125.
La ofensiva de Bosgos fue prácticamente inútil, rozando lo infantil. Se lanzaron como una jauría de perros salvajes contra unos soldados que, ciegos y confundidos, se defendían cubriéndose el rostro y tirando espadazos de un lado para el otro, mientras recibían golpes de palos por la espalda o alguna que otra pedrada en la cabeza, todo muy divertido hasta que los soldados comenzaron a recuperar la vista de a poco y a ver entre nubarrones las siluetas de sus atacantes, entonces las espadas comenzaron a funcionar de nuevo y los que antes reían con la jugarreta de acosar con violencia a unos ciegos inútiles, debieron volver a huir otra vez, incapaces de pelear de igual a igual contra soldados armados y acorazados que ahora podían defenderse, mientras los Tronadores preparaban una nueva oleada de disparos y el general Fagnar regresaba, pues había huido gracias a que era el único que aún montaba su caballo y éste no había quedado ciego en ningún momento, por lo que pudo sacar a su amo antes de que fuera alcanzado por las muchedumbre enfurecida de Bosgos. Algunas bombitas de veneno cayeron sin hacer mayor daño, pues los cañones de Cízarin las opacaron rápidamente con potencia y precisión y la gente esta vez en lugar de retroceder, comenzaron a desperdigarse en todas direcciones, a huir hacia los campos, a abandonar la esperanza de defenderse y a los que aún trataban de resistir también.
El edificio de Nina, uno de los pocos de dos plantas en Bosgos, se mantenía en pie a pesar de haber sido atravesado de lado a lado, dos veces, por los Tronadores. El propio Mirú, el muchacho afeminado que trabajaba para Nina. salía por sus propios medios, traumatizado, jurando que una de esas bolas lanzadas por Cízarin le había pasado por delante de la cara y que incluso había podido verla. De las chicas, muchas estaban histéricas y aterradas; golpeadas y polvorientas, pero vivas, apenas saliendo a la luz para comprobar que, tan mal, no les había ido como pensaban, en comparación con el resto de la ciudad que estaba destrozada, con sus paredes en el suelo y su gente regada por todas partes, tentando el apetito de las aves carroñeras que les olían desde las alturas. Nina pudo comprobar con alivio que su negocio y sus empleadas estaban mejor de lo que esperaba, pero luego de unos segundos, se dio cuenta de que faltaban dos de sus chicas. Marla, una de las sobrevivientes, dijo que Dudú, la chica nueva de la aldea de Campo Seco, había salido corriendo y gritando no sabían adónde apenas oída la primera detonación y que no sabían nada de ella ahora. “¿Y Cípora?” Preguntó la jefa con cierto apremio. Mirú descompuso el rostro, como si hubiese tenido que recordar algo que no quería volver a ver en su mente. Nina lo inquirió de inmediato. El muchacho negó con la cabeza tapándose la boca con la mano. Un trozo de madera de la pared que salió disparado con el impacto de la bala, le había destrozado la cara y roto el cuello a Cípora, matándola en el acto, y al pobre Mirú le tocó verla de primera mano cuando trató de auxiliarla. “Se fue… Ella… ya no se movía ni nada.” Explicó con la voz cortada.
Cuando Cal Desci abrió los ojos, el sol ya iluminaba con fuerza, y lo primero que vio fue un rostro familiar pero de lo más extraño de encontrárselo allí. Era Barucho, el viejo curandero rimoriano, reclutado por el ejército cizariano como médico de campaña, que lo miraba con sus ojos diminutos y gesto desalentador. “Esperaba que durmieras un poco más.” Le dijo, sosteniendo una sierra en las manos, Cal quiso reaccionar, incorporarse, pero un dolor extremo le atravesó el sistema nervioso como un rayo. “Tu pierna está muerta, voy a tener que cortártela…” Dijo el curandero, como si estuviera hablando de quitarle un par de botas rotas. Cal protestó, alegando que si él estaba vivo, su pierna no podía estar muerta si aún la tenía pegada, pero Barucho no estaba allí para discutir. “He visto esto muchas veces antes, hijo, en las minas de hierro, en los campamentos de leñadores. Tu pierna es carne muerta ahora, y si no la cortas, te arrastrará a ti también.” Cal estaba desesperado y no deseaba oír tonterías sobre cortarle nada a nadie, pero el dolor era tan intenso que apenas podía hilar alguna idea coherente en su mente más allá de negarse y lloriquear como si estuviera rogando por su vida ante un ser superior, Barucho notó que la muerte ya se estaba esparciendo por su cuerpo, llevando al infeliz a tener calentura y alucinaciones, por lo que le pidió a su asistente, un nieto grande ya, que le había salido tonto como un mueble, pero humilde y fornido a la vez, que contuviera al paciente. El nieto, que estaba cerca de los treinta pero con cara y mente de niño, ató las manos de Cal a su espalda, y luego por poco lo asfixia evitando que éste se desatara gritando, por suerte, el curandero había desarrollado una destreza impecable en el oficio de amputar miembros y la tortura fue tan breve como podía serlo. Después de eso su cuerpo simplemente se rindió al descanso, lo que haría más fácil el resto del trabajo del curandero, cauterizar y suturar el muñón, todo embadurnado con un menjunje hecho a base de ajo, hierbas, corteza del Bosque Muerto y escupitajos de su propia saliva para mezclar todo.
León Faras.
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