130.
Nina y sus chicas, luego de su pequeño pero necesario funeral, se unieron a la gente que clamaba venganza, y de inmediato Nina enviaría a la más avispada de su grupo a hablar con ese viejo resabiado de Migas por encargo de Gilda que pedía su ayuda. La mencionada no era otra más que Marla, cuya personalidad sensata y tenaz era especial para el trabajo, además de que, después de lo de Cípora, todas deseaban hacer cualquier cosa de utilidad para desquitarse de Cízarin, y como no, de su izquierdo iba agarrada Dudú, que si no estaba sujeta a alguien simplemente se desvanecía en su entorno. Marla no conocía al viejo más que por su reputación y las historias que se contaban sobre que en su juventud capturaba vagos y prostitutas durante la noche y los cocinaba para comerlos, o los vendía como carne curada de cerdo, pero ella no sentía miedo, una porque las historias siempre eran medio inventadas o no tendrían ninguna gracia, y otra porque la vida la había curtido lo suficiente como para no temerle a los desconocidos; ella los había conocido en todas sus formas y tamaños a lo largo de su vida, viejos y jóvenes, crueles y delicados y con todos ellos el miedo era siempre la peor estrategia; el temple, en cambio, era lo más efectivo. Encontrarle no fue tan fácil, todo el mundo sabía más o menos donde estaba la cabaña del viejo Migas pero los rodeos que dieron para evitar a los soldados cizarianos hicieron que medio se perdieran sino fuera por el mar de cabras que marcaba el lugar desde lejos, tanto con sus balidos como con su olor. El viejo había renunciado a correrlas debido a que eran demasiadas, y optó por esperar a que en algún momento se fueran solas. Las mujeres se abrieron paso entre los animales hasta la puerta, sin poder evitar por el camino más de alguna amistosa cornada en el trasero y se plantaron allí hasta que Migas las atendió por una minúscula abertura de su puerta, aunque no de la mejor manera viendo que se trataba de prostitutas. “No me interesan sus problemas ni lo que vengan a ofrecer…” Comenzó a escupir el viejo con gesto hostil pero la mujer lo interrumpió con firmeza. “Nos envió Gilda, necesita tu ayuda.” “¿Ella está bien?” Preguntó de inmediato el viejo, preocupado, cometiendo la imprudencia de abrir su puerta más de lo debido y permitir que la vista de las mujeres se inmiscuyera en sus asuntos. “¿Pero qué cochinada es esa?” Exclamó Marla, asqueada, viendo el cuerpo de Nimir abierto de par en par sobre una mesa. Migas iba a responder con agresividad que se trataba de un tratamiento funerario de alto nivel, pero Dudú intervino fascinada. “Vaya, ¿puedo verlo?” La chica se coló dentro de la casa con la naturalidad de un gato que huele comida, sin sentir miedo ni pedir permiso, le lanzó una palmadita amistosa sobre la cabeza al perro que la observaba junto a su amo y pasó a admirar el cadáver maravillada, como si se tratara de una obra de arte excepcional. “¿Y los órganos, dónde están? ¿Puedo verlos? Nunca he visto los de un ser humano…” Se excusó casi avergonzada, como si su ignorancia fuese incompetencia. Migas los señaló con recelo pero desarmado ante la más honesta expresión de curiosidad que hubiese visto desde la suya propia cuando él mismo era muy joven. Marla, por su parte ,estaba incrédula por el comportamiento de su compañera, quien no solo sonreía de gusto admirando un corazón humano, sino que además había dicho más palabras en los últimos dos minutos que en toda una semana. Luego, Dudú reparó en el padre de Migas y después de mirarlo un rato notó la extraña condición del anciano. “¿Puedo tocarlo?” Rogó, para luego añadir admirada. “¡Parece vivo!” “Lo está.” Replicó Migas, y la chica solo se sintió sobrecogida ante tanta maravilla, llevándose ambas manos a la boca como quien presencia un milagro. “¿De dónde eres, muchacha?” Preguntó al fin el viejo, pues el rostro de la chica tenía un aire familiar. Dudú le explicó sin recelos sus orígenes en la aldea de Campo Seco donde se crió sin padre pero con muchos hombres que visitaban su casa, algunos durante una noche y otros por varios días y que su mamá se esmeraba en complacer. Su padre, según sabía, había muerto cuando ella todavía no dejaba el pecho de su madre, por lo que no conocía ni su nombre, pues su madre nunca se lo dijo y ella no era de insistir demasiado. Migas recordó por un momento a su primo Telio, el tipo más tonto y buena gente del mundo. Un insoportable. Lo último que supo de él, era que se había desnucado en una mina que apenas estaban abriendo debido a una pedrada que le cayó del cielo. Saberlo no le sorprendió en lo más mínimo. Antes que eso, decían que se había juntado con una mujerzuela de la que estaba muy enamorado, una que, con total seguridad, no estaba igualmente enamorada de él. A la gente le encanta hablar de tipos como Telio gracias a ese tipo de decisiones. El hecho era que aquella chica le recordaba a su primo, con esa cara inflada sin mentón y ese ridículo cabello ondulado que nadie más en la familia tenía, aunque nunca oyó hablar de que Telio hubiese tenido una hija. “¿Tu madre vive todavía, muchacha?” Preguntó Migas. Dudú se encogió de hombros. Era probable, pero sinceramente, no lo sabía. El viejo asintió sin presionar, luego se dirigió a Marla. “Bueno, vamos a ver qué quiere esa vieja de mí.” Durante el camino, Dudú no dejó de hacer preguntas sobre quién era el muerto, y por qué se había muerto, y en qué consistía el fascinante proceso que le estaba haciendo y Migas respondía parco pero con disposición profesional, porque la chica no lo cuestionaba, solo tenía auténticas ganas de saber y eso era algo que él valoraba por sobre todas las cosas. Marla, por su parte, ya no llevaba a Dudú cogida a su brazo y eso la hacía sentirse extrañamente incómoda, pues la chica caminaba prendada de las palabras del viejo ese que no hablaba más que puras guarradas sobre tripas en remojo y carne descompuesta, eso, hasta que salieron de la espesura y Bosgos se presentó ante ellos, entonces el viejo se quedó en silencio. Migas no era un hombre de emociones fáciles y tampoco sentía tanto aprecio por las personas de Bosgos, pero no lo negaría, el espectáculo era sobrecogedor. Esta vez se le había pasado la mano a Cízarin.
León Faras.
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