lunes, 25 de agosto de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XI.

Ya casi no quedaba luz de día y las antorchas se multiplicaban en el ahora castillo de Rávaro donde se estaba desarrollando una batalla realmente encarnizada. La Bestia estaba totalmente fuera de control, los soldados con sus lanzas y espadas se convertían en una amenaza irrisoria para la enorme criatura que repartía manotazos a diestra y siniestra desperdigando por el suelo a varios de sus enemigos cada vez, los jinetes sin espacio para alcanzar velocidad o maniobrar con holgura eran incapaces de gestar algún ataque sin sufrir severos daños, y todo aquello se volvía más grotesco cuando algún desdichado era atrapado por el monstruoso animal y terminaba su vida en las fauces de este. La Bestia estaba hambrienta también y todo allí era comida abundante que en lugar de huir del peligro se le lanzaban encima, haciendo más fácil su cacería. La situación era crítica y a cada momento se veía más difícil de solucionar. Ravaro desde su balcón observaba la escena realmente molesto, podría haber apaciguado a la Bestia en cuestión de segundos, podía incluso doblegarla y hacer que el gigantesco animal hiciese su voluntad, pero ahora no había forma de que se acercara y la distancia era una gran barrera para su magia, poderosa pero terrenal, solo le quedaba abrir los portones para dejarla ir y que de esa forma dejara de hacer estragos entre sus tropas y su castillo, pero esa era una opción que se negaba a tomar, mientras sus hombres seguían cayendo, muchos de ellos sin volverse a poner de pie. Entonces sucedió el episodio más raro y excéntrico que hombre jamás haya visto o verá alguna vez.

De entre la multitud de hombres agotados que con sus armas en mano se agrupaban para tomar un aliento antes de lanzarse en un nuevo y estéril ataque del cual esperaban más salir con vida que causar algún daño, emergió una figura de burdo diseño pero de andar confiado y hasta gallardo. El patio donde estaba la Bestia quedó totalmente despejado salvo por los cadáveres, mientras los soldados formaban un círculo iluminado por numerosas antorchas sujetas por los propios hombres, expectantes pero incrédulos, absolutamente renuentes a creer lo que sus ojos veían o a imaginar lo que podía llegar a suceder. El enano de rocas caminaba sin ningún apuro ni precaución rodeando a la Bestia, como si la estuviera estudiando, mientras esta última lo observaba jadeante y amenazante, consciente de que aquello era un desafío, el gigantesco alboroto que había hace solo segundos se silenció por completo, nadie podía imaginar siquiera en qué terminaría un combate tan singular como aquel, la Bestia tenía todo su tamaño y poder a su favor, pero el enano de rocas era prácticamente indestructible, ambos se observaban, como gladiadores en la arena que aguardan el momento para atacar y fue la Bestia quien lo hizo primero, descargando un colosal manotazo sobre el enano quien simplemente se desarmó, rodando por el suelo convertido en un montón de piedras y luego se volvió a erguir esquivando el ataque y tomando una pose elegante como un torero que sin esfuerzo a evadido un ataque ciertamente mortal, la maniobra emocionó al público que comenzó a gritar y a alentar al pequeño gladiador mientras los más oportunistas ya organizaban apuestas para generar algunas ganancias con la insólita situación que se estaba dando.

Lorna observaba de prudente distancia, había conseguido una capa de soldado y con ella se cubría la cabeza y el cuerpo para pasar desapercibida, pero cuando la multitud de soldados se cerró en un círculo perdió la visión de lo que sucedía y solo podía ver a la Bestia que parecía ahora enfrentarse a un solo contrincante  en vez de atacar a la multitud como lo estaba haciendo, los hombres se animaban como si estuvieran presenciando un gran espectáculo, dando gritos y celebrando cada movimiento que se daba en la arena. La mujer quiso saber quién o qué cosa le estaba haciendo frente a tamaña criatura y se trepó pegada a la pared por sobre los precarios techos de los establos y herrerías que se encontraban en una esquina, aun así no tenía plena visión de lo que sucedía hasta que en determinado momento pudo ver una pequeña bola que rodó por el piso pasando entre las patas de la Bestia, para luego brincar y aferrarse a una de estas, inmediatamente comenzó a trepar con rapidez y agilidad por el abundante pelaje. La pequeña criatura que enfrentaba a la Bestia no era otro que su pequeño compañero, el enano de rocas, aunque solo ella sabía que en realidad se trataba del semi-demonio, Dágaro. La Bestia se agitó furiosa mientras el enano le llegaba a la espalda, Lorna se emocionaba al igual que todos los soldados viendo como su compañero ascendía por el cuerpo de la enorme criatura, esta, al no poder alcanzarlo con sus manotazos se lanzó contra los muros del castillo golpeando al enano contra la pared hasta alcanzar una de sus extremidades y arrancárselo del lomo, el público enmudeció en un sonoro suspiro, la Bestia cogió al enano con sus dos manos y tiró de él para despedazarlo en dos, pero toda su fuerza y sus alaridos de furia y frustración no fueron suficientes más que para separar las rocas sólidas que formaban el cuerpo del enano, descontrolada, la Bestia lanzó con todas sus fuerzas al enano contra el suelo, haciendo que este se estrellase violentamente, pero las rocas en el acto se agruparon nuevamente y el enano otra vez estaba de pie, erguido, ileso, caminaba desafiante, provocando un estallido de jolgorio y celebración en todo su entusiasmado público, incluyendo a Lorna que debía reprimir los gritos de emoción y celebración que le nacían para no delatarse.

El combate se prolongaba sin que se pudiera dilucidar algún resultado probable, el enano se defendía bien pero era incapaz de provocarle algún daño a la Bestia, excepto por el agotamiento, pues mientras el enano no parecía afectado en lo más mínimo, la Bestia jadeaba ruidosamente, aunque para derrotar a una criatura de esas magnitudes, el cansancio no era precisamente la técnica más sensata. Las apuestas estaban parejas y las posibilidades totalmente abiertas. La Bestia atacaba y el enano esquivaba, repitiéndose la misma secuencia una y otra vez hasta el momento crucial en que el enano decide cambiar de estrategia y dejarse atrapar. Un manotazo lo hizo volar por los aires hasta una pared cercana cayendo al piso, sin sufrir daño alguno pero simulando aturdimiento, entonces es tomado por la Bestia nuevamente y arrojado con furia contra el suelo, el gigantesco animal se entusiasma con la victoria y le da una paliza a su pequeño enemigo, el público se mantiene atento, el enano se queda inmóvil en el suelo. Entonces la Bestia comete el error que el enano esperaba, lo intenta devorar. Es cuando el enano de rocas contraataca, aferrándose a las fauces de la Bestia, se introduce hasta la tráquea, la Bestia se desespera, comprende su error y trata desesperadamente de remediarlo, intenta masticar, intenta tragar, el enano la asfixia al comenzar a pasar roca por roca a través de la garganta de la Bestia como lo hizo con los barrotes de su prisión, el animal se esfuerza por tragar para no ahogarse, hasta que el enano desaparece en el interior de la enorme criatura. El público no lo puede creer, el enano ha sido devorado, la Bestia da un alarido gigante de furia, como demostrando su poder, como celebrando su victoria y ve a todo ese público expectante nuevamente como a sus enemigos, los soldados comprenden que el espectáculo terminó y que la lucha se reanudará. La Bestia ataca pero entre gritos y bufidos cae al suelo encima de los soldados, inerte, sin fuerzas, derrotada. El enano le ha destrozado las entrañas.

La lucha terminó y aquellos que apostaron se preguntan quién ganó.


León Faras. 

jueves, 21 de agosto de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

VI.

Cornelio se sirvió un trago y se dejó caer en el asiento de su escritorio, estaba cansado, tenía el dinero de ese día frente a él iluminado por tres velas en un candelabro, se llevó un nuevo cigarrillo a la boca y lo acercó a una de las velas para encenderlo pero esta se apagó sin ningún motivo aparente mientras las otras siguieron encendidas, Morris escudriñó de reojo y con sus oídos su rededor, desconfiado, nervioso, estaba completamente solo. Entonces decidió probar con la siguiente vela la cual también se apagó como si algún bromista le hubiese dado un soplido, la habitación se quedaba en penumbra, las sombras se multiplicaban y Cornelio desistió de su intento, dejó el candelabro sobre la mesa con una sola vela encendida y se volvió a acomodar en su asiento “¿Hace cuánto rato que están aquí?” Preguntó. De su propia sombra proyectada en la pared tras él, salieron dos figuras en direcciones opuestas que volvieron a perderse en las sombras de los rincones, pasos y murmullos en la penumbra delataba que se trataba de varios seres ocultos en la escasa luminosidad del lugar donde podían verse oscuras siluetas moviéndose. Solo en ese ambiente de luz débil podían verse, demasiada luz los volvía invisibles. “No hace mucho…” respondió una voz imposible de definir si era femenina o masculina, “…Ya sabes, el frío se vuelve insoportable” La temperatura a esa hora de la tarde había descendido bastante, pero estaba lejos aún de volverse insoportable. Para Morris las voces eran conocidas, y no era grato escucharlas ni menos la información que traían, significaba que su ilusión se desvanecía y junto con ella también su poder, eso le preocupó y justificadamente “Pero si apenas llegamos hace una noche…” “El tiempo nada tiene que ver en esto…” se escuchó una voz desde un punto de la habitación y luego continuaron otras similares pero desde otros puntos “…Sabes que estás trasgrediendo demasiadas leyes con tus trucos…” “…no lo podemos sostener por demasiado tiempo…” “…este no es un buen lugar. Estás demasiado a la vista”. “Demasiado a la vista…” repitió Cornelio, no podía permanecer oculto siempre… pero no le convenía exponerse demasiado, su negocio no era nada inocente y para llevarlo a cabo había empleado fuerzas que no eran de este mundo y hecho tratos difíciles de cancelar. Debía mantenerse en movimiento, no podía ejercer su poder en un solo lugar, eran las reglas, y si las rompía, su entorno entero se tambaleaba… y si llegaba a caerse, perdería todo.

Salió de su oficina alterado, llamando con grandes alaridos a su segundo, Charlie Conde, quien estaba reunido con los hombres que ya iniciaban los juegos de carta y las apuestas, las que por cierto eran de cualquier cosa menos dinero. Llegó asustado donde su jefe, este lo tomó por la solapa “Guarden todo ahora mismo. Nos largamos de aquí” Conde lo miró sin comprender “Pero si hace un rato me dijiste que nos quedábamos aquí, que…” fue interrumpido con brusquedad “Hay cambio de planes y no serás tú quien diga lo contrario. Ubica a los mellizos y diles que mientras antes hagan su truco y nos saquen de aquí, mejor será para todos” El pequeño Román Ibáñez escuchó los gritos de Morris  y le pareció realmente muy mala la noticia, desde donde estaba, junto a los fondos de comida, comenzó a gritar realmente molesto, “¡He estado todo el día esclavizado por ese esperpento que llaman Mustafá, estoy hambriento y cansado y ni siquiera he probado un bocado aun!” Cornelio se le acercó, realmente asombrado del valor de ese hombre diminuto para hablarle así, pero no menos irritado por ello, “¿Acaso piensas que te trato injustamente? ¿Qué lo que has hecho en tu vida merece mejores recompensas tal vez?... ¿olvidas con tanta facilidad por qué estás aquí?” Morris cada vez subía más el tono de voz mientras Román se mostraba confundido y sin respuestas “¿crees que cumplir con tus obligaciones es peor que lo que conseguirías allá afuera, lo que mereces? Es parte de mi negocio recordarle a los miserables como tú porqué están en mi Circo y porqué es que firmaron un contrato conmigo. Más te vale tener presente tu pasado y no olvidar que puedo hacer que regrese…” dicho esto, Cornelio descargó un puntapié en el fondo de comida caliente que se esparramó por el suelo de tierra, Ibáñez tuvo que dar varios saltitos pequeños para no quemarse los pies “…Son muchos los que se alegrarían de verte de nuevo, ¿verdad? Apuesto a que incluso Mustafá estaría feliz de recordar viejos tiempos.” Cuando Cornelio terminó de hablar, no volaba una mosca en todo el Circo, lo que hizo desesperar nuevamente a Cornelio “¿Qué están haciendo todos parados sin hacer nada? ¡He dicho que nos vamos ahora mismo!; ¡Carguen todo de una vez!” y luego haciendo un gesto de asco agregó “Y que alguien se encargue de limpiar la jaula del “Tragatodo”. Huele como si cargáramos con una piara completa”


            Los hombres se pusieron a trabajar en el momento, nada contentos pero sin chistar, Román Ibáñez sacó lo que quedó dentro del fondo de comida y se lo guardó, luego se alejó para no trabajar, era su forma de salirse con la suya. Charlie Conde ubicó al único al que le encargaba todos los trabajos desagradables, a Horacio Von Hagen, para que limpiara la jaula de Braulio Álamos que realmente olía peor que un corral de cerdos y luego se fue en busca de los mellizos Monje, los choferes de los dos camiones del Circo que compartían a medias una habilidad bastante práctica para Morris y también para sí mismos, ellos detenían el paso del tiempo, su vida continuaba como si nada mientras todo lo demás se quedaba estancado en una prolongada pausa, habían vivido la mitad de sus vidas en esas pausas y por eso lucían como ancianos aunque aun no cumplían los cuarenta. Detener el tiempo los ayudaba a realizar sus exitosos trucos de magia que asombraban a grandes y chicos, y también a alejarse con todo el Circo sanos y salvos cada vez que era necesario del lugar donde se encontraban a otro más seguro.


León Faras.

martes, 12 de agosto de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XV.

Teté lloraba sin consuelo, agachada y apoyada contra una pared de la cocina, sola dentro del alboroto que había en toda la casa, la situación era terrible para ella, iban a abrir el vientre de la princesa para sacar a su hijo lo cual significaba su muerte segura, ya lo había decidido: Ella jamás tendría un hijo, aquello era una situación demasiado espantosa. Luego de unos momentos allí escuchó su nombre que alguien pronunciaba con insistencia, eso no era raro, todo el mundo la llamaba para darle tareas desde que se levantaba de la cama, por lo que salió de su escondite limpiándose la nariz y secándose los ojos, una de las mujeres de la cocina la tomó de un brazo y la envió afuera “Date prisa, ya fueron por una nodriza, cuando lleguen, llévala con la partera” La pobre Teté pasó con la cabeza mirando al piso frente a la habitación de la princesa, con pasitos cortos y veloces, temerosa de volver a presenciar una escena tan perturbara otra vez. Al poco rato un par de soldados llegaron con una mujer joven, sana y bien alimentada, sus desarrollados pechos delataban que estaba amamantando o en condiciones de hacerlo, Teté la recibió y la condujo a la habitación de la princesa Delia como se lo habían ordenado, fue un alivio que esta vez la puerta se encontrara cerrada, porque solo imaginar lo que sucedía ahí dentro le provocaba espanto, iba a volver a la cocina con la esperanza de que alguien le encargara alguna tarea alejada de esa habitación cuando se escuchó el sonido que ya nadie guardaba esperanzas de que se oyera, el llanto de un recién nacido, el hijo de la princesa Delia había nacido, eso emocionó a la pequeña Teté quien sintió la felicidad de que por fin algo bueno estaba sucediendo en medio de toda esa congoja, pero para su desgracia, no fue duradero, la puerta se abrió y desde donde estaba vio perfectamente el cuerpo cubierto de la princesa Delia, las ropas de todas manchadas de sangre, las palanganas llenas de agua teñida de rojo, el olor de un cuerpo abierto, de la sangre y los rostros de desesperanza. La pálida y debilucha aprendiz de Dolba apareció en la puerta con un bebé envuelto en paños blancos que ya lucían sus primeras manchas de sangre de las manos de la mujer que lo sostenía, esta preguntó por la nodriza y le entregó el bebé “Es una niña” su voz sonó amarga y apenas audible, como si estuviera anunciando una cruda derrota, luego se volvió a entrar y cerró la puerta. Teté, con la voz ahogada y los ojos inundados, tuvo que llevarse a la nodriza a otra habitación donde pudiera hacer su trabajo.

El niño jugaba en el campo persiguiendo mariposas que no se dejaban atrapar, apenas había cumplido dos años, pero ya se movía con propiedad por todas partes y su vocabulario se ampliaba con rapidez. Un grupo de caballos llegó  a su casa, a las tierras sembradas de su madre y de sus abuelos, soldados de Cízarin encabezados nada menos que por Rianzo, el hermano del rey y padre del niño. El pequeño Brelio reconoció a su padre y corrió a su encuentro, en la puerta de la casa un hombre lisiado era atendido por su hija, una muchacha realmente atractiva y madre del pequeño. Rianzo no se bajó del caballo por la cantidad de barro que había por todas partes, desde donde estaba saludó al viejo dueño de casa, se conocían hace tiempo, desde cuando el primero era un niño y el segundo herrero del rey, su hija también pasaba todo el día ahí y ambos niños corrían y jugaban juntos todo el día, hasta que crecieron y debieron separarse a la fuerza, nació el romance imposible, las visitas a escondidas y finalmente un hijo de ambos, un hijo al que su padre jamás dejaba de visitar y de atender, pues el amor por él y por su madre estaban tan vivos como siempre, pero a los cuales los separaba una brecha social gigantesca e irrompible, nunca estarían juntos como familia y eso a la larga había convertido a Rianzo en el hombre irresponsable y de vida disipada que era ahora, un hombre que sentía desprecio por las obligaciones de su jerarquía, por lo que era y por lo que debía hacer. Pero allí en esa casa y con esa familia se sentía bien, se sentía como un hombre feliz y completo, y no como el inútil e irresponsable hermano del rey que todo el mundo conocía. Habló con la mujer y el anciano sobre lo que ocurriría aquella noche, que los rumores del ataque de Rimos eran cada vez más seguros y que él se encargaría de ponerlos a salvo hasta que todo terminara.

El sol se ocultaba lentamente, lo noche encubriría al ejército de Rimos que se aprestaba para dar su ataque mortal y sorpresivo sobre una ciudad aparentemente desprevenida. En el prostíbulo de Aida, las mujeres se agrupaban luego de haber sellado tanto como habían podido las puertas y ventanas, comieron austeramente y se iluminaban con un reducido cúmulo de velas que les debería durar toda la noche, Nila y su hermana abrazaban y protegían a los hijos de esta última, todas las demás se mantenían cerca, protegiéndose unas a otras, cargando cualquier tipo de implementos que pudieran servir para defenderse, desde trastos de cocina hasta pequeñas hachas de leña, Grela, la enorme mujer encargada del aseo, se paseaba nerviosa con un grueso bastón en la mano, dispuesta a proteger como fuera lo que consideraba su hogar y su familia. Y en el bosque un fuego rostizaba lentamente una liebre que se convertiría en la cena que Barros y su hijo preparaban. Cal Desci los acompañaba, el fuego lo habían hecho donde mismo habían hecho hace poco la cena de los soldados de Rimos, bebían vino pero todo se hacía en un ambiente de sobriedad y tristeza, como si se estuviera velando a un muerto y el muerto era Ovardo príncipe de Rimos, este yacía donde mismo pero los hombre lo habían cubierto para protegerlo con una piel pringosa y de mal olor, no tenían otra mejor que ofrecerle, los perros también le rodeaban mientras dormitaban, parecían cuidarlo o montarle una respetuosa e improvisada guardia. De pronto el príncipe ciego se incorporó quedándose sentado en el suelo, sintió las voces y el olor de la carne, sabía que no estaba solo, preguntó si la noche había caído o aun alumbraba el sol, Cal Desci respondió “el sol se oculta señor, ya casi no queda luz” Ovardo se dejó caer de nuevo “El ataque ya comienza…” murmuró para sí.


León Faras.

martes, 5 de agosto de 2014

Historia de un amor.

X.

Caminaron juntos por un rato, no había un lugar específico donde ir, solo la necesidad de conocer un poco más al otro, de saber si todo aquello era más que una simple ilusión del momento, más que esa atracción inicial que todo el mundo experimenta en más de una oportunidad para luego seguir con su vida sin que el suceso tenga trascendencia alguna, apoyados en el hecho de que en este caso, se trataba de una atracción mutua y evidente. Bruno observaba la escena con gran atención, todo aquello que estaba sucediendo era demasiado enigmático para el gato, la forma como se habían dado las cosas y como dos personas desconocidas habían concordado inmediatamente en pensar que era una buena idea conocerse. La pareja caminó sin prisa por las angostas calles del viejo pueblo, mientras la chica contaba a grandes rasgos la historia del libro que había desaparecido y del extraño parecido con el nuevo, el hombre la escuchaba con atención, era asombroso saber que se trataba de un libro sin dueño, abandonado, lleno de coincidencias y luego desaparecido sin dejar rastros, de la misma forma como había llegado. El atardecer ya se instalaba, el sol se ocultaría pronto y la pareja se despidió, Miranda devolvió el libro que aun cargaba, el hombre preguntó si se volverían a ver y ella respondió sin titubeos que con seguridad así sería, luego señaló un punto de la ciudad, un punto de orientación que sobresalía por sobre la baja construcción de las casas y del pueblo en general, el enorme Jacarandá donde ella acostumbraba refugiarse cuando buscaba paz y tranquilidad para su lectura o simplemente para disfrutar la compañía que le resultaba más agradable, la de sí misma, ese era un lugar que ella frecuentaba y en el que era fácil encontrarse si eso quería, insinuó la chica. 

Le costó conciliar el sueño aquella noche a Miranda, simplemente porque lo que le había sucedido aquella tarde le resultaba increíble y no solo todo lo relacionado con el libro mágicamente desaparecido, que ya era una de las cosas más raras que habían sucedido en su vida, sino que además el hecho de haberse sentido atraída e interesada en un desconocido con tal facilidad y rapidez, algo que definitivamente no era compatible con su personalidad pero que en este caso no lo iba a negar. Decidió que visitaría el Jacarandá después del almuerzo, se llevaría algo para leer y pasaría ahí las horas cálidas de la tarde, también que no usaría ni se pondría nada especial ni diferente, muchas veces las personas se volvían irreconocibles de la noche a la mañana al quitarse todo lo que se habían puesto y eso no le agradaba mucho a ella. Inevitablemente se imaginó en ese lugar luego de una larga espera sin frutos y hasta sintió la desagradable frustración de haberse ilusionado en vano con alguien que no había tomado en serio como ella la intensidad de aquel encuentro, pero luego se regañó a sí misma ¿Cuál era ese afán de la mente por sabotear constantemente los potenciales buenos momentos del futuro de cada uno? Siempre preparándose para lo malo, viviendo y sintiendo el peor de los escenarios, lo que se convertía en una lucha contante entre la consciencia y la inconsciencia para aquellas personas que se negaban a atender el pesimismo innato del cerebro. Cuando se le pasó el disgusto consigo misma regresó de nuevo a su mente la posibilidad de que aquel hombre no se presentara, pero esta vez con más calma, se dijo que existía aquella posibilidad de que no coincidieran o de que el tipo ese tuviera algo más importante que hacer o un mejor lugar donde estar, también podía suceder algún imprevisto, hasta uno podría morir y el otro jamás se enteraría del porqué no volvieron a verse. Miranda volvió a regañarse a sí misma y decidió que haría todo lo posible por no pensar nada más al respecto, ni bueno ni malo, y simplemente esperar a que las cosas sucedieran como tenían que suceder, algo que sabía que no cumpliría.


Terminada la comida se dio un tiempo para realizar algunas tareas pendientes aunque poco urgentes en su cuarto, con la intención de disipar un poco la ansiedad, distraer la mente y desprenderse de las expectaciones por no decir esperanzas, para tratar de realizar su visita al Jacarandá con toda la naturalidad posible, como siempre lo hacía. Desde que salió de su casa caminó tranquila, pero en cuanto vio el gigante árbol a la distancia comenzó de inmediato a preocuparse por no tratar más de lo normal de divisar la presencia de alguien allí, dominar la curiosidad, evitar las expectativas, los planes sobre qué hacer si sucedía esto o lo otro, pero sobre todo, tomar con toda naturalidad y sin desilusión el hecho de que a medida que se acercaba, más le parecía que nadie la esperaba ahí. Cruzó la vieja verja y subió la suave colina aplastando la hierba hasta llegar al árbol, rodeó su tronco para instalarse en el cómodo lugar donde siempre lo hacía pero se detuvo, el hombre estaba allí, sentado y apoyando la espalda en el vetusto tronco, tenía su libro negro en la mano y una mochila a su lado, tampoco lucía mayores cambios a como lo había visto el día anterior, se saludaron con grata sorpresa “No quiero parecer una especie de loco obsesivo pero como no sabía una hora aproximada para este encuentro vine preparado para una larga espera” dijo el hombre justificando su mochila en la que traía algo de comer y un poco de ropa, llevaba bastante rato allí y hasta había aprovechado de recorrer los alrededores de apacible y bucólica belleza, divagando por supuesto con la posibilidad de que la chica no apareciera o no se encontraran y tuviera que hacer esa larga espera de nuevo alargando la siempre desesperante incertidumbre, pero todas esas preocupaciones ya no importaban ahora, se sentaron juntos, era agradable saber que habían compartido los mismos temores antes de ese encuentro, el mismo temor a la desilusión, el temor a que lo que habían vivido cuando se encontraron finalmente no fuera real. Hablaron y se agradaron, sus sentidos del humor empalmaban y no les costaba trabajo hacerse reír, tampoco tocar esos temas raros de conversación que a veces a uno le interesan pero que los demás desconocen por completo o les parece demasiado extraño que alguien se interese en cosas así, aportando con lo que conocían y mostrando interés por lo que ignoraban, riéndose sin problemas de sí mismos, conociéndose sin importunarse. Las horas pasaron rápido y decidieron darse una vuelta por el pueblo antes de despedirse aquella tarde, bajaban la suave pendiente rumbo a la verja cuando Miranda se detuvo y se agachó abruptamente, algo había llamado su atención, habían quebrado accidentalmente el tallo de una flor silvestre cuando pasaron por ahí, ella no era de las que se emocionaba ante un precioso ramo de flores pero le gustaban mucho cuando estaban vivas y en la tierra, el hombre preguntó por aquella flor y la chica respondió que solo se trataba de una Chiribita silvestre, muy abundante en todas partes, entonces el hombre abrió su libro en una página al azar y le dijo “Ponla aquí. La guardaremos como un recuerdo de este día” La chica así lo hizo y cuando el libro se cerró, se quedó pensando por unos segundos, recordando que el antiguo libro que ella había encontrado y que ahora estaba desaparecido, también tenía una flor entre sus páginas, eso la hizo sonreír, la hizo sentirse en la dirección correcta, en el lugar que debía estar. 


León Faras.

jueves, 24 de julio de 2014

Los Condenados.

8 Minutos.

Los seis robustos neumáticos giraban casi con desesperación tratando de agarrarse al piso extremadamente pulido de la nave, con un chillido agudo de esfuerzo, lograron cambiar su dirección antes de chocar contra la pared y coger una recta acelerando nuevamente y de forma alarmante. A bordo viajaban cuatro personas, tres de ellas eran parte del equipo que tenía a cargo la misión: El líder, la conductora y el artillero. El cuarto sujeto era Nardi, un trabajador especialista en los sistemas informáticos de la nave, un hacker reformado de bajas capacidades sociales pero hábil con las máquinas, era lo mejor que encontraron disponible en el momento para extraer los archivos de códigos de cada uno de los procesadores de la nave por separado ya que el central que debía agruparlos todos estaba inoperante, una tarea relativamente sencilla si no fuera porque la nave hace rato que sugería la evacuación absoluta debido a que la autodestrucción para prevenir un desastre mayor ya era inminente e irreversible, “¿Cuánto tiempo nos queda?” preguntó Caín, el líder del grupo, un hombre calvo de cuarenta años que estudiaba una pantalla frente a él con un diseño tridimensional de los caminos que debían tomar, Nardi incorporándose luego del brusco viraje le respondió consultando su cronómetro, “solo ocho minutos…”; “dime una cosa…” Vilma era siempre la encargaba de conducir “… ¿Por qué arriesgamos nuestras vidas por un montón de dígitos?”, esta aun no llegaba a los treinta y había dos cosas que jamás le resultaba hacer: Reír y emborracharse, no importa cuán gracioso fuese algo o cuanto alcohol bebiera. Varios accidentes sufridos principalmente en carreras ilegales, le habían dejado como consecuencia numerosos implantes artificiales en todo su cuerpo, incluyendo la cabeza, lo que explicaría ciertos rasgos anormales de su personalidad. “…Al parecer esos números valen más que nosotros” respondió Caín que viajaba a su lado “No para mí” dijo la chica sin quitar la vista del camino. “Para mí tampoco así que vamos a salir con vida de esto como sea. Dobla a la izquierda, aparecerá una especie de túnel, una vez dentro, la primera está a menos cien” “Lo tengo”

Nuevamente el viraje hizo patinar el vehículo en un inútil esfuerzo de sus ruedas por sujetarse, hasta que nuevamente consiguió reanudar la marcha y recobrar rápidamente la velocidad, todos a bordo se zamarrearon pero sabían que debían agarrase fuerte y de lo que fuera, salvo Nardi que no podía acostumbrarse a los bruscos vaivenes de la ruta, volvió a acomodarse los anteojos y levantó la vista, frente a él, el amplio pasillo se empequeñecía abruptamente, tanto de ancho como de alto convirtiéndose en una especie de túnel donde por unos segundos tuvo la certeza de que no cabrían, eso le generó una ansiedad sofocante, la impasibilidad de los demás lo desesperó, comenzó a gritar y cuando el agujero estaba ya encima, sintió que su angustia estaba al borde de la histeria, se cubrió la cabeza con las manos y apretó absolutamente todos los músculos de su cuerpo. Vilma frenó con suavidad para que el vehículo patinara y se alineara para luego en el momento exacto volver a acelerar y lograr encajar casi a la perfección, casi, porque raspó un poco uno de los costados. Luego una profunda aceleración seguida de una brusca frenada que arrastró el vehículo siete metros hasta dejarlo exactamente junto a una caja adherida a la pared. Debieron de gritar al pobre Nardi para que se incorporara he hiciera su trabajo, “por Dios, casi me orino” susurró, aun consternado y tembloroso, no necesitó bajarse del transporte para manipular el teclado de la caja a la que se conectó con un aparato que llevaba colgado al cuello, extrajo los datos que necesitaba y tuvo la mala idea de anunciar que había terminado sin pensar que Vilma aceleraría de inmediato dejándolo con medio cuerpo afuera. Por suerte Marcus, el artillero, reaccionó rápido y lo jaló de la chaqueta. Este era un hombre joven y alto con aspecto de basquetbolista, usaba la barba más larga que el cabello y unos pequeños anteojos que le daban un toque entre místico e intelectual, estaba sentado en un pequeño sillín unido en una sola estructura giratoria con el cañón doble y de doble propósito que portaba el vehículo.

“Ok, la siguiente está muy cerca, antes de salir del foso” Al salir del túnel el camino continuaba pero todo lo demás desapareció, el foso era un espacio vacío de proporciones geológicas, sobrecogedor y profundamente intimidante. Fue inevitable para todos echar un vistazo a ese colosal espacio vacío sin principio ni fin, excepto Vilma que cruzó los diez kilómetros de puente a toda velocidad y con la vista fija hacia enfrente. Justo antes de salir del foso estaba la segunda caja, Nardi se bajó y de inmediato se sintió intimidado por el vacío, “¡Dese prisa ¿quiere?, tenemos menos de cinco minutos!” tuvo que acercarse hasta la orilla del puente y no con poco esfuerzo soportó el vértigo de estar a centímetros de una caída interminable, hizo su trabajo y retrocedió hasta sentir el vehículo tras él. Una vez que Vilma partió, recién notó que tenía las manos mojadas de sudor.

Una vez que salieron del nuevo túnel, se encontraron con un pasillo amplio que describía una amplia curva, luego una curva cerrada seguida de una recta interminable donde Vilma forzó al máximo el poderoso motor del vehículo, frente a ellos apareció un gran portal cerrado, Nardi se apresuró a registrarse los bolsillos “Esperen, tengo los códigos de todos estos accesos” “No hay tiempo para sutilezas. Marcus, dispárale” ordenó Caín pero Nardi se puso como loco “¿Qué?, ¿Están dementes? ¡Esa es la central de energía! ¡Hay dos mil generadores nucleares ahí dentro!” el líder ojeó su pantalla, efectivamente se veía una multitud impresionante de cuadritos blancos perfectamente formados y alineados al otro lado de aquella puerta, por lo que debió reconsiderar la orden “Marcus, dispárale. Pero usa el Ariete.” El Ariete era una facultad del cañón para disparar un golpe de energía de baja combustión pero de alto impacto físico, en otras palabras, lo que se llamaría “un buen golpe” Marcus preparó el cañón rápidamente y apuntó, aguardó la distancia óptima y disparó, inmediatamente después Vilma volvió a acelerar a fondo. Los gruesos portones se abollaron como si un puño gigante y poderoso los hubiese golpeado, pero resistieron en su lugar, eran más fuertes de lo que parecían a simple vista, pero nada más se podía hacer, el choque era inminente, sin soltar el pedal del acelerador Vilma gritó “¡Sujétense!” y además de eso todo el mundo escondió la cabeza entre los hombros y cerró los ojos, excepto la conductora que solo los empequeñeció, hace años había aprendido a nunca quitar la vista del camino.

Gracias a que la construcción del vehículo era realmente sólida y a que poseía una nariz reforzada y en forma de rompeolas, también al golpe de Ariete que debilitó considerablemente la estructura y por cierto a la pericia de Vilma, fue que lograron atravesar esas puertas y mantenerse en una sola pieza aunque no del todo incólumes, el brutal golpe había aflojado más de algún conductor, eléctrico o de fluidos y debería resistir así hasta el final. Atravesaron un sendero largo y limpio, franqueado por interminables filas de cajas de metal grandes como casas pequeñas, casi como cruzar un monótono pueblo, lujoso, moderno y abandonado. Dos minutos y medio faltaban cuando Nardi tomaba los datos de una nueva caja y aun les quedaba una más, Caín se comunicó con el Coronel “…hace rato pasamos el PNR (punto de no retorno), repito: El PNR está claudicado. ¡Necesitamos otra salida! …O esos datos no saldrán de aquí” luego de varios segundos de desesperante chicharreo estático se escuchó la voz de un hombre “les enviaré una nave de abordaje, abrirá un agujero para ustedes. Llegará en un par de minutos. ¡Dense prisa!”; “¡No tenemos un par de minutos!” Caín gritó pero la comunicación ya se había cortado. “Si partimos ahora, te aseguro que puedo volver a la entrada en menos de dos minutos” Vilma hablaba en serio y nadie dudaba de sus capacidades pero era más riesgoso que continuar “Además…” habló Marcus “…nadie asegura que aun nos esperen por donde entramos” Eso disipó las dudas y generó algunos segundos de silencio hasta que Nardi arriba del vehículo miró a todos con cara de preocupación e impaciencia “¿Qué estamos esperando? ¡Falta un minuto y medio!” y nuevamente se pusieron en marcha.

Luego de salir de una curva se encontraron en un pasillo largo, recto y completamente oscuro, entonces notaron lo dañadas que estaban las luces del vehículo, aun así aceleraron, el mapa en la pantalla indicaba un camino sin curvas ni obstáculos que desembocaba en un gran salón perfectamente circular, la última caja estaba allí. Con el acelerador a fondo, en penumbras y cincuenta segundos de tiempo entraron al salón, se estrellaron contra tres o cuatro pilares de un material parecido al cristal que se quebraron sin oponer demasiada resistencia, Vilma al darse cuenta de donde estaba, cargó todo su peso contra el pedal del freno tratando con desesperación de detenerse mientras los neumáticos rechinaban perdiendo velocidad con alarmante lentitud, y provocando que todo el vehículo se girase hasta finalmente detenerse a escasos centímetros de la gigantesca cúpula de cristal en la que se habían metido. Con la boca abierta contemplaron el universo infinito en toda su majestuosidad frente a sus ojos, tal visión los había hecho olvidar que habían estado a centímetros de salir despedidos al espacio. Nardi revisó su cronómetro, “¡veinte segundos!” Todos excepto Vilma bajaron a buscar la última caja, pero todo era cristal allí y no había ninguna dichosa caja, entonces sonó la voz del Coronel en la radio “…ya casi no les queda tiempo ¿tienes los datos?” Vilma respondió “¿y tú tienes esa salida que nos prometiste?” “Ah, Vilma, supongo que tu jefe está demasiado ocupado para responder” “Sí está en el baño, ya sabes cómo se tarda cuando entra…” respondió la chica con absoluta seriedad. “Bien…” replicó el Coronel “…espero que tengan todos los datos o no servirá de nada todo esto. Vuelve por donde entraste, a la primera oportunidad dobla a la derecha, cubre ese pasillo a toda velocidad, al final encontrarás tu recompensa” terminada la comunicación se escuchó la voz de Marcus “Creo que esta es la caja que buscamos…” en sus manos sostenía la cabeza de uno de los pilares que habían quebrado al entrar… estaba destrozada. Nardi la tomó con las manos temblorosas, estaba lleno de angustia hasta las pestañas “¿y ahora qué haremos?” el vehículo se detuvo junto a ellos, Vilma hizo sonar la bocina que emitió un ruido ahogado y defectuoso como un ave de corral moribunda “¡Suban con todo y vámonos de aquí! Ya tenemos una salida”

La nave de abordaje era capaz de adherirse a la superficie de otras naves de mayor tamaño como un molusco, luego los hombres en su interior abrían las puertas y perforaban la pared con cortadores especializados y poderosos. En eso estaban trabajando cuando Vilma encontró el camino de la derecha y comenzó a acelerar a fondo y en total penumbra “¡Dos segundos!” gritó Nardi, pero aquel era un pasillo que no se podía cubrir en dos segundos y el tiempo se terminó. La explosión se sintió cercana y poderosa como si la gigantesca nave en la que aun estaban se hubiese partido en dos, Vilma perdió un poco el control pero aunque chocó contra las paredes continuó. Le pareció ver una luz débil al final del pasillo, estaban cerca, de pronto todo se iluminó. Una gigantesca bola de fuego apareció tras ellos y a gran velocidad, Caín tomó la radio y gritó con desesperación sin saber bien si le escuchaban o no “¡vamos a chocar! ¡Salgan de ahí, vamos a chocar!”

En la pared se veía un grueso cordón brillante de metal derretido pero el círculo que formaba aun estaba incompleto “¡Dispara, dispara!” Marcus preparó el cañón, la bola de fuego ya los alcanzaba. Disparó y el vehículo atravesó la pared a toda velocidad, las puertas de la nave de abordaje se cerraron en el acto y alguien ordenó “Liberen la nave y sáquennos de aquí” un gran remezón siguió esa orden hasta que luego todo fue calma. A varios metros el vehículo había logrado detenerse, su estado era desastroso, una mujer de uniforme se acercó. Vilma se bajó y pasó junto a la uniformada sin decir nada, esta preguntó “¿A dónde vas?” “Necesito un trago…” dijo la chica y siguió su camino, Marcus le siguió “Voy a asegurarme de que no se meta en problemas… está realmente cabreada” y se fue también. La uniformada se quedó con Caín “Estuvo cerca esta vez” El jefe del pequeño grupo asintió “Sí, demasiado. Pero bueno, hay que ganarse la vida de alguna forma” luego le dio unas afectuosas palmadas en la espalda al pobre de Nardi que aun no se recuperaba “Vamos muchacho, te ganaste un espacio en nuestro pequeño equipo…solo es cuestión de acostumbrarse”



 León Faras.

viernes, 11 de julio de 2014

Del otro Lado.

XVII. 


“¿Qué estás haciendo aquí a estas horas?” Alan se detuvo abruptamente, incrédulo de que le hablaran a él, se volteó, en un asiento acosado por descuidados arbustos cercano a los juegos infantiles estaba sentada su joven amiga, Julieta, extrañada pero contenta de verlo. Casi amanecía y el frío se podía ver en el ambiente, aunque para ellos era imperceptible, el hombre se acercó, se saludaron cordialmente y se sentó a su lado, “Establecí contacto” le dijo con un toque de presunción y le mostró la hoja de papel escrita con lápiz labial, estaba un poco borroso como si se hubiese corrido la escritura, el hombre se justificó mostrando su trasero en el que se podían ver manchas de vivo color rojo, “Sí, es que estaba sentado encima…” dijo, lo que gatilló la risa fácil de la muchacha, “…¿Y a ti cómo te ha ido?” agregó Alan retomando la seriedad, “Pues… bien, a veces creo que Lucas se da cuenta de que estoy con él. Su mamá dice que tiene un ángel guardián que lo cuida, sé que no habla de mí pero… me gusta pensar que sí”; “No creo que encuentren a alguien mejor para ese puesto” la chica recibió el cumplido con una sonrisa de satisfacción. Lucas era el hijo que el Chavo y la Macarena tenían postrado en cama y al cual Julieta se sentía atraída intensamente “¿Crees que él sienta de alguna manera mi presencia?” La muchacha preguntó distraída, con la mirada puesta en el sol que ya se insinuaba en el horizonte, “Claro que sí, seguro tiene capacidades especiales para percibir los buenos sentimientos que le rodean, capacidades que la mayoría tenemos atrofiadas cuando creemos que somos tan perfectos” ambos se quedaron pensativos unos segundo hasta que la chica rompió el silencio “Por cierto, tengo noticias para ti…” Julieta había oído al Chavo hablando con alguien por teléfono sobre el arma que había matado a Laura, decía que las cosas no habían salido como lo habían planeado pero el objetivo para el que debían conseguir esa arma, se había cumplido igual, por lo tanto era justo que le pagaran lo acordado, nada de lo que había sucedido había sido culpa de él “Entonces ya sabemos para qué necesitaban esa arma, ahora solo nos queda saber quién tiró del gatillo finalmente” señaló el hombre, “Y por qué” concluyó la chica. Pronto Julieta se despidió, Lucas despertaba temprano y le gustaba acompañarlo en esos momentos de tranquilidad mientras todo el mundo aun dormía, Alan también debía marcharse, quería hablar con Manuel, con seguridad estaría enojado con él por lo de la ventana rota pero el plan había resultado y tenía información para darle.


Ya estaba bien entrada la mañana y el sol, debido a la orientación de la casa de Manuel, daba casi de lleno en la entrada de esta, abrigando el asiento que precisamente había sido puesto en ese lugar para esos fines y estrellándose ahora, contra el enorme trozo de plástico oscuro pegado con cinta adhesiva, puesto ahí para cubrir el agujero dejado por la pedrada que Alan le había dado en una de las caras que formaban el ventanal principal de la casa. Manuel salía como casi todos los días despejados, a sentarse en la entrada de su casa hasta la hora del almuerzo, como siempre llevaba su bastón para verificar antes de dejarse caer, que no estuviera ninguno de los gatos del vecindario asoleándose sobre su lugar y evitar así sentarse encima de uno de estos indiferentes animales que solían comportarse como amos del mundo sin importarles nada las necesidades o deseos del dueño de casa. Algunos golpecitos en la cubierta de su banca eran suficientes, pero aquella mañana, los golpecitos no sonaron de forma correcta ni se dieron a la altura adecuada, por lo que el viejo decidió agudizar el oído y golpear un poco más fuerte hasta conseguir alguna respuesta, esta vez en forma de quejas, que además de ser humanas también eran bastantes conocidas para él. Alan se había recostado a lo largo en aquel lugar a la espera de su amigo, no había descansado nada esa noche y su cuerpo cada vez más materializado no solo acusaba agotamiento con cierta frecuencia, sino que también disfrutaba de los pequeños placeres mundanos, como ese momento de relajo al abrigo del sol mañanero, placer del que fue sacado abruptamente con repetidos golpes a la altura de sus canillas. “¡Y encima tienes la desvergüenza para presentarte aquí luego de atentar contra mi propiedad!; ¡Porque no me vas a negar que fuiste tú quien agarró a pedradas mi casa!, ¡Sé que fuiste tú!” El viejo estaba realmente ofuscado y aunque lo regañaba casi a gritos Alan aguardó en silencio y dejó que desahogara su enojo, luego le soltó lo que le venía a decir “¿sabes de alguien que quisiera matar a tu nieta?” Manuel tardó un poco para procesar la pregunta por lo que Alan continuó con su informe “…a esa muchacha la mataron y no solo fue una fatal coincidencia, al parecer, el arma fue encargada a un tal Chavo para que la consiguiera con el fin de eliminar a tu nieta por alguna razón que desconocemos…” el viejo se había sentado lentamente y no perdía palabra de las que le decía su amigo “Ese tal Chavo, ¿Es el mismo que vive en la población de mi hija y mi nieta?”, “El mismo, son casi vecinos” respondió Alan. El viejo parecía hacer un esfuerzo recordando detalles, “Lo recuerdo, Laura tenía una pareja, le llamaban “el Tavo” Gustavo Fuentes se llama, era amigo de ese tal Chavo que mencionas y de la misma calaña diría yo, vago, oportunista y aprovechador. No sé qué le vio mi nieta a un tipo así, a veces las mujeres parece que tuvieran un…” y el viejo ya comenzaba a desarrollar su hipótesis sobre los misteriosos motivos de las mujeres para escoger a sus parejas pero fue interrumpido abruptamente por Alan quien ya veía venir una discusión tan larga como estéril “…Eso no es todo lo que debía decirte. Todo el montaje que hicimos anoche dio los resultados esperados, comprobé que tu nieta aun habita su cuarto, logré atraer su atención” Manual volvió a poner su interés en lo que hablaban “¿Y cómo atraes la atención de una difunta?”, “Con las velas que me diste. Por lo menos los espíritus que no se han ido aun, solo perciben dos olores, el de las velas y el de las flores. Por algo será que ambas estás asociadas a los muertos, ¿no?” El viejo lo meditó todo durante un rato “Y aun no sabes qué necesita para…tú sabes, descansar en paz” Alan sonrió en silencio ante esa frase, no conocía demasiados muertos pero ninguno de ellos estaba precisamente descansando en paz, “Trataré de comunicarme con ella y ya te cuento… ya me voy” Se puso de pie para irse pero recordó algo más “¿Tú sabes donde ella está sepultada?” Manuel respondió de inmediato “Ah, eso es sencillo, el mausoleo familiar es muy fácil de encontrar. Está justo frente a la pileta del cementerio, ahí está la tumba de Laura”, “Vaya…” susurró Alan antes de irse.


León Faras. 

jueves, 3 de julio de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

X.

El enano de rocas había regresado al castillo del semi-demonio no porque le interesara de alguna manera seguir a Lorna, nada en especial lo ataba a ella, su razón era mucho más práctica, había perdido su piedra primaria y con ella, tal vez su única posibilidad de reproducción, de transmitir su magia única a otras rocas ordinarias para que a partir de estas un nuevo enano de rocas naciera, en un periodo de gestación que podía durar varias décadas de lento y silencioso proceso mágico. Hace bastante tiempo que su ojo ya no se sostenía adherido a él como las otras rocas de su cuerpo, sino que se desprendía, señalando que el momento de entregar una parte de sí a favor de la multiplicación de su especie había llegado. Lorna ya había visto sin entender, en el momento en que conoció al enano de rocas, cómo su ojo se caía y debía ser devuelto a su lugar por el mismo enano, cosa que probablemente no recordaba ni menos asociaba con el regreso de la extraña y rocosa criatura a las catacumbas, lugar donde la piedra primaria se había extraviado al momento de rodar por las escaleras, el enano lo notó, pero cuando la iba a buscar, Lorna cayó y él fue arrastrado en esa caída. Ahora se mantenía en la sala de guardias a la espera de poder entrar nuevamente a las catacumbas para recuperar su ojo cuando una pequeña roca lo golpeó suavemente. Observó su rededor, Lorna estaba allí, también un guardia y un espíritu que el enano podía percibir, un espíritu que estaba especialmente interesado en la pequeña joya que lo acababa de golpear, ninguno de los seres que estaban presentes le generaba mayor interés al enano de rocas, para él, las criaturas orgánicas eran raras y de costumbres incomprensible, que en general poco o nada podían afectarlo en su apacible e imperecedera existencia, no eran una amenaza pero tampoco le generaban admiración. Sin embargo la joya llamó su atención, era bella, pulida, ovalada, como una piedra de río. Para un enano de rocas, una roca hermosa era especialmente interesante, casi irresistible. La tomó con la intención de adherirla a su cuerpo, en al acto se dio cuenta de que aquella no era un piedra ordinaria, sintió una energía extraña en su interior que provenía de aquella joya, era algo extraño pero nada que afectara su siempre impávida actitud, hasta que de pronto el espíritu que los acompañaba fue absorbido por la joya y su cuerpo dejó de pertenecerle, su conciencia permaneció pero todos sus movimientos  eran dirigidos por otra entidad, el enano de rocas no lo sabía, pero Dágaro se había apropiado momentáneamente de su pequeño y sólido cuerpo con el que pretendía iniciar su venganza y recuperar su reino.

Lorna se mostraba lo más encantadora posible tratando de convencer al guardia que aquel no era el momento ni el lugar para aquello que tenía en mente, pero el guardia no quería negociar, se suponía que ella debía estar encerrada, y si había escapado, era su trabajo volverla a encerrar, pero antes, nada le impedía sacar provecho de su situación, por lo que usó su espada para desarmar a la chica, quien debió botar el puñal que había conseguido y retrocedió hasta que una pared se lo impidió, no le temía a lo que el hombre podía hacerle, estaba bastante acostumbrada a manejar a ese tipo de “clientes” pero lo que no quería, era volver a las catacumbas otra vez y no sabía bien qué hacer, solo le quedaba obedecer y tratar de ganar tiempo, luego intentar negociar de nuevo y esperar que algo sucediera, sin embargo, lo que sucedió, no era algo que esperara.

El enano de rocas se irguió en un rincón de la sala de guardias, observándose con curiosidad a sí mismo, luego comenzó a caminar hacia la pareja, lo que inmediatamente llamó la atención de Lorna que en la posición que estaba podía verlo, aquel no era el enano de rocas que ella conocía, aunque lucía idéntico, su expresión, sus movimientos, su forma de caminar, no era la criatura torpe y graciosa que conoció en las catacumbas, incluso ahora hasta se veía amenazante desprendiendo un extraño vapor negro. La expresión del rostro de la chica hizo que el guardia se volteara con cierta preocupación, pero al ver al enano se relajó, pensando que se trataba solo de la simpática criatura con la que se divertían hace un rato, solo le dijo que estaba ocupado y que no molestara y continuó en lo suyo, pero Lorna seguía interesada, ese enano era diferente, este se acercó y en un momento la mujer pudo ver la joya adherida al pecho de su pequeño compañero, entonces recordó los guardias del semi-demonio, esas armaduras inertes con oscuros espíritus aprisionados en su interior capaces de intimidar a cualquiera, el enano lucía como uno de ellos. Un solo golpe de puño fracturó de inmediato la pierna del guardia quien cayó al suelo dando alaridos de irrefrenable dolor, mientras se arrastraba por el suelo tratando de alejarse del enano de rocas al que no tenía posibilidades de dañar, pero este pasó caminando por su lado sin prestarle más atención, solo se dirigió a la salida y se fue rumbo a la superficie. Lorna se quedó boquiabierta, absolutamente sorprendida con lo que había sucedido no podía ordenar sus ideas, solo se le ocurrió una cosa, recoger su puñal, pasar alejada del guardia que le pedía ayuda y la trataba de alcanzar y correr tras el enano que ya no era el enano, sino que al parecer era la reencarnación, si es que se podía llamar así, de su medio hermano, el mismísimo semi-demonio Dágaro.


Lorna corrió por los pasillos dudosa de haber tomado la dirección correcta porque no pudo dar con el enano. A pesar de moverse rápido, la mujer lo hacía con precaución, pues no quería encontrarse con sorpresas desagradables como lo había hecho con aquel guardia en las catacumbas, pero sospechosamente encontró todos los pasadizos vacíos, lo que era muy raro, sin duda algo había sucedido, algo lo suficientemente grande como para requerir la presencia de todos los soldados del castillo. Cuando llegaba a la superficie, el escándalo que había era más que evidente, en el fondo luminoso del pasillo se podía ver una confusa escena donde un gran número de soldados gritaban y se movían frenéticos manteniendo lo que parecía una batalla épica contra una fuerza colosal, cuerpos volaban por los aires hasta estrellarse contra las paredes, mientras otros se lanzaban al ataque con gritos de furia, un aullido ensordecedor retumbó y un nuevo grupo de soldados fue esparramado por el suelo. Lorna no lo podía creer, por un momento imaginó a su pequeño compañero luchando solo contra todos los guardias del castillo, pero al asomarse a la salida lo que vio era aun peor, la bestia se había liberado y estaba destrozando al ejército de Rávaro.


León Faras. 

jueves, 26 de junio de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

V.

Cornelio Morris fumaba su cigarrillo mientras contemplaba el horizonte, era un atardecer despejado, limpio y frío, lo cual no le agradaba del todo, Charlie Conde llegó a su lado, el frío, la humedad, la vida itinerante pero sobre todo su horripilante y pesada joroba le habían causado bastante deterioro en sus articulaciones que a veces acusaba al caminar, venía a consultar a su jefe, pues este era quien siempre debía decidir si el Circo se quedaba o debía irse, Cornelio le habló sin voltearse a ver quién era, “Que los hombres enciendan sus fuegos y se instalen, pasaremos esta noche aquí. Mañana ya veremos” Conde se retiró mientras su jefe se quedaba escudriñando el horizonte, temeroso aun de equivocarse. Esa era una buena noticia para la gente del circo, significaba comida caliente, relajo, algunos tragos, esparcimiento y un sueño más reparador. De inmediato se encendieron las fogatas, se instalaron los fondos para cocinar, los hombres se reunieron, el buen humor se esparció, aunque no para todos, uno de los que no participaba del jolgorio era el pobre de Braulio Álamos, encerrado en su jaula parecía hipnotizado, idiotizado, solo pensaba en comer basura sin notar lo que sucedía a su alrededor. Era increíble lo que había cambiado, era difícil de reconocer para cualquiera que lo hubiese visto antes, engordaba rápidamente, incluso la fisonomía de su rostro se había alterado notoriamente y de forma antinatural, algo que no era nuevo dentro del Circo. Cuando Morris se retiraba a su oficina fue interceptado por Beatriz Blanco, ajena también al festejo general, “Creo que algo está sucediendo entre Horacio y Lidia” le informó seca y apresuradamente como si estuviera soltando una bomba, una bomba que por cierto no detonó, Morris se detuvo pero más que interés mostró impaciencia “¿Y...?” La información no era lo suficientemente interesante como esperaba por lo que no dudó en delatar a Von Hagen para ver si conseguía el agradecimiento de Cornelio o algo más “...lo acabo de sorprender haciéndole promesas de liberarla…” pero para su jefe todo aquello aun carecía de interés e importancia, entonces la mujer se jugó su última carta “…tenía una moneda... era una moneda vieja que no servía, pero el tonto de Horacio no lo sabía, yo lo sorprendí y se la quité… pensaba usarla… deberías tener cuidado con esos dos, no es bueno que…” pero Beatriz se detuvo incrédula, su jefe reía “¿Y qué piensas que Horacio hará?... ¿meterse dentro del estanque de agua para hacerle compañía a Lidia?...” preguntó Morris y volvió a reír “…¡Si alguien saca a Lidia de ahí, muere! ¿Crees que ella tiene interés en ser liberada? ese peludo ingenuo es inofensivo, deja que alimente sus ilusas intenciones y tú deja de fastidiarme con tus pobres embustes de prensa rosa” Beatriz se sintió profundamente ofendida, confundida, parecía a punto de llorar “Yo solo quería ayudar… serte útil” Cornelio le acarició la mejilla para consolarla pero en el fondo la situación le divertía, “Eres mi favorita Beatriz, reconozco tu talento y soy el único capaz de apreciarlo. Admiro que viendo la situación en la que está Lidia, aun pienses en perjudicarla, más sabiendo que se trata de tu propia hermana, pero haces perder mi tiempo preocupándote por los desvaríos románticos de un inútil como Horacio. Deja de preocuparte por estupideces y preocúpate por Sofía que para eso estás aquí” Dicho eso, Morris se retiró sin más.

Román Ibáñez se echaba un trago de licor mientras apuraba a los hombres que cocinaban a fogata la cena en el exterior, estaba realmente hambriento luego de pasar toda la jornada prestando su energía vital al funcionamiento de Mustafá, quien de forma espantosa absorbía las fuerzas y la consciencia de un ser humano para funcionar y hacer sus espectaculares y exactas predicciones. Cobraba vida literalmente y de forma lúgubre como si se tratara de un cadáver que de pronto revive, en la penumbra de su habitáculo de lona, y en el interior de su caja oscura protegida por un vidrio, su cuerpo semejante a un maniquí de latón y madera, de viejas y toscas articulaciones y pintura descascarada despertaba espantosamente, sus ojos de mirada inquietante buscaban al consultante hasta que ambas miradas coincidían, luego su voz sonaba profunda y asfixiada a través de una defectuosa bocina, pero eso no era todo, al verlo, parecía difuminarse la línea entre lo natural y lo artificial, el muñeco se transformaba en algo que no era completamente una persona pero sin duda no era solo un muñeco. El autómata estaba lejos de ser una ingeniosa obra de la ciencia o la ingeniería, más bien era una abominación sobrenatural creada por medios y motivos oscuros y malvados al cual daba miedo ver y oír, pero cuyas verdades eran incuestionables las creyeran o no y eso lo hacía bastante útil e irresistible sobre todo para sus numerosos clientes, pero no para su pequeño esclavo, ya que el enano le había firmado un contrato a Cornelio que lo ataba irremediablemente a servir en el funcionamiento de su tétrico compañero. Aunque al momento de firmar dicho contrato lo había hecho con gusto, no era aquello exactamente lo que Román Ibáñez tenía en mente.


Detrás de los camiones y los habitáculos armados por los hombres del circo para pernoctar Horacio Von Hagen estaba sentado solo y ajeno sobre un tronco tan ignorado como él, aun tenía la bolsa llena de desperdicios a su lado. Se sentía humillado por haber demostrado tanta torpeza frente a Lidia, esta, podría estar riéndose de él en esos precisos momentos y sería con toda razón frente a su triste tendencia a avergonzarse a sí mismo. Restregaba la moneda inservible en sus velludas manos mientras se torturaba recordando el ridículo que había hecho, estaba tan ilusionado que no le habría importado que todos se enterasen de su pequeño tesoro, ni siquiera Don Cornelio, como él le llamaba, mientras aquello sirviera para demostrar a Lidia la fuerza de sus sentimientos, la convicción de sus intenciones, su valor como persona y como hombre, pero en lugar de eso se había comportado como un idiota y un inútil y haberlo hecho frente a la persona que más le importaba en el mundo lo tenía verdaderamente destrozado. Distraído en su dolorosa frustración, no sintió que alguien llegaba y se sentaba a su lado, la pequeña Sofía lo apreciaba profundamente y disfrutaba su compañía. Von Hagen era un tipo tranquilo, honesto, noble, algunas de sus varias cualidades  que desaparecían tras su aspecto simiesco, primitivo, pero no para la niña, para ella Horacio era transparente e inocente como un niño, un niño con un aspecto un poco extraño. La pequeña Sofía traía un libro de cuentos clásicos infantiles que posó sobre sus piernas para compartirlo con su amigo “Mira Horacio, tiene ilustraciones, ¿quieres leerlo conmigo?” pero Horacio no sabía leer bien, solo su abuela materna se había preocupado alguna vez de enseñarle los complicados e interesantes caminos de los números y las letras pero esta no le había durado mucho. La niña leía con seguridad, no era un libro nuevo ni aquella la primera vez que lo leía, pero para Von Hagen aquello era una maravilla, tan pequeña y leía tan bien. De pronto la pequeña Sofía se detuvo al notar lo que el hombre tenía en sus manos, “Tienes una moneda” afirmó, Horacio asintió sin decir palabra, “Mamá dice que no es bueno andar con dinero…” el hombre volvió a asentir “Tu mamá tiene razón, pero no te preocupes, que esta moneda… no sirve” y trató de disimular la vergüenza repentina que volvió a sentir bajando la mirada al suelo, “Ah, dijo la niña, como las monedas que le lanzaron hoy al “Cometodo” después de que se las tragó, seguro ya no sirven para nada” y retomó su lectura con el mismo cuidado y pulcritud que al principio mientras Von Hagen se quedaba pensando en ese “Cometodo” que la niña había mencionado. Pero el asunto terminó ahí, una voz femenina se escuchó llamando a la niña por su nombre y esta cerró su libro, se despidió con cariño y se fue corriendo “¡Ya voy mamá!”


León Faras.  

martes, 17 de junio de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XIV.

El ambiente dentro del palacio de Rimos era un caos absoluto, la vida se le iba inexorablemente a la princesa Delia y todos hacían lo que tenían a su alcance por tratar de salvarla, la criatura en su interior no nacía aun y sería imposible mientras la princesa estuviera inconsciente, ardiendo en una fiebre que la hacía divagar y bañada en un sudor frío y abundante, mientras Dolba y sus ayudantes trataban de hacer lo posible para estabilizarla, tratando de hidratarla, de que disminuyera la temperatura de su cuerpo para que reaccionara y al menos intentara dar a luz por sus propios medios. Pero no tenían la capacidad para eso y sabían que si seguían luchando por salvar a la madre iban a perder al bebé, el cual si no nacía por medios naturales, pronto sacrificaría la vida de ambos, lo que era una situación terriblemente complicada para la comadrona y sus ayudantes, pues se trataba de elegir entre seguir intentando salvar la vida de la princesa de Rimos o rescatar al bebé, futuro heredero al trono de Rimos, pero condenando a la madre, y esa era una elección demasiado grande para cualquiera de las que estaban allí. Sila, la hija de Dolba ponía paños fríos sobre la frente de la princesa con desesperada insistencia y trataba de limpiar las gruesas gotas de sudor que se le formaban pero era demasiado evidente que no podían contener la grave situación de la princesa, quien temblaba inconteniblemente “Hay que sacar al bebé ahora o perderemos a los dos…” dijo esta con angustia repitiendo casi las palabras que su madre había dicho hace ya rato, pero Dolba no se decidía, aquello significaba condenar a muerte a la princesa pues para sacar al bebé solo quedaba abrir el vientre de la madre, lo que era casi con seguridad la muerte para esta, pero la criatura tampoco resistiría mucho tiempo más ahí dentro. Sila volvió a mojar los paños para enjugar el rostro de la princesa cuando su brazo fue atenazado por una mano dura y húmeda. Delia había abierto los ojos enormes como platos y se aferraba a su muñeca como un náufrago a un madero en medio del océano, intentó balbucear palabras que no brotaron del todo, ya no tenía fuerzas para impulsar el aire suficiente, Sila trató de calmarla, pero Delia tenía algo que decir, volvió a intentarlo y logró modular algunas palabras audibles “salven a mí bebé…” no fue demasiado fuerte pero suficiente para que Dolba la oyera. La princesa estaba consciente y tomaba aire con un enorme esfuerzo, casi con furia, la partera trató de animarla a que intentara dar a luz por sus propios medios que era lo que todos esperaban, pero la princesa negó con la cabeza, lloraba y temblaba, “solo salven a mi bebé…” dijo con un gran esfuerzo y luego cayó, sin dejar de apretar la mano de Sila como si aquella fuera su única y última conexión con el mundo real… un “Ovardo…” en tono suplicante, fue lo último legible que salió de sus labios, luego de eso Dolba se decidió, ya había perdido demasiada sangre que no alcanzaría a recuperar y que agravaba más su situación mientras el bebé exigía nacer ya. Buscó entre sus cosas y extrajo un cuchillo de hoja corta extremadamente afilado que utilizaba para cortar los cordones umbilicales y a veces también para abrir el cuerpo de los cadáveres cuando era necesario. Teté llegaba en ese momento con una nueva dotación de paños limpios, pero la escena era demasiado evidente y fuerte para ella, Dolba limpiaba el cuchillo con un paño mientras su hija adormecía a la princesa sujeta por la ayudante, con un trapo empapado de alguna infusión soporífera. Teté soltó los paños que traía y se llevó ambas manos a la boca, pero no vio nada más, sus ojos se llenaron de lágrimas y salió del lugar atropellando a todo el que se le cruzara por delante.

Ovardo permanecía tirado exánime en el suelo rodeado de perros que lo olfateaban como si se tratara de una de sus presas, Cal Desci, observaba la escena increíblemente nervioso, casi rogando que aquellos animales no les diera por devorar al príncipe, mientras los dos tramperos que llegaban, se detenían para enterarse de qué estaba sucediendo. El más viejo de ellos, un hombre llamado Barros, sacó un machete que cargaba el asno y lo empuñó por precaución, luego quiso mover a uno de sus perros para ver con más libertad el cuerpo tirado en el suelo pero recibió un gruñido de vuelta del animal, lo que provocó un ataque de furia del viejo desembocado en un enérgico puntapié para el perro subversivo además de una larga retahíla de insultos que aparte de reponer su autoridad sobre los animales liberó por completo al príncipe Ovardo del acoso de los canes. El otro trampero llamado Preto, se acercó a Cal Desci para preguntar “¿Quién es ese hombre?” “Ese es Ovardo, príncipe de Rimos y futuro rey de todas estas tierras…” el muchacho respondió con toda la solemnidad que consideró necesaria para impresionar a los recién llegados, cosa que no consiguió en absoluto. Barros curioseaba con la punta de su machete las piezas de la armadura del príncipe que yacían acumuladas en el suelo cerca de él, y luego registró entre los ropajes del caído en busca de algo de valor, encontrándose con la pequeña botella que Ovardo había llenado de agua de la fuente, el trampero la tomó y la examinó sin encontrarle valor alguno, la iba a lanzar lejos pero el príncipe levantó la cabeza de la tierra, se tocó la ropa y ciego y mugriento, notó lo que le habían quitado, suplicante le rogó que se la devolviera estirando su mano temblorosa y débil. El anciano se la entregó pero sin ocultar la mueca de desprecio que le provocó la patética reacción de aquel hombre. Barros se acercó a su hijo Preto visiblemente conmovido, “Aquel hombre… acabo de ver su rostro… está con los ojos vendados pero es él, es el príncipe de Rimos, yo lo conozco, es un hombre formidable que todos esperábamos ver en el trono… ahora está acabado ¿Qué clase de hechicería horrible le hicieron para que terminara así?” el viejo estaba sinceramente horrorizado, por lo que escuchó toda la explicación de Cal Desci la que fue narrada en voz baja pero con emoción y lujo de detalles, luego, el viejo se dirigió a su hijo “Ata a “Cantinero” y descárgalo para que descanse…” Preto se alejó y el viejo le habló al muchacho en tono cómplice “…”Cantinero” es nuestro asno, lo llamamos así porque huele como uno.  Encenderemos un fuego y nos quedaremos aquí a acompañar al príncipe hasta que esté en condiciones de volver. Es lo menos que podemos hacer.”


El rey Nivardo y su ejército se detuvieron antes de salir de los bosques para no ser vistos desde Cízarin, ya atardecía y esperarían el ocaso para atacar. Ranta descendió de uno de los árboles más altos de los alrededores, llevaba varios minutos ahí arriba mientras esperaba al resto, observando la ciudad y sus alrededores… le llamó la atención un grupo de personas que salía de la ciudad, alejándose en el horizonte opuesto, eran tres o cuatro adultos, media docena de niños y un par de animales por lo que alcanzó a ver. Solo fue eso, no era la mejor hora para dejar el cobijo de una ciudad, pero había miles de razones por las cuales una familia podía tomar sus cosas e irse, incluso podía tratarse de forasteros de paso por la ciudad, como fuera, eran pocos y se estaban alejando, por lo que tampoco corrían el riesgo de ser delatados. Todo seguiría en marcha como estaba planeado.


León Faras.

jueves, 12 de junio de 2014

Historia de un amor.

IX.

Miranda no comprendía lo que había sucedido, el libro negro sin título que había encontrado abandonado y con el que cargaba desde entonces había desaparecido ante sus ojos sin dejar rastros y en su lugar ahora tenía una versión exactamente igual pero nueva, sin uso, solo que esta vez con dueño. Este la observaba con curiosidad pero sin impaciencia, tal vez solo tratando de entender qué sucedía y qué tenía que ver el nada especial cuaderno de tapa dura y empaste negro que acababa de comprar sin otra intención que realizar en él algunas anotaciones personales. La chica quiso saber si él había perdido un libro igual a ese, pero más viejo y evidentemente con más uso en una librería del pueblo, pero el hombre negó con la cabeza, jamás había tenido un libro así antes, entonces Miranda hizo una mueca, mientras aun observaba a su alrededor con la esperanza de que su libro estuviera en alguna parte que no hubiese visto aún, “… ¿Estás segura de que traías ese libro que buscas? Tal vez lo dejaste en alguna otra parte…” sugirió el hombre con toda buena voluntad, pero que de todos modos provocó que Miranda se le quedara viendo como si le hubiese dicho eso para molestarla, a veces era un poco distraída y reconocía que en ocasiones podía pasar por alto ciertas cosas, pero ese tipo recién la estaba conociendo y ya le estaba insinuando que la explicación más factible para la desaparición de su libro era su condición de despistada, “por supuesto que lo traía…” aseguró la muchacha y quiso que Bruno lo corroborara pero este estaba absorto en sus pensamientos, eso hasta que un suave golpe con el pie propinado por su dueña lo volvió a la realidad, “¡Bruno!” gritó Miranda pero la expresión del gato la hizo suavizar su enfado y preguntar qué le ocurría, el gato la miró y luego extravió la vista, “pensaba en lo que decías hace rato, porque sin saber cómo, estaba escrito en varias partes por ti, pues entonces en algún momento escribiste en él, quiero decir… en algún momento cuando ese libro quizá estuvo más…nuevo” “Nuevo como este…” señaló la muchacha aun con el libro en la mano, y luego añadió “…¿acaso crees que son el mismo?” el gato dio un salto y quedó colgando del bolso de Miranda quien le ayudó a subir “Pues tal vez por eso desapareció el libro viejo que tú tenías, porque no podían estar los dos al mismo tiempo…” el felino terminó y se dio cuenta que tanto el hombre como la muchacha le miraban con cara de no estar entendiendo, “perdona… dijo el hombre, pero ese cuaderno lo acabo de comprar hace media hora…” “Sí, respondió Bruno, e inmediatamente lo trajiste hasta aquí” concluyó el felino, pero Miranda no estaba convencida, “No sé qué pasó con nuestro libro pero este no es, no puede ser el mismo…” y se lo estiró a su dueño para que lo tomara pero este no quiso apresurarse, “¿y si tu amigo tiene razón…?” dijo, y tanto la chica como el gato se quedaron mirando con sorpresa, pero el hombre continuó “…ocurre que ese cuaderno no lo compré por una necesidad específica o con un propósito claro, más que nada era una vaga intención de anotar ideas que se me ocurren, marcar sucesos importantes o dejar por escrito algunos propósitos necesarios pero que si no los anotas, con el tiempo se diluyen en la memoria y son reemplazados por otras ideas igual de fugaces e intrascendentes, el hecho es que, sin una determinación muy fortalecida, entré en la tienda para ojear algún cuaderno que quizá llamara mi atención, vi varios, pero a medida que los veía más sentía que no era el momento ni el lugar, que era una mala idea, que en realidad era algo que no necesitaba. Eso hasta que lo vi, quizá la vendedora quería hacer su venta e insistió hasta agotar las posibilidades y mostrarme sus opciones menos populares, pero en cuanto vi ese cuaderno toda la convicción volvió de golpe, no sé que tenía de especial pero sí supe que yo estaba ahí para comprar ese cuaderno. Luego llegué aquí sin que esta sea una ruta que recorra a menudo, sin que me dirija a un lugar específico o con una mínima urgencia, solo guiado por el instinto… luego nos topamos, tu libro, al parecer idéntico al mío, desaparece sin explicación… no lo sé… creo que hay algo más que una simple coincidencia en todo esto…” Bruno hace rato que había dejado de poner atención a las palabras de aquel hombre y se había quedado profundamente intrigado en la mirada de ambos, uno hablaba y la otra atendía con atención exclusiva, no despegaban los ojos como si estuvieran absorbiendo la imagen del otro en un sorbo largo, dulce y refrescante; anhelado y necesario. Cuando el hombre dejó de hablar, la comunicación entre ellos continuó muda durante varios segundos a través de la mirada, prendados, como cuando los gatos sorprendían una presa que desprevenida e inocente se pasea sin advertir la presencia de su victimario y la acechan en silencio, de igual manera los humanos podían jugar ambos roles muy a menudo pero en las lides de la atracción y la seducción, aunque en este caso, ambos eran presa y cazador al mismo tiempo, eso no era algo muy común, pensó Bruno, tal vez sí había algo más que una simple coincidencia.


Pronto salieron del encantamiento inicial que produce un encuentro como ese, en el que sin saber cómo, sientes como si tus sueños se estuvieran materializando delante de tus narices, como si el mundo entero fuera el producto de un anhelo personal e íntimo, como si el universo hubiese oído aquello que siempre deseaste pero que nunca pediste y te lo entregara de la forma más natural y cotidiana y en el momento menos esperado. Ya sabían perfectamente que algo había sucedido entre ellos, algo que los marcaría y que los acompañaría por largo tiempo, algo que recién comenzaba pero que ya estaba escrito, en un libro que acababa de desaparecer.


León Faras.