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jueves, 26 de diciembre de 2019

Perfecto.


Era un precioso día de primavera, los pájaros no paraban de cantar, los árboles viejos exhibían brotes nuevos, las estatuas, atormentadas por la humedad y el excremento de incontables generaciones de aves, lucían sabias y longevas. Lucio paseaba junto a su viejo maestro entre las tumbas de sus ancestros, “Apolonia dice que el sitio donde van los muertos, es un lugar donde todo es perfecto, los alimentos son perfectos, los lechos son perfectos, incluso el clima es perfecto, ¿Tú qué piensas?” El viejo maestro respondió sin dejar de caminar pausadamente, “Me temo mucho que eso no sea cierto, joven alteza, no porque un lugar así no exista, que existe, sino porque no hay ser humano dispuesto a aceptar que todo pueda ser perfecto” “Bueno…” dijo el joven príncipe con seria convicción y madurez, “…si todo fuera perfecto, yo estaría dispuesto a aceptarlo y reconocerlo” el joven se quedó esperando una réplica, pero el viejo guardo silencio. Al cabo de unos segundos, el príncipe recordó algo, “Espera ¿Dónde está ese lugar que dices que existe donde todo es perfecto?” El maestro no lo miró ni se detuvo para responderle, “Estamos en él, Alteza, siempre estamos en él”



León Faras.

viernes, 2 de febrero de 2018

El Perro.

El Perro.


Tendría yo unos doce años, cuando un compañero de mi curso, en mi escuela, me invitó a su casa a compartir un juego que le habían regalado y que seguramente jugarlo solo, no tenía el mismo sabor. La ciudad estaba rodeada de cerros los que, a su vez, estaban cubiertos de viviendas en sus laderas y un poco más arriba. Allí vivía mi amigo. Iba yo por un angosto camino peatonal de tierra, que desembocaba en una escalera de cemento por la que obligadamente debía subir, ahí a los pies de la escalera, estaba echado el Perro. Era un perro grande, al menos, para los ojos de un niño de doce años, de un color negro sucio, polvoriento, casi rojizo, orejas puntiagudas clásicas, de esas que automáticamente le dan al perro un aspecto más intimidante, y el pelo largo como el Lobo de las películas, bastante cliché, lo sé, pero así lo recuerdo. El perro me vio acercarme y comenzó a gruñirme, sin siquiera cambiar de posición, me miraba con su cabeza reposada sobre sus patas delanteras, mostrándome sus intimidantes colmillos y haciendo ese sonido gutural tan característico. Yo, por supuesto, me paré en el acto y el perro dejó de gruñirme, como un pequeño pacto entre caballeros, pero eso sí, no me quitó el ojo de encima, lo que significaba que no se fiaba ni un pelo de mí. Intenté avanzar un par de pasos muy despacio hacia la escalera, como mostrándole mis respetos, pero el perro no estaba para trucos baratos y esta vez levantó la cabeza para gruñirme, y juro que pude ver completo su hermoso juego de dientes húmedos de saliva. Reculé rápidamente. Sobra decir que no había ni una persona cerca que me ayudara, como en esos duelos del oeste en los que todo el mundo se esconde. La siguiente estrategia, era rodearlo, pero era un camino angosto, con una pared del cerro por un lado y una pendiente de tierra por el otro. Aun así me pegué a la pared para avanzar lo más lejos posible de él, demostrándole que no quería molestarlo ni entrometerme en sus asuntos, pero mi amigo el Perro, se dio cuenta rápidamente de que yo no estaba captando el mensaje, así que se puso de pie con un resorte en las patas, me soltó dos ladridos que te hielan la sangre, eso si no te aflojan el estómago primero, y terminó con un gruñido largo como diciéndome “No te pases, muchacho… conmigo no te pases" Entonces tomé la decisión más sabia de toda mi vida, o de la que llevaba vivida hasta ese momento: dar la media vuelta e irme por donde había venido. Cuando volví la vista atrás, aun con el corazón latiéndome en todo el cuerpo y las piernas temblando, el perro se había vuelto a echar, en la misma posición y lugar en el que estaba antes. La experiencia quedó en mi mente para siempre, mi subconsciente, ni corto ni perezoso, la archivó de inmediato y hasta le puso una marquita de “No borrar” Muchos años después, recordando aquello, se me ocurrió otra hipótesis: el perro no estaba en su casa, por lo tanto no cuidaba su territorio, era un lugar público por el que, sin duda, mucha gente transitaba todos los días, tampoco en ningún momento, y para mi fortuna, intentó atacarme, solo amenazarme y de una manera lo suficientemente convincente como para hacerme desistir y volver a casa y una vez logrado esto, el animal volvió a su posición como si no hubiese pasado nada, su única intención fue cerrarme el paso. ¿Y si me salvó de algo? Algo malo que me hubiese sucedido de seguir mi camino, nadie imagina a los ángeles guardianes con un aspecto tan atemorizante y desaliñado, pero tampoco tienen por ley que ser criaturas hermosas y sobrenaturales. Esto me recuerda una historia que me contó mi padre hace años sobre un pollito recién salido de su cascarón, que, aventurero, decide salir a conocer la granja, en su paseo, no demasiado extenso aun, llega hasta donde las vacas estaban pastando. Era una mañana fría y el animalito ya comenzaba a sentirse algo entumecido, pero estaba perdido y no sabía bien como regresar de vuelta al delicioso calor de su madre. Por esas cosas del destino, eso de ubicarse en el lugar y el momento justo, uno de los vacunos decidió que era buen momento para vaciar sus intestinos, y le soltó una tremenda bosta que cubrió por completo al pollo que justo pasaba por debajo en ese momento. Sin embargo, el pollito pudo sacar su cabeza afuera y pasado el aturdimiento inicial por el impacto, se dio cuenta de que el excremento de la vaca estaba caliente, de que el frío desaparecía y de que realmente se estaba a gusto allí, literalmente con la mierda hasta el cuello. Eso, hasta que un ave rapaz, conocidas por su excelente vista, lo vio moverse, y de una sola pasada, lo tomó con sus garras y se lo llevó para comérselo y dárselo regurgitado a sus crías. Moraleja: No todo el que te caga, necesariamente te causa un daño, ni todo aquel que te saca de la mierda, te está haciendo un favor.


León Faras. 

sábado, 10 de octubre de 2015

Las Termópilas.

Las Termópilas.

(Historia escrita a partir de una consigna. Si algún griego o algún persa lee esto, le ofrezco de antemano sinceras disculpas)


En el año 480 a. C. se desarrolló en Grecia, una de las batallas más impresionantes de que se tenga memoria. Durante las segundas guerras Médicas (de “medos”, persa.), el imperio Persa, el más grande y poderoso de su tiempo, cansado de la resistencia que ofrecían un pequeño grupo de islas por ser conquistadas, decidió enviar un ejército descomunal de 500.000 hombres para doblegar a los griegos, los cuales se ubicaron en un estrecho pasaje con un reducido contingente decididos a contenerlos, y así, darle tiempo al resto de su ejército para prepararse. “Esta es la verdadera historia:”


El general ateniense, Leónidas, tomó la drástica decisión de ubicarse junto con 300 de sus hombres en un estrecho, que era pasaje obligado del ejército persa hacia Atenas, llamado Las Termópilas o “puertas calientes”, nombre derivado del motivo explícitamente sexual con el que habían sido decoradas dichas puertas, por artesanos y artistas traídos de la India. Consientes de que nadie sobreviviría, se hizo acompañar de un sabio griego de nombre Ariscócteles, famoso por los profundos conocimientos que tenía sobre todo tipo de brebajes, este sabio antes de la batalla, les dio de beber a todos de un líquido misterioso que aseguraría el mejor desempeño de los guerreros durante la batalla. Los griegos, luego de ingerir la bebida, comenzaron a sufrir espasmos, su piel se volvió grisácea, se le abrieron inexplicables y malolientes llagas, incontenibles temblores los hicieron caer al suelo, las órbitas de sus ojos se oscurecieron, y algunos tuvieron una importante pérdida de cabello, uno a uno los guerreros atenienses cayeron inertes al piso, hasta que solo quedó de pie Ariscócteles, este, algo preocupado y con serias dudas sobre si había preparado bien el brebaje, se acercó al general y le dio un tímido puntapié, con la esperanza de que reaccionara. Pero nada, el viejo, echando un vistazo a sus espaldas, vio a los persas que se aproximaban, esto lo inquietó aún más, por lo que le dio al general otro puntapié, esta vez bastante fuerte, pero fue como patear un saco de papas. Nada, Ariscócteles volvió a mirar nerviosamente al ejército persa que continuaba acercándose, involuntariamente comenzó a sudar, tomo al general como pudo y lo zarandeó violentamente sin resultados, los persas continuaban aproximándose, ya con desesperación, el sabio, comenzó a abofetear a Leónidas al tiempo que lo agitaba como a una de sus cocteleras, pero el general continuaba sin reaccionar, desesperado y preso del miedo, Ariscócteles finalmente se dio por vencido y levantándose la sotana echó a correr ante la inminente llegada del poderoso ejército persa. Fue en ese momento, en que Leónidas abrió los ojos con la violencia de quien patea una puerta para abrirla y no sin algo de trabajo se puso de pie, sus vértebras se quejaron ruidosamente al acomodarse, sentía mucha hambre, al ver al enemigo en frente, una maquiavélica sonrisa se dibujó en su rostro ante tanta comida disponible. Dos de sus incisivos se habían desprendido. Sus guerreros reaccionaron de la misma manera poniéndose de pie y preparándose más para cenar que para la batalla. Lo que sucedió a continuación, es más digno de imaginar que de narrar, lo que sí puedo decir, es que los atenienses perdieron cuando se les acabó el apetito y los persas finalmente atravesaron las Termópilas rumbo a Atenas donde se libró otra memorable batalla. Pero esa es otra historia. 


León Faras.

La barra de la Ferrocarril.

La barra de la Ferrocarril.

(Advierto que este es un relato liviano y que lo escribí para una consigna literaria con la intención de cumplir y divertirme en su escritura.)

Eran más o menos las tres de la mañana cuando los dueños del bar “la Calavera” se cansaron de soportar el irreverente escándalo que mantenían los enfiestados hinchas del glorioso club deportivo “Ferrocarril” y los corrieron a todos con viento fresco. La chica Gabi, la única mujer que era miembro oficial de la barra, iba indignadísima, se suponía que iban a olvidar la paliza recibida esa tarde a manos de sus archirrivales de “Agua Turbia”, sin embargo, la cosa degeneró en borrachera y una vez más pasaba las mil y una vergüenzas por culpa de sus compañeros de tablón. Caminaba muy rápido llevando del brazo y casi a tirones al “negro” Verdejo, no porque fueran novios o algo así, sino porque el “negro” era ciego, además de debilucho y casi tan bajo como ella, y este, a su vez, llevaba casi estrangulado a su perro, el Tomi, un animal de raza indefinida o única que sin ninguna clase de entrenamiento hacia como podía las veces de lazarillo. Más atrás venían el gordo Belisario y Manolito Troncoso, este último que era flaco y desmesuradamente alto, hacía esfuerzos sublimes por llevar al gordo, no tanto por el peso, sino porque Manolito era tan alto que debía doblarse casi a la mitad para poder tomar a Belisario del hombro, quien iba al borde del coma etílico y para colmo, acordándose cada dos minutos de besarlo y decirle que lo quería y que eran amigos. De pronto la chica Gabi se detuvo en seco cediendo a los ruegos de Manolito, quien no podía seguirle el paso, por supuesto, tal detenimiento fue sin avisarle nada al ciego ni a su perro, quienes debieron esperar el tirón para detenerse. “…pero Gabi espérame, ¿qué culpa tengo yo de que el Belisario le haya tocado el trasero a la niña que nos atendía?”, “¡Estoy harta!...”, alegaba la Gabi, “…siempre con ustedes es lo mismo. El Belisario no sólo le agarró el poto una vez, sino tres y tú le esparramaste el vaso a este otro en los pantalones y ahora parece que anduviera meado” remató la Gabi apuntando la entrepierna del negro que lucía húmeda hasta más abajo de las rodillas, “si no es para tanto Chica…” el negro quiso bajarle el perfil al suceso pero la Gabi lo paró en seco, “¡Cállate tú!, mira que tu mugre de perro se hizo caca debajo de la mesa…”, el negro Verdejo le obedeció resignado, ya que en casos como ese, dependía completamente de ella para llegar a su casa. En ese momento, el gordo comenzó a rezongar en un idioma bien poco legible, “Essos innorants, no me pueen echar así como así, poque yo soy bombero. Si se ls quema la cochiná de local que tenen ¿quén va a apagrselo?, yoooo poh…”, Manolito por su parte trataba de tranquilizarlo “ya Beli, si quieres compramos unas cervezas y las tomamos en mi casa”, “¡Nooo!...”, se negó Belisario, “…si en tu casa no se puee estar, parece invernadero…” y era cierto, porque la señora de Manuel Troncoso hacía y vendía plantas, y por lo tanto, tenía en su casa plantas por doquier, “…ya, pero podemos ir a la casa del negro, ¿no es cierto negro?”, insistió Manolito, con la esperanza de apaciguar al gordo, Verdejo iba a contestar pero la Gabi se adelantó “Déjate de hablar leseras, ¿Cómo van a seguir tomando?, además que este en su casa tiene puros diarios, se sienta encima de los diarios, come encima de los diarios, duerme encima de los diarios, está bien que sea suplementero, pero en su casa no hay ni un solo mueble, lo único que hay son diarios, diarios y más diarios”, en ese momento la Gabi se dio un palmazo en la frente recordando algo importante, “¡la bolsa!…”, “¿qué bolsa?” preguntó el ciego, “…”La bolsa. Había comprado dos paquetes de azúcar para las mermeladas de mañana, y ahora no sé donde la dejé”, “ya tranquila…”, dijo Manuel, “…mañana te regalo la azúcar, pero acompáñame a dejar al Beli”. 

Los cuatro se fueron soportando al Belisario, que en su borrachera a ratos reía y a ratos le daban ganas de llorar, hasta la casa de este último. Al llegar, un labrador dorado miró fijamente al Tomi, el perro de Verdejo, y el Tomi luego de acercarse y olfatearlo como comúnmente hacen los perros, comenzó a mover la cola. Resultó que el labrador, que era el perro del gordo, no era perro, sino perra, y surgió una química inesperada e instantánea entre el Tomi y la perra del Belisario, la cual, apenas este abrió la puerta de la reja, salió disparada, y el Tomi dándole un tirón a su correa también se liberó del negro Verdejo, quien no entendía nada de lo que estaba pasando, y ambos perros escaparon juntos hasta perderse. Luego de mucho esfuerzo, y después de dejar al Belisario en su casa, lograron tranquilizar al negro Verdejo por la pérdida del Tomi, argumentando que no era para tanto y que el Tomi seguro regresaba luego de satisfacer sus instintos.

Al día siguiente, la chica Gabi y Manolito se enteraron que el Tomi se había colgado con su propia correa de una reja, al contemplar cómo la perra del Belisario había preferido a otro perro más roñoso y de menos pedigrí que él, para una relación amorosa. Por supuesto acordaron no decirle nada al negro, quien era demasiado sentimental, sino mejor buscarle otro perro lo más pronto posible para que reemplazara al Tomi.


León Faras.

domingo, 16 de noviembre de 2014

El encargo del Diablo.



La noche estaba más oscura que nunca, la lluvia caía gruesa y perpendicular sobre las viejas tejas de madera de la cabaña ubicada en la cúspide de una delgada y larga formación rocosa, en la que no podía caber nada más a excepción de la precaria vivienda y un viejo y atormentado árbol seco hasta las raíces, que se aferraba al peñasco para no caer, náufrago y vestigio de una tierra arrasada por el clima y la erosión. La luz amarillenta del fuego iluminaba los vidrios de las ventanas, empañados por el contraste del calor y el frío. De una chimenea de lata, flaca y chueca, brotaba un humo blanco que pacífico, se movilizaba en sentido contrario a la lluvia. En su interior vivía Noelia, una bruja superviviente de la vieja escuela, una mujer voluptuosa y coqueta, de anchas caderas y generoso busto, exhibido sin complejos por el escote de su vestido negro y ceñido. Dejaba caer con gracia extraños polvos dentro de un caldero hirviente, mientras consultaba un libro milenario ubicado en un atril, el que era iluminado por una vela adherida a un cráneo humano, junto a esta, un cuervo viejo reposaba solemne sobre un perchero. En una esquina, sobre una silla de manufactura clásica dormía plácidamente Diana, su gata, tan coqueta y refinada como su dueña y junto a la puerta, reposaba una atrofiada escoba. Noelia canturreaba ocupada en sus asuntos cuando se oyó que alguien golpeó su puerta, la mujer se sobresaltó pero se puso contenta, no cualquiera podía visitarla, justamente por lo inaccesible de su casa, pero cuando sucedía se emocionaba como una niña pequeña. Se arregló el cabello y se alisó el vestido con las manos antes de abrir la puerta, un rayo rajó el cielo en ese preciso instante.

El Diablo entró quitándose el sombrero y el abrigo que Noelia se apresuró a recibir, asombrada ante la inesperada e ilustre visita. A pesar del chaparrón, toda su ropa estaba seca, “Veo que te sorprendes de verme…espero no ser inoportuno” Dijo Lucifer, a lo que Noelia respondió con una sonrisa nerviosa, “Por supuesto que no, es solo que… no recuerdo haberte invocado… ¿o sí?” Y dirigió una mirada de severa duda al cuervo, mientras colgaba las prendas de su visita, pero el ave solo se encogió de hombros. “No, no has sido tú. Soy yo quien necesitaba verte” Dijo el recién llegado y se dejó caer en el mismo lugar donde estaba, con lo que la bruja debió reaccionar y con un rápido hechizo hacer que la silla, donde cómodamente reposaba Diana, volara para atajar el cuerpo del Diablo, cosa que este tomó como algo de lo más natural. La gata, por su parte, cayó dando un aullido de protesta, y una mirada de muy mal humor que la mujer respondió con una mueca de justificación y disculpa, para que buscara otro lugar donde continuar su siesta. Luego sirvió dos diminutos vasos de un fuerte licor y le ofreció uno a su visitante “Pues… usted dirá para qué soy buena” Lucifer se bebió su vaso como si se tratara de agua pura de vertiente, lo que hizo dudar a Noelia si había servido de la botella correcta. “Estoy aquí porque sé que no solo eres buena, si no que de las mejores. No seas modesta Noelia, odio la modestia. Necesito que hagas para mí un conjuro de horror, el más poderoso y eficiente que conozcas. Te pagaré bien” Concluyó el Diablo sacando de su bolsillo interior lo que parecía ser una esfera de oro macizo. Noelia se bebió su vaso de una sentada también, pero a ella le pareció lava ardiente, lo que la dejó sin habla por unos segundos. “¿De qué clase de horror?, ¿algo así como revivir algunos muertos tal vez?...”La bruja sonreía entusiasmada y encantadora “…Conozco un conjuro que los haría levantarse y aterrorizar a todo un pueblo,” Y terminó con una graciosa mímica que al Diablo no le hizo gracia alguna “No, ya no funcionan como antes, necesitaríamos muchos cadáveres recientes y que no estuvieran en esas tontas cajas de madera donde los ponen desde la última vez. Además son torpes y huelen mal, y ni siquiera atacan a nadie… lo que yo necesito es infundir el terror en sus corazones, que sepan quién soy yo y que conmigo no deben jugar” Noelia lo miraba con los ojos muy abiertos, “¡Ratas!” Dijo y el Diablo frunció el ceño “Las ratas…” Continuó la bruja “…Son perfectas, abundantes, omnipresentes y muy fáciles de dominar, además, transmiten cualquier cosa que quieras.” El Diablo hizo una mueca de poco convencimiento “Las ratas son geniales pero, ya sabes lo que pasó con ellas la última vez, hubiesen exterminado a toda la humanidad con aquello de la peste si no interferimos y… ese no es mi negocio. Un mundo sin humanos no es divertido”, Noelia reflexionaba unos segundos cuando alguien habló “¿Y qué tal, una prisión para almas?” El Diablo se volteó sorprendido hacia el cuervo, Noelia se excusó “Mi cuervo no habla demasiado pero cuando lo hace, no es en vano” “Ya veo…” La bruja explicó mientras le daba una caricia de premio a su cuervo “Una prisión de almas es un conjuro que evita que alguien muerto en un lugar se vaya de ese lugar, puedes ponerlo por el tiempo que quieras y con los años convertir cualquier sitio en un espacio lleno de espíritus errantes… lo usamos en lugares con abundantes muertes como cárceles u hospitales… pero tú lo puedes usar donde quieras…” Lucifer entrecruzó los dedos y sonrió complacido “Sé exactamente donde lo pondré. Hazme uno y que sea para llevar”

Noelia lo preparó todo en un santiamén, realmente encantada de ganarse una tan generosa recompensa y de forma tan fácil y rápida y se lo entregó en un bonito frasco de vidrio tapado con un trozo de tela cuadriculada, sujeta con un cordel, como si se tratara de esas mermeladas artesanales que venden en los pueblos pequeños. Curiosa y animada, preguntó mientras le ayudaba a ponerse el abrigo “¿Sería muy indiscreta si pregunto dónde lo piensas usar?” El Diablo respondió ya listo para irse “Tengo unos amigos míos que ahora les ha entrado deseos de arrepentirse de sus sabrosas vilezas y yo no puedo permitir que me abandonen después de tanto tiempo, eso no es justo ¿no te parece?”Dicho eso, desapareció en la oscuridad de la noche dejando solo el galope de su caballo en el aire y las chispas de sus herraduras de oro.



León Faras.

lunes, 13 de octubre de 2014

El gran Diluvio.

El gran diluvio.

…La enorme puerta de gruesos y toscos maderos era golpeada por una multitud desesperada sin que pudiera abrirse. Por entre las rendijas podía verse dedos asomarse pidiendo ayuda y ojos muy abiertos, ávidos de auxilio. Los gritos helaban la sangre.

El anciano volvió en sí buscando sujetarse de algo porque se desvanecía, los trances en los que entraba eran tan profundos y prolongados que a menudo lo desorientaban en el tiempo y en el espacio. Se trataba de un brujo respetado y reconocido en la región, sus pronósticos eran certeros, y las personas creían en ellos más que en sí mismos. Otros miembros más jóvenes de la tribu se apresuraron a sujetarlo, con sumo cuidado le ayudaron a sentarse y lo acompañaron hasta que el viejo se recuperó. “¿Qué fue lo que viste, Padre?” todo el mundo, más allá de que fueran familiares o no, le llamaba “Padre” era una especie de título o reverencia. Le acercaron un poco de agua en un cuenco que el viejo bebió con ganas y luego habló, “había, una choza como la nuestra, hecha de gofer pero mucho más grande. Estaba invertida, de modo que la cima del techo se apoyaba en el suelo y no podía mantenerse de pie sin pilares que la sostuvieran. La base estaba abierta a los cielos…” los hombres y mujeres que le escuchaban, se miraron sin entender, a veces las visiones de Padre eran extrañas, pero no por eso perdían veracidad. Uno de los hombres preguntó “¿Quién vive en esa choza tan extraña, Padre?” el viejo miraba al fuego enfrente de él, y estiraba la mano con cuidado, como tratando de tocar algo en su mente, esa imagen se desvaneció y el anciano respondió “nosotros viviremos en ella, será nuestro refugio” la gente no entendía nada, estaban muy bien donde estaban y sus chozas eran perfectas con el techo sobre sus cabezas como les gustaba que fuera y como debía de ser, pero nadie tendría el atrevimiento de dudar de las revelaciones de Padre y mucho menos de contradecirle, entonces otro de los hombres preguntó “¿dónde está esa choza, Padre?; ¿está demasiado lejos de aquí?” ese hombre era un cazador, y había recorrido tanto como puede hacerlo un hombre sobre sus pies, y en ninguna parte había siquiera escuchado de tan extraña construcción. “No tendremos que ir a ninguna parte, esa choza estará aquí, debemos de construirla nosotros mismos” concluyó Padre con un tono de quien anuncia lo que será, un mal necesario.

            La noticia se esparció con facilidad, debido a que las visiones de Padre eran tema de conversación obligado mucho más allá de su comunidad. A los pocos días llegaron hombres de otras tierras, preocupados en saber si era cierto lo de la choza invertida y si ellos también necesitarían refugio, los materiales para iniciar la construcción se amontonaban en gran cantidad, así como también recipientes con plantas y vegetales comestibles y un buen número de ganado. Padre les respondió que sin duda, sí “…el agua será tal, que necesitarán protegerse de ella bajo sus pies, por eso la choza debe tener el techo hacia abajo” los hombres se preocuparon, su líder, conocido por todos como Tresdedos preguntó “¿podemos unirnos a su grupo, Padre?, tenemos hábiles constructores y buenos cazadores” Padre asintió “Por supuesto que sí, pero deberán asegurarse con una buena cantidad de provisiones vivas, o no durarán el tiempo suficiente” los hombres parecían no creer “¿provisiones vivas Padre?; ¿cuánto tiempo estaremos en el refugio?” el viejo respondió sin rodeos, “Lo que tarda la tierra en cubrirse de agua por completo y volver a secarse”

            La escena se repitió en más de una oportunidad, hombres de distintos puntos llegaron a corroborar los rumores y a unirse al grupo y su arduo trabajo, tanto en la construcción, como en el abastecimiento de víveres. Gracias al gran numero de brazos que llegaron, se avanzaba rápido en los trabajos al mismo tiempo que se estrechaban lazos y se unían familias, la choza invertida tomaba una forma y un tamaño absolutamente desconocido para cualquiera de los hombres o mujeres que trabajaban allí, lo que hacía que pocos pudieran imaginar la forma en que ese armatoste se convertiría en su refugio o en su salvación. Por las noches, un grupo cada vez mayor se reunía en torno a un gran fuego para recuperar fuerzas y escuchar las narraciones, en las que Padre participaba y aprovechaba de repartir enseñanzas, sobre qué esperaba la divinidad de nosotros y la mejor forma de comportarnos frente a distintas situaciones. Trataba sobre todo de inculcarles el amor y respeto por los demás, los últimos pasajes de la visión que había tenido lo torturaban dolorosamente sin poder compartirlos con nadie, todas esas personas atrapadas, debía haber una razón, solo sabía que haría todo lo necesario para salvar a toda esa gente.

            Los trabajos terminaron, y la gente quedó asombrada y orgullosa de la forma y tamaño de su construcción, sin duda una obra de la que se hablaría en incontables generaciones. Las primeras gotas de agua comenzaron a caer ese mismo día y Padre ordenó que subieran todas las provisiones y luego todas las personas, todo lo que debía hacerse ya estaba hecho y solo quedaba esperar. En ese momento, un gran número de personas que se acercaban apresurados fueron avistadas, venían desde muy lejos, marchando apenas se habían enterado de las predicciones, traían provisiones pero la mayoría las habían agotado en el viaje, estaban cansados y temerosos, rogando que los dejaran entrar en el refugio, la mitad de ese grupo eran mujeres y niños pequeños, Tresdedos intervino diciendo que había espacio y provisiones suficientes para todos y Padre estuvo de acuerdo, con lo que el grupo volvió a crecer. La lluvia tomó consistencia poco a poco durante el día y continuó durante la noche y durante todo el día siguiente y la siguiente noche, y así, hasta desbordar todos los ríos, lagos y riachuelos, conquistando suelos que nunca antes había conquistado, y subiendo cada vez más por las paredes de la choza invertida, en cuyo interior los hombres temían que no fueran lo suficientemente altas para que el agua no los cubriera también. El asombro y la admiración fueron generalizados el día en que la choza invertida comenzó a flotar y a moverse suavemente con el vaivén de las aguas, la gente no dudó en celebrar bajo la lluvia con música y bailes, pues con seguridad era una intervención divina que la colosal estructura que habían construido no sucumbiera a las aguas, sino que se mantuviera sobre estas, pero el buen ánimo duró solo unos días, hasta cuando se acercaron a un islote formado recientemente en el que un gran número de desdichados, hambrientos y sin resguardo del aguacero, rogaban a gritos ser salvados. Tresdedos intervino de inmediato asumiendo su rol de líder, “No podemos recibir más gente, no podremos alimentarlos a todos. Debemos alejarnos de aquí lo antes posible y no tentar su desesperación” Padre no estaba de acuerdo, “Esos gritos nos acompañaran hasta el final de nuestros días, pero sobre todo a mí, que debí construir este refugio para salvar a todo el que lo necesite y no para un número determinado de hombres. ¿Si ese fueras tú, tus padres, tus hijos? ¿No desearías y considerarías justo ser salvado?” Tresdedos no podía discutir con eso, pero eso no cambiaba la insensatez de aumentar aún más el número de personas dentro del refugio “Tú eres nuestro patriarca y apoyaré tu decisión, pero hay una verdad que no debes ignorar: No todos pueden ser salvados” “Una verdad sin duda, pero que es más fácil de admitir cuando se está del lado seguro” respondió Padre, con lo que Tresdedos cogiendo una cuerda, animó a todos los que lo quisieran seguir a rescatar a esas personas.

            El rescate se llevó a cabo, aunque el espectáculo que se dio fue perturbador y desagradable, los hombres se peleaban, se insultaban, se agredían por salvarse, muchos perecieron ahogados en la lucha por la supervivencia. Ni un solo niño logró llegar a bordo del refugio, aparte de un bebé que una mujer traía atado a su espalda. Muerto. Los días pasaron y la lluvia no se detenía, el clima dentro del refugio se tensaba y dividía, las personas se separaban en clanes y poco compartían entre sí, de vez en cuando aparecían pequeñas disputas y rencillas causadas por un poco de alimento o una cobija para dormir, por lo general Padre era el único que podía intervenir sin caldear más los ánimos pero no siempre estaba disponible para ello. Un día descubrieron que una familia entera se había enfermado, nada habían dicho por temor a ser expulsados, pero ya no lo podían ocultar, una serie de protuberancias grotescas deformaban su cuerpo el que se llenaba de llagas que con el paso del tiempo laceraban su carne, haciéndolo perder partes, la enfermedad era horrible, contagiosa y muy temida. Una especie particularmente agresiva de lepra. El pánico se esparció, muchos no dudaron en exigir que los enfermos fueran arrojados al agua, hasta que ellos mismos o sus parientes cercanos se veían infectados, entonces el discurso cambiaba. Padre, Tresdedos, sus familias y seguidores atendían a los enfermos en lo que podían, aliviando su sufrimiento, sin deshacerse de ninguno de los contagiados, debido a que, a pesar de las horribles deformaciones, ninguno había perecido aun. Hasta el día en que Tresdedos se presentó ante Padre, “Ya no volverás a bajar a atender a los enfermos…” dijo  “…yo y mi gente nos encargaremos de todo…” Padre no comprendió lo que sucedía hasta que Tresdedos le mostró el vientre, una voluminosa protuberancia emergía de él, estaba contagiado y salvo Padre y su familia, todos los demás también, entonces Tresdedos entró en la parte baja del barco y le pidió a Padre que cerrara la puerta por fuera, Padre se negó, pero Tresdedos insistió “Preocúpate de los tuyos. No todos pueden ser salvados”


            La visión de Padre cobró vida en los días sucesivos, al verse encerrados los hombres se lanzaron contra los portones, gritando y pidiendo clemencia, sus cuerpos se deformaban terriblemente, unos perdían el cabello, otros, sus miembros, el sufrimiento y la desesperanza se apoderaron de todos ellos. Padre y los suyos se mantuvieron sanos solo por obra divina, los portones no volvieron a abrirse y los alaridos y golpes terminaron por acallarse. Y la lluvia por fin se detuvo. Días después avistaron tierra, los montes y cerros ya se asomaban nuevamente, la choza invertida se detuvo y Padre y su familia descendieron, la felicidad y gratitud se mezclaban con la tristeza de haber perdido a tantos buenos hombres y mujeres, tal vez si no hubiese salvado a esas personas del islote, la enfermedad nunca hubiese llegado a bordo, pero ya no había nada que hacer. En realidad sí había algo que hacer, debían sacar los cuerpos y darles sepultura según su costumbre. Los portones se abrieron, pero lo que encontraron allí fue sencillamente increíble. Había animales, miles, que con los rayos del sol se despertaron y comenzaron a moverse con lentitud, espantando la modorra que los embargaba, grandes, pequeños y en su mayoría, nunca antes visto por Padre y su familia. No había un solo humano, ni vivo ni cadáver, solo animales que salieron del refugio y se esparcieron por el mundo. Un majestuoso y bello tigre salió al final, pareció saludar a Padre antes de irse, cojeaba levemente de su pata delantera, Padre notó que solo tenía tres dedos en ella.


León Faras. 

sábado, 8 de marzo de 2014

El último vuelo.

Se levantó de la silla, y fue nuevamente a preguntar. Obtuvo, por décimo cuarta vez la misma respuesta, “Su nombre no está en la lista, señorita, lamentablemente no la puedo dejar pasar” Para Maite aquello era el colmo del mal servicio, ¿Cuánto tiempo más la tendrían esperando ahí? Ni siquiera estaba segura de donde estaba, seguramente una escala no programada, porque ese no era el aeropuerto de Santiago, no era ninguno de los aeropuertos de Latinoamérica que ella conocía más que bien. Más encima el único funcionario era un señor nonagenario que solo se limitaba a tranquilizarla y a consultar su libro, ¿pero en qué país estaría que no tenían ni siquiera computadores? Se sentía muy nerviosa, y esa angustia siempre le descompensaba el organismo, ahora necesitaba un baño, ya no aguantaba más y lamentablemente no conseguía una sola respuesta coherente del señor tras el mesoncito, Maite volvió a acercársele, esta vez dispuesta a darle lástima si era necesario para sensibilizarlo y lograr por lo menos alguna información útil para saber donde estaba y como salía de ahí, “Señor, por favor, si no puede dejarme ir ni darme información alguna, ¿podría usted comunicarse con alguien que pueda, con algún superior suyo, tal vez? Mis pies están congelados, mi nariz paspada por completo, no me he cambiado la ropa en no sé cuantos días y necesito un baño urgentemente, además no puedo dormir ahí, sería como recordar mi pobre infancia, pobre no porque no tuviéramos dinero, sino porque soy la menor de nueve hermanas muy insensibles”, el hombre de edad bastante avanzada, calvo y de generosa barba le miró con infinita paciencia, tolerancia mejor dicho, por sobre sus diminutas gafas… “Señorita, si su nombre no está en la lista no puede salir de aquí, pero no se preocupe, pronto solucionaremos su problema, sea paciente…” pero Maite ya no quería ser paciente y casi se subió sobre el mesón para reclamar y ser escuchada “… ¿paciente? Mire señor, llevo sentada ahí más de diez horas, muchos que han llegado se han ido o los ha dejado pasar y a mí aún me mantiene esperando, ¿qué es lo que pasa?...y además, yo viajaba con 17 deportistas, llevaban una identificación y estaban acompañados de personal técnico, dígame, ¿Dónde están todos ellos?, ¿Porque solo yo estoy retenida en esta terminal?…” Entonces San Pedro le contestó ya decidido a terminar con el asunto “Ellos sobrevivieron hija mía… ellos sobrevivieron…”


 León Faras.

miércoles, 24 de abril de 2013

El Matagigantes.


El Matagigantes.

Alonso de Villamonte detuvo su robusto corcel frente al colosal castillo del gigante, dispuesto a darle muerte para rescatar a la noble doncella apresada ahí dentro. En su reluciente armadura y en su yermo coronado de hermosas plumas se reflejaba orgulloso el sol de la mañana, mientras cruzaba el puente con secos golpes de los cascos de su cabalgadura. Era una construcción de proporciones enormes, hecha a la medida de una criatura capaz de espantar a cualquiera. Pero no a don Alonso, un caballero consumado, curtido y valiente, preparado para afrontar cualquier desafío y vencer cualquier enemigo o morir bañado en el honor del deber.

            Al entrar al salón principal, el noble caballero descendió de su caballo y desenvainó su espada examinando a su alrededor, el lugar era de una categoría y una pulcritud asombrosa, el silencio más absoluto inundaba toda la enorme construcción de roca sólida, de la cual se decían muchas cosas, entre esas cosas, que el lugar estaba encantado, porque el gigante jamás había sido visto y sin embargo nadie volvía de ese lugar. Junto a la puerta, Don Alonso se fijó en una hermosa fuente de piedra de la que corría agua pura, era tan alta que de acercarse, parecería un niño pequeño asomándose a la mesa de sus padres, luego  miró la escalera a su lado y frunció el ceño, cada pulido peldaño le llegaba por encima de la rodilla, aún sin el estorbo de su impecable armadura, se vería ridículo tratando de subir y no lo intentaría aún, junto a la escalera vio una jaula colgada de un pedestal, esta era de proporciones normales, como para un ave pequeña, sin embargo estaba la puerta abierta y la jaula vacía, en aquel salón no habían muebles de ninguna clase, pero aún así se sentía diminuto ante las enormes y bellos ventanales que iluminaban todo y que parecían salir a un balcón, los inmensos pilares de mármol y bronce, los gigantescos y labrados arcos que sostenían la bóveda, todo estaba muy limpio y bruñido, aquello parecía más el palacio de un señor importante que el castillo de un gigante o la prisión de una doncella.

            Al llegar a uno de los extremos del salón, don Alonso divisó una puerta de roja y hermosa madera finamente labrada, pero hábilmente incrustada en ella y perfectamente camuflada había otra puerta, hecha a su medida, tal vez el gigante tenía vasallos humanos que usaban puertas pequeñas, sin dudarlo, el caballero la probó y esta abrió.

Su sorpresa casi lo obliga a retroceder, justo al otro lado de la puerta había un hombre de aspecto tan normal como él mismo, pero de tres veces su tamaño, un gigante tan sorprendido de ver a un hombre de talla normal como cualquiera estaría de verlo a él, vestía de lana y cuero y parecía confundido,  balbuceaba un idioma grotesco y extravagante incomprensible para cualquier señor como don Alonso de Villamonte.  Este se acercó desafiante y dispuesto a acabar con esa amenaza, a pesar de que el gigante parecía más consternado que violento y además desarmado, pero era un gigante y no necesitaba armas para aplastar a un hombre ni buenas razones para retener a una doncella. Don Alonso se lanzó contra él con un grito atronador y la espada alzada, dejándola caer con violencia y provocándole una profunda herida en la pierna del gigante que balbuceaba con ira, pero sin intenciones de atacar, en ese momento el caballero notó que el gigante traía una hermosa ave de azul metálico y garganta amarilla sobre su hombro porque esta voló luego del ataque sin alejarse demasiado, tal vez la jaula era de esta dócil ave, sin detenerse a pensar el noble caballero se lanzó en un nuevo ataque que el gigante repelió con un manotazo poco convincente y que don Alonso esquivo, pasando a llevar el brazo del gigante con el filo de su arma y dejando su espada clavada en el pie de este, el alarido de dolor fue espantoso, con muestras de sufrimiento se retiró la espada del pie y quiso caminar pero el dolor lo doblegó, sus balbuceos intentaban explicar algo con desesperación pero don Alonso no quería entender nada, corrió hacia él, alcanzó su espalda, se trepó de dos zancadas y enterró su puñal en al cuello del gigante hasta que este calló de espaldas y dejó de moverse. Entonces el ave regresó, y se posó con suavidad en el hombro de don Alonso, a este le pareció que era más pequeña de lo que parecía al principio.

Quitándose el yelmo, don Alonso se fijó en su alrededor, por aquel lado, la puerta grande no estaba, solo la pequeña por la que él había entrado, recién notó que el nuevo cuarto no estaba hecho para el gigante sino para su proporción, las escaleras y columnas eran idénticas pero de tamaños razonables, y en una de las esquinas encontró una nueva pila de agua pero en la que sí podía alcanzar y de la que sí podía beber. Don Alonso, sediento, bebió de aquella agua pura y fresca, extrajo un pañuelo del armadura que cubría su brazo y con él se refrescó el cuello y la frente, el ave lo aguardaba en el pilar de la escalera y a ella se acercó, en cuanto comenzó a subir, el ave se posó en su hombro nuevamente, al llegar arriba encontró un pasillo con puertas a ambos lados, pensó en tomar el camino de la izquierda pero el ave volando nuevamente le mostró el camino de la derecha y don Alonso le siguió agradecido. Con el ave en su hombro, don Alonso entró en la habitación del fondo. El sol entraba a raudales iluminando todo el cuarto con diáfana claridad, solo había dos peldaños en medio que conducían a cuatro finas columnas que sostenían cortinas las cuales, a su vez, cubrían un lecho, el ave voló de su hombro y pareció desaparecer tras las cortinas, como si las hubiese atravesado sin romperlas. Don Alonso se acercó y movió las cortinas, en el lecho yacía una doncella vestida de un hermoso vestido azul metálico con el busto en amarillo, pero era pequeña, era una mujer pero del tamaño de una niña pequeña, no parecía una enana, como las había visto antes, si no que se veía normal, solo que él parecía un gigante ahora… eso lo hizo reflexionar, algo raro estaba pasando, inspeccionó a su alrededor al ave ya no estaba, y la puerta por la que había entrado tampoco, por dentro solo era una puerta pequeña incrustada en una perfectamente disimulada puerta mayor que él no podía ver. Se sintió agotado y consternado, el gigante ya estaba muerto por lo que se sintió libre de desembarazarse de su pesada armadura, la que se quitó pieza por pieza hasta quedar vestido de lana y cuero, que eran las prendas que traía debajo. La doncella parecía dormida, pero algo muy raro lucía en ella, no solo su tamaño o su ropa idéntica a los colores del ave misteriosa, además tenía un extraño brillo en su piel, y una perfección irreal. Don Alonso se puso de pie y retrocedió confundido, al descubrir un balcón fuera de los ventanales por donde entraba la luz, salió por él y vio una entrada que parecía tener acceso a otra habitación contigua, pero no era otro dormitorio, si no un largo pasillo que desembocaba en un salón, como el que encontró al principio pero esta vez más pequeño que los anteriores, con escaleras diminutas, y una pila de agua que apenas llegaba a sus rodillas, era la tercera pila de agua que veía, se quedó pensativo hasta que un ruido lo alertó, un diminuto caballero entraba por una diminuta puerta al final del salón, de inmediato quiso hablarle decirle que él era un caballero honorable, que la doncella estaba ahí al otro lado del pasillo, que él no era un gigante, pero su lengua y su mandíbula estaban completamente dormidas, solo balbuceaba palabras babosas e ininteligibles, recordó el agua de la pila que había bebido y pensó que no podía ser otra cosa, con desesperación intentó comunicarse pero el diminuto caballero, era fuerte y rápido y no estaba de humor para oír explicaciones. Justo en el momento del ataque, la hermosa ave azul que don Alonso no había visto, voló de su hombro.

León Faras. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

La ciudad dormida.


Totalmente estresado y al borde del colapso nervioso logró huir el macaco Rhesus, conocido como Abu de las instalaciones del laboratorio B.E.P.G. luego de que un incendio hiciera caer la rama de un árbol sobre los cristales de su patio de juego. El mono, totalmente asustado y desorientado debido al siniestro, además de su ya deplorable condición mental, atacó violentamente a uno de los bomberos que intentó ayudarlo, provocándole heridas de mordedura en una de sus manos y rasguños en el rostro, antes de perderse en el parque contiguo a las instalaciones. El hombre fue trasladado al hospital y Abu es buscado intensamente.

A la mañana siguiente, los primeros rayos solares de un día despejado, iluminaban la habitación del hospital donde Ángel Alegría se recuperaba de las heridas en su mano y rostro, no había lesiones de gravedad según el médico de turno, pero lo mantendrían en observación, debido a que los ataques de animales frecuentemente son fuente de contagio de enfermedades. Tanto para el paciente como para el personal del hospital, era un misterio la presencia de policías profundamente interesados en su caso, a pesar de que no había presentado ninguna complicación en su diagnostico, y la única incomodidad sufrida además de las molestias propias de las heridas, fue que no pudo conciliar el sueño aquella noche, nada de que preocuparse si consideramos el estado de tensión al que había sido sometido tras el ataque, seguramente algunos medicamentos habían prolongado la segregación de adrenalina provocando insomnio temporal.

Todo aquel día, y la noche que le siguió, el bombero continuó en inevitable vigilia lo que alertó a su trasnochada enfermera, la cual tampoco había pegado los ojos durante su turno nocturno, a pesar de haberlo intentado, esta antes de retirarse dejó constancia en su informe de aquello. El médico no encontró anomalías en su estado derivadas de las heridas y recetó suaves soporíferos para tratar el insomnio.

Luego de su tercera noche sin dormir, Ángel Alegría padecía todos los estragos del cansancio severo, nula concentración, estrés mental, mal humor. Numeroso personal del hospital comenzó a acusar síntomas similares que no solo alertó a los médicos si no también a la policía, quienes, mediante una orden arbitraria emitida directamente del gobierno, pusieron el establecimiento en cuarentena, sin dar mayores explicaciones del por qué, sin embargo, con el correr de los días, los casos de insomnio tanto dentro como fuera del hospital se multiplicaron de forma alarmante, obligando a las autoridades a improvisar establecimientos para aislar a todos los que acusaran problemas para dormir, transformándose estos en encierros para verdaderos zombis babosos y conflictivos que a cada momento se volvían más difíciles de controlar.

En las afueras del hospital, un grupo de mujeres se reunió para atraer a las personas que sin parar llegaban a tratarse, asegurando que mediante sencillas sesiones de hipnosis, podrían solucionar el insomnio de forma rápida y saludable, tras la cancelación de un precio razonable acorde a las circunstancias. Su negocio se derrumbó cuando dos de las integrantes del grupo debieron internarse en los locales de cuarentena luego de tres noches sin poder dormir.

Al cabo de nueve días fue encontrado el cadáver de Abu a doce kilómetros del laboratorio de donde huyó, su traslado a este fue inmediato. Esa misma tarde Ángel Alegría y otros trece pacientes, eran los primeros en ser sometidos a un coma inducido, debido a que su organismo ya no soportaba la falta de sueño por medios naturales, este procedimiento no solucionaba el problema, pero al menos retardaría la aparición de daños permanentes en sus organismos.

La presión de los medios de comunicación, así como también del resto de la población obliga a las autoridades a reconocer que la epidemia de insomnio es producida por un virus alterado genéticamente de forma accidental, durante experimentos científicos de estudio. Se trabaja incesantemente en el antídoto el cual está cerca debido a la aparición de Abu, el primer infectado, el cual contiene la lectura genética del virus en su forma primaria. La verdad de que dicho virus estaba siendo desarrollado como arma bacteriológica para provocar el colapso masivo de tropas enemigas no es admitida nunca.

Tras tres semanas de epidemia y con el 50% de los infectados en estado de coma inducido, el gobierno presenta su primer antídoto desarrollado a partir del virus que originalmente infectó a Abu, el cual falla estrepitosamente debido a que el grueso de la población presenta una infección causada por una variedad nueva y mejorada del virus ya llamado, “Insomnus”.

Finalmente el ejército interviene para evitar que nadie entre o salga de la ciudad, mientras la cura tarda en aparecer. Los científicos trabajan sin cesar en un nuevo antídoto que detenga el constante contagio de nuevos individuos.

Dos meses después del primer contagio la ciudad entera duerme completamente aislada del resto del país, solo científicos, médicos y personal del ejército vagan por sus solitarias calles, el contagio se ha detenido pero el virus Insomnus sigue evadiendo los nuevos intentos de antídoto. Los contagiados sufren en silencio la falta de descanso y las labores propias del sueño que el coma inducido no puede proporcionar.  

Extraoficialmente, ya hay tres países interesados en adquirir cepas del nuevo virus Insomnus para fines bélicos…


León Faras.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Contemplación.


Casi medio día y el cielo amenazaba con soltar de una vez toda el agua que le debía a la tierra por meses sedienta, pero por el momento, aquello no era más que una promesa. La plaza lucía con poca gente, únicamente aquellos que necesariamente pasaban por allí rumbo a otros lugares más elementales, salvo por dos hombres que habían usado uno de los bancos para sentarse a contemplar la ciudad y su gente, solo contemplarla.

Parecían jóvenes, pero no lo eran ni remotamente, uno de ellos vestía con una elegancia soberbia, el otro era mucho más informal, para ambos aquel era un atuendo circunstancial. Eran amigos, casi hermanos, a pesar de sus diferencias aparentes ninguno tenía más que el otro, ni era mejor ni peor, en el sentido más estricto del concepto, en muchos aspectos eran idénticos, excepto por que uno de ellos era un ángel y el otro un demonio. Sabiendo esto se podría creer que uno era pura bondad y el otro solamente maldad, pero las cosas no eran así y no es que ellos fueran una excepción, las cosas nunca han sido así. De hecho, siempre les ha parecido un poco graciosa, un poco superficial esa idea del común de la gente, siendo que pensándolo solo un poco saltaba a la vista lo absurdo que sonaba la existencia de la bondad absoluta o de la maldad pura, aquello no era más que una caricatura, una percepción infantil dentro de un mundo pintado de dos colores, sin tonos ni contrastes.

Para alguien como ellos, que conocían las reales consecuencias de los actos, que sabían que cualquier suceso no se limitaba solo al tiempo que tardaba en suceder, si no que trascendía, a veces en forma infinita en innumerables efectos y que además, eran a su vez consecuencia de otros sucesos indeterminables, entonces el pretender hacer solo el bien o solo el mal era una epifanía, ¿Cómo le explicaban al asesino que con su acto estaba librando a alguien de un sufrimiento tan grande y doloroso que preferiría estar muerto a padecerlo?, por ejemplo, o ¿Cómo le explicaban a aquella noble dama, que con ese alimento que repartió, en más de una ocasión gatilló enfermedades como cáncer o diabetes, sin querer, por supuesto, en el cuerpo de aquellos que pretendía ayudar?...Como explicar que aquella vez que creíste hacer un daño en realidad fue un favor imposible de ver en ese momento…obrar de buena o mala manera era algo meramente sugestivo, algo en lo que solamente intervenía la intención del acto, los sentimientos del momento, pero que no significaba necesariamente hacer el bien o el mal, muchos casos habían de quienes cometían hechos atroces con la idea de estar haciendo un bien a sus víctimas. Para seres como ellos, ningún acto podía calificarse de bueno o malo, y las intenciones, casi nunca coincidían con los efectos.

¿Hombres santos?... ¿Posesiones demoniacas?... meros roces de la humanidad con las altas esferas, coqueteos entre dos mundos. Ni en el paraíso ni en el infierno hay almas humanas, pues todas estas personas están en embrión para alcanzar cualquiera de esos lugares, el hombre más bueno y el hombre más malo, solo son resultados directos de su medio, Ellos saben que el hombre más malvado al iniciar su vida en un ambiente favorable, será una persona completamente distinta, entonces como considerar malo a alguien hecho así. No hay castigos ni premios, ni obras que los merezcan, menos si creen que se trata de cosas materiales, cuantas veces habían oído a personas decir que habían sido premiados por la divinidad al recibir un contrato millonario, o que habían sido castigados por la misma cuando lo perdieron todo, no, nada de eso, lo material no es bueno ni malo, solo es humano.

El ángel y el demonio no luchaban entre si, no había razón alguna para eso, pertenecían a dos mundos que se complementaban en armonía como la luz y la sombra, no estaban ahí para interferir de ninguna manera con las personas, solo las contemplaban, y eso les resultaba agradable, sobre todo verlos correr huyendo de las primeras gotas de lluvia.


León Faras.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Entrevista con un loco.


La crónica de esta semana.
El caso de Leonardo Montes.

A las nueve y treinta de la mañana llegué al Hospital Siquiátrico San Benito de nuestra ciudad, según me habían contado, había un paciente allí cuyo caso era bastante peculiar, en apariencia parecía un tipo completamente cuerdo, coherente al hablar y hasta inteligente, quise saber entonces porque estaba interno, según su doctora, la siquiatra Emilia Gallardo, una mujer atractiva y cordial, quien reconocía un gran interés profesional en el caso de Leonardo Montes, estaba ahí porque era incapaz de percibir la realidad como cualquiera, no mostraba interés por desarrollar ninguna labor ni por obtener nada en particular, no aplicaba las normas más elementales de seguridad, no reconocía nada como necesario o útil, no mostraba ni interés ni rechazo por las personas y tenía un uso limitado de sus sentimientos, en resumen, Leonardo Montes era incapaz de vivir por su cuenta, porque para él, no habían retos ni motivaciones válidas que le empujaran en su día a día, es decir, no había nada que quisiera hacer o tener, incluyendo lo más básico. Temí que se trataría de un tipo con una depresión severa, abarrotado de medicamentos que lo mantendrían permanentemente en ese estado de falso éxtasis que buscan los drogadictos, y que sería muy difícil de entrevistar, pero lo que me encontré fue completamente diferente, me encontré con un mundo, que me sorprendió por su relativa e inquietante existencia.

Leonardo Montes es un hombre delgado, muy delgado, su cabeza rapada deja ver una frente amplia, según su ficha, tiene 37 años, si se rasurara la barba podrían parecer menos. Aquella mañana lo encontré sentado en el suelo en un rincón de su habitación, nunca usa la cama ni ninguno de los pocos muebles de los que dispone, es un tipo amable y de hablar pausado que parece no importarle la visita de un extraño como yo, me recibe y se dispone a escuchar mis preguntas, como un profesional acostumbrado a aclarar todas las dudas sobre su especialidad.

Lo primero que creí que debía preguntarle, fue en qué mataba todo ese tiempo libre en el hospital, tal como ya me habían advertido me confirmó que no hacía nada, físicamente, porque todo lo material era frágil y vano, puedes buscar hacer algo hermoso, pero la hermosura no existe, puedes buscar hacer algo grande, pero la grandeza tampoco existe, todo se limita a tus propios conceptos y percepción, por lo que no tiene sentido hacer algo que tú mismo estás limitando permanentemente. Pero, continué, podrías buscar hacer algo que simplemente te guste, solo por sentirte bien haciendo aquello, él frunció el ceño y miró al piso, como meditando su respuesta, sin levantar la vista me respondió que si necesitaba hacer algo para ser feliz, entonces estaba buscando la felicidad en el lugar equivocado, adelante, me dijo, puedes probar con todas las actividades inventadas por el hombre, ni tu felicidad ni tu bienestar estarán ahí. Te equivocas, le dije con seguridad, muchas personas se dedican a actividades que los reconforta, que llenan sus vidas, y son felices haciéndolas, pero su felicidad y bienestar dependen de aquello, me dijo casi en un tono de lástima, son dependientes de sus actividades tal como aquel que es feliz manejando su auto deportivo, también hay quienes son felices golpeando a los demás, o insultando a cierto tipo de personas, ¿crees que eso es correcto?, me dirás que para unos sí y para otros no, y yo te diré que si no es el camino para unos, tampoco será el camino para los otros. Y que hay de los que buscan el bienestar de otros, insistí, también se puede hacer cosas que hagan feliz a los demás y sentirte bien con eso, su respuesta me descolocó momentáneamente, me dijo, solo hay dos formas de hacer feliz a los demás, dándoles todo lo que necesitan o librarlos de sus necesidades, ambas imposibles, porque para las personas, la necesidad es algo inagotable, es un camino que mientras más avanzas, más largo se hace, esa no es la forma. Pero yo no hablo necesariamente de cosas materiales, dije creyendo afirmar mi posición, puedes hacer feliz a alguien con un gesto, una palabra, un… yo tampoco he hablado de cosas materiales, me interrumpió con suavidad al verme titubear, si alguien pierde a un ser querido, tú no podrás devolvérselo ni tampoco hacer que deje de sentir su pérdida. Eso era algo que estaba claro, y le hice saber que aquello era completamente natural, él suspiró, la muerte también lo es, me dijo, si crees que la muerte es algo malo, entonces deberías sentir lo mismo por todas las muertes de cualquiera criatura, si no, entonces es dependencia y egoísmo, y eso sí es completamente natural en las personas.

A estas alturas Leonardo Montes ya me parecía una especie de monje filósofo o algo así, pero de loco no tenía mucho, según él, su estancia en el hospital era una decisión propia, porque para él no había un lugar mejor que cualquier otro, quise argumentar que había en el mundo lugares realmente bellos, pero recordé que ya me había dicho que la belleza para él no existía, por lo que me limité a comentarle que en mi opinión, cualquier lugar podía ser mejor que un hospital siquiátrico, me dijo que qué tenían los otros lugares que los hacían mejores que este, me quedé pensando por unos segundos, viniendo de cualquier otra persona, aquella era una pregunta tan obvia como absurda, pero en ese momento no se me hizo fácil responder, le dije que podía ser un lugar sin paredes, por ejemplo, me dijo que no había en el mundo un solo lugar sin paredes, aquí están cerca, en otros lugares estarán más lejos, pero tarde o temprano te limitarán entrar o salir, puedes irte al medio del desierto, donde no verás ninguna pared y no por eso dejan de limitarte, si eres libre, entonces no importa donde estés, si no lo eres, entonces no importa donde estés. Debo reconocer que me pareció absurdo su comentario en un primer momento, porque para mí era lógico que el encierro te privaba de libertad, pero entonces él me dijo, la libertad es una ilusión, un sentimiento como la pena o la alegría que no tienen ninguna relación con el lugar donde estés, solo se limita a decidir, y si estoy aquí por mi decisión, entonces estas paredes protegen mi libertad, y no al revés como dices.

Era irrefutable que la única libertad es aquella que te permite ejercer tu voluntad. Me di cuenta que aunque su mundo parecía reducido a un espacio de nueve metros cuadrados, en realidad era enorme, era un hombre que parecía haberse liberado de todas las necesidades, incluso, y hasta cierto punto, de las más básicas, porque apenas comía y solo bebía agua, dormía en el suelo y una manta era todo lo que lo protegía del frío.

Me fui del hospital siquiátrico de San Benito pensando en aquellas cosas que según yo anhelaba en mi vida, en aquellas que me parecían imprescindibles, y preguntándome hasta qué punto podría ser feliz con ellas o sin ellas…preguntándome, si algún día me sentiría realmente satisfecho.


León Faras.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Adrián, su amante y su otra amante.

“Tome asiento, cuénteme, ¿en qué lo puedo ayudar?” dijo la psicóloga, mujer atractiva, de pelo corto, rojizo teñido y un par de cristales delante de los ojos que le sentaban muy bien, “mi problema doctora, es que tengo dos amantes, mujeres, ambas” respondió Adrián, un hombre que no llegaba a los cuarenta, de actitud seria y personalidad sensata, vestimenta informal y barba de un par de días. La doctora le miró con una expresión más de mujer que de profesional, “¿quiere decir que engaña a su esposa con dos amantes?”, “no, no tengo esposa, ni siquiera una pareja estable, solo dos amantes”, la leve indignación desapareció del rostro de la mujer cambiada por la seriedad de quien se siente que juegan con su inteligencia “eso no es posible, una de ellas debe ser su pareja y la otra su amante…o es que, añadió dándose golpecitos con el lápiz en el mentón, ¿ellas sí tienen pareja estable?...en ese caso, usted sería amante de ellas y no al revés”, “bueno, respondió Adrián dispuesto a darse a entender con claridad, una de ellas, Mariana, tiene otra pareja, aunque no estable y menos antigua que yo, por decirlo así” la doctora hizo un par de anotaciones en su cuaderno y continuó, “a ver, usted tiene una amante que a su vez tiene otro amante- Adrián asintió, -y me dice que la segunda amante suya… -“Irene”, informó Adrián- Irene, no tiene ninguna relación sentimental con nadie más que usted, ¿correcto?”, el hombre volvió a asentir, la psicóloga continuó, “entonces Irene es su pareja, a la cual usted engaña con Mariana” el hombre se rascó la nuca y continuó con la misma voz clara y pausada “Irene no es mi pareja y yo no la engaño, ella sabe de Mariana, porque ella apareció cuando Mariana ya era mi amante desde hace mucho tiempo, muchos años” la doctora parecía interesada, “entonces, Mariana es su pareja, solo que siguen juntos a pesar de que ambos tienen segundas relaciones” la doctora comenzaba a ver las cosas con claridad, Adrián no, “pero doctora, Mariana es de Santa Gracia, nos conocimos un día que vino a esta ciudad, pasamos una buena noche, terminamos en la cama y luego ella debió volver, aunque siempre nos mantuvimos en contacto. Cada cierto tiempo nos juntamos, pasamos nuevamente una buena noche y nos volvemos a separar, ¿cree usted que esa es una relación de pareja?” la psicóloga volvió a dudar “y qué me dice de Irene, ¿también la ve esporádicamente?” Adrián respiró profundamente, “Irene es una chica de la ciudad, ella trabajaba en un negocio que yo frecuentaba a menudo, solo eso, ¿entiende?, siempre nos veíamos e intercambiábamos algunas palabras sin ser amigos ni nada, ella se casó, duro solo un año y su matrimonio se fue al traste. Un día nos topamos por ahí, como nos habíamos visto muchas veces nos saludamos, el saludo dio paso a una pequeña conversación, la conversación a una salida a un bar, ella me contó su historia y yo la mía, y de ahí comenzamos a frecuentarnos, hasta que se convirtió en mi amante. Con el fracaso de su matrimonio ella no está interesada en una relación seria, y aunque podría buscarse otra pareja si quisiera, dice que no quiere ser la “otra” también de alguien más…” 

La doctora se tiró hacia atrás en su asiento y comenzó a hacerlo girar levemente de un lado a otro con algo de asombro, “pues, bastante curiosa su situación, veo bien difícil que pueda tener una relación seria teniendo ya, dos amantes” Adrián también se dejó caer en su asiento, “pues por eso estoy aquí”. 


 León Faras.

viernes, 18 de mayo de 2012

El último día.

El bloque B del Hospital Siquiátrico de San Genaro estaba totalmente alborotado, una multitud se había reunido fuera de las rejas mientras en el interior y a los pies del edificio la policía y ambulancias se mantenían expectantes con sus motores encendidos y sus balizas funcionando, que junto a la desorganización reinante, provocaban un ambiente de nerviosismo y ansiedad. Tanto los policías como enfermeros y doctores entraban y salían, corrían de un lado a otro y se detenían a hablar por teléfono evidentemente alterados. Los bomberos y la prensa ya estaban en camino. En la cornisa del bloque B un paciente del manicomio estaba parado, no había amenazado con lanzarse y nadie tenía claro cuales eran sus intenciones, sin embargo contemplaba a toda esa gente con aparente pasividad. Era un hombre que no llegaba a los cuarenta años, alto y fuerte, y con un rostro bien proporcionado que pasaba con extrema facilidad de la ternura a una siniestra maldad. No estaba considerado como peligroso, por lo menos nunca había intentado agredir físicamente a nadie, pero dentro de su estado de locura era un hombre sumamente inteligente y con un notable poder de convicción. De hecho, las razones por las que estaba ahí, era por haber provocado un total de 43 asesinatos y 39 suicidios, sólo con sus persuasivos, aunque inadmisibles, argumentos, incluyendo a dos de estos últimos estando recluido. Una hermosa y joven doctora estaba parada a unos metros intentando dialogar con él. 

 -No me obligues a ir por ti, LeRoua, sabes que haré cualquier cosa por detenerte. 

 -¿No te parece inconteniblemente estimulante la libertad?, siente todo esta energía en movimiento, abierta a ser direccionada a antojo. 

 -Sabes que no llegarás lejos. Tú no debes estar aquí y mucho menos allá afuera, si sales de aquí me encargaré de que no regreses. 

 -Vamos…- dijo el hombre con una sonrisa incrédula -¿me vas a decir que no lo notas?, ¿no sientes ese aroma lejano, ese calor incipiente?, ¿no lo oyes acaso? 

 -Siempre ha estado esa peste presente para mí. Te lo advierto LeRoua, estarás solo, y ese será tu fin.

 -Estás nerviosa…quizá seas tú quién está sola. Será mejor que te vayas mientras puedas. Cuando los círculos se completan, nada sale de su interior… 

 -No iré a ninguna parte y no permitiré que tú lo hagas. 

El hombre rió y su risa era burlona –Me encanta esa forma que tienes de enfrentarme, tan ruda…tan ingenua…

De pronto la mujer lo notó, algo cambiaba en el aire que cobraba vida, conciencia, y se esparcía con rapidez, oyó, más allá de lo que cualquier persona puede oír la algarabía del desenfreno. Las compuertas se abrían y no eran precisamente las que ella esperaba…el hombre tenía razón, el circulo se había cerrado. 

-¿Qué sucede?- preguntó él – ¿tanto tiempo aquí ha atrofiado tus sentidos?

 -El momento a llegado LeRoua, ahora ya no seré buena contigo.

 -¿Por qué me sigues llamando así…?- dijo el hombre al tiempo que su cuerpo se encendía en llamas, avanzando por su cuerpo hasta cubrirlo por completo, calcinándolo y volviendo su piel de una tonalidad roja sangre, a plena vista de toda la multitud que contemplaba la escena, luego, de la espalda de LeRoua se desplegaron alas de enorme envergadura, para cuando las llamas se extinguieron, su fisonomía había cambiado por completo. El demonio movió su cuello como soltando sus vértebras. La gente aterrada huía despavorida. Luego miró por última vez a la mujer y se lanzó al vacío. Esta corrió tras él y le cayó en la espalda aferrándose a su cuello, uno de sus brazos se los incrustó en un costado rasgando las entrañas del demonio, que, sintiendo el intenso dolor de tener ese brazo en su interior, se lanzó contra un edificio cercano golpeando a la mujer contra la pared y atravesando el muro, rompiendo todo a su paso sin lograr desprenderse de la tormentosa carga en su espalda. La mujer, con sus uñas comenzó a desgarrarle el rostro arrancándole trozos de piel mientras le despedazaba los brotes de sus alas con los dientes, el demonio, trataba de volar golpeándose y tratando de alcanzar con sus garras a la mujer que le destrozaba su interior con el brazo cada vez más dentro suyo, desesperado, revolcándose en un incontenible suplicio, en un vano intento por sacarse a ese verdugo adherida a su cuerpo. De pronto el demonio sintió como su energía se desvanecía súbitamente, dejó de luchar al quedarse sin fuerzas, su cuerpo desgarrado languideció. Con los ojos muy abiertos, en un último intento por alargar sus últimos segundos de existencia, vio el brazo de la mujer aferrada a su espalda cubierto por viscosos y oscuros líquidos además de restos de sus interiores que se mostraba ante él, en la mano tenía su duro y oscuro corazón arrancado.

 La mujer se puso de pie y se dirigió al forado en la pared por donde habían entrado, la destrucción en la ciudad y más allá de ella era total, todo estaba en escombros y gruesas columnas de denso humo negro brotaban por todas partes, los cielos estaban convulsionados e innumerables criaturas aladas revoloteaban por todas partes. En eso un pequeño agujero se abrió en el oscuro y turbio cielo, un rayo de luz entró por él. La mujer sonrió, llegaban los refuerzos. Entonces su cuerpo se iluminó tanto como para cegar aun hombre, le brotaron un par de enormes y bellas alas blancas y luego moviendo el cuello, como soltando sus vértebras, se lanzó al vacio. 

 León Faras.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Amor artificial.

Amor artificial. 

Imaginemos una máquina, no importa su función. Imaginemos que su forma es cuadrada y que está cubierta por, a lo menos, una centena de engranajes, de distintas formas, tamaños y durezas, pequeños, grandes, gruesos, delgados, unos repletos de dientes diminutos y otros con dientes escasos y enormes; unos expuestos en la superficie y otros muy cubiertos debajo. Esta máquina tiene un motor en su centro, el cual genera el movimiento de todos los engranajes. Vale considerar que a pesar de que la rotación del motor es solo una, no todos los engranajes se mueven a la misma velocidad ni en la misma dirección y que a pesar de la variedad de ellos, están distribuidos de tal forma que su funcionamiento es armonioso. Todos estos engranajes, independiente de su forma, tamaño y cadencia, se pueden agrupar en tres grupos según su función, los primeros son los de “tránsito” y simplemente traspasan el movimiento y fuerza venida del motor a otros engranajes, los segundos son los de “generación” y están encargados de provocar e impulsar las tareas que la máquina debe cumplir y el tercer grupo pertenece a los de “anclaje”. Ahora, para entender la función de este tercer grupo, imaginemos que nuestra cámara mental se aleja y podemos ver en cuadro completo, que se trata de una innumerable cantidad de máquinas puestas unas al lado de otras que, en términos generales, parecen todas similares pero con un mínimo de observación notaremos que estructuralmente son distintas como huellas dactilares. De cada una de ellas sobresalen estos engranajes de “anclaje” por sus cuatro caras, cuyo trabajo no es otro que interactuar con las máquinas próximas y así realizar tareas en conjunto. Cuales sean estas tareas, no es algo relevante. Considerando que estas máquinas son diferentes entre si, sabremos que sus engranajes de anclaje no siempre calzan y pueden diferir en su forma, resultando muchas veces penosa e incluso imposible la asociación y otras veces en su velocidad o cadencia, donde casi siempre termina imponiéndose el engranaje más fuerte lo cual tarde o temprano causará desequilibrios que se irán acumulando hasta llegar a convertirse en serios daños en la estructura del más débil. 

 Entre las máquinas existe una leyenda, bastante utópica por lo demás, que señala que para cada máquina existe otra cuya compatibilidad es perfecta, es decir, que sus engranajes de anclaje son idénticos en forma, velocidad y posición, y de esta se desprende otra leyenda, más utópica aún que la anterior, según la cual, existe una posición determinada para cada máquina en la cual el conjunto entero trabajaría en completa armonía como una sola. En muchas oportunidades ha proliferado la noticia de que dos máquinas han encontrado una comunión ideal, sin embargo, tras un riguroso análisis, se ha determinado que la compatibilidad no ha sido perfecta, si no que se trata de diferencias diminutas que han sido limadas con el tiempo, imponiendo su forma el engranaje de mejor temple y provocando deformaciones en el más débil las que terminan atrofiando en mayor o menor grado el complejo sistema al que pertenece este último, un daño que a largo plazo puede ser nefasto, en algunos casos y en otros, puede ser finalmente absorbido y asumido como natural. 

 Debido a que la leyenda se vuelve cada vez más leyenda y que cada máquina está construida y diseñada para funcionar en conjunto con otras, es que cada máquina se vea en la obligación de buscar incesantemente en la multitud a otra con la cual compatibilizar y una vez encontrada, la unión se lleva a cabo ignorando o soportando el mal funcionamiento que puede llegar a terminar con la separación inminente o la destrucción total de una de ellas. Esto a provocado que los engranajes con mayor grado de adaptación y por lo tanto, con mayor capacidad de tolerancia sean cada vez más imprescindibles. 

 León Faras.

viernes, 4 de mayo de 2012

Realidades paralelas.

Es curioso, he andado toda la mañana con esa rara sensación. Desperté como siempre, mi mujer aún dormía pero ahí comenzó todo, me quedé viéndola largo rato, más de lo que se le ve a alguien que ves, valga la redundancia, todos los días, la conocía, obvio, me casé con ella, pero ese conocimiento sobre ella no era en base a momentos vividos, me era ajena, como si todo lo que supiera de ella lo hubiese leído en algún libro o visto en alguna película. Recordaba el día en que nos conocimos y el de nuestro matrimonio, pero no sentía haber vivido esos días, estaban carentes de emociones, de sentimientos. Eso era lo raro, pero no era todo, tenía persistente la figura de otra mujer, que sentía no solo conocer, no solo amar, si no también necesitar. Una mujer con la que sí había compartido momentos realmente hermosos y otros no tanto, pero con la cual había vivido de verdad, sin embargo no lograba encajar esos momentos en ningún período de mi vida, como si pertenecieran a uno de esos sueños dotados de tangible realidad, y porque además estaban desarrollados en un lugar que dejé hace ya varios años. Con mi casa me pasó exactamente lo mismo, conocía cada rincón de ella pero sin sentirla mía, como si le perteneciera a algún pariente cercano, como cualquier lugar conocido pero sin un solo lazo que me uniera a él, excepto por algunos pobres objetos que podía reconocer como parte de mi universo, ese ejemplar de “Príncipe y mendigo” edición del 52 que perteneció a mi padre, y que estaba arrinconado e intimidado por una nueva y lujosa colección de libros sobre sicología, ¿sicología?... o ese ajedrez de madera hecho en la mueblería de mi tío, o la añeja colección de fotografías de mi familia guardada en el velador, aunque solo las más antiguas. Muy pocas cosas de ese lugar tienen alguna trayectoria como para identificarme con ellas, el resto solo existen sin estar muy seguro de por qué, lo cierto es que algo ubicado en mi inconsciente parece estar firmemente enraizado emocionalmente hasta el punto de volver tan vana mi realidad que me quita todo interés por vivirla.

 Sin embargo esa otra mujer, la de los sueños, la del rostro incognoscible, la que se soba su enorme barriga de varios meses sonriente en un rincón de una chabola de madera bruta, donde la cama y la cocina comparten el mismo espacio, donde las sillas son de distinta manufactura y hasta diseño, donde la ropa se guarda en cajas de cartón. Ella es la que grita en mi corazón, la que mi alma reconoce, la que habita en un pasado inexistente.

 León Faras.

jueves, 26 de abril de 2012

Fugaz.

Sé que es inverosímil, pero estoy seguro de lo que vi, a pesar de que todos sepamos que es imposible y que los profesionales digan que lo imaginé, yo estoy seguro de lo que vi. Tú estabas ahí, con tu sucio perro de felpa del que no te separas nunca, en el suelo gateando sobre las frías baldosas, hablándole a la nada de tus sueños, riéndote en vano, con tu mente ausente, hasta que por unos segundo todo lo que hacías perdió sentido, te quedaste quieta, mirándote tu mano ennegrecida de tierra y saliva, tu permanente risa innecesaria se desvaneció, tu rostro adquirió gravedad. Yo que te observaba me puse de pie, me acerqué, tú buscabas a tu alrededor visiblemente confundida, hasta que me viste, me reconociste, lo vi en tus ojos, estabas en el aquí y en el ahora, asomándote a la realidad desde la profundidad de tu prisión. Lo supe cuando soltaste tu juguete, tu tabla de naufrago, para aferrarte con tu mirada anhelante a mis ojos, sin desviarla para no caer de nuevo, sin pestañar para no ahogarte. Sonreíste tímida, incrédula y tu sonrisa era distinta, era deliberada, auténtica… pero solo fueron unos segundos, luego tu seguridad se volvió miedo, empezaste a inspeccionar tu entorno, a ti misma, a restregarte las manos por tu bata, y te lanzaste triunfante sobre tu mascota falsa, con esa risa que no te pertenece, con ese vocabulario incoherente, con tu locura… sobre el piso del siquiátrico.

 León Faras.


miércoles, 28 de marzo de 2012

La alergia de la señorita Tierra.

Un día, la señorita Tierra decidió ir a la consulta de su médico debido a una alergia que ya le molestaba demasiado. Se sentó en la sala de espera hasta que una enfermera le llamó:
-Señorita Tierra, el doctor Júpiter la atenderá ahora.
Entró y le explicó al médico su problema, como en este mundo no existía la ropa, no le pidió que se desvistiera para examinarla.
Al cabo de un rato, el médico dictaminó seguro de su diagnostico:
-Lo que usted tiene- le dijo- no es una alergia, son parásitos, está llena de ellos.
-¿parásitos?- preguntó ella con una mezcla de sorpresa y asco.
-Sí, dígame, ¿hace cuanto días siderales que los tiene?- preguntó el doctor.
-No doctor- respondió ella –hoy en la mañana desperté y sentí toda esta irritación y comezón por todos lados.
-Entiendo, por el sarpullido que han producido en tan corto tiempo, me temo que lo que usted tiene son “humanos”
-¿eso es grave doctor?- la señorita Tierra preguntó preocupada.
-No, aunque sí pueden ser muy molestos. Es curioso que los tenga, son muy raros, sólo uno de cada doce millones de planetas los tienen.
-¡vaya suerte la mía!- respondió la señorita Tierra con forzada resignación –y dígame doctor, ¿Qué me recomienda que haga?
-Mire, tiene dos opciones- el médico se sacaba sus anteojos y los dejaba sobre su escritorio– lo primero es que los deje tal como están, estos parásitos tienden a desaparecer solos, son muy autodestructivos, no le durarán más de dos o tres días siderales.
-Pero doctor, ¿tendré que soportarlos dos días más?, ¿Cuál es la otra opción?
-Bueno, puedo recomendarle un buen dermatólogo, el doctor Asteroide, él le solucionará su problema en un santiamén.
-¡Ay no!- respondió la señorita Tierra alarmada- hace unos meses lo visité, tenía un problema similar aunque no era tan molesto, con unas cosas llamadas “dinosaurios”, era un problema más bien estético, el tratamiento del doctor Asteroide fue bastante rápido y efectivo, pero tuve que guardar reposo casi una semana y en este momento no puedo, espero a mi prima Venus que vendrá en un par de días, doctor, ¿cree que estos “humanos” sean contagiosos?
-No, no creo que se deba preocupar, como le dije es muy raro contraer este tipo de plaga, es posible que para cuando ella llegue usted ya no tenga nada.
-Eso espero doctor, ¡sino que vergüenza!. Ella viene a conocer mi satélite, lo que pasa es que ella no tiene y a lo mejor se entusiasma y adopta uno. ¿Usted tiene doctor?
-Sí, tengo sesentaitrés- respondió el doctor con orgullo.
-¡sesentaitrés!, vaya, le gustan las familias numerosas- respondió Tierra sinceramente asombrada.
-Sí, no me quejo, una de ellas, Calisto, trabaja aquí conmigo. ¿Cómo se llama la suya?
-Se llama Luna, es mi orgullo. Bueno doctor, tendré que aguantarme un par de días entonces. Muchas gracias por su ayuda, hasta luego.
-No se preocupe, esto sucede hasta en los sistemas más acomodados. Cuídese mucho, hasta luego.


León Faras.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El Suicida.

El siguiente escrito corresponde a una consigna en la que participé, es decir, que el escrito debía cumplir con ciertas características impuestas previamente, estas eran:

- Escribir una "crónica" con una extensión máxima de 600 palabras.

Debe contar con las siguientes características:

- la trama debe ser sobre una visita al dentista
- un desconocido, por algun motivo acompaña al protagonista al consultorio
- luego de la visita, el protagonista participa de un accidente en la vía pública

Se deben incluir las siguientes frases dentro de la Crónica:

"pensé en irme a vivir al congo belga"
"supongo que será cierto, aunque viene de un gran mentiroso"
"manifestación de prostitutas frente al congreso"
"empezó el otoño"

Esto fue lo que salió:

El Suicida.

Lidia salió apurada de su casa, debía ir a la consulta de su dentista y llevaba diez minutos de atraso. Apenas salió a la calle levantó la mano para que uno de los dos taxis que pasaban en ese momento la viera, el primero siguió de largo, pero el segundo se detuvo varios metros más allá, la muchacha corrió solo para comprobar que era otro pasajero quien había solicitado la parada. Debe haber puesto una cara de infinita desilusión, porque el hombre que ya subía al auto, le ofreció compartir el vehículo si le servía, “Voy al centro, al edificio frente al congreso”, Lidia se iluminó, era una gran coincidencia que su dentista tuviera su consulta ahí mismo. “Y… usted trabaja en aquel lugar”, Lidia quiso comenzar una conversación, sentía cierto agradecimiento por la amabilidad de llevarla, “No, mire, no se asuste pero voy allí a suicidarme”, la muchacha se quedó inexpresiva, “...lo que sucede", continuó el hombre, "...es que empezó el otoño y no soporto un otoño más”, Lidia sintió un poco de arrepentimiento de haber subido a aquel auto, “Es una broma, ¿verdad?, mi jefe dice que los que anuncian que se van a suicidar, jamás lo hacen”, el hombre se veía muy tranquilo, “¿Y usted cree que eso es cierto?”, “Supongo que será cierto, aunque viene de un gran mentiroso”, “Pues..." continuó el hombre mirando el camino por sobre el hombro del chofer, "...¿Qué ganaría yo con engañarla a usted?”, Lidia sintió repentinamente ganas de fumar, “Y dígame, ¿Por qué quiere matarse?, perdone, no tengo tacto para estas cosas”, “No se preocupe, lo que ocurre es que se lo advertí a mi mujer, y ella no me hizo caso, así que lo haré frente a ella” La muchacha ya quería bajarse pero no se atrevía “¿Su mujer estará allí?”, preguntó, “Sí, en la manifestación de prostitutas frente al congreso”, “¿Su mujer es prostituta?” Lidia nuevamente se sintió desubicada, el hombre suspiró “Sí, pero solamente durante los otoños”. Dicho esto el vehículo se detuvo, el hombre pagó y se dirigió al interior del edificio, Lidia lo alcanzó en el ascensor, donde el hombre marcaba en el tablero el último piso “¿A qué piso va usted?” le preguntó con amabilidad, la mujer ya estaba alarmada “No, espere, no puede matarse, tal vez deba alejarse un tiempo, yo una vez pensé en irme a vivir al Congo Belga…” El hombre la interrumpió, “¿Sabe usted la cantidad de atrocidades que cometieron los Belgas con los africanos?” Lidia se quedó en blanco, ¿Qué rayos tenía eso que ver?, “No, pero…”, la puerta se abrió y el hombre salió apresurado rumbo a la azotea, “Disculpe”, le dijo, “¡Espere!”, gritó Lidia ya asustada, “...¿Cómo se llama su mujer?” El hombre se subía a la cornisa “Susana, ¿por qué?”, Lidia se asomó por la cornisa y comenzó a gritar desesperada a una gran cantidad de gente reunida en frente, especialmente mujeres “¡Susana, Susana!, ¿Hay alguna Susana allí?, ¡Su marido se quiere matar, haga algo por favor!” Los gritos de Lidia fueron oídos por un par de transeúntes que dieron la alarma y pronto toda la manifestación se volteó a ver al suicida, una mujer salió corriendo de entre la multitud tirando al suelo las pancartas que traía y se lanzó a la calle para ser vista por el hombre, sin percatarse del taxi que iba pasando, este frenó a fondo, pero con el último impulso de la inercia que llevaba chocó a la mujer quien cayó inconsciente, “Oh mierda, ¡es Susana!”, dijo el hombre, bajando de la cornisa y corriendo al ascensor”, Lidia le siguió aterrada “Fue mi culpa, fue mi culpa”.


León Faras.