miércoles, 4 de marzo de 2015

El Circo de rarezas de Cornelio Morris.

IX.

Lidia estaba preocupada, el embarazo que tanto temía ya era una realidad confirmada y hace ya bastante tiempo que no tenía ni una sola pista del padre de su criatura. Estaba sola y esperando un bebé. En cambio su hermana Beatriz, recientemente había dado a luz un hijo de un hombre que la cuidaba y se preocupaba de ella, que no escatimaba en tiempo ni dinero para todo lo que ella necesitara, que aguardó ansioso el día del parto. Para Lidia, su hermana siempre había sido la más interesante, la más osada, la más inteligente y también la más afortunada, y para colmo el destino parecía confirmarle aquello una y otra vez, pero tales sentimientos no estaban basados en envidias o rencores, sino más bien en una admiración. Lidia admiraba a su hermana y veía en ella todas las cualidades que ella misma carecía. Fue en ese momento en que Beatriz regresó por ella, venía sola, ya sabiendo lo que le ocurría y le ofreció todo el apoyo que necesitaba, tanto antes como después de que su bebé naciera, le aseguró que ambas estarían juntas para criar a sus respectivos hijos e incluso le consiguió un empleo y le llevó un contrato de trabajo que Lidia firmó confiada y agradecida, de esa manera, su puesto en la empresa que el marido de Beatriz formaba, estaría completamente asegurado, sin sospechar, claro está, que dicha empresa se trataba de un circo, y que su trabajo consistiría en ser una de sus atracciones principales.

El lugar donde la invitaron era hermoso, una cabaña pequeña pero acogedora, ubicada en un pequeño bosque de árboles desnudos por el otoño, erguidos sobre un terreno de suave pendiente alfombrado con hojas secas y amarillentas, que desembocaba en un lago manso y frío. Cornelio Morris se mostraba amable y solícito, mientras Beatriz era toda sonrisa, pero el bebé de ambos no estaba por ningún lado, Lidia aun no lo conocía y cuando preguntó por él le respondieron con un amistoso “…ten paciencia, ya le verás”. El día estaba fresco pero agradable e invitaba al paseo, el embarazo de Lidia ya era evidente y caminaba sujeta del brazo de su hermana por un lado y del de Cornelio por el otro. La plática era agradable y llena de sueños e ilusiones, llena de planes de una vida que se mostraba prometedora de aquí en adelante. Se detuvieron en el viejo muelle que se adentraba varios metros en el lago, el agua reflejaba fielmente el tono gris del cielo, Lidia agradecía una vez más todo lo que estaban haciendo por ella, sobre todo el trabajo que le habían ofrecido, “Haré todo lo mejor que pueda” decía mientras su hermana respondía sonriente “…de eso estamos seguros” “Espero que estés ansiosa por comenzar” comentó Cornelio con ese aire de superioridad que le inspiraba a los demás y Lidia sonreía asegurando que deseaba comenzar a retribuir lo antes posible todo lo que le daban, “Perfecto…” dijo Morris mientras la abrazaba por detrás y le tapaba la boca, “…porque comenzarás a hacerlo ahora mismo” y se dejó caer al lago con la mujer atenazada entre sus brazos. Lidia luchó con desesperación para liberarse pero sin éxito, no tenía fuerza y sus gritos mudos bajo el agua solo servían para robarle oxígeno, que rápidamente se le acabó. Pronto dejó de luchar, y su cuerpo lánguido quedó a merced del suave vaivén del agua. Cuando despertó  tomó una gran bocanada de un aire mucho más denso de lo normal, era agua y tardó algunos segundos en darse cuenta de que aun estaba sumergida en el lago, estaba sola e inmediatamente intentó salir a la superficie, en ese momento notó que una cadena sujeta a su tobillo la retenía bajo el agua, una cadena que a pesar del óxido aun conservaba mucha más fuerza que ella, volvió a tragar agua y pensó que moriría pero esa agua no se fue a su estómago, sino que salió de su cuerpo dejándole oxígeno, se palpó el cuello y con repugnancia sintió branquias en él, también notó unas membranas entre sus dedos, se horrorizó, se desesperó y luchó contra la cadena hasta el agotamiento, pero fue inútil. Fueron necesarios varios minutos para que se tranquilizara aunque aun no comprendía qué le habían hecho o por qué. Cerca de ella, en el fondo del lago, una cuna metálica en buen estado destellaba pálidamente, había sido arrojada allí hace muy poco tiempo.

La juventud, vitalidad e inocencia de Eloísa, eran una notable fuente de energía vivificante para mantener estable la ilusión del Circo, al igual que como sucedía con la pequeña Sofía, la presencia de Eloísa representaba la contraparte necesaria para mantener equilibrado el complejo sistema de fuerzas que sostenían el poder con el cual Morris, obraba sus fantásticos prodigios, por eso este último demostró tanto entusiasmo cuando supo que una muchacha quería formar parte de su Circo y además sin necesidad de que tuvieran que convencerla de nada. La niña entró confiada y sonriente a la oficina de Cornelio, este estaba en su escritorio y a su lado Charlie Conde se esforzaba por reflejar bondad y amabilidad en su rostro. En la puerta quedaron Von Hagen y el gigante Ángel Pardo. “Me dicen que quieres pertenecer a mi Circo, ¿es eso cierto muchacha?” Morris preguntó solo como una mera formalidad, “Sí. Quiero ser una de tus atracciones” respondió la niña resuelta, repitiendo lo que Horacio le había dicho cuando la encontró, Cornelio se mostró sorprendido, no esperaba tal grado de determinación, “Tal vez creas que no tengo mucho talento para nada…” agregó Eloísa, acostumbrada a formar a menudo esa idea en la gente que la rodeaba, “…pero aprenderé lo que sea, me esforzaré y nunca te arrepentirás de haberme aceptado” sus ojos brillaban y Morris la observaba maravillado “Ya puedo ver que no me arrepentiré de aceptarte en mi Circo… tienes todo el talento que necesitas, yo te puedo convertir en la atracción más espectacular que se haya visto, solo debes firmar un contrato y hacer lo que te diga… aunque te asuste” “Haré lo que sea” dijo la niña sin ningún asomo de duda.


Luego de que Eloísa firmó el contrato le dieron de comer y la llevaron a uno de los camiones donde había una caja de madera de un metro cuadrado de base por dos metros de alto, estaba pintada de negro por dentro y por fuera y la oscuridad en su interior era absoluta, Conde iba a ponerle un grillete en uno de los tobillos de la muchacha por precaución, sabía que la reacción de aquellos que salían de esa caja no siempre era la más pacífica, pero su jefe le dijo que no, que no sería necesario y luego se dirigió a la muchacha “Ten paciencia, pronto saldrás de aquí y te sorprenderá el resultado… tendrás todo lo que siempre has deseado.” La chica asintió y la puerta se cerró, luego de eso todo se hizo oscuridad y silencio.


León Faras.

miércoles, 14 de enero de 2015

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XVIII

El rey Nivardo y sus hombres pronto notaron que habían sido delatados y que su ataque estaba siendo esperado por el ejército de Cízarin, y por todo el pueblo, sin embargo, arrepentirse a estas alturas era inútil, la batalla ya se había desatado y no terminaría hasta tener un vencedor. A doscientos metros de haber entrado en la ciudad por el camino principal, una jauría de docenas de perros fue liberada y comenzaron a perseguir a los caballos, ladrando y mordiendo las patas a estos. Más adelante una valla de maderos puntiagudos de dos metros y medio de alto, reforzada con un par de carretas y postes diagonales bloqueaba el paso, cien arqueros del otro lado acosaban a los jinetes lanzándoles flechas a destajo casi sin apuntar. Pronto un soldado llegó a informarle a Zaida que su plan había resultado bien y el ejército invasor, comenzaba a desperdigarse por los callejones, a dividirse tal como lo habían planeado.

Los callejones de Cízarin eran oscuros y estrechos donde apenas cabían dos jinetes uno al lado del otro, en otros, solo podían pasar de a uno a la vez. Estaban pavimentados, con pequeñas escaleras aquí y allá y algunos no tenían salida. Nivardo se detuvo en una pequeña plazoleta con un pozo de agua al medio y cogió una de las antorchas cercanas, menos de cien hombres le habían seguido, el resto se había desperdigado, la situación era desfavorable para él, perdían fuerza cada vez que se dividían y planear una estrategia con sus hombres dispersos, era prácticamente imposible, por un segundo, la sombra de la derrota lo perturbó y se vio en problemas, eso, hasta ver con sus propios ojos al agua de la fuente de Mermes funcionar. Uno de sus hombres, sin bajar de su caballo y con evidente esfuerzo y cuidado debido al dolor, se extraía una flecha que le había entrado por el ojo derecho, su mejilla y cuello estaban empapados en un líquido blanquecino pero sin una gota de sangre, el rey observaba intrigado alzando su antorcha. La flecha fue extraída, y de la cavidad ocular ya vacía, brotó una bola de una pasta oscura y pegajosa que selló la herida casi en el acto y se aferró al rostro del hombre con largas y angulosas patas similares a una araña. Aquello pareció doler, pero al cabo de unos minutos, el hombre estaba, además de increíblemente vivo, bastante recuperado. Un poco más alejado, Ranta decidió hacer su propio experimento personal y sin previo aviso, sacó de un tirón la flecha alojada en el cuello de Vanter, el soldado que lo había llevado. Este hizo un quejido de dolor y se dio un golpe con la palma de la mano como si hubiese sido picado por un mosquito, al retirar la mano, llevaba adherido a esta, restos de la misma pasta oscura y pegajosa que había sellado el ojo de su compañero. Ante los ojos incrédulos y las muecas de repugnancia de Ranta, la herida de Vanter se cerró y enraizó en su cuello sin que pareciera haberle afectado en lo más mínimo. Ranta sonrió y le dio animosas palmadas en la espalda a su compañero “Ya puedes estar seguro; ¡Eres un inmortal amigo!” El rey también sonrió entusiasmado, nada de lo que hicieran sus enemigos tendría los resultados esperados, en cuanto notaran contra quién estaban peleando, sabrán que no pueden ganar y el temor brillará en sus ojos, entonces lanzó la antorcha al pozo y sacó su espada “¡Somos inmortales! ¡Nadie podrá detenernos! Cada uno de ustedes es un ejército en sí mismo, letal e invencible, ¡Es hora de sembrar la muerte en esta ciudad y apoderarnos de ella, porque nosotros ya nos apoderamos de la muerte!” y luego levantando su espada gritó “¡La muerte es nuestra!” “¡Nuestra!” respondieron sus hombres y espolonearon los caballos adentrándose en la ciudad con la seguridad de que jamás podrían ser derrotados.

“Un príncipe ciego…” se decía Serna mientras ascendía los empinados senderos de regreso a Rimos, “¿Qué podría hacer un hombre ciego en el trono? sería engañado y manipulado fácilmente en incontables asuntos importantes, perdería rápidamente el respeto de su gente que lo consideraría un inepto, incapaz de impartir justicia o de tomar decisiones importantes. El rey sabía que debía volver con vida, debía seguir gobernando hasta que el hijo de Ovardo, el que ya estaba por nacer, según él, tuviera edad para encargarse del trono, mientras su padre era tratado como un inválido inútil y además, tristemente inmortal” El clérigo jamás había logrado llevarse bien con el príncipe, pero aquello era solamente por inmadurez de este último, para Serna, el príncipe era un hombre en exceso soñador e iluso, que creía a pie firme que la justicia y la verdad tenían solo una cara, permanente e inmutable que no podían cambiar o adaptarse pese a ninguna circunstancia, un hombre que estaba convencido de que podía gobernar un reino y al mismo tiempo mantenerse fiel a sus ideales. Tenía tanto por aprender y comprender sobre la realidad y responsabilidad de su cargo que era incapaz de ver el verdadero trasfondo de las decisiones que tomaba su padre o los reales objetivos tras los consejos que él le daba. Y todo eso sin contar el amor desmedido que le profesaba a su mujer, el cual era digno y justo, para un común, pero no para él, solo los dioses podían saber cuántos errores podía cometer o cuantas oportunidades podía dejar pasar solo por no defraudar a su esposa en decisiones realmente trascendentales y sus respectivas consecuencias. Serna había visto al príncipe sacando agua de la fuente y guardársela entre sus ropas, podía deducir fácilmente para qué hacía aquello y aunque no lo había delatado en su momento ya no tenía caso hacerlo, lo mínimo que podía hacer un hombre en la situación de Ovardo, era tratar de conservar a la persona que amaba a su lado.

La noche ya se instalaba cuando Serna llegó a la casona de los señores de Rimos. Por primera vez en mucho tiempo no se encontraban presentes ni el rey ni su hijo para gobernar, por lo que su autoridad en esos momentos no estaba por debajo de nadie. Casi sin interés le preguntó a uno de los guardias si tenía alguna novedad que informarle y este le respondió sin demasiadas formalidades “Ha habido mucho movimiento allá dentro, llevan horas encerradas las parteras en la habitación de la princesa Delia. No sé más detalles de lo que ha sucedido, salvo que hace pocos minutos trajeron una ama de cría. Es posible que el heredero ya haya nacido” Serna se apresuró a entrar para enterarse de lo sucedido y de inmediato se dio cuenta de que algo malo pasaba, había un silencio  frío y anormal en el interior, en las caras de las personas se veía profunda seriedad en los hombres y marcada congoja en las mujeres, con ineludibles marcas de llanto en muchas de ellas. Una chiquilla lloraba desconsoladamente en los brazos de una mujer mayor que con gran tristeza trataba de consolarla, el clérigo pasó junto a ellas y se acercó a la habitación de la princesa, la puerta estaba sin seguro, solo una pequeña presión de los dedos bastó para abrirla, al asomarse al interior vio una mujer limpiando la sangre del piso, las parteras con sus delantales ensangrentados ordenando sus cosas y sobre la cama un cuerpo envuelto en lino de la cabeza a los pies y atado para mantener sus miembros juntos y pegados al cuerpo. Era fácil comprender para Serna lo ocurrido pero su interés estaba totalmente abocado al otro cuerpo, al más pequeño, al que estaba dentro de la princesa “El niño, ¿Dónde está el niño?, ¿Qué pasó con el hijo de la princesa?” Dolba lo miró cansada, estaba perfectamente acostumbrada a que en muchos casos la muerte de la madre no pasaba de ser una mera anécdota del parto “La criatura está bien y en este momento debe de estar siendo alimentada por su nodriza. Pero no es un niño. Es una niña” Serna casi sintió la desilusión del rey en su propia desilusión, “¿una niña?” se repitió incrédulo, una mujer solo crecía para ser dada en matrimonio y el linaje de su ascendencia se perdía inexorablemente. De pronto Serna recordó al príncipe Ovardo, cómo había quedado tirado en el campamento del bosque muerto e imaginó las nefastas consecuencias de que, en su estado, se enterara de la muerte de su esposa y sintió compasión “Eso acabaría por destruirlo” pensó y se acercó a uno de los guardias para encargarle un mandato.

Momentos después un reducido grupo de guardias se dirigía rumbo al bosque muerto con la extraña orden de encontrar al príncipe Ovardo allí y traerlo de vuelta a casa sin informarle nada de lo ocurrido.



León Faras.

sábado, 3 de enero de 2015

Historia de un Amor.

XII.

Leonardo tenía ciertas ideas sobre la relación que había entre la belleza y el amor, pero refiriéndose a la belleza artificial, la belleza como el sobrevalorado bien de consumo que era, como la necesidad humana casi vital en la que se había convertido. Desde un inocente peine hasta la cirugía plástica, la industria es gigantesca y variada tal como la demanda que cubre. Y existe para luchar contra una cruel realidad: Que desnudos y en estado completamente natural, somos como animales demasiado parecidos unos a otros, y eso no es atractivo a nuestros ojos. Y contra otra realidad tan cruel como la anterior: Que vivir, afea. Por supuesto que esta fealdad es subjetiva por completo tal como lo es la belleza, pero por otro lado también es cierto que la industria de la belleza lucha contra el paso del tiempo y el maltrato de los agentes ambientales, o sea, la vida misma y lo hace porque no ser bello está relacionado con no ser amado, intrínsecamente relacionado si se quiere, a pesar de lo brutalmente absurdo que suena amar algo que solo se percibe con los ojos, y pensar que aquello es suficiente para alcanzar la relación idílica, perfecta y duradera a la que se aspira, esto gracias a otra gran industria que nos vende la idea de que un gran amor está relacionado con una gran belleza, tan arrolladora que es capaz de avasallar en el acto, de una sola vez y para siempre, pero eso no puede ser así, no debe ser así. Para Leonardo, la belleza digna de amar debía estar en la normalidad y no en el abuso de la producción, él mismo se consideraba un descuidado y un perezoso con su apariencia, desatendiendo su cabello, dejando crecer su barba por días, incomodándose con el uso de perfumes, rotando las mismas prendas de vestir de siempre, lo cual lo llevaba a moverse sin llamar demasiado la atención, algo que por cierto, no era intencional para él, sino un rasgo más de su personalidad. Y no solo se podía decir que rehuía de sacarle el mejor partido a su aspecto físico, también huía de las personas cuyo atractivo era demasiado evidente, de las que se movían gallardas e indiferentes a la gran cantidad de miradas que atraían de todas partes, de esas bellezas que hipnotizaban por algunos segundos y en las que más de uno caía en entregar una vida de amor tan persistente como silencioso e inmerecido y hasta insano. Miraba en otra dirección o continuaba su camino sin voltear, buscando que esa visión capturada instantáneamente en su cerebro se diluyera con rapidez y perdiera la insistencia con la que se repetía en su mente en un principio. Sin embargo él sabía que jamás podría enamorarse de una persona con tal belleza, que estaban fuera de su alcance porque tal nivel de belleza siempre exige algo a cambio y el amor no exige nada a cambio, tal atractivo no era algo natural, era una inversión que de seguro esperaba rendir frutos, que estaba bien para las portadas de las revistas, para la fantasía, pero no para el amor. Fue entonces que se encontró con Miranda.

Ella era diferente, su belleza no deslumbraba como lo hace el sol, sino que podía admirarse largamente como se contemplan las estrellas, sin prisa, sin accesorios y lo más importante quizá, sin la necesidad de preguntarte quien era la persona detrás de ese aspecto porque su aspecto hablaba por si solo sobre la persona que ella era. No hubo amor a primera vista, pero si ambos supieron en el acto que estaban ante alguien que desearían conocer más y del que esperaban también el mismo interés, aquella mágica coincidencia con el libro y aquel encuentro levemente rudo y hasta un poco doloroso ya había dado el primer paso, pues con seguridad no hubiera funcionado de otra manera, muchas veces hubiesen podido pasar uno por el lado del otro sin llamar la atención como acostumbraban, sin que el contacto hubiese sido posible, como sucedía con las docenas de desconocidos que se cruzaban por sus caminos diariamente, ambos sabían eso y por consiguiente, ambos podían deducir que aquel encuentro era más que una mera coincidencia, podían sospechar incluso, que aquello era una respuesta a lo que habían estado deseando por mucho tiempo: “A alguien que sea para mí”


La lluvia no defraudó a nadie, cayó tal como se esperaba, abundante, pacífica y cálida, limpiando al pueblo del polvo y a las calles de su gente. En una pérgola redonda de la plaza en la que se conocieron, protegidos del agua, Leonardo y Miranda comieron emparedado, fruta y café y aprovecharon de despejar la última duda que siempre se tiene cuando algún recién conocido nos interesa, si ese alguien tiene algún compromiso con alguien más y por supuesto que ambos estaban libres, pues estaban con la casualidad de su parte. Miranda tomó el libro negro de la banca donde estaban sentados y este se abrió por sí solo en la página en la que la flor estaba guardada, algo estaba escrito ahí recientemente “Para que te puedan encontrar, solo deja de buscar.” La chica frunció el ceño confundida, aquello también estaba escrito en el libro antiguo y precisamente en la página donde estaba la flor seca, eso lo recordaba bien, a pesar de que había sido escrito por Leonardo solo la noche anterior, este le explicó que lo había escrito por ella y por su afortunado encuentro esperando que fuera más que una mera anécdota. El libro antiguo se estaba reconstruyendo y ella aportaría una cosa más. Metió la mano en su bolso y sacó una hoja de papel doblado que le pasó a Leonardo, este la abrió y la leyó, era “El Conjuro” al final de este, estaba escrito del puño y letra de Miranda la frase “Por tu pronta respuesta, muchas gracias” la chica le explicó de donde había salido ese escrito, y que por la noche, antes de dormirse, había sentido verdadera necesidad de dar las gracias por haberse encontrado, aun no había nada entre ellos, era cierto, pero la felicidad que le provocó haberse conocido, era suficiente por el momento. El conjuro fue guardado con cuidado dentro del libro formando parte de él como si siempre hubiese permanecido ahí. Luego llegó la hora de irse, pronto se verían de nuevo. Al momento de despedirse se besaron con soltura y normalidad, como cualquier pareja lo haría, pero inmediatamente cayeron en la cuenta de que ese había sido el primer beso entre ellos, era raro que hubiera sucedido de forma tan mutuamente espontánea, pero les sirvió para algo, ambos ya podían saber que desde ese momento Leonardo y Miranda estaban juntos. 


León Faras.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Tu presencia.

Tu presencia está aquí ahora, en tu propio espacio y tiempo pero aquí, tan potente y persistente que me impregna, me manipula, me forma y me educa. No te imaginas cuanto has destruido para luego volver a edificar, ante un espectador maravillado que ve como la naturaleza obra milagros tan fácilmente y con tanta autoridad. Dudo de que naufrago alguno haya contemplado con más felicidad y esperanza su salvación en alta mar, allá, lejos aún pero consciente de haber sido encontrado y que la salvación por primera vez en mucho tiempo, existe, y se puede soñar libremente con ella. Irrumpiste para quedarte, cosida a alguna parte de mi ser de donde no podría sacarte sin rasgarla, sin dañarme a mí mismo, sin abrir una herida... sutilmente dosificada por algún curandero celestial, un alquimista místico que obró con todo su talento en ti, dotándote de las perfecciones que te hacen idónea y de las imperfecciones que te hacen única... no soy culpable ni responsable, no podría, no sabía que para encontrar lo que buscas, primero debías dejar de buscar...ni tampoco sabía que alguien estaba poniéndome atención cuando te invocaba...  solo he sido espectador y receptor de lo más bello e inusual que me ha pasado...algo que ya amaba antes de saber que existía.

Tu presencia está aquí ahora, recordando mis objetivos, marcando el paso de mis sueños, como una galera cuyo único remero soy yo, en la cual el látigo de tus labios, me obliga a hundir los remos en mi realidad que es un océano hasta llegar a ti, el único puerto, sin provisiones más que las añoranzas de tu piel, sin más viento que tu voz, sin otro faro más que tus ojos. Si piensas que exagero recuerda que soy navegante inexperto, que nunca había abandonado mi realidad para lanzarme a soñar descaradamente, como si no hubiera otro futuro más que el que sueño contigo, irrompible y perpetuo. Ya dejé de temer, si alguna vez lo hice, ya no, ahora solo confío, pero sin el esfuerzo que alguna vez le puse, mi confianza es natural, liviana e insistente, renovable... no es carga tuya ni mía, es consecuencia, es fruto para saborear y no raíz para sostenerse. Ya sé que no eres doncella del balcón ni yo un Cyrano de Bergerac, pero si las palabras salen es porque estaban ahí, y si las escribo para ti es porque las has inspirado, no son simple retórica aduladora sin médula, sino hijas de tu presencia ausente.


León Faras.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

III.

“¿Es que no le vas a decir nada? es tu amigo desde siempre. Tienes que al menos contarle qué es lo que pasa” dijo Diógenes, quien sostenía a mitad de camino, entre el mesón del negocio de Octavio y su boca, su segundo vaso de vino, mientras el gordo mesero abría los ojos sorprendido, como si acabase de recibir un ataque a traición. El viejo cliente continuó “…Mírate, ya pasaste la mitad de tu vida y te queda solo la mitad más corta. No pierdas el tiempo y díselo” Ulises que estaba a punto de retirarse del negocio, se detuvo intrigado, “¿Qué pasa con ustedes dos? ¿Qué es lo que me van a decir?” el camarero estaba sin palabras y solo movía la cabeza mirando estupefacto a los dos, Diógenes insistía “¡Díselo de una vez! te comportas como un chiquillo” Octavio mudó su rostro de sorpresa a enojo, cosa que era muy rara en él “¡No sé por qué te cuento mis cosas! esto no es asunto tuyo y no deberías divulgarlo como vieja ociosa que…”; “¡Que alguien me diga qué está pasando!” interrumpió Ulises con un vozarrón ya en el límite de su paciencia. Diógenes bebió un sorbo de su vaso y se puso un cigarrillo en la boca “Sé que no es asunto mío, pero si hablaste conmigo, fue porque no te atreves a decírselo a quien corresponde y necesitas ayuda. Y yo te estoy ayudando” y luego de encender su cigarro se volteó hacia Ulises “…A Octavio le gustaría conocer un poco más a tu hija…” y se quedó pegado tratando de recordar “… ¿cómo se llamaba?”Agregó. Ulises apretaba el ceño con una mueca en la boca sin entender cuál era el sentido de todo eso “¿Conocer un poco más a mi hija?...” Octavio dejó en paz por fin un vaso al que le restregaba un paño con nerviosa insistencia para tratar de salir del entuerto en el que el viejo Diógenes lo había metido, “Bueno Ulises, tú me conoces de años, sabes cómo soy yo, un hombre de bien, respetuoso, responsable, trabajador… he llevado este negocio solo durante…” Ulises notó que el monólogo de Octavio se extendía innecesariamente y decidió interrumpirlo “Sí, sí, sí. Nos conocemos de años, pero no me dices qué tiene que ver mi hija con todo esto” El camarero se quedó con la mitad de su discurso en la boca, indeciso ante la mirada expectante de los dos viejos frente a él, hasta que, cuando al fin juntaba el valor suficiente para hablar, entró Alamiro con toda su extrovertida personalidad, sentándose junto a Diógenes, poniendo sus lentes de sol sobre el mesón, repasándose el peinado, pidiendo un vaso de vino blanco y haciendo comentarios sobre su apreciación del clima y la economía local sin poner la menor atención a la discusión que se estaba llevando a cabo en el lugar. Pronto notó el incómodo silencio que se mantenía y que el vino blanco que había pedido no le llegaría muy luego, por lo que no le quedó otra que preguntar “¿Pasó algo?” Diógenes apagó su cigarrillo, “Este aun no le dice nada a Ulises” le comentó al recién llegado como si se tratara de un tema de dominio público “Pues a lo mejor se arrepintió. Yo pienso que eso del matrimonio a la larga no sirve para nada bueno” “¿¡Matrimonio!?” dijo Ulises, mientras Octavio comenzaba a exasperarse “¿¡Pero de qué estás hablando hombre?!” Diógenes se limpiaba el vino del bigote con toda calma mientras Alamiro continuaba completamente dueño de la situación “Sobre lo que Diógenes me contó acerca de tus sentimientos hacia la hija de nuestro amigo Ulises… aquí presente” los ojos se posaron en el viejo Diógenes y este se excusó con absoluta normalidad, “Somos tus amigos, y solo queremos ayudarte” Ulises comenzaba a comprender todo y una sonrisa divertida se dibujó en su rostro “Te seré sincero…” dijo “…Te conozco y sé que eres un hombre noble, pero no esperes que mueva un solo dedo en tu favor con mi hija…” Octavio pareció defraudarse por un segundo, pero el viejo Ulises continuó “Sin embargo, tampoco pondré trabas. Ya ambos están bien crecidos y no necesitan ni mi ayuda ni mi permiso para… conocerse un poco más. Ella es una gran mujer, al igual que tú, así que solo sé sincero y trátala bien… y a sus hijos. No olvides que tiene hijos.” Octavio sonreía agradecido “Por supuesto. Gracias Ulises.” “¿Y dónde está el vaso de vino que te pedí?”Alegó Alamiro y rió, disipando rápidamente la seriedad del momento.

Cuando Edelmira regresó, se llevó a los niños inmediatamente a la cocina para que bebieran refresco, allí encontró a la señora Alicia que en ese momento hablaba con Bernarda y Aurora “…es una historia sumamente vieja. Imagínate, si éramos unos jovenzuelos…” “Me huele que es una historia de las que me gustan” dijo Edelmira sonriendo mientras Bernarda le cedía el asiento y se retiraba para llevar a asear a los niños. “…Es sobre un hombre, ¿verdad?” agregó, con una mirada astuta y maliciosa, y la sorpresa de Aurora por acertar, confirmó de inmediato las sospechas de Edelmira “¡Lo sabia! He visto demasiadas mujeres hablando de amores pasados. Yo misma me incluyo. Si yo les contara mi historia con el padre de Alonso…” Y Edelmira hizo una pausa mirando al cielo y aspirando hondo “…Si él viviese, mi vida sería muy diferente” Aurora se puso repentinamente triste “¿Está muerto?” “Sí…” contestó la mujer “…pero otro día te contaré esa historia, ahora, vamos a escuchar lo que nos tiene que decir Alicia sobre su amor de juventud” y con esas últimas palabras rió traviesamente contagiando a Aurora. La señora Alicia lucía confundida, “¡Ay Edelmira! ya no tenemos edad para este tipo de historias sobre amores platónicos de juventud” “Vamos mujer…” respondió la aludida “…Si las mujeres estamos hechas para las historias de amor.”

Esteban Trigo era el nombre del padre de la señora Alicia, un hombre con la tristemente común tendencia a no creer en sí mismo, en parte herencia de su padre, que siempre le inculcó que la vida no era sino un penoso camino cuesta arriba, lleno de sacrificios y trabas sin fin de los que no había escapatoria para los que no nacían bien provistos de dinero y encima alejados del amor de Dios. Había adoptado la frustración como una forma de vida y sin parar alejaba de su alcance los objetivos que deseaba cumplir. No logró casarse con la mujer que él quería, ni el trabajo que quería, ni los hijos que quería. Apenas consiguió una casa de un tamaño superior al de lo común, con un número exagerado de habitaciones para su reducida familia, que se redujo aún más con la muerte de su mujer, pero para ello debió vivir al borde de la insuficiencia económica durante toda su vida, luchando contra sí mismo, pero culpando a los demás del gigantesco lastre emocional y sicológico que arrastraba, castrándole la capacidad de ser feliz y nublándolo de interminables preocupaciones. Tal fue el hombre que crió a la joven Alicia Trigo, y que le entregó la formación necesaria para comportarse correctamente en cualquier situación, manejar la economía doméstica con sabiduría, dominar las labores del hogar, dedicar su tiempo libre en actividades productivas y bellas dignas de una mujer bien educada y por supuesto, mantener bien alejados a los pretendientes que no podían ofrecer algo igual o superior, económicamente hablando, a lo que ya tenía. Alicia tenía habilidad e interés en convertirse en una digna y preparada dueña de casa, pero en el último punto fue donde falló, según su padre, haciéndose amiga de un joven artista callejero, hijo de una familia de saltimbanquis. “¡Un artista!” exclamó Edelmira fascinada.

En ese momento se escuchó sonar la puerta de la calle, Estela y Alberto volvían, una extraña expresión en sus rostros preocupó a las mujeres, algo había sucedido. La muchacha no tardó en hablar “Estuvimos hablando con Alberto sobre mi familia, mis padres… y al parecer somos hermanos.”



León Faras.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Del otro lado.

XX. 


Laura estaba apoyada en la pileta de agua con la hoja de papel y el reloj infantil en la mano mientras digería la idea de haber confirmado que estaba muerta. Lo curioso, era que había recibido la noticia bastante tranquila, tal vez eso era debido a que ya lo venía adivinado desde antes, sin embargo y como es costumbre, una certeza siempre engendra nuevas dudas: ¿Cómo había sucedido?, ¿Por qué ella de nada se había enterado?, quizá la muerte era así de imperceptible después de todo, suave y silenciosa o tal vez la muerte no existía, solo era una especie de liberación en que la carne, ya de por sí materia renovable del mundo, o polvo como dice la religión, era abandonada por el raro milagro de la vida para volver a sus orígenes y la vida quedaba en esencia, en espíritu, desnuda de su materialidad, ajena al mundo físico y sus leyes, sujeta a su propio ciclo… Laura se inclinó dentro de la pileta, su mano llegó hasta el espejo de agua sin reflejarse en este y sin perturbarlo al entrar, donde podía ver una nube grande a un lado y un gran trozo de cielo azul en el otro, en medio del cual brillaba el sol, un sol pequeño que se movía suave con el vaivén del agua sucia y estancada, de pronto algo se movió en el reflejo, un punto, oscuro y fugaz había atravesado la pileta de lado a lado, la chica se enderezó y observo el cielo, en todas direcciones, luego su rededor, no había nada, aunque sabía que había visto algo, algo efímero pero real, volvió a escudriñar la pileta pero esta no le mostraba nada más que el reflejo del cielo. Laura se quedó meditando intrigada, como quién descubre una pista importante dentro de un enigma intrincado pero interesantísimo. Un ave, había visto un pequeño pájaro pasar volando. Decidió ponerse a caminar en la dirección en que había visto pasar al ave pero pronto desistió de buscarla, su mundo seguía igual de solitario y silencioso, tal vez había sido una alucinación, pero no estaba segura de que los muertos tuvieran alucinaciones.

Era curioso ponerse a comprobar que no había una sola tumba igual a otra, tal como aquellas personas fueron en vida, sus sepulturas eran completamente diferentes entre sí, en antigüedad, tamaño o mantención. Incluso muertas, las personas seguían marcando diferencias, consciente o inconscientemente, en su milenaria obsesión por ser únicos dentro de una multitud. Hermosos mausoleos inmaculados y brillantes por un lado, con placas de mármol y argollas de bronce y por otro lado, indignos nichos del color moribundo de la pintura derrotada por la intemperie, quebrados y con trozos de madera apolillada en su interior o restos óseos  que ni siquiera olor desprenden ya, exhibidos sin decoro, como quien pone a la vista resignado y sin pudores su desnudez, sin nombre o una fecha que les diera un vestigio de identidad o de procedencia, mientras otros ni con eso contaban, apenas con un rectángulo de tierra removida ya dura y reseca, cubierta de maleza fea y rígida con apenas una cruz de madera que señala que aquel es el lugar de descanso de un cadáver. Laura recorría el cementerio distraídamente, dejando que su mente hablara sola como siempre, mientras ella observaba sin ver. Un bonito mausoleo llamó su atención, parecía nuevo y con seguridad pertenecía a alguien importante, en su interior, una virgen oraba con gran congoja en su rostro y en la fachada una gran placa de bronce con los datos del difunto brillaba intensamente. El nombre era desconocido para Laura pero algo allí la maravilló, un movimiento nuevamente la intrigó, volteó a ver tras sus espaldas pero nada había allí, sin embargo, en el reflejo de la bruñida placa, podía distinguir claramente un árbol cuyas ramas se mecían con la brisa, un árbol que en su mundo no existía, estaba allí, en el reflejo del bronce. Entonces el pájaro había sido real, pensó la muchacha, el mundo vivo que ella no podía percibir, se volvía una imagen muerta en un reflejo que ella ya comenzaba a captar, su espíritu novato de a poco comenzaba a acostumbrarse a su nueva realidad, sus sentidos maduraban lentamente aprendiendo como percibir lo que le rodeaba, con el tiempo alcanzaría la madurez suficiente para ver y oír todo tal y como lo hacía en vida, o tal vez mejor que antes, por el momento ya daba su primer paso.


Su mundo comenzaría a cambiar paulatinamente de aquí en adelante y eso la llenaba de entusiasmo.


León Faras.

viernes, 28 de noviembre de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XIII.

En la profundidad del bosque, la agradable reunión en casa de Rodana llegaba a su fin. La Criatura ya hace un rato que dormía plácidamente bajo el dominio de la hechicera de las jaulas, en un lecho que Dendé había preparado para ella, mientras el Místico y su anfitriona fumaban en una acogedora terraza con vista a un pequeño trozo de cielo entre el follaje iluminado por la luna. Les preocupaba qué haría Rávaro con todo el poder que había conseguido al matar a su hermano, era un tipo ambicioso, cruel y ahora además poderoso, eso lo convertía en un peligro inminente del que había que preocuparse y así lo harían. Dendé apareció para avisar que el lecho para el Místico estaba listo y este se retiró a descansar agradeciendo la hospitalidad, luego de eso la enana volvió y su ama le pidió que le trajera una de sus jaulas, una en particular que contenía una pequeña pluma en su interior. Apenas la toma puede invocar su hechizo ya lanzado, inmediatamente obtiene el control del ave al que pertenece esa pluma. Rodana mira, piensa y hasta respira a través del ave, puede oír con claridad lo que ocurre a su alrededor e incluso puede sentir la molestia física del pájaro en su pata izquierda luego de haber recibido una mordida furiosa por parte de una de sus presas, el ambiente es más oscuro en las sombras donde el ave se oculta pero sus ojos ven bien en la oscuridad. Un chillido agudo y estridente se oye lejano, el sonido es reconocible para la hechicera pero poco probable, realiza un vuelo entre los árboles para detenerse en una rama más cercana e investigar. Una silueta pasa saltando de árbol en árbol a toda velocidad, antes de alejarse suelta un nuevo chillido, Rodana no tiene dudas ahora, es un Grelo solitario, pero que ande solo es tan raro como que ande de noche, tanto los Grelos como sus ranas son criaturas principalmente diurnas, sin embargo las situación no tardó en volverse más inusual, una horda de Grelos seguía al primero tan rápido como los animales que cabalgaban eran capaces, soltando sus desagradables aullidos y dejando tras de sí una estela con su repugnante olor. Algo muy inusitado estaba sucediendo, porque difícilmente aquello se trataba de una cacería, a menos que fueran ellos las presas.

El ave se elevó por sobre los árboles para investigar, y no tardó en divisar aquello que provocó la estampida de los Grelos. A una centena de metros una columna de denso humo era impulsada hacia el cielo con fuerza, mientras todo el entorno estaba iluminado, era fuego, sin duda, pero aquello no se trataba de un simple incendio. El sonido galopante de un motor de vapor que se oía cada vez más claro comenzó a preocupar a la hechicera, los árboles cercanos se inclinaban y quejaban como si resistieran un gran peso, el abundante follaje no le permitía ver con claridad desde las alturas, pero Rodana ya podía adivinar de qué se trataba semejante estructura monstruosa, no muchos poseían el genio y los recursos para crear magia usando la ciencia a tal nivel de espectacularidad. Se trataba de Galbatar, el alquimista. Y para la hechicera era un misterio qué lo había traído hasta aquí.

Ya poco falta para el alba, pero nadie se ha movido del patio del castillo del semi-demonio. Un hombre calvo y de aspecto gordinflón, estaba inclinado sobre el cuerpo inerte de la Bestia con el oído pegado a la caja torácica de esta, mientras Rávaro y los demás hombres que habían presenciado el combate contra el Enano de Rocas, sobre todo aquellos que habían apostado dinero, esperaban un diagnóstico con anhelante silencio. El corazón del gigantesco animal se oía débil y lejano, al igual que su respiración. El hombre luego bajó hacia el vientre de la Bestia, hacía muecas difíciles de interpretar, despegando la oreja y pegándola en otro sitio, sin que esto le ofreciera ninguna certeza, estaba confundido, oía el sonido característico de rocas que chocan y se frotan entre sí, pero no podía descifrar si aquella muestra de vida pertenecía al Enano, lo que era bastante probable, dada la naturaleza indestructible de este o eran simples movimientos digestivos en las tripas de la Bestia, cuyo organismo trabajaba para digerir el cuerpo extraño en su interior, lo que era poco creíble, debido a que ese cuerpo extraño estaba hecho de roca sólida. Rávaro perdía la paciencia, le había costado bastante caro que atraparan a esa bestia como para que ahora simplemente muriera sin prestarle ningún beneficio, estaba pensando ya en usar su magia para mantenerla con vida cuando el estómago del animal empezó a contraerse con violencia, provocándole a la Bestia una respiración anormal y dolorosa. Esta empezó a moverse, a tratar de incorporarse, parecía tener un ataque, vigorosas contracciones remecían su cuerpo inconteniblemente, la baba le colgaba de las fauces que cogían aire con dificultad y lo expulsaban con furia. El gordinflón empezó a retroceder con los brazos abiertos alejando a los curiosos, era un animal enorme y nada podían hacer para contenerlo, parecía que en cualquier momento iba a caer fulminado. Entonces, la Bestia estiró su cuello hasta el límite de su capacidad natural apuntando hacia el suelo mientras abría su hocico tanto como le era posible emitiendo ruidos realmente grotescos y como si se tratara de un perro envenenado, vació su estómago hasta que este se contrajo completamente en su vientre. Un montón de rocas cayó al suelo en medio de un gran charco de restos de comida a medio digerir y jugos gástricos, después de eso, la Bestia volvió a caer, pero esta vez el alivio que sentía era evidente, su respiración volvía a llevar un ritmo pausado y normal y el sufrimiento que la atormentaba por fin se había apaciguado. El Enano de Rocas se puso de pie cubierto por un líquido viscoso y de olor fuerte que no era otra cosa que vómito de bestia, claro que eso poco le podía importar a un enano de rocas, caminó hacia la multitud, ya no caminaba con la misma elegancia de antes pero aquello era comprensible después de haber salido del estómago de un animal. Instintivamente los soldados comenzaron a retroceder para abrirle paso, algunos con profundo respeto, otros con admiración y otros felices porque acababan de ganar lo que habían apostado, pues el Enano estaba incólume y la Bestia moribunda. Rávaro también lo observaba inmóvil, se preguntaba de dónde había salido semejante criatura, tal vez perteneciera como mascota a su medio hermano, podía serle muy útil si descubría cómo controlarlo, pensaba en ello cuando sus cavilaciones fueron interrumpidas por un ruido fuerte y que sin querer llamó la atención de todos, a alguien se le había quebrado el endeble techo de la herrería y había caído dentro, con gran escándalo de fierros que se golpean entre sí y maderas que se rompen y seguido de la réplica de un par de caballos asustados y un perro que pretendía hacer bien su trabajo de cuidar el lugar. Las antorchas se multiplicaron para iluminar al que había caído. Para todos fue una sorpresa pero especialmente para Rávaro, era su media hermana, Lorna, y nada le impediría ahora sacarla de en medio como lo había hecho con Dágaro, de hecho, matar a Lorna era por lejos, mucho más sencillo para él.


León Faras.

viernes, 21 de noviembre de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

VIII.

Charlie Conde se había quedado largo rato contemplando el mar, aspirando su aroma y sintiendo su brisa fresca en el rostro, añorando tiempos en que la vida le sonreía y lo hacía sentirse afortunado y agradecido de ser uno de sus hijos, esa vida que giraba en torno al mar y sus bendiciones. Siempre pensó que ahí estaba su destino, su felicidad y que también ahí con seguridad estaría su muerte. Ya no podía acceder a esa vida nunca más, pero tal vez podría entregarle su cuerpo deforme y atormentado al océano para que lo purificara y lo liberara, como un dios redentor. Abstraído en sus cavilaciones no se dio cuenta de la presencia de Von Hagen hasta que este le habló “…Debes venir conmigo, tengo que mostrarte algo”

En la entrada del acoplado, el gigante Ángel Pardo montaba guardia hasta que Horacio volviera con alguien. La muchacha estaba sentada en la puerta con los pies colgando. Charlie Conde, inesperadamente se sorprendió al verla como si se tratara de algo que no debía suceder “¿¡De dónde salió esta niña!?” la muchacha era despierta y replicó de inmediato “¡No soy una niña; tengo dieciséis!...” y luego agregó con algo de incomodidad “…Es solo que no he comido bien últimamente…” el gigante respondió “Estaba oculta entre los bultos” pero Conde no le dirigió la mirada puesto que su joroba le incomodaba al alzar la vista “Dice que quiere quedarse aquí, en el Circo” agregó Horacio con nerviosismo mientras Charlie se rascaba el cuello con una fea mueca en el rostro “Miente, no creo que tenga más de quince años, tal vez solo catorce. No debería estar aquí, este no es lugar para una niña…” y luego dirigiéndose a la muchacha agregó “¿Cómo te llamas?” esta respondió sin rodeos “Eloísa” “¿Y por qué quieres quedarte aquí en lugar de estar en tu casa, con tu familia?” Conde parecía reprenderla y Eloísa parecía defenderse de una amenaza “¡No pienso volver a casa con mi familia! y si no me dejan quedarme, tendré que vivir en la calle, como un animal, sin amparo ni cobijo, expuesta al hambre, a la humedad y…” “¡Bueno, ya basta!” la interrumpió Charlie Conde, y agregó más bajo, como para sí mismo “…Hay personas que no saben cuidar a sus hijos” y esa frase le provocó una mueca de desprecio que le duró varios segundos. Luego de que los recuerdos y las imágenes en su mente se disiparon, volvió a la realidad “Bueno, si quieres quedarte, tendrás que hablar con Cornelio Morris, él decide quién se queda y quién no. Te llevaré con él” A la muchacha se le iluminó el rostro y de un brinco se bajó del acoplado entusiasmada “¡Muchas gracias! Les prometo que no se van a arrepentir” Von Hagen y el gigante se miraron con un dejo de compasión y preocupación por la chica. Quién sabe qué haría Morris con ella, y ella iba feliz en su búsqueda. Ambos la acompañaron, después de todo, ellos la habían encontrado.

Como siempre Cornelio se disgustaba al ser molestado en su oficina y más aún ahora, que luego del incidente en los acantilados, donde se les había ocurrido detenerse a los hermanos Monje, el poco buen humor que podía haber tenido se había estropeado por completo, pero Charlie Conde conocía bien a su jefe, y sabía con qué cosas lo podía interrumpir y con cuáles no. Entró a la oficina luego de golpear la puerta, Morris fumaba y se bebía un trago buscando un relajo, pero recibió a Conde como era de esperarse, disgustado y sin paciencia “Lo que sea que necesites, dilo rápido y más vale que sea importante” Conde se atrevió incluso a jugar un poco con su confianza al darle suspenso al tema, se acercó a la botella de licor y se sirvió un trago, era el segundo al mando y se sentía con ciertos privilegios, “Creo que más que importante, lo que traigo te alegrará tanto que hasta te olvidarás de lo que sucedió en los acantilado…” Morris le observaba como conteniéndose para no explotar, realmente el suspenso no le estaba cayendo nada bien “Deja de forzar tu suerte y dime qué es lo que quieres, porque si no tienes una buena razón para molestarme y encima beberte mi licor, no me importará lo…” En este punto Charlie supo que era momento de hablar sin rodeos, se acabó su vaso de una sentada y lo golpeó sobre la mesa “Los muchachos encontraron a una niña oculta entre los bultos. Dice que quiere pertenecer al Circo” “¿Una niña?; ¿Y está dispuesta a firmar un contrato?” preguntó Morris interesado “No solo dispuesta, bastante ansiosa diría yo”

Alfredo Toledo era uno de los trabajadores del Circo, armaba y desarmaba las instalaciones luego de cargar y descargar los camiones junto al resto de los hombres. Dos de sus amigos se habían quitado la vida hace poco rato en los acantilados y se lamentaba de no haber sido él uno de ellos, quizá por falta de valor o solo de iniciativa. Él era un simple obrero y Cornelio Morris tenía un método diferente para contratar trabajadores que el que usaba para sus atracciones. Hace ya varios años, Alfredo Toledo era uno de los numerosos trabajadores del gran mercado central donde a diario llegaban productos desde todas partes del país: Carnes, frutas, verduras y productos del mar. Durante todo el día era necesario cargar y descargar camiones que llegaban repletos de sacos y cajas y se iban repletos de más sacos y más cajas. Aquel día, Alfredo viajaba de copiloto en el camión de un viejo comerciante amigo suyo, el que siempre requería de sus servicios como cargador, los años y la obesidad del conductor del vehículo, hace rato que habían deteriorado su corazón, el cual, eligió el peor momento para dejar de funcionar. El infarto fue fulminante y el camión sin chofer doblegó la baranda del puente que cruzaban en ese momento precipitándose al pedregoso lecho del río, que contaba con bastante poca agua en esa época del año. Pero por una extraña razón, el camión se detuvo antes de que su eje trasero se despegara por completo del puente, Toledo, aterrado y aferrándose con desesperación a su asiento, no podía creer que algún hecho providencial le estuviera salvando la vida, volteó a mirar a su acompañante pero en su lugar había otro hombre, uno que jamás en su vida había visto antes, se vestía elegantemente y usaba numerosas joyas. Este hombre le dijo sin rodeos que irremediablemente, el día de su muerte había llegado, que en ese preciso instante, estaba viviendo sus últimos segundos de vida en este mundo, y que él estaba allí para ofrecerle una opción: Sacarlo de ahí con vida a cambio de que trabajase para él. Alfredo no entendía nada, temeroso se asomó por la ventana, estaban solos, y nada parecía sostener el camión, “¿quién eres?” preguntó asustado mientras el hombre a su lado encendía un cigarro “Mi nombre es Cornelio Morris, no necesitas saber más. Lo que sí necesitas, es decidirte rápido porque no podemos esperar mucho tiempo. Esto es muy sencillo, tienes un contrato delante de ti, si lo firmas, sigues con vida y trabajas para mí, si no lo firmas, yo me largo y tu vida sigue su curso normal hasta terminar de forma espectacular y dolorosa en los próximos segundos…” La mente de Alfredo estaba bloqueada, no podía pensar ni entender, la hora de su muerte había llegado y esa era una información que nadie está preparado para digerir, “¿Estás preparado para morir?” preguntó Morris y el asustado hombre negó con la cabeza. “Firma entonces y trabaja para mí” y Toledo volvió a negar con la cabeza, Morris hizo una mueca de resignación, tal parecía que con este hombre no se estaba entendiendo, “Pues bien, no te haré perder más el poco tiempo que te queda…” y en ese instante el camión fue liberado de la extraña fuerza que lo mantenía suspendido y cayó en medio del desesperado grito de Alfredo que decía “¡Es que no sé escribir!”


Pudo ver con aterradora claridad toda la caída vertical del camión y quedaron grabados en sus oídos los sonidos de los fierros de la cabina estrellándose contra el duro e irregular terreno, pero nada más. Luego de eso, como si despertara de un sueño o de una extraña visión, se encontraba en una oficina frente al tal Cornelio Morris y otro tipo jorobado y feo que sonreía con malicia, plasmando una marca con su dedo pulgar en una hoja de papel. La cobardía natural ante la inminencia de la muerte lo había dejado sin opciones y ahora el resto de su vida le pertenecería al Circo de Cornelio Morris.


León Faras.

domingo, 16 de noviembre de 2014

El encargo del Diablo.



La noche estaba más oscura que nunca, la lluvia caía gruesa y perpendicular sobre las viejas tejas de madera de la cabaña ubicada en la cúspide de una delgada y larga formación rocosa, en la que no podía caber nada más a excepción de la precaria vivienda y un viejo y atormentado árbol seco hasta las raíces, que se aferraba al peñasco para no caer, náufrago y vestigio de una tierra arrasada por el clima y la erosión. La luz amarillenta del fuego iluminaba los vidrios de las ventanas, empañados por el contraste del calor y el frío. De una chimenea de lata, flaca y chueca, brotaba un humo blanco que pacífico, se movilizaba en sentido contrario a la lluvia. En su interior vivía Noelia, una bruja superviviente de la vieja escuela, una mujer voluptuosa y coqueta, de anchas caderas y generoso busto, exhibido sin complejos por el escote de su vestido negro y ceñido. Dejaba caer con gracia extraños polvos dentro de un caldero hirviente, mientras consultaba un libro milenario ubicado en un atril, el que era iluminado por una vela adherida a un cráneo humano, junto a esta, un cuervo viejo reposaba solemne sobre un perchero. En una esquina, sobre una silla de manufactura clásica dormía plácidamente Diana, su gata, tan coqueta y refinada como su dueña y junto a la puerta, reposaba una atrofiada escoba. Noelia canturreaba ocupada en sus asuntos cuando se oyó que alguien golpeó su puerta, la mujer se sobresaltó pero se puso contenta, no cualquiera podía visitarla, justamente por lo inaccesible de su casa, pero cuando sucedía se emocionaba como una niña pequeña. Se arregló el cabello y se alisó el vestido con las manos antes de abrir la puerta, un rayo rajó el cielo en ese preciso instante.

El Diablo entró quitándose el sombrero y el abrigo que Noelia se apresuró a recibir, asombrada ante la inesperada e ilustre visita. A pesar del chaparrón, toda su ropa estaba seca, “Veo que te sorprendes de verme…espero no ser inoportuno” Dijo Lucifer, a lo que Noelia respondió con una sonrisa nerviosa, “Por supuesto que no, es solo que… no recuerdo haberte invocado… ¿o sí?” Y dirigió una mirada de severa duda al cuervo, mientras colgaba las prendas de su visita, pero el ave solo se encogió de hombros. “No, no has sido tú. Soy yo quien necesitaba verte” Dijo el recién llegado y se dejó caer en el mismo lugar donde estaba, con lo que la bruja debió reaccionar y con un rápido hechizo hacer que la silla, donde cómodamente reposaba Diana, volara para atajar el cuerpo del Diablo, cosa que este tomó como algo de lo más natural. La gata, por su parte, cayó dando un aullido de protesta, y una mirada de muy mal humor que la mujer respondió con una mueca de justificación y disculpa, para que buscara otro lugar donde continuar su siesta. Luego sirvió dos diminutos vasos de un fuerte licor y le ofreció uno a su visitante “Pues… usted dirá para qué soy buena” Lucifer se bebió su vaso como si se tratara de agua pura de vertiente, lo que hizo dudar a Noelia si había servido de la botella correcta. “Estoy aquí porque sé que no solo eres buena, si no que de las mejores. No seas modesta Noelia, odio la modestia. Necesito que hagas para mí un conjuro de horror, el más poderoso y eficiente que conozcas. Te pagaré bien” Concluyó el Diablo sacando de su bolsillo interior lo que parecía ser una esfera de oro macizo. Noelia se bebió su vaso de una sentada también, pero a ella le pareció lava ardiente, lo que la dejó sin habla por unos segundos. “¿De qué clase de horror?, ¿algo así como revivir algunos muertos tal vez?...”La bruja sonreía entusiasmada y encantadora “…Conozco un conjuro que los haría levantarse y aterrorizar a todo un pueblo,” Y terminó con una graciosa mímica que al Diablo no le hizo gracia alguna “No, ya no funcionan como antes, necesitaríamos muchos cadáveres recientes y que no estuvieran en esas tontas cajas de madera donde los ponen desde la última vez. Además son torpes y huelen mal, y ni siquiera atacan a nadie… lo que yo necesito es infundir el terror en sus corazones, que sepan quién soy yo y que conmigo no deben jugar” Noelia lo miraba con los ojos muy abiertos, “¡Ratas!” Dijo y el Diablo frunció el ceño “Las ratas…” Continuó la bruja “…Son perfectas, abundantes, omnipresentes y muy fáciles de dominar, además, transmiten cualquier cosa que quieras.” El Diablo hizo una mueca de poco convencimiento “Las ratas son geniales pero, ya sabes lo que pasó con ellas la última vez, hubiesen exterminado a toda la humanidad con aquello de la peste si no interferimos y… ese no es mi negocio. Un mundo sin humanos no es divertido”, Noelia reflexionaba unos segundos cuando alguien habló “¿Y qué tal, una prisión para almas?” El Diablo se volteó sorprendido hacia el cuervo, Noelia se excusó “Mi cuervo no habla demasiado pero cuando lo hace, no es en vano” “Ya veo…” La bruja explicó mientras le daba una caricia de premio a su cuervo “Una prisión de almas es un conjuro que evita que alguien muerto en un lugar se vaya de ese lugar, puedes ponerlo por el tiempo que quieras y con los años convertir cualquier sitio en un espacio lleno de espíritus errantes… lo usamos en lugares con abundantes muertes como cárceles u hospitales… pero tú lo puedes usar donde quieras…” Lucifer entrecruzó los dedos y sonrió complacido “Sé exactamente donde lo pondré. Hazme uno y que sea para llevar”

Noelia lo preparó todo en un santiamén, realmente encantada de ganarse una tan generosa recompensa y de forma tan fácil y rápida y se lo entregó en un bonito frasco de vidrio tapado con un trozo de tela cuadriculada, sujeta con un cordel, como si se tratara de esas mermeladas artesanales que venden en los pueblos pequeños. Curiosa y animada, preguntó mientras le ayudaba a ponerse el abrigo “¿Sería muy indiscreta si pregunto dónde lo piensas usar?” El Diablo respondió ya listo para irse “Tengo unos amigos míos que ahora les ha entrado deseos de arrepentirse de sus sabrosas vilezas y yo no puedo permitir que me abandonen después de tanto tiempo, eso no es justo ¿no te parece?”Dicho eso, desapareció en la oscuridad de la noche dejando solo el galope de su caballo en el aire y las chispas de sus herraduras de oro.



León Faras.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda Parte.

XVII.

En el momento en que el ejército de  Rimos fue sorprendido en los campos de Cízarin y acribillados con flechas, Ranta tuvo la destreza y rapidez para lanzarse al suelo desde su caballo y protegerse detrás de él. El animal cayó al suelo agonizante mientras él, con la espada en mano y el corazón acelerado, se prestaba a combatir. Entonces uno de sus compañeros le estiró el brazo y lo ayudó a subirse en la grupa de su animal, el cual de inmediato salió en estampida junto con el resto. Lo que vio en ese momento, no era fácil de comprender o de digerir, el jinete que lo llevaba, un soldado llamado Vanter, tenía una flecha clavada en el cuello, más o menos debajo de la oreja izquierda, y al parecer, ni siquiera lo había notado. Ranta se revisó el cuerpo con una ojeada rápida para verificar que no estuviera herido sin haberlo notado. Comenzó a creer que el agua de la fuente de Mermes tal vez sí funcionaba, aunque no podía estar del todo seguro, antes ya había visto hombres pelear días enteros con graves heridas en sus cuerpos sin que estos fueran inmortales, pero la herida que no te mataba no era lo peor de todo, si no que lo que le seguía, la infección, ese era el verdadero temor, porque, por lo general se trataba de una muerte lenta, dolorosa y sin honor de ninguna especie. Cuando la milagrosa fuente de Mermes recuperara completamente a un hombre de una herida infectada, entonces Ranta creería completamente que sí eran inmortales.

La última corrida de los caballos antes de salir de los campos, provocó una enorme y molesta lluvia de jugoso lodo sobre los jinetes al pasar corriendo sobre extensos charcos, aquello era desagradable y afectaba tanto en la destreza de los soldados como en su estado de ánimo, tal como lo había planeado Zaida y sus hombres. Al salir de los campos, la ciudad ofrecía varias entradas, de las cuales, la principal era recta, amplia e iluminada mientras que las otras eran bastante más angulosas, angostas y oscuras. El rey Nivardo eligió la avenida principal de la ciudad y el grueso de sus hombres le siguieron. Para los jinetes aquello era más conveniente que los recovecos oscuros de los callejones, sin embargo algunos eligieron las callejuelas angostas y mal iluminadas para no moverse apretujados y estorbarse con los otros, uno de estos pequeños grupos sorprendió en su camino a unos soldados de Cízarin armados con espadas y escudos que aguardaban para atacar. Los jinetes, lejos de detenerse, espolonearon los caballos para arremeter contra los soldados que estaban a pie, pues sus animales le otorgaban la gran ventaja de atropellar y pasar por encima de los enemigos, sin embargo el angosto pasadizo era un lugar idóneo para tender trampas. Una cuerda se tensó sorpresivamente y sin que fuera percibida a tiempo atrapó por el cuello a los jinetes que cayeron golpeándose contra los animales que venían atrás, los caballos continuaron solos, mientras que los soldados de Rimos se pusieron de pie tan rápido como les fue posible, aunque magullados, el veterano Sinaro Camo estaba entre ellos, miró a sus espaldas, ellos eran solo cuatro y pronto se agruparon cubriéndose las espaldas mutuamente, de las sombras del callejón aparecieron por lo menos una docena de hombres de Cízarin armados y dispuestos a acabar con el asunto lo más rápido posible, pues ya estaban instruidos que no debían desgastarse peleando, solo atacar y retirarse. Y así lo hicieron, atacaron con furia y en grupo, el experimentado pero ya viejo Sinaro Camo logró esquivar una espada, bloquear la otra pero una tercera se clavó en su zona lumbar, ambos, el atacante y la víctima pudieron sentir el filo de la espada deslizándose sobre el borde superior del hueso de la pelvis, hasta salir por el vientre. Sinaro golpeó con el codo la mandíbula de su atacante y le agarró el cuello con una mano como una tenaza de hierro y comenzó a estrangularlo hasta que sus fuerzas se agotaron y poco a poco dejó de hacer presión, la espada fue retirada y el cuerpo herido del veterano cayó al suelo, siendo dejado atrás por el círculo que se empequeñeció, ahora, eran solo tres contra doce. Los tres se defendieron con destreza, pero sin poder provocar daño alguno, más bien, alargando una derrota inminente. La marcada desventaja numérica provocó un rápido agotamiento en los tres soldados de Rimos, pronto uno perdió su espada con la que se defendía y cayó al suelo de un puntapié, jadeante y resignado supo que iba a morir pero su victimario perdió el brazo sorpresivamente antes de que pudiera usarlo para matarlo e inmediatamente otro de los soldados de Cízarin cayó con una profunda herida en el cuello sin comprender lo que sucedía. Sinaro Camo se había puesto de pie y luchaba después de haber sido atravesado por una espada, ni siquiera sus propios compañeros lograban convencerse de aquello, nadie creía realmente que los efectos inmortales de la fuente de Mermes fueran verdaderos pero lo que veían no admitía dudas y provocó un fuerte golpe de energía y valor en sus compañeros, así como también, temor e incredulidad en sus enemigos, la derrota segura que ya todos temían se convirtió en una victoria ineluctable, pues a ellos la muerte no los detendría. Los soldados de Cízarin comprendieron aquello y se retiraron tal cual eran sus órdenes de atosigar y moverse pero lo hicieron con un dejo de preocupación y tres hombres menos. Algo no natural estaba sucediendo, y sería mejor que Zaida y los demás lo supieran.


Debían continuar a pie, pero de pronto Sinaro tuvo un fuerte dolor que no le permitió seguir caminando y debió apoyar una rodilla en el suelo, se observó la herida en el vientre, de esta manaba un líquido blanquecino como el suero de la leche cortada, mientras en la carne abierta se aglutinaba una sustancia oscura y pegajosa como alquitrán, parecía que su sangre se hubiese dividido y descompuesto, lavando y taponando la herida de una forma anormal y grotesca, que quemaba la carne viva mientras se esparcía, sujetándose de ella con brazos largos y angulosos semejante a las raíces de un árbol, sin embargo, el dolor se volvía soportable, y pronto el veterano soldado se pudo poner de pie nuevamente. Había un extraño silencio en el ambiente, al parecer se habían quedado bastante rezagados.


León Faras.