martes, 16 de junio de 2015

Autopsia. Segunda parte.

I.

-No esperaba verlo aquí.
-Lamentablemente no puedo hacer distinciones personales cuando se trata de salvar un alma. El amor y la misericordia de Dios son infinitos aunque mi tolerancia no lo sea.

Horacio Ballesteros lucía más delgado, sucio y barbón, sentado en la dura y fría litera de su celda miraba al cura con ojos derrotados, cansados, “Yo jamás saldré de aquí y no espero el perdón de nadie si yo mismo no puedo perdonarme…” Benigno lo miraba con un desprecio duro y afilado como roca, “En eso tiene usted razón Horacio, pero no estoy aquí solo por usted. Vengo a que me diga de dónde sacó esos fetos que usó en su horrendo montaje, ellos son hijos inocentes de Dios que reclaman por sus sacramentos y por una digna y cristiana sepultura que les dé el descanso eterno que merecen” el médico negó con la cabeza, “Yo no hice ningún montaje, el cadáver de esa muchacha estaba preñado aun estando bajo tierra, Domingo fue testigo de eso y juntos tomamos la decisión de incinerarlo” “¡Domingo está muerto!” casi gritó el cura indignado y agregó “…y usted profanó su cadáver sin misericordia ni remordimiento para ocultar su responsabilidad en el embarazo de su propia hija. ¿Acaso aun se atreve a negarlo? ¿Es que no teme por su alma?” Horacio se puso de pie desafiante al tiempo que la figura del cura se erguía en todo su largo, oscura e imponente y sin retroceder ni medio paso “Yo sé que lo que hice no tiene perdón y que merezco estar aquí hasta el fin de mis días, pero no puedo aceptar que me acuse de haber montado esos embarazos abominables, algo más lo hizo y ni usted ni yo tenemos explicación para eso” “Miente” dijo el sacerdote con la vista clavada en los ojos del doctor, “No” respondió este sosteniendo la mirada, “¡Miente!” insistió el cura, “¡No!” replicó Horacio con firmeza. Benigno respiró hondo, “Veo que ni siquiera el encierro ha logrado que recapacite, pero le advierto que la condena de los hombres no se comparará con lo que le espera cuando sea sometido a la justicia del Padre” “Yo no lo hice Benigno, me crea usted o no, yo no lo hice. Espero que cuando se dé cuenta de eso, no sea demasiado tarde para alguien más” respondió el doctor volviendo a su duro asiento. El cura se retiró y debió inclinarse levemente para pasar por la puerta, “¿Cómo está Elena?” preguntó el doctor antes de que el sacerdote se fuera, “Mejor de lo que jamás podría estar a su lado” respondió este, mientras el cerrojo de la celda se cerraba con un golpe fuerte y seco como un contundente punto final.

Guillermina Salas llegaba al despacho del padre Benigno alumbrándose el camino con una única vela, en la otra mano llevaba el acostumbrado vaso de vino que el cura bebía todas las noches, solo uno, pues este era enemigo acérrimo de los excesos. Como siempre, golpeó la puerta e inmediatamente la abrió y entró sin esperar una respuesta, el sacerdote revisaba documentos sentado tras un austero escritorio alumbrado pobremente. La mujer era una viuda entrada en años, activa y madrugadora que se encargaba de todos los quehaceres de la casa, en lo cual el padre nada tenía que reprocharle, pero sí lo desquiciaba frecuentemente lo parlanchina y entrometida de la mujer, cosa que con los años nunca había podido corregir. Guillermina puso el vaso sobre el escritorio y se quedó parada allí observando el gabinete que el cura había dejado abierto, en su interior estaban los dos frascos con los fetos extraídos por el doctor Ballesteros, el primero sacado del cadáver de Isabel, calcinado y el segundo extraído del cuerpo de Domingo, en perfecto estado. Ambos varones. El padre Benigno los había conservado con la esperanza de llegar al fondo del asunto y descubrir a las víctimas o cómplices que el médico había usado para llevar a cabo su aberrante montaje, pero hasta ahora no había conseguido averiguar nada al respecto. La mujer se acercó a los frascos y los iluminó con su vela, ya lo había hecho antes en ausencia del cura “Bastante raras las criaturitas que tenía el doctor, ¿no serán obras del Diablo, digo yo?” El cura la reprendió severo, “Deja de andar husmeando mujer, ¿Es que no tienes ni un gramo de sensatez? ¿Tú qué puedes saber sobre las obras del Diablo?” la mujer adoptó una posición defensiva y orgullosa, acostumbrada a manejar el carácter hosco del sacerdote “¡Mírenlo! porque una es pobre y poco estudiada creen que una es tonta, a lo mejor no sé mucho de las obras del Diablo, pero sí sé de criaturas recién nacidas. Para que sepa, mi abuela fue partera toda su vida y yo de chiquitita ya andaba cortándoles el cordoncito a los recién nacidos, y nunca hubo ni un cristiano que viniera al mundo sin su cordoncito.” El padre, al ver que ya no podía mantener la concentración en su trabajo, dejó los papeles sobre la mesa y se puso de pie para cerrar el gabinete y terminar con la discusión “¿No te cansas de hablar burradas, mujer?; ¿De qué cordoncito hablas?” “¡Del de el ombligo pues! ¿De cuál va a ser?” respondió la mujer tozuda, “¿El cordón umbilical?” pregunto el sacerdote ya en un tono más calmado, “¡El mismo pues! ¿O acaso me va a decir que ahora los cristianos nacen así nomás?” la mujer se llevó las manos a la cintura comenzando a saborear su victoria. El padre Benigno tomó el frasco y estudió el feto conservado en mejor estado francamente asombrado, ese era un detalle que simplemente había pasado por alto, seguramente el doctor lo hubiese notado enseguida pero no tuvo tiempo de hacerlo, sin embargo él jamás se hubiese dado cuenta de no ser por su ama de llaves y la experiencia que esta tenía. El feto no tenía ni ombligo ni cordón umbilical ni ninguna marca parecida en su vientre “Tenía razón Guillermina, ningún cristiano viene al mundo sin cordón umbilical” sentenció el cura aturdido sin saber qué pensar, tras él, la ama de llaves lo miraba triunfante, luego esta pareció recordar algo de pronto y se metió la mano al bolsillo del delantal “¡Ya se me olvidaba con todo esto de las criaturitas!. Tome, llegó correspondencia hoy día” el cura la recibió, pero sin ningún interés, se llevó una mano a la frente y caminó cabizbajo hasta derrumbarse en su asiento mientras la mujer se retiraba orgullosa de sí misma. Pasaron varios minutos antes de que decidiera ver las cartas, dos telegramas venían allí, uno, anunciaba la llegada del nuevo médico para el día siguiente, el otro, era del Convento de las Hermanas de la Resignación, y traía lamentables noticias sobre Elena Ballesteros.

El padre Benigno aguardaba parado recto e imperturbable en la estación de trenes, su expresión adusta no cambió cuando por fin vio que llegaba el tren con más de media hora de retraso, junto a él estaba Abel Rupano, el cochero, encorvado, con la vista en el suelo y el sombrero de paja en las manos. La expresión de su rostro tampoco varió al ver descender del vagón al nuevo médico que esperaba para el pueblo, este era un hombre joven y delgado, con el cabello aplastado sobre el cráneo sin ninguna forma de peinado, grandes gafas y un bigote dividido en dos que se le veía francamente ridículo, “El doctor Hugo Cifuentes, debo suponer” dijo el cura sin ocultar su decepción ante la imagen débil y torpe que el profesional que le habían enviado proyectaba, “El padre Benigno, ¿verdad? Es un gusto conocerlo” respondió el joven con una voz sorprendentemente grave, estirando una mano pálida y huesuda que fue apresada por el cura en un apretón fuerte y breve mientras Rupano ya cargaba en el coche las numerosas valijas que el médico traía “Tenga cuidado con eso por favor, hay instrumentos delicados ahí dentro” dijo con cortesía el joven médico, pero el cochero solo se detuvo para rascarse detrás de la oreja, echarle un vistazo al cura, y al no recibir respuesta, continuó con su tarea tal y como estaba acostumbrado, como si se tratara de sacos de grano. Pronto emprendieron el camino, el doctor varias veces intentó iniciar una conversación, pero los monosílabos indiferentes del sacerdote se lo impidieron, para este, nada tenía menor interés en ese momento que las dudas fútiles de su compañero de viaje.



León Faras. 

martes, 9 de junio de 2015

La Prisionera y la Reina. Capítulo Cuatro.

I.

El ave bajo el dominio de Rodana, la hechicera de las jaulas, había seguido durante toda la noche a la máquina de Gálbatar, el alquimista, y tal como lo supuso, esta llegó hasta el castillo rodeado de ciénagas que ahora ocupaba Rávaro después de haber matado a su hermano. El asombroso aparato se asemejaba a un escorpión de hierro gigante, con seis patas y dos brazos como tenazas, pero en lugar de tener una cola con aguijón en la parte de atrás como la del animal, se elevaban allí dos estructuras con forma de bellotas abiertas en ángulo como una “V” que giraban ambas hacia su interior y a una velocidad proporcional al esfuerzo que hacía la máquina en cada uno de sus movimientos y de las cuales salían, por varias cavidades cuadradas en su base, luces de tonos amarillos y rojos que iluminaban todo el entorno como un par de monstruosas balizas. En la parte delantera, tenía cuatro poderosos focos que alumbraban hacia el frente y los laterales y un poco más atrás de estos, dos tubos, expulsaban casi con furia chorros de humo que los hacían vibrar y calentarse de sobremanera, como si fueran demasiado angostos para el caudal que arrojaban. En el interior del escorpión, había tres tripulantes que lo manejaban, el propio Gálbatar que se ocupaba, además de dar las órdenes, de mantener funcionando en perfecta armonía todos los complejos sistemas del aparato, este era un hombre delgado, alto y totalmente calvo, lampiño y pálido como un esqueleto, de humor agrio y estampa firme, lleno de energía a pesar de su avanzada edad. Luego estaba su ayudante y aprendiz, Gíbrida, una muchacha con aspecto de muchacho, encargada de conducir el aparato y podía hacerlo casi sobre cualquier superficie mientras fuera tierra firme, permanecía sentada al frente, sobre una torreta giratoria que le permitía mirar en todas direcciones y se podía decir a simple vista que disfrutaba enormemente su trabajo. Y por último estaba Bolo, el esclavo de la caldera, un tipo bajo, musculoso y velludo, con el aspecto e inteligencia de un perro humanizado, incansable y pendenciero, le gustaba beber tanto como pelear y lo hacía cada vez que se lo permitían y debían permitírselo de vez en cuando para mantenerlo tranquilo.

Gálbatar descendió de su máquina ante la mirada atónita de los soldados que a esa hora estaban en el patio del castillo de Rávaro, hizo un gesto de repugnancia al sentir el hedor que envolvía el lugar proveniente de la ciénaga y avanzó con autoridad sin que nadie se le acercara a detenerlo, la Bestia aun permanecía tirada allí, sin que ninguna fuerza humana o mecánica hubiese sido capaz de moverla del lugar donde había caído, el hombre observó que en la nuca del gigantesco animal habían puesto, por órdenes de Rávaro, un “Quebranta espíritus” un temido aparato como un anillo de bronce que en su interior asemeja a un agujero insondable, oscuro y brumoso, utilizado para injerir dolor a voluntad a su portador, tanto en el lugar físico como en su intensidad y de esa forma obtener información u obediencia. Gálbatar imaginó que aquella bestia había sido torturada hasta el agotamiento por medio de ese cruel aparato, jamás hubiese podido creer que en realidad había acabado así luego de luchar contra un enano de rocas, el cual ya había sido devuelto a las catacumbas, pero debió ser encerrado antes en una caja de madera porque los guardias aun le guardaban profundo respeto. Rávaro salió a recibirlo avisado por sus hombres, el alquimista, ya había recibido una generosa comisión solo por la molestia de presentarse allí, y podía sospechar con seguridad que la razón por la que había sido llamado, sería mucho mejor pagada.

El Débolum emergió del pequeño lago de lava ardiente abierto en la boca de un volcán chato y amplio como un cráter, emergió aleteando como lo haría un ave marina y se elevó en los cielos chorreando de todas las partes de su cuerpo material incandescente, abrió la boca como en un grito mudo apenas salió, y sobrevoló la selva que circundaba aquel volcán, una inmensa porción de terreno cubierto de vegetación salvaje y hostil, alimentado por un robusto río de muchos brazos.


Unos deseos imperiosos de vomitar hicieron que Idalia volviera en sí, debió girarse de donde estaba tirada sobre un piso de piedra sembrado de hierba entre sus hendiduras para expulsar un líquido oscuro y viscoso, luego se dejó caer nuevamente sobre la espalda, se sentía mareada, le dolía la cabeza y el estómago y no tenía fuerzas ni siquiera para ponerse de pie. Sobre ella estaba la inmensidad del cielo azul y la brisa fresca enfriaba su cuerpo bañado en sudor, por un instante tuvo serias dudas sobre si aún seguía con vida o ya estaba muerta pero inmediatamente comprendió que si estuviera muerta, seguramente no se sentiría tan enferma. Ella no sabía que había viajado varios kilómetros dentro del vientre muerto del Débolum, incluyendo parte de ese viaje sumergida bajo lava ardiente. Luego de varios minutos y no con poco esfuerzo logró sentarse para ver dónde estaba, era una superficie plana y cuadrada de roca sólida con abundante hierba que crecía en míseras porciones de tierra traída por el viento, en el lugar había, además, numerosos cadáveres humanos, la mayoría, sólo huesos, que atestiguaban que ella no era la primera que hacía ese viaje, pero sí, la primera que sobrevivía. Aquella, era la cúspide de una maciza torre que surgía de la selva como un náufrago que lucha por mantenerse a flote, de esta torre, salía por una de sus caras una porción de lo que alguna vez fue un puente ahora destruido y por su extremo opuesto, el mismo puente continuaba sin interrupciones hasta otra torre similar, más allá se podía ver un muro, enorme e imponente a pesar de que estaba más de la mitad de su estructura en el suelo, y tras ese muro, los restos de una ciudad inmensa y bella tragada por la selva casi en su totalidad. La llamada Ciudad Antigua, pero eso era algo que Idalia no podía saber con certeza, aquel era un lugar desconocido para la mayoría de las personas comunes, o sea, para casi todo el mundo, pero sobre la cual se habían tejido numerosas leyendas, como que la ciudad antigua tenía la facultad de aparecer y desaparecer a voluntad, o que sus difuntos habitantes reclamaban sus restos mortales cada vez que era necesario defender la ciudad de algún osado intruso que se aventuraba allí o que los enemigos que la habían invadido aun permanecían dentro de los muros de piedra, como sus nuevos dueños y moradores, celosos de ceder a nadie el enorme botín obtenido. Idalia no sabía dónde estaba, pero podía suponerlo, lo que no podía suponer, era por qué estaba allí, si recordaba perfectamente haber sido engullida por el Débolum.

León Faras.

jueves, 21 de mayo de 2015

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

X.

“¿Y estás seguro de lo que viste?” preguntó Enrique Bolaño sentado en un elegante sofá de cuero mientras botaba la ceniza de su cigarrillo en un cenicero frente a él. Primo Petrucci desde el otro lado de su escritorio de roble respondió apremiante “Por supuesto que sí. ¡Mi hijo se puso a vomitar cabezas de pescado enteras y en frente de mí! ahogado, tosía y escupía horriblemente, lo hubieses visto, pensé que…” “Estoy hablando de la sirena…” Le interrumpió Bolaño quien, en el fondo de su corazón, no sentía ni la más mínima preocupación por lo que fuera que le sucediera al hijo de su socio, “… ¿Estás completamente seguro de que no se trataba de algún truco o montaje?” “Oh…” respondió Petrucci con un leve disgusto, “…la sirena era completamente real, puedo asegurártelo.” Enrique se echó atrás cómodamente en su sofá con la vista perdida en algún punto indeterminado de la habitación, “Pues entonces vamos a conseguir esas fotografías como sea, lo quiera o no ese tipo… ¿Cómo se llamaba?” “Cornelio Morris” respondió Petrucci y luego agregó “…pero te advierto que deberás tener cuidado, ese tipo es un loco peligroso, hasta se atrevió a amenazarme” “¿Con una demanda? ¡Qué lo haga! nuestros abogados lo destrozarán.” “No con una demanda, me amenazó con todas las penas del infierno para mí y mi familia. Y por lo que le hizo a mi hijo, creo que hablaba en serio” “¡Tonterías!...” respondió su socio “…te asustas demasiado fácilmente con las divagaciones de un demente, pero no te preocupes, tú no vas a volver allí y por supuesto que yo tampoco iré. Enviaré profesionales que se encarguen de hacer un buen trabajo.” Petrucci no era de los que se asustaba fácilmente ni menos un tonto, sabía exactamente lo que había visto y se daba cuenta de que había algo más que solo palabras en las amenazas de Morris, pero por otro lado podía sentirse seguro mientras no se acercara a ese circo de nuevo y la idea de tener esas fotos en la portada de su revista le resultaba aun, sumamente atractiva, “Bien…” dijo al fin “…pero es un circo itinerante, seguro ya se han ido del lugar donde estaban, ¿cómo piensas encontrarlo?”, “Ya te lo dije…” respondió Bolaño poniéndose de pie, “…enviaré profesionales” agregó mientras se dirigía a la puerta, pero antes de salir, un pequeño remordimiento lo hizo preguntar sin sentir verdadero interés  “Tu hijo está bien, ¿verdad?” Petrucci se dio cuenta de eso, pero de todas maneras respondió con más detalles de los que su socio estaba interesado en conocer “Sí, está bien. Tenía una sensación desagradable en el estómago, pero el médico no le encontró nada raro, dijo que lo más probable era que algo de lo que había comido le había caído mal, y eso fue lo que le dijimos a su madre, ya sabes cómo se ponen las mujeres, pero tuve que sobornar al pequeño para que no contara en casa nada sobre las cabezas de pescado, de todas formas, no hubiésemos tenido forma de explicar algo así…” Petrucci hizo una pequeñísima pausa que Bolaño aprovechó en el acto para salir de allí, “Me da gusto saberlo.” soltó mientras ya cerraba la puerta.


Con el comienzo de un nuevo día, el Circo ya estaba listo para funcionar y recibir a sus visitantes, pero estos eran tan escasos como pobres, por lo que Morris los recibía de mala gana, disgustado y con deseos de irse de allí lo antes posible, sabía que no podía acercarse demasiado a las grandes ciudades pero, estos puebluchos insignificantes no le generaban ninguna ganancia, sin embargo, los pocos pobladores de aquel pueblo pesquero eran personas sencillas que se maravillaban de todo lo que veían y se mostraban entusiastas y asombrados de cualquier cosa, tanto así, que Von Hagen no había necesitado encerrarse en su jaula y realizar el show simiesco de siempre para impresionar a sus espectadores, simplemente se paseaba tranquilo, saludando con su natural amabilidad y dejándose tocar por los niños que al verlo sonriente, abandonaban las faldas de su madre para acercarse, todo lo contrario del pequeño Román Ibáñez, que deambulaba borracho y malhumorado, soltando insultos y amenazas a las personas que se detenían a observarlo y lo señalaban con el dedo, como si fuera la primera vez que veían a un enano, tanto así, que Charlie Conde debió mandarlo a que fuera a hacer su trabajo con Mustafá, antes de que Cornelio se diera cuenta de que solo andaba vagando, pero el enano le espetó con desprecio, “¡Vete al infierno, Lamebotas!” y siguió su camino, grosero y desafiante. Un poco más allá lo detuvo Horacio preocupado, el enano estaba borracho y eso lo podía meter en graves problemas, se lo trató de hacer entender, pero Román luego de beber un trago y limpiarse la comisura de su boca con la manga le soltó una risotada “No seas idiota, ya estamos metidos hasta el cuello en problemas, pobres y esclavizados hasta el fin de nuestros días por un sicópata demente que se cree dios, pero por muy merecido que sea el castigo, eso no quiere decir que lo deba aceptar de buena gana. Pero tú, eres una buena persona Horacio, un imbécil redomado, pero buena persona, tú debes tener cuidado, estás enamorado, todos lo saben, incluso Cornelio lo sabe, pero nadie te cree capaz de nada, pero yo sí, porque un idiota enamorado puede ser aun más idiota y hacer estupideces impensadas…” el enano se había puesto repentinamente serio y le hablaba como si su borrachera se hubiese esfumado, Von Hagen, asombrado, no podía soltar ninguna palabra “…como tratar de destruir los contratos, eso cortaría las cadenas, lo sé, Mustafá me ha dicho cosas, me muestra imágenes para tentarme y destruirme, ese miserable quiere que lo libere para acabar conmigo, pero de nada serviría si no acabas con Morris… debes matar a Cornelio, para conseguir lo que deseas tienes que…” Un repentino puntapié  en su espalda lo interrumpió de sopetón y lo envió volando sobre Horacio, haciendo rodar por el suelo a ambos, Cornelio Morris agarró por el cuello al enano y lo elevó sin esfuerzo, estaba rojo de ira “Enano miserable, ¡te atreves a conspirar contra mí, a desafiarme!” Román comenzó a quedarse sin aire y su vista se nubló hasta quedar en tinieblas, entonces tuvo una alucinación, estaba encerrado dentro de una estrecha caja de madera y enterrado vivo, asfixiándose en total oscuridad, incapaz de salir de allí y sin que nadie pudiera oírlo o ayudarlo. Solo algunos segundos duró esa horrible y desesperante vivencia antes de que Morris lo soltara y el enano recuperara el aliento y volviera a ver la luz del día, aterrado y sudoroso, estaba totalmente desarmado, incapaz de desafiar a nada, Cornelio se agachó para hablarle “Ya te lo había advertido, no olvides por qué estás aquí. Esa solo fue una pequeña muestra de lo que tú hiciste con Mustafá, de tu propia maldad, y casi te has meado en los pantalones. Sabes que eres capaz de cosas mucho peores y también sabes que yo puedo volverlas contra ti. Si quieres vivir un infierno, te daré un infierno, solo tienes que pedirlo” Luego le dirigió una penetrante mirada a Von Hagen que temblaba de miedo a su lado, se mostraba tan insignificante como siempre y Morris sabía que no había necesidad de aleccionarlo, “Saca esta basura de aquí” le dijo refiriéndose al enano y luego cambiando el tono de su voz y la expresión de su rostro, se dirigió a la multitud, “Damas y caballeros, por favor no dejen de presenciar la sorprendente habilidad de nuestra espectacular contorsionista. Seguro los dejará boquiabiertos” y la gente le hizo caso en el acto, olvidando lo sucedido y agrupándose a mirar la actuación de Beatriz Blanco, luego Morris tomó por los hombros a la pequeña Sofía que estaba de píe junto al escenario donde actuaba su madre y la alejó de allí para que también olvidara lo sucedido “Vamos preciosa, vamos a buscar alguna golosina para ti…” la niña lo miró inquisidora, sin moverse del lugar donde estaba, “¿Querías hacerle daño al pequeño señor?” era respetuosa al dirigirse a sus mayores y esa era la forma más correcta que ella conocía para dirigirse a Román, Cornelio le sonrió amable, “No, no le he querido hacer ningún daño, no podría, pero él es un hombre que abusa del alcohol y cuando lo hace no se comporta como debiera” la niña comenzó a caminar  “Hoy hice un dibujo con mi mamá, ¿Quieres que te lo muestre?” dijo la pequeña ya casi sin recordar el acceso de ira de Morris, “Claro que sí linda, me muero de ganas de verlo” respondió el hombre con excelente humor.


León Faras.

domingo, 3 de mayo de 2015

Zaida.

I.

La lluvia, ansiadamente esperada, llegaba apenas a tiempo para extinguir los últimos focos de fuego de una pequeña aldea devastada por la guerra, mojando los restos humeantes de las humildes chozas de los campesinos y los cadáveres de los que no habían alcanzado a escapar a tiempo. Las chacras, pobres y de pequeño tamaño, pronto se volvieron lodazales donde algunas cabras que no habían sido capturadas, regresaban para alimentarse de los cultivos, al no estar sus dueños para protegerlos. Una fracción del ejército amigo llegaba al lugar de camino a la capital, se cubrían los hombros y espaldas con pieles y las cabezas con anchos sombreros de fibras vegetales que los protegían según fuera el caso, tanto del sol como de la lluvia, su comandante solo se diferenciaba del resto de sus hombres porque cabalgaba a la cabeza del grupo, pero su apariencia era como la de cualquiera de sus soldados. A su lado, viajaba un anciano flaco montano en un asno que le había servido de guía en las montañas que acababan de cruzar, se cubría la cabeza con la capucha de su túnica totalmente empapada. La escena era desoladora, aunque para estos hombres no era nada nuevo, indolentes, debían recoger cualquier cosa que les sirviera de alimento y que los invasores no se hubiesen llevado o destruido y seguir su camino, dejándole los cuerpos a las aves de rapiña que no tardarían en limpiar el lugar del hedor de la muerte.

De seguro fue obra de la providencia, porque la niña no se movía ni emitía ningún sonido, solo mantenía la vista fija en el rostro desencajado de su madre muerta, ausente y con sus emociones bloqueadas, velando el gran cadáver de toda su aldea y de todos sus pobladores. Una de sus cabras regresaba al hogar cuando fue abatida por una flecha certera, su piel y su carne serían útiles para los soldados que la fueron a recoger, uno de estos en un vistazo casual vio a la chiquilla, parecía muerta, con manchas de sangre y los ojos abiertos pero inmóviles, al acercarse, la niña le dirigió una mirada indiferente y eso fue suficiente para confirmar que sí estaba con vida. Pronto el comandante, el anciano y varios hombres más estaban allí planificando qué hacer con la pequeña, “Hay que llevarla a otra aldea donde los pobladores puedan hacerse cargo de ella” propuso un soldado, “Las aldeas han sido arrasadas. No podemos darnos vueltas hasta encontrar una que aun no haya sido destruida” replicó otro, “Es la única sobreviviente, la muerte hubiese sido lo más justo para ella” sentenció otro soldado. Entonces el anciano se dirigió al comandante, “Señor, deja que yo me la lleve…” El comandante lo miró incrédulo “¿No estás un poco viejo para hacerte cargo de un niña?”; “Buscaré un lugar para ella, ¿Quién sabe, mi señor, si al salvarse una vida no se está salvando a toda la humanidad?, además, ustedes ya no me necesitan y tampoco pueden permitir que esta pequeña les acompañe” respondió el viejo en tono de justificación, “Tampoco puedes estar seguro de que si la vida que salvas no será luego la perdición de todos nosotros, pero si eso es lo que quieres…” dijo el comandante, “…no seré yo quien se oponga. Te deseo a ti y a tu nueva protegida un buen camino de regreso a casa” Luego sacó una pequeña bolsa de cuero con monedas de su cinturón para lanzársela al viejo como pago, pero este se negó efusivamente “No, no, no mi señor, yo no puedo recibir eso” “Yo no sé cómo ustedes los monjes de las montañas pueden vivir sus vidas sin jamás usar plata, oro ni nada parecido…”repuso el comandante entre divertido y frustrado con la respuesta del viejo, este pidió disculpas y se excusó “Esas son solo más ataduras para el hombre, lo que sí me gustaría pedirte, si no es molestia, es una de las pieles que usan… no es para mí, sino para cubrir a la niña. El viaje es largo y el clima en las montañas arrecia de sobremanera”

El viejo monje subió a la niña sobre su asno y la envolvió en la piel que le habían dado para protegerla del clima, “¿Cómo te llamas?” pregunto el viejo amable a la niña que apenas asomaba una pequeña porción de su rostro por entre los bordes de la piel que la cubría, pero no recibió ninguna respuesta de esta, “Bien, mi nombre es Badú, soy un monje de las montañas, cuidaré de ti de ahora en adelante y procuraré que nada te falte ¿Tienes hambre?” preguntó el viejo registrando su morral en busca de algún fruto seco, pero se detuvo al ver la absoluta indiferencia de la pequeña, “Bueno, yo tampoco soy muy bueno para comer. Recogeremos algunas cosas para el camino y nos pondremos en marcha. Hay un refugio cerca, podremos prender un fuego y cubrirnos de la lluvia. Estaremos muy cómodos, ya verás”

Badú se puso a caminar tirando del asno donde la niña viajaba totalmente abandonada a su destino, como un muñeco inerte sin ningún interés en la vida y su porvenir. El camino era inhóspito, y a medida que subían por estrechos y duros senderos, el viento frío se aliaba con más fuerza a la lluvia para mantener alejados a los intrusos, pero el viejo monje no era ningún intruso, todo allí era familiar para él, era su ambiente, su clima, su hogar, se asemejaba a los árboles que crecían allí, de troncos rugosos, madera dura y estructura atormentada, esculpidos por el rigor del ambiente. El monje caminaba sin apuro seguido del asno que tampoco era ajeno a todo aquello, el agua corría por las quebradas, muchas veces terminando en angostas y largas cascadas de formidable belleza que Badú conocía bien, porque hace siglos que eran las mismas y en los mismos lugares y habían senderos adecuados que las rodeaban o les pasaban por debajo para quienes conocían a la montaña. Al llegar a una saliente pudieron detenerse, enclavado en la pared de roca habían dos gruesos pilares de madera que sostenían un pequeño techo de tejas y bajo este un único peldaño de piedra que invitaba a entrar. El interior del refugio estaba forrado de madera y el cambio de temperatura dentro era evidente desde el primer momento, había una cavidad para encender fuego con una salida para el humo y junto a esta una buena porción de leña totalmente seca, “¿Ves? Esta leña ha sido dejada aquí para nosotros, mañana antes de continuar nuestro viaje, la repondremos en agradecimiento al siguiente viajero que necesite refugio. Así funciona toda la vida en el universo, es un ciclo que nunca debes olvidar: Recibir, agradecer y dar.” La niña lo escuchaba pero seguía ausente, Badú continuó amable y compasivo “Has vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo, solo necesitas vivir más lento para que el tiempo alcance a lo que has vivido y volverás a la normalidad y la montaña es el mejor lugar para eso”


El día se terminó allí, pero la lluvia continuaría durante toda la noche, el viejo alimentó a su asno, el cual también se encontraba dentro del refugio y luego sacó un trozo de pan de cebada que le alcanzó a la pequeña con una sonrisa amable, esta lo recibió y se lo llevó dentro de su escondite de piel, mientras él apoyaba la espalda en la pared y masticaba largamente semillas tostadas. No cerró los ojos hasta que vio que la niña dormía, para entonces, la noche ya estaba bien entrada.


León Faras.

viernes, 1 de mayo de 2015

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XIX.

Al menos una veintena de soldados de Rimos ingresaron en un callejón pobremente iluminado de no más de cuatro metros de ancho, se habían separado del grueso del ejército y avanzaban por su cuenta persiguiendo sombras que aparecían y se escondían entre las intrincadas callejuelas de Cízarin, frente a ellos, el camino estaba bloqueado por un gruesa formación de siluetas agazapadas, protegidas con escudos y armados con lanzas, inmóviles en la penumbra. Los soldados de Rimos se lanzaron sobre ellos dispuestos a pasarles por encima con sus caballos y eso hicieron, sin que ninguna de las siluetas ofreciera resistencia siquiera, solo rodaron como palitroques mientras las viejas lanzas, los escudos y algunos yelmos deteriorados volaban por los aires ante la violenta embestida. Demasiado tarde se dieron cuenta del engaño, habían volteado una gran cantidad de vasijas y barriles de aceite empapándolo todo de combustible y encerrándose en un callejón que terminaba en una empinada escalera de piedra. De la cima de esta fueron lanzadas solo tres flechas encendidas sobre ellos y el infierno se desató, los animales aterrados lanzaron al suelo a la mayoría de sus jinetes y con partes de sus cuerpos encendidos, huyeron sin que nada ni nadie intentara detenerlos. Trece hombres quedaron allí, haciendo lo posible por librarse de las llamas que abrasaban sus cuerpos, provocándoles numerosas quemaduras, algunas de considerable gravedad. Entonces por las escaleras aparecieron una decena de soldados verdaderos armados con espadas y escudos que se les abalanzaron encima dando golpes mortales. Los soldados de Rimos que estaban menos dañados por el fuego sacaron sus espadas para luchar, Emmer Ilama estaba allí y reaccionó rápido ante el mandoble que le dejaban caer sobre la cabeza pero sin poder evitar que este cercenara el brazo de un compañero caído, sin embargo su giro fue preciso y su espada golpeó violenta la espalda de su oponente. Pero entre sus enemigos habían algunos bastante hábiles y uno en especial que destacaba sobre los demás, se llamaba Toramar y le apodaban “Diez espadas”, poseía un talento innato y una habilidad exquisita esquivando los ataques con movimientos ágiles, saltos y giros rápidos que siempre acababan en ataques certeros y mortales que atravesaban estómagos o cortaban gargantas, mientras varios de sus compañeros caían, él avanzaba con seguridad usando su espada “Pétalo de Laira” como una extensión de su brazo que en su mano parecía tener vida propia. Emmer se defendió con habilidad, pero sus ataques siempre llegaban tarde a su objetivo, rasgando el aire donde antes se encontraba el cuerpo de Toramar, este, finalmente desvió un ataque de su oponente con su espada, en vez de esquivarlo y aprovechando la misma posición, golpeó de vuelta con violencia el mentón de Emmer con la empuñadura para luego propinarle una fuerte patada que hizo caer estrepitosamente a un rival ya cansado y adolorido, luego se paró sobre él y alzó su espada para darle la estocada final, pero se detuvo totalmente desconcertado, pues toda la realidad que él conocía en un instante dejaba de tener sentido y parecía haberse trasladado a un mundo de sueños donde las situaciones más inverosímiles podían suceder. A solo un par de metros, un soldado de Rimos sentado en el suelo, recogía su brazo, totalmente separado de su cuerpo y lo volvía a su sitio, donde un cúmulo grotesco de una materia negra y grumosa se esparcía en tentáculos sobre la extremidad de aquel hombre hasta la punta de los dedos y estos nuevamente se conectaban para volver a moverse. Otro hombre se ponía de pie como si nada, con una gruesa y alargada protuberancia en su garganta de la cual salían numerosas extensiones como raíces que le surcaban el rostro y el pecho. Otro más, que había sufrido graves quemaduras, estaba de pie un poco más alejado con buena parte de su cuerpo manchado de negro y con las raíces de sus cicatrices cubriendo el resto de piel que no había sufrido daño. Toramar vio como uno a uno todos sus enemigos volvían a ponerse de pie y sintió cómo sus cuerpos desprendían un extraño y desagradable olor, hasta que la espada de Emmer atravesó su vientre desde abajo arrebatándole la vida al formidable “Diez espadas” Sus cinco compañeros que aún seguían con vida reaccionaron igual, incrédulos de lo que veían, fueron atacados y cayeron sin oponer resistencia, confundidos e indefensos.

Emmer Ilama no comprendió por qué su enemigo no lo mató cuando lo derribó. No sabía qué lo había detenido hasta que él se recuperó y pudo reaccionar. No entendía por qué seguía con vida si había sido derrotado. Eso, hasta que vio a sus compañeros y vivió en carne propia el desconcierto de verlos de pie y con vida y conoció por primera vez las horrendas  y malolientes cicatrices nacidas de sus heridas mortales. Recién en ese momento las dudas del grupo sobre su inmortalidad se disiparon por completo, pero otras nuevas aparecieron: Habían caído en una trampa que estaba preparada para ellos, lo que significaba que sus enemigos sabían del ataque y les estaban esperando. Habían sido delatados. Alguien ayudó a Emmer a ponerse de pie y se pusieron en marcha pero este empezó a rezagarse discretamente, llevaba una nueva preocupación en su mente: Nila.


Cuatro jinetes se adentraron en el bosque muerto mientras especulaban sobre cuál sería el motivo de tan extraña orden: ¿Por qué debían encontrar al príncipe Ovardo allí? Sabían que su heredero ya había nacido y eso podía ser un motivo, pero se suponía que estaban realizando una invasión que él mismo debía liderar y que jamás dejaría de lado a no ser que se tratara de razones muy poderosas y el nacimiento de su hijo era algo muy importante y esperado, pero nunca suficiente como para abandonar una batalla. La luz de una pequeña fogata los guió hasta donde Barros, su hijo Petro y el joven Cal Desci cenaban la liebre que habían asado, apenas llegaron vieron al hombre que estaba tirado en el suelo, tapado con una piel asquerosa y rodeado de perros, uno de estos les mostró los colmillos lo cual no les provocó más que una mueca de repugnancia por la condiciones indignas que algunos hombres adoptaban como forma de vida. Cal Desci se puso de pie de inmediato, hasta ese momento no tenía idea de qué debía hacer con el príncipe Ovardo y aquellos soldados se presentaban como una solución, “Mis señores, es un gran alivio verlos, soy un criado al servicio de los señores de Rimos y me han dejado órdenes de acompañar a mi señor Ovardo hasta que regrese a casa, pero hasta ahora me ha sido imposible realizar tal mandato…” El jinete que estaba a cargo respondió “Es a él a quien vinimos a buscar, dime ¿Dónde está y por qué tú estás llenándote la barriga cómodamente entre estos gusanos borrachos, en vez de acompañarle y servirle?” Petro le echó mano al machete que reposaba junto a él y se iba a poner de pie para reclamar por aquel insulto, pero su padre lo detuvo, no se encontraban en ninguna taberna y ese no era el momento ni el lugar para dejarse llevar por la insensatez del vino que habían bebido. “Pero señores…” continuó Cal Desci, “…yo no he abandonado a mi señor, pero llevarlo de regreso, para mí es…” “Y si no lo has dejado entonces, ¿Dónde está él?” lo interrumpió el soldado “Es ese que está ahí” dijo con algo de vergüenza ajena, señalando al hombre rodeado de perros. El soldado perdía la paciencia “¿Y ese que está allá es el rey?” dijo señalando con sarcasmo a Barros, luego agregó “Cuida tu lengua muchacho, eres joven, seguro que quieres vivir un poco más” Barros se puso de pie, y habló con cierto tono zalamero “El muchacho no miente mi señor, el príncipe Ovardo, al cual todos servimos y deseamos largo reinado, fue abandonado en el estado lamentable que pueden ver en compañía solo de este criado y nosotros, los más humildes de sus servidores, solo nos quedamos aquí para brindarle el mínimo de compañía y protección que se merece” “Tú tampoco pareces apreciar tu vida, viejo…” dijo el soldado bajando de su caballo y sacando su espada “…comparar a tu señor con uno de tus hijos borrachos, es un insulto para el que la muerte es el menor de los castigos” Petro esta vez sí se puso de pie con el machete en la mano y se acercó amenazante, era un hombre simple y trabajador, pero tan bruto como su asno, en cambio su padre buscaba apaciguar los ánimos. Se acercó al príncipe y a patadas espantó los perros echados a su rededor, luego se agachó y levantó la piel pringosa que cubría el cuerpo de Ovardo, “Compruébenlo ustedes mismos. Sus ojos no les mentirán” Los soldados aun incrédulos, acercaron las antorchas que llevaban al cuerpo de aquel hombre tirado, la expresión de sus rostros se transformó, era imposible, pero aquellos hombres decían la verdad “Será mejor que tengan una buena explicación para esto o les aseguro que no vivirán para ver de nuevo el sol” sentenció el soldado.


León Faras.

domingo, 19 de abril de 2015

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

IV.

“¿Pero de qué estás hablando niña?, ¿De dónde sacaron eso de que son hermanos?” exclamó la Señora Alicia sorprendida. Ambos niños estaban parados ahí juntos, uno al lado del otro como cómplices que se prestan mutuo apoyo. Aunque ya se habían quitado los disfraces, sus rostros tiernamente pintados todavía, suavizaban la situación en cierta medida, “Aquella vez que estuvo en el sanatorio dice que lo vio… mi papá estaba ahí, ¿se acuerdan?” Edelmira escuchaba a Estela interesada, todo aquello le parecía muy extraño, “¿Y él no te conoció?; ¿no te dijo nada?” le preguntó al muchacho, “No, no me ha visto en años supongo y además yo llevaba puesto el disfraz. Yo tengo pocos recuerdos de él, de su cara, rara vez se aparecía por la casa y para mí era como cualquier otra persona. Al principio me pareció ver algo familiar en él en el sanatorio, creí reconocerlo pero no estaba seguro, pero luego, cuando lo vi cojear…” el muchacho se detuvo, se veía acongojado en esa parte del relato, duras imágenes volvían a su mente, “¿Tu padre también cojeaba?” preguntó la señora Alicia con suavidad, el muchacho contenía un nudo en la garganta, era solo un niño endurecido por fuera. Tenía lágrimas en los ojos, “…la última vez que lo vi en mi casa fue cuando supe que él era mi papá. Ese día se fue cojeando de casa.” Alberto guardó silencio mirando el suelo con la cabeza gacha y Estela continuó, “Yo recuerdo que lo vi una mañana con la rodilla vendada, mi mamá en la noche había debido curársela y vendársela pero el dolor era tan grande que finalmente tuvo que ir a ver al doctor. Yo no podía preguntarle qué le había pasado, pero la explicación que le dio a todos fue que había tenido una riña y que el otro hombre al verse perdido, le había enterrado una cuchilla en la pierna. Eso fue lo que le contó a todos.” Alberto logró ponerse firme y controlar el llanto que ya le afloraba, se pasó la manga por los ojos y dijo “No fue ninguna riña… Fui yo…” Edelmira ya lo intuía, pero para la señora Alicia aquello era imposible de creer “¿Cómo que fuiste tú? ¿Qué quieres decir?” El niño revivió la escena en su mente. Su madre tirada en el suelo, tratando de contener los puntapiés que Emilio le daba en el vientre, descalza y con el pelo en la cara cubriendo un llanto incontenible de angustia, miedo y dolor. Los insultos inundando toda la casa y fuera de ella también. Él con el dolor ardiente como un látigo en la mejilla por la bofetada que había recibido “…la cuchilla estaba ahí, en el suelo tirada, corta y aguda, también estaban tirados los tomates que habíamos pelado con ella y el pan que íbamos a comer. Yo no sabía qué hacer, gritaba pero nadie me hacía ningún caso, entonces la tomé y se la enterré con todas mis fuerzas. El golpe que me dio fue tan fuerte que me quedé un buen rato en el suelo, sin poder moverme…” Y Emilio dejó de golpear a la mujer pero redobló el esfuerzo que hacía con su lengua, profiriendo multitud de insultos y amenazas, procurando ser lo más ofensivo e hiriente posible, repitiendo más de una vez que el primer embarazo había sido un error, pero un error que no se volvería a repetir, hasta que la sangre que brotaba de su herida fue tanta que comenzó a preocuparle y decidió que debía irse, no sin un tremendo esfuerzo y muecas de dolor con más insultos mordidos a cada paso que daba. La madre de Alberto tuvo un aborto en los días sucesivos debido a la golpiza, del cual el muchacho nunca se enteró, se trataban solo de un par de meses de un embarazo del que ella no hablaba, de hecho, desde algunos años ella no hablaba casi nunca y lloraba casi siempre, él no entendía bien qué le pasaba y cuando le hablaron de que tenía una profunda depresión tampoco entendió mucho, le dijeron que necesitaba medicamentos y cuidados especiales porque ya no podía valerse por sí sola. Entonces se la llevaron.

Al día siguiente, llegaba Diógenes puntual como siempre al medio día a la cafetería de Octavio cuando inesperadamente debió detenerse. El local estaba cerrado. Aquello era tan inusual que el viejo simplemente no supo qué hacer, sencillamente no estaba preparado para el día en que ese negocio no estuviera abierto y listo para atenderle, tal vez algo malo había sucedido. El viejo Diógenes se echó atrás para mirar las ventanas del segundo piso, que era donde vivía Octavio, pero solo vio las mismas viejas y desteñidas cortinas de siempre, preocupado se fue hacia la puerta a golpearla, Alamiro lo encontró allí, “Vamos hombre, si nadie va a atenderte…” Diógenes detuvo los golpes en la puerta y le prestó atención, Alamiro continuó, “…lo acabo de ver pasar, iba apurado y apenas me saludó. Tendría algún trámite urgente que hacer” “Tiene que ser algo realmente urgente, Octavio nunca había tenido el negocio cerrado” dijo el viejo aun desconfiado, “Después le preguntaremos qué le ocurrió, seguro que se trata de algún trámite importante. Ahora vamos donde Armandito, a ver si nos fía un café”

Octavio llegó hasta una esquina y se detuvo, no estaba muy convencido de lo que iba a hacer, lo había hecho algunas veces de joven, no siempre con buenos resultados, pero ahora que era un hombre adulto, se sentía tonto y hasta un poco ridículo. Un par de personas, clientes suyos, le saludaron al pasar y este les sonrió incómodo y solo les levantó la mano, si alguien se le ocurría preguntarle qué estaba haciendo ahí, seguro que no sabría qué responder. Consultó su reloj, era la hora en que debía decidir si continuar o marcharse de vuelta a su negocio e inmediatamente imaginó las explicaciones que tendría que darle a Diógenes y sobre todo a Alamiro, que lo había visto al pasar. Si se iba ahora, tendría que inventar algo convincente, lo cual era poco convincente para él, porque no se le daba bien mentir y cualquiera que lo conociera un poco podía darse cuenta de que estaba inventando algo y con seguridad terminaría todo en una incómoda escena de viejos regañándole y diciéndole lo que tenía y lo que no tenía que hacer como si fuera un pelele cualquiera. Octavio dio un suspiro y continuó, ya estaba en eso y no podía echarse para atrás ahora, llegó a la calle vieja, sombreada por las gruesas y deterioradas murallas del hotel Bostejo, una maravilla de la arquitectura descolorida y agrietada, pero con sus románticos balcones de fierro forjado, firmes como el primer día. El tranvía pasó sin prisa frente a él, lo siguió con la mirada y luego cuando la devolvió al frente ella cruzaba la calle hacia él. Ya lo había visto y sonreía, “¡Octavio, qué sorpresa!, ¿qué vientos le traen por aquí?” dijo Bernarda deteniéndose a su lado, quien había salido de su trabajo en las tiendas Sotomayor y se dirigía a almorzar, cosa que el camarero ya se había preocupado de averiguar antes y por eso se encontraba en ese lugar y a esa hora. “En realidad, estoy aquí por usted. Me gustaría hablarle una palabrita” Bernarda se mostró sorprendida pero no disgustada, “Dígame entonces pues. ¿Pasó algo malo?” “No, no… no ha pasado nada malo, yo solo quería decirle algo… más bien, hacerle una pregunta… no estoy acostumbrado a hacer este tipo de cosas y… espero que no resulte demasiado incómodo…” Octavio hablaba y hablaba sin decir nada y además, cada vez que alguien pasaba caminando cerca, él hacía una pausa y luego continuaba, tensando más la situación y creando más y más ansiedad en Bernarda que trataba de entender qué le quería decir “…Es algo que me viene dando vueltas y me he decidido a cerrar la cafetería y venir aquí, porque para mí es importante saber si usted… bueno, tampoco pretendo hacerla sentir incómoda a usted, es solo que…” Entonces Bernarda lo interrumpió, aunque lo hizo con amabilidad y una sonrisa “Ay Octavio, pero dígame de una vez. Cualquiera pensaría que me quiere pedir una cita.” El camarero se quedó mudo, como si lo hubiesen sorprendido en algo indebido. Todo su discurso previo para prepararse para decir lo que sentía, había chocado contra la obviedad de sus intenciones, que además eran tan obvias que Bernarda las había usado a la ligera como ejemplo y la mujer, que no tenía un pelo de tonta, lo notó en el acto, convirtiendo su sonrisa en sorpresa “¿O era eso lo que me quería pedir?” Octavio siguió sin palabras, tratando de ver en los ojos de Bernarda si el terreno que estaba pisando era firme o todo se estaba derrumbando. No había en ella una señal de rechazo, tampoco se había movido del lugar donde estaba, ni había dicho palabra alguna en contra de aquella suposición, por lo que el camarero, después de unos instantes se animó a hablar, “…Sí, bueno, más o menos. Es que me gustaría saber si usted aceptaría comer conmigo esta noche… en mi cafetería” Bernarda estaba todavía un poco desconcertada pero no se mostraba renuente, “¿Y quién atenderá su cafetería mientras tanto?” preguntó, “Estará cerrada…” dijo Octavio realmente ilusionado “…me gustaría que solo estuviésemos los dos, conocernos un poco… conversar” La mujer lo miró a los ojos y por más que lo miró, solo vio una honestidad casi infantil, “Entonces, sí es una cita” dijo en un susurro y al camarero no le quedó otra que asentir, pero luego agregó inmediatamente “Si usted está de acuerdo, claro” Bernarda se sintió alagada, era una sensación bonita la que le provocaba toda la amabilidad y el respeto de Octavio, sumado a la evidente sinceridad y transparencia que desprendía en sus palabras y gestos, algo bastante distante de lo que había sido el hombre que eligió como padre para sus hijos. La mujer hizo una pausa, tal vez porque todo eso que sentía en ese momento le era agradable y deseaba saborearlo un poco más pero Octavio lo interpretó distinto “Por favor…” dijo el hombre, “…no debe sentirse presionada, si no puede o no tiene ganas, pues…” “¡Sí quiero!” respondió la mujer con energía para borrar cualquier duda de Octavio, y agregó “Es solo que por un momento me sentí como si tuviera quince años de nuevo” y volvió a sonreír. Aquello no era diferente a lo que Octavio sentía, el hombre flotaba en ese momento, “Yo también me siento nervioso como un chiquillo…entonces, ¿Le parece a las ocho?”, “A las ocho.” dijo la mujer.





León Faras.

domingo, 12 de abril de 2015

Los Condenados.

Ciudad de Salvajes.

El reducido casino de la nave estaba desierto salvo por una mesa donde Vilma secaba su diminuto vaso de licor de un trago y lo volvía a llenar, era el sexto, junto a ella Nardi jugueteaba entre los dedos con su tercer vaso, ya sabía que no podía seguirle el paso a la chica y debía tomarse las cosas con calma. Frente a él, Marcus estudiaba un grueso libro concienzudamente, delante de este permanecía su primer vaso intacto, el hombre levantó la vista y vio como la chica volvía a vaciar el contenido de su vaso de un trago “¿Por qué bebes tanto si sabes que no te puedes emborrachar?”, Vilma saboreó el contenido de su vaso antes de tragarlo y respondió “¿Y por qué vuela el ave dentro de su jaula si sabe que no puede ir a ningún lado?” Nardi sonrió mientras besuqueaba su vaso robándole un sorbo de líquido, “La mejor respuesta del sabio es otra pregunta” dijo Marcus, y tomó su vaso en la mano para brindar, “¿Y tú por qué lees tanto si sabes que no puedes ser más listo?” dijo la chica con absoluta seriedad, lo que provocó la risa de los dos hombres, luego los tres secaron sus vasos y Vilma los volvió a llenar sin ninguna mueca en su rostro, incapaz de reír como era. Caín entró en ese momento, “Prepárense muchachos, ya casi llegamos…”

La nave se posó en un amplio páramo que parecía pavimentado de gigantescas rocas como placas, numerosas estructuras rocosas lejanas semejaban ciudades medievales, con sus torres y cúpulas. Los hombres descendieron, mientras Vilma bajaba a Beatrice, su viejo y querido vehículo de combate, ella misma lo había bautizado así y se lo tenía escrito en un costado con letras toscas y negras. Más de alguna vez le habían preguntado el porqué de un nombre femenino para una máquina tan robusta y poderosa, ella siempre bromeaba con la respuesta, pero cuando Marcus le preguntó lo mismo, le dijo que “…el nombre femenino es por su carácter, y que sea Beatrice es porque más de una vez le he visto escapar del infierno”; “Como el gran amor de Dante” agregó el artillero comprendiendo inmediatamente la alusión. A pocos kilómetros de ellos, se podía ver una construcción artificial, como una pequeña ciudad de metal y vidrio que yacía en medio de una planicie a tan solo un par de kilómetros. Caín se paró en el borde de la meseta a contemplarla, mientras los otros preparaban las cosas, una vez que todo estuvo listo se pusieron en marcha. Marcus abrió una caja grande de metal en la parte de atrás y comenzó a repartir en silencio armas para todos, incluso Nardi tuvo que aceptar una, “¿Sabes exactamente qué pasó aquí?” preguntó Vilma dirigiéndose a su jefe pero sin despegar la vista del camino, “No, desconozco los detalles, como siempre no nos dicen mucho, solo sé que ahí dentro funcionaba un gigantesco laboratorio biológico, algo salió mal, se escapó  de las manos y la gente comenzó a infectarse con algo, evacuaron a los que aún parecían sanos y al resto los abandonaron a su suerte… encerrados ahí dentro.” “¿Abandonados y encerrados? Ja…” dijo la chica imitando una risa fingida y seca “…y se supone que nosotros somos los delincuentes” Caín continuó mientras preparaba su arma “No había mucho más que hacer en este lugar desolado, el hecho es que continuaron recibiendo mensajes de auxilio hasta que los generadores dejaron de funcionar y la energía se acabó” Nardi escuchaba con el rostro desencajado, “¿Dices que ese lugar está lleno de personas con una enfermedad contagiosa?” Caín también parecía afectado por su propio relato “De eso ya han pasado más de dos meses, probablemente solo hayan cadáveres” El resto del recorrido, que no era mucho, se hizo en silencio hasta que la voz del Coronel se escuchó a través de los parlantes del vehículo, “¿Llegaron al lugar?”; “Ya casi” respondió Caín con sequedad “Entiendo…” dijo el Coronel “…Espero que todo salga bien y ojala que si alguien aun está con vida allí, le encuentren. Como sea, tengan cuidado.” Esa última recomendación dejó a todos más preocupados de lo que ya estaban, nunca el Coronel había mostrado tener la más mínima preocupación por ellos o por sus vidas y ahora les pedía que tuvieran cuidado. “Esto sin duda estará feo” concluyó Nardi en el momento en que Vilma detenía a Beatrice frente a las enormes y elegantes puertas de metal y vidrio del edificio.

Los hombres se bajaron para inspeccionar el lugar, solo Vilma se quedó en su puesto. Caín observaba el interior a través de los cristales cuando Marcus le llamó. A varios metros de allí, muy cerca de las paredes de la construcción, había al menos una docena de cuerpos humanos en un avanzado estado de putrefacción, la mayoría era sólo huesos y ropa desgarrada, el artillero alzó la vista señalando una serie de ventanales en la parte alta sobre ellos, muchos de los cuales estaban rotos, “Es como si los hubiesen lanzado desde ahí, ¿no te parece?” Caín asintió, en ese instante, se escuchó un ruido de cristales rotos, cuando regresaron, Nardi había abierto las puertas, “Son cerraduras electromagnéticas que sin energía se convierten en cerraduras ordinarias que se pueden abrir desde dentro” explicó. El sitio verdaderamente era como un pueblo, moderno y techado con galerías a ambos lados y con una amplia avenida para el paso de vehículos grandes. Al entrar los recibió una bocanada de hedor a muerte, el lugar estaba en penumbras pero se podía ver que todo adentro era un desastre, estaba todo tirado, había restos de sangre seca por todas partes, algunos restos humanos y numerosos agujeros de bala, como si se hubiese llevado a cabo una pequeña batalla campal en ese lugar, los hombres encendieron sus linternas, “¿Esto fue hecho con un lanzallamas?” dijo Marcus con incredulidad mientras inspeccionaba una gran mancha en la pared. “Oh por Dios, aquí dentro hay personas…” dijo Nardi mientras alumbraba a través de la ventana el interior de una oficina cerrada. Debían de ser unos veinte, de pie, mirando hacia la pared moviéndose con un casi imperceptible vaivén, parecían salvajes con el pelo largo y desordenado, las uñas crecidas y sucias y sus ropas horriblemente deterioradas, no parecían prestarles atención a pesar de que todas las linternas los iluminaban. “¡Hola, hola!” Nardi comenzó a golpear el cristal con suavidad “¿Pueden oírme?” insistió. Caín trató de abrir la puerta pero estaba cerrada con llave, “¿Crees que debamos dejarlos salir?” preguntó Marcus nervioso, “Son personas y están con vida…” respondió su jefe, “…¿No es eso a lo que vinimos?” “¿Por qué los habrán dejado ahí dentro?...” preguntó Nardi al tiempo que Caín retrocedía un par de pasos y le daba dos tiros a la cerradura. Aquello desató el caos.

Los salvajes encerrados ahí dentro acusaron un terrible dolor, retorciéndose y llevándose ambas manos a los oídos, se voltearon hacia la puerta, entonces pudieron ver sus rostros, estaban carcomidos, con heridas abiertas por todos lados. La calma con la que estaban en segundos se convirtió en una furia incontenible, se abalanzaron en tropel contra la salida dándose de golpes unos a otros, descontrolados y ciegos de ira. “¡Cierra! ¡Cierra!” gritó Marcus desesperado, pero la cerradura estaba irremediablemente rota y a duras penas lograron aferrarse a la puerta para contener a los salvajes que trataban de alcanzarlos con numerosos brazos que se colaban inevitablemente. El hedor que desprendían era indescriptible, desechos humanos y putrefacción. Marcus disparó por el espació de la puerta que quedaba con la esperanza de disuadir y contener a sus atacantes pero solo empeoró las cosas, el insoportable dolor que les provocaba el sonido de las detonaciones hizo que la furia con la que los atacaban se redoblara. La ventana estalló en mil pedazos, Nardi fue agarrado del brazo por uno de los salvajes, por un segundo le pareció diferente al resto, tal vez era que aun usaba anteojos, era un viejo de barba vestido con una sucia bata blanca como las que usan los médicos. Pronto el salvaje lo soltó, quedó ensartado en un trozo de vidrio muriendo ahí mismo aplastado por los otros que le pasaban por encima. Vilma detuvo el vehículo a su lado y comenzó a disparar con sangre fría y precisión a los que ya salían por la ventana o mejor dicho, caían expulsados por los que venían más atrás “¡Suban!”Gritó. Nardi estaba horrorizado y no necesitó que se lo repitieran. Marcus y Caín ya habían soltado la puerta y disparaban mientras retrocedían pero más y más salvajes salían del interior, enloquecidos de rabia. “¡Suban ahora!” repitió Vilma cuando una nueva ventana se rompió completamente y otra horda de salvajes comenzó a caer desde una de las galerías superiores. Caían torpe y atropelladamente pero no sentían más dolor que el de sus oídos. Los hombres se lanzaron hacia el vehículo tan rápido como pudieron mientras el terrible ataque continuaba, dos salvajes se lanzaron sobre Caín al mismo tiempo, al primero lo derribo de un disparo pero cuando le disparó al segundo, su arma sonó vacía. El salvaje mordió su brazo con una fuerza impresionante pero logró zafarse y subir al vehículo, “¡Arranca, arranca!” gritó mientras Vilma aceleraba golpeando a varios salvajes a su paso.

No se detuvieron hasta llegar a una enorme bodega, amplia y alta como un galpón solo iluminado por las luces de Beatrice, numerosos camiones y vehículos de carga reposaban ahí, además de grandes cantidades de material de todo tipo apilados junto a las paredes. Un par de salvajes se podían ver vagando por ahí pero no prestaban la menor atención a su presencia. Aprovecharon de recargar las armas y Caín de revisarse el brazo, la chaqueta que llevaba le había protegido pero aún así la fuerza de la mordida le había desgarrado la piel, “No se ve tan mal” dijo Vilma, Caín la miró como si aquello hubiese sido una broma pero la chica como siempre no sonreía, “La herida no me preocupa…” dijo el hombre “…he recibido heridas mucho peores, lo que me preocupa es que esta mierda sea contagiosa. No quiero terminar vagando en este lugar, cagándome encima y comiendo quien sabe qué porquerías” “Sí eso sucede, yo misma te pegaré un tiro” respondió la mujer y nuevamente Caín la miró no muy seguro de que si aquello era una broma o hablaba en serio. Marcus cogió el botiquín para desinfectarle la herida pero algo lo detuvo, en el silencio del lugar se escuchó lejano pero nítido el grito de una mujer y lo más preocupante era que parecía venir del lugar donde habían sido atacados por los salvajes, un segundo grito los hizo ponerse en marcha en esa dirección. Una mujer apareció de pronto en la oscuridad del pasillo corriendo hacia ellos y Vilma debió apretar los frenos a fondo para no arrollarla. Una multitud de salvajes aun exaltados le perseguían, “¡Abajo, abajo! ¡Métase abajo!” gritó Caín señalando el vehículo y luego volteándose hacia atrás gritó “¡Marcus el cañón! ¡Ahora!” El disparo retumbó en el lugar como un trueno, iluminando el pasillo en gran parte de su extensión y haciendo desaparecer de una vez la turba de salvajes que ya se acercaban peligrosamente. La mujer salió de debajo del vehículo algo aturdida por el estruendo pero todavía alarmada por la situación “Hay que salir de aquí rápido, esa explosión debe de haberse escuchado en todo el edificio y ahora todas esas cosas estarán furiosas y vendrán hacia acá” “¿Todavía hay más?” Preguntó Nardi incrédulo “Muchos más” “Estos solo eran el comité de bienvenida…” Bromeó Vilma sarcástica, y agregó “…¿Y ahora hacia donde?” “Hacia la salida” ordenó Caín pero la mujer se negó tajante “Aún no podemos irnos”

La mujer no exageraba cuando dijo que habían todavía muchos salvajes vagando en el lugar y que con la detonación del cañón seguramente estarían de malas, pero arriba del vehículo y en movimiento no corrían mayores peligros. Era un recorrido corto y Vilma hacía lo posible por no arrollar a todos los salvajes que se le atravesaban por delante pero no siempre lo conseguía y Beatrice cada vez olía peor. Al fin la mujer señaló un lugar, se detuvieron, subieron una escalera y entraron en una oficina iluminada con luz natural, lo que había allí los maravilló a todos, incluso a Vilma que rara vez parecía sorprenderse de algo. Estaban sobre un gigantesco prado cubierto de flores de distintos colores y tamaños y conviviendo en perfecta armonía, todo dentro de una colosal cúpula de vidrio. Ya había pasado una buena cantidad de tiempo que ninguno de ellos veía algo así “El sistema de riego es completamente automatizado y trabaja con energía solar. Es una de las pocas cosas que aun funcionan en este lugar desde que apagamos los generadores.” “¿Ustedes apagaron los generadores de energía?” preguntó Marcus, “Sí, y nos salió bastante cara la aventura, pero el ruido infernal de esas máquinas mantenía permanentemente alterados a los salvajes y el silencio era más seguro para todos” entonces la mujer se fijó en la herida de Caín “¿eso es una mordida?” preguntó, el hombre asintió con desgano y la mujer agregó “Vengan conmigo” El grupo atravesó algunas oficinas hasta llegar a un salón amplio, como esos usados para dar conferencias, completamente iluminado por grandes ventanales, la mujer entró allí y formó uno al lado del otro a cinco niños, dos niños y tres niñas. La menor tendría unos meses de vida, y era sujeta por la mayor, una chica de unos trece años. Caín y sus hombres miraron a los niños y luego se miraron entre sí, “Son solo niños…” balbuceó Marcus como ratificando una verdad obvia “¿Es que ni siquiera se llevaron a los niños?” preguntó Vilma realmente indignada. La mujer reflejó desprecio en su rostro y en sus palabras para contestar “Esos animales…sacaron a la mayoría de los niños, pero estaban llenos de miedo, alguien comenzó a disparar y todo se fue al diablo, todo se llenó de salvajes enfurecidos que mientras más les disparaban, más aparecían, algunos de nosotros decidimos ocultarnos con los niños mientras todo se calmaba, pero cuando todo terminó ya no quedaba nadie, solo nosotros y los drogados” “¿Los drogados?” repitió Caín sin tener claro de a quienes se refería, la mujer le habló a la mayor de las niñas mientras tomaba el bebé en sus brazos, “Ve por el botiquín…” y luego se dirigió al grupo “…Sí, así les llamamos a veces”, “¿Por qué drogados?” preguntó Vilma “¿No lo saben?... todo esto es culpa de una droga” “¿No es una enfermedad contagiosa?” preguntó Nardi incrédulo, “No…” dijo la mujer “…fue culpa de una droga, un medicamento realmente fabuloso para manejar la depresión, la ansiedad o el estrés, sumamente útil en este lugar remoto e inhóspito, todos la tomaban, casi como si fueran aspirinas… habían hecho innumerables pruebas y nada parecía salir mal pero… algo pasó, algo se contaminó o se mezcló mal y… la gente comenzó a transformarse, se primitizaron y se volvieron intolerantes al ruido, inmunes al dolor físico y además dejaron de dormir, de hecho, el insomnio es uno de los primeros síntomas… lo que hacía que las personas precisamente tomaran más droga” “¿Cómo están seguros de que fue esa droga la causante y no cualquier otra cosa?” preguntó Caín preocupado por la mordida en su brazo. “Porque los que no la tomábamos no nos convertimos… los niños y las embarazadas por ejemplo” La niña llegó con el botiquín y Nardi pensó en dirigir la conversación en otra dirección “Bueno, fue una suerte que al menos pudieran enviar esos mensajes de auxilio, ¿no?” La mujer lo miró extrañada, “Nosotros no enviamos ningún mensaje de auxilio, era muy arriesgado salir con los generadores funcionando” Entonces la niña que ya comenzaba a curar a Caín habló “¿Lo ves? te lo dije… fue el doctor, ¡yo lo vi!””¿Qué fue lo que viste niña?” preguntó Caín “El doctor estaba entre los vagabundos, se veía como uno de ellos, pero yo lo vi y él me miró, sonrió y me hizo una seña para que guardara silencio… él no era uno de ellos” “Si es así, el pudo enviar los mensajes hasta que la energía se cortó…” razonó Marcus “… ¿pero dónde está ahora?” Nadie respondió a esa pregunta, hasta que Nardi pareció recordar algo, “Aquel doctor… ¿Era un hombre mayor, de barba y anteojos que vestía una bata blanca?” “¡Tú también lo viste!” dijo la niña entusiasmada, “Creo que sí… me sujetó el brazo cuando se rompió la ventana y se formó el desmadre en la entrada. Estaba encerrado bajo llave con los salvajes, parecía uno de ellos, tal vez ya era uno de ellos. No podíamos hacer nada por él” “Entonces solo quedamos nosotros…” dijo la niña con tristeza mientras guardaba todo de vuelta en el botiquín.


El vehículo se dirigió a la salida a buena velocidad con todos los sobrevivientes a bordo, debiendo golpear a varios salvajes por el camino para abrirse paso. La voz del Coronal se escuchó por los parlantes “¿Encontraron a quien envió los mensajes de auxilio?” “No…” respondió Caín “…pero sea quien sea que haya sido, salvó la vida de una mujer y cinco niños” Después de algunos segundos respondió el Coronel en un tono menos autoritario y más amable “…Un médico los estará esperando para revisarlos.” Y cortó. “¿Qué crees que harán con este lugar y todas las personas que vagan ahí dentro?” preguntó Vilma a Caín sin quitar los ojos del camino “Hay muchas personas ahí y todas ellas tienen una historia, una familia, alguien que tarde o temprano preguntará por ellos. Ya veremos si para ese entonces aún queda algo de este lugar.”


León Faras.

viernes, 27 de marzo de 2015

Del otro lado.

XXI. 



En pleno cerro había una parte de la ciudad donde la mayoría de las casas habían sido construidas por sus propios dueños o por los padres de estos, o los padres de sus padres, eran casas muy antiguas, precarias y todas de diseño diferente. El pavimento de las calles así como su alumbrado eran recientes. Gastón Huerta llegó hasta una de esas casas por la parte de atrás seguido por Alan que sólo caminaba, sin saber hacia dónde iba, movió una lata oxidada que formaba parte del cierre perimetral y destapó un forado pegado al piso de tierra, “Entra...” le dijo a su acompañante y recibió de este una mirada de asombro y desaprobación, “¿Quieres comunicarte con la chica o no?” insistió. Aquello no le convencía para nada a Alan pero resignado se tiró al suelo y se arrastró por el agujero no sin antes observar cuidadosamente el entorno. Era una casa de madera con una tonelada de años encima, junto al cierre por dentro, se apilaban numerosas osamentas metálicas de objetos largamente abandonados a la intemperie: Bicicletas, lavadoras, cocinas y hasta un automóvil abandonado hace años bajo un precario cobertizo, entre otros muchos desechos. La maleza era abundante y había crecido, muerto y secado sin que nada ni nadie interrumpiera ese proceso, en una esquina había un ciruelo y bajo este un par de gatos disfrutaban de su sombra echados sobre un sofá arruinado, en el peldaño de la puerta de la casa había otro gato más, pero ni sonidos ni señales de que alguien viviera allí. Huerta se fue a echar un vistazo a la puerta principal de entrada y Alan se quedó en la del patio observando al gato que dormitaba sin inmutarse por su presencia, los perros en cambio siempre se mostraban esquivos o asustados ante él, algo detectaban en él que los intranquilizaba, aunque en realidad era lo que no detectaban, su olor, para los perros un humano sin olor era algo que no estaba para nada bien y los fantasmas no tenían olor. En cambio para los gatos aquello no les importaba en absoluto, para los gatos un humano era un humano sin importar si estaba vivo o muerto, si olía o no olía, si lo podían ver o solo lo sentían. En ese momento la puerta se abrió frente a Alan y una mujer apareció parada ahí, debía tener más de cuarenta años de edad, era muy delgada, de pelo muy negro con un mechón blanco, como si sus canas se hubiesen agrupado misteriosamente en un solo sitio, una condición llamada poliosis. Llevaba un vestido sencillo y sin adornos, “¿Qué buscas aquí espíritu?” le preguntó al hombre parado en su puerta con naturalidad, como si se tratara de un vendedor ambulante, Alan no supo qué decir, estaba sorprendido de que le llamara “espíritu” y además, no tenía ni la más remota idea de qué buscaban allí. “Él viene conmigo, Oli…” dijo Huerta que llegaba en ese momento y la mujer se dio la vuelta y entró dejando la puerta abierta “Tengo té… si quieren pasar, pero no vuelvas a llamarme Oli.” No los olvidaba al dejar de verlos y ese era otro motivo para que Alan se admirara, “¿Acaso está muerta también?” preguntó en un susurro a Gastón que estaba a su lado, pero la respuesta vino desde el interior de la casa “¡No espíritu! yo estoy a la mitad del camino todavía”

Entraron a la cocina, al igual que afuera, todo adentro tenía un montón de años, pero lucía limpio y ordenado. No había vajilla sucia en el lavaplatos y la poca que había estaba ordenada en repisas, otras repisas albergaban numerosos frascos y latas, muchos se podían identificar como alimentos, todos ellos en pocas cantidades, otros varios no se podía asegurar qué cosas eran a simple vista. Dos teteras, una un poco más pequeña que la otra, hervían pacíficamente sobre una cocina a leña. Los hombres se sentaron en un sofá que lucía bien gracias a los cojines y las mantas que tenía encima, la mujer dejó dos tazas de té sobre una mesa de centro frente a ellos y se sentó en una silla. Encendió un cigarrillo. “Ella es Olivia…” dijo Gastón Huerta presentándola, “…puede ayudarte con lo de la chica que buscas.” sacó de su bolsillo dos paquetes de cigarros y los puso sobre la mesa, luego cogió su taza de té y comenzó a beberla, Alan, ni siquiera se había dado cuenta de dónde había sacado los cigarros, pero no dijo nada, estaba incómodo en ese lugar, aquella mujer parecía saber todo sobre ellos desde el primer momento. Era obvio para Olivia que si habían ido donde ella, era porque la chica que buscaban estaba muerta, y si necesitaban ayuda para contactarla, era porque aquella chica aun vagaba en el silencio, por lo que se ahorró las explicaciones  “¿el espíritu que buscas, es pariente tuyo?” Alan olía desconfiado su taza de té, olía bien aunque no era un té común y corriente “No…” respondió “…es la nieta de un viejo amigo. Él me pidió ayuda”, “¿Tu amigo también está muerto?” replicó la mujer interesada, “No, él no está muerto aún” Olivia apagó su cigarrillo, “Tienes suerte espíritu, es raro un amigo así.” El té sabía fuerte y amargo pero no era desagradable “Escucha…” dijo Alan, tratando de tomar dominio de la situación “…estamos aquí porque Gastón dijo que podía conseguir una tabla ouija contigo, si es así te lo agradecería mucho, y si no pues…” la mujer rió divertida “¿Una tabla ouija? ¡Ese es un juego tonto para niños tontos! Me sorprendes espíritu, pensé que eras más listo” Alan se sintió ofendido “¿Pero quién te has creído que eres para tratarme como a un imbécil?” “Lo siento, no quise ofenderte…” dijo la mujer aun sonriendo “…pero creí que tenías más experiencia, ahora escúchame a mí: Con esa tabla puedes contactar a quien sea que esté del otro lado, pero no puedes estar seguro de a quien, hay seres horribles allá, y poderosos, y ustedes ya no tienen la protección de la carne, son más vulnerables de lo que creen estando en este mundo de vivos” Alan ya lucía calmado, Olivia continuó poniéndose de pie y cogiendo los cigarros que Huerta le había obsequiado “Yo los ayudaré, sólo necesito llevar algunas cosas…¿Dónde piensan contactarla?” “En el cementerio, a media noche…” respondió Alan, “…si encontró el mensaje que le dejé estará allí” La mujer volvió a sonreír “Tú sí que sabes escoger los lugares para tus citas”


León Faras.

jueves, 19 de marzo de 2015

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XIV.

Era plena mañana, pero la oscuridad lo envolvía todo dentro del abismo, parecía como si las pocas antorchas que llevaban los salvajes era lo único que se interponía para no ser devorados por las tinieblas de una sola vez y para siempre. Idalia, la mujer maldita, llegaba tranquila y resignada a cumplir con su condena, su inmolación, a la cueva del Débolum. El abismo era siempre frío, pues el aire helado que brotaba de su profundidad era siempre más abundante que los escasos y osados rayos de sol que caían dentro, pero del interior de la cueva emanaba un aliento tibio y denso, como si ya estuvieran dentro de las fauces de la bestia que habitaba allí. Se adentró llevando una antorcha en la mano y cruzó el bosque de estalactitas que asemejaban a columnas acinturadas que sostenían el techo de la cueva. El calor se hacía intenso y también la insoportable emanación de gases que le hacía doler la cabeza y le revolvía el estómago. La suave pendiente apresuraba su paso inconscientemente como manos invisibles que la animaban a llegar al fondo, donde ya se podía ver un gran resplandor de color rojo que iluminaba una enorme circunferencia destacándose en la predominante oscuridad del lugar. Idalia se detuvo, sudaba copiosamente debido al calor y se sentía enferma, pensó que el monstruoso habitante del abismo no era más que un mito y que cualquier persona que se quedara allí el tiempo suficiente, inexorablemente moriría sin necesidad de ser devorada por nada. Mareada y a punto de desmayase, no se dio cuenta cuando la enorme roca sobre su cabeza se desprendió cayendo sobre ella, pero no la aplastó, pues la roca en un segundo giró, se abrió y se convirtió en el poderoso Débolum, que aterrizaba sobre sus cuatro patas como un felino que cae sobre una presa desprevenida e indefensa. Goteaba y chorreaba metal derretido por todas partes además de un fuego de intensos colores vivos, la mujer maldita cayó al suelo incapaz de reaccionar, vivía aquello como en un sueño de semiinconsciencia, desarmada, solo con la certeza de que su fin había llegado y nada más había por hacer. El Débolum la devoró completa y de una sola engullida dejando una pequeña marca en el duro suelo de la cueva, luego planeó majestuoso entre su bosque de estalactitas para terminar sumergiéndose en la lava como siempre lo hacía. Los salvajes luego de presenciar lo sucedido se retiraron en silencio, habían visto lo que esperaban ver y nada nuevo había acaecido.

Rávaro mandó a sus hombres a que apresaran a Lorna que magullada y con dificultad salía de entre los objetos que le habían caído encima, pero aquellos se detuvieron cuando el enano de rocas se interpuso, acercándose a su compañera apenas la reconoció. Los soldados habían visto cómo el enano había salido victorioso de un combate cuerpo a cuerpo con la bestia mientras ellos habían sido incapaces de controlarla, sufriendo además, numerosos daños y no se atrevían a desafiar al pequeño y duro gladiador. Rávaro no podía aprobar que sus hombres le temieran más a esa criatura insignificante, a la cual estaba seguro de poder dominar con su magia, que a él mismo, por lo que decidió actuar por su cuenta. Un movimiento de su mano y el enano quedó inmediatamente aplastado contra el suelo, convertido en un corriente e inmóvil cúmulo de piedras, no le había costado ningún esfuerzo hacer ese pequeño truco pero había sido suficiente para recuperar el respeto de sus hombres, lo siguiente era incinerar a su hermana para que ninguno de sus soldados volviera a cuestionar alguna de sus órdenes, pero Lorna ya se había puesto de pie y trataba de comprender lo que sucedía, pues el enano de rocas que había luchado contra la bestia y el que había salido del estómago de esta, no eran el mismo, había vuelto a convertirse en la torpe y pacífica criatura de siempre, por lo que dedujo que ya no tenía la joya en su poder, y eso significaba que dicha joya solo podía estar en un solo lugar. Lorna pareció comprender y observó con cierta preocupación a la bestia que parecía dormir tumbada en el suelo y luego observó a los ojos de su medio hermano, se veía confiada, le dijo si es que acaso tenía alguna idea de quién había liberado a la bestia, o de quien la había liberado a ella, pero él no tenía dudas, quien había liberado a la bestia con seguridad podía haber sido ella o su pequeño compañero el mismo que le había ayudado a ella a escapar de su celda, ya le habían comunicado que esa pequeña criatura le había roto la rodilla a uno de los guardias de las catacumbas y todos sabían que el pequeño enano era capaz de eso y de mucho más. La mujer insistió en que de todas formas había recibido ayuda de alguien más para salir del nauseabundo pozo donde la tenía encerrada y Rávaro, condescendientemente, le respondió que si le daba el nombre de ese alguien, se encargaría personalmente de recompensarlo como merecía. La mujer sintió una gran satisfacción al ver cómo le cambió la cara a su medio hermano cuando le dijo que había recibido la ayuda de Dágaro, que el semi-demonio había regresado y que venía a por él, y que ya tenía en su poder una joya de reencarnación. Rávaro no le creyó, ella insistió sonriendo, él se enfureció, ella se burló de él y él con un gesto de su mano y una expresión de furia en su rostro la elevó en el aire unos centímetros y la convirtió en una antorcha humana flotante. La mujer gritó y se sacudió desesperadamente, pero solo durante unos segundos, luego Rávaro la soltó, el fuego se extinguió de forma tan fulminante como se inició y el cuerpo de Lorna cayó carbonizado y sin vida.

El respeto y el temor que los soldados sentían por su amo se habían restablecido, pero Lorna había logrado sembrar su semilla de duda y temor en la mente de su medio hermano antes de morir, pues este se quedó meditando, tal vez eran solo palabras, pero y si no, entonces sí su hermano volvería a vengarse de él y era probable que no pudiera reconocerlo a tiempo.


Fin del capítulo tres.

León Faras.

miércoles, 4 de marzo de 2015

El Circo de rarezas de Cornelio Morris.

IX.

Lidia estaba preocupada, el embarazo que tanto temía ya era una realidad confirmada y hace ya bastante tiempo que no tenía ni una sola pista del padre de su criatura. Estaba sola y esperando un bebé. En cambio su hermana Beatriz, recientemente había dado a luz un hijo de un hombre que la cuidaba y se preocupaba de ella, que no escatimaba en tiempo ni dinero para todo lo que ella necesitara, que aguardó ansioso el día del parto. Para Lidia, su hermana siempre había sido la más interesante, la más osada, la más inteligente y también la más afortunada, y para colmo el destino parecía confirmarle aquello una y otra vez, pero tales sentimientos no estaban basados en envidias o rencores, sino más bien en una admiración. Lidia admiraba a su hermana y veía en ella todas las cualidades que ella misma carecía. Fue en ese momento en que Beatriz regresó por ella, venía sola, ya sabiendo lo que le ocurría y le ofreció todo el apoyo que necesitaba, tanto antes como después de que su bebé naciera, le aseguró que ambas estarían juntas para criar a sus respectivos hijos e incluso le consiguió un empleo y le llevó un contrato de trabajo que Lidia firmó confiada y agradecida, de esa manera, su puesto en la empresa que el marido de Beatriz formaba, estaría completamente asegurado, sin sospechar, claro está, que dicha empresa se trataba de un circo, y que su trabajo consistiría en ser una de sus atracciones principales.

El lugar donde la invitaron era hermoso, una cabaña pequeña pero acogedora, ubicada en un pequeño bosque de árboles desnudos por el otoño, erguidos sobre un terreno de suave pendiente alfombrado con hojas secas y amarillentas, que desembocaba en un lago manso y frío. Cornelio Morris se mostraba amable y solícito, mientras Beatriz era toda sonrisa, pero el bebé de ambos no estaba por ningún lado, Lidia aun no lo conocía y cuando preguntó por él le respondieron con un amistoso “…ten paciencia, ya le verás”. El día estaba fresco pero agradable e invitaba al paseo, el embarazo de Lidia ya era evidente y caminaba sujeta del brazo de su hermana por un lado y del de Cornelio por el otro. La plática era agradable y llena de sueños e ilusiones, llena de planes de una vida que se mostraba prometedora de aquí en adelante. Se detuvieron en el viejo muelle que se adentraba varios metros en el lago, el agua reflejaba fielmente el tono gris del cielo, Lidia agradecía una vez más todo lo que estaban haciendo por ella, sobre todo el trabajo que le habían ofrecido, “Haré todo lo mejor que pueda” decía mientras su hermana respondía sonriente “…de eso estamos seguros” “Espero que estés ansiosa por comenzar” comentó Cornelio con ese aire de superioridad que le inspiraba a los demás y Lidia sonreía asegurando que deseaba comenzar a retribuir lo antes posible todo lo que le daban, “Perfecto…” dijo Morris mientras la abrazaba por detrás y le tapaba la boca, “…porque comenzarás a hacerlo ahora mismo” y se dejó caer al lago con la mujer atenazada entre sus brazos. Lidia luchó con desesperación para liberarse pero sin éxito, no tenía fuerza y sus gritos mudos bajo el agua solo servían para robarle oxígeno, que rápidamente se le acabó. Pronto dejó de luchar, y su cuerpo lánguido quedó a merced del suave vaivén del agua. Cuando despertó  tomó una gran bocanada de un aire mucho más denso de lo normal, era agua y tardó algunos segundos en darse cuenta de que aun estaba sumergida en el lago, estaba sola e inmediatamente intentó salir a la superficie, en ese momento notó que una cadena sujeta a su tobillo la retenía bajo el agua, una cadena que a pesar del óxido aun conservaba mucha más fuerza que ella, volvió a tragar agua y pensó que moriría pero esa agua no se fue a su estómago, sino que salió de su cuerpo dejándole oxígeno, se palpó el cuello y con repugnancia sintió branquias en él, también notó unas membranas entre sus dedos, se horrorizó, se desesperó y luchó contra la cadena hasta el agotamiento, pero fue inútil. Fueron necesarios varios minutos para que se tranquilizara aunque aun no comprendía qué le habían hecho o por qué. Cerca de ella, en el fondo del lago, una cuna metálica en buen estado destellaba pálidamente, había sido arrojada allí hace muy poco tiempo.

La juventud, vitalidad e inocencia de Eloísa, eran una notable fuente de energía vivificante para mantener estable la ilusión del Circo, al igual que como sucedía con la pequeña Sofía, la presencia de Eloísa representaba la contraparte necesaria para mantener equilibrado el complejo sistema de fuerzas que sostenían el poder con el cual Morris, obraba sus fantásticos prodigios, por eso este último demostró tanto entusiasmo cuando supo que una muchacha quería formar parte de su Circo y además sin necesidad de que tuvieran que convencerla de nada. La niña entró confiada y sonriente a la oficina de Cornelio, este estaba en su escritorio y a su lado Charlie Conde se esforzaba por reflejar bondad y amabilidad en su rostro. En la puerta quedaron Von Hagen y el gigante Ángel Pardo. “Me dicen que quieres pertenecer a mi Circo, ¿es eso cierto muchacha?” Morris preguntó solo como una mera formalidad, “Sí. Quiero ser una de tus atracciones” respondió la niña resuelta, repitiendo lo que Horacio le había dicho cuando la encontró, Cornelio se mostró sorprendido, no esperaba tal grado de determinación, “Tal vez creas que no tengo mucho talento para nada…” agregó Eloísa, acostumbrada a formar a menudo esa idea en la gente que la rodeaba, “…pero aprenderé lo que sea, me esforzaré y nunca te arrepentirás de haberme aceptado” sus ojos brillaban y Morris la observaba maravillado “Ya puedo ver que no me arrepentiré de aceptarte en mi Circo… tienes todo el talento que necesitas, yo te puedo convertir en la atracción más espectacular que se haya visto, solo debes firmar un contrato y hacer lo que te diga… aunque te asuste” “Haré lo que sea” dijo la niña sin ningún asomo de duda.


Luego de que Eloísa firmó el contrato le dieron de comer y la llevaron a uno de los camiones donde había una caja de madera de un metro cuadrado de base por dos metros de alto, estaba pintada de negro por dentro y por fuera y la oscuridad en su interior era absoluta, Conde iba a ponerle un grillete en uno de los tobillos de la muchacha por precaución, sabía que la reacción de aquellos que salían de esa caja no siempre era la más pacífica, pero su jefe le dijo que no, que no sería necesario y luego se dirigió a la muchacha “Ten paciencia, pronto saldrás de aquí y te sorprenderá el resultado… tendrás todo lo que siempre has deseado.” La chica asintió y la puerta se cerró, luego de eso todo se hizo oscuridad y silencio.


León Faras.