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jueves, 19 de marzo de 2015

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XIV.

Era plena mañana, pero la oscuridad lo envolvía todo dentro del abismo, parecía como si las pocas antorchas que llevaban los salvajes era lo único que se interponía para no ser devorados por las tinieblas de una sola vez y para siempre. Idalia, la mujer maldita, llegaba tranquila y resignada a cumplir con su condena, su inmolación, a la cueva del Débolum. El abismo era siempre frío, pues el aire helado que brotaba de su profundidad era siempre más abundante que los escasos y osados rayos de sol que caían dentro, pero del interior de la cueva emanaba un aliento tibio y denso, como si ya estuvieran dentro de las fauces de la bestia que habitaba allí. Se adentró llevando una antorcha en la mano y cruzó el bosque de estalactitas que asemejaban a columnas acinturadas que sostenían el techo de la cueva. El calor se hacía intenso y también la insoportable emanación de gases que le hacía doler la cabeza y le revolvía el estómago. La suave pendiente apresuraba su paso inconscientemente como manos invisibles que la animaban a llegar al fondo, donde ya se podía ver un gran resplandor de color rojo que iluminaba una enorme circunferencia destacándose en la predominante oscuridad del lugar. Idalia se detuvo, sudaba copiosamente debido al calor y se sentía enferma, pensó que el monstruoso habitante del abismo no era más que un mito y que cualquier persona que se quedara allí el tiempo suficiente, inexorablemente moriría sin necesidad de ser devorada por nada. Mareada y a punto de desmayase, no se dio cuenta cuando la enorme roca sobre su cabeza se desprendió cayendo sobre ella, pero no la aplastó, pues la roca en un segundo giró, se abrió y se convirtió en el poderoso Débolum, que aterrizaba sobre sus cuatro patas como un felino que cae sobre una presa desprevenida e indefensa. Goteaba y chorreaba metal derretido por todas partes además de un fuego de intensos colores vivos, la mujer maldita cayó al suelo incapaz de reaccionar, vivía aquello como en un sueño de semiinconsciencia, desarmada, solo con la certeza de que su fin había llegado y nada más había por hacer. El Débolum la devoró completa y de una sola engullida dejando una pequeña marca en el duro suelo de la cueva, luego planeó majestuoso entre su bosque de estalactitas para terminar sumergiéndose en la lava como siempre lo hacía. Los salvajes luego de presenciar lo sucedido se retiraron en silencio, habían visto lo que esperaban ver y nada nuevo había acaecido.

Rávaro mandó a sus hombres a que apresaran a Lorna que magullada y con dificultad salía de entre los objetos que le habían caído encima, pero aquellos se detuvieron cuando el enano de rocas se interpuso, acercándose a su compañera apenas la reconoció. Los soldados habían visto cómo el enano había salido victorioso de un combate cuerpo a cuerpo con la bestia mientras ellos habían sido incapaces de controlarla, sufriendo además, numerosos daños y no se atrevían a desafiar al pequeño y duro gladiador. Rávaro no podía aprobar que sus hombres le temieran más a esa criatura insignificante, a la cual estaba seguro de poder dominar con su magia, que a él mismo, por lo que decidió actuar por su cuenta. Un movimiento de su mano y el enano quedó inmediatamente aplastado contra el suelo, convertido en un corriente e inmóvil cúmulo de piedras, no le había costado ningún esfuerzo hacer ese pequeño truco pero había sido suficiente para recuperar el respeto de sus hombres, lo siguiente era incinerar a su hermana para que ninguno de sus soldados volviera a cuestionar alguna de sus órdenes, pero Lorna ya se había puesto de pie y trataba de comprender lo que sucedía, pues el enano de rocas que había luchado contra la bestia y el que había salido del estómago de esta, no eran el mismo, había vuelto a convertirse en la torpe y pacífica criatura de siempre, por lo que dedujo que ya no tenía la joya en su poder, y eso significaba que dicha joya solo podía estar en un solo lugar. Lorna pareció comprender y observó con cierta preocupación a la bestia que parecía dormir tumbada en el suelo y luego observó a los ojos de su medio hermano, se veía confiada, le dijo si es que acaso tenía alguna idea de quién había liberado a la bestia, o de quien la había liberado a ella, pero él no tenía dudas, quien había liberado a la bestia con seguridad podía haber sido ella o su pequeño compañero el mismo que le había ayudado a ella a escapar de su celda, ya le habían comunicado que esa pequeña criatura le había roto la rodilla a uno de los guardias de las catacumbas y todos sabían que el pequeño enano era capaz de eso y de mucho más. La mujer insistió en que de todas formas había recibido ayuda de alguien más para salir del nauseabundo pozo donde la tenía encerrada y Rávaro, condescendientemente, le respondió que si le daba el nombre de ese alguien, se encargaría personalmente de recompensarlo como merecía. La mujer sintió una gran satisfacción al ver cómo le cambió la cara a su medio hermano cuando le dijo que había recibido la ayuda de Dágaro, que el semi-demonio había regresado y que venía a por él, y que ya tenía en su poder una joya de reencarnación. Rávaro no le creyó, ella insistió sonriendo, él se enfureció, ella se burló de él y él con un gesto de su mano y una expresión de furia en su rostro la elevó en el aire unos centímetros y la convirtió en una antorcha humana flotante. La mujer gritó y se sacudió desesperadamente, pero solo durante unos segundos, luego Rávaro la soltó, el fuego se extinguió de forma tan fulminante como se inició y el cuerpo de Lorna cayó carbonizado y sin vida.

El respeto y el temor que los soldados sentían por su amo se habían restablecido, pero Lorna había logrado sembrar su semilla de duda y temor en la mente de su medio hermano antes de morir, pues este se quedó meditando, tal vez eran solo palabras, pero y si no, entonces sí su hermano volvería a vengarse de él y era probable que no pudiera reconocerlo a tiempo.


Fin del capítulo tres.

León Faras.

viernes, 28 de noviembre de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XIII.

En la profundidad del bosque, la agradable reunión en casa de Rodana llegaba a su fin. La Criatura ya hace un rato que dormía plácidamente bajo el dominio de la hechicera de las jaulas, en un lecho que Dendé había preparado para ella, mientras el Místico y su anfitriona fumaban en una acogedora terraza con vista a un pequeño trozo de cielo entre el follaje iluminado por la luna. Les preocupaba qué haría Rávaro con todo el poder que había conseguido al matar a su hermano, era un tipo ambicioso, cruel y ahora además poderoso, eso lo convertía en un peligro inminente del que había que preocuparse y así lo harían. Dendé apareció para avisar que el lecho para el Místico estaba listo y este se retiró a descansar agradeciendo la hospitalidad, luego de eso la enana volvió y su ama le pidió que le trajera una de sus jaulas, una en particular que contenía una pequeña pluma en su interior. Apenas la toma puede invocar su hechizo ya lanzado, inmediatamente obtiene el control del ave al que pertenece esa pluma. Rodana mira, piensa y hasta respira a través del ave, puede oír con claridad lo que ocurre a su alrededor e incluso puede sentir la molestia física del pájaro en su pata izquierda luego de haber recibido una mordida furiosa por parte de una de sus presas, el ambiente es más oscuro en las sombras donde el ave se oculta pero sus ojos ven bien en la oscuridad. Un chillido agudo y estridente se oye lejano, el sonido es reconocible para la hechicera pero poco probable, realiza un vuelo entre los árboles para detenerse en una rama más cercana e investigar. Una silueta pasa saltando de árbol en árbol a toda velocidad, antes de alejarse suelta un nuevo chillido, Rodana no tiene dudas ahora, es un Grelo solitario, pero que ande solo es tan raro como que ande de noche, tanto los Grelos como sus ranas son criaturas principalmente diurnas, sin embargo las situación no tardó en volverse más inusual, una horda de Grelos seguía al primero tan rápido como los animales que cabalgaban eran capaces, soltando sus desagradables aullidos y dejando tras de sí una estela con su repugnante olor. Algo muy inusitado estaba sucediendo, porque difícilmente aquello se trataba de una cacería, a menos que fueran ellos las presas.

El ave se elevó por sobre los árboles para investigar, y no tardó en divisar aquello que provocó la estampida de los Grelos. A una centena de metros una columna de denso humo era impulsada hacia el cielo con fuerza, mientras todo el entorno estaba iluminado, era fuego, sin duda, pero aquello no se trataba de un simple incendio. El sonido galopante de un motor de vapor que se oía cada vez más claro comenzó a preocupar a la hechicera, los árboles cercanos se inclinaban y quejaban como si resistieran un gran peso, el abundante follaje no le permitía ver con claridad desde las alturas, pero Rodana ya podía adivinar de qué se trataba semejante estructura monstruosa, no muchos poseían el genio y los recursos para crear magia usando la ciencia a tal nivel de espectacularidad. Se trataba de Galbatar, el alquimista. Y para la hechicera era un misterio qué lo había traído hasta aquí.

Ya poco falta para el alba, pero nadie se ha movido del patio del castillo del semi-demonio. Un hombre calvo y de aspecto gordinflón, estaba inclinado sobre el cuerpo inerte de la Bestia con el oído pegado a la caja torácica de esta, mientras Rávaro y los demás hombres que habían presenciado el combate contra el Enano de Rocas, sobre todo aquellos que habían apostado dinero, esperaban un diagnóstico con anhelante silencio. El corazón del gigantesco animal se oía débil y lejano, al igual que su respiración. El hombre luego bajó hacia el vientre de la Bestia, hacía muecas difíciles de interpretar, despegando la oreja y pegándola en otro sitio, sin que esto le ofreciera ninguna certeza, estaba confundido, oía el sonido característico de rocas que chocan y se frotan entre sí, pero no podía descifrar si aquella muestra de vida pertenecía al Enano, lo que era bastante probable, dada la naturaleza indestructible de este o eran simples movimientos digestivos en las tripas de la Bestia, cuyo organismo trabajaba para digerir el cuerpo extraño en su interior, lo que era poco creíble, debido a que ese cuerpo extraño estaba hecho de roca sólida. Rávaro perdía la paciencia, le había costado bastante caro que atraparan a esa bestia como para que ahora simplemente muriera sin prestarle ningún beneficio, estaba pensando ya en usar su magia para mantenerla con vida cuando el estómago del animal empezó a contraerse con violencia, provocándole a la Bestia una respiración anormal y dolorosa. Esta empezó a moverse, a tratar de incorporarse, parecía tener un ataque, vigorosas contracciones remecían su cuerpo inconteniblemente, la baba le colgaba de las fauces que cogían aire con dificultad y lo expulsaban con furia. El gordinflón empezó a retroceder con los brazos abiertos alejando a los curiosos, era un animal enorme y nada podían hacer para contenerlo, parecía que en cualquier momento iba a caer fulminado. Entonces, la Bestia estiró su cuello hasta el límite de su capacidad natural apuntando hacia el suelo mientras abría su hocico tanto como le era posible emitiendo ruidos realmente grotescos y como si se tratara de un perro envenenado, vació su estómago hasta que este se contrajo completamente en su vientre. Un montón de rocas cayó al suelo en medio de un gran charco de restos de comida a medio digerir y jugos gástricos, después de eso, la Bestia volvió a caer, pero esta vez el alivio que sentía era evidente, su respiración volvía a llevar un ritmo pausado y normal y el sufrimiento que la atormentaba por fin se había apaciguado. El Enano de Rocas se puso de pie cubierto por un líquido viscoso y de olor fuerte que no era otra cosa que vómito de bestia, claro que eso poco le podía importar a un enano de rocas, caminó hacia la multitud, ya no caminaba con la misma elegancia de antes pero aquello era comprensible después de haber salido del estómago de un animal. Instintivamente los soldados comenzaron a retroceder para abrirle paso, algunos con profundo respeto, otros con admiración y otros felices porque acababan de ganar lo que habían apostado, pues el Enano estaba incólume y la Bestia moribunda. Rávaro también lo observaba inmóvil, se preguntaba de dónde había salido semejante criatura, tal vez perteneciera como mascota a su medio hermano, podía serle muy útil si descubría cómo controlarlo, pensaba en ello cuando sus cavilaciones fueron interrumpidas por un ruido fuerte y que sin querer llamó la atención de todos, a alguien se le había quebrado el endeble techo de la herrería y había caído dentro, con gran escándalo de fierros que se golpean entre sí y maderas que se rompen y seguido de la réplica de un par de caballos asustados y un perro que pretendía hacer bien su trabajo de cuidar el lugar. Las antorchas se multiplicaron para iluminar al que había caído. Para todos fue una sorpresa pero especialmente para Rávaro, era su media hermana, Lorna, y nada le impediría ahora sacarla de en medio como lo había hecho con Dágaro, de hecho, matar a Lorna era por lejos, mucho más sencillo para él.


León Faras.

martes, 30 de septiembre de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XII.

Al otro lado del abismo y después de las enormes llanuras y lejanas colinas, el sol salía majestuoso iluminándolo todo, todo excepto el interior del abismo y por añadidura la ciudad vertical de los salvajes. Idalia, la mujer maldita, permanecía inmóvil recostada sobre su costado, aunque hacía rato que ya no dormía, tal vez había dormido demasiado durante el tiempo que fue prisionera, o tal vez era que su pronta ejecución, aquella misma mañana, le habían quitado el sueño, aquello le asustaba terriblemente, sí, estaba decidida a quitarse la vida, y ese era su único consuelo, que su muerte acabaría con Rávaro, pues ese siempre había sido su plan, llevárselo a la tumba preso de su maldición, pero ese abismo le aterraba y aquella criatura de lava o lo que fuera de la que tanto hablaba esa gente, le aterraba aun más, sin embargo, la muerte siempre es la misma, aunque las formas de morir sean tan variadas, no esperaba hacer de su muerte un acto de valentía o trascendencia, sino uno de pura y llana venganza, acabar con la vida del que tanto daño y sufrimiento había causado.

Sucedió aquel día en que se supo del embarazo de Moriel, la hermosa chica que Rávaro había elegido como amante, esta había huido atemorizada, cuando le hicieron ver que a pesar de la cantidad y variedad de amantes ocasionales que Rávaro había tenido en su privilegiada posición, no contaba con descendencia conocida, lo que con seguridad significaba que el señor de aquellas tierras no podía engendrar, por lo que no tenía chance de convencerle de que el hijo fuera suyo. Rávaro, en compañía de varios de sus soldados, llegó hasta una casa cercana a su castillo, una casa con una pequeña granja y un precario establo como había muchas allí, en ella un hombre reparaba una valla mientras su hija de diez años se entretenía con su gato pequeño. Rávaro se detuvo en la entrada y contempló algo que traía guardado en su puño, era un trozo de cristal que brillaba intensamente, luego de eso entró en el hogar, fue atendido con humildad por el hombre y su esposa, los soldados se esparramaron por los alrededores de la vivienda. Rávaro estudió la casa con detenimiento, agudizando sus sentidos. Dejó el cristal brillante sobre la mesa y les explicó a los dueños de casa que él había mandado a hacer un hermoso collar con la otra mitad de esa piedra y se lo había regalado a la hermosa Moriel, por la cual sentía un profundo afecto, lo había hecho así porque dicho cristal brillaba más intensamente al estar unido a su otra mitad y se opacaba con la distancia, por lo que era fácil encontrar el otro trozo y a juzgar por el brillo que tenía ahora se podía decir que el collar estaba bastante cerca, tal vez dentro de esa casa. La pareja se miró entre sí y luego al piso, según ellos no sabían nada sobre aquel collar ni sobre aquella muchacha. Mentían evidentemente. Entonces Rávaro hizo brotar de la nada fuego desde la base de una de las paredes cercanas y esta comenzó a quemarse con viveza, preguntó dónde ocultaban a la chica, pero la pareja se mantuvo en silencio, entonces las llamas brotaron en otra de las paredes y crecieron rápidamente hasta el cielo, la mujer rogaba clemencia con desesperación, alegando inocencia, el lugar se convertía en un infierno abrasador ante el cual Rávaro ni se inmutaba, volvió a preguntar mientras el fuego comenzaba a desmoronar la casa, desde afuera, uno de los soldados apareció, con dificultad debido al intenso calor, le informó a su jefe que habían atrapado a dos mujeres, una de ellas era Moriel, la otra parecía ser una de las hijas del matrimonio, al ver la casa en llamas habían salido de su escondite. Rávaro ordenó que subieran a Moriel al carro, se encargaría de ella personalmente, con la otra podían hacer lo que quisieran. Esas fueran sus palabras, y provocaron que la madre se lanzara a sus pies rogando misericordia,  pero Rávaro la apartó con un suave movimiento que la dejó inconsciente, luego tomó su cristal y se retiró, y como si hubiese sido su presencia lo único que mantenía la casa en pie, esta de desmoronó devorada por el fuego con sus dueños atrapados en su interior. Al salir, vio un soldado que, con una rodilla en el suelo, hablaba con la hija menor de aquella familia, le había dado un par de monedas, y le decía que todo eso pasaría pronto y que ella estaría bien.


Aquel fue el día en que Idalia, la mujer maldita, se enteró de la maldición que cargaba sobre ella y las demás mujeres de su familia. Su hermana se lo contó antes de convencerla de que debía irse sola a casa de sus tíos y primos, pues ella tenía que hacer algo importante antes. Idalia se fue, pero tuvo la mala idea de regresar por su gato, en el establo encontró a su hermana colgada de una viga, la maldición se encargaría de acabar con aquellos que habían abusado de ella. Ahora era su turno, descendería a las profundidades del abismo y acabaría con su vida en las fauces de esa criatura, de esa forma Rávaro moriría y el círculo por fin se cerraría.


León Faras.

lunes, 25 de agosto de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XI.

Ya casi no quedaba luz de día y las antorchas se multiplicaban en el ahora castillo de Rávaro donde se estaba desarrollando una batalla realmente encarnizada. La Bestia estaba totalmente fuera de control, los soldados con sus lanzas y espadas se convertían en una amenaza irrisoria para la enorme criatura que repartía manotazos a diestra y siniestra desperdigando por el suelo a varios de sus enemigos cada vez, los jinetes sin espacio para alcanzar velocidad o maniobrar con holgura eran incapaces de gestar algún ataque sin sufrir severos daños, y todo aquello se volvía más grotesco cuando algún desdichado era atrapado por el monstruoso animal y terminaba su vida en las fauces de este. La Bestia estaba hambrienta también y todo allí era comida abundante que en lugar de huir del peligro se le lanzaban encima, haciendo más fácil su cacería. La situación era crítica y a cada momento se veía más difícil de solucionar. Ravaro desde su balcón observaba la escena realmente molesto, podría haber apaciguado a la Bestia en cuestión de segundos, podía incluso doblegarla y hacer que el gigantesco animal hiciese su voluntad, pero ahora no había forma de que se acercara y la distancia era una gran barrera para su magia, poderosa pero terrenal, solo le quedaba abrir los portones para dejarla ir y que de esa forma dejara de hacer estragos entre sus tropas y su castillo, pero esa era una opción que se negaba a tomar, mientras sus hombres seguían cayendo, muchos de ellos sin volverse a poner de pie. Entonces sucedió el episodio más raro y excéntrico que hombre jamás haya visto o verá alguna vez.

De entre la multitud de hombres agotados que con sus armas en mano se agrupaban para tomar un aliento antes de lanzarse en un nuevo y estéril ataque del cual esperaban más salir con vida que causar algún daño, emergió una figura de burdo diseño pero de andar confiado y hasta gallardo. El patio donde estaba la Bestia quedó totalmente despejado salvo por los cadáveres, mientras los soldados formaban un círculo iluminado por numerosas antorchas sujetas por los propios hombres, expectantes pero incrédulos, absolutamente renuentes a creer lo que sus ojos veían o a imaginar lo que podía llegar a suceder. El enano de rocas caminaba sin ningún apuro ni precaución rodeando a la Bestia, como si la estuviera estudiando, mientras esta última lo observaba jadeante y amenazante, consciente de que aquello era un desafío, el gigantesco alboroto que había hace solo segundos se silenció por completo, nadie podía imaginar siquiera en qué terminaría un combate tan singular como aquel, la Bestia tenía todo su tamaño y poder a su favor, pero el enano de rocas era prácticamente indestructible, ambos se observaban, como gladiadores en la arena que aguardan el momento para atacar y fue la Bestia quien lo hizo primero, descargando un colosal manotazo sobre el enano quien simplemente se desarmó, rodando por el suelo convertido en un montón de piedras y luego se volvió a erguir esquivando el ataque y tomando una pose elegante como un torero que sin esfuerzo a evadido un ataque ciertamente mortal, la maniobra emocionó al público que comenzó a gritar y a alentar al pequeño gladiador mientras los más oportunistas ya organizaban apuestas para generar algunas ganancias con la insólita situación que se estaba dando.

Lorna observaba de prudente distancia, había conseguido una capa de soldado y con ella se cubría la cabeza y el cuerpo para pasar desapercibida, pero cuando la multitud de soldados se cerró en un círculo perdió la visión de lo que sucedía y solo podía ver a la Bestia que parecía ahora enfrentarse a un solo contrincante  en vez de atacar a la multitud como lo estaba haciendo, los hombres se animaban como si estuvieran presenciando un gran espectáculo, dando gritos y celebrando cada movimiento que se daba en la arena. La mujer quiso saber quién o qué cosa le estaba haciendo frente a tamaña criatura y se trepó pegada a la pared por sobre los precarios techos de los establos y herrerías que se encontraban en una esquina, aun así no tenía plena visión de lo que sucedía hasta que en determinado momento pudo ver una pequeña bola que rodó por el piso pasando entre las patas de la Bestia, para luego brincar y aferrarse a una de estas, inmediatamente comenzó a trepar con rapidez y agilidad por el abundante pelaje. La pequeña criatura que enfrentaba a la Bestia no era otro que su pequeño compañero, el enano de rocas, aunque solo ella sabía que en realidad se trataba del semi-demonio, Dágaro. La Bestia se agitó furiosa mientras el enano le llegaba a la espalda, Lorna se emocionaba al igual que todos los soldados viendo como su compañero ascendía por el cuerpo de la enorme criatura, esta, al no poder alcanzarlo con sus manotazos se lanzó contra los muros del castillo golpeando al enano contra la pared hasta alcanzar una de sus extremidades y arrancárselo del lomo, el público enmudeció en un sonoro suspiro, la Bestia cogió al enano con sus dos manos y tiró de él para despedazarlo en dos, pero toda su fuerza y sus alaridos de furia y frustración no fueron suficientes más que para separar las rocas sólidas que formaban el cuerpo del enano, descontrolada, la Bestia lanzó con todas sus fuerzas al enano contra el suelo, haciendo que este se estrellase violentamente, pero las rocas en el acto se agruparon nuevamente y el enano otra vez estaba de pie, erguido, ileso, caminaba desafiante, provocando un estallido de jolgorio y celebración en todo su entusiasmado público, incluyendo a Lorna que debía reprimir los gritos de emoción y celebración que le nacían para no delatarse.

El combate se prolongaba sin que se pudiera dilucidar algún resultado probable, el enano se defendía bien pero era incapaz de provocarle algún daño a la Bestia, excepto por el agotamiento, pues mientras el enano no parecía afectado en lo más mínimo, la Bestia jadeaba ruidosamente, aunque para derrotar a una criatura de esas magnitudes, el cansancio no era precisamente la técnica más sensata. Las apuestas estaban parejas y las posibilidades totalmente abiertas. La Bestia atacaba y el enano esquivaba, repitiéndose la misma secuencia una y otra vez hasta el momento crucial en que el enano decide cambiar de estrategia y dejarse atrapar. Un manotazo lo hizo volar por los aires hasta una pared cercana cayendo al piso, sin sufrir daño alguno pero simulando aturdimiento, entonces es tomado por la Bestia nuevamente y arrojado con furia contra el suelo, el gigantesco animal se entusiasma con la victoria y le da una paliza a su pequeño enemigo, el público se mantiene atento, el enano se queda inmóvil en el suelo. Entonces la Bestia comete el error que el enano esperaba, lo intenta devorar. Es cuando el enano de rocas contraataca, aferrándose a las fauces de la Bestia, se introduce hasta la tráquea, la Bestia se desespera, comprende su error y trata desesperadamente de remediarlo, intenta masticar, intenta tragar, el enano la asfixia al comenzar a pasar roca por roca a través de la garganta de la Bestia como lo hizo con los barrotes de su prisión, el animal se esfuerza por tragar para no ahogarse, hasta que el enano desaparece en el interior de la enorme criatura. El público no lo puede creer, el enano ha sido devorado, la Bestia da un alarido gigante de furia, como demostrando su poder, como celebrando su victoria y ve a todo ese público expectante nuevamente como a sus enemigos, los soldados comprenden que el espectáculo terminó y que la lucha se reanudará. La Bestia ataca pero entre gritos y bufidos cae al suelo encima de los soldados, inerte, sin fuerzas, derrotada. El enano le ha destrozado las entrañas.

La lucha terminó y aquellos que apostaron se preguntan quién ganó.


León Faras. 

jueves, 3 de julio de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

X.

El enano de rocas había regresado al castillo del semi-demonio no porque le interesara de alguna manera seguir a Lorna, nada en especial lo ataba a ella, su razón era mucho más práctica, había perdido su piedra primaria y con ella, tal vez su única posibilidad de reproducción, de transmitir su magia única a otras rocas ordinarias para que a partir de estas un nuevo enano de rocas naciera, en un periodo de gestación que podía durar varias décadas de lento y silencioso proceso mágico. Hace bastante tiempo que su ojo ya no se sostenía adherido a él como las otras rocas de su cuerpo, sino que se desprendía, señalando que el momento de entregar una parte de sí a favor de la multiplicación de su especie había llegado. Lorna ya había visto sin entender, en el momento en que conoció al enano de rocas, cómo su ojo se caía y debía ser devuelto a su lugar por el mismo enano, cosa que probablemente no recordaba ni menos asociaba con el regreso de la extraña y rocosa criatura a las catacumbas, lugar donde la piedra primaria se había extraviado al momento de rodar por las escaleras, el enano lo notó, pero cuando la iba a buscar, Lorna cayó y él fue arrastrado en esa caída. Ahora se mantenía en la sala de guardias a la espera de poder entrar nuevamente a las catacumbas para recuperar su ojo cuando una pequeña roca lo golpeó suavemente. Observó su rededor, Lorna estaba allí, también un guardia y un espíritu que el enano podía percibir, un espíritu que estaba especialmente interesado en la pequeña joya que lo acababa de golpear, ninguno de los seres que estaban presentes le generaba mayor interés al enano de rocas, para él, las criaturas orgánicas eran raras y de costumbres incomprensible, que en general poco o nada podían afectarlo en su apacible e imperecedera existencia, no eran una amenaza pero tampoco le generaban admiración. Sin embargo la joya llamó su atención, era bella, pulida, ovalada, como una piedra de río. Para un enano de rocas, una roca hermosa era especialmente interesante, casi irresistible. La tomó con la intención de adherirla a su cuerpo, en al acto se dio cuenta de que aquella no era un piedra ordinaria, sintió una energía extraña en su interior que provenía de aquella joya, era algo extraño pero nada que afectara su siempre impávida actitud, hasta que de pronto el espíritu que los acompañaba fue absorbido por la joya y su cuerpo dejó de pertenecerle, su conciencia permaneció pero todos sus movimientos  eran dirigidos por otra entidad, el enano de rocas no lo sabía, pero Dágaro se había apropiado momentáneamente de su pequeño y sólido cuerpo con el que pretendía iniciar su venganza y recuperar su reino.

Lorna se mostraba lo más encantadora posible tratando de convencer al guardia que aquel no era el momento ni el lugar para aquello que tenía en mente, pero el guardia no quería negociar, se suponía que ella debía estar encerrada, y si había escapado, era su trabajo volverla a encerrar, pero antes, nada le impedía sacar provecho de su situación, por lo que usó su espada para desarmar a la chica, quien debió botar el puñal que había conseguido y retrocedió hasta que una pared se lo impidió, no le temía a lo que el hombre podía hacerle, estaba bastante acostumbrada a manejar a ese tipo de “clientes” pero lo que no quería, era volver a las catacumbas otra vez y no sabía bien qué hacer, solo le quedaba obedecer y tratar de ganar tiempo, luego intentar negociar de nuevo y esperar que algo sucediera, sin embargo, lo que sucedió, no era algo que esperara.

El enano de rocas se irguió en un rincón de la sala de guardias, observándose con curiosidad a sí mismo, luego comenzó a caminar hacia la pareja, lo que inmediatamente llamó la atención de Lorna que en la posición que estaba podía verlo, aquel no era el enano de rocas que ella conocía, aunque lucía idéntico, su expresión, sus movimientos, su forma de caminar, no era la criatura torpe y graciosa que conoció en las catacumbas, incluso ahora hasta se veía amenazante desprendiendo un extraño vapor negro. La expresión del rostro de la chica hizo que el guardia se volteara con cierta preocupación, pero al ver al enano se relajó, pensando que se trataba solo de la simpática criatura con la que se divertían hace un rato, solo le dijo que estaba ocupado y que no molestara y continuó en lo suyo, pero Lorna seguía interesada, ese enano era diferente, este se acercó y en un momento la mujer pudo ver la joya adherida al pecho de su pequeño compañero, entonces recordó los guardias del semi-demonio, esas armaduras inertes con oscuros espíritus aprisionados en su interior capaces de intimidar a cualquiera, el enano lucía como uno de ellos. Un solo golpe de puño fracturó de inmediato la pierna del guardia quien cayó al suelo dando alaridos de irrefrenable dolor, mientras se arrastraba por el suelo tratando de alejarse del enano de rocas al que no tenía posibilidades de dañar, pero este pasó caminando por su lado sin prestarle más atención, solo se dirigió a la salida y se fue rumbo a la superficie. Lorna se quedó boquiabierta, absolutamente sorprendida con lo que había sucedido no podía ordenar sus ideas, solo se le ocurrió una cosa, recoger su puñal, pasar alejada del guardia que le pedía ayuda y la trataba de alcanzar y correr tras el enano que ya no era el enano, sino que al parecer era la reencarnación, si es que se podía llamar así, de su medio hermano, el mismísimo semi-demonio Dágaro.


Lorna corrió por los pasillos dudosa de haber tomado la dirección correcta porque no pudo dar con el enano. A pesar de moverse rápido, la mujer lo hacía con precaución, pues no quería encontrarse con sorpresas desagradables como lo había hecho con aquel guardia en las catacumbas, pero sospechosamente encontró todos los pasadizos vacíos, lo que era muy raro, sin duda algo había sucedido, algo lo suficientemente grande como para requerir la presencia de todos los soldados del castillo. Cuando llegaba a la superficie, el escándalo que había era más que evidente, en el fondo luminoso del pasillo se podía ver una confusa escena donde un gran número de soldados gritaban y se movían frenéticos manteniendo lo que parecía una batalla épica contra una fuerza colosal, cuerpos volaban por los aires hasta estrellarse contra las paredes, mientras otros se lanzaban al ataque con gritos de furia, un aullido ensordecedor retumbó y un nuevo grupo de soldados fue esparramado por el suelo. Lorna no lo podía creer, por un momento imaginó a su pequeño compañero luchando solo contra todos los guardias del castillo, pero al asomarse a la salida lo que vio era aun peor, la bestia se había liberado y estaba destrozando al ejército de Rávaro.


León Faras. 

domingo, 11 de mayo de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

IX.


La verdadera Dendé que servía en casa de Rodana, era completamente diferente a la que habían visto cabalgando a la bestia por el bosque, esta era una mujer alegre y servicial, que corría a buscar cualquier cosa que descubriera que faltaba para atender a sus invitados, se paseaba sin parar llevando agua a las muchas plantas que conservaba, las limpiaba amorosamente, les dejaba comida a las aves que sin pudores llegaban hasta las ventanas, incluso dialogaba con las mariposas u otros insectos que descubría jugueteando en sus flores. En tanto el Místico narraba los acontecimientos vividos y explicaba a su anfitriona cómo y por qué había llegado hasta ese bosque en compañía de la Criatura, dónde la había encontrado y los malvadas intenciones con que había sido capturada. De pronto Dendé se quedó mirando con expectación a su ama y esta, consciente del porqué de esa mirada comenzó a narrar su historia de cuando tuvo un aprendiz, era el hijo primogénito de un soberano de la región, se trataba de un muchacho delgado, pálido, enfermizo, que al comprender que no tendría nunca capacidades físicas, decidió, apoyado por su madre, volcarse a la hechicería, de esa forma obtendría poder y respeto. A esas alturas, el soberano ya tenía un segundo hijo, también varón, pero este era un muchacho sano y fuerte; atlético y extrovertido, quien rápidamente se convirtió en el favorito de su padre, y en el mejor candidato para sucederlo. Rodana enseñó a su aprendiz buena parte de lo que sabía pero no solo en hechicería, también en valores y virtudes, de lo primero aprendió rápido pero con lo último no era bueno, la hechicera rápidamente se dio cuenta de que su aprendiz albergaba sentimientos ruines y destructivos, su complejo de inferioridad lo había vuelto envidioso y malintencionado, el muchacho por más que se esforzaba no conseguía ni una mínima parte del amor que su padre sentía por su hermano quien no necesitaba esfuerzo alguno para agradarle a este. Él era el primogénito y tenía el derecho a gobernar pero ese derecho era revocado por su padre para dárselo a su hermano menor. Rodana se dio cuenta del peligro de enseñar hechicería a un muchacho así y siempre trató de guiarlo y enmendar su actitud pero todo lo que hacía la hechicera era deshecho por la madre del muchacho que alimentaba con pasión los sentimientos en contra de su padre y su hermano. El plan de Rodana fue empantanar sus enseñanzas, mantenerlo como su aprendiz y procurar enderezarlo pero sin avanzar en nada productivo con respecto a la magia, jamás contó con la capacidad de su discípulo para aprender por su cuenta, el paso de los años solo agravó la situación, fue cuando el hermano mayor comenzó con la destrucción del menor, atacándolo con ayuda de su madre pero no en su cuerpo, para que el padre no sospechara nada, sino en su alma, envenenando y matando poco a poco lo bueno que había en ella, volviéndola prehistórica y brutal, inutilizándola. Fue cuando nació un tercer hijo, esta vez una niña nacida fuera del matrimonio y de la deshecha relación del soberano y su mujer, esto terminó definitivamente con la escasa unión familiar, la mujer comenzó a acunar en su mente la idea de deshacerse de su marido y poner a su primogénito en el poder, pero nunca esperó que alguien se le adelantara. Aquella noche encontró a su marido muerto, parecía haber sido atacado y devorado por animales salvajes, por todas partes habían señales de una batalla cruenta y sangrienta, el cadáver estaba carcomido, aterrada huyó, pero antes de salir se encontró frente a frente con su hijo menor, este era alto y fuerte, con un alma corrompida, putrefacta, al punto de ya no tener sentimientos humanos, la mujer se paralizó, su hijo estaba cubierto de sangre, sus dedos, sus uñas, su rostro, su pecho… su boca. Rodana se enteró tarde de la dimensión que habían alcanzado los hechos, el padre y la madre de su discípulo, Rávaro, habían sido muertos y medio devorados por el hermano menor de este, Dágaro, quien había sido irreversiblemente corrompido con magia de la más oscura a manos del primogénito, convirtiéndolo en un semi-demonio, la tercera hija del soberano muerto, Lorna, también resultó perjudicada por los hechos, al quedar desamparada y sin el apoyo de sus hermanos. La hechicera renunció a seguir instruyendo a su discípulo y se autoexilió en el bosque durante años después de esos horribles sucesos. Ahora, por medio de su visitante, se enteraba de que finalmente Rávaro se había deshecho de su hermano para quedarse con el poder.

Lorna entró en la bodega del castillo sin mayores problemas, cerró la puerta sin hacer ruido y se adentró en silencio, la luminosidad era escasa pero alcanzaba para movilizarse dentro. Era un lugar frio, con paredes de piedra y barro en las que no se veía ni una sola ventana, había repisas por todas partes  con productos de todo tipo, el silencio era absoluto, una fuente de luz débil llamó su atención, al acercarse vio un escritorio evidentemente viejo y burdo pero de construcción sólida, una vela alumbraba su superficie, tras él había una silla de similares características, pero ni una seña de Baba el bodeguero. La mujer miraba y registraba en búsqueda de aquellas joyas negras que necesitaba pero había tanto donde buscar que no sería algo fácil, a menos que alguien le ayudara, entonces una vasija de arcilla estalló en el suelo justo a sus espaldas, Lorna dio un brinco por el susto y sorprendida se acercó a buscar la vela encendida sobre el escritorio, las joyas negras que buscaba estaban desperdigadas por el suelo mezcladas con trozos de arcilla rota, aquello era imposible, tanta coincidencia o tanta suerte, pero no era ni una cosa ni la otra, elevó la escasa luminosidad que poseía y pudo ver los pies de Baba que colgaban suspendidos de algún punto oscuro del alto cielo del lugar, colgaba inmóvil como un ahorcado, la mujer se llevó otra impresión pero era seguro que un muerto no le iba a soltar esa vasija encima para que lo encontrara, o eso era lo que Lorna pensaba pero estaba equivocada. El viejo ciego y mudo comenzó a descender lentamente, estaba suspendido dentro de un aura oscura que la luz de la vela apenas lograba atravesar, la mujer retrocedió, ya conocía aquella densa oscuridad, antes le había entregado las llaves para huir de las catacumbas, ahora le daba las joyas, era el espíritu de Dágaro que la estaba esperando con parte del trabajo hecho, envolvía y dominaba al pobre Baba que exangüe,  no ofrecía resistencia alguna, manipulado como un títere señaló al suelo y luego de que la mujer recogiera una de las joyas, dirigió uno de sus dedos temblorosos y huesudos a la salida, Lorna no cuestionó lo que el semi-demonio le indicaba, sin decir palabra se retiró con la joya en la mano.


Dágaro necesitaba un cuerpo, sin un cuerpo no podía ni siquiera recoger una joya desde el suelo, por eso seguía los pasos de su media hermana. Lorna se asomó a la salida, le pareció sospechoso el silencio que había, ya no había ninguno de los guardias que se estaban divirtiendo hace unos minutos, algo había sucedido, tal vez habían encontrado el cadáver del hombre que se había quemado, pero era poco probable que eso hubiese sido suficiente como para dejar solas las catacumbas. Se iba a ir cuando un hombre apareció de la nada ajustándose el cinturón y ordenándose el uniforme, había estado en el baño y se había quedado solo, el guardia sacó su espada, la mujer retrocedió, ella apenas tenía un puñal, pensó en mostrar su pequeño botín y dar explicaciones, usar la diplomacia y su simpatía, pero el hombre de un golpe hizo volar la joya de su mano, no le interesaba en absoluto lo que la mujer había ido a hacer a ese lugar, como casi todos los guardias, él conocía a Lorna la prostituta y aprovecharía esa inesperada visita. La joya cayó junto a un cúmulo de piedras, la cual se movió ante el suave golpe, el enano de rocas estaba ahí.


León Faras.

martes, 8 de abril de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

VIII.


Baros aun se encontraba metido en una jaula, había visto como Rávaro incineró a su jefe de guardias sin mover un solo dedo y temía el mismo destino para él. Cuando ya se lo llevaban, Baros quiso saber si era cierto que Orám había sido amante de la mujer maldita, Rávaro respondió que sí, al igual que ellos dos, entonces el prisionero pensó, que la maldición era falsa lo que Rávaro desmintió rápidamente, la maldición es verdadera pero es solo de la mujer maldita y no de sus amantes, era la mujer la que no debía morir. Rávaro no tenía ningún impedimento para acabar con él de la misma forma como había acabado con Orám, pero antes  le ofrecería un trato, ambos tenían el mismo interés en encontrar a la mujer maldita, así que lo enviaría a él en una misión diplomática, muy acorde a sus cualidades, a negociar la recuperación de Idalia. 

Lorna había robado algunos frutos para comer y se había ocultado dentro del castillo que conocía bien, ya antes lo había hecho cuando el semi-demonio Dágaro murió por causa de la Criatura, y ahora volvía precisamente para devolverle la vida. Las joyas que le había pedido eran pequeñas piedras con la facultad mística de traer las almas del otro mundo a este y retenerlas dentro de cuerpos materiales nuevamente, el tétrico ejército de Dágaro estaba compuesto como ya se ha dicho, por almas de antiguos guerreros apresadas en cuerpos metálicos de lustrosas armaduras. Ahora Lorna necesitaba tan solo una de esas piedras y un cuerpo adecuado para que Dágaro volviera, tomara a su ejército, su castillo y acabara con su hermano Rávaro, pero para conseguirla debería bajar a las catacumbas, justo antes de llegar al pozo de las celdas había un pequeño pasillo que conducía a las bodegas, donde encontraría a Baba, el imperecedero bodeguero del castillo, un anciano ciego y mudo a causa de su antiguo amo y que hace años no respiraba aire fresco o sentía el calor del sol.


Con la llegada del atardecer Lorna se puso en movimiento, solo llevaba una roca en caso de que necesitara defenderse, era lo mínimo hasta que consiguiera otra cosa, la penumbra dentro del castillo era bastante más espesa que afuera y pronto deberían encender las antorchas, por lo que había un lapso de tiempo en que se podían recorrer los pasillos a oscuras sin llamar mayormente la atención, como lo haría cualquiera de los innumerables roedores y otros seres que de la ciénagas buscaban refugio y abrigo en los recovecos del castillo. Llegó a las escaleras de roca que conducían a los pisos inferiores, y comenzó a bajarlas pero una luminosidad creciente en el pasillo de abajo y el sonido de pasos la hizo volver rápidamente, se pegó a la pared y vio pasar a dos guardias, uno delante con una antorcha y otro atrás armado que llevaban en medio a un maltratado Baros pero caminando por su cuenta y sin grilletes de ningún tipo, no lo había visto desde que junto con Serna habían planeado matar a la mujer maldita para deshacerse de Rávaro pero todo había resultado mal y solo él había sobrevivido, le pareció muy extraño que lo llevaran sin cadenas, como si no temieran que fuera a huir. Pero esas cavilaciones solo le tomaron algunos segundos, debía seguir. Amparada en la oscuridad bajó las escaleras pero una vez abajo se detuvo ante un murmullo, alguien tarareaba una canción, se trataba de un hombre que venía encendiendo las antorchas del pasillo, Lorna se le acercó con la espalda pegada a la pared hasta llegar al lado del hombre que en ese momento se volteaba con una botella empinada sobre la cara bebiendo un largo trago de licor, cuando bajó la botella el hombre debió entornar los ojos para ver bien a la atractiva mujer que aparecía ante sus ojos manteniendo ambos brazos en alto e iluminada por la trémula luz de su antorcha. Lorna bajó los brazos de un movimiento rápido y con la piedra que tenía en sus manos le dio un golpe terrible en la cabeza al pobre tipo que dentro de su borrachera no sintió verdaderamente el golpe, pero su aturdido cerebro sí, sintiendo de pronto que ya no podía funcionar más y desconectando todas las funciones. El hombre se desplomó y aunque el golpe no lo mataría ya no se volvería a poner de pie, las llamas de la antorcha que tenía en la mano hicieron contacto con el licor de la botella y el que llevaba sobre la ropa incinerando el cuerpo rápidamente, Lorna tomó un puñal que el hombre tenía al cinto evitando quemarse las manos y se alejó antes de que llamara la atención. Al poco rato sintió los gritos angustiosos del hombre que en un intento desesperado de su cuerpo por salvarse se despertaba sin una consciencia real solo para dar gritos y movimientos automáticos que pronto se extinguieron del todo. Eso llamaría la atención de alguien por lo que la mujer se apresuró a alejarse rumbo a las catacumbas. El recorrido hasta allí le pareció sospechosamente solitario, no era un trayecto demasiado largo pero era extraño que no se hubiese topado con ningún soldado de Rávaro, pero la duda quedaría resuelta al llegar al último de los pasillos, al final de este, frente a las celdas que llevaban al foso, los soldados estaban reunidos, al menos una docena de ellos estaban ahí, haciendo un círculo y disfrutando de algo que sucedía dentro del círculo, Lorna no tuvo problema en alcanzar el pasillo que conducía a las bodegas pero algo la hizo detenerse unos segundos para ver qué era lo que mantenía entretenido al grupo de hombres y la respuesta no dejaría de sorprenderla. El enano de rocas estaba ahí, los hombres que se jactaban de su fuerza, hacían esfuerzos por separar las piedras que formaban el cuerpo del enano solo consiguiendo un par de centímetros, pero el enano sin grandes esfuerzos reunía sus piedras a veces apretando los dedos de sus agresores lo que provocaba el estallido de carcajadas por parte de los demás, de esa forma el enano se iba ganando poco a poco el aprecio de los hombres. La mujer no entendía como el enano había llegado hasta allí o por qué, pero le sería de gran ayuda para hacer su trabajo sin mayores inconvenientes. 


León Faras. 

viernes, 14 de marzo de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

VII.


El aparataje que se armó para mover a la bestia de la enorme plataforma donde venía y dejarla inmovilizada en el patio interior del castillo que pertenecía al semi-demonio permitió a Lorna pasar desapercibida, ingresar al castillo y ocultarse de todos, o mejor dicho de casi todos, porque el enano de rocas aun le seguía, lo vio acercarse por la orilla de los muros hasta los establos rodando tímidamente sin levantar ninguna sospecha y volviéndose un montón de piedras cada vez que alguien aparecía de improviso, Lorna estaba realmente sorprendida, no solo por la habilidad del enano para no ser visto, sino que también por su extraña lealtad para con ella, tanta como para regresar tras ella después de haber huido del castillo. Entender a un enano de rocas era algo que estaba definitivamente fuera de su alcance por lo que sus razones seguirían siendo un misterio para ella, de todas maneras no podía preocuparse de él, debía ocultarse, esperar la noche y luego buscar esas joyas para que el espíritu de Dágaro pudiera tomar un cuerpo físico y se hiciera cargo del despreciable Rávaro.

El bosque se fue volviendo cada vez más tupido a medida que la bestia se internaba, avanzaba casi al trote y parecía conocer muy bien el camino por donde su gran tamaño pasaba sin problemas entre los árboles. El suelo estaba tapizado de hojas secas y las enredaderas ascendían por los troncos de los gigantescos árboles para no ser sofocadas por estos. La bestia se detuvo junto a uno de estos árboles enormes y acercó con cuidado uno de sus hombros a una escalera que comenzaba en la altura a enroscarse por el tronco, en ese momento, la enana que gobernaba a la bestia extrajo un cuchillo de su cinturón y tomó a la Criatura por el cabello, el Místico se alarmó y quiso intervenir, pero la enana solo cortó un mechón de pelo y luego descendió campante de su enorme y peluda cabalgadura hasta la escalera que le quedaba a un paso, ató a la bestia con una cuerda ridículamente pequeña a una rama ridículamente débil también como si de un pequeño cachorrito se tratara, y luego, sin decir palabra, subió por la escalera hasta perderse de vista tras el tronco del árbol. El Místico y la Criatura se quedaron ahí, expectantes y desinformados, sin saber bien donde estaban o qué hacer, en eso un agujero se abrió de lo que parecía ser una estructura construida en el espacio entre el follaje de dos o tres árboles, del agujero se asomó una mujer, muy diferente a la enana que habían conocido y los llamó con un leve dejo de sarcasmo, como si ya se conocieran y se esperaban. La Criatura aceptó la invitación de inmediato y el Místico le siguió con precaución.


La escalera giraba por el tronco hasta toparse con una puerta que los esperaba abierta hacia afuera porque luego de la puerta la escalera continuaba algunos escalones más hasta llegar a una habitación de tosca estructura pero increíblemente acogedora y cálida, estaba iluminada por rayos de sol que cruzaban la sala de un lado a otro, mariposas entraban y salían por los mismos agujeros, junto con algunos brotes tiernos, había un escritorio con su silla, también varios asientos y una hornilla de piedras con su correspondiente chimenea para cocinar, pero lo más evidente era que en todas partes había una multitud de jaulas colgadas de distintas formas y tamaños, tubulares, cuadradas, alargadas y hasta esféricas, y al fondo se podía ver una nueva escalera la que subía a una planta alta. Al entrar el Místico y la Criatura, la enana barría el piso canturreando de forma acelerada, casi nerviosa, al verlos se sorprendió pero luego se entusiasmó de forma incomprensible y feliz soltó la escoba para ir, según dijo, a preparar té para los invitados, era la misma enana que había cabalgado una bestia con ellos hasta allí pero se comportaba como una ama de casa hacendosa y emocionada de recibir las desconocidas visitas de su marido y es que ella, no tenía recuerdo de haber visto alguna vez a los recién llegados porque había actuado completamente bajo el dominio de su querida ama, Rodana, la hechicera de las jaulas. Esta estaba sentada al fondo de la habitación pero se puso de pie de inmediato con una sonrisa suave, era una mujer de mediana edad, de aspecto austero pero de modales refinados, miró al Místico, un colega se podría decir y luego a la Criatura, no era común ese tipo de visitas y se preguntaba porque una pareja tan singular vagaba por su bosque. El Místico se apresuró a advertirle sobre la letalidad de la mirada de la criatura pero Rodana lo tranquilizó, no solo ya lo sabía desde que los encontró junto a los Grelos, sino que desde antes que entraran, ella había puesto el mechón de pelo de la Criatura dentro de una de sus jaulas, de forma que su hechizo ya estaba sobre ella y la gobernaba, tanto a la Criatura como a su letalidad, de la misma forma que lo hacía con la bestia que mansa aguardaba afuera y como lo había hecho con Dendé, su muy querida y leal sirvienta, la cual llegaba en ese momento con una bandeja con varias tazas de té, uno de los mejores té que existían, por cierto, para acompañar la muy amena plática que se avecinaba. 



León Faras.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

VI.

            El día que la tierra tembló los salvajes tuvieron miedo, parecía como si el abismo hubiese querido sacudirse de encima la ciudad vertical para tragársela de una vez y para siempre, sin duda el Débolum estaba irritado y su furia debía ser aplacada lo antes posible. Aquel día una mujer se propuso de forma voluntaria, estaba enferma y temía que no se recuperaría, tenía tres hijos, los dos más pequeños eran cuidados por las mujeres mayores, el hijo mayor por el padre y el resto de la comunidad, por lo que sentía que debía hacer que su muerte valiera algo más que una agonía dolorosa e inútil. Luego de despedirse de sus hijos pequeños que no comprendían bien lo que sucedería, fue llevada por su esposo y su hijo mayor hasta la plataforma que descendía, el curso del agua fue movido y la gigantesca rueda de madera comenzó a girar, esta a su vez empezó a levantar el contrapeso y la plataforma lentamente se sumergió en las tinieblas del abismo con las antorchas encendidas, la plataforma descendió hasta tocar fondo, aunque no el fondo del abismo sino uno  mucho menos hondo esculpido en la pared, desde ahí, un camino conducía hacía la gran cueva que se adentraba y descendía en la tierra, en cuya profundidad estaba el lago de lava donde moraba el Débolum, el defensor del abismo y de la ciudad de los salvajes. La cueva era gigantesca, con estalactitas enormes que ya habían llegado al suelo formando impresionantes y acinturadas columnas por todas partes, la mujer se adentró con paso lento y cansado seguida a prudente distancia por su esposo y su hijo, quienes podían servir de ayuda a la mujer en caso de que el ataque del Débolum no fuera lo suficientemente fulminante y efectivo. Pero la mujer no iba con la intención ni la esperanza de dominar al demonio de la lava, tampoco llevaba el miedo natural que cualquiera sentiría ante una criatura incandescente, la mujer estaba ahí en busca de su muerte, una muerte más rápida y valedera que la que le esperaba en el lecho y más digna también, para su familia y para su comunidad.

Luego de una hora de casi puro descenso el calor y el olor a azufre se volvieron intensos, el lago de lava estaba cerca. La mujer se detuvo cuando el suelo se cortó abruptamente en un profundo precipicio que terminaba en un gigantesco lago de lava derretida y burbujeante de la que no dejaban de emanar vapores a ratos insoportables. Una gran cantidad de estalactitas colgaban del cielo frente a ella pero deteniéndose a varios metros sobre la lava, se le antojó a la mujer un bosque de piedra invertido con un firmamento color oro allá abajo que no dejaba de ser hermoso, del Débolum no había rastros y eso empezaba a incomodarla, no sabía que debía hacer, se sentía mareada y le dolía la cabeza, no podía simplemente sentarse a esperar ni tampoco se atrevería a lanzarse a la lava, el demonio debía haber estado allí, debía haber estado esperándola ansioso e impaciente para devorarla, pero en su lugar solo había silencio, oscuridad y ese olor que la estaba enfermando más de lo que ya estaba. Padre e hijo observaban de prudente distancia sin saber bien qué hacer tampoco, cuchicheando sobre lo que debía suceder y no sucedía. La luminosidad de las antorchas tampoco ayudaba demasiado, siendo tremendamente deficiente y escasa para las dimensiones de la cueva. La mujer ya se sentía realmente mal, y la espera en un ambiente tan desagradable y hostil la estaba exasperando, intentó gritar tan fuerte como pudo, pero pronto debió desistir por la falta de oxígeno lo que la mareó y la hizo sentir peor, sudaba mucho y sentía sed, tomo una roca y la lanzó al vacío tan fuerte como pudo pero la lava se la tragó sin ningún rastro en absoluto de mínimo dramatismo en el suceso, la siguiente roca la lanzó contra una de las estalactitas más cercanas logrando causar un pequeño revuelo, pero nada sucedía. Se sintió frustrada y todos sus malestares desembocaron en enojo, comenzó a arrojar piedras y a gritar hasta sentir que se desmayaba, el hombre y el muchacho se preocuparon, pensaron en acercarse pero debieron detenerse, una de las rocas chocó contra una columna de piedra de cuatro o cinco metros que estaba erguida a su lado en una saliente frente al vacío, esta comenzó a abrirse y se convirtieron en cuatro enormes alas y de su interior emergió una criatura impresionante formada de rocas incandescentes de cuyas junturas no cesaban de gotear metales derretidos y fuego, caminaba sobre cuatro patas y volaba con cuatro alas, su mandíbula era enorme y poseía una majestuosa corona de cuernos. La mujer estaba petrificada, el demonio había salido de la nada y ahora estaba a escasos metros de ella, fue en ese momento cuando su hijo Rancober, se lanzó contra el Débolum dando alaridos, incapaz de soportar ver a su madre en semejante situación, su padre corrió para detenerlo pero ambos se frenaron cuando el demonio abrió su fauces y de una sola vez hizo desaparecer a la mujer que tranquila y en paz se dejó devorar. Luego de eso el Débolum voló tranquilo y soberano por su bosque de estalactitas por unos segundos y se lanzó en picada contra su lago de lava donde desapareció sumergiéndose.


            Ahora Ranc le mostraba orgulloso las alas que había construido a su padre, pronto debería volar sobre el abismo y así probar que no le temía, sino que lo respetaba como su protector, pero el muchacho tenía otra idea, quería usar sus alas para descender a la cueva del Débolum y enfrentarlo, era una locura desde todo punto de vista pero él era un adolescente que había visto morir a su madre y que temía por la vida de su amiga Hanela a la que estaba prometido, ella lo apoyaba con el dolor de su alma y estaba dispuesta a acompañarlo, pues ambos sabían que si el demonio no acababa con uno lo haría con el otro, solo era cuestión de tiempo.


León Faras. 

jueves, 16 de enero de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

V.

Idalia fue dejada por el salvaje en una cueva donde un reducido grupo de mujeres mayores vivían, su hijo mayor, Rancober, llegaba corriendo a recibirlo, sus alas casi estaban terminadas y quería que su padre las viera. Antes de irse el hombre pronunció algunas palabras en su lengua para que las mujeres se preocuparan de darle de comer y beber a la mujer maldita. Hanela también llegaba en ese momento, dejando a solas a Ranc con su padre, venía a ver si podía hacer algo por su madre adoptiva. Esta era una mujer madura, usaba el cabello muy corto y le faltaba el brazo derecho casi por completo, luego de intercambiar algunas palabras, ambas se acercaron a Idalia con una fuente con fruta, la mujer le habló, pero de inmediato comprendió que la forastera no comprendía el idioma de los salvajes, entonces probó con su lengua materna, pues ella también era forastera. Idalia aceptó los alimentos y ambas mujeres pudieron conversar pues la recién llegada no sabía aún qué estaba haciendo allí, la mujer manca y su hija se miraron con preocupación, solo había un destino posible para ella y era el mismo que para todas las mujeres de la ciudad vertical que tenían edad suficiente y que no eran madres, enfrentar al Débolum, ella misma lo había hecho y había tenido suerte, solo había perdido un brazo y esperaba que su hija se hiciera mujer pronto para que tuviera su propia familia y no tuviera que pasar por lo mismo. El Débolum era una criatura mística, acorazada de roca incandescente que habitaba un lago de lava en el fondo del abismo y que debía convertirse en el protector de la ciudad de los salvajes, sabían que sería una mujer la que lograría gobernarlo y que esta llegaría en el momento indicado, pero no habían dado con la mujer correcta aún y solo habían conseguido una alarmante baja en la población femenina de la ciudad, por eso una mujer como Idalia siempre sería bienvenida en la ciudad de los salvajes. Esa era la razón por la que estaba allí, para ser entregada a una criatura colosal que habitaba un lago de lava en las entrañas del abismo. Pensó en escapar de tan horrible destino pero no sabía cómo salir de la ciudad vertical ni adonde ir, además, no contaba con la energía para huir, estaba agotada y débil desde mucho antes de ser encontrada por los salvajes, no había escapatoria y se entregaría a su destino, estaba cansada y no quería luchar.

Los guardias del castillo del semi-demonio contemplaban el espectáculo con asombro, los doce bueyes tiraban lentamente de la gigantesca estructura en la que traían a una bestia viva y perfectamente maniatada, haciéndola pasar bajo el arco de los enormes portales hacía el patio interior de la fortaleza, los mercenarios a punta de gritos y azotes traían el encargo para Rávaro, este observaba maravillado y satisfecho desde su balcón su nueva adquisición, sonreía malévolamente, era perfecta, él podría manipularla a su antojo y formaría parte de su nuevo y colosal ejército, contra el cual no habrían rivales dignos. Mientras los habitantes del castillo no cabían en su asombro y los mercenarios, ostentosos, presumían de sus enormes capacidades, Lorna se movía agazapada bajo la plataforma hasta que vio un hueco donde escabullirse y esconderse dentro del castillo, las caballerizas estaban cerca, podría ocultarse allí luego. Echó un vistazo y notó como los portales se cerraban, junto a estos y apegado a la pared había un pequeño cúmulo de rocas que pasaba desapercibido para todo el mundo, la mujer no lo podía creer, tal vez se equivocaba pero le pareció que era demasiado similar a su pequeño compañero de huida aunque era difícil de creer que el enano de rocas aún la estuviera siguiendo.

Aunque la criatura se veía tranquila, para el Místico cabalgar sobre los hombros de una bestia escapaba a todo lo razonable, mientras la enana que conducía ni siquiera hablaba y la hermosa criatura disfrutaba del paseo, él no sabía adónde iba ni por qué estaba ahí y eso lo incomodaba. Él era un místico y hubiera podido librarse de los Grelos fácilmente de haberlo necesitado, pero sin embargo no decía nada, veía la jaula que llevaba colgada del bastón en su mano la enana y pensaba en Rodana, la bruja de las jaulas, solo ella andaría con una jaula vacía y solo ella podría cabalgar una bestia con tal dominio de la situación, pero en el fondo no lo sabía, nunca había visto a la misteriosa hechicera y jamás se la había imaginado tan pequeña.


Mientras la bestia era dejada inmovilizada en el patio del castillo, Orám le contaba a Rávaro en su aposento casi al oído todo lo que había sucedido con la huida de la mujer maldita y el lugar donde esta se refugiaba, poniendo énfasis en la muerte de Serna, víctima y responsable de este lamentable suceso y exponiendo un castigado Baros como chivo expiatorio para que su jefe tuviera contra quien desencadenar toda su molestia y frustración. Rávaro se restregó los ojos con agotamiento fingido, aquello era una tontería superlativa, se trataba del desaparecimiento de una mujer desnutrida, drogada y enjaulada, metida dentro de un agujero tras una puerta que permanece cerrada la que a su vez está dentro de las catacumbas de las cuales nadie sale con vida. Orám se excusó con humildad y ofreció sus servicios para traer a la mujer maldita de vuelta  pero a su jefe no le había caído nada bien que le arruinara su mejor momento. En eso entró el líder de los mercenarios que habían capturado a la bestia a buscar el pago por sus servicios, Rávaro le dijo que le pagaría lo acordado, luego se dirigió a Orám y le dijo que podía retirarse, pero antes de que este pudiera salir se desplomó sin ningún gobierno sobre su propio cuerpo, Rávaro lo miraba fijamente y con desagrado, respirando sonoramente por la nariz, mientras el viejo jefe de guardias, inmovilizado, ni siquiera podía gritar, de su cuerpo comenzó a salir un humo negro y apestoso, su piel comenzó a resecarse rápidamente, luego a ennegrecerse y a ampollarse, hasta que finalmente las llamas brotaron y no se extinguieron hasta no dejar más que cenizas del cuerpo de Orám. Entonces Rávaro, con el rostro completamente sudado, respiró hondo y se calmó. El líder de los mercenarios observó toda la escena sin siquiera inmutarse. Rávaro, agotado, le dio lo acordado y lo despachó con total normalidad.

León Faras.

viernes, 27 de diciembre de 2013

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

IV.

Cuando el jefe de guardias salió de su cuarto, fue llevado hacia una sala donde sus guardias tenían a un anciano flaco, consumido y demacrado, este era un campesino que aseguraba haber visto a una mujer de las características de la mujer maldita, en compañía de un pequeño grupo de salvajes, le llamó especialmente la atención porque las mujeres de los salvajes eran escasas y difíciles de ver, eso hizo que desde donde estaba, la examinara con cuidado. Orám escuchaba con el rostro petrificado, no podían estar seguros de lo que había visto aquel viejo acabado pero si se la habían llevado los salvajes, la mujer maldita sería pronto una mujer muerta, había alguna razón por la que el número de mujeres entre los salvajes había mermado y esa misma razón hacía peligrar la vida de Idalia, y junto con ella, la de los hombres que tenían su vida atada. El jefe de guardias respiró hondo y despidió al campesino, luego, ordenó que fueran por Baros y lo metieran en una celda-carruaje para trasladarlo donde Rávaro, le diría donde estaba la mujer maldita y culparía a Baros de haberla dejado escapar junto con su hermano y Serna. Esa era su mejor jugada y su única opción.

Los Grelos no huyeron y no era que se caracterizaran por su valentía, el Místico tampoco huyó, aquella bestia de más de cuatro metros de altura no parecía normal, era demasiado controlada, pacífica, su cabeza estaba extrañamente echada hacia delante y de sus hombros subían dos cuernos totalmente ajenos a su cuerpo sujetos por correas de cuero que se podían ver entre el pelaje rodeando su cuello y sobacos, lo cual era completamente anormal, una bestia no usaría jamás tales cosas. El Místico tomó a la Criatura y debió retroceder rápidamente, la bestia no era agresiva pero parecía que no veía nada con sus ojos y menos preocuparse de donde pisaba, una voz aguda y desagradable salió de la cabeza de la bestia en vez de los estridentes rugidos que eran habituales en ella, los Grelos, montados ya sobre sus ranas arborícolas, le respondieron en su grotesco idioma y se formó un diálogo surrealista entre la bestia y los Grelos que el Místico no podía comprender siquiera como era posible que sucediera, hasta que uno de lo Grelos lo señaló con su dedo para que la bestia lo notara y esta se volteó hacia él inclinándose hasta casi el nivel del suelo, entonces la vio, una mujer enana de mediana edad estaba sentada en una silla suspendida por cuerdas de los cuernos sobre los hombros de la bestia, cargaba con varias bolsas de cuero o morrales, un pequeño farol colgado sobre su cabeza y en su mano, una vara larga con una pequeña jaula en su extremo, una jaula aparentemente vacía. La enana los miró con el rostro inexpresivo, tenía la mirada perdida de una ciega y luego habló en una bella lengua completamente extraña que el místico jamás había oído, este no supo qué responder y cuando fue a probar con algunos de los idiomas que podía hablar, se sorprendió  oyendo a la criatura hablar el mismo idioma de aquella mujer sin levantar la vista para no dañarla, la criatura respondió con una melodiosa voz varias preguntas ante la mirada de asombro del Místico que nunca había escuchado la voz ni el idioma de un ser como era la chica que le acompañaba, la mujer invitó a subir sobre la bestia, utilizando las argollas de bronce que le colgabas de sus correas, a la Criatura quien accedió de inmediato y también al Místico en su idioma y luego, irguiéndose, le dirigió un par de palabras a los Grelos y estos se retiraron, sin duda cabalgar a hombros de una bestia era una notable señal de autoridad.


Ya casi sentía que se había acostumbrado a la pestilente emanación que constantemente despedía la ciénaga que rodeaba al palacio del semi-demonio y donde Rávaro se sentía poderoso al fin. De pie en la enorme terraza de su castillo, desde donde podía ver todas sus tierras recientemente adquiridas, se dejaba vestir con trajes nuevos y lujosos adornos, por deformes sirvientes que serviles, atendían a su amo en todo. Nadie en todo el castillo tenía una cuenta exacta o detallada de los prisioneros metidos en el foso de las catacumbas, la huida era imposible y las condiciones insoportables, hasta la luz del día se les negaba, simplemente eran encerrados y olvidados. Uno de los guardias llegó donde su amo, sus órdenes habían sido informar sobre el estado de una prisionera, Lorna, la que no se encontraba en su celda. En años, ningún prisionero había salido del foso por el mismo lugar por donde había entrado, las tres puertas de hierro jamás estaban abiertas al mismo tiempo, ni siquiera los cadáveres que se acumulaban en el fondo, si alguien abría una celda, solo podía bajar y el fondo del foso era la muerte misma. Esta idea absoluta, de la cual todos los habitantes del castillo estaban convencidos, fue la explicación que Rávaro recibió, su media hermana Lorna estaba muerta, no había duda de eso. Sonreía extrañamente con la vista en el horizonte, despachó a su guardia advirtiéndole que si se equivocaba hubiese sido mejor que bajara al fondo del foso a escudriñar entre los nauseabundos restos putrefactos por el cuerpo de aquella mujer y estar seguro de lo que le decía, que el castigo que recibiría por mentirle con suposiciones. Luego volvió su vista al horizonte y volvió a sonreír complacido, desde donde estaba ya era visible la gigantesca plataforma que se dirigía a su palacio, con una bestia inmovilizada encima. Lo que no podía ver desde ahí, era que bajo esa plataforma Lorna había rodado sin que nadie la viera y se había colgado para volver al palacio de Rávaro, decidida a conseguir la gema negra que el semi-demonio le había pedido para poder tomar un cuerpo y volver a la vida a retomar lo que Rávaro le había quitado. El enano de rocas les seguía a prudente distancia y usando su excelente camuflaje cada vez que alguno de los mercenarios dirigía alguna mirada hacía él.


León Faras. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

III


Oram bebía en su sucio y estrecho cuarto dentro del castillo de Rávaro, se sentía condenado aunque sabía que la muerte no era lo que le esperaba, su amo podía pensar en cosas mucho peores. Era imposible que la mujer maldita hubiese huido por si sola debido a lo drogada que se le mantenía permanentemente, pero si hubiese despertado debido a que Serna no la drogó, igual en su estado se encontraba demasiado débil y desorientada para escapar. Tenía la esperanza de que estuviera dentro del castillo oculta en alguna parte pero sus hombres no habían encontrado nada, solo sabía que estaba con vida en alguna parte. No conseguiría nada con culpar a Baros o Lorna de haberse llevado a la mujer maldita de las catacumbas, tampoco le serviría justificarse con la muerte de Serna, eso no atraería la indulgencia de Rávaro. Vació su vaso de un sorbo y lo volvió a llenar, en la mesa en la que bebía estaba su látigo de castigo, aquella fusta de cuero ya contaba con algunos cadáveres en su experiencia, era especialmente efectiva estrangulando, volvió a beber y lo tomó, era un hombre viejo, huir no era parte de sus opciones, pero tampoco se quedaría a merced de ese loco depravado que era su amo, había visto como doblegaba hombres mucho más fuertes y duros que él con métodos misteriosos y crueles. Si decidía acabar con su vida y si la maldición era cierta, moriría también la mujer maldita y con ella Rávaro, Baros y alguno que otro imbécil desconocido, no era mala idea, los problemas se acabarían para él y muchos quedarían felices. Volvió a vaciar su vaso y tomo el látigo con ambas manos, tirando de sus extremos para comprobar su resistencia, respiró hondo. En ese momento un hombre golpeó su puerta, había un asunto del que debía ocuparse.

El ambiente estaba impregnado del nauseabundo hedor de muchos cuerpos larga e insistentemente desaseados sumado al de sus animales. Estaban rodeados. Los Grelos eran sinónimos de olores nauseabundos y pésimos modales. Tenían un pequeño cuerpo lampiño y flácido que contrastaba horriblemente con unos miembros delgados y fibrosos, cabezas con poco espacio para el cerebro y mucho para sus bocas grandes de gruesos labios, reposadas sobre acuosas papadas, no superaban el metro de altura y cabalgaban ranas arborícolas sobre sillas ingeniosamente creadas con respaldo y un par de ganchos donde se podían sujetar con las corvas de las piernas mientras usaban sus manos. El tupido bosque les servía para trasladarse largas distancias rápidamente saltando de un árbol a otro. El místico sabía que existían ranas así de grandes pero era primera vez que las veía y además domesticadas, debía haber por lo menos una docena de Grelos alrededor en los árboles cercanos, armados de flechas y lanzas, la liebre muerta a su lado atestiguaba que eran excelentes tiradores. Armaron un ensordecedor escándalo en una lengua extraña y estridente, la saliva saltaba copiosa de sus bocas mientras discutían sobre el que había matado a la liebre o sobre el extraño color de la piel del místico o lo que debían hacer con él y su acompañante. No podía creer el místico que hubiesen aparecido de la nada, su presencia era demasiado evidente gracias a su intenso mal olor y al ruido escandaloso que arrastraban a todas partes, pero eran rápidos y podían caer de sorpresa como ahora. El líder de los Grelos descendió hasta el suelo acompañado de algunos de sus compañeros, dos de ellos tomaron la liebre que habían cazado, los otros encararon al místico y a la criatura, poseían burdas ropas que no les cubrían completamente el vientre, se tomaban el pelo pringoso en uno o dos moños cortos y tiesos que los hacía verse ridículos, se rascaban constantemente y por todas partes del cuerpo sin ningún pudor con sus toscas y sucias uñas, incluyendo sus genitales, el que habló, lo hizo en un pobre idioma de los hombres con una pésima pronunciación que apenas se entendía, pero poseían la soberbia que solo otorga la estupidez por lo que no cabía hacerles ningún tipo de corrección que por lo demás no entenderían. La criatura se mantenía nerviosa, su letalidad no funcionaba en seres de poca inteligencia como los animales o los Grelos, esas criaturas le atemorizaban y se mantenía oculta tras el místico, pero no tardó en llamar la atención de los desagradables recién llegados y el místico decidió intervenir usando sus múltiples trucos para alejar a los poco inteligentes Grelos, en su experiencia, muchas criaturas similares se espantaban ante irrisorios trucos para niños, por lo que el místico tomó un piñón de una conífera cercana y se la acercó con autoridad a la vista del que parecía ser el líder de los Grelos, luego lo cubrió con ambas manos y cuando retiró la mano con dramático gesto, el piñón se había convertido en un hermoso ave azul brillante que el Grelo Líder contempló con asombro, pero que no duró nada porque apenas el ave despegó, fue capturada por la fulminante y larga lengua de una de las ranas que, luego de uno segundos, debió escupir asqueada los restos del piñón magullado y cubierto de babas.


Tanto el Místico como el Grelo contemplaron con incredulidad y asombro el piñón expulsado por el anfibio, el primero se sentía ofendido, el segundo engañado, lo que formó un nuevo y ensordecedor griterío entre los Grelos que lo veían como una amenaza y se volvían hostiles, el Místico y la criatura retrocedieron, hasta que de pronto, un suceso cambió todo,  una bestia llegó al lugar donde se mantenía la discusión, era muy raro que una bestia ingresara en el bosque y alguna poderosa razón tendría. Los Grelos retrocedieron con precaución y en silencio pero no huyeron, al parecer sabían lo que sucedía, en cambio el místico estuvo a punto de usar uno de sus trucos para desaparecer.


León Faras.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

II.

El viejo jefe de guardias del castillo de Rávaro se trasladó a las catacumbas y bajó por las mugrientas escaleras hasta el cuarto de torturas donde la jaula de la mujer maldita seguía vacía, un pequeño sector de la habitación permanecía iluminado por la ondulante luz de una antorcha, en una silla robusta y tosca estaba atado Baros, el hombre al servicio de Lorna, el que luego de matar a su propio hermano, asesinó a Serna. Oram se sobresaltó un poco al verlo pero no demostró nada, sus hombres le habían golpeado demasiado y no le habían hecho ninguna pregunta todavía, por suerte era un hombre fuerte que resistía bien los golpes, no quería de ninguna manera matarlo, su vida estaba atada a la de él, igual que a la de su jefe. El interrogatorio fue inútil, Baros solo sostuvo que se habían equivocado de hombre, que la muerte de la mujer maldita estaría ya hecha con ayuda de Serna si no fuera porque él lo había evitado y sus razones para evitarlo eran poderosas y conocidas por todos los ahí presentes, pero que él no se la había llevado ni la había sacado de ahí. Los hombres quisieron quitarle el paradero de la mujer maldita a golpes pero finalmente Oram tuvo que intervenir, matarlo era lo peor que podían hacer, ordenó que lo encerraran y se retiró preocupado.

Los bosques ya se divisaban como un tupido tapiz verde que cubría todo el horizonte y terminaba en los desfiladeros donde la tierra de las bestias continuaba. Estos cubrían una enorme extensión que subía lomas lejanas y luego desaparecía de la vista y el plan era protegerse en ellos sin adentrarse demasiado, estos no eran un lugar seguro porque donde las bestias dejaban de dominar, dominaban otras criaturas quizás peores.
Mientras el Místico caminaba, la criatura le seguía sin protestar, sin quejarse ni hablar, sin intentar huir, solo le seguía los pasos caminando en silencio, y era que la criatura era un ser completamente carente de ambiciones, de especulaciones y de sentimientos negativos o destructivos, su letalidad era su castigo, lo que la hacía ignorante e inocente de ello. Al cabo de un par de horas de caminata alcanzaron el límite de los bosques y se introdujeron en ellos sin internarse demasiado, debían seguir bordeando los bosques hasta atravesar la tierra de las bestias, la sombra de los árboles era reconfortante y hacía más fácil su avance. Una profunda cañada los obligó a adentrarse en el bosque para rodearla llegando hasta el suave arrollo que la recorría, no era profundo pero se veía limpio y fresco, hicieron un pequeño alto para comprobarlo y refrescarse. Se preparaban para continuar cuando un aullido agudo los alarmó, luego otro más cercano sonó en dirección contraria, al instante, una liebre enorme como un cerdo pasó corriendo a toda velocidad muy cerca de los pies del místico que apenas pudo esquivarla para que no lo tirara al suelo, el animal apenas tocaba el piso para impulsar su cuerpo en ágiles y largos brincos, en el último que alcanzó a dar aterrizó dando espectaculares volteretas sobre si misma de forma violenta hasta quedar inmóvil, tres flechas se habían clavado en su cuerpo de forma casi simultánea. Un nuevo aullido se escuchó. El místico escudriñó el aire con su entrenado olfato y el nauseabundo hedor que sintió le pareció conocido.


La ciudad vertical de los salvajes era mucho más espectacular y sólida de lo que parecía al verla desde lejos. Al recorrer los pasadizos, la mayoría de madera o de tierra cavados en las paredes del acantilado, no se sentía el vértigo natural que producía el abismo bajo sus pies, sino que se podía recorrer con plena confianza. Idalia, siempre seguida por el salvaje que la encontró, luego del puente colgante, siguió un angosto pero seguro camino esculpido en la pared del acantilado  hasta llegar a la primera plataforma de madera que era la entrada baja a la ciudad, había otra entrada en la superficie si es que se venía desde el otro lado del abismo. Una vez que entraron en la ciudad la plataforma fue levantada y el ingreso quedaba bloqueado por un trozo de abismo bastante intimidante. La ciudad estaba construida en base a galerías conectadas unas con otras por escaleras de todos los tipos y tamaños, todo estaba anclado a las paredes del abismo por millones de estacas y descansando sobre vigas incrustadas, además de todo tipo de cuevas y caminos esculpidos en la tierra donde la gente moraba. Mientras caminaba, la mujer maldita pudo ver abundantes antorchas aquí y allá, tenían buen uso del fuego, también llamaron su atención algunas jaulas no muy grandes, pero suficientes como para una sola persona de pie balanceándose suavemente hacia el vacío, se sentía insegura, preocupada, el salvaje y los dos niños la habían llevado hasta la ciudad sin forzarla pero tampoco sabiendo con que intenciones, no entendía una palabra de lo que decían y aunque hasta ahora habían sido amables no tenía razones para confiar en ellos, habían salido armados y habían regresado con las manos vacías, sin una sola pieza de caza, nada excepto ella. Se preguntó si tal vez la pieza de caza sería ella y su propia respuesta fue bastante alarmante.


León Faras.