miércoles, 18 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

125.



La ofensiva de Bosgos fue prácticamente inútil, rozando lo infantil. Se lanzaron como una jauría de perros salvajes contra unos soldados que, ciegos y confundidos, se defendían cubriéndose el rostro y tirando espadazos de un lado para el otro, mientras recibían golpes de palos por la espalda o alguna que otra pedrada en la cabeza, todo muy divertido hasta que los soldados comenzaron a recuperar la vista de a poco y a ver entre nubarrones las siluetas de sus atacantes, entonces las espadas comenzaron a funcionar de nuevo y los que antes reían con la jugarreta de acosar con violencia a unos ciegos inútiles, debieron volver a huir otra vez, incapaces de pelear de igual a igual contra soldados armados y acorazados que ahora podían defenderse, mientras los Tronadores preparaban una nueva oleada de disparos y el general Fagnar regresaba, pues había huido gracias a que era el único que aún montaba su caballo y éste no había quedado ciego en ningún momento, por lo que pudo sacar a su amo antes de que fuera alcanzado por las muchedumbre enfurecida de Bosgos. Algunas bombitas de veneno cayeron sin hacer mayor daño, pues los cañones de Cízarin las opacaron rápidamente con potencia y precisión y la gente esta vez en lugar de retroceder, comenzaron a desperdigarse en todas direcciones, a huir hacia los campos, a abandonar la esperanza de defenderse y a los que aún trataban de resistir también.



El edificio de Nina, uno de los pocos de dos plantas en Bosgos, se mantenía en pie a pesar de haber sido atravesado de lado a lado, dos veces, por los Tronadores. El propio Mirú, el muchacho afeminado que trabajaba para Nina. salía por sus propios medios, traumatizado, jurando que una de esas bolas lanzadas por Cízarin le había pasado por delante de la cara y que incluso había podido verla. De las chicas, muchas estaban histéricas y aterradas; golpeadas y polvorientas, pero vivas, apenas saliendo a la luz para comprobar que, tan mal, no les había ido como pensaban, en comparación con el resto de la ciudad que estaba destrozada, con sus paredes en el suelo y su gente regada por todas partes, tentando el apetito de las aves carroñeras que les olían desde las alturas. Nina pudo comprobar con alivio que su negocio y sus empleadas estaban mejor de lo que esperaba, pero luego de unos segundos, se dio cuenta de que faltaban dos de sus chicas. Marla, una de las sobrevivientes, dijo que Dudú, la chica nueva de la aldea de Campo Seco, había salido corriendo y gritando no sabían adónde apenas oída la primera detonación y que no sabían nada de ella ahora. “¿Y Cípora?” Preguntó la jefa con cierto apremio. Mirú descompuso el rostro, como si hubiese tenido que recordar algo que no quería volver a ver en su mente. Nina lo inquirió de inmediato. El muchacho negó con la cabeza tapándose la boca con la mano. Un trozo de madera de la pared que salió disparado con el impacto de la bala, le había destrozado la cara y roto el cuello a Cípora, matándola en el acto, y al pobre Mirú le tocó verla de primera mano cuando trató de auxiliarla. “Se fue… Ella… ya no se movía ni nada.” Explicó con la voz cortada.



Cuando Cal Desci abrió los ojos, el sol ya iluminaba con fuerza, y lo primero que vio fue un rostro familiar pero de lo más extraño de encontrárselo allí. Era Barucho, el viejo curandero rimoriano, reclutado por el ejército cizariano como médico de campaña, que lo miraba con sus ojos diminutos y gesto desalentador. “Esperaba que durmieras un poco más.” Le dijo, sosteniendo una sierra en las manos, Cal quiso reaccionar, incorporarse, pero un dolor extremo le atravesó el sistema nervioso como un rayo. “Tu pierna está muerta, voy a tener que cortártela…” Dijo el curandero, como si estuviera hablando de quitarle un par de botas rotas. Cal protestó, alegando que si él estaba vivo, su pierna no podía estar muerta si aún la tenía pegada, pero Barucho no estaba allí para discutir. “He visto esto muchas veces antes, hijo, en las minas de hierro, en los campamentos de leñadores. Tu pierna es carne muerta ahora, y si no la cortas, te arrastrará a ti también.” Cal estaba desesperado y no deseaba oír tonterías sobre cortarle nada a nadie, pero el dolor era tan intenso que apenas podía hilar alguna idea coherente en su mente más allá de negarse y lloriquear como si estuviera rogando por su vida ante un ser superior, Barucho notó que la muerte ya se estaba esparciendo por su cuerpo, llevando al infeliz a tener calentura y alucinaciones, por lo que le pidió a su asistente, un nieto grande ya, que le había salido tonto como un mueble, pero humilde y fornido a la vez, que contuviera al paciente. El nieto, que estaba cerca de los treinta pero con cara y mente de niño, ató las manos de Cal a su espalda, y luego por poco lo asfixia evitando que éste se desatara gritando, por suerte, el curandero había desarrollado una destreza impecable en el oficio de amputar miembros y la tortura fue tan breve como podía serlo. Después de eso su cuerpo simplemente se rindió al descanso, lo que haría más fácil el resto del trabajo del curandero, cauterizar y suturar el muñón, todo embadurnado con un menjunje hecho a base de ajo, hierbas, corteza del Bosque Muerto y escupitajos de su propia saliva para mezclar todo.



León Faras.

viernes, 13 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

124.



Migas se había quedado dormido sentado en su mesa de trabajo cuando los ladridos de su perro lo despertaron. Hacía tiempo que no dormía en su cama, como si hacerlo fuese un ritual anticuado e innecesario. Aún no amanecía pero estaba a punto cuando salió y vio con profundo desagrado lo que estaba ocurriendo: su propiedad estaba infestada de cabras otra vez, cientos de ellas, por todas partes. Iba a empezar a repartir insultos y blasfemias al aire cuando notó el silencio de su perro, quien no estaba haciendo nada para que esos bichos se fueran. Cuando lo encontró, éste estaba congelado, con todos sus sentidos puestos en dirección a Bosgos, expectante, apenas notó cuando su amo llegó abriéndose paso entre los molestos animalejos que lo invadían todo. Migas creyó que habría algo interesante por ahí cerca y también permaneció un rato a la espera; por un segundo recordó al Cizal que mató a Nimir y se preocupó, tal vez debió salir con un palo en la mano o algo, pensó, pero pronto se oyeron las detonaciones en Bosgos, una docena al menos sonando al unísono y su perro estalló en ladridos otra vez, como confirmando sus sospechas. Ahora entendía por qué tenía todas las cabras de la ciudad metidas en su patio.


Brelio prometió por su honor que nunca abandonaría al grupo, pero lo hizo en su primera misión, y el castigo de la deserción es la muerte, aunque no siempre debía ser de esa manera, todo dependía del momento y las circunstancias. No podía ejecutarse a una persona así como así, sin escuchar sus razones siquiera, y él tenía sus razones: Bosgos está siendo destruido en estos momentos, todos lo oyeron, ¡y su familia estaba allí! Bueno, las familias de todos en el grupo estaban allí, pero solo él había abandonado al grupo. Una voz comenzó a llamarlo pero él no le prestó atención hasta que la tuvo al lado, era Falena y su hermana avanzando al trote en su caballo. “¡Oye, ¿adónde vas? Espera.” La chica desmontó y lo detuvo, Brelio quería continuar. “No puedes ir así, estás exhausto, para cuando llegues, si es que llegas, no valdrás para nada.” Argumentó Falena. “Algo muy malo pasó, Falena, lo sé, algo muy malo pasó.” Repetía el chico, como buen hijo de su madre que era, pues ésta le enseñó bien a oír sus voces internas y a interpretar sus emociones. Falena insistió. “Pues sea lo que sea, está allá y tú estás aquí, y no puedes hacer nada. Ahora debes descansar, comerás algo y partirás por la tarde… Y en un caballo, no a pie.” Brelio se negaba a haber abandonado al grupo para irse a comer y dormir, pero Lena tenía razón, y además era insistente como un borracho. “Vamos, mi casa está cerca. Todos necesitamos descansar un poco antes de seguir.” Rubi no intervino. Comprendía la angustia del muchacho, pero también el punto de su hermana para no dejarlo ir. Al llegar a casa, su madre estaba allí, y para sorpresa de sus hijas, lucía de excelente humor. Estaba cansada porque apenas había pegado ojo durante toda la noche, pero no se veía angustiada ni nada. Había pasado unas horas maravillosas junto a Dana hablando con un señor mayor, que con sabiduría, hablar pausado y sentido del humor, le había quitado de encima buena parte del pesar con el que cargaba desde siempre, como si de una mochila llena de piedras se tratara. “Me dijo que yo era como el tipo de la historia del ciego…” Les dijo, sin siquiera preguntarles de dónde venían o dónde habían estado. Las chicas se miraron sin entender nada, y les bastó muy poco para hacer que Teté continuara. “Un hombre, de un día para el otro ya no puede ver más, y debido a eso, empieza a desconfiar de todo y de todos: de lo que tiene en frente, de lo que hay bajo sus pies, de lo que está a punto de comer, de lo que hace la gente que lo rodea y hasta de sus propios sentidos.” Brelio también estaba allí pero a ella no pareció llamarle ni la atención. Continuó. “Entonces, comienza a vivir angustiado y temeroso de todo, todo el tiempo, con miedo a caerse, a golpearse contra las paredes, a ser engañado delante de sus propias narices e incluso teme de las risas que oye… hasta que un día se entera de un secreto…” Telina hizo una pausa dramática aquí, todos estaban cansados pero ahora querían saber cuál era ese misterioso secreto que tenía tan entusiasmada a su madre. Teté continuó. “Alguien se lo susurró al oído, le dijo que todos los demás se volvieron igual de ciegos que él. El hombre no le creyó, por supuesto, le dijo que eso era un embuste, que no era posible, que lo estaba engañando por ser un pobre ciego, pero la voz le dijo que, por eso mismo, no tenía más remedio que confiar.” Telina se detuvo, como esperando una reacción natural que no acababa de cuajar, aunque ella seguía igual de entusiasmada. “¡Confiar! El señor Gunta, que así se llamaba el señor mayor con el que hablamos anoche, me dijo que la confianza era una flor que crece en el mismo campo donde crece el miedo, si quitas un poco de uno, verás como el otro comienza a surgir por sí solo. Los dos, son el veneno y la medicina del otro, por eso necesitas ambos. Así me dijo.” Pues definitivamente algo se había trastocado en la cabeza de su madre, parecía como aquella vez que se emborrachó con licor de peras, creyendo que solo bebía zumo y se puso de un buen humor de lo más sospechoso. “Oh, por cierto.” Recordó de pronto Teté. “La señora Zaida falleció esta madrugada, la pobre se consumió igual que una velita en medio la noche, lenta y silenciosamente. El señor Gunta dijo que su partida fue tan natural como un atardecer.”


León Faras.

martes, 3 de febrero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

123.



Musso y sus hombres regresaban corriendo felices, como niños que acaban de hacer la mejor de las travesuras. Habían hecho colapsar la mitad del camino construido sobre pilares que ascendía a la cima del Decapitado y nadie los había visto. Eso era todo. Rubi y Motas habían prendido fuego a los establos, habían hecho estallar las reservas de pólvora de Cízarin, habían destruido parte de la armería con la explosión, y estos mindundis solo botaron cuatro pilares y un par de tablas sin siquiera llamar la atención de nadie. “¡Todo el ejército cizariano y sus Tronadores están destruyendo Bosgos en estos momentos, y ustedes aquí apenas rompiendo un par de tazas viejas, como ratas durante la noche!” Los increpó Yádigar, indignado con el vano orgullo que traían pintado en la cara. “¡Este sólo fue el primer paso!” Respondió Musso con la mirada amenazante. “¡Pues a ese paso pueden estar cien años sin llegar a ninguna parte!” Replicó el otro y los cuchillos volvían a apuntarle a la garganta, pero Yádigar ya no era un novato y podía distinguir cuándo un hombre solamente amenazaba y cuándo ese hombre estaba dispuesto a matar, y ese tipo calvo y feo solo era un pobre bruto hambriento de respeto y autoridad, no un asesino. “Y supongo que tú tienes el plan perfecto, ¿verdad?” Comentó Ren, procurando sonar intimidante, junto a su enorme y afilado cuchillo pegado al cuello de Yádigar. “Ustedes son bosgoneses, lo primero que debieron hacer fue envenenar la comida y el agua… ¿no se supone que ustedes fabrican veneno para todo?” Ren se iba a burlar de una idea tan obvia y que ellos ya habían pensado antes, pero Musso lo silenció con un gesto. “Ese es nuestro plan, pero necesitamos conocer los conductos y las fuentes principales, las vías, las entradas y las salidas de los productos…” “Yo soy Yádigar, soldado rimoriano al servicio de Cízarin por más de diez años y conozco todos los puntos de almacenamiento y traslado de suministros, y te digo que, si podemos envenenar su cerveza sin que se den cuenta, podemos acabar con la mitad de su ejército en un solo día.” Musso se mostró muy interesado, casi como si estuviera frente a una revelación. Yádigar continuó. “Pero quiero que las chicas se vayan. Una madre necesita de sus hijas.” Dijo, refiriéndose a sus sobrinas. Musso estaba de acuerdo, y con todo gusto, si Rubi ya había hecho su parte y de una manera espectacular, incluso ordenó que el novato las acompañara de vuelta a casa, pero cuando todos terminaron de mirarse las caras, se dieron cuenta de que Brelio, el nuevo, ya no estaba. Nadie supo decir en qué momento había desaparecido, pero el día ya estaba claro, las calles despejadas y las chicas no tenían problema en irse solas. “Visita a mamá un día de estos. Se ha preocupado mucho por ti.” Le dijo Rubi, antes de irse y su tío asintió. “Por cierto…” Iba a soltar Yádigar una pregunta atascada desde hacía rato, pero esperó demasiado, el caballo de Falena empezó a caminar y ya no le escucharon. No era importante, en realidad, solo era que se preguntaba qué había pasado con el bebé que Teté cargaba aquel día en que se fue de Rimos, la hija de la princesa Delia y el rey Ovardo. ¿Dónde estaba esa niña? ¿Estaba viva siquiera? Muchos en Rimos se preguntaban lo mismo.



Darlén sabía en su corazón de madre, y de bruja, que su hijo estaba bien estando fuera de la ciudad en ese momento, y que tanto ella como su marido podían estar tranquilos mientras enfrentaban a los invasores. Las primeras luces del alba mostraron la magnitud de la catástrofe y la enorme cantidad de heridos que se arrastraban en busca de un lugar seguro. Darlén vio a Circe, su mentora en la brujería, con su belleza sobrenatural y su mirada enigmática, atendiendo heridos como una fulana cualquiera, sin ningún alarde de su verdadero poder, y es que ella se lo había dicho una vez: “Hay dos tipos de brujas, las que revelan su verdadera cara y las que la ocultan. Las segundas viven más tiempo, pero la decisión es de cada una.” Darlén sabía que debía tener cuidado al usar sus poderes, haciéndolo con moderación y ayudando a quienes podía ayudar con sigilo, pero algo más debía hacerse en esta situación tan desastrosa. Fue en ese momento fue cuando apareció Emmer con su hija en brazos, la niña que ella amantó de bebé, la que se crió junto a su hijo como hermanos. Emma estaba muerta, su familia desbastada y el bueno de Qrima, aquel viejo gruñón pero de buen corazón que la sacó de Cízarin en la peor noche de su vida, sepultado bajo los escombros de su casa. Entonces decidió actuar y hacerlo sin recatos, invocando la aparición de una estrella en el cielo que hizo crecer hasta estallar y detener el avance enemigo, lo que debía darles tiempo para ayudar a los rezagados y organizar la defensa de la ciudad, sin embargo, las cosas no siempre son como deberían, pues, al presenciar el milagro, la gran mayoría de la gente, advertida de no mirar al cielo, se lanzó con palos y piedras sobre el enemigo, sin oír más que sus propios gritos, inconscientes de que los efectos del deslumbramiento no durarían más que algunos minutos y que con esa acción imprudente, nuevamente bloqueaban el uso de su mejor arma, el veneno. Otra vez Bosgos sufría el mismo problema de antes, la falta de un comandante, la ausencia de una jerarquía y el desorden se hacía con el poder, pues la única que en su momento funcionó como líder natural de Bosgos fue Nina, pero en ese momento ella no estaba, tenía asuntos más urgentes que atender. Su negocio fue de los primeros golpeados por los Tronadores y sus chicas a esa hora dormían dentro.



León Faras.