domingo, 22 de marzo de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

127.



Aregel se enteró casi al medio día de que a su amigo Cal le habían cortado una pierna. Este estaba sentado en el suelo contra un árbol bajo la sombra de un toldo improvisado, con la mandíbula apretada y el rostro amargado, mirándose la mano sin ánimos de hablar con nadie; en su puño apretaba unos cuantos dientes de ajo que debía comer en trozos pequeños y bien remojados en saliva, según Barucho, el curandero, para evitar que le entrara la fiebre por el corte y lo consumiera, pero que Cal simplemente quería lanzar lejos de su vista y que la fiebre lo durmiera para siempre, aunque todavía no se atrevía. Como soldados, las heridas y mutilaciones eran algo normal dentro del oficio, pero perder una pierna entera era el fin del oficio, de hecho, cualquier otro oficio que implicara moverse estaría jodido para alguien como él desde ahora en adelante. Sí, daba pena verlo, y por eso Cal no quería ver a nadie ni que nadie lo viera. Aregel lo comprendía, por lo que fue circunspecto y breve. “Lo siento.” Eso fue todo lo que dijo, como cuando alguien pierde a un ser tan querido que las palabras sobran, luego se retiró, consciente de que el otro no le respondería ni de gesto ni de palabra aunque lo hubiese escuchado.



Migas tenía abierto y vaciado el cuerpo de Nimir sobre su mesa principal. Sus órganos los puso en vasijas llenas con aceite de Estrago, un arbusto, cuya semilla, tan abundante como tóxica, servía para fabricar multitud de venenos con diferentes propósitos, y cuya densidad y composición impedía la normal oxidación de los tejidos. La carne, en cambio, sería frotada en sal, ceniza consagrada y aceite, antes de ahumarla durante treinta y tres días a temperatura de día muy soleado, un proceso lento y extenuante pero que debía hacerse ininterrumpidamente si se quería conservar el cuerpo intacto por el mayor tiempo posible. Migas fregaba el cuerpo sin vida de Nimir preparándolo para el ahumado, cuando vio un ligero movimiento por el rabillo del ojo que lo hizo frenar de golpe, el ladrido de su perro le confirmó que había sido real. No, no se trataba del difunto, sino del huevo de Cizal que descansaba como un trofeo sobre un mueble junto a la chimenea, y que además, convenientemente recibía el sol de la mañana a esa hora, esa cosa acababa de dar un respingo. Ni siquiera lo había pensado hasta ese momento, entre sus investigaciones de los manuscritos de Mirna y el tratamiento del cuerpo de Nimir, no lo había considerado, pero que tal si había algo que aún seguía vivo en su interior. Miró a su padre, pero este lo ignoraba, manteniendo la vista pegada en el suelo de la habitación. Migas sintió curiosidad, él era un alma curiosa y el Cizal, una criatura casi mítica de la que poco se conocía, y por lo que él sabía, jamás criada por ningún ser humano antes. Miró a su perro con cierto brillo en los ojos, y este le devolvió la mirada del que no le gusta nada lo que estás pensando, pero el viejo solo arrugó el ceño, se encogió de hombros y siguió con su trabajo de preparar el cuerpo de Nimir, mirando de reojo al huevo de vez en cuando, después de todo, sólo era un perro, qué podía saber él.



En Cízarin, las nubes cubrían el cielo advirtiendo que dejarían caer agua en poco tiempo y el viento anunciaba que esos nubarrones llegarían a Bosgos por la tarde. Era poco más de mediodía y Brelio estaba listo. Luego de dormir por unas cuantas horas, cargaba un pequeño hatillo de provisiones cruzado a la espalda, dado por Rubi, y recibía el caballo preparado por Falena. “Vas a llegar bien entrada la noche, ¿seguro que no quieres esperar un poco más?” Preguntó la chica, dándole los últimos retoques de cepillo al animal. El muchacho se negó, ya había esperado demasiado. “La noche está bien, es más seguro…” Afirmó. La chica recordó algo que el señor Sagistán le enseñó una vez sobre el arma de doble filo que era la oscuridad, útil y peligrosa a la vez, pero aun así Falena estaba de acuerdo, ella también se sentía más segura de noche. “Puedo acompañarte, si quieres.” Sugirió Falena de pronto, Brelio la miró burlón, no muy seguro de dónde había salido eso. “¿Crees que me da miedo ir solo?” La chica respondió seria y sin espera. “Creo que necesitarán toda la ayuda posible.” El muchacho también se puso serio entonces. “¿En verdad crees que sea tan malo?” Preguntó, tentando la vana esperanza de que las cosas nunca son tan malas como uno se las imagina. Falena asintió con gravedad convencida, y Brelio no pudo más que reconocer que él también, en el fondo, se temía lo peor. “Puedes venir conmigo, si quieres.” Le dijo. La chica entró en su casa para preparar algunas cosas rápidas para el viaje, pero claro, su hermana ya le tenía listo su hatillo de provisiones. “No me mires así, lo supe desde que se encontraron en el camino.” Le dijo Rubi, siempre suficiente, y luego la señaló con su dedo acusador justo hacia la nariz. “Se supone que no deberías estar allá, tío Demirel fue muy claro, así que mantente lejos de los problemas o vas a desear nunca haber tenido una hermana mayor.” La amenazó y luego la abrazó fuerte. Falena iba a despedirse de su mamá también, pero su hermana la detuvo. “No lo hagas, yo hablaré con ella después. Se ve muy contenta y relajada, pero en el fondo sigue siendo nuestra madre, la misma de siempre. Déjala que siga así por un rato más.La chica no discutió, después de todo, esa era Rubi, y Rubi siempre tiene la razón. A medida que se alejaba el caballo con ambos chicos encima, alguien que llegaba los observaba con curiosidad, sacando sus propias conclusiones internamente y emitiendo juicios que lo dejaban conforme, como acostumbra a hacer siempre la gente, luego, de buen humor, se acercó a la puerta de Teté para llamarla con unas tortillas de cebada aliñadas recién hechas en la mano, que había encontrado por el camino. La propia Telina abrió la puerta, pero su reacción no fue la que esperaba. “¿Y tú qué haces aquí?” Le dijo, con el rostro descompuesto de ver a su hermano. “¡Te desapareces por veinte años como si nada, sin saber de ti en todo ese tiempo como si hubieses muerto, imaginando puras cosas horribles y sufriendo por no saber dónde o cómo estás, hasta que ahora, así sin más, decides aparecer en mi puerta con un par de tortillas calientes en la mano y sonriendo como un bobo?” Le recriminó Teté, aparentemente muy dolida. Yádigar estaba sin palabras, totalmente cogido por sorpresa. Siempre era su presencia, nunca su ausencia la que provocaba ese nivel de cabreo, pero Teté, que no había dejado ni un solo día de ser su hermana chica, era honesta, porque ella no tenía la capacidad ni los medios para buscarlo a él y era él quién debía acercarse a ella. “¿Qué quieres que te diga? Al principio quería verte, pero Cízarin nos mantenía con una daga en el cogote prácticamente todo el día para evitar motines, después las cosas se relajaron con el tiempo, tuve una pequeña familia y supe que tú estabas haciendo tu propia familia también, estaba feliz y quería tenerte cerca para formar parte de eso también, pero pronto se fue todo al carajo, mi hijo se asfixió mientras dormía, mi mujer me dejó después de eso y yo dejé de preocuparme por nadie más que no fuera yo mismo. ¿Por qué? ¡Porque preocuparte por los que amas y no poder ayudarlos cuando te necesitan es una mierda! Pero con el tiempo te das cuenta de lo idiota que eres y que vivir sólo para ti es inútil, es un no vivir…” Teté volvía a tener su cara de angustia y sus manos apretujadas, mirando a su hermano con una compasión incómoda. “¿Cómo se llamaba tu hijo?” Le susurró, como si fuera pecado alzar la voz ante un tema tan delicado. “Se llamaba Boras, como su abuelo materno…” Respondió el otro, sin deseos reales de profundizar en el tema, aunque igual debió recibir el tierno y prolongado abrazo de su hermana, a riesgo de reflotar sentimientos que había tardado años en sepultar tan profundo como pudiera. “No me digas que esta mujer de aquí es tu hija.” Improvisó de pronto, para que Telina lo soltara antes de que se le saltaran las lágrimas, mirando a Rubi como si la viera por primera vez, ésta también actuó igual, como si recién lo conociera. Era mejor así, por la salud emocional de su madre. Las tortillas fueron aceptadas al fin y la plática se abrió paso sin esfuerzo, aunque interrumpida de vez en cuando por más de un bostezo, curiosamente, todos parecían bastante cansados.



León Faras.

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