viernes, 31 de octubre de 2014

Isidora.

Sus pasitos menudos se sienten correr,
en la soledad que inunda todo el lugar.
Hace mucho tiempo que dejó de toser
¿por qué su mamá no la vino a buscar?

Que su pena termine, desea Isidora,
pero no encuentra el camino de huida.
Su cuerpo está bajo tierra y ella lo ignora,
su alma en un laberinto que no tiene salida

Isidora quisiera volver con sus padres
que su madre vuelva a cepillarle el pelo
que le lea sus cuentos al llegar cada tarde
que le quite el miedo y el desconsuelo

Abraza su muñeca de vestido gastado,
visitantes extraños le provocan espanto,
ellos profanan el Hospital abandonado.
La osadía termina si escuchan su llanto.

A veces tiembla su muñeca asustada
como buena madre, la debe arrullar
hacerla dormir en la noche cerrada.
Se te hiela la sangre si la oyes cantar.

Pobre Isidora, qué injusto destino
su alma vaga sola en el hospital
su rostro de niña se diluye en el frío
su voz inocente te pone a temblar.


León Faras.

jueves, 30 de octubre de 2014

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

II.

Era una preciosa tarde de domingo, que inspiró a Edelmira a decidir sacar a jugar  a su hijo a un parque cercano y comer golosinas e invitó a Miguelito para que se les uniera. Entonces Bernarda animó a su hija para que ambas salieran a dar un paseo por el centro de Bostejo para disfrutar del sol y la brisa y de paso, llevar a la pequeña Matilda a respirar un poco de aire fresco. Ulises se había ido al negocio de Octavio por lo que las mujeres invitaron a la señora Alicia para que no quedara sola en casa, y aprovecharan de hacerle una visita a Estela quien no había llegado para el almuerzo.

Como toda tarde de domingo, y especialmente cuando el clima era tan espléndido, la plaza de Bostejo se llenaba de gente que deambulaba por ella en grupos o en parejas buscando distracción y esparcimiento, numerosos comerciantes compartían espacio con artistas callejeros que luego de realizar su arte, recolectaban monedas entre su público. Las mujeres se instalaron en uno de los asientos del nivel intermedio de la plaza para descansar, disfrutar de la fresca sombra de los árboles y atender a Matilda, a pesar de que esta dormía pacíficamente como siempre. Por más que observaron en todas direcciones, no fue fácil encontrar a Estela, el lugar era un enjambre de personas y ruidos; música y conversación; niños reían y corrían por un lado y comerciantes gritaban sus productos por otro, solo lo consiguieron gracias a que el traje de payaso de Alberto y sus globos eran lo suficientemente vistosos como para que llamaran la atención en la multitud, pero cuando lograron acercarse al chico y este les señaló dónde estaba Estela, resultó que ninguna de las mujeres la reconoció hasta enterarse de que la muchacha llevaba peluca y pintura en la cara como parte de un disfraz de muñeca, solo entonces pudieron dar con ella. La chica estaba contenta, disfrutando plenamente de su trabajo, la tarea de usar disfraz y acercarse a los niños con las invitaciones para el show de títeres o para vender sus dulces le había encantado, y la aceptación de la gente, sobre todo los más pequeños, había sido de lo mejor, “Cuando Matilda cumpla su primer año, te pediré que te disfraces de nuevo para su fiesta” dijo Aurora y la idea se quedó flotando en el aire por unos segundos, como si se tratara de una revelación colectiva, pues todos ahí pensaron lo mismo, que aquella sería una excelente forma de que los muchachos ganaran algún dinero.

Edelmira estaba sentada en un asiento de piedra, observaba a los niños desde prudente distancia mientras estos se divertían en los juegos infantiles, Miguel ya había hecho amigos nuevos entre los otros niños, mientras Alonso se entretenía solo, abstraído del mundo en un banco de arena que lo absorbía por completo. Aquello era en cierta forma bueno para la mujer, ella mantenía su trabajo separado de su hijo tanto como podía, pero no podía asegurarse de nada, por lo que la personalidad ensimismada de su hijo era buena para ella, él nunca tendría muchos amigos y eso lo mantendría a salvo, hasta cierto punto, de la crueldad de los niños. Una mujer se sentó a su lado, era más joven que Edelmira pero no más atractiva, su vestimenta y su peinado no lucían nada, traía un coche de bebé, Edelmira la observó por debajo del ala de su ancho sombrero, le pareció familiar el rostro pero tardó algunos segundos en reconocerlo, se veía completamente diferente fuera del prostíbulo donde ambas trabajaban “Leticia, que grata sorpresa. ¿Estás bien?” La mujer solo miraba hacia donde estaban los niños jugando “Hola, ¿ese de ahí es tu hijo?; sí que ha crecido” su voz y la expresión de su rostro no habían cambiado en nada, era triste y melancólica como siempre, Edelmira observó el carrito, un bebé de menos de un mes dormía en su interior “Así que, esta es la grave enfermedad de tu hermano menor, ¿no?”Leticia también miró hacia el coche, “¿Eso fue lo que te dije a ti? no lo recordaba. No, ni siquiera tengo hermano menor, he dicho demasiadas mentiras, a Rubén, a ti… a mi madre. Una mentira diferente para cada cual” Edelmira no comprendía “¿Rubén?; ¿Qué tiene que ver Rubén?” Rubén era el hombre al que recurrían las chicas cuando algún cliente se negaba a pagar lo acordado o cuando alguno se tornaba especialmente agresivo. Leticia miró a los ojos a su amiga, necesitaba confiar en alguien, hablar sin tener que inventar cada palabra de lo que decía. “Él es el padre, aunque por supuesto se lo negué, le dije que era de un cliente, sabes que no es paternidad lo que busca en nosotras. Además, lo primero que me dijo cuando le comenté mis sospechas fue que tenía que hacerme un remedio o irme a la calle” Edelmira miró a los niños que jugaban. Hace años cuando apenas era una chiquilla, había pasado por lo mismo, “remedio o la calle”, ya había probado la calle demasiado tiempo, así que eligió el remedio, nunca más lo volvió a hacer. “Y elegiste la calle, obviamente. ¿Dónde te estás quedando? ¿Necesitas algo?” guardaron silencio mientras una pareja de adultos pasaba por su lado, luego continuaron “Estoy bien, estoy con mi madre, por supuesto ella no sabe nada, piensa que me dejé engatusar por algún sinvergüenza de la casa donde se supone que trabajo cuidando a un enfermo por las noches…”; “Con lo de dejarte engatusar por un sinvergüenza tiene razón” dijo Edelmira con un toque de reproche “Sí, es cierto…” admitió Leticia “…pero ya está hecho. Ahora necesito conseguir trabajo de nuevo” El bebé despertó y Leticia debió tomarlo y pasearlo un poco para tranquilizarlo. Edelmira preguntó “¿Y estás segura de que Rubén es el padre de tu bebé?” era una duda válida pero irrelevante al mismo tiempo, Leticia respondió con una sonrisa triste “¿Y eso en qué cambia las cosas?...” ante el silencio de Edelmira, agregó “…Me tengo que ir. Me gustó verte.”

“Estela, ¿no has comido nada? Pensé que irían a casa a almorzar” La señora Alicia, como casi siempre, lucía muy preocupada “¿Podemos comer más tarde? Con don Jonás hemos comprado y comido emparedados y zumo. Dice que le ha ido realmente bien con nuestra ayuda y a nosotros también. ¡Mira, casi he vendido todos los dulces!” La muchacha estaba entusiasmada y la miraba suplicante para que le permitiera quedarse un rato más y terminar con el trabajo, “¿Y quién es ese don Jonás?” preguntó la señora Alicia tomando una actitud fingidamente severa, “Es el titiritero…” respondió Estela sin poder dejar de sonreír “…por eso estoy vestida así. Promocionamos su espectáculo y luego vendemos nuestras cosas a los niños, hacemos buen equipo. Solo nos queda una función más, ¿sí?” La señora Alicia se mostró realmente sorprendida “¿Jonás?; ¿ese titiritero es Jonás del Arroyo?” Estela no conocía a ningún otro Jonás ni tampoco a otro titiritero, por lo que se volteó hacia su amigo payaso buscando una confirmación y este asintió con la cabeza “El mismo… ¿Le conoce?” La mujer pareció suspendida en recuerdos por un breve momento y luego respondió “Sí, evidentemente.”



León Faras.

lunes, 13 de octubre de 2014

El gran Diluvio.

El gran diluvio.

…La enorme puerta de gruesos y toscos maderos era golpeada por una multitud desesperada sin que pudiera abrirse. Por entre las rendijas podía verse dedos asomarse pidiendo ayuda y ojos muy abiertos, ávidos de auxilio. Los gritos helaban la sangre.

El anciano volvió en sí buscando sujetarse de algo porque se desvanecía, los trances en los que entraba eran tan profundos y prolongados que a menudo lo desorientaban en el tiempo y en el espacio. Se trataba de un brujo respetado y reconocido en la región, sus pronósticos eran certeros, y las personas creían en ellos más que en sí mismos. Otros miembros más jóvenes de la tribu se apresuraron a sujetarlo, con sumo cuidado le ayudaron a sentarse y lo acompañaron hasta que el viejo se recuperó. “¿Qué fue lo que viste, Padre?” todo el mundo, más allá de que fueran familiares o no, le llamaba “Padre” era una especie de título o reverencia. Le acercaron un poco de agua en un cuenco que el viejo bebió con ganas y luego habló, “había, una choza como la nuestra, hecha de gofer pero mucho más grande. Estaba invertida, de modo que la cima del techo se apoyaba en el suelo y no podía mantenerse de pie sin pilares que la sostuvieran. La base estaba abierta a los cielos…” los hombres y mujeres que le escuchaban, se miraron sin entender, a veces las visiones de Padre eran extrañas, pero no por eso perdían veracidad. Uno de los hombres preguntó “¿Quién vive en esa choza tan extraña, Padre?” el viejo miraba al fuego enfrente de él, y estiraba la mano con cuidado, como tratando de tocar algo en su mente, esa imagen se desvaneció y el anciano respondió “nosotros viviremos en ella, será nuestro refugio” la gente no entendía nada, estaban muy bien donde estaban y sus chozas eran perfectas con el techo sobre sus cabezas como les gustaba que fuera y como debía de ser, pero nadie tendría el atrevimiento de dudar de las revelaciones de Padre y mucho menos de contradecirle, entonces otro de los hombres preguntó “¿dónde está esa choza, Padre?; ¿está demasiado lejos de aquí?” ese hombre era un cazador, y había recorrido tanto como puede hacerlo un hombre sobre sus pies, y en ninguna parte había siquiera escuchado de tan extraña construcción. “No tendremos que ir a ninguna parte, esa choza estará aquí, debemos de construirla nosotros mismos” concluyó Padre con un tono de quien anuncia lo que será, un mal necesario.

            La noticia se esparció con facilidad, debido a que las visiones de Padre eran tema de conversación obligado mucho más allá de su comunidad. A los pocos días llegaron hombres de otras tierras, preocupados en saber si era cierto lo de la choza invertida y si ellos también necesitarían refugio, los materiales para iniciar la construcción se amontonaban en gran cantidad, así como también recipientes con plantas y vegetales comestibles y un buen número de ganado. Padre les respondió que sin duda, sí “…el agua será tal, que necesitarán protegerse de ella bajo sus pies, por eso la choza debe tener el techo hacia abajo” los hombres se preocuparon, su líder, conocido por todos como Tresdedos preguntó “¿podemos unirnos a su grupo, Padre?, tenemos hábiles constructores y buenos cazadores” Padre asintió “Por supuesto que sí, pero deberán asegurarse con una buena cantidad de provisiones vivas, o no durarán el tiempo suficiente” los hombres parecían no creer “¿provisiones vivas Padre?; ¿cuánto tiempo estaremos en el refugio?” el viejo respondió sin rodeos, “Lo que tarda la tierra en cubrirse de agua por completo y volver a secarse”

            La escena se repitió en más de una oportunidad, hombres de distintos puntos llegaron a corroborar los rumores y a unirse al grupo y su arduo trabajo, tanto en la construcción, como en el abastecimiento de víveres. Gracias al gran numero de brazos que llegaron, se avanzaba rápido en los trabajos al mismo tiempo que se estrechaban lazos y se unían familias, la choza invertida tomaba una forma y un tamaño absolutamente desconocido para cualquiera de los hombres o mujeres que trabajaban allí, lo que hacía que pocos pudieran imaginar la forma en que ese armatoste se convertiría en su refugio o en su salvación. Por las noches, un grupo cada vez mayor se reunía en torno a un gran fuego para recuperar fuerzas y escuchar las narraciones, en las que Padre participaba y aprovechaba de repartir enseñanzas, sobre qué esperaba la divinidad de nosotros y la mejor forma de comportarnos frente a distintas situaciones. Trataba sobre todo de inculcarles el amor y respeto por los demás, los últimos pasajes de la visión que había tenido lo torturaban dolorosamente sin poder compartirlos con nadie, todas esas personas atrapadas, debía haber una razón, solo sabía que haría todo lo necesario para salvar a toda esa gente.

            Los trabajos terminaron, y la gente quedó asombrada y orgullosa de la forma y tamaño de su construcción, sin duda una obra de la que se hablaría en incontables generaciones. Las primeras gotas de agua comenzaron a caer ese mismo día y Padre ordenó que subieran todas las provisiones y luego todas las personas, todo lo que debía hacerse ya estaba hecho y solo quedaba esperar. En ese momento, un gran número de personas que se acercaban apresurados fueron avistadas, venían desde muy lejos, marchando apenas se habían enterado de las predicciones, traían provisiones pero la mayoría las habían agotado en el viaje, estaban cansados y temerosos, rogando que los dejaran entrar en el refugio, la mitad de ese grupo eran mujeres y niños pequeños, Tresdedos intervino diciendo que había espacio y provisiones suficientes para todos y Padre estuvo de acuerdo, con lo que el grupo volvió a crecer. La lluvia tomó consistencia poco a poco durante el día y continuó durante la noche y durante todo el día siguiente y la siguiente noche, y así, hasta desbordar todos los ríos, lagos y riachuelos, conquistando suelos que nunca antes había conquistado, y subiendo cada vez más por las paredes de la choza invertida, en cuyo interior los hombres temían que no fueran lo suficientemente altas para que el agua no los cubriera también. El asombro y la admiración fueron generalizados el día en que la choza invertida comenzó a flotar y a moverse suavemente con el vaivén de las aguas, la gente no dudó en celebrar bajo la lluvia con música y bailes, pues con seguridad era una intervención divina que la colosal estructura que habían construido no sucumbiera a las aguas, sino que se mantuviera sobre estas, pero el buen ánimo duró solo unos días, hasta cuando se acercaron a un islote formado recientemente en el que un gran número de desdichados, hambrientos y sin resguardo del aguacero, rogaban a gritos ser salvados. Tresdedos intervino de inmediato asumiendo su rol de líder, “No podemos recibir más gente, no podremos alimentarlos a todos. Debemos alejarnos de aquí lo antes posible y no tentar su desesperación” Padre no estaba de acuerdo, “Esos gritos nos acompañaran hasta el final de nuestros días, pero sobre todo a mí, que debí construir este refugio para salvar a todo el que lo necesite y no para un número determinado de hombres. ¿Si ese fueras tú, tus padres, tus hijos? ¿No desearías y considerarías justo ser salvado?” Tresdedos no podía discutir con eso, pero eso no cambiaba la insensatez de aumentar aún más el número de personas dentro del refugio “Tú eres nuestro patriarca y apoyaré tu decisión, pero hay una verdad que no debes ignorar: No todos pueden ser salvados” “Una verdad sin duda, pero que es más fácil de admitir cuando se está del lado seguro” respondió Padre, con lo que Tresdedos cogiendo una cuerda, animó a todos los que lo quisieran seguir a rescatar a esas personas.

            El rescate se llevó a cabo, aunque el espectáculo que se dio fue perturbador y desagradable, los hombres se peleaban, se insultaban, se agredían por salvarse, muchos perecieron ahogados en la lucha por la supervivencia. Ni un solo niño logró llegar a bordo del refugio, aparte de un bebé que una mujer traía atado a su espalda. Muerto. Los días pasaron y la lluvia no se detenía, el clima dentro del refugio se tensaba y dividía, las personas se separaban en clanes y poco compartían entre sí, de vez en cuando aparecían pequeñas disputas y rencillas causadas por un poco de alimento o una cobija para dormir, por lo general Padre era el único que podía intervenir sin caldear más los ánimos pero no siempre estaba disponible para ello. Un día descubrieron que una familia entera se había enfermado, nada habían dicho por temor a ser expulsados, pero ya no lo podían ocultar, una serie de protuberancias grotescas deformaban su cuerpo el que se llenaba de llagas que con el paso del tiempo laceraban su carne, haciéndolo perder partes, la enfermedad era horrible, contagiosa y muy temida. Una especie particularmente agresiva de lepra. El pánico se esparció, muchos no dudaron en exigir que los enfermos fueran arrojados al agua, hasta que ellos mismos o sus parientes cercanos se veían infectados, entonces el discurso cambiaba. Padre, Tresdedos, sus familias y seguidores atendían a los enfermos en lo que podían, aliviando su sufrimiento, sin deshacerse de ninguno de los contagiados, debido a que, a pesar de las horribles deformaciones, ninguno había perecido aun. Hasta el día en que Tresdedos se presentó ante Padre, “Ya no volverás a bajar a atender a los enfermos…” dijo  “…yo y mi gente nos encargaremos de todo…” Padre no comprendió lo que sucedía hasta que Tresdedos le mostró el vientre, una voluminosa protuberancia emergía de él, estaba contagiado y salvo Padre y su familia, todos los demás también, entonces Tresdedos entró en la parte baja del barco y le pidió a Padre que cerrara la puerta por fuera, Padre se negó, pero Tresdedos insistió “Preocúpate de los tuyos. No todos pueden ser salvados”


            La visión de Padre cobró vida en los días sucesivos, al verse encerrados los hombres se lanzaron contra los portones, gritando y pidiendo clemencia, sus cuerpos se deformaban terriblemente, unos perdían el cabello, otros, sus miembros, el sufrimiento y la desesperanza se apoderaron de todos ellos. Padre y los suyos se mantuvieron sanos solo por obra divina, los portones no volvieron a abrirse y los alaridos y golpes terminaron por acallarse. Y la lluvia por fin se detuvo. Días después avistaron tierra, los montes y cerros ya se asomaban nuevamente, la choza invertida se detuvo y Padre y su familia descendieron, la felicidad y gratitud se mezclaban con la tristeza de haber perdido a tantos buenos hombres y mujeres, tal vez si no hubiese salvado a esas personas del islote, la enfermedad nunca hubiese llegado a bordo, pero ya no había nada que hacer. En realidad sí había algo que hacer, debían sacar los cuerpos y darles sepultura según su costumbre. Los portones se abrieron, pero lo que encontraron allí fue sencillamente increíble. Había animales, miles, que con los rayos del sol se despertaron y comenzaron a moverse con lentitud, espantando la modorra que los embargaba, grandes, pequeños y en su mayoría, nunca antes visto por Padre y su familia. No había un solo humano, ni vivo ni cadáver, solo animales que salieron del refugio y se esparcieron por el mundo. Un majestuoso y bello tigre salió al final, pareció saludar a Padre antes de irse, cojeaba levemente de su pata delantera, Padre notó que solo tenía tres dedos en ella.


León Faras. 

jueves, 9 de octubre de 2014

Del otro Lado.

XIX. 


Era casi medio día cuando Alan llegó al cementerio, había estado pensando en algún sistema de comunicación más práctico para hablar con Laura, la nieta de Manuel, pero aun no se decidía, papel y lápiz no era el mejor sistema para comunicarse con los espíritus, porque para estos últimos era demasiado complejo maniobrar objetos materiales a voluntad, aunque con el tiempo, sí eran capaces de lograrlo y ejemplos de eso sobraban. Lo de reunirse en el cementerio fue más que todo un impulso, debían programar juntarse en otro lugar fuera del dormitorio de la chica y el cementerio fue lo primero que se le ocurrió en ese momento antes de salir huyendo por la ventana, aunque con respecto a la tumba de ella y que estuviera tan cerca del punto de reunión, esa no había sido más que una rara coincidencia, la pileta era solo un punto de referencia y Alan no tenía idea que esta se encontraba junto al mausoleo de la familia de Laura. 

Se adentró en el cementerio con paso tranquilo, había poca gente como era costumbre en un día ordinario, pensando en lo que haría, pasó junto a un tipo con pinta de vagabundo, sentado en el suelo frente a una tumba lúgubre y abandonada cavada en la tierra, en la que solo se podía ver un par de tarros oxidados con restos podridos y pestilentes de flores y una burda cruz de madera con la pintura descascarada y un nombre conservado a medias escrito con una caligrafía muy desprolija, “¿Ya me parecía extraño no haberte encontrado antes por aquí?”Alan no pensó que le hablaran a él en primer lugar, pero luego de echar una ojeada, reconoció al tipo que estaba ahí, a pesar de la capucha que le cubría la cabeza, era Gastón Huerta, aquello le estropeó el humor de inmediato, “De haber sabido que tu tumba estaba aquí, hubiese evitado acercarme” dijo Alan sin detenerse “…Esta no es mi tumba” respondió el encapuchado, y agregó “¿creerías que es la de un ángel?” Alan se detuvo, Huerta permanecía con la vista fija en aquella cruz deteriorada y fea, “La Clarita era un ángel. Ella era lo único bueno, lo único santo que teníamos. No debía morir, o tal vez nunca debió de nacer allí. También fue culpa mía, lo sé, pero ya no está aquí, ya no puedo pedirle que me perdone…ella no me escucha” Alan no tenía ni idea de lo que le estaba hablando, pero todo lo que podía imaginar le dibujaba una expresión de repulsión en el rostro. No estaba seguro de querer saber la respuesta de lo que iba a preguntar, pero igualmente lo hizo “¿Quién era esa Clarita y qué cosa le hiciste, miserable?”Huerta se puso de pie, pero no levantaba la vista “…Ella era mi hermanita, una enana encantadora, que se hacía todo ella misma y encima nunca te decía que no, cuando le pedías algo, siempre contenta a pesar del ambiente repugnante en el que vivíamos, turbio y lleno de porquería que hacíamos todos ahí…todos, menos ella… siempre bien peinada y lista para irse al colegio…o preparando la mesa para un almuerzo que nunca estaba listo…” Alan escuchaba esperando lo peor, mientras Gastón hablaba ido, con la vista húmeda, perdida en otro lugar y en otra época, “…Yo debía encargarme de ella, de que estuviera bien, de que no le pasara nada, se lo había prometido… Pero no estuve con ella cuando incendiaron la casa… estaban todos más que borrachos y sin embargo solo ella murió, ella que solo dormía… a mí me fueron a buscar, me hablaban del incendio y yo no entendía nada, no podía ni siquiera pensar, me llevaron casi a tirones, yo no quería ir, quería seguir en lo mío… Al día siguiente mi mamá preguntaba por la Clara para mandarla a comprar, había presenciado todo sin enterarse de nada… solo sabía que le dolía demasiado la cabeza… ¿sabes cómo se recupera un alcohólico después de algo así? Solo bebiendo… mi madre no dejó de beber nunca más… y cuando no lo hacía, solo lloraba… y yo perdí mi razón para vivir… con la mierda hasta el cuello, ella era la razón para luchar... yo quería que la Clara estudiara, ayudarla a conseguir una profesión, darle algo… algo bueno, algo que yo nunca conseguiría para mí, pero de lo que también pudiera sentirme orgulloso… que ella saliera de todo ese ambiente porque si no, al final… la terminaría convirtiendo, contaminando como a mí… o peor… la iba a matar… y la mató.”

Alan no estaba preparado para sentir compasión por el hombre que más desprecio le provocaba, pero toda esa historia había logrado acercarlo a eso, a comprender, en parte, que un mismo hombre puede ser una persona totalmente distinta y tener un destino muy diferente, dependiendo del ambiente en el que nace y se cría. Nadie es completamente bueno o completamente malo, solo es lo que es, porque así fue moldeado, hasta transformarse poco a poco en el adulto que luego tomará, para bien o para mal, las decisiones de su vida, pero eso no quita que todos arrastremos un resto de inocencia en lo que hacemos, hasta a Gastón Huerta se le debía conceder un mínimo de su inocencia original, porque no solo el pecado puede ser original, cuando todos partimos de cero, dispuestos solo para recibir aquello que el mundo tenga para nosotros, y hay veces en que el mundo no te deja demasiadas opciones. Alan digería todo eso, mientras Huerta volvía a agacharse frente a la tumba de su hermana, satisfecho con todo lo que había dicho, “Siento mucho lo de tu hermana pequeña” dijo Alan con honestidad, comprendiendo bien la envergadura de la pérdida y las infames circunstancias en las que se había llevado a cabo, “Yo lo siento aun más…” respondió Huerta abrazándose las rodillas, “…así como también lo que sucedió con tu hijo. No hay un solo día en que no me arrepienta, en que no pida perdón y no sienta pánico de irme de este mundo… la culpa y el miedo son mis cadenas y están conmigo todo el tiempo” Alan tuvo la intención de retirarse, estaba confundido, se detuvo, se rascó la cabeza y se volvió hacia Gastón “Mira, sé que no podemos ser amigos, y que lo más probable es que nunca lo seamos, pero… estoy haciendo algo y tal vez puedas ayudarme, si quieres… a lo mejor, con el tiempo podemos encontrar la forma de aliviar toda esta porquería que no para de atormentarnos” Huerta se puso de pie con algo de incredulidad pero luego lo aceptó con disposición “claro, ¿en qué te puedo ayudar?”  Alan le explicó lo de Laura y lo de su intención de comunicarse con la difunta “Pues lo más simple…” respondió Huerta de inmediato “…es usar una tabla Ouija” Alan no parecía impresionado “lo sé, ¿pero de dónde sacaremos una?” “Sé donde conseguir una. Ven conmigo” Gastón ya se iba pero Alan lo detuvo “Espera, dejaré un mensaje”


Alan se dirigió hacia la pileta, en el camino se topó con un bonito ramo de calas blancas adornando una tumba igualmente de inmaculado blanco, decorada con mármol y bronce… una fachada pulcra y elegante pero con un detalle de bastante mal gusto según le pareció al hombre, las flores eran plásticas, pero pensó que a él sí le servirían, para llamar la atención de Laura quien no veía flores vivas, o una buena imitación de ellas, desde el día de su muerte. Al llegar, la tumba de Laura tenía una buena cantidad de flores vivas y naturales como era de esperar en una tumba relativamente reciente, pero estas serían invisibles para la chica, por lo que las calas resultarían perfectas. Alan acomodó las flores en un espacio de la lápida y entre estas, puso la hoja de papel en la que la chica había escrito con lápiz labial, para que Laura supiera que estaba en el lugar correcto, “Bueno, espero que esté aquí para cuando regresemos…” Gastón Huerta que esperaba a algunos metros se le ocurrió que podía dejarle su reloj detenido en una hora específica, de esa manera no se pasarían horas tratando de coincidir en estar en el mismo lugar y a al mismo tiempo, la idea le pareció genial a Alan y así lo hizo, “Nada mal, eh…” dijo reconociendo la buena ocurrencia.


León Faras.

martes, 30 de septiembre de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XII.

Al otro lado del abismo y después de las enormes llanuras y lejanas colinas, el sol salía majestuoso iluminándolo todo, todo excepto el interior del abismo y por añadidura la ciudad vertical de los salvajes. Idalia, la mujer maldita, permanecía inmóvil recostada sobre su costado, aunque hacía rato que ya no dormía, tal vez había dormido demasiado durante el tiempo que fue prisionera, o tal vez era que su pronta ejecución, aquella misma mañana, le habían quitado el sueño, aquello le asustaba terriblemente, sí, estaba decidida a quitarse la vida, y ese era su único consuelo, que su muerte acabaría con Rávaro, pues ese siempre había sido su plan, llevárselo a la tumba preso de su maldición, pero ese abismo le aterraba y aquella criatura de lava o lo que fuera de la que tanto hablaba esa gente, le aterraba aun más, sin embargo, la muerte siempre es la misma, aunque las formas de morir sean tan variadas, no esperaba hacer de su muerte un acto de valentía o trascendencia, sino uno de pura y llana venganza, acabar con la vida del que tanto daño y sufrimiento había causado.

Sucedió aquel día en que se supo del embarazo de Moriel, la hermosa chica que Rávaro había elegido como amante, esta había huido atemorizada, cuando le hicieron ver que a pesar de la cantidad y variedad de amantes ocasionales que Rávaro había tenido en su privilegiada posición, no contaba con descendencia conocida, lo que con seguridad significaba que el señor de aquellas tierras no podía engendrar, por lo que no tenía chance de convencerle de que el hijo fuera suyo. Rávaro, en compañía de varios de sus soldados, llegó hasta una casa cercana a su castillo, una casa con una pequeña granja y un precario establo como había muchas allí, en ella un hombre reparaba una valla mientras su hija de diez años se entretenía con su gato pequeño. Rávaro se detuvo en la entrada y contempló algo que traía guardado en su puño, era un trozo de cristal que brillaba intensamente, luego de eso entró en el hogar, fue atendido con humildad por el hombre y su esposa, los soldados se esparramaron por los alrededores de la vivienda. Rávaro estudió la casa con detenimiento, agudizando sus sentidos. Dejó el cristal brillante sobre la mesa y les explicó a los dueños de casa que él había mandado a hacer un hermoso collar con la otra mitad de esa piedra y se lo había regalado a la hermosa Moriel, por la cual sentía un profundo afecto, lo había hecho así porque dicho cristal brillaba más intensamente al estar unido a su otra mitad y se opacaba con la distancia, por lo que era fácil encontrar el otro trozo y a juzgar por el brillo que tenía ahora se podía decir que el collar estaba bastante cerca, tal vez dentro de esa casa. La pareja se miró entre sí y luego al piso, según ellos no sabían nada sobre aquel collar ni sobre aquella muchacha. Mentían evidentemente. Entonces Rávaro hizo brotar de la nada fuego desde la base de una de las paredes cercanas y esta comenzó a quemarse con viveza, preguntó dónde ocultaban a la chica, pero la pareja se mantuvo en silencio, entonces las llamas brotaron en otra de las paredes y crecieron rápidamente hasta el cielo, la mujer rogaba clemencia con desesperación, alegando inocencia, el lugar se convertía en un infierno abrasador ante el cual Rávaro ni se inmutaba, volvió a preguntar mientras el fuego comenzaba a desmoronar la casa, desde afuera, uno de los soldados apareció, con dificultad debido al intenso calor, le informó a su jefe que habían atrapado a dos mujeres, una de ellas era Moriel, la otra parecía ser una de las hijas del matrimonio, al ver la casa en llamas habían salido de su escondite. Rávaro ordenó que subieran a Moriel al carro, se encargaría de ella personalmente, con la otra podían hacer lo que quisieran. Esas fueran sus palabras, y provocaron que la madre se lanzara a sus pies rogando misericordia,  pero Rávaro la apartó con un suave movimiento que la dejó inconsciente, luego tomó su cristal y se retiró, y como si hubiese sido su presencia lo único que mantenía la casa en pie, esta de desmoronó devorada por el fuego con sus dueños atrapados en su interior. Al salir, vio un soldado que, con una rodilla en el suelo, hablaba con la hija menor de aquella familia, le había dado un par de monedas, y le decía que todo eso pasaría pronto y que ella estaría bien.


Aquel fue el día en que Idalia, la mujer maldita, se enteró de la maldición que cargaba sobre ella y las demás mujeres de su familia. Su hermana se lo contó antes de convencerla de que debía irse sola a casa de sus tíos y primos, pues ella tenía que hacer algo importante antes. Idalia se fue, pero tuvo la mala idea de regresar por su gato, en el establo encontró a su hermana colgada de una viga, la maldición se encargaría de acabar con aquellos que habían abusado de ella. Ahora era su turno, descendería a las profundidades del abismo y acabaría con su vida en las fauces de esa criatura, de esa forma Rávaro moriría y el círculo por fin se cerraría.


León Faras.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

VII.

El olor que había en la jaula de Braulio Álamos era realmente repugnante, casi tanto como el aspecto que había adoptado el pobre hombre. Su subida de peso en apenas veinticuatro horas era alarmante, permanecía abstraído de la realidad completamente anestesiado, sin enterarse de su encierro, manteniendo un apetito voraz que parecía no tener fin, pero incapaz de comunicarse ni menos de encargarse de sus propios deshechos, lo cual ofrecía un espectáculo realmente desagradable, y que la gente pagaba por ver. Von Hagen llegó hasta él con una cubeta, un trapero y un mísero trocito de vela que Charlie Conde le había dado para iluminarse mientras aseaba el piso de la jaula, por el momento era solo eso pero pronto necesitaría un baño también el hombre que estaba ahí dentro, o se quedaría sin público debido a la peste. Álamos se movía lento y aletargado buscando desperdicios para llevarse a la boca sin prestarle la menor atención a Horacio que hacía lo posible por limpiar el tosco piso de madera donde reposaba el “Tragatodo”y por evitar que este no intentara comerse el único y miserable trozo de vela que lo iluminaba. El “Tragatodo”, así lo habían presentado al público y con seguridad así pasaría a llamarse desde ahora, porque al igual que todos, debía tener el nombre de una atracción y no el de una persona. La pequeña Sofía le había hablado de él, según ella, había visto cómo las personas le lanzaban monedas con intención de que Braulio se las comiera, entonces Horacio pensó que era posible que encontrara una moneda en algún lugar de la jaula, solo necesitaba una, con una moneda podía consultar a Mustafá qué necesitaba hacer para liberar a Lidia de su encierro o como anular los contratos que los mantenían presos del Circo, el autómata podía responder a cualquier pregunta y esa era su gran esperanza. El mal olor y lo desagradable del trabajo que le habían encargado no eran nada comparado con la ilusión de que solo una moneda fuera hallada, por lo que luego de retirar los desperdicios, registró las rendijas del suelo, incluso movió cuanto pudo a Braulio para poder ojear bajo el pesado cuerpo de este, pero no encontró ninguna, luego volvió a revisar toda la basura que había sacado pero sin suerte, se sintió frustrado, nuevamente cuando la suerte parecía sonreírle, le daba la espalda a último minuto y lo dejaba sin nada, burlándose de él y de sus vanas esperanzas. Entonces se le ocurrió otra idea, no era tan descabellada como parecía, pero si fallaba, significaba entonces que sí realmente el destino, algún dios o lo que fuera, disfrutaba destruyendo sus planes y viéndolo fracasar humillado una y otra vez. Miró en todas direcciones que nadie estuviera cerca, casi no le quedaba lumbre, por lo que antes de quemarse los dedos, cogió una varita de madera y armándose de valor, comenzó a hurguetear los excrementos del “Tragatodo”, era una medida desesperada pero por suerte funcionó. Dos monedas aparecieron entre los deshechos, la adrenalina de Horacio se disparó, era demasiada emoción y nerviosismo difícil de disimular, quería correr hasta donde estaba Lidia y mostrárselas pero sabía que no podía hacer eso, ni siquiera podría guardárselas sin delatarse él mismo, por lo que decidió ocultarlas, después de limpiarlas, en la misma jaula de Braulio, aquello era perfecto, habían entre las tablas y los fierros abundantes grietas y rendijas donde meter las monedas y además nadie deseaba acercarse a esa jaula ni menos hurgar en ella, por lo que estarían seguras hasta que llegara el momento de usarlas.

Cuando los hombres terminaron de guardar todo en los camiones tomaron posiciones también dentro de estos donde simplemente debían sujetarse para no caerse, porque el viaje para ellos sería instantáneo, los mellizos hacían su truco y en el mismo minuto en que todo quedaba listo para partir ya era tiempo de bajar todo de nuevo y armarlo esta vez en un lugar distinto.

La luna estaba gigantesca saliendo desde el mar, un mar tranquilo, oscuro y frío. El pueblucho al que habían llegado, no era más que un reducido y pobre caserío de pescadores que apenas se mantenía en pie, el clima allí era húmedo y frío. Estaban en un gran descampado en la cima de unos acantilados. Muchos hombres del circo incluyendo a su jefe, se acercaron a la orilla a echar un vistazo, el fondo era rocoso y la caída mortal, eso no le agradó a Cornelio, pero antes de que dijera nada, uno de sus hombres se lanzó al vacío… y luego otro. “¡Fuera de aquí todo el mundo o el próximo que quiera morir, será por mi mano y con mis métodos!” gritó Morris e hizo retroceder a la muchedumbre, para luego dirigir una mirada de profundo disgusto a los mellizos Monje por llevar su Circo a orillas de un acantilado donde la libertad era tan “tentadora”, estos habían conducido por horas hasta encontrar un lugar adecuado donde instalarse, no había mucho más para elegir en esa región “Está bien…” respondió Morris “…pero si alguien más decide ponerle fin a su contrato en ese risco, ustedes serán los responsables” Luego se retiró vociferando a sus trabajadores para que se apresuraran en bajar todo y lo dejaran armado lo antes posible. Los mellizos se vieron obligados a montar guardia para que no se produjeran más suicidios en ese lugar, y todo el mundo sabía que estos dos viejos eran difíciles de burlar, Román Ibáñez había conseguido una botella de licor y se alejaba silencioso para beberla en paz, mientras Von Hagen cubierto con un abrigo a pesar de su abundante pelaje, ayudaba a descargar los camiones pensando en cómo se sentiría Lidia si fuera liberada en el mar gracias a él, nadie la podría perseguir allí, sería libre, aunque él no la pudiera acompañar, ella se lo agradecería por siempre y probablemente nunca lo olvidaría. Sus pensamientos e ilusiones se terminaron en el momento en que sintió un llamado apagado y vio la cara de preocupación del gigante del Circo, un hombre de dos metros y medio con el curioso nombre de Ángel Pardo, este le hacía señas con cierta urgencia desde uno de los acoplados que estaban descargando, Horacio se acercó y el gigante señaló algo entre los bultos y las lonas. Una muchacha sucia y mal alimentada estaba atrapada allí, se había escondido mientras los hombres guardaban todo, pero con seguridad se hubiese asfixiado si no hubiesen retirado las cosas que la cubrían inmediatamente. La adolescente no se sorprendió nada con el aspecto de los dos hombres pero sí comenzó a rogar que no la delataran con su familia, “…por favor, déjenme viajar con ustedes… no me envíen de vuelta a casa” Von Hagen la miraba amable y sorprendido “…pero muchacha, si ya estás bastante lejos de casa…” la chica no lo creyó, “pero si ni siquiera nos hemos movido…” Ángel Pardo miró a su compañero con gravedad “no podemos mantenerla oculta. ¿Qué crees que hará Morris con ella si la descubre?” Horacio miraba preocupado a la chica “Ese no es el problema, hará lo que hace con todos. La hará firmar un contrato y la convertirá en una atracción…” la idea dibujó una sonrisa de felicidad en la muchacha, luego Von Hagen agregó “…El problema, es qué hará don Cornelio con nosotros si nos descubre ocultando a alguien”



León Faras.

martes, 16 de septiembre de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda Parte.

XVI.

Una vez caída la noche por completo, Ranta se adentró solo y a pie en los campos de Cízarin, avanzando por los caminos entre las altas terrazas donde estaban los cultivos, moviéndose rápido y con cautela como era su conocida habilidad hasta alejarse lo suficiente del resto de los hombres, con la misión de verificar que el camino estuviera despejado para que el ejército se acercara a la ciudad sin ser vistos ni oídos, notó el abundante lodo que había, pero lo creyó normal dado que aquello se trataba de una amplia zona agrícola, aunque consideró que en ese lugar usaban el agua como salvajes, desperdiciándola y llenando de barro por todas partes. Ranta llegó hasta un árbol cercano que estaba sobre una de las terrazas para subirse en él y escudriñar los alrededores, pero no le fue sencillo llegar allí, el barro se le pegaba a las botas y en más de una ocasión había estado a punto de caer por lo resbaladizo del terreno. Una vez encaramado sobre el árbol, las únicas luces que se podían ver eran las de la aun lejana ciudad, el resto era solo campo, casi tan oscuro como el mismo cielo, el cual los ocultaría bien, pero algo le preocupaba y le daba mala espina, el silencio, aunque estaba un poco lejos aun, era muy raro que no se oyera nada, ni las risas de los hombres que beben, ni los gritos de las mujeres que llaman a sus hijos, ni los llantos de las crías, el silencio era una muy mala señal, y aquella noche parecía que hasta los animales estaban escondidos en algún sitio sin hacer ruido. Aguardó sobre el árbol hasta que el resto del ejército llegó a paso lento hasta ese punto, el rey Nivardo lo miró extrañado mientras los soldados que estaban más cerca soltaron una risita divertida aunque ahogada para no hacer ruido, en la escasa luminosidad de la estrellas, se podía ver que el pobre soldado estaba cubierto de barro hasta arriba de las rodillas, además de los brazos y parte del rostro, “…Es como si hubiese caído un aguacero en este lugar…” se excusó, luego informó lo que había visto y oído, o sea, nada, y lo sospechoso que se le hacía toda esa situación, “…Algo no anda bien mi señor, no se oye ni siquiera el mísero ladrido de un perro” El rey observó a su rededor, “La noche está propicia y nada nos hace pensar lo contrario, además, ¿olvidas que bebiste de la fuente y que ahora eres un inmortal como nosotros?...” El rey Nivardo no bebió de la fuente por miedo a enfermar o resultar herido dolorosamente sin poder morir, pero eso era algo que solo sabía su consejero Serna y él mismo, nadie más tenía por qué enterarse “…Entraremos a la ciudad antes de que se asome la luna y una vez ahí, serán incapaces de detenernos” “Así será mi señor” dijo Ranta antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad rumbo a la ciudad de Cízarin.

Fuera de los campos de Cízarin, en el extremo que limitaba con el río Jazza, un tercio del ejército comandado por Rianzo, permanecían ocultos e inmóviles, habían salido antes de la inundación con sus caballos que en esos momentos estaban atados un poco más alejados para que no importunaran con sus relinchos. Ya habían visto las siluetas de varios jinetes ingresando a los campos por alguno de los numerosos senderos pero aguardaban la confirmación del vigía, este regresó al poco rato para dar su informe “Es un ejército mediano conformado solo por jinetes, aunque yo creo que es pequeño para tomar por si solo una ciudad, por lo que podrían haber más acercándose y que no hemos visto aun. No han tomado el camino principal a pesar de ser el único que no está saturado de lodo. Tienen un hombre en avanzada que les limpia el camino, es bueno, pero no tanto…” y en esta parte el vigía sonrió al sentirse orgulloso de sí mismo “…ha pasado por mi lado sin siquiera notarlo, llevaba barro hasta en las orejas, podría haberle cortado la garganta sin problemas, pero conviene que sigan adentrándose confiados” después de poner la información en un pequeño papel la enviaron con una paloma especialmente elegida que estuviera criando, para que su vuelo fuera sin retrasos ni distracciones y permanecieron ocultos en el mismo lugar aguardando por si aparecían más hombres. Luego se movilizarían para ponerse en la retaguardia de los invasores y así cercarlos o cerrar algún intento de huida.

Un joven muchacho vestido de soldado con un uniforme que evidentemente le quedaba grande esperaba atento en uno de las torreones de Cízarin iluminado apenas con un par de antorchas, en el momento en que vio llegar una paloma, corrió hacia la escalera de madera, la ascendió a toda velocidad hasta la plataforma superior rumbo al nido donde ya se aprestaba a alimentar a su impaciente prole el ave recién llegada, la tomó, le quitó el mensaje y la devolvió a su lugar. Volvió a descender y luego sin perder tiempo, como encarecidamente se lo habían ordenado, siguió descendiendo por las escaleras de piedra hasta la base de la torre donde el resto del ejército estaba reunido junto a sus comandantes, allí aguardaba Zaida junto al monarca, Siandro, quien estaba ataviado con una liviana pero lujosa armadura, tras ellos estaba de pie el general Rodas, este último recibió el mensaje y se lo entregó sin ojearlo a la mujer, la anciana lo leyó y lo volvió a guardar en su mano antes de que el rey pudiera verlo “No sabemos cuántos hombres nos atacan, pero el primer grupo invasor ya está aquí. Los atacaremos antes de que salgan de los campos pero no pelearemos contra ellos. General Rodas, llévese su grupo, recuerde atacar y alejarse, no los enfrente. Rianzo cuidará la salida, nosotros, la entrada de la ciudad, si está en problemas use los cuernos para dar aviso” y luego dirigiéndose al rey “Será mejor que se ponga a salvo, ya tenemos a uno de los miembros de la realeza poniendo en riesgo su vida” pero Siandro la miró con desprecio, “Por supuesto que no, desde niños mi esgrima siempre fue muy superior a la de Rianzo. Los esperaré junto con la guardia del palacio. No pienso correr tras ellos” y dicho esto, desenvainó de su costado una espada “pétalo de Laira” y de su otro costado otra idéntica, Zaida no se lo esperaba, pero no agregó nada más.


Ranta llegó hasta un cruce de caminos entre las terrazas cultivadas, cuatro árboles no muy grandes, pero de abundante ramaje estaban allí, pensó en espiar desde uno de ellos. La ciudad estaba bastante cerca ya, pero por más que agudizaba la visión y el oído no conseguía captar nada, algo malo iba a pasar, estaba seguro. Hace un rato en una suave pendiente resbaló debido al abundante lodo y se golpeó en una rodilla contra una roca, soltó en un susurro todos los insultos y maldiciones que conocía debido al dolor que eso le causó. Si solo eso le había causado tanto dolor pensó en qué podía esperar de una flecha o una espada enemiga aun sabiendo que se suponía que él ahora era un inmortal “…esto no pinta para nada bueno” El rey Nivardo y el resto del ejército llegó hasta él “Nos lanzaremos desde aquí en estampida y no nos detendremos hasta llegar al palacio real. No se le perdonará la vida a nadie hasta que los señores de Cízarin se rindan y entreguen todo…” En ese momento, uno de los árboles que estaban en aquel vértice cayó súbitamente interrumpiendo al rey, no hizo ningún sonido pues ya estaba cercenado desde antes y preparado para caer, en el acto, un par de antorchas encendidas le cayeron encima encendiendo sus ramas impregnadas de aceite para lámparas, las llamas se alzaron violentas lo que espantó a los caballos y los hizo visibles en la oscuridad, entonces por lo menos un centenar de arqueros aparecieron de entre los cultivos cercanos y dispararon casi al unísono una multitud de flechas contra los jinetes y volvieron a esconderse, tan pronto como estos desaparecieron una segunda oleada apareció repitiendo la operación. Nivardo espoloneó con furia su caballo y lo lanzó contra las llamas mientras le gritaba a sus hombres que se mantuvieran agrupados y lo siguieran rumbo a la ciudad. Los hombres del general Rodas volvieron a aparecer para rematar a los heridos pero en su lugar encontraron solo unos cuantos caballos agonizantes por las flechas. Ni un solo hombre, aquello era imposible.


León Faras.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Historia de un amor.

 XI.

Miranda abrió los ojos y se quedó unos segundos viendo el techo de su habitación, respiró hondo hasta que sus pulmones ya no pudieron absorber más aire y luego de botarlo, continuó respirando con la infinita calma con la que había despertado, su cuerpo estaba tan relajado que hasta podía dimensionar el peso que ejercía sobre el colchón de su cama, se sentía contenta y en paz, bajo los agradables efectos de un sueño profundo y reparador, además de agradable, porque había soñado con su nuevo amigo, bueno, su nuevo amigo era parte de ese sueño agradable, del conjunto, dentro del cual se podía respirar bienestar, felicidad y equilibrio. Era una especie de celebración familiar, donde una abundante parentela se juntaba a festejar y lo hacían como de costumbre en compañía de sus respectivas parejas e hijos, dándose ciertos casos o circunstancias que siempre llamaban la atención precisamente por la costumbre de repetirse, como la prima esa que siempre estaba embarazada o con una cría de pecho en los brazos al momento de dicha reunión, lo que a menudo era buen motivo de conversación para los que intentaban recordar o averiguar cuántos hijos llevaba ya, sus respectivos nombres, sexos o edades… y a veces también sus padres. O aquel que llegaba con una pareja distinta cada vez y con la que aparentaba mantener una relación fresca y duradera aun sabiendo que conocía tan poco de ella como ella de él. También estaban esos dos que insistían en vender la imagen de un matrimonio feliz y perfecto a pesar de que era de dominio popular toda la cantidad de veces que se habían atacado mutuamente dando un espectáculo sin pudores, cosas de las que nadie está libre pero que es conveniente mantener en la intimidad porque evidentemente nadie más tiene por qué enterarse, menos aun si se sabía que el siguiente paso era volver a empezar todo de nuevo pidiendo perdón como el más devoto de los pecadores arrepentidos. En el sueño todo eso se veía representado pero no como protagonista sino como parte del escenario, formando el contraste necesario para marcar la tranquilidad y bienestar que sentía ella, de saberse ajena, liberada de todos esos sucios comportamientos que deterioraban irremediablemente las relaciones que pretendían ser serias, resquebrajándolas, carcomiéndolo todo hasta solo dejar una fachada, delgada e inestable, incapaz de sostenerse por sí sola. Dentro de lo que vivía en su sueño, su caso era diferente, era lo que ella siempre había buscado, que no se trataba de nada especial ni fantástico sino solo honestidad y transparencia, sin máscaras, sin fachadas, si el amor estaba pues perfecto, a disfrutarlo y si no, pues nada más no, no era necesario ni saludable para nadie fingir sentir cosas que no se sentían. En compañía de su nuevo amigo se sentía tranquila, sin dudas atascadas o sospechas roedoras, sin desconfianzas ni temores, simplemente en paz y esa agradable sensación era la que la inundaba ahora que acababa de despertar, aunque en realidad no era mucho lo que sabía sobre su nuevo amigo pero le gustaba y eso no era poco decir, porque algo en ella, tal vez su corazón o tal vez su instinto, ya confiaba en él, ya le había dado el visto bueno y eso no era algo que le sucediera a menudo. Se levantó y bajó de su cama con cuidado de no pisar al gato que como siempre dormía en la bajada de cama.

Salió de su casa con una tostada en la boca rumbo a su trabajo, como de costumbre, verificó que llevara sus llaves, dinero y documentos en los compartimentos de su bolso, en medio de eso, se topó con una hoja de papel doblada que de buenas a primeras no le dijo nada, pero al abrirla la reconoció de inmediato, era el conjuro que ella misma había copiado del libro que había encontrado, lo había guardado allí después de mostrárselo a Bruno y luego lo olvidó. Recordó por qué lo había copiado, precisamente por la desfachatez para solicitar el amor sin conformidades ni titubeos, y se preguntó si acaso no había recibido precisamente eso, era cierto que aun era muy pronto para una respuesta de ese conjuro y mucho más como para hablar de amor, pero por otro lado, la atracción y el interés que le había generado desde el principio su nuevo amigo era algo que no podía pasar por alto, hacer como si nada y seguir su camino, sino que quería saber más de él, algunas cosas importantes, aquellas en las que casi con obligación debes indagar antes de interesarte seriamente en alguien, otras cosas menos importantes, como aquellas que buscan conocer a ese alguien para identificarlo e individualizarlo dentro de la gigantesca masa de individuos que pululan por el mundo y otras absolutamente irrelevantes o hasta un poco ridículas, detalles escondidos pero interesantes que solo se comparan con las personas que luego de ver cien veces una misma película comienzan a notar las sutilezas que dejó el director para sus seguidores o los errores que dejaron pasar extenuados profesionales. Estaba realmente interesada y eso le daba ansiedad, hasta un poco de temor, sabía que debía moverse con cuidado para no equivocarse luego y resultar dañada, pero también sabía que no podía quedarse sin hacer nada y dejar pasar esa nueva relación insipiente que aunque lo disimulaba y lo intentaba reprimir, le alegraba el día sin esfuerzo alguno y la llenaba de una sabrosa ilusión. Volvió a ojear el conjuro antes de guardarlo, pensó que si era cierto que su nuevo amigo era ese alguien especial que había estado esperando para vivir el amor de la forma como lo había planeado siempre, entonces se merecía un agradecimiento escrito por responderle de forma tan rápida y acertada, un agradecimiento tal como el que estaba escrito en la hoja del libro que había encontrado, aquel que estaba escrito con su propia letra.


El informe del tiempo había anunciado lluvia y ahora las abundantes nubes del este se veían amenazantes, la lluvia le encantaba, pero esperaba que no arruinara sus planes. Había quedado de juntarse con su nuevo amigo para almorzar. 


León Faras.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

Una visita al Psiquiátrico.

I.

La plaza en el centro de Bostejo era uno de los pocos lugares de la ciudad que se podía decir que conservaba de buena forma su belleza y estilo de diseño. En la ciudad de las escaleras la plaza no se quedaba atrás, poseía tres pisos o tres niveles circulares sobre una base cuadrada que era la manzana, cada anillo era más pequeño que el anterior, conectados con elegantes y amplias escaleras de piedra las que albergaban abundante vegetación entre unas y otras, arboles añosos que convivían con arbustos más jóvenes de la misma manera que estos se imponían en tamaño sobre la fresca y abundante hierba, todos ellos enclaustrados tras robustos pero elegantes balaustrales igualmente de piedra tan pálida como dura. Se encontraba a buena altura dentro de la desnivelada ciudad, por lo que además de los numerosos asientos, ofrecía también un atractivo paseo con una privilegiada vista de la ciudad. En domingo era común encontrarse actos artísticos o culturales en el último anillo, músicos interpretaban reconocidos temas musicales, malabaristas entretenían al público con su habilidad y era además un lugar donde el comercio ambulante también tenía su espacio. Alberto había aceptado la ayuda económica que Estela le había ofrecido del empeño del reloj para que visitara a su mamá, con la condición de que le permitiera usar ese dinero para comprar globos y así poder ganar algo más con su trabajo, y así lo hizo, Estela aceptó el trato pero también puso su condición, que le permitiera comprar caramelos y hacer una especie de sociedad para venderlos, así ambos podrían obtener algo más de dinero para realizar el viaje a San Benito, un viaje que planeaban realizar juntos siempre y cuando la señora Alicia estuviera de acuerdo.

Bernarda disolvía una cucharada de miel en su té con limón, sentada frente a la señora Alicia que lucía pensativa, debido a los planes que tenía Estela, le parecía bien que la muchacha quisiera ayudar a su nuevo amigo para que este le hiciera una visita a su madre a quien con seguridad necesitaba ver, pero acompañarlo, dos muchachos tan jóvenes que viajaban solos y además a un hospital psiquiátrico, era algo que no le parecía una buena idea desde ningún punto de vista, “Hasta puede ser peligroso, ¿no cree?” y Bernarda asintió con la cabeza “…aunque por otro lado, la situación de ese chico es bastante dura, según sabemos, no está ni su papá ni su mamá para que se preocupen de él, debe encargarse él mismo de todo y encima la vida no está fácil para nadie. Debe hacerle mucha falta su madre a ese niño y es muy noble que Estela quiera ayudarlo” La señora Alicia estaba de acuerdo con todo eso, pero exponerlo de esa manera solo la hacía sentir culpable y no solucionaba nada “Yo lo sé, pero permitir que Estela viaje sola en compañía de ese muchacho no es un acto de buena voluntad, sino una irresponsabilidad, si llegara a suceder algo… Dios no lo permita…” y ambas mujeres se santiguaron “… ¿a quién podrían recurrir? Estela nunca ha estado allí y no conoce a nadie en esa ciudad” Bernarda bebió un sorbo de su té y volvió a posar la taza con cuidado sobre el platillo “Es cierto y no digo que deba permitir que Estela viaje así de buenas a primeras, solo digo que tal vez no debería negarse tan tajantemente sin antes considerar otras opciones” “¿qué otras opciones?” preguntó la señora Alicia con cierto aire de extrañeza “digo que tal vez hayan ciertas condiciones que necesite para permitir ese viaje y no lo sé… tal vez los muchachos puedan hacer algo al respecto” La señora Alicia guardó silencio y siguió en su actitud pensativa porque la idea aun no la convencía en absoluto.

Los muchachos preparaban sus cosas en uno de los asientos de la plaza de Bostejo, Estela se encargaba de ordenar y clasificar sus caramelos en una caja de cartón tal como lo hacía Aurora con los cigarrillos que vendía, mientras Alberto se ponía su traje de payaso y se pintaba el rostro. Una vez listos comenzaron con su trabajo, recorriendo los diferentes niveles ofreciendo sus productos hasta llegar a la parte más alta de la plaza, varios niños con sus padres se detenían a observar en un sector y Alberto notó inmediatamente por qué “Mira, hay un acto de títeres… ven, conozco al dueño, nos dejará vender nuestras cosas” El escenario de títeres no era más que una estructura angosta y liviana de madera vistosamente pintada con una ventana provista de cortinas por las que se asomaban los títeres que nunca eran más de dos al mismo tiempo por una cuestión de espacio pero sobre todo porque solo había un titiritero, pero cuyo espectáculo era la delicia de su pequeña y entusiasta audiencia. El hombre era un tipo de unos cuarenta y tantos años, tremendamente delgado, con una barba tan larga, lisa, tosca y negra como su cabello, usaba unos diminutos anteojos que entonaban muy bien con el aspecto afable que casi siempre acompaña a la gente que sin caer en la tacañería, deben llevar una vida austera y parca, pero con todo eso, era un hombre que había elegido su oficio porque era lo que le gustaba y lo hacía con pasión a pesar de lo poco que a veces obtenía a cambio. Sentado sobre una caja de madera, un cigarro se consumía en su boca mientras le zurcía el vestido a lo que parecía una pequeña hada madrina, de esas que usan gorro en forma de cono y una varita mágica con una estrella en la punta. El payaso saludó con afecto a su amigo titiritero y luego miró curioso a su rededor “¿Y Luna?...”preguntó. El hombre le dio una última calada a su cigarro antes de hacerlo desaparecer bajo la suela de su zapato “Estuvo bastante mal, tos y fiebre, pero ya se recupera. Hoy amaneció mucho mejor, aunque de todas formas aún le quedan algunos días de reposo…” Luna, era la única hija de Jonás, el titiritero, y su única familia también, “entonces te vendrá bien nuestra ayuda hoy…” dijo Alberto con entusiasmo y agregó señalando a Estela “… ¿Tienes el disfraz de Luna? Tengo una amiga aquí que lo puede usar” Jonás vio a la muchacha y la idea le pareció genial.

Unos guantes blancos que solo dejaban libre el dedo pulgar y una peluca dividida en dos gruesos moños, hechos de la lana color zanahoria más gruesa fue todo el disfraz que Estela necesitó, eso, rematado con dos círculos rojos pintados en sus mejillas a manera de cándido rubor, y un pequeño grupo de oscuras y ralas pecas a cada lado, todo hecho con las pinturas de Alberto, el resultado fue mejor que el esperado, la muchacha se veía tal cual la más querible y tierna muñeca de trapo que jamás se haya visto. El titiritero haría tres espectáculos ese día y los muchachos, en cuyos respectivos disfraces se veían sencillamente irresistibles, se encargarían de promocionarlos, eso atraería más gente y mientras más gente, mejor les iría a ellos mismos con la ventas de sus productos. Ayudar a los demás era una buena forma de obtener los beneficios del trabajo en equipo y eso era algo que nadie les había enseñado, ambos habían llegado a comprenderlo en su día a día, solo viviendo.  




León Faras.

viernes, 29 de agosto de 2014

Del otro Lado.

XVIII. 


“En la pileta del cementerio” Laura observaba la leyenda escrita en la puerta de su cuarto desde el otro extremo donde estaba sentada en el suelo, bajo la ventana. Hacía bastante tiempo que no iba al cementerio, con la muerte de su padre habían hecho varias visitas en compañía de su madre y hermana, pero después de un tiempo esas visitas solo se limitaban a fechas importantes hasta finalmente ir desapareciendo paulatinamente. Por supuesto que aquello no obedecía a ningún sentimiento en contra de su padre ni nada parecido, lo amaba, lo extrañaba y lo recordaba como siempre lo había hecho, pero el cementerio era un lugar tan ajeno, tan público, que lo único reconocible allí era el nombre escrito en la lápida, nada nuevo podía ofrecer para el recuerdo del ser querido y el sentimiento de que los restos mortales de la persona que estuviera sepultada allí necesitaran de alguna manera ser visitados o atendidos, se disipaba con el tiempo, todos tarde o temprano llegaban a comprender o a reconocer que el ser amado muerto no estaba allí, se había ido y de estar en alguna parte no era en ese lugar donde nada le pertenecía a nadie. Había excepciones, como en todo, personas cuya pérdida había sido tan grande y dolorosa que la memoria y el tiempo se volvían enemigos en vez de amigos, enemigos irreconciliables que se hacían daño mutuamente causando un dolor llamado añoranza, porque mientras el tiempo trata de borrar, la memoria se esmera en retener aquello que necesita, pero hasta la memoria más testaruda necesita renovar sus recuerdos, alimentarlos, y en estos casos, el único lugar disponible para ello, aunque ineficiente, es el cementerio. Pero casos así no eran tan comunes por suerte y la mayoría de las personas podían asumir sus pérdidas con mayor conformidad.

“…La pileta del cementerio. Quieren que visite mi propia tumba…” Laura pensaba que ese era el plan, ella sabía por supuesto que justo frente a la pileta del cementerio se encontraba el mausoleo familiar, el lugar donde estaba enterrada su abuela, su padre y donde con toda seguridad estaría ella, si era verdad que estaba muerta, porque a pesar de todo, aquella era una idea que no la satisfacía por completo, porque se preguntaba ¿Dónde estaban todos ellos? Sus muertos, su padre, su abuela, el resto de sus parientes difuntos o en último caso cualquiera de la infinita lista de difuntos que habían existido en toda la historia de la humanidad, no pedía necesariamente un comité de bienvenida al mundo de los muertos, pero nadie podía esperarse una soledad tan absoluta y desoladora. Ya iba a ser medio día cuando se decidió, iría al cementerio y no solo al cementerio sino que al mausoleo familiar, si su tumba estaba ahí, por lo menos le quedaría la tranquilidad de haber acabado con la incertidumbre de su situación, “…¿no estaré sumida en un coma profundo o algo así?” pensó Laura de pronto y hasta se imaginó por unos segundos dormida en una cama de hospital soñando todo aquello que estaba viviendo, pero rechazó la idea y además se castigó con varias palmaditas en la frente, después salió de su casa regañándose a sí misma por insistir en conjeturas raras que solo la confundían más. Lo mejor era ir, ese tal Alan le ofrecía ayuda y no estaba en condiciones de rechazarla, sería bastante bueno que alguien pudiera decirle qué estaba sucediendo y por qué.


Se detuvo justo bajo el umbral de los portones abiertos del cementerio. Toda la valentía y decisión que había acumulado en el transcurso de su día se había evaporado en cuestión de segundos, hasta pensó en no entrar pero enseguida se arrepintió de ese pensamiento, en su situación actual, encontrar su nombre escrito en una lápida era más un alivio que el perturbador evento que sería para cualquiera en situaciones normales. Comenzó a andar por el camino principal del camposanto, el lugar lucía completamente diferente a lo que recordaba, tardó un par de minutos en darse cuenta de que lo que faltaba allí era la vida, tal como había sido desde el día de su muerte, en aquel lugar no había árboles, ni flores, ni aves, habían muchas flores muertas por todos lados, secas y olvidadas como las tumbas que alguna vez adornaron,  pero ni una sola con vida, a pesar de ello, podía sentir ese olor característico de los cementerios y las florerías, el olor de las coronas funerarias y de los arreglos florares, como si todo hubiese sido retirado justo antes de que ella llegara, nuevamente sentía la sensación de que la vida le llevaba un paso delante, que llegaba tarde a todo, que estaba atrapada en un destiempo permanente. Laura llegó hasta la pileta del cementerio, la única que había, con su diseño básico y su agua estancada color barro como siempre, que la gente usaba para llenar sus tiestos con flores o regar las plantas vivas que algunos tenían, no era para nada bella pero era útil. Revisó la estructura de concreto por todas partes pero no encontró nada para ella, tal vez era muy pronto, había que reconocer que en su día no había demasiadas actividades que le quitaran tiempo, pero de todas formas ese tal Alan hubiese podido poner una hora para la cita y evitar este tipo de desajustes “…como si los muertos usaran relojes…” se dijo a sí misma y soltó una risa poco convincente, a su espalda estaba el mausoleo familiar que instintivamente estaba hace rato evitando enfrentar, no había pasto ni estaban los rosales de la entrada, pero en el interior vio algo que le llamó la atención, y hasta se emocionó un poco sinceramente , desde donde estaba podía ver un ramo de flores, eran hermosas calas blancas y a ella le encantaban las calas blancas, eran las primeras flores que veía desde su muerte, y precisamente eso la hizo sospechar, se acercó para verlas de cerca, las flores eran plásticas, “…¿acaso había algo más ingrato para un difunto que las flores plásticas?” era como dejar la conciencia tranquila mientras no se volvía en un largo tiempo, “…era más digno y honesto no dejar nada” se dijo, y de pura curiosidad leyó el nombre tras aquellas flores “Laura Alejandra Moros Verdugo” Su mente se enmudeció por unos segundos, las flores plásticas eran de ella, de su tumba. Entonces era oficial, toda aquella rareza que estaba viviendo en realidad era la muerte, su muerte “…a menos que lleve días en coma y todo esto sea un largo sueño…” se sintió cansada y apoyó la cabeza contra los barrotes de la entrada del mausoleo, algo llamó su atención, las flores tenían una hoja enrollada entremedio, nada especial, una simple hoja de papel que la chica alcanzó con la mano y al sacarla dejó caer algo más que había allí, un curioso reloj infantil. Laura abrió la hoja de papel, en el interior estaba escrito con lápiz labial “Sí estoy” era la hoja que ella misma había escrito en su habitación, ese tal Alan había estado ahí pero no decía nada más, entonces se agachó y metió todo su brazo hasta donde pudo para alcanzar el reloj, era plástico y de color rojo decorado con dibujitos de personajes infantiles, estaba detenido y marcaba las doce en punto. Era raro que un reloj se detuviera por sí solo a una hora tan exacta, era más probable que se lo hubiesen dejado a propósito así, podía ser la hora para reunirse, medio día o media noche, volvió a mirar el reloj, solo esperaba que no se tratara de una macabra entretención de niños. Bueno, aun le quedaba un buen rato para media noche, daría una vuelta por ahí mientras.


León Faras.