Mostrando entradas con la etiqueta Historia de un Amor.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia de un Amor.. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de enero de 2015

Historia de un Amor.

XII.

Leonardo tenía ciertas ideas sobre la relación que había entre la belleza y el amor, pero refiriéndose a la belleza artificial, la belleza como el sobrevalorado bien de consumo que era, como la necesidad humana casi vital en la que se había convertido. Desde un inocente peine hasta la cirugía plástica, la industria es gigantesca y variada tal como la demanda que cubre. Y existe para luchar contra una cruel realidad: Que desnudos y en estado completamente natural, somos como animales demasiado parecidos unos a otros, y eso no es atractivo a nuestros ojos. Y contra otra realidad tan cruel como la anterior: Que vivir, afea. Por supuesto que esta fealdad es subjetiva por completo tal como lo es la belleza, pero por otro lado también es cierto que la industria de la belleza lucha contra el paso del tiempo y el maltrato de los agentes ambientales, o sea, la vida misma y lo hace porque no ser bello está relacionado con no ser amado, intrínsecamente relacionado si se quiere, a pesar de lo brutalmente absurdo que suena amar algo que solo se percibe con los ojos, y pensar que aquello es suficiente para alcanzar la relación idílica, perfecta y duradera a la que se aspira, esto gracias a otra gran industria que nos vende la idea de que un gran amor está relacionado con una gran belleza, tan arrolladora que es capaz de avasallar en el acto, de una sola vez y para siempre, pero eso no puede ser así, no debe ser así. Para Leonardo, la belleza digna de amar debía estar en la normalidad y no en el abuso de la producción, él mismo se consideraba un descuidado y un perezoso con su apariencia, desatendiendo su cabello, dejando crecer su barba por días, incomodándose con el uso de perfumes, rotando las mismas prendas de vestir de siempre, lo cual lo llevaba a moverse sin llamar demasiado la atención, algo que por cierto, no era intencional para él, sino un rasgo más de su personalidad. Y no solo se podía decir que rehuía de sacarle el mejor partido a su aspecto físico, también huía de las personas cuyo atractivo era demasiado evidente, de las que se movían gallardas e indiferentes a la gran cantidad de miradas que atraían de todas partes, de esas bellezas que hipnotizaban por algunos segundos y en las que más de uno caía en entregar una vida de amor tan persistente como silencioso e inmerecido y hasta insano. Miraba en otra dirección o continuaba su camino sin voltear, buscando que esa visión capturada instantáneamente en su cerebro se diluyera con rapidez y perdiera la insistencia con la que se repetía en su mente en un principio. Sin embargo él sabía que jamás podría enamorarse de una persona con tal belleza, que estaban fuera de su alcance porque tal nivel de belleza siempre exige algo a cambio y el amor no exige nada a cambio, tal atractivo no era algo natural, era una inversión que de seguro esperaba rendir frutos, que estaba bien para las portadas de las revistas, para la fantasía, pero no para el amor. Fue entonces que se encontró con Miranda.

Ella era diferente, su belleza no deslumbraba como lo hace el sol, sino que podía admirarse largamente como se contemplan las estrellas, sin prisa, sin accesorios y lo más importante quizá, sin la necesidad de preguntarte quien era la persona detrás de ese aspecto porque su aspecto hablaba por si solo sobre la persona que ella era. No hubo amor a primera vista, pero si ambos supieron en el acto que estaban ante alguien que desearían conocer más y del que esperaban también el mismo interés, aquella mágica coincidencia con el libro y aquel encuentro levemente rudo y hasta un poco doloroso ya había dado el primer paso, pues con seguridad no hubiera funcionado de otra manera, muchas veces hubiesen podido pasar uno por el lado del otro sin llamar la atención como acostumbraban, sin que el contacto hubiese sido posible, como sucedía con las docenas de desconocidos que se cruzaban por sus caminos diariamente, ambos sabían eso y por consiguiente, ambos podían deducir que aquel encuentro era más que una mera coincidencia, podían sospechar incluso, que aquello era una respuesta a lo que habían estado deseando por mucho tiempo: “A alguien que sea para mí”


La lluvia no defraudó a nadie, cayó tal como se esperaba, abundante, pacífica y cálida, limpiando al pueblo del polvo y a las calles de su gente. En una pérgola redonda de la plaza en la que se conocieron, protegidos del agua, Leonardo y Miranda comieron emparedado, fruta y café y aprovecharon de despejar la última duda que siempre se tiene cuando algún recién conocido nos interesa, si ese alguien tiene algún compromiso con alguien más y por supuesto que ambos estaban libres, pues estaban con la casualidad de su parte. Miranda tomó el libro negro de la banca donde estaban sentados y este se abrió por sí solo en la página en la que la flor estaba guardada, algo estaba escrito ahí recientemente “Para que te puedan encontrar, solo deja de buscar.” La chica frunció el ceño confundida, aquello también estaba escrito en el libro antiguo y precisamente en la página donde estaba la flor seca, eso lo recordaba bien, a pesar de que había sido escrito por Leonardo solo la noche anterior, este le explicó que lo había escrito por ella y por su afortunado encuentro esperando que fuera más que una mera anécdota. El libro antiguo se estaba reconstruyendo y ella aportaría una cosa más. Metió la mano en su bolso y sacó una hoja de papel doblado que le pasó a Leonardo, este la abrió y la leyó, era “El Conjuro” al final de este, estaba escrito del puño y letra de Miranda la frase “Por tu pronta respuesta, muchas gracias” la chica le explicó de donde había salido ese escrito, y que por la noche, antes de dormirse, había sentido verdadera necesidad de dar las gracias por haberse encontrado, aun no había nada entre ellos, era cierto, pero la felicidad que le provocó haberse conocido, era suficiente por el momento. El conjuro fue guardado con cuidado dentro del libro formando parte de él como si siempre hubiese permanecido ahí. Luego llegó la hora de irse, pronto se verían de nuevo. Al momento de despedirse se besaron con soltura y normalidad, como cualquier pareja lo haría, pero inmediatamente cayeron en la cuenta de que ese había sido el primer beso entre ellos, era raro que hubiera sucedido de forma tan mutuamente espontánea, pero les sirvió para algo, ambos ya podían saber que desde ese momento Leonardo y Miranda estaban juntos. 


León Faras.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Historia de un amor.

 XI.

Miranda abrió los ojos y se quedó unos segundos viendo el techo de su habitación, respiró hondo hasta que sus pulmones ya no pudieron absorber más aire y luego de botarlo, continuó respirando con la infinita calma con la que había despertado, su cuerpo estaba tan relajado que hasta podía dimensionar el peso que ejercía sobre el colchón de su cama, se sentía contenta y en paz, bajo los agradables efectos de un sueño profundo y reparador, además de agradable, porque había soñado con su nuevo amigo, bueno, su nuevo amigo era parte de ese sueño agradable, del conjunto, dentro del cual se podía respirar bienestar, felicidad y equilibrio. Era una especie de celebración familiar, donde una abundante parentela se juntaba a festejar y lo hacían como de costumbre en compañía de sus respectivas parejas e hijos, dándose ciertos casos o circunstancias que siempre llamaban la atención precisamente por la costumbre de repetirse, como la prima esa que siempre estaba embarazada o con una cría de pecho en los brazos al momento de dicha reunión, lo que a menudo era buen motivo de conversación para los que intentaban recordar o averiguar cuántos hijos llevaba ya, sus respectivos nombres, sexos o edades… y a veces también sus padres. O aquel que llegaba con una pareja distinta cada vez y con la que aparentaba mantener una relación fresca y duradera aun sabiendo que conocía tan poco de ella como ella de él. También estaban esos dos que insistían en vender la imagen de un matrimonio feliz y perfecto a pesar de que era de dominio popular toda la cantidad de veces que se habían atacado mutuamente dando un espectáculo sin pudores, cosas de las que nadie está libre pero que es conveniente mantener en la intimidad porque evidentemente nadie más tiene por qué enterarse, menos aun si se sabía que el siguiente paso era volver a empezar todo de nuevo pidiendo perdón como el más devoto de los pecadores arrepentidos. En el sueño todo eso se veía representado pero no como protagonista sino como parte del escenario, formando el contraste necesario para marcar la tranquilidad y bienestar que sentía ella, de saberse ajena, liberada de todos esos sucios comportamientos que deterioraban irremediablemente las relaciones que pretendían ser serias, resquebrajándolas, carcomiéndolo todo hasta solo dejar una fachada, delgada e inestable, incapaz de sostenerse por sí sola. Dentro de lo que vivía en su sueño, su caso era diferente, era lo que ella siempre había buscado, que no se trataba de nada especial ni fantástico sino solo honestidad y transparencia, sin máscaras, sin fachadas, si el amor estaba pues perfecto, a disfrutarlo y si no, pues nada más no, no era necesario ni saludable para nadie fingir sentir cosas que no se sentían. En compañía de su nuevo amigo se sentía tranquila, sin dudas atascadas o sospechas roedoras, sin desconfianzas ni temores, simplemente en paz y esa agradable sensación era la que la inundaba ahora que acababa de despertar, aunque en realidad no era mucho lo que sabía sobre su nuevo amigo pero le gustaba y eso no era poco decir, porque algo en ella, tal vez su corazón o tal vez su instinto, ya confiaba en él, ya le había dado el visto bueno y eso no era algo que le sucediera a menudo. Se levantó y bajó de su cama con cuidado de no pisar al gato que como siempre dormía en la bajada de cama.

Salió de su casa con una tostada en la boca rumbo a su trabajo, como de costumbre, verificó que llevara sus llaves, dinero y documentos en los compartimentos de su bolso, en medio de eso, se topó con una hoja de papel doblada que de buenas a primeras no le dijo nada, pero al abrirla la reconoció de inmediato, era el conjuro que ella misma había copiado del libro que había encontrado, lo había guardado allí después de mostrárselo a Bruno y luego lo olvidó. Recordó por qué lo había copiado, precisamente por la desfachatez para solicitar el amor sin conformidades ni titubeos, y se preguntó si acaso no había recibido precisamente eso, era cierto que aun era muy pronto para una respuesta de ese conjuro y mucho más como para hablar de amor, pero por otro lado, la atracción y el interés que le había generado desde el principio su nuevo amigo era algo que no podía pasar por alto, hacer como si nada y seguir su camino, sino que quería saber más de él, algunas cosas importantes, aquellas en las que casi con obligación debes indagar antes de interesarte seriamente en alguien, otras cosas menos importantes, como aquellas que buscan conocer a ese alguien para identificarlo e individualizarlo dentro de la gigantesca masa de individuos que pululan por el mundo y otras absolutamente irrelevantes o hasta un poco ridículas, detalles escondidos pero interesantes que solo se comparan con las personas que luego de ver cien veces una misma película comienzan a notar las sutilezas que dejó el director para sus seguidores o los errores que dejaron pasar extenuados profesionales. Estaba realmente interesada y eso le daba ansiedad, hasta un poco de temor, sabía que debía moverse con cuidado para no equivocarse luego y resultar dañada, pero también sabía que no podía quedarse sin hacer nada y dejar pasar esa nueva relación insipiente que aunque lo disimulaba y lo intentaba reprimir, le alegraba el día sin esfuerzo alguno y la llenaba de una sabrosa ilusión. Volvió a ojear el conjuro antes de guardarlo, pensó que si era cierto que su nuevo amigo era ese alguien especial que había estado esperando para vivir el amor de la forma como lo había planeado siempre, entonces se merecía un agradecimiento escrito por responderle de forma tan rápida y acertada, un agradecimiento tal como el que estaba escrito en la hoja del libro que había encontrado, aquel que estaba escrito con su propia letra.


El informe del tiempo había anunciado lluvia y ahora las abundantes nubes del este se veían amenazantes, la lluvia le encantaba, pero esperaba que no arruinara sus planes. Había quedado de juntarse con su nuevo amigo para almorzar. 


León Faras.

martes, 5 de agosto de 2014

Historia de un amor.

X.

Caminaron juntos por un rato, no había un lugar específico donde ir, solo la necesidad de conocer un poco más al otro, de saber si todo aquello era más que una simple ilusión del momento, más que esa atracción inicial que todo el mundo experimenta en más de una oportunidad para luego seguir con su vida sin que el suceso tenga trascendencia alguna, apoyados en el hecho de que en este caso, se trataba de una atracción mutua y evidente. Bruno observaba la escena con gran atención, todo aquello que estaba sucediendo era demasiado enigmático para el gato, la forma como se habían dado las cosas y como dos personas desconocidas habían concordado inmediatamente en pensar que era una buena idea conocerse. La pareja caminó sin prisa por las angostas calles del viejo pueblo, mientras la chica contaba a grandes rasgos la historia del libro que había desaparecido y del extraño parecido con el nuevo, el hombre la escuchaba con atención, era asombroso saber que se trataba de un libro sin dueño, abandonado, lleno de coincidencias y luego desaparecido sin dejar rastros, de la misma forma como había llegado. El atardecer ya se instalaba, el sol se ocultaría pronto y la pareja se despidió, Miranda devolvió el libro que aun cargaba, el hombre preguntó si se volverían a ver y ella respondió sin titubeos que con seguridad así sería, luego señaló un punto de la ciudad, un punto de orientación que sobresalía por sobre la baja construcción de las casas y del pueblo en general, el enorme Jacarandá donde ella acostumbraba refugiarse cuando buscaba paz y tranquilidad para su lectura o simplemente para disfrutar la compañía que le resultaba más agradable, la de sí misma, ese era un lugar que ella frecuentaba y en el que era fácil encontrarse si eso quería, insinuó la chica. 

Le costó conciliar el sueño aquella noche a Miranda, simplemente porque lo que le había sucedido aquella tarde le resultaba increíble y no solo todo lo relacionado con el libro mágicamente desaparecido, que ya era una de las cosas más raras que habían sucedido en su vida, sino que además el hecho de haberse sentido atraída e interesada en un desconocido con tal facilidad y rapidez, algo que definitivamente no era compatible con su personalidad pero que en este caso no lo iba a negar. Decidió que visitaría el Jacarandá después del almuerzo, se llevaría algo para leer y pasaría ahí las horas cálidas de la tarde, también que no usaría ni se pondría nada especial ni diferente, muchas veces las personas se volvían irreconocibles de la noche a la mañana al quitarse todo lo que se habían puesto y eso no le agradaba mucho a ella. Inevitablemente se imaginó en ese lugar luego de una larga espera sin frutos y hasta sintió la desagradable frustración de haberse ilusionado en vano con alguien que no había tomado en serio como ella la intensidad de aquel encuentro, pero luego se regañó a sí misma ¿Cuál era ese afán de la mente por sabotear constantemente los potenciales buenos momentos del futuro de cada uno? Siempre preparándose para lo malo, viviendo y sintiendo el peor de los escenarios, lo que se convertía en una lucha contante entre la consciencia y la inconsciencia para aquellas personas que se negaban a atender el pesimismo innato del cerebro. Cuando se le pasó el disgusto consigo misma regresó de nuevo a su mente la posibilidad de que aquel hombre no se presentara, pero esta vez con más calma, se dijo que existía aquella posibilidad de que no coincidieran o de que el tipo ese tuviera algo más importante que hacer o un mejor lugar donde estar, también podía suceder algún imprevisto, hasta uno podría morir y el otro jamás se enteraría del porqué no volvieron a verse. Miranda volvió a regañarse a sí misma y decidió que haría todo lo posible por no pensar nada más al respecto, ni bueno ni malo, y simplemente esperar a que las cosas sucedieran como tenían que suceder, algo que sabía que no cumpliría.


Terminada la comida se dio un tiempo para realizar algunas tareas pendientes aunque poco urgentes en su cuarto, con la intención de disipar un poco la ansiedad, distraer la mente y desprenderse de las expectaciones por no decir esperanzas, para tratar de realizar su visita al Jacarandá con toda la naturalidad posible, como siempre lo hacía. Desde que salió de su casa caminó tranquila, pero en cuanto vio el gigante árbol a la distancia comenzó de inmediato a preocuparse por no tratar más de lo normal de divisar la presencia de alguien allí, dominar la curiosidad, evitar las expectativas, los planes sobre qué hacer si sucedía esto o lo otro, pero sobre todo, tomar con toda naturalidad y sin desilusión el hecho de que a medida que se acercaba, más le parecía que nadie la esperaba ahí. Cruzó la vieja verja y subió la suave colina aplastando la hierba hasta llegar al árbol, rodeó su tronco para instalarse en el cómodo lugar donde siempre lo hacía pero se detuvo, el hombre estaba allí, sentado y apoyando la espalda en el vetusto tronco, tenía su libro negro en la mano y una mochila a su lado, tampoco lucía mayores cambios a como lo había visto el día anterior, se saludaron con grata sorpresa “No quiero parecer una especie de loco obsesivo pero como no sabía una hora aproximada para este encuentro vine preparado para una larga espera” dijo el hombre justificando su mochila en la que traía algo de comer y un poco de ropa, llevaba bastante rato allí y hasta había aprovechado de recorrer los alrededores de apacible y bucólica belleza, divagando por supuesto con la posibilidad de que la chica no apareciera o no se encontraran y tuviera que hacer esa larga espera de nuevo alargando la siempre desesperante incertidumbre, pero todas esas preocupaciones ya no importaban ahora, se sentaron juntos, era agradable saber que habían compartido los mismos temores antes de ese encuentro, el mismo temor a la desilusión, el temor a que lo que habían vivido cuando se encontraron finalmente no fuera real. Hablaron y se agradaron, sus sentidos del humor empalmaban y no les costaba trabajo hacerse reír, tampoco tocar esos temas raros de conversación que a veces a uno le interesan pero que los demás desconocen por completo o les parece demasiado extraño que alguien se interese en cosas así, aportando con lo que conocían y mostrando interés por lo que ignoraban, riéndose sin problemas de sí mismos, conociéndose sin importunarse. Las horas pasaron rápido y decidieron darse una vuelta por el pueblo antes de despedirse aquella tarde, bajaban la suave pendiente rumbo a la verja cuando Miranda se detuvo y se agachó abruptamente, algo había llamado su atención, habían quebrado accidentalmente el tallo de una flor silvestre cuando pasaron por ahí, ella no era de las que se emocionaba ante un precioso ramo de flores pero le gustaban mucho cuando estaban vivas y en la tierra, el hombre preguntó por aquella flor y la chica respondió que solo se trataba de una Chiribita silvestre, muy abundante en todas partes, entonces el hombre abrió su libro en una página al azar y le dijo “Ponla aquí. La guardaremos como un recuerdo de este día” La chica así lo hizo y cuando el libro se cerró, se quedó pensando por unos segundos, recordando que el antiguo libro que ella había encontrado y que ahora estaba desaparecido, también tenía una flor entre sus páginas, eso la hizo sonreír, la hizo sentirse en la dirección correcta, en el lugar que debía estar. 


León Faras.

jueves, 12 de junio de 2014

Historia de un amor.

IX.

Miranda no comprendía lo que había sucedido, el libro negro sin título que había encontrado abandonado y con el que cargaba desde entonces había desaparecido ante sus ojos sin dejar rastros y en su lugar ahora tenía una versión exactamente igual pero nueva, sin uso, solo que esta vez con dueño. Este la observaba con curiosidad pero sin impaciencia, tal vez solo tratando de entender qué sucedía y qué tenía que ver el nada especial cuaderno de tapa dura y empaste negro que acababa de comprar sin otra intención que realizar en él algunas anotaciones personales. La chica quiso saber si él había perdido un libro igual a ese, pero más viejo y evidentemente con más uso en una librería del pueblo, pero el hombre negó con la cabeza, jamás había tenido un libro así antes, entonces Miranda hizo una mueca, mientras aun observaba a su alrededor con la esperanza de que su libro estuviera en alguna parte que no hubiese visto aún, “… ¿Estás segura de que traías ese libro que buscas? Tal vez lo dejaste en alguna otra parte…” sugirió el hombre con toda buena voluntad, pero que de todos modos provocó que Miranda se le quedara viendo como si le hubiese dicho eso para molestarla, a veces era un poco distraída y reconocía que en ocasiones podía pasar por alto ciertas cosas, pero ese tipo recién la estaba conociendo y ya le estaba insinuando que la explicación más factible para la desaparición de su libro era su condición de despistada, “por supuesto que lo traía…” aseguró la muchacha y quiso que Bruno lo corroborara pero este estaba absorto en sus pensamientos, eso hasta que un suave golpe con el pie propinado por su dueña lo volvió a la realidad, “¡Bruno!” gritó Miranda pero la expresión del gato la hizo suavizar su enfado y preguntar qué le ocurría, el gato la miró y luego extravió la vista, “pensaba en lo que decías hace rato, porque sin saber cómo, estaba escrito en varias partes por ti, pues entonces en algún momento escribiste en él, quiero decir… en algún momento cuando ese libro quizá estuvo más…nuevo” “Nuevo como este…” señaló la muchacha aun con el libro en la mano, y luego añadió “…¿acaso crees que son el mismo?” el gato dio un salto y quedó colgando del bolso de Miranda quien le ayudó a subir “Pues tal vez por eso desapareció el libro viejo que tú tenías, porque no podían estar los dos al mismo tiempo…” el felino terminó y se dio cuenta que tanto el hombre como la muchacha le miraban con cara de no estar entendiendo, “perdona… dijo el hombre, pero ese cuaderno lo acabo de comprar hace media hora…” “Sí, respondió Bruno, e inmediatamente lo trajiste hasta aquí” concluyó el felino, pero Miranda no estaba convencida, “No sé qué pasó con nuestro libro pero este no es, no puede ser el mismo…” y se lo estiró a su dueño para que lo tomara pero este no quiso apresurarse, “¿y si tu amigo tiene razón…?” dijo, y tanto la chica como el gato se quedaron mirando con sorpresa, pero el hombre continuó “…ocurre que ese cuaderno no lo compré por una necesidad específica o con un propósito claro, más que nada era una vaga intención de anotar ideas que se me ocurren, marcar sucesos importantes o dejar por escrito algunos propósitos necesarios pero que si no los anotas, con el tiempo se diluyen en la memoria y son reemplazados por otras ideas igual de fugaces e intrascendentes, el hecho es que, sin una determinación muy fortalecida, entré en la tienda para ojear algún cuaderno que quizá llamara mi atención, vi varios, pero a medida que los veía más sentía que no era el momento ni el lugar, que era una mala idea, que en realidad era algo que no necesitaba. Eso hasta que lo vi, quizá la vendedora quería hacer su venta e insistió hasta agotar las posibilidades y mostrarme sus opciones menos populares, pero en cuanto vi ese cuaderno toda la convicción volvió de golpe, no sé que tenía de especial pero sí supe que yo estaba ahí para comprar ese cuaderno. Luego llegué aquí sin que esta sea una ruta que recorra a menudo, sin que me dirija a un lugar específico o con una mínima urgencia, solo guiado por el instinto… luego nos topamos, tu libro, al parecer idéntico al mío, desaparece sin explicación… no lo sé… creo que hay algo más que una simple coincidencia en todo esto…” Bruno hace rato que había dejado de poner atención a las palabras de aquel hombre y se había quedado profundamente intrigado en la mirada de ambos, uno hablaba y la otra atendía con atención exclusiva, no despegaban los ojos como si estuvieran absorbiendo la imagen del otro en un sorbo largo, dulce y refrescante; anhelado y necesario. Cuando el hombre dejó de hablar, la comunicación entre ellos continuó muda durante varios segundos a través de la mirada, prendados, como cuando los gatos sorprendían una presa que desprevenida e inocente se pasea sin advertir la presencia de su victimario y la acechan en silencio, de igual manera los humanos podían jugar ambos roles muy a menudo pero en las lides de la atracción y la seducción, aunque en este caso, ambos eran presa y cazador al mismo tiempo, eso no era algo muy común, pensó Bruno, tal vez sí había algo más que una simple coincidencia.


Pronto salieron del encantamiento inicial que produce un encuentro como ese, en el que sin saber cómo, sientes como si tus sueños se estuvieran materializando delante de tus narices, como si el mundo entero fuera el producto de un anhelo personal e íntimo, como si el universo hubiese oído aquello que siempre deseaste pero que nunca pediste y te lo entregara de la forma más natural y cotidiana y en el momento menos esperado. Ya sabían perfectamente que algo había sucedido entre ellos, algo que los marcaría y que los acompañaría por largo tiempo, algo que recién comenzaba pero que ya estaba escrito, en un libro que acababa de desaparecer.


León Faras. 

martes, 29 de abril de 2014

Historia de un amor.

VIII.

“¿Y qué fue lo que te dijo esa rata finalmente?” Bruno viajaba cómodamente instalado sobre el bolso de Miranda como siempre, esta llevaba el libro negro sin título sujeto contra su cuerpo, “creo que lo que me quiso decir es que este libro es mío…” El gato la miró con suspicacia y poco convencimiento, “bueno, es tuyo ahora porque no encuentras a quien pertenece, ¿no?” El camino de tierra continuaba y debían desviarse hacia la pronunciada pendiente que ingresaba de vuelta al pueblo, “no, al parecer el libro siempre ha sido mío…” la chica dudó un poco y agregó “…o lo será en algún momento” Bruno hizo un gesto de aburrimiento “o sea que te lo vas a quedar y ya no vamos a buscar al tipo que lo olvidó” “¡es que nadie lo olvidó! Te digo que es mío” Miranda continuó su camino, al pasar junto al mercado compró en uno de los puestos exteriores una deliciosa y humeante tortilla que compartió con su compañero felino, este aún no estaba convencido y quiso continuar con la conversación, Miranda lo miró arrugando la nariz “¡trágate eso antes de hablar, gato maleducado!” Bruno, con la boca llena de tortilla, debió hacer un buen esfuerzo para masticar rápido y tragar para poder hablar “¿no habrás sido engañada por esa rata?” La muchacha frunció el ceño “¿qué quieres decir? la idea de consultar a Almendra, fue tuya” el gato ya tenía preparada su respuesta “¿pero cómo sabes que esa rata era realmente Almendra? A mí no me pareció para nada sabia…” Caminaban en ese momento por la pequeña y a esa hora, escasamente concurrida plazoleta del pueblo, un amplio círculo de piedra con abundante vegetación confinada dentro de abundantes y amplios cercos con tierra, la iglesia se podía ver sobresalir al otro lado de la manzana, un hombre transitaba justo frente al santo edificio. Miranda aun discutía con Bruno “Creo que sí era Almendra y para mí, sí era sabia, pero si tiene razón o no, eso aun no lo sabemos” Frente a ellos el hombre cruzaba la calle rumbo a la plazoleta. Bruno insistía majaderamente, “Ambos sabemos que ese libro lo encontraste en la librería de Eulogio, y ya pertenecía a alguien más… no hay que ser un sabio para saber que en primer lugar, no era tuyo” El hombre caminaba hacia ellos, Miranda se detuvo para explicarse correctamente “Sí, lo encontramos en la librería de Eulogio, pero ese libro ya tenía mis palabras escritas, la hoja que copié, muchas cosas, muchos detalles, como si me perteneciera, como si fuera mío, aunque aun no sepamos cómo ni cuándo…” Bruno comprendió la idea pero no alcanzó a decir nada, vio cuando el hombre iba a pasar junto a ellos, vio que el hombre traía un libro negro en su mano muy similar al de Miranda y vio que esta se volteaba distraídamente para reanudar su marcha justo en ese momento, ambos chocaron por sus hombros, el libro negro cayó al suelo e inmediatamente después el gato le cayó encima.


El hombre pidió disculpas, realmente había sido un empellón fuerte aunque totalmente involuntario, Miranda sabía que se había volteado distraídamente y que el atropello podía ser más que justificado, no era primera vez que le sucedía y gracias a Dios nunca había chocado con algo realmente peligroso, iba a decir algo pero se quedó callada, aquel hombre le pareció familiar apenas lo vio, la ropa informal, el pelo corto y descuidado, la barba de un par de días, no lo conocía pero en algún lado lo había visto, el hombre no se movía, la insistente mirada de la chica lo mantenía retenido. De pronto la chica lo recordó, no podía estar segura porque no conocía su rostro, pero ya sabía de dónde provenía esa imagen en su mente que asociaba con aquel hombre, era el hombre de aquel día en que encontró el libro, el que se encontraba en la librería de Eulogio, era a quien supuestamente pertenecía el libro, Miranda llena de ilusión balbuceó un “espera…” y veloz se agachó a recoger el libro, Bruno aun se encontraba sobre él y su rostro reflejaba una enorme confusión que la chica no tomó en cuenta, corrió al gato para agarrar el libro y triunfante se lo mostró al hombre “¿Este libro es tuyo?” El hombre la miró sorprendido y sin comprender la emoción respondió sin entusiasmo “Sí…”, y agregó “…lo acabo de comprar” Miranda pasó de la emoción a la incomprensión y luego sonrió incrédulamente “Pero si este libro no es nuevo…” dijo, pero su argumento se derrumbó de inmediato, era idéntico al que había encontrado pero con la diferencia de que este estaba en perfecto estado, inmaculado, total y completamente sin uso. Miranda buscó a su alrededor, en su ropa, en el piso y solo vio a Bruno que tan sorprendido como ella negaba con la cabeza “…solo cayó un libro al suelo, solo uno…” ronroneó el gato.


León Faras.

sábado, 29 de marzo de 2014

Historia de un Amor.

VII.

En el trayecto Miranda le habló a la rata sobre el libro, sobre aquellas frases escritas aparentemente con su letra pero no por su puño, y sobre la hoja asombrosamente duplicada, el roedor parecía profundamente interesado, “… ¿se trata de un libro nuevo o viejo?”. Miranda ya divisaba el pozo de construcción firme pero antigua, con un pretil de angulosas rocas y un techo de tejas sostenido sobre dos gruesos pilares de piedra igualmente, una hermosa y llamativa enredadera de flores similares a las de la vainilla decoraba uno de los pilares casi hasta su cima. La muchacha se lo pensó unos segundos antes de responder “…pues por lo que parece es un libro que tiene algún tiempo de uso”, “¿no será que escribirás en ese libro en algún momento?” dijo la rata y bajó por el brazo de la muchacha hasta el pretil del pozo “pero lo que me preocupa no es lo que pueda escribir en un futuro, sino lo que ya está escrito en él” corrigió la muchacha, la rata señaló una cubeta para que la chica extrajera agua y mientras Miranda hacía su trabajo la rata le contó una historia, “Antiguamente, las mujeres recibían de manos de su marido un collar al momento de casarse, ese collar llevaba solo un adorno colgado que simbolizaba el compromiso, a medida que la mujer vivía su vida, se le iban agregando adornos correspondientes a los sucesos que vivía, nacimiento de los hijos, muerte de personas cercanas, traslados, tiempos de separación, todo quedaba reflejado en ese collar que la mujer cargaba hasta el día de su muerte y que luego se llevaba a la tumba…” la rata hizo un ademán de impaciencia para que la chica continuara subiendo la cubeta con agua del fondo del pozo y continuó con su historia, “…un día una muchacha encontró un collar en el suelo, este reflejaba toda una vida encima, al tratar de averiguar a quien pertenecía, no encontraron a nadie que hubiese perdido uno, obviamente pertenecía a alguien pero nadie supo a quien, entonces decidieron consultar a los ancianos, pues un collar como ese, con tantos años de uso no aparecía de la nada. Los ancianos dijeron que si el collar no pertenecía a ninguna de las mujeres casadas, ni vivas ni muertas, entonces debía pertenecer a la muchacha que lo había encontrado” Miranda tomó su cubeta llena de agua con ambas manos y comenzó a caminar con la rata sobre su hombro, iba confundida, no comprendía bien la moraleja de la historia “¿eso significa que la muchacha debió quedarse con el collar aunque no le perteneciera?” la rata se acomodó sentándose sujeta del cabello de la chica, “no, el collar sí le pertenecía y su vida completa sucedió tal como estaba reflejada en el collar” Miranda se detuvo en seco y se quedó observando un punto indeterminado del espacio mientras le hablaba secamente a la rata que llevaba en su hombro “¿Me estás diciendo que el libro ese dice cómo va a ser mi vida?” “Bueno… un libro y un collar no son lo mismo, pero a veces cuando se pregunta demasiado por el futuro, el futuro responde.”


Miranda llegó de vuelta al autobús abandonado donde Bruno ya se había acomodado sobre uno de los asientos que a esa hora eran acariciados por los cálidos rayos del sol de la tarde. La chica acomodó nuevamente la barra que haría de base para el balde apenas sujeta en uno de sus bordes para que el mínimo tirón del cordel la aflojara de uno de sus extremos y puso con mucho cuidado la cubeta llena de agua sobre esta, atada a la escotilla del techo, de esa manera solo caería el agua. La trampa que usaba la rata como precaución estaba lista nuevamente. “Bueno, ya me tengo que ir, muchas gracias por todo…” dijo la chica cordial y agregó mientras ya caminaba hacia la salida “…¡vamos Bruno!” pero este confundido no sabía que sucedía, se lanzó al suelo cuando vio que su ama ya bajaba del autobús y se largó solo haciendo una mueca de despedida a la rata que lo observaba desde uno de los asientos, afuera Miranda lo esperaba para cargarlo sobre su bolso, “¿qué sucedió?, ¿no se supone que debías hablar con Almendra?” la muchacha caminaba rápido y de muy buen humor “Ya lo hice Bruno, ya lo hice”.


León Faras. 

martes, 4 de marzo de 2014

Historia de un amor.

VI.

La visita a la librería de Eulogio no dio ningún resultado, el viejo solo aseguró que él vendía libros impresos, que jamás había visto en su vida aquel libro que la Chica le enseñaba y que nadie nunca había preguntado en su negocio por un libro sin nombre y sin autor. Miranda dio las gracias solo por cortesía y se marchó, Bruno viajaba sobre su bolso y había presenciado la agria escena “¡Bah! Ese viejo está cada día más gruñón. ¿Y si visitamos a Almendra? Ella es muy conocedora” Visitar a Almendra era algo que ni siquiera había pasado por la cabeza de la muchacha, le parecía una medida un poco extrema, exagerada, no se trataba de un tema demasiado relevante como para ir a molestar a una sabia, pero el gato insistió, un libro perdido no es tema para molestar a alguien como Almendra, eso lo sabía, pero aquello de la hoja del conjuro era a lo menos curioso, y que su letra apareciera en más de una ocasión dentro de un libro en el que no has escrito nunca, era más que interesante. Eso era verdad, pensó la muchacha, había cosas que sí merecían la opinión de una experta y tal vez no sería una molestia a final de cuentas, Almendra era una criatura bastante amable, que no desdeñaba ayudar cuando podía, seguramente los pondría en el camino correcto.

Yendo en dirección contraria al Jacarandá y cruzando un trozo considerable del pueblo, pasando junto a la iglesia y doblando antes de llegar al mercado, bajando hasta el largo y sombreado camino de tierra, franqueado por una verja eterna por un lado y moras, álamos y sauces por el otro, hasta la curva que enfila rumbo a las montañas, desde donde ya se puede ver el solitario y aromático boldo a cuya sombra descansa el viejo autobús abandonado, pintado de un blanco y celeste que ya se acercan más a distintos tonos de gris, de bordes redondeados en toda su carrocería y con dos de sus llantas menos reemplazadas por un trozo de tronco de árbol y una pila de ladrillos, lentamente colonizado por la naturaleza y en vías de ser absorbido por esta. Allí vivía Almendra, como toda sabia verdadera, de forma austera y solitaria. Dicen que alguna vez fue humana, que tuvo nombre y vida de humana, pero de eso ya hace mucho, en su larga vida a utilizado muchos cuerpos que la naturaleza le ha brindado, ha recorrido el océano, ha volado, ha vivido en árboles y bajo la tierra, ha comido seres vivos y ha sido alimento, el círculo que cada uno hace en su vida ella lo ha completado varias veces y de muchas formas distintas.

Cuando la muchacha y el gato llegaron era ya media tarde, parecía estar todo vacío y en silencio. Miranda se agachó hasta el suelo para echar un ojo bajo el autobús y luego le dio la vuelta por detrás mientras Bruno subía a mirar que encontraba en el interior. Al cabo de unos minutos un grito ahogado del gato alertó a la muchacha, cuando subió, encontró una versión tragicómica de su amigo, quien estaba totalmente empapado con todo lo que eso significaba para un felino que realmente odia el agua, había caído en una trampa de finos cordeles que dejaron caer una cubeta de agua sobre él por acercarse demasiado sin comunicar sus intenciones. Una gran rata parda lo observaba desde lo alto del respaldo de uno de los pocos asientos sobrevivientes parada con sus brazos colgando delante como si fuera una suricata, al ver a la muchacha, preguntó con una suave voz femenina “¿El felino viene contigo?” “¿Tú qué crees espabilada…?” respondió Bruno absolutamente cabreado por estar mojado hasta los bigotes, Miranda, divertida, lo elevó del suelo y lo dejó sobre un asiento del otro lado del pasillo, con cuidado, como si apestara o como si temiera mojarse los zapatos, “Él es Bruno, y sí, viene conmigo…” La rata se dejó caer donde estaba separando las piernas y posando las manos como si montara un caballo, “Pues, podrían haber llamado antes de entrar con un gato aquí, debo tener ciertas precauciones para mi seguridad y la de las otras criaturas”, “tienes razón, pero es que buscábamos a alguien…” Dijo la chica e hizo una mueca al ver a Bruno lamiéndose sin pudores todo su cuerpo para secarse, este levantó la cabeza, “No esperábamos encontrar ratas parlanchinas y sus juguetes” y volvió a contornearse para seguir con su labor, el roedor pareció indignado, “¿Mi juguete? ¿Tienes alguna idea de cuánto me tardé en llenar esa cubeta de agua?” La cabeza del gato emergió del fondo de su cuerpo al desenrollarse con una expresión de desagrado cubierto por amargo sarcasmo “¿y esperas que me sienta halagado por todo tu trabajo invertido en dejarme cubierto de… de… de dónde sacaste esta agua?” la rata se puso de pie lista para irse “¡Pues deberías agradecer que esta vez solo era agua!” y se lanzó del respaldo hacia el asiento para tirarse al piso cuando Miranda la detuvo “¡Espera! ¿Tú eres Almendra?” la rata se detuvo con aires de impotencia, como si no pudiera dejar sin respuesta esa pregunta en particular “Ah, sí, ya había olvidado que habían llegado aquí buscando a alguien… no, yo no soy Almendra, ella llegará pronto, pero mientras esperas tal vez podrías ayudarme con esa cubeta, cerca de aquí hay un pozo” La rata se encaramó sobre un hombro de la muchacha y le mostró el camino, Bruno prefirió quedarse, no sería de gran ayuda y además aun no terminaba su aseo “si ves a alguien, se cortés” le recomendó la rata antes de irse y luego le cuchicheó a Miranda “¡Gatos!, todos son iguales…y dime, ¿cuál era esa pregunta que traías?, tal vez pueda ayudarte.”




León Faras. 

domingo, 2 de febrero de 2014

Historia de un amor.

V.

Cuando Miranda llegó a casa, era medio día, tenía algunas horas para almorzar, se sentó en la escalera de piedra y sacó la hoja que traía en el bolsillo, Bruno la miraba perezoso, con los ojos apenas abiertos desde las sombras del cerezo donde pasaba la calurosa mañana, atraído por su curiosidad natural de felino, el gato se acercó, la chica  le explicó lo que había hecho con el conjuro que encontró en el libro y le mostró que ambas hojas eran idénticas, este se quedó con una mirada de grave sospecha, “¿Crees que miento?” preguntó la chica con aire defensivo, “¿ya viste los dobleces de las hojas?” respondió el gato en tono preocupado, la forma en que la hoja del libro había sido doblada y los dobleces que le dio ella a su hoja de forma rápida y casual eran exactamente los mismos, idénticos tanto en su forma irregular como en su número y dimensiones, habían sido escritos por la misma mano y con la impecable ortografía que una buena lectora como ella podía tener, pero ella no había escrito esas dos hojas y de hacerlo nunca lo habría podido copiar de forma tan exacta hasta en los detalles más mínimos y sin ninguna intención además, “Eso es imposible…” murmuró el gato, “…es como si fueran la misma hoja duplicada” luego la miró suspicaz, “¿Puedes hacerlo de nuevo?” Consiguieron lápiz y papel en casa pero el experimento no resultó, fue imposible hacer otra copia igual, las variaciones  eran mínimas pero demasiado evidentes, ni aún poniendo todo el empeño y atención en los detalles podía conseguir un resultado como el primero, ni con la caligrafía ni con los dobleces de la hoja, simplemente había un abismo de diferencia entre “parecido” e “idéntico” y eso era muy raro.

Luego de comer se recostó sobre la cama un rato, por lo general la digestión le daba sueño como a todo el mundo y aprovechaba de tomar una siesta corta, pero esa tarde estaba lejos de dormir, pensativa, sostenía el libro sobre sus piernas, tenía mucha curiosidad sobre el dueño de aquel libro pero no había encontrado nada, mientras lo hojeaba aparecían pequeños párrafos de vivencias que Miranda no se atrevía a leer por completo porque sentía que eran demasiados personales, como que transgredía la intimidad de quien escribía, dos personas desconocidas que claramente tenían una relación, dos personas que se habían encontrado de una forma especial y se habían enamorado verdaderamente, “…es raro, curioso, inhabitual, haberte encontrado tan perfecta dentro de tus naturales imperfecciones, con la voz que me tranquiliza, y esos kilos de más que me enloquecen…” la chica quedó pensando unos segundos sobre la parte última de ese párrafo y esos kilitos de más que ella sentía y que a veces le parecían molestos pero que esperaba que a la persona que amara no le disgustaran demasiado, tampoco se trataba de un problema real, ni de peso ni de autoestima, solo eran pequeñas y naturales, pero persistentes excesos de su anatomía que temía le jugaran en contra en algún momento. Abrió otra hoja al azar donde encontró otro párrafo escrito que nuevamente leyó parcialmente “…hoy estuve pensando en el primer beso que nos dimos,  en cómo  me estremecí y perdí la noción del tiempo, absorto en el calor y humedad de tus labios…” conforme leía aumentaba su curiosidad por saber quién era el dueño de ese libro pero no encontraba ni una sola pista, ni un solo nombre, sin duda pertenecía a un hombre enamorado, que confesaba a su libro lo que sentía, porque no era muy común que un hombre expresara sus sentimientos más románticos con soltura y libertad, incluso a ella le incomodaría un poco que un hombre de su agrado expusiera en público sus sentimientos más profundos o hablara sobre las necesidades de su alma, porque había que convenir en lo poco atractivo o motivante que resulta un hombre que trata de asemejarse a las mujeres en lo que a ventilación de sentimientos y necesidades románticas se refiere, esas cosas debían ser susurradas al oído en intimidad, y debían estar dentro de cierto contexto para no parecer dulces zalamerías de poco valor nutricional como azúcar refinada, además que para ella, un hombre debía inspirarle protección, seguridad, confianza, debía ser alguien de quien aferrarse cuando arrecia la tormenta sin temor que ese sostén se quiebre, no se trataba de machismo porque Miranda detestaba el machismo tanto como el feminismo, se trataba de roles, roles llevados con respeto pero roles al fin y al cabo, ella no quería un hombre que terminara siendo un hijo más, ni menos a uno que se comportara como una nena sentimental y quejumbrosa que le espantara el libido con sus lloriqueos insustanciales, Miranda cerró el libro y se rió sin hacer ruido, “las cosas que deben soportar algunos hombres…” pensó, chicas frágiles como pompas de jabón, temerosas de ensuciar sus impecables vestiditos de tonos rosa y crema y arrugó la nariz con esa idea, pensó que el hombre que a ella le gustaba, no le agradaba jugar con muñecas por lo que  no necesitaría una y ella estaba muy lejos de parecer una.

Bruno dormitaba casi esparramado sobre el marco de la ventana donde la brisa era agradable, nada ni nadie le molestaba y por si fuera poco, percibía el suave aroma de los pomelos en flor que la vecina cultivaba con esmero bajo él. Miranda se sentía cada vez más incómoda por el hecho de tener que devolver ese libro y no encontrar a quien, pero también porque se estaba encariñando con él, eso no era algo raro, por lo general sus libros le generaban sentimientos de empatía, de cariño, lo mismo con sus autores o personajes, pero todo quedaba ahí, con la conciencia de lo ficticio, pero esto era diferente, debía devolver el libro a su autor y personaje y tal vez la tomaría como una entrometida por haberlo leído, eso le generaba conflicto, sentía curiosidad y agrado por el dueño del libro pero también temor e  inseguridad por la reacción de este. Bueno, pensó, si no aparece ningún indicio del dueño del libro no podía devolverlo, y era natural que lo leyera para buscar dicho indicio, por lo tanto no había nada de malo en su proceder. Eso la tranquilizó, seguramente para este momento su dueño se arrepentía de no haber dejado ningún nombre ni dirección en su libro y ya se había resignado a comprar otro.


Pronto pasaría por la tienda de libros de nuevo y preguntaría a Eulogio si alguien había estado buscando un diario olvidado, si no, se lo tendría que quedar. 


León Faras.

jueves, 9 de enero de 2014

Historia de un amor.

IV.

Miranda por lo general, cuando andaba en la calle o cualquier otro lugar a la vista de los demás, usaba una característica expresión en su rostro que evitaba cualquier intento de acercamiento por parte de algún osado aventurero que la pudiera ver como posible victima de sus encantamientos, caminaba seria y sin fijar la mirada en nadie en particular y lo hacía porque no quería relacionarse con nadie, ya no confiaba en el viejo método del flirteo, de la coquetería y el galanteo, eran como una mala alimentación, muy apetitosa y agradable pero con consecuencias nocivas y muy difíciles de recuperar, a nivel mental sobretodo, pero también físico, y eso no volvería a suceder.

Poco tiempo después estaba sentada tras el mostrador en su trabajo, donde aprovechaba el tiempo sin público, que a veces era agotador, en la lectura de sus libros que nunca le faltaban, podía desconfiar y desanimarse de conocer personas nuevas pero nunca de leer un libro desconocido para ella, más de alguna vez había sentido sentimientos fuertes por personajes ficticios, eso no era raro, los personajes ficticios son auténticos dentro de su argumento, si dicen que son sinceros, son sinceros, si dicen que son mentirosos, son mentirosos, no hay matices o circunstancias especiales como con las personas que  dependen del contexto, del ánimo, del ambiente y hasta de los niveles hormonales o de azúcar para determinar su comportamiento y sentimientos, Miranda no se excluía a sí misma, por lo mismo prefería los libros que las personas nuevas. El libro negro ese, aún lo tenía y aún no buscaba si tenía algún nombre o dirección escrita, no se animaba a husmear demasiado en él, no se sentía cómoda metiendo sus narices en asuntos ajenos, no le interesaban y tampoco tener que dar explicaciones si era sorprendida, sin embargo ese libro estaba en su poder, formaba parte de su responsabilidad y si no lo había abandonado ya, era mejor que intentara averiguar quién era el dueño para devolverlo. Las primeras dos hojas estaban en blanco, ya las había visto, en la siguiente encontró una página que se notaba con antiguos dobleces estirados, que pronto la chica notó que se trataba de una hoja que había sido arrancada, doblada y luego puesto de nuevo allí con sumo cuidado de modo que casi no se notaba que estaba floja, estaba llena de un párrafo escrito a mano pero con una letra imprenta clara que llevaba por título, “Conjuro” y decía así:


“Tantas Fuerzas que retozan en el mundo,
Descollante manada de corceles de éter
Que briosos, tiran los coches sin mirar la carga
Ni el estado del camino bajo sus cascos.
La pasión, la atracción, la voluntad,
Los sueños, la alegría, la verdad.
En su Auriga me convierto y mi deseo será su senda.
Que nunca más la mundanidad y sus vicios
Priven al amor de su exultante grandeza
Y exijo para el amor que aguardo lo más selecto
Y con premura, pues ya no quiero esperar más.
Reclamo de Penélope su fidelidad
La que nunca dudó del retorno de Ulises
Ni nunca se doblegó ante el peso
De la coerción que la cercaba.
Solicito la tenacidad y rebeldía de Julieta
Quien a pesar de la legión que se alzó
En contra del amor que la colmaba
Jamás mermó en su deseo de estar con su amado.
Demando que se fusionen, como nunca se ha hecho
La candente pasión carnal de Cleopatra,
Ígneo instinto, avasallador y dominante
Con el cándido y noble sentimiento de Tisbe
Puro y enaltecedor, como el amor mismo,
Pues su resultado será la mecha
Del más ineluctable sentimiento.
Ordeno que el resultado de lo que pido
Sea más fuerte que el brebaje que unió a Isolda y Tristán
Y más duradero que la atracción de Eurídice y Orfeo.

Los Alfanas están azuzados,
La ruta está trazada.”


Al final de la página estaba garabateada una frase en manuscrito que decía: “Por tu pronta respuesta, muchas gracias” esta llamó mucho su atención porque nuevamente era su letra, reconoció de inmediato la particular forma en que garabateaba las letras “G”, las “a” y las “t”, esta vez no estaba Bruno para tener que negarlo o desmentirlo como la vez anterior, esa era su letra, no tenía duda, solo que ella nunca había escrito allí. Le interesó la forma de solicitar el amor en aquel escrito, sin conformidades ni eufemismos, sin medias tintas, era así como ella lo quería, verdadero y poderoso, pero más llamó su atención que, fuera quien fuera el que escribía con su letra, le agradecía al final como si un amor con semejantes cualidades colosales y casi mitológicas se le hubiese presentado. Tal vez funcionaba, por qué no, buscó una hoja en blanco dentro del mismo libro y la arrancó, su dueño no se enfadaría por una hoja menos, además, probablemente ni siquiera lo notaría, luego tomó un lápiz y comenzó a escribir el conjuro en su hoja, lo escribió con letra imprenta, porque su letra habitual y más cómoda, muchas veces ni ella la entendía del todo, lo leería por las noches y si funcionaba le escribiría su agradecimiento como correspondía. Conjuros y rituales, inciensos y velas de colores, ese tipo de cosas le caían como anillo al dedo, le agradaban, le acomodaban mucho. Una vez terminó de escribir pasó de la conformidad al asombro, ambas hojas eran idénticas, parecían escritas por la misma persona, claro que a la suya solo le faltaba los dobleces y el agradecimiento, pero en todo lo demás eran iguales, aquello era increíble, como si hubiese copiado la letra y los espacios de forma inconsciente, para procurar hacerla lo más legible posible, pero aún así era muy raro. Miranda cerró el libro, lo guardó en su bolso y se quedó perdida pensando, o más bien, concentrada en las borrosas imágenes de su confundido cerebro, hasta que una pareja de ancianas la sacaron de sus meditaciones, le recordaron que estaba en su trabajo y que requerían atención, la chica volviendo a la realidad, tomó la hoja del mostrador, la dobló y se la metió en un bolsillo.


León Faras. 

martes, 17 de diciembre de 2013

Historia de un amor.

III.

La luna estaba enorme como una naranja sujeta en la mano al final de un brazo estirado, Miranda la observaba con un vaso de agua con sabor a manzana en la mano, pensando en alguien que quizá no existía, pero al que se negaba a renunciar, un ejercicio que ya había llevado a cabo sin ningún resultado, y era que las cosas en el mejor de los casos se habían tratado de sentimientos diluidos, pálidos, semi-actuados, inconsistentes y casuales, no esperaba vivir un cuento de hadas con el hombre perfecto, solo esperaba enamorar y enamorarse de forma simple y honesta, dejar de sentir en todo momento que las palabras eran demasiado significativas para lo que pretendían expresar, que exageraba, que mentía o que era engañada… que la relación amorosa fuera totalmente ineficaz en su trabajo de  regalarle emociones. Había llegado a un punto en el que preferiría apostar a la búsqueda de la felicidad individual, del amor propio, de la tranquilidad sin romance, un punto en el que sentía firmemente que la búsqueda era inútil y donde la resignación no se veía tan remota, “…dejar de buscar” decía el libro ese en la página de la Chiribita. Hace muchos años siendo solo una niña de ojos pequeños y oscuros y sonrisa chispeante  en un segundo de descuido se separó de su madre y sus tías en uno de los varios festivales realizados en su pueblo, acontecimiento que congregaba a toda la gente entre delicias culinarias y actos artísticos. La pequeña, premunida de una personalidad fuerte y sagaz, al verse sola echó a andar por el lugar hasta que una amable señora la detuvo para que fuera encontrada, luego de un par de horas, tanto aquella mujer como su mamá y sus tías le explicaron con insistencia que había sido buscada intensamente pero que al no estar en el lugar que había quedado, la búsqueda se había complicado mucho, porque en vez de acercarse, con cada paso que daba se alejaba más. Eso tenía mucha lógica al pensar en algo o alguien físicamente perdido desde algún lugar específico, pero en alguien nunca antes encontrado era completamente distinto, no había un punto de partida para iniciar la búsqueda o para dejarse encontrar.

Ella no era como cualquier chica, definitivamente era muy diferente y se esforzaba para que eso se notara, en su aspecto, en sus actos, en su discurso y también quería algo diferente, enamorarse, confiar, disfrutar, no tener que preocuparse de dependencias, pertenencias o inseguridades, había acumulado una buena cantidad de experiencia propia y ajena que la había asqueado lo suficiente como para alejarse de las relaciones románticas pero guardando la esperanza de que algo sucediera, algo que la golpeara y la transformara, algo como el amor, una esperanza de la que no abusaba por miedo a que se quedara en los terrenos de las aspiraciones irreales. A menudo pensaba que se quedaría sola, no porque no hubiera nadie que quisiera estar con ella, si no porque ella quería sentir y vivir algo diferente, algo honesto, algo verdadero, algo bueno, no sabía si eso en verdad existía y de existir no tenía idea de cómo conseguirlo, pero no quería conformarse, su apuesta era a todo o nada. Miranda no se engañaba al pensar así, solo se tomaba el tiempo para observar, para ser espectadora y el mundo le mostraba lo que buscaba día tras día, promesas rotas, adulaciones vanas, personas que se desentendían de sus hijos y parejas, abusos, humillaciones innecesarias, pero sobre todo, faltaba amor, ternura, cariño, esa chispa que se nota en el enamorado, esa emoción por llevar a alguien especial a su lado, ese orgullo de ser amada o amado por alguien único e irremplazable, nada de eso había, parecía que solo formaban pareja con quien tenían más a mano y procreaban porque era lo que debían hacer y luego de eso vivir una vida dominada por la ley del más fuerte, las parejas caminaban cada uno por su lado, ignorándose, separando las actividades de cada uno, como si en vez de buscar a la persona amada, una fuerza superior y dominante les hubiese impuesto con quien debían pasar el resto de sus vidas sin tomarle parecer a sus gustos personales. Era raro ver a alguien enamorado, y cuando lo lograba muchas veces era decepcionante, había falsedad, intenciones o motivos equivocados, conveniencias, adulaciones, vanidad, presunción, todo eso le disgustaba, se lo tomaba como personal y la volvía en contra de las absurdas relaciones sentimentales que la rodeaban. Miranda en el fondo sentía que esa fuerza superior y dominante, no podía ser buena ni mala, no hacía favores ni perjuicios, si no que encausaba lo que uno mismo creía necesitar o merecer, tal vez se equivocaba, pero era testaruda como nadie.


Miranda pensaba en alguien que quizá no existía, alguien cuya existencia dependía de muchas coincidencias y condiciones, alguien que no sabía que ella existía, alguien que estaba realizando su misma búsqueda.



León Faras.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Historia de un amor.

II.

Trepó sin demasiado esfuerzo por el rugoso tronco inclinado del árbol hasta alcanzar la rama a la que Bruno se aferraba, Miranda lo animó a que usara su brazo como puente para llegar a sus hombros y de esa manera ella tuviera libre ambas manos para descender nuevamente, pero al animal le pareció una tarea demasiado arriesgada caminar sobre ese brazo flacucho y entre protestas y excusas la desechó de inmediato, “muy bien, plan B” dijo la chica sin pensárselo demasiado y tomándolo del cuero del lomo lo desprendió sin melindres de la rama, el animal indefenso solo le quedó implorar “Cuidado…¿qué haces?... no, ¡no me vayas a dejar caer!... ¡Cuidado!” mientras Miranda lo acercaba lo más posible al suelo antes de soltarlo sobre el mullido colchón de tupida hierba.

“No sabía que escribieras un diario, ¿a quién le has dicho que sí?”, la chica se sacudía el vestido cuando volteó a ver, Bruno tenía una pata sobre una hoja del libro negro sin título y la miraba con extraña curiosidad, “Eso no es mío” replicó Miranda al tiempo que se sentaba nuevamente bajo el árbol en el lugar donde acostumbraba leer, “Pero si esta es tu letra” agregó el gato, “¡Eso es absurdo!” replicó la chica tomando el libro. Aunque ella no había escrito nada ahí, sí era su letra, o por lo menos una muy parecida a la forma como ella escribía, decía, “Ya desde antes pensaba decirte que sí”, “Ni siquiera se parece a mi letra” replicó Miranda metiendo el libro en el bolso y poniéndose de pie para terminar con la discusión. Echó a andar apurando el paso y Bruno luego de salir de sus sospechosas cavilaciones le siguió, apresurado para no quedarse solo, “Pensé que venías a leer”, “Pensé que podría estar tranquila, lo haré en casa” replicó Miranda echando un vistazo atrás, el gato le seguía luchando contra la tupida vegetación, por lo que, apiadándose de su amigo, lo tomó y lo puso en su bolso, “¿Sabes que hoy hay luna llena?” le dijo, “no me digas…” maulló Bruno con ese entusiasmo desabrido que le quedaba tan bien.

Llegaron hasta un camino franqueado por un muro de piedras apiladas que descendía hasta el río, allí cruzaron uno de los muchos puentes que tenía la ciudad, este era de piedras y sencillo, había otros mucho más elaborados, y también varios más precarios, entrando al pueblo, la naturaleza no solo no se acababa, si no que además se mantenía con mucha vegetación silvestre en su origen. “Tú no entiendes nada Bruno, no es que hable con la Luna, solo me ayuda a pensar en lo que quiero”, el gato no usaba bien sus garras ni menos su equilibrio, por lo que iba más preocupado de no caerse que de lo que la chica le hablaba, pero había comentarios que simplemente no se podía guardar, “A veces suenas demasiado específica, exigente… a ese paso no obtendrás nunca lo que quieres”, pasando el puente doblaron siguiendo el curso del río y continuaron por una callejuela angosta, “Te equivocas, debes tener lo más claro posible lo que quieres, hasta los detalles o no le darás ninguna fuerza a tus sueños, solo se diluirán entre muchas posibilidades sin que ninguna sea lo suficientemente buena”, a Bruno le sonó todo muy rebuscado y solo arrugó la nariz, “no sabía que creyeras en esas cosas” la callejuela se adentró en el pueblo y pronto comenzó a descender a medida que marcaba una curva, su casa estaba un poco más abajo, en plena pendiente, “¡ay!, hablas como si se tratara de una nueva religión. Es solo saber lo que quieres para poder alcanzarlo…”


La casa de Miranda estaba construida sobre una plataforma de tierra contenida por un muro de piedras cubierto de una enredadera de flores lilas que nivelaba la pendiente de la calle, una pequeña escalera subía hasta llegar a un cerezo que daba la bienvenida a la casa, al otro extremo un rosal crecía sin restricciones en su esquina. La habitación de Miranda estaba en el segundo piso. Una vez en el cuarto, Bruno fue dejado sobre la cama junto con el bolso donde viajaba, pero luego se bajó y se acomodó sobre la bajada de cama, realmente las alturas le incomodaban, “¿Y dices que debes saber lo que quieres para alcanzarlo?; ¿eso es todo?”, Miranda ponía sus libros nuevos en el librero junto con los otros que ya tenía, “Pues claro, respondió la muchacha convencida, mientras no cambies de idea constantemente, aunque no sepas como, conseguirás lo que sea…” Bruno se lamía pensativo, “¿y tú como sabes eso?” la chica se volteó con un brillo especial en los ojos, como si esperara esa pregunta, “todos los libros hablan de lo mismo, directa o indirectamente, todas las personas que han hecho algo importante en sus vidas, lo han conseguido sin saber como lo harían, solo tenían claro lo que querían”, el gato ya se había enrollado para dormir, “Debe haber algún truco, no puede ser tan fácil”, murmuró Bruno mientras  la chica bajaba rumbo a la cocina. 


León Faras. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Historia de un Amor.

Historia de un amor.

La campanilla sonó alegremente cuando Miranda abrió la puerta de la librería, entró y contempló en rededor absorta por unos segundos, el lugar estaba lleno de libros de todos los colores y grosores, no era demasiado amplio pero sí era bastante alto, con una planta alta terminada en un cielo de madera natural. El olor a libros era constante. La chica pretendía tener algún día un lugar igual para ella, con idéntica decoración saturada de títulos y autores, de empastes nuevos y viejos, gruesos y finos, tal vez algunos retratos de escritores por aquí o por allá.  Un hombre delgado y de aspecto informal observaba un título para comprar y eso le produjo a ella una curiosidad molesta, no fuera a ser cosa que el libro que había estado esperando toda su vida se lo llevara aquel tipo, el libro que ella debía y deseaba leer, que no sabía cual era pero por culpa de aquel señor podía quedarse sin saberlo. Se reprimió, no era dueña de todos los libros y todo el mundo podía comprar, era absurdo pensar así, comenzó a ojear las estanterías, de reojo, vio que el hombre dejaba el libro en su lugar y se iba sin comprar nada, lo siguió con una mirada de reproche por no hacer ninguna compra, como si la tienda fuese de ella, volvió a sus asuntos esperando oír la campanilla de la puerta pero no la escuchó. Que raro, volvía a estar sola en el negocio, dejó al autor ruso que tenía en la mano y se dirigió a ver el libro recientemente rechazado, empaste negro como su ropa acostumbrada, le dio la vuelta y lo volvió a la portada, no tenía título ni autor, abrió la primera hoja con el cuidado religioso con que trataba a todos los libros, en blanco, solo una frase escrita a mano con una caligrafía desprolija que decía “Historia de un amor”, nada más. ¿Desde cuando Eulogio tenia libros escritos a mano?, pensó, le echó un vistazo rápido, muchas hojas en blanco, “no los tiene, se respondió, la gente le reclamaría”, hizo una mueca, seguramente pertenecía a aquel tipo y regresaría por él, por lo que lo dejó en el mismo lugar y siguió en lo suyo. Una vez eligió los libros que deseaba comprar volvió a pensar en el libro sin nombre, no lo había olvidado, obsesiva a veces, había estado todo el tiempo pendiente de que si alguien entraba y se lo llevaba, pero no fue así. Finalmente lo tomó y lo llevó junto con sus libros para entregárselo al dueño de la tienda. Eulogio era un anciano, Miranda debió toser fuerte un par de veces para que el abuelo despertara de su permanente siesta, le pagó su compra y le explicó lo de aquel libro olvidado, el viejo la miró incrédulo, nadie fuera de las personas de siempre había estado ahí antes que ella, la chica quiso explicarle que estaba durmiendo y que por eso seguramente no había visto a aquel tipo, pero el abuelo obstinado señaló la campanilla, “Yo siempre sé quien entra y quien sale de mi tienda…” y como si el destino se lo quisiera corroborar una mujer y su hijo entraron en la tienda en ese momento haciendo sonar la campanilla con especial energía. Para Miranda no estaba en sus genes discutir ese día y menos con el testarudo de Eulogio por lo que tomó todos los libros, incluyendo el sin título y se fue.

Solo caminó un par de cuadras por esa hermosa calle de adoquines oscuros con aspecto abombado y franqueada de casas de construcción antigua pero firmes, con gente de vida sencilla y niños que corrían todo el tiempo lo mismo jugando que cumpliendo algún encargo. Se desvió por un camino tangente menos popular y pronto cruzó una pequeña cerca de madera, atravesándola en un sector transitado por ella donde la madera ya deteriorada por el tiempo y la abundante vegetación y humedad dejaba un espacio para pasar con un mínimo esfuerzo, subió la loma aplastando la misma maleza que todos los días se volvía a poner de pie, vigorosa, hasta llegar al solitario Jacarandá que como un vetusto soberano dominaba el pueblo desde su trono saturado de naturaleza pequeña pero indómita. Un pueblo pequeño, hecho de piedra y madera, atravesado por un río amigable, donde el único edificio que destaca por sobre los demás es la iglesia, donde los automóviles son rara vez vistos y donde los animales domésticos andan por todos lados como si fueran personas.


Una vez sentada, apoyó la espalda en el tronco y hundió su brazo en el bolso que terciaba al lado, de inmediato sacó el libro negro sin nombre, no era exactamente lo que quería, pensó en dejarlo a un lado para buscar otro que sí pudiera leer pero se detuvo, tal vez tuviera algún nombre o dirección de su dueño para poder devolverlo, no le interesaba conservarlo, pero le pesaba en la consciencia abandonarlo por ahí. Pasó las páginas rápido hasta que estas quedaron abiertas en una que contenía una flor silvestre seca y aplanada, llevaba mucho tiempo ahí, la tomó y la observó con curiosidad, su abuela las llamaba Chiribita, una Chiribita blanca, eran abundantes, ahí mismo donde estaba sentada podía encontrar más de alguna, le faltaba un pétalo, temerosa de hacerle más daño la devolvió con cuidado a su lugar entre las páginas de el libro, solo entonces notó una frase escrita en aquella página marcada por la flor, “Para que te puedan encontrar, solo deja de buscar”. Absorta, se sobresaltó un poco cuando oyó una voz conocida pero inesperada, “Creí que nunca llegarías, ¿podrías ayudarme?” la chica aguardó unos segundos sin inmutarse,  “…por favor” agregó la voz, lo que provocó una sonrisa y la repuesta inmediata de Miranda quien se puso de pie y buscó con la vista a su amigo sobre el árbol. Bruno era un animal especial por no decir una criatura extraña, a vista de cualquiera era un gato blanco de pelo corto desaliñado, no era bonito, tampoco tenía la actitud refinada de los felinos, más bien recordaba a un perro, tenía la extraña costumbre de caminar con la cola agachada en vez de levantada y de  moverla como los perros con alguna alegría, siempre quería acompañar a su ama a todas partes y no subía nunca a los árboles, pero cuando lo hacía debido a alguna emergencia desesperada como ahora que había sido sorprendido por perros enormes del lugar, no podía bajar y debía esperar a veces horas hasta que alguien lo ayudara. Encima hablaba, lo que no sorprendía a nadie en el pueblo, algunos animales venían al mundo con esa habilidad y nadie se preguntaba por qué.


León Faras.