136.
Tibrón y Yurba habían tomado buena posición en la cima de un edificio medio destruido desde donde la visión era más abierta y no tan accidentada, para vigilar durante los últimos minutos de luz de día. Estaban bastante callados, lo que para uno era normal, pero para el otro era raro, ignorando por completo la llovizna fina que los empapaba y que les corría por los surcos de la cara. Un aire cálido los envolvía desde hace un rato como el aliento de un coloso que duerme, el mismo viento tibio que transportaba las nubes cargadas de agua hacia ellos y que ahora parecían tener especial urgencia por llegar. “Se va a desatar una buena…” Comentó Yurba. “Y no tardará mucho.” Convino el otro, sobajeándose la cara para librarse del agua acumulada en las cejas y en la barba. La llovizna comenzó a ganar intensidad paulatinamente hasta volverse una lluvia suave, de esas que transportan susurros de otros mundos durante la noche y que puedes llegar a descifrar si guardas suficiente silencio y pones atención; de pronto, el viento se detuvo, así sin más, como si alguien hubiese cerrado algo en alguna parte, y Yurba alzó la vista al cielo, desconfiado, con los ojos pequeños y el rostro arrugado, esperando a que algo anormal sucediera. En ese momento, y por razones que aún no podían explicarse, la gente de Bosgos comenzó a encender los cuerpos que habían logrado apilar y recoger. A encenderlos y alejarse. Gruesos cordones de espeso humo negro emergieron de inmediato. Muchos les miraban de lejos meneando la cabeza con una sonrisa de afectación, como quien ve lo mal que se pueden hacer las cosas cuando los que están a cargo no tienen ni idea de lo que hacen, pero no Yurba, él buscaba con los ojos del desconfiado algo más, la trampa escondida bajo sus pies, el truco esperando para explotarle en la cara, y cuando no encontró nada extraño, Aregel llegó hasta ellos para señalárselo. El viento no se había detenido, los estaba rodeando, podía verse en las siluetas de los árboles no tan lejanos cómo estos se mecían. Yurba se chupó un dedo y lo alzó: ni una brisa donde estaban ellos. “Maldición, te dije que algo raro pasaría.” Gruñó, pero Tibrón no le hizo ni caso. Yurba era de esos que apuestan a varias opciones sin que apenas se note, para luego inevitablemente acertar en alguna de ellas y jactarse de haberlo predicho. Aregel tampoco replicó, el comportamiento del viento era curioso, pero nada más, cosas más raras se habían visto en el mundo, pero se mantenía alerta porque al igual que Yurba, él también esperaba ver algo más después de haber sido cegado por una estrella en el cielo.
El recorrido de Falena y Brelio hasta Bosgos estaba siendo bastante anecdótico. Aunque comenzó con toda la normalidad del mundo, apenas llevarían un par de horas de viaje o poco más, cuando una estampida los alertó. Un buen número de caballos corría hacia ellos en sentido contrario como si estuvieran huyendo de algo. Esa fue su primera impresión, aunque nadie huía a esa velocidad a menos que fuera perseguido, menos aun con la humedad que había, que todavía no era lluvia, pero que formaba una capa de cieno resbaladizo a lo largo de casi todo el camino capaz de desgraciar para siempre un buen caballo si no se tenía algo de precaución. Los chicos se orillaban sin detenerse, con los rostros ocultos bajo las capuchas que le protegían la vista de la fina llovizna que casi flotaba en el aire a esa hora, cuando el grupo pasó al galope junto a ellos. Una mujer de aspecto rudo y un viejo tuerto iban al frente, el resto del grupo no se veía mejor, incluso Falena creyó reconocer a uno de ellos como a un bandido que se le cruzó en el camino una vez para asaltarla, pero no estaba segura; ellos no levantaron demasiado la vista y los otros no aminoraron el paso. El grupo arrastraba un robusto y pesado carro tras ellos, que hacía más ruido que todos los caballos juntos cada vez que se sacudía con los baches del camino. Brelio no reconoció ninguno como bosgonés. Luego de eso, cuando el día comenzó a opacar, la llovizna a hacerse más fuerte, y el cruce con los jinetes de antes había dejado de ser tema hace rato, otro encuentro en el camino de lo más inusual los volvió a sorprender. Este era un tipo con el aspecto de lo que debería ser un salvaje, vestía lo que quedaba de lo que alguna vez fue su ropa, se cubría los hombros y la espalda con una piel oscura, posiblemente de perro, y tanto el pelo como la barba le habían crecido sin pizca de atención durante mucho tiempo. Estaba acuclillado a orilla del camino arañando el suelo con un palo afilado en busca de algo comestible cuando vio a los chicos. Llevaba un cuchillo a la cintura y un morral cruzado, y su mirada era la de alguien cansado de vivir huyendo y escondiéndose de todo, por lo que solo se quedó ahí, quieto, como un animal que no piensa atacar pero que está más que dispuesto a defenderse. Brelio registró su bolso, sacó un trozo de pan y carne seca envuelta en un paño y se lo mostró. No esperaría a que se acercara como un perro hambriento, ni se lo lanzaría arriesgándose a que el otro, furioso, le lanzara una piedra de vuelta, solo se lo enseñó y luego lo dejó caer sin dejar de caminar. Los expulsados de las ciudades por lo general vivían de la generosidad de los viajeros, pero a fin de cuentas, eran expulsados por algo y uno no debía fiarse demasiado de ellos. Pero nada de eso era comparable con lo que les sucedió al llegar. La lluvia caía abundante y serena, la noche avanzada, y la oscuridad apenas herida por una aterrorizada llama atrapada en una jaula de vidrio que habían logrado encender después de varios intentos porque no les quedaba otra alternativa si querían continuar avanzando. Buscaron rodear la ciudad para no entrar de frente y así evitar a los soldados cizarianos, pero había un inusual silencio, apenas roto por el constante murmullo de la lluvia, del que no se sabía qué esperar. Cuando lograron acercarse a la ciudad y ver a medias la destrucción de esta, lo hicieron con su pequeño farol apagado para no ser descubiertos. Había escombros en lugar de edificios y tal vez algunos cuantos cuerpos que era imposible determinar con la pobre visibilidad que tenían a esa hora de la noche. Instintivamente ambos se retiraron de la cabeza las capuchas que los cubrían para ampliar su rango de visión y contemplar con libertad lo poco que se les permitía ver del escenario, fue en ese momento cuando una incómoda picazón les agarró el cuello y se les coló por la espalda, fue leve al principio como cosquilleo, pero se volvió cada vez más molesta. Cuando la comezón les cogió la cabeza y la cara, fue cuando notaron que la lluvia la estaba provocando y decidieron huir como se huye de una peste que está por todos lados. Se metieron al fin bajo el primer edificio destruido que medio los cubrió de la lluvia y allí se miraron en la penumbra, sacudiendo los miembros, moviendo el cuerpo sin poder dejarlo quieto, soportando una comezón desesperante que podía adivinarse también en el gesto urgido del otro y que siendo más persuasiva que el orgullo o el pudor, los obligó a quitarse la ropa empapada, apenas dándose la espalda el uno al otro, para lavarse la piel con lo que fuera. La chica, aunque con recelo y como medida desesperada, pensaba usar el agua empozada en el suelo, pero el chico la detuvo cuando encontró lo que buscaba, el antídoto que todo bosgonés bien nacido conocía para el urticario en todas sus versiones: la ceniza del fogón. Varios minutos después yacían sentados en el suelo, medio humillados, embadurnados en ceniza hasta el pelo pero con el cuerpo en paz, abrazándose las rodillas sin decir palabra, cubiertos con una manta sacada de los escombros mientras se estilaba su ropa, con un pequeño fuego encendido que se animaron a prender pese a las circunstancias y sin caballo, pues éste había sentido los efectos del veneno en la lluvia y había huido también por su cuenta.
León Faras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario