138.
La lucha se extendió más de lo esperado por los bosgoneses, amparada bajo los techos que permanecían de pie, donde muchos soldados se ocultaban en la oscuridad más cerrada oyendo solo el sonido del agua cayendo y el de la respiración agitada de algún camarada incapaz de serenar el ánimo luego de que la mismísima lluvia se volviera en su contra, apretando el puño sobre el mango de sus espadas, esperando a que las antorchas entraran en sus escondites para sacarlos de ahí como a ratas y preguntándose por qué demonios los Tronadores estaban en silencio y no estaban restableciendo el respeto a punta de cañonazos contra lo que quedaba de ciudad. Allí estaba Cuci, el mismo que estaba presente cuando capturaron a Emmer desertando y lo ajusticiaron, ahora con más experiencia en el cuerpo y carne en los huesos. Era, como no, soldado rimoriano al servicio de Cízarin. Había estado en el ataque anterior y retirado temprano de éste con un largo tajo atravesándole el pecho casi de lado a lado, aunque poco profundo, propinado por una anciana armada con una hoz que resultó ser más peligrosa de lo que creía. Un poco más arriba el corte, y no la cuenta. Se podría pensar que esta experiencia le habría enseñado a no subestimar a ningún enemigo, pero Cuci no era de los que aprendía fácilmente y menos con base en su propia experiencia. Estaba allí acompañado por un par de colegas de los que, no estaba completamente seguro de quienes eran, porque dentro no se veía un pimiento y nadie decía nada, intentando encender por su cuenta una robusta vela de sebo hallada en un rincón, cuando una antorcha muy maltratada por la lluvia, pero viva, pasó por fuera sin detenerse, alguno de ellos debió soltar un grito ahogado por la impresión, porque la sombra que sostenía la antorcha le oyó y se detuvo para asomarse dentro. Se paró en la entrada completamente muda con una antorcha moribunda en una mano que iluminaba lo que parecía ser el cuerpo delgado de una mujer joven cubierto con un vestido empapado, pero sin voz ni rostro. Cuci pensó en lo fastidioso de tener que enfrentar otra aldeana histérica como las que le habían tocado en el ataque anterior, de esas que solo chillaban cada vez más fuerte mientras lanzaban golpes sin mirar a donde, pero en seguida se dio cuenta de algo más inquietante, la chica, estando totalmente empapada, no sufría en lo más mínimo con la lluvia. Emma arrojó la antorcha casi a los pies de Cuci, la pequeña llama que quedaba iluminó tenuemente las figuras de tres soldados, dos rimorianos y un cizariano, pero también lo que la muchacha sujetaba en su otra mano, que era una extravagante espada cubierta de pinchos, tan rara como el arrepentimiento mismo. Cuci recogió la antorcha antes de que muriera y con ella encendió la mecha de la vela de sebo que llevaba rato tratando de encender. Si tenía que pelear allí, prefería hacerlo con algo de luz, no había nada más tonto que una pelea a oscuras. Así le habían dicho.
Para Emma, aquel era el primer enfrentamiento con espadas de su vida, o de lo que era su vida, pero aun así ya no podía sentir miedo ni aunque quisiera. El rimoriano que no era Cuci atacó primero, un tipo harto de todo, que solo pensaba en sobrevivir y sacar provecho con cualquier cosa de valor que pudiera rapiñar en el proceso, más o menos como cualquier rimoriano hasta la coronilla de Cízarin. Pensó en solo aprovechar su posición ventajosa y dejarle caer un contundente bastonazo en la cabeza a la mujer para así evitarse cualquier riesgo. Éste, tenía una espada, pero consideró pertinente usar un garrote común y corriente con aquella chica, como para darle la oportunidad de aprender algo. Emma recibió el golpe, bastante violento sin duda, pero ni se quejó, lo que hizo que el hombre dudara de su propia fuerza y del bastón que había usado, luego, sin técnica ni habilidad, que no tenía, pero con fuerza y determinación, atravesó con la hoja de su espada cubierta de pinchos el vientre del hombre del garrote en la mano, mirándolo a los ojos, como se mira algo cuando uno quiere que ese algo se quede guardado en la memoria, hasta que las fuerzas del hombre se agotaron y la gravedad hizo que la chica tuviera que retirar su espada, no sin un poco de esfuerzo debido a las mismas púas que se aferraban a la carne de su víctima. Para Cuci, ese no era un amigo, pero era un colega rimoriano, y los rimorianos eran gente que debía apoyarse y protegerse entre sí porque nadie más lo haría, por lo que, dando un grito de lo más innecesario, atacó a la chica dejándole caer su espada sobre la cabeza y que Emma detuvo interponiendo su brazo sin que eso le provocara ni una mueca. Fue un buen golpe que bajo otras circunstancias hubiese amputado un miembro limpiamente, pero aquí solo había cortado carne porque el hueso resistió como una rama seca resiste el golpe del hacha. Cuci se quedó congelado, con su espada clavada al brazo de una chica que lo miraba como si acabara de insultar a su madre, esperando por no sabía qué. El golpe le entró por el costado, la parte blanda del torso bajo las costillas. Malagonía se encarnó con facilidad e hizo mucho daño con los pinchos al ser retirada, para volver a golpear casi donde mismo de nuevo, entrando más profundo esta vez. Cuci cayó de rodillas pensando en cuan inútil se podía ser para ser derrotado y asesinado por una chica con menos carne en los huesos que un lagarto, pero ahí estaba, muriendo mientras ella ni siquiera sangraba de su herida. El tercer soldado, el cizariano, simplemente desapareció en cuanto notó que los dos que lo acompañaban eran rimorianos.
Cerca de ahí, los que podían huir, huían, si no eran alcanzados por la ola de bosgoneses sanguinarios que masacraba con saña ciega a todo aquel que caía en sus manos, hasta borrarles cualquier rastro de vida del rostro; pero un hombre sin armadura, cubierto con una capa de tela basta y armado con una espada gigante les plantó cara, solo para darles tiempo a algunos de sus compañeros que intentaban escapar con vida de ese nuevo desastre. Demirel luchó con valor, tanto contra la lluvia, como contra la jauría de enemigos que pronto se reunió a su alrededor para doblegarlo, y aunque Gindri luchó con la misma furia de siempre a su lado, los ataques que le cayeron de todas partes terminaron por derrotar a su amo, haciéndolo hincar una rodilla en el barro y finalmente separar la espada de su mano. La lluvia le escocía la piel, y el saberse vencido le hería más que la muerte inminente que le rodeaba; pero pronto acabaría todo y lo haría sin sentir vergüenza ni miedo, honrando su oficio y a su espada hasta el final, y sin pedir nada que él no estuviera dispuesto a ofrecer. Esperó el golpe de gracia con serena dignidad, pero entonces, un mazazo en la nuca que no vio venir le apagó los sentidos y todo terminó.
León Faras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario