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jueves, 14 de noviembre de 2019

Zaida.



XII.

Por la madrugada, antes del alba, dos monjes adultos, cuatro novicios, una joven, una niña pequeña y un asno estaban listos para partir. Con sus canastos sujetos a la espalda donde llevaban sus pocas pertenencias además de provisiones y sus bastones de viaje en la mano, los monjes, incluyendo los dos mayores, atendían a la despedida de Missa Budara quien les deseaba un buen viaje, les aconsejaba precaución, debido al estado de conflicto que vivía el país y les daba bendiciones a uno por uno para restablecer el equilibrio en sus existencias y que lo malo no tuviera cabida en sus presentes ni en su destino próximo, ya que para los monjes, era posible tomar el desequilibrio de los demás como propio para restablecerlo. También estaban Missa Poquelín y Driba allí, sus bultos eran más pequeños, sólo un morral con provisiones y una calabaza hueca para el agua. El asno llevaba los bultos de la pequeña Zadí y la princesa y algunos otros utensilios de uso común, también podía llevar a una de las dos chicas si era necesario, aunque ambas estaban acostumbradas y más que dispuestas a caminar como los demás. Se trataba de un viaje de tres días por rutas tan milenarias como los monasterios que estas rutas unían, los chicos lo sospechaban, pero no lo sabían a ciencia cierta, el que más informado estaba era Girú, éste, a pesar de tener más o menos la edad de Driba, no había hecho su entrenamiento en Masdra-Sucur hace dos años cuando debía, debido a una torcedura de tobillo que le impidió hacer el viaje, por lo que ahora le tocaba ser compañero de Ribo, Paqui y Gunta, éstos, no lo tomaban como miembros de su reducido clan, tampoco a la princesa Viserina y veían a la pequeña Zadí poco menos que como una mascota, pero en Masdra, no les quedaría más remedio que afianzarse como un solo equipo. Missa Nemir, quien encabezaba la marcha, ordenó a Gunta posicionarse detrás de él y delante de las chicas, lo que lo separaba de su grupo de amigos, que quedaban detrás del asno, guiado por Girú y delante de Missa Badú, quien cerraba la marcha. Esto, Gunta se lo tomó muy mal, como un castigo anticipado por algo malo que aún no había hecho, lo que resultó muy obvio para Missa Nemir, “¿Crees que el viento castiga a los árboles o el agua castiga a la roca? No, se forman y se transforman mutuamente, es el camino de la armonía buscando el punto en el que ambos conviven en paz y comunión, como individuos y como parte de un todo…” Gunta lo miraba con desconfianza, como si lo estuvieran intentando timar, “…Aquí no hay castigo Gunta, este viaje, este cambio que comienza ahora mismo, es para sacarte a ti y a tus compañeros, de la falsa comodidad que se han creado ustedes mismos, y transformarlos como individuos, como monjes y como hombres parte de una sociedad, pues no hay camino hacia la armonía, sin cambios. Y si tú estás dispuesto, tú que eres más que una roca o un árbol, te aseguro que esta experiencia sacará lo mejor de ti, más allá de lo que jamás hayas imaginado” Gunta ahora lo escuchaba absorto, era muy extraño, pero por primera vez veía en Missa Nemir algo muy parecido a un padre, “¿Estás dispuesto?” preguntó éste, y el chico asintió con forzada gravedad, Nemir le hizo una reverencia y agregó, “Entonces nos despedimos del Gunta que hoy parte de Missa Pandur, pues el que regrese no será el mismo, sino cien veces mejor” Gunta respondió la reverencia y se puso a caminar, pero lejos de sentirse ilusionado, se había comenzado a arrepentir de haber asentido, a sentir agobio, como si ahora llevara un nuevo peso sobre su espalda además de su mochila y no entendía bien de dónde había salido.

Los senderos de la montaña, eran en su gran mayoría, poco más que simples huellas dejadas por animales que con el paso del tiempo se habían ido transformando en rutas para el uso relativamente cómodo y seguro de seres humanos, que viajaban a pie o como mucho usaban algún animal de carga como medio de transporte. Los muchachos no se lo habían preguntado siquiera, pero era muy difícil de imaginar, cuánto había costado construir esos edificios, sólidos e inmensos, en lugares tan remotos y de tan difícil acceso, y encima, según la leyenda, con sólo dos materiales. Tampoco se habían preguntado cuáles eran esos materiales, muy abundantes y poderosos, por cierto: tiempo y voluntad.

La reciente lluvia llenaba de vida y belleza las montañas, lavaba el polvo de las rocas y de los árboles, enverdecía los valles y decoraba todo con cascadas que resbalaban por las paredes de roca viva como ríos verticales, en algunos casos, o saltaban al vacío desde gran altura, en otros casos. La nieve aún se mantenía alta, en las cumbres, en algún tiempo más alcanzaría los valles. Al llegar a la saliente de la Luna, un extremo dominado por una gran roca, cuya forma y rugosidad recordaba a la cara visible de la luna, un sitio energético poderoso para los monjes, donde se podía percibir con claridad que los sentimientos fluían con mayor intensidad y claridad al cabo de un tiempo, pudieron observar con alivio que el puente de la Hiedra Tozuda, varios metros más abajo, aún permanecía en pie a pesar de la guerra, no se llamaba así sólo porque sí, y eso era bueno, porque de lo contrario, el viaje podía alargarse por lo menos un día más. Su nombre estaba lejos de ser imaginativo, pero sí muy apropiado: el puente estaba colonizado por una enredadera que ascendía el risco en busca del sol aferrándose a lo que encontraba en su camino, incluyendo el puente colgante, los hombres habían intentado limpiarlo muchas veces, pensando que el peso de la hiedra acumulada, terminaría por colapsarlo, pero se convirtió en una tarea de nunca acabar, pues la hiedra siempre volvía y al parecer, cada vez con más ímpetu, lo que acabó por desmoralizar a los hombres quienes finalmente se rindieron y la hiedra ganó. Lo que sucedió fue que el puente nunca cayó, se robusteció. La hiedra aferrada al puente, también se aferró a los bordes que lo sostenían, volviéndose un puente en sí misma cada vez con más conexiones. Incluso en el crudo invierno los tallos desnudos de la hiedra se endurecían sin desprenderse de sus asideros, brotando de nuevo en primavera. Sin duda una prueba de lo mucho que nos podemos equivocar a veces, acerca de las reales intenciones de la naturaleza. Missa Nemir comprobó su estado y animó a cruzar a los demás, fue una grata sorpresa ver a Gunta cargar sobre su espalda, sujeta con un manto atado y cruzado sobre su hombro, a la pequeña Zadí, quien se había detenido frente al puente de hiedra, renuente, con la misma cara de un perro cuando se entera de que lo van a bañar, mientras la princesa ayudaba al muchacho con su bulto. Aunque comenzaban a sentirse hambrientos, no podían detenerse para comer, pues debían alcanzar el refugio antes del final del día, por lo que todos recurrían a sus inagotables bolsas con semillas y a la vigorizante agua de la montaña, abundante por todas partes luego de las lluvias, para mantener las energías de su cuerpo, incluso la pequeña Zadí, aunque ésta, por decisión de Badú, terminó el último trayecto del viaje, montada sobre el asno que guiaba Girú.

Paqui, aunque jadeaba y sudaba por todos, mantenía el paso con bastante dignidad. Era el único que se veía obligado a enjugarse la frente y los ojos constantemente, pues éstos le ardían, le lagrimeaban y le dificultaban aún más su deficiente visión, “Mira eso, ¿Quién crees que viva ahí?” le comentó Ribo, siempre insensible a su condición, señalándole una dirección hacía la que el muchacho sólo veía una mancha rectangular, mayoritariamente blanca o de un color claro que contrastaba con el fondo gris azulado de la montaña, que de ser una vivienda, era bastante grande para una familia pero pequeña para una comunidad, de todas maneras no tenía oxígeno suficiente para responder, por lo que derivó la pregunta con la mirada a Missa Badú que venía más atrás, “Ese es nuestro refugio muchachos, hemos llegado…” Efectivamente, aquello, más que un refugio, como el que se esperaban los muchachos, era una construcción sólida, un edificio hecho de roca y arcilla de dos plantas, con la de abajo destinada a animales y la de arriba a personas. Era casi como un monasterio en miniatura. Pronto caería el sol y tendrían una vista privilegiada, podrían prender fuego y descansar y comer en un sitio caliente y seguro. Para continuar la marcha temprano por la mañana.

León Faras.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Zaida.


XI.

A los muchachos se les dio todo el resto del día y aquella noche para que descansaran, porque ya les habían dicho que el día siguiente sería de trabajo en la preparación del viaje al monasterio de Masdra, donde iniciarían una nueva etapa en su entrenamiento para convertirse en monjes. Gunta se había tomado aquello muy en serio y sin esperar que se lo repitieran ni que se lo confirmaran, se había dedicado a dormir todo lo que le era posible, como si pudiera hacerlo a voluntad por todo el tiempo que quisiera y sin ningún esfuerzo. Dos patadas en el costado, fueron apenas suficientes para despertarle, era Ribo que nuevamente traía noticias asombrosas, “Vamos, Gunta, has dormido todo el día, podrás seguir por la noche. Tienes que ver esto…” Gunta emergió de su sueño como un naufrago que alcanza tierra firme luego de muchas horas bregando dentro del océano. Su rostro alargado y con los ojos muy juntos, tomaba un aspecto gracioso al estar soñoliento. Protestó que no había nada más interesante en el mundo, en ese momento, que seguir con su sueño, pero una nueva sacudida de Ribo terminó arrojándolo al suelo, “¡Hablo en serio, tonto! Tienes que ver esto…” por alguna razón Ribo tenía la mitad del cuerpo mojado, pero Gunta no notó eso, sólo pensaba que mientras antes terminara con ese asunto, antes volvería a su merecido descanso. A Paqui lo dejaron seguir durmiendo. Gunta caminó tras su amigo resignado, bostezando larga y aparatosamente sin saber a dónde, como un sonámbulo, sólo se atrevió a preguntar hacia dónde iban cuando ya subía por tercera vez unas escaleras. La lluvia caía con intensidad afuera y mientras más cerca estaban del tejado más fuerte se podía oír, “Al principio me pareció de lo más raro, pero cuando logré acercarme lo suficiente… resultó ser más raro todavía” “¿A dónde vamos…?” preguntó Gunta, ya un poco más despierto, “Mira esto…” Subieron al pasadizo que cruzaba el tejado, allí la lluvia azotaba con total intensidad y de forma vertical, Ribo tenía preparada una lona empapada con la que se había cubierto la primera vez, Gunta protestó que ni loco saldría a la lluvia a mojarse, pero cuando su amigo le enseñó lo que venían a ver, cambió de opinión: allí estaba, sobre la superficie plana del gran torreón central del monasterio, la figura de un monje en actitud de profunda meditación, a plena lluvia y completamente solo. Era ya el atardecer y la luz del día poco a poco se extinguía en el horizonte, “¿Es Missa Budara, qué rayos está haciendo ahí?” Dijo Gunta, empequeñeciendo los ojos, “Eso no es lo más raro…” respondió su amigo cubriendo a ambos con la lona empapada, que estaba tan mojada que se volvía poco efectiva bajo un aguacero como ese. Ambos se movieron agazapados y cubiertos hasta llegar lo más cerca que se podía estar del monje que meditaba, sin embargo Gunta no lograba captar lo impresionante, fuera de lo que ya había visto, “Mira su ropa, su cabeza… ¿No lo ves?” Insistió Ribo. Los muchachos eran un bulto oscuro y mojado con dos caras asomadas por un pequeño hueco, Gunta hacía esfuerzos pero no veía nada más que a Missa Budara sentado imperturbable sobre la roca fría y desnuda y bajo la lluvia, que ya de por sí, era algo bastante raro, pero nada más. Ribo comenzaba a impacientarse, le metió un codazo por debajo de la lona que los cubría, “¡Míralo tonto, Está seco ¿Cómo puede estar seco?!” Era verdad, la luz del día ya casi se había ido, pero a esa distancia se podía ver perfectamente la diferencia entre un cuerpo seco y uno empapado. Gunta ya no tenía nada de sueño, sus ojos estrechados estaban abiertos al límite de su capacidad. Ambos muchachos estaban pegados cara con cara dentro de su refugio, por lo que sólo pudieron darse una mirada de soslayo de asombro. Ribo, que tenía un sentido de la precaución mucho más desarrollado, apuró a su amigo para retirarse mientras no fueran descubiertos. Cualquier cosa podía estar permitida, mientras no fuera descubierta. Ocultaron la lona y comenzaron a bajar las escaleras, aún muy asombrados por lo que acababan de ver, hasta llegar al piso de los dormitorios. No lo vieron venir, ni lo oyeron, sólo apareció frente a ellos imponente y pacífico como un gran árbol, observándolos desde las alturas de sus ojos, era Missa Budara, y no sólo estaba completamente seco, sino que además había llegado allí antes que ellos, “Si no quieren descansar, podemos pedirle a Missa Nemir que les asigne algunas tareas para entretenerlos…” Gunta ni siquiera podía hablar, parecía haber visto a un fantasma, Ribo, en cambio, era asombroso cómo controlaba su asombro y hasta lo disimulaba con una seria y controlada humildad “Sólo queríamos ver la lluvia, Missa Budara, pero ya nos íbamos a dormir, lo prometo…” Budara hizo una suave reverencia como para aceptar la excusa, “Para ver la lluvia, no es necesario mojarse con ella…” dijo, empezando a caminar y dejándolos libres para seguir su camino, cosa que los chicos aprovecharon de inmediato. Si es que aquello se suponía que representaba alguna enseñanza o significaba algo, los chicos no lo captaron. “¿Crees que algún día aprendamos a hacer eso de no mojarse con la lluvia?” preguntó Gunta metiéndose a su cama, Ribo lo miró como a un bicho raro y luego soltó una risa, “Sí claro, cuando tengas más o menos como su edad…” y se cubrió completo con su manta.

Masdra-Sucur era un monasterio un tanto diferente a Pandur, era un lugar que preparaba a los monjes para la lucha, incluso para la conflagración, pero no para tomar parte en una, sino que con el fin de estar preparados para la protección de sus monasterios, sus lugares sagrados y sobre todo, de la vida. Era un edificio que se veía pequeño y endeble en un principio, apenas un pasillo rectangular de madera, adherido a la pared vertical de la montaña y posado, en parte, sobre el tronco de un árbol muy viejo sujeto precariamente a la pared de roca y que parecía siempre a punto de desprenderse. El edificio comenzaba a enroscarse hasta adentrarse en ésta y posicionarse sobre tierra firme con una estructura de piedra simple pero imponente, a espaldas del edificio y por encima de éste, se podían ver las siete terrazas talladas en la montaña, los siete patios de entrenamiento que iban desde el de piedra, muy parecido al de Pandur, destinado a los novicios, hasta el de agua, donde llegaban los más avanzados. Era un sitio por el que todos los monjes debían pasar. Su líder era Missa Ramán, un hombre intimidante a primera vista, grande físicamente, erguido, con la cabeza totalmente afeitada y una larga barba negra, a pesar de que no era un hombre joven, aquello se podía ver en su rostro surcado de profundos pliegues, como si de pronto le sobrara mucha piel, lo que le daba una firmeza y profundidad impresionantes a cada una de sus expresiones. Tenía muchas cicatrices en el cuerpo, pero una especialmente inquietante que nacía en su frente y que descendía pasando a tan solo un par de milímetros de su ojo izquierdo. Era un monje guerrero, una contradicción, una rareza necesaria.



León Faras.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Zaida.


X.

De vuelta en Missa Pandur, la princesa Viserina le contó emocionada a Missa Budara lo maravilloso que había sido el viaje al Valle de los Gigantes, y que sin duda había sido una experiencia que jamás olvidaría por lo que le quedaba de vida, “Tengo entendido que en su reino también fueron comunes los gigantes…” Budara se mostraba interesado, la princesa respondió con el entusiasmo de una joven al que su tutor le pregunta justo aquello que más había estudiado, “¡Sí! en Tribalia los gigantes fueron muy abundantes durante siglos, aunque ahora ya no quedan más que los restos de sus cuerpos y algunos de sus vestigios en sus cuevas” Aquello último, la princesa lo dijo con pena, como excusándose, como si en parte fuera culpa suya la desaparición de los famosos gigantes de Tribalia, “Así he escuchado…” respondió Missa Budara con una sonrisa amable y complacida, luego de un rato, su tez volvió a su expresión de profunda gravedad de siempre, “Princesa, debo hablar con usted algo mucho más serio, me temo que tenerla en Missa Pandur, ya no es seguro…” La princesa Viserina se tomó el comentario con madurez, ella ya se esperaba eso, sabía que estaba poniendo en riesgo al monasterio y a todos los que vivían allí. Ella ya se sentía bastante recuperada y estaba dispuesta a irse lo antes posible, no sin antes agradecer profundamente todos los cuidados y la hospitalidad de todos los monjes de Pandur, Missa Budara no movió ni un solo músculo, “Princesa, usted es libre de irse cuando usted quiera, pero todos aquí esperamos que nos permita seguir protegiéndola, pues si usted sale de aquí, puede que la suerte no la acompañe y caiga en manos de sus enemigos…” La princesa intentaba comprender, pero no lo conseguía, Missa Budara prosiguió, “…Princesa, sus hombres, los soldados que la acompañaban y la trajeron acá, han muerto, todos. El comandante Bragones estuvo aquí ayer. Al parecer le hicieron creer que usted también estaba entre los muertos, pero él no quedó del todo convencido. Vino para darnos su última advertencia de  que permitiera que sus hombres registraran nuestro monasterio, y por supuesto, como cualquier hombre sensato, se lo permití… se retiró bastante decepcionado” Budara esbozó una sonrisa que borro rápidamente, “Si usted me lo permite, me gustaría llevarla a un lugar mucho más seguro para usted…” Missa Pandur se encontraba en Cefiralia, y ella era princesa de Tribalia, y aquellos eran dos reinos que en esos momentos estaban en guerra. Era muy difícil para ella comprender por qué, además de ayudarla con sus heridas, ahora también la querían seguir protegiendo. Budara aspiró profundamente y se tomo todo su tiempo para expulsar todo el aire de sus pulmones, “Usted es una princesa, y algún día será reina. Es indispensable que personas como usted nos gobiernen algún día, porque eso no sólo beneficiará a su reino, sino también a todos sus reinos vecinos. Por eso le pido que nos permita protegerla hasta que podamos entregarla devuelta al resguardo de su pueblo y de su gente…” La princesa Viserina miró a su alrededor en busca de credibilidad a lo que estaba escuchando, y la encontró en la respetuosa reverencia de los monjes que estaban presente, no le pareció nada más apropiado que responderle a Missa Budara con la misma reverencia, “Missa Budara, estoy completamente a su disposición y profundamente agradecida por todo lo que está haciendo por mí, sólo me preocupa una cosa: si los hombres que me acompañaban, están todos muertos, con seguridad muchos creerán que yo también lo estoy. Sé que eso puede ser bueno para mi seguridad, pero me preocupa mi padre y su estado al pensar que yo he muerto…” Budara asintió con parsimonia, “Entiendo, enviaré a dos emisarios para que se comuniquen con su gente, no sólo para darle noticias suyas a su padre, sino también para acordar la mejor forma de llevarla de vuelta a su reino con total seguridad…”

Missa Poquelín era un hombre tan alto y corpulento como flemático, con una gran barriga natural que bamboleaba con cada paso que daba, sin embargo, cuando caminaba, tenía una marcha difícil de seguir y una agilidad poco habitual en alguien de su tamaño. Él fue el primero en ser elegido como emisario, el segundo fue Driba, era un muchacho sabidamente serio y responsable, además de muy avanzado para su edad. Ambos podrían moverse por este reino y el otro con total libertad amparados bajo sus trajes de monje, y ambos estaban dispuestos a hacerlo con celeridad para llevar a cabo su misión lo más rápido posible. Luego Missa Budara se dirigió a Nemir “Missa Nemir, he pensado en adelantar este año el entrenamiento de los novicios en el monasterio de Masdra, me gustaría que se preparara todo para viajar pasado mañana, Missa Badú le acompañará. La princesa Viserina y la pequeña Zaida también viajarán con ustedes” Missa Nemir respondió con una reverencia, pero inmediatamente le pareció oportuno recordar que en Masdra nunca se había permitido el ingreso a mujeres para el entrenamiento, Budara lo recordaba, “Pandur tampoco era la excepción, hasta ahora, sin embargo, las decisiones deben ser tomadas de acuerdo a las circunstancias y a los tiempos que corren. Llevarán una carta de mi parte para Missa Ramán, estoy seguro de que comprenderá la situación y sabrá qué hacer con sabiduría” Nemir respondió con una larga, silenciosa y respetuosa reverencia.

Gunta se hurgaba la nariz con toda comodidad tirado en su cama descansando luego del largo viaje, cuando llegó Ribo mirando a su alrededor, cauteloso de que no hubiesen monjes mayores cerca, “¡¿Qué?! ¡¿Nos llevarán a Masdra ahora?! Y encima iremos con Missa Nemir, ¡Genial! ¿Qué podría ser peor? ¿Nos llevarán con un caldero de agua sobre la cabeza o qué?” Aquel había estado prestando oídos a las conversaciones de Missa Budara y los demás, pero al decirle a sus compañeros lo que había averiguado, Gunta explotó en alaridos de indignación como buscando ser oído por todo el monasterio, “¡Cállate tonto! Se supone que no sabemos nada…” “Yo siempre he querido conocer Masdra…” mencionó Paqui tirado de costado sobre su litera, pero la mirada severa de sus compañeros lo hizo volver inmediatamente a sus asuntos, o sea, seguir descansando con la boca cerrada, “En Masdra te harán subir la montaña parado sobre las manos y llevando piedras calientes sobre los pies, y si no lo logras, tendrás que caminar sobre esas piedras… un campo entero de piedras calientes… mi hermano mayor estuvo allí una vez y él me lo contó” Advirtió Ribo a Paqui con total convicción, como un anciano tratando de impresionar a sus nietos, Paqui arrugó la nariz y retrocedió el rostro, como si la sola voz de Ribo ya le estuviera quemando la cara, “Tú dijiste que tú eras el mayor de tus hermanos…” replicó Paqui apenas audible, Gunta sonrió seguro de que sólo alardeaba, pero luego su sonrisa se borró como si hubiese recibido una bofetada, cuando supo que tanto la princesa como la pequeña Zaida irían con ellos también, “¡¿Qué?!...” La pequeña Zadí los observaba de lejos de forma muy intensa, pero no enterándose de nada, Gunta la miró y luego se lanzó de espalda sobre su cama frustrado, como si pudiera causarles algún daño a los dioses que marcaban su destino, “¡Genial! ¡Seremos los hazmerreír de todos cuando lleguemos allá acompañados de una chica y de una niña pequeña…! ¿Qué podría ser peor?”

En ese momento se oyó un trueno, luego otro y luego la lluvia comenzó a caer copiosamente, Gunta se dio la vuelta sobre sí mismo y se dio un frentazo contra su duro colchón, gruñendo y tapándose la cara. Pensaba que tendrían que salir en ese mismo momento a caminar bajo la lluvia, Ribo sabía que no era así, pero no dijo nada, sólo se recostó sonriendo complacido por el vano sufrimiento de su amigo. Paqui notó aquello, pero tampoco dijo nada, satisfecho de poder burlarse de otro, aunque sólo fuera internamente. Por su parte, la pequeña Zadí estaba hecha una bola sobre su cama, como cuando viajaba hacia el monasterio de Missa Pandur, tapada con su manta hasta más arriba de la orejas.



León Faras.

jueves, 11 de julio de 2019

Zaida.


IX.

“Siendo una niña, apenas mayor que la pequeña Zadí…” Missa Nemir hablaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared interna del gigante caído, “…Missa Samada pisó este lugar e inmediatamente se sintió atraída por el gran poder que lo inundaba, algo muy grande había pasado aquí, provocado por fuerzas enormes que habían impregnado todo el valle con sus residuos. Ella los sentía, como quien siente la brisa o el calor del sol. Se quedó dos días en los que no comió nada, sólo bebió un poco de agua, siendo tan joven, no le iban a permitir un ayuno como ese, pero ella insistió, diciendo que la comida entorpecía sus sentidos y que los necesitaba para navegar. Se sentó ahí, en la roca donde ahora está Pimbo, cerró los ojos, y permaneció así por horas, cuando los abrió, dijo que los había visto moverse, muy, muy lejos en el tiempo, un tiempo en el que ella era una mujer adulta con una enorme cantidad de cabello negro ondulado y vestida de color arena, eso dijo, el viento le golpeaba la cara y sentía miedo de ver esos colosos cobrar vida. Por eso es…” “¿Eran de los buenos o de los malos?” preguntó Gunta, que parecía muy interesado en la historia. Missa Nemir lo miró severo, no era correcto interrumpir de esa manera a quien estaba hablando algo, pero por otro lado, le pareció bueno el interés del muchacho, “No siempre hay buenos o malos, Gunta, de hecho, casi nunca los hay, todo depende de dónde esté parado el observador. En este caso, ella no pudo saber de qué lado estaban, no supo decir si eran defensores o invasores, sólo sabía que daban mucho miedo y que algo o alguien les había dado vida con un gran poder y algún propósito. Este lugar está envuelto en ese poder, este lugar nos recuerda que la naturaleza y el alma humana pueden ser mucho más de lo que se ve a simple vista, que la grandeza no termina con lo que podemos ver sino que, con lo que podemos sentir, por eso es que visitamos este lugar cada año, por eso es que están aquí hoy ustedes, para que no olviden, en la cotidianeidad de sus vidas…” pareció querer recordar una cita antigua, “…Lo grandioso que es el mundo, cuando nadie lo está mirando” Gunta y los demás muchachos se miraron entre sí, Paqui se encogió de hombros, como si alguien esperara una explicación inteligente de parte de él. Aquello último no les pareció tener ningún sentido.

Pasaron la noche en un refugio cercano, construido dentro de una cueva especialmente para cuando hacían esos viajes. Comieron, bebieron té y durmieron abrigados por mantas y un buen fuego que fue alimentado por el monje que estuviera de guardia, no tanto por que llegaran desconocidos, aunque, ahora que el país estaba en guerra, era una precaución justa, sino porque debían asegurarse de que ninguno de los más jóvenes saliera por la noche a hacer travesuras. Driba y Girú hicieron la primera guardia, Missa Nemir la segunda y Badú la tercera, en esta última, fue en la que la pequeña Zaida despertó, abrió los ojos violentamente y al no reconocer su casa, se incorporó asustada, tardó algunos segundos en volver a la realidad, para cuando lo hizo, Missa Badú ya llegaba a su lado para tranquilizarla. No le dijo nada sobre su sueño, pues todavía estaban atoradas las palabras en su boca, pero no era difícil de suponer que sus sueños simples se basaban en su hogar, en su familia, sobre todo con su madre, y en el miedo y dolor que inundó toda su aldea y su vida de una sola vez, la última vez que estuvo con ellos. La princesa Viserina también estaba despierta, abrazó a la niña y se acostó junto a ella, la niña también la abrazó, aunque no se volvió a dormir; Badú les hizo una reverencia con una suave sonrisa y regresó a su puesto. El alba ya se anunciaba, pronto emprenderían el regreso a Pandur.

Gunta se restregó la cara con brusquedad para despertarse, e inmediatamente se abrazó a sí mismo para proporcionarse calor, era una mañana muy fría. Con sorpresa y algo de rencor, miró a Missa Nemir entrar al refugio, arremangado, con el pecho destapado y el caldero lleno de agua fría de las vertientes en sus poderosos brazos, para preparar el té: ese hombre parecía jamás sentir frío, nunca, de hecho, ahora que lo pensaba, Missa Nemir no parecía nunca demostrar ninguna de las necesidades o debilidades humanas. Por supuesto que las tenía, pero para unos novicios como ellos, no eran fáciles de ver o comprender. A su lado, Ribo, mucho más astuto y eficiente, ya tenía preparado el bulto con sus cosas para el viaje, y se daba calor restregándose las manos y dando saltitos en su puesto, más allá, Paqui trabajaba en ordenar sus cosas, lo hacía mucho más lenta y cuidadosamente, todo lo hacía así, debido a su miopía, “¡Gunta, mira a tu alrededor, ¿Podemos saber qué estás esperando para levantarte?!” El muchacho se puso de pie de un salto, había estado largos segundos observando cómo todos hacían algo, pero como un espectador, un ser superior ajeno al ajetreo de los simples mortales. El grito de Missa Nemir lo aterrizó. Luego del desayuno, caminaron todo el día, nada los retrasó, sólo se detuvieron unos segundos para observar una columna de humo lejana y decidir de qué aldea podía estar saliendo. Ribo miraba con desconfianza a la princesa Viserina que caminaba más adelante junto a la pequeña Zaida, “Ella es la princesa de Tribalia, es su ejército el que está arrasando con todo y quemando las aldeas… incluso la de la pequeña Zaida y míralas cómo caminan de la mano las dos, como si fuesen hermanas o algo…” Ribo hablaba en voz baja, como quien está conspirando, Gunta iba delante, “Ella sólo nació y ya era princesa, no tiene la culpa de eso, además, no creo que ella sea del tipo de personas que quema casas y mata gente…” Ribo lo miró de soslayo y con los ojos pequeñitos, “¿Acaso te gusta?” Inmediatamente se dirigió al que venía detrás, “¿Tú qué opinas, Paqui?” Para Paqui, todo el oxígeno del mundo era insuficiente en ese momento, “Tal vez… en su pueblo… también están quemando… aldeas” Ribo se volteó a mirarlo, aun sin dejar de caminar, como si necesitara cerciorarse de quién había dicho tal cosa, “¡No seas tonto, Paqui! ¿Crees que unos queman casas aquí, mientras los otros las queman allá? ¡Eso sí que sería tonto!” Paqui se encogió de hombros, no tenía ánimos ni aire suficiente para responder nada, Gunta lo hizo, “Si no lo han hecho ya, lo harán en cuanto puedan… como cuando te pateo el trasero y tú me persigues hasta patear el mío” “Eso es cierto…” dijo Paqui entre jadeos, sonriendo, Ribo volvió a voltearse “¡Cállate, Paqui!” y Paqui se calló.

“¿Cómo se siente, le duele la pierna?” Missa Nemir se retrasó un poco, dejando al orgulloso Pimbo en la cabeza del grupo, para hablar con la princesa Viserina que a ratos parecía cojear, “No, Missa Nemir, sólo un poco, pero puedo caminar sin problemas… no se preocupe por mí” “Ya veo…” respondió Nemir caminando a su lado, “…Qué bueno que no resultó herida de gravedad en ese ataque” la princesa llevaba muy buen paso apoyándose en un palo, a su lado, la pequeña Zaida caminaba tomada de su mano “Sí, debo estar agradecida con los dioses por eso…” Missa Nemir sonrió con condescendencia, la princesa agregó, “…Ustedes no creen en los dioses, ¿verdad?” El monje guardó silencio unos segundos, luego dijo, “Un hombre es atacado por unos bandidos, quienes lo matan para robarle. Luego, un hombre igual al anterior es atacado por los mismos bandidos, éstos lo hieren, pero el hombre logra huir con vida. Ahora, otro hombre es atacado por aquellos bandidos, pero resulta que el hombre va bien preparado para defenderse y él mata a los bandidos. Los tres casos son probables, y han sucedido en más de una ocasión, si yo le pregunto en cuál de esos casos se hizo la voluntad de los dioses, usted no podrá elegir uno de ellos, porque estará negando la voluntad de los dioses en los otros, y tampoco podrá elegirlos a todos, porque eso equivale a no elegir ninguno, porque si todos son voluntad de los dioses, da igual el resultado que sea, sería igual el hombre que mata injustamente, al hombre que muere injustamente. Para nosotros sólo existe un dios, que le dio la vida al mundo, consciencia a los hombres y estableció el equilibrio, el equilibrio es la paz y el bienestar perfecto, la armonía absoluta. Ese dios, no juega con los hombres a ponerles pruebas y ver qué es lo que hacen, es el equilibrio quien se encarga de eso y cada hombre es responsable del suyo, cada acto que decides hacer o no hacer, afecta tu equilibrio, para bien o para mal y repercute en tu destino” “¿La armonía absoluta…?” repitió la princesa con timidez, el monje prosiguió, “Dos fuerzas luchan permanentemente en todo el universo, la fuerza constructora y la fuerza destructora, cuando esas dos fuerzas son iguales, se anulan mutuamente, entonces surge el equilibrio perfecto, la armonía absoluta, la naturaleza, todo lo que podemos ver en el mundo, ya lo tiene, se le fue dado, fue creada así, es el hombre el único ser vivo que provoca el desequilibrio, debido a la consciencia que se le fue otorgada. Encontrar el equilibrio, a pesar de nuestra consciencia, es el único objetivo válido y la más grande necesidad de todo ser humano. Es el camino a la perfección.”



León Faras.

jueves, 20 de julio de 2017

Zaida.

VIII.

El día comenzó como cualquier otro en Missa Pandur, dejando rápidamente atrás el episodio de la noche anterior. Missa Nemir entró en la habitación de los monjes más jóvenes para despertarlos haciendo sonar una campanilla colgada en medio de los dormitorios, era un sonido agudo y persistente que con la práctica, el cerebro de los muchachos esperaba para activarse, salvo por el de Gunta, que por lo general necesitaba de estímulos extras para despertarse y seguía soñoliento incluso una vez fuera de la cama, rascándose despreocupado las cavidades de su cuerpo y orientándose como si fuera primera vez que despertaba en esa habitación. Ribo se había dormido tarde esa noche, pero más disciplinado, se incorporaba de inmediato y se sentaba en la cama, dio un bostezo tan largo y profundo que fue bruscamente interrumpido por una distraída polilla que de pronto se vio absorbida por un abismo oscuro y húmedo. El repentino ataque de tos del muchacho provocó una explosión de risa a Paqui quien tuvo que llevarse una mano a la boca para contenerla, ante la expresión de cabreado que tenía Ribo, con el sentido del humor propio de quien recién se está despertando. La pequeña Zaida era tratada con deferencia por el severo Missa Nemir, debido a que acababa de pasar su primera noche en el monasterio y no conocía la rutina, pero bajo las mismas condiciones que los demás. Un pequeño traje de monje le esperaba doblado junto a su litera. El delgado colchón y las cobijas eran sacudidos y colgados para que todo se ventilara y luego se iban a los baños, donde cada uno disponía de una cubeta, de una porción de agua caliente y de un trapo para asearse antes de desayunar. El desayuno era un ritual en sí mismo que la pequeña Zaida también debía aprender, Missa Yendé, encargado de la cocina, llenaba el cuenco de cada monje con una porción de cebada con miel de abejas silvestres que era recibida en silencio con una reverencia de gratitud. Los más jóvenes siempre estaban al final de la fila, simplemente porque se tardaban más en estar listos, y de estos, por lo general Paqui era el último, pero hoy tenía un ligero aire de orgullo por tener a la pequeña Zaida parada tras él, vestida con un atuendo idéntico al de los demás, adaptado a su menuda figura, pero ese orgullo se evaporó cuando vio a Missa Nemir llenar una escudilla y dársela a la pequeña que aun no tenía una donde comer “Esta será para ti, mañana esperarás tu turno como todos, ¿comprendes?” la pequeña Zaida, imitando a los demás, hizo la correspondiente reverencia y se fue a sentar, Nemir no pudo contener una sonrisa “Aprendes rápido, pequeña Zadí…” Mientras Ribo seguía la regla de comer despacio y masticar bien, Gunta se atiborraba la boca con grandes cucharadas de cebada y sólo hacía la pantomima de que masticaba concienzudamente cuando alguien lo miraba, esa era la razón por la que siempre tenía hambre, a pesar de ser un glotón.

En el monasterio, había dos labores que eran elementales: El cuidado del huerto de cebada y la recolección de leña, ambas eran cosas que no debían descuidarse nunca, así como el aseo y la oración, una oración que se hacía en lugares abiertos, como el gran patio de rocas y que era enfocada hacia la gran obra, la creación, el conjunto sincronizado y coherente que formaban todas las cosas del universo, incluido el tiempo y de cómo el humano dentro de su conciencia, debía conectarse con él como parte elemental de un todo. En su habitación, la princesa Viserina se recuperaba rápidamente y hasta ya comenzaba a caminar con la ayuda de una vara de madera a modo de cayado. Con el pasar de los días se hacía más evidente que los dos hombres enviados por Bardo para dar aviso de su situación, no habían conseguido su objetivo y era posible que incluso fuera considerada muerta por su propia gente, “Por el momento, es lo más conveniente. Cuando ya esté recuperada, encontraremos la forma de que se reúna con su pueblo” Missa Budara hablaba con ella con frecuencia, siempre en un tono conciliador y amable, como se trata a una visita a quien uno está satisfecho de recibir y atender, por su parte, la princesa respondía a todo con humildad, recibiendo con gratitud la monótona comida que se le ofrecía y la modesta ropa para reemplazar sus finos atuendos. Era una muchacha sencilla que se ganaba de manera natural el afecto de quienes la rodearan, su condición de princesa sólo era un accidente del destino que no condicionaba para nada su forma de actuar. Como una manera de agradecer y retribuir, la princesa cogía una escoba y barría el suelo de su habitación y de los pasillos sin que nadie se lo pidiera ni se lo impidiera, pues esa era una labor que todos hacían, desde el más antiguo al más joven de los monjes, lo que la hacía una gran forma de integrarse a la comunidad. En eso estaba, cuando una persistente mirada la hizo detenerse, una mirada de recelo de un muchacho que parecía no estar seguro de que si lo que veía era real o no. La princesa sonrió amable, “¿Cómo te llamas?” el muchacho respondió en tono de pregunta, “¿Gunta?” la princesa dejó de barrer para hacer una suave referencia, “Estoy honrada de conocerte, Gunta. Yo soy Viserina” “¿Es cierto que eres una princesa?” Gunta tenía serias dudas, pues de pronto había desaparecido de la figura de esa muchacha todo el aspecto principesco y ahora, vestida de monje, con el cabello tomado en una simple cola de caballo, una escoba en las manos y ese andar corto y lento por la herida en su muslo, se veía tan lejos de la realeza como él mismo “Sí… aunque se trata de algo que en realidad no tiene méritos, es de esas cosas que sólo naces y ya son como son” Se justificó la princesa encogiéndose de hombros, Gunta pareció luchar contra negros nubarrones en su mente durante algunos segundos, hasta que al fin tuvo un rayo de luz que iluminó todo su rostro “Ah, es como nacer pobre. Nadie se esfuerza demasiado por serlo, solo naces y ya está… ¿no?” la muchacha lo pensó brevemente, como si algo no encajara del todo, pero luego asintió sonriendo, lo que lo hizo sentir orgulloso de sí mismo a Gunta.

La princesa Viserina dirigía la mirada de uno a otro de los monjes con ansiedad, como una adolescente que busca que sus padres se pongan de acuerdo para que la dejen ir a una fiesta. Budara miró al monje curandero, inmune a la angustia de la muchacha por recibir una respuesta “¿Passel?” “En lo que a mí respecta, creo que un buen vendaje sería suficiente si tiene cuidado y se toma las cosas con tranquilidad…” “¡Lo haré!” interrumpió la muchacha emocionada por ese punto a su favor. Budara dirigió la mirada al otro lado, todo lo hacía con desesperante lentitud “¿Badú?” este meditaba mirando al piso, “Es una princesa y nos hemos comprometido a cuidar de ella, toda precaución será poca. Sin embargo, estoy seguro de que este viaje, sería de enorme beneficio tanto para la muchacha como para la princesa. Creo que debe ir.” Budara asintió pensativo “¿Nemir?” “Estoy de acuerdo con Missa Badú…” dijo este, parado junto a la princesa Viserina “…toda precaución es poca, pero siempre es así con todos nuestros novicios, sugeriría que se le cortara el pelo para que se asemejara al resto de los muchachos, eso la ayudaría a no llamar innecesariamente la atención” Entonces Budara se dirigió a la princesa para saber si esta estaba de acuerdo con todo lo que había oído. La princesa asintió con rapidez, ni siquiera cortarse el cabello le molestaba en absoluto. Se trataba de un viaje a un sitio sagrado del que sólo había oído hablar, pero al que poca gente podía llegar, apenas supo de que los monjes hacían tal viaje con los más jóvenes, solicitó que le permitieran ir, era probable que nunca más tuviera otra oportunidad. Budara finalmente aceptó, la princesa tuvo que contener su entusiasmo ante la sobriedad de los monjes. Iría al Valle de los Gigantes.

Era un día entero de viaje por la montaña, y no era que el lugar estuviera excesivamente lejos, sino que se hacía necesario dar amplios rodeos por angostos senderos que debían tomarse con mucha calma. Al frente iba Missa Nemir seguido de cerca y a buen paso por el pequeño y orgulloso Pimbo, tras él, su fiel amigo Picca, el carnero, cargaba sobre su lomo a la pequeña Zaida. La princesa Viserina venía después, demostraba ser una gran caminadora, su cojera era leve pero la compensaba con el entusiasmo que le provocaba el viaje, disfrutaba de la compañía de Gunta, Ribo y Paqui que no paraban de presumir de sus innumerables capacidades. Un poco más atrás venía Driba seguido de Girú, un chico de su edad. Cerraba la marcha Missa Badú. Los parajes eran sobrecogedores, de un preciosismo tal que podían admirarse durante horas sin que la vista o la mente se cansaran de lo contemplado. La roca, la vegetación, el agua, las nubes, todo se mezclaba en cantidades que variaban cada pocos pasos y ofrecían una nueva definición a la belleza natural y lo mejor es que eran la única vida humana que podía verse hasta donde la vista llegaba, y en esas alturas, la vista llegaba muy lejos. Caminaron todo el día, sin apenas detenerse para comer hasta el atardecer, cuando se detuvieron para descansar, encender un fuego, cenar y dormir, el valle ya estaba cerca, pero también la noche. Los muchachos tenían gran curiosidad de hacia dónde iban, al igual que la princesa, sólo habían oído historias sobre el Valle de los Gigantes, historias fantásticas que seguramente distaban mucho de lo que en realidad encontrarían. “Cuando lleguemos, comprenderán todo lo que se ha hablado acerca de ese lugar…” dijo Nemir compartiendo un pan de cebada y un trozo de queso y luego agregó “Cómelo despacio Gunta, no sólo debes llenar tu estómago con él, también tu mente…”

Al alba reanudaron la marcha, la abundante neblina de la mañana era como un telón que sólo está para generar expectación, el valle estaba allí, amplio, cubierto de hierba amarilla, alta hasta la rodilla de un hombre y encajonado por las cumbres de las montañas cercanas. Los monjes mayores, dejaron que los jóvenes descubrieran por sí solos la grandeza del lugar. Profundo en la neblina apareció la silueta del primer gigante, medía por lo menos diez metros de altura, erguido, parecía estar torcido hacia atrás por la cintura con un brazo estirado frente a él, como un marinero que divisa tierra, señalando un punto perdido en el tiempo. La princesa se quedó inmóvil, ligeramente intimidada, la pequeña Zaida a su lado le apretó la mano. “¿Se va a mover?” preguntó Paqui en verdad preocupado, volteando un poco la cabeza, pero sin despegar los ojos. Ninguno de los muchachos se atrevió a responderle. Avanzaron con toda precaución, incluso Ribo, que era el más osado de todos, mantenía una actitud de sobrecogimiento. Antes de que el primer gigante se revelara con claridad entre la niebla, dos más aparecieron varios metros tras él, tenían el mismo impresionante tamaño pero sus posturas eran diferentes, uno estaba doblado a la mitad, con ambas manos hacia el suelo, como un campesino que cosecha en su huerto, el otro estaba en una posición guerrera, dando una zancada enorme, con los brazos colgando a los lados levemente despegados del cuerpo, amenazantes. Aquel lugar definitivamente tenía algo muy raro en el aire, algo que atraía lo mismo que intimidaba. Cuando se acercaron al primero de los gigantes, ya podían verse al menos otros diez, desperdigados por el valle, todos en posiciones y actitudes diferentes, sin embargo, ver a uno de ellos de cerca, era una experiencia distinta. Estaban construidos de madera, de tablas perfectamente encajadas unas con otras y contenidas por sogas, huecos por dentro como barriles. No tenían articulaciones, sino que los movimientos de sus cuerpos, parecían construidos con complicados quiebres de la madera, donde podían verse algunas tablas torcidas y dobladas de manera imposible, para que encajaran de forma única y perfecta en el cuerpo del gigante y en su postura, incluso algunas tablas se podían ver separadas unas de otras por pequeños trechos en sus extremos, como si hubiesen sido forzadas por un estiramiento colosal, esos mismos espacios, habían sido aprovechados por innumerables generaciones de aves para hacer sus nidos. Tocarlos por primera vez, era casi como entrar en contacto con algún dios remoto y desconocido, con el vestigio de una fuerza misteriosa. Gunta dio un grito en ese momento, porque había descubierto algo increíble, incluso la princesa se acercó, siempre tomada de la mano de la pequeña Zaida, llegaron junto al gigante que parecía congelado en medio de una enorme zancada, como si quisiera aplastar a alguien de un pisotón, había algo imposible en él, el pie de delante, apenas sí rozaba la hierba, manteniendo el descomunal peso de su cuerpo sostenido en el aire, apoyado en un solo pie, pero con todo el peso de su cuerpo ya lanzado sobre el otro. Mientras los muchachos se entretenían poniéndose debajo y experimentando por breves segundos la ansiedad de estar a punto de ser aplastado por un coloso, la pequeña Zaida se vio interesada en otro gigante que yacía cerca: El arrodillado, este se encontraba muy dañado, su pie estaba destrozado, por eso apoyaba una rodilla en el suelo, mantenía uno de sus brazos estirado al frente, como un derrotado que no desea luchar más, sin embargo, lo más llamativo era un gran agujero en su cabeza y en pleno rostro que daba la impresión de que era una boca enorme abierta en un grito mudo que parecía inquietantemente de miedo. Por otro agujero en su muslo, la pequeña Zaida parada en la punta de los pies, y la princesa Viserina de pie a su lado, echaron un vistazo al interior del gigante esperando encontrar algo fascinante, pero sólo la vista era espectacular, porque el interior era hueco, oscuro, cruzado por haces de luz y habitado por numerosos pájaros que tenían sus hogares ahí.


Cuando pasó la impresión del primer momento, se reunieron todos en el interior del cuerpo de un gigante caído, con su enorme torso destrozado, su interior, donde el sol se colaba por las rendijas y la hierba colonizaba el suelo, era como una gran bóveda inundada de una energía misteriosa y desconocida, allí se encontraba Pimbo, sentado sobre una roca con los ojos cerrados. Eran en total 16 gigantes, nadie sabía quién los había construido, cómo o para qué, solo se podía deducir que llevaban cientos de años allí, tal vez mil, inmóviles, congelados en la misma posición y en el mismo lugar, como si alguna vez hubiesen tenido vida y esta los hubiese abandonado súbitamente. 


León Faras. 

sábado, 29 de abril de 2017

Zaida.

VII.

El comandante Bragones, era un hombre serio y con un valor como soldado que nadie se atrevería a poner en duda, pero con muchos años de acostumbramiento a una autoridad incuestionable que lo habían dotado de cierta arrogancia en su modo de actuar. Él no podía titubear al momento de dar una orden, así como sus subalternos no podían dudar para cumplirlas, así era siempre y en todas partes donde iba, por ello, es que al llegar a Missa Pandur, lo hizo con la misma soberbia con la que un hombre con mucho dinero en los bolsillos, entra en un burdel. Budara salió a recibirlo en compañía de Nemir, Driba, Badú y otros monjes, lo saludaron con una profunda y respetuosa inclinación que el capitán recibió casi con impaciencia, “Tengo informes de que usted alberga y protege enemigos de la nación en su monasterio, ese es un delito grave. Entréguemelos de inmediato o entraré por ellos” Missa Budara lo miraba desde su imponente altura con exasperante pasividad, “Me pregunto si usted no confunde informes con suposiciones, comandante”; “Yo jamás confundo absolutamente nada, Budara…” respondió el militar clavándole una mirada profundamente agresiva, “…pero usted sí confunde su deber humanitario, con la alta traición y me temo que también las consecuencias, eh” “Me pregunto quién está realmente capacitado para hablar de consecuencias” La voz del monje era suave y tranquila pero su rostro permanecía severo e inflexible, con una autoridad que rivalizaba fuertemente con la del comandante. Muy atrás, ocultos en la oscuridad del monasterio, Ribo y Gunta observaban nerviosos la escena. Apenas podían oír lo que se hablaba,  “Esto va a terminar mal, te lo aseguro. Es el fin de Missa Pandur” dijo Gunta, profundamente nervioso y fatalista, Ribo, que estaba mucho más interesado en lo que sucedía, que en lo que podía suceder, lo mandó a callar enojado “¡Shhh! No me dejas escuchar…” El comandante Bragones perdía la paciencia “Estamos en guerra. Puedo ejecutarlo ahora mismo por traición y también puedo tomar su monasterio y todos sus recursos si lo considero pertinente…” Entonces una voz infantil pero de firme consistencia lo interrumpió tajantemente “Ignorar la verdadera esencia de la vida es una ilusión de poder para el hombre necio” Bragones no lo podía creer, tuvo que inclinarse hacia un lado para poder ver la pequeña figura de Pimbo, erguida algunos metros detrás de Budara, con su actitud resuelta y su expresión de hombre grande. Salvo quizá por Gunta, a ninguno de los monjes presentes pareció sorprenderle su intervención. El capitán volvió la vista a los ojos de Missa Budara como buscando una explicación, este permanecía impasible “Es un alma antigua, muchas generaciones hablan a través de él” El comandante Bragones desenvainó su espada “Es la nación quien habla a través de mí. Hágase a un lado Budara, su vida y la de sus monjes dependen de ello” Nadie se movió.

En las afueras del monasterio, y por detrás de este, entre las montañas, Bardo y sus hombres se alistaban para cabalgar, uno de los soldados se veía muy mal, tenía una herida que le había hecho perder demasiada sangre, estaba consciente, pero débil. En ese momento apareció Missa Yendé, traía un manojo de ropa y encima de esta una diminuta botella de arcilla, “Aquí tiene lo que necesita” Bardo la recibió y se la entregó a otro soldado a su lado quien tomó el bulto con duda y una tensa mirada de preocupación, que su superior evitó enseguida para dirigirse al monje nuevamente “¿Qué tan efectivo es?” Yendé miró al herido con infinita congoja, “Bastante, aunque no es tan rápido. Le recomiendo que se lo dé ahora” Bardo asintió con gravedad, el monje respondió con una decorosa reverencia “Desearía haber podido hacer más. Suerte y que al final de su camino encuentren la paz” Luego se retiró rápidamente sin esperar respuesta.

“Veremos quién es el necio” dijo Bragones levantando su espada por el lado contrario para atacar a Budara con ella de revés, sin embargo, el brazo del monje se movió rápido, certero y de improviso como el ataque de una serpiente, atenazando la muñeca del comandante con una fuerza muy poco habitual en un hombre de su edad, tanto así, que el militar no pudo liberarse al primer intento, ni al segundo “No se equivoque comandante. Aquello que busca, no lo encontrará aquí” Budara le soltó el brazo. Bragones quedó realmente impresionado, él era mucho más joven y mejor preparado físicamente que un monje que dedica su vida a la oración y al silencio, la rapidez y la fuerza de ese hombre eran incongruentes, y provenían de algo que él no llegaba a comprender. Realmente sintió deseos en ese momento de ordenar a sus hombres atacar y pasar por encima de quien se opusiera a su avance, pero algo lo reprimía, quizá algo en la inquietante mirada serena y en la actitud pasiva de todos esos monjes que simplemente se le oponían con una paz férrea, o quizás una pequeña luz de sensatez en su mente o tal vez miedo, el antiguo miedo a lo desconocido o incomprensible. Fueron largos segundos hasta que uno de sus hombres avistó un grupo de jinetes que huían por un camino cercano, llevaban antorchas y por sus estandartes y uniformes, se podía ver que eran la guardia personal de la princesa Viserina. “Espero por su bien, que todo esto no haya sido más que un truco para darles tiempo a esos hombres para huir…” Dijo Bragones antes de subirse a su caballo y ordenar a sus hombres que persiguieran a los fugitivos.

A pesar de que Bardo y su grupo le sacaron buena ventaja a sus perseguidores, finalmente fue fácil encontrarlos, pues habían encendido una inmensa hoguera que era visible desde muy lejos en la oscuridad. Estaban en un pequeño claro dentro de un bosquecillo de árboles secos junto a un frío y rocoso riachuelo, cuando Bragones llegó, los encontró en actitud de profundo respeto frente a un cuerpo que ardía en llamas, se habían despojado de sus armaduras y las habían amontonado contra un árbol, en la pira, aun se podía ver parte de los coloridos atuendos de la princesa Viserina quemándose. El comandante quiso acercarse para ver el cadáver de cerca pero los hombres que lo custodiaban se lo impidieron de inmediato con las puntas de sus espadas apuntándole a la garganta, Bragones sonrió sarcástico, “Hoy parece que el mundo se levantó con deseos de llevarme la contraria, eh” Su ventaja era arrolladora, eso le daba confianza y lo ponía de buen humor. Se quitó el yelmo para rascarse la cabeza y se lo volvió a poner. “¿De quién es el cuerpo que está en la pira, soldado?” Bardo respondió, “No pierda el tiempo, comandante, usted tiene un deber que cumplir y nosotros también” Bragones lo identificó como el soldado de mayor rango y se paró frente a él, “Y su deber es mantener con vida a su princesa, eh” “Nuestro deber está aquí, comandante” El tono de Bardo era levemente insolente, Bragones dio un paso más cerca, amenazante “Dígame, ¿De quién es el cuerpo que está en la hoguera?” Bardo lo miró a los ojos sin dejarse intimidar “¿Quiere estar seguro de que ese cuerpo es de la princesa Viserina?” “Exactamente eso quiero, soldado” Bardo dio un paso atrás y empuñó su espada listo para luchar, “Podrá cerciorarlo usted mismo cuando llegue al otro mundo” “Entiendo…” dijo Bragones sacando su espada, al tiempo que, de todos los presentes en aquel lugar, aquellos que no tenían ya su espada en la mano, le imitaron. Luego agregó, “…Que así sea entonces”


Bardo y sus hombres, doce en total, encontraron la muerte que esperaban, luchando por su princesa hasta el final. El soldado número trece, aquel que estaba demasiado débil para empuñar una espada, aceptó una muerte distinta, se bebió el veneno que Missa Yendé les trajo y se vistió con los atuendos de la princesa Viserina antes de tomar su lugar en la pira. Fue una batalla corta cuyo final ya estaba zanjado desde antes que comenzara. Bragones solo perdió a tres de sus hombres, imprudentes que subestimaron a sus enemigos. Al terminar la lucha, el comandante se quedó largo rato mirando el cuerpo carbonizado entre los restos del fuego, aquello que veía era imposible de identificar. Antes de retirarse, un hombre se le acercó, era un tipo astuto y malicioso al que llamaban Tasco, a Bragones no le terminaba de agradar, “Señor, me he dado cuenta de una curiosidad…” dijo con sobreactuada humildad, “…he contado las armaduras, son trece en total, mientras que solo se pueden ver doce cadáveres, bueno, trece si contamos el que está calcinado también… ¿No le parece curioso que la princesa también llevara armadura?” Luego se retiró haciendo una innecesaria reverencia, le encantaba eso de sembrar una duda y luego retirarse, le provocaba un placer similar al de quien gana una discusión gracias a la solidez de sus argumentos, pero reemplazando la inteligencia por la suspicacia, sin embargo, Bragones ya tenía esa duda desde mucho antes y tarde o temprano tendría que resolverla, por el momento su trabajo allí ya había terminado.

León Faras.

jueves, 16 de febrero de 2017

Zaida

VI.

Apenas se encontró dentro del templo y tendida en una mesa cubierta de paños y telas, la princesa Viserina se abandonó a sí misma y permitió a su cuerpo relajarse, a su mente consciente desconectarse y a los monjes trabajar. El lugar era amplio, iluminado con numerosas velas, y rodeado de algunos monjes que simplemente oraban en silencio. Missa Yendé trajo con toda solemnidad un cuenco con un poco de líquido soporífero para que la princesa lo bebiera, pero al encontrarla desmayada, se lo dio él mismo, empapando un trozo de tela en el líquido y estrujándoselo en los labios, hasta asegurarse de que la princesa entrara en un sueño profundo. Missa Passel, era el más preparado en el arte de curar personas y animales, conocía desde las oraciones más poderosas para sanar el cuerpo y la mente, hasta las hierbas más beneficiosas en el tratamiento de malestares y heridas. El monje limpió el corte en el hombro de la muchacha minuciosamente hasta asegurarse de que no tuviera rastros de suciedad ni indicios de infección, luego la coció, le puso un emplasto de hierbas y lo vendó todo. Luego continuó con la flecha clavada en el muslo de la princesa, esto era algo complicado, en la zona había arterias capaces de drenar un cuerpo completo en minutos. También la extracción de la flecha era algo que se debía trabajar con precaución, debido a la gran variedad de puntas que existían: Las forma de hoja, de punzones, triangulares, romboides, cola de golondrina, de medialuna, además de esas malditas desmontables que podían soltarse dentro de la carne o de órganos al intentar removerlas. Passel decidió que la forma más fácil y rápida era también la más factible, atravesarla, pues esta había entrado en diagonal y su salida estaba próxima. Así que tomó la flecha firmemente por el astil, sujetó la pierna de la princesa con la ayuda de otro monje, y la empujó hacia dentro hasta hacer brotar la punta por el otro lado, luego cortó la cabeza de hierro y deslizó suavemente el astil hasta extraerlo. Una vez hecho esto, curó la herida de la misma forma que con la anterior.

Missa Budara era un hombre físicamente intimidante para quien no le conocía, en especial para la pequeña Zaida que, al verlo por primera vez, se refugió tras la figura protectora de Missa Badú. Tenía una postura erguida y recta que resaltaba su altura superior a la de los demás; su rostro era severo, como la de un juez inflexible y en su cuerpo magro y delgado, con cada movimiento se marcaban los músculos bajo una capa de fina piel. Sin embargo su voz, clara y pausada, acusaba sabiduría y benevolencia pero no daba ningún indicio de su avanzada edad. Missa Badú narró todos los acontecimientos desde que encontró a la niña, hasta su llegada a Missa Pandur, incluyendo las palabras de Missa Samada y la responsabilidad que esta había descargado en él, también el extraño incidente en el puente con aquel hombre que aseguraba servir a una doncella ensangrentada de la cual nadie había oído hablar. Budara observaba a la niña con la rudeza de un oficial al mando de un pelotón de fusilamiento, “Tu responsabilidad es nuestra, Missa Badú” respondió Budara pausado, “…ver más allá de lo natural, no es habilidad para cualquiera, pero comprender que el mundo no termina con la capacidad de nuestros sentidos, es deber de todos. La conciencia de la propia ignorancia, ya es sabiduría en sí. Debemos ser humildes y diligentes, Missa Badú ya que la grandeza y valor de un obsequio depende del que lo recibe y no del obsequio en sí mismo” Badú observó a la pequeña afable y luego a Budara, “Comprendo. Haré todo para ser digno de este obsequio” “Todos lo haremos” concluyó Missa Budara.

“¡Mierda, lo sabía! A veces no entiendo cómo pueden ser tan idiotas… esto está mal. Esto está muy mal y se pondrá peor… ¡Mierda!”

Ribo le dio una patada de frustración a la pared de piedra y luego se dirigió a la escalera, bajó, corrió por el pasillo pobremente iluminado y tomó otra escalera para seguir bajando. Algunos monjes encendían antorchas iluminando el monasterio, agazapado el muchacho, cogió las siguientes escaleras sin que lo vieran y siguió bajando. Ya era el ocaso y no debía andar correteando por ahí. Corrió hacia las habitaciones donde seguramente sus amigos ya se preparaban para acostarse, rogando no encontrarse con Missa Nemir en su camino. Se detuvo, espió por una ventana desde el pasillo y ya más tranquilo y confiado se aprestaba a entrar por ella cuando una mano lo agarró firmemente por el hombro “¿Qué rayos crees que estás haciendo? ¿De dónde vienes?” “¡Eres un idiota Driba! Casi me matas del susto” Ribo respondió con un empujón pero su captor no bromeaba y no lo soltó, “Será mejor que tengas una buena excusa o te quedarás toda la noche limpiando las letrinas” Ribo le descargó un pisotón que obligó a Driba a soltarlo, “Si crees que alguien dormirá esta noche, eres más tonto de lo que pareces” En ese momento apareció Gunta por la ventana “¡Cállense ya! Hasta Uri puede oír sus gritos… ¡Y tú, dónde diablos estabas! Missa Nemir preguntó por ti, le dije que te dolía el estómago, ¡así que es mejor que comiences a enfermarte ya! ¡¿Dónde diablos estabas?!” Ribo saltó por la ventana, Driba lo siguió, más intrigado ahora que enojado por el pie que aun le dolía. Debía admitir que Ribo siempre se enteraba de cosas interesantes. “¿Es que no lo ven?...” dijo Ribo, ya metiéndose a su cama sin siquiera quitarse la ropa, “…tenemos a una princesa enemiga aquí dentro, y un pedazo del ejército invasor allá afuera. ¿Cuánto creen que tardarán los nuestros en aparecer?” Gunta parecía estar haciendo complicadísimos cálculos matemáticos en su mente, a juzgar por la expresión de su rostro, un poco más allá, Paqui dormía con la boca abierta y un pie colgando. Driba comprendía, pero no aceptaba “No se atreverían a llegar hasta aquí. Además, solo cumplimos con la sagrada obligación de ayudar a quien lo necesite y de salvar una vida.” “Ya están aquí, tonto…” Respondió Ribo con forzada resignación “…los vi desde el mirador y les aseguro que vendrán por esa princesa…” “Es un gran botín, ¿no?” reflexionó Gunta con gravedad, “Esto es un monasterio sagrado, no se atreverían a entrar aquí” insistió Driba, pero Ribo no confiaba nada en eso “Piensa lo que quieras, pero yo esta noche dormiré con la ropa puesta…” En ese momento la voz de un monje los interrumpió “¿Por qué dices que dormirás vestido?” Ribo sintió que se le estrangulaban las tripas, se dio la vuelta abrazándose el estómago y con el rostro dramáticamente compungido, era Badú que traía a la pequeña Zaida para asignarle una cama allí, con los muchachos. Ribo se bajó de su cama, curvado, con los músculos apretados y dando pasitos cortos, “Missa Badú, es mi estómago… debo ir a las letrinas” Gunta lo miró sorprendido, pensando en lo bien que fingía estar enfermo, en la entrada apareció Missa Nemir, que hacía su ronda normal para asegurarse de que los jóvenes monjes estuvieran en sus camas, al ver a Ribo, se hizo a un lado de un salto, como si aquel tuviera algo contagioso “¡Por Pandur, Ribo! ¡Qué fue lo que comiste esta vez! ¡Date prisa muchacho!” Gunta se rascaba la cabeza, era increíble, hasta Missa Nemir le creía lo de su repentino malestar.


Los hombres que trajeron a la princesa Viserina, apenas trece en total, se habían refugiado en una pequeña pero amplia caverna que Uri les enseñó y que era usada como refugio para las cabras. El lugar olía a mil diablos, pero al menos estarían a cubierto y podrían encender un fuego que no llamara demasiado la atención, algo imprescindible, dadas las inclemencias del clima. El mismo Uri los proveyó de algo de queso y pan de cebada antes de irse al monasterio. Este era un hombre con el brazo derecho atrofiado, problemas de lenguaje y una inteligencia inferior a la normal, había sido criado por los monjes luego de ser abandonado por su familia y se había dedicado al cuidado de las cabras del monasterio, las que proveían a estos de leche y sus derivados, labor que realizaba con gran eficiencia. Bardo, ya había despachado a dos de sus hombres para avisar de su situación y para pedir refuerzos, y a otros cuatro para que montaran guardia, el resto comían algo y descansaban, para relevar a sus compañeros luego. Uno de los hombres que montaban guardia llegó alarmado, un destacamento enemigo se acercaba hacía el monasterio por enfrente, esto era algo que ya se temían, pues aquellos sabían que la princesa había resultado herida y habían seguido su rastro hasta Missa Pandur, el sitio más obvio para que la princesa recibiera ayuda en aquellas montañas desiertas. El problema era grave, ya que según el guardia, sus enemigos habían logrado reunir más hombres, siendo el destacamento que se acercaba, cercano a cien soldados. Este grupo, ya había sido avistado por Ribo desde el mirador del monasterio. Bardo y sus hombres estaban perdidos, no había forma de que los enfrentaran sin que aquello acabara en una muerte sabidamente inevitable, pero dolorosamente inútil de todos ellos. Entonces llegó Uri, señalando con dos palabras y muchos gestos que alguien lo acompañaba, aquel era Missa Budara, erguido y duro como un árbol se presentó en la caverna, ya había sido avisado del destacamento que se acercaba y venía a advertirles que no podría ayudarles con eso, pero que mantendría su promesa de proteger a la princesa, eso, si estaban de acuerdo con la proposición que les traía. 


León Faras.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Zaida.

V.

Ribo estaba tirado en el suelo, asomando apenas los ojos por una saliente de roca. El muchacho tenía un rostro inusual, marcado por una prominente frente y una nariz insignificante, que en ese momento se arrugaba al intentar descifrar lo que sucedía entre Uri y los monjes, que se divisaban a larga distancia abajo, en los pequeños senderos y planos rodeados de riscos y paredes de roca, dónde las cabras del monasterio se buscaban la vida, alimentándose de casi cualquier cosa durante los meses fríos. Junto a Ribo, Paqui empequeñecía los ojos y hacía inútiles muecas con la boca, tratando de distinguir más de lo que su miopía le permitía, “¿De qué crees que estén hablando?” preguntó este último y se sorbió los mocos sonoramente, “Tal vez alguna cabra se ha metido en problemas…” sugirió Gunta cómodamente encaramado en un pequeño árbol cercano desde donde observaba la escena “No…” dijo Ribo sin distraer su atención, “…eso, Uri lo solucionaría sin problemas. Debe de ser algo más…” “Sea lo que sea, seguro es culpa de las cabras.” Aseguró Gunta, seguro de sí mismo y se acomodó aún más sobre la rama que lo sostenía. En ese momento un reducido grupo de soldados enemigos apareció en el camino donde se encontraban los monjes, hablaron con estos sin desmontar de sus caballos, de pronto, uno de los soldados pareció atisbar algo en la altura y señaló con el dedo en dirección a los muchachos, lo que provocó una atolondrada reacción de estos, Gunta saltó del árbol, mientras Ribo se arrastró hacia atrás lo más rápido que pudo, de paso, jalando a Paqui con violenta urgencia, pues este nunca se enteraba de nada. Apenas comenzaban a correr cuando Paqui se detuvo precipitadamente, “¡La niña!” gritó, como si una idea que flotaba en su cabeza, de pronto hubiese tocado el suelo, haciéndose evidente. Gunta se detuvo en el acto, su mente se había quedado tan vacía como un cántaro roto. Ribo miró hacia atrás y vio cómo sus compañeros se habían empantanado hasta detenerse, vio sus rostros y se preguntó qué podía ser más importante que volver lo más rápido posible al patio dónde debían estar, entonces, su cerebro le susurró al oído algo que le había parecido oír hace un rato, pero a lo que no le había prestado importancia alguna, “La niña… ¿Qué niña?... ¡La niña!” entonces todos se miraron con la misma expresión en el rostro, la repentina preocupación de Paqui se había esparcido cómo un virus: Debían cuidar de la pequeña Zaida y la habían perdido. Se tomaron la cabeza, se giraron sobre sí mismos una y otra vez buscando con la mirada, se culparon entre sí y luego a Paqui, se atemorizaron a sí mismos con los peores escenarios posibles y sus correspondientes consecuencias y finalmente se dieron a planear una excusa medianamente creíble con la que nunca dieron, por lo que solo les quedaba una alternativa, “¿Decir la verdad?” preguntó Gunta con espanto en su rostro, “No, tonto…” respondió Ribo con convicción de líder “…Negarlo. Lo negaremos todo. ¿Han entendido?” y las miradas se posaron en Paqui, quien, en ese momento, se apretaba la cabeza con ambas manos, nervioso.

Los monjes fueron inflexibles en ese punto, cuidarían de la princesa Viserina y se encargarían de su protección pero no permitirían la presencia de ningún soldado en Missa Pandur. La princesa había sido herida en una emboscada mientras era trasladada a un lugar seguro, muchos de sus guardias personales habían muerto protegiéndola y los que habían sobrevivido, habían logrado sacarla de allí con vida, pero no indemne, pues la princesa tenía un corte profundo en su hombro y una flecha clavada en su muslo. Bardo, un viejo y experimentado soldado, el de más alto rango de entre los sobrevivientes, decidió llevarla al monasterio antes de continuar el viaje, aun a sabiendas de que los monjes no le permitirían quedarse, pues era evidente que la muchacha no sobreviviría sin el reposo y los cuidados necesarios, pero tampoco la abandonarían, pues solo la muerte los libraba de su responsabilidad y ellos aun estaban con vida, por lo que acamparían cerca y esperarían el tiempo que fuese necesario.

Los muchachos llegaron al patio y aun jadeantes por la carrera, se pusieron a barrer con un apremio exagerado y acusador, pero se detuvieron al ver pasar a los monjes tirando de un caballo que, a paso lento y sosegado, cargaba a una mujer joven, que parecía resistirse estoica y digna al dolor y a la debilidad por la pérdida de la sangre que manchaba todo su brazo y buena parte de su ropa. Driba se adelantó y varios monjes más salieron a ayudar a bajar a la princesa del caballo y llevarla dentro del monasterio con cuidado. En ese momento Paqui tuvo la inspiración de mirar a su lado y se encontró con la presencia de Missa Badú que lo observaba afable y sereno parado a escasos dos metros de él, entonces, su precaria estabilidad emocional se perdió, se puso nervioso, y sin ninguna razón lógica comenzó a negar con la cabeza, que era lo único que recordaba que le habían dicho que hiciera. A su lado, Gunta se hurgaba la nariz distraído, observando todo el movimiento provocado por la llegada de la princesa, mientras Ribo gruñía en voz baja, “Este lugar se está llenando de chicas…” Entonces un grito agudo y estridente los alertó, el grito de una niña pequeña.

Cuando los muchachos decidieron ir a espiar lo que sucedía con los monjes que salieron precipitadamente, debieron llevarse a la pequeña Zaida con ellos, por lo que Gunta la cargó trabajosamente para no quedarse atrás y perderse de esa pequeña y deliciosa aventura. Una vez allí, este, decidió subirse a un árbol para tener una mejor vista que nadie y le endosó la responsabilidad a Paqui, quien nunca tenía ánimos de negarse a nada cuando las cosas se las pedían en tono de mando, entonces Paqui, pretendiendo tener cierta autoridad natural sobre la pequeña recién llegada, pensó hacer lo mismo con esta, y le ordenó, con un tono fingidamente serio y adulto, que no se moviera del lugar donde estaba, creyendo ilusamente que la niña simplemente obedecería y tal vez lo hubiese hecho, de no haber sido por la voz que comenzó a llamarla, entre dulces susurros de cuna y conocidas melodías, sonaba como su hogar, como su madre. Zaida caminó y rápidamente la montaña la ocultó de sus distraídos cuidadores, alejándose por un sendero que cada vez se volvió más peligroso, pero que no le despertó temor alguno, porque no era capaz de percibirlo como tal, envuelta en alucinaciones que la llevaban a su mundo extinto, a sus seres queridos que aparentaban real existencia, pero que se mantenían intocables. Siguió así hasta que una voz le ordenó detenerse, una voz parecida a la de Paqui, pero que sí tenía autoridad, una voz que la inmovilizó materialmente a pesar de que la niña, con débiles fuerzas intentaba seguir caminando, una voz a la que también obedecieron sus alucinaciones y se desvanecieron sin luchar, entonces la niña despertó, se vio atrapada por un lazo que la retenía parada al borde de un peligroso risco, el cual, le devolvió la voz en ese momento surgida en forma de un agudo y ensordecedor grito de pánico que duró todo lo que tenía que durar y ni un segundo menos, entonces Zaida volteó hacia el otro extremo de la cuerda que la retenía y vio lo que parecía ser otra alucinación, pero que en realidad solo se trataba del pequeño Pimbo montado en Picca, su carnero. Pimbo, era el más pequeño de los habitantes de Missa Pandur, sin embargo, algo mayor que la niña, su historia era particular, una vez se perdió en la montaña y pasaron seis meses sin que nadie pudiera encontrarlo, luego de que ya todos lo daban por muerto, Pimbo regresó montado en su carnero, cubierto con una piel y con una expresión de hombre grande en el rostro, hablando de los espíritus, de un templo en el que los fuegos ardían en el aire, y de largas oraciones milagrosas que se habían metido en su cabeza por sí solas y que le habían alimentado y abrigado durante días. Aquel templo era conocido y visitado por algunos monjes, pero de los espíritus y los fuegos, solo podía dar fe el niño. Los monjes lo reconocieron como un alma poderosa, y el niño pasó a formar parte de Missa Pandur.


Pimbo desmontó de su carnero y se acercó a la pequeña Zaida con palabras que la tranquilizaron y le dieron confianza, la tomó de la mano y lentamente, sin que el niño dejara de hablarle, comenzaron a caminar de regreso hasta que el peligro pasó, mientras Picca, el carnero, como si pudiera entender perfectamente la situación y su papel en esta, retrocedía gradualmente manteniendo la cuerda tensa. En ese momento apareció Badú acompañado de los descuidados muchachos a quienes les había encargado el cuidado de la niña, estos ya daban por sentado que recibirían algún castigo, sobre todo Gunta que era el principal responsable, pero Missa Badú solo los envió de regreso a sus deberes, pues para él, la experiencia vivida y el susto que se habían llevado, ya de por sí les dejaría la enseñanza que un castigo no reforzaría más, además, no habían malas intensiones, solo la inmadurez propia de los muchachos que solo el tiempo corregiría. La niña regresó al monasterio abrazada al cuello de Picca, quien la cargaba sin problemas tras los pasos de su pequeño amo, Pimbo, quien marchaba rígido y orgulloso como un diminuto coloso de piedra. Badú iba al final, más que nada, para asegurarse de no perder otra vez a la muchacha.

León Faras.

lunes, 9 de mayo de 2016

Zaida

IV.

Una vez dentro del monasterio, algunos monjes se dedicaban a sus menesteres y cada uno detenía sus labores para dedicarle una respetuosa inclinación a Badú y otra a la pequeña Zadí que solo observaba agarrada con fuerza a la mano del viejo monje. Los interiores del edificio en sí, eran oscuros y más bien fríos, pero antes de llegar allí, se toparon con una llamativa presencia, un niño, ya al límite de sus fuerzas, permanecía en una posición con los pies separados, las rodillas dobladas, los brazos extendidos hacia los lados y cinco pequeños pocillos con agua distribuidos por su cuerpo, incluyendo uno sobre la cabeza, que le impedían perder la incómoda posición sin que más de uno de estos cayera, Badú lo miró con una mezcla de compasión y desilusión pero con poca sorpresa, “Gunta, ¿Qué fue lo que hiciste esta vez?” el niño tenía la misma cara de quien necesita con urgencia usar un baño, “Missa Badú… no fue mi culpa… esa rata me engañó… lo juro…” El monje lo miró severo “¿De quién estás hablando?” Gunta sudaba y le temblaban sus delgaduchos brazos y piernas “De una rata. Se metió a la despensa pero luego no estaba ahí… no fue mi culpa que Missa Yendé se la llevara a la cocina, ni tampoco que Paqui vomitara todo…” Badú intentaba juntar las piezas en su mente, pero por más que lo intentaba no lo conseguía “¿Y por qué Paqui vomitó?” preguntó el monje, pero otra voz mucho más profunda le contestó “Porque estuvo muy cerca de comerse a esa rata… realmente cerca, ¿Verdad Gunta?” este intentó mostrarse firme, pero su cuerpo lo traicionaba con elocuencia “Missa Nemir, yo no hice nada… ¡Esa rata debería estar aquí!” Missa Nemir era un hombre corpulento, severo y marcial, impartía disciplina con mano dura pero justa, “Dijiste que era tuya, por lo tanto también lo es la responsabilidad”. Luego, Nemir se inclinó profundamente para saludar a Badú, “Alabada sea tu presencia Missa Badú, ¿Has tenido un buen viaje?” Badú le narró brevemente los sucesos ocurridos incluyendo los horrores de la guerra que había presenciado y las circunstancias en que había encontrado a la niña, Nemir se mostró afectado “Son tiempos difíciles y dolorosos. Debemos orar por que sean breves” “Debo hablar con Missa Budara, debemos hacer algo por esta pequeña” “Sin duda…” respondió Nemir mientras se ponían a caminar para atravesar el monasterio y luego la pared de la montaña que lo protegía hasta el gran patio de rocas, Gunta al verlos alejarse protestó desesperado “¡Missa Nemir, por favor!...” Este se detuvo para responder “Esta bien Gunta, quítate los pocillos, pero si derramas una sola gota de agua, deberás comenzar de nuevo” Nadie se preocupó de vigilarlo, pero lo cierto es que Gunta, con sumo cuidado y a pesar del cansancio que le hacía temblar inconteniblemente los miembros, tomó los pocillos de sus brazos y se los bebió, luego los de sus muslos y también se los bebió y finalmente el de su cabeza que también se lo bebió y se arrojó al suelo agotado con una expresión en el rostro de un profundo alivio casi narcotizado y todo eso sin dejar caer una sola gota de agua al piso.


El patio de rocas, era un amplio cuadrado pavimentado con gruesos bloques esculpidos de piedra volcánica, que se utilizaba desde hacía tiempos remotos en el entrenamiento de los monjes y su preparación física. Allí se encontraban varios monjes jóvenes barriendo, uno de ellos era Driba, el más fiel ejemplo de la vocación, un muchacho que realmente había nacido para ser monje, que lo había deseado desde siempre y que se esforzaba por ser el mejor hasta el punto de ser desagradable e irritante para sus compañeros en similar situación, particularmente para Gunta, su perfecto antagonista. También estaba Paqui, un chico tímido y manipulable, con un talento natural para personarse con frecuencia en el momento y lugar equivocados. Nemir y Badú le preguntaron a éste por Budara pero resultó que el monje no estaba allí, entonces apareció Gunta, estirando los músculos de sus brazos y torciendo la espalda en busca de alivio para su cuerpo adolorido, venía a continuar con sus quehaceres cuando oyó lo que se hablaba “Uri lo vino a buscar…” dijo y los monjes lo miraron como si se tratara de un insecto que de pronto se ponía de pie y hablaba, en tanto, Gunta los miraba como si sus palabras hubiesen expresado una idea sumamente compleja que necesitaban de un tiempo para que se digirieran. “¿Y tú cómo sabes eso?” preguntó Nemir inclinándose hacia delante para mirarlo a los ojos, Gunta se curvó un poco hacia atrás, intimidado “Porque Missa Budara estaba a punto de quitarme el castigo cuando Uri llegó y se lo llevó” Nemir lo iba a regañar, porque no era correcto rogar indulgencia a otros monjes, pero se contuvo. A su lado, Driba señaló serio “¿Le habrá sucedido algo a las cabras?” “Será mejor averiguarlo…” dijo Badú y agregó dirigiéndose a Gunta, “…por favor, hazte cargo de esta pequeña un momento, ha tenido días muy difíciles pese a su corta edad…” Luego ambos monjes se fueron llevándose a Driba con ellos. Gunta se quedó pasmado, miró a la pequeña Zaida como si se tratara de algo asquerosamente sucio que debía limpiar, y luego a los monjes que se alejaban con Driba, “Yo fui el de la idea…” dijo dirigiéndose a Paqui que se aferraba a su escoba como un soldado se aferra a su fusil en una trinchera, “…pero ellos siempre prefieren llevarse al estúpido de Driba y a mí me dejan cuidando una niña” “Creo que le caes bien…” dijo Paqui con inocente honestidad, pero ante la mirada de mosqueado de Gunta se apresuró a seguir barriendo, sin embargo, la idea de Paqui no era nada errada, a la pequeña Zaida le había agradado desde el primer momento la presencia de Gunta, no había una razón específica para ello, tal vez era esa caprichosa tendencia de los niños a darse fácilmente con algunas personas y con otras no, o tal vez era simplemente que Gunta no le daba miedo. En ese momento se acercó otro de los muchachos, Ribo, un chico astuto, rara vez se metía en problemas porque sabía callar y obedecer sin rechistar, pero cuando ninguno de los monjes mayores estaba cerca, se volvía fanfarrón y haragán. Sacó de entre sus ropas un trozo de queso a medio comer y le dio una mascada, luego se lo lanzó a Paqui “No te lo acabes todo, no es una rata…” y se lanzó a reír tapándose la boca para no escupir el queso que aún masticaba, luego se lo ofrecieron a Gunta, “… ¿Y esta quién es?” preguntó mirando a la niña con el ceño exageradamente apretado, Gunta le dio una mascada al queso, “Y yo que sé…”dijo mirando a la niña que permanecía inmóvil a su lado, Paqui respondió, “Missa Badú la dejó aquí y dijo que la cuidara” “Menudo par de espantapájaros…” dijo Ribo arrebatándole el queso de las manos a Gunta, luego agregó “…Yo sólo, cuidaba de mis cinco hermanos pequeños” “¿No eran solo dos?” “Cállate Paqui” gruñó Ribo y Paqui se calló. Luego tomó un trocito de queso y se lo ofreció a la niña como si se tratara de un animalito salvaje con el que se quiere entablar amistad, llevándoselo a la boca primero, para mostrar que se trataba de un alimento y luego acercándoselo a la cara de la niña con su mejor sonrisa, Gunta le dio una palmada en la cabeza, “¡Eres un tonto Ribo!, ¿Acaso crees que se trata de un perro?”Lo regañó quitándole el queso y se lo dio a la pequeña Zaida en la mano, Ribo se enderezó sobándose la cabeza disgustado, pero luego soltó una risa de lo más boba “¡Miren, se lo está comiendo! ahora ya puede ser un miembro de nuestro grupo” “¿Y por qué crees que se va a quedar?” preguntó Gunta limpiándose la boca con el dorso de la mano, Ribo se puso repentinamente serio, “¿No han visto las humaredas que aparecen aquí y allá?... son aldeas, aldeas arrasadas completas… destruidas por los ejércitos” su rostro reflejaba una gran preocupación que contagió a los demás “…Sí se va a quedar.” Sentenció asintiendo con la cabeza. Paqui de pronto tuvo una ocurrencia “Al menos, ahora podré mandar a alguien…” “Cállate Paqui” dijo Gunta, luego escupió al suelo con fuerza y también con amargura. Y Paqui se calló. 

León Faras.

domingo, 3 de enero de 2016

Zaida.

III.

La noche ya estaba bien entrada cuando Badú llegó tirando de su asno hasta un nuevo refugio donde pasar la noche antes de llegar al monasterio, la pequeña Zaida envuelta en su piel, luchaba por no caerse del asno víctima del sueño y el cansancio. El refugio era una pequeña pagoda escoltada por un árbol de madera dura y grisácea que parecía completamente seco, pero que en primavera renacía hermosamente. El lugar estaba destinado igualmente a la oración y el agradecimiento, como para la pernoctación de los pocos viajeros que llegaban hasta allí, estaba ubicado en una saliente de roca sólida terminada en punta y cortada verticalmente, regado constantemente por un hilo de agua que caía siguiendo una ruta milenaria, una bonita y gruesa balaustrada de madera que parecía casi tan vieja como la montaña, evitaba los accidentes mortales. Parado en aquel lugar, se podía apreciar con claridad la infinitud del universo. El monje bajó a la niña y la acomodó en un rincón, luego se arrodilló frente al altar y oró brevemente en silencio, dando gracias y pidiendo bendiciones, una vez terminado esto, volvió a salir a descargar al asno, entrar las provisiones y encender un fuego dentro del templo para calentarse “Voy por agua pequeña Zadí, un poco de té nos caerá bien a los dos en esta noche fría.” Para cuando Badú regresó, la niña ya dormía profundamente. El viejo preparó su té con cuidado y dedicación absoluta, como si se tratara de una labor sumamente delicada, y de la misma forma lo bebió. Mientras saboreaba el amargor de su té, Badú pensaba en las palabras de Missa Samada y en la misión que aquella le había encargado, no dudaba ni por un segundo de estas, pero no estaba seguro de haber comprendido bien a lo que se refería, preparar a la niña para luchar en una guerra siendo que aun la pequeña debía crecer, desarrollarse y hacerse fuerte, era hablar de una guerra muy larga. Luego recordó al hombre del puente, nunca había oído hablar de esa “Doncella ensangrentada” a la cual dijo que servía y no acababa de comprender por qué razón le había ayudado atacando a quien se suponía, era su propio líder.

Con las primeras luces del alba, reanudaron su camino luego de desayunar.

El camino era angosto, tanto que dos asnos no cabían en él. Zaida observaba con curiosidad la pendiente a un lado, que a veces era bastante profunda y pronunciada y luego las montañas al otro, imponentes e inmortales, pero aquello no le asustaba, para la niña, todo eso era familiar, conocido, era una extensión del mundo en el que había nacido, lo que sí le sorprendió, fue la aparición súbita del monasterio frente a sus ojos, la construcción humana más grande que jamás ella había visto. Luego de un pequeño, pero sólido puente de roca que saltaba una profunda fractura en la montaña, había un pequeño valle encajonado, con una suave pendiente y cubierto de una tierra dura que en primavera se alfombraba de hierba, en el fondo, pegado a las paredes verticales de la montaña que lo custodiaba y protegía, se erguía el monasterio, un edificio construido sobre una gran plataforma hecha de piedras hábilmente apiladas de forma que fuera una superficie perfectamente angular y nivelada, su forma, era geométricamente simple, pero imponente como una fortaleza y hermoso como una escultura. Era un edificio muy angosto comparado con su altura, que cubría toda la pared de la montaña como si de un gran muro se tratara, en su base se veían numerosas entradas con forma de arco, aparentemente estrechas y separadas por anchos pilares que sostenían el peso de la estructura, en ambos extremos, pegada a la pared se erguía una torrecilla que subía hasta superar la altura del edificio y de las cuales se podía acceder al techo de este, y recorrerlo en todo su largo por un pasillo especialmente construido para ello, al medio, un gran torreón de base cuadrada sobresalía hacia delante y se erguía por sobre todo lo demás, rematado de forma abrupta, en una amplia superficie plana de roca, sin pendiente ni protección de ningún tipo, apta solo para quienes desean entrenar la fe y la confianza en sí mismo y en las divinidades que le protegen, pues el solo hecho de pararse allí, ya era de por sí una experiencia atemorizante, pues hasta la brisa más suave parecía querer impulsarte al vacío. Todo el edificio estaba cubierto de numerosas y diminutas ventanillas, que hacían posible suponer el número de niveles que este tenía y la buena cantidad de habitaciones existentes. “He aquí el Monasterio de Missa Pandur, pequeña Zadí…” dijo Badú dirigiéndole una mirada de satisfacción a la niña, debido al asombro indisimulable con el que esta aun observaba desde sobre el asno, y luego agregó “…está lejos, ¿verdad? Eso es porque se requiere de una verdadera intensión para llegar hasta aquí y vocación para quedarse. Todos pueden venir, pero no todos lo harán.”

197 monjes vivían en Missa Pandur, incluyendo a hombres jóvenes, ancianos y niños, todos ellos eran monjes, con mayor o menor experiencia, pero todos lo eran desde el primer día y lo serían hasta el último de sus vidas. Todos, hasta el más anciano, era un aprendiz y todos, hasta el más novato, era un maestro, pues la sabiduría era universal y estaba en todas las edades y toda sabiduría debía ser bien recibida, pero esto no despojaba al más antiguo de su autoridad sobre el más joven ni le excluía del respeto con el que debía retribuir dicha autoridad.

El día se había abierto espléndidamente y el sol del medio día iluminaba casi por completo el pequeño valle. A un costado, la pendiente se acentuaba, y descendía largamente hasta aterrizar en un plano amplio antes de chocar con el vacío, todo aquel sitio estaba destinado a la producción de cebada, cuyo riego y cuidado era individual, semilla por semilla y planta por planta. En aquel momento, no había monjes trabajando la tierra, pero la niña notó que en medio del huerto había una roca y sobre esta, un hombre joven oraba solitario y abstraído a pleno sol, a ojos foráneos, aquello parecía un castigo, un hombre obligado a permanecer allí para enmendar una falta, como cuando la pequeña hacía algo indebido y su madre la obligaba a quedarse sentada en un rincón, en silencio y quieta, cosa que le era imposible, pues sus píes pronto comenzaban a moverse golpeando las patas del taburete, y de su boca, las palabras parecían salir solas, excusándose o preguntando cuánto tiempo debía permanecer allí, aunque ahora, quedarse quieta y en silencio no le parecía tan difícil. Badú pronto notó su interés, “Él está trabajando en el campo en este momento, pero no con sus manos, pequeña Zadí…” explicó el monje “…sino con su corazón, con su mente y con su espíritu. Su labor es tan importante para la prosperidad del campo, como el agua o el sol.” La niña comprendió las palabras pero no a qué se referían, en aquel momento, el hombre sobre la roca sonreía suavemente, pues en su imaginación el huerto rebosaba de vida, todas las plantas y sus granos crecían hermosos y vigorosos, los monjes los cosechaban entre risas de satisfacción, podía sentirlos entre sus manos, olerlos o incluso saborearlos, y todo aquello lo hacía sentirse feliz y agradecido.

León Faras.