142.
Los primeros rayos del sol despertaron a Falena y Brelio que sin querer se habían reclinado uno sobre el otro al dormirse. Dieron un respingo nada más abrir los ojos y verse, y es que sus rostros estaban pálidos por la ceniza, resquebrajada al secarse ésta con el calor del fuego y con surcos de lágrimas y baba que le daban un aspecto de criatura maligna y sobrenatural, además del pelo enlodado, tieso y blacuciento, disperso en todas direcciones. No les quedó más que reírse del susto que se dieron porque de verdad había sido tan tonto como genuino. Mientras aún reían, buscaron las charcas de agua más cercanas para lavarse la cara y todavía con esa misma sonrisa en la cara se pusieron de pie para observar la catástrofe que los rodeaba bajo la luz del día. Su sonrisa se apagó como una vela ante una repentina corriente de aire. Estaban rodeados de muertos, muchos soldados enemigos, y también muchos bosgoneses aplastados bajo los escombros de su propia ciudad, muchos cadáveres que no podrían ser recogidos y retirados en un corto plazo de tiempo, lo que sería de gran provecho para Cízarin, porque lo que comenzaran con sus Tronadores, lo terminarían con la pestilencia.
Fagnar envió una docena de sus hombres a recuperar los caballos dispersos por el escozor de la lluvia, estuvieran donde estuvieran, y a siete más, porque esos eran todos los caballos que tenían en ese momento, para que fueran a Cízarin y regresaran con suministros, munición para los Tronadores y todos los hombres disponibles para acabar con Bosgos de una vez por todas. Yurba y Tibrón no estaban en ninguno de estos dos grupos, por lo que su trabajo era quedarse parados donde estaban, atentos a cualquier posible reacción del enemigo junto con los rimorianos, que de pronto eran mayoría. En Bosgos la situación no era más favorable, su arma más letal, el veneno, estaba casi agotado, diluido en la lluvia o destruido bajo toneladas de escombros y tierra, y su gente no estaba en mejores condiciones, ahora ya no festejaban su relativa victoria con alcohol y polvo de ninfas, ahora se escondían y esperaban, mordisqueando cualquier cosa para matar el hambre o la ansiedad, esperando el ataque enemigo que sabían que llegaría en cualquier momento, porque así funcionaba esto, ellos habían dado su golpe y ahora tocaba esperar el golpe de regreso, mientras Cízarin los observaba desde lejos, sin hacer nada, aparentemente, porque algo debían de estar planeando. Cecar, quien mostraba confiable competencia y una motivación excepcional en su cargo, había expuesto su idea de mover los Tronadores a una zona lateral despejada desde donde atacar limpiamente lo que quedaba en pie de la ciudad, pero hacer el traslado ocultos entre los árboles para no ser vistos, lo que Fagnar celebró como una gran idea; mantener la atención del enemigo en el frente, mientras movían su foco de ataque principal a un flanco, era una de las tácticas de ataque más efectivas creada en la naturaleza por las más antiguas manadas de depredadores, por lo que ordenó implementarla de inmediato.
Cuando Desmirel despertó estaba sentado en el piso, con las manos atadas a la espalda y amarrado del cuello a un grueso poste que aún seguía en pie. Una mujer, asistida por una jovencita le limpiaba las heridas, el soldado no tardó en reconocerla, era aquella cuya hija murió aplastada y que él ayudó a sacar de entre los escombros. En cuanto la mujer lo vio abrir los ojos, le llevó a la boca el pico de una vasija con agua para darle de beber, pero Demirel la rechazó con rudeza, volteando el rostro con un gruñido, como un perro desconfiado. “Es solo agua, lo prometo.” Dijo Nila, y para probar que no contenía venenos ni soporíferos, se echó un trago en la boca ella misma. “Sé que debes tener sed, y…” Decía ella, cuando el hombre la interrumpió. “¿Por qué sigo vivo?” Preguntó con disgusto, como si estuviera hastiado de escuchar banalidades y quisiera por fin hablar sobre cosas importantes. “¿Acaso preferirías estar muerto?” Replicó la mujer, con una inocencia que a Demirel le pareció casi infantil. “¡Soy un soldado! ¡Claro que prefiero haber muerto empuñando mi espada antes que seguir vivo y atado a un poste como un puerco!” “¡Pues la muerte no llega cuando tú quieres, sino cuando te la ganas! ¡Y tal vez tú no te la has ganado todavía!” Replicó Nila, rencorosa, como si le hubiese ofendido su tono prepotente. Demirel pensó que podía estar parcialmente de acuerdo con esa afirmación. “¿Tu hija sí se la ganó?” Musitó, provocativo. Nila estuvo a punto de responderle que su hija muerta ahora estaba viva, pero se contuvo, en eso apareció Janzo. “¿Sabes por qué sigues vivo?” Preguntó éste sin rodeos. “Aparentemente, porque no me he ganado la muerte todavía.” Respondió el otro con un tono casual que Janzo no supo interpretar y prefirió ignorar. “Estás vivo porque alguien pensó que podrías ayudarnos a defendernos.” Demirel lo miró con una mueca de risa, como si quisieran tomarle el pelo. “¿Acaso pides que me cambie de bando?” La idea era ridícula de solo pensarla. “Queremos que nos ayudes, no que pelees por nosotros.” Respondió Janzo. “¡Nos están masacrando allá afuera, y no hicimos nada para merecerlo!” Explicó Nila. “Fueron advertidos y aun así se resistieron.” Argumentó Demirel, y de inmediato recibió una respuesta de un punto al que no podía voltearse a mirar. “¿Acaso no lo hubieses hecho tú?” Ese era Emmer. Demirel no respondió hasta que éste se dejó ver. “Lo que yo hubiese hecho, no es relevante. Las suposiciones no cambian nada.” Emmer se agachó frente a él. “Yo te vi hoy, no estabas contento con lo que estaba sucediendo aquí… Incluso estabas avergonzado.” Y luego de una pausa, agregó. “Por eso estás vivo.” Demirel sabía que eso era verdad, y siempre estaba en conflicto el deber de hacer su trabajo como soldado, y la obligación moral de no hacer nada que lo avergonzara a él o que deshonrara a su espada, aun así, ayudar al enemigo era una directa traición hacia su rey, y esa era una línea que él no estaba dispuesto a cruzar. “¿Cuántas líneas estás dispuesto a cruzar por hacer lo que otros te ordenan que hagas?” Le sugirió Nila como si le hubiese leído la mente. Demirel la miró a ella y luego a Emmer. “En el servicio está el honor del soldado.” Repitió el cizariano de memoria, como una frase inculcada durante mucho tiempo. “¿Y qué hay de proteger la vida de los inocentes con…?” Replicó Janzo, pero Demirel acabó su frase. “…¿contra la mano del tirano?” Lo que hizo que éste último le prestara mucha más atención que antes; aquella era una sentencia del ejército cizariano, vana retórica más que nada, pero especialmente popular desde el ataque de Rimos, lo que delataba a este hombre como cizariano, y si así era, algo en lo más profundo de su mente cobraba inesperado sentido, y es que al mirar ese rostro con otros ojos, comenzó a ver el atenuado pero innegable parecido con su hermano mellizo, el rey de Cízarin. “¿Quién demonios eres tú?” Preguntó.
León Faras.
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