sábado, 18 de abril de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

129.



El cuerpo de Emma había sido envuelto en sábanas y perfumado con aceites para ser quemado según la costumbre rimoriana de sus padres, pero no se haría todavía. Lina, su hermana menor, parada junto al cadáver, no lloraba, quería hacerlo, deseaba hacerlo, pero no podía y no entendía por qué. “¿Acaso es que no la amaba, mamá?” Preguntó angustiada, Nila la abrazó. “No digas eso. Si no quieres llorar, no lo hagas, pero no pienses así.” Le respondió estoica, entre sorbetes de mocos y espasmos de llanto. Cerca, los sobrevivientes que no habían huido planeaban el contraataque. Teniendo a Darlén de su lado, y después de ver lo que la bruja había hecho en el cielo, muchos sentían un renovado ímpetu para luchar, pero la mujer aún lloraba la muerte de una muchacha, lamentándose no poder haber hecho nada para salvarla ni protegerla. Nila le apretaba la mano, recordándole que la vida y la muerte estaban más allá del control de cualquier ser humano por poderoso que este fuera. “Eso no es del todo cierto…” Mencionó una mujer demasiado bella como para haber pasado desapercibida hasta el momento en que habló, era Circe, por supuesto. “Pero ya su vida se extinguió.” Argumentó Darlén, con el rostro cubierto de llanto. “Su cuerpo aún no se corrompe.” Respondió la otra bruja. “Pero está dañado.” Replicó la una. “Pero está completo.” Alegó la otra. “¿De verdad crees que se pueda?” Preguntó Darlén, ilusionada y confundida. “Sabes que solo depende de ella.” Contestó Circe, señalando a la difunta. Solo entonces Nila intervino queriendo saber qué carajos estaban diciendo, porque todo aquello se trataba de su hija, pero antes de que le contestaran, Darlén se lanzó encima de su mentora, sujetándola por los hombros para rogarle que hiciera lo que pudiera por esa chica a la que le había dado pecho en sus primeros años y a la que consideraba como una hija más. Circe aceptó, y Darlén se dirigió a Nila entonces apretándole ambas manos. “Confío en esta mujer con mi vida. Tú también puedes hacerlo.” Le dijo, para luego sentarse a su lado con una sonrisita de ánimo renovado. Nila esperaba una respuesta y Circe no se la negó. “A veces la muerte es injusta, llevándose a quién aún no debía irse; el espíritu de esa persona lo sabe y durante un tiempo se niega a abandonar lo que le es familiar, rondando sin parar en busca de retomar sus asuntos, a veces incluso, hasta enloquecer…” Nila escuchaba atenta, ella era rimoriana, y los rimorianos tenían ciertas creencias ancestrales relacionadas con los Invisibles, criaturas que ayudaban o dañaban a las personas y que alguna vez habían sido seres humanos también. “¿Estás hablando de volver a alguien a la vida?” Preguntó Nila, con miedo de sonar un poco tonta. Circe respondió. “Hablo de componer algo que aún no debía romperse.” “Pero eso es antinatural.” Intervino Lina, que hasta ese momento oía tan interesada como preocupada. “No seré yo quién decida qué es natural y qué no lo es, pero si no lo desean, no haremos nada, yo no tengo ningún interés en forzar a hacer nada a nadie.” Replicó la bruja, sin alterarse, pero con firmeza. Nila la detuvo. “Espera. Antes dijiste que todo dependía de ella, ¿no?” Circe asintió. “Si Emma no quiere retomar su cuerpo, no hay nada que podamos hacer para forzarla. Si no quiere, no lo hará.”



Hemos perdido buena parte del veneno que teníamos bajo los escombros, pero aun nos queda para defendernos.” Comentó uno. “Hagamos un cinturón de fuego, los encerramos dentro y les lanzamos todo el veneno que tengamos sobre las cabezas.” Propuso otro, una idea genial, pero sin detenerse a pensar en las dimensiones de ese cinturón ni en el tiempo y recursos necesarios para hacerlo. “¡Pero contamos con una bruja!” Defendió su idea él mismo, optimista, sin que nadie pareciera apoyarlo realmente. Berno, quién volvía a salir de este nuevo ataque sin un rasguño, y cuya borrachera aún no se iba del todo, afirmó que lo del fuego era una idea tonta, pues no había que ser genio para darse cuenta de que antes de que el sol se escondiera, iba a caer la lluvia que tanto tiempo llevaban esperando, y para confirmarlo señaló al horizonte. El otro, medio ofendido, le exigió que entonces propusiera algo mejor, y Berno, cuyo rostro luchaba por verse convincente, pero sin mucho éxito, propuso “envenenar la lluvia.” Aquella era una de esas cosas que, dependiendo de dónde viniera, podía ser calificada como una estupidez o una genialidad, de hecho, todos se quedaron mirando entre sí buscando si alguien podía apoyar tal ocurrencia, pero de los presentes, ninguno tenía respuestas claras. Las preguntas empezaron a surgir de un lado y de otro; que si acaso eso era posible o cómo se haría tal cosa, con el inconveniente de que Berno no hacía más que sonreír con suficiencia sin explicar nada, hasta que alguien respondió con firmeza por él, esa era Gilda. “Por supuesto que es posible. Si puedes envenenar el agua, entonces también puedes envenenar la lluvia.” Y si alguien sabía de venenos, esa era ella. “Apilen los cuerpos y sus prendas, y reúnan todo el aceite que puedan conseguir…” Ordenó, para luego agregar. “Vamos a necesitar hacer humo. Mucho humo.” Gilda estaba molesta, tanto por la muerte de su hermano como por la descarada insolencia de Cízarin. No era culpa de éstos últimos que Qrima muriera, pero sí que estuviera pudriéndose bajo una pila de escombros en vez de estar descansando en la cripta que la mujer tenía preparada para sí misma y sus seres queridos, incluyendo a su querida cabra Cicuta. Junto con algunas mujeres, se fue para recolectar lo necesario y preparar los venenos que usarían, aunque pensando en que le vendría bien la ayuda de alguien con experiencia para ajustar las dosis: Migas.



La idea fue genial, pero muchos se quedaron pensando de dónde se le había ocurrido algo así a alguien como Berno, éste respondió fingiendo sabiduría. “Mi abuelo me contaba, que su abuelo le contaba a él, que cuando Hiblia el Santo derrotó al ejército de Gárraga el Sanguinario, lo hizo gracias a una lluvia que enloqueció a sus enemigos, pero esa lluvia no fue totalmente algo divino como muchos creyeron, Hiblia ya sabía cómo utilizar los venenos, solo que dejó que con el tiempo lo apodaran el Santo gracias a esa proeza.” Los que lo oían se quedaron mirando con una sonrisa incrédula, fuera verdad o mentira, aquella era una buena historia.



León Faras.

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