jueves, 31 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

104.



Janzo meneaba y se sobaba el hombro haciendo muecas de dolor sentado fuera de su casa. Era una de esas lesiones testarudas que iban y venían como el clima, y no estaba su esposa para que le hiciera uno de sus remedios mágicos con esperma de vela, hierbajos aromáticos y rezos susurrados entre dientes que le quitaban el dolor por una buena temporada. Miraba a su alrededor y pensaba en su hermano, y en lo que aquel estaría pensando ahora, después de lo que sucedió con su poderoso ejército de hombres de metal y artefactos escupe-fuego. Pensaba en que ese mismo atrevimiento fallido le había costado la potestad a Rimos y a su rey, y en que un tropiezo como ese debía ser corregido a la mínima oportunidad y lo antes posible para no alimentar las ambiciones de sus enemigos. Seguramente eso era algo que también había considerado su hermano ya, y con razón. En Bosgos, algunos ya predicaban la ilusoria idea de atacar Cízarin, de devolverles el golpe, de derrocar a su rey. Uno de ellos, el que demostraba más convicción en sus ideas y fervor en su discurso, y que con ello atraía más la atención, era uno al que llamaban el capitán Musso. Tenía un puñado de fieles seguidores dispuestos a todo y a la mitad de la ciudad que aprobaba sus ideas sobre no dejarse atropellar por nadie, o que dejar una ofensa sin castigo era el primer paso hacia la esclavitud. La otra mitad creía que, aunque tuviera toda la razón, pensar en enfrentarse a Cízarin era una locura y una estupidez, pues no había forma de vencer un reino como ese ni aunque pelearan durante toda una vida, pero Musso les recordaba que la verdadera locura, y estupidez, era quedarse esperando sin hacer nada a que su enemigo los atacara cuando quisiera, para eso, era mejor invitarlos con los brazos abiertos a apropiarse de sus tierras y sus animales a cambio del honor de “¡Poder besarle sus reales pies!” Janzo estaba un poco de acuerdo con ambos, porque aunque podía aplaudir las ideas de Musso y su fervor, aún no veía con claridad cuál era la brillante estrategia que éste pensaba usar para llevarlas a cabo y derrotar a Cízarin, nada aparte de su apasionado discurso, muy inspiracional en su opinión, pero nada práctico.



Brelio ya era todo un hombre, y podía estar orgulloso de que gracias a la educación de su madre, era un hombre sensato y bienintencionado en el que se podía confiar. Pero había algo en él que a su padre le incomodaba un poco, como una segunda capa que no dejaba ver, como si su hijo estuviera siempre pretendiendo ocultar o reprimir algo. Su madre decía que su hijo era claro y transparente como el agua y siendo ella una bruja como era, seguramente sabía hasta lo que el chico soñaba por las noches, pero él no estaba muy seguro de conocerlo como debía. Brelio ni sospechaba que era un príncipe cizariano sobrino de un rey, y su padre vivía preguntándose si había sido injusto o egoísta al ocultárselo desde niño, también con la paranoia de que algún día lo averiguase y tuviera una reacción inesperada, renegando de sus padres por mentirles o tal vez solo terminara odiándolos en secreto por ocultárselo. Janzo no hablaba mucho del tema porque casi nadie sabía quién era él en su pasado, pero uno con quien sí podía hacerlo era Emmer, y éste, sin tomarse demasiado en serio la preocupación de su amigo, le respondió con suficiencia: “Mira, si hubiera algo raro en él, Emma lo sabría, porque ella siempre lo ha sabido desmenuzar con total facilidad, y si Emma supiera algo, todos lo sabríamos, porque ella nunca ha sido capaz de mantener sus ideas dentro de su cabeza por mucho tiempo.” Luego agregó: “Si fuera tú, no me preocuparía.”



“…La guerra ya comenzó, algunos no quieren oírlo, pero es cierto. Ellos ya dieron el primer golpe y darán el segundo y el tercero si es necesario. Por eso es que defenderse no es suficiente, ¡hay que atacar! Hay que quemar sus lechos, destrozar sus armas, envenenar sus alimentos y bebidas… quitarles la paz durante el descanso..” Predicaba Musso su doctrina ante un generoso grupo de bosgoneses que solo deseaban escuchar las palabras adecuadas para convencerse de luchar. “¿Y cómo vamos a enfrentar a su ejército?” Gritaba uno. “¿Cómo vamos a pelear? ¡No tenemos nada!” Gritaban otros, pero Musso respondía con pasión que tenían todo lo necesario. “No somos idiotas, no enfrentaremos un ejército que nos aplastaría como moscas en un instante. Nosotros los atacaremos en sus propias casas, por las noches y en secreto; con pequeños grupos, causando el mayor daño posible para luego huir. Ocultándonos, descansando y volviendo a atacar… golpeándolos una y otra vez aquí y allá y donde menos se lo esperan. Los debilitaremos mientras nosotros nos hacemos más fuertes.” Una mujer de unos treinta y pocos años llamada Iulia; robusta, con un atractivo relativo y cierta autoridad en el grupo de Musso, notó la presencia de una pareja muy joven entre la multitud. Se acercó a ellos seguida de un hombre apenas mayor pero con una marcada calvicie, cuyo mayor atributo eran sus enormes cejas y un par de brazos como para romperle la columna a un hombre joven. La mujer hizo unas señas con las manos y otros gestos con el rostro que el hombre tradujo. “Ella quiere saber si están dispuestos a pelear o están aquí solo de curiosos.” “¡Podemos pelear!” Respondió la chiquilla, impulsiva. Iulia no necesitó su lenguaje de señas para comunicar su impresión, bastó con la mirada. “¿Y estás así de dispuesta a que te rajen el cuello también?” Preguntó el hombre, inclinándose sobre ella. La muchacha dudó, como si estuviera siendo amenazada, pero luego de un par de segundos reaccionó. “¡No somos cobardes, podemos enfrentarnos a quién sea!” Alegó, altanera como un perro pequeño, muy valiente a pesar de su tamaño. La chiquilla estaba verde, su actitud era superficial, en una situación real probablemente se desmoronaría, tal vez dentro de un par de años más. El muchacho en cambio había mantenido la postura y el gesto, parecía del tipo que mantiene la boca cerrada y piensa antes de abrirla. Iulia hizo un par de señas con sus manos y el hombre se dirigió sólo a él. “Nadie les obliga a entrar, pero una vez dentro, nadie abandona el grupo. Piénsalo bien y vuelve mañana si estás dispuesto a unirte a nosotros.” Brelio asintió con una sonrisilla contenida y cierto brillo en los ojos, Emma en cambio se sentía un poco rechazada. “¡Qué tontería! Quién va a estar dispuesta a que le rajen el cuello…” Comentó la chica cuando ya se iban. “Seguro que son del tipo que solo fanfarronea frente a los demás, pero luego no hacen nada.” Agregó después. “No creo que debamos volver otra vez. Ese par que se nos acercó daba muy mala espina.” Concluyó luego, ante el persistente silencio de su compañero.



León Faras.

martes, 22 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

103.



Yurba estaba serio, ya no reía después de la noticia recibida, pero es que incluso Rubi, que no tenía nada que ver con el ejército y sus asuntos, estaba preocupada. “Una batalla sin inocentes…” Repitió, para luego mirar a Yurba. “¿Por qué dicen que no habrá inocentes, Yuyo?” Le llamaba Yuyo de cariño, pero también para molestarlo, porque ese era el nombre de una mala hierba. Yurba prefería no entrar en detalles. Se puso de pie con la intención de irse, pues se sentía mejor del cuerpo y ya no era tan divertido quedarse en esa casa, pero Rubi insistió en oír la explicación. “Quiere decir que no se respeta la vida de nadie, Rubi.” Aclaró Falena, pero Rubi esperaba la respuesta de boca de Yurba. “Significa que vamos a matar niños.” Le espetó este, con algo de rudeza y asco en el gesto, pues lo que él no quería mencionar era justo lo que ella quería escuchar, y lo sabía. Salió de la casa golpeando la puerta. Todavía recordaba con malestar en las tripas el rostro de aquel chico asesinado por obra de ese condenado puñal chupa-sangre y ahora debería agregar más rostros como ese a su conciencia. Debía beber. No había bebido como se debía en varios días, Rubi no le daba más que aguas e infusiones, y eso le estropeaba su buen ánimo.



Ahora me dirás qué clase de hombre es ese, desde cuándo que te pretende y de dónde lo conoces tú.” Le ordenó Nina en lo que era lo más parecido a un interrogatorio formal, pues a ésta le interesaban mucho las buenas historias sobre relaciones que incluían gestos románticos mezclados con sabrosos detalles picantes. “¿Es rico?” Preguntó Cípora entusiasmada y su jefa la miró ceñuda, como a la que nomás abre la boca y mata el chisme. “¿En serio crees que un hombre rico va a estar pretendiendo a Lorina, Cipo? ¿Piensas que sea algún príncipe extranjero, también?” Cipora iba a replicar algo en su defensa, pero Lorina comenzó a hablar y lo que ella tuviera que decir era más interesante en ese momento. “No me importa si es rico o no, Cipo, cómo podría, si yo nunca he conocido riqueza alguna. Solo me importa la honestidad de su corazón…” Su voz era melosa, tanto que Nina la miró con un poco de asquito, como cuando uno prueba algo que en realidad debería ser muy bueno pero el exceso de algo lo arruina. A la chica se le estaba pegando la labia empalagosa de su enamorado. “Sí, bueno, pero cómo lo conociste, dime.” Quiso saber su jefa, con la intención de aterrizar un poco el relato, pero Lori hizo tal gesto de ensueño, suspiro incluido, que Nina supo de inmediato que lo que estaba a punto de oír iba a ser más un cuento de hadas, de esos en los que las nubes se abren y del cielo caen lágrimas de aguamiel entre guirnaldas, arcoíris y mariposas de colores para enaltecer el amor cuando es puro y perfecto, que la anécdota sabrosa que ella esperaba oír. Cípora en cambio estaba emocionada oyendo. Sonreía con los ojos brillantes de ilusión como una niña tonta que escucha su cuento favorito. “¡No tiene nada de tonto que te gusten las historias románticas!” Protestó Cípora, ofendida. “Nada, si eres una niña, pero una mujer adulta debe saber que las cosas no son así. El amor en realidad solo te maltrata, te revuelca en el piso, te utiliza y juega contigo mientras cubre todo con su manto de ilusión y esperanza que no te deja ver más allá de tus propias narices y tus propios sueños, hasta que se rasga, pero cuando lo hace ya es tarde. Entonces puedes ver el estado en el que quedas después de todo lo que has dado a cambio de nada…” Concluyó Nina, con la crudeza de quién reparte una enseñanza aprendida de la peor manera, y aunque Cípora se había sentido abrumada por un discurso que no se esperaba, Lorina no sufrió ni un solo rasguño en su convicción. “Ese no es el amor de verdad, es solo lo que sucede cuando le entregas tu corazón a quien no se lo merece…” Le dijo con calma y sin apenas levantar la voz. Nina abrió la boca con sarcasmo, como si estuviera de pronto parada frente a la nueva voz de la sabiduría universal, e iba a responder algo mordaz, pero entonces Cípora se puso de pie para coger a su amiga de un brazo y llevársela de ahí para prepararla para su cita. “Debería ponerse contenta de que al menos una de nosotras logre la felicidad en este asqueroso mundo.” Le escupió con enfado antes de irse, como una reprimenda. Nina se quedó con las cejas empinadas y agarrándose la cintura con ambas manos, admirada del valor que se habían cogido esas dos. “A estas se les olvida quién es la jefa…” Comentó para sí con una sonrisa chueca. “Hay que ver la paciencia que una tiene que tener con este par de mal-emplumadas.” Concluyó, con su orgullo un poco ofendido.



Por un lado estaba Lorina, completamente ignorante en un tema en el que nunca tuvo la necesidad de indagar, y por el otro estaba Cípora, quien se suponía que era la entendida, pero cuyo gusto era horrible, con la idea de que la opulencia en brillos y colores era la clave para verse bien, aunque solo se tratase de chucherías brillantes de poco valor, multitud de telas de colores chillones y coloretes fabricados por ellas mismas pero aplicados de forma alarmante y sin tacto. Por suerte, Nina tenía en el fondo un buen corazón, además de que era capaz de reconocer el valor que Lorina estaba poniendo en esto y eso era algo que ella podía respetar, aunque no lo aprobara. Eso, y que sabía con certeza que esas dos sin su ayuda harían un desastre y algo en lo profundo de su conciencia le decía que no debía permitirlo. Cuando entró, era como ver a esas niñas pequeñas que se encierran en el dormitorio de mamá para probarse sus vestidos, maquillajes y joyas. En poco tiempo, el aspecto de Lorina era el de un mamarracho de estos que los teatros ambulantes suben a los escenarios para hacer reír a la gente, y Cipora, aunque se daba cuenta de ello, era incapaz de arreglarlo sin empeorarlo aún más. “¡Pero qué haces, mujer, acaso quieres que le den de palos apenas pise la calle!” Le gritó su jefa, horrorizada, tomando el control inmediato de la situación. Le lanzó un trapo a las narices a Lorina. “Quítate eso de la cara, que parece que te hubiesen abofeteado con la tabla del panadero!” Luego se puso a hurguetear las distintas capas de tela que la pobre chica llevaba encima. “¡Dos o tres colores como máximo! Más que eso, es una piñata.” Gritó Nina, arrancando telas a tirones. Cipora y Lorina se miraron preguntándose qué era una piñata. “¡Y sácale todas esas chucherías metálicas de encima que parece un sonajero para ahuyentar a los pájaros!” Ordenó Nina. Cípora obedecía diligente, agradecida de ya no tener que estar a cargo, y Lorina se dejaba manosear sin oponer resistencia. Cuando Nina terminó, el aspecto de su obra era perfecto, la chica se veía hermosa, sin parecer ni un espantapájaros ni una princesa, aun así, Cípora la miraba con aflicción. “Si tan solo le pudiéramos arreglar la cojera.” Dijo. Su jefa le dio una mirada reprobatoria sin decir palabra y se acercó a Lorina para tomarle las manos. “Deseo que lo que has encontrado sea tan real como dices que es, de verdad que sí, pero aun así no olvides todo lo que te he dicho… solo por si acaso.” Le pidió.



León Faras.

lunes, 14 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

102.



Su nombre era Dan Rivel, un jovenzuelo cizariano que a pesar de haberse quedado sin familia de muy joven, se buscaba la vida yendo a donde tuviera que ir y haciendo lo que tuviera que hacer, siempre con la mejor disposición mientras hubiera una recompensa al final, y Yan Vanyán podía ser un completo chiflado para algunos, pero no era ningún tacaño. “Lo hice tal como me dijo, señor Yan; le entregué el mensaje a la mujer que señaló sin decirle ni una palabra a nadie y sin que nadie me viera…” Explicó Dan, totalmente seguro de sí mismo y de su trabajo, y Yan, que lo había vigilado desde lejos, pagó lo acordado completamente conforme. “¿Dónde estarás, amigo? Tal vez necesite tus servicios de nuevo…” Preguntó Yan, aun conociendo la respuesta. “Yo voy donde me llaman, señor Yan, pero uno siempre está más dispuesto a servir con personas como usted.” Señaló el muchacho, servicial. Dan se alejó caminando con donaire entre la multitud. Tanto en Bosgos como en Cízarin, el muchacho era conocido por todos los habitantes de las calles, y repartía saludos y comentarios socarrones a diestra y siniestra mientras avanzaba, eso, hasta que una figura enorme y malhumorada lo cogió de un brazo en un recodo y lo lanzó contra una pared con rudeza. Dan no lo conocía, pero tenía el aspecto de un matón o un delincuente: bravo como un perro amarrado y con el cuero curtido por la mala vida. Ese, no era otro más que Bacho. “Escúchame, tonto, y escúchame bien…” “Oye, oye, oye…” Le interrumpió Dan sus amenazas, retrocediendo y desembarazándose de sus agarres con destreza; alzando la voz para que aquel notara que estaban en una calle concurrida y a plena luz del día. “No sé quién carajos eres, pero no puedes sorprender a la gente así, cogiéndola desprevenida como un bandido, y encima con insultos que nadie necesita…” Bacho lo escuchó con fastidio, y sin mucho disimulo le abofeteó fugazmente la mandíbula, no para hacerle daño, sólo para que lo tomara en serio y cerrara la boca. “Escucha, ceporro come-caca. ¿Qué negocios tienes tú con mi hermano? Me lo vas a decir todo o te dejaré la cara machacada como baya de Curoto.” Le amenazó sin importar las miradas de los transeúntes. “Mis negocios no son asunto suyo, señor.” Respondió Dan, rudo, aunque poco convincente. Había que saber lidiar con los matones en la calle para no dejarse atropellar por todos, pero también había que mantenerse con vida lo máximo posible, así que todo era un juego de tira y afloja. Recibir algunos golpes para evitar otros. “¿Acaso quieres de verdad que te golpee la cara, jeta de burro?” Amenazó Bacho, esta vez con más alarde en el gesto. “No, señor…” Respondió Dan, procurando zafarse de la tenaza que tenía en el cuello. “Pero si yo traiciono la confianza de su hermano, él no hará negocios conmigo, además, qué gana usted con golpear a un muchacho como yo frente a toda esta gente. Usted me dará de golpes, yo gritaré lo que sea para que me suelte y al final nadie ganará nada. En cambio…” Dan negociaba. Comprendía que, en la mayoría de los casos, los golpes eran el medio, no el fin, por lo que siempre se podían eliminar o reducir al mínimo si se resaltaban ciertos puntos atenuando otros. “Podemos hablar como gente bien portada. Yo no quiero ningún mal para su hermano, todo lo contrario, igual que usted. Podemos ayudarlo si me dice cuál es el problema. Yo siempre…” “Yo no tengo nada que hablar contigo, raspa-culo.” Gruñó Bacho por inercia, medio confundido. Dan puso cara de profunda frustración. “Pues está bien, si no quiere mi ayuda, no se la daré. Usted arreglará las cosas con su hermano y yo me encargaré de mis propios asuntos… no sé ni para qué estamos aquí hablando. Mejor…” Iba a seguir escupiendo todo lo que se le viniera a la mente mientras se acomodaba la ropa despaturrada por tanto zarandeo y encontraba el espacio para irse, cuando Bacho de pronto recordó que todavía se aferraba a su intención original y volvió a enseñarle los puños. “Escúchame bien, Traga-nabos. ¡Deja ya toda esa palabrería de gallina desculada! Me dirás qué hacías con mi hermano o…” Dan ya casi que prefería los golpes antes que seguir lidiando con este imbécil, corto de todos lados. Lo detuvo con ademanes descarados; ya sin el menor respeto. “Sí, claro, claro, como quieras… pero ya dime de una puta vez: ¿Quién mierda es tu hermano!”



A partir de ahí, la cosa cambió, porque Yan Vanyán era una de las personas más estimadas para Dan Rivel. Aquel era un hombre derecho, sin dobleces, que reconocía el valor en las personas y también la ausencia de éste. Que pagaba lo justo y valoraba un trabajo bien hecho. Que si estaba chiflado o no, esa era cuestión de perspectiva, y para ser honesto, había que señalar que la de algunos estaba bastante dañada. “Usted no se preocupe por nada, señor Bacho, yo me encargaré de averiguar qué está pasando…” Aseguró Dan, con total compromiso. Y agregó. “No permitiremos que nadie se aproveche del señor Yan, ni menos que jueguen con los sentimientos de un hombre justo y derecho como él.” Le dijo. Bacho asintió entusiasmado, hasta le dio la mano y todo. “Le tendré noticias para esta misma tarde, señor, eso sí, voy a tener que pedirle algo de dinero, hay algunos pájaros que no cantan si uno no les da de comer antes, ¿entiende?” Bacho entendía, pero era un poco más tacaño que su hermano, aunque también le gustaba mucho la idea de mandar y luego solo sentarse a esperar a recibir las noticias de vuelta, como lo haría un jefe, por lo que soltó algo de su dinero pero no sin algunas de sus amenazas más convincentes también. “Su hermano, es como mi hermano también, señor.” Le aseguró Dan. Y se fue.



León Faras.

martes, 8 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

101.



Cípora estaba realmente preocupada por su amiga, la apreciaba mucho y desde siempre, pero era tonta como la que más. Antes ya había tenido la idea de fugarse con un demente por puro capricho al que apenas conocía, y que por suerte no alcanzó a hacer o quién sabe qué hubiese sido de ella, pero es que ahora era mucho peor, porque actuaba como si hubiese sido tocada por la vara mágica de Ven Plimplín, ser etéreo al que nombraban como responsable de que algunos ingenuos sufrieran de amor como si de un mal perpetuo e incurable se tratara, y peor aun, Nina ya se había dado cuenta y probablemente la tenía advertida. De ser así, no sabría cómo ayudarla.



Lorina lavaba ropa y vendajes en un caldero hirviendo que revolvía mientras canturreaba una nana, como si hiciera dormir a un crío, tratando de no pensar, por insistente consejo de Cípora, en aquel caballero que no solo rondaba sus sueños desde que era niña, sino que ahora también podía ver rondando su barrio, y al que quería más que a su vida, pero del que no podía esperar sino lo que este mundo de suciedad y pesadumbre le permitía obtener a criaturas como ella. Entonces un imberbe se le acercó de la nada, haciéndose el tonto y observando con indiferencia en distintas direcciones, disimulando su interés. Lori le miró suspicaz. Seguro que era uno de esos chicos lascivos que gustaban de hacer apuestas obscenas con sus amigos y que creían que porque ella era puta, estaba siempre dispuesta a seguir sus estúpidos juegos libidinosos, pero el muchacho, manteniendo su actitud distante e indiferente, le metió con mañosa destreza un mensaje escrito en un bolsillo de su delantal, para luego alejarse con la despreocupación del que no puede ser culpado de nada. Lorina quiso escandalizarse por el ataque, pensando en, a saber, qué porquería le había metido entre sus ropas ese sinvergüenza, pero para cuanto comprendió lo ocurrido, el chico ya había desaparecido, y la multitud que la rodeaba era como siempre, impasible a sus preocupaciones o necesidades. Ahora estaba ansiosa, no había muchos seres en el mundo con la ocurrencia o la necesidad de enviarle mensajes escritos a ella, ni a nadie en realidad, pero solo podía pensar en una persona: su caballero con aliento olor a ciruelas, y debía averiguar qué decía.



Había que reconocer que Lorina era valiente cuando tenía que serlo, y que estaba dispuesta a ver el mundo arder y quemarse con él por el dichoso caballero ese que ni nombre tenía todavía. Cípora, una vez comprendió su propósito, intentó disuadirla de todas las formas posibles, incluyendo amenazas explícitas, pero ni caso le hizo su amiga. La chica se plantó frente a Nina con rudeza y le puso su misteriosa nota frente a las narices. “Te he leído los huesos en varias ocasiones y nunca te he pedido nada a cambio, a pesar de que sabes que esas cosas no se hacen gratis.” Le reprochó, expresándole una gran molestia sin venir a cuento. Y agregó. “Ahora me dirás qué dice aquí. Tú sabes cómo leer esto…” Nina se sintió atacada por esta pequeña loca que se sentía con el derecho y el valor para exigirle cosas, pero viendo el adolorido ruego en los ojos de Cípora y considerando que Lori igual y no le faltaba razón en lo que decía, accedió, pero no sin dejar en claro con más que evidente enfado, que ella era la jefa y que no tenía ninguna obligación de obedecer las exigencias de nadie, ni menos la de una de sus pelanduscas. Lorina no se intimidó ni un gramo, ni retrocedió ningún paso, siguió con idéntico gesto altanero esperando su respuesta. Nina estiró el papel con vivo fastidio, dejando en claro su desprecio por lo que estaba a punto de hacer, pero de a poco se encendió su interés. Al principio le costó un poco porque la caligrafía era bastante horrible, pero una vez superado aquello, pudo ver que no se trataba de un mensaje como cualquier otro. “Sin poder apagar la luz de tu existencia ni de día ni de noche, me rindo a rogarte, me llenes con tu presencia. Nada más podría pedir para seguir con vida.” Recitó, para luego quedarse con la boca abierta y las cejas estiradas, mirando a Cípora que parecía su reflejo con idéntica expresión. Lorina solo se mordía el labio, tratando de asimilar y retener cada palabra en su mente. “¿Que carajos es esto?” Preguntó Nina, y como no obtuvo respuesta inmediata, se dio a leer la siguiente parte: “Donde las hojas aún te extrañan y tus ojos hechizaron mi alma. Esperaré mientras mi sol ilumine.” Y una vez terminado, y viendo que se trataba de un mensaje anónimo, repitió su pregunta enfatizando su gesto anterior: “¿Qué carajos fue esto!” Cípora se tapaba la boca con una de sus enormes manos, emocionada por el lenguaje lírico del mensaje, a pesar de no estar muy segura de haber entendido bien su contenido, pero lo mismo podía decir Nina, que habiéndolo leído, no sabía qué carajos acababa de leer exactamente. Lorina, en cambio, había comprendido todo a la perfección, pues eran sus mismos sentimientos expresados en palabras que sólo un corazón colmado de amor como el suyo podía concebir a espaldas de la razón; ella sabía perfectamente qué debía hacer y adónde debía ir, pero tanto Cípora como su jefa la retuvieron por la fuerza y sin remilgos, porque algo como esto lo cambiaba todo, ahora incluso Nina quería saber qué carajos estaba pasando y quién diantres era ese pretendiente misterioso y supuestamente culto que cortejaba con tal elegancia a su querida Lorina, y ésta debería dar algunas respuestas antes de irse.



León Faras.

martes, 1 de julio de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

!00.



Petro se dirigía a Rimos con el carbón, era el turno de Gan realmente, pero aquel insistió y el otro no se opuso. Por un lado, Petro estaba trabajando en una carreta y debía ser él mismo quien negociara por los ejes, los anillos de las ruedas y esas cosas, y por el otro, Gan había descubierto un nuevo juego en el que el señor Barros era bastante bueno a pesar de casi no ver nada y con el que se podían pasar varias horas entretenidos mientras el carbón se cocía y el vino de arándanos durara. Un fulano de hablar raro le intercambió por carbón un tablero cuadriculado blanco y negro, Gan jamás había visto algo así, un juego que no usara dados ni cartas, solo un montón de pequeñas piedras blancas, todas blancas, abundantes en cierto recoveco del río Jazza. Las reglas eran muy simples: se repartía igual cantidad de piedras para cada uno, estas se ponían en los cuadros negros y solo sobre éstos podían moverse, además de que solo se les permitía avanzar, nunca retroceder, a menos que llegaran hasta el otro extremo del tablero, entonces sí podían devolverse. Con estas reglas básicas, más otras inventadas sobre la marcha, debían comerse o capturarse tantas piedras como fuera posible saltándoles por encima, y el que comía más, era el que al final ganaba. Petro no entendía cómo una actividad tan estúpida podía mantener ocupados a dos hombre adultos durante tanto tiempo, pero reservado como era, simplemente cerraba la boca y se ocupaba de sus asuntos.



Había un pequeño grupo de guardias cizarianos en la entrada de Rimos, junto a una de sus columnas, por lo general podía haber alguno si se les antojaba algo, pero no era cosa usual, tal vez buscaban a alguien. Petro iba a pasar con la cabeza gacha igual que sus burros, cuando un muchachito con uniforme de soldado lo detuvo poniéndole una mano en el pecho. “Tú, ¿De dónde eres?” Le preguntó, consultando una hoja de papel que sostenía con la otra mano. Por lo visto el muchachito sabía leer. Petro lo miró ofendido, como si lo estuvieran confundiendo con un delincuente. “Yo nací en la Roca Colorada, que fue donde me parió mi madre, pero luego nos trasladamos a la aldea de Cipiolo, donde mi madre enfermó y finó después de unos años, desde entonces mi padre y yo hemos recorrido el monte sin sentarnos en ningún lado por mucho tiempo, hasta ahora, que cocemos carbón junto al…” El muchachito lo detuvo con gesto demasiado prepotente para alguien que apenas pesa un poco más de lo que lleva puesto. “¿Qué es todo eso que dices, eh? ¿Qué lugares son esos? ¿Acaso te burlas de mí?” Le espetó con una palma en alto, enojado, como si pretendiera abofetearlo por estarle mintiendo. Petro estaba dispuesto a ponerlo en su lugar a pesar del uniforme, pero entonces un soldado con más bagaje en el oficio y cuatro canas en el bigote, detuvo el entusiasmo del muchacho con una baldada de tedio rutinario difícil de disimular. “Ya déjalo en paz, Fico, que no ves que es un carbonero… ¿Qué diantres piensas hacer con un carbonero en el ejército, ah?” Le dijo, con el gesto de alguien que está realmente harto de su trabajo. Luego hizo avanzar a Petro y sus burros con fastidio, como si éste le estuviera estorbando, y volvió a lo que fuera que estuviera haciendo antes, dejando a Fico a cargo otra vez. Aquellos eran reclutadores, pensó Petro, Cízarin estaba armando su ejército nuevamente, pero ni el mismísimo rey pensaría en dejar a sus herreros sin su carbón.



Después de los reclutadores, el siguiente que detuvo a Petro a la entrada de Rimos fue Nardo, el herrero. “Oye, Petro, ¿tienes un momento?” Le dijo, con seriedad. Petro se quedó admirado. No solo lo llamó por su nombre, en vez de “holliniento,” sino que además, todo su gesto transmitía respeto. Ahora el carbonero sentía auténtica curiosidad. Nardo le habló en voz baja y cuidándose de no ser observado por los otros herreros, como si estuviera haciendo algo ilícito. “Oye, amigo, no te sobrará un saco que me vendas… Ya sé que tu carbón ya está pagado y no quiero fastidiar a Yelena, pero me he quedado corto y necesito sacar un trabajo… Hazme ese favor ¿Quieres? Solo uno estará bien.” Le rogó, no sin algo de esfuerzo. ¿Acaso quería de su carbón maldito, extraído del Bosque Muerto? Preguntó Petro, intrigado, pero Nardo no podía más que tragarse sus palabras, y es que los carboneros se estaban volviendo escasos, porque debían buscar la leña cada vez más lejos y eso hacía que su trabajo fuese cada vez menos rentable. Petro sonrió, y su sonrisa era tan antinatural como ver sonreír a un poste: su predicción se estaba haciendo realidad antes de lo que pensaba. “Tarde o temprano todos los herreros terminarán sacando su carbón del Bosque Muerto.” Le recordó, con una mueca de burla de lo más incómoda que a Nardo no le hizo gracia. “¿Me vas a vender un saco o no?” Gruñó el herrero. Petro asintió satisfecho. “Pero para la próxima tendrás que hacer tu pedido con anticipación o no te daré nada.” Le advirtió. ¡Dios! Petro volvía a sonreír, y era como si sus músculos no tuvieran costumbre de hacerlo. Nardo volvería a pedirle carbón más temprano que tarde, si seguía así, no solo una carreta le haría falta, también un par de brazos extra.



León Faras.