jueves, 23 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

140.



Migas puso a calentar un caldo de hueso con calabaza, esperando con el gesto agrio que la chica le cuestionara el aspecto poco apetitoso de su comida o la falta de condimentos de su cocina, pero en cambio Dudú se dedicó a admirar su entorno, a reconocer cada rincón, a quedarse maravillada ante un rudimentario pero fascinante aparato cuya utilidad se le escapaba definitivamente de su comprensión, pero no de su interés. Era una simple placa de madera con una pequeña vara parada en medio como un poste, de la que salían rayas rectas en todas direcciones, las que eran cruzadas por muchas otras líneas cuyas trayectorias y formas eran distintas entre sí, caóticas en un principio. “¿Qué chirimbolo es este?” Preguntó la chica realmente interesada. A Migas no le gustó el término que usó, pero no podía quejarse, en realidad, el aparato no tenía nombre todavía. “Estudio el movimiento del sol.” Respondió el viejo, escueto. “¿Con esto? ¿Cómo?” Preguntó Dudú, intrigada. Migas dejó su caldero de lado por un segundo para atender la curiosidad de la chica. Le encantaba hablar de sus pasiones científicas, pero a la vez odiaba gastar palabras en mentes farsantes que fingían el interés por lo que preguntaban y con esa muchacha, aún no estaba totalmente convencido. “Las líneas paralelas marcan periodos de tiempo, las otras, por donde pasó la sombra del poste durante esos periodos de tiempo.” El viejo seguía siendo breve y displicente. “¿Y eso para qué sirve?” Preguntó la chica queriendo entender, pero Migas ya le daba la espalda para volver a su olla. “Todavía no estoy seguro, pero si su recorrido no es siempre el mismo, quisiera entender por qué.”



La lluvia caía afuera aunque su veneno no llegaba hasta su propiedad, lo sabía por la multitud de cabras que aún no se movía de su patio y que solo se había arremolinado bajo los árboles cercanos para pasar la noche. Dudú bebió su caldo con apetito acompañado de un trozo endurecido de tortilla de avena cocida al rescoldo que sopaba antes de morder, como una experta. Migas estaba incómodo, su perro se había tomado la llegada de esa chica con demasiada naturalidad y su padre no había dicho palabra en toda la noche, ni siquiera para burlarse. “Puedes usar la cama cuando termines, yo tengo trabajo que hacer…” La chica quiso protestar, que ella estaba allí para trabajar, ganarse su sustento y aprender, pero el viejo fue categórico: “Empezarás mañana, no esta noche. Tengo cosas en que pensar.” No levantó la voz pero su gesto no admitió réplicas. Esa noche, luego de lavar los cuencos con un puñado de ceniza del fogón, Dudú escuchó, apenas audible por encima del rumor de la lluvia, al viejo susurrándole cosas a su padre junto al fuego, rogándole con impaciencia que no siguiera callado, que dejara de ser obstinado y dijera algo, incluso ofreciéndole deshacerse de la muchacha si era eso lo que él quería. Lo escuchó hasta que se durmió, enrollada en una cama para ella sola, en la que estaba acostada desde temprano como no lo había hecho en mucho tiempo, con una comida caliente en la barriga que la invitaba al sueño, al contrario de un estómago vacío, y la certeza interna de que se ganaría limpiamente cada una de las cosas con las que había soñado en esta vida, que no eran muchas ni muy complicadas, partiendo por el conocimiento, pues sabía, sin saber mucho, que el conocimiento era la fortaleza de los débiles, la que los hacía libres y dignos de respeto.



En Bosgos, más de la mitad del ejército cizariano yacía entre los escombros, destrozado, machacado contra el suelo como una plaga de insectos indeseables, mientras el resto retrocedía a la velocidad a la que retrocedían sus Tronadores, rodando trabajosamente sobre el lodo que primero los estancaba y luego los hacía deslizarse sin control, en una oscuridad casi completa y bajo una lluvia que, al menos y para su fortuna, parecía perder su toxicidad gradualmente a medida que pasaban las horas. Entre la oscuridad reinante y el suelo cubierto de escombros dominante, Váspoli, Tibrón y Yurba se abrían paso sin saber muy bien en qué dirección iban, solo buscando moverse y esperando a que la fortuna los guiara a una salida. Los enemigos, en su mayoría, parecían haberse replegado, agotados y con el veneno de la lluvia perdiendo su efecto. Entonces sintieron en la oscuridad un breve choque de espadas y el quejido agonizante de un hombre que recibía una estocada mortal y dolorosa. Un farol, colgado al amparo de un alero, sobreviviente por azar a la catástrofe y el aguacero, iluminaba la callejuela donde apareció la chiquilla con la espada cubierta de pinchos goteando sangre diluida en la lluvia. Se paró frente a ellos como si no le importara tener que enfrentar a tres soldados experimentados ella sola, con el cuerpo cubierto de heridas que no sangraban y una expresión en el rostro que no transmitía nada, tal vez indolencia. Se fijó en Yurba y este en ella. Ambos soportaban la lluvia sin protección y se reconocían como criaturas anormales que no debían existir. Váspoli estaba francamente agotado, y considerando que el ataque había terminado y que ahora todo el mundo se retiraba, abogaba por la idea de seguir su camino buscando una salida para reunirse con el resto de los suyos, en vez de liarse en más enfrentamientos pequeños en los que el azar podía hacer más daño que bien, sobre todo, después de ver a ese pájaro gigante devora hombres aparecer de la nada. Tibrón estaba de acuerdo, pero Yurba permanecía embobado hasta que el otro lo cogió del hombro y lo tiró hacia atrás para ponerse en frente con su respetable escudo por delante. “Vete, no pelearé contigo.” Le dijo a la chica con voz firme, mientras hacía avanzar a empujones a su renuente compañero más pequeño que insistía en voltearse a observar como borracho pendenciero. Emma no hizo ni dijo nada, solo permaneció inmóvil, lo cierto, era que reconoció en aquel pequeño soldado calvo algo que podía ver y sentir en ella misma: la mano de la brujería y la muerte.

Váspoli, Tibrón y Yurba saldrían eventualmente para reunirse con los demás, con los que quedaban y reconocer a los que no lo habían logrado, pero sobre todo se encontraron con la falta de uno cuya figura era demasiado evidente como para pasarla por alto, casi para cualquiera que llevara más de un día en el ejército. Uno de sus principales oficiales, cuya espada parecía un chiste absurdo debido a su ridículo tamaño, se quedó atrás cubriendo la retirada de sus camaradas incapaces de luchar y no había sido vuelto a ver. Muchos podían ver a Demirel como una bestia de tamaño intimidante y espíritu invencible, pero al fin y al cabo era solo un hombre como los demás capaz de agotarse y de sangrar como cualquiera, y aunque costara creerlo, parecía que no lo había logrado.



León Faras.

viernes, 10 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

139.



Fagnar, sin su bonita armadura hecha a medida y cubriéndose con una manta para caballos sobre la cabeza, ordenó a gritos a quien pudiera oírle, que debían proteger los Tronadores a toda costa, los que, por cierto, a estas alturas estaban tan empapados que no eran capaces de escupir ni una chispa. Cecar y sus hombres, sin poder contar con la ayuda de sus caballos que habían huido de la lluvia apenas notar los primeros síntomas del veneno, bregaron hasta el agotamiento rodando todo ese peso muerto sobre terreno lodoso, cubriéndose a medias de la lluvia con lo que tenían a mano y soportando su picor como se soporta un dolor de muelas o una herida infectada en batalla, pero no hubiese sobrevivido ni uno de ellos al final de no ser por los rimorianos, que viendo todo perdido ante fuerzas sobrenaturales, no esperaron ninguna orden para retirarse a la última línea y cubrir su retirada usando sus rudimentarios escudos como paraguas y repeliendo el acoso bosgonés, que no era tan efectivo cuando el enemigo se mantenía en pie y con un arma en la mano, mientras que en la primera línea, lo que quedaba del ejército cizariano resistía como podía el embate enemigo buscando escapar de la ciudad con vida al mismo tiempo. Tibrón, buscando replicar la técnica rimoriana para protegerse de la lluvia, recogió un escudo abandonado entre cadáveres y barro, era redondo y metálico. No lo notó de inmediato, pues solo lo usó para cubrirse de la lluvia, pero después, cuando el agua lo lavó y él mismo tuvo tiempo y luz para prestarle atención, vio que era el mismo escudo usado en el ataque anterior por Éscar, su antiguo instructor; el singular escudo fabricado con un palmo de hoja de espada al frente como uña afilada, que servía tanto para desgarrar la carne del enemigo, como para defenderse de sus ataques. La pieza había pasado por varias manos desde la batalla anterior y estado a punto de ser fundida por el herrero local para fabricar algo más útil, pero se salvó en el último minuto cuando todo el mundo en Bosgos comenzó a necesitar cualquier cosa que lo protegiera de la ponzoña que iba a caer del cielo y el escudo tenía una forma más que adecuada. Su última dueña fue la buena de Marla, que lo encontró perfecto para cubrirse la cabeza y los hombros, pero al poco rato se le hizo tan pesado e incómodo de llevar que lo acabó desechando a la primera oportunidad.



Tibrón recorrió las callejuelas destrozadas saltando entre cadáveres y escombros y luchando contra algún enemigo exaltado que de vez en cuando salía de las sombras para sorprenderle y luego volvía a ellas como carroñeros oportunistas. Ayudó a Váspoli, al que encontró defendiéndose con valor pero sin mucho éxito; acorralado por un pequeño grupo de rufianes cubiertos con pieles pringosas y armados con lanzas hechizas que les daban la ventaja de poder atacar a distancia, enardecidos por una fulana pequeña y chillona, que gritaba obscenidades al tiempo que azotaba una quijada de burro contra el suelo como si animara a su luchador favorito. Váspoli resolvió el problema de la lluvia robando la capa de hojas de Yaya encerada de un bosgonés muerto, lo que no fue suficiente para engañar a sus enemigos pero sí a sus compañeros, que habían estado a punto de atacarle en un par de ocasiones. Por suerte, Tibrón lo reconoció por sus gritos antes que por su aspecto. Ambos se quedaron juntos después de eso para cubrirse las espaldas mientras salían de allí, fue entonces cuando, en medio de la oscuridad y el chaparrón, vieron a un hombre pequeño y calvo peleando sin cubrirse con nada de la lluvia, con su pechera y pulseras de metal cizarianas empapadas, enfrentando un número indefinido de enemigos que se veían como criaturas salvajes en la noche, mientras una silueta cubierta con una manta ayudaba a otra que daba saltos como si le faltara media pierna a escapar hacia un lugar seguro. La silueta cubierta pasó junto a ellos, era Aregel que trataba de poner a salvo a su amigo Cal Desci, que con una pierna recién cortada y el veneno escociéndole la piel, aun no decidía qué era mejor entre seguir con vida o simplemente dejarse morir. Váspoli y Tibrón se miraron el uno al otro como cuando no puede ser cierto lo que tus ojos te dicen que ves. El hombre que peleaba bajo la lluvia era Yurba, y al parecer resistía muy bien la toxicidad del veneno sobre la piel, tanto, que parecía que no le afectaba. Ambos iban a unirse a su amigo en la batalla personal que aquel sostenía, pero entonces algo se impuso por encima de todos y le puso fin a la riña de sopetón. Estaba oscuro, bajo la lluvia y luchando contra enemigos cubiertos con todo tipo de cosas que les daban un aspecto entre animal y mitológico, pero entonces, lo que en un principio pareció ser un hombre grande cubierto con hojas como un arbusto, irrumpió en medio hiriendo de muerte a un bosgonés de un golpe brutal, con algo que al pobre tipo le destrozó el cuello. Yurba sintió el golpe de la sangre en su cara a pesar del chaparrón que le caía encima, mientras el resto de los bosgoneses se dispersaban huyendo en todas direcciones. Cuando la figura se irguió, en el extremo de lo que parecía ser un poderoso brazo emplumado, brilló un ojo redondo y amenazante. Era más alto que Yurba, estaba cubierto de plumas que lo protegían de la lluvia y con un pico curvo y afilado capaz de arrancarle medio brazo a un hombre adulto o perforarle el pecho de un golpe. El Cizal, con su presa inmovilizada bajo una de sus garras, miró al pequeño soldado desde las alturas, como juzgándolo, cosa que Yurba aceptó sin moverse ni decir palabra. En algún momento, el ave decidió que ya tenía la presa que quería y que el humano presente, por alguna razón del instinto, no era alimento ni amenaza, por lo que poco a poco, pero sin dejar de vigilarlo, comenzó a retroceder arrastrando con su garra el cuerpo sin vida del hombre que acababa de matar, lo que Yurba aprovechó para retroceder también a su vez, sin apuro ni darle la espalda, como a un enemigo al que se le respeta pero en el que no se confía. La aparición de esta ave es siempre algo impresionante, sobre todo cuando uno se encuentra un Cizal cazando por primera vez en toda su vida, y vive para contarlo, pero eso pronto pasó a segundo plano ante el descaro con el que Yurba recibía la lluvia sobre su piel sin la menor mueca de molestia en el cuerpo. El veneno no lo afectaba, la lluvia no le irritaba la piel, él mismo no podía explicarlo, no lo comprendía del todo tampoco, pero sabía que algo había cambiado para siempre en su cuerpo desde que estuvo a punto de morir por las mañas de esa bruja y el puñal maldito que le clavó en el pecho. Pero si él no lo entendía, sus amigos lo harían menos. “¿Cómo carajos haces eso?” Preguntó Váspoli, intrigado por su insolente falta de sensibilidad. Yurba respondió pedante. “No es gran cosa, algunos solo buscan cualquier pretexto para quejarse.”



León Faras.

miércoles, 1 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

138.



La lucha se extendió más de lo esperado por los bosgoneses, amparada bajo los techos que permanecían de pie, donde muchos soldados se ocultaban en la oscuridad más cerrada oyendo solo el sonido del agua cayendo y el de la respiración agitada de algún camarada incapaz de serenar el ánimo luego de que la mismísima lluvia se volviera en su contra, apretando el puño sobre el mango de sus espadas, esperando a que las antorchas entraran en sus escondites para sacarlos de ahí como a ratas y preguntándose por qué demonios los Tronadores estaban en silencio y no estaban restableciendo el respeto a punta de cañonazos contra lo que quedaba de ciudad. Allí estaba Cuci, el mismo que estaba presente cuando capturaron a Emmer desertando y lo ajusticiaron, ahora con más experiencia en el cuerpo y carne en los huesos. Era, como no, soldado rimoriano al servicio de Cízarin. Había estado en el ataque anterior y retirado temprano de éste con un largo tajo atravesándole el pecho casi de lado a lado, aunque poco profundo, propinado por una anciana armada con una hoz que resultó ser más peligrosa de lo que creía. Un poco más arriba el corte, y no la cuenta. Se podría pensar que esta experiencia le habría enseñado a no subestimar a ningún enemigo, pero Cuci no era de los que aprendía fácilmente y menos con base en su propia experiencia. Estaba allí acompañado por un par de colegas de los que, no estaba completamente seguro de quienes eran, porque dentro no se veía un pimiento y nadie decía nada, intentando encender por su cuenta una robusta vela de sebo hallada en un rincón, cuando una antorcha muy maltratada por la lluvia, pero viva, pasó por fuera sin detenerse, alguno de ellos debió soltar un grito ahogado por la impresión, porque la sombra que sostenía la antorcha le oyó y se detuvo para asomarse dentro. Se paró en la entrada completamente muda con una antorcha moribunda en una mano que iluminaba lo que parecía ser el cuerpo delgado de una mujer joven cubierto con un vestido empapado, pero sin voz ni rostro. Cuci pensó en lo fastidioso de tener que enfrentar otra aldeana histérica como las que le habían tocado en el ataque anterior, de esas que solo chillaban cada vez más fuerte mientras lanzaban golpes sin mirar a donde, pero en seguida se dio cuenta de algo más inquietante, la chica, estando totalmente empapada, no sufría en lo más mínimo con la lluvia. Emma arrojó la antorcha casi a los pies de Cuci, la pequeña llama que quedaba iluminó tenuemente las figuras de tres soldados, dos rimorianos y un cizariano, pero también lo que la muchacha sujetaba en su otra mano, que era una extravagante espada cubierta de pinchos, tan rara como el arrepentimiento mismo. Cuci recogió la antorcha antes de que muriera y con ella encendió la mecha de la vela de sebo que llevaba rato tratando de encender. Si tenía que pelear allí, prefería hacerlo con algo de luz, no había nada más tonto que una pelea a oscuras. Así le habían dicho.



Para Emma, aquel era el primer enfrentamiento con espadas de su vida, o de lo que era su vida, pero aun así ya no podía sentir miedo ni aunque quisiera. El rimoriano que no era Cuci atacó primero, un tipo harto de todo, que solo pensaba en sobrevivir y sacar provecho con cualquier cosa de valor que pudiera rapiñar en el proceso, más o menos como cualquier rimoriano hasta la coronilla de Cízarin. Pensó en solo aprovechar su posición ventajosa y dejarle caer un contundente bastonazo en la cabeza a la mujer para así evitarse cualquier riesgo. Éste, tenía una espada, pero consideró pertinente usar un garrote común y corriente con aquella chica, como para darle la oportunidad de aprender algo. Emma recibió el golpe, bastante violento sin duda, pero ni se quejó, lo que hizo que el hombre dudara de su propia fuerza y del bastón que había usado, luego, sin técnica ni habilidad, que no tenía, pero con fuerza y determinación, atravesó con la hoja de su espada cubierta de pinchos el vientre del hombre del garrote en la mano, mirándolo a los ojos, como se mira algo cuando uno quiere que ese algo se quede guardado en la memoria, hasta que las fuerzas del hombre se agotaron y la gravedad hizo que la chica tuviera que retirar su espada, no sin un poco de esfuerzo debido a las mismas púas que se aferraban a la carne de su víctima. Para Cuci, ese no era un amigo, pero era un colega rimoriano, y los rimorianos eran gente que debía apoyarse y protegerse entre sí porque nadie más lo haría, por lo que, dando un grito de lo más innecesario, atacó a la chica dejándole caer su espada sobre la cabeza y que Emma detuvo interponiendo su brazo sin que eso le provocara ni una mueca. Fue un buen golpe que bajo otras circunstancias hubiese amputado un miembro limpiamente, pero aquí solo había cortado carne porque el hueso resistió como una rama seca resiste el golpe del hacha. Cuci se quedó congelado, con su espada clavada al brazo de una chica que lo miraba como si acabara de insultar a su madre, esperando por no sabía qué. El golpe le entró por el costado, la parte blanda del torso bajo las costillas. Malagonía se encarnó con facilidad e hizo mucho daño con los pinchos al ser retirada, para volver a golpear casi donde mismo de nuevo, entrando más profundo esta vez. Cuci cayó de rodillas pensando en cuan inútil se podía ser para ser derrotado y asesinado por una chica con menos carne en los huesos que un lagarto, pero ahí estaba, muriendo mientras ella ni siquiera sangraba de su herida. El tercer soldado, el cizariano, simplemente desapareció en cuanto notó que los dos que lo acompañaban eran rimorianos.



Cerca de ahí, los que podían huir, huían, si no eran alcanzados por la ola de bosgoneses sanguinarios que masacraba con saña ciega a todo aquel que caía en sus manos, hasta borrarles cualquier rastro de vida del rostro; pero un hombre sin armadura, cubierto con una capa de tela basta y armado con una espada gigante les plantó cara, solo para darles tiempo a algunos de sus compañeros que intentaban escapar con vida de ese nuevo desastre. Demirel luchó con valor, tanto contra la lluvia, como contra la jauría de enemigos que pronto se reunió a su alrededor para doblegarlo, y aunque Gindri luchó con la misma furia de siempre a su lado, los ataques que le cayeron de todas partes terminaron por derrotar a su amo, haciéndolo hincar una rodilla en el barro y finalmente separar la espada de su mano. La lluvia le escocía la piel, y el saberse vencido le hería más que la muerte inminente que le rodeaba; pero pronto acabaría todo y lo haría sin sentir vergüenza ni miedo, honrando su oficio y a su espada hasta el final, y sin pedir nada que él no estuviera dispuesto a ofrecer. Esperó el golpe de gracia con serena dignidad, pero entonces, un mazazo en la nuca que no vio venir le apagó los sentidos y todo terminó.


León Faras.