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lunes, 1 de octubre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XVII.

Elena, luego de lavarse la cara y las manos, estaba sentada a la mesa frente al viejo Tata y al lado de Lina para aclarar un poco lo que había sucedido: ese señor que había aparecido en su casa, hace un rato, no era ningún agente de la justicia, era un hombre claramente acaudalado, de buena familia y situación, que actuaba por sus propios medios “…y que andaba buscando a su hermana, una señorita de nombre Elena, ¿Es usted, verdad?” preguntó Tata, Elena asintió, el viejo continuó, rascándose detrás de la oreja, “Mire, no es que queramos que usted se vaya, ¿Verdad Lina?...” Lina asintió con la cabeza y le tomó las manos a la muchacha, el viejo continuó, “…más bien, todo lo contrario, estamos muy contentos de que usted y Clarita nos acompañen, pero, si usted es la hermana de ese señor, entonces usted también tiene una buena situación económica, ¿No estaría mejor, más cómoda y segura, junto a su familia?” Elena, explicó que cuando llegó a vivir junto a su padre, lo hizo con la idea de alejarse de su círculo familiar y de la vida que llevaban, una vida de lujos ridículos y vacíos, de costumbres monótonas e innecesarias y dónde ella, como mujer, era una completa inútil que apenas, y si se esforzaba mucho, podría encontrar algún día, un marido rico que le diera “la vida que se merecía”, y si tenía mucha suerte, joven y apuesto también, para que ella pudiera seguir manteniendo su nivel de vida y sus amistades, “…pues todo eso, no digo que esté mal…” continuó Elena, aún tomada de la mano con Lina, “…sólo digo que para mí no estaba bien. Sí, vengo de una familia con buena situación económica, pero yo no tengo dinero, ni tampoco me prepararon de ninguna manera para obtener algo de dinero, la vida que llevaba era como estar dentro de una jaula, y salirse de esa jaula estaba prohibido. Yo quería una vida junto a la gente de pueblo, donde las costumbres son sencillas y donde es casi imposible sentirse un inútil. Yo quería ayudar, servir, incluso alguna vez pensé en ser monja, pero mi padre se escandalizó y se negó rotundamente, no quería nada que tuviera que ver con la iglesia…” Lina se atrevió a preguntar, algo que hace rato le daba vueltas sin decidirse, “¿Su padre es el que era doctor, verdad? lo digo porque no hay muchos Ballesteros por aquí” Elena miró a la vieja que preguntaba con toda ternura y asintió sin decir palabra. La noticia de que el médico se había ido preso, no había pasado inadvertida para nadie en el pueblo y en todos sus alrededores, tanto el médico, como el cura, eran personas importantes y reconocidos, sin embargo, la razón por la que se lo llevó la justicia, se multiplicó en media docena de versiones distintas, pero a los viejos, aquello no les interesaba, “¿Y su mamá, no estará preocupada por usted?” preguntó Lina con toda la humildad del mundo, Elena negó con la cabeza, “Ella murió hace muchos años…” No era necesario dar más detalles, pero lo cierto, era que su madre había enloquecido, le habían diagnosticado personalidades múltiples, a veces, recuerda Elena, era como si otras personas completamente distintas y opuestas, se apropiaran de su mente. Al final había terminado suicidándose. “Bien…” dijo Tata, poniéndose de pie, “…no se habla más del asunto, usted puede quedarse aquí el tiempo que quiera. Se nota de lejos que usted es una buena persona y las buenas personas son bienvenidas en todos lados” En ese mismo momento comenzaron a caer los primeros goterones de lo que sería una generosa lluvia. 

En casa de Ismael, éste preparaba un lecho para él en el cuarto de su hijo, la cama de Úrsula estaba destrozada y su dormitorio aún con vestigios desagradables en los muros y en los recuerdos de la muchacha, por lo que ésta dormiría junto a su madre. Comenzó la lluvia a anunciarse y la ropa de Úrsula que se había lavado durante el día con agua hirviendo, terminó colgando en su cuarto vacío en improvisados tendederos. Una hora después y poco antes de que el día se terminara, se desató el aguacero, el doctor Cifuentes leía los papeles que le había dado el cura sentado en el mismo escritorio donde Ballesteros los había escrito tiempo atrás, la misma lámpara lo iluminaba, y también a los fetos, que a ratos parecían moverse dentro de sus frascos y cobrar vida, con el efecto de sombras que provocaba la trémula llama que los iluminaba. El caso de Isabel Vásquez le pareció particularmente interesante, los sucesos que describía eran increíbles, sobre todo los inexplicables síntomas padecidos por el paciente que, el doctor Ballesteros describió como pertenecientes a una enfermedad rara y sin precedentes. La narración de la autopsia realizada al cadáver, carecía de toda credibilidad, un bebé engendrado bajo tierra, era una locura, pero había algo que, estaba ahí, y que no podía ignorar: el feto sin rastros de su cordón umbilical; era real, tangible, pero al mismo tiempo imposible de que existiera. El doctor Cifuentes se restregó los ojos por debajo de las gafas, estaba cansado, tenía hambre y afuera la lluvia caía como si se hubiese roto el cielo.

Fin de la Segunda parte.



León Faras.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XVI.

Gracia no apareció, sino, hasta pasado el mediodía. Clarita estaba muy intranquila, como quien ha perdido algo muy valioso, nunca su hermana la dejaba sola tantas horas y ahora no la había vuelto a ver desde que se durmió por la noche. Hasta temía que le hubiese pasado algo, temor que nadie parecía tomarse en serio. El desayuno había estado, fabuloso, sobre todo para Elena, quien, en toda su vida, nunca había probado una leche tan fresca, que aún viniera tibia del cuerpo del animal, acompañada de un trozo de queso derretido en el fuego antes de esparcirse y pegotearse en una hogaza de pan, grande y gorda que no cabía en la boca. Aprendió de la vieja Lina como era que la harina, ese polvo pálido e insípido, se convertía en una crujiente y apetitosa hogaza de pan caliente, cosa que de niña, ya había visto hacer a las empleadas de su casa, pero a lo que jamás le permitieron acercarse, pues era una labor que, supuestamente, jamás necesitaría aprender en toda su vida. Aprendió de Clarita, a ordeñar las cabras y del viejo Tata, los misteriosos secretos para convertir las horrorosamente amargas aceitunas del árbol, en los deliciosos frutos que luego llegaban a la mesa usando, principalmente, ceniza y agua caliente; Elena se preguntaba, a quién se le hubiese ocurrido semejante idea. Recorrieron, junto con Clarita, los bellos parajes cercanos, acompañadas de Nube y Satanás, quienes no dejaban de mordisquearse y perseguirse ni un minuto del día. Allí estaban, junto al arrollo inagotable que descendía de la montaña, cuando Gracia apareció. Clarita, saltó de alegría, pero luego se puso muy seria y la regañó, como una madre preocupada por un hijo que la ha hecho pasar un buen susto, por desaparecerse tantas horas sin avisarle nada. Elena estaba tomando agua con una mano, miró a Clarita cómo peleaba con su hermana invisible, sonrió y siguió en lo suyo, ya se comenzaba a acostumbrar al extraño comportamiento de la niña. En ese momento, Clarita aspiró una bocanada de aire, abrió bien los ojos y la miró con cara de espanto. A Elena se le caía el agua que tenía acunada en la mano esperando una explicación, “No oíste nada de lo que dijo Gracia, ¿verdad?” dijo la niña, con complicidad, Elena negó con la cabeza, “Dice que en nuestra casa…” refiriéndose a la casucha destartalada en el campo de olivos, “…hubieron hombres montados a caballo buscándote esta mañana” Elena se puso de pie despacio, oteando los alrededores, “¿Estás segura?” Clarita asintió mordiéndose los labios, “Sí, dice que se fueron, pero que luego regresaron con perros…” Elena estaba asustada, de seguro la habían denunciado por la puñalada al cura y ahora la justicia estaba tras sus pasos, ahora además, era una delincuente prófuga, ¿O una asesina? ¿Cómo estaría el padre Benigno? ¿Estaría muerto? De un minuto a otro, toda su tranquilidad se desmoronaba, “Ajá, y si los perros son buenos, puede que lleguen hasta aquí” Concluyó la niña, repitiendo lo que su hermana decía. Elena, estaba angustiada, “¡Ay Dios mío, y qué voy a hacer yo ahora?” dijo la muchacha llevándose una mano a la frente, como si se estuviera revisando la temperatura, Clarita la tomó por la otra mano y se la llevó de vuelta a la casa, “Ven, vamos a contarle todo a Lina, ella sabrá qué hacer”

La vieja Lina bordaba una tela a menos de diez centímetros de distancia de sus ojos, cuando Clarita entró corriendo trayendo casi a la rastra a Elena que, más que angustiada, ahora se veía agotada. Lina escuchó la atropellada historia de Clarita, y comprendió poco más que lo esencial, “¿Y tú necesitas que no te encuentren, verdad?” Elena, respondió que sólo quería un par de cosas, que echaría a correr hacia la montaña y que allí buscaría un lugar donde esconderse, pero la vieja desechó su idea como si se tratara de la cosa más estúpida del mundo “Nada de eso, niña. La montaña es tan hermosa como peligrosa, además, Dios te ampare si te pierdes y se te oscurece ahí arriba, te perderías, y las noches allá arriba son las más largas del mundo” “Además, los perros pueden seguirte hasta allá arriba, ¿verdad, Lina?” agregó Clarita levantando las cejas. Llamaron al viejo Tata y este dio su veredicto, “Bueno, podemos cavar un hoyo y meterla dentro, si quieren…” Las tres, de la más vieja a la más pequeña, se quedaron con la boca abierta y una ceja un poco más arriba que la otra, hasta que el viejo rió y agregó, “…es decir, puedes meterte bajo una cama o subirte arriba hasta el tejado, no importa, ningún escondite es completamente seguro, pero en mi experiencia, el mejor escondite de todos, es a plena vista…” las tres se miraron, ¿Qué clase de escondite era ese? Tata continuó “…como aquel hombre que se disfrazaba de mendigo y borracho; galante y zalamero, se paseaba por delante de los hombres más poderosos, y estos incluso le daban limosnas. Solo que, aquellos hombres poderosos, pagaban una fortuna por la cabeza de aquel hombre, y éste, al final le devolvió todas las monedas que le habían dado, para mostrarles todas las veces que lo tuvieron en frente y nunca lo reconocieron para capturarlo” “Pero es que yo no puedo disfrazarme de borracho…” protestó Elena, el viejo la miró de arriba abajo, la muchacha todavía estaba vestida de hombre, “Mírate, sólo necesitas cortarte un poco el cabello, yo te prestaré un sombrero y necesitarás un poco de tierra en la cara y en las manos. El resto sólo será mantener la boca cerrada y la cabeza gacha” Elena casi prefería meterse bajo una cama, pero al final aceptó, “Pero ¿Y los perros?” insistió Clarita, el viejo Tata le acarició la cabeza, “Por eso, no te preocupes, las cabras se encargarán de eso…” y luego agregó mientras se iba, “…las condenadas tienen un olor más fuerte que el orgullo”

Efectivamente, aquel día por la tarde, se acercó Ignacio Ballesteros, acompañado de uno de sus hombres, a la casa del viejo Tata. El resto del grupo, estaba desperdigado por la zona, tratando de cubrir el mayor terreno posible antes de que cayera la noche. Los perros habían encontrado un rastro, pero ese rastro iba y venía, y el problema eran precisamente las cabras, su olor, sobre todo el de sus orines, era de constante dominio, y no se necesitaba ser un sabueso para notarlo. Bruno ya había alertado de su presencia a lo lejos, y Satanás junto a Nube, no esperaron para acercarse lo más posible a los caballos para ladrarles con toda elocuencia, a las patas de éstos. La vieja Lina y Clarita estaban dentro de la casa, junto a la ventana, desgranando habas. La niña se asomó a la puerta. El hombre que acompañaba a Ignacio se bajó de su caballo, “Clarita, aquí estabas ¿Cómo has estado?” Ante la nula respuesta de la niña, el hombre se volteó hacia Ignacio, “Esta es la niña que vive en la casucha que encontramos…” Ignacio también bajó de su caballo, saludó a la vieja Lina que también se había parado en la puerta de su casa, y se presentó como el acongojado hermano de la tristemente desaparecida Elena Ballesteros. Clarita miró a la vieja Lina y la vieja Lina miró a Clarita, “Ni yo ni mi hermana, hemos visto a nadie por aquí” Ignacio la miró como si hubiese sido insultado “¡Dices que esta señora es tu hermana?” Clarita lo miró como si se tratara de un idiota, “¡Ésta, es mi hermana!” dijo, apuntando un espacio vacío a su lado. El hombre, con una mirada, le recordó a Ignacio que ya le habían advertido que esa niña estaba un poco mal de la cabeza, “¿Y el viejo Tata, dónde está?” preguntó el hombre sonriendo amistoso.

Elena se había cortado el pelo como un chico, se había puesto un viejo sombrero de Tata y había cogido una horqueta para apilar el forraje que se almacenaba para dar de comer a las cabras en el invierno, dentro de un pequeño granero tras la casa. El viejo le había aconsejado mantener la cabeza gacha, el ceño apretado y que usara el dorso de la mano para limpiarse la nariz o secarse la frente. Que se amarrara un pañuelo en el cuello, como lo hacían los hombres en el campo y que se ensuciara un poco las manos y las uñas, pues un chico que trabajara, jamás tenía las uñas limpias. De esa manera Elena pasó a llamarse Joaquín, un nombre que eligió Tata por ser el nombre de su hermano menor, muerto hace años. El hombre llegó hasta allí saludando a Tata como a un viejo amigo, Tata esperaba a agentes de la justicia y le pareció inesperado ver al hombre, pero éste le explicó que un forastero les pagaba bien por buscar a una muchacha desaparecida “…Y tú sabes bien, que para mí, que me paguen por pasear a caballo, es como que me paguen por comer…” explicó, sonriendo complacido, “Oye, ¿Y quién es el muchacho ese, es pariente tuyo?” preguntó, refiriéndose a Elena, Tata respondió que no, que no era ningún pariente, pero la costumbre lo obligaba a nombrar la procedencia del muchacho, el viejo dijo lo primero que se le vino a la mente, “Es Joaquín. Él es el hijo de Rubén…” El hombre miró a Elena, curioso. Elena se limpió la nariz con el dorso de la mano y siguió trabajando, “¿Del finado? Éste no lo conocía, y eso que yo he ido a esa casa varias veces a comprar y vender animales…” dijo el hombre, asumiendo de quién se hablaba. Tata, inteligente, simplemente le siguió la corriente, se le acercó al oído para hablarle muy despacio “con otra mujer… o por lo menos, eso es lo que se dice…” El hombre asintió con un “Ah…” bastante largo, y la cosa quedó ahí. Entonces llegó Ignacio Ballesteros “¿Alguna novedad sobre mi hermana?” preguntó desde las alturas de su caballo, Elena lo reconoció enseguida, y su primer impulso fue acercarse, aliviada de que no fuera la justicia quien la buscaba, pero se detuvo, bajó la cabeza y siguió trabajando, Tata notó aquello, la muchacha sabía que su hermano, no se encargaría de ella por mucho tiempo, que más temprano que tarde, la dejaría en casa de sus refinadas y alarmistas tías, o de su quejosa madrina con toda su prole de vagos, y se desentendería de ella como se desentiende de uno de sus acaudalados e hipocondriacos pacientes, a los que suele atender, para continuar con su vida, una vida en la que su hermana, definitivamente, no encajaba. “¿Hermana?” repitió Tata. El hombre lo cogió por el brazo, “La señorita de la que te hablé que está desaparecida, es la hermana del señor” explicó, y luego se dirigió a Ballesteros, “No jefe, acá los caballeros, no han visto a ninguna señorita perdida…” Ignacio miró a Elena, pero no vio ni rastro de su hermana en el desaliñado y mugriento muchacho que trabajaba, “Bien…” dijo Ignacio, con algo de irritación en las fosas nasales, “…vamos a continuar antes de que se acabe el día” El hombre se despidió de Tata con unas amigables palmadas en la espalda y siguió a su jefe “Vamos, tengo el presentimiento de que estamos cerca” dijo, no sin algo de sarcasmo en su tono.

León Faras.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XV.

Ya era pasado el mediodía, cuando llegaron con Úrsula a su casa; las labores de limpieza aún estaban muy lejos de terminarse. Lucila preparaba el almuerzo, mientras Ismael y su hijo hervían fondos de agua con ropa  y raspaban polvo negro de las paredes y el cielo. La muchacha fue recibida por su madre, quien la abrazó con cariño a penas bajó del coche y por los perros, que también le dieron su aprobación, definitivamente, Úrsula se veía más recuperada, con ánimo y más tranquila. Mucho más recuperada sin la agobiante y absorbente presencia de ese niño, del que, a propósito, no se tenía ninguna noticia aún. Luego, Rupano los llevó a ambos de vuelta a la casa del médico, ya que el sacerdote quería evitar la presencia de su indiscreta ama de llaves y sobre todo la de Berta. El doctor sirvió dos tazas de té y se sentaron a conversar. Hace algún tiempo, contaba el cura, un hombre llegó a la iglesia a verme, un hombre muy conocido por todos en el pueblo. Venía muy sucio y oliendo mal, como si no se hubiese aseado ni lo más mínimo en varios días. Estaba muy alterado, angustiado, incluso asustado. Hablaba con insistencia que necesitaba ser perdonado por algo muy malo que había hecho y algo muy malo que estaba a punto de hacer. El hombre, entre llantos y balbuceos, repetía que no sabía cómo ni por qué lo había hecho, pero que no había tenido más alternativa, que lo que había hecho y lo que haría, era por pura desesperación. Dios nos ha abandonado, es lo que repetía una y otra vez. Había perdido la paz y la cordura completamente y prácticamente de un día para otro. Me fue imposible que se tranquilizara y aunque le repetí que sólo podía ayudarlo si se calmaba y me explicaba paso a paso qué era aquello que lo atormentaba, no lo conseguí. Es justo admitir que yo tampoco fui el sacerdote acogedor y tolerante que ese hombre necesitaba en ese momento. Se fue del templo tan angustiado como llegó y cumplió lo que había dicho, sí había algo muy malo que estaba a punto de hacer: esa misma noche se colgó de un árbol. Ese hombre se llamaba Rubén Hurieta y era el hombre que hace algunos días, se había ofrecido gustoso para llevarse a María Cruces, la hermana de Berta y antigua ama de llaves del doctor Ballesteros, a casa de su familia, cuando ésta se quedó sin trabajo momentáneamente. El suceso pasó como el caso de un pobre hombre que se había vuelto loco de una forma que nadie, ni siquiera su familia, se podía explicar sin recurrir a supersticiones o falsas creencias, por supuesto, y que había acabado de la peor manera. Sí, ahora sabemos que María nunca llegó a casa de su hermana y que, lo que fuera que sucedió en ese viaje, hizo desaparecer a la mujer y enloqueció a Rubén. Varios días después, apareció la tumba de la Sin nombre, aunque, es imposible saber exactamente cuándo, porque tenía una cruz puesta que pertenecía a otro difunto y nadie lo había notado. Lo que había ahí, podía ser cualquier cosa, pero según mis registros, nada que tuviera las exequias eclesiásticas de mi parte, “¿Y qué había ahí, o mejor dicho… quién?” preguntó el doctor, quien aún no había bebido ni un sorbo de su té. El sacerdote continuó: decidimos excavar la tumba, pensamos que habría un animal, tal vez un objeto o mejor aún, esperábamos que estuviera vacía, que no era más que una tonta broma de alguien, pero había un cuerpo metido dentro de un saco, que llevaba varios días ahí, muy maltratado, con varios huesos… evidentemente rotos, quebrados a la mitad y que pertenecía a una mujer, sólo eso pudimos averiguar. El doctor le dio un sorbo a su té, uno muy pequeño, casi un beso, “¿No había algo que la pudiera identificar, la ropa, algún objeto, alguna característica de su rostro?” El cura se llevó el puño a la boca con la vista fija en el suelo, aunque no miraba nada en específico. No era nada agradable la imagen que se le venía a la mente en ese momento “Era un cuerpo deteriorado por la muerte, desnudo y…” El padre Benigno tomó aire “…decapitado. La cabeza nunca la encontramos” El doctor, se puso de pie para procesar la historia con un pequeño paseo por la habitación, “¿Está sugiriendo que esa mujer, la sin nombre, pudo ser María?” “Puede ser… o puede que no ¿Cómo saberlo? Tiene casi un año sepultada. En estos momentos es sumamente irresponsable asegurarlo o desmentirlo” respondió el cura con un cierto aire indefenso en la voz. Cifuentes continuo, “Y la historia de ese hombre… ¿Cómo se llamaba… Rubén? ¿Es porque usted piensa que él pudo ser el responsable?” El cura asintió pensativo, pero luego se apresuró a negar con la cabeza, “Sólo Dios lo sabe. Pero, ahora que sabemos que María nunca llegó donde su hermana… no lo sé, parece obvio, ¿no? Pero déjeme decirle una cosa, doctor, el Rubén que todos conocimos y el que llegó a la iglesia aquel día, eran dos hombres completamente diferentes. Créame, de no ser por esa última visita a la iglesia, dudaría incluso que hubiese sido capaz de colgarse él mismo. Por lo mismo, es que accedí a darle cristiana sepultura, a pesar de su execrable decisión final” el sacerdote le dirigió una mirada al médico como si fuera su propia inocencia la que estaba siendo puesta en duda, Cifuentes, sin embargo, se guardó para sí sus pensamientos. “Bueno, doctor, acompáñeme, quiero mostrarle algo, pero será después de comer, Guillermina debe tener lista la comida” dijo Benigno, poniéndose de pie y llevándose al médico a su casa.

Benigno, comía tres veces al día, y por lo general, lo hacía solo en su despacho, rara vez tenía alguna visita  para comer y nunca se sentaba a la misma mesa junto con Guillermina, para él, el acto de comer, era un momento de mesura, de silencio, de austeridad; para ella, por el contrario, las comidas eran momento de reunión, de compartir, de disfrutar. Ella, no soportaba comer sola, eso le apretaba el estómago, le robaba el apetito, le extinguía toda motivación por alimentarse, a él le pasaba exactamente lo mismo con las multitudes, los banquetes, las mesas atiborradas de comida. Su estómago se asustaba, se empequeñecía, se cerraba hasta no dejar pasar nada más que café o algún que otro bocadillo. Esa gravedad para comer, Cifuentes la comprendió rápido y bien, su padre, era muy similar: la hora de la comida era el único momento del día en el que, los cinco hermanos, los cinco, varones, se quedaban quietos y guardaban silencio en un mismo lugar y al mismo tiempo, gracias a la disciplina del padre. Guillermina, por su lado, estaba más que conforme, pues tenía a Berta y Rupano para acompañar su almuerzo. Después de comer, les sirvió café y les anunció que ella saldría por unos momentos, pues ella y Rupano iban a dejar a Berta a la estación. Parada en la puerta estaba esta última para despedirse del cura, “Muchas gracias por todo, Padre, no me voy muy tranquila, pero al menos sé, que cualquier cosa que sepan sobre mi hermana, me la harán saber…” Guillermina, a su lado, asentía circunspecta. Berta, continuó, “…rece por mi hermana Padre, se lo ruego, donde quiera que esté, para que Diosito la proteja y podamos encontrarnos pronto. Hasta luego Padre, y muchas gracias por todo” Benigno despidió a las mujeres con prudente amabilidad, esa amabilidad incómoda de quien no está acostumbrado a las muestras de afecto, y se quedó solo con el doctor, lo que le acomodaba mucho para mostrarle lo que le quería mostrar. De su gabinete sacó dos frascos y los puso sobre el escritorio, “¿Qué ve aquí, doctor?” Cifuentes dejó su café sobre la mesa y se acercó, “Dos fetos humanos, de unos cuatro meses, aproximadamente, uno gravemente dañado por… fuego, me parece. ¿Por qué los tiene aquí, Padre?” Benigno estaba de pie junto a él, recto y con las manos atrás, como un maestro que espera que, su alumno aventajado, conozca las respuestas sin necesidad de que él se las diga, “¿Nota algo especial en ellos?” Cifuentes se acomodó los anteojos y observó de cerca el feto mejor conservado. Y sí, lo notó en seguida, “Esto no es posible… no hay rastros de ombligo ni de cordón umbilical ¿De dónde los sacó?” Benigno cogió el frasco y lo dejó sobre el escritorio, luego se dejó caer en la silla tras éste, “Los tenía su antecesor, Horacio Ballesteros. Su historia para explicar de dónde los sacó, es sencillamente inverosímil…” “Ah sí, lo conocí esta mañana en la prisión. El jefe de los guardias me advirtió que estaría ahí. Un hombre impertinente, me pareció a mí, aunque supongo que la prisión tiene mucho que ver en eso” respondió Cifuentes con honestidad, Benigno se complació de que, el doctor, no compatibilizara con Ballesteros. “Tengo una cosa más para usted…” dijo el cura poniéndose de pie y hurgando la parte baja de otro de sus muebles. Sacó de ahí una gruesa porción de papeles atados con un cordón, que levantaron polvo al caer sobre el escritorio “… ¿algo de literatura para antes de dormir, doctor?” agregó el sacerdote. Era imposible asegurar si aquello pretendía ser gracioso o era completamente en serio. Aquellos papeles eran las anotaciones del doctor Ballesteros, en ellos, el médico había anotado paso a paso el extraño caso de Isabel Vásquez y muchos otros detalles e ideas que consideró dignas de reseñar, como en una especie de bitácora o diario personal. El cura, continuó “…yo sólo lo hojeé, pero no leí nada de eso, no lo consideré pertinente en su momento, además, me temo que mucho de ese lenguaje no lo hubiese comprendido debidamente. Pero usted sí, quién sabe, tal vez descubra algo interesante.” Concluyó el sacerdote.



León Faras.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XIV.

Cuando el doctor Cifuentes regresó a su casa, se encontró con el padre Benigno sentado junto a la cama de Úrsula. Guillermina bebía un té con limón junto a Berta Cruces en la sala. El médico abrió la puerta del dormitorio de Úrsula, “… ¿Estás segura de lo que me estás diciendo muchacha? Recuerda que yo soy representante de Dios todopoderoso en la tierra” decía el padre Benigno, con voz tranquila pero firme. Nada afable. La muchacha estaba sentada en la cama, se escudriñaba debajo de una uña con nerviosa insistencia, pero sin propósito alguno más que torturarse, “Se lo aseguro Padre, estaba en el cementerio, ahí lo encontré…” Úrsula levantó la vista hacia el doctor Cifuentes y de inmediato se dejó en paz la uña de su dedo, además, su rostro también mostró que todo su ser experimentaba el mismo alivio. El sacerdote continuó “¿Y qué andabas haciendo tú ahí?; ¿visitabas la tumba de algún difunto?” La chica le echó un vistazo al cura, pero luego volvió de vuelta la vista hacia el médico, como si le estuviera hablando a él “No Padre…” Volvió a bajar la vista y a torturarse la carne debajo de su uña, “…él me llamó. No dejó de llorar hasta que llegué junto a él…” Benigno miró al doctor, éste, que ya deducía de qué se estaba hablando, miró a la muchacha, y ésta, le devolvió una sonrisa sólo con los labios, triste, pero inmensamente tierna, “…nadie más parecía oírlo, Padre” El sacerdote posó su mano sobre la mano de la muchacha para que ésta detuviera esa mortificante actividad bajo su uña “¿Puedes llevarme al lugar exacto donde lo encontraste?” dijo el cura, con ese rostro totalmente árido de sonrisa y amabilidad que tenía. Úrsula lo miró con algo de angustia, pero luego miró al médico y su expresión se suavizó, como si el doctor Cifuentes fuera fuente de paz y protección para ella, “Creo que sí, pero iría más tranquila si el doctor quisiera acompañarnos” Benigno miró al médico, comprometiéndolo sin decir una sola palabra, o al menos Cifuentes lo entendió así, luego miró a la muchacha, “¿Puedes ir ahora?” No era la idea más sensata, pero no había ninguna razón para que Úrsula siguiera en casa del doctor y de seguro, se iría de vuelta a su casa esa misma noche, por lo que, para el cura, hacer una visita al cementerio en ese preciso momento, era la mejor de las opciones, y mejor aun si el doctor iba con ellos, “Guillermina, usted y la señora Berta, vuelvan a la casa. Allá usted atiéndala en lo que necesite mientras dure su visita. Necesito que me envíe a Rupano aquí lo antes posible. Con el coche” Guillermina lo miró como el parroquiano al que recién le han servido su primera cerveza y le anuncian que la cantina tiene que cerrar “¿Va a algún lado, Padre?” preguntó con inocencia, como si no estuviera enterada de nada, “Usted haga lo que le digo. Y no lo olvide: que Rupano venga aquí lo antes posible” “Como usted diga, Padre” dijo la mujer con dignidad, tomando del brazo a la Berta Cruces y yéndose hablando de forma que todo el mundo la escuchara, “Vámonos, Berta, allá vamos a estar más cómodas, además, al caballero éste no se le puede decir nada… no ves que, de inmediato la retan a una”

El cementerio de Casas Viejas era relativamente nuevo, se había instalado de forma apresurada y casi obligatoria, luego de que en más de una ocasión, en años particularmente lluviosos, la crecida del río aislaba al pueblo justo cuando a algún poblador se le ocurría morir (en una ocasión fueron cinco, producto de que una casa fuera arrastrada completa por el agua, pero sólo tres fueron encontrados para enterrarlos dos semanas después) dejando al difunto varios días en casa de sus familiares, con todas sus desagradables consecuencias, esperando que las condiciones mejoraran, para poder darle la cristiana sepultura que merecía. El sitio, era una enorme extensión de terreno en la cima de una loma, con un puñado de tumbas, todas en tierra, desperdigadas por aquí y por allá. Poco más había que unas treinta cruces en el lugar y unos cuantos árboles ancestrales. Úrsula, tomada del brazo del doctor Cifuentes, guió al sacerdote y al médico hasta un lugar dónde sólo podía verse maleza seca, crecida hasta la cintura de un hombre, un lugar como cualquier otro dentro de ese cementerio, allí había encontrado al bebé, “¿Quién abandonaría un recién nacido aquí?” preguntó el doctor, sin esperar respuesta de nadie en particular. El padre Benigno, en cuclillas, ojeaba el sitio con la esperanza remota de encontrar algo más, pero pronto cesó, era bastante poco probable que hallara algo que pudiera relacionar con el bebé o su procedencia. Marcial Monte era un hombre maduro, flaco y conversador, de aquellos que no pierden ninguna oportunidad para detener su trabajo, apoyar el codo en su herramienta y encender un cigarrito. Frecuentaba el cementerio a diario con un azadón, era el que se preocupaba de que las tumbas no desaparecieran bajo el pasto y la maleza cuando ésta, cada año, se expandía por todos lados. Él tenía algo muy interesante que contar, un suceso que en su momento le llamó la atención, pero que con el paso de los días, simplemente había perdido su interés, hasta ahora, que podía contárselo al cura: sucedió hace varios días ya. “…Yo venía con la intención de desmalezar la tumba de la finadita Lourdes que, ya no se le veía la cruz de tanto pasto que tenía, y la familia, si es que le queda alguien con vida, hace muchos años que no se asoman por estos lados, cuando una tumba apareció con un agujero, como de conejo, encima. Eso, no es que sea raro, pero la verdad es que, no suele pasar, como si los conejos entendieran que hay cosas que se deben respetar o a lo mejor es sólo que la tierra ya huele mal, vaya a saber uno…”; “¿Puede ir al grano, por favor?” Benigno se mostraba impaciente, Marcial era un hombre sin ningún tipo de apuro en la vida y parecía ser dueño de todo el tiempo del mundo para hacer lo que fuera que estuviera haciendo, contando su historia, en este caso. “Lo raro…” continuó Marcial, “…es que ese agujero estaba hecho de adentro, hacia afuera, ¿Me entiende?” Benigno no entendía, al menos, no la relevancia de la historia de Marcial. El caso, es que ¿Cómo se mete un conejo bajo la tierra para cavar de abajo hacia arriba? “¿Cómo sabe usted que fue de adentro hacia afuera, y no al revés?” preguntó Cifuentes, quien no entendía realmente qué tenía que ver el conejo con el niño que Úrsula había encontrado, pero tenía dudas de cómo podía interpretarse la dirección de un agujero. Marcial apagó la colilla de su cigarrito en el mango del azadón y se la guardó en el bolsillo de su camisa, “Por la tierra que tiran hacia atrás…” respondió. Benigno ya se iba a ir, sin ninguna intención de ocultar el hastío y la decepción que la historia del agujero de conejo le había provocado, cuando Marcial lo atajó: “…Pero eso no es lo que le tenía que contar, Padre” Resulta, que a pocos metros de la tumba con el agujero, Marcial encontró una cáscara abierta en dos, como una crisálida, o como la vaina de la semilla de los espinos, pero mucho más grande, como un conejo adulto, de hecho, y con pinchos… púas blandas. “¿Y qué porquería era esa?” preguntó el cura con algo de grima en la cara, “Pues no tengo ni remota idea, Padre, aunque, cosas más raras se han visto. Pero el hecho es que, era tan extraño, que lo eché dentro de un saco y me lo llevé” concluyó Marcial, haciendo la mímica de quien coge algo por el moño y lo levanta. El doctor, nuevamente no entendía la relación entre lo que se estaba hablando y lo que habían ido a hacer allí, pero aun así preguntó: “¿Y nos lo podría mostrar?” Marcial negó con la cabeza con elocuencia, “No…” dijo, “…porque la porquería esa, a la mañana siguiente, apestaba como si tuviera una docena de gatos muertos dentro del saco. Lo tuvimos que enterrar. Mi hermano estaba allí, pregúntele” Nada de eso podía ser menos interesante, sino fuera porque la cáscara había sido encontrada allí mismo donde estaban, a sólo un par de metros del lugar donde Úrsula decía haber encontrado al bebé. La chica nunca vio nada parecido a esa cáscara, y Marcial no encontró ningún bebé, sin embargo, ambos sucesos se produjeron más o menos en fechas aproximadas. Eso no significaba nada, ni para el doctor ni para el cura, pero no dejaba de ser curioso. Ya se iban yendo, pero para el Doctor Cifuentes, faltaba una pregunta obvia por hacer para terminar la historia y la hizo, sólo por curiosidad “¿Cuál era la tumba?”; “Aquella misma que está detrás suyo, la Sin nombre” respondió Marcial. Allí estaba, a pocos metros de donde se hallaba la cáscara y el bebé. Ya no tenía el agujero, Marcial lo había cubierto el mismo día que lo encontró, pero esa era, sólo un montículo de tierra del tamaño de una persona con una cruz de madera que el mismo Marcial hizo y puso. La tumba no tenía nombre, porque apareció sola y de la nada, hacía menos de un año, “No puede haber aparecido de la nada, alguien tiene que haberla hecho, ¿no?” dijo el médico, buscando aprobación con demasiado esfuerzo para una afirmación tan evidente, , “Claro que sí, doctor…” respondió el cura de malas ganas, molesto, como quien es obligado a admitir algo que no es necesario “…es simplemente que no se sabe ni nunca se supo quién la puso aquí. Podrá darse cuenta de que, nadie vive por aquí cerca y que de noche este es un lugar solitario” “Además de que este, es un pueblo tranquilo y de gente buena, nunca pensamos que nos íbamos a encontrar algo así” Agregó Marcial, como atajando al doctor y al cura que ya se iban. Cifuentes tenía curiosidad “Entonces… ¿Había un cuerpo ahí, una persona?” el cura asintió con toda la parquedad de la que era capaz, pero no era suficiente para el médico que esperaba saber algo más. El cura agregó “Mire doctor, qué le parece si, ya que estamos aquí, pasamos a dejar a Úrsula a su casa, y luego, usted y yo tenemos una conversación” El doctor, asintió. Comprendía que ciertas cosas no debían hablarse en frente de una jovencita y menos una con un estado emocional tan delicado.



León Faras.

jueves, 19 de julio de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XIII.

Cuando llegaron a buscar al doctor Cifuentes desde la prisión, sólo le dijeron que necesitaban sus servicios, pero no para qué, ni por qué. Cogió un maletín con sus cosas y, al ver que el padre Benigno aún conversaba con Berta Cruces, y que Úrsula estaba en buen estado y siendo atendida por Guillermina, le informó a esta última dónde estaría para que en caso de que le necesitaran, supieran donde encontrarlo. La mujer se mostró muy interesada con el comentario, tanto que se perdió algunos segundos en sus pensamientos hasta que el doctor tuvo que hablarle para saber si le había oído. Al final, Guillermina asintió pedante con la cabeza, como si ella nunca necesitara que le repitieran nada y el doctor pudo irse. Cuando llegó a la prisión, lo presentaron frente a un hombre que llenaba papeles sobre una mesa basta que hacía las veces de escritorio, su nombre era Aurelio, y en cierta forma, tenía un aire a centurión romano. Era un hombre maduro, pero robusto, de voz firme y autoritaria. Saludó al doctor y lo llevó personalmente a ver el cadáver de Rogelio, aquello fue una decepción para el médico, esperaba a alguien por quien pudiera hacer algo; miró a Aurelio, con una débil esperanza de que hubiera algo más, además de lo obvio, luego miró al muerto y después nuevamente a Aurelio, “Este hombre está muerto” Aseguró torpemente, como si nadie más pudiera haberse dado cuenta de eso. “Y para esto necesitábamos a un doctor” gruñó uno de los guardias presentes para hacerse el gracioso con sus colegas, con una frase gastada y nada original que, para empeorarla, su jefe ya había oído demasiadas veces antes. De inmediato Aurelio lo fulminó con la furia de su mirada, el poder absoluto de su dedo índice y su voz de dios griego: “¿Quieres rellenar los papeles y firmarlos con tu nombre, idiota? …¡Mmm! ¿No? ¡Pues entonces cierra el pico y busca algo útil que hacer o te juro por Dios que te pondré a ti solo a limpiar toda esta mierda, y con el culo!” El guardia cerró la boca y lo hizo con una expresión de seriedad forzada. No era para nada conveniente poner a prueba la veracidad de las amenazas de un hombre con el aspecto de un centurión romano y la voz de un dios griego. Luego, y después de respirar hondo y secarse con la mano la saliva de los labios y el mentón, Aurelio continuó dirigiéndose al doctor como si nada, como si su altercado con aquel subalterno hubiese sucedido dentro de un paréntesis temporal, fuera del espacio y tiempo presente, “Bueno, doctor, lo que necesitamos de usted, es que, como médico, pueda confirmar que este hombre se quitó la vida él mismo, y que no hay nadie más a quien se le pueda responsabilizar, ¿Me entiende?” El doctor había dejado su maletín en el suelo y se peinaba su ridículo bigotito con un par de dedos, nervioso, “¿Tiene alguna sospecha de que este hombre haya sido asesinado?” Aurelio sólo tiró hacia abajo la comisura de los labios y negó con la cabeza, abúlico. El doctor examinaba el cuerpo como un crítico de arte lo haría con una escultura “Bueno, creo que habrá que hacer algunos exámenes para confirmar que no hayan contusiones, marcas de ataduras o restos de sustancias tóxicas en la sangre o el estómago, para eliminar cualquier posible intervención de terceros” “No necesita exámenes doctor, claramente ese hombre se suicidó…” el doctor Cifuentes se volteó hacia atrás a mirar quien hablaba, la voz no era de Aurelio, sino de un preso: el doctor Horacio Ballesteros, “¿Cómo dice?” preguntó Cifuentes. Ballesteros continuó, “…observe los cortes en el brazo izquierdo: son firmes, rectos y regulares, mientras que los del derecho son torpes, débiles e irregulares. Eso es porque los primeros los hizo con una mano firme y en buen estado, mientras que los segundos fueron hechos por una mano dañada y menos hábil. Eso evidencia que nadie le ayudó. Además, puede observar que todos los cortes están dirigidos desde afuera, hacia dentro, lo que es muy difícil que suceda con la ayuda de una tercera persona” Cifuentes podía notar que Ballesteros tenía razón, y una muy buena vista como para haber visto todo eso desde su celda, pero aun así, le parecía una conclusión demasiado precipitada, “Para que haya suicidio, no sólo debe ser dada la muerte por la propia mano, señor, sino también por la propia voluntad. Yo no consideraría suicidio la muerte de un hombre que es obligado a quitarse la vida” “¿Obligado?” Ballesteros estaba realmente disfrutando de esa charla, “…Uh, eso está difícil de comprobar, doctor…” En ese momento, Aurelio intervino, cabreado, “Bien, doctor, ¿Podría dejar su debate académico para otro momento en el que todos tengamos más tiempo? Me urge sacar este saco de mierda de aquí lo antes posible, ¿sabe? ¡Apesta!” Cifuentes se sintió ofendido, pero fue incapaz de mirar a los ojos al centurión para reprochárselo “Es un hombre, por Dios…” Aurelio ya no diferenciaba bien entre el médico y cualquiera de los hombres a su mando “¡Era, un hombre! No sea remilgado, doctor, todos acabaremos en algún momento tirados apestando en algún charco de mierda, cuando el buen Dios decida que se nos acabaron las fichas para seguir jugando. Ahora no es más que un cadáver que se ha cagado encima, apesta, y apestará aun más conforme pase el tiempo y será más difícil y desagradable de limpiar y luego, en vez de disminuir la peste, crecerá, con el vómito de los pobres desgraciados que les toque comenzar la tarea…” hizo una pequeña pausa para mirar al guardia que regañó antes, y luego continuó, “…Este no es el primer muerto que tenemos por aquí. Ahora, doctor ¿podría usted hacer, lo que sea que tenga que hacer, para terminar con este desagradable trámite lo antes posible?” Cifuentes se sentía un poco avasallado por el guardia, tenía la torpe tendencia a tomarse las cosas que decían los demás, de forma demasiado personal, pero dispuesto a aferrarse a lo que le quedaba de valor y dignidad, “Bien. Sólo me gustaría llevarlo a un lugar donde pueda ser aseado y desnudado el cuerpo para asegurarme de que no hay intervención de terceras personas. Sólo tardaré una hora, o dos a lo sumo” Aurelio aceptó conforme. Antes de irse, Cifuentes oyó a Ballesteros que le decía: “Supe lo de la herida del padre Benigno. Espero que se esté recuperando.”

“¡¡Oh mierda! pero qué pedazo de aparato, el desgraciado!”

Exclamó con repelús en la cara, el joven guardia que había sido enviado para ayudar en su tarea al doctor Cifuentes, cuando éste terminó de quitarle la ropa al muerto con unas tijeras y dejó al descubierto los órganos sexuales del occiso. Los cuales cubrió con una pequeña toalla mientras le dirigía una mirada a su ayudante, como si se tratara de una criatura extremadamente rara, como descubrir a un pájaro usando pantalones y sombrero, “¿Estás seguro de querer quedarte aquí?” pregunto el doctor, más por su propia conveniencia que por la del muchacho, “Sí, sí. Prefiero mil veces estar aquí, que allá afuera limpiando la mierda que dejó el pobre Rogelio” El doctor Cifuentes ya podía deducir que el lenguaje de los guardias de prisión, era más o menos el mismo para todos, desde el más antiguo hasta el más joven, “¿Lo conocías?, ¿Sabes si tenía algún motivo para quitarse la vida?” El muchacho lo miró con una sonrisa idiota, como cuando uno descubre de antemano que lo que buscan es jugarle una broma. Tardó unos segundos en entender que el doctor no bromeaba, “Bueno, lo mismo que todos, o sea, casi nada. Que yo sepa, no tenía amigos aquí. A mí no me dirigió nunca la palabra. Si algo sucedía dentro de su cabeza, sólo él lo sabía…” dijo mirando el rostro del muerto muy de cerca, “¡Oh mierda! mire doctor, es como si hubiese llorado antes de… ya sabe, “Estirar la pata” ¿O es que los muertos también pueden llorar?” Cifuentes escudriñaba el cuerpo concienzudamente, la verdad, no quería que un remordimiento por hacer rápido y mal su trabajo, le arruinara las pocas horas de sueño que solía tener disponible, “Ciertas partes del cuerpo siguen con su trabajo aunque esté muerto. Pueden llorar, y varias cosas más. Aunque creo que es más probable que haya soltado esas lágrimas estando aún vivo” El muchacho se echó hacia atrás y se rascó detrás de la oreja “¿En serio? Para mí, no sé qué es más raro: que un muerto sea capaz de llorar o que el Rogelio Vargas que yo conocí, lo haya hecho”

Menos de una hora tardó al final el doctor en terminar su trabajo, y no encontró nada que sugiriera la intervención de un tercero. No había nada que justificara seguir escarbando en el asunto ni nadie interesado en que lo hiciera, por lo que al final aceptó el suicidio como lo más plausible y la pérdida masiva de sangre como la única causa de muerte. Se lavó las manos, firmó los papeles a Aurelio y se marchó.



León Faras.

domingo, 15 de julio de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XII.

Ismael, con el rostro tapado con un pañuelo, al mejor estilo de los asaltantes en las películas de vaqueros, pasaba el dedo una y otra vez por los bordes del muro de la habitación de Úrsula, donde estaba empotrada la cruz de madera, y no lograba entender cómo podía haber sucedido una cosa así. Al retirar el dedo, éste estaba negro, se lo miró con curiosidad, su hijo le señaló el cielo de la habitación, parecía el cielo del túnel, por el que todos los días de los últimos diez años, iba y venía la locomotora, es más, era como si hubiesen encerrado una locomotora dentro del cuarto de Úrsula y le hubiesen encendido las calderas con los fuegos del infierno: estaba completamente cubierto de hollín, “Esto está más tiznado que la sartén de unos cuatreros…” comentó el muchacho mientras cargaba un velador desvencijado. Ismael se tiró la punta del pañuelo para descubrirse el rostro, y poder sobajearse la cara, contrariado. Su hijo tal vez no lo había notado pero, no había rastros de fuego por ningún lado: ni en la ropa, ni en los muebles, ni en el suelo o el cielo que eran de madera, y ahora que lo pensaba, Úrsula tampoco había sufrido ninguna quemadura, sin embargo, había más hollín ahí, que en la chimenea de un buque. Del niño, ni rastros. Pensaron que luego de sacar y limpiar todo, encontrarían algo, con un poco de suerte, tal vez el cuerpo sin vida de aquella terrible criatura, pero nada, ni una luz y la incertidumbre, siempre es de lo peor. Sin embargo, algo positivo sucedió: los perros volvieron a entrar a la casa, incluso a la habitación de Úrsula, con la nariz pegada al suelo, interesadísimos en captar los desagradables olores que impregnaban las tablas del piso y parte de las paredes. Interesados, pero ya no asustados, eso, dentro de todo, era alentador.

Un grupo de hombres montados a caballo, pagados y acompañados por Ignacio Ballesteros, llegaron hasta la vieja y destartalada casucha en medio del huerto de olivos, allí, el joven Ignacio se emocionó, había rastros seguros de que alguien habitaba ese lugar: una vasija con algo de agua, un par de platos lavados y apilados, unas flores puestas en un vaso roto. Incluso el lecho, que parecía más el lecho de unos animales, evidenciaba que había sido acomodado por una persona para pernoctar allí. Los hombres, por otro lado, no le dieron mayor importancia: “…este lugar es usado por una chiquilla huérfana y un poco mal de la cabeza que, por lo general, habita por estos alrededores. Clara, creo que la llaman. Algunas personas le dan algo de ropa o alguna cosa para comer, pero ella prefiere vivir sola y salvaje como los animalitos. Como ya le dije, está un poco mal de la cabeza.” Ignacio miró al viejo que había hablado y se secó la frente con el pañuelo, “Hay que encontrar a esa niña, tal vez sabe algo, tal vez haya visto pasar a mi hermana o sabe hacia dónde se dirigía…” Uno de los hombres le echó un vistazo a sus compañeros y luego sonrió con complicidad, bajando la mirada y acariciando el cuello de su caballo. A Ignacio le pareció que se burlaba de él, “Si tiene algo que decirme, dígalo” el hombre mordía una astilla de madera. Se la quitó de la boca y escupió a un costado antes de hablar, “Escuche jefe, no se disguste, pero todos aquí sabemos que hablar con esa chiquilla, es como preguntarle por su señorita hermana, a los pájaros…” se dio varios golpecitos en la sien con la punta de su dedo medio, y continuó “…no está bien de la cabeza: habla con su perro y con los demás bichos y asegura que tiene una hermana que nadie más ve, ¿Entiende? No importa si la encontramos o no, ni tampoco lo que ella le diga. Le puede decir cualquier cosa y tenernos buscando fantasmas todo el día. Por mí, no hay problema, pero es su dinero, y seguro que quiere sacarle mejor provecho” Ignacio sorbió por la nariz sonoramente y carraspeó. Tomaba una decisión, “¿Tú qué propones?””Perros…” respondió el hombre y volvió a escupir en el suelo, luego agregó, “…puedo conseguir un par de buenos perros que sigan un rastro” “Eso nos retrasaría todavía más” alegó Ignacio impulsivamente. El hombre levantó las cejas y miró a otro lado tomando una bocanada de aire, en un gesto de tener paciencia con el testarudo, como cuando debes convencer a un borracho de que ha bebido más de lo que quiere pagar, “Mire, ¿Alguna vez ha intentado botar un árbol con una sierra mala o un hacha sin filo?” El hombre esperó dos segundos, pero no esperaba respuesta, era obvio que el doctor jamás había intentado hacer nada parecido a eso, luego continuó “…pues, puede romperse los brazos y trabajar todo un día, completo, pero para nada. Es lo que estamos haciendo, jefe. Sin un rastro, necesitará un ejército y varios días para cubrir todos los lugares posibles donde buscar. Puede estar en cualquier parte” Ignacio estaba acostumbrado a tener siempre la voz más autorizada para opinar y la razón más documentada para imponer su voluntad, pero en este caso, estaba claro que debía escuchar a los hombres que había contratado, “Bien, me parece bien, pero… los perros con los que he salido a cazar, conocen la presa que deben perseguir, como los perros de los guardias, recuerdan muy bien el olor de cada uno de los prisioneros que custodian ¿Cómo harán para que sus perros sepan a quién deben buscar?” El hombre sonrió ampliamente sin soltar la astilla de entre los dientes, estaba realmente orgulloso de sus perros, “Son perros muy inteligentes, jefe, sólo necesitan conocer el olor y no se detendrán hasta encontrar lo que buscan. Hable con las monjas, seguro que ellas guardan alguna prenda de vestir de su señorita hermana… y si es una prenda íntima, mejor…” Ignacio le echó la mano al revólver que cargaba al cinto, indignado, el hombre, en cambio, mostró las palmas de sus manos con inocencia y tranquilidad, y agregó “…no se ofenda, jefe, pero la ropa de afuera siempre está pasada a otros olores: al humo de las cocinas, a la grasa de las comidas, incluso a las plantas, flores o a otros animales. Yo sólo le digo que la ropa de adentro, es mejor para esto. Allá usted, si quiere o no” Ignacio se tragó la explicación, de mala gana, pero se la tragó, “Nos reuniremos en el convento” gritó, y azotó su caballo para que éste lo sacara de allí lo más rápido posible, luego de eso, el hombre miró a sus compañeros con una sonrisa maliciosa que pronto se convirtió en carcajadas generalizadas de burla.

Rogelio Vargas, era un guardia en la prisión con el que nadie se metía, más que todo, porque era un hombre extraño. Le faltaban dos dedos de su mano derecha, lo que lo hacía un poco inhábil con el uso de ciertas armas, pero que compensaba con una masa muscular difícil de desafiar y una brutalidad de carácter casi primitiva; hosco y silencioso, rara vez intercambiaba más de dos palabras con alguien, cualidad que se remarcaba cuando se emborrachaba: aunque la taberna estuviera abarrotada de gente, él bebía solo, huraño, como el perro que, rabioso, cuida su plato de comida aunque esté ya vacío y nadie esté interesado en quitárselo. Aquella mañana Rogelio amaneció muerto. Sentado en el suelo sobre un charco de su propia sangre ya reseca, exhibía ambos antebrazos cubiertos de profundos cortes, especialmente en las muñecas. El arma utilizada, era un bonito puñal que conservaba desde su juventud; yacía éste tirado en el piso junto a él, sobre la sangre, desprendido de sus dedos ya sin fuerzas, luego de perder demasiado fluido vital y de rebanarse varios tendones. Su rostro, de facciones toscas y severas, había quedado congelado en una expresión de inocencia animal, surcado por suaves marcas que bajaban de sus ojos y que, por extraño que pareciera, inequívocamente habían sido dejadas por lágrimas. Sus ojos permanecían abiertos, fijos en el último objetivo que tenían en frente antes de apagarse: la celda del doctor Horacio Ballesteros. Éste había dado la alarma a gritos al despertarse por la mañana. Él, al igual que el otro preso que estaba en una celda cercana, aseguró que había pasado la noche, como era natural, durmiendo, y que nada había visto ni oído hasta despertarse por la mañana, “…lamentablemente, ya era tarde para hacer algo por ese hombre” concluyó el doctor, su testimonio. Por otro lado, ya habían enviado a alguien en busca del médico del pueblo para que confirmara lo obvio: la muerte del sujeto y la causa. 


León Faras.

martes, 3 de julio de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XI.

Fue una noche larga y en vela en la casa del doctor Cifuentes, sólo el hijo de Ismael se devolvió a su casa, para acompañar y darle noticias a su madre, mientras el propio Ismael pasó toda la noche sentado en una silla a un lado de la cama de la habitación de servicio, donde habían cambiado a su hija para que reposara. El doctor, por su parte, se fue a su cuarto bien entrada la noche a dormir un par de horas tendido sobre su cama, vestido y atento para cualquier cosa que necesitara Ismael o su hija. El padre Benigno ya no se movió de su cama, pero más por prescripción médica que porque pudiera dormir: la discusión con Ignacio lo había dejado sumamente alterado y la idea de que Elena aún no aparecía, lo preocupaba demasiado, temía que le hubiese sucedido algo malo, y sería todo por su culpa, por su maldito temperamento que lo dominaba como a un animal rabioso. Cómo podía exigirles a sus feligreses que dominaran sus impulsos, si él mismo era incapaz de hacerlo. Las consecuencias con las que le amenazaba Ignacio, francamente no le importaban, hasta le encontraba toda la razón, pero sí le preocupaba el bienestar de la muchacha, si no había regresado al convento, entonces, dónde y con quién estaría. Y por otro lado estaba el niño, ese bebé que Úrsula había encontrado, y que desprendía un poder y una maldad que nunca antes había sentido, un poder que no era de este mundo. Lo hacía dudar de su cercanía con Dios, y eso era muy malo, si tenía que enfrentarlo. Con todas esas cosas en la cabeza, era difícil que alguien pudiera dormir a gusto. Por la mañana, todos lucían como si hubiesen pasado la noche a la intemperie y sobre un lecho de piedras de cantera: desaliñados, cansados y adoloridos. Ismael debía volver a su casa, debían, junto con su familia, limpiar el cuarto de Úrsula, poner a hervir la ropa de ésta y todo lo que había recomendado el doctor para evitar enfermedades e infecciones, por la tarde volvería para llevarse a su hija, si es que no sucedía nada extraordinario, el doctor se encargaría de mantenerla en observaciones durante el día, para asegurarse de que la muchacha pudiera volver a su casa sin problemas. Apenas Ismael salió por la puerta, llegó Guillermina con un canasto con el desayuno para el padre Benigno y para el médico, y de paso, enterarse de cualquier novedad que pudiera sonsacar en el acto, y debía admitirse que la mujer tenía un olfato refinado para las novedades: inmediatamente detectó la estantería fuera de lugar y con los vidrios de las puertas rotos; el instrumental amontonado en un sitio provisional y los trozos de cristal regados por todas partes. El sacerdote no le diría nada, ya se conocían hace bastante tiempo y siempre tenía que enterarse de las cosas por terceras personas o simplemente escuchando conversaciones ajenas, pero el doctor, seguramente que estaría más dispuesto a cooperar. Le llevó el desayuno al cura con un escueto y sobrio “buenos días, padre” lo cual, ya de por sí era sospechoso, pero el padre Benigno no estaba con ánimos de sospechar nada. Luego se lo llevó al doctor, quien por enésima vez revisaba los signos vitales de Úrsula, ésta había dormido ininterrumpidamente toda la noche y sin necesidad de volver a sedarla, lo que era muy positivo. Cuando el médico salió del dormitorio de su paciente, tenía su desayuno servido sobre la mesa y Guillermina barría la casa, en especial los vidrios regados por el suelo, y se quejaba en voz alta de las manchas que habían aparecido en el piso debido a los líquidos extraños derramados sobre éste, “…fue un accidente…” se justificó el doctor restregándose los ojos, cansado, por debajo de sus anteojos, “…no sé exactamente qué sucedió pero, fue como si el mueble hubiese chocado contra algo…” Guillermina detuvo la escoba, interesada, “¿Contra algo?, ¿Algo como qué?...” El doctor se quedó un rato mirando el infinito de su universo interior y luego meneó la cabeza, “No lo sé, de hecho, ninguno de nosotros estaba lo suficientemente cerca como para haber intervenido en algo”. Guillermina le echó un vistazo cargado de desconfianza al impasible mueble y luego al médico “¿Quiere decir que se movió solo?” preguntó acercándose mucho y hablando bajito, en tono confidencial, temerosa de no ser oída y reprendida por el cura. El médico se encogió de hombros, “No lo sé” y se quedó abstraído, buscando los secretos de la vida en su taza de café. En ese momento golpearon a la puerta, el doctor hizo el amague de levantarse, pero Guillermina no se lo permitió y se apresuró a abrir ella, como una madre que no quiere que su hijo salga a jugar con sus amigos hasta no terminar toda su comida. Pasaron varios minutos sin que la mujer diera noticias sobre quien había llegado, hasta al padre Benigno, quien se había levantado luego de desayunar provisto de un albornoz y un bastón, le pareció intrigante la intensa y prolongada charla que la mujer mantenía en la puerta con alguien que, claramente, no venía a visitarla a ella. Cuando por fin Guillermina entró, lo hizo seguida de una mujer mayor, aunque tal vez un poco más joven que ella, traía un bolso rústico, un chal sobre la cabeza y los hombros, un moño tanto o más apretado que el de la propia Guillermina, en el pelo y una vieja carta en la mano. Su nombre era Berta Cruces, y era la hermana de María, la mujer que durante años trabajó como ama de llaves del doctor Ballesteros. Guillermina, con una habilidad única, que bien le valdría a un detective cualquiera en un interrogatorio cualquiera, ya le había extraído toda la información que traía, y a cambio, y sin que Berta se lo pidiera, le había proporcionado los datos sobre los acontecimientos relevantes sucedidos en el pueblo en los últimos meses, aquello fue más evidente cuando Berta vio al sacerdote, y con toda humildad y buenas intenciones, le deseó una pronta recuperación de su herida en el costado, el padre Benigno sólo se contuvo porque Guillermina lo interrumpió diligentemente, “María se fue hace meses de aquí, pero nunca llegó a casa de su hermana, y ahora ella está preocupada. Somos media parientas, ¿sabe? uno de los tíos de la María estuvo casado con una sobrina de mi tía abuela”, el padre Benigno obvió aquello último, “¿Cómo que nunca llegó? pero si han pasado meses desde que se fue de aquí” Berta sólo negó con la cabeza, algo asustada, como si la estuviesen acusando de algo, a Guillermina eso la desesperaba un poco: la gente sosa que adormecía las situaciones interesantes. Le arrebató la carta de las manos y la enseñó con la autoridad de un abogado que presenta una prueba concluyente ante un tribunal, “Esta es la carta anunciando su viaje. La envió desde aquí mismito” y remató su intervención con una despectiva bofetada de revés sobre el papel, luego lo devolvió con la misma brusquedad con que lo tomó, Berta recibió la carta y se aferró a ella como si fuera el último madero flotando en medio del océano. Benigno estaba preocupado, pero su forma de ser, de por sí, era intimidante, “Y… ¿no has vuelto a recibir noticias de ella en todo este tiempo?; ¿Tienen algún otro pariente donde pueda haber ido?” Guillermina esperaba rígida, de brazos cruzados y mirando de soslayo. Aquello no se lo había preguntado. Berta sintió frío repentinamente, “Sólo mi hermano Santiago, pero él vive junto a mi casa, en los terrenos que nos dejaron nuestros padres. Pensé que estaría aquí, que tal vez estuviese trabajando en otra casa. A ella nunca le gustaron mucho las labores del campo” De pronto se escuchó una voz débil y lejana que dijo: “Está muerta…” el padre Benigno, sintió el tirón en la costura de su herida al voltearse tan bruscamente. La postura rígida y confiada de Guillermina, fue derribada por tal comentario inesperado y devastador; era imprescindible saber quién y por qué había dicho tal cosa. El doctor era el que estaba más cerca, “¿Qué has dicho muchacha?” preguntó con el rostro contraído e inmóvil. Úrsula estaba parada en la puerta de su cuarto, con un sencillo camisón blanco, sin mangas, que le colgaba fantasmal hasta las rodillas, y que le daba un innegable aspecto infantil; lucía inocente y desorientada, “Hambre… estoy muerta de hambre. ¿Dónde estoy?” Benigno no dijo nada, ya no estaba tan seguro de lo que había oído en primer lugar. Guillermina, en cambio, tenía sus dudas: cuándo hueles a quemado, es porque indefectiblemente algo se está quemando, y si había algo que en vez de desgastar, había agudizado con los años, eso era su oído. Era como la habilidad adquirida de los hombres que quedan ciegos y deben centrarse en el oído forzosamente, ella había entrenado su oído toda su vida para capturar en el acto cualquier sonido vocalizado, humano y juzgar instantáneamente su valor estratégico. Ella sabía lo que había oído, y no dudaba de aquello. El doctor Cifuentes tomó a Úrsula con todas las precauciones del mundo,  como si estuviera hecha de algún material muy delicado, “Soy el doctor Cifuentes, estás en mi casa. Vuelve a tu cama, te llevaremos el desayuno para allá” Guillermina, al oír eso, en el acto se ofreció, “¡Yo voy! le llevo el desayuno, ahora mismo”.

León Faras.

miércoles, 31 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

X.

Para cuando volvió el hijo de Ismael con ropa para su hermana, el doctor Cifuentes había relajado el ambiente sirviendo un pequeño vaso de coñac para cada uno, de una botella encontrada en la casa, perteneciente a su antiguo morador. Había tenido tiempo más que suficiente para oír toda la historia de Ismael de lo sucedido a Úrsula: la puerta cerrada, el humo, los muebles azotados contra el suelo. El calor sofocante que envolvió toda la casa y la desconcertante desaparición del bebé. El doctor escuchaba con una expresión de profunda gravedad, echándole cortos vistazos al cura quien no parecía demostrar ninguna duda acerca de lo sucedido. Sostenía en la mano su vaso minúsculo de coñac sin haberle sacado ni un sorbo aun. Como médico, no podía formular ninguna opinión al respecto, pero como persona, se remitía a aceptar la historia tal y como se la contaban, sin admitirla como verdad ni como mentira, sino sólo como la percepción o interpretación de Ismael sobre lo que él mismo había visto, su hijo, sin embargo, traía además de algo de ropa para su hermana, más antecedentes frescos: junto con su madre entraron a la habitación de Úrsula, el sitio era un desastre en el que apenas se podía andar, la cama estaba inservible, prácticamente quebrada a la mitad, los muebles desparramados, rotos y con sus interiores igualmente esparcidos por el suelo, el aire se sentía pesado y pestilente, él mismo abrió las ventanas para que fuera un poco más soportable, pero la verdad era que la atmósfera dentro del cuarto, podía descomponerle el estómago a un gato callejero. Encontraron algo de ropa para la muchacha, pero también otras cosas mucho menos agradables: varios ratones muertos y pudriéndose, algunos pájaros e incluso sapos, todos muertos, todos apestando y todos con la cabeza arrancada. Parecía un sitio abandonado por años y empleado por algún pequeño animal depredador como guarida, pero ni siquiera un animal soporta tal grado de desastre, ni tampoco se trataba de un sitio abandonado. El doctor Cifuentes se llevó al vaso a la boca y tragó su contenido con la dificultad común en un hombre poco habituado al alcohol, para él, en tales circunstancias lo mejor era que pusieran a hervir toda la ropa de la muchacha y luego desinfectar el piso y los muebles con lejía, también era importante ventilar toda la casa antes, durante y después del proceso, tal grado de podredumbre era un foco poderosísimo de enfermedades e infecciones que ponían en riesgo la salud de toda la familia, Ismael asintió luego de buscar la aprobación del padre Benigno, y aseguró que lo harían lo antes posible, pero el hijo de Ismael aun no había terminado, una cosa más había encontrado en el dormitorio de Úrsula y que era digna de contar: la cruz de madera que colgaba de la pared sobre la cabecera de la cama de su hermana, estaba incrustada en el muro de adobes, empotrada, como quien hunde una pisada sobre una capa de barro blando, hasta el punto de ser imposible de sacar sin romper el muro, el doctor Cifuentes le echó una mirada cargada de incredulidad al padre Benigno, pero este mantenía la vista fija en algún punto indeterminado de su cama, pensativo, preocupado, todo aquello era muy malo, él lo sabía, y también sabía que él era el único con la responsabilidad de enfrentarse a ello.


La diminuta ventana sin cortinas absorbió toda la luz que le proyectaba el sol de la mañana, ingresando con la forma de un bloque diáfano, habitado por una multitud de partículas en constante y lento movimiento e inundó de claridad el cuarto donde aun dormían Elena y Clarita, esta última abrió los ojos con la pereza de un gato que, con la panza llena, reposa tendido en su cojín favorito. Había llegado un nuevo día y nada la había vuelto a despertar en toda la noche, aquello le dibujó en la cara una sonrisa chueca que luego se transformó en otra plena, de esas que llenan todo el rostro, se dio un sonoro beso en el puño en el que apretaba la medalla de San Benito y buscó a Gracia en el cuarto para presumir de su nuevo amuleto contra malos sueños hasta que su sonrisa se diluyó. Gracia no estaba. Elena despertó en ese momento y la sonrisa de Clarita volvió a surgir, “¡Apresúrate!...” gritó la niña, saltando de su lecho como si este de pronto la hubiese amenazado con engullirla o algo parecido, “… Tata ya debe estar sacando la leche” La niña salió corriendo y a medio vestir, tal como había dormido, Elena tardó un poco más en ponerse su ropa de hombre antes de salir del cuarto, en la cocina, la vieja Lina preparaba el desayuno y la muchacha se ofreció a ayudarle, por la ventana podían ver a Clarita abrazando un cabrito entre una de sus patas delanteras y el cogote, corriendo tras de su mamá para que esta amamantara a su cría, cosa que no estaba funcionando, pero sin duda era bastante gracioso de ver. Elena no tardó en preguntar, “¿Qué cree que sea eso de que Clarita dice que ve y habla con su hermana? ¿Sólo su imaginación o habrá algo más?” La vieja dejó de rebanar la hogaza de pan, se restregó la punta de la nariz con el dorso de la mano en la que sostenía el cuchillo, luego respondió “Te voy a contar lo mismo que me dijo una mujer hace algunos años, una mujer que llegó a conocer bien a la madre de Clarita…” continuó rebanando el pan “…la madre de Clarita era una jovencita de tu edad o tal vez algo menor. Tuvo la mala fortuna de enamorarse de un hombre destinado a morir tan sólo un par de semanas después en una riña de borrachos. Luego de que el hombre ya estaba sepultado, ella se enteró de que estaba preñada. Sola, nadie sabe si fue por obligación o voluntad que decidió llegar con su embarazo hasta el final, lo cierto es que lo hizo, y fue la última cosa que hizo en su vida. Los partos son a veces como coser y cantar pero otras veces pueden ser un calvario, en el caso de esta muchacha, demasiado joven y debilucha, la cosa se complicó mucho y encima su hija nació muerta, nada se pudo hacer. Cuando pensaron que tal vez la madre tendría alguna oportunidad de salvarse, se dieron cuenta de que venía otra niña… una gemela, y esta sí estaba viva. Clarita. Sólo ella sobrevivió al final…” Elena se quedó paralizada a la mitad del pocillo que estaba llenando con leche, “Entonces, Gracia, la hermana de Clarita, sí existió…” la vieja asintió con una sonrisa triste, “Así es… alguna vez existió en verdad… o por lo menos así me lo contaron a mí. Curioso, ¿no?”  El viejo Tata entró en ese momento, traía un taburete de patas más largas para que se sentara Clarita, esta le seguía contenta y sintiéndose importante, con un trozo gordo de queso que apenas sostenía entre los brazos.


León Faras. 

martes, 23 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

IX.

Luego de que el doctor Cifuentes autorizara una muy breve visita, Ignacio Ballesteros visitó al padre Benigno, solo, en su habitación. Él mismo cerró la puerta al entrar. Las Hermanas de la Resignación le habían comunicado el resultado de la reunión entre el sacerdote y la joven Elena: un cura acuchillado y una muchacha desaparecida, pero Ignacio no podía dar crédito, ni siquiera de boca de las honorables hermanas, que la cuchillada recibida por el padre Benigno hubiese sido propinada por Elena, su hermana; eso era sencillamente absurdo. Ignacio presionó a las monjas para que le confesaran si este inadmisible hecho, había sido presenciado por sus propios ojos, pero como estas, entre incómodas y ofendidas, respondieron que no, Ignacio tomó todo como un embuste o a lo menos una confusión y se dirigió de inmediato hacia donde se encontraba el sacerdote, para que este le aclarara lo sucedido, “Todo fue nada más que un lamentable accidente…” dijo el padre Benigno apretando los labios hasta sólo dejar una fina línea donde estaba su boca, luego agregó “…no tiene nada que reprocharle a ella” “No pensaba hacerlo…” contestó Ignacio, renuente a sentarse en la silla que estaba justo a su lado “…pero me pregunto cómo es posible que alguien como ella, puede llegar a hacer algo como eso, ¿Un accidente puso una cuchilla en su mano? ¿Un accidente llevó esa mano hasta su estómago? ¿Podría ser un poco más específico, padre, sobre qué fue lo que realmente ocurrió?” El cura respiró hondo y dirigió la mirada hacia la pared contraria. No le gustaba para nada el tono en que el muchacho le hablaba, pero dada las circunstancias, no dijo nada al respecto, en cambio, intentó mantenerse sereno, “Los detalles no son importantes…” “Un accidente que usted provocó, seguramente, por eso que no le importan los detalles” lo interrumpió con brusquedad el muchacho; el sacerdote abrió los ojos como un maestro ante un alumno insolente y alzó la voz, “¡Yo recibí la puñalada, y viene usted aquí a increparme!” Ignacio tuvo, incluso, el descaro de apuntarle con el dedo, “Usted seguro tuvo algo que ver en esto. Elena jamás haría algo así. Estoy seguro de eso” El cura trató de enderezarse, furioso, pero el dolor en su herida lo frenó abruptamente, “Se atreve usted a acusarme de…” La discusión se acaloraba cada vez más, pero unos aullidos agudos y angustiantes desde afuera, hicieron que ambos hombres se callaran, al salir, Ignacio Ballesteros vio como Ismael trataba, aunque con demasiadas precauciones y cuidados, contener a su hija quien se sacudía hasta el punto de casi caerse de la cama, mientras el doctor Cifuentes intentaba con gran dificultad revisar las pupilas de Úrsula, quien desesperadamente se apretaba la cabeza porque sentía que el bebé lloraba con violencia histérica en sus oídos hasta el punto de causarle dolor físico en estos, y obligarla a torturarse las orejas, patalear en la cama y gritar que alguien hiciera callar a ese bebé, bebé que por supuesto, solo ella podía oír. Ignacio se acercó rápido, mal que mal, él también era médico, para sujetar con más firmeza a la muchacha, “¡Traiga Cloroformo!” gritó, adueñándose completamente de la situación, lo que no le hizo ni pizca de gracia al doctor Cifuentes, “Sé hacer mi trabajo, señor. Gracias” respondió con toda la parquedad de la que fue capaz, dada la situación y de una estantería, que en ese momento le pareció más alta de lo que recordaba, sacó una botella de éter, humedeció su propio pañuelo y con él tranquilizó a la muchacha que no dejaba de gritar que el bebé le estaba destrozando los tímpanos, “Tengo un buen amigo que les puede ayudar, él es un gran psiquiatra que…” comentaba Ignacio una vez que el cuerpo de Úrsula se tranquilizó y dejó de luchar, pero fue interrumpido por un estruendo descomunal que hizo dar un respingo de susto a todos, menos a Úrsula: la estantería cayó bruscamente al piso como si hubiese estado siendo elevada por una cuerda y de pronto la cuerda se rompe, pero no había ninguna cuerda, algo más la sostenía en vilo y ese algo se cortó bruscamente. Nadie notó el suceso, ni siquiera el doctor Cifuentes cuando tomó el éter, simplemente el golpe repentino y violento, el cristal que estalló y el instrumental que se esparramó por el suelo, junto con algunos frascos y botellas, el padre Benigno, levantado y de pie en la puerta murmuró, “…un psiquiatra no va a servir de nada…” mientras Ignacio Ballesteros se alejaba de la chica como si esta de pronto le estuviera quemando las manos, “¿Qué carajos sucede aquí?” a su lado, Ismael se persignó, dos veces “¡Dios mío! así mismo se golpearon los muebles del dormitorio de la Úrsula, hasta se le rompieron las patas en el suelo… esto es cosa del Diablo, padre…” El doctor Cifuentes se quitó los anteojos para limpiarse el sudor de los ojos y luego se los volvió a poner, estaba consternado, pero lo intentaba disimular, “Caballeros por favor, un poco de cordura, la caída de ese estante, no fue más que un accidente sin mayor relevancia…” Ignacio sonrió incrédulo mirando los rostros de grave preocupación de todos los presentes. Era un tipo más bien de baja estatura, lo que resultaba más evidente al estar parado junto al espigado Ismael, “¿Cosa del Diablo? Yo insisto en que lo que esta muchacha necesita, es que la evalúe un buen psiquiatra, y este lugar, muebles nuevos, pero si creen que es “Cosa del Diablo” entonces, ahí tienen a un experto…” señaló al padre Benigno, quien, se mantenía lo más erguido que podía a pesar de que sentía la tensión en la herida, luego añadió dirigiéndose a este, “…Sepa que no me voy completamente conforme con nuestra conversación. Voy a encontrar a mi hermana y le aseguro que ella me contará palmo a palmo lo que sucedió. Y ruegue porque esté bien, o yo mismo me encargaré de hacerlo responsable.” Luego de esto, cogió su abrigo, le dio con sobria cortesía las buenas noches al doctor Cifuentes y se retiró.


Clarita despertó bruscamente apenas dos horas después de dormirse, en su sueño, la niña buscaba algo a hurtadillas, estaba oscuro y no veía gran cosa, sin embargo, buscaba con urgencia y sigilo, pero con mucha presión, como quien intenta hurtar las llaves a un gigante dormido, entonces sentía el golpe fuerte y seco sobre el mesón, sus pasos pesados sobre el suelo húmedo y pegajoso y aparecía el hombre del delantal sucio. Nunca podía evitarlo ni nunca podía huir de él, entonces gritaba y el grito, la despertaba. Gracia la miraba desde un rincón levemente iluminado por la suave claridad de la noche que entraba por la diminuta ventana del cuarto, pero fue Elena quien la habló, estaba justo a su lado, la abrazó y la acarició en el pelo, le contó, que ella de pequeña también tuvo sueños feos que la despertaban llorando a mitad de la noche, sueños en los que alguien la sacaba de su cama y de su casa para llevársela lejos, entonces una tía, que ya entonces contaba con muchos años, le regaló una medallita de San Benito para que la protegiera de día y limpiara sus sueños de noche, ese era un santo muy poderoso, que incluso podía hacer retroceder al mismísimo Diablo, eso le había contado su tía y eso mismo le explicó a la niña, quien miraba la estampita embobada, como si fuera aquel el objeto más valioso y hermoso del mundo o por lo menos, que sus ojos habían visto, y en buena parte, así era. Acto seguido, Elena se la quitó y se la colgó del cuello a la niña, quien la recibió con la solemnidad del atleta que acaba de recibir la medalla de oro y consagrarse en su disciplina, Gracia, como si no pudiese soportar la curiosidad, también se puso de pie y se acercó a observar la imagen con el ceño fruncido y la boca abierta, Clarita se la mostró orgullosa y sonriente, pero pronto su expresión se apagó, preocupada, se volteo hacia Elena para saber si lo que decía Gracia, era verdad: “Dice que tu santo tal vez no es tan poderoso, que no te protegió bien a ti…” Tenía toda la razón, pensó Elena, esos comentarios de Gracia siempre la dejaban medio descolocada, más sabiendo que Gracia no existía en realidad, en ese momento, ella dudaba mucho de la protección de santos o del mismísimo amor de Dios, estaba ofendida, sintiendo que había dado todo, sólo para recibir al final una contundente bofetada en el rostro, pero por otro lado, en ese lugar, en casa de los abuelos, se sentía tranquila y feliz como no lo había hecho en mucho tiempo, su constante miedo a ofender o defraudar a su padre, a su familia o a Dios, se disipaba, allí no había leyes inquebrantables ni infinidad de condiciones para todo, allí las cosas eran simples, el paisaje hermoso y ella se sentía útil y acogida “No te creas…” respondió “…tal vez él me sacó de donde estaba para traerme aquí” Gracia sonrió meneando la cabeza y volvió a su lugar, como quien en medio de una discusión, recibe un argumento que no se puede rebatir y prefiere abandonar, Clarita, por su parte, sonrió satisfecha y se volvió a acurrucar junto a Elena, con la medallita de San Benito apretada en su puño y las caricias de Elena en su cabello.


León Faras.

jueves, 10 de agosto de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VIII.

La ropa que la vieja Lina guardaba en su casa era, en su mayoría, muy antigua, pero como la ropa era un bien escaso, la conservaba lo mejor que podía. Para Clarita, la vieja siempre estaba preocupada de tenerle algún vestido limpio para su próxima visita, pero Elena tuvo que conformarse con un pantalón, camisa y zapatos de hombre, que habían pertenecido al hijo de los abuelos, del cual, desde hace un buen tiempo no tenían noticias. Mientras se bañaban, para Elena fue inevitable notar las cicatrices en la espalda de Clarita, marcas viejas de azotes, que daban una idea de por qué la niña le había dicho que también había decidido huir, pero no dijo nada al respecto, no tenía sentido arruinar el permanente buen humor de la pequeña, la que en ese momento, además, se divertía notoriamente en el agua y al mismo tiempo la hacía olvidar a ella, los desagradables sentimientos que revivía cada vez que recordaba lo que le había sucedido en el último tiempo. Elena nunca en su vida lo había hecho y ni siquiera había imaginado que alguna vez se vería a sí misma vestida con ropa de hombre. Al principio se sintió rara, pero luego hasta le hizo gracia y bromeó con la idea de ser un muchacho, como si un disfraz bastara para cambiar el pasado y el destino de una persona. Los zapatos le quedaban un poco grandes y los sentía increíblemente pesados y toscos para lo que ella estaba acostumbrada, pero no tenía la menor intención de quejarse. Lavaron su ropa y ayudaron a la vieja Lina en la cocina, después de la comida, le enseñarían a Elena a hacer queso y si se quedaban a dormir, por la mañana bien temprano ordeñarían a las cabras. Los viejos eran amables, compartían lo que tenían y lo que hacían y además siempre había una habitación disponible para ellas si querían quedarse, Elena se preguntó por qué la niña no se quedaba permanentemente viviendo con los abuelos, en vez de irse sola con su hermana imaginaria a vivir en una casucha destartalada y a punto de caerse, la respuesta, la sabría pronto y sin necesidad de preguntarla: Clarita le tenía mucho miedo a los lugares pequeños y cerrados, como el dormitorio que les ofrecían los abuelos, la niña alegre, se volvía una niña nerviosa y terriblemente incómoda y cuando por fin se dormía, tenía pesadillas que la despertaban al poco rato y más de una vez en la noche. Gracia se molestaba y le decía que para qué se dormía, si sabía que tendría sueños feos, y Clarita, le reprochaba que para ella, era muy fácil, porque jamás dormía. Al final la niña siempre terminaba yéndose, a veces, a mitad de la noche y sin decirles nada a los abuelos, pues al parecer, sólo en esa chabola con media muralla y parte del techo destruido, podía dormir en paz y toda la noche.

No fue una idea que le cayera demasiado bien, pero al final, no le quedó al padre Benigno más remedio que aceptar, cuando el doctor le dijo que pasara la noche en su consulta para que no forzara los puntos de sutura recién hechos, eso, bajo amenaza de que Guillermina se quedara toda la noche velándolo como a un muerto, si insistía en irse a su casa. Cuando por fin quedaron solos, el doctor cogió una silla y se sentó al lado de su paciente, “Dígame Padre, ¿Qué fue lo que le sucedió?” el cura sólo levantó la vista, parecía tener tensos todos los músculos de su rostro, luego volvió a bajarla para negar con la cabeza, “Imagine que alguien mete los dedos en su herida y jala de ella…” el médico se quitó los lentes para limpiarlos con su pañuelo. El cura concluyó, “…eso fue lo que pasó” El silencio se prolongó largos segundos, como una conversación sin sentido que no logra prosperar, finalmente el sacerdote volvió a mirar al doctor que se acariciaba el bigotillo, pensativo, “¿Qué opina, doctor?” El médico levantó las cejas y se rascó la cabeza sin tener ni rastros de comezón, “Que no se me ocurre ninguna explicación plausible, pero le creo, eso explica el desgarro en la herida, pero es que… nadie lo tocó, ¿cómo es posible?” el doctor esbozó una sonrisa nerviosa que se diluyó rápidamente, “Siempre he sabido que el demonio existe, doctor, que él y sus numerosos lacayos acechan al hombre para tentarlo de mil maneras y alejarlo del amor de Dios, sin embargo, nunca lo había sentido tan cerca, ni tan presente… y le puedo asegurar que da un miedo terrible” el cura terminó hundiendo su mirada en el piso, como si su última afirmación, lo avergonzara. El doctor Cifuentes se echó atrás en su silla, desarmado, nada podía agregar a una afirmación así, pero cuando lo intentó, se quedó con el aliento en la boca. Alguien comenzó a golpear su puerta con desesperante insistencia.

El hijo de Ismael Agüero entró de sopetón, haciendo espacio para que su padre pudiera entrar con Úrsula en los brazos, totalmente inerte, “Tiene que ayudar a mi hija, doctor. Está mal, está muy mal…” “¿Qué le pasó?” preguntó el doctor mientras la recostaban en una camilla, Ismael sólo pudo responder que al parecer, había recibido un golpe muy fuerte. La chica tenía sangrado nasal, pero ese era el único sangrado que se veía, el médico le revisó las pupilas y las pulsaciones en la muñeca, “¿Cómo se golpeó?” preguntó concentrado en su trabajo pero no recibió respuesta, la expresión en el rostro de Ismael y su hijo eran elocuentes, no era que no lo supieran, más bien que no tenían palabras para expresarlo. En ese momento apareció el padre Benigno desde una habitación contigua donde reposaba, de pie, con una bata y apretándose la herida con una mano “¿Dónde está el niño?” Ismael lo vio, y entonces sintió que a él sí le podía decir lo que no supo decirle al médico, “Padre, ese niño es el demonio…” El doctor Cifuentes dejó la concentración en su trabajo por unos segundos para levantar la vista. Esos hombres hablaban muy en serio, pero no había nada de información útil para él, por lo que tendría que dejar todas las dudas para el final y centrarse en su paciente. Mandó al sacerdote de vuelta a su habitación acompañado de Ismael para que esperara ahí, y al hijo de este último, le pidió que fuera por ropa para su hermana, pues la tendría que revisar por completo y para ello había que cortarle la ropa que traía, para evitar movimientos innecesarios de sus miembros posiblemente dañados.

Luego de más de una hora, el médico entró en la habitación donde reposaba el cura, abotonándose las mangas de la camisa, Ismael ya había tenido tiempo suficiente para contarle al sacerdote todo lo sucedido en su casa, incluida la desaparición del bebé. El viejo campesino se puso de pie de un salto, “¿Cómo está mi hija, doctor?” El doctor Cifuentes traía la expresión en el rostro de haber visto algo desagradable, ese tipo de cosas que se atragantan y te arruinan el día. En su corta carrera, había atendido muchos casos, unos más complejos que otros, pero sin duda, los más desagradables para él, eran las víctimas de violencia, sobre todo mujeres y niños que no habían podido huir ni defenderse de sus agresores, casos que tenían el agravante de sólo ser el fruto de la voluntad torcida de algún desquiciado, que se sentía con el derecho y la facultad de imponerse a punta de golpes sobre los más débiles a los que debería proteger, eso indignaba al doctor y en vez de sentir la satisfacción de ayudar a alguien, aliviando su malestar, se sentía como si estuviera limpiando la mierda de otro. Así se sentía el médico cuando llegó a la habitación donde estaba el padre Benigno e Ismael. Úrsula estaba inconsciente aun, aunque fuera de peligro de muerte, sin embargo, su cuerpo estaba muy maltratado, la muchacha tenía hematomas por todas partes, sobre todo en la espalda y en los brazos, en estos últimos, eran marcas claras de haber sido agarrada con brutalidad y por alguien con mucha fuerza física, “He visto esto muchas veces antes y siempre es lo mismo…” “¿A qué se refiere, doctor?” preguntó el cura, con la voz ronca y tendido en su cama, “Usted lo sabe Padre: hombres que se desquitan a golpes con sus mujeres por culpa del alcohol o por puro gusto. Padres que educan a sus hijos de manera brutal y violenta, gente que abusa de los más débiles sólo porque tienen el poder de hacerlo…” Ismael se acercó al doctor con una expresión sumamente grave en su rostro, pero no amenazante, “Yo sé exactamente de lo que está hablando, doctor. Mi padre, era un hombre amable y tranquilo, pero sólo cuando estaba sobrio, cuando bebía se convertía en un hombre humillador y violento que golpeó muchas veces a mi madre, y a mí, cuando traté de defenderla. Era un hombre bruto sin respeto por nada ni por nadie. Muchas veces tuve que huir con mis hermanos porque quería quemarlos, quemar toda la casa, acabar con todo de una vez. Pero al otro día, lloraba como un niño de arrepentimiento, prometiendo esto y aquello, aferrado a las faldas de mi madre, sin recordar nada de lo que había hecho y lo que había dicho… Pero yo sí lo recordaba y lo recuerdo todavía. Si piensa que yo he maltratado a mis hijos alguna vez, está muy equivocado, doctor” El doctor Cifuentes se restregó el bigote y con la misma mano, le dio una palmada de empatía en el hombro a Ismael, “No Ismael, créame que no quise insinuar eso, yo únicamente digo lo que es evidente. Su hija fue agredida de manera brutal, y hay que encontrar al responsable para evitar que esto continúe” Entonces Ismael le dio una mirada de preocupación al cura y este la redirigió de vuelta al médico, quien comprendió de inmediato que había algo que no sabía. En ese momento volvieron a golpear su puerta.


“Doctor Cifuentes, ¿verdad? Tengo entendido que el padre Benigno está aquí. Sé que estas no son horas para hacer visitas, pero me urge hablar con él. Es sobre mi hermana, Elena Ballesteros.”

León Faras.

domingo, 28 de mayo de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VII.

El viaje de regreso fue eterno, para Rupano era imposible apurar el coche sin sacudir a sus pasajeros con los interminables baches del camino. El doctor Cifuentes presionaba la herida del padre Benigno con un nuevo manojo de vendas que a su vez se empapaba de sangre rápidamente, mientras el cura se veía débil y algo desorientado, en buena parte por la pérdida de sangre, pero más que todo por la perturbadora experiencia, solo él sabía lo que había experimentado al momento de enfrentarse a Úrsula y su bebé y eso había sido algo más que sólo dolor físico. Había sentido una mano invisible que le rasgaba la herida, pero también una sensación de profunda indefensión, como si por un momento hubiera quedado completamente a merced de algo malvado que lo desprecia, había sentido miedo, un miedo ya olvidado hace años, pero tan intenso que ni siquiera pensó en recurrir a su fe, un miedo que lo arrancó de su posición y lo alejó repentinamente de la cercanía que creía tener con Dios, pero por sobre todo había sentido la presencia de algo o de alguien más, que no podía identificar ni describir, pero que se había interpuesto entre él y Úrsula con una autoridad aplastante.

Una vez en la casa del doctor, recostaron al sacerdote en la camilla, Abel se fue en busca de ropa limpia para el cura mientras el médico cortaba las vendas con una tijera. Al lavar la zona, la herida apareció abierta y levemente desgarrada en sus extremos, había crecido por lo menos medio centímetro desde la última vez, que había sido ese mismo día, lo cual no tenía ninguna lógica. Ahora debería coserla, algo que no hubiese sido necesario si el padre hubiese guardado en un principio el debido reposo, pero esa ya era agua pasada. Por su parte, Guillermina ya se había enterado del alboroto en la iglesia, producto de la herida del cura, y se había dedicado toda la mañana a esclarecer lo sucedido y de paso, tratar de ignorantes y supersticiosas a todas sus respetables amigas que aseguraban que el padrecito, era un hombre santo que había recibido los estigmas de Cristo en plena ceremonia eclesiástica, y a preparar su largo discurso sobre las innumerables advertencias que ella le hizo al sacerdote al respecto, las muchas veces que le insistió que reposara y que no anduviera por ahí haciendo misas ni cosas por el estilo y sobre su ciega obstinación por no tomar en cuenta todos sus consejos que no son más que por su propio bien, discurso que le soltó completo y a modo de ensayo, al pobre de Abel Rupano que llegó allí para pedirle la ropa limpia que necesitaba el sacerdote y de paso contarle las nuevas de que la herida del cura, nuevamente le había sangrado y que por segunda vez en un mismo día, el doctor lo estaba atendiendo en su casa. La mujer, por supuesto, no le permitió irse solo y partió tras él.

Sin estar completamente convencida, y más que nada llevada por el inextinguible entusiasmo de Clarita, Elena siguió a la niña hacia la casa de Tata y su mujer, Lina, una pareja de ancianos que parecían disfrutar mucho de la compañía de Clarita y de Gracia, su hermana imaginaria. En un principio, Elena estaba renuente, porque pensaba que irían a un pueblo donde habría gente que al verla se preguntaría quién era y qué hacía por allí o porque imaginaba que la visita de una extraña no sería bien recibida por los abuelos, sin embargo, sus inquietudes se fueron disipando por el camino, pues este no solo se mostraba cada vez más solitario y tranquilo, sino que también de una belleza natural digna de contemplar. El sendero bordeaba lomas suaves y ovaladas cubiertas de hierbas y salpicadas de finas flores silvestres, por las que se podía rodar sin interrupciones desde arriba hasta abajo, los árboles se veían orgullosos y robustos, algunos imponentes, como señores gobernantes de aquellas tierras. Los manchones de rocas por aquí y por allá, formaban fantásticas esculturas, lo mismo que las nubes, que en ese momento aparecían pintadas tras los cerros como por un talentoso acuarelista. Los poblados y la gente, se veían lejanos y ajenos, como un simple detalle parte del paisaje, sin protagonismo alguno, lo que era tranquilizador para Elena.

El inocuo olor del estiércol de cabras y conejos se paseaba con la brisa sin ofender a nadie, sino más bien estableciendo territorialidad, al fondo apareció una casa aislada que parecía achatada por su propio peso, rodeada de una cerca de madera tosca pero amable y escoltada por tres árboles gigantes. Un respetable número de cabras estaban repartidas por los alrededores, vigiladas por un par de perros cabreros que fueron los primeros en avisar que alguien se acercaba y salir a reconocer quiénes. Uno de ellos era viejo, serio, de poca paciencia; tenía un mostacho largo y duro y cejas pobladas, se llamaba Bruno. Su compañero era joven e irritante, parecía que estarse quieto le provocaba una terrible comezón; era de patas más cortas, orejas puntiagudas y ojos despiertos, su nombre era Satanás. El primero mantuvo la distancia, con una parada erguida y una expresión grave, pero el segundo inmediatamente armó una fiesta junto con Nube, como si hubiesen pasado años sin verse, desentendiéndose del resto del mundo para solo perseguirse, mordisquearse las patas y luego volver a perseguirse. Tata estaba allí, sonreía con su sonrisa de cartón, mientras atizaba un fuego con el que estaba haciendo hervir una olla grande y tiznada con agua. Le había dicho a la niña que le tendría agua caliente y así lo había hecho. Lina estaba sentada en la entrada de la casa, junto a la ventana, con la cara casi empotrada en un trozo de tela que luego alejaba para tirar de una aguja. El interior daba la sensación de que se venía encima, al ser más bajo de lo que se esperaba, aunque estaba sostenido por gruesas vigas milenarias, cuadradas a golpes de hacha. El contraste dentro era muy marcado, la luz entraba con fuerza y encajonada por las ventanas, dejando los rincones a oscuras. Era un sitio acogedor, con pocos muebles de madera sin rastros de pintura, pero con manteles bordados por todas partes. La vieja dejó su trabajo a un lado y se puso de pie, hace tiempo que había perdido buena parte de su vista, pero adivinaba sin problemas quien llegaba, caminó balanceándose de un lado a otro para abrazar a Clarita con el afecto natural de las abuelas y luego a Elena, quien, a pesar de que no sabía bien cómo explicar su presencia ahí, fue recibida por la vieja como un familiar que hace años no ve, “No te aflijas niña, que para un viejo, las visitas son igual que para los niños, las travesuras… ¿Cuándo un niño le va a decir que no a una buena travesura?” Aun era un misterio para Elena el asunto del agua caliente, pero no era nada difícil de entender. Cuándo los viejos conocieron a Clarita, ella se negaba tajantemente a bañarse, pero con el tiempo se enteraron de que lo que realmente la niña odiaba era el agua fría, fuera invierno o verano, la niña no quería saber nada con sumergirse en agua fría, aquello le provocaba un rechazo insoportable. Los abuelos nunca le preguntaron el porqué, tal vez era más sencillo de suponer que de averiguar, en vez de eso, le mostraron a la niña que dentro de un pequeño cuarto de madera negra de humedad, tenían una cuba cortada a la mitad que podían llenar de agua caliente para ella cuando quisiera. La primera vez, Clarita estuvo más de dos horas metida en su tina. Ese era el primer baño de agua caliente de su vida. Elena estaba mucho más acostumbrada, pero ya había pasado un buen tiempo desde la última vez, los baños en el convento habían sido muy diferentes, por lo que no rechazó la invitación de Clarita de meterse al agua juntas. Lina les dejó una barra de jabón hecho con grasa de cabra, aceite de oliva y romero y se fue a registrar sus muebles, segura de que tenía algo limpio para que se vistieran luego, mientras Tata se retiró a continuar su faena atrasada con los quesos que producía. Era extraño como de una forma repentina pero al mismo tiempo natural, las dos muchachas formaban un vínculo fraternal irreprimible tras acciones tan poderosas como comer juntas, dormir juntas y ahora bañarse juntas también, Gracia lo expresó muy bien: “…Las familias, no siempre nacen en un mismo sitio…”

Lucila ya había logrado quitar las manchas de sangre de su piso y se sentaba a la mesa con un té con limón junto a su marido, que calentaba un vaso de vino en la mano, pensativo y preocupado. Ninguno de los dos entendía qué había sucedido, ambos sabían de la herida que había sufrido el cura, Guillermina ya había informado a Ismael con todos los detalles de los que ella disponía, pero todo lo que acababa de suceder era como si hubiesen acuchillado de nuevo al padre Benigno delante de sus narices. No sabían qué pensar ni a quién culpar. Ismael en ese momento se pasó la mano por la frente y se miró con asombro los dedos empapados, a su mujer también se le formaban gotas de sudor rápidamente, estaba haciendo un calor repentino en una casa que por lo general era bastante fresca. Mucho calor. Lucila se puso de pie alarmada para abrir la ventana más próxima, estaban dentro de un horno que se calentaba cada vez más rápido, como si el sol les estuviera cayendo encima, o tal vez las puertas del infierno se estuvieran abriendo bajo sus pies. Revisaron la casa, la mujer por fuera, el hombre por dentro, ambos jadeaban, el oxígeno estaba siendo devorado, en ese momento Ismael vio el humo que salía por debajo de la puerta desde la habitación de Úrsula, era un humo negro que se atascaba en la garganta y apuñalaba los ojos. El hombre cogió la perilla de la puerta pero la soltó de inmediato con un insulto, le había quemado la mano, Lucila no tardó en llegar, entre los dos comenzaron a golpear la puerta con desesperación, a gritar a su hija y a intentar girar la manilla con la ayuda de un trapo. El calor es sofocante y el aire irrespirable. Ismael golpea brutalmente la puerta con su hombro y todo el peso de su enorme masa corporal para abrirla, una vez y luego otra, pero un golpe más violento aun le responde desde dentro, luego se oyen todos los muebles de la habitación de Úrsula caer lanzados al piso al mismo tiempo y después el silencio más desconcertante.


El humo se disipa, la temperatura se normaliza, Ismael trata de abrir la puerta con cierto recelo, pero solo entonces se da cuenta de que ha sido reventada hacia afuera. Luego de varios empellones logra pasarla hacia adentro, pero un bulto tirado en el suelo le impide abrirla, ese bulto es Úrsula. Cuando su hijo llega, no entiende nada, sus padres están agotados y sudados y su hermana tirada en el suelo de la sala, desmayada. El muchacho estaba a pocos metros, pero ni él ni nadie vio humo ni llamas, nadie vio fuego ni quedaron rastros de incendio alguno en ninguna parte, solo los muebles esparramados en el piso del dormitorio de Úrsula con las patas extrañamente quebradas, la puerta del cuarto inutilizada por los golpes y ni rastros del bebé.


León Faras.