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domingo, 3 de abril de 2022

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

 LXIV.



Los cuerpos rimorianos que aún no están calcinados, son amontonados en el campo para ser quemados. Los campesinos y sus niños, curiosos por naturaleza, se espantan al ver movimientos y balbuceos en aquellos despojos humanos, como lombrices que se retuercen al ser cortadas a la mitad por el azadón del labrador. Más de alguno de ellos tiene la fuerza suficiente para ponerle la piel de gallina a todos con un grito de dolor, al ser encendida la pira. Desde prudente distancia, en el monte, un niño de diez o doce años ve las llamas y oye los alaridos con espanto, comprende perfectamente lo que está ocurriendo y además sabe que el cuerpo de su padre, con seguridad, también está ardiendo allí. Le brotan lágrimas de los ojos cuando una mano se posa sorpresivamente en su hombro, es un hombre encapuchado y vestido con harapos que tira de un asno cargado de leña, él no lo reconoce, pero el hombre a él sí, “¿Aregel? ¿qué rayos estás haciendo aquí?” El sol le da a contraluz y es difícil verle el rostro, pero su voz es familiar. Tiene la cara embarrada, y se ha cubierto un ojo con una sucia venda para ocultar una horrible cicatrización, “¿Mi padre está ahí?” Pregunta el muchacho, aunque con algo de certeza en el tono, señalando la pira que arde con sorprendente fuerza, el hombre no lo sabe, pero ha estado en la batalla, y visto lo visto, apostaría su ojo bueno a que sí, “Perdimos, hijo, todos están ahí. Yo me salvé por los pelos” Dice Gánula, y luego añade, “Debes irte y hacerte cargo de tu familia ahora, se avecinan tiempos difíciles me temo…” 


Bosgos, la capital de los venenos, era un amplio poblado sin calles ni plazas en el que todo el mundo había construido su casa donde le había dado la gana, en torno al pozo que inauguró el pueblo. Ahora habían más pozos pero las casas seguían esparramadas como si se tratara de una partida de dados. Era difícil orientarse para un bosgonés que no había ido en años, como el viejo Qrima, sobre todo con el pujante mercado que se habría paso por todas partes y que mutaba constantemente, parecía que todo el mundo tenía algo que vender o algo que comprar en Bosgos, desde granos y hortalizas, hasta carne de perro azaroso charqueada para algunas preparaciones no culinarias. No muchos conocían al viejo y menos aun eran los que lo recordaban, luego de años viviendo en Cízarin, pero confiaba en que su hermana mayor sí lo hiciera. Esta era una mujer con una infinidad de años encima, una dentadura inexplicablemente envidiable, tres veces viuda sin hijos vivos, y con un pequeño pero próspero negocio de venta de hongos de todo tipo, menos comestibles, que cultivaba en una gruta oculta a los ojos de los curiosos, gracias a su aspecto de bruja malvada que inspiraba temor en sus vecinos, una reputación que la mujer no se preocupaba por desmentir. Su nombre era Gilda. Qrima detuvo su coche frente al puesto que recién se abría a esa hora, cerca del mediodía, el coche era bonito, los cizarianos tenían buen gusto para la artesanía, a diferencia de los rimorianos cuyo gusto estético estaba atrofiado por su brutal pragmatismo. La vieja pensó en una buena venta para un cliente importante pero poco a poco su radiante sonrisa se desvaneció cuando vio el desalentador aspecto de su hermano luego de conducir toda la noche bajo un contundente aguacero, “Vaya, así que sigues con vida…” Fue el ácido comentario de la mujer, antes de seguir con sus asuntos fingiendo desilusión y desinterés, “Necesito tu ayuda…” Replicó el viejo, forzadamente humilde, la vieja soltó una carcajada burlesca, no había visto a su hermano en veinte años y ahora aparecía para pedirle ayuda, “Es por tu sobrina…” Añadió Qrima. Gilda pareció confundida al principio, pero luego recordó a la hija del difunto hermano menor de ambos, y de la que este nunca se hizo cargo, “¿Nila?” Los rumores de la batalla contra Cízarin apenas habían llegado a Bosgos, donde, alguno de los que habían huido durante la noche llegaron allí sembrando algunos comentarios, pero en general, nadie le había dado mayor importancia, lo que Nila y la hermosa Darlén le contaron a la vieja, ya era mucho más serio, “Por supuesto que las chicas y sus niños pueden quedarse, pero con respecto a ti…” Exclamó Gilda, haciéndose la ofendida por los años de ausencia, pero su hermano menor estaba demasiado hambriento y cansado como para más reproches, “No te preocupes por mí, buscaré un lugar donde comer algo y dormir algunas horas y me volveré a ir, solo necesito que me prestes tu carreta, te dejaré a cambio el coche” La vieja protestó, un coche tan fino como ese, no le prestaba ninguna utilidad a alguien como ella, pero Qrima ya cerraba el trueque, “Solamente uno de estos caballos vale más que tu carreta entera, así que no te quejes”



Emmer tenía un gran camino por adelante, por un terreno abandonado de la mano de Dios en el que apenas y se podía encontrar vida inteligente. Era mediodía, y aunque él era un inmortal, eso no lo libraba de estar sediento y también algo hambriento. De pronto, un sonido en la hojarasca llamó su atención, tal vez solo una rata demasiado gorda, pero no esta vez, era un caballo que mordisqueaba la escasa hierba del arcilloso suelo, tenía bridas pero no montura. Emmer se acercó apaciguándolo, con las manos en alto y haciendo sonidos dignos de un apaciguador de caballos, cosa que el animal no apreció en lo más mínimo, quizá porque no estaba solo; bajo un árbol, un hombre sentado en el suelo, con aspecto maltratado, empuñaba un cuchillo. No fue algo muy impresionante para el rimoriano, el tipo parecía haber recibido una paliza peor que él, se veía más agotado aunque tenía un caballo, y con el hombro izquierdo dislocado hacia atrás, que debía dolerle una barbaridad. Ambos podían adivinar con un vistazo que el otro también era soldado aunque les faltara la mitad de su atuendo, por lo que no era necesario ni mencionarlo. Para Emmer, un hombre en semejantes condiciones no representaba un obstáculo demasiado peligroso, aun estando desarmado, pero él era un soldado y no un bandido, “¿Está roto?” Preguntó, señalando el brazo del que estaba sentado, este negó con la cabeza, siempre con el cuchillo en alto, “Bien, eso es bueno. Puedo ponerlo en su sitio, sé cómo se hace…” Dijo Emmer, amistoso y confiable, pero el otro seguía con el filo de su arma por delante, “¿Cómo sé que lo que quieres no es estrangularme para quedarte con mi caballo?” Preguntó, poniéndose de pie con dificultad, Emmer lo miró con la cara de quién no ha entendido el remate de un chiste, “No te ofendas, pero, no estás en tu mejor momento, si quisiera hacerlo, lo haría sin artimañas…” En eso tenía razón, y lo cierto era que ese hombro lo estaba matando de dolor y no podía arreglarlo él solo, por lo que el hombre se tragó su orgullo, bajó su arma y accedió.



El capitán Dagar y su escuadrón volvían sin prisa a su hogar, cuando el más lento de sus hombres, Cuci, le advirtió de una extraña comitiva que comenzaba a ascender el penoso camino a Rimos, al cabo de un buen rato aguzando la vista, el oficial exclamó, “Oh, mierda… ¿tan pronto?” Aquel era el mismísimo Siandro rey de Cízarin, acompañado de su abuela Zaida, del general Fagnar y un pequeño grupo de soldados y portaestandartes con la flor de Cízarin en alto, que venían a negociar los términos de su aplastante victoria, aunque lo menos a lo que Siandro estaba dispuesto, era a negociar.



Fin de la Segunda parte.


León Faras.



sábado, 26 de marzo de 2022

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

 XLIII.



Nazli no puede creerlo ni aun viéndolo, desde el tejado donde está ve como el cuerpo de Éger se convierte en una antorcha humana que escupe y llora fuego, abrasándose de una sola vez hasta caer completamente consumido por las llamas. También ve a sus amigos huyendo de una lluvia de flechas encendidas preparadas por el general Fagnar para defender el palacio, una vez que supo de la desafortunada debilidad de los inmortales rimorianos. Rino pone su escudo ante las flechas y se protege tras él, mientras Trancas corre a todo lo que da su generosa anatomía, con la intensión de alcanzar el canal más cercano a unos cien metros y corre con suerte, porque las flechas prefieren llegar tarde o pasarle por el lado, al contrario del flaco Lerman que es alcanzado en una pierna casi antes de empezar su carrera y su fibroso cuerpo se abrasa rápidamente. Cuando termina la primera oleada, Rino se libera de su escudo, cubierto de flechas encendidas, y corre, ve a Trancas alcanzar el canal y desaparecer en él; Nazli piensa que también lo conseguirá, pero la segunda oleada de flechas le alcanza sin misericordia y el joven guerrero muere arrastrándose por el suelo a tan solo veinte centímetros de alcanzar el agua. Gánula ha desaparecido, astuto, se ha escabullido entre los callejones mucho antes de que les lanzaran fuego encima. Todo parece indicar que la batalla ha terminado, Zaida ordena registrar la ciudad por completo, quemar todo rimoriano que encuentren, vivo o muerto, y averiguar, dentro de lo posible, quién estaba al mando, porque al parecer nadie tiene ni idea de quién dirigía el ataque enemigo.



Emmer despierta de pronto, ya amanece y la lluvia amaina, está un poco mareado pero por lo demás se siente bien, lo cual es mucho decir, luego de la paliza que le dieron cuando fue capturado y que él mismo propició para que Nila y los demás huyeran. Una paliza digna de varias contusiones y más de un hueso roto. Está atado a un árbol, aún en el cruce donde fue arrestado y con el torso desnudo. El capitán Dagar y sus hombres desayunan una liebre asada y un pellejo de vino, “¿Saben lo del príncipe Ovardo?” Pregunta el prisionero, su cara es como la de alguien que se despierta con una terrible resaca. Dagar lo mira largo rato antes de asentir, “Yo mismo, y algunos de estos hombres, tuvimos que ir por él al bosque muerto…” Su voz está más apaciguada, ha sido una noche tranquila, pero larga y está cansado, “…Dime una cosa, ¿qué rayos es eso?” Pregunta el oficial, señalando con el cuchillo con el que troza la liebre, el vientre del prisionero, donde el capitán Albedo le clavó su espada, también está la herida de bala, aunque ese concepto sea algo innovador todavía para la época. Emmer se mira las feas cicatrices en su cuerpo que no ha tenido tiempo de examinar todavía, “Es la marca de una espada que me atravesó anoche…” Los soldados están admirados, saben de los inmortales, pero no pueden imaginar cómo funciona tal cosa, “¿En batalla?” Pregunta uno y el prisionero asiente, aunque no fue exactamente así. Emmer les cuenta sobre el desorden y la confusión que se formó apenas entraron en Cízarin, “Esa maldita ciudad llena de callejones, estrechos y oscuros como madrigueras de ratas, nos desperdigó en grupos cada vez más pequeños sin nadie al mando de nadie” Los soldados están interesados, Dagar también, “¿Y el rey Nivardo?” Pregunta el capitán, Emmer los mira con desilusión, “Desorientado y perdido en los callejones, como todos, con esa condenada lluvia extinguiendo cada maldita lumbre del camino, acabó muerto por una herida en el cuello que le hizo un niño asustado con una horqueta…” Los soldados no pueden creerlo, viniendo de un hombre que fue atravesado por una espada y sigue respirando como si nada, “El rey no bebió de la fuente… no sé por qué no lo hizo” Les aclara el prisionero. Los hombres se miran entre sí, incrédulos, Emmer se ha preocupado de omitir que Cízarin los esperaba bien preparada y bajo aviso. Dagar mira el cielo, es una hermosa mañana, “Muy bien, señores, es hora de irnos…” Anuncia, para luego dirigirse hacia el prisionero con el cuchillo en la mano, “…pero antes debemos terminar el trabajo…” El capitán se arrodilla frente a Emmer y posa la punta de su cuchillo en su pecho, “Hijo, ya conoces la costumbre” Y con rapidez y mano firme, le entierra por completo el cuchillo en el corazón, cuando lo retira, se queda viendo, como se ve algo que al mismo tiempo es repugnante pero interesantísimo, la morbosa cicatrización en el pecho del condenado, luego se pone de pie y exclama apuntando a sus hombres con su cuchillo empapado en sangre negra y grumosa, “Todos aquí son testigos de que este hombre fue capturado en acto de deserción; que recibió la paliza como castigo; que fue ajusticiado con un puñal en el corazón y que su cuerpo fue abandonado como alimento para las alimañas, negándosele así el privilegio de la cremación, según dicta la costumbre.” Una vez dicho esto, cortó la cuerda de las muñecas del prisionero, “En lo que a mí respecta, hijo, tú estás muerto, y espero no volver a verte nunca más” Concluyó. Una vez que Emmer huyó, y mientras los hombres preparaban todo para irse, Cuci mencionó, emocionado aún por lo que había visto, “Con soldados así, es imposible que perdamos cualquier batalla” Dagar lo miró como a un impertinente, pero en el fondo pensaba lo mismo.



En Cízarin, el chico robusto, cuya armadura estaba confeccionada con tablas de un barril y cuerdas, miembro honorario de los Machacadores y que cargaba orgulloso un espadón de madera al hombro con el que incluso, afirmaba haber enfrentado a un monstruo rimoriano, marchaba aun más engreído con un precioso yelmo de hierro bruñido encajado a la fuerza en su cabeza, muy diferente al que llevaba antes, pero que además, estaba decorado con una corona dorada diseñada con el clásico motivo rimoriano del arbusto de espinas, un casco hecho para el combate, pero que claramente no estaba hecho para ser usado por cualquiera, llamó la atención de un par de soldados Cizarianos que descansaban en una esquina. Los soldados detuvieron al muchacho para preguntarle de dónde lo había sacado, y el chico, llamado Demirel pero al que todos llamaban Demi, respondió con toda seriedad que se lo había quitado al cadáver de un enemigo. Aquel era el yelmo de un príncipe, al menos, “Déjame verlo, muchacho” Dijo uno de los soldados, acercándose dispuesto a quitárselo, pero el chico se puso en guardia con su espadón de madera por delante y con la postura más severa que su imberbe figura podía transmitir, “Es mío por derecho, se lo quité a un enemigo en el campo de batalla y no se lo entregaré a nadie sin pelear” Anunció, y por ridículo que pareciera, hablaba en serio. El soldado iba a insistir, esta vez de una forma más brusca, pero una voz de mujer tras él lo detuvo, diciéndole que el joven tenía la razón. Aquella era la mismísima Zaida, montada en su caballo y seguida del general Fagnar. Demirel se puso firme y solemne ante la comandante, “Veo que ya eras todo un soldado” Dijo la vieja, bajando de su caballo, mientras el muchacho se quitaba el yelmo con algo de esfuerzo y se lo ponía bajo el brazo, “Mi señora” dijo este, con la postura más altiva con la que haya posado caballero alguno, “Cízarin necesita soldados como tú, ¿verdad general Fagnar?” Se volteó la mujer ligeramente y el general con cabeza de león asintió con toda gravedad desde la cima de su montura, Demi luchaba por mantener la compostura ante tal honor. Zaida continuó, “Pero debes convertirte en un soldado Cizariano bien entrenado y pertrechado como se debe, ¿eso te gustaría?” El muchacho, eso lo anhelaba, pero ya había sido rechazado por su exceso de peso y siempre relegado a las cocinas, cosa que él odiaba porque el chico quería participar de las batallas, no descamar pescados. Demirel asintió con energía pero sin perder un gramo de su aplomo, “Pues dame ese yelmo rimoriano, quítate tu armadura de tablas y preséntate en las cuadras de entrenamiento, el general Fagnar se encargará de tu ingreso” Concluyó la mujer. “Habrá que hacerle una armadura especial” Comentó el general, sin asomo de burla en su gesto, cuando el muchacho se retiró; la vieja estaba de acuerdo, “Pues se la haremos con gusto, si se la gana” Mientras estudiaba ese yelmo, conociendo el simbolismo rimoriano, se podía decir que ese casco pertenecía a un rey.


León Faras.



domingo, 20 de marzo de 2022

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

 XLII.



El alba, con su primer atisbo de luminosidad, dejó en evidencia la carnicería que la noche y la lluvia ocultaron. Los primeros habitantes salían de sus casas como animalitos temerosos y hambrientos, que por fin abandonan sus madrigueras luego de una feroz tormenta. Nazli pasa desapercibida entre ellos, cubierta de pies a cabeza con una capa, sorteando los cuerpos de vivos y muertos por igual en los estrechos callejones. La lluvia, que sería recordada por mucho tiempo como la gran salvadora de Cízarin, se retiraba, como si estuviese dando su misión por cumplida. La chica divisa el Decapitado y comienza a encaminarse hacia allá. Si aún quedan Rimorianos luchando, estarían yendo en esa dirección también, es lo que piensa. Hay una gran cantidad de cuerpos calcinados por completo, regados en los caminos, quemados por separado junto a edificios intactos, tanto que llaman la atención de cualquiera, más aún en una noche en la que la lluvia no permitió ni que una miserable antorcha iluminara los caminos. Algunos aún desprenden calor, pero no les queda ni medio vestigio del aspecto de sus antiguos dueños, pero algunas armas y armaduras que resistieron podían aún reconocerse como Rimorianas. Nazli se pregunta, ¿qué clase de arma, hechizo o criatura usaron contra aquellos hombres? Hay historias de hechiceros capaces de incinerar hombres desde adentro hacia afuera, pero esas no son más que historias. De camino se lo pregunta a un viejo que junto con su hijo apila cadáveres amigos y enemigos sobre una carreta para despejar los callejones, el anciano, que parece increíblemente feliz a pesar del desolador escenario que le rodea, le responde sorprendido, “¿No lo sabes muchacha? Porque todo el mundo lo repite: el enemigo arde. Esos monstruos rimorianos se vuelven ceniza al mínimo contacto con el fuego” El hijo, que a diferencia de su padre se veía como un hombre agobiado por la existencia, vio las flechas que la muchacha cargaba y las señaló cansado, “Esas no te servirán de nada, debes conseguir una antorcha…”



Éger y Egan advirtieron tarde lo que sucedía, tarde para detener a Cransi que vio a Motas luchando y se lanzó contra su enemigo sin notar que aquel también era un rimoriano, porque de haberlo hecho, se hubiese quedado pasmado como estaban todos los demás, preguntándose qué demonios estaba sucediendo, pero en cuanto su cabeza rodó, los mellizos intervinieron contra el traidor, ante la mirada impávida de los soldados Cizarianos, la preocupada de Zaida y la complacida de Siandro. Féctor se posiciona para tener a sus tres enemigos a la vista, los mellizos son peligrosos mientras estén juntos, pero separados no se destacan del promedio, Motas solo es violento y fuerte, pero viejo y sin técnica, mientras tenga espacio puede evadirlo hasta que Malagonía quede a distancia para besarle el cuello. Es un duelo interesante para Féctor. De los otros, ninguno se decide a moverse, incapaces de hacerlo mientras el imbécil de Féctor siga interponiéndose.



La noche, la lluvia y la batalla se terminan y Gabos sigue vivo. Su cuerpo está cubierto casi por completo con la repugnante cicatrización de los inmortales, su brazo izquierdo, que lo usó como escudo contra las espadas de sus enemigos, ni siquiera parece humano ahora, y su cara no la reconocería ni su difunta mujer, pero ninguna de sus numerosas heridas a sido capaz de matarlo, después de todo es un inmortal, uno muy viejo y cansado. Uno que ahora se arrepiente de haber bebido de esa endemoniada fuente. Está sediento, no ha bebido nada en toda la noche y toda el agua que ha visto está mezclada con los interiores de algún cadáver. En los callejones encuentra una puerta que horas antes fue derrotada por una patada y ahora no ofrece resistencia, en el interior hay una mujer acurrucada en un rincón con un bebé y una niña pequeña, junto con un muchacho de unos diez o doce años que alimenta un fuego, este en cuanto lo ve, se pone de pie y enciende una antorcha ya preparada de antemano, porque a ellos también les llegó la noticia que circula por todo Cízarin, pero de la que Gabos no tiene ni idea. El muchacho no puede creer lo que ve, “¡Alejate de aquí, monstruo!” El aspecto del viejo es terrible. Este envaina su espada en son de paz, “No soy un monstruo…” La voz del viejo es amable, pero el muchacho lo apunta con una antorcha encendida como si fuera un arma, como si quisiera mantener alejado a un animal salvaje. Gabos sonríe amable, solo quiere un poco de agua, pero para el muchacho y su familia ha sido una noche demasiado larga y no se siente especialmente compasivo con el enemigo. Una estocada basta para que su cuerpo arda irrefrenablemente ante la incredulidad y horror de Gabos que siente cómo el fuego lo devora con saña, cómo se mete dentro de su carne, cómo enciende la sangre que circula en sus venas como si fuera nitroglicerina y como sale en forma de llamarada de su boca cuando emite su último grito antes de caer convertido en una fea momia calcinada sin ya nada más que se pueda quemar en su cuerpo y todo eso en cuestión de pocos segundos. Nazli, encaramada en un tejado, está lejos de allí pero oye el grito, y aunque cree reconocerlo, prefiere pensar que ha sido el insondable dolor de alguien más ¿qué otra cosa puede hacer?



¡Yo me encargo de este malnacido!” Anuncia Motas, furioso, como despreciando la ayuda de los mellizos. Estrella una vez más su espadón contra el suelo y luego lo abre en un vuelo horizontal devastador para cualquiera que alcance con él, pero su arma es pesada y lenta y su enemigo tiene demasiado espacio disponible para moverse. Féctor entra y le apuñala el hombro con ridícula facilidad y el tiempo le alcanza para esquivar la alabarda de Egan que entra recta y derecho hacia su cabeza; Malagonía gira en el aire y el asta del arma del mellizo se corta a la mitad. Féctor se queda congelado en su pose, en actitud petulante luego de esa pequeña muestra de su habilidad y de la calidad de su arma. Egan saca su puñal y se separa de su hermano, sabe que su arma no es rival para una espada, pero ellos son tres y él solo uno. Motas está furioso, a pesar de que sabe que un guerrero jamás debe mezclar sus emociones con su espada, Éger lo nota cuando ve una buena oportunidad para atacar pero es arruinada por la violencia estéril y desmedida de su viejo compañero. Féctor lo esquiva con facilidad y le abre un tajo en la espalda de lado a lado, activando una vez más la monstruosa cicatrización de los inmortales y demostrando que el viejo no está actuando con claridad. Motas está agotado, puede acabarlo, pero el escudo de Éger se interpone. Féctor los odia, solo los usan los malos esgrimistas. Lo ataca con rapidez y habilidad, una y otra vez, obligando al mellizo a retroceder tras su escudo, convirtiendo a este en una molestia que le impide ver lo que sucede; su hermano lo intenta auxiliar y es lo que Féctor estaba esperando. Evade su triste ataque de puñal con un giro que Malagonía aprovecha para rajarle el muslo, Egan cae con una rodilla al piso, pero antes de que su cuerpo pueda recuperarse, la espada gira elegantemente en el aire, como un ave rapaz, para caer sobre su expuesta nuca y decapitarle con asombrosa facilidad. Éger grita de dolor, Motas llora de ira e impotencia y Siandro, rey de Cízarin, aplaude como si se tratara de una obra artística. Motas gasta su último aliento con ataques desmesurados, Féctor, con mucha más técnica y rapidez, le raja el hombro, haciendo que el espadón de su enemigo pese aun más y sea más lento, dándole la oportunidad de enterrar a Malagonía, en toda su extensión, en la garganta de Motas, pero este, con su última fuerza de inmortal y todo su coraje, sujeta al traidor por las orejas con ambas manos, permitiendo que Éger lo atraviese con su espada por la espalda. El viejo Motas cayó al suelo aún con la espada atravesándole el cuello, mientras Éger golpeaba con su escudo la nuca de Féctor y lo hacía caer de rodillas, entonces el mellizo levanta su espada para decapitar al traidor y asesino de su hermano, pero una flecha encendida se clava en su espalda e incinera su cuerpo en cuestión de segundos, ante la mirada de horror de Féctor que no comprende qué clase de flecha era capaz de hacer algo así y se aleja arrastrándose de él, “Acabemos con esto…” Ordena Siandro, mandando a sus arqueros contra los inmortales que quedan, y luego añade despectivamente, refiriéndose a su antiguo aliado rimoriano, “A ese también, al final no era tan bueno” Las flechas encendidas llueven de todas partes, pero Féctor, con su cuerpo cicatrizándose por primera vez en toda la batalla, huye aterrado, logrando lanzarse al canal más cercano.


León Faras.

lunes, 14 de marzo de 2022

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

 

XLI.



Faltaba una hora para el amanecer y Nazli seguía atendiendo heridos que no paraban de llegar, aunque hace rato ya que buscaba una oportunidad para largarse, en ese momento, un soldado traía tomado por debajo del hombro a su sargento gravemente herido, mientras pedía ayuda con insistencia. El hombre, de unos cincuenta años, poseía un respetable estado físico y una cabellera intacta, aunque muy encanecida. La chica revisó la herida, una profunda puñalada en la parte baja del pecho sin salida por detrás, podía tener suerte si resistía lo suficiente sin desangrarse por dentro o infectarse por fuera. Debería suturarla, las mujeres tenían algo de algodón y agujas como para coser sacos, pero lamentablemente ya no les quedaba nada para minorar el dolor, solo un trozo de madera forrado en cuero para morder. El sargento, luego de mirarla largo rato, finalmente le habló, “Me alegra ver que estás bien y que estás aquí para ayudarme” A Nazli su voz y su cara le resultaron familiar, pero era un Cizariano y ella no conocía demasiados Cizarianos, hasta que de pronto se iluminó, aquel era el soldado que la había liberado del viejo caníbal que pensaba devorarla hace algunas horas y ahora podía devolverle el favor. La chica solo le respondió con una suave sonrisa, antes de ponerse manos a la obra con una mano firme y segura. Un veterano soldado se acercó al sargento, “Será una bonita cicatriz para presumir, ¿eh, señor?” Le comentó, al tiempo que le alcanzaba un trago de aguardiente de una vasija que portaba para repartir entre los heridos, el sargento, que resistía estoico los pinchazos de la aguja en su carne viva, recibió el licor con infinito agrado, “Sí…” Dijo, con los dientes apretados “Esta será una de las buenas” Luego compartieron algunas ideas y experiencias brevemente, para distraer la mente del doloroso trabajo de la muchacha, fue en eso en que el sargento comentó que había sido herido por un viejo manco, Nazli dejó de suturar por un segundo, pero inmediatamente fingió que algo le molestaba en los ojos, y luego de restregárselos, continuó. El sargento también, “…Fue mi culpa, no debí subestimarlo. Creí que no daría problemas, pero resultó ser increíblemente hábil con la espada, para un hombre de su edad, además que cubría todos mis ataques con el muñón sin que pareciera molestarle siquiera… no parecía un ser humano” Sin duda alguna estaban hablando de Gabos, tal vez el viejo seguía vivo después de todo. Apenas terminó, la chica llamó a la servicial, pero poco apta para la enfermería, Arlín, para que cubriera la herida con Hierba del Soldado y la vendara, ella tenía otros asuntos que atender, y esos incluían largarse de allí, pues aquel no era su sitio. Había observado algunos arcos y flechas abandonados por sus malheridos dueños que podía coger antes de irse, pero al hacerlo, un soldado en la puerta la detuvo, Nazli desprendía un aire a inocencia y esa no era una buena noche para que una chica así vagara por las calles oscuras, pensó en inventar algo como que necesitaba más vendas o algo así, pero alguien más habló por ella, “No se preocupe por ella, señor, sabe defenderse muy bien, créame, además, hay personas de las que no sabe nada y de seguro está muy preocupa… como todos, señor.” Nazli se volteó con lo ojos más grandes que tenía, el que hablaba era nada más ni nada menos que Váspoli, usando sus enormes incisivos esta vez, para convencer al soldado con un amago de sonrisa lastimosa que funcionó gracias a que hace rato esa zona estaba tranquila, la guerra se había movido a otro sitio, la lluvia parecía querer amainar y a juzgar por el color del cielo en el horizonte, pronto amanecería, “Está bien… pero ten cuidado” Aceptó el soldado.



La tupida y violenta lluvia se había convertido en una llovizna de gruesos goterones como en un techo con muchas goteras. Cransi y los mellizos llegaron hasta las inmediaciones del Decapitado, las últimas casas y callejones antes del palacio real, como en casi todo Cízarin, no había ni una sola lumbre que iluminara donde estaban, sin embargo se oía algo de vez en cuando, el choque esporádico de un par de espadas solitarias y algún que otro murmullo humano. Éger dejó su escudo en el suelo y le pidió a Cransi que le ayudara a subir a un tejado. El cielo comenzaba a abrirse, como había anunciado el viejo Prato, pronto amanecería y la lluvia se detendría finalmente. Había un gran numero de soldados allí, pero solo estaban reunidos como espectadores, estaba seguro de que, por su elaborada armadura, uno de ellos debía ser Siandro, rey de Cízarin, pero salvo por el ruido de espadas que chocaban, nadie luchaba contra nadie, “Están observando un duelo” Dijo el mellizo sobre el techo, pero aunque todos tenían la misma curiosidad, no podía ver quienes luchaban, “Hay que acercarse, seguro hay uno de los nuestros ahí que necesita nuestra ayuda” Señaló Cransi, poniéndose en marcha nuevamente.



¡Oh, pero si es el gran Motas! Dime algo… ¿Cómo un hombre puede ser recordado por su bravura con semejante nombre?” Se burló Féctor, posicionándose en medio del patio. Por órdenes de Zaida, ella, el rey y varios de sus soldados se dirigieron hacia la entrada del palacio, donde podían guarecerse de la lluvia, la que claramente ya estaba en franca retirada, y acercarse a los braceros que permanecían encendidos, los que se habían vuelto enormemente decisivos para ganar la batalla, aunque los propios inmortales de Rimos no lo supieran aún. “Tú serás recordado solo como el Traidor, y yo, como el que te cerró la puta boca llena de mierda que tienes, arrancándote la cabeza con mi espada” Respondió Motas, acercándose decidido a enfrentar al traidor, sin importarle la multitud de soldados Cizarianos que le rodeaban, mientras sus compañeros, Trancas, Lerman, Rino y Gánula se quedaban parados, confundidos, sin poder entender por qué un par de sus camaradas montaban semejante show para entretención y deleite del enemigo al que deberían enfrentar. Motas dejó caer su enorme espada en vertical sobre Féctor con brutal ferocidad, una y otra vez, mientras aquel la esquivaba con saltitos ágiles dignos de un experimentado púgil que se sabe inferior en fuerza pero no en destreza, esperando a que el viejo con su desmesurada espada se agotaran, y entonces le atravesaría el cuello de lado a lado con Malagonía, lanzándole de vez en cuando rápidas estocadas que lo mismo divertían a su público, que enfurecían a su rival. En medio de ese juego estaba Féctor, cuando los ojos de Motas delataron que algo interesante estaba a punto de suceder a sus espaldas. Se giró sobre sí mismo en el mismo momento en el que una maza de hierro caía sobre donde hace un segundo estaba su cabeza, lanzando al mismo tiempo un corte de su espada completamente instintivo, practicado una infinidad de veces, directo a donde debía estar el cuello del enemigo al que apenas había visto por una fracción de segundo y solo por el rabillo del ojo. Motas gritó un largo y desgarrador “¡Noooo!” Mientras la cabeza de Cransi se desprendía de su cuerpo, el que era arrastrado al suelo por el peso de la maza y la inercia de su golpe. Féctor también estaba sorprendido de ver la cabeza del joven Cransi rodar por el suelo, su reacción había sido automática, letal y contra alguien que no estaba precisamente en su lista de los inmortales a los que quería derrotar para su gloria. Con la misma cara vio como Siandro festejaba aquel movimiento dando palmaditas.


León Faras.



sábado, 9 de noviembre de 2019

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XL.

En todas las actividades, en todos los lugares y en todos los tiempos, siempre ha habido al menos un engreído que está convencido de que es un privilegiado de los dioses, quienes le han otorgado, no sólo una notable habilidad en lo que hacen, sino que también belleza irresistible y una elegancia innata que los posiciona de manera natural por encima de los demás, entre los inmortales de Rimos, aquel hombre se llamaba Féctor, y era el único soldado lo suficientemente elevado como para ponerle nombre a “Malagonía,” su espada. En honor a la verdad, había que reconocer que Féctor, a pesar de no tener más de treinta años, era un guerrero muy hábil, pero sencillamente no podía parar de jactarse de ello, directa o indirectamente. Al hacerse de prestigio y algo de dinero, le mandó a hacer a los herreros de Rimos, la espada que, según él, se le había sido revelada en sueños por los dioses, una espada con el mango de tres puños de largo y la hoja de un brazo estirado, desde el hombro hasta la punta de los dedos, pero ésta además, tenía en la mitad del lado de la empuñadura, incluyendo ambos gavilanes, envueltas las clásicas enredaderas espinosas de Rimos, fabricadas de hierro como si de alambres de púas se tratara, enrollados y soldados a la hoja de la espada y su cruz mediante la fragua, lo que le daba su nombre, pues un desgarrón provocado por los lacerantes pinchos, sin duda una herida dolorosas, resultaba casi siempre en una “Mala Agonía.” Su pomo no era más que un sencillo pero elegante huevo de gallina. La idea de ser inmortal, le había parecido maravillosa al principio, pues ya se consideraba un espadachín invencible, ahora sería además inmortal, se convertiría en una leyenda, sin lugar a dudas, pero luego se dio cuenta de que había quinientos inmortales más, igual que él, y de que eso no tenía ningún mérito, porque de qué servía ser el mejor guerrero si nadie podía matarlo y que además no era el único con aquella condición. Aquella noche, cuando la Batalla de los Inmortales comenzó, cuando Rimos atacó a Cízarin, Féctor ya llevaba una idea en mente, la idea de que, la única manera de preservar su leyenda, de ascender en su carrera de ídolo, de ser sencillamente el número uno, era enfrentarse y derrotar a sus compañeros inmortales, o sólo permanecería siendo, por toda la eternidad que le concedía su nueva condición de no mortal, uno más de los inmortales de Rimos. Y debía hacerlo aquella noche o difícilmente tendría otra oportunidad. Para él, ser un inmortal significaba, estar un paso más cerca de los dioses y uno, por encima de los hombres, incluso los reyes.

Cuando Siandro regresó al galope, protegido por al menos una veintena de sus jinetes, encontró su palacio sin protección, los soldados que debían estar ahí, no se habían movido de sus puestos, pero estaban todos muertos y regados por el pavimento teñido de sangre diluida. Sólo un hombre estaba allí, un tipo apoyado en uno de los postes en actitud relajada, con una extraña espada frente a él, con la empuñadura demasiado larga y la hoja con un raro diseño en su base, como de pinchos. Los caballos fueron detenidos bruscamente, el hombre caminó hacia ellos con su espada al hombro, tratando de distinguir entre la oscuridad y la lluvia al rey de Cízarin. Cuando lo hizo, se justificó con los brazos abiertos mostrando inocencia por los muertos esparcidos por el patio, “Fue una pelea justa…” sonreía presumido, aquello tenía gracia, porque era una docena de muertos y sólo él de pie. Cuatro jinetes Cizarianos le rodearon rápidamente, “Mi nombre es Féctor, el mejor espadachín de Rimos e inmortal. Seguro ya se han dado cuenta…” Mantenía su espada al hombro, como un agricultor o leñador carga su herramienta cuando sólo la transporta y no la usa. Llevaba una protección de cuero grueso sólo en el torso y los antebrazos, lo que le parecía lo más cómodo y útil. Jamás usaba yelmo ni nada similar que estorbara su visión periférica, en su lugar solía llevar un sencillo sombrero de fibras vegetales, útil para proteger su vista del sol o la lluvia. “…Luchar contra ustedes, no engrandecerá en nada mi nombre, ni aunque los mate a todos…” Les hablaba a los soldados que le rodeaban, “…Yo sólo puedo luchar contra inmortales, como yo. Espero que ustedes sí lo entiendan y no sean testarudos como ellos…” y volvió a señalar a los muertos con una mano como si presentara un banquete a sus invitados. Entonces, Siandro bajó de su caballo para mirarlo más de cerca, algunos de sus hombres, cuatro en total, también desmontaron con las espadas en mano para seguirlo de cerca, los otros, escudriñaban el alrededor nerviosos, a la espera de más enemigos. El sombrero de paja y la noche ocultaban su rostro, aunque la armadura de cuero era innegablemente Rimoriana, “¿Estás demente?” preguntó el joven rey despectivamente, con la boca chueca por la burla y por la lluvia que le golpeaba esa parte de la cara. Féctor esbozó una satisfactoria sonrisa sólo con los labios, “Testarudos…” murmuró. Malagonía apuntó con su agudo filo la garganta del rey, pero sólo como una provocación, sin intención de dañarlo, y rápidamente fue golpeada por la espada de uno de los guardias, éste volvió a atacar pero Féctor era realmente hábil, de un toque y un certero golpe descendente, desvió el ataque y cercenó la mano armada de su oponente, luego se puso en su espalda y lo cogió por el cuello de la armadura, la más desagradable desventaja de estos rígidos trajes de metal, pues era muy difícil zafarse allí de un brazo fuerte, y volvió a apuntar al cuello del rey. Dos nuevos guardias saltaron a defender a Siandro. Féctor usó al soldado que mantenía agarrado por el espaldar como escudo un rato, pero pronto se volvió un estorbo y lo mató enterrándole su espada ascendente por la cintura y de un empellón, se lo lanzó a uno de los soldados que se acercaba con su amenazante espada Pétalo de Laira en alto, mientras esquivaba el ataque del otro, posando una rodilla en el suelo y rasgando la pierna de aquel con los terribles pinchos de Malagonía, para luego rematarlo con un mandoble en la cabeza, y sin pensárselo demasiado y soltando un grito bárbaro, dejó caer un segundo mandoble, tan violento como el primero, sobre el hombro del tercer guardia, rasgándole la carne dolorosamente con las púas de Malagonía al retirarle ésta. El grito desesperado de dolor de aquel soldado, atestiguaba muy claro esto último. El cuarto soldado era muy joven e inexperto, mantenía su espada en alto pero no se decidía a atacar, como si aquella pesara mucho más de lo que su brazo podía soportar, Féctor le botó el arma al suelo de un golpe y le descargó una compasiva patada en el estómago que lo sacó de la complicada situación en la que se encontraba, y antes de que nuevos guardias llegaran a socorrerlo, volvió a posar su espada húmeda de lluvia y sangre en la garganta de Siandro, justo cuando éste se disponía a coger sus espadas también, pero esta vez, más que una provocación, era una amenaza, “Sólo me hace perder el tiempo su testarudez, ya les he dicho que pelearé contra los inmortales de Rimos, no contra ustedes” La expresión de Siandro ya no era de burla, sino de incredulidad “¿Pelearás por Cízarin?” Féctor poco a poco alejó su espada del cuello del rey, “Ni por Cízarin, ni por ti, ni por Rimos. Por Féctor…” El rey no podía negarse a eso. En ese momento un nuevo grupo de jinetes llegaba, la vieja Zaida los comandaba. Féctor se le quedó mirando como a una aparición: una mujer, de su edad, montada a caballo y además comandando soldados, sólo podía ser una persona, una que él pensaba que hace mucho estaba muerta, “¿Eres tú Zaida, la generala de Cefiralia, la que alguna vez llamaron, la Doncella Ensangrentada?” La vieja se le quedó mirando francamente sorprendida, primero porque era un enemigo, rodeado de soldados que no parecían tener intención de atacarlo y segundo porque, aunque su reputación aún era bien recordada en muchas partes de la región, hacía mucho, mucho tiempo que nadie nombraba el apodo que tuvo en su juventud, “Sí, alguna vez me llamaron así, hace mucho tiempo, ¿Y tú quién eres?” Féctor se le plantó en frente con su espada apuntando al suelo y con una leve pero respetuosa reverencia, “Soy Féctor, el mejor espadachín de Rimos, y ahora también inmortal. Esperaba tener la oportunidad de enfrentar al esplendido Toramar, el mejor espadachín de Cízarin, pero jamás soñé siquiera con llegar a conocer a la gran Zaida en persona. Tu leyenda se convirtió en los sueños de todos los que alguna vez quisimos empuñar una espada…” En ese momento un fuerte y agresivo grito interrumpió sus alabanzas, “¡No eres más que una gran mierda, tú, Féctor, escroto de burro!” Era el bravo de Motas, y no venía solo.



León Faras.

viernes, 25 de octubre de 2019

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXIX.

“Amanecerá pronto… para entonces, la lluvia habrá parado” dijo Prato, escudriñando el cielo, luego señaló una dirección con el dedo, “…hacia allí está el Decapitado. Sólo déjense llevar por el rio hasta que lo vean y entonces podrán acercarse a pie” Cransi estaba sentado en un extremo del bote con un remo en la mano, para poder orillar cuando fuera necesario, mientras los gemelos Éger y Egan estaban acomodados en la otra punta. Garma se había quedado por decisión propia como guerrero en la Rueda, era un trato justo por la liberación de la mayoría. No es que hubiesen estado presos, pero de haber querido, Cegarra los hubiese podido mantener retenidos a todos. La correntada y la lluvia eran fuertes hasta ese momento, y el bote, como la mentira, costaba trabajo mantenerlo a flote, Éger lo protegía con su pequeño escudo rimoriano, pero de tanto en tanto su hermano debía lanzar agua afuera con las manos, mientras Cransi luchaba por no alejarse demasiado de la orilla y acercarse a la parte más peligrosa del rio. Pronto pudieron distinguir en la oscuridad la figura del otero de Cízarin, “El Decapitado”, y se acercaron a la orilla para aferrarse a los matorrales lo suficiente como para no seguir arrastrados por la corriente. Egan subió a tierra para tirar de la cuerda del bote mientras los demás también bajaban, en ese momento, y de forma absolutamente providencial, Cransi vio la figura de un hombre aferrado a la orilla con un sólo brazo mientras la mitad de su cuerpo aún permanecía en el agua, parecía muerto o tal vez sólo muy agotado. Debía ser Cherman, era un inmortal, por supuesto que debía haber sobrevivido al gigante de Jazzabar y a la caída en el río, pero al llegar junto a él, se dieron cuenta rápidamente de que no era Cherman, ni siquiera era un rimoriano, era un soldado de Cízarin con el brazo roto, probablemente había sido arrastrado por los desagües de la ciudad y luego hasta allí por el rio de vuelta. De seguro había logrado sujetarse de algo en todo ese trayecto, porque estaba vivo. Tal vez otro lo hubiese matado sin pensárselo demasiado o simplemente lo hubiese dejado a su suerte, pero no ellos, para ellos, un enemigo era el que blandía un arma durante el combate, aquel no era más que un hombre como cualquiera, que había tenido un mal día. Los muchachos lo ayudaron a salir del agua y Cransi se lo subió sobre el hombro para acercarlo a la ciudad, encontraron un establo donde algunos caballos se resguardaban de la lluvia, no había gente cerca, así que lo dejaron allí y se fueron. No había mucho más que pudieran hacer por él. Ellos nunca lo supieron, pero el hombre que acababan de encontrar, era Rianzo, el hermano de Siandro, rey de Cízarin.

Nazli corría y recorría incontables callejuelas y callejones pero no avanzaba ni medio metro, tampoco podía encontrar a ninguno de sus camaradas, como si de pronto la guerra se hubiese acabado o se hubiese trasladado a otra parte y ella era la última en enterarse. Sólo el aguacero permanecía incesante, lo que había sido de gran ayuda para una ciudad que con seguridad hubiese ardido hasta los cimientos de no ser por la lluvia enviada por los dioses que aún amaban a Cízarin. No podía evitar pensar en Gabos y en qué suerte había corrido, era viejo, pero muy hábil, sin embargo le faltaba una mano y aunque era un inmortal, si le cortaban la cabeza, no se le regeneraría, eso ya todos los inmortales de Rimos lo habían comenzado a entender. Esperaba que estuviera bien, aunque con mucha seguridad no sería así. En la gran mayoría de la ciudad, la oscuridad era total y obligaba a la muchacha a girar y buscar otros caminos, hasta que por fin dio con un lugar con la luz y la claridad de varios fuegos encendidos y las voces de numerosas mujeres ajetreadas, un sonido familiar para Nazli, que además de ser soldado, también era mujer: aquello era un sitio improvisado para atender a los numerosos heridos que engendraba una batalla como esta. En ese momento, una chica joven y bonita pasó corriendo junto a ella empapada de pies a cabeza, parecía embarazada, “Vamos, no te quedes ahí, ¡Entra!” Nazli, quien ya no tenía armas ni armaduras, salvo por el cuchillo que le habían dado, calada hasta los huesos y apenas cubierta por una manta, hace rato que no tenía el aspecto de un soldado, ni siquiera el de alguien peligroso, siguió a la chica embarazada. El lugar, era una gran casona de dos plantas con parte de su estructura destruida por el fuego, aunque con el techo en buen estado, todavía. Estaba lleno de hombres heridos, tanto soldados como civiles, y de mujeres que trabajaban afanosamente en aliviarles con lo que podían y con lo que tenían. La chica que llegaba, era Arlín, y no estaba embarazada, traía bajo su ropa una bola de telas para usarlas como vendajes y amarres, presentó a Nazli a Aida, la dueña del lugar y madre de Nila, quien recibía las telas en ese momento, pronto se daría cuenta de que Nazli sabía muy bien cómo lidiar con las heridas en batalla. La chica conocía las hierbas que se usaban para emplastes, entablillar huesos rotos, coser heridas e incluso manejaba las brutales cauterizaciones, pues siendo soldado, todo aquello lo había visto y vivido desde siempre. Arlín se dedicó sólo a ayudarle, pues ésta no hacía más que agobiarse ante la más pequeña de las heridas que ella veía como un obstáculo insalvable. Ayudar al “enemigo” no era lo que Nazli tenía en mente, pero no podía evitar sentir empatía, lo que no podía ignorar, era el hecho de ser descubierta por sus camaradas, por lo que debería mantener la cabeza gacha y largarse de allí lo antes posible, “Tú eres de Rimos, ¿Verdad?” Arlín descubrió en ella, la única prenda que aún la delataba, su cinturón con el clásico diseño de enredaderas y espinas, “Yo también… huí de ese triste y sucio lugar cuando tenía catorce años… nunca regresé y no pienso hacerlo…” Pronto apareció un hombre con un joven soldado al hombro, el muchacho se quejaba aparatosamente, con seguridad era su primera herida de gravedad en batalla y como todos los novatos, pensaba que se iba a morir irremediablemente, al verlo, Nazli se llevó dos sorpresas: la primera era que la herida no era tan grave como parecía, sólo traía una flecha clavada en el culo, algo mucho más común de lo que se podía pensar, una flecha Cizariana, por cierto. La segunda fue que conocía a aquel chico, era Váspoli, el auto-nombrado líder de “Los Machacadores” El chico de los incisivos enormes al que había enfrentado para liberar a Gabos, allí estaba, tendido bocabajo frente a ella gimoteando como si trajera una pierna rota, aunque todo ese amago de llanto se apagó súbitamente en cuanto reconoció a Nazli.


Aquella era la última persona a la que Váspoli esperaba encontrar allí, y era el colmo que de todas las chicas que había, justo le debía tocar Nazli. Ésta era una chica atractiva, eso no se podía negar, pero ya lo había humillado dos veces aquel día y eso le quitaba todo el atractivo para él. Además, había liberado a un enemigo, “Si lo hubieses conocido un poco, como yo, tú también lo hubieses hecho…” respondió la chica, conciliadora, “Yo jamás ayudaría a un enemigo… ¡Eh, cuidado con eso!”Protestó el muchacho, alarmado, al ver a Nazli rasgándole la ropa con un cuchillo afilado y enorme “No te muevas…” advirtió la muchacha, muy seria, y agregó, “Los amigos y los enemigos los elige el tiempo, no uno. No deberías tomártelo tan en serio…” El muchacho la miró hacia atrás enseñándole aún más sus incisivos, en señal de no haber entendido mucho el comentario, Nazli agarraba con una mano el astil de la flecha y con la otra le presionaba la nalga al muchacho, “Un enemigo hoy, puede ser tu amigo mañana… Muerde algo…” Le alcanzó a aconsejar antes de tirar de la flecha con fuerza y precisión hasta retirarla, Váspoli no alcanzó a morder nada, apenas alcanzó a apretar los dientes y tensar los músculos resistiéndose a gritar de la forma más estoica que pudo, Arlín sólo observaba con cara de afligida y mordiéndose una uña, “¿Tienes hierba del Soldado?” preguntó Nazli, y la chica asintiendo, sin quitarse la uña de la boca, partió a buscar algunas hojas, luego Nazli se las metió en la boca. Tanto Arlín, como Váspoli, la miraron como a una loca que no tiene idea de lo que está haciendo. Nazli escupió una pasta ensalivada de hojas molidas y se las puso al chico en el trasero, justo sobre la herida, la cubrió con una hoja completa y cogiendo la mano del chico con rudeza, la puso sobre todo, “Presiona” La cara de Váspoli y de Arlín, ahora eran de asco, “Eso te ayudará a cicatrizar. Tuviste suerte, he visto hombres que con una sola flecha, como la tuya o una tonta caída, han dejado de caminar para siempre” comentó Nazli poniéndose de pie para irse, Váspoli, con su mano presionándose el trasero, protestó, “¡Oye, me vas a dejar así!” pero Nazli ya se iba y Arlín a su lado, encantadora, no sabía más que sonreír y encogerse de hombros, siempre con la uña entre los dientes.


Luego de un rato, mientras Nazli atendía a otro hombre con un feo golpe en la cabeza, Váspoli se acercó a ella cojeando un poco, con una mano sujetándose el pantalón roto y la otra aún sobre su trasero. Tenía el aspecto de un perro arrepentido, “Oye… el viejo ese, tu amigo, hasta donde yo pude ver, no habían podido con él… no sé qué pasó después…” Nazli lo miró largamente, ya no le caía tan mal ese chico, “Gracias…” le respondió, e iba a seguir con su trabajo, pero algo llamó su atención, el chico llevaba al cinto un bonito puñal claramente rimoriano, y no sólo eso, era un puñal que sin duda pertenecía al rey Nivardo. La chica le preguntó de dónde lo había sacado y el chico respondió sin problemas que se lo había quitado a un cuerpo al que le habían reventado la cabeza antes. Aquello significaba que el rey de Rimos estaba muerto.


León Faras.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Lágrimas de Rimos. Segunda parte,


XXXVIII.

“Y… ¿Toda tu vida has sido soldado, o te dedicabas a otra cosa antes?” Cransi siempre buscaba hablar de cualquier cosa cuando el silencio se prolongaba demasiado, como una obligación tácita, y en la celda donde aguardaban encerrados, el silencio se volvía molesto e incómodo, tras la irrecuperable caída de Damir y la desaparición de Cherman, a pesar de que no eran ni de lejos los primeros compañeros caídos de sus vidas y ni siquiera, de esa noche. Garma lo comprendía, Cransi hablaba porque era de las personas a las que el silencio se les vuelve desesperante, insoportable de alguna manera para su propia tranquilidad mental, así que sólo respondió, “No, nunca fui soldado, yo y mi padre fuimos leñadores toda la vida…” De ahí que sus armas favoritas fueran las hachas, una grande y dos pequeñas que llevaba a ambos lados de la cintura. Garma era un hombre mayor, el más viejo del grupo, salvo por Gabos, aunque no se le notara, tal vez porque era completamente calvo y su barba, castaño claro y terminada en un par de trenzas, a las que siempre estaba acariciando, se veían apenas salpicada de algunas canas, por otro lado, era un hombre tranquilo y pacífico, que demostraba tener una enorme fuerza y resistencia cuando era necesario, “…cortábamos y transportábamos madera desde el Bosque Muerto hasta Rimos, para la construcción de las casas y los talleres. Hubiesen visto el bosque en esos años, era realmente inagotable, gigantesco y completamente seco hasta las raíces. Se hubiese hecho un poblado mucho más grande que Rimos en aquel terreno, sino fuera porque aquel era un sitio maldito, allí  no crecía ni una sola brizna de hierba en todo el bosque” Egan, en cuclillas con la espalda apoyada en las rejas, seguía la historia con gran interés, “Y qué hay de las estatuas fantasma, de las que todos hablan y nadie ha visto, ¿Tú viste una alguna vez?” Para todos, aquello de las estatuas no era más que cuentos de viejos para burlarse de los más jóvenes, pero había sido tantas veces repetido que podía dejar lugar para dudas. Garma era un hombre pausado, se tomaba algunos segundos antes de responder, como si buscara las palabras cuidadosamente, “Tenía yo unos doce o trece años, cuando los hombres me mandaron a subir a un árbol para buscar orientación de hacia dónde estaba el resto del grupo trabajando, no era fácil subirse a esos árboles, eran de troncos blancos y muy lisos, como serpientes despellejadas, ¿Sabes? era necesario ser un rapaz ágil para lograrlo, yo usaba una tira de cuero mojado en las manos para abrazar el tronco y con los pies descalzos llegaba a las partes más altas, desde allí, y por pura casualidad, la vi, al principio pensé que era una persona, pero su aspecto era raro, ya saben, no tenía color, además de que no parecía moverse. Al llegar junto a Ella, porque tenía el aspecto de una mujer joven, se trataba de una escultura hecha de un material que no se puede explicar, como del hielo más fino, de escarcha, pero sin ser escarcha, pues no se derretía. Al verla de cerca podías ver las suaves grietas en sus labios, las líneas de sus manos, sus pestañas, el iris de los ojos esculpidos en hielo. Era lo más increíble que habíamos visto nunca, hasta que a alguien se le ocurrió tocarla, aunque de la forma más delicada posible, para sentir su textura: allí donde la tocó, la escultura comenzó a pulverizarse, a despedazarse en partículas de polvo tan pequeñitas que desaparecían a los sentidos, sin que nada se pudiera hacer para detenerlo. En cuestión de segundos, la chica había desaparecido por completo sin dejar nada, ni siquiera una mancha en el suelo, sólo una gran duda sobre si alguna vez realmente había existido o sólo había sido un juego de los dioses. Sí, si me lo preguntas, yo una vez vi una, pero no sé qué fue lo que vi” Todos se quedaron imaginando por unos segundos las infinitas posibilidades de lo que aquello pudo haber sido, hasta que Cransi retomó la pregunta anterior, “Pero, ¿Entonces cómo terminaste siendo soldado?” Garma estaba meditando sus próximas palabras para responder, cuando llegó Cegarra frente a ellos, traía una expresión muy grave en el rostro, tras él, Prato intentaba imitarle la seriedad del momento, pero inevitablemente le resultaba forzado y exagerado. Ya todos estaban al tanto de lo sucedido con el gran Tigar, la Rueda se había quedado sin su mejor guerrero y sin su principal atractivo, nunca más sería lo mismo y pasarían incontables generaciones antes de que aquello fuese superado, sin embargo, el espectáculo debía continuar, “…ustedes lo saben tan bien como yo, la gente necesita divertirse, y un rey como yo, debe preocuparse de que su gente tenga lo que necesita, o si no, ¿Qué clase de rey sería? Sencillamente, no podría ser rey de nada…” Prato, tras él, asentía a todo con profunda convicción. Cegarra cerró su discurso para luego soltar lo que realmente venía a decir “…Las cosas no salieron como esperábamos. Uno de ustedes deberá quedarse como guerrero, el resto será puesto en libertad, lo juro como rey. Si no lo aceptan, todos ustedes serán desarmados y obligados a pelear desnudos y atados por el cuello. Los perros siempre son necesarios en la Rueda para divertir al público”

Una vez que la recién nacida, hija del príncipe Ovardo y su mujer, quedó bien alimentada y tranquila, la nodriza anunció que se iba a atender a sus propios hijos para regresar a amamantar a la bebé de vuelta por la mañana. Teté se quedó arrullando a la niña hasta dormirla, prefería eso a volver a la cocina y enterarse de lo que estaba pasando en el resto de la casona con el príncipe y la princesa, se le mojaban los ojos sólo con recordar el sufrimiento final de ésta última para traer al mundo a esa pequeña niña que ahora dormía ajena a todo en su regazo. Serna, luego de despachar a la ama de cría, se acercó allí, Teté lo miró esperando ser regañada por algo que aún no sabía qué, pero el clérigo sólo le pidió que se quedará allí, que se encargara de la recién nacida y que si alguien le decía algo, sólo respondiera que Serna le había ordenado quedarse al cuidado de la hija del príncipe Ovardo, eso ya le daba cierta tranquilidad para ponerse cómoda, recostar a la niña en la cama y tal vez recostarse ella también, o tal vez no, el príncipe podía querer venir a conocer a su hija en cualquier momento y no quería que la sorprendieran durmiendo. Había oído cosas muy feas sobre el estado del príncipe, su amigo Cal, le había dicho que incluso había perdido la vista por un extraño maleficio, pero ya estando aquí, en su casa, seguro que se recuperaría rápido, no como a la princesa Delia, a la que no volverían a ver nunca. Sus ojos se volvieron a humedecer. El cuerpo de aquella, en ese momento, ya había sido preparado para la incineración, permanecía envuelto en telas blancas y limpias, sin manchas de sangre, y bien atado como un paquete, esperando en una habitación cerrada, alejada de aquella en la que había derramado su sangre, a que la lluvia aplacase un poco. En Rimos no había espacio para meter muertos en la tierra. Por otro lado el príncipe, luego del baño, dormía sin necesidad de somníferos, los que Serna había recomendado, o al menos esa era la impresión que daba, porque ya no cerraba sus ojos secos como frutos deshidratados, sólo permanecía quieto, con una respiración débil y un persistente movimiento de mandíbula que podía ser por igual, para quien habla en sueños, reza una oración o como para aquel que simplemente muere de frio.



León Faras.

jueves, 11 de julio de 2019

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXVII.

Se decía que su madre, había sido una mujer normal, aunque robusta, pero de talla normal, sin embargo, su padre había sido un auténtico gigante de las cuevas de Tribalia que medía tres metros, y sólo con ver al gran Tigar, podías creerte buena parte de esa historia. Era un hombre de no menos de dos metros y medio de altura, con una espalda poderosa y dos brazos que parecían capaces de partir a un hombre a la mitad, una multitud de cicatrices cubrían su piel visible. Tenía la cabeza protegida con un casco de hierro de buena confección, lleno de afiladas e irregulares púas, que le cubría desde el cuello por detrás, hasta sus imperceptibles cejas por delante, llevaba una enorme faja de cuero grueso que le protegía el estómago y sus brazos y pantorrillas estaban igualmente fajados con cuero, pero éste era más delgado y estaba protegido por barras de metal remachadas. Un cuchillo enorme colgaba de su cadera izquierda y en las manos cargaba una maza de hierro cubierta de algunas respetables púas, sujeta a una larga cadena. Cherman lo aguardaba al otro lado de la Rueda, sereno, con su espada apuntando al suelo, como si temiera dañar a alguien con ella si la levantaba. “Tenías razón, esa cosa no pudo haber salido de una mujer” murmuró Cransi, aferrado a los barrotes, mientras la gente gritaba eufórica, en honor al campeón de Jazzabar. Damir a su lado rió nervioso. El gigante tenía entre los dientes un trozo de rama de un árbol, como si fuera un cigarro, se lo quitó de la boca para decir unas palabras en un idioma propio que sonaba duro y tosco como masticar rocas, observó a Cherman con la cabeza inclinada, con curiosidad, como si le llamara la atención su pierna artificial, dijo dos palabras más y se volvió a meter la rama a la boca, luego, lentamente comenzó a enrollarse parte de la cadena en la mano y parte del antebrazo. Cherman comenzó a caminar de lado, manteniendo el agujero central de la Rueda de por medio, con el filo de su espada siempre mirando al suelo. Un ebrio del público gritó, “¡Pelea ya, pedazo de mierda!” y le lanzó su vaso de greda, Cherman lo hizo trizas con su espada en el aire y en menos de un segundo, el filo de su espada volvió al suelo y sus ojos a su oponente. Eso impresionó a la mayoría, pero no al gran Tigar que en ese momento caminaba lentamente hacia él y cambiaba la rama que masticaba de un grupo de molares al otro. Hizo girar tres veces su bola de hierro sobre su cabeza antes de lanzársela, desenrollando la cadena de su brazo, Cherman retrocedió apenas un paso con el filo de su espada protegiéndole el rostro y la bola se estrelló contra la pared, con su pierna falsa, sólo podía ser ágil en movimientos cortos, una desventaja, pero como toda desventaja, podía convertirse en una ventaja en determinadas ocasiones y también al revés, nada que Cherman no supiera ya. La bola volvió a su dueño con la misma violencia con la que había sido lanzada, y con increíble agilidad, para un hombre de su talla, dio una zancada, la hizo girar nuevamente junto con todo su cuerpo, como un atleta que lanza un martillo, para soltarla con una expresión en el rostro de loca felicidad, contra su pequeño rival, quien giró por el suelo una vez y luego otra, para luego, ponerse de pie nuevamente. El gran Tigar asintió con la cabeza, como aprobando a su oponente, se quitó el palo de la boca, escupió al suelo y luego de decir dos o tres palabras más en su incomprensible idioma, se lo volvió a meter entre los dientes, entonces, con calma y sin prestarle la menor atención al público que lo aclamaba, comenzó a recoger su cadena como un vaquero enrollaría su cuerda, hasta quedarse sólo con un trozo corto para pelear a corta distancia y con la otra mano cogió su cuchillo. Cherman se movía con cuidado, las incontables grietas del piso podían hacerlo dar un mal paso con su pierna de hierro, y esa sería una forma muy tonta de acabar, el gran Tigar buscaba reducir los espacios, el Rimoriano, en cambio, sólo quería más oxígeno entre él y el gigante, mientras encontraba la forma de hacerle daño. El cuchillo del Tigar pasó horizontal, hacia afuera, por encima de la cabeza de Cherman, e inmediatamente, la bola de hierro comenzó su viaje circular para caerle encima, el Rimoriano salió por debajo del cuchillo con su espada en alto, golpeando el brazo y, en el momento que la bola golpeaba el lugar donde antes él estaba, hizo un giro para abrir una profunda herida en la espalda del gigante, luego retrocedió ganando metros con algo de desesperación, hasta que alguien le gritó “¡Cuidado!” Cherman se detuvo, miró atrás, estaba a un paso de caer por el agujero central de la rueda. El gigante se enderezó, tenía un buen corte en la espalda, pero no sangraba, como si estuviera cubierto de una piel dura y gruesa, su brazo no tenía nada, las barras de hierro habían evitado cualquier corte. Prato rió animado, incluso aplaudió un poco, Garma le pidió que le dejara entrar para ayudar a su amigo, pero el viejo se puso serio enseguida, “No, no, no… el siguiente en entrar, será el pequeño peludo, así lo dijo Cegarra, y lo hará cuando él diga, no cuando tú quieras, brabucón…” Cherman seguía moviéndose y el Tigar buscando quitarle los espacios, aquello era inevitable, la lentitud del primero y la enorme masa del segundo se lo ponían fácil a éste último, pero el Rimoriano ya tenía un punto donde atacar, entonces, el gigante arrinconó a su presa, ésta hizo el amague de querer escapar, pero una enorme pierna y una bola de hierro amenazante se interpusieron, al otro lado, el cuchillo estaba preparado para cortarle a la mitad. Cherman obtuvo su oportunidad, y el Tigar era demasiado grande para advertirlo. El Rimoriano levantó su espada, la invirtió, y la dejó caer como un rayo, ensartada en el pie del gigante, esta vez el Tigar sí gritó de dolor, el trozo de rama que masticaba cayó al suelo, pero Cherman no pudo retirar su espada a tiempo, una rodilla, grande como un ariete, lo estrelló contra la pared que a duras penas resistió, y luego, esa misma pierna, lo mandó a volar varios metros de una patada colosal. Prato volvió a reír entusiasmado, “¡Tu amigo es bueno!” le dijo a Garma, con unas palmaditas amistosas en el hombro, amistosas pero poco consoladoras. El gran Tigar, era una criatura sin grandes apuros en la vida. Se guardó el cuchillo, recogió su trozo de rama del suelo para volver a metérsela en la boca y luego sacó la espada de su pie. Ahora ambos cojeaban, aunque uno más que el otro. Cherman se ponía de pie adolorido, su inmortalidad no cubría golpes de esa magnitud. El gigante le lanzó su espada al suelo y aguardó a que la recogiera, se quitó la rama de la boca para escupir y decir un par de palabras más que nadie comprendió y se la volvió a poner, luego sacó su cuchillo nuevamente. Cherman recogió su espada, sin demasiado apuro tampoco, sentía la mitad de sus costillas rotas. Aquello era un gesto de honor y respeto que no se esperaba. En ese momento, el rey Cegarra hizo una seña con la mano desde su posición, y Prato dejó entrar al pequeño Damir a la Rueda. Éste sonreía sin motivo, como siempre. Llevaba su espada corta en la mano y de su espalda cogió su cuchillo, era un buen cuchillo, de  respetable tamaño, pero ridículamente pequeño para la envergadura de su oponente. Sin causa ni aviso, Damir lanzó su cuchillo directo al pecho del gigante, pero éste interpuso su brazo acorazado de hierro y el cuchillo voló por los aires sobre un grupo de personas del público, tal vez sobre el mismo borracho que antes había lanzado el vaso de greda, aunque no mató a nadie. Damir sonrió con una sonrisa forzada ante su fracasado ataque. Cherman lo miró con los labios apretados y luego a su rival, aquel había sido un buen intento, quizá algo ingenuo, pero bueno. El nuevo luchador era más ágil y movedizo, de hecho, no paraba de moverse, su pequeña espada de doble filo parecía igual de nerviosa que su dueño, subiendo y bajando, girando y cambiándose de mano, sin parar. El gran Tigar ahora buscaba cubrirse las espaldas con el muro, y mantener a sus dos rivales a la vista, Cherman al lado del cuchillo y Damir al lado de la bola de hierro. Éste último quiso probar suerte, siempre usaba esa artimaña para pelear, aquello de simular un ataque y retroceder, siempre le funcionaba y si no, confiaba en su suerte y agilidad. El Tigar le estrelló la bola de hierro justo frente a los pies, Damir retrocedió de un salto cuando vio que la bola volvía a caerle encima, la tercera vez, el gigante se la lanzó de forma horizontal, como un gran puño de hierro directo al pecho, el pequeño y velludo guerrero tuvo que girarse sobre sí mismo y salir hacia atrás dando saltitos, aunque sonriendo, siempre sonriendo, como un pugilista que acaba de esquivar un buen ataque de su oponente y salir ileso. Por el otro lado, Cherman también atacó, un ataque vertical hacia abajo, violento y furioso, no era la mejor idea contra un rival tan alto, pero pensaba meter dos o tres golpes y tal vez acertar con uno, sin embargo, su espada quedó atascada, totalmente  inmovilizada en el enorme puño del gran Tigar que había soltado su cuchillo, y le fue imposible moverla de allí, el gigante, con una sacudida violenta desprendió al guerrero de su arma, como si se tratara de una pequeña alimaña renuente a soltar su gran presa, y con el mismo puño en el que la espada de Cherman estaba apresada, lo golpeó. El rimoriano alcanzó a anteponer sus brazos, pero el golpe igual lo lanzó contra una pared donde se quedó sentado, terriblemente adolorido. El arma de Cherman cayó al suelo. Ese fue el momento que aprovechó Damir, para entrar de un salto y dejar clavada su pequeña espada en el estómago del gigante, justo por encima de la faja de cuero, el gigante apretó con los dientes el trozo de rama que sostenía en la boca con un gruñido, mientras el pequeño rimoriano retrocedía trastabillando, pero feliz, hacia la reja donde estaban sus amigos, “¡Rápido, un arma!” Egan le alcanzó su alabarda. El gran Tigar ni siquiera se molestó en quitarse la espada clavada, se lanzó sobre Damir haciendo girar su bola de hierro una vez, y otra vez y otra vez, mientras el rimoriano retrocedía y esquivaba los golpes con su nueva arma, la cuarta vez, la bola no pasó a la altura de su cabeza, sino que golpeó sus piernas. Damir cayó al suelo malherido, su inmortalidad no le valió de nada, el gigante, de dos zancadas ya estaba sobre él con uno de sus pies en alto. El grito de Damir fue silenciado abruptamente con un pisotón que le destrozó la cabeza y la multitud estalló de emoción. En ese momento, debían dejar entrar a otro guerrero a la Rueda, pero nada de eso alcanzó a suceder, Cherman corrió torpemente hacia su enemigo con su espada en alto, en un último ataque desesperado, el gigante lo recibió con una bofetada de revés descomunal que dejó desarmado y aturdido al rimoriano, aunque, increíblemente de pie, el Tigar lo abrazó por la cintura y comenzó a apretarlo, como si lo quisiera partir en dos, la gente estaba eufórica, incluso Cegarra se puso de pie, expectante. Con su último sorbo de conciencia, Cherman buscó la punta de su pierna falsa de hierro, la cogió y extrajo de ella un punzón, que clavó en el cuello del gigante, imprimiendo apenas la fuerza suficiente para ello, con un cuerpo demasiado maltrecho que ya apenas le respondía. El gigante gritó y retrocedió, sin dejar de apretar a su presa, sino soltando todo su dolor e ira en ella, hasta derrumbarse sentado en el suelo y luego irse de espalda por el agujero central de la Rueda, junto con su enemigo. Ambos se perdieron en las aguas del río Jazza y la multitud se quedó enmudecida.



León Faras.

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXVI.

Los informes que constantemente recibía la vieja Zaida, lo confirmaban: el general Rodas estaba muerto, le había roto el pecho con un martillo un gigante rimoriano, necesitaba un nuevo lugarteniente y eligió a Fagnar, un hombre de baja estatura, con una abundante cabellera encanecida peinada hacia atrás, como un león, con ese curioso don que tienen algunos hombres, de no despeinarse nunca, como los animales. Usaba un mostacho igualmente abundante y encanecido, impecablemente peinado y recortado. De un temperamento rígido y recto como una flecha, asumió el cargo del general Rodas sin aspaviento; sin muestras de alegría ni de tristeza, como quien recibe un par de zapatos que debe usar, eso le pareció especialmente valioso a la vieja Zaida. Inmediatamente el nuevo general llamó a un hombre que tenía una información que él consideraba de gran importancia e interés. Aquel hombre era un arquero llamado Mirra, había sido enviado con flechas incendiarias a una de las trampas de aceite que tenían instaladas en la ciudad, “…alrededor de veinte Rimorianos cayeron en ella, el aceite se esparramó por todos lados debido a la torpeza de sus caballos y nosotros, que permanecíamos ocultos, lo encendimos con las flechas. Los vi arder, mi señora, al menos una decena de ellos se prendieron fuego como antorchas, con un fuego amarillo, casi blanco, de los pies a la cabeza, nunca vi nada igual. El fuego los devora, mi señora, en un par de minutos no quedaban más que huesos carbonizados, se lo aseguro. Claro, eso fue antes de que empezara este aguacero…” Aquello era interesante, pensó la vieja, pero había que probarlo, sólo necesitaba un par de cosas.

Algunos minutos después, estaban en las caballerizas, donde algunos braseros encendidos daban calor a humanos y animales; empapados y entumecidos por igual. Un hombre llegó con el encargo dentro de un saco y se lo entregó a Fagnar, éste abrió el saco y se lo ofreció a Zaida y ésta, como quien busca en una bolsa el número premiado de la lotería, metió la mano dentro y sacó tomada del pelo, la cabeza cercenada de Darco, el rimoriano decapitado por el rey Siandro, y haciendo un par de ensayos antes de cómo debía lanzarse una cabeza al fuego, finalmente la lanzó y el resultado fue mejor de lo que se imaginaba: Darco, o mejor dicho su cabeza, se encendió completa y de una sola vez, como un periódico viejo, con llamas de fuego puro, casi blanco, que creció más de un palmo de altura y se mantuvo hasta que la calavera quedó asándose desnuda a las brazas que, luego de aquella brusca interrupción, siguieron con su ritmo habitual. Como si hubiesen presenciado un impresionante truco de magia, los soldados allí presentes, al menos una treintena, se quedaron admirados, a Fagnar sólo se le notó una suave sonrisilla acusada por el mostacho. Zaida miró alrededor, “¡Ya lo vieron! Ahora vayan. ¡Qué todo soldado Cizariano sepa que el fuego es nuestro mejor aliado ahora y que con él ganaremos. ¡Fuego, señores, fuego!”

Trancas, mientras todos avanzaban, buscaba entre los numerosos cadáveres un arma más de acuerdo con su talla. Finalmente encontró un hacha, estaba bien, aunque parecía más apta para cortar leña que para ir a la guerra, luego, con un trotecito corto, alcanzó a los demás. Caminaron largo rato, con precaución pero sin toparse con nadie, los relámpagos iluminaban el horizonte de vez en cuando, en uno de esos latigazos eléctricos del cielo, apareció recortado de negro en el fondo nuboso y convulsionado, el “Decapitado” así es como llamaban comúnmente al otero de Cízarin, debido a su cumbre plana, como si le hubiesen cortado la punta con una espada. El palacio estaba cerca, pero dónde estaban los demás, “¿…Y si somos los únicos que quedamos?” propuso Rino, apoyando la espalda en una muralla y descansando el pesado escudo Cizariano que llevaba sobre el suelo pavimentado de piedras. Por su rostro, parecía hablar en serio. Motas lo miró de reojo mientras empinaba su pellejo de vino, luego observó a los demás, todos estaban en silencio, considerando aquella idea como probable, “Eso no puede ser, sólo estamos dispersos ¡No nos pueden matar! Todos hemos recibido heridas mortales y aquí seguimos, como nuevos, ¿no?” alegó, procurando sonar convincente. Gánula lo observaba a través de los mechones de pelo mojado con su único ojo, “Eres un tonto si te crees eso…” Motas se volteó hacia él, ofendido. Gánula continuó, “…he visto caer a varios de nosotros, seguro que tú también. ¿Acaso no viste caer a Abaragar? ¿Crees que sigue vivo, como nuevo?” “Y Ranta…” intervino Lerman, acuclillado, con la espalda apoyada en la muralla, pensativo, “…No murió, pero quedó convertido en un completo idiota, un inútil. Peor que muerto” “Debí quedarme montado en el búfalo…” murmuró Trancas, abrazando su nueva arma y mirando al suelo con desilusión, todos se voltearon a verlo pero ninguno dijo nada. Qué se podía agregar ante semejante comentario. Él mismo continuó “…ustedes no son más que una panda de quejumbrosos muertos de miedo. Estamos aquí por algo, y aunque sean el último Rimoriano en el mundo, ese algo, sigue siendo el mismo objetivo, lo demás es puro miedo y ganas de irse, y así, ni con dos ejército enteros ganarían nada” concluyó Trancas y echó a caminar, solo, con el hacha al hombro, el semblante oculto bajo la lluvia y sin dirigirle la mirada a nadie. Al pasar, Motas le atenazó el brazo, ambos se sostuvieron severas miradas durante largos segundos a pesar de la lluvia, luego el primero le hizo un gesto de aprobación y echó a caminar tras él. Los demás no tardaron en seguirles.
Aun por sobre la lluvia, y el estrépito de los caballos corriendo, Qrima sintió los gritos de Nila y detuvo el coche, cuando consideró que se encontraban a salvo. La chica dejó el bebé con Darlén y bajó del carro para increpar al viejo por abandonar a Emmer, el viejo también bajó del coche, “Yo no abandoné a nadie, le advertí sobre el puesto de guardia, pero él dijo que los soldados eran sus amigos y no abría problemas… pues ya ves, sí hubo. Y a ti también te reconocieron y también te hubiesen arrestado si no fuera por…” Nila no llevaba ni cinco minutos fuera del coche y ya estaba completamente empapada, “Debemos regresar, ¿No oíste? ¡Lo van a matar!” “¡No lo van a matar!”Gritó el viejo un poco enojado, “¿Es que no viste cómo lo atravesó una espada y no le hizo nada? ¡Y no vamos a regresar!” concluyó el viejo. Nila no estaba nada de conforme, pero el viejo la tranquilizó, “Mira, haremos esto: las llevaré a Bosgos, las pondré a salvo, a ti, a Darlén y a los niños, y yo regresaré mañana, solo, para averiguar qué ha pasado con él. Conseguiré otro coche, por supuesto, este ya está apestado…”



León Faras.