora, que cocemos carbón junto al…” El muchachito lo detuvo con gesto demasiado prepotente para alguien que apenas pesa un poco más de lo que lleva puesto. “¿Qué es todo eso que dices, eh? ¿Qué lugares son esos? ¿Acaso te burlas de mí?” Le espetó con una palma en alto, enojado, como si pretendiera abofetearlo por estarle mintiendo. Petro estaba dispuesto a ponerlo en su lugar a pesar del uniforme, pero entonces un soldado con más bagaje en el oficio y cuatro canas en el bigote, detuvo el entusiasmo del muchacho con una baldada de tedio rutinario difícil de disimular. “Ya déjalo en paz, Fico, que no ves que es un carbonero… ¿Qué diantres piensas hacer con un carbonero en el ejército, ah?” Le dijo, con el gesto de alguien que está realmente harto de su trabajo. Luego hizo avanzar a Petro y sus burros con fastidio, como si éste le estuviera estorbando, y volvió a lo que fuera que estuviera haciendo antes, dejando a Fico a cargo otra vez. Aquellos eran reclutadores, pensó Petro, Cízarin estaba armando su ejército nuevamente, pero ni el mismísimo rey pensaría en dejar a sus herreros sin su carbón.



Después de los reclutadores, el siguiente que detuvo a Petro a la entrada de Rimos fue Nardo, el herrero. “Oye, Petro, ¿tienes un momento?” Le dijo, con seriedad. Petro se quedó admirado. No solo lo llamó por su nombre, en vez de “holliniento,” sino que además, todo su gesto transmitía respeto. Ahora el carbonero sentía auténtica curiosidad. Nardo le habló en voz baja y cuidándose de no ser observado por los otros herreros, como si estuviera haciendo algo ilícito. “Oye, amigo, no te sobrará un saco que me vendas… Ya sé que tu carbón ya está pagado y no quiero fastidiar a Yelena, pero me he quedado corto y necesito sacar un trabajo… Hazme ese favor ¿Quieres? Solo uno estará bien.” Le rogó, no sin algo de esfuerzo. ¿Acaso quería de su carbón maldito, extraído del Bosque Muerto? Preguntó Petro, intrigado, pero Nardo no podía más que tragarse sus palabras, y es que los carboneros se estaban volviendo escasos, porque debían buscar la leña cada vez más lejos y eso hacía que su trabajo fuese cada vez menos rentable. Petro sonrió, y su sonrisa era tan antinatural como ver sonreír a un poste: su predicción se estaba haciendo realidad antes de lo que pensaba. “Tarde o temprano todos los herreros terminarán sacando su carbón del Bosque Muerto.” Le recordó, con una mueca de burla de lo más incómoda que a Nardo no le hizo gracia. “¿Me vas a vender un saco o no?” Gruñó el herrero. Petro asintió satisfecho. “Pero para la próxima tendrás que hacer tu pedido con anticipación o no te daré nada.” Le advirtió. ¡Dios! Petro volvía a sonreír, y era como si sus músculos no tuvieran costumbre de hacerlo. Nardo volvería a pedirle carbón más temprano que tarde, si seguía así, no solo una carreta le haría falta, también un par de brazos extra.



León Faras.

viernes, 27 de junio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

99.



Yurba ya se sentía como nuevo y aun así, llevaba varios días en casa de Teté siendo atendido como un rey, pero la única que pensaba así era Rubi, porque su madre aún se sentía culpable por lo que le había sucedido al pobre chico por su culpa, y Falena disfrutaba de bromear con él en todo momento, pero sin tener que atender ninguna de sus necesidades en serio. En eso estaban cuando la voz ronca y pausada de Demirel le habló. “Me da gusto verte bien.” Falena se quedó paralizada, como si hubiese sido sorprendida por la autoridad cometiendo un delito. Su tío Demirel en su casa, era ya de por sí algo extraño. Su papá Tibrón también estaba con él y su semblante no era más alentador. Tuvo un mal presentimiento instantáneo. Yurba, en cambio, se incorporó con desparpajo, presumiendo despreocupación ante cualquier noticia que le trajeran.



La única razón por la que Demirel estaba allí era porque Teté no estaba en ese momento en casa, nada personal, pero odiaba esas incómodas predicciones sobre la muerte que esa mujer soltaba sin que se las pidieran y no había nada peor para él, que ir a la batalla con un presagio de muerte sobre su cabeza, porque sí, el siguiente ataque sobre Bosgos ya estaba anunciado y esta vez sería demoledor, Cízarin golpearía con todo lo que tiene, sin advertencias ni peticiones formales. “La ciudad será tomada por la fuerza a cualquier precio.” Anunció Demirel, sin emoción en la voz, apoyando a Gindri en el suelo para sentarse y recibir la bebida que Rubi le ofrecía. Yurba asintió guapo, restregándose la nariz con brusquedad. Falena, reaccionó alarmada. “¿A cualquier precio? Pero… no podemos.” “Esa es la orden y así se hará. No tendremos el mismo tropiezo otra vez.” Le interrumpió Tibrón antes de que la chica redundara en la negación, y luego, y para sorpresa de nadie, excepto la propia Falena, le anunció que esta vez ella estaba fuera. “Tú no irás.” Por el rostro inalterable de Demirel, éste estaba enterado y de acuerdo, Yurba, por su parte, no hizo gesto alguno, por lo que no se sorprendía ni se oponía, y Rubi, ni hablar, en cuanto su hermana la miró, ella le soltó sin dudarlo: “Ya oíste a papá: tú no irás.” Falena protestó: que ella también era un soldado, que no podían dejarla fuera, que esto era injusto, pero su tío le puso fin a la pataleta con un golpe contundente de Gindri en el piso que hizo temblar la vajilla cercana. “¡Y así te crees un soldado?” Le espetó, irritado. La chica cerró la boca y bajó la mirada en el acto. Su tío era su referente en cuanto a todo lo militar, y aunque sabía que la quería como parte de su familia, no podía evitar intimidarse un poco al verlo enojado. “Si te dicen que saltes al frente, tú saltas; si te dicen que te quedes atrás y cierres la boca, tú te quedas. No preguntas, no cuestionas, no haces lo que se te da la gana. ¿Qué clase de soldado protesta ante una orden! ¿Qué clase de batalla se gana con soldados así!” La regañó, sin ponerse de pie siquiera, y aun así su figura y su voz eran imponentes. Tanto Tibrón como Yurba permanecían circunspectos y ajenos, como era lo propio cuando un superior reprendía a un colega en frente de uno, Rubi, en cambio, aprobaba cada palabra de su tío con un gesto altanero de su cara. Fría como el pedo de un muerto. Demirel continuó volviendo a su tono grave y pausado. “¿Sabes lo que significa que una ciudad será tomada a cualquier costo? Significa que todos morirán si es necesario, significa que no puedes detener tu espada hasta que el último de ellos haya dejado de luchar, significa que es una batalla sin inocentes… Sucia.” Falena levantó la vista con timidez. Su tío era el hombre más orgulloso de su profesión, pero ahora no sonaba así. “Ser soldado tiene dos caras, ¿entiendes? Estás recién empezando, no necesitas este peso sobre tus hombros tan pronto.” “Es la cara fea de ser soldado, ¿verdad?” Comentó la chica. El señor Sagistán le habló muchas veces sobre lo estúpido que era glorificar la profesión de un soldado y sobre lo ingrato y desagradable que podía ser el trabajo a veces, pero ella sólo lo había comprendido a medias. Demirel posó una rodilla en el piso para mirarla a los ojos. En ese momento Teté entraba por la puerta. “Eres un soldado, pero todavía puedes elegir tus batallas. No desestimes eso, no seas necia para pensar que es poca cosa la que tienes.” Luego de eso se puso de pie recuperando su auténtico volumen. La presencia de Teté lo motivaba a huir de allí lo antes posible. Pasó junto a ésta brindándole un saludo tan cortés como parco, sin apenas dirigirle la mirada o detenerse, y se fue antes de que ésta pudiera siquiera replicar algo.



Darlén se movía descalza por el monte adusto con la soltura del rapaz que nunca ha usado zapatos en su vida. Sus delicados pies no eran tan delicados como ella creía, y su conexión con el mundo que la rodeaba era alucinante y completa como la magia que vivía en su interior. El fuego, el agua o el alimento, acudían a ella ahora cada vez que los necesitaba colmando sus necesidades sin esfuerzo. La lluvia le avisaba antes de caer y podía sentir cómo el viento la advertía ante cualquier peligro. Así fue cuando la brisa le llevó a los oídos un ruido de huesos rotos, no estaba tan cerca, pero fue muy claro, así como también el tufo de la carne cruda y tibia bajo la piel. Aquello no debía ser un peligro de por sí, pero su instinto la había puesto en alerta. Podía ser un animal salvaje, pero los animales grandes eran raros y escasos en la tierras bajas, además, un animal por salvaje que fuera no podía ser un problema para una maga como ella. Lo que no era, era un hombre o ya lo sabría. El ser humano se delataba con mucha antelación y de muchas formas distintas. Darlén dudó si debía investigar o seguir su camino, y más aún cuando pudo notar que la criatura se había movido sin que ella apenas se diera cuenta. Tenía su bastón de andariego pero jamás había pensado siquiera en tener que usarlo para defenderse. El sonido de una ramita triturada le indicó que la criatura estaba a sus espaldas. Ella se volteó sin sobresalto. Ambos se miraron, la criatura, que sostenía el cadáver de una liebre entre los dientes como si fuese un perro, era un hombre, pero no era totalmente un ser humano, lo mismo pudo percibir Costia con su instinto al ver a la bruja, que aquella parecía una mujer pero no era solo una mujer. Luego de estudiarse varios segundos, la criatura decidiría alejarse por la paz, no habría comunión ni enfrentamiento en esta reunión. Darlén no sintió miedo, pero sí pudo percibir la ferocidad latente en el interior de aquel espíritu corrompido. Sintió angustia de pronto, algo horrible le había sucedido a ese hombre nefasto, inimaginable incluso para ella.



León Faras.

sábado, 21 de junio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

98.



Una semana llevaba enfrascado Migas en su trabajo, una semana en la que apenas había hecho otra cosa que no fuese estudiar esos pergaminos, incluyendo comer o dormir. Nimir hacía lo que podía por ayudar sin estorbar pero es que era imposible: los alimentos se agotaban, las cabras invadían la propiedad de tanto en tanto dejando todo regado con sus cacas, la cerda y sus lechones debían ser alimentados permanentemente, Perro ladraba sin motivo por un lado, el viejo Buba y sus absurdas necesidades por el otro, y Migas no hacía más que garabatear una pizarra con símbolos raros a los que les asignaba un sonido al azar para ver en cuantas de las palabras incompletas que tenía calzaba correctamente. Y aún no podía asegurar siquiera si lo que estaba descifrando sería de utilidad o no. Nimir estaba al borde de su paciencia y esta vez estaba dispuesto a cumplir con sus amenazas de irse a vivir con su hermana Ulia, que aunque lo hacía trabajar como burro, al menos no lo trataba como uno. “Ay, por favor, ¡Esa mujer ni siquiera es tu hermana! Su madre te crió, pero ambos sabemos que no lo hizo por que te quisiera.” Alegó el viejo, contrariado, como un artista interrumpido a la mitad de su obra. Nimir lucía ofendido. “Mi hermana no era así, ella me quería.” Refutó. “¡Eras como su mascota, bobo; ella pensaba que era gracioso que tú hicieras todo lo que te decían! ¡Eras su niño idiota!” Respondió Migas, burlándose, pero pronto apagó su sonrisa, la discusión se estaba volviendo cruel y, para bien o para mal, a él ya no le sentaba tan bien ser cruel con el bobo de Nimir. Recapacitó. “Escucha, Nimir, tú eres como mi familia ahora, lo sabes. Hemos pasado mucho juntos y nos hemos apoyado…” Era tan ridícula la forma como Nimir absorbía y atesoraba cada palabra de cariño y aceptación, que Migas debía controlarse para no soltar la risa de sólo tener que verle la cara. “Esto puede ser una molestia ahora, para ambos, pero puede llegar a ser muy valioso en el futuro, y también lo será para ambos. Tú y yo, Nimir, estamos juntos en esto.” Proclamó el viejo, apretando los puños, y ante los ojos brillantes de emoción de Nimir, Migas rogó. “No te vayas, hijo, siempre es duro al principio pero vendrán tiempos mejores, ya lo verás…” La cara de Migas era la de una súplica dolosa, mientras que Nimir no podía con la emoción de que alguien le rogara quedarse de esa manera. Abrazó al viejo con tanta genuinidad que era imposible no conmoverse, y hasta hacer sentir incómodo al pobre Migas que lo apartó haciéndose el serio. “Bueno, bueno, hijo, ya es suficiente, hay que mantener la postura, esto no es correcto, además, tenemos trabajo que hacer, ¿no?” Ellos no lo sabían, pero su empecinamiento estaba a apunto de dar jugosos frutos.



Escucha, Yambo, tú te vas, para informar a Cego de todos los detalles, y yo me voy a quedar vigilando todo aquí, ¿entendiste?” Habló Bacho, con el rostro enfurruñado de un perro guardián, como cuando uno negocia sin ánimos de negociar realmente; él repartía órdenes, no solo como el hermano mayor que era, sino también como líder tácito de la misión, pero Yan, con el ceño apretado y la trompa fruncida, no estaba para nada de acuerdo, lo que hacía que su hermano comenzara a respirar hondo y a hacer movimientos erráticos de cabeza y brazos para no tener que golpearle la mollera. “Escucha, tonto, no me hagas repetirte las cosas. Tú eres el que se entiende mejor con el viejo y tú hablarás con él. Yo los esperaré aquí y fin del asunto. Además, ¿para qué carajos querrías quedarte tú aquí!” Y luego de un rato de mirarlo con recelo y sin oír respuesta alguna, añadió. “Te has estado portando de lo más raro… Mira, te lo voy a preguntar por una vez, pero no hagas que me arrepienta…” Le advirtió, con un dedo en alto y todo. Bacho contrajo los músculos como si temiera que algo está a punto de reventarle en la cara, ya se imaginaba qué clase de pirunga le respondería su hermano, pero cuando éste le confesó, casi con vergüenza en el rostro, que: “…el amor por una mujer se me clavó tan hondo en el pecho y de forma tan impetuosa, hermano, que no he podido evitar desear verla a los ojos sin parar por el resto de mi vida, como un imbécil, a costa de quedarme sin aire en los pulmones y sin fuerza en las piernas.” Bacho se le quedó mirando pasmado; incrédulo y también un poco confundido de haber entendido bien toda esa garrafada de sandeces que podían haberse dicho en dos palabras y de forma mucho más simple. “¿Estás enamorado, Yambo?” Le preguntó, sintiéndose un poco tonto de tener que hacerlo, y Yan, como si admitiera un vergonzoso crimen, asintió con gravedad y sin mirarlo a la cara. “Podría haber soportado cualquier cosa de este mundo, Chucho, tú lo sabes, pero esto… esto fue más allá de mi voluntad.” Se excusó, avergonzado. Bacho estaba admirado, cómo había podido suceder esto frente a sus narices sin que él lo supiera y sobre todo, ¿quién era esa chica? ¿Por qué él no la había visto? “¿Y tú le agradas?” Le preguntó con cara de dolor luego de considerar la situación unos segundos, al fin y al cabo, Yambo no era el pretendiente con el que toda chica sueña, pero pronto disipó todas esas dudas como quien se espanta un puñado de moscas de la cara. Su hermano había puesto los ojos en una mujer al fin, no estaba tan demente después de todo, y él como su hermano mayor, lo apoyaría. Luego ya verían la forma de que la chica mostrara interés en él también; había muchos métodos para hacer que ella cooperara en esto y él conocía más de uno. Estrechó la mano de su hermano con gesto fantoche para presumir de dominio en el tema, pero Yan ya tenía sus planes. Sólo necesito que me des un día, Chucho.” Solicitó Yan Vanyán con formalidad profesional. Y agregó. “Luego volveré y terminaré el trabajo.” Aseguró. No era lo que Bacho tenía en mente, pero tal vez era lo mejor, después de todo y pensándolo bien, era de su hermano de quién estaba hablando, y éste podía inventarse todo tipo de cosas en su mente, incluyendo a una fulana de la que enamorarse, así que aceptó con idéntica gravedad, pero no lo dejaría actuar solo sin vigilarlo, ahora tenía curiosidad.



León Faras.

lunes, 2 de junio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

97.



A pesar de hacer la mayor parte del trayecto de día, Falena lo hizo a paso ligero y sin detenerse en ninguna parte, porque ese hombre del bulto jugoso le había logrado meter el bicho del miedo en el cuerpo y no había podido dejar de pensar en encontrarse con algo desagradable por el camino. Ella tenía sus espadas y sabía como usarlas, pero eso no era garantía de nada, además, como le decía el señor Sagistán, “las espadas y el miedo no deben estar en las mismas manos.” La pilló la noche cuando aún le faltaba un trecho para llegar, pero siguió sin acampar, acompañada de la luna menguante hasta alcanzar los campos de Cízarin.. Casi era medianoche o algo así cuando llegó a la ciudad. En su camino, se cruzó con su tío Demirel que arrastraba casi sin ningún esfuerzo al pobre de Pepinillo, el cual había chupado más alcohol esa noche, que la malaya de un cantinero en toda su vida. Su tío la miró severo, y le ordenó que se fuera a su casa, que no preocupara a su madre, aunque conociendo a Telina eso era difícil de conseguir, pero aun así la chica asintió de inmediato, ese era su plan de todos modos. La luz de un cacho de vela aún iluminaba el interior de la casa, tal vez los quejidos y temblores de Yurba todavía no dejaban que nadie pudiera dormir en paz esa noche. Una vez dentro, vio a Yurba tirado en su lecho y a su hermana Rubi acurrucada en una silla a su lado en posición de dormida, pero aún despierta. De alguna manera, sabía que llegaría y la esperaba. Rubi siempre lo sabía todo. “Llegas tarde.” Le recriminó, inexpresiva. Falena se imaginó lo peor, pero su hermana, que le leía la mente con pasmosa facilidad, puso su cara de suficiencia. “No hablo de eso, boba, Yurba no está muerto, solo duerme. Me refería a la hora. Es tarde, mamá estaba preocupada.” “Mamá siempre está preocupada.” Dijo Falena, como si se tratara de la más brillante de las respuestas. “Yo también lo estaba.” Replicó su hermana, implacable, y su brillantez desapareció. Luego de eso, Rubi se puso de pie, la abrazó con rudeza y le dijo que no fuera tonta. “No estás sola en este mundo, tienes gente que se preocupa por ti.” Le recordó, con un tono más amenazante que cariñoso, antes de irse a la cama, mientras Falena, humilde, se quedaba un rato junto a su amigo, que aunque olía un poco rancio, al menos se veía que dormía en paz. Tal vez la bruja le había dicho la verdad después de todo.


Cipora dormía con la profundidad y el desparpajo de un borracho, siempre lo hacía así, era como un don, mientras que a Lorina, el proceso le tomaba más tiempo, y esa noche le parecía imposible. Se mantenía sentada junto a la ventana de la habitación que compartía con las otras chicas, mirando hacia la calle y soñando con ese hombre que apenas había conocido y ya le había robado el corazón, o al menos eso pensaba ella, porque, a fin de cuentas, no era mucho lo que ella podía saber sobre el amor. “¿Qué haces despierta? ¿Te duele algo?” Le hablaron a su espalda, pero no Cípora, sino Nina. “No.” Soltó la otra, apenas, sorprendida por su jefa. Nina la observó intrigada, la actitud de Lorina no podía ser más sospechosa, su incomodidad era más que evidente y encima, era pésima disimulando. Nina la observó de arriba-abajo, su postura, la ventana empañada, su mirada esquiva, luego sonrió con malicia. “Aaah, ya sé lo qué pasa aquí…” Le dijo, acusándola con su dedo, juguetona. “Tú quieres atender a alguien, y no por su dinero…” Lorina tartamudeó, era imposible ser más evidente. Nina continuó. Aún sonreía, pero ahora con descaro. “¡Así que estás viva después de todo! Está bien, tienes derecho, pero solo te diré una cosa: no le creas ninguna de sus promesas, hablar bonito es parte del juego, pero nada más… No quiero luego verte babosa, engatusada por sus cuentos, soñando con una vida que no es la tuya… Lo digo por tu bien, Lorina.” Le advirtió empinando las cejas, luego miró a las otras que dormían, respiró hondo, hizo una mueca como si no le gustara lo que estaba oliendo y dándose la vuelta para no verla a los ojos, le soltó su última amenaza antes de irse: “O tendrás que irte.” Concluyó.


Nina sabía de lo que hablaba, y Lorina sabía que lo sabía. En cuestiones de amor y relaciones románticas, Nina era la más avezada, no había duda. Ella conocía todos los caminos del amor de ida y de vuelta y sabía que entregar el corazón sin miramientos era una apuesta demasiado arriesgada. Ella misma había debido romper más de uno en su vida, de aquellos que tristemente malinterpretaban sus muestras de afecto y pensaban que eran auténticas y exclusivas. Nina sabía de lo que hablaba, pero había un problema, y era que Lorina sentía que ya había entregado su corazón y ahora no sabía cómo recuperarlo, aunque sí sabía que el primer paso, era dejar de desvelarse mirando por la ventana, alimentando ilusiones que… Lorina se quedó congelada de cuerpo y de mente, un solo vistazo le bastó para ver al hombre que esperaba hace horas, parado a lo lejos frente a su ventana bajo la luz de una antorcha solitaria, buscando también su figura en la ambigua textura de una ventana empañada. Lorina no podía estar segura de que ese hombre estuviera allí por ella, pero aun así se quedó junto a la ventana, observándolo casi sin pestañear y dejándose observar por él, hasta que la llama de su vela comenzó a ahogarse en su propia sangre y a amenazar con apagarse, entonces, Lorina pegó la palma de su mano a la ventana en una apuesta arriesgada para ver si era correspondida. El hombre tardó en responder el gesto, tal vez la visión no era buena a esa hora y su mano era pequeña, o tal vez ni siquiera era la persona que ella creía… Tal vez… Lorina suponía muchas cosas, pero entonces la llama murió y Lorina quedó a oscuras, pero en el último instante de luz, el hombre se descubrió la cabeza revelando su rostro bajo la antorcha y levantó su mano para despedirse. Yan se sentía con suerte de tener una privilegiada supervisión, para notar el gesto de su amada y poder corresponderlo justo en el último instante y Lorina se sentía sencillamente feliz, tanto como para sentir ganas de reír, cantar y bailar sin ningún motivo, tanto, como nunca antes se había sentido.


León Faras.

domingo, 25 de mayo de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

96.



El legendario grupo de los Machacadores se reunía de nuevo, pero esta vez bajo un contexto totalmente distinto: Váspoli, los había reunido a todos en su casa para celebrar uno de los eventos más importantes de toda su vida: el cumpleaños número cuatro de su hija, Mara, el primero que podía festejar como corresponde. Allí estaban Guluz, junto a su hermano menor, Pável, ambos panaderos ahora, Cacán, el más joven de todos y que se ganaba la vida junto a su familia en los fructíferos campos de Cízarin, y Pepinillo, quien seguía igual que antes, flaco, largo y con el cabello lacio pegado al cráneo. Ahora, con su propio negocio de pescados. Otro que no había cambiado mucho era, por supuesto, Demirel, quien lucía su uniforme liviano, incluyendo una brillante pechera de metal con hombreras, y acompañando su gallarda figura estaba la siempre impecable Gindri, como no, la que no dejaba ni para ir a un cumpleaños de niños, tal como lo prometió cuando se le fue asignada. Todos seguían iguales que antes, con los mismos ademanes y colando las mismas bromas, excepto por el propio Váspoli, quien había madurado mucho, y ahora era un hombre enamorado y orgulloso de su familia; de su esposa Elsa, embarazada por segunda vez, y sobre todo de su hija, Mara, y es que la niña a su corta edad, ya era casi como una pequeña celebridad. Además de ser una niña innegablemente hermosa, bajo cualquier tipo de criterio, la pequeña poseía un encanto natural, una sonrisa fácil y contagiosa capaz de conquistar a cualquiera en un instante, una cabellera que siempre se veía perfecta, hiciera lo que hiciera, y una personalidad abierta y extrovertida, como la de alguien que no siente ni pizca de miedo por el mundo y su gente. La niña era adorada y alabada por todos y no solo parecía entenderlo, sino que también le gustaba. “No quiero estar en tus zapatos cuando esta pequeña crezca.” Era la broma más recurrente, pero Váspoli solo respondía con prudencia: “Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.”



Con un par de yugos para el agua y dos hombres por lado, podríamos mover esos fierros de uno en uno, lo suficientemente lejos como para que una yunta de caballos los enganche y arrastre lejos de aquí sin que nadie lo note…” Propuso Bacho, mordisqueando un trozo de carne seca, demasiado seca. “Mmm.” Respondió su hermano. Comenzaba ya a irse el día y la suya era una de las varias fogatas encendidas en los alrededores de donde estaban apilados los Tronadores. “Se ven varias fogatas pero casi no hay antorchas, si elegimos una noche oscura y ponemos a algunos a vigilar… podría ser un trabajo rápido y fácil.” Continuó Bacho, asintiendo, confiado. “Mmm.” Respondió su hermano. Bacho escupió el exceso de saliva que le provocaba la carne seca y miró a su hermano impaciente. “¿Puedo saber qué es tan importante, Yambo?” Yan, sin dirigirle la mirada siquiera, señaló hacia los Tronadores con el dedo. “La forma en que están apilados, unos encima de otros, algunos están medio enterrados en la tierra, otros atascados entre sí… deberíamos prepararlos para que sea más fácil tomarlos y llevarlos.” Bacho asintió, aceptando que esa era una opción, aunque en su experiencia como bandolero y asaltante, jamás preparas nada antes de robarlo, solo lo tomas y ya, pero su hermano era nuevo en esto y él era benevolente aceptando sus ideas como legítimas. “Sí, bueno, podemos hacer algo rápido para liberarlos, no debe ser algo complicado.” Admitió con prudencia profesional. “Mmm.” Respondió su hermano, pero esta vez poniéndose de pie y yendo directamente hacia los Tronadores. Bacho abrió la boca y los brazos exigiendo una explicación, pero el loco de su hermano ya se alejaba decidido y no pudo más que tragarse una bocanada de aire y seguirlo. Yan comenzó a limpiar los Tronadores con sus propias manos y a acomodarlos con su fuerza única y sobrehumana, excavando la tierra como un perro obseso para liberarlos, al punto que algunos paseantes se detuvieran a mirarlo como se le mira a cualquier loco haciendo sus cosas de loco. “¿Qué carajos crees que estás haciendo, hijo?” Preguntó un abuelo que parecía incapaz de mantener la boca cerrada. Literalmente. Yan ni lo miró. “Miren este desastre, el trofeo de nuestra victoria, el orgullo de nuestra ciudad, no parece más que un montón de basura apilada y cubierta de mierda.” Les dijo Yan, afanado. “Es lo que yo les decía. El chico tiene razón.” Gritó uno desde un rincón, otros también asintieron. Bacho miró a su alrededor incrédulo, pero al ver que la absurda idea de su hermano tenía más apoyo del esperado, también comenzó a asentir. “Es verdad. Deberíamos ayudar todos.” Propuso con gravedad, logrando que incluso el abuelo de la mandíbula floja metiera las manos a la obra. Tardaron menos de una hora y todos se quedaron conformes con el resultado. Ahora podía verse con claridad que se trataba de siete Tronadores perfectamente limpios, apilados y listos para ser robados. Bacho tenía que admitirlo, lo que parecía una locura más de su hermanito, en realidad les iba a facilitar mucho el trabajo, e iba a bromear con él acerca de sus extravagantes ideas que luego funcionaban, pero Yan estaba distraído, apenas había hablado en todo el día o le respondía a todo con puros monosílabos o menos, pensó que solo era un episodio más de su personalidad fallida, pero ahora sospechaba que había algo más, algo que estaba perturbando la ya perturbada mente de su hermano, pero no preguntaría. Una vez preguntó, hace años atrás, y Yan le respondió que estaba desanimado porque él sabía que había toda una civilización de personas que vivía al otro lado del mundo, pero que no podía probarlo. Bacho esperaba escuchar algo sobre los inalcanzables encantos de alguna chica que lo había tocado, pero en su lugar le soltó ese disparate sin ningún sentido sobre el otro lado de algo. No. Definitivamente era mejor no preguntar.



León Faras.