viernes, 10 de julio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

139.



Fagnar, sin su bonita armadura hecha a medida y cubriéndose con una manta para caballos sobre la cabeza, ordenó a gritos a quien pudiera oírle, que debían proteger los Tronadores a toda costa, los que, por cierto, a estas alturas estaban tan empapados que no eran capaces de escupir ni una chispa. Cecar y sus hombres, sin poder contar con la ayuda de sus caballos que habían huido de la lluvia apenas notar los primeros síntomas del veneno, bregaron hasta el agotamiento rodando todo ese peso muerto sobre terreno lodoso, cubriéndose a medias de la lluvia con lo que tenían a mano y soportando su picor como se soporta un dolor de muelas o una herida infectada en batalla, pero no hubiese sobrevivido ni uno de ellos al final de no ser por los rimorianos, que viendo todo perdido ante fuerzas sobrenaturales, no esperaron ninguna orden para retirarse a la última línea y cubrir su retirada usando sus rudimentarios escudos como paraguas y repeliendo el acoso bosgonés, que no era tan efectivo cuando el enemigo se mantenía en pie y con un arma en la mano, mientras que en la primera línea, lo que quedaba del ejército cizariano resistía como podía el embate enemigo buscando escapar de la ciudad con vida al mismo tiempo. Tibrón, buscando replicar la técnica rimoriana para protegerse de la lluvia, recogió un escudo abandonado entre cadáveres y barro, era redondo y metálico. No lo notó de inmediato, pues solo lo usó para cubrirse de la lluvia, pero después, cuando el agua lo lavó y él mismo tuvo tiempo y luz para prestarle atención, vio que era el mismo escudo usado en el ataque anterior por Éscar, su antiguo instructor; el singular escudo fabricado con un palmo de hoja de espada al frente como uña afilada, que servía tanto para desgarrar la carne del enemigo, como para defenderse de sus ataques. La pieza había pasado por varias manos desde la batalla anterior y estado a punto de ser fundida por el herrero local para fabricar algo más útil, pero se salvó en el último minuto cuando todo el mundo en Bosgos comenzó a necesitar cualquier cosa que lo protegiera de la ponzoña que iba a caer del cielo y el escudo tenía una forma más que adecuada. Su última dueña fue la buena de Marla, que lo encontró perfecto para cubrirse la cabeza y los hombros, pero al poco rato se le hizo tan pesado e incómodo de llevar que lo acabó desechando a la primera oportunidad.



Tibrón recorrió las callejuelas destrozadas saltando entre cadáveres y escombros y luchando contra algún enemigo exaltado que de vez en cuando salía de las sombras para sorprenderle y luego volvía a ellas como carroñeros oportunistas. Ayudó a Váspoli, al que encontró defendiéndose con valor pero sin mucho éxito; acorralado por un pequeño grupo de rufianes cubiertos con pieles pringosas y armados con lanzas hechizas que les daban la ventaja de poder atacar a distancia, enardecidos por una fulana pequeña y chillona, que gritaba obscenidades al tiempo que azotaba una quijada de burro contra el suelo como si animara a su luchador favorito. Váspoli resolvió el problema de la lluvia robando la capa de hojas de Yaya encerada de un bosgonés muerto, lo que no fue suficiente para engañar a sus enemigos pero sí a sus compañeros, que habían estado a punto de atacarle en un par de ocasiones. Por suerte, Tibrón lo reconoció por sus gritos antes que por su aspecto. Ambos se quedaron juntos después de eso para cubrirse las espaldas mientras salían de allí, fue entonces cuando, en medio de la oscuridad y el chaparrón, vieron a un hombre pequeño y calvo peleando sin cubrirse con nada de la lluvia, con su pechera y pulseras de metal cizarianas empapadas, enfrentando un número indefinido de enemigos que se veían como criaturas salvajes en la noche, mientras una silueta cubierta con una manta ayudaba a otra que daba saltos como si le faltara media pierna a escapar hacia un lugar seguro. La silueta cubierta pasó junto a ellos, era Aregel que trataba de poner a salvo a su amigo Cal Desci, que con una pierna recién cortada y el veneno escociéndole la piel, aun no decidía qué era mejor entre seguir con vida o simplemente dejarse morir. Váspoli y Tibrón se miraron el uno al otro como cuando no puede ser cierto lo que tus ojos te dicen que ves. El hombre que peleaba bajo la lluvia era Yurba, y al parecer resistía muy bien la toxicidad del veneno sobre la piel, tanto, que parecía que no le afectaba. Ambos iban a unirse a su amigo en la batalla personal que aquel sostenía, pero entonces algo se impuso por encima de todos y le puso fin a la riña de sopetón. Estaba oscuro, bajo la lluvia y luchando contra enemigos cubiertos con todo tipo de cosas que les daban un aspecto entre animal y mitológico, pero entonces, lo que en un principio pareció ser un hombre grande cubierto con hojas como un arbusto, irrumpió en medio hiriendo de muerte a un bosgonés de un golpe brutal, con algo que al pobre tipo le destrozó el cuello. Yurba sintió el golpe de la sangre en su cara a pesar del chaparrón que le caía encima, mientras el resto de los bosgoneses se dispersaban huyendo en todas direcciones. Cuando la figura se irguió, en el extremo de lo que parecía ser un poderoso brazo emplumado, brilló un ojo redondo y amenazante. Era más alto que Yurba, estaba cubierto de plumas que lo protegían de la lluvia y con un pico curvo y afilado capaz de arrancarle medio brazo a un hombre adulto o perforarle el pecho de un golpe. El Cizal, con su presa inmovilizada bajo una de sus garras, miró al pequeño soldado desde las alturas, como juzgándolo, cosa que Yurba aceptó sin moverse ni decir palabra. En algún momento, el ave decidió que ya tenía la presa que quería y que el humano presente, por alguna razón del instinto, no era alimento ni amenaza, por lo que poco a poco, pero sin dejar de vigilarlo, comenzó a retroceder arrastrando con su garra el cuerpo sin vida del hombre que acababa de matar, lo que Yurba aprovechó para retroceder también a su vez, sin apuro ni darle la espalda, como a un enemigo al que se le respeta pero en el que no se confía. La aparición de esta ave es siempre algo impresionante, sobre todo cuando uno se encuentra un Cizal cazando por primera vez en toda su vida, y vive para contarlo, pero eso pronto pasó a segundo plano ante el descaro con el que Yurba recibía la lluvia sobre su piel sin la menor mueca de molestia en el cuerpo. El veneno no lo afectaba, la lluvia no le irritaba la piel, él mismo no podía explicarlo, no lo comprendía del todo tampoco, pero sabía que algo había cambiado para siempre en su cuerpo desde que estuvo a punto de morir por las mañas de esa bruja y el puñal maldito que le clavó en el pecho. Pero si él no lo entendía, sus amigos lo harían menos. “¿Cómo carajos haces eso?” Preguntó Váspoli, intrigado por su insolente falta de sensibilidad. Yurba respondió pedante. “No es gran cosa, algunos solo buscan cualquier pretexto para quejarse.”



León Faras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario