lunes, 7 de noviembre de 2011

El aroma.

Creí que los aromas agradables eran aquellos que emanaban de las cosas que podía comer, eso es lo que siempre me enseñaron, eso y otras cosas que aprendí por mi cuenta, hasta que descubrí un nuevo olor que me cautivó, lo había sentido antes pero lo reconocí el mismo día en que me quedé solo, en que mi vida en las calles comenzó. Desde entonces lo busco por la ciudad y me quedo junto a él hasta que desaparece, nunca dura demasiado. Cualquier criatura viva lo puede tener pero mi favorito es el de las personas. Así fue como encontré a aquel tipo sentado en la plaza, el olor era tan fuerte en él que me pareció irresistible. Me senté a su lado, ignorándolo un poco para no molestarle, soy un viejo de quince años que nadie acepta de buena gana, además mi aspecto no es el mejor desde que no tengo casa. Al principio aquel tipo pareció amigable, incluso me dirigió algunas palabras que no entendí, luego pareció incomodarse con mi presencia cuando una chica llegó a acompañarle, a ella tal vez no le caí bien, pues su actitud fue como si le fuera a contagiar mi aspecto, también le ignore, ella olía como cualquier otro, pero eso no le gustó, porque junto con el tipo del olor comenzaron a correrme, sin embargo su aroma era tan intenso que aún podía sentirlo desde lejos. En ese momento el aroma se acabaría, cuando una mujer y un niño pasaron por enfrente de aquella pareja y del bolso de la mujer cayó un papel, el hombre del aroma se paró sigiloso y lo recogió, eso le puso feliz, tanto que reía y canturreaba en voz baja mostrándole el papel a la chica que le acompañaba, esta por el contrario parecía estar en contra, discutieron un poco, pero él no disminuía su felicidad, comenzó a retroceder con el papel en alto donde la mujer no podía alcanzarlo. No vio la luz que rápido se aproximaba y el bocinazo llego tarde a sus oídos, un vehículo le impactó tan fuerte que lo elevó por los aires, deteniendo su corazón en el acto y enviándolo cerca de donde yo estaba, el olor había desaparecido…nunca duraba demasiado…

Ya no había nada más para mi en aquel sitio, lentamente me alejé en busca de un lugar donde pasar la noche. Seguir al aroma es lo sé hacer, después de todo, solo soy un perro vago.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La pseudo chica.

Lo que empiezo a contar
No es algo de lo que me enorgullezca
Pero a cualquiera le puede pasar
Lo digo, en mi defensa

A veces la tecnología
Transforma lo que Dios puso
Alterando la anatomía
Para engañar a los ilusos

No hace mucho tiempo
Conocí a una mujer
Pero en el último momento
Vi que no era ella, si no él

Mi sospecha primera
No me preocupó
Y era que mi compañera
Calzaba cinco números más que yo

“Continúa con precaución”
Me dije a mi mismo en el bar
Quizá por la emoción
No noté que tenía manzana de Adán

Tal vez fue justo castigo
Por dármelas de galán
Siendo de modesto pero digno atractivo
Lo tengo que confesar

Pensé que era una buena idea
Seguir adelante con la cita
Cuando me dijo de especial manera
Que hiciéramos a su departamento una visita

Sentía en mi interior
Que algo andaba mal
Talvez su voz de locutor
Me estaba haciendo desconfiar

Mis sospechas se confirmaron
Y eso me llenó de susto
Cuando, de pura casualidad
Toqué el relleno de su busto

Me excusé que tenía un resfrío
Pero no me presto atención
Comencé a sudar frío
Cuando de su bolso sacó un condón.

La angustia me invadió
Pensé en huir por la ventana
Pero era el piso veintidós
De mi libido no quedaba nada

Me llené de valiente actitud
Y en un descuido, por la ventana salí
En pocos minutos una multitud
Estaba agrupada debajo de mí

Alguien llamó a la policía
Los bomberos también llegaron al lugar
Toda esa gente estaba convencida
De que yo me quería suicidar

La verdad no era así
Pero nada quería explicar
Un bombero llegó hasta mí
Y en una enorme escalera me ayudó a bajar

Todo el mundo concejos me daba
A un psicólogo tuve que visitar
Cuando mi experiencia le contaba
Se reía de mí. ¡Que profesional!

Al final todo se arregló
A la pseudo chica no la vi más en mi vida
Lo que sí, después de esta experiencia
Hasta mi suegra me parece más atractiva.


León Faras.

viernes, 28 de octubre de 2011

Erótico.

Factores que invaden
Como soldados de fuego
Bloqueando las salidas
Con dulce calígine.

Oráculo infalible
Como nubarrones del este
Anticipa la tempestad
De aliento y sudor.

Allanando el camino
Con falaz sumisión,
Tu mirada combativa
Tus labios, el señuelo.

Manos de ciego
Se empantanan en las telas
Que albergan el calor
Ávido de liberarse.

Horizontes de piel
De excitante geografía
Que asciendo y caigo
Cabalgando sobre mis labios.

Ropa ya sin vida
Esparcida y derrotada.
Fantasmas inútiles
Arrojados del paraíso.

Lenguaje primitivo
Como señales del cielo
Que emanan de tu deseo
Destrozando preámbulos.

Conexión de carne
En ígnea cadencia
Me esparzo sobre ti
En una invasión simultánea

Me bebo tus gemidos
Mientras los fabrico.
Tu cuerpo me anida
En sinuosa prisión.

Ritmos compartidos
Sobre caminos de humedad
De vahos sobre la piel
Que invitan al vuelo.

Navegante tras tu lucero
Tú eres mi referencia.
Las estaciones se suceden
El invierno puede esperar.



León Faras.

jueves, 27 de octubre de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

V.

            En las partes más altas de Rimos, luego de los últimos rincones habitados, se ubican los hornos para el metal, altas y toscas torres, con pequeños infiernos en su interior capaces de derretir la roca, siempre expeliendo denso humo de sus hocicos, como chimeneas de una industria sepultada. En los alrededores se ubican las interminables minas, con sus caminos que se adentran en la tierra, franqueados por costillas de madera que hacen lo imposible por sostener las estructuras internas. Más arriba, donde las rocosas montañas se manchan de verde, un pequeño villorrio sirve de albergue a los escasos pastores de Rimos cuando las inclemencias del clima no les otorgan tiempo suficiente para regresar a sus hogares, casitas de roca de una sola habitación agrupadas a orilla del único sendero que se aventura hasta esos lugares. Osado sendero que continúa hasta casi desvanecerse, volviéndose menos que un sendero, una huella, que solo un exiguo uso evita que desaparezca, el uso que le da una persona que vive autoexiliada en las montañas. Una mujer llamada Hilena, la cual ya siente asco de la omnipresencia y control de Cízarin en Rimos y de la desesperante pasividad con que las personas lo aceptan como algo normal, sin que ni siquiera sus gobernantes consideren la emancipación como un derecho ganado. Aunque su huida no solo es producto de su espíritu subversivo y su naturaleza renuente a los lujos, más bien fue gatillada por el hecho de haberle roto la mandíbula a un soldado de Cízarin que tuvo la ingenua ocurrencia, dentro de su estado de intemperancia, de que su autoridad alcanzaba para dominar sobre ciertas partes de la anatomía de la mujer, la que no lo pensó demasiado antes de romperle un grueso jarrón de arcilla en la cara seguido de algunos puntapiés antes de que la tomaran para llevársela del lugar. Siendo cada vez más difícil de controlar su descontento con el escaso amor patrio de su pueblo, y de soportar las atribuciones cada vez más osadas por parte de la milicia de Cízarin, optó por alejarse con la esperanza de que en algún momento la mecha de la revolución se encienda en Rimos. Ahora vive en un pequeño templo abandonado hace mucho, dedicado a los antepasados, cuando estos eran aún recordados, es solo una habitación de madera que la mujer ha restaurado de a poco y con los medios a su alcance, hasta hacerla habitable. Está sobre una pequeña loma dividida en su centro por una escalera de piedras que acusa longevidad y abandono, derrumbada a trechos y colonizada por la hierba, cerca de la vertiente de agua que pasa por ahí en su camino hacia Rimos, donde seguramente antaño los peregrinos calmaban su sed. El entorno que rodea el templo ha sido usado como huerto. Una yegua sin ataduras pasta apaciblemente unos metros más abajo, sus orejas se mueven al oír pasos que se aproximan. Es Hilena quien llega, trae un arco en su mano y algunas flechas, además de un morral en su espalda que parece pesado, seguramente con alguna presa recientemente cazada, al pasar junto al animal este levanta la cabeza para recibir una fugaz pero afectuosa caricia luego la vuelve a bajar para seguir hurgueteando el terreno. La mujer se acerca a la vertiente para refrescarse, dejando los bultos que carga en el suelo, pero antes algo llama su atención, una paloma color grafito come ávidamente en el poste que ella a preparado a los pies de la escalera de piedra con agua y comida, precisamente para sus palomas cuando vuelven hambrientas y sedientas a su hogar, se acerca y toma entre sus manos a la dócil ave, esta trae un diminuto tubo de madera cuidadosamente atado a su pata con un mensaje en su interior. Para alguien que conoce a sus palomas es fácil adivinar la procedencia de tal mensaje, y esta no viene de muy lejos, es una de las aves que le entregó a su padre, Aregel Camo. Es interesante saber que ni ella ni su padre dominan ese exótico y complicado arte de la escritura, por lo tanto los mensajes solo constan de símbolos previamente acordados, usados generalmente por soldados, que, aunque incapaces de expresar ideas demasiado detalladas, sí son muy útiles para transmitir recados simples y precisos, como el donde y cuando de una reunión.



León Faras.

Señorita Fortuna.

Señorita Fortuna.


Señorita de perfecta belleza
Algunos te tienen por caprichosa
Como amante que engaña con destreza
Que te burlas de quien te trae rosas

Tú que siempre serás perseguida
Tus exquisitos favores anhelados
Sin tocarte se te puede ir la vida
Sin buscarte te acurrucas a mi lado

Con sabiduría eliges a tus amantes
La poligamia no te ha acomplejado
Generosa, tus atributos repartes
Ningún celoso jamás te ha desposado

Exigente doncella del balcón
Agradecido has de estar al contemplarla
No le mientas, puede ver tu corazón
Un mezquino no podrá enamorarla

Naturaleza libre como el viento
El mayor tesoro encontrado
Búscala para tu prójimo en todo momento
Amala así, y se quedará siempre a tu lado.


León Faras.

sábado, 15 de octubre de 2011

Con otros ojos.

Si alguien se animara, por una vez, a mirar el mundo con otros ojos, talvez vería que, por ejemplo, la lluvia no es si no la semilla del torrente y la cascada, el antepasado glorioso del oleaje que taladra la roca, la madre de todas las lágrimas.

Vería en una hoja seca, el cadáver inoloro de una estrella desprendida de su verde firmamento, ante el cual, nadie llora.

El fuego le parecería una sorprendente manifestación viva de lo inerte o un noble embajador del Astro Rey. El único producto de la creación capaz de oponerse a la abrumante oscuridad del espacio y a su fría naturaleza.

Y qué sería una flor, sino la pisada de un ángel ¿o acaso es imposible que un prado florido haya sido alguna vez, la ruta de una legión celestial?, de no ser así, este mundo o estaría repleto de ellas o no habría ninguna.

La vida, sería la revolución de los elementos, que se unieron y se confabularon para ser algo más, para ser la estela de lo divino, la consagración de todas las verdades o una bofetada al mismísimo universo.

El amor, podría ser el hierro inmaterial que se funde para fabricar las más poderosas cadenas que todos, sin excepción, estamos gustosos de llevar, ¿o acaso este sentimiento no arrastra y retiene con la misma fuerza?, ¿o es que no llevamos todos un herrero en el interior de nuestro pecho cuya fragua solo se apaga el día de nuestra muerte?

El cielo probablemente parecería de noche, el campo de batalla donde antaño se enfrentaron miles de soldados de cristal en inigualable disputa por la luna, y de día, el lugar donde se han congregado todas las almas que han existido y las que están por existir, tantas que podemos sentir su calor.

¿Me pregunto si sería un error afirmar que el viento es la forma perceptible del tiempo o quizá solo su emulador?, pues, ambos corren, se detienen, transforman, imponen su autoridad.

Y qué hay de la tierra, la madre absoluta y perpetua, el alquimista perfecto, poseedora y conocedora de todos los componentes que forman lo vivo y lo muerto, la última morada de todas las criaturas. Una industria de milagros.

Y por qué no afirmar que las nubes son el lenguaje de las estrellas, a veces tan conversadoras y otras veces tan silentes y que un árbol es un guerrero asceta que, con cada brote nuevo, gana una nueva batalla, contra un mundo que no para de moverse a su alrededor.

Yo me pregunto, si las sirenas no existen, entonces, ¿quién fabrica los atardeceres?, si los arcoiris no son seres vivos, ¿por qué brotan después de la lluvia?, ¿Qué fue primero, la flor o la mariposa?, ¿A quién recurre la luna cuando tiene una pena?...

…¿En qué momento la magia nos abandonó?...



León Faras.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Prehistoria.

El aire estaba cálido, la primavera había llegado y solo quedaba nieve en lo más alto de las montañas, lejanas e indiferentes. La pradera con la hierba aún corta ofrecía un buen sendero para movilizarse y evitar sorpresas desagradables. Cuatro figuras completamente desnudas, se desplazaban en fila a buen paso. El más viejo, a quien llamaremos Padre, era un hombre de unos cuarenta años, todo un anciano para la época, de estatura media, barba y cabello largo e hirsuto. Tras él, casi trotando va la única mujer del grupo, a quién llamaremos Alma, una chica que con suerte llega a los veinte años, baja, morena, en la mano lleva lo que parece una cornamenta de ciervo. Cierra el grupo un hombre joven, a quién llamaremos Río, el más alto y fuerte, carga con un palo largo terminado en punta a modo de lanza. Al frente y a varios metros del grupo va el cuarto sujeto, a quien llamaremos Guía, un homínido delgado, algo curvado al caminar, cubierto de negro y duro pelo casi por completo. Su ancha nariz, así como sus pequeños ojos de aceituna, escrutan tanto el aire como la hierba mientras sigue un rastro. Su aspecto es claramente menos evolucionado que el del resto, lo que refleja que en su procedencia no existe relación sanguínea con los otros miembros de la comunidad. Una especie de eslabón entre ellos y sus antepasados.

           Poseen un escaso vocabulario con algunos sonidos determinados para referirse a cosas específicas, como agua, hogar o peligro, salvo Guía, quien utiliza un lenguaje netamente corporal, además de una amplia gama de gruñidos basados en sus emociones. Padre da un grito al tiempo que se detiene y todo el grupo le imita. Algo preocupado, se lleva a la boca un colmillo de animal que siempre lleva con él, quizá como amuleto, lo sostiene entre los dientes como si fuera un cigarro, mientras toma una decisión. Se han alejado demasiado del campamento y del resto del clan, sin resultados, eso no le gusta, además el viento que comienza, arrastra una buena cantidad de nubes grises desde el este y hay demasiadas bandadas de pájaros que se desplazan, las lluvias han sido generosas este año. Río se le acerca, le urge continuar, el viejo finalmente acepta, pero ambos saben que no pueden perseguir un rastro indefinidamente.

        La pasada noche estaban en su campamento, hace solo unos días que habían dejado las cavernas donde pasaban la crudeza del invierno. Habían tenido suerte en la cacería y cenaban animosamente, rememorando entre gruñidos y risas las anécdotas del día, al rededor de una gratificante fogata. En ese momento Río notó la ausencia de su mujer, a quien llamaremos Luna y con ella la de su pequeño hijo, Nube. Este último llevaba un par de días bastante enfermo, muy débil y con sangrado en las encías. Las extensas rogativas a los dioses no habían dado resultado y finalmente la vida del pequeño estaba en sus manos, sin que los hombres pudieran hacer nada. Ante tal sentencia, Luna había tomado una drástica decisión que llevó a cabo en secreto aquella noche, pues era algo tan atrevido que jamás se lo permitirían. Si los dioses no venían, ella llevaría a su hijo hasta allá.

         El grupo siguió el rastro de Luna hasta un pequeño y tupido bosque que estaba en un amplio encajonamiento entre dos cerros. Efectivamente el lugar era para ellos el hogar de varios dioses, tanto buenos como malos, sin que ellos pudieran identificarlos. En cierta ocasión un grupo de cazadores habían entrado tras su presa, ignorantes del lugar que profanaban, un enorme y furioso animal les cortó el paso, pero alguna bondadosa deidad les envió un gran felino que se interpuso y facilitó su huida, salvándoles la vida. Pero sin duda el más poderoso, y el más temido, era aquel dios que rugía y resoplaba desde lo profundo de aquel bosque, tan fuerte que algunas noches turbulentas lo podían oír desde sus refugios, enojado soltando cavernosos rugidos y chasquidos que retumbaban en la noche, a veces incluso acontecían terribles confrontaciones con los dioses del cielo, quienes se manifestaban con rayos que iluminaban todo fugazmente y estremecedores estruendos. Y Luna había entrado allí.

          El valor del más poderoso guerrero flaqueaba ante la desesperación de una madre.

         El cielo se había tornado gris casi por completo y el viento cálido seguía arrimando nubes que no tardarían en soltar su cargamento de agua. Tanto Padre como el resto del grupo estaban seguros que entrar allí traería nefastas consecuencias. Guía observaba intranquilo, mientras el viejo mordisqueaba su colmillo con preocupación. Finalmente Río, obedeciendo más a su instinto de padre que al de conservación, se adentró en el bosque, Guía le siguió y Padre, murmurando algo entre dientes que le ayudara a vencer su miedo, entró seguido de cerca por Alma. Gruesos goterones comenzaron a caer, despertando poco a poco los bramidos del dios del bosque, sin que ellos supieran si era a causa de su presencia o del atrevimiento de Luna. Sin duda aquella tormenta, dada la época del año, sería breve, pero se anticipaba como bastante intensa. Se adentraron tanto como ningún hombre lo había hecho jamás tras los pasos de Luna, sin que esta apareciera, al cabo de una media hora, ya llegaban al límite de los árboles, los rugidos se escuchaban a intervalos y más cerca que nunca, haciéndolos dudar de la viabilidad de su cometido. La lluvia ya era intensa, y el viento remecía los árboles. Venciendo el pánico que sentían salieron ilesos al otro extremo del bosque, donde el terreno se cortaba abruptamente y le daba lugar a una gran formación rocosa debajo de ellos, que contenía a duras penas los embistes del océano crispado, el cual ellos jamás habían visto. Un ojo de mar estalló muy cerca de donde ellos estaban, provocando un chasquido y un rugido ensordecedor, al tiempo que escupía una gran cantidad de agua de mar hacía el cielo. Hubiesen salido huyendo en ese momento de no ser por que Guía con un contenido gruñido anunció que Luna se encontraba a orillas del acantilado, de rodillas con su hijo en brazos, protegiéndolo como podía de la lluvia y el viento.

         Casi a la fuerza, y tan rápido como pudieron, el grupo se llevó a la mujer y a su pequeño, atravesando el bosque de regreso sin volver la vista, esperando que con piedad fueran perdonados y que se les permitiera regresar con vida a su hogar. Una vez fuera, el grupo buscó refugio a orilla del cerro, donde unas rocas salientes les protegieron de la lluvia que aún tupía.  Guía, en espontánea inspiración, se alejó y recolectó las primeras bayas silvestres que parecían maduras y se las ofreció a Luna, quién comenzó a exprimirlas, dando al pequeño Nube de su jugo, para tranquilizarlo con el dulzor de este.

         Después de pocos días, el niño mostró una mejoría evidente, llegando a recuperarse gracias al valiente atrevimiento de su madre y a la generosa bondad del dios del bosque.




León Faras.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

 IV.


Cal Desci contaba con un privilegio bastante poco común en Rimos, su casa estaba a ras de piso, lo cual ayudaba mucho a su condición de lisiado, pero tal condición no había tenido nada que ver, mucho más determinante fue su cercanía a Dimas, quien retribuía la lealtad con la misma energía con la que castigaba la traición.

Ya era de noche, y esta se había dejado caer fría y húmeda, una llovizna fina y persistente como una densa cortina formada por sutilísimas partículas de agua que caían sin prisa, apenas visible a la escuálida luz que proporcionaba el farol que colgaba de la viga del alerón que sobresalía de la casa de Cal. Este preparaba sopa en un orondo caldero de greda que colgaba sobre el fuego de su agreste chimenea hecha de toscas piedras, al igual que las paredes de su casa. Mientras vertía los últimos condimentos al caldo que preparaba, conversaba alegremente con su invitado, que no era otro que Dan Rivel, quien no pudo negarse a la inesperada invitación del viejo a pasar la fría noche junto a un buen fuego, una atractiva sopa caliente y una agradable conversación, avivada con algunos vasos de licor. El principal tema de conversación hasta ese momento habían sido las vicisitudes del oficio que compartían, ambos eran cocheros. Dan, cómodamente sentado, fumaba una artesanal y rústica pipa que había fabricado él mismo, mientras narraba una anécdota, la cual condimentaba con pasajes falsos que se le ocurrían en el momento, solo para hacerla más graciosa. La casa de Cal Desci era pequeña, como todas las casas en Rimos, pero bastante acogedora, de gruesas paredes y ventanas de madera de dos alas, pocos muebles y una innumerable cantidad de artilugios colgados de las paredes y de las vigas: sogas de cuero, cantaros, herramientas, muchas de estas descompuestas, alforjas, un auténtico acumulador de basura de dudosa utilidad. Cogió de una repisa dos escudillas de greda, donde tenía varias apiladas, unas seriamente dañadas, las limpió con un trapo para sacarles el abundante polvo acumulado por todas partes y las llenó del suculento caldo, luego las depositó sobre la mesa donde Dan estaba apoyado y animó a su invitado a comer a la usanza antigua, cogiendo el cuenco con ambas manos y dándole pequeños sorbos. En eso estaba el joven cuando su viejo anfitrión comenzó su plática. “Hace pocos días divisé una caravana de comerciantes que venía del Oeste, más allá del desierto, quién sabe qué hay al otro lado de ese edén para reptiles, traían telas bellamente ornamentadas de colores que jamás imaginé en una prenda de vestir, otros comerciaban con líquidos aromáticos, según ellos extraídos de las plantas y sus flores, ¿puedes creerlo?, seguramente me estaban tomando el pelo, sacarle el aroma a una flor sería como quitarle las manchas a un cerdo sin desollarlo, el viejo soltó una carcajada, su comparación le había parecido tan certera como graciosa, luego continuó. Tú, -dijo señalando a Dan con su cuenco- quedarías muy bien en una de esas caravanas”, este, que ya había vaciado la mitad de su caldo, dejó sobre la mesa su escudilla, luego apoyó los codos mirando el techo con una mueca de nostalgia, “algún día amigo mío... algún día, créeme que todas mis esperanzas están depositadas en ello, pero sin una dote que me respalde, o algún comerciante antiguo que me apadrine, será difícil”. Cal Desci sonrió de forma imperceptible, “claro, la pobreza trunca los sueños de la gente como un agujero en el camino le rompe la pata a un buen caballo, nuestro oficio apenas alcanza para subsistir, lo sé. Talvez no te interese, pero por aquí a veces salen trabajos rápidos y muy bien recompensados, no te vendría mal alguna remuneración extra.” Dan estaba abiertamente interesado, quería por sobre todo mejorar su situación, estaba harto de que el único lujo que podía costearse fuera que una mujer medianamente atractiva le sirviera cerveza tibia en alguna taberna hedionda a orina, de que la mayoría de su alimento fueran restos que robaba de la carga que transportaba, de que algunos clientes caprichosamente no le pagaran lo acordado. Estaba harto de ser tan aplastantemente pobre. “Si tienes algún trabajo que darme, por favor, no dudes en decirme, respondió retomando su escudilla, te lo agradecería mucho”, “vaya”, la necesidad del muchacho volvió mucho más convincente sus argumentos, pensó Cal Desci, “de hecho tengo un trabajo en el que puedes ayudarme y que puede ser muy bien pagado, pero antes de decirte de qué se trata debo pedirte la mayor discreción, aceptes o no, nadie puede enterarse. Quiero dejarte claro que este es uno de esos trabajos donde la traición se puede pagar muy cara. ¿Entiendes lo que digo?” el rostro del viejo se había vuelto inusitadamente severo, “por supuesto” respondió Dan, con la mayor gravedad de la que disponía, que no era mucha. “Bien, -dijo el viejo lisiado, moviendo su cuenco hacia delante y apoyando los codos sobre la mesa- ¿Qué sabes sobre las Lágrimas Negras?”

Afuera en el resto del poblado la noche ya se instaló y la jornada terminó para la mayoría de los habitantes de Rimos, salvo para algunos hombres que vigilan la inmensidad de la noche desde sus puestos de guardia y que perciben la oscuridad como una fría e indiferente aliada. La llovizna continúa persistente y obliga a guardar respetuoso silencio a todas las criaturas, un silencio que se extiende mucho más allá de las fronteras de la ciudad. Un silencio, como cuando los dioses planean su próxima jugada.

Nubes rezagadas se desplazan por las tierras más altas, como gigantescas bestias níveas que pastan apaciblemente dirigiéndose al Este, hacia los límites de la vista humana, donde el resto de las nubes que cubrieron los cielos durante la noche se han agrupado para librar su inevitable batalla contra el astro sol que lucha por imponerse y cumplir su impostergable tarea, ascendiendo lentamente, como si le costara trabajo atravesar este denso y grisáceo pantano, arrancando jirones de vapor a su paso. Las nubes, incapaces de contener los luminosos rayos de luz de su inmortal enemigo son derrotadas por esta vez. Con desesperante lentitud se disipan, huyen, desertan, mientras el sol sube hacia un inmaculado cielo desde donde ha de gobernar un nuevo día.

Un pájaro se posa con la rapidez y confianza que la práctica le ha otorgado, en una delgada y nudosa rama, esta, sorprendida, deja caer las cristalinas gotas de agua que había acumulado durante la noche. El ave, luego de un par de rápidos vistazos a su alrededor se retira, tiene prisa, debe regresar. Sobrevuela los campos parcelados, inmensos cuadrados de tierra elevados por lo menos un metro, contenidos por muros de piedra, hasta posarse en otra húmeda rama de un árbol con apariencia anciana y atormentada, desde allí observa protegido por las pequeñas y gruesas hojillas, a dos hombres que descienden por los angostos caminos con sus herramientas al hombro. El pajarillo, luego de emitir un silbido de advertencia sobre la presencia humana, se retira presuroso en dirección a una de las orillas más pedregosas del río Jazza, donde rápida y nerviosamente sacia su sed, un sorbo y un vistazo a su alrededor, otro sorbo y vuela hacia el único cerro del lugar, eligiendo siempre la cara más cubierta de vegetación para ascender, hasta posarse en un muro, un muro que rodea la parte alta del otero como una corona rodea la cabeza de un rey, un punto del muro donde siempre escasea la presencia del hombre, desde allí brinca hasta un pequeño arbusto que parece a punto de caer, con sus raíces al aire, en un último intento por no desprenderse, un arbusto que ha crecido víctima de la gravedad y de la falta de tierra, debido a la intervención del hombre, sin embargo resiste más de lo que parece, ni se inmuta ante el brusco aterrizaje del ave y se muestra tozudo ante la suave brisa. Bajo él, una mujer transita despreocupada con un canasto con fruta fresca, bajando por una escalera y aprontándose para subir otra, a su lado, un niño pequeño con un puño aferrado a su falda le sigue el paso, mientras roe una fruta que lleva en la otra mano. Un brinco más y el pájaro llega hasta un pequeño tejado que sobresale de uno mayor y luego a la parte más alta de este último. Desde aquí ya aprecia el hermoso castillo construido sobre una plataforma de piedras, sobresaliendo por encima de la violenta y vigorosa vegetación de Cízarin. Vuela hasta la más próxima de las doce rectangulares y elevadas torres de vigilancia que rodean al castillo y se posa en una pequeña cornisa por debajo de la atalaya donde vigila un guardia armado con una lanza, una espada Pétalo de Laira al cinto y un cuerno para dar aviso colgado a la espalda, todo esto, irrelevante para el ave, para quien todos los humanos son iguales y representan la misma amenaza. Desde ahí se desplaza en caída hasta la base del castillo por uno de sus costados, y sin detenerse mucho tiempo, vuela hasta la parte posterior de este. Luego solo le queda ascender. De un salto en línea recta de por lo menos quince metros hasta llegar a su objetivo, una de las dos ventanillas angostas y alargadas ubicadas en la parte más alta de la muralla, a centímetros del tejado. Ingresa a la habitación y de un saltito llega al vértice más próximo, donde, entre la empalizada está su nido, con su siempre hambrienta descendencia, a la cual le regurgita un alimento que ha traído desde varios kilómetros de distancia hasta ese lugar, una habitación del castillo, polvorienta y oscura, en la cual solamente vegetan objetos en desuso, estatuas mutiladas, armas y muebles descompuestos, armaduras incompletas, y en una repisa pegada a la pared, una caja de madera decorada con finos pero sobrios diseños de enredaderas nudosas y con espinas, en cuyo interior descansan tres piedras negras, hábilmente labradas en forma de lágrima.

A varios kilómetros de allí, en los campos más alejados que inauguran Cízarin, una arboleda da la bienvenida a los visitantes que vienen del Oeste, un camino que en estos momentos está siendo atravesado por un solitario viajero, pero no un forastero, sino por Dan Rivel, quien salió muy temprano de Rimos.


León Faras.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Crucifixión.


Lluvia de insultos y llantos
persistente impregna la madera
apenas arrastra, doloroso manto
camino empinado a la calavera.

Las heridas reviven con el sudor
y el peso que todas las almas cobran
fortaleciendo de nuevo al dolor
el patíbulo crece, las fuerzas se doblan.

Nadie osa siquiera a ayudar
nadie quiere compartir el castigo
no merece clemencia, tiene que pagar
por abrirle los ojos a un ciego mendigo.

En su frente una muestra de macabro humor
avergonzado el arbusto con su destino
el madero tampoco se siente mejor
no quiere la fama que le han concedido.

Un camino termina, uno nuevo comienza
le despegan la ropa de su cuerpo ajado
el golpeteo inicia su atroz cadencia
el hierro se baña de flujo sagrado.

Se yergue una más entre tantas cruces
una mujer sufre insondable tristeza
en la cima del poste un cartel se luce
se burla indemne de la realeza.

Ya casi se ha cumplido con la condena
en silencio perdona a sus ejecutores
una lanza termina con la faena
un inocente a pagado por los pecadores.

Se desata la más inclemente tormenta
la oscuridad inunda todo el lugar
algunos se afirman en su fe cierta
pues ha prometido resucitar.



León Faras.

Sobre la mujer.

Escribir para la mujer es una cosa, pero escribir sobre la mujer es algo completamente distinto, casi temerario, es tal la variedad, que es difícil atenerse a algo sin caer en incomodas generalidades, pero trataremos. Por ejemplo es inmemorial la necesidad por ser atractiva, atraer hacia si miradas, deseos, sentimientos, claro que no todas de la misma forma, ni con la misma intensidad, mientras algunas buscan verse sensuales otras son más comedidas, románticas o intelectuales, todo depende del interés que pretenden despertar o quizá solo verse bien sin despertar intereses indeseados, y claro, del contexto que las rodea, la mujer dice mucho a travez de su atuendo. Sin embargo siempre estarán perfectamente presentables, porque esto es algo que tienen dentro, que lo llevan desde siempre, si no comparen a los niñitos y a las niñitas a la salida del colegio, y esto hay que tenerlo muy claro, sobre todo cuando una fémina se presenta ante uno y le espeta con una sonrisa radiante la pregunta: “¿cómo me veo?”, uno, a veces despistado puede pensar que le están pidiendo una opinión objetiva, pero no, lo que ella quiere es una confirmación de que se ve bien, porque uno jamás va a tener conocimiento de todos los factores que se tomaron en cuenta a la hora de elegir el atuendo como para poder opinar, y dependiendo de la mujer, uno debe ser más o menos efusivo, puesto que, un simple “bien” puede ser interpretado como un “podría ser mejor” y demoler todo el trabajo invertido por ella en su imagen, con sus consiguientes consecuencias, tampoco es recomendable sugerir un atuendo distinto al adoptado, a menos que se cuente con algún manual estadístico y debidamente actualizado de las prendas que ella posee, respaldado por un historial de dichas prendas que incluya la última vez que fue usada, el contexto de tal uso, y los individuos presentes en aquella oportunidad, por lo menos. Ahora, hay chicas que jamás te preguntarán nada respecto a su imagen, porque sencillamente no lo necesitan o no les interesa o tienen un estilo marcadamente definido al cual se atienen por sobre lo que los demás piensen.

También podríamos referirnos a que la mujer puede ser algo volátil emocionalmente, es decir, que pasa de un estado a otro transversalmente opuesto con relativa facilidad, esto atribuible a sus vaivenes hormonales que, ningún hombre comprenderá nunca debidamente. En otras ocasiones un abrupto cambio de ánimo puede deberse a su desarrollada intuición, la cual usan en forma inconsciente y en ocasiones, desconcierta, porque uno no capta lo que para ellas es evidente, y el mensaje derechamente se pierde en algún lugar de la estratosfera provocando cierta frustración en ella, así como también, la afición al uso de indirectas, cualidad muy propia de la sutileza femenina, de la delicadeza con la que están, en su mayoría, acostumbradas a actuar, y este es un punto no menor, pues el hombre, salvo pocas excepciones, no es bueno con las indirectas, ni con los eufemismos ni con los mensajes codificados, sobre todo cuando uno, debido a los designios de la sociedad imperante, pasó todo su tiempo de aprendizaje y adaptación, en colegios monosexuales, donde cual de todos sabía menos de la rara naturaleza femenina. La sutileza, la delicadeza, la entrega, se pueden derivar de su intrínseca vocación de madres, lo sean o no (madres, digo), están hechas para serlo, física y sicológicamente y hay, para ese puesto condiciones que la mujer tiene por el solo hecho de ser mujer, por ejemplo dedicación, paciencia, afecto, minuciosidad, por nombrar algunos ejemplos, cualidades que abarcan todas sus actividades.

La mujer es un ser al que nunca, salvo casos particulares, se le han restringido sus emociones, ni a nivel de su vida ni a nivel histórico, por lo tanto las exhibe con soltura sean buenas o no, algunas con demasiada soltura, bueno, para ser justos en tiempos pasados la risa en la mujer debía ser decorosa, casi imperceptible, algo así como el llanto en el hombre, pero eso es algo que se ha diluido en el tiempo, aunque claramente no por completo, como sea, exteriorizan con facilidad lo que sienten, incluso cuando pretenden esconderlo, pues, lo que no dice su boca lo dice todo su cuerpo, y esto es algo que en ocasiones puede ser muy evidente. El lenguaje corporal en la mujer debe venir de tiempos remotos, cuando la mujer no estaba tan liberada para decir lo que quisiera, cuando quisiera y a quien quisiera, una sola mirada “de esas” puede ser muchísimo más decidora que mil indirectas, y frecuentemente más efectiva también.

No creo que haya alguna mujer que no ame los detalles, esas cositas pequeñas pero inesperadas que la hacen tener presente que están presentes, valga la redundancia, en la mente de alguien (cabe destacar que ese alguien sea del gusto de ella), importantes para mantener los sentimientos que sustentan la relación o talvez para proveerles la seguridad que necesitan, la seguridad de que lo que sienten es recíproco, de que no están entregando o entregándose demasiado, porque este es un temor que se le inculca desde pequeñas, fundamentado en los inacabables ejemplos de mujeres que deben enfrentar embarazos solas o en la experiencia de muchas mujeres de haberse sentido utilizadas, sin sentimientos de por medio, cuando lo que se esperaba o lo que se les dio a entender era una relación proyectada de aquí a la eternidad.

Bueno, creo que me he dilatado demasiado, y a veces, la cantidad merma en la calidad. Después de todo, a las mujeres no hay que entenderlas si no quererlas.