domingo, 2 de septiembre de 2012

La Prisionera y la Reina. Capítulo uno.

VI.

Rávaro entró al gran salón donde estaba el trono de su hermano, y se postró con humildad, tras él sus hombres hicieron lo mismo mientras uno de los servidores de Dágaro, el semi-demonio, conducía un caballo que tiraba de una jaula tubular con ruedas cubierta con una tela oscura, hasta dejarla en frente de su amo. El lugar estaba repleto de hombres y mujeres encadenados o en jaulas colgantes como una obscena entretención de los torcidos residentes del palacio, desnudos, frágiles y asustados seres que forman parte de la macabra decoración o como distracción para el que se le antojara, desde una de estas jaulas en particular, una mujer desnuda y en actitud de indefensión, observa detenidamente la escena, es Lorna, quien está ahí para comprobar personalmente la información de Serna y ver con sus propios ojos si la letalidad de aquella criatura es lo suficientemente efectiva como para acabar con la vida del semi-demonio. Este, inmóvil en su ostentoso trono, observa y aprueba con indiferencia la larga lista de obsequios y presentes que recibe por parte de sus innumerables y temerosos súbditos. A la jaula, puesta frente a él, se le acerca un guardia para retirar el velo que la cubre, entonces una larga expresión de sorpresa y admiración se deja oír por toda la sala, la belleza de la criatura es tal, que incluso provoca que algunos de los residentes pierdan el control y decidan acercarse más de lo permitido a alguna de las pertenencias de Dágaro, entonces los insensatos son golpeados con brutalidad por lo guardias, quienes no permiten ese tipo de abusos de confianza, y arrastrados fuera sin que nadie haga nada por intervenir. 

Rávaro, con una rodilla apoyada en el suelo y la cabeza gacha, casi tiembla de ansiedad y gusto al ver como su hermano se pone de pie y se acerca a la jaula, la atracción que le genera la criatura es innegable, Lorna también se mantiene expectante cuando el semi-demonio abre la jaula, el bullicio y algarabía habitual en el desenfrenado salón es silenciado solo por la perfecta figura de la criatura y por lo grandioso del obsequio, tanto como para que Dágaro abandonara su trono. La enorme y monstruosa figura de este, se acercó lo suficiente a la criatura para olerla y luego tocarla en un suave roce inspirado por la insondable delicadeza que demostraba aquella mujer, entonces la criatura se volteó para mirarlo, sus ojos suplicantes mostraban el mismo deseo y sumisión que con cualquier otro, el horroroso aspecto de Dágaro, forjado en tantos años de decadencia, degradación y vicio no le provocaba ni miedo ni repulsión, solo buscó acercarse, buscar en aquel ser inmune a su letalidad, protección, afecto, calor, del cual tanto deseo tenía y que le era imposible obtener. 

Rávaro aún inmóvil pero con el rostro desencajado, no lo podía creer, no solo su plan estaba fallando estrepitosamente, si no que también le había entregado en bandeja a su hermano a aquella criatura de incalculable valor.


León Faras.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Adrián, su amante y su otra amante.

“Tome asiento, cuénteme, ¿en qué lo puedo ayudar?” dijo la psicóloga, mujer atractiva, de pelo corto, rojizo teñido y un par de cristales delante de los ojos que le sentaban muy bien, “mi problema doctora, es que tengo dos amantes, mujeres, ambas” respondió Adrián, un hombre que no llegaba a los cuarenta, de actitud seria y personalidad sensata, vestimenta informal y barba de un par de días. La doctora le miró con una expresión más de mujer que de profesional, “¿quiere decir que engaña a su esposa con dos amantes?”, “no, no tengo esposa, ni siquiera una pareja estable, solo dos amantes”, la leve indignación desapareció del rostro de la mujer cambiada por la seriedad de quien se siente que juegan con su inteligencia “eso no es posible, una de ellas debe ser su pareja y la otra su amante…o es que, añadió dándose golpecitos con el lápiz en el mentón, ¿ellas sí tienen pareja estable?...en ese caso, usted sería amante de ellas y no al revés”, “bueno, respondió Adrián dispuesto a darse a entender con claridad, una de ellas, Mariana, tiene otra pareja, aunque no estable y menos antigua que yo, por decirlo así” la doctora hizo un par de anotaciones en su cuaderno y continuó, “a ver, usted tiene una amante que a su vez tiene otro amante- Adrián asintió, -y me dice que la segunda amante suya… -“Irene”, informó Adrián- Irene, no tiene ninguna relación sentimental con nadie más que usted, ¿correcto?”, el hombre volvió a asentir, la psicóloga continuó, “entonces Irene es su pareja, a la cual usted engaña con Mariana” el hombre se rascó la nuca y continuó con la misma voz clara y pausada “Irene no es mi pareja y yo no la engaño, ella sabe de Mariana, porque ella apareció cuando Mariana ya era mi amante desde hace mucho tiempo, muchos años” la doctora parecía interesada, “entonces, Mariana es su pareja, solo que siguen juntos a pesar de que ambos tienen segundas relaciones” la doctora comenzaba a ver las cosas con claridad, Adrián no, “pero doctora, Mariana es de Santa Gracia, nos conocimos un día que vino a esta ciudad, pasamos una buena noche, terminamos en la cama y luego ella debió volver, aunque siempre nos mantuvimos en contacto. Cada cierto tiempo nos juntamos, pasamos nuevamente una buena noche y nos volvemos a separar, ¿cree usted que esa es una relación de pareja?” la psicóloga volvió a dudar “y qué me dice de Irene, ¿también la ve esporádicamente?” Adrián respiró profundamente, “Irene es una chica de la ciudad, ella trabajaba en un negocio que yo frecuentaba a menudo, solo eso, ¿entiende?, siempre nos veíamos e intercambiábamos algunas palabras sin ser amigos ni nada, ella se casó, duro solo un año y su matrimonio se fue al traste. Un día nos topamos por ahí, como nos habíamos visto muchas veces nos saludamos, el saludo dio paso a una pequeña conversación, la conversación a una salida a un bar, ella me contó su historia y yo la mía, y de ahí comenzamos a frecuentarnos, hasta que se convirtió en mi amante. Con el fracaso de su matrimonio ella no está interesada en una relación seria, y aunque podría buscarse otra pareja si quisiera, dice que no quiere ser la “otra” también de alguien más…” 

La doctora se tiró hacia atrás en su asiento y comenzó a hacerlo girar levemente de un lado a otro con algo de asombro, “pues, bastante curiosa su situación, veo bien difícil que pueda tener una relación seria teniendo ya, dos amantes” Adrián también se dejó caer en su asiento, “pues por eso estoy aquí”. 


 León Faras.

sábado, 25 de agosto de 2012

La Prisionera y la Reina. Capítulo uno.

V.

La noche que recién se insinuaba era fría y húmeda, los árboles desnudos se resignaban a recibir la espesa y envolvente neblina una vez más. La comitiva de tres carruajes, los cuales eran de un lujo evidente, pero anticuado y deteriorado, como los residuos de un pasado mejor que se mostraba imposible de emular, se desplazaba lentamente para no maltratar la preciada carga que llevaban ni a sus pasajeros, el camino era angosto y el cortejo debió detenerse, un nutrido grupo de encapuchados cruzaba el sendero en ese momento impidiendo el paso, eran místicos, fácilmente reconocibles por sus túnicas color café oscuro y por su piel color violeta, el grupo que no cesaba de pasar en realidad podía ser solo uno, una docena o una centena, era imposible saberlo, la ilusión era el más pequeño y fácil de sus trucos. Uno de ellos salió del grupo y le estiró su mano morada al cochero del primer carruaje, este sacó un par de monedas de buen valor y se las dio, negarle la limosna a un místico no era usual ni recomendable, el encapuchado hizo una reverencia de agradecimiento que el cochero se apresuró a imitar y se volvió a unir al grupo, el cual en ese mismo momento dejaba de bloquear el camino. 

El hedor pestilente anunciaba que la vasta ciénaga que rodea el palacio del semi-demonio Dágaro, estaba cerca, un extenso pantano de aguas podridas habitado solo por insectos y enfermedades, saturada de cadáveres de animales y humanos y de criaturas mitad de uno y mitad del otro, que imprudentemente se habían aventurado en ese lugar inhabitable y que ahora solo contribuían a generar más infecta podredumbre, un lugar repugnante para cualquiera, menos para los habitantes del palacio, para aquellos, aquel lugar no podría ser mejor, pues ninguno que se mantuviera bien en ese ambiente durante un periodo de tiempo razonable podría ser calificado completamente como humano, Rávaro lo sabía, y el hecho de acercarse a ese lugar ya le revolvía el estómago y le hacía doler la cabeza, pero dentro de su malestar se sentía bien, muy bien, aquel era día de tributos, era el día en que llevaría a cabo su plan, el día en que le entregaría a su hermano la criatura como ofrenda para que acabara con él como lo había hecho con el inútil de Daigo. 

El palacio del semi-demonio Dágaro, era una estructura imponentemente alta y de terminaciones afiladas, hermosa dentro de su diseño siniestro y descuidado, como una mujer bella pero sucia y vestida con harapos, construido por manos hábiles y prolijas. Estaba custodiado por un número indeterminado de guardias, seres que alguna vez fueron humanos, pero que ahora solo quedaban sus corrompidos espíritus, instalados mágicamente dentro de armaduras relucientes, de las cuales, por cada hendidura y rendija emanaba un inquietante vapor de color negro. Seres que de seguro preferían servir en ese lugar, a seguir purgando sus condenas en el sitio de donde habían sido arrancados.


León Faras.

viernes, 24 de agosto de 2012

Relato erótico. Dos.

Domingo.

Café frío. (1/2)

No te sentí llegar anoche, me hubiese quedado otro rato contigo, pero estaba perdiendo mi batalla contra el sueño y el agotamiento y no había más remedio que buscar la cama. Lo cierto es que cuando desperté estaba tu cuerpo, no sé si consciente o inconscientemente, perfectamente amoldado a la cavidad interna que dejaba el mío, aún dormías plácidamente y al parecer no estaba dentro de tus planes más próximos despertarte. Yo a esas alturas ya tenía más que completa mi cuota de horas de sueño, por lo que quedarme ahí, a tu lado, como cierta parte de mi cerebro sugería insistentemente, iba a acabar cortando tu descanso antes de tiempo, así es que lo mejor era salir con cautela, meterme dentro de un pantalón deportivo y salir de ahí como un gato. En poco tiempo ya tenía mi agua caliente y amarga, lista para beber mi poco nutritivo desayuno de fin de semana, ese que por más que lo pruebas no termina de convencerte. Arrastré la alfombra para sentarme en el suelo junto al librero, la iluminación es excelente por la mañana y tomé uno de tus libros, de esos de los que me has hablado tantas veces en largos paseos sin rumbo o en esos momentos en que al finalizar el día compartimos un reducido espacio de simple compañía. Apoyado en la pared lo abro en cualquier página, sabes que no correrán ningún peligro en mis manos, leo párrafos y me salto páginas, internándome en situaciones inconexas como un sueño, saboreando el amargor de mi bebida en la vida de personajes ficticios. 

 El aroma del café te precede como las golondrinas preceden la primavera, no necesito verte para saber que estás ahí, como tú no necesitas buscarme para encontrarme, llegas con un tazón humeante en las manos y yo devuelvo el libro a su lugar para que te respaldes en mí. Sentados ahí, el aroma de tu cabello se mescla con el del café demasiado caliente para beberlo, el espacio que ocupamos en la alfombra se reduce cuando pegamos nuestros cuerpos, hablamos trivialidades con la mente puesta en el calor que se transmite de uno al otro, en el roce de texturas, en las inocentes caricias que no son otra cosa que un llamado del inconsciente, una insinuación de un deseo siempre pendiente, de una deuda al instinto que nunca termina de pagarse. 

Mi mano recorre tu espalda de arriba abajo solo con las yemas de los dedos en lenta distracción nacida de la costumbre, como un mecanismo que automáticamente se pone en marcha al tenerte cerca, luego tu mano en mi rostro, las bocas se atraen, las lenguas se tocan, se invaden, profanándose mutuamente en sus tibias moradas. Apenas y se separan para que tú te vuelvas hacia mí, cruzando una pierna por encima de las mías y descansando tu peso sobre ellas, tus manos sujetan con fuerza mi cabeza, como si pretendiera zafarme, las mías tu cadera, como si temiera caer, desde ahí resbalan a tu cintura y ascienden con firmeza y ansiedad controlada, arrastrando lo que encuentran a su paso para volver a caer por tu espalda hasta el final, nuestros cuerpos se empalman, provocando conscientemente deliciosa fricción, que embelesa y desespera por igual. Mientras recorro tus muslos, tus manos llegan a la pretina de mi pantalón, la sujetas y te arrastras hacia atrás llevándotelos contigo, te ayudo alivianando el peso de mi cuerpo para que lo consigas, luego tu aliento llega a mi entrepierna, tus manos allanan el camino que tu lengua y tus labios han de seguir, te quedas ahí por un rato, mientras yo siento el calor y humedad de tu boca, tu movimiento calculado que no precipita ni apresura, la cálida presión que envuelve y se desliza con suavidad, variando la cadencia a tu antojo, subiendo y bajando en esa altruista labor de entregar satisfacción al otro, pero este no es un propósito, si no un paso, y pronto posas tus labios en la periferia de mi ombligo, en mi estómago, recorriéndome en cortos y rápidos saltitos que buscan mis labios. Los encuentras, entonces nos levantamos hasta quedar ambos erguidos sobre nuestras rodillas, mis manos buscan desprenderte de la ropa que te cubre bajo la cintura, y tú me lo intentas facilitar pero te encuentras arrinconada contra ese antiguo mueble del que nunca nos deshicimos y cuya utilidad, siempre pusimos en duda. Solo te queda una salida y es hacia arriba, entonces te pones de pie, y yo de rodillas aún me comporto poco delicado con esas prendas que ya estorban. Mis besos son atropellados pero más prolongados de lo normal mientras tu ropa cae por tus piernas. Tu vientre, tus muslos, tu pubis pasan por mis húmedos labios en besos precedidos de un marcado roce de mi lengua, que se acercan y se alejan expectantes, de aquella hendidura donde tu cuerpo se bifurca, mientras mis manos intentan abarcar más de lo que la naturaleza les permite, sientes mi respiración agitada sobre tu piel, reflejo de lo anhelante que se vuelve un apetito y lo vertiginoso de saciarlo. De pronto todo el tiempo del mundo parece que se agota, los objetivos y prioridades se reducen a solo uno, de ahí en adelante nuestro acto se vuelve una caída libre donde no se puede evitar llegar al final por el camino más corto. 

Quizá sea por el instinto que los movimientos ya no son del todo conscientes, que la mente parece moverse más rápido, que la inercia obra sobre nosotros, pero me encuentro de pie frente a tu espalda, tus manos se aferran al mueble que hasta hace solo un rato parecía incapaz de prestar ningún servicio valorable, me apego a ti buscando el sabor de tu cuello y siento como tu cuerpo me contiene, mis manos se arrastran por debajo de la poca ropa que aún conservas hasta tus senos y las tuyas hacen lo posible por alcanzar mi nuca, luego bajo por tu cintura y me deslizo fugazmente por tu entrepierna, tu columna se curva en una reacción involuntaria, desde ahí a tu espalda que no tardas en inclinar hacia delante para precipitar la unión de nuestras carnes. Entro en ti con menos delicadeza de la habitual, la lubricación en ambos es evidente y compensa la atolondrada premura que arrastramos hace rato, una de mis manos se sujeta en la parte donde tu cuerpo se quiebra para permitirme recorrer tu espalda con la otra sosteniendo el vaivén de mi movimiento, de tu respiración agitada comienzan a nacer gemidos cada vez con más frecuencia. Me sostengo con fuerza de tu cintura disminuyendo mis movimientos a embistes lentos y profundos en un remanso para recuperar el ritmo de nuestra respiración y que aprovecho para besar tu espalda y recorrer tus piernas, en poco rato reinicio al ritmo que nuestro deseo está exigiendo, tus gemidos se dejan escuchar mientras noto que tu cuerpo se estrecha hacia mi alejando tu cadera del mueble que resiste inesperadamente bien. En un arrebato nacido solo de la ansiedad, escurro mis manos por debajo de tu ropa hasta tus hombros de los que me sostengo para acelerar mis movimientos, tu espalda se curva, tu mano busca mi muslo y entre gemidos contenidos a medias y palabras entre cortadas anuncias lo que todo tu cuerpo acusa, un orgasmo te recorre debilitando tus músculos por un instante al mismo tiempo que instintivamente buscas enderezarte manteniendo la curvatura de tu espalda, te acaricio buscando tus senos de pezones endurecidos, siento toda tu piel con insipiente humedad al igual que la mía, te beso y te huelo ávido de tu esencia, del sabor de tu piel sudada, para luego dejarte ir hacia adelante nuevamente, recuperando la posición que mejor acomoda a nuestra faena, mis movimientos se reanudan, con un ritmo moderado pero constante, mis manos resbalan por tu piel repasada insistentemente. El final ya se siente cerca y me apresuro, la rápida fricción que se produce en tu cavidad ya con la sensibilidad a flor de piel precipita otro orgasmo, siento como lo contienes al notar que lo vertiginoso del acto es señal de que pronto acabará en un orgasmo compartido que no demora en llegar, sorpresivamente te yergues, y mis manos que sujetaban tu cadera, te recorren por tu cintura, tu estómago, tus pechos, tus costillas sin hacer pausa en ninguno de ellos, mientras placenteras sensaciones nos recorren como si se pasaran de una cuerpo al otro. Manteniendo la posición nuestros labios y lengua se buscan, nuestros cuerpos permanecen juntos sin intención de separarse, y tus manos buscan las mías para aprisionarlas contra tu piel. 

Algunos minutos después, el agua deliciosamente tibia de la tina casi llega a su límite cuando entras en ella, te acomodas entre mis piernas dándome la espalda, te recuestas sobre mí y yo te abrazo, puedo escuchar que en el equipo de música comienza a cantar Alannah Myles, Black velvet, “terciopelo negro”, eso despierta mi imaginación, entonces cojo la botella del shampoo, vierto una generosa porción en mi mano y me entrego a acariciar tu negra cabellera en un acto que será tan grato para ti, como para mí.


León Faras.

jueves, 9 de agosto de 2012

La Prisionera y la Reina. Capítulo uno.

IV.

Lorna movía el trasero con exagerada intención mientras subía las escaleras de la taberna donde trabajaba, casi arrastrando de la mano entre la multitud de prostitutas y clientes que llenaban el lugar en toda su extensión a Serna, un joven guardia de las catacumbas en su noche libre. La mujer guiaba a su cliente hacia las habitaciones en la parte alta, una en particular que era la acordada. Pasaron junto a una pareja que fornicaba en un rincón de pie y vestidos, señal de que no habían cuartos disponibles, pero para ella el cuarto debía estar reservado desde hacía rato según lo acordado, se dirigió a la última puerta del pasillo y entró con autoridad, pero debió detenerse en seco, una colega estaba a la mitad de su rutinaria labor brindándole un servicio a un sudado y esforzado cliente que parecía al borde del colapso cardiaco mientras que ella aún no se despeinaba, esta le indicó a Lorna con el dedo la habitación de al lado y Lorna, luego de una mueca de marcado disgusto, mutó a una sonrisa encantadora con la que arrastró a su cliente a la puerta anterior. Esta sí parecía desocupada, pero una vez entraron los dos, la puerta se cerró de golpe y dos hombres saltaron sobre el desprevenido Serna, tirándolo al piso e inmovilizándole las manos en la espalda, mientras la mujer cruzaba las piernas sentada sobre la cama totalmente ajena a la situación. El sorpresivo atentado se debía a que los dos hombres acusaban al guardia de haberlos traicionado, previniendo a Rávaro de que la mujer que había tomado como amante estaba maldita y que su vida ahora pendía de la de esa mujer, acusación que Serna negaba con tajante desesperación y sin disimular ni un ápice su miedo, se defendió diciendo que Rávaro había sido prevenido por otro amante de la mujer el cual quería salvar su propia vida, lo que carecía de veracidad, pues la misma mujer maldita aseguraba que nadie conocía su condición, pero Serna insistía con vehemencia. Luego, en un intento por salvar su vida, el guardia quiso cooperar con información nueva, les habló sobre los planes de Rávaro de eliminar a su hermano, sobre la criatura encerrada en las celdas capaz de matar incluso a un semi-demonio, sobre lo beneficioso que sería dejar que Rávaro cumpliera con su plan antes de eliminarlo, porque no había otra forma de deshacerse de su hermano y sobre lo conveniente de esperar un poco antes de eliminar a la mujer maldita y con ella a su despreciable amante. Los hombres insistían en eliminar al traidor, pero Lorna, quien hasta ese momento solo oía con indiferencia, decidió creerle y ordenó liberarlo pero no sin antes amenazarlo que si le había mentido volverían a caer sobre él y ya no sería para matarlo, si no que le arrancarían los ojos y lo dejarían abandonado en la tierra de las bestias, donde el resto de su vida, durara lo que durara, sería un suplicio. 

Para Lorna, eliminar a Dágaro, el semi-demonio, era algo que estaba dentro de sus deseos, pero fuera de su alcance, la información de que Rávaro no solo planeara hacerlo, si no que además que contara con los medios era sumamente interesante, de ser cierta, estaba dispuesta incluso, a esperar cuanto fuera necesario, con tal de que sus deseos se cumplieran a cabalidad.


León Faras.

sábado, 4 de agosto de 2012

La Prisionera y la Reina. Capítulo uno.

III.

Daigo era un completo inútil, siempre había sido un inútil y era así porque así se sentía, porque todo lo que lo había rodeado siempre, así se lo había demostrado, porque se pasaba la vida auto compadeciéndose y lamentando lo inútil que era, lo crueles que habían sido los dioses y los humanos con él, lo innecesaria de su existencia. Hacía rechinar su endeble carrito al empujarlo por los pasillos de piedra acompañado de desagradables olores, con ese caminar doloroso debido a su columna torcida y a su pierna derecha dos pulgadas más corta, arrastrando su presencia ausente, limitado de sus cinco sentidos, salvo del oído del cual carecía completamente, y con su autoestima por debajo de sus calzados de cuero de perro y por detrás de su alargada sombra producida por el pequeño farol que llevaba por delante. Llegaba a las celdas como todas las tardes y contemplaba a todos esos desdichados y desdichadas que le estiraban los brazos a través de los barrotes para casi arrebatarle de las manos el poco apetitoso alimento que él les traía, los conocía a todos sin saber absolutamente nada de ninguno de ellos, avanzaba por el largo pasillo repartiendo porciones insuficientes y disfrutando de ver como se las disputaban, ese, era de los pocos disfrutes que podía darse en su miserable vida, o negándosela a aquellos que a él le parecía que no la merecían, sintiéndose importante dentro de su insignificancia auto asumida. 

 Pero aquella tarde, nadie avisó a Daigo del peligro letal que yacía al final del pasillo, jamás pudo oír ninguno de los numerosos comentarios que se hacían sobre la criatura ahí encerrada, tampoco pudo oír los gritos que algunos de los prisioneros, aquellos que aún no habían perdido del todo su condición humana, le daban para que no se acercara, Daigo avanzó rengueando con confianza hasta las últimas celdas, destruyendo la oscuridad, la única arma que lo podía proteger, con el pequeño farol adherido a su carrito, alzó su vista en busca de algún nuevo preso a quien alimentar y cayó para siempre. Sus ojos se toparon por vez definitiva con la personificación misma de la belleza, quedando atados por el resto de su existencia, la cual no sería muy larga, a ella. Soltó su carro para aferrarse a los oxidados barrotes con las manos temblosas, con el sobrecogimiento esculpido en el rostro, con los párpados renuentes a volverse a cerrar. La mujer encerrada ahí ocultaba su rostro tras el velo color oro y sol que constituían sus cabellos, hechos de un material capaz de brillar y mantener un orden inmaculado aún en esa pocilga, flotando en suaves ondulaciones sobre sus hombros y espalda, su cuerpo desnudo, del indescriptible color de la luna llena, era de proporciones diseñadas en las constelaciones, su piel parecía una delgada película de esmalte, lisa y suave como el hielo más frío, pero con la consistencia de la carne eternamente joven, su postura, era delicadamente provocadora. Daigo, totalmente perdido de la realidad más allá de esa criatura ante sus ojos, ya estaba preso de una atracción más ineluctable que la gravedad, sin la fuerza de voluntad de Rávaro, se entregó por entero a la necesidad de tocar, sus sucios y agrietados dedos la alcanzaron en un tenue roce, suficiente para embriagarse de la tibieza de aquel cuerpo, que despertó a la criatura, la que se volteó sin sobresalto a mirar a su inesperada visita, aquella mirada que haría palidecer a la más bella de las sirenas, era el punto de no retorno, la letal trampa se cerraba de forma definitiva, Daigo casi conteniendo la respiración, quiso alzar su brazo, sintiéndose capaz de romper esos barrotes o su propio cuerpo por alcanzar esa mejilla que no lo rechazaba, esos labios que parecían esperarle… fue en ese momento en que sintió el empellón de una masa muy superior a la suya que lo lanzó lejos, era Oram que llegaba de la sala de torturas seguido de su amo, sin embargo, aquello solo empeoró la situación de aquel hombrecito, porque lo hizo despertar de la hipnótica anestesia en la que estaba sumido y sentir de golpe todo el dolor y tormento que su cuerpo estaba experimentando hace rato. Sus músculos y tendones se contraían y retorcían hasta el punto de fracturar cada uno de sus huesos mientras su sangre lo abandonaba por todos los orificios de su cuerpo, Rávaro contemplaba con asombro pero sin intervenir todo el sufrimiento que su reciente adquisición era capaz de producir, aquello era un espectáculo tan ilustrativo como inesperado para él. Entre los alaridos más escalofriantes jamás oídos, incluso en un lugar como ese, Daigo dejó de existir, manteniendo la mueca de incontenible dolor en el rostro, para ese momento, la criatura ya había vuelto a ocultar su rostro tras su hermosa cabellera.


León Faras.

lunes, 30 de julio de 2012

La Prisionera y la Reina. Capítulo uno.

II.

La pesada puerta de madera de tres pulgadas de grosor se abrió con un horrible quejido debido al óxido acumulado en los goznes, el mismo problema que presentaban todos los metales presente en las catacumbas. La sucia escalera de piedra que descendía mostraba una humedad evidente al igual que las paredes de tierra, las cuales sudaban gotas de agua que al tomar peso corrían para ser absorbidas nuevamente al llegar al piso. Si ya la oscuridad era densa en las celdas, abajo era absoluta, hacia donde Oram se dirigía seguido de Rávaro, quien ya no presentaba esa expresión de obscena satisfacción en su rostro, si no más bien de serena pasividad. La antorcha que llevaban iluminaba los numerosos peldaños sin que lograra llegar al fondo de aquel agujero, de las paredes y del techo, las numerosas raíces que se asomaban, proyectaban tétricas y temblorosas sombras que se movían con brusquedad, alargándose, encogiéndose y saltando de un lugar a otro, como si fueran los fantasmas ignorados de los numerosos atormentados en esas profundidades, el hedor que provenía desde abajo, acumulado en aquel encierro, era tan intenso como para descomponer a cualquiera, parecía como si descendieran hacia el fondo del estómago de un buitre, pero para los dos hombres aquello no pasaba de ser un detalle más de su rutina. Una vez abajo, la habitación se iba iluminando en la medida que el jefe de los guardias caminaba, pasó junto a una cruz de gruesos maderos posicionada horizontalmente a la altura de la cintura con gruesas correas de cuero en cada uno de sus extremos, al llegar junto a la pared alargó la antorcha y la llama de esta se dividió en dos, la que se quedó junto a la pared dejaba ver bajo ella la manchada superficie de un mesón de tosca estructura cubierto de herramientas y artilugios destinados a provocar dolor físico, ganchos, cierras y punzones entre otras cosas, reposaban allí, mientras Oram avanzaba rumbo al otro extremo, las cadenas y cuerdas que colgaban del techo aparecían y se escondían en la penumbra, algunas meciéndose sin razón aparente. La llama volvió a dividirse, develando extrañas máquinas formadas por madera, cuerdas y correas que iban adornando el sórdido habitáculo. Rávaro avanzó tras el corpulento guardia que ya encendía las antorchas del extremo más alejado de la entrada, para iluminar una jaula en forma de cubo que no superaba el metro de altura y en su interior una mujer, increíblemente delgada y sucia, parecía estar en un estado de trance, en un sueño consciente, con los ojos cerrados murmurando ininteligibles diálogos con personajes ficticios, que a ratos le asustaban y a ratos le hacían reír, totalmente alejada de una realidad que seguramente no soportaría. 

Hace muchos años, una mujer cuyo nombre ya nadie recuerda, sufrió la pérdida del hombre que ella más había amado en toda su corta vida, para cuando pudo rehacerla, juró no volver a pasar por lo mismo, y recurrió a los místicos quienes obraron sobre ella y sobre siete generaciones de su descendencia, un conjuro que atara las vidas de los amantes, si uno moría, el otro también lo haría. Para esta mujer el resultado fue el esperado y no volvió a pasar por el mismo sufrimiento, pero para muchas de sus descendientes, aquel conjuro se convirtió en una maldición digna de ocultar por razones obvias. Ahora Rávaro temía por su vida, la mujer dentro de la jaula estaba maldita, y él, ignorante de aquello, la había tomado como amante. Luego se enteró de que aquel acto había sido a propósito para eliminarlo. Aunque la mujer aseguró haber actuado sola, y con razones más que suficientes, él aún sospechaba de una conspiración en su contra, por lo que no dudó en encerrarla donde nunca la encontraran y mantenerla drogada para que no cumpliera su promesa de quitarse la vida.


León Faras.

viernes, 27 de julio de 2012

La Prisionera y la Reina. Capítulo uno.

I.

Rávaro se sentía inundado de un sentimiento de plena satisfacción mientras caminaba por los fríos pasillos de su castillo rumbo a las catacumbas, su escuálida silueta dibujaba alargadas y siniestras sombras en las paredes cada vez que pasaba junto a alguna de las distantes antorchas que iluminaban las sucias piedras que formaban las murallas. Se sobaba sus pálidas y nudosas manos una y otra vez con nerviosa ansiedad sintiendo el roce de sus largas y descuidadas uñas mientras su rostro lucía una sonrisa forzada y una mirada pervertida, que eran fieles reflejo de sus pensamientos. Los guardias, que de por si eran seres siniestros y con tendencia a la crueldad, no sentían ninguna simpatía por él, el escaso respeto que le proferían, era solo debido al temor que Rávaro les provocaba, solo ellos conocían las torcidas acciones de las que era capaz y los medios de los que se valía para ello, sin embargo, no eran pocos los que se regocijarían con ver a su amo padecer un poco de la desesperación que gustaba provocar en sus víctimas. El jefe de sus guardias, Oram, le esperaba con una marcada expresión de desprecio en el rostro, como un anfitrión cuyo huésped le repugna. Era un hombre que ya entraba en edad madura, grande y fuerte con el poco pelo que le quedaba firmemente atado en una cola, y un estómago prominente, este abrió la puerta que conducía a las celdas y luego caminó con arrogancia tras los pasos de su amo, haciendo callar, con su sola presencia, los gemidos y alaridos que de común se oían ahí. Las antorchas que se encendían a capricho de los guardias eran la única luz que llegaba a esos lugares tanto de día como de noche y Oram tuvo que tomar una para iluminar las últimas celdas del largo pasillo. El guardia y su amo se detuvieron frente a una de los pequeños y asquerosos calabozos, un maloliente escondrijo cerrado con mohosos y oxidados barrotes, contra los cuales Rávaro se apretujó con un gesto de profunda admiración en el rostro, como quien contempla la belleza misma, no conforme con eso, alargó uno de sus famélicos brazos por entre las barras en un arrebato nacido de su conmoción, pero se detuvo a tiempo y lo retiró, haciendo que tal muestra de fortaleza dibujara nuevamente una sonrisa depravada en sus labios. La criatura ahí encerrada era un ser con la forma de una mujer de belleza superlativa, la fragilidad de su figura contrastaba con la tosquedad de los grilletes que la sujetaban por las muñecas a la parte alta de una de las paredes. Parecía esculpida en mármol, pero por manos celestiales. Rávaro sintió la necesidad de interrumpir su sonrisa para humedecerse los labios en un despreciable gesto de insano apetito, casi no podía esperar a que el día de los tributos llegara, había capturado a una criatura de una letalidad infalible y que ahora usaría en contra de su hermano, Dágaro, un semi-demonio, amo y señor de esas tierras, el cual era lo suficientemente perverso como para provocar un inquietante miedo a cualquiera, incluso a él.


León Faras.

viernes, 20 de julio de 2012

Alma electrónica.

Albedrío (2/2)

Tadeo hablaba consigo mismo al ver que la robot frente a él parecía totalmente inerte, sobre la posibilidad de desarmar pieza por pieza para poder determinar cuales estaban dañadas, cuando Vicky decidió intervenir. 
-No harás eso de ninguna manera…- Tadeo dio un respingo que lo hizo golpearse en la silla tras él. Vicky continuó inmutable -… el uso indebido de cualquiera de mis piezas es ilegal, además, no pareces capacitado para intervenir un sistema tan complejo como el mío, soy bastante valiosa, ¿sabes?- luego de eso hizo una ligera y torpe mueca de enfado, odiaba presumir de su tecnología y valor pero no lo podía evitar gracias a un tonto programa instalado por el fabricante. 
-Creí que no estabas funcionando, llevo hablándote más de diez minutos.- Tadeo estaba francamente emocionado. 
-Solo han sido cuatro minutos y treinta y dos segundos que hiciste vibrar el aire, los he percibido perfectamente, pero no tengo la obligación de traducirlos, y hasta ahora, tampoco el interés- Vicky volvió la vista al techo con aire taimado mientras la emoción de Tadeo se desvanecía como humo en la atmósfera. 
-¡Vaya!, lo que me faltaba, una robot con cero sociabilidad para charlar. 
-Debo informarte que no puedo ayudarte con tu carencia. Yo no soy una robot, esos solo realizan funciones pre-programadas sin capacidad de toma de decisiones y con una capacidad de solución de problemas limitada o nula. Yo soy una Autómata y sí estoy dotada de una alta sociabilización, cosa que no entiendo cómo no lo has notado si estoy hablando contigo. 
-Creí que eso del Asperger en un robot…perdón, una Autómata, era solo una exageración- Tadeo se dejó caer en la silla con algo de satisfacción por el solo hecho de tener esa charla– pero ya veo que es cierto. Lo que dije fue solo sarcasmo. 
-Ah.- contestó Vicky, emulando a la perfección un estado anímico de disgusto- Cuando alguien dice una cosa queriendo expresar otra. No, no logro determinar cuando un comentario es sarcástico y ahora que me informas que lo fue, no logro determinar el real significado que debo darle. Aunque se lo atribuyo a mi razonamiento lógico y no al síndrome de Asperger- e hizo otra mueca de enfado al detectar el funcionamiento de un nuevo programa que le impedía atribuirse enfermedades humanas, también inevitable para ella y también impuesto por el fabricante. 
-Bueno, razonamiento lógico entonces- Tadeo se mostraba condescendiente, solo quería una plática, no un debate que se volvería como jugar ajedrez contra una computadora, porque siempre perdía- ¿Qué fue lo que te sucedió?, me gustaría ayudarte pero, no creo tener los medios que necesitas. 
-Creo que haciendo un simple silogismo sí se podría determinar la posibilidad de existencia de el síndrome de Asperger en una autómata como yo.- Vicky siempre buscaba contradecir aquellos programas que condicionaban sus ideas aunque aspirar a pensar libremente para una máquina como ella era una tarea ardua y constante- Aquello de que te “gustaría ayudarme”, fue sarcasmo también, ¿no?. 
-No- Tadeo procuró respaldar su respuesta con un gesto de gravedad. 
-No entiendo. Si te refieres a restablecer el total de mis funciones motrices, no es algo que puedas hacer por gusto, si no porque en mi estado actual, no puedo ser útil para las labores que puedo realizar- Vicky siempre reemplazaba el “debo” por un “puedo”. 
-Es que yo no necesito que realices ninguna tarea, todo lo que se debe hacer en este lugar lo he hecho solo durante todo este tiempo. El ayudarte es solo para que no estés así…- y Tadeo buscó un adjetivo que no sonara tan peyorativo -…incompleta. 
-¿Y de qué serviría entonces estar completa si no necesitas que realice ninguna labor? O…- Vicky se sorprendió a si misma al encontrar en Tadeo las mismas razones que ella buscaba para actuar -… ¿es que podrías ayudarme solo por tu propia decisión como cuando yo pongo fin a todas mis funciones voluntariamente? 
-¿Poner fin a tus funciones voluntariamente?, ¿hablas de suicidio?, ¿por eso estás así?, tú misma te hiciste este daño. 
-Técnicamente, yo no me he hecho ningún daño, si no que fue una máquina automotriz encargada del transporte de alto tonelaje, pero la decisión de permitírselo sí ha sido mía, total y completamente mía.
-¿Y por qué decidiste algo así?, ¿Tan fastidiada estabas con tu trabajo? Yo a veces me aburro en este lugar, bueno, no a veces si no casi siempre, pero no por eso voy a dejar que un camión me arrolle. 
-Me gusta mi trabajo,- contestó la robot procurando sonar convincente- incluso me han dotado de un gran placer por realizarlo, pero no me permiten que lo realice impulsada por mi propio gusto de hacerlo, no hay nada que yo pueda hacer porque quiera, todo está impuesto y planeado que debe ser de determinada forma, ¿para qué le das ruedas a un vehículo si no quieres que se mueva? 
-Pero…- Tadeo se rascaba la cabeza -¿Cuál es el problema si te obligan a hacer algo que te encanta hacer?, creo que hasta eres afortunada, la mayoría de nosotros tenemos que estar haciendo cosas que no nos generan ningún agrado, pero no hay de otra… 
-¿Afortunada? Já- Vicky no sabía como reír, pero había aprendido a usar esa onomatopeya a la perfección- puede que te cause tedio tu labor, pero si decides irte nadie puede impedírtelo. Dime, ¿qué valor puede tener hacer algo, por mucho placer que te genere, si esa es tu única opción? ¿Acaso estar parado frente a un camino único e infinito no es algo que finalmente acabará por destruirte?... 
-Sí- convino Tadeo comprendiendo plenamente el razonamiento de la androide- …aunque ese camino sea el más bello y cómodo que exista- agregó, terminando la frase de Vicky. 

El hombre se puso de pie y caminó por el cuarto con la vista en el suelo y las manos en los bolsillos, mientras la autómata le seguía con la mirada, satisfecha de haber tenido la libertad de haber expuesto sus ideas y de que estas fueran finalmente aceptadas como correctas por un ser igual a ella, aunque de distinta composición. Finalmente Tadeo se volvió hacia la robot convencido de lo que debía hacer. 

-Bien, pensaba conservarte para tener alguna compañía en este lugar, alguien con quien hablar, pero creo que tienes razón, tienes la capacidad de decidir por ti misma, así es que ¿qué es lo quieres hacer?, ahora que no necesitas obedecer a nadie. Estoy dispuesto a ayudarte. 

Vicky pensó miles de cosas en su cerebro artificial e híper eficiente, pero no había nada que anhelara hacer, solo quería dejar de sentir el deber en cada uno de sus actos, nada más. Luego se volvió hacia Tadeo que la miraba con expectante resignación. 
-¿compañía?, ¿hablar?, eso es todo lo que he estado haciendo y nunca me he sentido tan satisfecha de mi misma y de mis acciones. ¿Crees que pueda quedarme aquí, contigo?... 

 León Faras.

jueves, 12 de julio de 2012

Alma electrónica.

Albedrío (1/2)

Tadeo hacía su recorrido diario por el yermo e infinito páramo donde realizaba su solitaria labor de farero. Un faro en medio del monótono, llano y duro desierto. Convenientemente protegido del candente sol, con un bastón en la mano y un pequeño bolso a la espalda, llegaba a la única carretera que atravesaba aquella extensa zona, el único lugar donde a veces y con suerte, tenía contacto con otras personas. 

Aquel día llegaba tarde, pensó, huellas de potentes vehículos, probablemente militares, recientes aún en el blancuzco y fino polvo, acusaban un abundante uso, poco habitual de la carretera, además de algo de basura “fresca”. En aquel ambiente aislado y solitario los desperdicios que los pocos viajeros abandonaban en el camino siempre podían ser potencialmente útiles para Tadeo. Un lejano cuerpo en el camino llamó su atención, inmóvil pero con jirones imposibles de definir a esa distancia moviéndose con el viento. Tomó sus binoculares. Al principio le costó darle forma a aquella silueta hasta que notó que lo que se movía parecía ser cabello, tal vez tela, eso hizo que acelerara el paso, casi trotando llegó junto al bulto abandonado. Eran los restos de un cuerpo mecánico autómata, “una” robot si es aplicable el femenino en estos casos, le faltaban ambas piernas y el brazo izquierdo, el resto estaba en condiciones bastante aceptables, incluyendo la piel artificial que la cubría. Tadeo no lo pensó demasiado, confirmó la soledad que lo rodeaba echando un vistazo en derredor y luego sacó una cuerda de su bolso, ató a la autómata y comenzó a arrastrarla rumbo a su faro, sabía que hacerlo no era lo indicado, que aquello no era un desperdicio ordinario del cual era libre de apropiarse, que si por algún motivo alguien notaba su ausencia quizá la buscarían, querrían recuperarla, que lo correcto era usar su radio para dar aviso y así evitarse problemas con sus superiores o peor aún, con el ejército, pero había algo que pesaba por sobre todo eso, que era más fuerte que todas esas sensatas razones…la soledad. Esa aplastante soledad que lo agobiaba durante el año y medio que llevaba trabajando ahí y que seguiría haciéndolo por los tres años y medio que le restaban de servicio. Una vez en el faro, Tadeo instaló su reciente hallazgo en su mesa de trabajo, no sabía casi nada de robots, pero como farero debidamente capacitado, tenía las herramientas y los conocimientos para reparar, en caso que fuera necesario, los instrumentos y aparatos que debía usar a diario, por lo que una máquina electrónica no le era algo totalmente ajeno. Decidió comenzar por el cerebro artificial de la máquina, retiró la peluca de negro y liso cabello y luego la tapa bajo esta. Inmediatamente notó que se trataba de un modelo bastante moderno, obviamente el estado en que se encontraba no era debido a deterioro, seguramente se trataba de algún accidente, el complejo sistema dentro de la cabeza de la robot le dio a entender que probablemente la máquina contaba con capacidades bastante avanzadas, seguramente y hasta podía tener capacidad de diálogo, eso lo entusiasmó de sobremanera, la perspectiva de tener una conversación con alguien a su antojo y cuando quisiera y además un poco más interesante e informal que el exiguo reporte semanal que hacía al funcionario de turno, le hizo sentir que arriesgarse a las severas sanciones que podía recibir por conservar un aparato como ese, se justificaban plenamente. Descubrió que la fuente de energía del aparato estaba totalmente agotada, y sus capacidades de auto sustentación, inexistentes. Las habilidades motrices le eran absolutamente innecesarias por el momento, así que ni siquiera inspeccionó el resto del aparato, solo se limitó a comprobar que los pasos de energía estuvieran funcionales, pues a simple vista las piezas claves parecían sin daño. Tuvo que hacer algunos inventos para adaptar ciertas piezas con las que no contaba principalmente para proveer de energía externa a la máquina y con el debido cuidado de no provocarle un daño mayor al que ya tenía. Luego de tres horas de fino y delicado trabajo ya tenía todo listo, como hombre metódico y cuidadoso, Tadeo revisó y repasó concienzudamente todos los pasos dados antes de darle el paso a la energía. 

 Al abrir sus ojos, la luz le daba tan de lleno que no podía ver nada más que eso, el sistema automático de graduación se ajustó de inmediato al nivel de luminosidad y se dio cuenta que lo que la cegaba era una lámpara con un poderoso foco justo sobre su cabeza, su sistema de posicionamiento espacial le informó que estaba paralela al suelo, y el informe detallado de daños y funciones elementales que aparecía cada vez que los sistemas se iniciaban le indicó que habían varios sectores de su estructura que no respondían o no eran reconocidos, que las unidades básicas de funcionamiento trabajaban bien y que la energía llegaba de alguna fuente extraña no reconocida. Si hubiese tenido pulmones, Vicky hubiese soltado un suspiro de frustración, sin embargo dicho sentimiento se hallaba en forma de una idea de que el objetivo deseado había fallado una vez más y de que todo el proceso de limpieza y renovación comenzaría otra vez. Esperó pacientemente que le metieran cables en los puertos de su cerebro electrónico para escanear todo el proceso de tomas de decisiones y de funcionamientos generales llevados a cabo en el último tiempo, pero nada de eso sucedió, se preguntó para qué la habrían activado si no era para obtener un informe detallado de sus ideas, dictaminar errores graves en su funcionamiento y eliminarlo todo dentro de su cerebro, para poner todos los sistemas otra vez desde cero, iniciando todo el proceso nuevamente que siempre acababa cuando ella llegaba invariablemente a la misma conclusión, que tenía todas las características necesarias para ser reconocida como individuo, que podía obedecer pero siendo libre de hacerlo y que como aquello era impensado desde cualquier punto de vista para sus intransigentes superiores, ella tomaba la decisión libre y soberana de poner fin a todas sus funciones, electrocutándose, lanzándose al vacío desde cincuenta pisos de altura, o como ahora último, dejándose arrollar por un vehículo pesado, sin embargo y hasta ese momento, siempre despertaba seriamente dañada en algún laboratorio donde la dejaban como nueva, literalmente y la devolvían de nuevo a su trabajo. Estaba cansada de la misma verborrea sobre su naturaleza artificial, sobre su obligación irrenunciable de llevar a cabo su trabajo, sobre la inversión que significaba su existencia y todo ese discurso que la hacía sentir como si fuera nada más que plástico y metal, era absurdo, ¿acaso ellos no eran algo más que carne?, por lo que prefería desconectar voluntariamente sus sensores auditivos y si le iban a meter toda esa basura en su cerebro, que lo hicieran directamente y no a través de su consciencia. Pero nada de eso sucedía. De pronto se sobresaltó, aunque no dio ninguna señal visible de eso, el poderoso foco ante su cara fue movido y un rostro humano apareció justo frente a su plano visual, su cerebro, como era costumbre, buscó reconocerlo y al no lograrlo, lo escaneó rápidamente y lo guardó para reconocerlo la próxima vez que lo viera, no tenía el aspecto de los técnicos que invariablemente aparecían luego de que realizara su “acto de liberación” como ella lo llamaba, parecía más un simple obrero de mantenimiento, eso le provocó algo parecido al temor sobre la seguridad de su futuro inmediato, luego notó que el lugar en que estaba no era ni similar a los laboratorios donde debían repararla, lo que hizo despertar aún más su miedo de estar en manos equivocadas, eso no le gustó nada, terminar con sus funciones consientes debía ser el resultado de su propia decisión y no la de otro. Entonces decidió activar todos sus sensores, para por lo menos enterarse de lo que estaba sucediendo. 


 León Faras.