132.
Grasa de cerdo era con lo que los cizarianos embadurnaban sus cañones para protegerlos de la humedad y sus efectos sobre el metal, y funcionaba bastante bien, pero no con los hierros incandescentes que usaban habitualmente para encender las mechas, ni mucho menos con las cargas de pólvora, ese polvo misterioso que usaban los Tronadores, que aún no tenía un nombre oficial y que cada uno llamaba como quería, perdía toda su capacidad explosiva al más mínimo contacto con el agua, lo que lo hacía complicado de manejar a la intemperie e intratable bajo una lluvia por leve que esta fuera, quienes manejaban los cañones lo sabían mejor que nadie, y ya hace rato habían notado los nubarrones en el horizonte. El oficial a cargo de los cañoneros, quienes mantenían la costumbre de ennegrecer sus armaduras con el hollín de sus detonaciones y cubrirse el rostro con pañuelos como forajidos, se presentó ante Fagnar con intenciones de hablarle en privado, pues estos eran celosos con las fortalezas y debilidades de su oficio y en cierta medida se consideraban superiores al resto de la tropa o al menos especiales, cosa que Fagnar no compartía pero toleraba. El oficial, un soldado maduro llamado Cecar, ascendido recientemente después de la muerte de Furio y medio emparentado con éste, sugirió que los Tronadores deberían ser agrupados en dos fracciones laterales, que eran más fácil de proteger de la lluvia de esa forma que de manera individual. Fagnar aceptó y así lo hicieron, sabiendo que no se trataba de algo completamente efectivo contra el agua y que esto aun les costaría en táctica y movilidad, pero confiando en que el daño hecho hasta ahora sería suficiente para que los habitantes de Bosgos aceptaran su unión al reino de una vez y sin oponer más resistencia. “Así será, señor. Creo que esta vez han tenido bastante.” Comentó Cecar, procurando sonar confiado. Fagnar iba a beber su último sorbo de té, pero notó que éste ya se le había acabado hace un rato sin darse cuenta, así como el tiempo se le acababa a un condenado. Tenía un problema de lo más inusual y que no podía seguir ignorándolo: debía hablar con alguien, tratar los términos, negociar, pero esa era una ciudad sin rey, comandante ni general y por lo que tenía entendido, y según la descripción dada por sus oficiales, quien parecía liderar a esta gente era una prostituta rodeada de mujerzuelas que la secundaban como gatos salvajes, mostrando los dientes y las garras desde atrás. “¡Hasta en Jazzabar tienen un rey con quien hablar!” Pensó en voz alta mientras se ponía de pie para llevar a cabo su ingrato trabajo.
Junto con Demirel, su imponente espada, Váspoli y un pequeño destacamento de soldados armados con sus Tronadores de mano, se presentó en el escampado central de la ciudad donde solían estar los Tronadores capturados de la batalla anterior. Fagnar parecía cansado pero en realidad lo que sentía era tedio, la pereza de tener que hacer algo que en el fondo se siente tan inútil. Se hizo sonar un cuerno y se gritó a viva voz el motivo de la reunión pero los bosgoneses tardaron en aparecer y cuando lo hicieron, lo hicieron mirando desconfiados, como un animal forzado por el hambre a abandonar su refugio. Fagnar los tranquilizó señalando que este era un diálogo formal y honorable donde no habría ningún tipo de hostilidad, aunque no sabía a quién debía dirigirse. Estaba Nina, como no, agarrada del brazo de una chica con el gesto enfurruñado, Janzo, cuyo aspecto era tan diferente que ya no temía ser reconocido como hermano del rey, Gilda, que sin querer era parte de los cabecillas ahora y algunos más, pero quien salió en frente sin que se lo pidieran fue Emmer. Demirel lo miró acomodando su postura, como quien quiere hacer notar su presencia aunque ya era bastante notoria. Lo reconocía como el hombre que había perdido una de sus hijas en el ataque y se temía que no fuera la mejor opción para negociar, pero Emmer se paró con actitud altiva, con las manos en la espalda y guardando prudente distancia. “...tenemos muertos que sepultar, heridos que atender y niños que alimentar, así que diga lo que tenga que decir sin rodeos.” Le espetó con voz firme pero sin gritar. El general reconoció los modos de un soldado en él, lo que sin duda le resultó más agradable que hablar con una prostituta. “Estas tierras son incorporadas al reino de Cízarin a partir de ahora, junto con todos sus habitantes. No es una amenaza, es un hecho, así que, si se resisten, el rey reclamará lo que le pertenece por la fuerza tanto como sea necesario.” Emmer se quedó en silencio por varios segundos hasta que de pronto habló como si hubiese recibido un codazo de alerta. “Pensé que íbamos a negociar algo.” Dijo. “Lo estamos haciendo.” Aclaró el general. “¿Dónde está la negociación?” Insistió el otro. Fagnar respondió de inmediato. “Acéptenlo y el ataque terminará de inmediato. Resístanse y continuaremos hasta que lo hagan.” Emmer nuevamente se quedó en silencio. No era el hombre más preparado del mundo, pero sabía una cosa, que en asuntos importantes decir lo menos posible era lo mejor. Echó un vistazo disimulado hacia las nubes del horizonte, pero que Fagnar notó, y en seguida asintió. “Le daré una respuesta formal por la mañana.” Le dijo, dándose la vuelta para retirarse. Fagnar esperaba una respuesta más inmediata, por supuesto, pero ese era un privilegio que Emmer no estaba dispuesto a darle. “Exigir una respuesta cuando su bota está sobre la cara de su enemigo no es negociar de forma honorable, más honorable sería cerrar la puta boca y terminar el trabajo sin falsos remilgos. Le daré una respuesta cuando tenga una, general, es todo lo que puedo ofrecerle.” Luego se retiró susurrando al pasar junto a Gilda y los demás. “Espero que esa absurda idea de la lluvia envenenada funcione o será mejor que tengas listo un estandarte de la flor cizariana para la mañana, porque eso será lo mínimo que tendremos que besar.”
León Faras.
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