jueves, 27 de marzo de 2014

Simbiosis. Una Navidad para Estela.

III.

Cuando Ulises llegó a casa, encontró a su nieta Aurora siendo atendida por el doctor Rivera, la señora Alicia estaba ahí y le explicó lo sucedido mientras Edelmira se encargaba de los niños, “pues solo puedo recomendar reposo, todo está normal…” dijo el doctor, y continuó “…esta muchacha dará a luz muy pronto y debemos estar preparados. En cuanto rompa aguas deberán llamarme de inmediato.” El médico se quedó dando algunas recomendaciones sobre las precauciones que debían tomar tanto la señora Alicia como la propia Aurora, mientras el viejo Ulises salía del cuarto, en la sala encontró a Edelmira preocupada, esta preguntó por Aurora y el viejo por Estela, en ese momento se dieron cuenta de que no había señales de la muchacha, “…tal vez Alicia o el doctor le dieron algún encargo” fue la respuesta de Edelmira que conformó a ambos. En ese preciso momento Estela llegaba al sanatorio para saber cómo estaba su padre, lo encontró tendido y con la vista perdida en una ventana lejana, el hombre giró la cabeza por intuición y se sorprendió al ver a su hija parada ahí, no esperaba que volviera, se sentó en la cama y con tono severo le pidió que se acercara pero la chica no se movió, “solo quería saber cómo estás, ¿qué sucedió?…” dijo inexpresiva, “nada, un encontrón con un tipo que me tenía “sangre en el ojo”, pero el doctor dice que estaré bien, aunque tuve suerte, pudo ser peor” Estela continuaba parada bajo el umbral de la puerta, “¿Y mamá, no está contigo?” a Emilio le molestó que en su estado no despertara en su hija el temor que acostumbraba, temor que él interpretaba como respeto y autoridad paterna, pero no dijo nada de eso y solo se limitó a responder con tono agrio “Está con tu abuela y tu tía…” La madre de Estela no era buena para estar sola y Emilio no era bueno para acompañarla, eso lo sabían ambos. La llegada de una de las religiosas interrumpió la parca conversación, al enterarse de quien era la niña le acarició la cabeza con cariño “no te preocupes linda, tu papá estará contigo para Navidad…” y fue a atender a su paciente, cuando se volteó para decirle a la niña que debía cambiar las vendas, esta, ya no estaba.

Estela caminaba rápido, sentía angustia, su padre podía estar recuperado para Navidad y para eso solo faltaba una noche, tenía miedo que la obligara a irse con él. Cuando llegó a casa, Ulises ya había hablado con la señora Alicia sobre lo sucedido con Emilio, y esta ya sospechaba que la muchacha se hubiese encontrado con él cuando fue a buscar al doctor, cosa que Estela confirmó cuando le preguntaron. La señora Alicia mostró mucho más ansiedad y nerviosismo que la niña pero el viejo las tranquilizó a ambas, no le quitaría los ojos de encima mientras estuviera en la ciudad, luego tomó su bolso, su Virgen a medio terminar y se fue, “no quiero que andes sola por ahí, ¿me oíste?” le ordenó la mujer a Estela y esta asintió con la cabeza, luego ambas se fueron a ver como seguía Aurora.

Al día siguiente los preparativos para noche buena comenzaron temprano, tanto así que incluso Edelmira sorprendió a todo el mundo saliendo temprano en la mañana y completamente arreglada tirando de la mano al pequeño Alonso vestido igualmente de punta en blanco y perfectamente peinado, Bernarda y Estela ayudaban en la cocina mientras Aurora y el pequeño Miguel tomaban desayuno, Ulises había salido temprano, tenía esperanzas de vender alguna de sus figuras. La señora Alicia vio que Edelmira salía y quiso saber por qué no le daba desayuno al pequeño, “Hoy desayunaremos fuera, tenemos que ir por el obsequio para Alonso” dijo la mujer sonriendo, la señora Alicia se alarmó un poco “¿Pero no vas a arruinarle la sorpresa de mañana al niño…?” “Las sorpresas son para los niños que tienen padre” respondió Edelmira justo antes de cerrar la puerta, sin arruinar para nada su espléndido humor. Bernarda desde la cocina escuchó el comentario, y lo sintió fuerte, sus hijos no tenían padre ahora y su hija iba rumbo a ser madre soltera también, Edelmira ya había pasado por eso antes y sabía que la honestidad estaba por sobre la ilusión. Sin embargo, Bernarda ya le había comprado una pelota a su hijo, en Avemar siempre tenían una para jugar con su grupo de amigos y acá ya le echaba de menos. 

Ulises entraba a la cafetería de Octavio a desayunar, como siempre el negocio estaba abierto y listo para atender a su fiel clientela. Su dueño era un hombre consagrado a su trabajo, solitario, casi tímido fuera de lo estrictamente laboral. Había heredado el negocio y el hogar de su difunto padre, y de los que conservaba ambos casi en idéntico estado, tal como los recibió, sin mejoras ni remodelaciones. Ya se encontraba avanzado en lo que la gente llama la mediana edad y nunca se había casado debido a que se había pasado la vida manteniendo a flote su negocio, ocupándose de él todos los días y todo el día, asumiendo su vida de esa manera y nada más, Ulises le pidió un sándwich de ave y preguntó si se sabía algo sobre la recuperación de Emilio. En ese momento llegó Alamiro, siempre con su peinado impecable y sus anteojos de sol, se sentó y le hizo al camarero una “C” con los dedos pulgar e índice, venía malhumorado “¡Qué horror de fechas! ¡Entre mi mujer y mis hijas me van a dejar en la calle!” “esa es culpa tuya” le reprochó Octavio mientras le ponía enfrente una diminuta taza de café, y Ulises, que pensaba lo mismo agregó “Si siempre les has dado lo que te han pedido y ahora te quejas” Alamiro solo agachó la cabeza y estiro la trompa como en un doloroso beso a su café caliente “no sé de dónde voy a sacar el dinero…”

La señora Alicia y Estela llegaban al mercado, debían comprar algunas cosas para la cena de esa noche, un muchacho vestido como un colorido payaso vendía globos para los niños y Estela decidió comprar dos. En ese momento Bernarda cocinaba en casa cuando su hijo Miguel entró a la cocina muy acelerado, venía asustado, no podía hablar y solo levantaba un brazo tembloroso apuntando a la sala, cuando la mujer se asomó a mirar, vio un canasto de ropa esparramado en el piso y a su hija acurrucada en el suelo con las manos en la entrepierna de la que brotaba abundante líquido. El momento del parto había llegado y estaba sola, “¡ve por tu abuelo, corre!; ¡y que traigan al doctor, tu hermana va a tener un hijo!”, para Bernarda aquello no era algo que la asustara, ella misma había parido a su hija en casa de su madre, en el campo, alumbrada con velas y asistida solo por ancianas, solo esperaba que el niño viniera sin complicaciones. Miguelito salió disparado, por suerte encontró a Edelmira, porque su abuelo Ulises no estaba en el lugar donde siempre se ponía a trabajar. La mujer comprendió rápidamente la atropellada e inexacta información que el niño le daba y debió pensar rápido porque además de los niños cargaba con una enorme caja que era el regalo para su hijo, por lo que ordenó a Miguel que se volvieran rápidamente pero que tomara la mano de Alonso que era un poco más pequeño y no la soltara hasta que llegaran a casa, “¡Bendito niño que quiere llegar para Navidad!”dijo, para luego partir corriendo tan rápido como sus delicados zapatos y la aparatosa caja que cargaba se lo permitían a la cafetería de Octavio, era una mujer astuta y conocía bien al viejo Ulises.





León Faras.

lunes, 17 de marzo de 2014

Del otro lado.

XIV. 


Laura no llegó muy lejos en su huida, se derrumbó en una pequeña plazoleta cercana donde lloró y lloró hasta hartarse tirada en el suelo de tierra dura donde debía haber seguramente un lindo césped. Necesitaba desahogarse por la experiencia que había vivido pero también por la situación en la que estaba, en la que ella no podía ver a la gente pero esta seguía ahí, había visto nítidamente sus formas, las formas de sus cuerpos moldeadas en el denso humo, había visto pisadas sobre el suelo húmedo y huellas de sangre, incluso un cadáver, el lugar estaba lleno de gente pero esta era imperceptible a sus sentidos, “…como si fueran fantasmas, como si todo el mundo se hubiese vuelto fantasmal” pensó, y la idea la perturbó un poco al principio, pero luego tomó un sentido distinto, porque asumió con toda seriedad que la fantasma era ella, ella estaba muerta, por eso que el humo no le había afectado en lo más mínimo su respiración, por eso que el fuego la había abrasado sin provocarle daño, por eso que había podido moverse con total tranquilidad sin sentir el calor sofocante ni la asfixiante atmósfera. La muerta era ella, solo que todo esto era muy diferente de lo que se esperaba.

Ya más tranquila decidió regresar, el escenario no había cambiado demasiado, los camiones de bomberos seguían ahí, también la policía que al parecer habían normalizado el tránsito porque casi no habían vehículos particulares o de locomoción colectiva, pasó junto a una de las ambulancias, había una camilla dentro que llamó la atención de Laura pues tenía la marca de un cuerpo encima, un bulto invisible que dibujaba su silueta sobre el blando relleno de la camilla, sobre esta, la muchacha encontró cabello, era fino y cano, la chica se sentó en el interior del vehículo, en el suelo, entre los estrechos espacios de la ambulancia, había una billetera de cuero negra, Laura la abrió con cuidado y pudo ver una identificación, pertenecía a un hombre maduro llamado Alfonso Prieto, repitió el nombre en voz alta y luego mentalmente mientras cerraba los ojos y se dejaba caer lentamente hacia atrás hasta apoyar la cabeza en la pared, buscando imaginar aquel señor como si lo tuviera en frente, como si pudiera hablarle, como si pudiera verlo. Cuando abrió los ojos se llevó un buen susto que la hizo casi ponerse de pie si no fuera porque se encontraba dentro de una ambulancia, el señor Alfonso Prieto estaba ahí frente a ella, tirado sobre la camilla con la camisa abierta y el pecho desnudo, era el mismo hombre de la foto salvo porque no se había afeitado aquella mañana, era impresionante, sus ojos y su boca estaban entreabiertos y húmedos con lágrimas y saliva respectivamente, tenía el cabello revuelto, ya no se movía nada y Laura comprendió que se trataba de un cadáver, uno que acababa de morir, entonces la chica al parecer se le ocurrió algo, miró frenética en todas direcciones, se asomó fuera de la ambulancia, salió de ella y se dio toda una vuelta echando un vistazo a su alrededor, miró al cielo incluso pero no vio el espíritu de aquel hombre en ninguna parte a pesar de que ella era una muerta y ese hombre acababa de morir. Incluso los muertos estaban fuera de su alcance.


Laura se alejó caminando, no volvió a mirar pero el cuerpo de aquel hombre ya no estaba y los paramédicos trabajaban con una nueva camilla y una nueva persona que aun podía ser salvada. La vida se desarrollaba con la normalidad de siempre en el mundo de los vivos mientras la muchacha sumaba rarezas a su existencia, las personas solo se le hacían visibles cuando se volvían cadáveres, lo muerto era lo único visible para un muerto como ella. Estaba lejos de su casa, el bus que la había llevado hasta allí ya no estaba, pero nada de eso importaba realmente, no sentiría hambre, ni frío, ni se expondría a ningún peligro nunca más. Caminó durante un buen rato, le servía para pensar, analizar y comprender su nuevo entorno, su nueva realidad. Se entretuvo mirando y descubriendo los residuos que la vida dejaba, las marcas, las huellas, la basura, caminó por el medio de la calle sin ningún apuro haciendo uso de su privilegio como ente invisible e inmaterial hasta que de pronto se detuvo, había llegado frente a una iglesia, una iglesia alta e imponente apostada en una esquina del centro de la ciudad, nunca había entrado en ella, nunca había sido una persona cercana a la fe ni se había sentido creyente, un poco simpatizante tal vez, respetuosa pero indiferente. Ahora Dios se había olvidado de ella, no pertenecía ni al mundo de los vivos ni al de los muertos, se preguntó si su situación actual sería consecuencia de su falta de fe, si acaso los no-creyentes se quedaban una eternidad vagando en soledad, si habían más como ella o era la única. Entró a la iglesia y tal como esperaba no encontró nada distinto, el mismo silencio y soledad, la misma ausencia de todo. Se sentó con timidez en uno de los asientos más cercanos a la entrada, se preguntó si eso sería el limbo del que alguna vez le hablaron. Subió los pies arriba del asiento y se acurrucó, ya no quería caminar más.


León Faras. 

viernes, 14 de marzo de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

VII.


El aparataje que se armó para mover a la bestia de la enorme plataforma donde venía y dejarla inmovilizada en el patio interior del castillo que pertenecía al semi-demonio permitió a Lorna pasar desapercibida, ingresar al castillo y ocultarse de todos, o mejor dicho de casi todos, porque el enano de rocas aun le seguía, lo vio acercarse por la orilla de los muros hasta los establos rodando tímidamente sin levantar ninguna sospecha y volviéndose un montón de piedras cada vez que alguien aparecía de improviso, Lorna estaba realmente sorprendida, no solo por la habilidad del enano para no ser visto, sino que también por su extraña lealtad para con ella, tanta como para regresar tras ella después de haber huido del castillo. Entender a un enano de rocas era algo que estaba definitivamente fuera de su alcance por lo que sus razones seguirían siendo un misterio para ella, de todas maneras no podía preocuparse de él, debía ocultarse, esperar la noche y luego buscar esas joyas para que el espíritu de Dágaro pudiera tomar un cuerpo físico y se hiciera cargo del despreciable Rávaro.

El bosque se fue volviendo cada vez más tupido a medida que la bestia se internaba, avanzaba casi al trote y parecía conocer muy bien el camino por donde su gran tamaño pasaba sin problemas entre los árboles. El suelo estaba tapizado de hojas secas y las enredaderas ascendían por los troncos de los gigantescos árboles para no ser sofocadas por estos. La bestia se detuvo junto a uno de estos árboles enormes y acercó con cuidado uno de sus hombros a una escalera que comenzaba en la altura a enroscarse por el tronco, en ese momento, la enana que gobernaba a la bestia extrajo un cuchillo de su cinturón y tomó a la Criatura por el cabello, el Místico se alarmó y quiso intervenir, pero la enana solo cortó un mechón de pelo y luego descendió campante de su enorme y peluda cabalgadura hasta la escalera que le quedaba a un paso, ató a la bestia con una cuerda ridículamente pequeña a una rama ridículamente débil también como si de un pequeño cachorrito se tratara, y luego, sin decir palabra, subió por la escalera hasta perderse de vista tras el tronco del árbol. El Místico y la Criatura se quedaron ahí, expectantes y desinformados, sin saber bien donde estaban o qué hacer, en eso un agujero se abrió de lo que parecía ser una estructura construida en el espacio entre el follaje de dos o tres árboles, del agujero se asomó una mujer, muy diferente a la enana que habían conocido y los llamó con un leve dejo de sarcasmo, como si ya se conocieran y se esperaban. La Criatura aceptó la invitación de inmediato y el Místico le siguió con precaución.


La escalera giraba por el tronco hasta toparse con una puerta que los esperaba abierta hacia afuera porque luego de la puerta la escalera continuaba algunos escalones más hasta llegar a una habitación de tosca estructura pero increíblemente acogedora y cálida, estaba iluminada por rayos de sol que cruzaban la sala de un lado a otro, mariposas entraban y salían por los mismos agujeros, junto con algunos brotes tiernos, había un escritorio con su silla, también varios asientos y una hornilla de piedras con su correspondiente chimenea para cocinar, pero lo más evidente era que en todas partes había una multitud de jaulas colgadas de distintas formas y tamaños, tubulares, cuadradas, alargadas y hasta esféricas, y al fondo se podía ver una nueva escalera la que subía a una planta alta. Al entrar el Místico y la Criatura, la enana barría el piso canturreando de forma acelerada, casi nerviosa, al verlos se sorprendió pero luego se entusiasmó de forma incomprensible y feliz soltó la escoba para ir, según dijo, a preparar té para los invitados, era la misma enana que había cabalgado una bestia con ellos hasta allí pero se comportaba como una ama de casa hacendosa y emocionada de recibir las desconocidas visitas de su marido y es que ella, no tenía recuerdo de haber visto alguna vez a los recién llegados porque había actuado completamente bajo el dominio de su querida ama, Rodana, la hechicera de las jaulas. Esta estaba sentada al fondo de la habitación pero se puso de pie de inmediato con una sonrisa suave, era una mujer de mediana edad, de aspecto austero pero de modales refinados, miró al Místico, un colega se podría decir y luego a la Criatura, no era común ese tipo de visitas y se preguntaba porque una pareja tan singular vagaba por su bosque. El Místico se apresuró a advertirle sobre la letalidad de la mirada de la criatura pero Rodana lo tranquilizó, no solo ya lo sabía desde que los encontró junto a los Grelos, sino que desde antes que entraran, ella había puesto el mechón de pelo de la Criatura dentro de una de sus jaulas, de forma que su hechizo ya estaba sobre ella y la gobernaba, tanto a la Criatura como a su letalidad, de la misma forma que lo hacía con la bestia que mansa aguardaba afuera y como lo había hecho con Dendé, su muy querida y leal sirvienta, la cual llegaba en ese momento con una bandeja con varias tazas de té, uno de los mejores té que existían, por cierto, para acompañar la muy amena plática que se avecinaba. 



León Faras.

martes, 11 de marzo de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

II.

El día aclaró como todas las mañanas pero el sol no se vio, Cornelio salió de su oficina, metió una mano dentro de su abrigo y sacó unos bonitos anteojos de marcos brillantes de metal y cristales redondos color café oscuro que usaba siempre durante el día y vio satisfecho como habían dejado la tarima que usaban como escenario armada enfrente de uno de los acoplados de los camiones que a su vez funcionaba como camerino de las atracciones del circo, también la gruesa cortina de sucio grana que funcionaba como telón y los vistosos carteles con morbosos y llamativos anuncios, todo instalado durante la noche. Morris consultó su reloj de bolsillo y luego contempló por algunos segundos un añoso árbol de tronco atormentado totalmente desnudo de hojas y se preguntó si estaría muerto o solo invernando, luego miró hacia el horizonte y sonrió, era un buen día para trabajar. Uno de los hombres afinaba los últimos detalles para tener listas las jaulas, las cuales no eran en absoluto necesarias, pero lo que la gente pagaba, fácilmente se duplicaba solo por poner barrotes entre ellos y las atracciones, el público se impresionaba mucho más y eso era en el fondo lo que buscaban y por lo que pagaban, Horacio Von Hagen era un hombre cuyo cabello rojizo claro cubría todo su cuerpo incluyendo la totalidad de su rostro, como si de un raro simio escandinavo se tratara, con la sola excepción de las palmas de las manos y las plantas de los pies, usaba solo un pantalón de tela de color marrón oscuro en ese momento lo que alarmó a Cornelio “¡Ponte una camisa!, no quiero que la gente te vea así fuera de la jaula”, se trataba de un hombre tímido, nervioso y de poco carácter, por lo que se apresuró en cumplir la orden como si temiera recibir un castigo, luego continuó con su trabajo, poniendo el letrero de su propia jaula. Antes de irse, Morris preguntó por el recién llegado, la voz de Horacio sonaba trémula, “Al parecer Román se está encargando de él ahora.” Román Ibáñez Salamanca era el pomposo y desproporcionado nombre para un hombre que no llegaba al metro de altura, un enano pernicioso y malhumorado, encargado de Mustafá, el inquietante autómata arábigo tras la jaula de cristal que por una moneda despertaba para responder cualquier pregunta que se le formulara.

La pequeña Sofía se encontraba de pie frente a una jaula en cuyo interior un hombre sin camisa devoraba con apetito un periódico como si se tratara de carne seca, la niña estaba perfectamente habituada a ver cosas extrañas en el circo y lo hacía como cualquier niño, con naturalidad y sin prejuicios pero se había detenido porque no conocía a aquel hombre, nunca lo había visto, pero sobre todo por ese inhabitual apetito para comer desperdicios que el hombre exhibía, en su espacio había varios y parecía acabar con ellos rápidamente, Braulio echó un vistazo a la niña y se quedó prendado de la compasión con que era observado, hasta ese momento no estaba consciente de que despertara ese tipo de sentimiento en la gente, por un minuto notó lo que estaba haciendo, se dio cuenta de que llevaba largo rato comiendo basura y que su boca estaba llena de ella, se metió los dedos dentro de la boca y extrajo una bola baboseada y triturada de papel de periódico que miró incrédulo, sintió asco de sí mismo y volvió la vista a la niña pero ya no estaba ahí, en su lugar había aparecido Cornelio Morris que se pegó a los barrotes con una sonrisa forzada y con pocas palabras convenció al pobre Braulio de que volviera a meterse la bola de papel en la boca y continuara comiendo, en eso había llegado el pequeño Román cargando trabajosamente una bolsa con más desperdicios que había estado recolectando, “¿Dónde estabas?” le preguntó su jefe, mientras tomaba a la pequeña Sofía por los hombros y se la llevaba de ahí “Buscando comida para tu nueva atracción… no ha dejado de comer desde que lo trajeron” Román hablaba con una mueca extraña en la boca, como si sintiera desprecio por todo el mundo, Morris dejó a la niña esperando unos metros alejada y regresó “Déjalo ya y encárgate de lo tuyo, se supone que la gente llegará pronto y deberá pagar por alimentarlo…” Luego anunció que como siempre se haría cargo de la boletería mientras se retiraba llevando tomada cariñosamente de la mano a la pequeña Sofía y le contaba una aparatosa historia que inventaba en el momento, “…Ese hombre es un “Cometodo” debes tener cuidado porque puede comer cualquier cosa, viene de un lejano país donde todos son así…”; “¿hasta los niños?” preguntó la pequeña convencida  “Sí, aseguró Cornelio, incluso los niños…”


“El asombroso caso del hombre-simio domesticado” rezaba el cartel que Von Hagen acababa de instalar sobre la jaula que él mismo debía ocupar, lo miraba y lo veía ya como algo rutinario, ese era el nombre con el que se presentaba al público, ya casi no le provocaba esa sensación desagradable de un principio, esa vergüenza, hasta sentía cierto placer por el asombro de la gente cuando él terminaba su acto hablando, muchos se quedaban con la boca abierta porque esperaban más al simio que al hombre. Ya todo estaba listo para recibir al público y él debía prepararse, pero en ese momento fue cuando vio algo que brilló en el suelo, un fragmento de algo metálico y redondo semi-cubierto por el abundante polvo, Horacio reconoció lo que era y se puso nervioso de inmediato, la adrenalina le hizo temblar las manos y su respiración se aceleró, miró en todas direcciones acusando su estado y sin saber qué hacer, quiso meterse a su jaula pero no podía dejar aquello ahí, era una moneda, dinero, estaba ahí de antes que ellos llegaran y nadie en el circo podía tener dinero a excepción de Cornelio Morris, si le sorprendía una moneda lo castigaría, si la dejaba ahí alguien más la podía usar, era una encrucijada terrible para una personalidad débil como la de Von Hagen, pero por otro lado, se trataba de una oportunidad de oro para sus ilusorias intenciones con Lidia, la indiscutida atracción más importante del circo, la que siempre estaba oculta y que solo era anunciada como “La criatura más asombrosa que sus ojos verán nunca”.


León Faras.  

sábado, 8 de marzo de 2014

El último vuelo.

Se levantó de la silla, y fue nuevamente a preguntar. Obtuvo, por décimo cuarta vez la misma respuesta, “Su nombre no está en la lista, señorita, lamentablemente no la puedo dejar pasar” Para Maite aquello era el colmo del mal servicio, ¿Cuánto tiempo más la tendrían esperando ahí? Ni siquiera estaba segura de donde estaba, seguramente una escala no programada, porque ese no era el aeropuerto de Santiago, no era ninguno de los aeropuertos de Latinoamérica que ella conocía más que bien. Más encima el único funcionario era un señor nonagenario que solo se limitaba a tranquilizarla y a consultar su libro, ¿pero en qué país estaría que no tenían ni siquiera computadores? Se sentía muy nerviosa, y esa angustia siempre le descompensaba el organismo, ahora necesitaba un baño, ya no aguantaba más y lamentablemente no conseguía una sola respuesta coherente del señor tras el mesoncito, Maite volvió a acercársele, esta vez dispuesta a darle lástima si era necesario para sensibilizarlo y lograr por lo menos alguna información útil para saber donde estaba y como salía de ahí, “Señor, por favor, si no puede dejarme ir ni darme información alguna, ¿podría usted comunicarse con alguien que pueda, con algún superior suyo, tal vez? Mis pies están congelados, mi nariz paspada por completo, no me he cambiado la ropa en no sé cuantos días y necesito un baño urgentemente, además no puedo dormir ahí, sería como recordar mi pobre infancia, pobre no porque no tuviéramos dinero, sino porque soy la menor de nueve hermanas muy insensibles”, el hombre de edad bastante avanzada, calvo y de generosa barba le miró con infinita paciencia, tolerancia mejor dicho, por sobre sus diminutas gafas… “Señorita, si su nombre no está en la lista no puede salir de aquí, pero no se preocupe, pronto solucionaremos su problema, sea paciente…” pero Maite ya no quería ser paciente y casi se subió sobre el mesón para reclamar y ser escuchada “… ¿paciente? Mire señor, llevo sentada ahí más de diez horas, muchos que han llegado se han ido o los ha dejado pasar y a mí aún me mantiene esperando, ¿qué es lo que pasa?...y además, yo viajaba con 17 deportistas, llevaban una identificación y estaban acompañados de personal técnico, dígame, ¿Dónde están todos ellos?, ¿Porque solo yo estoy retenida en esta terminal?…” Entonces San Pedro le contestó ya decidido a terminar con el asunto “Ellos sobrevivieron hija mía… ellos sobrevivieron…”


 León Faras.

viernes, 7 de marzo de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XI.

En un claro del bosque de Rimos y rodeado de la multitud de árboles secos que sin explicación se acumulan cerca del santuario de Mermes, los criados prepararon la comida para el ahora, ejército de los inmortales, cerdo, cordero y vino, pero este último cuidadosamente racionado, pues las consecuencias de la dosis de alcohol pasaban rápidamente del valor a la estupidez y alguien como el rey Nivardo no permitiría eso, aunque también sabía que no había hombre que no fuera a la batalla ligeramente embriagado. Los hombres comieron con apetito pero sin la batahola y el buen humor que acostumbraban, la ceguera de su comandante los había calado profundamente y lo observaban desde lejos, compadeciendo su dolor y frustración pero sobre todo su deshonra, Ovardo se sentía en ese momento destruido para el resto de su vida, humillado y despojado de todo lo que era. Desde donde estaban, Emmer y Sinaro lo observaban con profunda seriedad y respeto, ninguno se acercaría pues sería como remarcar la dolorosa caída de su amigo y comandante. Un poco más allá, el gigante Abaragar observaba a su príncipe con indignación mientras masticaba un enorme trozo de carne, había conocido hombres en situaciones mucho peores que habían luchado feroces hasta triunfar o morir, sin haberse rendido jamás de esta manera. A su lado, su pequeña hermana Nazli, la única mujer del grupo, comía en silencio con la vista en el fuego, nunca se metía en los asuntos de los demás, pues había sudado sangre defendiendo que nadie tenía derecho de meterse en sus asuntos, junto a ella, Gabos, el soldado Rimoriano de más edad, había dejado de lado la comida y la bebida, le dolía sinceramente ver al príncipe Ovardo así, todos sabían que no podría hacer nada de lo que estaba destinado, que no volvería a luchar en una batalla ni a gobernar su reino, además no había consuelo disponible para un hombre que a los ojos de todo el mundo estaba realmente muerto en vida, y de esa manera se le trataba, como a un muerto cuya pérdida se llora en silencio y sin lágrimas, lo irónico, era que se trataba de un hombre ahora inmortal.

Cuando el rey Nivardo consideró que ya había llegado el momento, formó a sus hombres y los preparó para marchar ignorando por completo la lamentable figura de su hijo, solo le pidió a Serna que junto con los criados le ayudaran a volver de vuelta a Rimos, “Ni siquiera eso podrá hacer solo” dijo mientras se subía a su caballo, luego le hizo una seña a un hombre junto a él para que anunciara con su cuerno que la marcha se iniciaba, y el ejército de quinientos inmortales se alejó en silencio. Ovardo escuchó el sonido de los cascos de los caballos hasta que desaparecieron, apretando puños y dientes soportó hasta donde su dignidad pudo y luego lo desató todo en un grito desgarrador que inquietó a algunos de los caballos que marchaban tanto como a sus jinetes a pesar de la distancia que ya habían recorrido, luego de eternos segundos el grito se extinguió cuando se vaciaron por completo los pulmones de los que luego brotó llanto, tanto o más doloroso que el alarido que lo precedió, doblegando físicamente a un hombre adulto y fuerte hasta caer al suelo, acurrucado como un niño pequeño, incapaz de controlarse. Para los criados aquella era una escena que no podían creer, esa criatura patética no podía ser Ovardo Hidaza príncipe de Rimos, incluso Serna se compadecía viendo con piedad la derrota tan estrepitosa de un hombre joven y poderoso. Movilizó a los criados para que organizaran todo en silencio y luego montado en su caballo eligió a uno de ellos al azar para que se quedara y acompañara al príncipe de vuelta a casa cuando estuviera en condiciones. El criado era solo un muchacho y se llamaba Cal Desci.


Cízarin no era una ciudad preparada para resistir un ataque, no tenía muros, ni atalayas, ni fortificaciones de ningún tipo, pero tenía kilómetros de campo, un otero solitario y casi vertical y una ciudad intrincada de edificios bajos, sólidos y calles angostas, era una ciudad difícil de defender lo que generó la duda del general Rodas, pero Zaida pensaba diferente “No vamos a defender la ciudad general, la ciudad nos defenderá a nosotros…” iban a usarla para ocultarse, para preparar emboscadas, para confundir al enemigo, agotarlo y acabar con él en forma paulatina y organizada “…no le daremos la cara al enemigo, no queremos medir fuerzas con él, sino eliminarlo. Usaremos grupos pequeños, que se releven constantemente y que ataquen de distintos francos, los debilitaremos, los dividiremos y los acabaremos general” Rodas no era un hombre acostumbrado a este tipo de enfrentamientos más digno de grupos populares e irregulares, lo suyo era comandar a su ejército a la batalla y enfrentarse de igual a igual con el enemigo, pero este no era el caso, pues el enemigo pretendía tomar ventaja atacando de improviso y eso no era justo ni honorable, por lo que la estrategia que Zaida le proponía se le hacía sumamente interesante “…el rumor del ataque ya debe estar más que diseminado por la población, ¿Ha sido abundante la deserción?”, Rodas respondió con gravedad, “Según los informes que he recibido, solo algunas pocas familias han salido de la ciudad, el grueso está aquí aun” Zaida meneó la cabeza asintiendo “Quiero que los que decidan irse, que lo hagan ya, no quiero que luego nos arruinen la sorpresa. Los que se queden, que sepan que deberán pelear, defender sus casas o cuidar de los heridos” El general Rodas hizo una pequeña reverencia con su cabeza “Cómo usted ordene mi señora” y se retiró.



León Faras. 

martes, 4 de marzo de 2014

Historia de un amor.

VI.

La visita a la librería de Eulogio no dio ningún resultado, el viejo solo aseguró que él vendía libros impresos, que jamás había visto en su vida aquel libro que la Chica le enseñaba y que nadie nunca había preguntado en su negocio por un libro sin nombre y sin autor. Miranda dio las gracias solo por cortesía y se marchó, Bruno viajaba sobre su bolso y había presenciado la agria escena “¡Bah! Ese viejo está cada día más gruñón. ¿Y si visitamos a Almendra? Ella es muy conocedora” Visitar a Almendra era algo que ni siquiera había pasado por la cabeza de la muchacha, le parecía una medida un poco extrema, exagerada, no se trataba de un tema demasiado relevante como para ir a molestar a una sabia, pero el gato insistió, un libro perdido no es tema para molestar a alguien como Almendra, eso lo sabía, pero aquello de la hoja del conjuro era a lo menos curioso, y que su letra apareciera en más de una ocasión dentro de un libro en el que no has escrito nunca, era más que interesante. Eso era verdad, pensó la muchacha, había cosas que sí merecían la opinión de una experta y tal vez no sería una molestia a final de cuentas, Almendra era una criatura bastante amable, que no desdeñaba ayudar cuando podía, seguramente los pondría en el camino correcto.

Yendo en dirección contraria al Jacarandá y cruzando un trozo considerable del pueblo, pasando junto a la iglesia y doblando antes de llegar al mercado, bajando hasta el largo y sombreado camino de tierra, franqueado por una verja eterna por un lado y moras, álamos y sauces por el otro, hasta la curva que enfila rumbo a las montañas, desde donde ya se puede ver el solitario y aromático boldo a cuya sombra descansa el viejo autobús abandonado, pintado de un blanco y celeste que ya se acercan más a distintos tonos de gris, de bordes redondeados en toda su carrocería y con dos de sus llantas menos reemplazadas por un trozo de tronco de árbol y una pila de ladrillos, lentamente colonizado por la naturaleza y en vías de ser absorbido por esta. Allí vivía Almendra, como toda sabia verdadera, de forma austera y solitaria. Dicen que alguna vez fue humana, que tuvo nombre y vida de humana, pero de eso ya hace mucho, en su larga vida a utilizado muchos cuerpos que la naturaleza le ha brindado, ha recorrido el océano, ha volado, ha vivido en árboles y bajo la tierra, ha comido seres vivos y ha sido alimento, el círculo que cada uno hace en su vida ella lo ha completado varias veces y de muchas formas distintas.

Cuando la muchacha y el gato llegaron era ya media tarde, parecía estar todo vacío y en silencio. Miranda se agachó hasta el suelo para echar un ojo bajo el autobús y luego le dio la vuelta por detrás mientras Bruno subía a mirar que encontraba en el interior. Al cabo de unos minutos un grito ahogado del gato alertó a la muchacha, cuando subió, encontró una versión tragicómica de su amigo, quien estaba totalmente empapado con todo lo que eso significaba para un felino que realmente odia el agua, había caído en una trampa de finos cordeles que dejaron caer una cubeta de agua sobre él por acercarse demasiado sin comunicar sus intenciones. Una gran rata parda lo observaba desde lo alto del respaldo de uno de los pocos asientos sobrevivientes parada con sus brazos colgando delante como si fuera una suricata, al ver a la muchacha, preguntó con una suave voz femenina “¿El felino viene contigo?” “¿Tú qué crees espabilada…?” respondió Bruno absolutamente cabreado por estar mojado hasta los bigotes, Miranda, divertida, lo elevó del suelo y lo dejó sobre un asiento del otro lado del pasillo, con cuidado, como si apestara o como si temiera mojarse los zapatos, “Él es Bruno, y sí, viene conmigo…” La rata se dejó caer donde estaba separando las piernas y posando las manos como si montara un caballo, “Pues, podrían haber llamado antes de entrar con un gato aquí, debo tener ciertas precauciones para mi seguridad y la de las otras criaturas”, “tienes razón, pero es que buscábamos a alguien…” Dijo la chica e hizo una mueca al ver a Bruno lamiéndose sin pudores todo su cuerpo para secarse, este levantó la cabeza, “No esperábamos encontrar ratas parlanchinas y sus juguetes” y volvió a contornearse para seguir con su labor, el roedor pareció indignado, “¿Mi juguete? ¿Tienes alguna idea de cuánto me tardé en llenar esa cubeta de agua?” La cabeza del gato emergió del fondo de su cuerpo al desenrollarse con una expresión de desagrado cubierto por amargo sarcasmo “¿y esperas que me sienta halagado por todo tu trabajo invertido en dejarme cubierto de… de… de dónde sacaste esta agua?” la rata se puso de pie lista para irse “¡Pues deberías agradecer que esta vez solo era agua!” y se lanzó del respaldo hacia el asiento para tirarse al piso cuando Miranda la detuvo “¡Espera! ¿Tú eres Almendra?” la rata se detuvo con aires de impotencia, como si no pudiera dejar sin respuesta esa pregunta en particular “Ah, sí, ya había olvidado que habían llegado aquí buscando a alguien… no, yo no soy Almendra, ella llegará pronto, pero mientras esperas tal vez podrías ayudarme con esa cubeta, cerca de aquí hay un pozo” La rata se encaramó sobre un hombro de la muchacha y le mostró el camino, Bruno prefirió quedarse, no sería de gran ayuda y además aun no terminaba su aseo “si ves a alguien, se cortés” le recomendó la rata antes de irse y luego le cuchicheó a Miranda “¡Gatos!, todos son iguales…y dime, ¿cuál era esa pregunta que traías?, tal vez pueda ayudarte.”




León Faras. 

viernes, 21 de febrero de 2014

Simbiosis. Una Navidad para Estela.

II.

Ulises hacía pasar en ese momento por la puerta una grande y bien nutrida rama de pino mientras Aurora, con la panza a punto de reventar, ayudaba conteniendo los extremos del árbol para que no botaran nada, rápidamente la casa se llenó del característico aroma del pino, cosa que era absolutamente novedoso y emocionante para Estela, quien no estaba habituada a que el interior de una casa oliera a bosque. En pocos minutos la rama estaba instalada en una maceta con piedras y tierra para mantenerla en pie en un rincón de la sala, junto al sillón donde la señora Alicia se ponía a tejer. 

Cuando Edelmira salió de su cuarto envuelta en su bata de levantarse, la caja estaba abierta junto al árbol y los primeros adornos eran sacados de su interior, tardó un par de segundos en notar lo que estaba sucediendo pero una vez que lo hizo se puso feliz, echaba mucho de menos la celebración de navidad con árbol, obsequios y adornos como cuando era niña y vivía con sus abuelos que junto a su tía solterona dejaban todo decorado, el árbol, las puertas, las paredes y preparaban una rica cena para la cual siempre invitaban a alguien ajeno a la familia porque decían que la navidad se trataba de compartir y lo hacían sentir que todo lo que se había hecho aquella noche había sido para esa persona, era el invitado de honor, el responsable de que todo aquello existiera “…así eran mis abuelos” terminó Edelmira plena de amorosa nostalgia. Ulises dejó el árbol instalado en su rincón y se retiró mientras Aurora se tomaba un descanso sentada en un sillón abanicándose con una revista debido al esfuerzo que significaba andar con una enorme barriga a cuestas, el resto de las mujeres se divertían decorando el árbol, el pequeño Miguel quería que todo lo que salía de la caja pasara por sus manos antes de ser puesto en el árbol, mientras Alonsito miraba sin comprender el porqué de la urgencia y entusiasmo con el que habían sido llamados, para animarlo, la señora Alicia fue a la cocina a preparar refresco para todos, allí encontró al viejo Ulises sentado con un vaso de agua en la mano, le recriminó amistosamente haber llevado a su nieta en semejante estado a buscar ese árbol pero el hombre le respondió que no había sido así “…La encontré a mi regreso, me vio con la rama a cuestas y de inmediato adivinó para qué era…” La mujer cortaba limones a la mitad para hacer una limonada cuando vio que el viejo tenía algo más que decirle, algo que la hizo detener su trabajo “…dicen que Emilio volvió…” La señora Alicia abrió enormes ojos y se llevó una mano a la boca “¿Y qué vamos  a hacer?, Estela es casi de la familia, yo…” preguntó consternada, “quédese tranquila, tal vez solo ande de paso. Averiguaré qué sucede lo antes posible” entonces se puso de pie y salió por la misma puerta de la cocina dejando el vaso de agua casi intacto.

Debió disimular su preocupación la señora Alicia cuando entró a la sala con la limonada y vasos sobre una bandeja, Estela le ayudó a servir, “hemos terminado con los adornos pero Edelmira dijo que nos falta lo más importante…” y como la señora Alicia parecía estar esperando concentrada en sus pensamientos sin decir palabra, la muchacha continuó “…un nacimiento” Entonces recién el golpe del vaso la sacó de sus preocupaciones con el “cojo” Emilio y su regreso a la ciudad, Aurora acababa de tener una dolorosa contracción que había tensado todo su cuerpo y obligado a soltar el vaso lleno de limonada, “Hablando de nacimientos…” murmuró con sus facciones apretadas de dolor y sosteniéndose a Edelmira que con sangre fría y determinación reaccionó rápidamente “¡Estela, ve por el Médico!” le ordenó con un grito a la aterrada muchacha que salió disparada como si su vida dependiera de ello y luego se dirigió a Alicia que olvidaba todas sus preocupaciones en un solo instante, “No, por ahí no, llevémosla a mi cuarto que está más cerca” El cuarto de la señora Alicia estaba cerca pero lo principal era que no había que subir escaleras. Cuando todo se hubo calmado y ya habían recostado a la muchacha, recién repararon en que Miguelito estaba parado en la puerta, se había llevado buen susto pero ya se le veía más tranquilo “¿Quieres que vaya por mamá? Yo sé donde está…” Aurora le estiró una mano para que se acercara y le sonrió “no, no es necesario que la molestemos, ya pasó todo y me siento mejor, además, ya viene el doctor” Edelmira recordó al pequeño Alonso y aunque el niño era tranquilo como un retrato, lo mejor era ir a verlo.

De los años que Ulises vivía en Bostejo, jamás había cerrado la sencilla cafetería de Octavio ni su orondo dueño había dejado de estar tras el mostrador, trabajaba solo y tenía toda la responsabilidad de atender a sus clientes, algo curioso sucedía con aquellas personas con obligaciones irrenunciables, no se enferman, no se accidentan, nunca fallan, hasta pareciera que no envejecen, sucede con los médicos durante una epidemia o una guerra, las madres con hijos que no pueden valerse por sí solos, y con Octavio, que cumplía con su deber día tras día sin que nadie lo reemplazara nunca. La cafetería era el lugar para enterarse de todo y Octavio escuchaba desde dramas familiares hasta conflictos de estado. Ulises entró y pidió un vaso de vino, allí estaba Diógenes, un abuelo de bigote blanco amarillento por los años y el cigarro, pero impecablemente recortado, con su traje gris tan viejo como él y el sombrero que después de su bigote era lo que más cuidaba de sus posesiones, era uno de los clientes más antiguos y más asiduos del local lo que le daba ciertos privilegios. Luego de unos minutos el tema sobre el “cojo” Emilio estaba instalado “…a mi negocio no ha venido pero llegó a la ciudad y más le hubiese valido no venir” “¿Qué pasó?” preguntó Ulises interesado y el camarero continuó “dejó muchas deudas cuando se fue y algunos de sus deudores son de calaña tan baja como él…” “Se la cobraron con sangre” dijo Diógenes y le dio una última calada a su cigarro antes de apagarlo, el viejo Ulises no lo podía creer, “¿lo mataron?” preguntó, “no, ya sabes lo que dicen de la mala hierba, pero lo apuñalaron y ahora está en el sanatorio…”

El sanatorio no era sino una casona alta de cemento pintada de blanco, donde el doctor Benito Rivera acompañado de dos monjas, atendía a los pacientes cuyos males estaban fuera del alcance de la medicina popular o los rezos contra el mal de ojo. Hasta allí llegó Estela casi sin aliento, no porque el lugar quedara demasiado alejado, sino porque había cubierto la distancia corriendo a todo lo que daban sus pies y sin detenerse ni un segundo. Se quedó en la puerta llamando hasta que una monja bastante mayor salió de una de las habitaciones al largo y lustroso pasillo de acceso, Estela la abordó casi con desesperación y le narró rápida y atropelladamente su emergencia a la religiosa que, con cara de preocupación, se fue en busca del doctor. Este tardaba en llegar y la muchacha daba pasitos de impaciencia adentrándose con la esperanza de oír algo pero lo que oyó fue algo que no se esperaba escuchar ahí, su nombre. El hombre que la llamó por su nombre yacía en una cama vendado en todo su tórax, Estela se había quedado petrificada, realmente no podía creer lo que veía, era su padre, el “cojo” Emilio quien estaba ahí. Solo salió de su asombro cuando el doctor Rivera la zamarreó suavemente, un poco indignado por la urgencia del llamado y la posterior desatención de la muchacha, esta reaccionó y quiso salir corriendo de regreso pero el viejo doctor rió y le dijo “Oh no muchacha, si me haces correr tendrás que luego atenderme tú a mí” y ambos subieron al carruaje que el médico tenía dispuesto para estos casos.




León Faras.

viernes, 14 de febrero de 2014

Del otro lado.

XIII. 


Ya iba a ser medio día cuando Alan llegaba al cementerio, luego del encuentro con Gastón Huerta el día anterior, había vagado casi todo el resto del tiempo, tratando de apaciguar sus sentimientos de ira, impotencia y frustración, pensando en el día de su muerte, las imágenes, la sangre, la desolación de lo irremediable y el dolor insondable de lo irreversible, el llanto incontenible y amargo que le siguió y que le puso fin a todo, el terrible y fugaz momento en que Huerta entró en su vida y todo terminó de la peor forma. Pero no podía dejar de ir a visitar a su hijo y debía llevar la presencia de ese tipo de la mejor forma, aunque después requiriera de un día entero para calmarse y recuperar la paz.

Buscó a Julieta por todo el cementerio pero no la encontró, por lo que decidió esperarla sentado en uno de los abundantes asientos del cementerio, la chica llegó al rato después, traía un aire diferente, tal vez un brillo en la mirada, una sonrisa insinuada, un vaivén en su forma de andar, algo impreciso pero que Alan no lo notó, Julieta sí notó de inmediato el cansancio y la amargura en la mirada de su amigo y preguntó, pero al oír el nombre de Huerta comprendió todo “Deberías perdonarlo, dejarlo ir, te haces más daño a ti mismo del que le haces a él…” Alan suspiró “Si pudiera perdonarlo, lo haría, pero no es tan fácil. ¿Averiguaste algo con esas mujeres?” La chica le contó todo lo que se había enterado acerca de la mujer que siguió y su pareja, el Chavo, le dijo que el arma era para él, que la necesitaba para conseguir dinero, pero que con el accidente y la muerte de Laura todo se había arruinado, “¿Y para qué irían a ocupar esa arma?; ¿Tendría algún trabajo que hacer con ella?” Alan se mostraba interesado, “…o simplemente para vendérsela a alguien” propuso la chica, “Vamos a tener que preocuparnos más de ese tal Chavo, seguro está metido hasta el cuello en todo esto” “¡Yo lo haré!” se apresuró a decir Julieta y provocó una mirada de simpático asombro de su amigo “¡Cuánto entusiasmo! ¿Pasó algo?” Y Julieta no pudo contener la sonrisa de felicidad, le contó del muchacho que había encontrado en casa de la Macarena y el Chavo, le dijo que dejaría el cementerio para irse a acompañarlo, que le haría bien a ambos, que sentía algo muy fuerte, ni siquiera sabía su nombre aún pero estaba segura de que había una conexión poderosa entre ambos. Alan la miró con una honesta incredulidad que rápidamente se disipó “Pues si es lo que sientes y es lo quieres… hazlo. Es importante obedecerse a sí mismo…” y luego cambiando de tono y haciendo una mueca como si pidiera algo totalmente indiscreto agregó “…pero si averiguas algo que nos sirva por favor, házmelo saber, ¿sí?” la chica rió “Por supuesto que te lo haré saber.”

Un par de horas después Alan llegaba a la población donde vivía Manuel, estaba desierta, se dio cuenta que era la hora del almuerzo y pensó que su viejo amigo estaría junto a Gloria, su hija, quien todos los días le llevaba la comida a su padre y se aseguraba de que se la comiera. Él no necesitaba comer desde el día de su muerte, pero desde que había comenzado a materializarse sentía de vez en cuando algunos aromas apetitosos, algunos antojos culinarios que pronto ignoraba por la costumbre de los años, pero que sin duda comenzaba a sufrir. Cuando llegó a la casa de Manuel fue recibido por el aroma de un delicioso guiso de carne que salía desde la ventana abierta de la cocina, eso era muy raro, hace años que nadie cocinaba en casa de su amigo, menos el viejo ciego, algo sucedía, se detuvo y comenzó a acercarse con precaución, no quería que lo sorprendieran husmeando y que alguien se alarmara innecesariamente, la tupida enredadera de la reja le permitía espiar disimuladamente lo poco que alcanzaba a ver a través de las cortinas, una especie de reunión familiar se desarrollaba dentro, tal vez estaban celebrando algo, se escuchaban risas principalmente femeninas y podía notar que la persona que estaba de espaldas a la ventana parecía ser Gloria, pero estaba claro que habían más personas y eso era muy raro. Era un mal momento para visitas y Alan decidió esperar, hacía mucho tiempo que había comprendido que tenía todo el tiempo del mundo y no le importaba perder un rato, ya había esperado buen rato a Julieta en el cementerio y ahora podía esperar a Manuel, necesitaba hablar con él, era posible que supiera algo sobre ese tal Chavo y le interesaría saber que el arma que mató a su nieta era para él, también decirle que tenía fuertes motivos para pensar que se trataba de asesinato y no de un accidente, eso aun no lo podía asegurar, para eso debía ir al departamento de Laura y confirmar que efectivamente ella aun se encontraba en su departamento. Si estaba ahí pero no la podía ver, entonces sí la habían matado.


Pasó un buen rato, Alan estaba en cuclillas y apoyado contra la reja, completamente distraído pensando en sus cosas cuando se oyeron las despedidas en la puerta y un grupo de mujeres salió de la casa de Manuel, las vio casi encima y no alcanzó a más que disimular manteniendo su vista en el suelo, confiado en que cualquier vistazo que le echaran se desvanecería rápidamente en el tiempo, Gloria y su hija Lucía pasaron sin prestarle mayor atención, detrás venía una anciana tomada del brazo de una mujer de mediana edad que por el parecido podía ser su hija o una hermana joven, reían alegremente y ese sonido activó algo en el cerebro de Alan que de forma automática e involuntaria levantó la vista sin poder volverla a mover de ahí, la anciana por su parte siguió su vista guiada por el movimiento de aquel hombre y sin detener su andar vio un rostro conocido tan sorprendido de verla como lo estaba ella, pero algo en sus entrañas le advirtió de inmediato que era de existencia imposible, tal vez en el segundo exacto en que ya pasaba, su cerebro encontró en aquellos archivos de imágenes más antiguos el dueño de aquel rostro pero ya era tarde, porque el contacto visual se rompió y la existencia de ese hombre se borró para siempre de su memoria. Beatriz se detuvo en seco, algo muy raro le había sucedido pero no sabía qué, como si hubiese acabado de vivir una experiencia que le aceleró el corazón y le erizó los vellos del cuerpo pero no tenía idea de qué, la mujer que le acompañaba le animó a seguir luego de preguntarle si estaba bien, Gloria y su hija también se detuvieron a esperar a la anciana que confundida, caminaba aun con algo de renuencia a dejar pasar el suceso, tratando de explicar con palabras lo que había acabado de sentir, “…fue algo tan raro como si me hubiese ido de aquí por un tiempo indeterminado y hubiese vuelto al momento justo en que me fui…”mientras Alan ocultaba su rostro terriblemente consternado por haberse dejado ver por Beatriz, la que fue su mujer, la madre de su hijo y con la que tanto amor compartió.


León Faras.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

VI.

            El día que la tierra tembló los salvajes tuvieron miedo, parecía como si el abismo hubiese querido sacudirse de encima la ciudad vertical para tragársela de una vez y para siempre, sin duda el Débolum estaba irritado y su furia debía ser aplacada lo antes posible. Aquel día una mujer se propuso de forma voluntaria, estaba enferma y temía que no se recuperaría, tenía tres hijos, los dos más pequeños eran cuidados por las mujeres mayores, el hijo mayor por el padre y el resto de la comunidad, por lo que sentía que debía hacer que su muerte valiera algo más que una agonía dolorosa e inútil. Luego de despedirse de sus hijos pequeños que no comprendían bien lo que sucedería, fue llevada por su esposo y su hijo mayor hasta la plataforma que descendía, el curso del agua fue movido y la gigantesca rueda de madera comenzó a girar, esta a su vez empezó a levantar el contrapeso y la plataforma lentamente se sumergió en las tinieblas del abismo con las antorchas encendidas, la plataforma descendió hasta tocar fondo, aunque no el fondo del abismo sino uno  mucho menos hondo esculpido en la pared, desde ahí, un camino conducía hacía la gran cueva que se adentraba y descendía en la tierra, en cuya profundidad estaba el lago de lava donde moraba el Débolum, el defensor del abismo y de la ciudad de los salvajes. La cueva era gigantesca, con estalactitas enormes que ya habían llegado al suelo formando impresionantes y acinturadas columnas por todas partes, la mujer se adentró con paso lento y cansado seguida a prudente distancia por su esposo y su hijo, quienes podían servir de ayuda a la mujer en caso de que el ataque del Débolum no fuera lo suficientemente fulminante y efectivo. Pero la mujer no iba con la intención ni la esperanza de dominar al demonio de la lava, tampoco llevaba el miedo natural que cualquiera sentiría ante una criatura incandescente, la mujer estaba ahí en busca de su muerte, una muerte más rápida y valedera que la que le esperaba en el lecho y más digna también, para su familia y para su comunidad.

Luego de una hora de casi puro descenso el calor y el olor a azufre se volvieron intensos, el lago de lava estaba cerca. La mujer se detuvo cuando el suelo se cortó abruptamente en un profundo precipicio que terminaba en un gigantesco lago de lava derretida y burbujeante de la que no dejaban de emanar vapores a ratos insoportables. Una gran cantidad de estalactitas colgaban del cielo frente a ella pero deteniéndose a varios metros sobre la lava, se le antojó a la mujer un bosque de piedra invertido con un firmamento color oro allá abajo que no dejaba de ser hermoso, del Débolum no había rastros y eso empezaba a incomodarla, no sabía que debía hacer, se sentía mareada y le dolía la cabeza, no podía simplemente sentarse a esperar ni tampoco se atrevería a lanzarse a la lava, el demonio debía haber estado allí, debía haber estado esperándola ansioso e impaciente para devorarla, pero en su lugar solo había silencio, oscuridad y ese olor que la estaba enfermando más de lo que ya estaba. Padre e hijo observaban de prudente distancia sin saber bien qué hacer tampoco, cuchicheando sobre lo que debía suceder y no sucedía. La luminosidad de las antorchas tampoco ayudaba demasiado, siendo tremendamente deficiente y escasa para las dimensiones de la cueva. La mujer ya se sentía realmente mal, y la espera en un ambiente tan desagradable y hostil la estaba exasperando, intentó gritar tan fuerte como pudo, pero pronto debió desistir por la falta de oxígeno lo que la mareó y la hizo sentir peor, sudaba mucho y sentía sed, tomo una roca y la lanzó al vacío tan fuerte como pudo pero la lava se la tragó sin ningún rastro en absoluto de mínimo dramatismo en el suceso, la siguiente roca la lanzó contra una de las estalactitas más cercanas logrando causar un pequeño revuelo, pero nada sucedía. Se sintió frustrada y todos sus malestares desembocaron en enojo, comenzó a arrojar piedras y a gritar hasta sentir que se desmayaba, el hombre y el muchacho se preocuparon, pensaron en acercarse pero debieron detenerse, una de las rocas chocó contra una columna de piedra de cuatro o cinco metros que estaba erguida a su lado en una saliente frente al vacío, esta comenzó a abrirse y se convirtieron en cuatro enormes alas y de su interior emergió una criatura impresionante formada de rocas incandescentes de cuyas junturas no cesaban de gotear metales derretidos y fuego, caminaba sobre cuatro patas y volaba con cuatro alas, su mandíbula era enorme y poseía una majestuosa corona de cuernos. La mujer estaba petrificada, el demonio había salido de la nada y ahora estaba a escasos metros de ella, fue en ese momento cuando su hijo Rancober, se lanzó contra el Débolum dando alaridos, incapaz de soportar ver a su madre en semejante situación, su padre corrió para detenerlo pero ambos se frenaron cuando el demonio abrió su fauces y de una sola vez hizo desaparecer a la mujer que tranquila y en paz se dejó devorar. Luego de eso el Débolum voló tranquilo y soberano por su bosque de estalactitas por unos segundos y se lanzó en picada contra su lago de lava donde desapareció sumergiéndose.


            Ahora Ranc le mostraba orgulloso las alas que había construido a su padre, pronto debería volar sobre el abismo y así probar que no le temía, sino que lo respetaba como su protector, pero el muchacho tenía otra idea, quería usar sus alas para descender a la cueva del Débolum y enfrentarlo, era una locura desde todo punto de vista pero él era un adolescente que había visto morir a su madre y que temía por la vida de su amiga Hanela a la que estaba prometido, ella lo apoyaba con el dolor de su alma y estaba dispuesta a acompañarlo, pues ambos sabían que si el demonio no acababa con uno lo haría con el otro, solo era cuestión de tiempo.


León Faras.