lunes, 2 de abril de 2012

El mundo de Huxley.

Lenina es perfecta, y esto no es dicho con ningún tipo de sentimiento en su favor ni en su contra, es perfecta porque fue creada de esa manera, desde que el único óvulo del que ella se desarrolló fue fecundado, todo ha sido cuidadosamente condicionado para hacer de ella un ser humano…perfecto. Solo las castas más altas tienen el privilegio de ser concebidos como únicos individuos a partir de un solo óvulo, para el resto, pueden tener incluso más de noventa mellizos idénticos creados de una sola célula sexual. Desde que la maternidad, la familia y el concepto de hogar fueron arrojados al oscuro abismo de las groseras obscenidades, todos los seres humanos civilizados vienen al mundo en condiciones asépticamente artificiales en enormes almacenes de fecundación donde son fomentados o atrofiados, según el caso, física, mental y hasta emocionalmente para pertenecer a una de las cinco castas sociales y realizar la labor para la cual su posición está destinada. Y todo el mundo acepta su estatus con satisfecho orgullo, la hipnopedia se encarga de eso. Frases con dulce y clara voz suenan miles de veces bajo sus almohadas todas las noches durante años mientras los niños duermen, repitiendo una y otra vez que la labor que realizarán es la mejor, que su posición social es la más cómoda y que no la cambiarían bajo ninguna circunstancia. Descargas eléctricas durante la niñez harán a los futuros adultos rechazar cualquier labor para la cual no están predestinados, eso entre muchas otras cosas que harán de su vida un transcurso feliz.

Lenina no tiene novio, sus parejas sexuales son todos los hombres que quiera, pues el amor o el compromiso ni siquiera son imaginados como viables, la promiscuidad no solo es aceptada si no también promovida desde la más tierna infancia, solo debe tener cuidado con no caer en el asqueroso proceso del embarazo, no está permitido ni tampoco es deseado de ninguna forma, su almohada le ha repetido miles de veces lo desagradable y antihigiénico que es parir o amamantar. Y debe tomar precauciones por que ella pertenece al treinta por ciento de los individuos femeninos que son fértiles, un margen seguro en caso de tener que recurrir a esas primitivas prácticas, el resto no deben preocuparse, aunque parecen mujeres perfectas son en realidad hermafroditas absolutamente estériles.

Dios y la vejez ya fueron abolidos hace mucho, así como también toda la cultura humana con más de doscientos sesenta años de antigüedad, la era Cristiana ni siquiera se conoce ni se recuerda más que como una época salvaje e indeseada de la cual no hay nada rescatable. Disfrutan de tiempo libre y de todo tipo de distracciones y diversiones en que gastarlo mientras estas no requieran aislamiento como la lectura o no prescindan del consumo, como jugar con una mascota. La frustración, el disgusto, la soledad, no existen, y si por alguna extraña razón algún individuo llegara a sentir alguna emoción indebida que lo llevara a tener pensamientos con atisbos de cuestionamiento, entonces está a su completa disposición y en las cantidades que desee el Soma, la droga perfecta, mejor que cualquier otra conocida pero sin ningún efecto desagradable ni peligroso, medio gramo garantiza el más dulce de los sueños lúcidos, un par de gramos le llevaran en unas vacaciones narcotizadas extraordinarias al mundo de las sensaciones placenteras.

La vida transcurre feliz sumida en la más infantil y hedonista de las ignorancias, excepto en la reserva, un lugar lejano y horrible, resguardado tras miles de kilómetros de vallas electrificadas tras las cuales, los salvajes, aún llevan a cabo prácticas tan absurdas como la religión o repugnantes como parir y criar a sus propios hijos.

Sobre: “Un mundo feliz” de Aldous Huxley.

León Faras.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La alergia de la señorita Tierra.

Un día, la señorita Tierra decidió ir a la consulta de su médico debido a una alergia que ya le molestaba demasiado. Se sentó en la sala de espera hasta que una enfermera le llamó:
-Señorita Tierra, el doctor Júpiter la atenderá ahora.
Entró y le explicó al médico su problema, como en este mundo no existía la ropa, no le pidió que se desvistiera para examinarla.
Al cabo de un rato, el médico dictaminó seguro de su diagnostico:
-Lo que usted tiene- le dijo- no es una alergia, son parásitos, está llena de ellos.
-¿parásitos?- preguntó ella con una mezcla de sorpresa y asco.
-Sí, dígame, ¿hace cuanto días siderales que los tiene?- preguntó el doctor.
-No doctor- respondió ella –hoy en la mañana desperté y sentí toda esta irritación y comezón por todos lados.
-Entiendo, por el sarpullido que han producido en tan corto tiempo, me temo que lo que usted tiene son “humanos”
-¿eso es grave doctor?- la señorita Tierra preguntó preocupada.
-No, aunque sí pueden ser muy molestos. Es curioso que los tenga, son muy raros, sólo uno de cada doce millones de planetas los tienen.
-¡vaya suerte la mía!- respondió la señorita Tierra con forzada resignación –y dígame doctor, ¿Qué me recomienda que haga?
-Mire, tiene dos opciones- el médico se sacaba sus anteojos y los dejaba sobre su escritorio– lo primero es que los deje tal como están, estos parásitos tienden a desaparecer solos, son muy autodestructivos, no le durarán más de dos o tres días siderales.
-Pero doctor, ¿tendré que soportarlos dos días más?, ¿Cuál es la otra opción?
-Bueno, puedo recomendarle un buen dermatólogo, el doctor Asteroide, él le solucionará su problema en un santiamén.
-¡Ay no!- respondió la señorita Tierra alarmada- hace unos meses lo visité, tenía un problema similar aunque no era tan molesto, con unas cosas llamadas “dinosaurios”, era un problema más bien estético, el tratamiento del doctor Asteroide fue bastante rápido y efectivo, pero tuve que guardar reposo casi una semana y en este momento no puedo, espero a mi prima Venus que vendrá en un par de días, doctor, ¿cree que estos “humanos” sean contagiosos?
-No, no creo que se deba preocupar, como le dije es muy raro contraer este tipo de plaga, es posible que para cuando ella llegue usted ya no tenga nada.
-Eso espero doctor, ¡sino que vergüenza!. Ella viene a conocer mi satélite, lo que pasa es que ella no tiene y a lo mejor se entusiasma y adopta uno. ¿Usted tiene doctor?
-Sí, tengo sesentaitrés- respondió el doctor con orgullo.
-¡sesentaitrés!, vaya, le gustan las familias numerosas- respondió Tierra sinceramente asombrada.
-Sí, no me quejo, una de ellas, Calisto, trabaja aquí conmigo. ¿Cómo se llama la suya?
-Se llama Luna, es mi orgullo. Bueno doctor, tendré que aguantarme un par de días entonces. Muchas gracias por su ayuda, hasta luego.
-No se preocupe, esto sucede hasta en los sistemas más acomodados. Cuídese mucho, hasta luego.


León Faras.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El Suicida.

El siguiente escrito corresponde a una consigna en la que participé, es decir, que el escrito debía cumplir con ciertas características impuestas previamente, estas eran:

- Escribir una "crónica" con una extensión máxima de 600 palabras.

Debe contar con las siguientes características:

- la trama debe ser sobre una visita al dentista
- un desconocido, por algun motivo acompaña al protagonista al consultorio
- luego de la visita, el protagonista participa de un accidente en la vía pública

Se deben incluir las siguientes frases dentro de la Crónica:

"pensé en irme a vivir al congo belga"
"supongo que será cierto, aunque viene de un gran mentiroso"
"manifestación de prostitutas frente al congreso"
"empezó el otoño"

Esto fue lo que salió:

El Suicida.

Lidia salió apurada de su casa, debía ir a la consulta de su dentista y llevaba diez minutos de atraso. Apenas salió a la calle levantó la mano para que uno de los dos taxis que pasaban en ese momento la viera, el primero siguió de largo, pero el segundo se detuvo varios metros más allá, la muchacha corrió solo para comprobar que era otro pasajero quien había solicitado la parada. Debe haber puesto una cara de infinita desilusión, porque el hombre que ya subía al auto, le ofreció compartir el vehículo si le servía, “Voy al centro, al edificio frente al congreso”, Lidia se iluminó, era una gran coincidencia que su dentista tuviera su consulta ahí mismo. “Y… usted trabaja en aquel lugar”, Lidia quiso comenzar una conversación, sentía cierto agradecimiento por la amabilidad de llevarla, “No, mire, no se asuste pero voy allí a suicidarme”, la muchacha se quedó inexpresiva, “...lo que sucede", continuó el hombre, "...es que empezó el otoño y no soporto un otoño más”, Lidia sintió un poco de arrepentimiento de haber subido a aquel auto, “Es una broma, ¿verdad?, mi jefe dice que los que anuncian que se van a suicidar, jamás lo hacen”, el hombre se veía muy tranquilo, “¿Y usted cree que eso es cierto?”, “Supongo que será cierto, aunque viene de un gran mentiroso”, “Pues..." continuó el hombre mirando el camino por sobre el hombro del chofer, "...¿Qué ganaría yo con engañarla a usted?”, Lidia sintió repentinamente ganas de fumar, “Y dígame, ¿Por qué quiere matarse?, perdone, no tengo tacto para estas cosas”, “No se preocupe, lo que ocurre es que se lo advertí a mi mujer, y ella no me hizo caso, así que lo haré frente a ella” La muchacha ya quería bajarse pero no se atrevía “¿Su mujer estará allí?”, preguntó, “Sí, en la manifestación de prostitutas frente al congreso”, “¿Su mujer es prostituta?” Lidia nuevamente se sintió desubicada, el hombre suspiró “Sí, pero solamente durante los otoños”. Dicho esto el vehículo se detuvo, el hombre pagó y se dirigió al interior del edificio, Lidia lo alcanzó en el ascensor, donde el hombre marcaba en el tablero el último piso “¿A qué piso va usted?” le preguntó con amabilidad, la mujer ya estaba alarmada “No, espere, no puede matarse, tal vez deba alejarse un tiempo, yo una vez pensé en irme a vivir al Congo Belga…” El hombre la interrumpió, “¿Sabe usted la cantidad de atrocidades que cometieron los Belgas con los africanos?” Lidia se quedó en blanco, ¿Qué rayos tenía eso que ver?, “No, pero…”, la puerta se abrió y el hombre salió apresurado rumbo a la azotea, “Disculpe”, le dijo, “¡Espere!”, gritó Lidia ya asustada, “...¿Cómo se llama su mujer?” El hombre se subía a la cornisa “Susana, ¿por qué?”, Lidia se asomó por la cornisa y comenzó a gritar desesperada a una gran cantidad de gente reunida en frente, especialmente mujeres “¡Susana, Susana!, ¿Hay alguna Susana allí?, ¡Su marido se quiere matar, haga algo por favor!” Los gritos de Lidia fueron oídos por un par de transeúntes que dieron la alarma y pronto toda la manifestación se volteó a ver al suicida, una mujer salió corriendo de entre la multitud tirando al suelo las pancartas que traía y se lanzó a la calle para ser vista por el hombre, sin percatarse del taxi que iba pasando, este frenó a fondo, pero con el último impulso de la inercia que llevaba chocó a la mujer quien cayó inconsciente, “Oh mierda, ¡es Susana!”, dijo el hombre, bajando de la cornisa y corriendo al ascensor”, Lidia le siguió aterrada “Fue mi culpa, fue mi culpa”.


León Faras.

viernes, 2 de marzo de 2012

Nada se olvida.

Entró en la habitación sosteniéndose el sombrero para que no se lo botara el dintel de la puerta, para un hombre tan alto, todas las puertas eran pequeñas. Sonreía satisfecho mientras se golpeaba la chaqueta eliminando un poco de la lluvia que traía adherida a su cuero “Ah, la lluvia, tan agradable cuando llega, pero tan molesta cuando tienes que enfrentarla…” Aquel rústico cuartucho de tablas de escaso mobiliario solo estaba destinado como refugio para pasar la noche durante las largas salidas al cerro cuando iban en busca de los animales o durante las infaltables y regadas cacerías que con frecuencia organizaban.
Sentado solo frente a una mesa estaba Amador, su rostro reflejaba la profunda angustia que vivía, también el revolver en la mano que hace horas estaba listo en espera de la orden para terminar con todo eso. El visitante seguía de excelente ánimo, haciendo simpáticos comentarios que Amador recibía en silencio como una patada en el estómago, “larga noche, ¿no?...pero tu amigo siempre se acuerda de ti”, dijo sonriendo mientras sacaba de su morral una botella de vino y llenaba dos vasos, estos últimos, Amador no supo de donde salieron, “toma, bebe un vaso de vino conmigo, si no te arregla el ánimo, por lo menos que te de valor…” y soltó una risotada antes de secar su vaso de un trago. Amador continuaba sin decir palabra, tampoco se animó a beber, aún tenía patente en su cuerpo las consecuencias de todo el alcohol que había ingerido sin parar los últimos días. El recién llegado miró de reojo el revolver en la mano de Amador mientras volvía a llenarse el vaso, “deja de calentar esa pistola en la mano y tómate el vino, solo así vas a tener coraje para hacerlo…así como tuviste valor para golpear contra la pared a tu hija, claro, si hubiese parado ese llanto desesperante para que pudieras dormir no habría pasado nada, pero el hambre y el miedo son testarudos… y porfiado, como tu esposa… a veces las mujeres se transforman… si solo la hubieses golpeado, tal vez aún estaría con vida, pero no fue solo eso, verdad?... no te aguantaste cuando intervino tu hijo mayor, ¿Cómo fue que lo llamaste?, ¿huacho eh mierda?...sí… aún no tenía la fuerza para enfrentarte, te ensañaste con él… si nunca lo pudiste querer porque siempre tuviste la duda, pero ¿querí que te diga algo?, sí era hijo tuyo, aunque salió puro a su madre… ya, tranquilo, no guardí llanto, si los hombres también pueden llorar, já, lloran los perros y tú no… pronto van a llegar, varios te vieron venir aquí, así que es mejor que apurí el trámite… ¿querí que te ayude?, ya sabí lo que eso te va a costar, pero te advierto, nada se olvida, yo te arreglo el entuerto pero lo hecho, hecho está… ¿sí?... ya, déjame ver eso…” El visitante se puso de pie, se paró al lado de Amador y le tomó la mano que sostenía el arma, lentamente la levantó hasta dejar el frío cañón en la sien de Amador, quien apretaba los músculos de su cara bañada de sudor, lágrimas y mocos.

El cañonazo lo despertó de golpe, sudaba, ¿aquello había sido una pesadilla?, aún recordaba el cadáver degollado de su mujer, pero ella dormía a su lado con su hija acurrucada al lado que todavía no se acostumbraba a dormir sola, todo estaba en orden, sintió alivio de que todo hubiese sido un sueño, sin embargo aquellas palabras se le repetían como una mala canción… “nada se olvida”… había dicho aquel hombre…


Fin.


Pd. Qué tal si los sueños son segundas oportunidades.


León Faras.

domingo, 5 de febrero de 2012

Sobre la existencia de extraterrestres.

Suponiendo por un minuto que la afirmación de que hay vida extraterrestre, entendiéndose como tal, cualquier forma de vida que exista en cualquier lugar diferente a la tierra, fuera un hecho, no sería descabellado asumir que esa forma de vida fuese distinta a la que conocemos, es decir, que no se sustente en los mismos principios que la hacen posible aquí. Asumido esto, también podemos afirmar que esa existencia no sea, necesariamente, viable en nuestro entorno, y por lo tanto, su desarrollo dependería de recrear artificialmente los factores que la hagan posible. Muy bien, para lograr lo anterior, forzosamente tendría que contar con inteligencia y a partir de esta una importante acumulación de conocimientos y como, basándose en lo que podemos deducir, el conocimiento no es espontáneo, sino que es fruto de un larguísimo camino, esta forma de vida debería contar con un significativo proceso intelectualmente evolutivo, partiendo desde cero hasta alcanzar un nivel de conocimientos que le hagan posible comprender y manejar su entorno de manera libre y segura. Todo esto, por supuesto, sin que nosotros tengamos ningún antecedente al respecto, debido a que nuestros “paseos por el barrio sideral” son aún muy limitados. Por lo tanto, la única manera que nos queda de enterarnos de su existencia, es que ellos hagan un abierto acto de presencia aquí. Ya asumido que se trata de vida inteligente, nos queda imaginar su nivel de desarrollo para hacer posible lo dicho anteriormente. Tomando como base el desarrollo de la humanidad, por ejemplo, en los últimos quinientos años, y el desarrollo de tecnologías que han fomentado y acelerado el alcance de nuevos conocimientos, podemos hacernos una idea de lo que podría ser una cultura, digamos, quinientos años más adelantada, simplemente considerando todo lo que, por falta de conocimiento y desarrollo, era imposible y descabellado y que ahora es tan normal como si siempre hubiese sido así: volar, bucear, este computador, que sé yo. Desde este punto de vista podemos tomar lo que nos parece imposible y descabellado ahora y asumirlo como naturalmente posible, teniendo los conocimientos adecuados, a partir de lo cual podríamos tomar como factible o hipotéticamente posible la llegada de extraterrestres a nuestro planeta.
Ahora, suponiendo que los extraterrestres pueden llegar hasta aquí, eso los pondría automáticamente en un nivel bastante superior a nosotros, tecnológicamente hablando, y si nuevamente le echamos un vistazo a nuestra cultura para ver que, el desarrollo avanza en numerosas direcciones a la vez, podemos deducir que no solo nos adelantan en tecnología, sino también podrían ser superiores en conocimientos físicos, aeronáuticos, filosóficos, astronómicos, etc. Otra superioridad podría ser otorgada por la “madre naturaleza”, es decir el desarrollo de cualidades anatómicas por encima de las nuestras, o sea, fuerza física, mejores sentidos, mayor destreza, todo esto tomando como base la especie humana y sus capacidades físicas. Esto nos llevaría a considerar con sumo interés un último punto, sus motivos.
Para definir los motivos que los traerían hasta aquí, más vale no tomar como ejemplo la especie humana, ya que nos dejaría, o a mí por lo menos me dejaría un dejo de desesperanza, debido a la actitud que históricamente ha tenido el hombre con respecto a los bienes ajenos y la política de tomar lo que necesita si tiene los medios para hacerlo en concordancia con sus necesidades, es decir: “Mi sobrevivencia por sobre la tuya”.


Finalmente también podríamos tomar como perfectamente razonable el hecho de que en todo el universo y por increíble que parezca, no haya ni un rastro más de vida aparte de nosotros, o que esta, de existir, se halle en un estado tan primigenio que nos convierta a nosotros en los primeros de la clase. Y, por consiguiente, a compadecernos de ellos si algún día el hombre llega hasta allá.

León Faras.

lunes, 30 de enero de 2012

Como si estuvieras aquí.

No es por ocio. El tiempo disponible, usurpado al descanso y que transformo en lienzo, es reclamado, como una más de tus pertenencias; como una más de mis obligaciones. No es por libido, aunque no niego que llegará, que engaño mis sentidos con un episodio de aire y fantasía, construyéndote con los muchos fragmentos que mi mente guarda de ti, en una forma grácil pero tenaz, hecha de aromas y texturas; sonidos y diálogos. No es por obsesión que anulo mi cordura, que suplanto la realidad, pues si no soy yo, será mi inconsciente quien lo haga, espejo intransigente de mis pretensiones, incapaz de mentir o de callar.

Primero es tu silueta, recreada en un boceto que imita tu forma de desplazarte, una escultura hecha de vaho y remembranzas, tu esencia que flota en la inmensidad de mi imaginación, desnuda de detalles pero hambrienta de existir. Luego son tus aromas, el ancla más fuerte, la raíz que alimenta el árbol de tu recuerdo, de cuyas ramas se desprenden momentos y zonas variadas, impensados recovecos, pasadizos ocultos…de tu aroma nace tu piel y tu cabello, incluso detalles que ignoraba conservar, perfecciones e imperfecciones que no todos conocen. Ya no necesito esfuerzo para crear, la escultura cobra vida.

Los sonidos se me vienen encima en tropel, tu risa y tus pasos; choques y gemidos, palabras sueltas o el humo de tu cigarrillo que expulsas con gracia. Son ellos los que recrean el escenario, la textura que te envuelve, la superficie en que te apoyas, la temperatura y la luz, los colores y las sombras. Sin preguntarte te traigo aquí, sin tocarte te uso por completo, abusando de la estela que has dejado como un ladrón de almas, pero solo de tu alma. No me culpes si recojo las huellas de tus pasos o si me apropio de tu silencio, será solo por un momento, pronto todo se desvanece y la realidad vuelve a caer sobre mí.


León Faras.

jueves, 19 de enero de 2012

Lágrimas de Rimos. Primera parte.

VIII.


El  otero de Cízarin, aquel cerro que domina, solitario, las inagotables llanuras,  no es similar a otros cerros, su forma no es cónica, sino más bien tubular, es decir, su base y su cima son más o menos del mismo diámetro, como si hubiese sido empujado desde abajo. Su circunferencia es tierra y roca desnuda, pacientemente labrada por la erosión, salvo por escasas especies vegetales forzosamente adaptadas para vivir en un ambiente totalmente vertical. Pero su cúspide, se podría decir que es casi por completo una selva, casi, porque aquí fue construida una pequeña porción de la ciudad, la más lujosa y ornamentada, rematada por el no menos impresionante castillo de Cízarin, una construcción rectangular con un amplio patio interior, donde la vegetación nativa convive con un leve y delicado urbanismo, donde se mezclan añosos árboles con senderos pavimentados, finos asientos de piedra con enredaderas atrevidas y vigorosas, trabajadas piletas donde el agua fresca nunca se detiene de correr con pequeños arbustos de tronco torcido y ramaje denso, tierra negra y fértil con losa blanca y acérrima. El palacio cuenta con tres pisos, todos ellos un alarde de artístico lujo, y está fijado sobre una formidable plataforma formada de piedras hábilmente acomodadas que en su parte frontal mide lo mismo que uno de los pisos, y está escoltado por sus características doce torres. La escalera que nace en su entrada se conecta con las partes más altas de la ciudad ubicada a los pies del otero, la cual reposa apoyada en este, como si uno pretendiera sostener al otro. Esta es una de las formas de acceder a la ciudad alta, pero es solo peatonal, para cualquier vehículo es imposible llegar por el frente, para ellos se construyó un firme camino de madera sostenido por vigas, que rodea el otero unas ocho veces en espiral hasta alcanzar la cima por uno de sus costados.

Dos increíbles ruedas de madera giran incesantemente, propulsadas por el infatigable río Jazza, conectadas por un poderoso eje a un complicado mecanismo formado por engranajes que asemejan toscos y desproporcionados timones de barco construidos de durísima madera, los cuales mueven una gigantesca correa provista de tiestos que, luego de sumergirse en las aguas, recogen porciones de estas y las empinan hasta las partes más altas de la ciudad construida sobre el cerro, para depositarlas en una piscina desde la cual, por venas subterráneas, se alimentan las numerosas piletas de la ciudadela, desde donde el selecto grupo de habitantes que vive allí, se provee del vital elemento. Para el resto, cuyo puesto social o económico no les permite morar en las alturas, deben conformarse con los canales que distribuyen el agua en la ciudad baja, o en su defecto, contratar los servicios de la abundante mano de obra que habita los suburbios para que se la traslade al lugar requerido, entre ellos el siempre dispuesto Dan Rivel. Este se desplaza por uno de los callejones de la bella ciudad, rumbo a la arteria principal, el lugar donde el comercio se concentra, siempre en busca de formas de ganar dinero, aunque esta vez su prioridad es otra, desayunar, lo cuál no es problema en Cízarin, una ciudad acostumbrada a recibir visitas, sobre todo caravaneros y comerciantes que después de largos viajes para conseguir y transportar sus productos, llegan con la intención de recuperar sus fuerzas y como hay gran demanda también la oferta ha crecido, pudiendo encontrar locales destinados a colmar cualquiera de las necesidades del hombre y en una variedad inverosímilmente ajustable a casi cualquier presupuesto. La avenida es ancha, con un notable y constante tránsito de personas y vehículos y desemboca en una plaza siempre atestada de gente de todas las condiciones preocupadas todas ellas de hacer una de dos cosas, comprar o vender algo. Por todas partes hay vendedores tanto establecidos como ambulantes, que con estridencia se hacen escuchar por sobre el omnipresente alboroto, pudiendo encontrar casi cualquier producto o servicio que se necesite, desde lo más básico a lo más exclusivo o desde lo más módico a lo más opulento. La constante presencia de soldados patrullando a caballo y a pie, hace que las transacciones se realicen con cierta confianza, además de la existencia de un grueso poste erguido en medio de la plaza en el cual, de tanto en tanto, aparece algún pobre infeliz atado a este de incomodísima forma, de rodillas con una corta  cadena sujeta desde una estaca en el suelo al cuello y los brazos atados a la espalda por una cuerda dirigida a la punta del poste que es forzada levemente hasta producir un pequeño pero constante dolor en los hombros, a pleno sol y a vista y paciencia de todo el mundo, castigo que puede durar varios días dependiendo de la gravedad del delito o de las influencias del afectado y que durante el cual, el condenado no recibe ningún tipo de ayuda o suministro. El respetado poste tiene capacidad para castigar a cuatro hombres a la vez, aunque rara vez es utilizado en su totalidad, su sola presencia es suficiente para desincentivar a los más desesperados o más estúpidos, porque el trabajo en Cízarin, no es problema. Todo esto es parte de la política de Cízarin, enfocada a mantenerse como el paraíso del comercio, donde puedan moverse con seguridad las riquezas de los visitantes y mantener la particular forma de vida de su realeza.

Dan Rivel se detiene frente a un estrecho y largo local de comida rápida y barata, cuyo dueño conoce hace mucho. Apetitosos vapores escapan del lugar, atravesando la grasienta celosía sobre el dintel, vapores que impacientan el sistema digestivo del joven carretero y que compiten en el ambiente con los perfumes que emanan del local contiguo, una casona de dos pisos que refleja una innegable pujanza económica, y un notable gusto enfocado a satisfacer los sentidos, un prostíbulo, cuya calidad se evidencia no solo en la fachada del edificio, sino también en el hecho de que las mujeres no están a la vista, de hecho, el primer piso carece de ventanas en su frente y la única entrada da de inmediato con una escalera que conduce al segundo piso, cualidad estructural muy popular en este tipo de locales, es decir, mientras menos categoría tenga el burdel, más expuestas están las mujeres que ahí trabajan, hasta llegar a aquellas que ofrecen sus servicios directamente en la calle.

A esa hora de la mañana la clientela es escasa, por lo que encontrar un buen sitio en aquel estrecho lugar es fácil. La comida no puede jactarse de ser nutritiva o equilibrada pero algo sí puede asegurar, que las tripas no volverán a protestar hasta dentro de un buen rato, y para Dan, eso es todo lo que cuenta. Al cabo de una corta espera, una tortilla horneada y rellena con una indescifrable y humeante mezcla de ingredientes fritos pero de un aroma innegablemente apetitoso, aterriza frente al hambriento carretero, este, luego de sobarse las manos con una sonrisa de satisfacción, la agarra con cuidado, como si temiera despedazarla, y se la acerca a la boca, abierta más allá de las capacidades naturales de esta, pero en el momento en que sus salivosas mandíbulas se iban a cerrar, una mujer de mediana edad aparece en la puerta del establecimiento y se dirige al dueño de este, “Disculpe señor, ¿Quién es el dueño de la carreta que está afuera?” dijo, apuntando el vehículo de Dan, el  hombre, sin decir palabra y sin quitarle la vista de encima a la mujer apuntó a su lado, al delgado y desgarbado hombre que trataba de masticar un enorme y jugoso trozo de tortilla, Dan depositó amorosamente su desayuno en su plato y le hizo señas a la recién llegada apuntándose a si mismo y limpiándose con la otra mano el aceitoso líquido que le brotaba por las comisuras, esforzándose notoriamente por tragar, Rivel se acercó a la mujer, esta tenía el aspecto de una campesina pero vestía bastante bien, era posible que tuviera un negocio y que le estaba yendo muy bien o que trabajara para alguien que le iba aún mejor, una de las cejas de la mujer se levanto involuntariamente al ver al carretero, quien llegó mostrando una amplia sonrisa, la mujer, sin sonreír, también mostró sus dientes pero apuntándose uno de sus incisivos, dándole a entender al joven que traía algo pegado a los suyos, Dan se los limpió, pero no volvió a sonreír, “Necesito que haga un trabajo para mí, ¿cree que pueda trasladar algunas cosas al castillo?”, la mujer ya no mostraba la misma amabilidad que cuando llegó, “¿Quiere que vaya con mi carreta a la ciudad alta?, tardaré toda la mañana en llegar allá”, “no le estoy pidiendo que vaya gratis, además si no puede buscaré a alguien que pueda”, la mujer dio media vuelta amenazando con marcharse pero Dan la detuvo, tocando levemente uno de los brazos de esta pero retirando su mano de inmediato, la mujer se dirigió una mirada a su manga como si un insecto hubiese hecho caca en su ropa, luego miró los aún aceitosos dedos del hombre, este, con una incomoda sonrisa, oculto sus manos tras de si, “disculpe, no, no, si claro que puedo, yo puedo trasladar lo que usted quiera adonde usted me lo pida, es solo que es un viaje largo y casi completamente de subida, ¿me entiende?, le saldrá un poco más  caro que…” Dan trataba de justificarse, para obtener un buen precio por su trabajo, “no se preocupe, son suministros para el castillo, se le pagará bien, si eso es todo lo que le preocupa, pero necesito que salgamos lo antes posible, ahora mismo” “sí, sí, por supuesto” Dan se dirigió rápidamente en busca de su desayuno para llevárselo consigo, dejó unas monedas sobre el mostrador y salió nuevamente, diligentemente montó en su carreta y le tendió una mano a la mujer para ayudarla a subir, pero esta le dio una mirada como si el hombre quisiera hacerle una broma de mal gusto, por lo que Dan solo se limitó a mirar hacia el frente, incómodo y esperar pacientemente a que su acompañante se instalara a su  lado por sus propios medios.




León Faras.

viernes, 13 de enero de 2012

Autopsia. Primera parte.

V


La penumbra se apoderaba rápidamente del pesado ambiente dentro de la casa de Horacio Ballesteros, contenida a duras penas por las escasas lumbres separadas como las primeras estrellas del ocaso. El cuerpo de Domingo aún permanecía sobre la mesa emulando una grotesca pieza de museo, su madre, en la sala de estar, se recupera de la impresión, pero no de la angustia, bebiendo agua con azúcar que María, el ama de llaves, le había traído, junto a ella el padre del muchacho se acicala el bigote una y otra vez sin entender del todo, por qué el cuerpo de su hijo guardaba un bebe en sus tripas. Él prefirió un whisky.

Para el médico, el enterarse de que su hija estaba embarazada había sido como un balde de agua fría, seguramente su largo bagaje en medicina ya le habría hecho notar tal estado en su hija, a pesar que recién se hacían evidentes los cambios en el cuerpo de Elena, sin embargo, si no lo había hecho aún, era simplemente porque no había querido verlo y la muchacha tampoco se lo había comunicado, más que nada porque no estaba segura de lo que le sucedía y una vez que estuvo, decidió hacerlo después de confesarse ante Dios. El padre Benigno, ya no dudaba de la confesión de la muchacha, es más, estaba convencido de que aquel embarazo provenía de los mismos sucesos anormales que habían engendrado un bebe en un cadáver, primero, y en un varón, en segundo lugar, y que ahora aquella aberración, cómo él había comenzado a llamarle, había obrado en el cuerpo de una mujer casta, lo cual el médico contradecía firmemente, “Eso no es posible, Benigno, ella no pasó por el calvario que sufrieron Isabel y Domingo”, para el sacerdote el argumento del doctor era increíblemente testarudo, “Dígame Horacio, ¿cómo está seguro que aquel calvario y el embarazo se relacionan?, después de todo, Domingo se recuperó de él, sin que aquello evitara que esa criatura apareciera en su interior”, el doctor no podía asegurar esa relación, pero buscó que su respuesta sonara convincente, “Pues es un hecho que ambos embarazos aparecieron de forma inequívoca, precedidos de los mismos síntomas”, el cura era un hombre culto, inteligente dentro de sus creencias, y que detectaba fácilmente la endeble base en la respuesta del doctor Ballesteros, “acaso insinúa que Elena miente, Horacio”, la muchacha intervino con vehemente angustia, el alivio que había sentido al saber que el sacerdote creía en su testimonio, ahora era puesto en duda por su propio padre, “¡no padre, no, yo te juro que no he estado con ningún hombre, te lo juro!”, Ballesteros se sintió de pronto atrapado, eso no era lo que había querido decir y ahora sentía que perdía credibilidad, “te creo hija, dijo acariciándole la mejilla con dulzura, te creo, de seguro hay una explicación para esto..”, Elena se puso repentinamente seria y tomó la mano de su padre entre las suyas, “quiero que me lo saques, no quiero esa cosa en mi interior”, el doctor palideció notoriamente, “no puedo hacer eso…”, “Padre, por favor, esa criatura es impura, ¡no la quiero!, ¡tienes que ayudarme!, ¡tienes qué sacarla!”, el doctor se negaba con toda la ternura que podía, “no me pidas eso hija, no puedo hacerlo”, el cura observaba la escena en silencio, pero con creciente suspicacia ante la tozudez del médico, “Padre…”, dijo Elena con una sonrisa forzada, queriendo mostrar convicción, “…no sentiré nada, puedes dormirme, lo has hecho antes, no sentiré nada”. Los ojos del doctor se humedecieron inexplicablemente y guardó silencio, la muchacha lo miró extrañada, su padre no era un hombre sentimental. Benigno decidió intervenir, “¿por qué no puede Horacio?”, el doctor tenía una mirada suplicante que no logró conmover al cura, “dígame, usted es médico, ¿por qué se niega a operar a su hija?”, el doctor susurro un “no puedo” apenas audible, el cura insistió intrigado, “¿por qué no puede?, ¿tiene una razón, no?, dígame porque no” el médico contenía visiblemente el llanto acorralado ante la presión del cura, “¿qué es lo que oculta Horacio?, usted debe ayudar a su hija, ¡usted es médico por Dios!”, el doctor apenas hablaba al borde del llanto, negaba con la cabeza mirando con angustia al cura y a su hija, hasta que su resistencia se rompió en mil pedazos, dejando escapar un llanto amargo y doloroso, que ocultó inútilmente tapándose la cara con ambas manos, Elena no podía creer lo que veía, el sacerdote se enderezó respirando hondo, con una expresión que fácilmente se podía interpretar como asco, “fue usted…”, dictaminó con seguridad, lo que consiguió que el llanto del médico se volviera más contundente, Elena retrocedió tapándose la boca consternada al ver que su padre solo lloraba. El cura esperaba una negación que no llegó, por lo que insistió en confirmarlo, tomó al médico por las solapas con rudeza y lo zamarreó, “fue usted verdad, ¡dígalo!, usted embarazó a su hija”, Horacio se mostraba indefenso como un muñeco, solo atinó a pedir perdón con su rostro bañado entre lágrimas, saliva y mocos. Benigno, en cambio mostraba ira, “¡Dígalo Horacio, usted fue, esa criatura es suya!, ¡dígalo por Dios!”, el doctor le dirigió una larga mirada de angustia que el sacerdote respondió con sincera rabia, para finalmente admitirlo, “sí…”, entonces Benigno lo soltó, y el doctor cayó al piso llorando con el rostro cubierto con sus manos y repitiendo sin cesar, “perdón… perdón… perdón…”. Elena salió corriendo con intención de irse lejos, pero fue atajada por María, quien la abrazó y se la llevo a la cocina para tranquilizarla.

El doctor Horacio Ballesteros, salía de su casa detrás del cadáver de Domingo, llevando toscos pero firmes grilletes en sus muñecas y tobillos rumbo al coche-celda que le esperaba en la puerta de su casa, solo de reojo observó a su hija, quien sin mirarle, esperaba en el carruaje del cura a que fuera llevada lejos de allí, sin importarle mucho si era a un convento, un claustro o monasterio. El padre de Domingo permanecía junto al sacerdote, “Siempre me pareció un buen hombre el doctor Ballesteros… estoy francamente aturdido por los hechos…”, “El alma de los hombres es un misterio ante los ojos de los mortales”, respondió el cura con gravedad, el hombre a su lado asintió serio, y agregó, “Dígame padre, ¿Qué piensa de aquella criatura hallada en el cuerpo de mi hijo?”, “Sin duda aquello no es más que un montaje, creado por Horacio para explicar, llegado el momento, el réprobo embarazo que le provocó a su propia hija, drogándola, ciertamente, no se esperaba que la muchacha recurriera a Dios antes que a él”, el padre de Domingo volvió a asentir.


Un par de días después, María, la ama de llaves del doctor, pasaba a entregarle las llaves de la casa al sacerdote, había tomado la sabia decisión de visitar por algunos días a su familia, especialmente a su hermana Berta a quien no había visto en años, al cura sólo le quedó desearle un buen viaje.

Fin de la primera parte.


León Faras.

miércoles, 11 de enero de 2012

Autopsia. Primera parte.

IV.


“Me equivoqué… esto... no es una enfermedad…estaba equivocado, esto no puede ser una enfermedad…”

El añoso y atormentado tronco del sauce que enjuagaba las puntas de sus ramas en el pequeño lago de la ciudad, anidaba en uno de sus recovecos una pareja de pequeños y orondos cactus, con sus espinas blancas aplastadas, que crecían en apenas un puñado de tierra inerte, y que Elena visitaba en sus paseos para cerciorarse de que siguieran ahí. La muchacha llevaba buen rato sentada en la agreste banca de madera junto al viejo árbol desde su salida de la iglesia, buscando paz para su mente en las tranquilas aguas, en la barcaza destrozada a la orilla de estas y en los numerosos patos, que indiferentes llevaban a cabo sus actividades naturales sin prestar atención a su tristeza. Las palabras del padre Benigno se repetían en su mente como un inclemente eco que la hacía angustiarse, provocándole un sincero temor por su alma, ella no había hecho nada malo, lo sabía, pero eso no la hacía sentirse mejor. La suave pero fresca brisa del atardecer estival la hizo incorporarse, con un suspiro se puso de pie, ya era hora de regresar a casa.

Un carruaje lujoso y lustrosamente negro estaba detenido frente a la puerta del doctor Ballesteros cuando Elena llegaba, una silueta enorme e igualmente oscura permanecía erguida ahí, esperando ser atendida. La muchacha la reconoció en seguida y con ello, se evaporó la escasa tranquilidad que había conseguido. “Padre Benigno, ¿qué hace usted aquí?”, pregunto con humildad, el cura le dirigió una mirada sin cambiar su adusta expresión, “Vengo a hablar con tu padre” dijo, y volvió la vista hacia la puerta que en ese momento se abría. El sacerdote entró con la autoridad que su investidura le daba, detrás de él, un hombre maduro que abrazaba a una mujer de mediana edad, ambos vestidos de riguroso luto, entraron a la casa del doctor ante la vista impávida de Elena y del ama de llaves quien se secaba las manos en su delantal, mientras le informaba que el doctor estaba ocupado trabajando, “Dígale que necesito hablar con él ahora”. Elena, sin prestar demasiada atención a las intenciones del cura, se dirigió rápido al estudio de su padre. Entró y cerró la puerta. Lo encontró vaciando agua en un lavatorio, tenía sus manos totalmente ensangrentadas y el rostro marcadamente contrariado, tanto que su saludo sonó carente de todo interés, antes de que la muchacha hablara, la puerta comenzó a ser golpeada con insistencia, Elena le informó de quien había llegado a su padre, quien respondió con un desgano que más parecía profundo agotamiento, como quien a sido derrotado después de una larga y dura batalla, “Abre la puerta, lo estaba esperando”.

Elena abrió la puerta protegiéndose tras ella y el cura entró a la habitación con la vista fija en el doctor, que en ese momento se secaba las manos en una toalla blanca, manchada con un rojo diluido. “Este lugar huele a matadero”, “Buenas tardes, Benigno”, el médico se defendió con sarcasmo, jamás usaba el título de “Padre” con el cura, como este nunca le llamaba “Doctor”, entre ellos existía la misma rivalidad que siempre ha existido entre la ciencia y la religión. “Vengo por el cuerpo de Domingo, el alma del muchacho sufre el más insondable dolor de los condenados por el más reprochable de los pecados, el suicidio, y necesita cristiana sepultura, además de todo lo que esté en nuestras manos para atenuar su terrible sufrimiento”, dicho esto, reparó en el frasco que contenía el feto extraído del cadáver de Isabel y agregó “¿cuantos seres humanos mantiene en este lugar? No se da cuenta que son hijos de Dios” el médico miró de reojo el frasco, “dudo mucho que aquello sea un hijo de Dios”. Los padres de Domingo, que permanecían detrás del cura, eran bastante acomodados y generosos con la iglesia, lo que obligaba al sacerdote a usar cierta vehemencia en su causa, “sin embargo, el doctor respondió con cansancio en sus palabras, no creo que Domingo tenga más sufrimiento del que ya padeció en vida”, “Las espinas de este mundo no encuentran comparación en los tormentos eternos del infierno, Horacio, ¿dónde tiene el cuerpo?”, el doctor se le acercó al sacerdote y tuvo que inclinar levemente la cabeza hacia arriba para mirarlo a los ojos, “¿Sabe usted por qué se quitó la vida?”, el cura permaneció inmutable, “la locura descarrila las buenas almas, cegándolas…” el médico le interrumpió, cansado de oír argumentos Bíblicos “¿Quiere saber por qué enloqueció Domingo hasta el punto de colgarse de una viga?”, “¿y acaso usted me va a responder eso?”, aquel desafío del cura era lo que Ballesteros esperaba. Retrocedió hasta el fondo del cuarto, donde una cortina ocultaba su mesa de trabajo, y la corrió de un tirón. Todos guardaron silencio, solo se oyó una sonora aspiración de sorpresa que hizo el cura y el golpe seco en el suelo del cuerpo de la madre de Domingo al desmayarse, pero nadie se movió de su posición. “En el nombre de Jesucristo, ¿qué ha hecho?”. Sobre la mesa del doctor, yacía el cuerpo de Domingo recostado desnudo, una tela le cubría la cara y otra los genitales, su tronco estaba abierto de par en par, dejando ver las paredes internas, donde las limpias costillas resaltaban entre la carne rojiza con vetas blancas de grasa, dos ensangrentadas palanganas de loza a su lado contenían, una, una buena cantidad de los órganos que el doctor había retirado, y la otra, varias herramientas quirúrgicas sumergidas en un agua que había adoptado un atractivo tono rojo, el cura se acercó persignándose con una lentitud aturdida, “¿Cómo puede profanar un cuerpo de esta manera, como si fuera un animal?”, el médico se le acercó sin hablar señalando algo en el interior del cadáver, una bolsa de pellejo, como un melón grande, el sacerdote miró de cerca “¿Qué es lo que tiene dentro del estómago?”, “no es el estómago, ya lo extraje, aquello es una especie de formación celular totalmente anormal adherida al intestino” el doctor cogió una pinza y abrió la bolsa ya rasgada de antemano, el padre Benigno se llevó una mano a la boca y retrocedió consternado “…un bebé…”, “¿aún cree que aquello es un hijo de Dios?, esto que el muchacho sentía en su interior, fue lo que al final lo obligó a matarse”, el cura trataba de meditar, “ese niño… el del frasco… ¿de donde lo sacó?” el Padre había cambiado totalmente su tono desafiante y se mostraba desarmado, con lo que el médico adquirió cierta autoridad sobre la situación, “del cadáver en descomposición de Isabel Vázquez”, el sacerdote había perdido sus fuerzas, sudaba, “Dios mío, le reprocharía esa exhumación clandestina, si no fuera por lo que estoy viendo” luego bajó la vista y se llevó la mano a la frente unos segundos y agregó, “Dios nos proteja de aquello que está intentando venir al mundo”, esas últimas palabras lo hicieron reflexionar, algo apareció en su mente y buscó con la vista a Elena quien se mantenía en el mismo sitio junto a la puerta, y se le acercó “Tú, hija mía, no mentías…en el confesionario, no estabas mintiendo…”


León Faras.

miércoles, 4 de enero de 2012

Autopsia, Primera parte.

III.


-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida, bendígame Padre, porque he pecado.

Para el severo padre Benigno, cuyo nombre contrastaba con su aspecto iracundo y su carácter dominante, resultó alarmante el saber que una señorita tan respetable y educada como la hija del doctor Ballesteros estuviera embarazada sin antes haber contraído el sagrado vínculo del matrimonio, pero que ella desconociera quién era el padre de la criatura, era simplemente inconcebible, “Hija mía, tu alma tambalea entre las fauces del averno, has caído en el execrable pecado de la carne y su marca permanecerá imperecedera. Tal vez encuentres consuelo en la infinita misericordia de Dios, entregando tu vida al claustro y la penitencia para aspirar a un perdón que yo no te puedo conceder”. Elena se sentía sumamente afligida y las palabras del sacerdote solo aumentaron su desconsuelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. “Padre...", tomó una bocanada de aire para deshacer el nudo en su garganta, "...le aseguro que yo no he conocido varón…”, el cura abrió los ojos indignado mirando a través de la celosía el rostro inclinado y velado de la joven, “¿Qué estás diciendo muchacha?, ¡acaso quieres condenarte!, ¿cómo te atreves a compararte con la santísima Virgen?”, Elena se apretaba la boca y la nariz con la mano, conteniendo el inminente llanto. Al cerrar los ojos, las lágrimas fueron obligadas a correr por sus mejillas, “Padre… por favor… usted tiene que creerme, yo no he estado con ningún hombre…yo…” un vacío producido por el llanto le impidió seguir hablando. El padre Benigno le miraba con cierto desprecio en el rostro, le indignaban aquellos que luego de haber atentado contra el amor de Dios sin remordimientos, recurrían a él arrepentidos, buscando solo calmar su atribulada conciencia, “Te lo preguntaré solo una vez más niña, y recuerda que no me hablas a mi, si no al Padre eterno, ¿Cómo ocurrió tu embarazo?”, la muchacha ya tenía empapado su hermoso pañuelo “…no lo sé”, respondió con un hilo de voz, luego oyó la puerta del confesionario abrirse y los pasos del sacerdote que se alejaban, entonces su llanto se desató ya sin consuelo.

“Domingo había sanado…”, se repetía mentalmente el Dr. Ballesteros con la vista fija en el frasco de vidrio que contenía el feto que había extraído del cuerpo de Isabel, pero se lo repetía con la intención de responderse cómo había sucedido aquello, pues él nunca consiguió siquiera una mejoría, simplemente la enfermedad había desaparecido, y el muchacho, a diferencia de Isabel, la había soportado, aunque dejándole graves consecuencias mentales, como si hubiese sufrido lo insufrible. “¿Qué tienes que ver tú en todo esto?”, le susurró al maltrecho cuerpecito suspendido en alcohol que permanecía en sus manos, “¿Acaso puedes ser tú responsable de…?" La puerta de su estudio se abrió con timidez, interrumpiendo sus pensamientos, un trozo del generoso cuerpo de su ama de llaves se asomó con un telegrama en la mano, el médico se puso de pie y la invitó a acercarse. Lo leyó. Murmuró algo para si, y tomó su abrigo, antes de salir se dirigió a su empleada “Cuando Elena regrese, dígale que me espere aquí, necesitaré su ayuda.”

La bandeja sonó estrepitosamente al chocar contra las baldosas del sanatorio esparramando el desayuno de Domingo Montenegro por el estrecho pasillo de la habitación. Uno de los locos que estaba presente se tapó los oídos con desesperación y comenzó a golpearse contra la cama, otro, jugaba ensimismado con el cuerpo suspendido de Domingo, quien pendía exánime colgado del cuello de una de las vigas junto a su cama.

Cuando el doctor Ballesteros entró a las instalaciones del manicomio, el director le esperaba en su oficina, en uno de los rincones de esta, una enfermera soltaba los últimos sollozos de lo parecía haber sido un largo llanto, sosteniendo en una mano un pañuelo y en la otra un vaso ya vacío. El director, un hombre calvo, de gafas redondas y barba ermitaña le apretó la mano con rudeza, “Dr. Ballesteros, qué bueno que recibió mi telegrama, usted me pidió que le informara sobre cualquier cambio en la salud física del paciente Domingo Montenegro”, dijo con cierto acento extranjero en su hablar, el recién llegado mostraba ansiedad, “Sí, sí, dígame, le pasó algo a él”, el siquiatra sentía que le había generado una preocupación sin necesidad, “Sí, bueno, no sé si sea relevante para usted, pero esta mañana fue encontrado muerto por la enfermera” dijo, señalando a la mujer del rincón, quien reanudó su llanto al ser aludida. Ballesteros ni la miró “Por supuesto que es relevante doctor, tal vez la mejoría solo fue aparente y la enfermedad continuó en silencio hasta matarlo, como a mi paciente anterior”, el siquiatra soltó una risa torpe y nerviosa, le costaba ser claro en ciertas ocasiones “No doctor, el deceso se produjo debido a un suicidio, el paciente se colgó del cuello”, el médico se llevó un puño a la boca consternado, luego inhaló profundamente por la nariz, “Me gustaría llevarme el cuerpo, hay ciertos exámenes que quisiera realizarle”, “no sé si eso sea factible, la familia ya fue notificada”, “Puede decirles que Domingo padeció una enfermedad que muy probablemente fue contagiada de su prometida, Isabel Vásquez. Solo necesito confirmar que no hay riesgo de contagio para nadie más, estamos hablando de una enfermedad desconocida y con riesgo de muerte”, el siquiatra pareció entender “bien pero…cuanto tiempo cree usted que tardarán dichos exámenes” el doctor Ballesteros se sintió satisfecho, el cuerpo de Domingo podría otorgarle nuevos datos sobre la rara enfermedad que parecía haber descubierto, “no tardaré más de veinticuatro horas”.


León Faras.