146.
Costia era un hombre completamente distinto al que era antes, y no solo por su apariencia zarrapastrosa, su barba larga e hirsuta y su reciente tendencia a andar descalzo durante días enteros, sino también porque ahora era un hombre templado y reflexivo que ya no pensaba solo en su beneficio propio a costa del de los demás ni en la violencia como medio para conseguir esos beneficios; los horribles sueños en los que despertaba asustado sin saber por qué y que ya casi no tenía, habían ablandado su carácter y moldeado su personalidad volviéndolo alguien más pacífico y hasta compasivo, incluso ahora lo acompañaba un perro chico y flaco color canela con el que compartió su comida una vez y que ahora lo seguía a donde iba sin apenas hacer ruido, cosa que el antiguo Costia hubiese finalizado rápidamente con un certero puntapié en las costillas. Durante la noche del ataque cizariano, él permaneció en su refugio construido bajo un tronco saliente donde se mantenía seco junto a un fuego encendido y al perro que, silencioso y humilde, solo se enrollaba cerca de él con delicadeza, como si temiera romper algo tan frágil como el silencio. Durante ese día, mientras pulía la punta de una lanza contra el duro suelo del camino, unos viajeros le dejaron caer algo de comida, no lo agradeció porque nunca lo pidió, pero lo recogió de igual forma cuando los chicos se alejaron lo suficiente, eso cenaron aquella noche, pero cuando ya dormían, él y su perro despertaron al unísono, la oscuridad era total, pero ambos oyeron algo más que solo la lluvia caer ahí afuera. Costia avivó las brasas y pronto tuvo fuego de nuevo, entonces lo vio, aunque en un principio solo fue el hocico y las patas que eran blancos, porque el resto era tan negro como la oscuridad, se trataba de un caballo, con todos sus aperos puestos, que huía de la batalla a la que le habían arrastrado sus amos y que aún se sentía nervioso. El hombre lo acarició hasta tranquilizarlo y lo liberó de su montura y correas para que paciera libre, porque a él siempre le habían gustado los caballos aunque antes solía golpearlos e insultarlos para verse más rudo, luego, seguro de que no había más peligros, solo volvió a su refugio. Cuando amaneció, el caballo seguía cerca y sin intenciones de irse sin que lo echaran, y no solo eso, descubriría que dentro de las alforjas que portaba el animal había provisiones con las que comer ese día; sal, una vela de manteca que le venía muy bien y también un cuchillo de hoja corta y gruesa de los que se usan en el trabajo doméstico, muy útil, no agradecería nada de eso porque él no lo había pedido, pero aun así lo usaría.
Cegarra estaba casi convencido de que su hijo Yan se había comprometido con la puta coja del burdel de Nina, casi, y aunque Prato aseguró que eso no estaba del todo seguro, su mirada severa le decía que dejara de insistir en averiguar lo que prefería no saber, si después de todo se trataba de su hijo Yan, el chiflado, y no se podía esperar mucho más de él. “Aún así es mi hijo, Prato, y se supone que yo soy considerado el rey en este lugar, como voy a tener un hijo comprometido con una puta.” Prato, cuya separación entre nariz y boca era considerable y tal característica le daba cierto aire circunspecto, lo llamó a la calma con gesto grave. “Dele tiempo, señor, la impaciencia es el veneno de los tontos, tal vez la chica no sea lo que pensamos después de todo.” Cegarra lo miró poco conforme. Prato era su amigo y su fiel colaborador pero le estaba mintiendo, él sabía perfectamente de dónde había salido esa chiquilla y aun así procuraba ocultárselo. Suspiró. “No será la primera vez que confíe en tu criterio por encima del mío, supongo, además estoy cansado y siento el cerebro nadando en agua…” Prato aceptó la confianza con humildad. “Vaya, señor, descanse, ya verá como las urgencias de hoy son las risas de mañana.” Cego asintió de mala gana, convencido a la fuerza. “Sí, las risas de los que se rían de mí por tener una nuera puta.” Gruñó.
No muy lejos de allí Bacho y Elba compartían un trago de vino de miel que era el favorito de ella. “Espero que esta vez decidas quedarte, tú eres su hijo mayor, es tu responsabilidad.” Comentó Elba, tratando de sonar casual sin mucho éxito. Bacho tragó y se secó el labio con el antebrazo. “¿Responsabilidad de qué? Si a mi nunca me han querido aquí, además, la mayor eres tú y la que siempre está junto al viejo.” Replicó, con algo de reproche en el tono. “No actúes como si te hubiese quitado algo, tú te fuiste, nadie te echó, yo…” Bacho la interrumpió antes de que acabara. “¿Crees que Cego me aceptó con los brazos abiertos cuando le dije que era su hijo? ¡No! Solo lo empezó a hacer cuando vio que su segunda hija era mujer, y la tercera también.” Elba apretó los dientes. “¡Y eso qué carajos tiene que ver? ¿Acaso no crees que una mujer pueda gobernar en su lugar?” Bacho asintió con la arrogancia de quien acepta un reto. “Sí, puede… pero si fuese mi hija no la dejaría casarse para no entregar todo mi linaje y poder a un completo pelafustán oportunista salido de quien sabe dónde.” Elba no replicó nada. Bacho esperó unos segundos y añadió. “Pero a ti eso qué te importa, si nunca te han interesado esas cosas…” Su hermana seguía en silencio. “Qué, ¿acaso quieres tener un marido ahora?” Agregó al fin, con algo de socarronería, pero genuinamente extrañado. Elba bebió un sorbo. “¿Y por qué carajos crees que yo no querría tener un marido que me quisiera y unos hijos a quién cuidar?” Y en verdad era difícil de creer. Elba siempre había sido una mujer ruda y directa que actuaba sobre todo como la hija mayor de Cegarra, un pilar inamovible al que aferrarse si el rey no estaba, ese siempre había sido su papel, y lo había hecho tan bien que nadie pensaba que pudiera importarle nada más. “Pobre de aquel infeliz que termine casado contigo…” Comentó Bacho llenando los vasos una vez más, para luego sonreírle a su hermana con malicia hasta que esta también le sonriera comprendiendo el sarcasmo. “¡Vete a la mierda!” Le dijo ella. “Allá vamos todos.” Replicó él.
León Faras.