141.
Con la salida del sol de ese día, muchas cosas sucedieron casi simultáneamente. Por un lado, Cego regresaba a Jazzabar triunfante, como un rey conquistador con su trofeo bajo el brazo, para encontrarse con que uno de sus hijos, el chiflado, estaba perdidamente enamorado, al parecer, y comprometido también, con una mujer que le resultaba muy familiar de haber visto en alguna parte, y es que Cegarra, como casi todos los hombres que visitan Bosgos alguna vez, pasan al menos una noche en el burdel de Nina, donde estaba seguro que había una joven puta coja, de genio muy apacible y trato acogedor, pero a la nadie tomaba realmente en serio en su oficio debido a su tara. Prato podía tener similares recuerdos porque él le acompañaba en esa y otras aventuras, pero eligió mantener la boca cerrada, el ceño apretado y la vista inquieta para no verse inquirido por los ojos de su rey, entonces, Cego recurrió a su otro hijo, el malhechor, quien frecuentaba el negocio de Nina con regularidad y que estaba parado justo a su lado en ese momento, para confirmar sus sospechas, pero éste, medio que escuchó lo que le iba a decir y de inmediato sacudió la cabeza en negación, descartando la sugerencia de un plumazo y llamando a gritos a su hermana Elba para que bebieran el trago que le había ofrecido antes; escabulléndose enseguida de su lado, por lo que Cego debió quedarse con la palabra de sus otras dos hijas, la de en medio y la menor, que no hablaban más que maravillas sobre la novia de su hermano Yan, sobre todo Daliana, porque Rina hacía poco más que sonreír y asentir.
También con el despunte del sol volvía a casa el grupo de revolucionarios al mando de Musso. Tomando todo tipo de precauciones, debido a que esperaban una batalla en pleno apogeo, se acercaron a pie, dejando atrás carros y caballos y arrimándose agazapados, primero por el oído antes que por los ojos. La lluvia ya declinaba casi por completo y el silencio era preocupante, hasta echar el primer vistazo. Desde su perspectiva, no quedaba un edificio en pie en toda la ciudad y posiblemente tampoco sobrevivientes. Cana, la mujer muda, fue la primera en ponerse de pie para contemplar horrorizada el desastre, su primo Ren lo hizo tras ella y luego todos los demás, ya sin temor de ser vistos. Musso estaba tan furioso, con lo sucedido, con los cizarianos, consigo mismo y su patético intento de ataque que más insignificante se sentía al lado del desastre en Bosgos, que sintió las mismas ganas de llorar que de golpear algo hasta romperlo, pero entonces, Cana, que además era su cuñada porque su hermana muerta fue la esposa de él durante un tiempo, señaló un tipo de movimiento lejano que podían ser sobrevivientes y que les devolvió la esperanza a todos. Musso se restregó los ojos con rudeza, disgustado porque se le habían mojado sin querer, y con la misma rudeza, ordenó a todos ponerse en marcha, pues aún no estaba todo perdido.
El ejército cizariano, agotado como si hubiese tenido que cruzar todo un mar de lodo con el mundo a cuestas, se refugió en un claro del bosque aledaño donde recobraron el aliento hasta que el aguacero amainó y el sol por fin salió despejado en la mañana, atrincherados entre los los árboles esperando por un ataque enemigo que nunca llegó. Cecar, curioso, notó que la protección de los bosgoneses contra la lluvia no era más que cera de abeja y pensó que valdría la pena usarla con sus Tronadores, tal vez más que la grasa animal que ya usaban, mientras Fagnar los presionaba para que recuperaran su poder de ataque lo antes posible. Lograron recuperar algunos caballos que no habían ido muy lejos y el general los pensaba usar para arrastrar sus Tronadores de vuelta y acabar con lo que quedaba de ciudad, pero Tibrón le hizo ver, sin demasiado esfuerzo, que aquella era una idea impulsiva, que los hombres estaban cansados y desmoralizados, que casi no tenían víveres debido a la precipitada huida, que también habían perdido la mitad de sus pertrechos y algunos soldados ni siquiera tenían su espada para pelear, y que no debían olvidar que el enemigo aún podía contar con veneno y usarlo contra ellos, Fagnar no dijo nada, pero algo tenía que hacer, no podía concederles una victoria así de fácil, no cuando eran ellos los que tenían la ventaja en la batalla, tenían a los Tronadores. Fue así como el general ordenó a su ejército a salir de su escondite y formarse como se debía en las afueras de la ciudad, mientras que él tomaba los pocos caballos que tenían y se hacía acompañar de Váspoli y otro par de soldados de fiar hasta mismísimo centro de la ciudad, el escampado donde antes habían parlamentado para volver a hablar con el enemigo, una decisión que para algunos podía considerarse como valiente y digna, mientras que para otros solo era presuntuosa e inútil estupidez. “Si lo matan y lo envían de regreso sin cabeza, ¿nos podemos ir a casa?” Preguntó Yurba a Tibrón, que era de los pocos oficiales que quedaban, pero este ni lo miró. Poco a poco se daba cuenta de lo que todo el mundo ya sabía, que muchas veces era mejor ignorar a Yurba sus comentarios y dejar que se respondiera él solo. “Supongo que no será tan fácil.” Efectivamente. Se respondió a sí mismo.
Nuevamente sonó el cuerno y nuevamente salió Emmer al frente a hablar con el general mientras muchas caritas en el fondo se reían para sus adentros, engreídas y burlescas. “Esta será la última vez que hablemos, espero que sea consciente de ello.” Dijo Fagnar. Emmer asintió. El general esperó oír algo más, pero solo obtuvo eso. Continuó. “Antes vine a negociar, ahora tengo que felicitarles, lo de la lluvia fue una gran jugada.” “¿No creerá que nosotros hicimos eso? ¿O sí, general?” Replicó Emmer con cinismo controlado, Fagnar sonrió aun más cínico. “Sin llegar a ser un sabio, soy un hombre instruido…” Quiso llamar de alguna manera a su interlocutor pero se dio cuenta de que no conocía ni su nombre ni su rango, por lo que solo continuó después de una corta pausa. “He leído bastante, y conozco la historia de Hiblia y de cómo derrotó a un ejército más grande y mejor armado que el de él con la ayuda del cielo, pero pocos se acuerdan de la figura de Varaduma, el estudioso que le acompañaba desde las sombras y que fabricaba todas sus pociones y venenos. No esperará que crea que hay un dios preocupado por proteger el destino de estas tierras y su gente, ¿o sí? Porque de ser así, me gustaría mucho verlo.” Emmer apretaba la mandíbula como un acto reflejo para verse firme. “Tal vez ya lo vio, general.” Respondió, a falta de algo mejor. El general sonrió complaciente, otorgándole un porcentaje de validez a tal posibilidad, luego contempló el cielo completamente limpio y despejado sobre sus cabezas. “Que su dios los proteja.” Dijo, dándose la vuelta para irse sin más.
León Faras.