miércoles, 14 de octubre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

147.



Los días durante una batalla solían sentirse siempre en los extremos, o eternos o miserablemente cortos y este era uno de los primeros, simplemente esperando a que el enemigo se moviera para también poder moverse. Era de tarde y Emmer pensó que ese era un buen momento para darle sepultura a su hija Emma, según la costumbre rimoriana, antes de que se ocultara el sol, ya que sepultar a alguien de noche era considerada una pésima idea, principalmente, porque la gente podía confundirse y terminar enterrando a otro en su lugar, pero llegado el momento su cuerpo no estaba y Nila no parecía preocupada por eso, sino más bien nerviosa. Sí, los rimorianos eran seres supersticiosos que creían en espíritus invisibles capaces de perder a los vivos en noches sin fin, en dioses caprichosos que un día te sonreían y al siguiente te hundían en el lodo hasta el cuello sin ninguna razón y hasta en hombres que se volvían inmortales sólo por beber agua de una fuente, pero resucitar a los muertos era llegar demasiado lejos y Nila no sabía cómo explicarlo, sin embargo, una anciana a la que ninguno de los dos recordaba haber visto antes, aunque al parecer llevaba toda una vida allí, le explicó sin que se lo pidieran, que, en realidad, la niña no estaba completamente muerta. La vieja, que por cierto, aún podía adivinarse por sus facciones lo hermosa que debía verse siendo joven, y a la que le revoloteaba una mariposa amarilla cerca como si fuese su mascota, le habló a Emmer ignorando completamente a Nila. “La muerte de los jóvenes es distinta a la de los mayores, ellos pueden dormirse por horas esperando para ser despertados… si uno sabe cómo hacerlo, claro.” Emmer, que no había tenido tiempo para permitirse sentir la muerte de su hija y cuyos sentimientos debió suprimir para poder actuar, como todos los demás que también perdieron seres queridos aquel día y que debieron dejarlos atrás para seguir luchando por los que quedaban, aceptó aquello sin mayor resistencia, aunque sin entender qué rayos quería decirle exactamente. “¿Está diciendo esta mujer que Emma sigue viva?” Preguntó, mirando a la vieja pero dirigiendo la pregunta a Nila, que, parada a su lado, solo se atrevió a asentir sin abrir la boca. “¿Cómo…?” Alcanzó a decir el hombre, pero la anciana volvió a capturar su atención rápidamente sin apenas tocarlo. “Las buenas noticias no se cuestionan, joven, se celebran. Mejor vaya, búsquela y véala con sus propios ojos, después me lo agradece.” Le dijo con liviandad, como si solo le hubiese curado la gripe a un caballo, para luego retirarse murmurando cosas como si hubiese recordado de pronto que debía hacer algo muy importante. “¿Qué esperabas que hiciera? Me dijeron que podían salvarla y yo acepté.” Se excusó Nila, sonando bastante razonable dentro de su cabeza, pero viendo que su marido seguía confundido preguntándose cómo podía ser, después de haberla sacado de debajo de los escombros y cargado en brazos él mismo, lo agarró de la cara para mirarle a los ojos. “A ti te han matado tres veces y sigues aquí.” “Cuatro.” Corrigió él. “Cuatro.” Aceptó ella, y agregó. “Y aunque no entiendo qué clase de porquería te dieron de beber aquella vez, y no quiero saberlo, agradezco por cada día que sigues a mi lado.” Fin del tema.



En Sera, lo normal era arrojar los cadáveres lo más lejos posible dentro de Tormenta de Piedras para que las aves se encargaran de ellos y la peste no afectara a los demás, pero con Gisli, que fue su líder durante años y un buen líder, no podían hacer eso. Lo más fácil y digno era sepultarlo, pero no todos aceptaban la costumbre rimoriana. “Creo que alguna vez mencionó que sus padres fueron de Cízarin…” Comentó Batu, con la aprobación de varios compañeros que creían haber oído lo mismo, Boma, con su escaso léxico e inflexible gravedad, los corrigió a todos. “El jefe era de Jazzabar.” “¡Es lo mismo! ¡Jazzabar es la prima fea de Cízarin!” Afirmó Batu, esperando la aprobación de los demás que no tardó en llegar. “Debe ser devuelto a Jazza.” Ordenó Boma, mirando con severidad al que sería el nuevo líder, y esperando a que este lo apoyara. Vádrid, que sería el nuevo jefe de Sera en breve por decisión del anterior, reflexionó, tomándose muy en serio su nueva función. “Todos llegamos de la misma manera y vivimos al menos la mitad de la vida sin saber apenas qué estamos haciendo, pero si algo hicimos bien en este mundo, lo justo es que nuestro paso al siguiente sea de acuerdo con nuestras costumbres y creencias…” Tal vez pensaba decir algo más, pero se topó con la mirada de tedio de Batu que lo hizo dejarlo hasta ahí. “¿Y cuáles serían esas creencias?” Preguntó este último, como quien quiere zanjar de una vez por todas un tema del que ya se está harto. Vádrid no tenía idea, por lo que miró a Boma. “Será devuelto a Jazza.” Ordenó este. Batu soltó una risa descarada. “¿Quieres que arrastremos el cuerpo del viejo hasta Jazzabar?” Preguntó, poniendo énfasis en lo ridícula que sonaba la idea, pero Boma mantuvo su postura firme. Señaló una dirección con el dedo. “Jazza.” Dijo, y la mayoría comprendió lo que quería decir. En esa dirección estaba el brazo más cercano del río Jazza, si salían temprano podían estar de regreso por la noche del mismo día, era la ruta favorita de los infelices que se arriesgaban a huir de Sera, llegar al río era salvarse o ahogarse en el intento, pero tampoco era algo tan simple, para eso tenías que saber leer las piedras de Tormenta, diferenciar los mojones correctos de los falsos y orientarse correctamente con ellos de día o de noche, o en vez de salir del desierto solo te adentrabas cada vez más, agotando tu voluntad, tu cordura y tus fuerzas con cada paso hasta terminar siendo alimento para las aves.



Salieron antes del amanecer, Boma, Vádrid, Batu y el difunto. Los dos primeros porque debían ir y el tercero porque, al ser el más antiguo después de Boma, dejarlo significaba que quedaba a cargo de Sera y Batu no era un hombre en quien depositar responsabilidades, él solo hacía lo que su corazón le decía y las consecuencias eran culpa del que le daba el chance, por lo que llevarlo era más sensato que dejarlo y para él eso estaba perfecto. “Yo nací y me crie en Tierras Rojas, una aldea rodeada de cerros verdes y fértiles, pero que en el llano no crece ni una brizna de hierba. Allá los muertos se entierran, como en Rimos, pero después de tres años los desentierran y aunque no lo creas, están intactos, secos como pasas pero enteros. ¡La gente se los lleva de vuelta a su casa! Los peinan, le visten… Todo gracias a esa tierra color sangre.” Hablaba Batu sin importarle mucho si le oían o no. “Jugábamos cerca de una cueva que llamaban la Cueva del Llanto, solo porque una de sus paredes no dejaba de lagrimear todo el día, allí siempre sucedían cosas extrañas, cambiaban las cosas de lugar, las horas se volvían minutos o al revés; si mirabas el tiempo suficiente podías ver como algunas gotas de agua desaparecían antes de tocar el suelo. Hay que verlo para creerlo. Decían los mayores que allí vivía un Búfalo Unicornio y que por eso sucedían cosas raras allí, y nosotros por mucho tiempo lo buscamos hasta que nos dimos cuenta de que los viejos solo se burlaban…” Rio Batu. “Sí existen, yo vi uno una vez.” Comentó Vádrid sin levantar la voz y su amigo se le quedó mirando con la boca torcida como quien espera el remate de un chiste que se está haciendo demasiado largo, Vádrid notó aquello y no dio más detalles. Batu sonrió condescendiente “En ese caso, considérate afortunado.” Dijo, siguiéndole el juego a su amigo, pero éste no bromeaba. “Lo hago.” Respondió.



León Faras.

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