lunes, 22 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

137.



La lluvia se fue haciendo más intensa sin apenas hacer ruido, al tiempo que la noche se apoderaba del mundo, y Tibrón, seguido de Yurba, se metieron bajo el techo de un edificio a medio destruir donde Váspoli y un par soldados más habían encendido un fuego que abrigara el cuerpo y animara la conversación en una noche que se anticipaba tranquila. Lo último que vieron en la oscuridad fueron a los bosgoneses encendiendo numerosas antorchas, lo que era perfectamente normal en una noche en la que no te veías ni las manos sin una llama cerca. La mayoría de los soldados ya había buscado refugio a esa hora, pero eran varios los que estaban obligados a calarse para mantener la vigilancia activa. Yurba permanecía en silencio, tenso, como a la espera, lo que llamaba la atención, y fue Váspoli quien le preguntó en qué estaba tan concentrado. “En el silencio… hay mucho silencio.” Respondió Yurba, lo cual le sacó una sonrisa a su compañero porque sonó igual que un niño asustado, pero entonces se desató la locura. Los primeros fueron los caballos, que empezaron a impacientarse y a tirar de sus amarres con inexplicable urgencia, luego fue uno de los soldados cizarianos que vigilaba el negro horizonte sin protegerse de la lluvia, quien comenzó a gritar en la oscuridad como si le estuvieran arrancando la piel de los huesos, articulando en el proceso, una sola palabra inteligible, pero sin contexto: “¡Quítenmela, quítenmela!” Aunque muchos pensaron que estaba siendo atacado por espíritus malignos contra los que nada se podía hacer, el pobre tipo solo rogaba para que le ayudaran a sacarse la armadura, la que se había convertido en una jaula de tortura para él. Los alaridos se empezaron a propagar rápidamente en la oscuridad y los que estaban a cubierto, más temprano que tarde, también debieron salir a la lluvia para enterarse de qué ocurría. El veneno iría decayendo en efectividad, diluyéndose en la lluvia, pero era especialmente agresivo en ese momento y particularmente despiadado con los que llevaban armadura puesta. Fagnar, bajo un toldo junto con su caballo, solo podía oír cómo se multiplicaban los aullidos desesperados de sus hombres en la oscuridad, sin comprender qué estaba pasando. Demirel, quien siempre había encontrado algo gallardo en exponerse a la lluvia sin inmutarse, ahora permanecía de pie bajo una pequeña visera de un edificio a resguardo de ésta, pero lo hacía porque debía cuidar el metal de Gindri de la humedad. Desde donde estaba, vio caer hombres revolcándose en el suelo, hombres que estaban perfectamente bien hasta hace unos segundos, y sin que nada los tocara excepto por la lluvia. Demirel tuvo ese presentimiento y solo eso lo mantuvo donde estaba. Miró al cielo y luego a esos hombres gritando desesperados, arrastrándose, tratando de aflojar las correas de sus pecheras, y también vio a quienes intentaban ayudarles, sucumbir de idéntica manera. Estiró un brazo fuera del alero que lo protegía y dejó que la lluvia le escociera la piel hasta estar seguro de que era eso y no otra cosa la que los estaba destruyendo, e inmediatamente después, comenzó a quitarse la armadura del torso, comprendiendo que si la comezón se le metía debajo del metal, lo haría perder la razón como a aquellos pobres infelices que se revolcaban en el suelo desesperados frente a él. En eso estaba, siendo metódico y preciso como siempre, cuando oyó el grito de ataque del enemigo que se les venía encima, y su control se volvió urgencia.



El grito fue como el rugido de una multitud enfurecida que viene hacia ti imparable como la lluvia misma. Las antorchas, soportando apenas el aguacero, se sacudían fugaces y furiosas en la oscuridad como enemigos fantasmales que acosan sin poder recibir daño. Los rimorianos, cuyas armaduras eran más ligeras o inexistentes, y su mentalidad más propensa a la desgracia predestinada, se ocultaron rápidamente, sabiendo que el cielo estaba en su contra y que fuerzas sobrehumanas protegían a esas gentes de Bosgos, contra las que poco podían hacer. Yurba y Tibrón fueron advertidos por Aregel y otros rimorianos que usaban sus escudos como paraguas con relativo éxito. Aún seco, Fagnar se puso de pie bajo su toldo, alarmado, sin poder ver nada en concreto que le dijera contra qué estaban peleando. Sacaba su caballo a la lluvia para montarlo cuando uno de sus oficiales cayó a unos metros de él retorciéndose en el suelo, atrapado en su propia y brillante armadura de la que ahora no podía deshacerse. “¡Es la lluvia, señor, la lluvia!” Alcanzó a advertirle de forma heroica antes de perder la facultad del habla de pura e insoportable comezón. Fagnar, apenas sintió los efectos del veneno, antes de comprender lo que ocurría y refugiarse bajo su toldo, pero su caballo enloqueció en poco tiempo, comenzando a repartir coces al aire y a buscar la huida desesperada, como bestia atrapada en un incendio, y lo logró solo porque nadie estaba dispuesto a discutir con él bajo la lluvia.



Los bosgoneses atacaron cubiertos con pieles de cabra, capas hechas de hojas de palma, escudos improvisados de casi cualquier material que pudiera ser encerado sobre sus cabezas, e incluso algunos usaron sin pudor alguno, fuentes de arcilla cocida; ollas de greda amarradas sobre la cabeza. Armados con cualquier cosa que atravesara carne o golpeara duro, destrozaron vorazmente a todo aquel que cayó sorprendido bajo la lluvia, y que clamaba porque se acabara su tortura, que eran al menos la mitad del ejército cizariano en ese momento, mientras el resto se ocultaba bajo los techos que seguían en pie o huían entre callejones y escombros, conscientes más que nunca de que luchaban contra fuerzas que no eran solo humanas. Los Tronadores dispararon algunas veces más aunque sin causar demasiado daño. Cecar y sus hombres luchaban por mantener secos sus cañones y mantenerse secos ellos, pero pronto comenzaron a sucumbir uno a uno por el terrible escozor de la lluvia bajo sus armaduras metálicas, sin embargo, Cecar demostró ser un líder apto y digno, que a punta de órdenes firmes, amenazas o directamente insultos gritados bajo la lluvia, movilizó a sus hombres para mantener sus puestos y no abandonar sus Tronadores, soportando él mismo la tortura del veneno sobre su piel e inspirando a su gente a que podían gritar o retorcerse todo lo que quisieran pero jamás deshonrar sus armaduras tiznadas, incluso a costa de sus vidas.



León Faras.

martes, 16 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

136.



Tibrón y Yurba habían tomado buena posición en la cima de un edificio medio destruido desde donde la visión era más abierta y no tan accidentada, para vigilar durante los últimos minutos de luz de día. Estaban bastante callados, lo que para uno era normal, pero para el otro era raro, ignorando por completo la llovizna fina que los empapaba y que les corría por los surcos de la cara. Un aire cálido los envolvía desde hace un rato como el aliento de un coloso que duerme, el mismo viento tibio que transportaba las nubes cargadas de agua hacia ellos y que ahora parecían tener especial urgencia por llegar. “Se va a desatar una buena…” Comentó Yurba. “Y no tardará mucho.” Convino el otro, sobajeándose la cara para librarse del agua acumulada en las cejas y en la barba. La llovizna comenzó a ganar intensidad paulatinamente hasta volverse una lluvia suave, de esas que transportan susurros de otros mundos durante la noche y que puedes llegar a descifrar si guardas suficiente silencio y pones atención; de pronto, el viento se detuvo, así sin más, como si alguien hubiese cerrado algo en alguna parte, y Yurba alzó la vista al cielo, desconfiado, con los ojos pequeños y el rostro arrugado, esperando a que algo anormal sucediera. En ese momento, y por razones que aún no podían explicarse, la gente de Bosgos comenzó a encender los cuerpos que habían logrado apilar y recoger. A encenderlos y alejarse. Gruesos cordones de espeso humo negro emergieron de inmediato. Muchos les miraban de lejos meneando la cabeza con una sonrisa de afectación, como quien ve lo mal que se pueden hacer las cosas cuando los que están a cargo no tienen ni idea de lo que hacen, pero no Yurba, él buscaba con los ojos del desconfiado algo más, la trampa escondida bajo sus pies, el truco esperando para explotarle en la cara, y cuando no encontró nada extraño, Aregel llegó hasta ellos para señalárselo. El viento no se había detenido, los estaba rodeando, podía verse en las siluetas de los árboles no tan lejanos cómo estos se mecían. Yurba se chupó un dedo y lo alzó: ni una brisa donde estaban ellos. “Maldición, te dije que algo raro pasaría.” Gruñó, pero Tibrón no le hizo ni caso. Yurba era de esos que apuestan a varias opciones sin que apenas se note, para luego inevitablemente acertar en alguna de ellas y jactarse de haberlo predicho. Aregel tampoco replicó, el comportamiento del viento era curioso, pero nada más, cosas más raras se habían visto en el mundo, pero se mantenía alerta porque al igual que Yurba, él también esperaba ver algo más después de haber sido cegado por una estrella en el cielo.



El recorrido de Falena y Brelio hasta Bosgos estaba siendo bastante anecdótico. Aunque comenzó con toda la normalidad del mundo, apenas llevarían un par de horas de viaje o poco más, cuando una estampida los alertó. Un buen número de caballos corría hacia ellos en sentido contrario como si estuvieran huyendo de algo. Esa fue su primera impresión, aunque nadie huía a esa velocidad a menos que fuera perseguido, menos aun con la humedad que había, que todavía no era lluvia, pero que formaba una capa de cieno resbaladizo a lo largo de casi todo el camino capaz de desgraciar para siempre un buen caballo si no se tenía algo de precaución. Los chicos se orillaban sin detenerse, con los rostros ocultos bajo las capuchas que le protegían la vista de la fina llovizna que casi flotaba en el aire a esa hora, cuando el grupo pasó al galope junto a ellos. Una mujer de aspecto rudo y un viejo tuerto iban al frente, el resto del grupo no se veía mejor, incluso Falena creyó reconocer a uno de ellos como a un bandido que se le cruzó en el camino una vez para asaltarla, pero no estaba segura; ellos no levantaron demasiado la vista y los otros no aminoraron el paso. El grupo arrastraba un robusto y pesado carro tras ellos, que hacía más ruido que todos los caballos juntos cada vez que se sacudía con los baches del camino. Brelio no reconoció ninguno como bosgonés. Luego de eso, cuando el día comenzó a opacar, la llovizna a hacerse más fuerte, y el cruce con los jinetes de antes había dejado de ser tema hace rato, otro encuentro en el camino de lo más inusual los volvió a sorprender. Este era un tipo con el aspecto de lo que debería ser un salvaje, vestía lo que quedaba de lo que alguna vez fue su ropa, se cubría los hombros y la espalda con una piel oscura, posiblemente de perro, y tanto el pelo como la barba le habían crecido sin pizca de atención durante mucho tiempo. Estaba acuclillado a orilla del camino arañando el suelo con un palo afilado en busca de algo comestible cuando vio a los chicos. Llevaba un cuchillo a la cintura y un morral cruzado, y su mirada era la de alguien cansado de vivir huyendo y escondiéndose de todo, por lo que solo se quedó ahí, quieto, como un animal que no piensa atacar pero que está más que dispuesto a defenderse. Brelio registró su bolso, sacó un trozo de pan y carne seca envuelta en un paño y se lo mostró. No esperaría a que se acercara como un perro hambriento, ni se lo lanzaría arriesgándose a que el otro, furioso, le lanzara una piedra de vuelta, solo se lo enseñó y luego lo dejó caer sin dejar de caminar. Los expulsados de las ciudades por lo general vivían de la generosidad de los viajeros, pero a fin de cuentas, eran expulsados por algo y uno no debía fiarse demasiado de ellos. Pero nada de eso era comparable con lo que les sucedió al llegar. La lluvia caía abundante y serena, la noche avanzada, y la oscuridad apenas herida por una aterrorizada llama atrapada en una jaula de vidrio que habían logrado encender después de varios intentos porque no les quedaba otra alternativa si querían continuar avanzando. Buscaron rodear la ciudad para no entrar de frente y así evitar a los soldados cizarianos, pero había un inusual silencio, apenas roto por el constante murmullo de la lluvia, del que no se sabía qué esperar. Cuando lograron acercarse a la ciudad y ver a medias la destrucción de esta, lo hicieron con su pequeño farol apagado para no ser descubiertos. Había escombros en lugar de edificios y tal vez algunos cuantos cuerpos que era imposible determinar con la pobre visibilidad que tenían a esa hora de la noche. Instintivamente ambos se retiraron de la cabeza las capuchas que los cubrían para ampliar su rango de visión y contemplar con libertad lo poco que se les permitía ver del escenario, fue en ese momento cuando una incómoda picazón les agarró el cuello y se les coló por la espalda, fue leve al principio como cosquilleo, pero se volvió cada vez más molesta. Cuando la comezón les cogió la cabeza y la cara, fue cuando notaron que la lluvia la estaba provocando y decidieron huir como se huye de una peste que está por todos lados. Se metieron al fin bajo el primer edificio destruido que medio los cubrió de la lluvia y allí se miraron en la penumbra, sacudiendo los miembros, moviendo el cuerpo sin poder dejarlo quieto, soportando una comezón desesperante que podía adivinarse también en el gesto urgido del otro y que siendo más persuasiva que el orgullo o el pudor, los obligó a quitarse la ropa empapada, apenas dándose la espalda el uno al otro, para lavarse la piel con lo que fuera. La chica, aunque con recelo y como medida desesperada, pensaba usar el agua empozada en el suelo, pero el chico la detuvo cuando encontró lo que buscaba, el antídoto que todo bosgonés bien nacido conocía para el urticario en todas sus versiones: la ceniza del fogón. Varios minutos después yacían sentados en el suelo, medio humillados, embadurnados en ceniza hasta el pelo pero con el cuerpo en paz, abrazándose las rodillas sin decir palabra, cubiertos con una manta sacada de los escombros mientras se estilaba su ropa, con un pequeño fuego encendido que se animaron a prender pese a las circunstancias y sin caballo, pues éste había sentido los efectos del veneno en la lluvia y había huido también por su cuenta.


León Faras.

viernes, 5 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

135.



El sol comenzaba a apagarse, los cuerpos eran apilados en montones curiosamente distantes unos de otros, empapados en aceite, mezclados con leña seca y con las cargas de veneno ocultas entre sus ropas. Curioso, porque lo usual y más práctico era hacer una sola pila de cadáveres y quemarlos todos juntos. “Tal vez eran de familias que no se llevaban bien…” Sugirió Yurba, y a los que le escucharon les sonó bastante probable. “Va a ser un desastre…” Predijo otro. “Con la lluvia que ya viene van a perder el aceite, la leña y no van a alcanzar a quemar los cuerpos.” Lo hizo con una sonrisa de sabelotodo, pero todos estaban pensando lo mismo que él, que aquello debió hacerse mucho antes, no ahora. Una llovizna fina y tímida comenzaba a caer. Para Gilda y los suyos lo más importante era encender los fuegos en el momento exacto y ese momento estaba cerca. Era hora de traer a Darlén.



Apenas a tiempo y con la noche casi encima regresaba Berno, tanto o más borracho que como se había ido, sonriente y orgulloso bajo un sombrero ridículo, tan grande que no pasaría a través de una puerta normal. Presentó un barril lleno de brea que no era brea, como si se tratara de un invento revolucionario, pero que a nadie logró entusiasmar. “¡Pero qué mierda es esta?” Vociferó uno. “Eso les pasa por enviar a un borracho.” Dijo otro. “¡Les dije que llegaría con cualquier basura!” Alardeó un tercero. Berno intentó defenderse haciéndose el ofendido y tratando de ignorantes a medio pueblo, pero entonces llegó Janzo preguntando si había traído lo que necesitaban; Berno explicó que sí, pero que no era brea, enfatizando que antes de hacer el intercambio, él pidió una demostración y que vio con sus propios ojos lo efectiva que era la cera. Janzo ordenó usarla. Muchos rechazaron la idea como atolondrada, pero Janzo los señaló a todos y luego señaló a Berno: Todos estaban empapados por una llovizna que apenas había comenzado, mientras que el borracho permanecía seco bajo su sombrero de hojas de Yaya encerado. “Si ellos la usan, nosotros también usaremos esa cera de abejas.”



Gilda fue por Darlén. Se asomó poco para no interrumpir, sin levantar demasiado la vista y sin hablar fuerte, le dijo que ya era hora. Circe, que se preparaba para vaciar su infusión misteriosa a través de la garganta de la difunta, la envió a que hiciera su trabajo con un gesto, y ésta asintió consciente de su obligación. Nila aguardaba junto a su hija muerta, abrazada a su hija viva, sentadas ambas en el suelo frente al cuerpo de Emma, que también reposaba en el piso vestida con su ropa habitual. Entre ambas, Circe puso una jofaina con agua y una sencilla lámpara que encendió cuando la habitación ya estaba lo suficientemente en penumbras, la llama, iluminaría el agua y todo aquello que se reflejara en esta. “Si ella quiere, podrás verla…” Anunció, señalando el agua. Nila y su hija habían comenzado a notar algo muy raro en el hermoso rostro de esa mujer cuando se movía en la penumbra y que desaparecía cuando una luz le daba en la cara, algo como el rostro de un animal, pero no dijeron nada, era mejor no importunar con ese tipo de observaciones a alguien supuestamente capaz de revivir muertos, por lo que centraron su atención en el cuerpo de Emma y en el agua entre ellas, mientras la bruja comenzaba a recitar versos en murmullos ininteligibles. Un sonido agudo y persistente como una campana se quedó en el aire largo rato. No era una campana, más bien una especie de escudilla de un metal que se veía pesado y valioso golpeado por un trozo tubular del mismo material y que la bruja pasaba por encima del cuerpo de Emma como si quisiera empaparla de esa vibración. Continuaba la letanía de versos susurrados, tan persistentes como la nota emitida por el cuenco, cuando la llama de la lámpara comenzó a agitarse sin que ninguna corriente de aire la afectara, entonces Lina vio a su hermana pasar fugazmente tras ella reflejada en el agua, tan real como la viera hace menos de un día, se volteó sobresaltada, pero como era de esperarse, no había nada tras ellas. La niña podía jurar que no mentía aunque nadie dudara de ella, pero no era necesario porque Emma se paró frente a ellas, mirándolas a través de la fuente de agua con un rostro que no se veía nada reconfortante, más bien era el de alguien que acaba de entender lo que está sucediendo y no está nada conforme con ello. Esta vez, madre e hija la vieron y ella las vio de vuelta, y casi sintieron que se arrepentían de estar allí, pero la visión desapareció y el cuerpo de Emma comenzó a convulsionar ligeramente, mientras una sustancia negra, espesa y brillante, como una babosa del lodo, le escurría por la mejilla saliendo de su boca. Circe había dejado de recitar y ahora solo miraba conforme con su trabajo. “La niña, ha aceptado retomar su cuerpo. La muerte, está siendo expulsada.” Anunció, como quien se toma la molestia de traducir una inscripción que está en una lengua desconocida para el resto. Nila y su hija se pusieron de pie realmente asustadas, convencidas de que acababan de cometer un error que ya no podrían enmendar. Un grito que no pudieron contener se les escapó cuando la chica, antes muerta, abrió los ojos con determinación, luego los dedos de sus manos respondieron a la voluntad de la consciencia y Emma se incorporó vomitando violentamente a un costado los restos de esa porquería negra alojada en su garganta. Circe le ofreció agua y la ayudó a ponerse de pie, porque ponerse de pie era lo más importante para alguien que hasta hace un par de minutos estaba muerto. Emma miró a su madre, ambas se veían sorprendidas y confundidas a la vez, y aunque tuvo la intención, no le salió palabra, entonces, la lluvia se hizo presente, dejándose oír con fuerza desde afuera y anunciando que cosas importantes estaban a punto de pasar. Emma recordó una promesa hecha durante el sueño más extraño de su vida, el porqué había regresado y supo qué debía hacer. Ya no había miedo ni dudas.



León Faras.