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jueves, 17 de septiembre de 2020

Autopsia. Última parte.

 

IX.

 

“Si vuelves a hacer algo así de nuevo, te juro que me da un síncope” Úrsula estaba parada junto a la cama en el momento en que Elena abría los ojos, le refrescaba la frente con paños húmedos, ésta lucía confundida, como tratando de recordar, “No recuerdo mucho, pero ¿Están todos bien?” preguntó preocupada, Úrsula asintió con esa sonrisa triste como premio de consuelo. El padre Benigno se acercó en cuanto sintió la voz de Elena, ésta lo miró casi con miedo, “Tengo la sensación de haberle hecho algo…” El cura la tranquilizó, en verdad se veía y se sentía bien, sólo tenía las manos vendadas, pero se podía decir que las quemaduras en sus manos sanaban extraordinariamente rápido, “Sólo descansa y recupérate, todos te queremos de vuelta lo antes posible” Por supuesto que también estaban Clarita y Guillermina y Mateo, quien se había puesto tapones de algodón en los oídos para ir de a poco acostumbrándose al constante ruido del mundo, a los estridentes silbidos de los pájaros o al curioso sonido de su propio andar. David jugaba junto a su padre, ajeno e ignorante a la sanación que había realizado en el muchacho sordo, para él, nada extraordinario había sucedido. En una remembranza súbita y pasajera, Elena recordó la medalla que Clarita le había devuelto y se la buscó en su pecho, le daba una extraña seguridad que antes no había sentido, solía quitársela a menudo, cuando se bañaba, o cuando quería lucir otra joya más elegante y luego olvidaba volver a ponérsela, incluso, se sentía obligada a quitársela cuando hablaba con Isabel Vásquez todas esas cosas que a ella le parecían tan impúdicas o hasta heréticas, pero que le encantaban, pues creía de corazón que con la medalla puesta, San Benito la estaba viendo y oyendo y luego la castigaría por ese placer culpable, tal vez, como le dijo Clarita, no debió quitársela nunca. Aquella estampita era famosa por llevar en su reverso la mítica frase “Vade retro Satana”

 

Un mes después, Benigno llegó a casa de Cifuentes solicitado por éste, cuando llegó, encontró a Rupano tirando bultos encima de su coche, el doctor y su esposa tenían todo listo para marcharse, “Pensé que tardaría más tiempo” mencionó el cura con ternura senil, a pesar de que aún no podía considerarse un anciano, “Pues, recibimos un telegrama diciendo que el reemplazo estaba listo y ansioso por venirse, así es que, no había para qué alargar más el trámite. Tengo entendido que llegará mañana” El cura asintió sin mucho más que agregar y recibió las llaves. Minutos después llegaría Elena, ya recuperada, aunque aún no se acostumbraba a esa extraña cicatriz, sucedánea de ombligo, que le había quedado en el vientre, “Pese a lo que pasó, quiero que sepas que estoy feliz de que seamos amigas y de que tú seas la madrina de David. Espero nos veamos pronto…” Le dijo Úrsula, cogiéndole las manos, “Así será, aún pienso en ese negocio del que hablamos. ¡Muchas gracias por todo!”Las mujeres se abrazaron. Cuando el doctor y su esposa se marcharon, Elena se dirigió al cura con humildad, “Padre, he tomado una decisión, y quiero que usted la apruebe sin objeciones…” El cura ni siquiera tuvo tiempo de meditarlo, Elena continuó, “…usaré el dinero que Clodomiro Almeida dejó en mi poder para reconstruir su iglesia, no quiero que me diga nada, sólo que lo acepte” De todos modos, Benigno estaba sin palabras.

 

El cura no se lo esperaba, nadie se lo esperaba en realidad, pero al día siguiente cuando acudió a la estación a recibir al nuevo doctor, a quien se encontró fue a Ignacio Ballesteros, quien venía acompañado de Hortensia, su futura esposa, aunque para eso debería esperar un tiempo, pues la iglesia no era más que un montón de escombros que cada día se reducía un poco con ayuda de los pobladores. El único que no demostró ningún tipo de asombro fue Rupano, quien cargó los bultos como siempre, sin una palabra en la boca, ni gesto interpretable en el rostro. Mientras lo hacía, una mujer madura se acercó al cura, “Benigno Hopfen, ¿no?” Pocos conocían su apellido y menos aún eran los capaces de pronunciarlo correctamente, el cura la miró buscando rastrear en su memoria, algo que se le hacía muy familiar en el rostro de esa mujer, cuando lo halló, se llevó un puño a la boca y sus ojos se humedecieron espontáneamente “¿Elisa…?” Era la muchacha que sus padres le habían arrebatado en su juventud, convertida en una viuda con todos sus hijos grandes y multitud de nietos, “No sabes lo difícil que es hallar la ubicación de este pueblo” dijo la mujer luego de que ambos se abrazaran largamente. Sabía que Benigno se había vuelto sacerdote, pero siempre tuvo la necesidad de volver a verlo, aunque fuera, en los últimos años de su vida. Y allí estaba.

 

Clarita y Mateo, pasaban cada vez más tiempo juntos, compartiendo ese tiempo entre el viejo Tata, que cada día tenía menos ganas de hacer cosas y Guillermina, que los adoraba como hijos. Elena habló con ellos para decirles que se iría, que ese pueblo y todos sus recuerdos, ya no le hacían bien, pero que seguirían en contacto, y que se verían tan seguido, como les fuera posible. No pasaron muchos días, hasta cuando Elena se presentó con una maleta frente a la tía Elba, ésta la miró con soberbia, como quien ha sido ofendido de tal manera que no hay posibilidad de indulgencia, pero Elena no venía a discutir, dejó caer su maleta y soltó el llanto arrojándose a las faldas de su tía pidiéndole perdón. Elba Ballesteros podía ser severamente inflexible, pero era incapaz de resistirse ante tal muestra de humildad y arrepentimiento por parte de un miembro de su familia, principalmente, porque cada vez se estaba sintiendo más sola. La acogió angustiada, movilizando a todas sus empleadas para que atendieran a su sobrina, ésta luego de tranquilizarse, le contó todo lo que el espíritu de su madre le había obligado a hacer, sin importarle si le creía o no, pero la honestidad con la que hablaba era indiscutible, incluyendo que ella misma había seducido a su padre, lo que contribuyó a que con el tiempo, los restos de Horacio Ballesteros acabaran en el mausoleo familiar, junto a los de su esposa y el resto de su familia. Cuando ésta le habló, tiempo después, de su deseo de montar una pequeña tienda de vestidos y costura, la tía reaccionó interesada, pero le advirtió que ella no invertía su dinero en pequeñeces, que si lo iban a hacer, harían algo grande, a la altura de una Ballesteros. Hubo algo que Elena no le contó jamás a su tía: el paradero de su hermano.

 

Varios años después, Benigno, ya en los últimos años de su sacerdocio, recibió una visita en el confesionario de su nueva iglesia, era un hombre joven, con un curioso aspecto que recordaba las imágenes idealizadas de Jesucristo, según por lo que se podía advertir a través de la celosía. El cura lo invitó a hablar, “Cuando era un niño pequeño, envenené a un hombre, padre…” “¿Sabías lo que hacías, hijo?” preguntó Benigno, “Sí, padre, sabía que debía hacerlo para salvar a ese hombre” “¿Tomaste la vida de un hombre con la intención de salvarlo? ¿Por qué un niño pensaría eso?” Benigno sentía que había algo muy raro en esa confesión, el hombre respondió, “No, padre, el veneno no era para matarlo, sino que para que ese hombre no pudiera morir” “Tal cosa no existe, hijo…” replicó el cura, con una muy leve sonrisa de suficiencia, “Existe…” dijo el hombre, “…y usted lo sabe. Yo soy David Cifuentes, padre, y ese día que le di el vaso de agua, no era agua, era el veneno que impidió que usted muriera en la iglesia. El hombre al que envenené, es usted, padre” Benigno recordó sus heridas cicatrizadas al instante, las cuales aún conservaba y para las que no tenía explicación. De pronto le temblaban las manos y la voz, “David, por Dios, estás bajo confesión, te encomiendo que digas la verdad” David parecía el hombre más tranquilo del mundo, “Es la verdad, padre, estoy aquí para decirle que ya sé cuál es el antídoto, pero aún no lo he conseguido” “¿Y cuál es?” preguntó el cura con miedo de oír la respuesta, David dudó, pero al final respondió, “Otra dosis del mismo veneno, padre, cuando la consiga, le prometo que se la traeré” Luego de eso, la puerta del confesionario se abrió y Benigno, sin atreverse a asomarse ni a moverse de su asiento, oyó los pasos tranquilos del hombre que se alejaba.

 

FIN.

 

León Faras.

 

(Este texto es un borrador sujeto a correcciones)

martes, 15 de septiembre de 2020

Autopsia. Última parte.

 VIII.

 

“¡Elena! ¡Déjalo ir, por favor, te lo ruego!” Úrsula entró corriendo hasta llegar frente al altar, no le importaba que el fuego cubriera gran parte de las paredes de la iglesia, un edificio más alto que ancho y más largo que alto. Mateo había llegado dos segundos antes, pero el fuego lo había paralizado de miedo y sólo miraba en todas direcciones, viendo peligro por todas partes. Cifuentes llegó detrás de su mujer para sujetarla de los hombros. Las primeras lenguas de fuego ya lamían los pies del Cristo. “El fuego lo consumió estando en el vientre y ahora del fuego ha de renacer…” Diana mantenía una mano cubriendo los ojos del niño que parecía dormido, sin tener intenciones de moverse, con la otra sujetaba el punzón de hierro. El padre Benigno llegó en ese momento, en la puerta se quedó parada Guillermina aún abrazada a Clarita. Úrsula insistía, “Elena, por Dios, eres su madrina, y él te ama, por favor, deja que me lo lleve” El fuego comenzaba a avanzar por el piso, cerrando un gran círculo. Diana negó con la cabeza, divertida, “Deja de llamar a Elena, ella ni siquiera está aquí y tú, no eres la madre de David” “Lo sé…” se apresuró a responder Úrsula, ante la mirada de incredulidad de su esposo, y agregó, “…pero lo amo como si lo fuera, y daría mi vida por él” Oriana pareció sonreír complacida, “Te elegimos bien, pero tu tarea ya terminó, él ya no te necesitará nunca más” Luego, dirigió una mirada mucho más dura al padre Benigno, quien permanecía arrodillado, rezando el rosario con devoción, aferrado a una de sus biblias, “Usted no tiene ni idea de cuánto oré yo por mi vida y la de mi hijo y nadie respondió…” Benigno se puso de pie con la biblia en alto, “Señor Jesucristo, te imploramos que liberes a tu sierva, Elena Ballesteros, de las garras del mal que la apresa…” El fuego ya escalaba casi hasta el techo por las paredes, mientras el Cristo y su cruz eran abrasados igualmente por las llamas, “Ella sólo nació para servirlo a él en este día, su vida no tiene más propósito” Gritó Diana, “Con el demonio no se dialoga” Fue lo primero que le enseñaron cuando se convirtió en sacerdote, y aunque Oriana ni Diana, no eran el Diablo ni mucho menos, era la primera vez en todo su ministerio que podía utilizar ese consejo, “Padre, te ruego que expulses esta presencia maligna, tu sierva Elena Ballesteros, te necesita, te lo ruego en el nombre de Jesucristo” Oró, caminando hacia ella e ignorándole por completo, “¿Está dispuesto a arder por ella, padre?” “¡Retrocede, te lo ordeno en el nombre de Jesucristo!” Benigno ya casi llegaba a su lado, tanto Úrsula, como su esposo y Mateo, apenas se habían movido de donde estaban, contenían el aliento, temiendo que Diana usara su punzón en David, “¡…En el nombre del Padre y del Hijo…!” Insistía el cura, Diana le apuntó con su punzón a la garganta, lo que provocó el silencio instantáneo del sacerdote, luego la mujer señaló con su arma al Cristo en llamas sobre ella, “Él nunca me ha recibido, me ha arrojado de vuelta una y otra vez…” Nuevamente el punzón apuntaba al cuello del cura, “…Nosotros lo matamos, padre ¿Por qué cree que ahora querría salvarnos?” Benigno se había olvidado por completo del consejo que le dieron, ahora la miraba directo a los ojos. Mateo se atrevió a acercarse agazapado tras él. “No culpes al Señor por la maldad de los hombres” dijo el cura, con el rostro bañado en sudor. Su tono volvía a ser amenazante, como lo era antaño, Diana no parecía impresionada “Dios se regocija cada vez que se revela la verdadera naturaleza del hombre, padre, cuando éste pierde el temor, se vuelve cruel y despiadado, a su imagen y semejanza…” La ira, que parecía aplacada hace tiempo, volvía a arrobarle “¡Calla!” Gritó el cura, descargando una bofetada de revés en el rostro de la mujer, aunque se arrepintió de inmediato, pues golpear el rostro de Elena por segunda vez, lo hacía sentirse horrible por dentro. Oriana volvió la cara sin una mueca de dolor, “¿Quiere que ponga la otra mejilla, padre?” Le dijo, fingiendo una inocencia casi infantil, “Déjalos ir, son buenas personas…” Suplicó el cura en un tono mucho más amable, casi como un último recurso, “Sólo mientras estén asustados, padre. Quíteles el miedo y los corderos se volverán lobos, que no dudarán en devorarlo si se los permite” Fue en ese momento, en que Benigno se sintió tan desvalido como nunca en su vida lo había estado, tan indefenso e inútil, que si hubiese podido, hubiese salido corriendo de allí. Desesperado, cogió a la mujer por los hombros y la arrastró hasta la pared que ardía en llamas a su espalda, “¡En el nombre de Dios, no permitiré que hagas más daño!” Mateo, quien no entendía la dimensión de lo que realmente estaba pasando, cogió a David en brazos y salió corriendo con él, pero apenas Úrsula recibió a su hijo, el muchacho cayó al suelo aterrado, llevándose las manos a los oídos. En ese momento, Benigno retrocedía, luchando por extinguir el fuego que le quemaba ambas manos, mientras Diana se acercaba a él sin siquiera uno de sus cabellos chamuscados, “¿Aún cree que Dios está de su lado, padre?” Úrsula ya huía de la iglesia con David en brazos, cuando el cura era atravesado en el estómago por el punzón de Diana, Guillermina gritó horrorizada, Clarita había corrido en busca de Mateo y salía con él profundamente perturbado. Cifuentes quiso regresar a auxiliar al cura, pero se detuvo cuando vio que éste recibía dos estocadas más estando en el suelo, “Elena, Dios está contigo, confía en Él y vuelve con nosotros” Rogó el cura apretándose las heridas que, curiosamente, y aunque él no lo había notado, no sangraban, “Ya se lo dije, padre, Elena ni siquiera está aquí” Le dijo la mujer, pero entonces su rostro se volvió incredulidad, la imagen del cura apuñalado volvía a su mente, pero no a su memoria, sino a la de Elena, la que ahora se manifestaba, entonces ésta reparó en la presencia de Clarita, de pie junto al sacerdote, que sostenía algo en su mano frente a ella, una cadenita, “¿Recuerdas lo que me dijiste cuando me la diste? Que este santo podía hacer retroceder al mismísimo Diablo. Nunca debiste quitártela” Clarita se acercó a ella, quien lucía ahora confundida y asustada, y con toda su ternura y la pureza de alma de la que era capaz, se la colgó del cuello. Elena entonces retrocedió dos pasos, “Perdóneme padre…” murmuró, y se clavó el punzón en el vientre. Para entonces, las llamas devoraban el edificio por completo, al punto de que ya nada se podía hacer por salvarlo y el Cristo se hacía pedazos en el suelo.

 

Cifuentes auxilió al cura, pero éste le dijo que cogiera a Elena, que aún podían salvarla, Clarita y Rupano, quien también había llegado alertado por el incendio, como casi todo el pueblo, ayudaron a salir al cura, quien se veía bastante bien a pesar de sus heridas, tanto, que insistió en que el doctor atendiera a Elena primero, cuya única herida sangraba más que las del sacerdote, cuando llegó su turno, tanto Cifuentes como él mismo, no comprendían qué le había sucedido, sus heridas estaban selladas por una pasta negra que se había enraizado en su piel, sin provocar sangrado, algo que jamás ninguno había visto, Guillermina se persignó sin estar muy segura de por qué. Mateo estaba bien, Clarita y Guillermina, comprendieron rápidamente lo que le había sucedido: el chico podía oír, aunque no comprendía nada, oía por primera vez en su vida.


León Faras.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Autopsia. Última parte.

 VII.

 

“Espero que tengas buenas noticias para mí” Dijo Ignacio Ballesteros al entrar al despacho del doctor Ernesto Villalobos, éste lo invitó a sentarse y le preguntó cómo estaba, “No muy bien en verdad…” dijo Ignacio, con resignación y una bocanada de aire, y agregó, “…no me esperaba que los tentáculos de mi tía fueran tan largos y tan poderosos. Casi no me quedan amigos a quien recurrir” “Pero aún te queda familia…” dijo Ernesto, abriendo un cajón de su escritorio y poniendo sobre la mesa un paquete que obviamente contenía una buena cantidad de dinero, Ignacio lo miró sin atreverse a tocarlo, “¿Elena?” preguntó, Villalobos negó en silencio, “Técnicamente, es un adelanto de tu herencia. Oficialmente, es un dinero destinado a la reparación de los techos de las fábricas. No te preocupes, esos techos estarán bien por algunos años más” Ignacio lo miró incrédulo, “Estás robando por mí…” Villalobos volvió a negar con la cabeza, “Yo jamás haría eso. Regina me pidió que lo hiciera. De más está decirte que tu tía Elba no debe enterarse de nada, Regina me pidió que te lo rogara en su nombre, encarecidamente” “¿Regina…?” Eso era más difícil de creer, “Jamás imaginé que Regina fuera capaz de hacer algo a espaldas de su madre…” luego mirando al abogado, recapacitó, “Bueno, además de llevar en secreto una relación sentimental con el abogado de la familia, ¿Cuántos años llevan, quince?” Villalobos sonreía contenidamente, “Ya casi son veinte. Se lo dijo Ignacio, y a la señora no le quedó más remedio que aceptarlo. La hubieses visto, no paraba de hablar y yo sin poder entender ni media palabra. Nunca verás a una persona más orgullosa de sí misma” “No sabes cuanta alegría me da…” le dijo Ignacio, estrechándole la mano, “Ya casi somos primos” respondió Villalobos, agradeciendo el gesto. Ignacio cogió el dinero, y cuando ya se iba, el abogado lo detuvo, “Espera, tengo algo más para ti, pero no te va a gustar” Ya se temía que todo estuviera saliendo demasiado bien ese día, “¿Todavía piensas en irte de la ciudad?” preguntó Villalobos, Ignacio asintió, el abogado le estiró un papel, “Es un trabajo fuera de la ciudad, para dentro de unos pocos meses” Ignacio lo cogió encantado, “¿Bromeas? ¡Pero si esto es justo lo que estaba buscando!” Ernesto no compartía su entusiasmo, “Hablé con unos amigos para que esta solicitud no le llegue a nadie más hasta que tomes una decisión” Ignacio ojeaba el papel con una sonrisa que poco a poco se fue desvaneciendo, “No puede ser…” dijo, mirando a Villalobos como si éste se estuviera burlando de él, pero el abogado no era hombre de jugarretas, “Así es…” le dijo, “…Es el trabajo que dejó tu padre, en el mismo pueblo” Ignacio se sintió un poco imbécil por todas las veces que pensó en su padre como un perdedor conformista por dejar la ciudad y sus privilegios para irse a trabajar en un pueblucho miserable y anónimo. No sabía qué responder, Villalobos adivinó eso, “Tómate unos días, piénsatelo y después me avisas” Luego se le quedó mirando como si le dolieran los ojos de verlo. No habían acabado las noticias, “Ahmm… Tu tía me pidió… me ordenó, que detuviera todos los trabajos en el caso de la muerte de Almeida” Ignacio de pronto se sintió miope, “Pero si ya han pasado cinco años de eso. Creí que ese asunto ya estaba zanjado” A Ernesto eso le pasaba a menudo, la gente siempre creía cosas, “Yo no puedo hacer desaparecer un asesinato, Ignacio, lo que hago es estirar los procesos y enrevesarlos de todas las maneras posibles hasta encontrar el resquicio que los anule o su caducidad. No permitas que mi sobrino vaya a la cárcel. Fueron las palabras de tu tía, y es lo que he hecho, pero ahora sin su apoyo, ni consentimiento, es una tarea imposible, y Regina no tiene ninguna facultad en esto para ayudarte” Ignacio se sintió como si de pronto, todos los pájaros del mundo se hubiesen puesto de acuerdo para cagársele encima, “¿Y qué es lo que me recomiendas?” preguntó con la humildad del ignorante, “Que tomes el trabajo y te vayas. Debes reconocer que ese es el último lugar en el que alguien pensaría buscarte, y ese alguien es tu tía” respondió el abogado sin dudarlo, y luego agregó “Piénsatelo bien, he alargado este proceso por cinco años, puedo hacerlo por un par de meses más”

 

Qué posibilidades hay de que una persona regrese a esta vida recordando pasajes de una vida ya vivida tiempo ha, sin duda, muy pocas, pero, y que además regrese al mismo lugar, al mismo pueblo, ahí ya había voluntad de por medio. Diana recordaba el viejo pimiento donde se colgaba a los condenados por la justicia de Niceto Aspe, y del que él mismo terminó pendiendo. Un árbol con muchas muertes encima de sus ramas, algunas, las más pesadas, muertes enteramente injustas. Un árbol que ya hace mucho tiempo que no existía, porque fue retirado el día en que alguien pensó que ese era el lugar idóneo para construir una cárcel, lo cierto es que era un sitio tan bueno como cualquier otro, pero no hay que subestimar el poder silencioso de las energías residuales. Las mismas que hicieron construir una iglesia en el sitio exacto donde se armó la pira que acabó con la vida de Oriana y que Diana recordaba tan vívidamente, allí, donde ahora se erguía la cruz con un Cristo de rostro doliente clavado a ella, “Está oscuro” dijo el niño mientras era cogido en brazos por Oriana, “Pronto dejará de estarlo…” contestó ella mientras caminaba lento por el pasillo central. A pesar de la oscuridad, se podía adivinar la silueta del Cristo colgado de la pared sobre el altar, clavado a una cruz en lenta y dolorosa agonía, tal como ella fue atada a un poste con una hoguera bajo sus pies, e igual que ella, condenado a muerte por su propio pueblo sin siquiera tener una justa razón. Diana jamás hubiese tenido la osadía de compararse con el Señor Jesucristo, pero ahora que lo pensaba, se sentía con más derechos ante él, que el resto de los mortales que no tenían ni idea de lo que significaba ser condenado a una dolorosa muerte por fanáticos ignorantes, amantes del sacrificio y el espectáculo. La cruz hecha por el Escultor, del poste en el que fue sacrificada, también estaba allí, quien por cierto, había acabado viviendo mucho más de lo que jamás hubiese imaginado o deseado, vagando por el mundo, desnudo y hambriento, vendiendo cruces de madera a cambio de limosnas. Aunque no se podía ver, pronto el piso y la pared bajo el Cristo comenzó a ennegrecerse en un círculo humeante que no tardó en encenderse en bonitas llamas blancas y rojas que iluminaron de forma espectral el rostro sufriente esculpido en madera de Jesús, acentuando sus ya marcadas expresiones, como si el fuego pudiera causarle más dolor. “No te preocupes, hijo, este fuego ya no puede dañarnos” dijo Oriana, cuando sintió que el niño se aferraba a su cuello al ver las llamas como crecían y se esparcían con avidez. La mujer acarició las lenguas de fuego mientras caminaba, como si se tratara de hierba alta de un prado, sintiendo apenas el calor de un aliento tibio. Ese fuego, ese mismo fuego, ya la había consumido una vez, y ya no podía consumirla de nuevo, pero sí podía arrasar con todo y todos los demás. La mujer recostó al niño sobre el altar, de entre sus ropas extrajo un simple trozo de hierro aguzado en la punta, uno de los muchos utensilios que Tata mantenía en su taller, “Cierra los ojos…” le dijo al niño con ternura, “…te aseguro que no sentirás nada, y cuando los abras, todo será distinto”


León Faras.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Autopsia. Última parte.


VI.

“Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor…” el padre Juan Tadeo comenzaba a rezar el rosario por tercera vez en esa mañana, una mano firme que se posó en su hombro le interrumpió, era el doctor Werner que le anunciaba que debía salir unos minutos, el sacerdote, luego de asentir con sosiego, reanudó sus oraciones con la misma devoción con la que lo había estado haciendo hasta ese momento, pero no llegó muy lejos, una nueva voz le interrumpió otra vez, “Sus esfuerzos son en vano, padre…” Diana Ballesteros, tendida sobre su cama, había abierto los ojos y lo miraba con lástima, como al que se esfuerza por realizar una tarea que a todas luces es imposible, “La oración siempre ayuda, hija, o al menos, no te hará ningún daño escucharla” Respondió el cura con dulzura, “El doctor también pierde su tiempo…” agregó la mujer. El padre Tadeo hizo una pausa en su labor, al final, dos interrupciones le obligaban a empezar de nuevo desde el principio, “Él es un buen doctor, y estoy seguro de que está haciendo todo lo que puede por ayudarte” dijo el anciano sacerdote acariciando la frente de la enferma, “Yo no estoy loca…” le dijo ella, pero antes de que el cura replicara lo que tenía pensado decir, la mujer agregó mirándolo a los ojos, “…y tampoco estoy poseída por demonios como usted cree, padre” El cura le tomó la mano, su piel arrugada y con manchas contrastaba con la piel blanca y tersa de la mujer, “Yo no oro porque piense eso, lo hago para que el buen Dios misericordioso interceda y te libre del mal que afecta tu mente” El cura mentía, en su interior, sí creía que algo demoniaco podía estar afectando la salud mental de la mujer. Diana se veía bien, era ella, aunque su voz sonaba agotada, o muy sedada “No hay ningún mal que sanar, padre, lo que sucede es que yo recuerdo cosas que no debería recordar…” El padre desvió la vista un segundo y luego la volvió del todo a los ojos de la mujer, tenía un importante derrame en uno de sus ojos, “No puedes recordar cosas que no has vivido…” le explicó el cura, como se le explica lo obvio a un niño, Diana negó con la cabeza levemente, “Recuerdo estar obligada a usar una venda sobre los ojos, recuerdo el miedo de mi padre cuando le pedí que me llevara a otro pueblo, recuerdo el calor del fuego abrasándome por completo, el inimaginable dolor de ser quemada en vida, pero más que nada, recuerdo el rostro de mi ejecutor… a veces lo veo, padre, está asustado, dice que tiene miedo de irse…” El cura hizo un gesto a medias entre una sonrisa lastimera y una mueca de asco, “¿Cómo es que lo ves?” La mujer miró hacia un rincón de la habitación, “Siempre aparece ahí cuando no hay nadie, lloriqueando como un niño asustado, diciendo que no sabía lo que hacía… y pidiéndome perdón. Apenas entiendo lo que dice, lleva una mordaza que nunca se saca” El sacerdote echó un vistazo hacia el rincón, pero nada había ahí, “El perdón, es la mayor muestra de amor, hija, nunca dudes en darlo…” recitó el cura, como si se tratara de una frase aprendida hace años y repetida innumerables veces, Diana adustó el rostro, “¿De qué sirve perdonar, cuando uno no lo siente, padre?” El cura retrocedió derrotado, “De nada, hija” Admitió con tristeza, luego de unos segundos de incómodo silencio, agregó, “Seguiré orando” “Padre…” lo detuvo ella, “…A veces creo que no existe ningún paraíso, ¿es ese un pecado?” El padre hizo una mueca como si esas palabras le hubiesen dolido en el hígado, “No digas esas cosas, hija, son herejía, Dios de seguro tiene un reino preparado para recibir todas las almas de sus hijos…” “¿Por qué me envió de vuelta entonces, padre? ¿Por qué Dios no me quiso en su reino?” La mujer lloraba con auténtica congoja, el cura se arrodilló a su lado, “Dios te ama, hija, no tengas duda de eso, aunque a veces sus propósitos se nos escapen” “¿Por qué lo permitió?” Diana lloraba con más intensidad, “…Era mi hijo, era inocente… ¿Por qué quemaron a mi hijo? No era su culpa, ¡No es su culpa! ¡Y yo tampoco hice nada malo! ¡Nada, No, no!” Sus gritos alertaron al doctor Werner y a Horacio que irrumpieron en la habitación, “Está teniendo otra crisis…” Anunció el psiquiatra empapando un pañuelo con éter etílico con el que sedó a la mujer, quien ya no lloraba, más bien daba alaridos de dolor y angustia, mientras Horacio la sujetaba con fuerza por los hombros y el padre Tadeo hacía lo posible por contener las piernas de Diana que se sacudían con desesperación debido a un fuego imaginario, pero tan vívido como cualquiera, que la devoraba en ese momento, “Esto es algo con lo que jamás me había tocado tratar, su locura va y viene, como si se tratara de una condición atmosférica, y cada vez que parece mostrar alguna mejoría, que parece que algo está funcionando, viene una nueva crisis y todo se nos va de nuevo por tierra…” Protestó el doctor Werner con frustración apretando el puño frente a su propio rostro, el padre Juan decidió que era ese un buen momento para retirarse por unos minutos, Horacio se acercó al psiquiatra espiando con un ojo que su esposa durmiera, “He oído de algunos tratamientos que están siendo probados en pacientes con afecciones similares de la mente. Al parecer han dado ciertos resultados positivos” El doctor Werner lo miró como si lo acabase de insultar a él y a toda su familia, “Esos tratamientos son infames, hechos por palurdos incompetentes que pretenden ganarse un puesto en la historia, probando sus absurdas teorías directamente en sus pacientes, sin apenas estudio o análisis previo” Horacio sólo pretendía sugerir alguna alternativa, el doctor Werner lo comprendió así, “Escuche, Horacio, he visto pacientes en mucho mejor estado que su esposa, quedar reducidos a imbéciles en estado vegetal luego de una trepanación de prueba, fallida, he visto a otros al borde de la hipotermia luego de pasar días enteros metidos en agua fría. Otros que pensaron que colgarles cabeza abajo con capuchas en la cabeza por un buen periodo de tiempo era la mejor forma de curar una enfermedad mental y por último, esto lo vi hace muchos años, pero no dudo que sea una práctica que todavía se lleva a cabo en algunos sitios, he visto pacientes abandonados por sus familiares, exhibidos como atracciones de un circo por los propios encargados que prometían cuidarles. Me consta, Horacio, que esta misma gente ha enjaulado y vendido a sus pacientes más populares. Algunos son colegas míos, otros, aunque no peores, meros charlatanes que venden una sabiduría adquirida en sitios imaginarios. Estoy haciendo todo lo que puedo, pero si usted decide probar los tratamientos de esa gente, no tendrá mi apoyo, me haré a un lado, lamentándolo mucho por su esposa…”

Esa misma noche, durante la madrugada, Diana se quitó la vida cortándose las muñecas con unos trozos de vidrio, el doctor Werner tuvo graves sospechas de que alguien la había asistido, pues sedada como estaba a esa hora, era difícil de creer que ella sola hubiese cogido el retrato, haberlo roto contra el velador, en un ángulo en el que se debía estar de pie para hacerlo, y luego acostada y correctamente arropada, sin arrugas en su colcha, apareciera desangrada por la mañana. No encontró a nadie a quien pudiera culpársele con justa razón, pero dejó muy en claro sus sospechas al doctor Ballesteros, quien le dejó muy en claro también, que haría todo lo posible por descubrir a cualquiera que pudiera ser responsable del suicidio de su mujer. Lo cierto es que fue él mismo, quien, agotado por la enfermedad de su mujer y frustrado por la inutilidad de todos sus intentos, y luego de varios vasos de coñac, consideró como factible la posibilidad de asfixiar con un cojín a su esposa, pero al hallarla despierta a las tres y media de la mañana, tuvo una idea mejor, cogió el retrato de ambos y luego de romperlo contra el borde del velador le ofreció uno de los trozos de vidrio mejor formados para el propósito que ambos sobrentendían, “Lo he intentado todo…” le dijo, “…ya no hay nada más que pueda hacer por ti”



León Faras.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Autopsia. Última parte.


V.

Lo habían intentado, muchas otras veces, pero no había funcionado de ninguna manera: Úrsula no volvía a quedarse embarazada, lo que era frustrante para Cifuentes que en el fondo de su corazón, en ese sitio que casi nunca ve la luz, él deseaba tener un hijo propio, uno con el que no tuviera que mentir cada vez para justificar la total disparidad de faz. No le decía nada a Úrsula, pero ésta también sentía ese peso, el peso de que su hijo tuviera ya cinco años y que todavía fuera el único, para el resto de la gente, con seguridad algo no estaba funcionando bien en esa pareja, y en secreto le auguraban un pronto final. El niño se entretenía pelando arvejas, encaramado sobre la mesa de la cocina, mientras su madre revolvía la olla con la cena, de pronto David se cansó de su labor, “Mamá, cierra los ojos y yo me escondo…” Úrsula le respondió que estaba muy ocupada para jugar, pero el niño insistió y la mujer accedió cerrando los ojos por unos segundos con una sonrisa de suficiencia, sólo para darle en el gusto a su hijo. El niño se dirigió a la puerta de la calle, la abrió, tomó la mano de Oriana, que estaba parada allí usando el cuerpo de Elena, y se fue con ella. Varios minutos después apareció Úrsula, llamando a su hijo y echando vistazos bajo los muebles, para que éste saliera de su escondite para cenar, el ver la puerta abierta le dio una mala espina muy desagradable, pero antes de buscarle afuera o de cerrarla, siguió llamando a su hijo hasta el despacho donde trabajaba su marido. Úrsula lo buscó y lo llamó allí, ante la mirada de incredulidad de su esposo, “Te digo que no lo he visto…” respondió éste con inocencia, “¡Ay Dios mío!” dijo la mujer con angustia, y lo volvió a gritar, pero esta vez, ya no como un juego.

Alguien golpeaba la puerta con insolencia, Guillermina salió a abrir envuelta en un chal y quejándose de las personas que venían a horas inadecuadas y encima con apuros, como si trajeran mucho dinero. Clarita estaba allí, angustiada, asustada y sin aliento, Guillermina tuvo que pedirle que tomara aire para poder entender lo que decía, “Es Elena, el padre… el padre tiene que ir por ella” Benigno venía secándose las manos, dispuesto para cenar, cuando oyó los ruegos desesperados de la chiquilla en la puerta, “¿Qué le ocurre a Elena?” preguntó éste, Guillermina mantenía abrazada a Clarita, como queriendo calmarla, o protegerla “Venía para acá, pero no era ella, padre, no era ella… era otra persona” Guillermina no entendía nada, Mateo estaba también allí, pero se enteraba menos de lo que sucedía, quien sí comprendió, fue el padre Benigno, “David…” dijo, casi para sí, y partió dando zancadas rumbo a la casa del doctor Cifuentes, Mateo, como buen sacristán, partió detrás del cura, tanto Clarita como Guillermina, todavía abrazadas, le gritaron para detenerlo, pero éste no escuchó, si al fin era sordo.

Úrsula y Cifuentes ya habían dado la vuelta a la casa de arriba abajo, sin hallar ni rastro del muchacho, la puerta de calle estaba abierta, pero no podían creer que el niño se hubiese ido de la casa, David no hacía ese tipo de cosas. Estaban listos para salir a buscarlo a donde fuera, cuando Benigno llegó agitado y alterado preguntando por Elena; ni Úrsula ni Cifuentes sabían nada de Elena, y tampoco entendían por qué debían saber algo de ella, “¿Y David…?” preguntó el cura, como si supiera algo que los otros no. La mujer le dijo que no lo podían encontrar por ningún lado, el cura se masajeó la frente, consternado, “Me temo que Elena se lo ha llevado…” dijo, aunque para Úrsula eso no tenía sentido, de haberlo hecho, le habría avisado, “Puede que no sepa lo que está haciendo…” sugirió el cura con cautela, el doctor Cifuentes lo miró leyendo perfectamente la cautela del cura, como un detective descifra cuando un acusado miente o dice la verdad, se dirigió a su esposa que no comprendía nada de lo que estaban hablando, “Cuando el doctor Werner le hizo las sesiones de sueño a Elena, ésta acusó episodios de su vida en los que actuó dominada por otra personalidad y de los que luego no podía recordar nada” Úrsula lo miró como si le estuviera tomando el pelo con el más absurdo de los cuentos, pero la expresión del padre Benigno le daba credibilidad, “¿Otra personalidad?” repitió la mujer, “Como una especie de enfermedad de la mente” aclaró Cifuentes sin profundizar demasiado, su mujer, lejos de tranquilizarse, estaba empezando a hiperventilarse, “¿Me están diciendo que Elena está loca?” Cifuentes respondió con su silencio, el sacerdote no supo qué responder, Úrsula se cogió las mejillas, angustiada, “Oh, por Dios, tengo que encontrar a mi hijo…” Entonces se escucharon los gritos de Mateo desde la calle, unos gritos salidos de la garganta por instinto, señalaba un punto con urgencia: “Humo” dijo Cifuentes, “La iglesia” apuntó Benigno, “David…” pronunció Úrsula con horror, y partió corriendo, antes de que nadie pudiera detenerla.

“¿Por qué estás en el cuerpo de mamá?” preguntó David, caminando tomado de la mano de Oriana, a la cual había visto muchas veces antes, de hecho, ella le pidió que envenenara al cura con el líquido regalado por Raquel, la gitana, pero nunca antes la había visto usando el cuerpo de otro, “Ella nació para esto, yo no estaría aquí de no ser por ella… y tú tampoco” “¿Y dónde está ella entonces…?” preguntó el niño apretando las cejas, Oriana sonrió suavemente, “Duerme…” le dijo, “…no te preocupes, ella sólo duerme” Caminaron sin prisa hasta la iglesia, se pararon en la puerta, Oriana cerró los ojos y respiró hondo, “¿La sientes latiendo bajo tierra? ¿Sientes cómo nos llama?” El niño la sentía, “Mamá dice que no debo entrar aquí” “Mamá no te ha dicho por qué” respondió ella, abriendo la puerta de la iglesia con una suave presión de sus dedos. Apenas entraron, toda la estructura pareció sufrir un pequeño escalofrío que se acentuó con el sonido de los cristales. La iglesia de noche, era un sitio frío y oscuro que aparentaba ser más grande de lo que realmente era.



León Faras.

martes, 1 de septiembre de 2020

Autopsia. Última parte.


IV.

Isabel Vásquez era apenas un año mayor que Elena, su tía Romina era la madrina de ésta, lo que las convertía en medio parientas sin tener consanguinidad. Isabel era ya toda una señorita que ya hasta tenía un novio formal, joven, apuesto y de buen apellido, lo que la convertía en el foco de admiración de Elena, como un ejemplo de lo que ella debía ser al cabo de un año. La visitaba, con el permiso de su padre, cada tanto tiempo a la finca de los Vásquez, y se quedaba algunos días con ella. Dormían juntas, lo que era lo mejor, pues las historias de Isabel eran muy interesantes, sobre todo cuando se trataban de chicos, de besos, coqueteos y de sexo, pues Isabel aseguraba haberlo practicado ya en secreto y no con su actual novio, con el cual pensaba casarse, sino que con otros chicos de la ciudad amigos de sus primas, “…donde todo es muy diferente que aquí en el campo…” aseguraba Isabel con sobrada seguridad. Elena se sonrojaba, pero le encantaba oírla y admiraba su osadía y desplante, además, Isabel tenía el valor de mentirle al cura cuando acudía a confesarse, en eso se parecía a su hermano, Ignacio, mucho más liberal que ella. Se dormían tarde, entre cuchicheos y risitas contenidas. Aquella noche, ambas dormían profundamente, Isabel despertó de golpe, como si su espíritu errante hubiese debido entrar a su cuerpo de improviso y con violencia, Elena estaba de pie frente a la ventana con los visillos cerradas como una sonámbula, al girarse, su rostro era una máscara incapaz de pestañear, jamás la había visto así, “¿Qué haces ahí, pasa algo?” le preguntó restregándose los ojos, “Ven…” respondió Elena con dulzura, una dulzura muy rara. Isabel dudó, pero tal vez había algo interesante que ver afuera, se bajó de la cama, sólo la luz que entraba por la ventana iluminaba la habitación, había algo muy extraño con Elena, parecía un títere, sus movimientos no eran naturales y su cara se veía carente de vida, sin embargo había algo mucho más raro, quizás era el ángulo en el que entraba la luz de la luna, el tono del visillo o algún tipo de reflejo, pero sus ojos se veían de diferente color, “¿Estás bien?” Preguntó Isabel echando un vistazo afuera, luego le dio una pequeña sacudida por el hombro con una sonrisilla chueca y traviesa, “¿Estás despierta?” Elena la miró a los ojos, de alguna manera no era ella, Isabel retrocedió un paso, “Me estás asustando…” Elena hizo un gesto parecido al fastidio, pero dirigido a alguien detrás de Isabel, “¿A qué estás esperando…?” Isabel se volteó, un hombre bastante más alto que ella, vestido con harapos y con dos horribles agujeros negros, lagrimosos de sangre seca, donde debían estar sus ojos, había aparecido de la nada, tenía la mandíbula abierta, presionada hasta deformarla por una mordaza tan vieja y sucia como el resto de su ropa, Isabel quiso gritar, pero el hombre la atenazó del hombro, sintiendo cómo se rompía algo bajo la presión de su pulgar, al tiempo que le daba un puñetazo feroz en el estómago metiendo su brazo dentro del cuerpo de Isabel hasta casi el codo, luego lo extrajo lentamente, pero aquel ya no era el brazo de un hombre sino el de un cadáver que chorreaba sangre negra y restos de alguna masa de igual color, que caía al suelo como moco sin siquiera salpicar, mientras la muchacha convulsionaba entre tosidos con sangre y dolor. Los mismos tosidos despertaron a Elena, Isabel en su cama se ahogaba con su propia sangre tratando de escupirla, mientras además, intentaba aliviar el dolor de una clavícula rota, Elena, horrorizada, saltó de su cama, primero para intentar auxiliar a su amiga, pero al verse sobrepasada, salió corriendo en busca de ayuda despertando a toda la casa con sus gritos de terror. Esa fue la última vez que vio a su amiga con vida, hubiese querido asistirla, pero estaba demasiado alterada como para ser de utilidad y el deceso de Isabel fue muy rápido, eso sí, esta última le contó su pesadilla a su hermana Inés y a su madre antes de morir, pero sólo quedó como eso, un horrible sueño.

Ya casi anochecía cuando Mateo se despedía de Clarita y partía corriendo de vuelta a su casa donde Guillermina lo esperaba todas las noches para cenar. Siempre caminaban juntos un buen trecho antes de despedirse. Era uno de esos días raros, donde las nubes y el sol poniente proyectan una rara sombra sobre la tierra y parece que oscurece más temprano o más rápido. Clarita caminaba de vuelta a casa, cuando vio que Elena venía, era una extraña hora para salir, tal vez venía por ella, pero no lo parecía, “¿A dónde vas?” preguntó la muchacha con una sonrisa vivaz, Elena apenas la miró y siguió caminando, Clarita se le paró enfrente frenándola con suavidad por los hombros, la mujer la miró de arriba abajo y luego a los ojos, eran de diferente color, “Tú no eres Elena…” dijo la niña quitándole las manos de encima, como si de pronto hubiese sentido asco de tocarla, “¿A dónde vas?” se atrevió a preguntar con más valor del que creía tener, “Es hora…” respondió Oriana, que no era Elena en ese momento. Clarita tomó una bocanada de aire, y luego de retroceder dos o tres pasos, echó a correr lo más rápido que pudo rumbo al pueblo, y confiando en su instinto de niña, se internó en el olivar, a pesar de que la noche se esparcía más rápido allí, para acortar camino y alertar al cura, que era el único plan que tenía.

Salió de la silueta de un árbol y se le plantó enfrente, era Niceto, el hombre enorme con los ojos destrozados y la mandíbula desfigurada por una mordaza que parecía cada vez más apretada. Clarita se asustó, pero tuvo el valor de coger un palo para defenderse, no era una gran cosa, pero lo empuñó como si se tratara de una lanza, tan amenazante como puede ser una chiquilla menuda y asustada, se atrevió a atacarlo con valor forzado pero el palo chocó contra una pared rígida sin causar daño, entonces Niceto la cogió del cuello, un cuello menudo para una mano enorme, podía matarla sin esfuerzo, pero entonces un destello de luz iluminó todo el olivar como un rayo mudo, sólo fue un segundo, pero suficiente para hacer visible la silueta oscura de un ser más alto que él, inmóvil, parado tras la niña, de alguna manera Niceto lo vio y lo reconoció con horror. Mientras aflojaba la presión en el cuello de Clarita, la punta de un cuchillo luminoso brotaba de su pecho, Niceto gritó, con una boca desproporcionada que rasgó su cara, pero sin apenas emitir sonido, mientras su cuerpo perdía consistencia y el cuchillo lo rasgaba sin esfuerzo a la mitad. Su cuerpo se desmenuzó en fragmentos como papel quemado arrastrado por la más débil de las brisas. Gracia estaba tras él, seguía igual, pero ahora brillaba como un reflejo pálido de la luna, “¡Vete!” le dijo como una orden, que Clarita obedeció incapaz de pronunciar palabra.



León Faras.

sábado, 29 de agosto de 2020

Autopsia. Última parte.


III.

No había día en que la tía Elba no se hiciera mimar por sus numerosas empleadas, y ese día no era la excepción, entonces apareció Regina arreglada, lista para salir, “Se puede saber a dónde vas” le dijo su madre, con esa petulancia que da la autoridad absoluta, “Voy a salir, madre” respondió ella, digna, mas a su madre esa no le pareció una buena respuesta, “¿Pero qué es lo que te pasa a ti? Me tienes todo el día abandonada como a una apestada” “¡Pero si estás todo el día rodeada de personas!” Replicó Regina con la razón que da lo evidente, “¡Estas no son…!” Iba a decir su madre que aquellas no eran personas, pero se contuvo a tiempo, “…no son lo mismo, Regina. Te exijo que me digas a dónde vas” Regina se puso firme, como una soldadito novata frente a su veterano comandante, “Niñas, salgan por favor” Dijo, pero las empleadas no se movieron hasta que la tía Elba les hizo el gesto definitivo. “Estoy saliendo con Ernesto Villalobos” soltó sin preámbulos ni medidas cautelares, “¡Pero si ese es nuestro abogado!” exclamó la tía Elba alarmada, “Y también es un buen hombre” respondió Regina sin perder la compostura, “Y estás segura de que a ese cincuentón que nunca se ha casado le gustan las mujeres” lo dijo con cierta empalagues cínica en el tono, su hija se mantuvo firme, “Sí madre, estoy muy segura” La tía Elba hizo el gesto de haber recibido un escupitajo en la cara, “Regina, no seas vulgar” “Entonces no haga preguntas vulgares, madre” Replicó aquella impávida. “¡Pero es que no ves que ese no es más que un Don Nadie  que sólo quiere aprovecharse de ti!” Exclamó la tía Elba, irritada, como si estuviera tratando con una testaruda que no entiende las razones más elementales, “¡Pues eso es lo que quiero, madre, que se aproveche! ¡Y bien aprovechado!” gritó Regina, apretando los puños y soltando una patadita sobre el piso, su madre respondió golpeando los brazos de su silla, “¡Es que has perdido el juicio! ¿Estás dispuesta a perder tu puesto en esta familia, mi legado, por ese abogado de segunda?” Regina respiró hondo, se había sobresaltado antes y eso no era digno de una señorita, “Tú misma lo elegiste, madre, sabes muy bien que no es un abogado de segunda, y sí, ya no quiero tu legado, si para obtenerlo tengo que seguir marchitándome a tu sombra, madre” No pudo contener una lágrima, la atajó con su impoluto pañuelo y se dio la media vuelta para irse, entonces su madre la llamó con su autoridad implacable, cuando Regina se volteó para mirarla, se dio cuenta de que la anciana se había parado de la silla con ruedas como en una auténtica sanación milagrosa, “Sabes muy bien que cuando tomo una determinación, soy inflexible hasta el final, cueste lo que cueste…” Su tono era amenazante, Regina estaba rígida, como esperando recibir un golpe, a pesar de la distancia entre ambas. La tía Elba continuó, “…pero en tu caso estoy dispuesta a hacer una excepción…” la anciana hizo una pausa, Regina la miraba sin confiarse del todo. Si había alguien que conocía bien a su madre, esa era ella. La tía Elba continuó hablando como a regañadientes, dejando en claro el esfuerzo que le significaba ceder, “…aceptaré tu relación con Villalobos si decides regresar a mi lado, al menos algunas horas al día. Te necesito Regina…” Regina no lo podía creer, estaba a punto de ponerse a llorar de la emoción, “Pero…” continuó su madre, “No te casarás con él hasta que yo esté muerta. No quiero ver como mi trabajo de tantos años se despilfarra al final en manos de uno de mis empleados” Concluyó la tía Elba, remarcando su fastidio en el tono, justo antes de que su hija se le abalanzara encima para abrazarla y besarla como no lo había hecho en décadas, “¡Gracias, madre, se lo diré a Ernesto!” y salió corriendo con pasitos cortos. Era como una quinceañera, siempre había sido así, sólo que su madre nunca lo había querido notar. Lo que su madre no querría jamás ni siquiera imaginar, era que su hija había logrado mantener por más de veinte años una relación clandestina de una o dos horas a la semana con el doctor en leyes, Ernesto Villalobos, sólo que ahora en el último tiempo, había considerado cosas que antes su madre consideraba por ella y se había atrevido a tomar decisiones que antes le parecían sencillamente inadmisibles, como jugarse el cuello ante su madre por un hombre.

Ignacio pagaba las consecuencias de su rebeldía, las emergencias sanitarias en los barrios más pobres estaban controladas, y aunque enfermos habría siempre, les era imposible a éstos solventar los costos de un médico, y donde antes era exigido con regularidad y buen salario, ahora había otros en su lugar, otros con la misma facha ganadora y olfato oportunista que él solía tener al iniciarse en el negocio y para colmo, su tía Elba le había restringido sus fondos familiares, con el propósito de que se arrepintiera y acatara su voluntad, pues como solía decir ella, “Bajo advertencia, no hay felonía” Ella podía restituirle todos sus privilegios, pero antes debía pagar el precio, aprender la lección y presentarse ante ella con las orejas agachadas. Sólo Hortensia le daba fuerzas, confiando en él y en su trabajo y recordándole que nada malo había hecho dándoles de su tiempo a los pobres y que no había nada de que pudiera arrepentirse. El padre de ella le había prestado algo de dinero, él era un hombre que había forjado solo su negocio y sabía que el dinero iba y venía como las olas del mar, “Cuando empecé, no sabía nada de telas ni tintes, mi padre era carpintero de carretas, hacía buenas vigas y las mejores ruedas, pero tenía poco trabajo porque se dedicaba sólo a reparar, y éramos cinco hermanos, entonces yo tuve que buscarme mi propio oficio, y en el mundo, pocos están dispuestos a enseñar lo que saben. Me las vi negras, con mi mujer preñada, viviendo amontonados en un cuarto en el que apenas cabría un caballo, tuve que aprender, tuve que mentir, tuve que rogar, pero al final encontré lo que buscaba y a esa teta me aferré, hasta ahora, y como yo lo hice, usted también lo hará. Cuando uno está acogotado, es cuando nacen las mejores ideas, porque uno pierde el miedo” Sus palabras, eran nuevas para Ignacio, jamás había tenido que empezar nada desde cero, y por su propia cuenta, ni siquiera su profesión y él todavía no llegaba al punto de perder el miedo. Entre vasos de vino, su suegro le dijo una noche lo que hasta ahora parecía ser su mejor opción, “Si quiere seguir siendo doctor, tal vez debería pensar en buscarse otro rumbo, porque aquí, a la sombra de su familia, de su tía, no lo va a tener fácil”



León Faras.

jueves, 27 de agosto de 2020

Autopsia. Última parte.


II.

Era raro ver a Aurelio Blanco fuera de la prisión en la que vivía desde hacía años, pero esta vez su propio cuerpo lo había obligado, había vomitado una masa sanguinolenta que tenía bastante mal aspecto, sólo a Pedro Canelo se lo dijo y éste lo convenció de visitar al doctor Cifuentes. Apenas lo recibió Úrsula en su casa, David lo miró hacia las alturas con emoción, “¡El Diablo!” dijo, “David, por Dios ¡Deja de decir sandeces!” lo reprendió su madre, alarmada por las ocurrencias de su hijo, pero Aurelio rió, se le salía la mandíbula hacia afuera cada vez que lo hacía, debido a un golpe muy fuerte que recibió siendo bastante más joven, “¿Cómo sabes eso, niño?” Úrsula no podía creer la respuesta del hombre, Aurelio se explicó, “El Diablo, fue un apodo que me gané entre mis compañeros durante la guerra, el Diablo Blanco, me llamaban… por mi apellido” La mujer estaba confundida, ya no sabía si debía reprender a su hijo o no, el hombre agregó, “No es algo de lo que me jacte, pero la verdad, buena o mala, sigue siendo la verdad ¿Está el doctor?” Cifuentes estaba en su despacho, también para él fue una sorpresa ver a Aurelio fuera de la prisión, “Debe de ser algo muy importante para que usted esté aquí” le dijo con buen humor, humor que se desvaneció cuando el guardia le explicó la causa. El doctor hizo algunas preguntas de rutina y un par de simples exámenes visuales y de palpación, no era necesario mucho más, “Aurelio, usted debe dejar de beber. Es demasiada aguardiente la que usted está tomando” Aurelio sonrió con su mandíbula maltrecha, como si hubiese oído una broma, una no muy buena, pero el doctor no le devolvió el gesto, “Pero doctor, si usted estuviera en mi lugar, le aseguro que lo entendería” Cifuentes lo entendía y hasta lo compartía, “…pero aun así, Aurelio, una cosa, no quita la otra” Aurelio pareció decepcionado, “¿Y no podría usted darme alguno de sus mejunjes, doctor?” El doctor podía darle algunas de las medicinas que conocía, pero ninguna serviría de nada si seguía con el aguardiente, “Déjelo, doctor, si yo ya me lo olía, después de todo, no me esperaba vivir tanto…” lo dijo sin pena “No diga eso, hombre por Dios” le replicó Cifuentes, el guardia agregó, “¿Cómo dice la biblia? ¿El que a hierro mata a hierro muere? Yo ya he vivido más de lo que debía, doctor” “¿Lee usted la biblia, Aurelio?” preguntó el médico, francamente extrañado, el guardia lo pensó unos segundos, “La verdad es que no mucho, doctor, pero a mí me enseñó a leer a los once años un cura, con una biblia y una vara de madera. No me he podido olvidar de ninguna de las dos cosas” Eso no era nada raro, era un método usado por todos, en todas partes las letras, como la disciplina, se enseñaban con sangre y dolor, pero el doctor no estaba de acuerdo con él “¿Cómo es posible que enseñen así a los niños?” Aurelio lo miró como decidiendo si hablar o callar, al final habló, “Era un maldito al que odiábamos y temíamos por igual, pero cada cual hace lo que puede con lo que tiene, y nosotros tampoco éramos unos santos…” hizo una pausa, luego continuó, “Yo ya no estaba allí, pero el día en que llegaron los rebeldes a buscar a sus niños para reclutarlos, él se plantó en la puerta de su iglesia y no se movió hasta que lo reventaron a bayonetazos. La mayoría de sus niños logró huir. Los que lo vieron, dicen que en la puerta de la iglesia había más sangre de la que puede caber en un solo hombre…” Concluyó Aurelio, mientras se ponía de pie para irse.

Elena hacía vestidos por encargo cada tanto tiempo, no se había ido de la casa de Tata, a pesar de que contaba con dinero para hacerlo, gracias a la herencia de Clodomiro, porque no iba a dejar a Clarita, ella era su mejor amiga, en algunas ocasiones casi una hermana pequeña y en otras, en la mayoría, como una hija, eran familia. Sabía que el negocio no prosperaría nunca en ese pueblo, donde la ropa nueva era un lujo y los vestidos finos, un privilegio que pocos se permitirían, pero había que tener prioridades en la vida, y para ella, primero estaba Clarita. Lo había conversado con Úrsula en más de alguna ocasión y al final llegaban siempre a la misma conclusión. Úrsula llegó conduciendo ella misma el coche de su marido, en la parte de atrás venía su hijo, totalmente ausente, concentrado en algo que traía en sus manos, ese niño podía perderse por horas en una sola cosa sin que nada lo distrajera, “¡Hola mamá!” Gritó el pequeño abrazándose a las piernas de Elena, ésta se incomodaba cada vez que el niño la llamaba así y cada vez le repetía que ella no era su mamá, que su mamá era Úrsula, pero David sólo respondía “Mamá y mamá” señalando a una y a otra, como si de alguna manera conociera los misterios de su origen. A Elena le quedaba una sensación desagradable en el estómago que Úrsula le quitaba con un abrazo y una sonrisa de que estaba acostumbrada a las raras ocurrencias de su hijo, “No te preocupes mujer, ya sabes cómo es…” Clarita también estaba allí, pero ella estaba siempre atareada, aunque su buen humor nunca lo perdía, como cuando vivía en la casucha destartalada a la que no paraba de limpiar y ordenar, “Mira mamá” Le dijo de pronto David a Elena, ésta estuvo a punto de protestar nuevamente, pero se quedó callada por la impresión, el niño tenía la piedra que ella le había regalado, y de alguna manera había logrado adherirle piedritas pequeñas hasta lograr algo parecido a una sencilla tortuga, Elena estaba encantada, a ella jamás se le ocurrió algo tan avanzado de niña, “Mira, puede caminar…” Le dijo el niño, quitándosela de la mano y poniéndola en el suelo, mientras él se recostaba al lado, con la vista fija en la tortuga de rocas. Elena le echó un vistazo y luego otro, pero como era de esperarse, ella no vio ningún movimiento, “Es lenta…” explicó el pequeño, sin quitarle la vista de encima a su creación. De eso no había duda. Ya estaba decidido, Úrsula y su familia se irían a la ciudad y venía a contárselo, pero no sólo eso, “…Estaba pensando que tal vez podrías hacer algunos vestidos para mí, enviármelos a la ciudad y yo me encargo de ofrecerlos a las damas de allá, ¿Qué te parece?” Elena no pareció muy convencida, no quería comprometer a su amiga o que ésta se sintiera obligada a hacerlo, pero Úrsula no pensaba lo mismo, “Vamos mujer, probemos, será divertido, cómo sabes si al final terminamos montando una tienda juntas” Elena al final aceptó.

Cuando ya Úrsula estaba lista para irse, descubrieron que su hijo no estaba con ellas, lo encontraron afuera, convenciendo a Clarita de mirar a través de sus piedras, ésta tenía el ámbar y la esmeralda puesta en los ojos y oteaba el cielo con ellas, cuando las mujeres llegaron, la muchacha se las devolvió, parecía impresionada con la experiencia. Luego estando ya a solas con Elena, la muchacha le dijo que el niño le había preguntado por su mamá, y al decirle ella que estaba muerta, le ofreció las piedras para verla, “¿Y la viste?” preguntó Elena incrédula, “Pues vi algo, algo así como una silueta, sin rostro ni nada, pero aun así fue increíble”



León Faras.

lunes, 24 de agosto de 2020

Autopsia. Última parte.


I.

David se pasaba el día jugando con las piedras preciosas que le había regalado Clodomiro, las llevaba a todos lados, cuando su madre pensó que se habían perdido, él señaló el sitio exacto donde estaban y Úrsula no tuvo más remedio que dárselas. Llegó ese día hasta donde estaba su madre sujetándose las piedras una en cada ojo, caminado como un ciego y con la cabeza inclinada hacia arriba en un juego infantil que a Úrsula a veces se le hacía peligroso, porque podía chocarse con algo o voltearse algo encima, “Mamá, llaman a la puerta. Es padre” le dijo, y se dio la media vuelta sin quitarse las piedras de los ojos. La mujer se extrañó, ella no había oído nada y por qué su marido no simplemente entraba. Abrió la puerta, y tal como lo sospechaba, era una jugarreta del niño. Nadie estaba allí, “David, sabes muy bien que no me gusta cuando…” Los golpes en la puerta la interrumpieron, esta vez sí los había oído, Benigno estaba allí, con el rostro afable que últimamente llevaba a todas partes, Úrsula lo miraba como si le estuvieran tomando el pelo, “¿Puedo pasar?” preguntó el sacerdote, con tono cansino, como si estuviera agotado. Alguno podría decir que incluso había perdido altura. La mujer le dejó pasar diligente, tal vez el cura había llegado antes y ella no lo había visto ni oído, pero Benigno afirmó que sólo había llamado a la puerta una vez y de inmediato atendieron su llamada, lo que dejó a Úrsula suspicaz. El sacerdote se dejó caer sobre una silla con la pesadez de quien acaba de cruzar todo un desierto caminando y sobándose una de sus rodillas como si se tratara de un animal al que quiere calmar, “Los años no pasan en vano, hija, ya no soy el hombre que era antes” Lo dijo como justificación, aunque aquello era evidente a simple vista, luego le preguntó por el doctor Cifuentes, pero éste llegaría dentro de algún rato, por lo que le tocaba esperar, Úrsula se disculpó por algunos minutos y David llegó junto al sacerdote, ya no con las piedras en los ojos, pero si con su pequeño vaso en alto ofreciéndole al cura una pequeña cantidad de agua, Benigno aceptó maravillado y agradecido el gesto espontáneo de David y se bebió el líquido de un trago, luego sintió un amargor muy extraño en la garganta, pero no dijo nada para no arruinar la buena voluntad del niño, éste se llevó su pequeño vaso de regreso sin decir palabra, Úrsula le ofreció al cura luego un vaso grande de limonada para que calmara la sed y esta sí que se sentía reconfortante. Pronto llegó el doctor Cifuentes, había estado revisando la salud de una mujer joven llamada Silvia Bustos, “Esa mujer ha pasado la mitad de su vida embarazada…” se quejó Cifuentes mientras saludaba al cura, éste esbozó una sonrisa amable, “Sí, ya son ocho, todos nacidos bajo el amparo del amor de Dios” respondió Benigno, “Y de su marido” no pudo evitar replicar Cifuentes mientras cogía otra silla para sentarse, su postura era grave y su tono, inflexible, “Mi familia quiere que nos mudemos a la ciudad, hay un trabajo para mí allá y Úrsula está de acuerdo en acompañarme” Úrsula estaba parada allí, confirmando con su silencio que apoyaba a su marido, el cura procesaba lenta la información haciendo varios amagues de querer decir algo sin decir nada. El doctor continuó, “Por supuesto que no será de inmediato, sino dentro de algunos meses y que yo mismo me encargaré de que le envíen al que será mi reemplazo” Finalmente Benigno sólo asintió con la cabeza sin decir nada y nada tenía que decir, “Quería que lo supiera por mí y con un tiempo prudente de antelación” Concluyó el médico.

La última voluntad de Lina fue que la enterraran allí, en su casa. Tenía la creencia de que, si había un espíritu, como decían, éste debía quedarse rondando cerca de donde estaba su cuerpo, y el cementerio no era el mejor sitio para eso, ella prefería quedarse en su campo, con sus cabras, el cura le dijo que su espíritu se iría al cielo, donde viviría eternamente en el reino de Dios, pero aun así ella prefería el modo antiguo, como ella enterró a sus padres hace infinidad de años, en sus casas bajo los árboles y sin cajón, “Los cajones me dan miedo, padre…” Le dijo con toda la ternura de viejecita que poseía, Benigno aceptó y Marcial Monte ayudó a Tata a hacer el hoyo, el cura lo consagró y Lina se salió con la suya. Al momento de morir, sólo Gracia estaba despierta, ambas se miraron con cariño, mencionó su nombre y expiró sin miedo.

Clarita se había convertido en toda una señorita que había asumido el trabajo del hogar ella sola, Tata seguía con el suyo inalterable, desde el alba hasta al ocaso cuidando de sus animales y de sus quesos, aunque ahora se había vuelto mucho más silencioso. Gracia cada vez se dejaba ver menos, y cuando ya pensaba que no la vería más, su hermana apareció para despedirse para siempre, era curioso, no lo había notado pero ella también había crecido, tal vez la muchacha veía sólo lo que quería ver, un reflejo de sí misma. Gracia siempre fue la más madura y menos emocional, por lo que su despedida fue igual, un simple aviso de que ya no podía seguir con ella, de que debía seguir su propio camino, “Cuida de Tata, él siempre se preocupó de nosotras. No dice nada, pero le tiene mucho miedo a la soledad” Clarita asintió obediente con los ojos húmedos, luego, sólo siguiendo su instinto, se le abalanzó encima para abrazarla, cosa que nunca antes lo había hecho porque sabía que su hermana lo detestaba, le susurró un “Gracias…” y su hermana también hizo algo que jamás había hecho: se desvaneció en sus brazos como si nunca hubiese estado allí. A quien sí veía casi a diario, era al joven Mateo, quien ya no era el imberbe de antes, más bien ya era todo un hombre. Seguía con su trabajo en la iglesia, aunque ya hace rato no necesitaba las indicaciones del cura para hacerlo. Clarita le hablaba sin parar sin importarle su sordera y reía, con esa risa que nunca perdió y que era capaz de iluminar toda una casa, para cuando terminaba de hablar, él ya le tenía un retrato nuevo. Con Tata, era diferente, ambos silenciosos y minuciosos en su trabajo, había aprendido todo lo que el viejo hacía, mirando y era muy bueno en eso, en mirar y aprender. Todavía vivía en casa del cura y ayudaba a Guillermina en lo que podía, ésta, al contrario del sacerdote, no había envejecido ni un sólo día, tenía las mismas canas y las mismas arrugas, y seguía levantándose de madrugada y haciendo los mismos quehaceres de siempre.

Úrsula dejó a su hijo bañándose y fue a prepararle sus cosas a su cuarto, para que el pequeño se fuera a la cama lo antes posible, una pequeña botella triangular, volteada y vacía llamó su atención, no la había visto hace años y al principio le costó recordar pero al final lo hizo, era la botella que aquella gitana corpulenta le había dado y de manera tan extraña. Se aterró de pensar que su hijo la hubiese bebido sin tener ni remota idea de qué porquería era y de su propia irresponsabilidad de haberla olvidado en un lugar donde el niño podía hallarla. Angustiada, lo interrogó en el baño si es que había probado el contenido de esa botella, pero el pequeño David le respondió con toda confianza que él jamás haría eso, “¿Estás seguro?” insistió su madre, todavía preocupada, “Sí, madre” le dijo, con un rostro de inocencia que no dejaba lugar a dudas.



León Faras.

jueves, 20 de agosto de 2020

Autopsia. Sexta parte.


XVII.

“¡Pero miren, si ya hasta camina!” Exclamó Guillermina al ver los primeros pasos lerdos de David que avanzaba con las piernas tiesas y golpeando el suelo con la planta de los pies como un gigante, mientras su madre lo animaba a llegar a sus brazos desde el otro lado. En ese momento llegó el padre Benigno, venía ensombrecido, en contraste con el buen humor que tenían las mujeres en casa, quiso acariciarle la cabeza al pequeño a modo de saludo, pero se arrepintió y luego se arrepintió de haberse arrepentido y el gesto le quedó torpe e incómodo, aunque se excusó con la noticia que traía, “Lina ha fallecido. Fue una muerte dulce, durante el sueño, por la mañana ya se había ido. El doctor viene conmigo, lo acaba de confirmar” “Oh por Dios” soltó Úrsula llevándose una mano a la boca, lamentándose, Guillermina, en cambio, fue más práctica, “Bueno, parto para allá ahora mismo, seguramente habrá un montón de cosas que hacer y pocas manos dispuestas. Voy a llevar algunas verduras para un consomé, eso siempre es bueno para atender a la gente” Dijo, poniéndose de pie con determinación, con ese poder que tiene la muerte para postergar cualquier otra obligación, “Yo te acompaño…” replicó Úrsula al instante, y agregó, “…no puedo dejar a Elena sola” “Rupano las puede llevar, pero que no se entretenga demasiado con el vino caliente, que luego debe volver por mí” Advirtió el cura, amenazante, “No se preocupe, padre…” Intervino Cifuentes, “Yo también tengo algunas cosas que hacer, asearme un poco y cambiarme el traje, luego se puede ir conmigo”

Lo cierto era que el doctor Cifuentes tenía sólo una cosa en mente, aprovecharse de que todo el mundo estaría preocupado por la muerte de Lina, sobre todo Úrsula y David, para sacar los frascos enterrados en su patio donde el niño solía jugar, aún no sabía qué haría con ellos, pero estaba claro que ese no había sido el mejor sitio. Cogió la pala y empezó a cavar con cuidado, pues romper uno de los frascos sería un desastre que prefería evitarse, esta vez, escudriñaba su rededor a cada dos minutos, como si estuviera haciendo algo indebido, no tardaron en aparecer las tapas metálicas, los cogió, los metió en un saco sin siquiera limpiarlos y volvió a cubrir el agujero. Le fue imposible no quedarse con la sensación de que cualquiera que mirara allí, notaría en el acto su intervención. Pensó en esconder los fetos en el entretecho, si alguien preguntaba, diría que siempre habían estado allí. Una vez dentro de su casa, sacó los frascos y los limpió con un trapo para que no fuera tan claro que habían estado enterrados. Al principio no notó nada raro, pero luego se hizo evidente que a uno de los fetos le había crecido cabello, un poco, pero que antes no tenía y aunque podía ser un efecto del cristal o una mala interpretación de sus ojos, juraría que había crecido, que se veía más ajustado dentro de su encierro de vidrio, cogió el otro y estuvo a punto de soltarlo al suelo de la impresión, con éste no cabía duda, se notaba más pequeño y su piel, que debería estar completamente quemada, se había regenerado en una buena parte, se sintió repentinamente incómodo, como quien está en un mal momento y en un mal lugar, para colmo, le golpearon la puerta, era el padre Benigno, que ya estaba listo para partir nuevamente, Cifuentes había cubierto los frascos con un paño de la cocina antes de abrir, “¿Qué le sucede, doctor, algo le ha sentado mal?” preguntó el cura. No sólo era su cara de haber recibido un puñetazo en el estómago, sino que, en vez de haberse aseado se veía peor que antes, sucio y sudoroso, “Tiene que ver esto, padre” respondió el doctor, sin cambiar esa cara de malestar estomacal. El doctor retiró el paño como si de un acto de magia se tratara, sólo que Benigno no pareció impresionado, Cifuentes lo animó a verlos más de cerca, y entonces sí causó el efecto esperado, “¿Cómo es esto posible?” Ahora el cura tenía el aspecto de haber recibido una buena bofetada sin aviso, “No lo es…” respondió el doctor.

Tata picaba leña con gravedad religiosa para mantener el fuego encendido con el que se cocinaba la enorme olla de consomé, del que salía un muy apetitoso aroma que Guillermina vigilaba con compromiso militar, probando pizcas a cada dos vueltas de la cuchara para comprobar los aliños, y no conforme con ello, cada tanto llamaba a Mateo y Clarita para darles de probar y que estos confirmaran sus sospechas de que tenía mucho de esto o le faltaba un poco de aquello, Clarita sólo asentía sin oponer resistencia y Mateo la imitaba, con eso la vieja se quedaba conforme. Dentro, Elena y Úrsula habían preparado a la difunta mientras el niño jugaba en un rincón, ajeno a toda la gravedad del momento, hasta que decidió ponerse de pie y acercarse a la cama de Lina con intenciones de tocar a ésta, su madre se acuclilló junto a él, un minuto después, la mujer se ponía de pie de un salto, con el niño aferrado como protegiéndolo de algo y golpeando una silla en el acto, que pacíficamente reposaba tras ella, Elena dio un respingo de susto, Úrsula estaba pálida y con genuina cara de espanto, “¡Dios mío, creo que está viva! ¿Lina? ¡Lina!” Úrsula sacudía el brazo de la difunta con repelús en la cara y en el gesto, Elena se le acercó para detenerla, pero Úrsula hablaba completamente en serio, “¡Abrió los ojos, te lo juro por Dios! Por un segundo abrió los ojos ¡Lina!” y volvía a darle palmaditas suaves en el hombro pero Lina no despertó de su sueño y Úrsula debió resignarse, aunque aún sentía el corazón golpeándole el pecho alterado como ella por la impresión, luego de ver lo que estaba segura que había visto. Cuando llegó su marido, éste confirmó por segunda vez el deceso de Lina, por petición de su mujer, para que ella se quedara más tranquila, pero ante la historia de ésta, el médico le explicó que los muertos podían hacer cosas como esas, y a veces más impresionantes, debido a espasmos musculares que se producen por el estrés de la muerte y se liberan luego de ésta, “Hace varios años, nos sucedió que un señor, muerto ya hace más de dos horas, dio un brinco estando tendido sobre la mesa de trabajo, que cayó al suelo, yo solté una bandeja llena de suministros médicos por el susto, el otro doctor, mayor que yo y mucho más experimentado se rió de mí desvergonzadamente, aunque admitió que ese había sido de lejos el espasmo post mortem más fuerte que jamás había visto” Guillermina asentía pedante, como si aquello fuese algo que a ella le había sucedido cientos de veces antes. Úrsula se quedó mucho más tranquila luego de oír que los muertos podían incluso saltar de la cama, lo cierto era, que Lina sí había abierto los ojos, y no había sido ningún espasmo, sólo el toque de David, aunque era difícil que éste comprendiera lo que acababa de hacer.

El viaje de regreso a casa de Lina del doctor y el cura fue incluso más incómodo y silencioso que su primer viaje, el día que Cifuentes llegó al pueblo, ambos pensaban en David y en esa extraña condición que compartía con los fetos sumergidos en formol, pero ninguno podía decir palabra, el doctor por su promesa, y el sacerdote por su obligación de callar todo lo oído en confesión.


Fin de la sexta parte.



León Faras.

sábado, 15 de agosto de 2020

Autopsia. Sexta parte.


XVI.

“¿Hasta cuando piensas seguir con esta farsa de hacerte el médico con vocación que atiende leprosos?” Preguntó la tía Elba, mientras una sirvienta le masajeaba los pies sumergidos en agua caliente y sal de mar, importada, y otra le limaba las uñas de la mano con pulcro esmero, Ignacio se detuvo consultando su reloj, “¿Qué quieres decir, exactamente, tía?” La tía corrió a la empleada que le atendía la mano como si se tratara de una mosca revoloteando sobre su bebida, “Sabes muy bien de qué hablo, esa no es la educación que te dimos, no te educamos para atender a ese tipo de gente…” dijo la tía, autoritaria, como si estuviera corrigiendo la actitud de un crío, luego, la tía Elba cambió a un tono más conciliador, “Hijo, no puedes seguir con esto, pierdes reputación entre tu antigua clientela ¿Crees que ellos querrán ser atendidos por el mismo doctor que esas personas?” Ignacio lo sabía, muchas de sus prestigiosas amistades habían comenzado a evitarle, no por haber matado a un hombre, sino por dedicarles tanto tiempo a los pobres y desatender a las familias que antes lo mantenían casi sin hacer nada, sólo por prestigio y exclusividad, como si de mecenas se trataran, “Pues, creo que he madurado, tía, ya no me interesan las mismas cosas que antes, ahora busco hacer algo más con mi vida…” La tía Elba le miraba espantada, “¡Es que quieres acabar cómo tu padre? atendiendo a muertos de hambre, siempre lleno de tierra y mugres” “No te angusties tía, eso no sucederá” Le respondió su sobrino con su confianza habitual, la cual podía ser tan real como fingida, luego ya se retiraba, pero su tía lo atajó con un comentario que sonó tan agrio como un reflujo gástrico, “Es por esa muchacha, ¿no? la hija del tintorero. Sé que te revuelcas con ella, y lo entiendo, pero no te creas que la aceptaré como miembro de esta familia” Lo dijo de una forma que resultaba muy clara, Ignacio prefirió ser más escueto, “Lo sé…” respondió, y en verdad lo sabía, luego agregó, “Por cierto, ¿dónde está Regina?” La ausencia de Regina, al lado de su madre, se hacía tan evidente como un agujero en la pared, la tía Elba no ocultó su molestia por la pregunta con un gruñido, “No tengo idea de qué le sucede a esa mujer, está rarísima, se la pasa encerrada y cuando sale, apenas abre la boca. Supongo que ya se le pasará”

Ya casi se podía decir que el padre Benigno se había acostumbrado al nuevo Cristo de su iglesia y a su dolorosa expresión cada vez que se postraba ante él para orar, y sí, al igual que él, ese Cristo tenía ombligo. No podía dejar de cavilar en todo lo que Elena le acababa de confesar, en David y en los fetos inmaculados que el doctor Cifuentes había hecho desaparecer, pero por sobre todo eso, pensaba en el hijo de Elena, aquel que había rasgado su herida sin tocarlo, aquel que atormentaba la vida de Úrsula con sólo su presencia, aquel que había desaparecido en un caos de humo negro, calor insoportable y muebles destrozados, según lo que Ismael y Lucila habían dicho, ese niño que había sido hallado en el cementerio, en el mismo lugar que describió Elena en su hipnosis, y que le había dado una paliza a Úrsula antes de desaparecer, ese al que él había aprendido a temer. Elena había terminado de orar y se había ido, “Ojala haya recibido la respuesta que buscaba” pensó el cura.

Úrsula abrazó feliz a Elena apenas la vio, le había dado un buen susto la última vez, tanto que no había podido pegar ojo en toda la noche, esas fueron sus palabras, Elena se disculpó diciendo que su malestar, tan pronto como había aparecido, se esfumó, pero que no había nada de qué preocuparse. La mujer venía a ver al doctor, pues tenía un asunto que arreglar con él en privado, Úrsula lo comprendió, casi todo el mundo tenía asuntos privados con su esposo, ella, lo que tenía, era ropa que tender, “…pero si no me pasas a ver antes de irte, me enojaré mucho contigo” le advirtió con uno de sus debiluchos índices empinados. Cifuentes trabajaba en un documento en el que pretendía agrupar los conocimientos de todos los herbolarios de la zona, pues sabía que la medicina natural podía ser una gran aliada, cuando vio llegar a Elena a su despacho, invitada por su mujer, él quiso saber de inmediato cómo se encontraba, y ella respondió que se sentía bien, lo que quería era hablar, “Sólo tengo té frío…” se excusó Cifuentes, antes de sentarse. Ambos estaban incómodos, fríos, sin mirarse directamente a los ojos, Elena con la vista buscando las imperfecciones en su vaso de té, el doctor le miraba las manos, “Úrsula me comentó que usted ya conoce la extraña condición con la que nació nuestro hijo…” comentó éste, suponiendo que ese era el motivo de su visita, Elena lo miró a los ojos para asentir pero de inmediato volvió la vista a su vaso, “Quería hablarle sobre aquella noche, la de la fiesta de san Lorenzo” le dijo ella, como allanando el camino, el médico procuró no sorprenderse, “Fue usted, ¿verdad?” Elena lo miró con toda la capacidad de sus enormes ojos, “¿Ya lo sabía?” le preguntó, el doctor nuevamente desviaba la vista, “Sí, bueno, lo suponía… el perfume de su jabón era muy particular” Elena se avergonzó, “Debe creerme, esa no era yo, yo sería incapaz de…” “Lo sé” Le cortó el médico, “…no necesita excusarse conmigo, yo estuve en una de sus sesiones de hipnosis, ¿recuerda? Pero, ¿cómo es que logró entrar?” Elena pareció esbozar una diminuta sonrisa al recordar. En la caja que de niña, ella mantenía en su escondite secreto, en la cocina, María le había dado una llave para que la guardara allí, así nunca se quedaría afuera, ella la recibió como algo sumamente valioso, una gran responsabilidad para una niña pequeña “…El agujero atraviesa la pared, una simple piedra lo cubre por fuera. Sólo María y yo lo sabíamos” El doctor asintió en silencio, aplanándose una y otra vez el bigotillo, “Ya puedo estar seguro de que yo no engendré a David” De eso, Elena también estaba segura, pero no dijo nada, el doctor continuó tras ver la expresión en el rostro de la mujer, “No se preocupe, para todos los demás, él seguirá siendo mi hijo” “Úrsula no debe saberlo, ella ama a ese niño, y a usted…” el doctor la miró varios segundos tratando de decidir si aquello había sido un ruego o una amenaza, finalmente se decidió por lo primero, “Por supuesto, mi obligación de esposo es procurar su felicidad”

En el patio, Úrsula tendía decenas de sábanas y pañales, “¡Pero mira qué está haciendo este pequeño bandido!” Comentó Elena al llegar allí, Úrsula se volteó, el niño estaba embadurnado de barro fabricado con su propia e inagotable baba, que además manducaba como si fuese golosina “¡Oh por Dios, David!” Elena lo cogió para que su madre acabara su tarea, ésta continuó, “¡Siempre se va al mismo lugar a comer tierra! no lo hace en ningún otro sitio, ¡Te lo juro, le encanta ese lugar!” Elena rió, “Los niños y los animales saben cosas que uno no, tal vez haya algo allí…” dijo con picardía, “¿Un tesoro?” replicó la otra, también siguiendo el juego, el niño aplaudió con torpeza y ambas mujeres rieron, quien no rió fue Cifuentes, que en ese momento pensaba que debería sacar los fetos enterrados de ese lugar.



León Faras.

martes, 11 de agosto de 2020

Autopsia. Sexta parte.


XV.

Rupano estaba arrellanado de medio lado sobre su coche mirando con ojos diminutos a Mateo que le intentaba decir algo, pero sin la más mínima intención de entenderle qué, mientras Gracia entraba en la casa para luego salir Clarita tirando de la sotana del padre Benigno, “¡Encontró a Elena, Mateo encontró a Elena!” El cura no tuvo tiempo de preguntarse nada, sólo montó en el coche junto a Rupano y se dejó guiar por el muchacho. Fue muy raro encontrarse a Guillermina allí, pero ahí estaba, protegiendo a Elena con su propio paletó, el que ya le sobraba después de la extensa carrera que había tenido para llegar hasta allí, “Pero, en el nombre de Jesucristo, ¿qué fue lo que te pasó, muchacha, y a tu ropa?” preguntó el cura angustiado, en cuanto las alcanzó. Guillermina aún llevaba abrazada a Elena, protectora y solidaria, “No es nada, padre…” le respondió ésta, como si la muchacha fuera incapaz de hablar por sí sola, “…si un soponcio lo puede tener cualquiera. Y estos vestidos finos, no sirven para la vida de campo, ¡si se rompen en un santiamén!” El cura aceptó la respuesta, en parte, por la autoridad que la vieja usó para hablar, y en parte, porque él poco y nada podía saber sobre vestidos, las animó a subir al coche para llevarla al doctor, pero Elena se negó tajante, ella se sentía bien y no quería seguir preocupando a más gente, se iría a su casa, se pondría uno de sus vestidos viejos y se dedicaría a atender a Lina que era la que sí necesitaba que se preocuparan por ella.

-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida. Bendígame Padre, porque he pecado.

Dos días habían pasado desde el incidente, dos días en los que Elena no se había movido de su casa, preocupándose de los cuidados de Lina y de las labores domésticas, hasta que decidió que debía hablar con el cura, que debía soltar de dentro lo que sabía, y pedirle consejo al padre. Esta vez, Benigno reconoció al instante su voz, “Elena, cuéntame, ¿Cuáles son esos pecados que te atormentan?” Elena traía el rostro velado, como de esperarse, “Padre, no son pecados los que me traen hasta aquí esta vez, es más bien, otra cosa… un secreto con el que he cargado toda mi vida” El cura inclinó la oreja hacia la celosía, “Habla, hija, no calles más” Elena tomó una bocanada de aire, algunos secretos, después de un tiempo, se enraízan dentro y cuesta sacarlos, “…nací con una marca que no creo que sea obra de Dios, o mejor dicho, es la ausencia de una marca…” El cura no entendía de qué estaba hablando, pero algo en las tripas le decía que sería malo. Elena continuó, “…He, encontrado a mi hijo, padre, no tengo ninguna duda, él lleva la misma marca que yo” El cura se llevó el puño a la boca, pensativo, podía oírse el aire circulando a través de sus fosas nasales, “¿Quieres decir, que encontraste los restos del niño que perdiste estando en el convento?” Elena no levantaba la vista, como temerosa o avergonzada tal vez “No padre, él está vivo” “¿Dónde está?” inquirió el cura temiéndose la respuesta, “Es David, el hijo de Úrsula…” Respondió la muchacha, amparándose en el sigilo sacramental que obligaba al cura a callar todo lo oído en confesión. Benigno cerró los ojos apretando los párpados hasta sentir un ligero dolor en ellos. No le creía, era una locura imposible de concebir, pues ese niño había nacido del vientre de Úrsula, era hijo suyo y de nadie más, el cura se lo intentó explicar con toda calma, como se le habla a un niño pequeño, o a un idiota, pero Elena no era ninguna de las dos cosas, “Pero usted dijo que ella había encontrado a mi hijo en el cementerio” Aquel era otro, pero era otro que había desaparecido, sin embargo el cura recordaba el día en que ese niño desapareció, su herida desgarrada, el estado en el que Úrsula llegó a casa del doctor, y el estado en que quedó su cuarto y sus muebles, y la cruz, la cruz que luego ardía cada vez que David estaba cerca. El cura se llevó la mano a la frente, como quien comprueba si tiene temperatura, “…No puede ser hija, Dios no hace las cosas así…” Lo dijo sin convicción, y de inmediato se arrepintió de ello, “No padre, ese niño no es obra de Dios… ni yo tampoco” respondió la muchacha, compungida, “No digas eso, hija, Dios te ama y está contigo en todo momento dispuesto a auxiliarte, no importa la marca que creas tener…” Afirmó el cura, en un susurro, pero con la devoción de un predicador, “Yo no tengo ombligo, padre” Confesó la muchacha y el cura se quedó con la mandíbula congelada en un “Qué” “…Y el hijo de Úrsula tampoco” agregó la muchacha, antes de que tal afirmación perdiera su impacto. Benigno se persignó aturdido, por inercia, pensando en los fetos conservados en formol, esas criaturas a las que en su momento calificó como “No hijos de Dios” Ahora no sabía que pensar, se preguntó si Elena sabría lo de esos fetos, jamás había preguntado por ellos, lo cierto era que ella no les había prestado mayor atención, el primero estaba muy dañado con fuego y el segundo permanecía en el cuerpo de Domingo hasta el momento en que Horacio fue conducido a prisión y ella al convento. El cura lo recordaba, tuvo que pedirle a María que retirara aquella criatura para que el señor y la señora Montenegro pudieran llevarse el cuerpo de su hijo, y la mujer lo hizo con la brutal pericia que da la experiencia de vivir tantos años junto al doctor Ballesteros, cogiéndolo por la cabeza y metiéndolo en un frasco, como si se tratara de un trozo de carne cualquiera puesto en una cacerola cualquiera, “¿Qué debo hacer, padre?” Preguntó la muchacha con humildad, el cura pensaba en ese momento en el doctor Cifuentes, y sus repetidas inseguridades con respecto a su paternidad, ahora lo comprendía. Tenía mucho en qué pensar, “Nada malo has hecho, hija mía, Dios conoce tu corazón y lo sabe. Ora, y deja que su sabiduría te guíe. Y con respecto a David, él no es más que un bebé al que no podemos culpar de nada, estoy seguro de que Úrsula hará un buen trabajo en su educación y se esforzará en hacer de él un buen cristiano. Nosotros también haremos nuestra parte” Elena aceptó las palabras del cura, era lo que necesitaba oír, se persignó y se fue a arrodillar frente al Cristo milagroso, del que todo el pueblo hablaba por la aparición de aquella cruz misteriosa a sus pies, sin duda una señal de Dios, aunque nadie se atrevía a aventurar un significado. Se puso a orar con devoción. Sólo una cosa había detenido a Elena de quitarse la vida, y eso había sido la forma en que sus padres habían muerto, se negaba a correr ella la misma suerte.



León Faras.

viernes, 7 de agosto de 2020

Autopsia. Sexta parte.


XIV.

Un coche, ese era el asunto que Hugo Cifuentes debía tratar con Cipriano, quien se estaba encargando de reparar uno para él, porque obtener uno nuevo en ese pueblo, era de todo menos fácil. Hace tiempo que el doctor necesitaba uno para movilizarse y hasta ya había hablado con Rupano para que él se encargara de la mantención necesaria del vehículo y el caballo a cambio de un pago. Debía ser una sorpresa, pero cuando ya regresaba vio a su mujer caminando a toda prisa de regreso a casa con el niño en brazos. La mujer se veía preocupada, ésta le habló del repentino malestar de Elena y que de pronto había decidido irse y le rogó que fuera a verla a su casa. Cifuentes obedeció a su mujer, mas, de haber cogido el camino de los olivares, se hubiese topado con el coche de Elena abandonado allí, pero prefirió tomar uno menos accidentado. Tata le dijo que la muchacha no había regresado y el médico le pidió a Clarita que ante cualquier cosa que necesitaran, no dudaran en buscarlo, confiaba el doctor Cifuentes en que Elena tendría asuntos pendientes en otra parte y que, tal vez, su mujer estaría exagerando un poco, o al menos preocupándose demasiado.

Por la mañana el padre Benigno, luego de tomar su desayuno, le dijo a Guillermina que iría a casa de los Prado, a visitar a Lina, quien se había puesto mal y de paso, aunque esto no se lo dijo a Guillermina, preguntarle a Elena cómo se había sentido, pues Úrsula al parecer, la había notado bastante enferma, del estómago o algo así. Rupano lo llevó, como siempre, y por el camino más corto, que era el de los olivares. Una vez allí, Hernán Prado, al que todos llamaban Tata, menos el cura, cortaba leña desde la primera hora de la mañana, él fue quien le dijo, apenas puso un pie en tierra, que el coche de Elena había regresado solo a casa y que temía que la muchacha hubiese tenido un accidente por el camino, pero él, teniendo a su mujer en cama, no podía moverse de allí. Clarita permanecía al lado de Lina para cualquier cosa que ésta necesitara, ella confiaba en que su hermana Gracia encontraría a Elena, pues ella tenía sentidos que el resto de las personas creerían que son imposibles, “La gente deja una estela por donde pasa…” le dijo una vez. El cura sólo intentó tranquilizarlo, decirle que debían confiar en Dios, y que hacía bien ocupándose de su mujer.

Guillermina ya lo había visto antes, pero ahora se le hizo más raro que nunca. Espiaba desde la cocina a Mateo, quien parecía estar gesticulando una conversación sentado a la mesa, con alguien al que ella no podía ver desde su ángulo, aunque no se oía nadie más en casa. Salió con todo sigilo de la cocina, ignorando el hecho de que el chico era sordo, y mirando al muchacho de medio lado, como quien se espera una sorpresa desagradable, para descubrir lo que ya se temía, que Mateo, además de sordo, había terminado medio chalado por tanto tiempo de abandono, creándose amigos imaginarios con los que poder conversar. El chico se volteó a mirarla como si la hubiese sentido parada detrás y la mujer no pudo más que sonreírle con un buen poco de lástima en los ojos, como se le sonríe a un perro demasiado estúpido para aprender algún truco, antes de volverse a la cocina suspirando por la inoperancia mental del pobre muchacho. Aún no borraba esa sonrisa de pena de la cara, cuando Mateo llegó a buscarla con cierta urgencia, la vieja lo siguió temiendo que algo hubiese pasado, pero la casa seguía igual que antes, el chico le indicaba que quería salir, pero para eso no necesitaba llamarla así, realmente este niño, a veces se comportaba como un perrito. Guillermina le indicó con toda suficiencia, que no la molestara para eso, que ella tenía siempre montones de cosas que hacer, pero el chico insistía. De una carrera entró en su cuarto y salió con una hoja de papel en la que habían varios bocetos de una muchacha, una niña que podía ser cualquiera, a la que había estando intentando dibujar y con ella en mano le exigía a la vieja que le acompañara. La mujer no entendía nada, apenas había comenzado a preparar el almuerzo y si se distraía de su estricto itinerario diario, las cosas no saldrían a tiempo, y eso era algo que a Guillermina le molestaba enormemente, tener que tacharse a sí misma de ineficiente. Pero Mateo insistía con tal vehemencia que finalmente accedió a asomarse a la puerta, el chico salió a la calle con el papel en la mano y dándole a entender que debía seguirlo. Guilermina no se decidía a poner un pie fuera de su casa, como si aquel fuera un punto del que no podría regresar nunca, el chico volvió a cogerla del brazo para animarla, y la mujer accedió a regañadientes, “Espero por tu madre que sea algo importante o…” En ese momento recordó que el chico era sordo y que sus amenazas eran completamente estériles. Mateo echó a correr como si ella fuera de su misma edad, “Espera un poco, muchacho por Dios, ¿o es que quieres matarme del esfuerzo?” nuevamente tuvo que aceptar con resignación que el chico no le oía nada de sus ruegos, además, tenía que soportar las miradas de varias personas con las que se cruzó que la veían como a una loca persiguiendo a un muchacho al que jamás alcanzaría. Salieron del pueblo, la pobre vieja estaba agotada, “¿Pero a dónde me llevas, crío del demonio?” expulsó entre jadeos. Ya sólo caminando rápido llegó hasta el campo de olivos, Mateo ya se había internado en él, Guillermina se apoyó en uno de los árboles para recobrar el aliento, como si éste pudiera renovarle las fuerzas. Tenía la saliva espesa que costaba de tragar, y no sudaba así desde por lo menos hace veinte años. Caminó entre los árboles sujetándose en uno a cada cinco pasos, estaba cansada, pero más que eso, estaba convencida de que este capricho del muchacho por seguirlo, había llegado demasiado lejos. Entonces el muchacho señaló un punto con apremio, al parecer, por fin habían llegado y así era: Elena estaba tirada allí, inconsciente o sólo dormida, abrazada a si misma por el frío de la noche, su precioso vestido estaba hecho pedazos, literalmente, “Niña por Dios qué te ha pasado…” miró hacia arriba y vio los jirones del vestido, atados entre sí y colgando de una rama como una cuerda, “¡Rápido, ve por el cura que está en casa de la Lina!” Ordenó Guillermina impulsivamente, pero de inmediato se debió retractar recordando que gritarle a Mateo, era tan inútil como gritarle a cualquiera de aquellos olivos, pero cuando se volteó hacia él, el chico ya corría como alma que persigue el diablo. La vieja se quedó con cara de no entender nada. En el suelo, Mateo dejó tirado su dibujo. Guillermina volvió a atender a Elena, pero mirando sobre sí con recelo, como si los jirones que colgaban del árbol pudieran atacarla, “Pero, en el nombre de la Virgen, ¿qué es lo que ibas a hacer, muchacha?” Murmuró. Elena despertó al fin, estaba helada, pero bien, “Guillermina, ¿cómo me encontró?” le preguntó con la voz débil y ronca, “Mateo me trajo hasta aquí, ese muchacho parece que ve cosas. Oye, ¿ibas a hacer lo que me parece…?” preguntó Guillermina señalando la cuerda, con miedo en el rostro de oír la respuesta, Elena se ponía de pie abrazada a ella, la vieja tenía el cuerpo tibio, “Sí, estuve a punto, Guillermina, pero decidí que no lo haría, que había otra manera” Guillermina se persignó. No había sido fácil tomar esa decisión, sin embargo, construir esa cuerda improvisada y atarla al árbol se le había hecho extrañamente sencillo, como cuando los vientos soplan en favor de lo que estás a punto de hacer, o como si el árbol se hubiese agachado para facilitarle la tarea, “Vamos niña, el Abel estará llegando con el coche por el camino” Elena echó un vistazo a la hoja tirada en el piso, y no tuvo ninguna duda, aquella era Gracia.



León Faras.