128.
Dan Rivel entró en Rimos con su cara de, a medio camino entre negociante honrado e idiota; sonriendo y saludando mientras todos lo examinaban a él y a su producto como al forastero cuyas intenciones son desconocidas. Le habían dicho que Rimos estaba lleno de herreros y que siempre habría más de uno dispuesto a pagarle lo justo por su producto, que eso era lo más importante, así que no debía ofrecerlo como si estuviera desesperado ni dárselo al primero que lo llamara. Sin embargo, pronto se le acercó uno a cogerlo del hombro para llevarlo a su negocio como si se conocieran desde hace mucho, éste era Nardo, que con buen ojo, reconoció los burros que el chico traía y estaba muy interesado, desde que lo probó, en conseguir más de ese carbón que le vendían solo a Yelena. “Escucha muchacho. ¿Tu carbón ya está vendido?” El chico negó con la cabeza, el herrero no lo dejó agregar más. “¿De dónde lo sacas?” Dan apenas comenzaba a responder cuando el otro ya lo hacía callar como a un pelele. “¡Está bien, está bien! No es necesario que lo andes pregonando por ahí, aquí la gente puede ser muy supersticiosa y no se andan con bromas…” Luego quiso saber sobre el precio. El muchacho fue inflexible dándole el valor que le habían dicho que debía dar y Nardo lo aceptó con suficiencia, como si estuviera acostumbrado a pagar dichos precios. “Pero si te lo compro todo me harás un descuento, ¿verdad?” Dijo el herrero, poniendo cara de víctima. Dan, que no esperaba venderlo todo tan rápido, porque nadie se lo había advertido, aceptó, creyendo que un pequeño descuento era lo más justo. Luego de cerrar el acuerdo, el herrero lo despachó discretamente por la parte de atrás. “Este lugar está lleno de viejos envidiosos que se quejan si compras mucho y se quejan si no compras nada… mejor no darles de qué hablar.” Le recomendó, como haciéndole un favor, mientras lo empujaba afuera con brusca amabilidad. Nardo lo había notado al instante, ese carbón del Bosque Muerto era excepcional en cuanto a calor y durabilidad, al punto que valía mucho la pena dejar de lado algunos prejuicios a cambio de su eficiencia.
Allí mismo, junto a su establecimiento, Nina y sus chicas cavaron una tumba con sus propios medios, y lo mejor que pudieron, para sepultar a Cípora entre llantos contenidos y maldiciones escupidas entre dientes hacia el maldito invasor, luego marcaron el lugar con una pila de rocas acorde al número de presentes durante el funeral y se quedaron mirándola como esperando a que pasara algo. Marla, decidió que era apropiado soltar las palabras que tenía en mente. “Como bosgonesa bien nacida que era, a Cipo no le gustaban los funerales de fuego porque decía que la gente terminaba feísima, toda chamuscada y tirada a plena vista, además de que esa era una costumbre rimoriana. Ella siempre quiso terminar así, en la tierra, viéndose tal y como era en vida… lástima que su carita le haya quedado toda magullada como le quedó.” Se lamentó la mujer, pronunciando sus palabras con decoro, mientras recordaba el rostro velado de Cípora que disimulaba a medias una deformación severa de su facciones, y soportaba el agarre intenso a su brazo de Dudú, la chica nueva de Campo Seco, quien saliera corriendo apenas oída la primera detonación, pero que regresó pronto porque en realidad no se fue muy lejos, solo corrió a esconderse en un establo cercano sin ninguna otra razón en particular aparte de que ella era una chica asustadiza. Ella, Dudú, tenía un talento excepcional para quedarse quieta sin hacer ruido durante horas, llegando a veces a desaparecer estando a plena vista, solo volviéndose parte de su entorno. No hablaba mucho y realizaba su trabajo con desinterés profesional, como quien hace perfectamente lo que tiene que hacer sin necesidad de prestarle más que un mínimo de atención. Era joven, aunque sin mucha gracia, flacuchenta, como si en realidad nunca se hubiese llegado a acostumbrar a comer, habiéndolo hecho sólo eventualmente para mantenerse con vida, y consideraba la risa, su risa, una especie de placer culpable que debía ocultar y reprimir con esmero, como si mereciera un castigo por cada pequeña dosis de felicidad. Era obvio para Marla que su amiga tuvo una infancia difícil, pero eso no la hacía especial, la infancia no había sido fácil para nadie que ella conociera.
En el campo de batalla, que era más una masacre, una ciudad deshecha o un alarde de poder más que otra cosa, los cadáveres de los lugareños se secaban al sol sin que nadie los recogiera, mientras los enemigos de Bosgos bebían o dormitaban arrimados a cualquier sombra que los librara del calor de sus trajes, mitad de metal y mitad de cuero. Entre estos, pero sobre todo entre los rimorianos, se había propagado cierto desasosiego, incomodidad, incluso un poco de temor disimulado. Muchos aseguraban, sin que ninguno se atreviera a negarlo, que la estrella que los cegó antes, fue una advertencia divina de que lo que estaban haciendo estaba mal, y si insistían, con seguridad el castigo sería mucho peor. La lógica cizariana decía que no había ninguna divinidad interesada en proteger a estos camperos mugrientos hediondos a estiércol de cabra, pero la estrella en el cielo la vieron todos y no era cosa que alguien hubiese visto antes. Los oficiales procuraban desestimar tales creencias con ademanes bruscos y gestos arrogantes, pero en el fondo, todos estaban inquietos por lo visto en el cielo, tanto que el tema llegó hasta los oídos de Fagnar, aunque éste sólo respondió pragmático: “Pues, esperemos que no sea necesario tener que insistir con este ataque.” Fue todo, luego volteó la vista hacia el horizonte, como queriendo ignorar la preocupación de sus hombres o restarle importancia, pero en realidad, el tenía otra, menos divina y más mundana. Mientras descansaba sentado sobre escombros a la sombra de un toldo improvisado bebiendo una taza de un té espeso y amargo, notó la mancha de oscuros nubarrones que se acercaba. Los Tronadores, símbolo del poder cizariano, habían demostrado en reiteradas ocasiones ser sumamente ineficientes al ser expuestos a la humedad, y un completo desastre tratando de actuar bajo una lluvia moderada, donde la mínima interacción con el agua los convertía con inverosímil facilidad, en pesados trastos de hierro inútil incapaces de escupir el más mínimo hálito de fuego, convirtiendo sus aterradoras explosiones en chasquidos ridículos menos impresionantes que un eructo, y sin duda, lo que se acercaba por el horizonte era una lluvia más que moderada
León Faras.