149.
Nila se llevó una gran sorpresa al llegar a casa de su amiga Darlén, luego de curar las heridas del prisionero, y encontrar allí a Brelio, pero más asombroso aún fue enterarse de que la chica que lo acompañaba, llamada Falena, era la hija de Teté. No es que hubiera una sola mujer llamada Telina en todo el universo, pero sí había solo una Teté que la había reemplazado ese funesto día en que la princesa Delia murió dolorosamente y la joven Telina se vio obligada a hacerse cargo de una recién nacida. “¡Por el sol que te alumbra! ¡Estás hecha toda una mujer! Tu madre se pondría tan feliz si te viera…” La chica reaccionó como el típico adolescente que detecta en el hablar de un adulto los estragos de la edad. “Sí, si me viera… más bien le daría un patatús de pura angustia,” comentó a medias, sin esperar que le escucharan, pero Nila lo captó y le sonrió con el ceño apretado. “No, yo hablo de tu verdadera mamá. ¿Sabías que yo te iba a cuidar apenas nacieras?… pero Teté ha hecho un buen trabajo. Debió ser tan difícil para ella, haciéndose cargo de una recién nacida siendo ella apenas una niña también…” Falena miró a Brelio buscando respuestas, pero el chico no tenía ni idea de lo que su tía Nila hablaba. “¿Acaso conociste a mi mamá, quiero decir, a mis dos mamás?” preguntó la muchacha, tan interesada como sorprendida. “Por supuesto. Trabajábamos juntas en el palacio, Teté era la criada de las cocinas, y yo la sirvienta personal de tu madre… y si me lo permites, también su amiga.” “¿Hablas en serio?” preguntó la chica, completamente incrédula, y agregó: “¿de verdad mi madre era una princesa?” Nila le tomó las manos, maravillada de su hallazgo. “¡Claro que sí! ¡Una princesa extranjera preciosa, con unos ojos imposibles, claros como el cielo del amanecer!” “Mi mamá me ha hablado de ellos, los míos, en cambio, son del color del hierro oxidado…” Falena sonrió un poco disconforme, Nila le tomó la cara con ambas manos. “Tienes los orgullosos ojos de una princesa rimoriana, igual que los de tu padre.” Para ese momento, Brelio ya se había aislado completamente de la situación, sintiendo que ya había oído suficiente, se retiró para traer agua y encender fuego. Esa noche, mientras Bosgos aguardaba en vela con el estómago apretado y el enemigo a las puertas, ellos se asearon y cenaron lo poco que tenían; luego, Nila y Falena se quedaron hablando hasta tarde recordando la memoria de la princesa Delia, mientras el chico improvisaba un puesto de guardia con una pequeña fogata fuera de su casa para estar atento a cualquier sonido de alarma.
Varias horas después la chica salió envuelta en una manta, había dormido un par de horas y ahora Nila era la que dormía un poco. Falena compartió su abrigo como la noche anterior y él, el vino caliente especiado que bebía a sorbos para mantener calientes las tripas. “Lo siento,” se disculpó ella. “¿Por qué?” preguntó Brelio. “Porque veníamos a preguntar cómo estaba Emma y, con toda la charla sobre mi madre, al final no pudiste hacerlo.” El chico le restó importancia. “No importa, Emma está bien, ella siempre está bien. Lo sé. Además, tú y yo la vimos, y lo que diga Berno no hay que tomárselo muy en serio.” “Se veía rara,” admitió Falena. El chico rio. “¡Ella es rara! Le gusta hacer cosas extrañas y luego ver la cara que pone la gente.” “Sí, ¿verdad?” confirmó ella arrugando la nariz. Después de eso, vino una breve pausa que Brelio rompió con suave sarcasmo. “Así que, orgullosa princesa rimoriana, ¿eh? ¿Quién lo diría?” Ella sonrió como quien detecta el dejo de burla en el comentario que quiere pasar desapercibido. “Me ofende que no lo hayas notado antes,” fingió sentirse agraviada. “Sí, lo sé, soy bastante lento para esas cosas,” se excusó el chico, fingiendo, a su vez, frustración ante sus escasas habilidades. Acabada esa frase, solo quedó el silencio que es agradable cuando es correspondido y una mueca de simple satisfacción en los labios que no duraría mucho debido al escenario que los rodeaba. “Cuánta tranquilidad, es como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración,” comentó Falena, mirando la ciudad golpeada y el campamento enemigo, que solo se adivinaban por los fuegos encendidos en ambos bandos mientras aguardaban lo mismo, pero por diferentes razones. “Creo que eso exactamente está haciendo en estos momentos,” replicó Brelio.
Gilda los despertó al amanecer cuando apenas habían cerrado los ojos, parecía disgustada. Berno y algunos ciudadanos más la acompañaban y se veían muy molestos también. Aunque les cayeron un par de miradas de desaprobación gratuitas a los muchachos, la cosa no era con ellos, sino con Nila y su marido, el cual no había aparecido en toda la noche. Se decía que Emmer había liberado por su cuenta al prisionero cizariano sin consultarlo con nadie, Nila, sin embargo, se agarró la cintura y elevó el mentón, soberbia, para recordarle a su tía que si ellos habían puesto a su marido al mando, no debían luego quejarse de las decisiones que tomaba. “¡Nadie lo ha puesto al mando!” intervino Berno, quien aún llevaba su ridículo sombrero de paja, pero ahora colgando en su espalda. Nila lo apuntó con su dedo a la cara como si fuese un arma. “Pero cuando salió solo a tratar con el enemigo, nadie protestó por eso, ¿verdad? ¡Tú estabas más que de acuerdo con quedarte parado atrás!” “Yo no he dicho que yo sea el líder,” se defendió el hombre, pero Nila ya estaba bastante airada. “¡Tú no lo eres, ¿pero tampoco admites que otro lo sea?! Esa es una postura bastante tonta y cobarde, Berno.” “¡Eso es injusto! Yo he luchado como todos aquí,” protestó Berno nuevamente, más ofendido que enojado, lo que Nila aprovechó sin delicadezas. “Pues para la próxima, asegúrate de estar al frente donde todos te vean, para que luego nadie ponga en duda tus hazañas. ¡Y lo mismo para el resto de ustedes, que la mayoría no sabría ni hacia donde correr si alguien no se los estuviera diciendo!” Luego de eso, señaló directo a la cara de Gilda con su dedo inclemente. “Y tú, tía, sabes perfectamente la clase de hombre que Emmer es, lo que sea que haya hecho, sus razones debió tener.” “¡No tiene derecho a hacer lo que se le dé la gana!” seguía protestando Berno, rencoroso. Gilda, en cambio, no se había inmutado ni un poco con el apasionado discurso de su sobrina. “Emmer es un hombre valiente, y sí, salió al frente cuando nadie más lo hizo como el más capacitado que era, pero el destino de un prisionero que él NO CAPTURÓ no está ni ha estado nunca en sus manos y debe responder por eso.” Gilda tenía unos ojos enmarcados de tizne negro que cuando querían, no admitían ninguna réplica, por lo que la discusión acabó ahí, dejando en claro los puntos sin necesidad de amenazas en vano.
León Faras.
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