domingo, 26 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

130.



Nina y sus chicas, luego de su pequeño pero necesario funeral, se unieron a la gente que clamaba venganza, y de inmediato Nina enviaría a la más avispada de su grupo a hablar con ese viejo resabiado de Migas por encargo de Gilda que pedía su ayuda. La mencionada no era otra más que Marla, cuya personalidad sensata y tenaz era especial para el trabajo, además de que, después de lo de Cípora, todas deseaban hacer cualquier cosa de utilidad para desquitarse de Cízarin, y como no, de su izquierdo iba agarrada Dudú, que si no estaba sujeta a alguien simplemente se desvanecía en su entorno. Marla no conocía al viejo más que por su reputación y las historias que se contaban sobre que en su juventud capturaba vagos y prostitutas durante la noche y los cocinaba para comerlos, o los vendía como carne curada de cerdo, pero ella no sentía miedo, una porque las historias siempre eran medio inventadas o no tendrían ninguna gracia, y otra porque la vida la había curtido lo suficiente como para no temerle a los desconocidos; ella los había conocido en todas sus formas y tamaños a lo largo de su vida, viejos y jóvenes, crueles y delicados y con todos ellos el miedo era siempre la peor estrategia; el temple, en cambio, era lo más efectivo. Encontrarle no fue tan fácil, todo el mundo sabía más o menos donde estaba la cabaña del viejo Migas pero los rodeos que dieron para evitar a los soldados cizarianos hicieron que medio se perdieran sino fuera por el mar de cabras que marcaba el lugar desde lejos, tanto con sus balidos como con su olor. El viejo había renunciado a correrlas debido a que eran demasiadas, y optó por esperar a que en algún momento se fueran solas. Las mujeres se abrieron paso entre los animales hasta la puerta, sin poder evitar por el camino más de alguna amistosa cornada en el trasero y se plantaron allí hasta que Migas las atendió por una minúscula abertura de su puerta, aunque no de la mejor manera viendo que se trataba de prostitutas. “No me interesan sus problemas ni lo que vengan a ofrecer…” Comenzó a escupir el viejo con gesto hostil pero la mujer lo interrumpió con firmeza. “Nos envió Gilda, necesita tu ayuda.” “¿Ella está bien?” Preguntó de inmediato el viejo, preocupado, cometiendo la imprudencia de abrir su puerta más de lo debido y permitir que la vista de las mujeres se inmiscuyera en sus asuntos. “¿Pero qué cochinada es esa?” Exclamó Marla, asqueada, viendo el cuerpo de Nimir abierto de par en par sobre una mesa. Migas iba a responder con agresividad que se trataba de un tratamiento funerario de alto nivel, pero Dudú intervino fascinada. “Vaya, ¿puedo verlo?” La chica se coló dentro de la casa con la naturalidad de un gato que huele comida, sin sentir miedo ni pedir permiso, le lanzó una palmadita amistosa sobre la cabeza al perro que la observaba junto a su amo y pasó a admirar el cadáver maravillada, como si se tratara de una obra de arte excepcional. “¿Y los órganos, dónde están? ¿Puedo verlos? Nunca he visto los de un ser humano…” Se excusó casi avergonzada, como si su ignorancia fuese incompetencia. Migas los señaló con recelo pero desarmado ante la más honesta expresión de curiosidad que hubiese visto desde la suya propia cuando él mismo era muy joven. Marla, por su parte ,estaba incrédula por el comportamiento de su compañera, quien no solo sonreía de gusto admirando un corazón humano, sino que además había dicho más palabras en los últimos dos minutos que en toda una semana. Luego, Dudú reparó en el padre de Migas y después de mirarlo un rato notó la extraña condición del anciano. “¿Puedo tocarlo?” Rogó, para luego añadir admirada. “¡Parece vivo!” “Lo está.” Replicó Migas, y la chica solo se sintió sobrecogida ante tanta maravilla, llevándose ambas manos a la boca como quien presencia un milagro. “¿De dónde eres, muchacha?” Preguntó al fin el viejo, pues el rostro de la chica tenía un aire familiar. Dudú le explicó sin recelos sus orígenes en la aldea de Campo Seco donde se crió sin padre pero con muchos hombres que visitaban su casa, algunos durante una noche y otros por varios días y que su mamá se esmeraba en complacer. Su padre, según sabía, había muerto cuando ella todavía no dejaba el pecho de su madre, por lo que no conocía ni su nombre, pues su madre nunca se lo dijo y ella no era de insistir demasiado. Migas recordó por un momento a su primo Telio, el tipo más tonto y buena gente del mundo. Un insoportable. Lo último que supo de él, era que se había desnucado en una mina que apenas estaban abriendo debido a una pedrada que le cayó del cielo. Saberlo no le sorprendió en lo más mínimo. Antes que eso, decían que se había juntado con una mujerzuela de la que estaba muy enamorado, una que, con total seguridad, no estaba igualmente enamorada de él. A la gente le encanta hablar de tipos como Telio gracias a ese tipo de decisiones. El hecho era que aquella chica le recordaba a su primo, con esa cara inflada sin mentón y ese ridículo cabello ondulado que nadie más en la familia tenía, aunque nunca oyó hablar de que Telio hubiese tenido una hija. “¿Tu madre vive todavía, muchacha?” Preguntó Migas. Dudú se encogió de hombros. Era probable, pero sinceramente, no lo sabía. El viejo asintió sin presionar, luego se dirigió a Marla. “Bueno, vamos a ver qué quiere esa vieja de .” Durante el camino, Dudú no dejó de hacer preguntas sobre quién era el muerto, y por qué se había muerto, y en qué consistía el fascinante proceso que le estaba haciendo y Migas respondía parco pero con disposición profesional, porque la chica no lo cuestionaba, solo tenía auténticas ganas de saber y eso era algo que él valoraba por sobre todas las cosas. Marla, por su parte, ya no llevaba a Dudú cogida a su brazo y eso la hacía sentirse extrañamente incómoda, pues la chica caminaba prendada de las palabras del viejo ese que no hablaba más que puras guarradas sobre tripas en remojo y carne descompuesta, eso, hasta que salieron de la espesura y Bosgos se presentó ante ellos, entonces el viejo se quedó en silencio. Migas no era un hombre de emociones fáciles y tampoco sentía tanto aprecio por las personas de Bosgos, pero no lo negaría, el espectáculo era sobrecogedor. Esta vez se le había pasado la mano a Cízarin.



León Faras.

sábado, 18 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

129.



El cuerpo de Emma había sido envuelto en sábanas y perfumado con aceites para ser quemado según la costumbre rimoriana de sus padres, pero no se haría todavía. Lina, su hermana menor, parada junto al cadáver, no lloraba, quería hacerlo, deseaba hacerlo, pero no podía y no entendía por qué. “¿Acaso es que no la amaba, mamá?” Preguntó angustiada, Nila la abrazó. “No digas eso. Si no quieres llorar, no lo hagas, pero no pienses así.” Le respondió estoica, entre sorbetes de mocos y espasmos de llanto. Cerca, los sobrevivientes que no habían huido planeaban el contraataque. Teniendo a Darlén de su lado, y después de ver lo que la bruja había hecho en el cielo, muchos sentían un renovado ímpetu para luchar, pero la mujer aún lloraba la muerte de una muchacha, lamentándose no poder haber hecho nada para salvarla ni protegerla. Nila le apretaba la mano, recordándole que la vida y la muerte estaban más allá del control de cualquier ser humano por poderoso que este fuera. “Eso no es del todo cierto…” Mencionó una mujer demasiado bella como para haber pasado desapercibida hasta el momento en que habló, era Circe, por supuesto. “Pero ya su vida se extinguió.” Argumentó Darlén, con el rostro cubierto de llanto. “Su cuerpo aún no se corrompe.” Respondió la otra bruja. “Pero está dañado.” Replicó la una. “Pero está completo.” Alegó la otra. “¿De verdad crees que se pueda?” Preguntó Darlén, ilusionada y confundida. “Sabes que solo depende de ella.” Contestó Circe, señalando a la difunta. Solo entonces Nila intervino queriendo saber qué carajos estaban diciendo, porque todo aquello se trataba de su hija, pero antes de que le contestaran, Darlén se lanzó encima de su mentora, sujetándola por los hombros para rogarle que hiciera lo que pudiera por esa chica a la que le había dado pecho en sus primeros años y a la que consideraba como una hija más. Circe aceptó, y Darlén se dirigió a Nila entonces apretándole ambas manos. “Confío en esta mujer con mi vida. Tú también puedes hacerlo.” Le dijo, para luego sentarse a su lado con una sonrisita de ánimo renovado. Nila esperaba una respuesta y Circe no se la negó. “A veces la muerte es injusta, llevándose a quién aún no debía irse; el espíritu de esa persona lo sabe y durante un tiempo se niega a abandonar lo que le es familiar, rondando sin parar en busca de retomar sus asuntos, a veces incluso, hasta enloquecer…” Nila escuchaba atenta, ella era rimoriana, y los rimorianos tenían ciertas creencias ancestrales relacionadas con los Invisibles, criaturas que ayudaban o dañaban a las personas y que alguna vez habían sido seres humanos también. “¿Estás hablando de volver a alguien a la vida?” Preguntó Nila, con miedo de sonar un poco tonta. Circe respondió. “Hablo de componer algo que aún no debía romperse.” “Pero eso es antinatural.” Intervino Lina, que hasta ese momento oía tan interesada como preocupada. “No seré yo quién decida qué es natural y qué no lo es, pero si no lo desean, no haremos nada, yo no tengo ningún interés en forzar a hacer nada a nadie.” Replicó la bruja, sin alterarse, pero con firmeza. Nila la detuvo. “Espera. Antes dijiste que todo dependía de ella, ¿no?” Circe asintió. “Si Emma no quiere retomar su cuerpo, no hay nada que podamos hacer para forzarla. Si no quiere, no lo hará.”



Hemos perdido buena parte del veneno que teníamos bajo los escombros, pero aun nos queda para defendernos.” Comentó uno. “Hagamos un cinturón de fuego, los encerramos dentro y les lanzamos todo el veneno que tengamos sobre las cabezas.” Propuso otro, una idea genial, pero sin detenerse a pensar en las dimensiones de ese cinturón ni en el tiempo y recursos necesarios para hacerlo. “¡Pero contamos con una bruja!” Defendió su idea él mismo, optimista, sin que nadie pareciera apoyarlo realmente. Berno, quién volvía a salir de este nuevo ataque sin un rasguño, y cuya borrachera aún no se iba del todo, afirmó que lo del fuego era una idea tonta, pues no había que ser genio para darse cuenta de que antes de que el sol se escondiera, iba a caer la lluvia que tanto tiempo llevaban esperando, y para confirmarlo señaló al horizonte. El otro, medio ofendido, le exigió que entonces propusiera algo mejor, y Berno, cuyo rostro luchaba por verse convincente, pero sin mucho éxito, propuso “envenenar la lluvia.” Aquella era una de esas cosas que, dependiendo de dónde viniera, podía ser calificada como una estupidez o una genialidad, de hecho, todos se quedaron mirando entre sí buscando si alguien podía apoyar tal ocurrencia, pero de los presentes, ninguno tenía respuestas claras. Las preguntas empezaron a surgir de un lado y de otro; que si acaso eso era posible o cómo se haría tal cosa, con el inconveniente de que Berno no hacía más que sonreír con suficiencia sin explicar nada, hasta que alguien respondió con firmeza por él, esa era Gilda. “Por supuesto que es posible. Si puedes envenenar el agua, entonces también puedes envenenar la lluvia.” Y si alguien sabía de venenos, esa era ella. “Apilen los cuerpos y sus prendas, y reúnan todo el aceite que puedan conseguir…” Ordenó, para luego agregar. “Vamos a necesitar hacer humo. Mucho humo.” Gilda estaba molesta, tanto por la muerte de su hermano como por la descarada insolencia de Cízarin. No era culpa de éstos últimos que Qrima muriera, pero sí que estuviera pudriéndose bajo una pila de escombros en vez de estar descansando en la cripta que la mujer tenía preparada para sí misma y sus seres queridos, incluyendo a su querida cabra Cicuta. Junto con algunas mujeres, se fue para recolectar lo necesario y preparar los venenos que usarían, aunque pensando en que le vendría bien la ayuda de alguien con experiencia para ajustar las dosis: Migas.



La idea fue genial, pero muchos se quedaron pensando de dónde se le había ocurrido algo así a alguien como Berno, éste respondió fingiendo sabiduría. “Mi abuelo me contaba, que su abuelo le contaba a él, que cuando Hiblia el Santo derrotó al ejército de Gárraga el Sanguinario, lo hizo gracias a una lluvia que enloqueció a sus enemigos, pero esa lluvia no fue totalmente algo divino como muchos creyeron, Hiblia ya sabía cómo utilizar los venenos, solo que dejó que con el tiempo lo apodaran el Santo gracias a esa proeza.” Los que lo oían se quedaron mirando con una sonrisa incrédula, fuera verdad o mentira, aquella era una buena historia.



León Faras.

lunes, 6 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

128.



Dan Rivel entró en Rimos con su cara de, a medio camino entre negociante honrado e idiota; sonriendo y saludando mientras todos lo examinaban a él y a su producto como al forastero cuyas intenciones son desconocidas. Le habían dicho que Rimos estaba lleno de herreros y que siempre habría más de uno dispuesto a pagarle lo justo por su producto, que eso era lo más importante, así que no debía ofrecerlo como si estuviera desesperado ni dárselo al primero que lo llamara. Sin embargo, pronto se le acercó uno a cogerlo del hombro para llevarlo a su negocio como si se conocieran desde hace mucho, éste era Nardo, que con buen ojo, reconoció los burros que el chico traía y estaba muy interesado, desde que lo probó, en conseguir más de ese carbón que le vendían solo a Yelena. “Escucha muchacho. ¿Tu carbón ya está vendido?” El chico negó con la cabeza, el herrero no lo dejó agregar más. “¿De dónde lo sacas?” Dan apenas comenzaba a responder cuando el otro ya lo hacía callar como a un pelele. “¡Está bien, está bien! No es necesario que lo andes pregonando por ahí, aquí la gente puede ser muy supersticiosa y no se andan con bromas…” Luego quiso saber sobre el precio. El muchacho fue inflexible dándole el valor que le habían dicho que debía dar y Nardo lo aceptó con suficiencia, como si estuviera acostumbrado a pagar dichos precios. “Pero si te lo compro todo me harás un descuento, ¿verdad?” Dijo el herrero, poniendo cara de víctima. Dan, que no esperaba venderlo todo tan rápido, porque nadie se lo había advertido, aceptó, creyendo que un pequeño descuento era lo más justo. Luego de cerrar el acuerdo, el herrero lo despachó discretamente por la parte de atrás. “Este lugar está lleno de viejos envidiosos que se quejan si compras mucho y se quejan si no compras nada… mejor no darles de qué hablar.” Le recomendó, como haciéndole un favor, mientras lo empujaba afuera con brusca amabilidad. Nardo lo había notado al instante, ese carbón del Bosque Muerto era excepcional en cuanto a calor y durabilidad, al punto que valía mucho la pena dejar de lado algunos prejuicios a cambio de su eficiencia.



Allí mismo, junto a su establecimiento, Nina y sus chicas cavaron una tumba con sus propios medios, y lo mejor que pudieron, para sepultar a Cípora entre llantos contenidos y maldiciones escupidas entre dientes hacia el maldito invasor, luego marcaron el lugar con una pila de rocas acorde al número de presentes durante el funeral y se quedaron mirándola como esperando a que pasara algo. Marla, decidió que era apropiado soltar las palabras que tenía en mente. “Como bosgonesa bien nacida que era, a Cipo no le gustaban los funerales de fuego porque decía que la gente terminaba feísima, toda chamuscada y tirada a plena vista, además de que esa era una costumbre rimoriana. Ella siempre quiso terminar así, en la tierra, viéndose tal y como era en vida… lástima que su carita le haya quedado toda magullada como le quedó.” Se lamentó la mujer, pronunciando sus palabras con decoro, mientras recordaba el rostro velado de Cípora que disimulaba a medias una deformación severa de su facciones, y soportaba el agarre intenso a su brazo de Dudú, la chica nueva de Campo Seco, quien saliera corriendo apenas oída la primera detonación, pero que regresó pronto porque en realidad no se fue muy lejos, solo corrió a esconderse en un establo cercano sin ninguna otra razón en particular aparte de que ella era una chica asustadiza. Ella, Dudú, tenía un talento excepcional para quedarse quieta sin hacer ruido durante horas, llegando a veces a desaparecer estando a plena vista, solo volviéndose parte de su entorno. No hablaba mucho y realizaba su trabajo con desinterés profesional, como quien hace perfectamente lo que tiene que hacer sin necesidad de prestarle más que un mínimo de atención. Era joven, aunque sin mucha gracia, flacuchenta, como si en realidad nunca se hubiese llegado a acostumbrar a comer, habiéndolo hecho sólo eventualmente para mantenerse con vida, y consideraba la risa, su risa, una especie de placer culpable que debía ocultar y reprimir con esmero, como si mereciera un castigo por cada pequeña dosis de felicidad. Era obvio para Marla que su amiga tuvo una infancia difícil, pero eso no la hacía especial, la infancia no había sido fácil para nadie que ella conociera.



En el campo de batalla, que era más una masacre, una ciudad deshecha o un alarde de poder más que otra cosa, los cadáveres de los lugareños se secaban al sol sin que nadie los recogiera, mientras los enemigos de Bosgos bebían o dormitaban arrimados a cualquier sombra que los librara del calor de sus trajes, mitad de metal y mitad de cuero. Entre estos, pero sobre todo entre los rimorianos, se había propagado cierto desasosiego, incomodidad, incluso un poco de temor disimulado. Muchos aseguraban, sin que ninguno se atreviera a negarlo, que la estrella que los cegó antes, fue una advertencia divina de que lo que estaban haciendo estaba mal, y si insistían, con seguridad el castigo sería mucho peor. La lógica cizariana decía que no había ninguna divinidad interesada en proteger a estos camperos mugrientos hediondos a estiércol de cabra, pero la estrella en el cielo la vieron todos y no era cosa que alguien hubiese visto antes. Los oficiales procuraban desestimar tales creencias con ademanes bruscos y gestos arrogantes, pero en el fondo, todos estaban inquietos por lo visto en el cielo, tanto que el tema llegó hasta los oídos de Fagnar, aunque éste sólo respondió pragmático: “Pues, esperemos que no sea necesario tener que insistir con este ataque.” Fue todo, luego volteó la vista hacia el horizonte, como queriendo ignorar la preocupación de sus hombres o restarle importancia, pero en realidad, el tenía otra, menos divina y más mundana. Mientras descansaba sentado sobre escombros a la sombra de un toldo improvisado bebiendo una taza de un té espeso y amargo, notó la mancha de oscuros nubarrones que se acercaba. Los Tronadores, símbolo del poder cizariano, habían demostrado en reiteradas ocasiones ser sumamente ineficientes al ser expuestos a la humedad, y un completo desastre tratando de actuar bajo una lluvia moderada, donde la mínima interacción con el agua los convertía con inverosímil facilidad, en pesados trastos de hierro inútil incapaces de escupir el más mínimo hálito de fuego, convirtiendo sus aterradoras explosiones en chasquidos ridículos menos impresionantes que un eructo, y sin duda, lo que se acercaba por el horizonte era una lluvia más que moderada



León Faras.