viernes, 5 de junio de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

135.



El sol comenzaba a apagarse, los cuerpos eran apilados en montones curiosamente distantes unos de otros, empapados en aceite, mezclados con leña seca y con las cargas de veneno ocultas entre sus ropas. Curioso, porque lo usual y más práctico era hacer una sola pila de cadáveres y quemarlos todos juntos. “Tal vez eran de familias que no se llevaban bien…” Sugirió Yurba, y a los que le escucharon les sonó bastante probable. “Va a ser un desastre…” Predijo otro. “Con la lluvia que ya viene van a perder el aceite, la leña y no van a alcanzar a quemar los cuerpos.” Lo hizo con una sonrisa de sabelotodo, pero todos estaban pensando lo mismo que él, que aquello debió hacerse mucho antes, no ahora. Una llovizna fina y tímida comenzaba a caer. Para Gilda y los suyos lo más importante era encender los fuegos en el momento exacto y ese momento estaba cerca. Era hora de traer a Darlén.



Apenas a tiempo y con la noche casi encima regresaba Berno, tanto o más borracho que como se había ido, sonriente y orgulloso bajo un sombrero ridículo, tan grande que no pasaría a través de una puerta normal. Presentó un barril lleno de brea que no era brea, como si se tratara de un invento revolucionario, pero que a nadie logró entusiasmar. “¡Pero qué mierda es esta?” Vociferó uno. “Eso les pasa por enviar a un borracho.” Dijo otro. “¡Les dije que llegaría con cualquier basura!” Alardeó un tercero. Berno intentó defenderse haciéndose el ofendido y tratando de ignorantes a medio pueblo, pero entonces llegó Janzo preguntando si había traído lo que necesitaban; Berno explicó que sí, pero que no era brea, enfatizando que antes de hacer el intercambio, él pidió una demostración y que vio con sus propios ojos lo efectiva que era la cera. Janzo ordenó usarla. Muchos rechazaron la idea como atolondrada, pero Janzo los señaló a todos y luego señaló a Berno: Todos estaban empapados por una llovizna que apenas había comenzado, mientras que el borracho permanecía seco bajo su sombrero de hojas de Yaya encerado. “Si ellos la usan, nosotros también usaremos esa cera de abejas.”



Gilda fue por Darlén. Se asomó poco para no interrumpir, sin levantar demasiado la vista y sin hablar fuerte, le dijo que ya era hora. Circe, que se preparaba para vaciar su infusión misteriosa a través de la garganta de la difunta, la envió a que hiciera su trabajo con un gesto, y ésta asintió consciente de su obligación. Nila aguardaba junto a su hija muerta, abrazada a su hija viva, sentadas ambas en el suelo frente al cuerpo de Emma, que también reposaba en el piso vestida con su ropa habitual. Entre ambas, Circe puso una jofaina con agua y una sencilla lámpara que encendió cuando la habitación ya estaba lo suficientemente en penumbras, la llama, iluminaría el agua y todo aquello que se reflejara en esta. “Si ella quiere, podrás verla…” Anunció, señalando el agua. Nila y su hija habían comenzado a notar algo muy raro en el hermoso rostro de esa mujer cuando se movía en la penumbra y que desaparecía cuando una luz le daba en la cara, algo como el rostro de un animal, pero no dijeron nada, era mejor no importunar con ese tipo de observaciones a alguien supuestamente capaz de revivir muertos, por lo que centraron su atención en el cuerpo de Emma y en el agua entre ellas, mientras la bruja comenzaba a recitar versos en murmullos ininteligibles. Un sonido agudo y persistente como una campana se quedó en el aire largo rato. No era una campana, más bien una especie de escudilla de un metal que se veía pesado y valioso golpeado por un trozo tubular del mismo material y que la bruja pasaba por encima del cuerpo de Emma como si quisiera empaparla de esa vibración. Continuaba la letanía de versos susurrados, tan persistentes como la nota emitida por el cuenco, cuando la llama de la lámpara comenzó a agitarse sin que ninguna corriente de aire la afectara, entonces Lina vio a su hermana pasar fugazmente tras ella reflejada en el agua, tan real como la viera hace menos de un día, se volteó sobresaltada, pero como era de esperarse, no había nada tras ellas. La niña podía jurar que no mentía aunque nadie dudara de ella, pero no era necesario porque Emma se paró frente a ellas, mirándolas a través de la fuente de agua con un rostro que no se veía nada reconfortante, más bien era el de alguien que acaba de entender lo que está sucediendo y no está nada conforme con ello. Esta vez, madre e hija la vieron y ella las vio de vuelta, y casi sintieron que se arrepentían de estar allí, pero la visión desapareció y el cuerpo de Emma comenzó a convulsionar ligeramente, mientras una sustancia negra, espesa y brillante, como una babosa del lodo, le escurría por la mejilla saliendo de su boca. Circe había dejado de recitar y ahora solo miraba conforme con su trabajo. “La niña, ha aceptado retomar su cuerpo. La muerte, está siendo expulsada.” Anunció, como quien se toma la molestia de traducir una inscripción que está en una lengua desconocida para el resto. Nila y su hija se pusieron de pie realmente asustadas, convencidas de que acababan de cometer un error que ya no podrían enmendar. Un grito que no pudieron contener se les escapó cuando la chica, antes muerta, abrió los ojos con determinación, luego los dedos de sus manos respondieron a la voluntad de la consciencia y Emma se incorporó vomitando violentamente a un costado los restos de esa porquería negra alojada en su garganta. Circe le ofreció agua y la ayudó a ponerse de pie, porque ponerse de pie era lo más importante para alguien que hasta hace un par de minutos estaba muerto. Emma miró a su madre, ambas se veían sorprendidas y confundidas a la vez, y aunque tuvo la intención, no le salió palabra, entonces, la lluvia se hizo presente, dejándose oír con fuerza desde afuera y anunciando que cosas importantes estaban a punto de pasar. Emma recordó una promesa hecha durante el sueño más extraño de su vida, el porqué había regresado y supo qué debía hacer. Ya no había miedo ni dudas.



León Faras.

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