miércoles, 26 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

143.



Migas despertó de pronto y asustado, como si hubiese cometido un grave error en sueños, pero se tranquilizó tras ojear su entorno y comprobar que todo parecía estar en perfecta normalidad. Estaba echado sobre sus documentos, como siempre, e iba a comenzar a poner en orden sus cosas cuando el motivo de su inquietud entró por la puerta sonriendo descarada y con un manojo de leña fina en las manos para encender el fuego. “Hice masa para tortillas, pero apenas había lumbre en el fogón. A Tata le encantarán.” Dijo la chica, Migas se preguntó quién carajos era Tata y si acaso se refería así a su padre, iba a comentarlo, pero Dudú se le adelantó. “Sí Tata, las haré con ajo como me pediste.” Migas la miró como si estuviera cometiendo un flagrante delito, pero Dudú continuó soltado comentarios y risitas cómplices como si en verdad hablara con su padre, hasta que Migas, hastiado de la farsa, se le acercó para decirle al oído, con uno de sus huesudos dedos estirado en señal de advertencia. “Deja de fingir que hablas con mi padre.” La chica protestó ofendida, pero el viejo fue inflexible. “Puedes tomarme por loco si quieres, pero no me tomes por imbécil. Ahora ayúdame a llevar a Nimir a la cripta para despejar la mesa. No podemos comer siempre con él ahí como si fuese un florero.” Ordenó el viejo, olvidando el asunto, como un agente que está dispuesto a pasar por alto un crimen menor, mientras no se vuelva a repetir. “A mí, no me molesta.” Señaló Dudú, bajito, cogiendo al difunto por los pies. “A mí tampoco, pero tal vez a él sí.” Contestó Migas, levantando el cadáver por los sobacos. Luego agregó. “Por cierto, sé que a mi padre le encanta el ajo pero no le des demasiado porque le ablanda la sangre, ¿entiendes?” Dudú asintió conteniendo una sonrisa.



Demirel, como el más ordinario de los ciudadanos, no tuvo la oportunidad de observar a la realeza de Cízarin muchas veces durante su vida, pero era un buen observador por naturaleza, y la fisonomía de un rey era algo importante para alguien que debía servirle, pero si al rey lo había visto solo un par de veces en toda su vida, al hermano del rey lo vio solo una vez, siendo él mismo un muchacho que todavía jugaba con una espada de madera. Sucedió justo antes del ataque de Rimos, el príncipe de Cízarin pasó frente a él montado sobre un caballo enorme, vestido de metal brillante, seguido de un ejército de soldados leales a su general, dispuestos cada uno de ellos a morir en la batalla defendiendo la ciudad y a su gente, tal como él soñaba con llegar a hacerlo algún día, pero de eso ya había pasado mucho tiempo, y del príncipe y guerrero aquel, nunca más se supo. “Solo somos personas dispuestas a hacer lo que sea por mantener a salvo a nuestras familias.” Respondió Janzo, innecesariamente ambiguo, lo que hizo que Demirel lo observara con aún más interés. Éste último habló. “Me crié en una posada en la que trabajé desde pequeño junto a mi madre limpiando y cocinando para los viajeros. Nunca conocí a mi padre, según mi madre, murió sin pena ni gloria antes de que yo naciera. Ahí aprendí dos cosas que me servirían para toda la vida: que la cebolla frita mejora cualquier plato por pobre que este se vea, y que puedes aprender mucho sobre las personas si sólo las observas y las escuchas sin interrumpir, y no necesito mucho para darme cuenta de que tú eres cizariano hasta las botas, un cizariano luchando junto con un monstruo rimoriano en contra de su propio pueblo, y apostaría un ojo a que no eres cualquier hijo de labriego.” Janzo miró a Emmer y luego de vuelta al prisionero. “Sí, así es.” Admitió. “¿Quién carajos eres?” Insistió Demirel. Janzo se le puso muy cerca para no tener que levantar la voz. “Creo que ya lo sabes, pero si yo te lo digo, tendré que matarte para conservar el secreto, y tú aún tienes la posibilidad de salir con vida de esta.” Demirel hizo una mueca de descaro. “Soy un soldado, la muerte no puede asustarme ni por dolorosa que sea, pero si me dices la verdad, tal vez aún tengan una posibilidad de que los ayude antes de morir.” Janzo lo miró a los ojos como se le mira a alguien a quien se le odia y se le respeta por igual. “Soy Rianzo, hermano de Siandro, y príncipe de Cízarin.” Respondió Janzo, con toda la seriedad del mundo, casi malhumorado, cosa que Demirel aceptó como algo válido. “¿Cómo es eso posible?” Preguntó éste, en un tono más apaciguado, y el otro le respondió que de alguna manera sobrevivió a la batalla, casi ahogado pero sin heridas graves, y que luego de eso, solo pensó en que quería estar con su mujer y su hijo. Demirel asintió conforme, como alguien capaz de reconocer cuando alguien está siendo honesto. “Puedo entender eso… puedo respetar eso, pero lo que no puedo, es aceptar que te hayas vuelto en contra de tu propio pueblo y de tu rey.” Le reprochó. Janzo sintió que la ayuda de este hombre le estaba saliendo demasiado cara. “Defiendo Bosgos tal como defendí Cízarin, tal vez eso sea una traición hacia mi rey para ti, pero un hombre no puede tomar dos caminos cuando debe elegir uno. Yo elegí el mío y ahora tengo que seguirlo hasta el final, porque lo que no puedes hacer, es traicionarte a ti mismo.” Demirel meditó unos segundos esas palabras y luego puso una cara de resignación de lo más curiosa. “¿Me dejarán elegir cómo quiero morir?” Dijo, como quien pregunta qué hay de postre. Tanto Janzo como Emmer se miraron incrédulos, ¡todo esto para nada! “Entonces, ¿no nos vas a ayudar?” Preguntó Nila, francamente enojada. Demirel se encogió de hombros, que era de las pocas cosas que podía hacer en su posición. “Sí, lo haré, pero ahora conozco su secreto y debe matarme para mantenerlo, eso fue lo que él dijo, así que me gustaría pedir que sea con un puñal en el corazón.” Janzo lo miró realmente harto de él. “Con mucho gusto lo haré como tú quieres.” Le contestó.


León Faras.



sábado, 15 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

142.



Los primeros rayos del sol despertaron a Falena y Brelio que sin querer se habían reclinado uno sobre el otro al dormirse. Dieron un respingo nada más abrir los ojos y verse, y es que sus rostros estaban pálidos por la ceniza, resquebrajada al secarse ésta con el calor del fuego y con surcos de lágrimas y baba que le daban un aspecto de criatura maligna y sobrenatural, además del pelo enlodado, tieso y blacuciento, disperso en todas direcciones. No les quedó más que reírse del susto que se dieron porque de verdad había sido tan tonto como genuino. Mientras aún reían, buscaron las charcas de agua más cercanas para lavarse la cara y todavía con esa misma sonrisa en la cara se pusieron de pie para observar la catástrofe que los rodeaba bajo la luz del día. Su sonrisa se apagó como una vela ante una repentina corriente de aire. Estaban rodeados de muertos, muchos soldados enemigos, y también muchos bosgoneses aplastados bajo los escombros de su propia ciudad, muchos cadáveres que no podrían ser recogidos y retirados en un corto plazo de tiempo, lo que sería de gran provecho para Cízarin, porque lo que comenzaran con sus Tronadores, lo terminarían con la pestilencia.



Fagnar envió una docena de sus hombres a recuperar los caballos dispersos por el escozor de la lluvia, estuvieran donde estuvieran, y a siete más, porque esos eran todos los caballos que tenían en ese momento, para que fueran a Cízarin y regresaran con suministros, munición para los Tronadores y todos los hombres disponibles para acabar con Bosgos de una vez por todas. Yurba y Tibrón no estaban en ninguno de estos dos grupos, por lo que su trabajo era quedarse parados donde estaban, atentos a cualquier posible reacción del enemigo junto con los rimorianos, que de pronto eran mayoría. En Bosgos la situación no era más favorable, su arma más letal, el veneno, estaba casi agotado, diluido en la lluvia o destruido bajo toneladas de escombros y tierra, y su gente no estaba en mejores condiciones, ahora ya no festejaban su relativa victoria con alcohol y polvo de ninfas, ahora se escondían y esperaban, mordisqueando cualquier cosa para matar el hambre o la ansiedad, esperando el ataque enemigo que sabían que llegaría en cualquier momento, porque así funcionaba esto, ellos habían dado su golpe y ahora tocaba esperar el golpe de regreso, mientras Cízarin los observaba desde lejos, sin hacer nada, aparentemente, porque algo debían de estar planeando. Cecar, quien mostraba confiable competencia y una motivación excepcional en su cargo, había expuesto su idea de mover los Tronadores a una zona lateral despejada desde donde atacar limpiamente lo que quedaba en pie de la ciudad, pero hacer el traslado ocultos entre los árboles para no ser vistos, lo que Fagnar celebró como una gran idea; mantener la atención del enemigo en el frente, mientras movían su foco de ataque principal a un flanco, era una de las tácticas de ataque más efectivas creada en la naturaleza por las más antiguas manadas de depredadores, por lo que ordenó implementarla de inmediato.



Cuando Desmirel despertó estaba sentado en el piso, con las manos atadas a la espalda y amarrado del cuello a un grueso poste que aún seguía en pie. Una mujer, asistida por una jovencita le limpiaba las heridas, el soldado no tardó en reconocerla, era aquella cuya hija murió aplastada y que él ayudó a sacar de entre los escombros. En cuanto la mujer lo vio abrir los ojos, le llevó a la boca el pico de una vasija con agua para darle de beber, pero Demirel la rechazó con rudeza, volteando el rostro con un gruñido, como un perro desconfiado. “Es solo agua, lo prometo.” Dijo Nila, y para probar que no contenía venenos ni soporíferos, se echó un trago en la boca ella misma. “Sé que debes tener sed, y…” Decía ella, cuando el hombre la interrumpió. “¿Por qué sigo vivo?” Preguntó con disgusto, como si estuviera hastiado de escuchar banalidades y quisiera por fin hablar sobre cosas importantes. “¿Acaso preferirías estar muerto?” Replicó la mujer, con una inocencia que a Demirel le pareció casi infantil. “¡Soy un soldado! ¡Claro que prefiero haber muerto empuñando mi espada antes que seguir vivo y atado a un poste como un puerco!” “¡Pues la muerte no llega cuando tú quieres, sino cuando te la ganas! ¡Y tal vez tú no te la has ganado todavía!” Replicó Nila, rencorosa, como si le hubiese ofendido su tono prepotente. Demirel pensó que podía estar parcialmente de acuerdo con esa afirmación. “¿Tu hija sí se la ganó?” Musitó, provocativo. Nila estuvo a punto de responderle que su hija muerta ahora estaba viva, pero se contuvo, en eso apareció Janzo. “¿Sabes por qué sigues vivo?” Preguntó éste sin rodeos. “Aparentemente, porque no me he ganado la muerte todavía.” Respondió el otro con un tono casual que Janzo no supo interpretar y prefirió ignorar. “Estás vivo porque alguien pensó que podrías ayudarnos a defendernos.” Demirel lo miró con una mueca de risa, como si quisieran tomarle el pelo. “¿Acaso pides que me cambie de bando?” La idea era ridícula de solo pensarla. “Queremos que nos ayudes, no que pelees por nosotros.” Respondió Janzo. “¡Nos están masacrando allá afuera, y no hicimos nada para merecerlo!” Explicó Nila. “Fueron advertidos y aun así se resistieron.” Argumentó Demirel, y de inmediato recibió una respuesta de un punto al que no podía voltearse a mirar. “¿Acaso no lo hubieses hecho tú?” Ese era Emmer. Demirel no respondió hasta que éste se dejó ver. “Lo que yo hubiese hecho, no es relevante. Las suposiciones no cambian nada.” Emmer se agachó frente a él. “Yo te vi hoy, no estabas contento con lo que estaba sucediendo aquí… Incluso estabas avergonzado.” Y luego de una pausa, agregó. “Por eso estás vivo.” Demirel sabía que eso era verdad, y siempre estaba en conflicto el deber de hacer su trabajo como soldado, y la obligación moral de no hacer nada que lo avergonzara a él o que deshonrara a su espada, aun así, ayudar al enemigo era una directa traición hacia su rey, y esa era una línea que él no estaba dispuesto a cruzar. “¿Cuántas líneas estás dispuesto a cruzar por hacer lo que otros te ordenan que hagas?” Le sugirió Nila como si le hubiese leído la mente. Demirel la miró a ella y luego a Emmer. “En el servicio está el honor del soldado.” Repitió el cizariano de memoria, como una frase inculcada durante mucho tiempo. “¿Y qué hay de proteger la vida de los inocentes con…?” Replicó Janzo, pero Demirel acabó su frase. “…¿contra la mano del tirano?” Lo que hizo que éste último le prestara mucha más atención que antes; aquella era una sentencia del ejército cizariano, vana retórica más que nada, pero especialmente popular desde el ataque de Rimos, lo que delataba a este hombre como cizariano, y si así era, algo en lo más profundo de su mente cobraba inesperado sentido, y es que al mirar ese rostro con otros ojos, comenzó a ver el atenuado pero innegable parecido con su hermano mellizo, el rey de Cízarin. “¿Quién demonios eres?” Preguntó.



León Faras.

lunes, 3 de agosto de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

141.



Con la salida del sol de ese día, muchas cosas sucedieron casi simultáneamente. Por un lado, Cego regresaba a Jazzabar triunfante, como un rey conquistador con su trofeo bajo el brazo, para encontrarse con que uno de sus hijos, el chiflado, estaba perdidamente enamorado, al parecer, y comprometido también, con una mujer que le resultaba muy familiar de haber visto en alguna parte, y es que Cegarra, como casi todos los hombres que visitan Bosgos alguna vez, pasan al menos una noche en el burdel de Nina, donde estaba seguro que había una joven puta coja, de genio muy apacible y trato acogedor, pero a la nadie tomaba realmente en serio en su oficio debido a su tara. Prato podía tener similares recuerdos porque él le acompañaba en esa y otras aventuras, pero eligió mantener la boca cerrada, el ceño apretado y la vista inquieta para no verse inquirido por los ojos de su rey, entonces, Cego recurrió a su otro hijo, el malhechor, quien frecuentaba el negocio de Nina con regularidad y que estaba parado justo a su lado en ese momento, para confirmar sus sospechas, pero éste, medio que escuchó lo que le iba a decir y de inmediato sacudió la cabeza en negación, descartando la sugerencia de un plumazo y llamando a gritos a su hermana Elba para que bebieran el trago que le había ofrecido antes; escabulléndose enseguida de su lado, por lo que Cego debió quedarse con la palabra de sus otras dos hijas, la de en medio y la menor, que no hablaban más que maravillas sobre la novia de su hermano Yan, sobre todo Daliana, porque Rina hacía poco más que sonreír y asentir.



También con el despunte del sol volvía a casa el grupo de revolucionarios al mando de Musso. Tomando todo tipo de precauciones, debido a que esperaban una batalla en pleno apogeo, se acercaron a pie, dejando atrás carros y caballos y arrimándose agazapados, primero por el oído antes que por los ojos. La lluvia ya declinaba casi por completo y el silencio era preocupante, hasta echar el primer vistazo. Desde su perspectiva, no quedaba un edificio en pie en toda la ciudad y posiblemente tampoco sobrevivientes. Cana, la mujer muda, fue la primera en ponerse de pie para contemplar horrorizada el desastre, su primo Ren lo hizo tras ella y luego todos los demás, ya sin temor de ser vistos. Musso estaba tan furioso, con lo sucedido, con los cizarianos, consigo mismo y su patético intento de ataque que más insignificante se sentía al lado del desastre en Bosgos, que sintió las mismas ganas de llorar que de golpear algo hasta romperlo, pero entonces, Cana, que además era su cuñada porque su hermana muerta fue la esposa de él durante un tiempo, señaló un tipo de movimiento lejano que podían ser sobrevivientes y que les devolvió la esperanza a todos. Musso se restregó los ojos con rudeza, disgustado porque se le habían mojado sin querer, y con la misma rudeza, ordenó a todos ponerse en marcha, pues aún no estaba todo perdido.



El ejército cizariano, agotado como si hubiese tenido que cruzar todo un mar de lodo con el mundo a cuestas, se refugió en un claro del bosque aledaño donde recobraron el aliento hasta que el aguacero amainó y el sol por fin salió despejado en la mañana, atrincherados entre los los árboles esperando por un ataque enemigo que nunca llegó. Cecar, curioso, notó que la protección de los bosgoneses contra la lluvia no era más que cera de abeja y pensó que valdría la pena usarla con sus Tronadores, tal vez más que la grasa animal que ya usaban, mientras Fagnar los presionaba para que recuperaran su poder de ataque lo antes posible. Lograron recuperar algunos caballos que no habían ido muy lejos y el general los pensaba usar para arrastrar sus Tronadores de vuelta y acabar con lo que quedaba de ciudad, pero Tibrón le hizo ver, sin demasiado esfuerzo, que aquella era una idea impulsiva, que los hombres estaban cansados y desmoralizados, que casi no tenían víveres debido a la precipitada huida, que también habían perdido la mitad de sus pertrechos y algunos soldados ni siquiera tenían su espada para pelear, y que no debían olvidar que el enemigo aún podía contar con veneno y usarlo contra ellos, Fagnar no dijo nada, pero algo tenía que hacer, no podía concederles una victoria así de fácil, no cuando eran ellos los que tenían la ventaja en la batalla, tenían a los Tronadores. Fue así como el general ordenó a su ejército a salir de su escondite y formarse como se debía en las afueras de la ciudad, mientras que él tomaba los pocos caballos que tenían y se hacía acompañar de Váspoli y otro par de soldados de fiar hasta mismísimo centro de la ciudad, el escampado donde antes habían parlamentado para volver a hablar con el enemigo, una decisión que para algunos podía considerarse como valiente y digna, mientras que para otros solo era presuntuosa e inútil estupidez. “Si lo matan y lo envían de regreso sin cabeza, ¿nos podemos ir a casa?” Preguntó Yurba a Tibrón, que era de los pocos oficiales que quedaban, pero este ni lo miró. Poco a poco se daba cuenta de lo que todo el mundo ya sabía, que muchas veces era mejor ignorar a Yurba sus comentarios y dejar que se respondiera él solo. “Supongo que no será tan fácil.” Efectivamente. Se respondió a sí mismo.



Nuevamente sonó el cuerno y nuevamente salió Emmer al frente a hablar con el general mientras muchas caritas en el fondo se reían para sus adentros, engreídas y burlescas. “Esta será la última vez que hablemos, espero que sea consciente de ello.” Dijo Fagnar. Emmer asintió. El general esperó oír algo más, pero solo obtuvo eso. Continuó. “Antes vine a negociar, ahora tengo que felicitarles, lo de la lluvia fue una gran jugada.” “¿No creerá que nosotros hicimos eso? ¿O sí, general?” Replicó Emmer con cinismo controlado, Fagnar sonrió aun más cínico. “Sin llegar a ser un sabio, soy un hombre instruido…” Quiso llamar de alguna manera a su interlocutor pero se dio cuenta de que no conocía ni su nombre ni su rango, por lo que solo continuó después de una corta pausa. “He leído bastante, y conozco la historia de Hiblia y de cómo derrotó a un ejército más grande y mejor armado que el de él con la ayuda del cielo, pero pocos se acuerdan de la figura de Varaduma, el estudioso que le acompañaba desde las sombras y que fabricaba todas sus pociones y venenos. No esperará que crea que hay un dios preocupado por proteger el destino de estas tierras y su gente, ¿o sí? Porque de ser así, me gustaría mucho verlo.” Emmer apretaba la mandíbula como un acto reflejo para verse firme. “Tal vez ya lo vio, general.” Respondió, a falta de algo mejor. El general sonrió complaciente, otorgándole un porcentaje de validez a tal posibilidad, luego contempló el cielo completamente limpio y despejado sobre sus cabezas. “Que su dios los proteja.” Dijo, dándose la vuelta para irse sin más.



León Faras.