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miércoles, 3 de octubre de 2012

La Bibliotecaria. Un cuento Steampunk. Final.


Diana guió a la pareja entre las instalaciones hasta una enorme cortina de metal formada de placas articuladas. Mientras caminaba, fue aclarando sus dudas sobre el cómo lograría volar ese armatoste si no contaba con ninguna turbina ni hélice de ningún tipo que lo propulsara, además las alas que le había puesto eran desproporcionadamente enormes y torpes, y su estructura llena de articulaciones, arruinaban cualquier intento de estabilidad en el aire. Diana presionó un botón y la cortina comenzó a correr hacia un extremo, tanto la Bibliotecaria como Marcus se quedaron con la boca abierta durante varios segundos. Un hermoso y enorme dragón de metal con un imponente cuello de cisne curvado en una “S” perfecta, yacía sentado sobre una plataforma montada sobre rieles, sus alas recogidas, cubrían su cuerpo en gran parte, el cual estaba rematado en una larga cola de látigo con punta de flecha. Poseía tres cabinas de controles, una en la grupa del animal, desde donde se manejaban las fuentes de energía y las presiones que movían toda la estructura, ahí fue instalada la Bibliotecaria. La segunda se encontraba en la cruz del dragón, cerca de donde comenzaba el cuello y en la cual estaban los controles de maniobra y velocidad, donde se instaló Diana, y la tercera estaba en la cabeza, en la que su operario se encargaría de los dos cañones de repetición rápida y del poderoso cañón central, que disparaba gas inflamado encapsulado bajo presión en burbujas de sutilísimo metal líquido. Luego de atarse el cinturón que la aseguraba a su asiento y ajustarse las gafas de aviador, la Bibliotecaria comenzó a poner en marcha las calderas internas del dragón, que pondrían en movimiento toda la estructura además de comenzar a calentar y distribuir el Vitrón por las venas del animal artificial. Al alcance de su mano se encontraban los controles de la plataforma bajo ellos, los activó y una aguja comenzó a acusar el aumento de presión en el mecanismo que lanzaría al dragón de metal por la gran abertura en frente hacia el vacio de los acantilados, “posición de despegue” gritó la Bibliotecaria y bajo los comandos de Diana, la criatura mecánica se agazapó, estirando su cuello como una lanza y despegando ligeramente las alas del cuerpo, prestas a desplegarse. En ese momento, una sirena comenzó a sonar estridente por sobre el ruido de los motores que funcionaban a esa hora, las luces, parpadeantes en un principio, comenzaron a iluminar todo el hangar. Un guardia, al otro lado de las instalaciones notó la cortina abierta y tras estas, vio los movimientos del dragón, un despegue no autorizado estaba en proceso y en poco tiempo, los gritos y los pasos apresurados se multiplicaron. Hombres armados llegaban de todas partes, “¡vámonos de aquí!” gritaba Marcus comenzando a ponerse nervioso por la agitación que habían causado, pero aún no podían, la temperatura del Vitrón era insuficiente, y el aparato que los expulsaría fuera no alcanzaba la fuerza necesaria, caerían inexorablemente como una roca si se apresuraban.

            Guardias armados comenzaron a acercarse lentamente y con sus rifles dispuestos, dando órdenes, Diana lentamente sacó sus manos de los controles y las mostró, mientras Marcus sonreía nervioso susurrando un “¿Qué estamos esperando?”, solo la Bibliotecaria se mantenía inmutable, el manómetro de la plataforma ya tenía energía comprimida suficiente, pero la temperatura del Vitrón demoraba en cubrir una extensión enorme como el cuerpo de Zafiro. Un guardia se acercó hasta casi apuntarle a quemarropa, “salga de ahí señora…” sus palabras sonaron con escasa convicción, la Bibliotecaria sonrió con inocencia, mordiéndose el labio inferior, “No me dispararás, ¿o sí?, ¿acaso no sabes que no puedo moverme?...” El guardia dudó, el Vitrón alcanzó su máxima expansión y la Bibliotecaria accionó la plataforma. Un grito desde el otro lado apenas se oyó por sobre el rugir que produjo la explosiva descompresión, “¡¡deténganlos!!” Belisario acababa de llegar, cuando toda la estructura, con el dragón encima fue impulsada hacia delante en un impresionante chasquido, como una catapulta, lanzando al colosal aparato al vacio, mientras decenas de inútiles disparos se perdieron en el espacio. El armatoste fue arrojado con la gracia de un clavadista, perdiendo altura a medida que avanzaba, Marcus apenas se recuperó del golpe que le produjo la inercia, comenzó a gritar al ver el suelo ante él acercándose a una velocidad vertiginosa, mientras Diana, concentrada en sus instrumentos, aguardó el momento indicado para accionar los pedales aferrada a los controles, las enormes alas se desplegaron en un solo movimiento y el dragón de metal describió una gran curva, elevándose en un planeo largo y majestuoso, incluso Marcus respiro con alivio y hasta disfrutó del vuelo, pero sólo por unos momentos.

            Tres impactos de bala recibió Zafiro en el cuello, uno logró perforar el metal y otro rebotó muy cerca de Diana. Una de las naves Saeta ya le había dado alcance soltando una ráfaga sobre ellos, antes de recoger sus alas hacia atrás como una polilla y elevarse, a gran velocidad por sobre la cabeza de Marcus, dos Saetas más se acercaban muy abiertas, una por cada lado. “El cañón principal es demasiado poderoso, usa los de repetición”, Marcus oyó la voz de la Bibliotecaria casi en su oído, se escuchaba cavernosa pero con claridad, tardó unos segundos en percatarse de la bocina que tenía junto a su cabeza, un tubo de bronce que conectaba los tres controles que gobernaban a Zafiro, “¡te escuché, te escuché!”, respondió con emoción, incrustando sus ojos en los visores que tenia enfrente a través de los cuales veía el horizonte cortado por dos líneas en cruz. Diana describía en el cielo amplios círculos subiendo y bajando en piruetas para esquivar los insistentes ataques de las Saetas que los acosaban, como esos perros salvajes que cazan grandes presas en las sabanas africanas. A veces tenía éxito. En sus movimientos logró ponerse tras una saeta por escasos segundos que Marcus aprovechó para soltarle una ráfaga que le partió la aleta de cola y le alcanzó la turbina, la máquina dañada perdió el control y cayó girando sobre si misma, pasando a llevar la proa de una barcaza anclada a la fortaleza. La explosión fue presenciada de cerca por Belisario desde el puente, “alisten la artillería”, si las Saetas no eran efectivas, los obligaría a acercarse al alcance de los poderosos cañones de la fortaleza. La Bibliotecaria observó como el poder del primer par de calderas del dragón disminuía, y comenzó a usar el segundo, después de esas, solo le quedaría la reserva. En un vuelo recto, Zafiro podía cubrir grandes distancias sin problema, pero con todas las maniobras que estaban obligados a hacer, la energía se agotaba rápidamente. Las dos Saetas que quedaban atacaban alternadas por ambos flancos, cruzándose de un lado a otro, como pequeñas aves que defienden su nido de una mayor, acertando en sus disparos con alarmante efectividad, que Diana hacía lo posible por evitar. Marcus tenía menos suerte, con unos blancos tan pequeños como rápidos. La suerte los acompañó cuando el dragón se elevaba y en un movimiento brusco, Diana lo volvió en picada hacia el piso tratando de esquivar los disparos que le propinaban desde atrás, el ala de Zafiro impactó de lleno sobre la Saeta que volaba paralela al dragón, enviándola al suelo en línea recta, la explosión de esta última fue generosamente celebrada por la tripulación del armatoste.

            -El resto de las Saetas están listas, señor, ¿las enviamos?- informó un guardia a Belisario que contemplaba el combate aéreo en la boca del hangar.

            -No- respondió inmutable –ordena a las barcazas que suelten bombas sobre la ciudad, los haremos regresar.

            El guardia pareció no comprender la orden.
            -¿Señor…?

            -Ya me oíste –con la mirada de Belisario, el guardia comprendió que no habrían más explicaciones.

            La drástica orden fue transmitida por señales de luces a las barcazas, las cuales solicitaron repetición y confirmación de la orden antes de ejecutarla. Aún incrédulos, los comandantes la pusieron en marcha.

            La solitaria Saeta dio un amplio giro y volvió a la fortaleza, Diana le siguió. Reparó en las barcazas que se desenganchaban y avanzaban lentamente, “será fácil huir de esas”, pensó, y se aprontó a dar la vuelta cuando la primera bomba cayó sobre la periferia de la ciudad, “¿¡qué rayos fue eso!?”. Los tres tripulantes de Zafiro contemplaron como una porción de la ciudad era totalmente destruida por una explosión absurda, parecía un error, un accidente, pero solo pasaron unos segundos hasta que otra bomba cayó, de parte de una segunda barcaza próxima a la anterior, “¿pero que se supone que están haciendo?”, chilló la muchacha enfadada, “¡Maldito seas! Somos nosotros o la ciudad”, sentenció la Bibliotecaria, comprendiendo el abyecto plan de Belisario. Una tercera bomba fue lanzada y el terror y el caos se desataron entre la población de Ruguen.

            No había forma de que las barcazas aerostáticas esquivaran el ataque de Zafiro, eran demasiado vulnerables. Un vuelo alto, un amplio rodeo, y se encaminaron hacia la barcaza más próxima, la primera en bombardear la ciudad. Su comandante debe haber pasado un buen susto, al ver ese amenazante armatoste de metal acercándose rápidamente a su nave de madera. Marcus con los ojos pegados al visor y los pulgares en el gatillo del cañón principal, aguardando solo asegurar el objetivo. Un golpe violento sacudió a Zafiro y a toda su tripulación, desestabilizándolo por momentos, parecía como si hubiesen chocado con algo. Demasiado tarde para salir de la trampa. Un enorme y humeante cañón se asomaba por una escotilla circular y giratoria a un extremo de la boca del hangar, el impacto había dañado seriamente las costillas de la criatura mecánica que lo había soportado a duras penas. Otro cañón les esperaba en el otro extremo. La Bibliotecaria alarmada, notó como descendía la presión del Vitrón, ya no había forma de huir, en solo minutos el peso los haría caer como roca, Diana intentó con poco éxito elevarse mientras insistentes ráfagas de metralla golpeaban la barriga de Zafiro, “Hay que salir, hay que salir, ¡¡hay que salir de aquí!!”, la Bibliotecaria llevó su voz en aumento hasta terminar en un grito desesperado, que Diana oyó sin necesidad del comunicador, mientras Marcus, sin usar el visor para apuntar, simplemente comenzó a soltar bolas de fuego contra la fortaleza. Una hizo desaparecer el globo que sostenía a una de las barcazas, la que se estrelló contra el suelo inexorablemente, otra se coló en la boca del hangar provocando una gran explosión entre los artefactos ahí acumulados, otras más chocaron contra las paredes de la fortaleza salpicando material candente en todas direcciones. Diana accionó la palanca junto a su asiento y este salió expulsado de Zafiro por una catapulta, un tubo adherido al respaldo, infló en cuestión de segundos un globo de helio que contuvo su caída, la Bibliotecaria le siguió no sin antes insistir en sus gritos. Marcus vio la fortaleza encima y se apresuró a huir, pero un violento choque lo aturdió a medias. El segundo cañón golpeaba de lleno a Zafiro descuajándole una de sus alas y haciéndolo girar completamente sobre si mismo.

La Bibliotecaria vio impresionada mientras descendía suavemente, como el dragón penetraba por la boca del hangar cayendo con todo su peso dentro de la fortaleza, provocando una explosión ingente, que se vio aflorar por todas las grietas y recovecos del edificio. Mientras Diana, alejada unos metros gritaba “¡Don Aurelio!, ¡no lo veo!, ¡no veo a don Aurelio!”.

Marcus despertó aún sintiendo como las llamas deshacían su cuerpo en un último segundo de vida, pero el calor y el dolor solo estaban en su recuerdo, pronto notó que ya no estaba sobre Zafiro, si no, atado a la silla en el palacio de Leonor y bajo la asombrosa máquina del profesor Pigmalión. Había regresado a su cuerpo, maduro y mutilado. Frente a él, la Bibliotecaria y Diana le observaban, recién conociendo al hombre que había suplantado a Aurelio. Un poco más atrás divisó a su mujer y a su hijo, ambos se veían sanos y salvos, mientras Leonor sonreía encantadoramente, “Buen trabajo Marcus, buen trabajo”.

Fin.

León Faras.

martes, 25 de septiembre de 2012

La Bibliotecaria. Un cuento Steampunk.

Parte 3.

Marcus descendió por una escalera de mano, hasta una habitación menos amplia que el salón superior, oscura casi en su totalidad. En frente de él una cama, amplia y ordenada y junto a ella un biombo, detrás del cual se apreciaba una fuerte luminosidad. Un murmullo como de un motor pequeño sonó y el biombo comenzó a recogerse, tras él apareció una mujer bastante joven sentada tras un escritorio con una poderosa lámpara eléctrica sobre él. 

-Vaya, Leonor hizo un muy buen trabajo contigo. Estoy impresionada. La chica no era dueña de una gran belleza, pero era encantadora, además su sonrisa y el sonido de su voz eran muy agradables. 

-¿Dónde está la Bibliotecaria? y ¿quién eres tú?- para Marcus, por lo poco que sabía era imposible que esa muchacha fuera la Bibliotecaria. 

-Ya sabes quien soy, y yo sé quien no eres tú. Tú no eres Aurelio, él jamás tocaría esa escalera con sus manos ni aunque su vida dependiera de ello 

-Una chiquilla como tú no puede ser la Bibliotecaria, no juegues conmigo y dime donde está ella.

-Bueno, no se me permiten envejecer, eso no es decisión mía, pero no te engañes con mi apariencia, yo soy la Bibliotecaria. Yo le di a Leonor la información necesaria para que construyera esa máquina que te trajo hasta aquí. 

 Para la edad que se supone debía tener, se veía bastante joven, pensó el hombre, eso haría más fácil su trabajo, sólo debía deshacerse del guardia de allá afuera. Marcus comenzó a recorrer el cuarto con la vista en busca de cualquier cosa que le sirviera, cuando el ronco ronroneo de un motor que se ponía en marcha le llamó la atención. La muchacha salía de detrás del escritorio sentada en una aparatosa silla, como un cajón enorme de metal sobre gruesas ruedas, donde estaba empotrada. Se movía lento y pesado, con gruesos y dientudos engranajes haciendo un gran esfuerzo por avanzar un par de metros. Esa cosa debía de pesar una tonelada, al parecer lo de sus piernas era cierto. La muchacha tomó un bolso de cuero y comenzó a llenarlo de cosas, luego se acercó a su cama y cogió de sobre ella una especie de juguete, un conejo de brillante metal, “tú vienes conmigo”, murmuró y con un ligero movimiento el animal mecánico se agarró con sus patas al tirante del bolso de su dueña, acto seguido se detuvo frente a Marcus con mirada expectante. 

-Ya estoy lista, ¿nos vamos?- le dijo. 

El hombre la miró confundido, parecía como que tenía todo perfectamente planeado. 

-No es tan fácil- respondió algo contrariado por el exceso de soltura de la mujer- hay un guardia allá afuera y… 

-Ah, no te preocupes por Tadeo- la mujer lo interrumpió -lo conozco bien, yo me encargo de él, solo ayúdame a subir esa escalera. 

Marcus le obedeció, parecía segura de lo que decía y si podía deshacerse del guardia sería un obstáculo menos para él. Así que la ayudó a subir hasta dejarla sentada en la superficie. Inmediatamente Tadeo se acercó preocupado de ver a aquella mujer fuera de su habitación. La Bibliotecaria le sonrió y comenzó a darle todo tipo de excusas y explicaciones en tono suave y ameno que el guardia escuchaba sin convencerse, mientras tanto, a Marcus se le ocurrió una idea, se dirigió a la cama y luego de desarmarla sacó las sábanas y comenzó a rasgarlas mientras ponía atención a lo que sucedía arriba, “ay Tadeo por favor deja ya de preocuparte, mira…” la mujer parecía desplegar todo su encanto hablando con su carcelero hasta que un sonido muy parecido a un disparo terminó con la conversación seguido de un golpe de un cuerpo cayendo al piso, “mierda” dijo Marcus y de dos zancadas se asomó a la superficie sacando la cabeza por la compuerta. 

La Bibliotecaria estaba ahí sentada en el mismo lugar donde la había dejado, en su mano sostenía un revólver de un diseño desproporcionado, con una nuez enorme y un cañón ridículamente corto y grueso del que salía un delgado hilo de humo. Tadeo yacía en el suelo. 

A Marcus casi se le salían los ojos. 

-¿Qué has hecho?, ¿lo mataste?, ¿de dónde sacaste esa arma? La mujer le dirigió una mirada cargada de dulce picardía. 

-¿Esto?, bueno, a veces ayudo a los muchachos y ellos me devuelven el favor de distintas formas, ah, pero jamás mataría a Tadeo, él es un buen hombre, solo duerme, es que… es algo testarudo. Ahora tíralo dentro y larguémonos de aquí. 

Luego de unos minutos, Marcus hacía descender atada por debajo de los brazos con una cuerda hecha de las sábanas a la Bibliotecaria hasta la pasarela por donde él había llegado. Una vez abajo, y pese a las protestas de ella, se la ató a la espalda “Esto es humillante” dijo la mujer, pero él no le hizo gran caso, y se puso en marcha lo más rápido que podía por las delgadas pasarelas de metal, amortiguando las pisadas. De pronto se detuvo de golpe, un guardia estaba parado algunos metros sobre ellos en un pequeño balcón, Marcus se apegó a la pared curvada, y avanzó lento, aprovechando las sombras que aún proporcionaba la noche, logró alejarse pero en frente de ellos apareció otro que recién salía. 

-Agáchate, tengo una idea- le susurró la Bibliotecaria. 

Marcus, sin comprender qué sentido tenía la orden que le daba, obedeció con desconfianza. 

-No le dispares, o el tipo de allá arriba nos descubre y… 

La mujer lo hizo callar con un gesto y se desprendió de su bolso el conejo de metal, le hizo girar una pequeña llave en un costado y lo dejó en el suelo, apuntando al guardia en frente de ella y lo soltó. La mascota mecánica comenzó a avanzar con pasos rígidos que desbordaban ternura al igual que el resto de su anatomía, el guardia no tardó en reparar en él e intrigado lo tomo del suelo, observó con curiosa atención el largo bostezo que el conejo comenzó a dar hasta que una nube azulada salió del hocico del juguete, el guardia lo soltó pero el gas le produjo un mareo incontenible que lo obligó a sentarse y de ahí no se movió más. El conejo en cambio luego de un par de botes sobre el piso de metal se perdió en la oscuridad de la caída. 

Marcus miró a su compañera con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido, “sí que estaba preparada”, pensó. 

 Los hangares estaban cerca, seguro encontrarían alguna máquina para la huída. El amplio lugar estaba pobremente iluminado cuando Marcus y la Bibliotecaria llegaron, un par de enormes barcazas sin sus globos se encontraban varadas allí. Colgados con cadenas del techo, varias piezas enormes, motores y calderas se mantenían a la espera de ser utilizados, también algunos de los nuevos vehículos aéreos con alas desplegables y poderosas turbinas que se estaban construyendo, las rápidas Saetas, su agilidad era gracias al nuevo adelanto que la Bibliotecaria les había incorporado, el Vitrón, una sustancia distribuida desde la caldera a todo el resto del vehículo, y que al ser calentada anula hasta en un sesenta por ciento la ley de gravedad, haciendo posible el raudo vuelo de los pesados aparatos. En ese momento se escucharon unos rápidos y sonoros pasos sobre los pasillos de metal, que en aquel lugar abovedado, parecían rebotar en todas partes y venir de todos lados. Incapaces de identificar a tiempo la dirección, una puerta se abrió a sus espaldas y una silueta apareció sobre ellos. 

 -Señor Aurelio, ¿qué está haciendo aquí?- Diana estaba parada a un par de metros de altura en un pequeño balcón de metal al que había salido, junto a ella una escalera llegaba casi a los pies de Marcus. Completamente vestida con su tenida de trabajo habitual, era difícil saber si llevaba mucho rato levantada o aún no se había acostado. Traía en su mano el conejo de la Bibliotecaria. 

-¡Diana!- La Bibliotecaria le sonrió con naturalidad, aún atada a la espalda de Marcus- Dime, ¿dónde tienes a Zafiro, está terminado? 

La muchacha no entendía nada, le costó trabajo salir de su asombro y más aún, identificar a esa mujer. 

-¿Zafiro?, sí…pero… ¿por qué me preguntan a mi?, yo solo… 

-¿Por qué?- la mujer le interrumpió –pero si tú eres la mejor mecánica de aquí, yo misma pedí personalmente que te dieran los planos de Zafiro. 

Diana comenzó a entender de a poco, era cierto, le habían dicho que la Bibliotecaria había solicitado que la construcción del armatoste, como la muchacha le llamaba, se la confiaran a ella, pero no podía creer que aquella mujer, graciosamente cargada como bulto a la espalda de un Aurelio completamente sudado y con manchas de hollín en el rostro, fuera la persona que más admiraba. 

-¿Bibliotecaria…? 

-Bueno, este no es mi mejor aspecto pero naturalmente soy yo. 

-¡Lo sabía!- casi gritó Diana de emoción –cuando esto cayó junto a mi ventana, sabía que eras tú…- dijo refiriéndose al conejo de metal. 

-¿Pues les molesta si dejamos esta plática para después?- Marcus interrumpió las presentaciones con acidez y agregó –me gustaría que nos larguemos de aquí tan pronto como podamos. 

-¿Largarse, a donde?- Diana parecía profundamente decepcionada –no puedes irte, si yo vine hasta aquí por ti… 

-De hecho- dijo la Bibliotecaria -pensaba en pedirte que nos acompañaras. 

-¿¡Qué!?- Marcus debió hacer un gran esfuerzo para voltearse a ver a la mujer que llevaba en su espalda. 

-Pues yo no puedo manejar a Zafiro- dijo la mujer señalándose sus inexistentes piernas –y tú no tienes idea de cómo hacerlo- agregó. 

-Yo lo haré- dijo Diana con decisión –es por aquí.


León Faras.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La Bibliotecaria. Un cuento Steampunk.


Parte 2.

Marcus despertó y respiró hondo, un perfume agradable le hizo alargar esa inhalación lo más posible, lo cubrían sábanas impecablemente blancas de una tela tan suave que le fue imposible identificar. A su lado descubrió la hermosa y blanca espalda de una mujer joven, con negros y largos rizos que se desparramaban adheridos a su piel y a las telas sobre las que dormía. Estaba sorprendido, pero se sorprendió aún más al reparar en que el brazo izquierdo que había perdido hace más de quince años estaba ahí, completo y perfectamente funcional. Como si despertara después de una borrachera, Marcus intentó recordar lo sucedido antes de dormirse en aquel lugar. Recordó una celda, en la que estaba junto a su mujer y su hijo pequeño, también que lo ataron con correas de cuero a una silla, recordó a Leonor que le decía que le necesitaba por los más de treinta años que había servido guardando la fortaleza. Luego apareció en su memoria la Bibliotecaria, una mujer a la que no había visto nunca, pero que al igual que el resto del mundo, conocía y sabía lo que hacía, era a ella a quien debía ayudar, eso le había dicho Leonor, si lo hacía bien, sería generosamente recompensado, si le traicionaba, no volvería a ver a su familia. Él protestó, diciendo que para un viejo mutilado, la labor que le pedía era imposible, pero la hermosa mujer solo le respondió que eso no sería problema. Lo último que recordaba era que Leonor, con una sonrisa encantadora, le decía: “no me hagas ir a buscarte”. 

Se miró las manos, eran tan pulcras y suaves que parecían las de una mujer, y no cualquier mujer. No sabía donde estaba, ni por qué su cuerpo lucía tan diferente, observó en la pared de en frente un lujoso reloj ricamente ornamentado con un par de finos engranajes a la vista, marcaba las tres y cuarto, supuso que de la madrugada, estaba desnudo, su vista dio con un hermoso espejo sobre una cómoda arrimada a la pared al otro lado de su compañera, con un leve movimiento pudo observar el reflejo del rostro de esta, era nada menos que Lucila, la hija de Belisario, señor de Ruguen. Él también se observó en el espejo, aunque solo fue para confirmar que ocupaba el cuerpo de Aurelio, el esposo de Lucila, ¿cómo había llegado ahí?, y ¿cómo era posible que estuviera en el cuerpo de otro hombre?, no comprendía nada. Marcus se levantó con cuidado de no despertar a la mujer, se vistió con la pulcra y delicada ropa de Aurelio y se alistó a salir, le llamó la atención la colección de guantes que aquel tipo coleccionada en una parte principal de la cómoda. A la derecha vio un balcón que daba a los acantilados y a la ciudad, se quedó varios segundos admirando la hermosa vista que ofrecía una barcaza aerostática que flotaba anclada a la fortaleza varios metros por debajo de él, la luna la rodeaba con su luz, adquiriendo un toque casi fantasmal, de blanca claridad y profundas sombras, donde resaltaban pequeños puntos luminosos amarillentos de luz artificial, como expectantes ojos de una criatura fantástica. Marcus salió del dormitorio. Estaba en la parte más alta de la fortaleza, la habitación de la Bibliotecaria estaba en el otro extremo, el que daba a los bosques. Sabía que había un ascensor en el fondo del corredor, pero ese era un artefacto que él, como guardia, jamás había utilizado, para él eran mucho más familiares las escaleras de mano de metal, que se conectaban con los angostos pasillos protegidos por barandas, adheridos a las paredes y que recorrían toda la periferia de la fortaleza entrando y saliendo de ella, subiendo y bajando, uniendo los numerosos puestos de guardia, con todo el resto de las instalaciones. Uno de esos puestos de guardia era la escotilla de entrada al cuarto donde estaba la Bibliotecaria, una compuerta redonda ubicada en el suelo. El hecho de que la entrada fuese vertical era algo que Marcus no había comprendido, hasta que se enteró de que aquella mujer no tenía piernas. En eso pensaba cuando se detuvo de golpe, volvió la vista atrás y vio una de las portezuelas de los conductos por donde era lanzada la ropa sucia a la lavandería, las recordaba bien, su mujer trabajaba ahí cuando se conocieron, y la lavandería era un buen lugar para desplazarse hacia la habitación de la Bibliotecaria, poca luminosidad y mucho donde ocultarse. Marcus se introdujo en aquel conducto, la pendiente era pronunciada pero graduó su descenso apoyando firmemente los pies en el techo. Una vez abajo Marcus se movió rápido y sigiloso por el angosto pasillo de rejilla que atravesaba todo el lugar por entre los enormes contenedores equipados con ingeniosos mecanismos conectados a poderosos motores, que hacían el trabajo de varias personas rápidamente, hasta llegar a un corte abrupto al final de los lavaderos, en frente continuaba otro corredor el cual tenía salida a una pasarela de metal que recorría la fortaleza por fuera, y que terminaba justo debajo de la habitación de la Bibliotecaria, sin dudarlo, utilizó los tubos de hierro pegados al muro para llegar al otro lado, no sin la desconfianza que le producían sus pulidas manos, recorrió la pasarela en un par de minutos hasta una escalerilla que subió rápidamente hasta su objetivo. El lugar era un salón anular bastante amplio, con enormes ventanales en la porción de la pared que daba al exterior, en el centro del piso un gran anillo de metal brillante y dentro de este, orillado hacia un extremo, la escotilla, redonda, abombada y con una manivela. Marcus se aproximó para hacerla girar cuando oyó que le hablaron a sus espaldas. 

-¿Señor?...- un guardia estaba de pie en la entrada, parecía muy sorprendido y tenía bastantes razones para estarlo, él veía a un Aurelio sudado, con la camisa arrugada y sucia con polvo, abriendo la compuerta de la Bibliotecaria a las cuatro de la madrugada. Una imagen totalmente opuesta a la que el verdadero Aurelio representaba, un hombre obsesionado con la pulcritud, renuente a cualquier tipo de ejercicio o trabajo físico y con nulo interés por nada que no fuera su apariencia y sus vanas obligaciones. Marcus reconoció a aquel guardia. 

-Escucha Tadeo- el guardia se sorprendió aún más si cabía, de que lo llamara por su nombre -tengo que ver a la Bibliotecaria, es muy importante. 

-Señor, usted sabe que eso no es posible sin una orden verbal del señor Belisario. 

-Sí, lo sé pero- Marcus improvisaba –tengo un problema grave, necesito su ayuda. 

-Pues solo tiene que hablar con el señor Belisario para que lo autorice. 

-No puedo hablar con él, porque se trata de algo “delicado”- esta última palabra Marcus la pronunció con especial deferencia y alternando su mirada entre el guardia y su propia entrepierna, hasta que consiguió que la vista del guardia cayera ahí para mostrarle su mano con el dedo índice curvado hacia abajo, como un garfio. Entonces el guardia comprendió todo y todo lo que le había parecido absurdo e irregular tuvo sentido de pronto. El señor Aurelio tenía problemas en su intimidad y eso lo explicaba todo. 

-Ya veo señor, créame que ahora le comprendo, no se preocupe, seguramente ella podrá ayudarle, es una gran conocedora- Tadeo se mostraba ahora muy diligente, dirigiéndose él mismo a la escotilla para abrirla. 

-Eso espero Tadeo, eso espero…- respondió Marcus, simulando mucha gravedad en sus palabras pero con una enorme sonrisa interior.


León Faras.

sábado, 15 de septiembre de 2012

La Bibliotecaria. Un cuento Steampunk.

Parte 1.

El pesado tren atravesaba la pálida y descolorida ciudad de Ruguen rompiendo la neblina del atardecer con su único y poderoso foco delantero, no era como los otros elegantes y ornamentados trenes de pasajeros que mesclaban con habilidad la belleza de la madera barnizada con los relucientes metales bruñidos y la calidez del cuero, no, este más parecía una enorme y bulliciosa oruga de hierro que se arrastraba a gran velocidad dejando tras de si un espeso nubarrón de humo negro que llenaba de hollín los árboles que flanqueaban el camino. Se detuvo entre chillidos y resoplidos bajo uno de los enormes hangares de la fortaleza de Ruguen en la cima de la colina que dominaba toda la ciudad y cuya gran boca daba a los acantilados, donde un par de barcazas aerostáticas levitaban, suavemente mecidas por la brisa. Los trabajadores ya entregados al relajo a esa hora, se desperezaron para descargar los materiales que acababan de llegar, las conversaciones fuertes y las risas se multiplicaron rápidamente. Un hombre de mediana edad con una hoja en la mano, verificaba que los objetos que entraban a bodega concordaran con el pedido que se había hecho, a su lado se detuvo una muchacha con varios rollos de papel bajo el brazo y otro abierto en las manos, tenía un pañuelo atado en la cabeza, pesados anteojos de metal sujetos por un cintillo y un buzo idéntico al de los otros obreros pero con ridículas ataduras y dobleces para ajustarlo a su menuda figura. Heredera de una larga generación de mecánicos ferroviarios, Diana se había hecho un espacio en ese rudo mundo de calderas y engranajes a fuerza de trabajo e inteligencia, además de los conocimientos acumulados desde su niñez, trabajando sin pudores junto a los hombres de su familia. 

-¿Cómo se supone que haré volar este armatoste?- dijo con algo de preocupación la muchacha, sin despegar la vista del papel abierto en sus manos. 

-Tú solo básate a los planos- respondió el hombre con relajo –si vuela o no, es problema de la Bibliotecaria.

-Lo sé, pero esta cosa es como pretender ponerle alas a un…- Diana comenzó a mirar a su rededor en busca del ejemplo más apropiado- ¡…a una locomotora!- concluyó, con los ojos muy abiertos y las cejas levantadas. 

-En lo que a mi respecta, las alas son para los pájaros- replicó el hombre mientras hacía un tic en su hoja- pero no seré yo quien vaya a discutir con esa mujer. 

-Ni yo- replicó la muchacha enchuecando la boca en una especie de sonrisa- es solo que me gustaría que por una vez, ella viniera aquí para que me explicara un par de cosas… 

-Olvídalo, es demasiado valiosa como para que la saquen de ese agujero. -Sí, es solo que yo vine aquí por ella, Tobi, esperando aprender algo de todas las cosas maravillosas que ella conoce- contestó Diana con algo de frustración, al tiempo que se retiraba de vuelta a sus labores. 

-¡Tobías!, ¡mi nombre es Tobías!- protestó el hombre con un disgusto espontáneo, pero la muchacha ya no le podía oír. 

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La ciudad en su mayoría se adormecía, dando por terminada la jornada, excepto en el bello y antiguo palacio de piedra del Río, donde el abundante humo que brotaba de sus chimeneas, anunciaba que la actividad de su industria estaba aún muy activa. 

Leonor se acomodó en el asiento destinado para ella, una de sus hermosas y bien formadas piernas emergió de los abultados pliegues de su vestido rojo al cruzarla por encima de la otra. Su sonrisa era sutil, pero satisfecha, mientras observaba el cuerpo inerte de uno de sus oficiales atado con numerosas correas de cuero a la silla de madera debajo de la temible estructura que el Profesor Pigmalión llama orgullosamente, su “obra maestra”. Un prisionero está parado frente a Leonor, a pesar de su aspecto deplorable, su postura es orgullosa y su mirada, desafiante. La mujer le hace un gesto con la cabeza para indicarle que actúe, el cautivo se inclina levemente pero con profundo respeto, luego se dirige hasta un rincón alejado donde le espera un guardia armado con un lustroso y elegante rifle de repetición, que entona a la perfección con las piezas de metal que protegen las partes vulnerables de su cuerpo. 

-No falles- le ordenó el prisionero en tono severo al guardia tras él, quien levanta su arma y le apunta a quemarropa, directo a la nuca. 

-No, señor- respondió el soldado con respeto, justo antes de volarle la cabeza. 

La máquina del profesor Pigmalión, era un disco de metal de unos tres metros de diámetro, que había descendido deslizándose suavemente por una espiral cilíndrica, como un tornillo. Al ir girando, provocaba el movimiento de una serie de engranajes externos, de variados tamaños y grosores, los cuales a su vez, multiplicaban aquel movimiento, transmitiéndoselo a una enorme rueda dentada por ambos lados en su base, la cual lo transfería al mecanismo interior, que estaba encargado de hacer emerger por la parte baja del curioso aparato, cuatro tubos de un bronce brillante rematados en una esfera de grueso cristal cada uno, además de numerosos cables y mangueras que completaban el dispositivo. Una vez terminado el descenso, la máquina se detenía a escasa altura sobre el individuo atado a la silla y con las cuatro esferas en rededor, cada una de estas, en las cuales podría caber un hombre acuclillado, parecían llenas en su interior de un denso humo gris azulado, una extraña bruma en constante y pausado movimiento circular, ocupando todo el espacio, aprisionada, como si apenas cupiera dentro. 

El Profesor Pigmalión, notoriamente emocionado aún por la efectividad de su máquina en la primera fase de su función, comenzó a girar manivelas, las calderas trabajaban conteniendo pequeños infiernos en sus barrigas, las válvulas escupían con premura el exceso de presión en los conductos y contenedores, los manómetros con sus agujas histéricas ascendían anunciando el momento para que la energía por fin fuese liberada y la maquinaria se pusiese en marcha nuevamente con un suave murmullo de metales lubricados, tomando velocidad paulatinamente, haciendo girar en forma independiente del resto del aparato a los cuatro Entes capturados en las esferas de cristal, alrededor del cuerpo exánime del oficial. 

Reni y Yacco, llamados “los mellizos”, deben estar separados, pero nunca está uno sin que esté el otro, atrapa uno y los tendrás a los dos, abundantes en los ambientes donde la crueldad se ha expandido, habitantes de los residuos del sufrimiento, son capaces de extraer el alma de un cuerpo y perderla, dejando la carne con vida pero en flemático deceso, sin gobierno. Sizi, la conductora, la maga, siempre hibernando en el interior de la tierra, buscando la energía en el centro de esta, en la oscuridad más fría, densa y absoluta, tiene la capacidad de trasladar cualquier cosa inmaterial de un lugar a otro, incluso otros Entes. Por último, Rúia, la más escasa y difícil de encontrar, puede estar en cualquier parte, indiferente, independiente, exógena, inquieta, solo ella puede instaurar correctamente un alma dentro de un cuerpo, conectar todas sus fuentes restaurando la unión de la carne y el espíritu tal y como la conocemos. 

El oficial despertó de golpe, como si viniera saliendo de una pesadilla, pero su sueño había sido real, había ocupado el cuerpo de otro hombre durante unos minutos y había experimentado la muerte de ese cuerpo para regresar al propio. La rotación de los Entes a su alrededor fue amainando al tiempo que él volvía a la realidad, se observó las manos y su cuerpo atado, sonrió, su corazón estaba acelerado. La máquina se detuvo y varias manos le liberaron de las correas que le ataban a la silla. La prueba había sido un éxito y se reflejaba en el júbilo que mostraba el profesor y en la sonrisa satisfecha de Leonor, el paso siguiente era en serio. 

-Traigan a Marcus- ordenó Leonor –pero antes saquen ese cuerpo y limpien eso, no queremos que nuestro invitado se asuste innecesariamente- agregó, refiriéndose al cadáver con la cabeza destrozada. 


 León Faras.