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martes, 6 de abril de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

Epílogo.

 

“Te lo juro, esa mula del demonio me llevó justo hasta donde estaba la furgoneta, como si el maldito bicho ese, lo hubiese sabido desde siempre…” Era la primera hora de la mañana y Vicente narraba a Diego Perdiguero, todas las aventuras por las que habían pasado desde que supieron que se había convertido en una atracción del circo, este, bañado, afeitado y desayunado con comida para gente normal, viajaba a su lado tratando de procesar toda esa información, mientras que en el asiento de adelante, Gloria escuchaba maravillada la historia y se preguntaba si sería cierto que aquel hombre comía ratas vivas como caramelos y ahora no recordaba nada de eso. Al llegar a la ciudad, el ambiente estaba enrarecido, aunque ellos no lo notaron en un primer momento, había sucedido una lamentable desgracia que había conmocionado a todo el mundo durante la noche: el hombre aquel, que se había retratado en el taller de los Corona, con su hijo de pocos meses y su escopeta, y quien tenía un campito en las afueras, había matado a su joven esposa de un tiro en la espalda por accidente, mientras limpiaba su preciada arma sobre la mesa de la cocina, aquel hombre, destrozado por la tragedia, pensó de inmediato en quitarse la vida, auto imponiéndose inflexiblemente la ley del talión, pero se detuvo al pensar en su hijo, su primogénito y sabiendo que la culpa no le permitiría criarlo ni tampoco deseaba permitírselo él mismo, lo cogió, lo subió a su caballo y se lo llevó durante la madrugada para dejárselo al cuidado del único hombre que desde el primer día, cuando llegó solo con su esposa a esas tierras, se había ganado toda su confianza y amistad, más que el mismísimo cura de la iglesia incluso. Hugo Hidalgo, quien dormía en un cuarto sobre el taller de fotografía, se estaba preparando un café, cuando, antes incluso de que despuntara el alba, comenzaron a golpearle la puerta con urgencia, cuando logró llegar, se encontró con algo que jamás olvidaría, su amigo Rufino Sierra estaba allí con un aspecto de muerto viviente, hediondo a alcohol, cubierto de sangre hasta el mostacho y con el envoltorio del bebé también manchado, como si lo hubiese revolcado sobre algún animal muerto. Rufino casi que se lo tiró encima, sin siquiera un biberón de leche para alimentarlo “Amigo Hugo, cuídeme al crío porque yo no puedo…” Hugo se quedó ahí, con un hijo de otro en los brazos y todas las preguntas del mundo en la boca, porque Rufino Sierra tenía algo muy importante que hacer y azotó su caballo tan pronto como se deshizo del niño, luego se enteraría el viejo durante la mañana que aquello tan urgente que tenía que hacer, era reunirse con su mujer en el más allá ya que él también se puso un tiro en la base de la mandíbula aquella misma mañana, y dejó junto al cuerpo de su mujer, una nota que decía escrita con pésima caligrafía: “Fue un accidente, lo juro.” Así fue como Gloria obtuvo a su hijo, tan pronto e inesperado como se lo había predicho Blanca Salomé, la adivina del circo.

 

Para nadie fue extraño en el circo que los trabajadores se evaporaran sin hacer ruido y sin que apenas alguien lo notara, fieles a su naturaleza espectral. Román había despertado, aunque aún estaba débil, mientras que su hija se recuperaba mucho más rápido que él. Los habitantes del circo, con Beatriz y los mellizos Monje a la cabeza, decidieron repartirse el dinero acumulado en partes iguales para todos, de esa manera tendrían algo para empezar de nuevo su vida en otra parte. En una carreta alquilada tenían dos cadáveres cubiertos con una manta, uno era el de Cornelio Morris, el otro era el de Mustafá, el cual nunca había sido un muñeco de verdad. Cuando reveló su verdadera forma, Eugenio Monje confesó a todos, incluida Eloísa, que hace muchos años, tantos como los que tenía la misma muchacha, en un amanecer que hicieron durar una semana con su magia, él y su hermano habían descubierto el pozo por órdenes de Cornelio, y habían recuperado el cuerpo de Hilario Cruces para luego volver a aterrar el agujero. Ellos, como cuales soldados bien entrenados, jamás hacían demasiadas preguntas, solo obedecían. El cuerpo de Hilario siempre estuvo allí y ni siquiera Román lo sabía. En un acto de compasión, Sofía se quitó del cuello la pequeña cruz de madera que le había regalado el Escultor en aquel pueblucho que moría de hambre a pesar de criar montones de cerdos, y la puso sobre el pecho de Cornelio, fue muy extraño, porque al poco rato, esta comenzó a arder sin apenas encender llamas, hasta atravesar la manta que cubría el cadáver y seguir bajando, la muchacha no supo qué hacer, pero en ese momento una atractiva voz masculina le habló por la espalda, “No te preocupes, solo durará un rato…” Sofía, y los que estaban con ella, Beatriz incluida, miraron al hombre sin entender del todo de dónde diablos había salido, aquel era un tipo joven, elegante y con un curioso aspecto que recordaba a Jesucristo, se presentó como David Franco, antiguo socio de Cornelio y que venía a buscar algo que le pertenecía. El dinero ya estaba repartido y no se lo darían a un hombre que no conocían de nada, pero David, con una sonrisa encantadora, les dijo que el dinero a él no le interesaba, pero que no se molestaran, porque él sabía perfectamente lo que venía a buscar y donde encontrarlo, mientras tanto, la cruz seguía chirriando sobre el pecho de Cornelio como si le estuviese friendo la carne. Se dirigió campante hasta la oficina de Cornelio Morris y salió de ella con la caja del Curandero al hombro, el cual, probablemente, había hecho su última curación luego de la muerte de Cornelio Morris, pero nadie se oponía a que se lo llevara si eso quería. Lo otro que podía vérsele metido dentro del pantalón y bajo la chaqueta, era el hermoso revólver Colt45. David Franco se fue caminando con naturalidad con la caja sobre el hombro, como si viviera a la vuelta de la esquina, solo le faltaba silbar una tonadita. En ese momento, cuando el hombre parecido a Jesús se había alejado lo suficiente, la cruz de madera dejó de arder, pero ya estaba a medio camino incrustada en el esternón.

 

Con uno de los camiones, se quedaron los hermanos Monje, en el otro viajaba Sofía junto a su madre, Lidia, quien conservaba unas curiosas y pálidas líneas en el cuello, como marcas de su pasado como sirena y al lado de esta, Horacio. También viajaban con ellos en la parte de atrás, Ángel Pardo y Sara Sin apellido, aunque pronto se convertiría en Sara Pardo. Cogieron todo lo que les servía y el resto lo dejaron. Román y Eloísa usarían la carreta, su viaje era más corto y llevarían los cuerpos con ellos. Desde su camión, Lidia llamó a su hermana para animarla a subirse, a que viajara con ellos, incluso se apretujó contra Horacio para hacerle un espacio dentro de la cabina, pero Beatriz se negó con una sonrisa amable, y les dijo que pensaba quedarse en Sosiego, y con su parte del dinero dedicarse a la pastelería, algo que siempre se le había dado bien. El hecho fue que, cuando los camiones se marcharon, el enano le pidió con humildad a Beatriz que condujera la carreta, ya que él estaba demasiado débil todavía y Eloísa no tenía nada de experiencia, además así podría estar presente en el entierro de Cornelio, tampoco era pedir demasiado, ya que Valle Verde estaba prácticamente al lado de Sosiego. Eloísa la animó con una sonrisa y un pícaro movimiento de cejas y la mujer aceptó. Cuando llegaron, se podía ver que la hacienda Ibáñez de Valle Verde era enorme, con muchas casitas desperdigadas, establos, cercos de madera y una casona preciosa y muy bien cuidada en primer plano. Sin embargo, dos hombres, uno maduro y el otro más joven custodiaban la entrada y les impedían el paso a cualquiera que quisiera pasar, el más viejo reconoció a la muchacha apenas verla, “Tú eres la nieta de Hilario, ¿verdad? Me da gusto ver que estás bien…” La chica preguntó qué ocurría y el viejo respondió de inmediato, “Una peste, niña, la gente comenzó a caer como envenenados, escupiendo sus propias entrañas y ahogándose con ellas… nunca había visto nada igual” Luego de un rato, para que las mujeres digirieran sus palabras, añadió, “…no quedó ni un solo Ibáñez en pie” “Todavía queda uno, Remigio” se escuchó la voz desde la parte trasera de la carreta, ambos, el viejo y el joven echaron un vistazo, “¡Oye, ese es el enano del circo!” Exclamó el muchacho con una sonrisa de lo más tonta, Román, sentado dignamente junto a los dos cadáveres que llevaba, lo miró sin dirigirse a él, “Este debe ser tu hijo Raimundo, ¿no? La última vez que lo vi, no hacía más que perseguir gallinas con una varilla para pincharles el culo” Remigio, quien no había visitado el circo, miró al enano con un esfuerzo tal, como si se encontrara sumamente lejos, “¿Román? No puede ser. Nadie volvió a saber nada de ti durante todos estos años, hasta pensamos que tu hermano…” No se atrevió a terminar, el enano se lo pidió, y el viejo finalmente lo hizo, “Bueno, que se había deshecho de ti, como lo hizo con el viejo Hilario…” Y se quedó mirando a Eloísa, como si sintiera remilgos de culpa, pues él mismo se había visto obligado a tirar paladas de tierra sobre un hombre que aún respiraba y aquello le pesaba con un sabor amargo, “No, no lo hizo…” respondió el enano con gravedad, y luego añadió, “Sabes que tengo derecho sobre estas tierras, ¿verdad?” “Por supuesto…” Respondió Remigio con seriedad absoluta, y agregó, “Tú, tu hija y tu esposa son los nuevos dueños de la hacienda Ibáñez” El enano ni se inmutó, pero Beatriz se vio obligada a echarle un vistazo de sorpresa, a lo menos, por tal comentario, porque la acababan de tomar por la mujer de Román. No dijo nada, solo se limitó a soportar dignamente las risitas de Eloísa. Se lo reprocharía luego, cuando la carreta ya atravesaba el camino principal de la hacienda, el enano solo se encogió de hombros, “Digas lo que digas, la gente siempre sacará sus propias conclusiones” Por su parte, Eloísa, ya pensaba en la carta que le escribiría a Orlando Urrutia para contarle lo que había ocurrido y dónde podía encontrarla. Más atrás, en la entrada de la hacienda, el joven Raimundo le comentaba a su padre, “¿No le parece mucha coincidencia que justo cuando todos los Ibáñez están muertos de golpe, su hijo, desaparecido hace un rimero de años, regresa para quedarse con todo?” El viejo lo miró severo, pero lentamente comenzó a asentir, “Sí, pero entre este y el otro, prefiero a este…”

 

Aquello era lo que Román había deseado, sin embargo, cuando vio los catorce cajones alineados uno junto al otro, que pertenecían a su familia, algunos de ellos muy pequeños; cuando tuvo que ver los inocentes rostros desencajados de miedo y dolor de sus hermanas y sobrinos, congelados en una muerte espantosa, como también el de su anciana madre, no pudo menos que romper en un llanto violento y derrumbarse hasta tocar con la frente el suelo y mojar este con sus lágrimas y babas, sintiendo a Cornelio Morris decirle, desde donde fuera que estuviera, que aquello era justo lo que se merecía.

 

FIN.

 

León Faras.

 

Este texto es un borrador sujeto a cambios y correcciones.

viernes, 2 de abril de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXXIV.

 

Beatriz lloraba en silencio sentada en el escritorio de Cornelio Morris, lloraba porque ahora que Cornelio estaba destruido se daba cuenta de que nunca había dejado de amarlo y de todo lo que había hecho y perdido por ese amor. Lloraba porque había amado toda su vida al hombre que asesinó a su hijo y encerró a su hermana en una prisión permanente y no había valido para nada que valiese la pena, “No hubiese valido para nada…” Dijo Cornelio de repente con un hilo de voz cansado, la mujer lo miró espantada, como si le hubiese leído los pensamientos, Cornelio giró un poco la cara para agregar, “…el Curandero, nada podía hacer por mí…” Luego de volver la vista al frente otra vez, añadió algo más, “…pensé que llorabas por eso” Pasaron varios segundos y más de algún amago por parte de la mujer de querer decir algo, pero justo cuando por fin se decidía a hacerlo, Cornelio se le adelanto, “Mi abuelo, murió a los ciento veintiún años y murió porque la viga de una carreta le cayó encima de la cabeza y le rompió el cuello, porque los años no se le veían por ninguna parte…” Hizo una pausa, que Beatriz no podía interpretar porque no sabía si ya había terminado aquella historia sobre su abuelo que no venía a cuento para nada, o aún le quedaba más. La mujer probó hacer un amague de querer hablar algo y funcionó. Cornelio continuó, “En mi familia, siempre hemos sido más lentos para envejecer, mi padre decía que era un don, como un regalo de Dios o algo así. Tenía ciento diecisiete años él cuando yo dejé mi pueblo, edad que no demostraba, y era guarda de un piojento cementerio en un pueblo miserable…” Cornelio sonrió con malicia y un poco de esfuerzo mirando la imagen de su padre proyectada en su mente, “…En eso se gastaba el “regalo de Dios”, en arrancarle la maleza seca a tumbas que ni el nombre les quedaba, y mi tío Cipriano, tres años menor, no era mejor, él no hizo en su vida nada más que reparar carretas y herrar caballos, como mi abuelo… y vino…” Cornelio pareció reflexionar sobre esto último, luego asintió convencido, “Sí, hacía un buen vino mi tío, pero era más lo que se bebía él, que lo que vendía…” Beatriz hace rato ya no lloraba, la verdad, ya no sabía bien qué hacer en ese momento, solo guardó silencio y esperó. Cornelio no tardó en continuar, “¡Quién, carajo, quiere vivir tanto para nada!” Dijo, como queriendo reprender a alguien invisible frente a él, negó con resignación y volteó la cara hacia la mujer “¿Quieres darme un trago?” Le suplicó a Beatriz, la mujer dudó, en su estado podía hasta matarlo un vaso de coñac, pero negárselo era una crueldad, así que le llenó el vaso hasta la mitad y se lo alcanzó. Al menos Cornelio podía llevárselo a la boca y beberlo por sí solo, “Quiero que hagas una última cosa por mí…” dijo luego de tragar una buena dosis de licor, la mujer lo miró con las cejas arqueadas, aquello de “última cosa” le sonaba preocupante. Cornelio continuó sin esperar una respuesta verbal, “…Quiero que me alcances el arma, y salgas de aquí” La mujer le miraba como si no hubiese comprendido bien, luego, y por instinto, comenzó a negar con la cabeza, Cornelio la miró a los ojos, “Mírame. No me voy a recuperar de esto, solo será peor y no quiero que me sigan arrastrando de pueblo en pueblo como un bulto que no puede ni cagar por sí solo. No lo permitiré” Hablaba con cierta dificultad, pero su mirada era poderosa como en sus mejores años. Trató de respirar hondo, “Solo hay una salida, para ti, para mí, para todos, siempre lo has sabido y mi elección no es tuya…” Beatriz no se movía, solo lo miraba, pero ya no negaba con la cabeza. Parecía muy confundida. Cornelio continuó, “Yo no sé si exista el cielo o el infierno, pero francamente no me importa, porque creer en esas tonterías es renunciar a tu vida y solo cuando renuncias a vivir, comienzas a tener miedo a morir. Pierdes el tiempo, porque haya lo que haya del otro lado, lo único que no hay es memoria… recuerda eso” Sonrió con amargura, hizo una pausa de otro trago de coñac y luego agregó con sequedad, “Solo dame la maldita arma…” Beatriz se puso de pie, pero inmediatamente se dirigió a la salida, “¡Beatriz!” Su voz sonó lo suficientemente poderosa como para detenerla antes de salir.

 

Cuando Beatriz salió y cerró la puerta de la oficina de Cornelio Morris tras ella, todos los habitantes del circo, a excepción de Román y Eloísa, estaban reunidos fuera, aguardando a ver qué sucedía. Algunos curiosos también permanecían por allí, amontonados en pequeños grupos que aún cuchicheaban y observaban sin nada mejor que hacer con sus vidas en ese momento. Los que sí estaban esperando a averiguar algo eran los hermanos Corona, que luego de ver lo que le había ocurrido a Eloísa y entender que algo malo estaba sucediendo con Cornelio Morris, porque este no se había dejado ver en todo el día, se daban cuenta de que aquel no era un día normal en el circo. Beatriz caminaba acongojada, restregándose los brazos con las manos como si sintiera frío, Sara, sujeta a las faldas del saco de Pardo, la miraba expectante, “¿Y cómo está?” Preguntó Sofía adelantándose a todos, “¿Se recuperará?” Agregó Eugenio, como si aquella fuese una doctora que acaba de visitar a su paciente. Beatriz solo miraba el piso, evadiendo la mirada de los demás “Él… él…” Sara hundió el rostro en el vientre de Pardo y comenzó a sollozar sin razón alguna, Beatriz continuaba intentando decir algo, “Él… lo que él quiere…” Beatriz generó tal grado de expectación, y todos estaban tan concentrados en sus palabras liberadas con un cuentagotas, que la detonación los hizo encogerse de hombros y cerrar los ojos a todos, y Sara ahora sí, reventó en llanto sin aprensiones. No había duda, el disparo era de la poderosa Colt45 y había sonado dentro de la oficina de Cornelio Morris, y hasta donde se podía deducir, él estaba allí solo, sin embargo no sería necesario corroborarlo, puesto que Sofía, admirada, tocó la piel blanca y ligeramente velluda del brazo de Von Hagen, quien además de su poblada barba color cobre añejo, era perfectamente normal. Sara había alcanzado el hombro de Ángel Pardo cuando se despegó de él, y no era que había crecido, como le dio la impresión en un primer momento, sino que él había recuperado su estatura normal, la misma que cuando llegó al circo, que por cierto, era bastante similar a la de ella. Beatriz había envejecido de golpe un poco, y los mellizos Monje había perdido para siempre su magia. En ese momento alguien gritó, y hasta los hermanos Corona, junto a Gloria, pudieron ver absolutamente estupefactos, como el estanque de agua de Lidia había desaparecido con agua y todo y la mujer permanecía encerrada en un precario gallinero, el cual ya habían visto antes en la fotografía, del que gritaba como no lo había hecho en años, llamando a su hija. No tardó en ser liberada, cubrirse con el saco de Pardo y abrazar a Sofía y Horacio, pero se separó de ellos en cuanto vio a su hermana Beatriz. Esta no se lo esperaba, pero Lidia no hizo más que correr hacia ella y colgarse de su cuello en un abrazo largo y de profundo cariño, “Gracias por cuidar de mi hija todos estos años” Le dijo. Vicente Corona se acercó en ese momento para recordarles que se estaban olvidando de alguien, y hizo un diminuto gesto con el dedo para señalarlo: el hombre de las cuevas de Pravia ya no era más tal cosa, sino que solo un Diego Perdiguero desorientado y confundido que no entendía donde estaba ni cuánto tiempo había pasado, porque no recordaba nada desde el día en que llegó al circo y despertó en un sitio oscuro. Cuando salió de su encierro, caminaba con dificultad, debido al entumecimiento por el tiempo pasado dentro de esa estrecha jaula, también la vista le molestaba, aunque solo tardaría unos minutos en acostumbrarse a la pobre luz del atardecer, pero eso no era todo, porque en ese momento su estómago comenzó a hacer contracciones muy fuertes, junto con el diafragma y los músculos del esófago hasta expulsar hacia afuera una egagrópila que Perdiguero miró con todo el asco y la sorpresa del mundo, “Pero qué mierda…” Gloria se quedó perpleja, Damián puso cara de lástima y Vicente fue el único que sonrió mientras se quitaba la chaqueta y se la ponía sobre los hombros de Perdiguero, “Tranquilo amigo, ya te contaremos todo lo que ha pasado…”


León Faras.

sábado, 27 de marzo de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXXIII.

 

Fue un grito terrible, que se oyó en todo el circo donde la mayoría del público aún permanecía, sin embargo, no fue un grito cualquiera, aquel había sido un grito de dolor y había sido demasiado fuerte. El enano se volteó hacia la oficina de Cornelio y se dio cuenta de que no solo él había pensado que el grito venía de ahí, porque Beatriz, Eusebio y Sofía corrían hacia allí también. Cornelio Morris estaba tirado en el suelo como un estropajo, con el rostro sudado, las venas hinchadas y los ojos de muerto, aunque pudieron comprobar que aún respiraba. Su aspecto era deplorable, como si hubiese sido arrollado por un tren y hubiese sobrevivido de milagro. Entre los tres lo recostaron en el sofá, donde comenzó a respirar mejor, sus ojos volvieron a la vida y lo primero que pidió fue un trago de agua, en ese momento llegaba Román hasta la oficina para ver qué diablos sucedía, se asustó de ver a Cornelio realmente acabado, que apenas si podía sostener un vaso con agua del que sorbía estirando la trompa como un anciano, “¡Qué diablos pasó?” Y eso era lo que todos se preguntaban. Cornelio respiró hondo con dificultad y una mueca de dolor, como si algo dentro se hubiese rasgado en el proceso, “Ya está, enano…” dijo, frágil como una hoja en otoño, Román no comprendió a qué se refería y por qué se lo decía a él. Lentamente el resto de los habitantes del circo se habían acercado, y muchos de los espectadores todavía miraban desde lejos. Cornelio tragó saliva con un mohín como si fuese un líquido ardiente y se esforzó por hablar, “Tu familia… agoniza…” El enano miraba como un idiota, sin poder hilar un pensamiento coherente en su mente, incapaz de adivinar en ese momento cuánto eran dos más dos, sin embargo, los demás no estaban mejor, sin comprender qué había pasado y por qué. Cornelio acopió fuerza y voluntad para decir lo que tenía que decir, “Que no se diga que Cornelio Morris, no cumple con lo que promete…” Entonces Román comprendió. Su familia, él le había pedido a Cornelio que acabara con su familia, y al parecer lo había hecho, aun a costa de su propia salud, algo que no se esperaba para nada, pero en medio de su incredulidad surgió el temor, el inexplicable temor a conseguir aquello que deseas. Entonces supo por qué sentía ese miedo, en ese momento, Eloísa se doblaba a la mitad al tiempo que vomitaba sangre, sus piernas perdían fuerza, sus ojos se abrían desmesuradamente de miedo y caía al suelo respirando como si sus pulmones lentamente se anegaran con sus propios fluidos. Ella era su hija, era su familia también. Von Hagen la auxiliaba, mientras el enano corría hacia ella implorándole al cielo que no, que ella no, pero la niña estaba aterrada, como solo puede aterrorizar la muerte inesperada y prematura, luchando por respirar y vomitando más sangre, cada vez más densa y oscura. Sofía llamaba a gritos a un médico, pero los visitantes que aún quedaban, retrocedían temerosos de que aquello fuese una enfermedad contagiosa y desencadenara una peste en el pueblo, entonces Román, con lágrimas en los ojos, desesperado como el padre que nunca había podido ser, cogió fuerte a Horacio por el brazo y le imploró, casi como una orden “…trae al Curandero” Von Hagen no lo dudó, mientras Pardo y Sara ayudaban a trasladar a la muchacha a su tienda, corrió hasta la oficina de su jefe, sin embargo, Beatriz se interpuso en la puerta, porque el Curandero era quizá la única salvación para Cornelio ahora, y ella estaba dispuesta a darle su sangre, aunque fuese solo con una vana esperanza de recuperar a un hombre que hace mucho tiempo había perdido, Horacio Von Hagen apretó el puño y los dientes y le ordenó a la mujer que se moviera, pero como esta se mantuvo firme, soltó un grito absolutamente simiesco, como el que siempre solía hacer encerrado en la jaula, y golpeó la pared con su puño con tal potencia, que abolló la lata al instante y remeció un poco el precario edificio de Cornelio, en una reacción absolutamente inesperada, que hizo retroceder a Beatriz y dar un respingo de sorpresa a Sofía, que en ese momento pensaba intervenir, el hombre mono entró decidido y con el rostro airado, pero mirando de soslayo a Cornelio, aún temiendo su autoridad como un animal domesticado, pero Cornelio Morris no hizo nada, solo le sostuvo la mirada en silencio, sin embargo, Beatriz no se dejaba intimidar fácilmente y cogió el arma de Cornelio, el flamante Colt45 de su escritorio y frenó con él a Horacio, pero Von Hagen decidió avanzar, mientras Sofía bajaba el arma de su tía con su propia mano, inmediatamente después Horacio salía de allí con la caja del Curandero en los brazos.

 

El enano se arremangó la camisa y se rajó las venas de la muñeca sobre la caja del Curandero, con absoluta decisión y sangre fría “Yo te daré toda la sangre que quieras, ¡Tómala toda si quieres! Pero sálvala… ¡Por favor!” La sangre que caía de la herida abierta del enano parecía demasiada para su menudo tamaño y el Curandero no daba señales de despertar, mientras Eloísa se asfixiaba de a poco, ardiendo en fiebre con la mitad del cuerpo manchado con su propia sangre vomitada. Sara le ponía paños fríos sin parar sobre la frente, y Sofía le tomaba la mano y le pedía que no se fuera a ningún lado, que se quedara con ella. Von Hagen, de rodillas junto a Román, tomó la determinación de pronto de arremangarse también él la camisa, y dar de su sangre como lo había hecho antes, o Román, sencillamente no lo resistiría, pero Eusebio, de pie junto a la entrada de la tienda lo detuvo en seco con la autoridad del que sabe, “¡No! Debe ser la sangre de solo un hombre, si la mezclas con la tuya, el Curandero no despertará” Por lo que el enano debía seguir solo, y estaba más que dispuesto a drenar su cuerpo, mientras sirviera para algo. La tienda estaba cerrada y a oscuras y solo la lámpara de Sofía iluminaba el lugar. Román parecía al borde del desmayo, palideciendo y languideciendo con cada gota de sangre que su cuerpo perdía, “Vamos, maldito bicho del infierno… despierta… ¡Vamos!” Murmuraba con los dientes apretados, Horacio, que lo sujetaba, le echó un vistazo a Sara y esta a Pardo, que estaba sentado en un rincón, ya que no podía estar de pie dentro de la tienda, sin decir una palabra, los tres pensaban lo mismo: ambos morirían inevitablemente de seguir así… hasta que la cerradura por fin se movió, Sofía lo anunció emocionada y Horacio cogió al enano, que a esas alturas luchaba por mantenerse despierto, para amarrarle la muñeca con un pañuelo y parar por fin la hemorragia. Ni Sara, ni Sofía, ni Eloísa habían visto antes el cuerpo disminuido y atormentado del espantoso Curandero. Sara apretó los ojos y encogió los hombros, como si temiese que algo fuese a estallar en su cara, todo lo contrario de Eloísa, que los abría cada vez más a medida que la criatura emergía de la caja de madera y se estiraba hacia afuera, alcanzando la piel de su vientre con esas manos desproporcionadas de uñas asquerosas, que la recorrían sin apenas rozarla, hasta el momento en que se detuvieron sobre su ombligo y de él comenzó a salir un gusano extraordinariamente gordo, al punto que podía ser confundido con uno de sus intestinos agarrado de un único pelo invisible, que luchaba como un gran pez que no quiere ser pescado. Era un bicho de cuerpo trasparente y acuoso con una tripa negra en su interior, que se estiraba y se recogía a medida que el Curandero lo arrancaba del cuerpo con pericia y precisión, tirando de la piel de la muchacha, elevándola con asombrosa elasticidad, Eloísa lo miraba todo con angustia y espanto mientras era sujetada por Sara y Sofía para que no entorpeciera el impasible trabajo del Curandero, hasta que de pronto ¡Pop! El gusano fue arrancado y la chica sintió un alivio similar al de la mujer que por fin logra parir a su hijo luego de un proceso largo y complicado, mientras Román Ibáñez se rendía finalmente al sopor del desangramiento.

 

Cuando por fin Román Ibáñez despertó, luego de veinticuatro horas de sueño ininterrumpidas, lo primero que vio fue a su hija, Eloísa, repuesta al punto que ya estaba sentada en la cama y con apetito, sin embargo, había algo muy raro en ella que no acertó a adivinar de inmediato: la muchacha ya no tenía alas.


León Faras.

jueves, 25 de marzo de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXXII.

 

Condujeron durante quince horas en el vehículo de Damián Corona, mucho más rápido y confiable que la vieja furgoneta, la mayoría de esas horas durante la noche, con la intención de llegar a Valle Verde temprano por la mañana, y así lo hicieron, sin embargo, el sitio parecía estar asentado en las entrañas de una gran nube, pues la neblina era muy densa y húmeda a esa hora. Valle Verde no era un gran pueblo, era un puñadito, más o menos amplio, de casas de madera gris sin pintar, incrustadas en el suelo como si hubiesen caído de una gran altura, con tejados del mismo material y chimeneas de latón que permanentemente soltaban una pacífica columna de humo desde la primera hora de la mañana, hasta las últimas horas de la noche, sin embargo, no se llamaba Valle Verde porque sí: el sitio era una gran extensión de terreno, que parecía no tener fin gracias a la neblina, cubierto hasta los cerros de pasto, que dedicaban principalmente a la crianza de todo tipo de ganado, por otro lado, el caserío era decepcionante, habitado principalmente por cabras que no paraban de masticar en todo el día, un montón de gallinas que vagaban sin rumbo escrutando el suelo, un perro flaco demasiado cansado como para levantarse por unos desconocidos y un señor muy mayor al que oyeron gracias a que decidió esa mañana ponerse a partir leña con su hacha. Como era de esperarse, el abuelo no tenía ni la más remota idea de ningún circo en su pueblo ni en ningún otro, y nunca había oído ese nombre de Cornelio Morris, que, siendo honesto, le sonaba de lo más imbécil, sin embargo, les señaló que si bajaban por la pendiente hasta el otro lado del bosquecillo que se veía más abajo, junto al río Sosiego que corría más allá, encontrarían un pueblo propiamente dicho, al que llamaban Sosiego, como el río, tal vez allí encontrarían noticias.

 

El pueblo estaba conmocionado, la gente estaba apiñada en pequeños grupos ansiosos que cuchicheaban entre sí en las calles. Algunas muchachas corrían nerviosas a sus casas y luego volvían a salir como si hubiesen olvidado algo importante; los mayores, parecían contrariados con la situación, como si todo ese ajetreo no fuera más que una gran pérdida de tiempo, mientras los demás, principalmente los más jóvenes, lucían emocionados, como si su artista favorito estuviera a punto a llegar. Vicente bajó encantador y confiado del automóvil y se inmiscuyó con autoridad en uno de los grupos, luego regresó con una gran sonrisa ganadora: el circo de Cornelio Morris, estaba justo en aquel pueblo. Pronto la voz de un hombrecillo, que no era Cornelio Morris, comenzó a anunciar con un megáfono que el espectáculo comenzaba.

 

Casi al instante, el circo se repletó de gente, mientras el pequeño presentador, anunciaba las maravillosas y sobrenaturales capacidades de Blanca Salomé para predecir el destino de quien estuviera dispuesto a conocerlo, puesto que su precisión era legendaria, y las buenas noticias no estaban garantizadas. Ni Vicente ni Damián, quienes destacaban en la multitud por su elegancia de gánsteres, sombreros incluidos, habían oído de ella antes, y se preguntaron si no se encontrarían con más sorpresas desde la última vez, Gloria quiso de inmediato hacerle una visita a la adivina, pero la cantidad de gente agrupada allí era tan grande, que prefirió dejarlo para después, sobre todo luego de ver al descomunal hombre que organizaba las visitas a la tienda de Salomé, y hacerse una idea de lo que le faltaba por ver. El inocente espectáculo de dos ancianos iguales que aparecían y desaparecían cosas o a ellos mismos, le pareció genial y lo disfrutó como una niña aplaudiendo sin parar, aunque Damián no parecía tan impresionado. Ahora comprendía mejor, aunque no completamente, lo de la desaparición de dos camiones completos con todo lo que llevaban dentro y enfrente de sus propias narices. Román movía las gentes como si fueran ratas y él un flautista, cada vez que comenzaba a presentar una nueva atracción, “Señoras y señores, lo que verán a continuación, es el único caso auténtico y confirmado de un hombre criado por monos de Urundú, según se sabe…” El enano hizo una pausa dramática mientras unos hombres descubrían la jaula de Von Hagen, “…los más salvajes y agresivos de todo el mundo” Concluyó, y Horacio comenzó a gruñir y a golpear el piso mientras las personas retrocedían asustadas, Vicente y Damián observaban desde el fondo, cuidando de no ser reconocidos por el hombre-mono y estropearle su actuación, Gloria estaba de acuerdo con no acercarse demasiado. “Entonces, ¿Aquel señor pequeñito es el gran Cornelio Morris, dueño del circo?” Preguntó la mujer, que caminaba junto a su marido rumbo a la siguiente y más espectacular atracción, Damián miró a su hermano y ambos miraron en derredor, no lo habían pensado, pero en verdad no habían visto por ninguna parte a Cornelio Morris, “No lo creo…” Respondió el hombre apenas, porque se venía una de las cosas más asombrosas y fantásticas del mundo, y Vicente arrastró a la mujer para que la viera desde más cerca: Lidia, la sirena. En verdad Gloria jamás lo hubiese creído de no verlo, aquella era una sirena de verdad, algo capaz de dejar mudo a cualquiera, pero ni siquiera eso se comparaba con la presentación de Eloísa, cuando expandió sus alas y alzó el vuelo dejando a todo su público espantado, como pequeños polluelos ante la majestuosa estampa de un ave rapaz. Aquella había sido la experiencia más increíble de toda su vida, muy probablemente, contando también la vida que aún le quedaba por vivir. Cuando ya solo faltaba por ver el hombre de las cavernas que comía ratas vivas, Gloria desistió, solo imaginar esas ratas vivas le daba repelús, más aun si tenía que ver a alguien devorándolas, prefirió visitar la tienda de Blanca Salomé, a la que quería consultar a riesgo de que la respuesta no fuese la que deseaba, mientras los hermanos Corona hacían lo que estaban esperando hacer por mucho tiempo. Estaba barbudo, con el cabello largo y pringoso, flaco pero musculoso como un perro lebrero, sin un gramo de grasa en todo el cuerpo y con las pupilas enormes como inundadas de sangre oscura, pero sin lugar a ninguna duda, era él, Diego Perdiguero. Vicente miró a su hermano y entre los dos miraron el circo, no había rastros de Cornelio Morris, si iban a las autoridades, podía denunciar el secuestro de Perdiguero ahora mismo, esta vez ambos lo habían visto y ambos estaban bien seguros de lo que habían visto: ni enano, ni viejo, ni calvo, era él, encerrado en una jaula. En ese momento, Gloria regresaba junto a ellos, traía una extraña sonrisa de satisfacción que causó curiosidad en su marido, “¿Qué te dijo la adivina?” La mujer se aferraba a su brazo, “Esas cosas no se preguntan…” Respondió alegre. La pregunta de Gloria había sido sobre lo único que le interesaba en este mundo, tener un hijo y Salomé le respondió entre sorprendida y alegre, que sí, que tendría su hijo inesperadamente pronto.

 

Román comenzó a anunciar que el espectáculo había terminado, nadie lo sabía en ese momento, pero aquella había sido la última presentación del circo de rarezas de Cornelio Morris.


León Faras.

lunes, 22 de marzo de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXXI.

 

Luego de un buen baño, uno de los mejores en toda su vida, de un largo sueño en su propia cama y de rasurarse y vestirse apropiadamente, Vicente Corona visitó la tienda donde su hermano. Damián hacía el papeleo atrasado de su negocio, más allá, Hugo Hidalgo, el veterano empleado contratado por su padre, y al que muchos creían dueño de la tienda, retrataba a un pequeño de unos cuantos meses dormido en uno de los brazos de su orgulloso padre, quien posaba sentado en una silla, con una escopeta apoyada en el suelo en la otra mano, como si acabase de cazar al infante y lo exhibiera como presa y un mostacho desproporcionado para el resto de su rostro, pero que sin duda le provocaba tanto o más orgullo que su hijo o su arma. Tras el escaparate, Gloria, la dulce mujer de Damián, cogía los artículos a la venta, los desempolvaba y los volvía a poner. Vicente saludó a la mujer con un sonoro beso en la mejilla que esta aceptó sorprendida, casi asustada, inmediatamente Damián dejó lo que estaba haciendo y se abalanzó encima de su hermano para abrazarlo, “Gracias a Dios que estás bien…” le dijo con toda honestidad, “Gracias a ti por lo de la furgoneta, ¡Me salvaste la vida!” replicó su hermano, Damián agregó “Conseguiste lo que querías, supongo” Vicente negó con la cabeza sin dejar su expresión alegre, “…pero conseguí algo mejor… sé exactamente dónde estará el circo dentro de una semana: en el pueblo de Valle Verde” Damián suspiró con frustración viendo como todo comenzaba de nuevo otra vez, en cambio Gloria intervino curiosa, “¿Circo? ¿Qué circo?” Damián quiso decir algo, pero lo quiso demasiado tarde, Vicente se lanzó seductor sobre su esposa, “El Circo de Cornelio Morris, ¿no has oído hablar de él? dicen que es una absoluta maravilla, una experiencia única en la vida… sus atracciones parecen traídas de otros mundos…” esto último lo pronunció con cierto tono místico, Gloria intentó buscar algo de credibilidad en su marido, pero este solo se restregaba los ojos con cansancio, “¿Y qué atracciones son esas?” preguntó la mujer, interesada, Vicente podía ver el brillo en sus ojos, “No lo creerás, si no lo ves, pero en el circo de Cornelio Morris hay una sirena de verdad, atrapada viva dentro de una enorme cubeta de agua…” La mujer lo miró suspicaz, como si se estuviera burlando de ella, Vicente intentó sonar lo más veraz posible, “¡Es una locura, lo sé! pero ya te dije que ese circo es una experiencia irrepetible, ¿Puedes creer que en ese circo hay una chica con un par de alas pegadas a su espalda? ¡Y es capaz de volar!” Afirmó el hombre, mientras la mujer lo tomaba todo como un gran embuste, “¡Vamos, Vicente! ¿Crees que soy tan tonta? Eso no es posible…” “¡Te lo juro!” Afirmó Vicente, y agregó, “¡La naturaleza hace cosas más raras! ¡Como ese pato peludo de cuatro patas con nombre raro!” La existencia del ornitorrinco todavía era tema de debate entre las personas comunes, Vicente continuó, “¡Tienes que verlo! Hay un hombre…” y esto lo dijo mirando de soslayo a su hermano, “…que vivía en una caverna, que no sabe hablar, que no puede ver bien y que solo se alimenta de ratas vivas” Gloria puso cara de asco, mientras Vicente señalaba a su hermano, “Pregúntale a tu esposo, seguro que él ha escuchado también lo que dicen de ese circo” La mujer lo miró ansiosa, esperando su confirmación o negación definitiva, Damián no se atrevió a mentirle, “Sí, es cierto, también he escuchado algo de eso…” Admitió rendido. Entonces la mujer, ya sin dudas en su mente, estalló de entusiasmo por visitar ese circo, “¡Ay, mi amor! ¡Hace tanto tiempo que no salimos!” Damián miraba a su hermano dándole a entender que aquella había sido una jugada sucia, astuta, pero sucia. Finalmente accedió a los ruegos de su mujer admitiendo que la había dejado sola durante demasiado tiempo ya, “Está bien, iremos a ver ese espectáculo…” le dijo, y luego agregó mirando a su hermano, “Sólo a verlo…” Vicente sonrió pleno, “¡Excelente! Nos vamos pasado mañana” Damián protestó, porque se suponía que aún faltaba una semana para que el circo arribara a Valle Verde, pero su hermano no quería perder la oportunidad, “Ya sabes que esos espectáculos ambulantes, nunca manejan itinerarios exactos, además es una oportunidad única en la vida, sería triste llegar tarde”

 

Un nuevo pueblo, y el enano presentó las atracciones del circo con el entusiasmo de siempre, y el público atiborró el circo en masa como de costumbre, encantados de ver todos aquellos personajes de sus cuentos infantiles, vivos y frente a sus ojos. Mientras el público estaba totalmente embobado con la aparición de Eloísa, Román se acercó a Eusebio Monje, parado de brazos cruzados frente a la estrella, como un guardia de seguridad, aún conservaba una venda sobre la nariz que le daba la vuelta a toda la cabeza y que le daba un aspecto más bien cómico, “Oye, ¿qué diablos estamos haciendo aquí?” Preguntó el enano desde el suelo, el mellizo lo miró como a una molestia, “¿De qué hablas?” “Este sitio, ¿Por qué estamos aquí?” Replicó Román, ambiguo, y a Eusebio, que no le agradaban mucho las ambigüedades, se encogió de hombros y volvió la vista hacia el público, “Es un pueblo como cualquier otro…” dijo, sin interés. El enano aceptó la respuesta con un “Supongo que sí…” de consuelo, pero aquella noche, luego de que el circo fuese desmenuzado y empacado y vuelto a armar en el siguiente pueblo, y los primeros fuegos eran encendidos para preparar la cena, el enano comprobó que el apacible río Sosiego estaba mucho más cerca, tan cerca, que podía alcanzar sus aguas con una pedrada. El pueblo mismo se extendía a continuación del campamento, siguiendo la ribera del río y adoptando incluso el mismo nombre de este, Román lo sabía, él, su padre y su hermano habían estado allí varias veces, comercializando con sus animales o consiguiendo productos o herramientas que requerían para el campo o el hogar. Aún las tierras de su familia estaban a varios kilómetros de allí, pero se preguntó si alguno de los habitantes de Sosiego, el pueblo, le recordaría o le reconocería, habían pasado muchos años, él ya no era el mismo, pero no era fácil olvidarse de un enano, ni tampoco de un Ibáñez. Eloísa en cambio, nunca había estado antes en aquel pueblo, no le era familiar de nada y aunque tenía recuerdos de haber estado horas jugando en el río siendo una niña pequeña, bañándose o atrapando gusarapos que luego intentaba devorar por curiosidad, el trozo de río que ella recordaba seguramente ya no existía o era muy diferente y ni siquiera estaba tan segura de que tuviera algún nombre.

 

Muchos rostros pasaron por el circo aquel día, pero ninguno pareció reconocer al enano, hijo de Rómulo Ibáñez Suárez, el cual estaba muerto hace un tiempo, pero al que todo el mundo recordaba. Hizo sus presentaciones como siempre, y la gente enloqueció con lo fabuloso del espectáculo, como siempre. Algunas de esas personas le parecieron remotamente familiares, pero le fue imposible recordar siquiera uno de sus nombres. Al fin y al cabo, Eusebio tenía razón, tanto este como el anterior, eran un pueblo como cualquier otro.


León Faras.

jueves, 18 de marzo de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXX.

 

Había sido idea de Sofía prestarle su lámpara de queroseno a Eloísa para que volara con ella y así le señalara a Urrutia el punto al que debía llegar, pues dentro de todo, la muchacha estaba ilusionada con su enamorado y le alegraba verlo llegar cada mañana al campamento en su diminuto coche, pero sabían que aquello no duraría para siempre, porque ella jamás abandonaría el circo y él nunca pertenecería a este. Los días de permiso, como el dinero, inexorablemente se le terminaron a Urrutia y ya no pudo seguir corriendo tras el circo y su enamorada. Se reunieron en un rincón mientras el circo era desmantelado y empacado a sus espaldas, él le prometió que regresaría lo antes posible y que si era necesario, firmaría el contrato ese del que le habían hablado para quedarse junto a ella para siempre, ella le prometió que lo esperaría allí en el circo, y que seguiría iluminando la noche con su farol, indicándole siempre la dirección en la que debía ir y luego, cuando los camiones estaban listos para partir, se besaron por primera vez, un beso torpe e inexperto, pero que sería inolvidable para ambos, mientras todos los habitantes del circo los esperaban junto a los camiones reunidos como para una gran foto familiar. Los siguientes fueron días tristes para la muchacha, sabiendo que su enamorado se había ido y que el circo día tras día se alejaba más de él. Eloísa hacía sus presentaciones con profesionalismo en cada uno de los pueblos por los que pasaban, pero el resto del tiempo se le veía nostálgica y apagada, como una viuda demasiado joven para ser viuda.

 

“Tengo un mal presentimiento…” Murmuró Sara con amargura, aferrada al largo brazo de Ángel Pardo como una niña asustada, sentada junto a él en su litera, el gigante la miró preocupado, un mal presentimiento de Sara era algo preocupante para todos, “¿Qué ocurre…?” le preguntó, acariciándole la cabeza tiernamente con una de sus manotas, “Es que…” Y Sara lo miró hacia las alturas de sus ojos, “…no he vuelto a soñar con mi padre desde que estuvo aquí, en el circo” confesó, como quien confesa un pecado ante un severo sacerdote, Ángel Pardo, como todos en el circo, salvo por los hermanos Monje y Cornelio Morris, nada sabía del destino que había sufrido Federico Fuentes, por lo que solo podía tranquilizarla con un abrazo y su apacible voz, “Debes estar tranquila, es solo que ya dejó de buscarte…” En ese momento, en la entrada de esa misma tienda, Von Hagen adelantaba de un salto al peón que le dejaba la salida libre a su reina para detener el insensato avance que estaba llevando a cabo el caballo de Eloísa, que parecía dispuesto a acabar con todos él solo. La muchacha estaba desconcentrada y dispuesta a sacrificar a todas sus huestes con tal de volver pronto a sus melancólicos pensamientos y esa no era una forma digna de acabar con una partida de ajedrez, además, su juego era impredecible y atrevido lo que no era bueno para Horacio, quien veía cómo la partida acabaría resolviéndose por medio de una innecesaria masacre, “Estás lanzando una a una a tus piezas contra una ciudad amurallada y protegida por lanzas y flechas… así no es como te he enseñado a jugar” Dijo Von Hagen, mientras la muchacha hacía desaparecer un inocente peón con su enloquecido caballo, el cual quedaba rodeado por ambos flancos y a merced de un arfil enemigo y su reina, “Perdona, tienes razón, es que tengo la cabeza en otra parte…” se excusó la chica, “Podrás buscarlo tú misma, si eso es lo que quieres…” Sugirió Sara desde donde estaba sentada, con una dulce sonrisa en los labios, “Para cuando eso ocurra, él ya se habrá olvidado de mí…” replicó la chica, apretándose la cabeza con las yemas de los dedos y tratando inútilmente de centrarse en la partida. Cogió nuevamente su caballo enloquecido para un nuevo ataque, pero Horacio se lo quitó de las manos con una certera y mortal embestida de su arfil, y el suave argumento de su voz, “Es mi turno…” La chica suspiró, no tenía caso continuar el juego así, “Esta vez, tú ganas…” le dijo a Von Hagen, al que nunca le había ganado hasta ahora, rindiendo a su rey y poniéndose de pie con resignación, “Necesito beber algo…” Soltó como excusa antes de salir. Fuera de la tienda, sentado sobre un tronco tumbado en el suelo, con la vista pegada en el horizonte que se oscurecía cada vez más, estaba Román con media botella de aguardiente en la mano, aunque no estaba borracho. La chica caminó hacia él, “Creo que yo también necesito un trago de eso…” le dijo mientras se sentaba a su lado, el enano la miró sorprendido, pero no dijo nada, la chica tenía edad al menos para una probada. Eloísa cogió la botella con determinación, pero el líquido inmediatamente le coció la lengua, la obligó a contraer el rostro, a toser hasta soltar lágrimas por los ojos antes de poder tragar una diminuta porción del licor, y por fin controlar su cuerpo para devolver la botella, “¡Virgen Santa! ¿Cómo diablos puedes beber eso!” El enano sonrió burlesco, aunque tranquilo, “Te acostumbras… supongo” Luego siguió con la vista en el horizonte, “¿Ves ese río de allá abajo?” El enano señaló el fondo del paisaje, las aguas reflejaban el ocaso con un brillo pálido que resaltaba en la silueta oscura de todo lo demás, “…lo conozco, se llama río Sosiego, un nombre muy apropiado, a veces incluso parece que no corre a ninguna parte” “¿Has estado aquí antes?” Preguntó la muchacha intrigada, Román asintió, “En este río conocí a tu madre…” se dio unos segundos de pausa, luego se apresuró a aclarar, “…no aquí exactamente, varios kilómetros más abajo, pero es el mismo río…” La chica aguardó en silencio, sabía que su padre no había terminado. El enano continuó, “…ella lavaba su ropa y la de otros allí, bajo un sauce, en el mismo sitio donde su madre hacía el mismo trabajo antes que ella, y donde ella fue traída al mundo, para luego morir… con la misma muerte que su madre…” La chica tenía muchas preguntas, pero no se atrevió a interrumpir, Román se echó un trago de aguardiente con la autoridad con la que un veterano pirata bebe su ron y continuó regocijándose en su recuerdo, “Yo la espiaba tras los arbustos, no me era difícil hacerlo… ella lavaba la ropa y cantaba, ya te dije que cantaba, ¿no? …al principio me tenía miedo, no porque yo le hiciese algo, solo porque ella era Cruces y yo Ibáñez, el desprecio y el temor, era algo que traías desde la cuna…” Román se detuvo para restregarse la nariz con fuerza, como cuando quieres contener un estornudo, o un llanto, “El primer día que me acerqué, dejó su trabajo a medias y se fue apurada, no me había visto aún, después me dijo que había sentido el olor al coñac que había bebido, al día siguiente fue más temprano a lavar… y ya no cantaba… ¡Dios! no lo vas creer… A mi madre le encantaba cultivar flores, y si un animal se metía en su jardín y hacía algún destrozo, todos estábamos en serios problemas. Pues yo, me armé de valor y me metí durante la noche a robarle sus flores: petunias, pensamientos, jacintos…” Román se reía con el puño en la boca, mientras su hija seguía la narración con la boca abierta, “…las arrancaba con tierra y procuraba no dejar marcas, luego las llevaba al río, caminando y las plantaba bajo el sauce, donde ella lavaba… estoy seguro de que mi madre lo notaba, pero nunca me dijo nada de sus flores desaparecidas…” El enano se echó un trago y le ofreció la botella a su hija, esta se negó enérgica, Román continuó, “Al principio era como una jugarreta, pero luego era casi como un compromiso que encontrara flores nuevas cada vez que ella fuera. Un día me la encontré bajo el sauce, me esperó allí hasta que yo aparecí, solo para decirme que dejara de trasplantar flores, yo le dije que no lo hacía para molestarla, sino que esperaba que le agradaran… ella me dijo que eso ya lo sabía, pero que hacía un pésimo trabajo como jardinero y todas las flores se estaban secando. Se quedó muy seria, y luego comenzó a reír, a carcajadas, como una loca y yo sin entender nada, desde ese día empezamos a vernos a diario…”


León Faras.

jueves, 11 de marzo de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXIX.

 

Lo único que pudo hacer Orlando Urrutia fue coger su pequeño automóvil y largarse de allí lo más rápido posible, antes de que algún avispado lo viera y lo relacionara con el asesinato de Federico Fuentes, y después preguntarse qué diablos había sucedido, porque era imposible que aquel tipo hubiese sido ajusticiado frente a sus narices sin que él ni siquiera se diera cuenta, es que aquello, no había tenido tiempo de suceder, solo había sucedido, y por fortuna, se dijo a sí mismo, no le había tocado a él también. Por otro lado, la habilidad del circo para desvanecerse en el aire, era desconcertante, se dio cuenta de que él no tenía lugar en ese circo porque él no era más que un ser humano común y corriente que jamás podría desaparecer así, por lo que la única manera sería sacar a Eloísa de allí, pero eso debía decidirlo ella, y luego enfrentarse juntos al mundo y con la frente en alto hasta encontrar o formar un sitio en el que fueran aceptados… Se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo lo haría, de que su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo lo verían como a un demente inadaptado, emparejado con un fenómeno de circo. A él no le importaba poner en su lugar incluso a su propio padre, si era necesario, un hombre tan intransigente y testarudo como él, pero era ella la que debería soportar los ataques y las burlas del mundo exterior, y no era sencillo estar dispuesto a eso. Era de noche y se dio cuenta de que no le quedaba nada para comer y el dinero también se le estaba acabando y solo lo había gastado en combustible y alimentos. No estaba dispuesto a rendirse, solo porque rendirse no estaba en su vocabulario, pero pronto debería enfrentarse a la realidad y esta siempre gana, no importa lo obstinado que uno quiera ser. Se abrazó a sí mismo y se acomodó para dormir un poco, cuando vio algo que le llamó la atención, una luz, lejana en el negro cielo que se movía con la viveza de un hada, sin alejarse ni acercarse, describiendo círculos y espirales en el mismo sitio, Urrutia recordó la recomendación de Sofía de que mirara el cielo, y se preguntó si se refería a aquello. Se sintió un poco idiota cuando se le ocurrió pensar que aquella luz no era otra cosa más que Eloísa con una lámpara, indicándole la ubicación del circo y la dirección en la debía ir.

 

Primero fue un caballo, sobre el que pasó tantas horas soportando el golpeteo de su trotecito, que terminó sintiendo una dolorosa aversión en la entrepierna hacia el animal y su montura. A la menor oportunidad, lo vendió con todo y los aparejos a un mínimo precio y continuó su camino sentado a la cola de una carreta que transportaba estiércol, oyendo las historias de un hombre apestoso que presumía de tener más de doscientos años de edad, a pesar de que a la vista, no llegaba ni a los cincuenta, pero Vicente Corona no estaba con ánimos de refutar nada y simplemente lo aceptaba todo con movimientos de cabeza y falsa admiración hasta un gran campo de tubérculos donde el señor apestoso de doscientos años terminaba su viaje, este se despidió, no sin antes señalarle la ruta que debía seguir, regalarle media botella de aguardiente destilada por él mismo, media hogaza de pan que también olía a estiércol y ofrecerle con insistente amabilidad, como si en verdad quisiera burlarse de él, una mula de su propiedad, la que, según su fétido dueño, tenía la increíble facultad de poder caminar durante tres días y tres noches sin detenerse para comer o dormir y la ventaja de que no necesitaba ser devuelta, pues el animal, una vez liberado, podía regresar por sí solo, por la misma ruta por la que se había ido. Vicente lo intentó, pero no pudo negarse, pues el pestilente samaritano, lo hacía todo de buen corazón y no estaba dispuesto a cobrar un céntimo por lo que ofrecía. Montó en el animal por cortesía pero de mala gana, por no ofender las amables atenciones de su nuevo y hediondo amigo y soportó casi treinta minutos a lomos de burro antes de tener que lanzarse a tierra luego de que una nueva ampolla creciera y se reventara en su trasero, con dolor agudo e intenso como un afilado latigazo. Para entonces, el señor apestoso ya no podía verlo, por lo que corrió a la mula de vuelta con su maloliente dueño y él continuó el resto de su camino andando con sus pocas pertenencias dentro de un bolso sobre el hombro, con la esperanza de que un nuevo carretero pasara y lo llevara, aunque la ruta que había tomado era un paraje tan hermoso como alejado de la mano de Dios, sin rastros de civilización, ni siquiera un triste cerco, más allá del sendero dibujado en el suelo por las vacas. Cuando llegó la noche, Vicente se acomodó bajo un árbol, mordisqueó de mala gana lo que le quedaba del pan, acabó con el aguardiente, y durmió a cielo abierto, mucho más cómodo que dentro del diminuto vehículo de Urrutia. Para ese momento, ya había cambiado de idea, era una pérdida de tiempo que regresara a buscar su furgoneta si no podría repararla, y probablemente, tampoco nadie en los alrededores, era mucho más inteligente dar con la estación de trenes que debía estar en algún lugar cerca de allí y regresar a casa en tren. Despertó muy temprano y con un sobresalto, con el extraño sonido de algo que está siendo arrancado y triturado con fuerza muy cerca de su oído y un olor un tanto familiar, cuando logró regresar a la realidad, se encontró con las enormes y húmedas fosas nasales de la mula que masticaba un manojo de pasto con apetito sobre su cara, el animal, quien sabe por qué misterioso motivo, lo había seguido hasta allí, empeñado en terminar con la obligación que su oloroso dueño le habían encomendado. Vicente no supo si alegrarse o enojarse con el animal, al que creía ya de regreso en su casa hace mucho rato, lo miró engullir hierba con resignación, pero también con algo de envidia, pues él no tenía nada para desayunar en esas soledades, se sintió abandonado, su traje y sus zapatos estaban irremediablemente arruinados y ahora le dolían más los pies que el trasero. Definitivamente él no estaba hecho para estos retos. Decidió darle una nueva oportunidad al obstinado animal que aguardaba manso a ser montado todavía con el ronzal puesto, le acomodó su chaqueta sobre el lomo, pero esta vez puesta sobre el anca, que era una zona más confortable y menos lacerante para su magullada entrepierna y con un suave talonazo se pusieron en marcha. El animal siguió el sendero y Vicente pudo sentir hasta cierta satisfacción con su andar pausado y bamboleante, hasta que el humilde sendero se cruzó con un camino mucho más civilizado que de seguro conducía a algún pueblo en el que podría orientarse, pero que la mula ignoró completamente para seguir con su flemático andar por el mismo sendero que continuaba atravesando el monte y descendiendo hasta llegar al valle. Vicente intentó detener al animal jalándole el ronzal, hacerle cambiar de dirección con espoleos e insultos e incluso trató, como último recurso, hacerle entrar en razón con argumentos razonables y desesperados que la mula silenció con un contundente rebuzno tan sólido y bien puesto, que hasta parecía estar dotado de cierta inquietante inteligencia. Vicente no se atrevió a bajarse del animal en marcha, pues el solo hecho de pensar en el esfuerzo le dolía, además estaba hambriento y sin verdaderas ganas de seguir caminando. Su suerte estaba echada, y en manos de una mula que hacía lo que le daba la gana sin reconocer su autoridad ni superioridad evolutiva. Era la tarde del tercer día, desde que se había despedido de Urrutia y el sol parecía estar completamente en su contra, enfocándose solo en él y haciendo más triste su marcha; rendido, sudado y sin siquiera una triste cantimplora a la que recurrir, cuando de pronto la mula se detuvo, Vicente no pudo creer lo que veía, ahí estaba a pocos metros su furgoneta, en el mismo sitio donde la había dejado. Cuando logró bajar su deteriorado cuerpo del lomo del animal encontró una nota puesta en el parabrisas, una nota de su hermano que le decía que había intentado encontrarlo pero que solo había llegado hasta allí, y que no podía seguir detrás de él o de ese endemoniado circo por siempre. Al final agregaba lo que era tal vez, lo mejor de todo, “…reparé la furgoneta, espero que estés bien, y que la uses para regresar.” Vicente terminó de leer y se volteó a ver al enigmático animal que lo había llevado hasta allí, pero este ya había comenzado a andar de regreso a casa.


León Faras.

viernes, 5 de marzo de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXVIII.

 

Eusebio recibía en el suelo y a regañadientes las atenciones de Beatriz, ya que su hermano se ponía muy nervioso cuando veía sangre y Sofía a estas alturas, entendía más de reparar fierros que de componer huesos, “Solo déjala, estaré bien…” gruñía el viejo conteniendo el dolor que a ratos se le hacía insoportable, “¡Ya quédate quieto! Debo poner esto en su lugar o quedarás peor que un boxeador ciego…” Le reprendió la mujer, segura de lo que hacía. Solo un poco más allá, estaba tirado en el suelo polvoriento Federico Fuentes, con las manos fuertemente atadas a la espalda y aún inconsciente, jadeaba levantando pequeñas nubecitas de polvo que luego volvía a aspirar. Así como estaba, tenía el extraño aspecto de un vaquero del Oeste, uno puesto fuera de combate. Eloísa apenas se había recuperado de aquel intento de asesinato en su contra, algo que ni siquiera Sara le había sido capaz de predecir, cuando supo que aquel hombre que la había salvado, había estado durante días tratando de encontrar el circo por ella, para decirle que estaba interesado en ella, que estaba seguro de que tenía sentimientos hacia ella y que él no era hombre que admitiera dudas. La muchacha ya recordaba cuando Urrutia visitó el campamento vestido de uniforme, ella también había fijado sutilmente su atención en él, pero no se esperaba volver a verlo y menos en semejantes circunstancias, se sintió halagada, pero no estaba segura de cómo responder, sin embargo, Urrutia no esperaba una respuesta inmediata, aún le quedaban algunos días de permiso antes de regresar a su trabajo. “¿Cómo piensas hacerlo, muchacho?” Preguntó Román con curiosidad, no quería inmiscuirse en las decisiones de su hija, ni mucho menos en sus sentimientos, pero por un momento sintió también algo de responsabilidad paterna, Urrutia lo reconoció de sus conversaciones con el sargento Jiménez, “¿Señor Perdiguero?…” le dijo, el enano ya se había olvidado de aquel asunto, “Llámame Román…” le corrigió, y luego agregó, “…Quiero decir, tú tienes un trabajo, una vida fuera de aquí, ella, sin embargo, no podría ser aceptada fuera de este circo…” Eso era algo en lo que Eloísa nunca antes había pensado; dentro del circo ella era una estrella, pero fuera del circo, no podría jamás caminar tranquilamente bajo el enorme peso de esas alas, la gente no la miraría igual, “Pues como ya dije antes, yo no soy hombre de medias tintas…” Señaló Urrutia con sobreactuada convicción, “…si ella se interesa en mí, como yo lo estoy en ella, encontraré la manera, de eso no hay dudas”

 

Luego del incidente, la actuación de Eloísa quedó truncada, aunque la mayoría de las personas se retiró conforme con lo que ya habían visto, en ese momento apareció Ángel Pardo, venía caminando doblado a la mitad y con el rostro compungido, traía entre sus manos, los hombros de una angustiada Sara, que reventó en llanto cuando comprobó algo que ya sabía que pasaría, “¡Oh, por Dios! ¡Sabía que me encontraría! ¡Es mi culpa!” Exclamó, aferrándose a los bordes de la chaqueta de Pardo, como una niña asustada se aferra a la de su padre, mirando desde lejos al desmayado Federico Fuentes. Le explicaron que el hombre había llegado con intenciones de matar a Eloísa y que ella no tenía nada que ver, pero Sara no se tranquilizó, “Él me buscó a mí, para llegar a ella… es mi culpa” Confesó la mujer con legítima culpa, “Vamos, Sara, debes dejar de culparte por esto…” Le recomendó Pardo con infinita compasión, pero Sara no cedía, “Desde niña, él siempre ha sabido todo lo que hago, lo que temo, lo que pienso, ¡incluso adónde voy!” “¿Cómo puede saber todo eso?” Le preguntó Sofía, intrigada, Sara la miró con unos enormes ojos de angustia, “Los sueños… él siempre está presente en los sueños de sus familiares, solo observando, fisgoneando, y por la mañana, sabe cosas… es un don que Dios le dio” agregó al final, con algo de misterio en la voz. “¿Eres familiar de él?” Preguntó Román, apuntando al aturdido con cierto gesto de asco en la cara, Sara asintió, “Es mi padre, aunque no llevo su apellido… ni ningún otro” Luego de un silencio, agregó como una justificación que nadie le pedía, “En mi comunidad, las mujeres no necesitamos apellidos…” Luego de eso, una voz que nadie esperaba oír interrumpió la reunión, “¿Alguien me puede decir qué diablos está pasando aquí?” Era Cornelio Morris, que había llegado completamente solo hasta allí, apoyado en su bastón, Beatriz y Eugenio Monje corrieron a asistirlo, pero él se mantenía en pie por sí solo. Le explicaron la presencia de Federico Fuentes y luego Urrutia justificó la suya, “…quiero pedirle que me permita quedarme en su circo por unos días, señor Morris, luego decidiré qué hacer” Cornelio lo miró en silencio largos segundos, como si de pronto le hablaran en otro idioma, luego miró a Beatriz, al resto de los habitantes del circo que lo observaban mudos, y contuvo un leve amago de risa, “Lo siento hijo, esto no es un hotel, nadie puede quedarse en mi circo sin un contrato” Sonó muy amable, y eso fue extraño. A Urrutia no le agradaba nada insistir, le parecía de lo más infantil, como el niño que no cesa hasta que su padre le compra lo que quiere, él no fue así de niño y no lo sería ahora de adulto, “Ya los encontré una vez, los volveré a encontrar” Respondió testarudo y altanero, a pesar de que ya había visto antes al circo desaparecer ante sus propios ojos y sabía cuánto podría tardar en volver a hallarlos. Cornelio aceptó su respuesta sin apenas pestañar, “Está bien, si eso es lo que quiere…” y luego agregó dirigiéndose a Beatriz, “…que empaquen todo, nos vamos” “¿Qué hacemos con él?” Preguntó la mujer señalando a Federico. En otro tiempo, por una ofensa así, Cornelio lo hubiese podido convertir en un mico de feria destinado a entretener a los asistentes del circo o deformar su cuerpo lentamente hasta convertirlo en un amasijo de carne sin forma, para deleite de su público que amaba ver cosas así de grotescas, pero ahora estaba demasiado débil, viejo y cansado para hacerlo, “Déjenlo como está, no volverá a molestarnos…” fue todo lo que dijo, al tiempo que se cogía con la mano libre del hombro del más recuperado Eusebio Monje, y caminaba lentamente junto a él de vuelta a su oficina, comentando algo en voz baja.

 

Cuando ya todo estuvo listo, Urrutia permanecía parado junto a su pequeño vehículo, con la rudeza de quien no le teme a la adversidad dibujada en el rostro. Federico, comenzaba a despertarse poco a poco, “Cuando sea de noche, mira al cielo…” Le dijo Sofía antes de ponerse en marcha, Orlando no comprendió bien a qué se refería con eso, pero la chica insistió, “¡Mira hacia el cielo!” En ese momento, los camiones se desvanecieron y se volvieron aire en el aire frente a los descompuestos ojos de Urrutia, que aún no podían acostumbrarse a que tal cosa sucediera, luego pensó que qué haría con Federico, tal vez las autoridades se encargarían de él, si él les decía lo sucedido, aunque no quería ni necesitaba tal pérdida de tiempo. El hecho, era que Federico ya no estaba tendido en el suelo, Urrutia pensó que había logrado ponerse de pie y huir, pero no era así, Federico Fuentes pendía colgado del cuello de la rama de un árbol cercano, con las manos aún atadas a la espalda y el cuerpo tenso como el arco de Ulises.


León Faras.



viernes, 26 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXVII.

 

Desde que habían comprado su furgoneta, los hermanos Corona tomaron la decisión de mantener una llave en su poder, y dejar la otra copia oculta bajo el tapabarro, de manera que cualquiera de los dos tuviera acceso a ella en caso de necesitarla. Mientras que Vicente jamás se había interesado por el funcionamiento del vehículo y solo sabía manejarlo, Damián sí entendía un poco más, al tener que encargarse él de las mantenciones y reparaciones. Cuando abrió la furgoneta y la revisó, se dio cuenta en el acto que se trataba de un problema que ya había tenido un par de veces antes y que ya podía reconocer y solucionar; debido a la mala calidad del combustible, los inyectores solían taparse con cierta frecuencia y debían ser destapados, eso era todo. La furgoneta había demostrado ser un buen vehículo, pero no era perfecto. Mientras Damián trabajaba en ello, su hermano deshacía el trayecto en el único medio de transporte que había podido conseguir en aquellos lugares: un caballo, animal que no montaba desde que tenía once años y en el que ahora debería usar al menos tres días para llegar de vuelta a su furgoneta. Por su parte, Urrutia había decidido enfocarse en los pueblos que estaban en camino hacia Valle Verde y a una distancia máxima de hasta treinta kilómetros, lo que reducía mucho su trabajo, sin embargo, al mediodía aun no había tenido éxito y los pueblos con los que se había topado, no eran más que pequeños caseríos de veinte casas y poco más o grandes terrenos con casas muy separadas unas de otras. Para colmo, una mala desviación en el camino, lo llevó a un terreno baldío que parecía un descuido de Dios; mientras que por todos lados se podía ver vegetación y cultivos, allí no había nada, como si una sombra misteriosa hubiese envenenado esas tierras sin permitir que nada creciera allí, aunque para Urrutia no era más que una molesta anécdota y un retraso en su itinerario. Con un poco de mal humor, estaba a punto de seguir su camino, cuando vio algo en el suelo, algo grande, algo que no podía pertenecer a cualquiera, se bajó del auto para estudiarlas mejor y encontró más, eran huellas de neumáticos enormes, pesadas y abundantes que estaban claramente marcadas en el terreno arcilloso. No había duda razonable al respecto, en esos sitios remotos, lo único que podía dejar huellas así eran los camiones del circo de Cornelio Morris y eran huellas frescas. El circo había estado allí, se había detenido, y luego de algunas maniobras, había seguido su camino dejando la dirección que habían tomado marcada en el suelo, Urrutia se sintió con suerte, aunque no lograría explicarse para qué se habrían detenido allí.

 

El circo logró encontrar otro poblado, instalarse y ponerse a funcionar antes del mediodía, Cornelio simplemente se había quedado con la información de que el pueblo en el que habían caído antes, era demasiado miserable y las ganancias que podrían obtener allí, no valían la pena. El nuevo pueblo, en cambio, tenía cultivos, animales y su gente era claramente más entusiasta, el enano rápidamente los convenció de acercarse, de que solo tendrían una pequeña oportunidad de algunas horas, para vivir una experiencia que recordarían durante toda la vida, mientras Horacio Von Hagen gruñía y sacudía su jaula como una bestia salvaje y aterradora y Ángel Pardo se paseaba por allí causando la admiración de toda esa gente sencilla de campo. “No lo dude más, señor, señora, las maravillas que les aguardan dentro, no tendrán otra oportunidad de verlas en otro sitio…” Un extraño personaje entró en el circo ya en horas de la tarde, mientras Román anunciaba las asombrosas cualidades adivinatorias de Blanca Salomé, las cuales ignoró por completo el recién llegado, fijando su atención en el espectáculo que hacían los mellizos Monje, trasladándose mágicamente de un punto a otro, ante el desconcierto de la multitud. El personaje, que vestía bien, a diferencia de la gran mayoría de las personas de aquel pueblo, se cubría la cabeza con un buen sombrero y el resto del cuerpo con una capa muy ostentosa, dejó caer con desinterés, las monedas que le exigió Beatriz para entrar. Su mano era pálida, carente de trabajo y de uñas inusualmente bien cuidadas, a diferencia de su pelo, largo, canoso y sin brillo. Si alguno de los habitantes del circo le hubiese visto el rostro, lo hubiesen podido reconocer, pero era fácil pasar desapercibido entre tanta gente que visitaba el circo. Román anunciaba a su embobada multitud de seguidores, “…la visión más asombrosa hacía el increíble y maravilloso mundo de la fantasía y la mitología…” parado frente al estanque de Lidia. El extraño visitante miró la aparición de la sirena sin asombro, más allá, en el extremo del campamento, se podía ver la jaula completamente cubierta de Diego Perdiguero, el hombre consultó su reloj con distracción, a pesar de su apatía por el espectáculo, se mantenía allí con determinación, como quien llega demasiado temprano a una cita importante y debe esperar, pasaría una hora o más, antes de que apareciera lo que estaba buscando, el plato fuerte del circo de rarezas de Cornelio Morris, y lo hizo cuando Román Ibáñez la anunció, “Damas y caballeros, no piensen ni por un segundo que lo han visto todo en este mundo, porque nadie lo ha visto todo, si no ha visto el maravilloso circo de Cornelio Morris, y lo que verán a continuación, puedo jurarles, que nunca más volverán a verlo… Señoras y señores: Eloísa…” El desconocido se abrió paso con soberbia hasta la primera fila. Cuando se abrió el telón y la muchacha apareció envuelta en el hermoso plumaje gris de sus alas, la multitud retrocedió asombrada, y volvieron a hacerlo otro poco, cuando esas alas se abrieron con majestuosidad, todos menos el extraño visitante, que no se movió un centímetro y se quedó solo y desafiante frente a los demás, Eloísa lo miró y el visitante le sonrió, pero no era una sonrisa amigable, sino más bien, una sonrisa de malvada satisfacción, entonces ella lo reconoció con espanto, al tiempo que Federico Fuentes asomaba el cañón de su carabina de debajo de su capa, “Maldita mierda farsante, ¿crees que es divertido jugar a ser un ángel del Señor…?” Eusebio Monje se le abalanzó encima, pero Federico reaccionó con frialdad y precisión, descargándole un seco culatazo en la nariz, que lanzó a tierra al pobre viejo arrojando sangre por las fosas nasales, para luego levantar su arma hasta el rostro de Eloísa, “No dejaré que sigas esparciendo tu falsa fe, sucia perra hereje y embustera…” Iba a disparar, de hecho, estuvo a medio segundo de hacerlo, antes de que un poderoso y pesado codazo le cayera en la mandíbula y le descompusiera los sentidos por un rato, y de que un segundo y certero golpe en la sien lo aturdiera definitivamente. Eloísa, que se protegía inútilmente con sus alas, observó a su salvador y su rostro le pareció familiar, aunque no supo de donde. Aquel era Orlando Urrutia, quien había llegado justo a tiempo para salvar precisamente lo que andaba buscando.


León Faras.

sábado, 20 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXVI.

 

La luz del día despertó a los habitantes del circo en un nuevo pueblo my diferente de los anteriores, de hecho, era el sitio más miserable en el que jamás habían encallado. Las casas, a pesar de ser todas diferentes, no había una sola que destacara, todas parecían chabolas endebles construidas con desechos y desperdigadas sin orden, unas amontonadas por aquí y otras aisladas por allá, sin cultivos, como si a ese lugar no hubiese alcanzado a llegar la agricultura, aunque al menos se debía decir que ya dominaban el fuego, pues se podían ver algunas columnas de humo a primera hora de la mañana. El pueblo estaba atravesado a lo largo por un camino de barro, largo y afilado como una cicatriz, un barro formado por los mismos habitantes que arrojaban sus aguas a la vía pública. Estos habitantes, que observaban el campamento con recelo y curiosidad, como aborígenes que ven llegar barcos a sus costas, lucían como esclavos de una mina de carbón: sucios, flacos y zarrapastrosos; seres capaces de asustarse de su propio reflejo en un espejo, “¿Dónde diablos nos hemos venido a meter?” Comentó Román en un susurro que apenas llegó a los elevados oídos de Ángel Pardo, este, desde su privilegiado punto de vista, podía ver que el poblado era más grande de lo que parecía a simple vista y que estaba establecido en una tierra estéril en la que no crecía más que algunos hierbajos inservibles. El principal sustento de aquellas gentes, podía oírse y olerse: criaban cerdos, mucho mejor alimentados que sus supuestos amos, mientras que los niños, eran expertos cazadores de ratas. Beatriz dejó a Cornelio cuando este comenzó a extrañarse de que pasaban los minutos y no se oía la voz de Román a través del megáfono invitando a la gente a pasar, la mujer se encontró con todos los habitantes del circo admirando la miseria en su máximo esplendor, incluso Eloísa había salido de su tienda y observaba a un niño en cuclillas, con la piel oscura de mugre, que la observaba con su grandes ojos sin sorpresa, a pesar de la majestuosidad de sus alas, mientras se hurgaba la nariz con afán. Tanto Sofía, como los hermanos Monje, no se explicaban cómo habían caído ahí sin darse cuenta de la evidente pobreza del lugar, que contractaba duramente con la bella y ordenada ciudad que habían dejado atrás hace tan poco. El único personaje del circo que parecía causarles alguna impresión a los desgraciados habitantes de ese lugar, era Horacio, a pesar de que este ya estaba fuera de su jaula y fuera de su papel de bestia de los fríos bosques del norte. El enano miró a Beatriz con duda, pero esta lucía tan confundida como él, por lo que se animó a levantar su megáfono e invitar a esa gente a ver el espectáculo, que de seguro, algún dinerito tendrían para gastar, “¡Acérquense, damas y caballeros! Les aseguro que no encontrarán nada igual al circo de Cornelio Morris. Será una… experiencia…” Pero su voz se extinguió ante la indiferencia de las personas de ese lugar, Volvió a mirar a Beatriz, “¿Qué hacemos?” preguntó preocupado, esta pensaba que debían irse mientras tuvieran tiempo que aprovechar en otra parte, sobre todo ahora, que el circo se estaba movilizando todos los días, pero antes de eso, Sofía se acercó a uno de los habitantes del pueblo para preguntarles qué sucedía en ese lugar, por qué vivían así. Un hombre muy, muy flaco y de ojos asustados, solo le contestó señalando un punto del pueblo en el que se alzaba una delgada columna de humo blanco, allá fue la muchacha, seguida de su tía, Horacio, Román y Eloísa, hasta llegar a un precario cobertizo donde un viejo semidesnudo y con una barba muy larga y enmarañada, esculpía una cruz de madera alimentando el fuego con las virutas, Román, que parecía más joven y rechoncho al lado de ese viejo, le preguntó al Escultor por qué vivían así, pudiendo emigrar a tierras mejores, más fértiles, “…no hay tierras fértiles para nosotros, ya no…” respondió el viejo sin dejar de trabajar la madera con sus manos nudosas y plagadas de venas, rodeado de varios hombres, mujeres y niños que parecían muy respetuosos e interesados en su monótono trabajo, junto a él, una maceta colgada con un cedazo en su interior, goteaba insistentemente dentro de un cuenco de greda, un agua de color ocre suave, “Sean bienvenidos, hace mucho tiempo que no recibimos visitas, pero por su bien, es mejor que se vayan de aquí lo antes posible… esta es una tierra maldita” Les recomendó el viejo, tomando el cuenco de greda y bebiendo un sorbo de él, “¿Maldita? ¿Por qué?” preguntó Sofía, con una sonrisa mal disimulada, como si las palabras del viejo le hubiesen sonado de lo más desproporcionadas. El Escultor detuvo su trabajo para mirarla con unos ojos que parecían tener mil años, “Hace muchos años, fue cometido un pecado imperdonable y fuimos castigados por él…” El viejo quiso retomar su trabajo, pero antes agregó, “…la muerte de un inocente…” Román bufó burlesco, “Inocentes mueren todo el tiempo” dijo sonriendo confiado, el Escultor detuvo su trabajo en el acto, “No todo lo que llamas inocente, realmente lo es…”  dijo con severidad, como si estuviera corrigiendo a un pupilo insolente, y añadió, “…hay algunos que no deben ser asesinados…” El enano arrugó el ceño, como quien sabe que está oyendo una hipérbole descarada, Sofía intervino de nuevo, “Bueno, ¿Y qué pasó?” El viejo miró a los tristes e inexpresivos rostros de sus compañeros, pero no encontró nada en ellos, “Vino la gran noche…” Eloísa se acuclilló como para escuchar mejor, “¿Qué es eso de la gran noche?” Preguntó interesada. El Escultor la miró sin siquiera la más mínima atención en sus espectaculares alas, “El sol dejó de salir durante treinta y tres días, nos quedamos en la más absoluta oscuridad. Antes de que el último fuego se apagara, cogimos lo poco que teníamos y a diez de nuestros cerdos y empezamos a caminar, como una manada de ciegos encerrados en la noche absoluta, caminamos todo ese tiempo sin toparnos con nada ni con nadie, cogidos unos de otros para no perdernos, cuando por fin el sol volvió a salir, nos encontrábamos aquí, en este yermo estéril y supimos que aquí debíamos quedarnos…” “¿Una noche de treinta y tres días?” Preguntó Horacio, incrédulo, “Así fue…” respondió el escultor, y agregó, “…Cuando llegamos, once de los nuestros habían desaparecido, sin hacer un solo ruido en la oscuridad, a pesar de que nuestros oídos eran lo más atento que teníamos… de los cerdos, no se perdió ni uno” concluyó, dispuesto a reanudar su trabajo. Mientras esculpía, agregó, “Nos establecimos aquí, y esperamos la conclusión de nuestra pena, que sabemos que será muy, muy larga…” Román echó un vistazo en derredor, mientras los cerdos estaban gordos, las personas lucían escuálidas hasta los huesos, “¿Con qué alimentas a los cerdos? si aquí no hay nada” preguntó desafiante, el viejo negó con la cabeza, “Eso no te lo puedo decir…” dijo, arrojando un nuevo puñado de virutas a su fuego. “Interesante historia, abuelo…” intervino de pronto Beatriz, y luego, dándose la vuelta, agregó, “…muy bien, no hay nada que hacer aquí, nos vamos, mientras aún podemos aprovechar este día en otra parte” El Escultor estiró uno de sus magros brazos y cogió una de las muchas cruces que colgaban allí, era apenas del tamaño de un cigarrillo, pero de ángulos y proporciones perfectas, digna de alguien que no hacía otra cosa en su vida, más que hacer cruces, y se la estiró a Sofía, “Toma…” le dijo, “…nadie puede irse de aquí sin llevarse una cruz” la muchacha la aceptó con un “gracias” aunque no entendió a qué se refería el viejo exactamente.


León Faras.

martes, 16 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris

 

LXV.

 

Orlando Urrutia estaba conmocionado, incapaz de quedarse un segundo quieto, se rascaba como si de pronto le tuviera alergia a los camiones que desaparecen y murmuraba sin parar un monólogo repetitivo y soez que apenas se podía entender. Casi era de noche, y Vicente fumaba dentro del auto, pensativo, acababa de caer en la cuenta de que la última vez que vio a Sofía era una niña, y ahora, de repente, era una adolescente como la que había aparecido en la foto que le tomó. No entendía qué había pasado, pero lo aceptaba porque era parte del circo aquel de las cosas más raras que había visto y de los camiones que se vuelven invisibles. De pronto, Urrutia interrumpió su soliloquio, y las cavilaciones de Vicente, con la gran duda que lo atormentaba, “¿Pero me puedes decir qué diablos ocurrió? ¡Y cómo demonios tú sabías que eso ocurriría?” Vicente se restregó los ojos, cansado, “Ya lo había visto antes el truco ese, con mi hermano, y quedamos tan pasmados como tú… no tengo ni idea de cómo lo hacen” Orlando tampoco se lo explicaba por más vueltas que le daba, y sintió que tampoco valía la pena seguir intentándolo, “¡Maldición! Debimos haber entrado, ¡Debimos evitar que se fueran!” Exclamó de sopetón, como un desahogo que madura de repente, Vicente lucía sin energía, como si de pronto el cuerpo le pesara el doble, “Créeme, no es bueno que le busques las cosquillas a ese Cornelio Morris” dijo, con los ojos cerrados, “Tampoco es como para tenerle miedo…” Afirmó Urrutia, con gesto altivo, Vicente lo miró a través de un solo ojo abierto, “¿Lo conoces?” Orlando le explicó cómo, junto al sargento Jiménez, había tenido que visitar el circo buscando a un tipo que supuestamente estaba secuestrado, “¿Diego Perdiguero?” Preguntó el otro con el ceño apretado y el cabo, tras pensárselo unos segundos, asintió, ese era un nombre fácil de recordar. Aquello era una casualidad más, en un mundo lleno de casualidades. Vicente le confesó que era él y su hermano quienes habían estado buscando a Perdiguero, y que ahora él solo, buscaba el circo para ver con sus propios ojos que su amigo no estaba allí, Urrutia se sentó a su lado mirándolo como a un bicho raro que hace cosas raras, “¿Cómo…?” fue todo lo que pudo soltar tras varios intentos, con el rostro plagado de arrugas, como una fruta que se seca bajo el sol, a pesar de lo joven que aún era. Vicente le explicó que Perdiguero les ayudaba a conseguir una fotografía dentro del circo y que de pronto desapareció, Urrutia recordaba haberlo visto, “Ese hombre no correspondía con la descripción, yo lo vi, era bastante más viejo, me pareció más pequeño, aunque se movía encorvado como un simio, con el pelo largo como los salvajes, y sus ojos… por Dios…” Urrutia hizo una mueca de desagrado, como quien se mete a la boca algo muy amargo, “…eran negros, ¿entiendes? completamente negros, con las pupilas enormes, y gruñía de una manera que podía helar la sangre a cualquiera… No, ese hombre no podía ser tu amigo, ¡Diablos! Tal vez ni siquiera era una persona” Vicente se quedó algunos segundos pensativo, considerando la posibilidad de que aquel tipo de las cavernas, en realidad no fuese Perdiguero, y que todo su esfuerzo, no era más que un ejercicio inútil para saciar un empeño absurdo de comprobarlo con sus propios ojos, pero por otro lado estaba viva la posibilidad de que sí fuese él, aunque transformado de alguna manera por los extrañísimos poderes del circo. “¿Qué piensas hacer?” Preguntó Urrutia de pronto, el rostro de Vicente mostraba que había tomado una decisión, “La muchacha dijo que se dirigían a Valle Verde, creo que tengo algunos días para regresar, recuperar mi furgoneta y luego dirigirme allá. No puedo quedarme con esto a medias” Urrutia asintió, se metió a su vehículo y salió con un mapa y un cuaderno, “He hecho una pequeña investigación…” dijo, abriendo su cuaderno, “…he estado averiguando por cuáles pueblos pasó el circo y cuánto tiempo se quedó y he descubierto que el circo se mueve un promedio de treinta kilómetros cada vez, y suele quedarse como máximo tres días en un sitio, aunque lo común son dos…” “En este, estuvo solo un día…” Le aclaró Vicente, Urrutia continuó, “Sí, pero lo más común, son dos. El hecho es que con esto, podemos calcular un avance de tan solo diez o quince kilómetros diarios, y a ese paso pueden tardar un mes en llegar a Valle Verde, un avance que incluso se puede hacer a pie” Vicente asintió convencido, “Suena bien, ¿Y tú qué piensas hacer?” Preguntó, Urrutia se rascó la nariz antes de responder, “Yo voy a continuar tras el circo, no tengo tantos días para esperar, debo regresar al trabajo” Mientras recogía su cuaderno, algo cayó al suelo de entre sus páginas, era una pluma, una enorme y bella pluma gris ceniza, que Vicente se apresuró en recoger. No la reconoció en un principio, y no lo haría tampoco después. Se durmieron encogidos dentro del diminuto vehículo, y por la mañana tomaron rumbos contrarios.

 

Román Ibáñez, era un hombre nuevo. Sonreía sin parar gracias a su nuevo trabajo como presentador y animador del circo, una labor que realmente le encantaba, la disfrutaba y sabía perfectamente que la hacía muy bien, tanto que solo podía ser reemplazado por el dueño del circo, y este no parecía tener intenciones de volver muy pronto. Las salidas fuera de la oficina de Cornelio Morris, eran más frecuentes pero siempre breves y silenciosas, como si solo hablar ya le representara un gran esfuerzo. Se paseaba con su bastón con pasitos cortos y andar rígido de aspecto decrépito, enmudeciendo a todos los habitantes del circo que se cruzaban con él, con ese silencio respetuoso, reservado para los difuntos, sin embargo, aquello no disminuía la felicidad del enano por cada día que pasaba sin acercarse a Mustafá, y que en vez de eso, animaba a las manadas de visitantes a maravillarse con las atracciones y dejar su dinero en cada una de ellas. El campamento cenaba una reconfortante ración de puré de arvejas con chorizo frito. Aquella noche, Sofía cenó lo mismo que el resto, algo que cada vez se hacía más común. Beatriz llegó cuando ya terminaba, había estado atendiendo a Cornelio; ella era la única que se preocupaba de él en aquellas cosas con las que nadie quiere ensuciarse las manos, Sofía la miró con reproche mientras su tía se servía un vaso de vino y se sentaba fuera de su tienda, “¿Por qué te preocupas tanto por él?” Quiso saber la muchacha, Beatriz sorbió un poco de su vino y lo saboreó varios segundos antes de tragarlo, “Alguien tiene que hacerlo…” Respondió con un tono tan pasivo y simple que esa conversación se terminó en ese mismo momento. Pero Sofía quería saber algo más, le había preguntado a Eugenio y a Eusebio Monje y ninguno de los dos conocía el porqué, pero estaba segura de que su tía lo sabría, “¿Conoces Valle Verde?” Beatriz lo conocía, aunque nunca había estado allí; era un sitio con mucho campo, tierras de cultivo y crianza de animales, con pequeños caseríos aislados, “…Tiene un nombre de lo más apropiado. ¿Por qué?” “Cornelio ha ordenado que nos dirijamos allá, dice que tiene un asunto pendiente en ese sitio, ¿sabes a qué se refiere?” Preguntó la chica sentándose a su lado, Beatriz se quedó pensando, confundida, miró su vaso largos segundos y luego a su sobrina, para luego responder con gesto elocuente, “No tengo ni idea”


León Faras.