martes, 26 de mayo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

134.



Aprovechando que Teté recargaba la cabeza a un costado y cerraba los ojos con modorra dejando el hilo de la conversación con su hermano a medias, este llamó a un lado a Rubi para preguntarle por Falena, porque él la había visto alejarse a caballo al llegar, y aún no regresaba. Cuando escuchó que la chica se había ido a Bosgos a ayudar a su amigo, Yadi soltó un grito de sorpresa y rabia que por poco despierta a su hermana de un salto. “¡Pero es que esa chica está loca!” Susurró a gritos, y Rubi le respondió con idéntico timbre. “¡A mí no me mires! A ella se le ocurrió que quería ser soldado y ahora hace lo que quiere.” Yádigar abrió los ojos incrédulo. “¡Qué! ¡Cómo que soldado? ¿Pero quién carajos permitió eso!” Exclamó al cielo sin levantar la voz y la chica se encogió de hombros mostrando inocencia y frustración. “Te juro por los huesos de mi madre que si me matan por su culpa…” Juramentó el hombre antes de agarrar sus pocas cosas y salir detrás de esa muchacha a la que se le debía mantener con vida, como al sueño de ver Rimos libre un día.



Migas hizo su parte con habilidad y rapidez y repartió el resto de instrucciones con la soltura del que sabe que sabe por encima de los demás; habló con Gilda sobre asuntos técnicos y personales, y molesto por haber sido removido de sus asuntos se aprestó para irse, pero entonce Dudú le soltó lo que guardaba sintiendo que esa sería su única oportunidad. “Lléveme con usted…” Migas la miró medio sorprendido y con desprecio. “Sal de aquí, chiquilla boba, yo no necesito de ninguna pelandusca en…” Iba decir el viejo, apartándola con la mano como se aparta a un borracho demasiado empalagoso, pero la chica lo interrumpió antes de acabar. “Quiero aprender.” Migas la miró a los ojos y le pareció que decía la verdad, al contrario de Nimir que solo pensaba en no sentirse inútil, pero era una mujer y además una prostituta de oficio, era hasta ridículo pensar en meterla en su casa. Dudú habló como si oyera lo que pensaba. “Soy lo que soy porque nunca nadie me enseñó nada.” Dijo seria, y agregó. “Siempre fui demasiado pequeña, o demasiado débil, tonta o simplemente mujer, pero nunca suficiente para nadie y así me criaron, pero…” Migas comprendió, y aunque sabía en los huesos que aceptar a una mujer en su casa sería algo de lo que se arrepentiría más temprano que tarde, también había visto desde el principio la semilla de la curiosidad auténtica en los ojos de esa muchacha y un hambre de saber que solo alguien como él podía entender. “Tendrás que ganarte tu sustento…” Advirtió el viejo, y la chica respondió, con los ojos grandes de ilusión, que siempre lo había hecho. Migas continuó un poco descontento con la interrupción. “Nunca serás suficiente para nadie si no eres suficiente para ti mismo. Te enseñaré algunas cosas y luego ya veremos.” Dijo con benevolencia, como quien reparte sobras entre los mendigos pero no está seguro de poder regresar otro día; y se fue, andando recto y serio, dejando que la chica lo siguiera para no tener que dar explicaciones ni excusas a nadie. Migas, como todo sabio que se precie, necesitaba un aprendiz, anhelaba hace tiempo uno en el que heredar sus conocimientos y que éstos no murieran con él, pero uno adecuado, porque el pobre de Nimir nunca lo fue, ese chico podía ver que uno estaba pelando ajos y preguntaba que qué estaba haciendo, pero esta niña, Dudú, era lo último que alguien imaginaría como aprendiz, y sin embargo, había logrado convencerlo sin que él apenas se resistiera. “Ya puedo oír las carcajadas de mi padre cuando se entere.” Pensó el viejo, arrepintiéndose incluso antes de comenzar.



Yan Vanyán, sentado con los pies colgando, observaba el horizonte que lento se oscurecía y se alejaba de Jazzabar al otro lado del río. Lloviznaba cada vez con más fuerza, tal como Lorina había predicho al llegar y eso lo hacía sonreír. Sencillamente no podía creer la facilidad con la que las cosas más significativas de la vida, se metían en el cuerpo de uno y se aferraban allí dentro como si hubiese un vacío que siempre ha estado esperando llenarse y ni siquiera lo sabes. Una figura alta y flaca se dejó caer a su lado de pronto sin hacer ruido y sin que su trasero llegara a tocar el piso, acomodando sus rodillas huesudas en el hueco de las axilas y dejando sus brazos largos y flacos descansar estirados. Con la cara a la misma altura de la de Yan, le miraba a este como si se tratara de un documento al que es preciso descifrar. Era Prato, que lo inquiría con la mirada de un padre que sospecha que su hijo anda en malos pasos. “¿De dónde sacaste esa chica y qué piensas hacer con ella?” Casi le hablaba como si hubiese robado algo. Yan Vanyán respetaba a ese viejo como lo que era, uno de aquellos que lo había recogido, criado y convertido en el hombre que era ahora, enderezándolo de un coscorrón cada vez que se torcía sin disfrutar demasiado con ello. “Nos encontramos el uno al otro, y lo que pienso hacer es cuidar de ella por el resto de mi vida.” Contestó Yan y de inmediato una palmada en la nuca le sacudió toda la cabeza. “¡No me hables como si fuese idiota! ¿Acaso te crees que recogiste un perro?” Le regañó Prato. Yan se puso de pie antes de recibir el siguiente golpe. El viejo estiró las piernas y su altura no solo lo alcanzó rápidamente, sino que lo sobrepasó. “Su vida es más importante que la mía ahora. Ella será mi esposa, la única y para siempre.” Respondió Yan apretando las cejas y estirando la trompa con convicción. Prato se veía rígido y severo, pero esa era su expresión normal, solo sonreía cuando estaba en la Rueda viendo a los hombres despedazarse a golpes, el resto del tiempo lucía más como una fruta seca que como un ser humano. “Espero que sea importante de verdad, porque no quiero saber que traes prostitutas a casa de tu padre y encima se las presentas a tus hermanas.” Advirtió Prato, clavándole sus ojos saltones en los de él antes de volver a sus asuntos.


León Faras.

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