144.
Falena y Brelio se adentraron en la ciudad abriéndose paso entre innumerables muertos, escombros y barro, espantados, con el horrible sentimiento en el estómago de que no quedaba ni un solo bosgonés con vida y es que el silencio se sentía tan pesado que a ratos era desesperante, fue entonces cuando apareció una figura silenciosa y de andar pausado frente a ellos. “¡Emma!” Gritó Brelio, pero aquella no se inmutó, y solo los miraba como si le costara reconocerlos. El chico pensó que su apariencia debía ser demasiado extraña, o que aquello era una jugarreta más de Emma, cuyo sentido del humor era de lo más peculiar, por lo que insistió identificándose a sí mismo y a quien le acompañaba, pero solo consiguió que la muchacha, cuyo aspecto tampoco era el más normal, se diera la vuelta y caminara, desapareciendo entre los escombros sin decir palabra. Tanto Brelio como Falena quisieron llamarla y seguirla, pero aquella simplemente se escondía en cualquier curva y cuando volvían a verla, ya les había sacado gran ventaja, era como perseguir algo sobrenatural con una habilidad mágica para desaparecer y aparecer, pero aún así lo intentaron hasta que se toparon de frente con un hombre que en cuclillas rastrojaba cadáveres escondido bajo un sombrero de paja ridículamente enorme, ese era Berno. Este los miró como si lo hubiesen sorprendido en algo indebido pero pronto reconoció al muchacho y se justificó diciendo que los muertos ya tenían todo lo necesario al otro lado y que lo que dejaban acá era para los vivos, quiso acompañar el comentario con una sonrisa pero pronto esta se le amargó en los labios cuando Brelio le preguntó por Emma. “Ay, muchacho, mira a tu alrededor. Algunos escapamos por los pelos pero otros no alcanzaron…” Los chicos se miraron preguntándose si aquel seguía borracho. “No, hablo de Emma, la hija mayor de Emmer y Nila.” Aclaró, pero Berno seguía con el mismo gesto afligido. “Ay, niño, te digo que ella no lo logró… le cayó la casa encima y quedó toda rota la pobre.” Declaró Berno con pesar, meneando la cabeza de lado a lado, adolorido. Brelio, creyendo con firmeza que el bueno de Berno tenía que estar borracho, explicó que acababan de ver a Emma caminando delante de ellos, pero solo lograron aumentar la lástima en los ojos del hombre. “Ay, muchachito, delante tuyo estaba yo, y yo no he visto nada, lo que ustedes vieron no era de este mundo… a veces pasa, yo vi a mi suegro dos veces después de muerto, muerto él, no yo, y aunque no me asustó, yo…” Iba a narrar su anécdota, pero el chico lo detuvo sin ánimos de oírlo, para preguntarle por su familia y el resto de la gente que quedaba con vida. A Berno no le gustó mucho el desaire, pero se lo tragó como quién traga un fruto amargo y le indicó el lugar donde se escondían los sobrevivientes y aquel donde su padre y otros interrogaban a un prisionero. “Pero no se vayan a meter donde no los llaman, ¿oyeron?” Les advirtió, severo, antes de seguir hurgueteando entre las cosas de los difuntos.
Se oía, de tanto en tanto, un lejano estruendo que desaparecía luego de chocar y repetirse entre los cerros y cañadas, era como el estallido de un Tronador pequeño recordándoles que Cízarin no se olvidaba de ellos, no es que el hecho tuviera mayor importancia, pero era persistente y molesto como una gotera. Cuando ya se acercaban, lo notaron porque allí quedaban edificios en pie y porque sobre uno de estos, dos hombres discutían animadamente sobre la mejor madera para construir el eje de una carreta, al tiempo que roían carne seca de liebre y vigilaban los movimientos del enemigo en la distancia. “Mira nada más a quién tenemos aquí…” La voz surgió de un recoveco inesperado y se elevó hasta la altura de su cuello, aquel era Ren junto con su prima muda que se ponían de pie simultáneamente, empuñando sus más que respetables cuchillos. “Es el desertor, ¿acaso no oíste cuando te dije que nadie abandona el grupo? Los que se van pagan con su vida, ¿recuerdas que te lo dije?” Amenazó el hombre. Brelio, con el cuchillo tan cerca de su garganta tuvo problemas para articular palabra, pero Falena lo excusó diciendo que no se había ido a ninguna parte, solo se había alejado un poco, y que las había acompañado a casa tal como se lo dijeron. Ren la miró como a un insecto molesto y le enseñó el filo de su cuchillo de cerca para preguntarle quién carajos se creía que era, pero Cana le hizo unas señas y pronto, aunque incrédulo, reconsideró su postura. “¿La hermana de Rubi? ¿Estás segura?” Le dijo a su prima, examinando a la chica de cerca, como se examina un documento importante, para luego dirigirse al muchacho otra vez. “Y tú dónde carajos se supone que estabas cuando te llamamos, ¿acaso echando una meada?” Brelio nuevamente tenía el cuchillo de Ren demasiado cerca como para responder con prontitud. “Sí.” Respondió Falena, apresurándose a sostener su mentira lo más digna posible. Y añadió con gesto cínico. “¿Qué? ¿Acaso ustedes no lo hacen?” Ren la miró con un nudo en la boca para no decirle nada, por ser la hermana de Rubi, en cambio siguió amenazando al muchacho. “Estás en el grupo gracias a mí y a Cana, nosotros te hicimos entrar, si tú te embarras, nos embarras a nosotros, y no nos gusta que un pelele como tú nos salpique con su mierda, ¿entiendes? Así que, la próxima vez que nos dejes mal, te arrancaré las…” No alcanzó a terminar su amenaza, porque en ese momento uno de los hombres que vigilaba sobre sus cabezas, recibió un proyectil en plena frente que lo lanzó de espaldas sin apenas emitir un gruñido, al mismo tiempo que en las afueras de la ciudad, un soldado cizariano y su compañero, cuyo trabajo era solo mantener la atención del enemigo sobre ellos, celebraba con euforia y totalmente admirado de sí mismo, la increíble hazaña que acababa de cometer acertando un tiro tan imposible en un blanco tan pequeño, que de seguro nadie nunca repetiría y que le daría tema para fanfarronear durante un buen tiempo, o al menos, mientras continuara con vida.
León Faras.
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