martes, 16 de febrero de 2016

Autopsia. Segunda parte.

III.

Elena salió del convento corriendo sin escuchar los gritos de algunas monjas que quisieron detenerla. Pensó en un primer momento que la vieja y abandonada capilla de piedra sería un buen lugar para refugiarse, pero aquello la hizo sentirse más mal por lo que acababa de hacer, porque era tan ingenuo como una niña pequeña que huye de su casa y se esconde en su propio patio para evitar ser regañada por romper algo valioso. Sin embargo, lo que ella había hecho era algo mucho más grave, mucho más terrible y que empeoraba aún más su difícil situación, había apuñalado a un hombre y no solo a un hombre sino que a un sacerdote, y no cualquier sacerdote, sino que al padre Benigno, el hombre que hasta hace poco respetaba más que a nadie en el mundo y en el que confiaba por sobre todo, al primero en quien pensaba en recurrir ante cada aflicción, el hombre que imaginaba presente en todos los momentos felices e importantes de su vida y que ahora probablemente podía hasta morir por culpa suya. Elena lloraba y corría y ambas cosas las hacía sin poder contenerlas, hasta que sus piernas ya no pudieron más y se doblaron y solo continuó su llanto. Luego de unos minutos logró dominarse y respirar hondo, ella no era tan culpable de todo como siempre le hacían creer, ella tenía esperanzas puestas en la visita de Benigno, esperaba que el sacerdote la ayudara a sentirse menos despreciada y burlada por Dios, que la ayudara a arrepentirse de todos los sentimientos malos que la atormentaban, que la dejara desahogar todo lo que sentía y que luego le ofreciera consuelo y esperanza para seguir viviendo, pero solo recibió intransigencia y un golpe brutal en la cara que a punto estuvo de aturdirla, su reacción solo había sido eso, una reacción de la que inmediatamente se arrepintió, pero ahora ya no estaba tan segura de ese arrepentimiento, tampoco por el aborto, por el cual sentía algo más parecido al alivio que otra cosa. Se limpió la cara y se puso de pie, estaba en medio de un enorme campo de olivos que circundaba el convento, pero no quería regresar allí, seguramente sería severamente condenada por lo que había hecho y a nadie le importaría lo que ella pensara o sintiera, pero por otro lado, no tenía ningún otro lugar a donde ir, ni a quién recurrir. Nunca se había sentido tan sola y desvalida en toda su vida y encima de eso, pronto oscurecería, pero no iba a regresar, tomó un montón de aceitunas de los árboles y se llenó los bolsillos con ellas, cosa que le pareció una idea estupenda, y echó a caminar hasta perderse, hasta el momento en que ya no sabía en qué dirección estaba el convento ni ningún otro lugar de referencia. Desorientada, se sentó en el suelo y sacó un puñado de aceitunas y se echó una a la boca confiada, inmediatamente la escupió asqueada, estaba horriblemente amarga, por lo que escogió otra con más cuidado, mucho más gorda y bonita y la probó, pero también debió escupirla, jamás había probado aceitunas tan malas. Estaba buscando una que le diera buena espina, para hacer un tercer intento, cuando notó que era observada. Una niña pequeña que no tenía más de diez años, la observaba con una expresión de infinito asco, como si fuera ella la que estuviera probando las aceitunas, abrazaba un cántaro de agua que parecía lleno por su peso y junto a ella estaba parado un perro pequeño, un cachorro negro que observaba a Elena perplejo, como si él tampoco pudiera entender qué estaba haciendo “¿No te las estás comiendo directo del árbol, o sí?” Elena miró las aceitunas que tenía en sus manos y luego a la niña, francamente no entendía, tal vez había que comer las que estaban en el suelo, la niña sonreía amigable, “Ven, sígueme. Tengo un poco de pan y fruta… podemos compartirlo” Elena, luego de desechar sus aceitunas, siguió a la niña hasta una casucha en pésimo estado, la puerta estaba cerrada con cadena y candado casi tan viejos como el resto de la vivienda, pero una de las paredes estaba deshecha, por lo que entrar no era difícil. La niña dejó el cántaro en un rincón y la invitó a sentarse en una caja, “¿Vives aquí sola?” preguntó Elena, mirando a su alrededor, la niña volvió a reír, “¡Claro que no! vivimos aquí con mi hermana… allí está ella” Concluyó apuntando a un rincón donde había un montón de paja y algunas cobijas sucias, pero ninguna persona, entonces Elena se volvió hacia la niña sin entender y la pequeña, sonriendo, le dijo “¡Bah! no le hagas caso, ella siempre es así con todos” y luego sacó su lengua en un gesto infantil de burla dirigido al lecho vacío, y siguió preparando la cena alegremente.

“¡Pero por todos los santos! ¡¿Qué les pasó que vienen llegando a esta hora?!”

Era casi media noche y Guillermina salía a la calle envuelta en una gruesa bata y cubriéndose la cabeza y el cuello con un chal, indignada, agregó “La cena ya está toda fría y ahora seguramente no va querer ni mirarla…” Rupano se bajó de un salto y se apresuró a ayudar al cura “Cállese mejor y vaya rapidito a buscar al doctor… Al padrecito lo acuchillaron…” dijo este, pero el cura autoritario y de mal humor los detuvo a ambos, “¡No es nada!” sentenció mientras bajaba del coche por sus propios medios, aunque con muestras de dolor contenido entre los dientes y una mano apretando el parche que le habían puesto las monjas “Mañana lo veré a primera hora, ahora todos nos iremos a descansar.” “Nada de eso…”replicó la mujer tomando al cura por el brazo “Abel, anda tú mejor que yo estoy en pijama. Yo me llevo a este caballero para adentro… ¡¿A quién se le ocurre acuchillar a un cura por Diosito?!” El cochero partió corriendo sin decir palabra mientras Guillermina luchaba con el sacerdote para ayudarlo a caminar “¡Ya basta mujer!, ¿No ves que me hirieron las tripas y no en las piernas?…” La mujer siguió alegando y regañando como si tratara con un borracho terco hasta salirse con la suya y dejar al cura recostado en su cama “Voy a tener que prepararle una sopita mejor…” Benigno se negó, pero la mujer echó por tierra sus reclamos con un gesto de sus manos y partió hacia la cocina. El doctor Cifuentes llegó al poco rato, Rupano lo encontró despierto terminando de acomodar sus cosas y no tardó en acompañar al cochero. Luego de examinar al sacerdote salió de la habitación donde aguardaban Abel y Guillermina, “El padre Benigno está bien. Las monjas hicieron un buen trabajo y solo necesita que se le hagan curaciones una vez al día y reposo, para que la herida cierre lo antes posible. Cualquier incomodidad o molestia deben hacérmela saber” Guillermina asintió con gesto pedante, como si todo lo que le decía el médico, ella ya lo sabía de antemano “Así será doctor, aunque lo del reposo va a estar bien difícil…” y luego agregó dirigiéndose al cochero “…anda a dejar al doctor a su casa en el coche y después te vienes para acá a comerte esa cena que no pienso perderla” Una vez que el doctor se retiró la mujer le llevó un plato de sopa caliente al cura que la recibió resignado. La mujer se quedó parada ahí para asegurarse de que se la tomara, el cura la miró severo “¿Es que piensas quedarte ahí parada?”; “Un hombre lo estuvo esperando casi todito el día…” comentó la mujer tomando una silla, como si la hubiesen invitado a sentarse, en vez de pedirle que se fuera, luego agregó “…era el Ismael, de Casas viejas. Tómese la sopa que se le va a enfriar” El cura se echó una cucharada a la boca pensativo, pero no recordaba ningún asunto pendiente “¿Y qué quería Ismael?” Guillermina bostezaba larga y aparatosamente, “Tenía un asunto importante parece, porque se quedó aquí hasta que se le hizo tarde. Se veía bien preocupado…” Benigno se echó otra cucharada a la boca inconscientemente, la mujer continuó “…era algo relacionado con su hija, la Úrsula, ¿Se acuerda de ella? Parece que la chiquilla tuvo un hijo… o se encontró un hijo…” El cura la regañó apenas pudo tragar la sopa caliente que tenía en la boca “¡Nadie se encuentra un hijo, mujer por Dios! Claramente si encuentras un niño abandonado es hijo de alguien más” La mujer se puso en guardia “¡Tan quisquilloso que lo han de ver! Si a mí no me cree, pregúntele al Ismael entonces pues…” “Eso pienso hacer. Voy a ir a verlo lo antes posible, la juventud está cada día más descarrilada…” respondió el sacerdote, pero Guillermina le replicó de inmediato “¡Ni se le ocurra! el doctor me encargó que tenía que reposar así que nada de viajes en carreta. Además, el Ismael dijo que volvía mañana…” y luego cambiando el tono, la mujer agregó “…Oiga Padre, ¿Y quién fue el desalmado que le hizo eso? Tiene que denunciarlo a la justicia para que…” “¡Ese no es asunto tuyo!” El vozarrón del cura aparte de hacer callar en el acto a la mujer, la hizo dar un respingo, luego, el sacerdote continuó en un tono más bajo pero igual de amenazante, “Y ni se te ocurra poner a la justicia de los hombres por sobre la de Dios. Él sabe lo que hace y por qué. Y no se hable más del asunto.” La mujer, que sabía cuando había llegado al límite, solo respondió un “Como usted diga nomás pues Padre” y se retiró lo más digna que pudo, sin embargo, al poco rato se enteraba de todo de la boca de Abel Rupano, que luego de devorar la cena y dos vasos de vino, le contó todo lo que sabía y otras cosas que no, pero que eran fáciles de suponer.


León Faras.

jueves, 11 de febrero de 2016

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

III.

El Místico ya estaba listo para marchar, ya sabían lo que Rávaro deseaba y sabían dónde irían a buscarlo y para su fortuna, la ciudad Antigua no le era para nada desconocida. Aquella ciudad era la cuna de toda la sabiduría mágica dispersa por el mundo y la fuente de donde los místicos habían obtenido su conocimiento y poder desde tiempos remotos, cuando aquella ciudad estaba habitada, el río la bañaba humilde y pacífico y la selva la nutría y protegía. Ahora todo ese poder y conocimiento se había sublevado, y se había vuelto peligroso y letal para protegerse de los sentimientos destructivos que gobernaban al hombre, cuando este obtenía ese poder solo para someter a los demás y procurarse el beneficio propio más allá de lo necesario o razonable y en desmedro de los demás, conducta tan tristemente común en la naturaleza humana. Era por estos motivos que los místicos tenían prohibido bajo juramento el beneficio propio y vivían sólo con lo necesario, procurando usar sus conocimientos para servir y ayudar y no para beneficiarse de los demás. Ese juramento era el que, en este momento, obligaba al Místico no solo a evitar que Rávaro obtuviera lo que deseaba, por tratarse de un hombre cada vez más peligroso, sino también, intentar evitar que Gálbatar y quienes le acompañaban, perdieran más que la vida en ese lugar, ignorantes de a lo que se enfrentarían, porque de seguro estos no tenían ni idea de lo que se podían encontrar en la Ciudad Antigua. Por otro lado, Rodana decidió que lo mejor era hacerle una visita a su antiguo discípulo, Rávaro, pues, se hacía necesario saber qué estaba planeando.

Idalia cayó libremente, y su entrada al agua fue limpia, sumergiéndose de inmediato y a gran profundidad. Efectivamente allí donde había caído había un foso de enormes dimensiones cubierto por el río que pasaba sobre él, pero en cuanto entró allí, se dio cuenta de que ese no era un lugar normal, porque el río pasaba por encima sin ingresar, lo que significa que Idalia atravesó el río de lado a lado sin nunca tocar el fondo. Con la velocidad de la caída, ella había salido por debajo, llegando a un punto en medio del foso donde finalmente se detuvo, quedándose extrañamente suspendida en un ambiente muy parecido al agua pero que ciertamente no era agua, pues este no le impedía respirar. Estaba rodeada de paredes de roca sólida que descendían hasta que la oscuridad se volvía absoluta, mientras que sobre ella, a regular distancia, el agua del río corría, mansa y silenciosa bajo un cielo azul iluminado por el sol. Una vez en ese lugar, Idalia no sabía qué hacer o adonde ir, si buscar la superficie o descender hasta la oscuridad, de pronto, una pequeña luz se encendió. Un pequeño punto luminoso, adherido a la pared apareció, y comenzó a moverse, otros cuantos se veían encendidos más al fondo, pequeños y lejanos como estrellas, el primero se fue acercando, la mujer trató de hablar pero su voz salió inaudible, a pesar de que podía respirar sin problemas, su voz se apagaba antes de salir, entonces intentó moverse, aquello era fácil, desplazarse le costó un poco más, como si estuviera en el agua, algunos aleteos con pies y manos y logró un buen impulso que por poco la hace chocar cara a cara con aquella fuente de luz, esta retrocedió ágilmente para evitar el contacto y luego se volvió a acercar, curiosa. Ambos parecían totalmente incrédulos de lo que veían. Aquella fuente de luz era una especie de criatura aparentemente artificial, tenía la cabeza de cristal, esférica y con una salida superior a modo de chimenea, pues en su interior ardía una llama, no más grande que la producida por una vela, Idalia podía ver en el interior de aquel ser, a través del cristal, un complicado sistema de piezas de metal que se movían a distintas velocidades y sentidos pero todas siguiendo una única coordinación, un orden coherente, en frente, tenía una grieta por la que parecía observarla, muy similar a la de la escultura de metal que la había hecho caer allí. La mujer, curiosa, comenzó a girarse para estudiarla y la criaturita la imitó, pronto, ambos estaban invertidos pero sin ninguna diferencia, ella no sentía estar cabeza abajo y la llama seguía ardiendo con total normalidad, pero apuntando hacia el fondo del foso, como si este fuera la superficie, como si no hubiera un arriba y un abajo establecido. En ese momento, la criatura mecánica se dio la vuelta con la gracia de un bonito pez en un acuario y se alejó rumbo a la oscuridad, Idalia notó que tenía cuatro aletas que abría y cerraba para direccionarse y un pequeño tubo en la barriga que lo impulsaba como una turbina. El fondo del foso parecía un cielo estrellado y la pequeña luz de la criatura desapareció en él. La mujer maldita dio un suspiro, confundida y aún renuente, decidió seguirla a pesar de que las lucecillas estaban tan lejanas que parecían no acercarse nunca y más temprano que tarde se dio cuenta de que nunca las alcanzaría, porque aquellas luces eran efectivamente estrellas en un cielo nocturno, que Idalia contempló maravillada luego de cruzar nuevamente el río y encontrarse con que la ciudad estaba allí, hermosa, imponente e iluminada, con el puente completo e intacto, que pasaba por encima de la selva, una selva viva que se detenía contenida por el muro, el muro que ella había cruzado antes, pero que ahora estaba completo, y rodeaba a toda la ciudad.

Mientras Gíbrida y Bolo ya subían al Escorpión, Gálbatar caminaba más atrás acompañado de Rávaro, estos pasaron junto a la Bestia que aun continuaba tirada en el patio donde mismo la había visto al llegar, estaba custodiada por algunos soldados mientras un hombre muy obeso trataba, con gran esfuerzo y un poco de repugnancia, de meterle el contenido de una botella en el hocico para que lo bebiera, el alquimista preguntó que a qué clase de tortura había sido sometida para que aun estuviera tirada sin reacción alguna, ya que el “Quebranta espíritus” aparte de generar niveles de dolor espantosos, no podía producir daño físico alguno. Rávaro le explicó que el aparato de tortura había sido implantado solo como precaución para cuando despertara, porque la Bestia al liberarse, había dejado varios muertos y casi la mitad de su ejército malherido, pero que quien la había vencido hasta dejarla en ese estado, había sido un enano de rocas, Gálbatar replicó casi ofendido si es que le estaba tomando el pelo, Rávaro guardó silencio unos segundos inseguro, pues el comentario venía de un hombre totalmente lampiño, pero luego aseguró que lo que decía era cierto y los guardias allí presentes, ratificaron la historia. El Alquimista, aun incrédulo, preguntó si se trataba de un enano de rocas especialmente grande y ante la enérgica negativa de los allí presentes pidió verlo ya que aquellas criaturas le provocaban gran interés, Rávaro respondió entusiasmado que hasta podía llevárselo, si eso le complacía, pues solo podía mantenerlo encerrado, ya que ni siquiera con un “Quebranta espíritus” podría dominar a una criatura como esa y envió a algunos hombres a buscarlo, mientras él le narraba los increíbles hechos de aquel tan singular combate. Los soldados tardaron más de la cuenta, debido a que, tal como lo había hecho antes, el enano había salido de su celda pasando a través de los barrotes de una en una las piedras de su cuerpo y luego había bajado por las escaleras hasta encontrar lo que había vuelto a buscar: Su ojo, su piedra primaria, la que había perdido en su huida con Lorna y que ya se desprendía de su cuerpo, pues había llegado el momento de generar la existencia de un nuevo enano de rocas, situación que le apremiaba. Con gran alivio, lo encontraron allí mismo, hecho un pequeño cúmulo informe de rocas, que con mucha precaución y no poco esfuerzo metieron en una caja y entregaron a Gálbatar.

Mientras el Escorpión se alejaba de la ciénaga y del castillo de Rávaro, Gálbatar en su interior, escribía una pequeña nota de papel dirigida a un tal Licandro, para que llevara la Barcaza y se reuniera con ellos en el llamado “Valle de las mellizas” un bonito aunque árido paraje llamado así por la existencia de dos rocas de buen tamaño bastante similares entre sí. También le exigió que le trajera sus mapas. Terminada la nota, la puso en la pata de un ave que luego liberó. Una vez hecho esto, repitió todo el proceso. Siempre dos aves eran mejor que una.


León Faras.

sábado, 23 de enero de 2016

El Circo de rarezas de Cornelio Morris.

XII.

Román Ibáñez, desnudo de la cintura para arriba, se lavaba la cara enérgicamente cuando una voz a su espalda lo hizo sobresaltarse, se volteó con los ojos abiertos como platos y las venas de su frente a punto de reventarse. El nerviosismo del enano era más que evidente y Charlie Conde lo notó de inmediato. “¿Es cierto lo que los hombres hablan del pobre de Braulio?” la muerte del “Cometodo” era el tema obligado entre los trabajadores que habían debido sepultar el cadáver y limpiar la jaula. El enano continuó lavándose las axilas, “¡Y qué sé yo!, seguro debe haber muerto de tanto comer basura” “Ah…” respondió Conde con satisfacción poco disimulada “…entonces ya sabes que está muerto…” el enano se dio cuenta de que se había delatado inmediatamente, con resaca era más difícil ser astuto “¡Maldita sea!” murmuró. Cogió una toalla y comenzó a secarse. En el fondo, Charlie Conde no le caía tan mal, en algún momento habían sido casi amigos, solo lo detestaba porque lo consideraba como el “perro faldero” de Cornelio, “Te mandó tu jefe a buscarme, ¿verdad?” Conde hizo una fea mueca que podría interpretarse como suspicacia, “¿Y por qué habría de hacerlo?, ¿Acaso tuviste algo que ver?” Román lanzó la toalla a un lado frustrado, ya comenzaba a sentirse como un idiota que hablaba demás, “No…” respondió escuetamente, Charlie continuó “Los hombres dicen que su cuerpo parecía un esqueleto…” El enano le lanzó una mirada a los ojos, Conde continuó “…pero no es posible que se haya descompuesto tan rápido…” “¿Y por qué me vienes con esto a mí?” preguntó Román, volteándose hacia un sucio espejo para abrocharse la camisa, Conde lo miraba a través de este “Tú estuviste ahí, ¿no? dejaste una botella vacía junto a la jaula de Braulio” El enano ya estaba malhumorado, producto en parte por su resaca y en parte por el interrogatorio, se le acercó francamente cansado de la conversación “¿Quieres saberlo? ese pobre diablo estaba tan famélico como cuando llegó, yo lo vi, y ¿Quieres saber lo que creo? Creo que nunca comió nada ni nunca engordó un gramo, murió más hambriento que cuando llegó. Creo que todo es una mentira, un truco, Mustafá, esa horrible joroba tuya que cargas, la asquerosa obesidad de Braulio, todo. Aunque al parecer solo la muerte tiene el poder de liberarnos…” Charlie Conde se había quedado estupefacto luego de oír aquello, esa era una idea que no se le había pasado por la mente, miraba sin ver, pensando, por primera vez sentía una esperanza remota, una tabla flotando en medio del océano, una oportunidad de volver a ser el hombre que alguna vez fue. Román continuó mientras volvía al espejo para terminar de vestirse, seguro de haber causado una fuerte impresión en su interlocutor “…Ahora ya puedes salir corriendo a contarle a Cornelio lo que pienso, seguro estará muy interesado…” esto último lo dijo en realidad sin esperar que Conde hiciera algo, pero mucho menos pensando que Cornelio Morris aparecería en ese mismo momento tras él, luego de haber escuchado todo “En eso tienes razón enano… muy interesantes conclusiones a las que has llegado…” Román se volteó incrédulo, realmente Charlie Conde no le despertaba ninguna simpatía, pero de ninguna manera se esperaba una jugada tan sucia y desleal como hacerlo hablar mientras su jefe oía todo escondido. Morris continuó, “...y si no fuera por los buenos beneficios que me da Mustafá, ahora mismo te daría el gusto de que comprobaras en carne propia si es cierto que tu muerte te liberaría…” El enano solo pudo sentir en ese momento una rabia contenida por la traición de Conde, la sucia pero astuta jugada de Morris y sobre todo por su propia estupidez de caer en ella, esa rabia lo hacía sentirse capaz y dispuesto a, primero, soportar las consecuencias que se le vendrían, que ni siquiera podía imaginar y segundo, a planear la más cruel y dolorosa venganza, aunque aquello le tomara lo que le quedara de vida, pero por otro lado, ahora sabía que lo que había descubierto era verdadero, que estaba en lo correcto o Morris no se hubiera ni siquiera molestado en prepararle esa encerrona. La muerte de Braulio lo había dejado en evidencia y para Cornelio Morris aquello era riesgoso. Pero de los tres el único sorprendido era Conde, ahora recién comprendía por qué su jefe lo había enviado a sacarle información al enano y no era solo por la constante hostilidad entre ambos, como él había supuesto en un principio, había algo mucho más importante, algo que le había calado profundamente y que le devolvía una fuente de poder tan poderosa como peligrosa que no sentía en años: La esperanza. Román estaba atrapado, y solo le quedaba mostrarse desafiante, firme hasta donde pudiera sin dar pie atrás, “Dije que al parecer solo la muerte podía liberarnos, pero no hablaba de mi muerte…” Cornelio lo miró maravillado, la osadía de ese pequeño hombrecito casi le causaba gracia “¿Es que acaso te refieres a mi muerte?” el enano solo respondió con una mirada cargada de ira, entonces Morris metió una mano bajo su abrigo y sacó de allí un precioso revólver Colt calibre 45 con el que apuntó a Román directo entre los ojos, este retrocedió alarmado y con la mirada bizca en la boca del cañón, pero Cornelio, con un movimiento rápido y hábil, hizo girar el arma ofreciéndosela por el mango, “Solo una bala enano. Te recomiendo el blanco más seguro” el enano dudó, desconfiado e incrédulo, la tomó con toda la precaución del mundo, era pesada y sus manos pequeñas apenas podían sujetarla y alcanzar el gatillo al mismo tiempo, aquello divertía a Cornelio quien abrió los brazos como ofreciéndose para que le disparara, Román tiró el martillo del arma hasta atrás y la levantó apuntándole a la cabeza, trataba de mostrarse seguro aunque los segundos pasaban y no se decidía a disparar, entonces en el último segundo, movió el arma a un lado y le descerrajó un tiro en el pecho a Charlie Conde quien voló un poco más de un metro antes de estrellarse aparatosamente contra el suelo y quedar allí tendido, Cornelio se volvió a mirar sorprendido a este último y luego de vuelta al enano, “Pero… ¿qué has hecho? has desperdiciado tu única bala…”

Román Ibáñez le hubiese disparado gustoso y sin dudar a Cornelio justo en la cabeza de haber creído que podía, pero era tan evidente que había un truco de por medio, que se negó a caer en él, sin embargo, para Morris el único truco era jugar con las apariencias, con la fanfarronería, como cuando se juega a las cartas y se engaña a los rivales presumiendo una mano mejor que la que se tiene. La bala sí podía haberlo matado y acabar con todo de una vez, pues dentro de todo, Cornelio Morris seguía siendo un hombre, y era precisamente aquello lo que le brindaba la mayor satisfacción, el engaño, ser capaz de apostarlo todo y ganar siempre, solo basado en lo que los demás pensaban de él, en el miedo y respeto que le tenían, confiado en el poder que los demás le daban, no obstante, la muerte de Conde lo había tomado totalmente por sorpresa, pues la mejor jugada de Román era el suicidio, matarse lo liberaba de su contrato, de su condena y de su castigo, pero había elegido quedarse, y había que reconocer que el enano era valiente.


El cuerpo de Charlie Conde era prácticamente irreconocible, no porque hubiera resultado dañado por el disparo, sino que porque era un hombre totalmente normal, su grotesca joroba había desaparecido y su rostro se había liberado de los horribles gestos y cicatrices que lo deformaban. Los hermanos Monje llegaron en ese momento alertados por el disparo, Román aún tenía el arma en su mano y observaba el cadáver con satisfacción, su teoría había sido comprobada, la ilusión se había desvanecido. “Llévenlo con Mustafá, no saldrá de ahí hasta que yo diga” ordenó Cornelio y los mellizos, como si de uno de sus actos se tratara, en menos de un segundo ya habían tomado y desarmado al enano y se lo llevaron colgando como a un muñeco que sonreía. Morris observó el cuerpo de Charlie Conde, casi había olvidado cómo se veía el día en que lo encontró, deseoso de acabar con la vida del hombre que había arruinado la suya y acabado con la de su familia, su propio padre. Cornelio le ayudó, el padre de Charlie agonizó dolorosamente diecisiete días antes de morir, pero antes, le hizo firmar a este un contrato advirtiéndole que cargaría con esa muerte el resto de su vida, Conde pensó que sería en su conciencia, jamás imaginó que sería sobre su espalda. Como fuera, ahora Charlie Conde conseguiría en parte lo que tanto había anhelado, terminar su vida en el mar. La mar estaba alta y los acantilados cerca. Cuando regresaron los hermanos Monje, ellos mismos se encargaron de arrojar su cadáver al océano.

León Faras.

domingo, 3 de enero de 2016

Zaida.

III.

La noche ya estaba bien entrada cuando Badú llegó tirando de su asno hasta un nuevo refugio donde pasar la noche antes de llegar al monasterio, la pequeña Zaida envuelta en su piel, luchaba por no caerse del asno víctima del sueño y el cansancio. El refugio era una pequeña pagoda escoltada por un árbol de madera dura y grisácea que parecía completamente seco, pero que en primavera renacía hermosamente. El lugar estaba destinado igualmente a la oración y el agradecimiento, como para la pernoctación de los pocos viajeros que llegaban hasta allí, estaba ubicado en una saliente de roca sólida terminada en punta y cortada verticalmente, regado constantemente por un hilo de agua que caía siguiendo una ruta milenaria, una bonita y gruesa balaustrada de madera que parecía casi tan vieja como la montaña, evitaba los accidentes mortales. Parado en aquel lugar, se podía apreciar con claridad la infinitud del universo. El monje bajó a la niña y la acomodó en un rincón, luego se arrodilló frente al altar y oró brevemente en silencio, dando gracias y pidiendo bendiciones, una vez terminado esto, volvió a salir a descargar al asno, entrar las provisiones y encender un fuego dentro del templo para calentarse “Voy por agua pequeña Zadí, un poco de té nos caerá bien a los dos en esta noche fría.” Para cuando Badú regresó, la niña ya dormía profundamente. El viejo preparó su té con cuidado y dedicación absoluta, como si se tratara de una labor sumamente delicada, y de la misma forma lo bebió. Mientras saboreaba el amargor de su té, Badú pensaba en las palabras de Missa Samada y en la misión que aquella le había encargado, no dudaba ni por un segundo de estas, pero no estaba seguro de haber comprendido bien a lo que se refería, preparar a la niña para luchar en una guerra siendo que aun la pequeña debía crecer, desarrollarse y hacerse fuerte, era hablar de una guerra muy larga. Luego recordó al hombre del puente, nunca había oído hablar de esa “Doncella ensangrentada” a la cual dijo que servía y no acababa de comprender por qué razón le había ayudado atacando a quien se suponía, era su propio líder.

Con las primeras luces del alba, reanudaron su camino luego de desayunar.

El camino era angosto, tanto que dos asnos no cabían en él. Zaida observaba con curiosidad la pendiente a un lado, que a veces era bastante profunda y pronunciada y luego las montañas al otro, imponentes e inmortales, pero aquello no le asustaba, para la niña, todo eso era familiar, conocido, era una extensión del mundo en el que había nacido, lo que sí le sorprendió, fue la aparición súbita del monasterio frente a sus ojos, la construcción humana más grande que jamás ella había visto. Luego de un pequeño, pero sólido puente de roca que saltaba una profunda fractura en la montaña, había un pequeño valle encajonado, con una suave pendiente y cubierto de una tierra dura que en primavera se alfombraba de hierba, en el fondo, pegado a las paredes verticales de la montaña que lo custodiaba y protegía, se erguía el monasterio, un edificio construido sobre una gran plataforma hecha de piedras hábilmente apiladas de forma que fuera una superficie perfectamente angular y nivelada, su forma, era geométricamente simple, pero imponente como una fortaleza y hermoso como una escultura. Era un edificio muy angosto comparado con su altura, que cubría toda la pared de la montaña como si de un gran muro se tratara, en su base se veían numerosas entradas con forma de arco, aparentemente estrechas y separadas por anchos pilares que sostenían el peso de la estructura, en ambos extremos, pegada a la pared se erguía una torrecilla que subía hasta superar la altura del edificio y de las cuales se podía acceder al techo de este, y recorrerlo en todo su largo por un pasillo especialmente construido para ello, al medio, un gran torreón de base cuadrada sobresalía hacia delante y se erguía por sobre todo lo demás, rematado de forma abrupta, en una amplia superficie plana de roca, sin pendiente ni protección de ningún tipo, apta solo para quienes desean entrenar la fe y la confianza en sí mismo y en las divinidades que le protegen, pues el solo hecho de pararse allí, ya era de por sí una experiencia atemorizante, pues hasta la brisa más suave parecía querer impulsarte al vacío. Todo el edificio estaba cubierto de numerosas y diminutas ventanillas, que hacían posible suponer el número de niveles que este tenía y la buena cantidad de habitaciones existentes. “He aquí el Monasterio de Missa Pandur, pequeña Zadí…” dijo Badú dirigiéndole una mirada de satisfacción a la niña, debido al asombro indisimulable con el que esta aun observaba desde sobre el asno, y luego agregó “…está lejos, ¿verdad? Eso es porque se requiere de una verdadera intensión para llegar hasta aquí y vocación para quedarse. Todos pueden venir, pero no todos lo harán.”

197 monjes vivían en Missa Pandur, incluyendo a hombres jóvenes, ancianos y niños, todos ellos eran monjes, con mayor o menor experiencia, pero todos lo eran desde el primer día y lo serían hasta el último de sus vidas. Todos, hasta el más anciano, era un aprendiz y todos, hasta el más novato, era un maestro, pues la sabiduría era universal y estaba en todas las edades y toda sabiduría debía ser bien recibida, pero esto no despojaba al más antiguo de su autoridad sobre el más joven ni le excluía del respeto con el que debía retribuir dicha autoridad.

El día se había abierto espléndidamente y el sol del medio día iluminaba casi por completo el pequeño valle. A un costado, la pendiente se acentuaba, y descendía largamente hasta aterrizar en un plano amplio antes de chocar con el vacío, todo aquel sitio estaba destinado a la producción de cebada, cuyo riego y cuidado era individual, semilla por semilla y planta por planta. En aquel momento, no había monjes trabajando la tierra, pero la niña notó que en medio del huerto había una roca y sobre esta, un hombre joven oraba solitario y abstraído a pleno sol, a ojos foráneos, aquello parecía un castigo, un hombre obligado a permanecer allí para enmendar una falta, como cuando la pequeña hacía algo indebido y su madre la obligaba a quedarse sentada en un rincón, en silencio y quieta, cosa que le era imposible, pues sus píes pronto comenzaban a moverse golpeando las patas del taburete, y de su boca, las palabras parecían salir solas, excusándose o preguntando cuánto tiempo debía permanecer allí, aunque ahora, quedarse quieta y en silencio no le parecía tan difícil. Badú pronto notó su interés, “Él está trabajando en el campo en este momento, pero no con sus manos, pequeña Zadí…” explicó el monje “…sino con su corazón, con su mente y con su espíritu. Su labor es tan importante para la prosperidad del campo, como el agua o el sol.” La niña comprendió las palabras pero no a qué se referían, en aquel momento, el hombre sobre la roca sonreía suavemente, pues en su imaginación el huerto rebosaba de vida, todas las plantas y sus granos crecían hermosos y vigorosos, los monjes los cosechaban entre risas de satisfacción, podía sentirlos entre sus manos, olerlos o incluso saborearlos, y todo aquello lo hacía sentirse feliz y agradecido.

León Faras.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XXI.

Cuando el general Rodas llegó, Siandro y Zaida observaban cómo los primeros focos de incendio aparecían en la ciudad, “Están quemando la ciudad con nuestras propias antorchas, tal vez no debiste dejárselas servidas” dijo el joven monarca de Cízarin con un tono de reproche, la vieja ni lo miró para responderle, “¿Crees que el ejército invasor se hubiese confiado y adentrado en una ciudad a oscuras?...” y luego alzando la voz agregó “¿Alguna novedad general?” pero al dirigirle la mirada, su expresión cambió por completo, “¿Qué es esto, general?” Rodas y sus hombres traían prisionero a Darco, el enorme soldado de Rimos con la mirada bizca y el cuerpo aun cubierto de flechas, “Pensé que le interesaría ver esto, mi señora” dijo Rodas, al tiempo que retiraba una nueva saeta del cuerpo del prisionero, y la monstruosa cicatrización se volvía a repetir, Siandro hizo una mueca de asco e incredulidad, mientras Zaida respiraba hondo antes de responder, “Entonces es cierto…” La mujer ya había recibido un par de informes de boca de algunos soldados, que hablaban de una antinatural habilidad del enemigo para recuperarse rápidamente de heridas, ciertamente mortales, pero al verlo, todo cambiaba repentinamente, las palabras se volvían hechos, y las decisiones debían ser tomadas de acuerdo a estos. Darco fue llevado a una celda mientras Zaida se quedaba meditando unos segundos, “General Rodas, vamos a quemar los puentes, excepto el principal, de esa manera centraremos nuestras fuerzas y controlaremos su avance.” “¿Los caballos mueren… o es que también las bestias poseen esta extraña habilidad?” preguntó Siandro, quien oía atentamente desde donde estaba parado “Los caballos sí mueren mí señor” respondió Rodas de inmediato, Zaida le dio una mirada de aprobación al joven monarca, “Bien pensado, su alteza…” dijo, y agregó dirigiéndose a Rodas “...atacaremos a hombres y bestias por igual… aunque después de ver esto, no sé si sea lo más correcto hablar de… hombres”

Una vez que el general se retiró, Zaida llamó a uno de sus soldados que poseía un cuerno “Da la señal” le dijo y este se retiró, luego ordenó a su grupo que montara, una vez que los puentes ardieran, deberían centrar sus fuerzas en el principal, Siandro y su guardia personal permanecieron donde estaban, tras la mirada de la vieja, este respondió “Ya te dije que no correré tras ellos, si me quieren, que vengan por mí…” Zaida hizo una pequeña reverencia desde su caballo y ordenó el avance de sus hombres, poco convencida aun, de las supuestas habilidades para luchar de las que presumía su nieto y rey.

Los hombres de Rimos pronto se dieron cuenta de que mantener el grupo unido en la ciudad sería imposible a menos que pudieran regresar al camino principal, pero ya estaban tan divididos que aquella idea quedaba descartada, las calles se angostaban y se dividían sin cesar como ramas de un árbol, disgregando al ejército cada vez más que sencillamente no cabía en ellas, al rey Nivardo entonces no le quedó más remedio que cambiar la batalla a “De hombre a hombre” por donde un ejército no puede pasar, un hombre sí puede y además hacerlo rápido, si el grupo no podía mantenerse unido, entonces se separaría por completo, cogió una antorcha del camino y la lanzó a un establo cercano el cual se encendió rápidamente “¡Sepárense, quemen todo, arrasen con todo! ¡No olviden que son inmortales! ¡Los inmortales de Rimos!” El rey avanzó al galope por las callejuelas vacías seguido de un grupo cada vez más pequeño de hombres, el caos a lo lejos se oía cómo comenzaba a propagarse junto con el fuego, luego Nivardo se detuvo, un grueso brazo del río Jazza les cortaba el paso, Ranta se bajó de un salto, aun compartía el caballo de Vanter, desenvainó su espada y escudriñó el lugar, la rivera del río era angosta para los caballos, el puente más cercano estaba a varios metros y en llamas, con seguridad, los hombres de Cízarin estaban prendiendo fuego a sus propios puentes para cortarles el paso, deberían regresar para buscar otra forma de pasar, ayudado de una antorcha que uno de los hombres traía, buscó otro camino, otra callejuela oscura, a un par de metros en el interior de una de estas, encontró una cuerda tensada a veinte centímetros del suelo, demasiado obvia para un hombre pero efectiva para un tropel de jinetes, y más allá, una porción del camino cubierta con una delgada tela oscura, “Un foso…” pensó Ranta, dio un paso con cuidado de no tocar la cuerda tensada para echarle un ojo a la trampa, pero al hacerlo, sintió la resistencia de algo finísimo bajo su pie que inmediatamente se cortó, Ranta comprendió que había mordido el anzuelo, desesperado, levantó la antorcha pero no vio nada, entonces se volteó, “Oh mier…” su grosería quedó inconclusa, un tronco liberado lo golpeó en el pecho como un puño gigante y lo arrojó al medio de la trampa. No importa cuánto se conozca sobre el funcionamiento de esa trampa, siempre te sorprende y siempre por detrás.

Cuándo sus compañeros se acercaron a verle, lo encontraron tendido de espalda sobre el piso, varias puntas de madera se asomaban saliendo de su cuerpo, además de una alojada en la base de su cráneo que le mantenía la cabeza ligeramente levantada, aquella trampa no era un foso, apenas un bajo excavado en el camino para que las cortas y agudas puntas de madera quedaran disimuladas a ras de suelo. Pero Ranta estaba vivo. Sus ojos, muy abiertos, se mantenían fijos en un punto indeterminado, su boca se movía sin parar, como haciendo un gran esfuerzo por hablar, o tal vez, presa de un temblor incontenible, también sus miembros se movían, aunque eran movimientos estériles sin ninguna intención de conseguir algo. Los soldados lo miraban como quien ve a una presa, que luego de ser cazada, ha quedado en demasiado mal estado para ser comida, Vanter le dio una palmada en el brazo a un compañero para que le ayudara a sacarlo de ahí, “Vamos, es un inmortal también, ¿no?” entre los dos lo tomaron y no sin un esfuerzo considerable lo sacaron de ahí, como era de esperarse, sus heridas se taparon de inmediato y comenzaron a enraizarse, lo pusieron de pie y lo sujetaron hasta que pudo sostenerse por sí solo, pero Ranta ya no era el mismo, era un completo idiota, un idiota que en su primer intento por caminar se golpeó contra una pared y luego echó a andar de nuevo contra las púas de donde lo habían sacado, aquello ponía en serias dudas el beneficio de la inmortalidad para esos hombres, pues volvían a sentirse vulnerables, eran inmortales, no cabía duda, pero el estado de Ranta, para muchos era peor que la muerte, era una muerte en vida. Nivardo, que observaba aun desde su caballo, notó ese peligroso sentimiento en sus soldados y les ordenó montar, “¡Déjenlo ya! la herida en su cabeza fue demasiado profunda. Tenemos un reino que tomar.” El rey echó a correr hasta encontrar un nuevo camino por el que fue seguido por sus hombres, una chiquilla que corría aterrada apenas alcanzó a pegarse a la pared para que el tropel de jinetes pasara sin tocarla. En un nuevo giro, el grupo quedó frente al otero de Cízarin, sobre el cual se veía claramente un gran fuego que ardía, “Una almenara…” dijo el rey, y agregó “…están llamando refuerzos, pero ¿A quiénes?”En ese momento una lluvia de flechas les cayó desde los tejados, la elección del camino había sido mala, no tenían salida y si se quedaban ahí iban a ser acribillados, entonces le dieron de golpes a una puerta hasta que esta cedió, el primer hombre en entrar recibió un golpe en la cabeza que lo aturdió de inmediato, los otros ingresaron sin problemas, en el interior, una mujer enorme montaba guardia con un garrote “Tráenos agua mujer, tengo sed” dijo un soldado, otro que hacía buen esfuerzo por alcanzarse una flecha en su omóplato agregó “O vino sería mejor, si tienes” otro soldado echaba un ojo por las rendijas de la ventana y otro veía con incredulidad como su rey había resultado herido y sangraba de la parte frontal del hombro. El que había recibido el golpe en la cabeza, ya se ponía de pie, sobándose enérgicamente. Pronto todos notaron que su rey no era un inmortal como ellos, “Señor, usted no bebió de la fuente, ¿verdad?” “No…” respondió este con severidad “…era mi hijo quien debía estar aquí…” Un buen ruido de jinetes se oyó aproximarse y los hombres decidieron refugiarse en la parte alta de la casa. En ese lugar se escondía un buen número solo de mujeres, armadas con palos y utensilios de cocina principalmente, Nivardo de pronto reparó en una de ellas “Tú… yo te conozco… tú eres la criada que atiende a la mujer de mi hijo, ¿Qué demonios estás haciendo aquí?” Para Nila encontrarse al rey de Rimos también era una sorpresa, ella no sabía nada de lo ocurrido con Ovardo.

Solo dos hombres se encargaban de llevar a Darco atado de manos a una celda, solo dos hombres, para un soldado enorme, experimentado, hábil luchador y además inmortal. Un codazo brutal en el rostro de uno de sus custodios arrojó a este al suelo sangrando de la nariz, el otro desenvainó su espada pero Darco la tomó con ambas manos por el filo, ni una gota de sangre brotó de estas, luego le descargó un rodillazo en el vientre y lo remató con un golpe certero con la cacha de su misma espada en la nuca. Segundos después, Darco estaba libre y armado y los dos hombres que lo llevaban, muertos.



León Faras.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

VI.

Ulises entró al café de Octavio con una mueca de auténtica incredulidad en los labios, “¿Cómo ha sucedido tan rápido? Mírate, no te borrarían la sonrisa del rostro ni con una bofetada, igual que Bernarda” “¿En serio?” respondió Octavio y su sonrisa se volvió más amplia y más boba, “¿Ustedes le ayudaron, verdad?” continuó Ulises dirigiéndose a Alamiro que sostenía su vaso de vino blanco y a Diógenes que sacada un cigarrillo, “Lo hizo él solo” respondió este último antes de acercar la llama a su boca, “Yo estoy igual de admirado que tú…” dijo Alamiro secando su vaso de un trago, y luego de apretar los dientes y exhalar el aire producto del alcohol ingerido, agregó, “…y me alegro mucho por nuestro amigo” “Pues no es que no me alegre la felicidad tuya, hombre…” replicó Ulises aun sin entender qué pasaba “…pero es que aún no me dices qué es lo que has hecho para que ambos anden ilusionados y flotando en los aires, como un par de chiquillos que parecen enamorarse por primera vez” Octavio respondió rascándose la cabeza “Pues solo le he preguntado si quería… si podía, cenar conmigo esta noche, aquí, en la cafetería…” “¿Y qué más?” pregunto Ulises aun insatisfecho, ante la atenta mirada de Alamiro y Diógenes que seguían la conversación expectantes y en silencio “Nada más… me ha dicho que sí y hemos quedado a las ocho”; “¿Solo eso?” insistió Ulises, “Sí, solo eso” respondió Octavio que en ese momento sentía todo el peso que sentiría un muchacho enfrentándose a su suegro por primera vez, a pesar, de que su suegro también era su amigo desde hace ya varios años, “Yo creo que esa cita ya la estaban esperando ambos desde que se conocieron, y solo faltaba que uno de los dos actuara, para que todo se diera así de fácil…” remató Diógenes observando su cigarrillo como si le hablara a este, y ante el silencio de los demás, agregó, “…exactamente igual me sucedió a mí con mi primera mujer” “¿Dijiste a las ocho?” preguntó Ulises más satisfecho, y ante la afirmación del camarero agregó “Pues será mejor que vayamos cerrando este lugar y preparándolo todo, hay que limpiar y ordenar para que des la mejor impresión” “Yo voy a conseguir un traje con mi suegro que es más o menos de la misma talla…” dijo Alamiro diligente, pero Diógenes lo detuvo, “Pero si tu suegro tiene tantos años que seguro su ropa ya se cae a pedazos. Lo que tú quieres es salir huyendo” “Pero miren al burro hablando de orejas…” replicó Alamiro al tiempo que Ulises ponía orden “Ustedes dos van a dejar todo limpio aquí, yo con Octavio nos encargaremos de lo que falte para la cena. El traje lo veremos luego”


Sin padres que se encargaran de él, Alberto había sido entregado a su tía Berta, la hermana mayor de su madre, una mujer flaca y solterona con el carácter agrio que forja la frustración auto impuesta, una mujer religiosa que condenaba los sueños como si fueran pecados de soberbia y avaricia, una mujer orgullosa de seguir y predicar la versión más rígida y castrante de la fe, una mujer que miraba el buen humor y la risa como libertinaje y al llanto como incompetencia. Una mujer con la que Alberto, no duró mucho tiempo. El niño prefirió ampliamente huir a quedarse en el ambiente sólido, aseado y vacío de la casa de su tía, esta tampoco jamás lo buscó, totalmente convencida de que eran las autoridades las encargadas de traerlo de vuelta y no ella, aunque sabía perfectamente dónde el niño estaría. Alberto regresó a la casucha donde vivía con su madre, entró por una ventana y se quedó allí algunos días hasta que una vecina lo encontró y con la ayuda de otros vecinos lo ayudaron, lo asearon y lo alimentaron. Más temprano que tarde, Alberto volvió a ser el niño que era, inteligente y despierto, se adueñó del barrio rápidamente, comía un día aquí y el otro allá, aunque indefectiblemente siempre dormía en su casa, solo, mirando la mancha seca de sangre en el piso hasta que se le cerraban los ojos. Durante el día, el chico cumplía los mandatos de una vecina y luego se encargaba de cuidar a los pequeños de otra, lo mandaban a comprar todo tipo de cosas o incluso a dejar recados de jóvenes enamorados, nunca decía que no aunque estuviera a mitad de un juego con los otros niños, nunca decía que no, excepto, cuando Diana quería enseñarle a leer. Diana era una joven que vivía en el barrio, tenía un problema de obesidad controlado a medias aunque su real apetito era por los libros y la lectura. Alberto no podía negar ni ocultar la enorme curiosidad que le provocaban las historias que Diana le leía, viajes en barco que alcanzaban tierras lejanas y antiguas, seres fantásticos que llevaban a cabo hazañas sobrehumanas, pequeños trozos de tierra en medio del océano donde cohabitaban la riqueza y el peligro mortal, todo era tan interesante y nuevo que el muchacho ponía todo su interés en lo que oía, pero cuando la joven le ofrecía enseñarle para que pudiera leer lo que quisiera y cuando quisiera, el niño se negaba como a un perro viejo que quieren meter al agua para darle su primer baño, pues decía que jamás podría hacerlo, que él no era inteligente como ella y que con solo ver una página de un libro, se daba cuenta de lo extremadamente difícil que era y solo pensar en el resto de las páginas, se le hacía una tarea imposible. De escribir, ni hablar.

Ahora estaban allí, Estela le había pedido a Alberto que la llevara a su casa para conocerla y el muchacho accedió sin trabas, pues ambos ya se aceptaban como hermanos y la curiosidad por conocerse más, era mutua. Para Estela, la casucha dónde vivía Alberto no era muy diferente del lugar dónde ella vivió con sus padres, al igual que el barrio y los vecinos, eso los hacía empatizar y los unía como si hubiesen compartido la misma infancia, con situaciones similares y en escenarios parecidos, por lo tanto, podían comprenderse fácil y libremente. Se sentaron fuera de la casa bajo la fresca sombra de un pimiento a planear lo que sería su viaje al psiquiátrico y compartir algunos dulces que Estela había guardado, de vez en cuando algún vecino pasaba por ahí saludando al muchacho y a su joven acompañante antes de seguir su camino. Todos los vecinos saludaban al muchacho. En ese momento Diana pasó por allí y se detuvo a saludar, como era de esperarse, traía un libro bajo el brazo, “¿No me vas a presentar a tu amiga?” “Ella es Estela…” dijo el muchacho levemente incómodo por tener que presentar a alguien, cosa que nunca antes le había tocado hacer, y agregó “…ella no es mi amiga, es mi hermana” Aquello último, llenó de un inesperado orgullo a Estela lo mismo que de sorpresa a Diana “No sabía que tuvieras una hermana…” Estela replicó con una sonrisa satisfecha “Pues nosotros tampoco, hace muy poco tiempo nos dimos cuenta de que su papá y el mío, son el mismo…” “Vaya…” dijo Diana, “…pues ha sido una bonita coincidencia que se encontraran y se conocieran” “Es cierto” contestó Estela. “¿Traes un libro nuevo?” preguntó Alberto, “No, no es un libro nuevo, lo leí hace mucho pero hoy casi se me abalanzó encima en la biblioteca para que me lo trajera” respondió Diana alegremente, “¿Y de qué se trata?” preguntó Estela curiosa, “Es de dos niños que un día se encuentran y siendo de padres diferentes, son iguales como gemelos, solo que uno es inmensamente rico y el otro pobre como las ratas, y deciden intercambiar puestos…” “¿Y por qué alguien con mucha plata quisiera tomar el lugar de otro sin nada?” preguntó Alberto encontrando el argumento de la historia de lo más absurdo, “Porque el rico vivía atrapado en su palacio lleno de restricciones y el pobre era libre de ir y venir donde quisiera, como nosotros…” respondió Estela ante la grata sorpresa de Diana “¿Lo has leído?” preguntó, y Estela asintió con la cabeza “Sí, tuve una profesora hace tiempo que me prestaba sus libros a veces… ¿Tú lo has leído Alberto?” En ese momento, y ante la inseguridad del chico para responder, se encontró este con que ya no tendría que soportar a una persona insistiéndole con que debía aprender, sino que ahora serían dos, pues Estela también se empeñaría en que lo hiciera, por lo que no le quedó más remedio que ceder, “Bueno, bueno, pero antes debemos solucionar lo de nuestro viaje y después veremos eso de leer… ¿Sí?”, “¿Qué viaje?” preguntó Diana interesada y Estela le contó lo de la visita a la madre de Alberto y de que ella quería acompañarle, pero que no le darían autorización a menos que algún adulto pudiera acompañarlos y por eso no habían podido ir todavía “¿Y si yo los acompañara?” dijo la joven, lo que iluminó el rostro de los muchachos “¿Lo harías?” respondió Alberto ilusionado “¡Claro! pero…” respondió Diana, desvaneciendo poco a poco la sonrisa del muchacho y acentuando la de Estela “…tendrás que comprometerte a que pondrás todo de tu parte para aprender a leer y escribir” “¡¿Y a escribir también?!” replicó el muchacho alarmado, pero Estela lo tranquilizó, “No te preocupes Alberto, si ambas cosas se aprenden juntas y al mismo tiempo. Yo te ayudaré.”




León Faras.

martes, 24 de noviembre de 2015

Del otro lado.

XXIII. 


Laura estaba realmente fascinada con su nuevo descubrimiento, su nueva habilidad, poder ver el mundo a través de los reflejos era para ella una experiencia extraordinaria, como si viera la vida por primera vez. Absolutamente todo comenzaba a vislumbrarse allí, los numerosos vehículos, las interminables personas, los árboles, la incontrolable vegetación, las aves en el cielo, los perros vagos o con sus dueños, todo era visible para ella nuevamente, pero solo a través de un reflejo mudo y lejano, impenetrable, como si se encontrara del otro lado del espejo, pero aquello no era ningún inconveniente para la muchacha por el momento, pues con ver todo aquello y saber que no estaba sola, que el mundo seguía funcionando igual que siempre a su alrededor, aunque no pudiera percibirlo como antes, ya era un avance muy sustancial para ella que la llenaba de entusiasmo. La ciudad estaba llena de cristales por todas partes y Laura aprovechó todos los que pudo durante su camino a casa para volver a ver a la gente, ella caminaba sola, pero en los reflejos de los vehículos y los escaparates, las personas pasaban por su lado o a través de ella sin prestarle la menor atención, pues nadie la podía ver, ni siquiera ella se veía a sí misma reflejada en la vitrinas, sin embargo, en más de alguna ocasión su mirada se cruzó con la de algún transeúnte, una pequeña niña por aquí o un tipo con lentes de sol por allá, era una experiencia curiosa, aunque probablemente casual. Llevaba una idea muy clara en mente y era volver a ver a su madre y a su hermana, cómo estaban, qué hacían, como se veían, tenía mucha curiosidad por descubrir su casa y su entorno nuevamente, de ver caras conocidas, ya luego cuando anocheciera volvería al cementerio para acudir a la cita que ese tal Alan le había propuesto, otro tema que le causaba bastante curiosidad. Mientras se dirigía a su casa, buscaba en su mente algún indicio de cómo había sucedido su muerte, algún recuerdo o imagen que tal vez pudieran darle alguna pista, pero nada, simplemente un día su vida era completamente normal y luego ya no, sin que ningún suceso en particular marcara el antes y el después.


Se llenó de autentica emoción y felicidad cuando llegó a su población y los polvorientos cristales de un vehículo estacionado le ofrecieron una completa panorámica del lugar, con la multi-cancha en frente y los bloques habitacionales alrededor, pero esta vez con todos sus moradores pululando por ahí, en su mayoría, rostros que le resultaban familiares y que la traían de vuelta a su tiempo y espacio, a su universo. Las vecinas agrupadas conversando en un rincón, jóvenes yendo o llegando en bicicleta, niños que corrían tras una pelota y los árboles, los mismos que buscó con tanta insistencia los primeros días de su nueva forma de existencia, todos ellos estaban allí, aun vivos y resistiendo el constante maltrato al que estaban expuestos, pero al volver la vista a cualquier otro punto la magia desaparecía y todo seguía siendo igual, mudo y vacío, curiosa y entusiasmada, volvió a dirigir la vista hacia la ventana del automóvil con la intención de escudriñar su alrededor con más cuidado y tal vez descubrir la presencia de alguien conocido para ella, cercano o por qué no, alguien de su familia pero lo que descubrió fue espantoso. Parado allí entre los escasos transeúntes que circulaban en ese momento, había una figura humana parada, delgada, alta y oscura como una sombra, como una escultura hecha de humo negro y denso, tal vez, de oscuridad, de sombra, como si esta fuera capaz de agruparse para formar un cuerpo, estaba de pie justo detrás de ella. Laura notó cómo una chica que pasaba por allí con un par de amigas, al parecer rozó aquel ser con su brazo desnudo y debió restregárselo enérgicamente con la otra mano, pues sintió un escalofrío que le erizó los vellos, pero nada más que eso, pues nadie parecía verlo, Laura volteó la vista con precaución tras ella por encima del hombro, por si veía algo que antes no hubiese notado, pero nada, su mundo seguía igual, entonces volvió la vista al cristal del auto, y lo que vio la hizo caer al suelo, la figura se le lanzó encima con una violencia terrible, creciendo de tamaño y abriendo una boca enorme en un grito mudo capaz de engullirla por completo y con garras que parecían no dejarle ninguna escapatoria. Pero toda la violenta embestida se estrelló contra el cristal, que sin ningún esfuerzo, resistió incólume el aterrador envite que se desintegró en el aire desapareciendo por completo. Laura quedó sentada en el suelo, aterrada, desconcertada, sin entender qué había sucedido ni mucho menos poder imaginar a qué se enfrentaba.


León Faras.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Décimas de amor.

II.

Mi vida no está entera
sin de tu saliva, el sabor
sin el petricor de tu sudor
bañando tu piel morena.
Tú has sido la primera,
que llena de amor mi corazón
lo mismo que de pasión
la sangre que corre en mis venas
con deseo que envenena
hasta mi último rincón.

Una lluvia que nunca cesa
un sol que brilla una eternidad
la más maciza y fiel verdad
una gran carga que no pesa
un sentir de consistencia espesa
del que no me he de deshacer
así ha sido mi querer
desde aquel bonito día
en que llegó tu compañía
a llenar todo mi ser.

Quererte es mi promesa
aunque no lo quiera prometer
pues casi es como un deber
que ocupa toda mi cabeza.
Como el gato ante su presa
absorto en su ocupación
con esa misma devoción
yo te pienso noche y día
anhelando tu compañía
tu cariño y tu pasión.

Que el amor eterno nunca existió
que solo habita en la fantasía
en la imaginación y la poesía
que solo es un sueño que se vendió
así mismo pensaba yo
antes de haberte conocido
y olvidarme del cómo olvido
o de cómo algo nuevo aprender,
pendiente sólo de tu querer
como si ya todo estuviera vivido.

Yo te querré toda la vida
en silencio o a toda voz
con inocencia o pasión feroz
con la ilusión siempre viva.
Un sentimiento que no se olvida
y que el tiempo no consume
mas de persistir presume
hasta el límite de la locura
mi corazón ya no tiene cura
pues su fiebre sube y sube.



León Faras.

jueves, 22 de octubre de 2015

Autopsia. Segunda parte.

II.

La casa que usaba el doctor Ballesteros lucía exactamente igual al día cuando fue abandonada por este, Guillermina Salas abrió la puerta principal y de inmediato se puso a abrir las ventanas para ventilar el lugar sin dejar de parlotear sobre la cantidad de polvo y el olor a matadero que según ella, aun persistía en el espacio confinado del encierro, mientras el padre Benigno le mostraba al nuevo doctor el lugar que sería su vivienda y lugar de consulta. Rupano en tanto, descargaba las valijas y las apilaba en la entrada. Luego, el sacerdote se disculpó para retirarse, pues tenía un asunto muy importante que atender, “Guillermina es mi ama de llaves, ella lo ayudará a instalarse y en lo que necesite hasta que encontremos a otra persona que se encargué de las labores de esta casa…” dijo el cura y luego agregó en un tono más bajo “…aunque pensándolo bien, podría buscarme otra ama de llaves para mí, y dejarle a Guillermina aquí…” con lo que se ganó la réplica inmediata de la mujer “¡Ah claro! ¡Como si cualquiera estuviera dispuesto a soportarle el genio que usted tiene!” Benigno se retiró fingiendo que no oía a la mujer, pero antes de salir se devolvió con una duda que hace rato no se decidía a preguntar, “Dígame doctor, ¿existe alguna posibilidad de que un bebé se desarrolle en el vientre materno sin su cordón umbilical?” el médico se empujó los anteojos y lo miró extrañado, la pregunta se le antojó de los más rara e inadecuada, pero no imposible de responder “La Acordia o ausencia del cordón umbilical es una anomalía que puede darse, sí, aunque es muy rara y siempre, siempre mortal. No hay forma de que una criatura se desarrolle en el vientre materno si no recibe el oxígeno y los nutrientes necesarios desde la placenta de la madre… pero, ¿Por qué me pregunta algo así?” El sacerdote se esperaba esa respuesta y podía ver en la cara de “Se lo dije” que tenía Guillermina que también ella se la esperaba “Nada realmente importante doctor, ya hablaremos más adelante y me gustaría también mostrarle algo pero, todo a su tiempo…”

La celda del doctor Ballesteros se abrió y dos hombres entraron a verle, uno de ellos se sorprendió de verlo en tan lamentables condiciones, su nombre era Ignacio Ballesteros, su hijo mayor, este había recibido un telegrama de su padre y había acudido lo antes posible. Luego de saludarlo le presentó al hombre que lo acompañaba, se trataba de un prestigioso abogado que Horacio rechazó de inmediato, “Te pedí que te preocuparas de tu hermana, no de mí ¿Qué estás haciendo aquí?” Ignacio siempre se desenvolvía con propiedad, absolutamente dueño de la situación, a sus anchas y seguro de sí mismo, “Sí, buscaré a Elena y la traeré para que declare. Te sacaremos de aquí en un santiamén y haremos pagar caro a los responsables de que estés en estas condiciones. Seguro que no tienen ningún fundamento para acusarte de algo tan repudiable, solo buscan desprestigiarte y no permitiremos que eso ocurra. El señor aquí…” Horacio se puso de pie y tomó a su hijo de los hombros para que dejara de hablar y le pusiera atención “Escúchame, no harás nada por mí, ni tú ni tu abogado. Quiero que te vayas, que busques a tu hermana y que la ayudes en todo lo que puedas, llévatela contigo, que esté bien, que esté tranquila…” el doctor hizo una pausa y luego agregó, “…y dile que espero de corazón que algún día pueda perdonarme…” Ignacio no lo podía creer hasta ese momento, se sacudió las manos de su padre de encima y retrocedió consternado, “Entonces es cierto…” dijo, Horacio cayó en su litera, su hijo continuó, “…esperaba que me lo negaras, estaba seguro de que así sería… es que… ¿Cómo pudiste? Elena te adoraba… ella… ella es la mejor persona del mundo…” Horacio podía sentir el repudio de su hijo, doloroso e ineludible, “Busca a tu hermana, encárgate de ella y no regreses nunca más por aquí…” “Puedes estar bien seguro de eso” sentenció Ignacio antes de  largarse de allí odiándolo, indignado, ni siquiera le dirigió una mirada al abogado que lo había acompañado, este se quedó parado allí tras su maletín, incómodo y confundido. Tardó largos segundos en darse cuenta de que su trabajo había terminado antes de empezar y que debía irse también.


La habitación de Elena Ballesteros en el Convento de las Hermanas de la Resignación, no era mucho mejor a la celda que su padre estaba ocupando en ese mismo momento en prisión, era pequeña, sin ventilación y brutalmente austera. El padre Benigno se sentó recto en un incómodo taburete que le prestaron y observó con ruda compasión a la muchacha, su aspecto era muy diferente al de la niña dulce y bien educada que solía ser, estaba pálida, desaliñada y con un brillo desafiante en la mirada que había perdido toda su timidez e inocencia. La chica permanecía sentada sobre una litera dura y estrecha y junto a ella, un velador donde reposaba una comida servida hace rato, ya fría pero intacta. La razón por la que las hermanas lo habían mandado llamar, era un acontecimiento terrible e indignante que debía corregir de inmediato, pero una vez allí, el cura se vio ante una persona muy distinta a la que esperaba, por lo que pensó en suavizar su actitud, “¿Cómo estás, hija?” preguntó con gravedad, Elena no respondió, solo jugueteaba con algo en las manos, Benigno notó que era un crucifijo, “Las hermanas me dijeron que te provocaste un aborto tú misma y que estuviste muy mal a causa de ello, incluso temieron por tu vida. ¿Es eso cierto?” Elena luego de unos segundos, asintió con la cabeza sin mirarlo, el cura se restregó los ojos, cansado, como un tutor frente a un alumno incorregible, “¿Es que no sabes que lo que hiciste está en contra de la ley de Dios?”; “Y lo que a mí me hicieron, ¿No está en contra de la ley de Dios también?” dijo la muchacha, clavando su mirada en los ojos del sacerdote, este se vio sorprendido por el tono osado de la pregunta, pero debido a las circunstancias, era normal que así fuera, “Por supuesto que sí, pero no podemos responder al pecado con más pecado, eso es…” “Yo creo que estamos a mano entonces” dijo Elena interrumpiendo al cura y cortando su respuesta a la mitad, Benigno lo soportó de mala gana, pero no dijo nada. La muchacha devolvió su atención al crucifijo, “Dígame Padre, ¿Dios es feliz?; quiero decir, ¿Ser tan cruel lo divierte?” El cura se irguió en su asiento, sintiendo como la ira lo embargaba, de todos los pecados capitales, aquel era el único con el poder suficiente para condenarlo algún día y debía hacer un gran esfuerzo por controlarse, “Nuestro Dios es un dios de amor, hija, te aconsejo que tomes recaudo de lo que dices o será tu lengua la que te aleje definitivamente de su infinito amor.” “Sería mejor que me arrancaran la lengua, ¿verdad?...” dijo Elena citando el evangelio de Mateo que bien conocía una niña educada como ella, y agregó burlesca, “…eso sí lo complacería mucho, ¿no?” “Solo la salvación de las almas de cada uno de sus hijos puede complacer a Dios” replicó el cura de inmediato, cauteloso, aunque su puño apretado y su respiración forzada, delataban una gran tensión, “Yo solo quería amarle y servirle, así también como a mi padre…” le reprochó la muchacha sin asomo de debilidad “…Yo quería agradarles, ser lo que querían que fuese… me sentía tan afortunada y agradecida que solo pensaba en cómo servir y ayudar a los que no lo eran… ahora no sabe lo estúpida, sucia y burlada que me siento” Una fisura se abrió en la siempre impenetrable armadura del sacerdote pero la atajó antes de que cambiara la expresión de su rostro, siempre hosco y severo, Elena tenía razón, él lo sabía, la muchacha siempre había sido pura bondad y buen corazón, no merecía nada de lo que le estaba sucediendo, sin embargo, para Benigno, nada justificaba una conducta tan ofensiva y herética, pues era precisamente en los momentos difíciles y de aflicción, en los que se debía demostrar la solidez de la fe y la incondicionalidad del amor a Dios. El cura señaló el crucifijo que la chica apretaba en su mano, “Mira, no hay sufrimiento más grande que el infligido a nuestro señor Jesucristo, sin embargo, él nos enseñó que aun en los momentos más difíciles y dolorosos, se debe aceptar la voluntad de Dios con amor y humildad, sabiendo que su sabiduría es ineluctable y que es el único camino válido hacia la gloria y la vida eterna”  Elena miró el crucifijo y luego miró a los ojos del cura “Pues hubiese preferido el látigo o un clavo atravesándome la carne a llevar en mi vientre una criatura engendrada por mi propio padre…” Benigno meneó la cabeza, “No sabes lo que dices…” Elena calló unos segundos apretando los dientes, pero sus sentimientos expulsaron con fuerza sus palabras al tiempo que arrojaba el crucifijo a los pies del cura “¡Su dios es un dios sádico, que se regocija con el sufrimiento de sus hijos más devotos!…” entonces el sacerdote se vio superado, en una sola reacción impulsiva y violenta, se puso de pie y abofeteó a la muchacha con una fuerza brutal, de la cual estaba bien provisto físicamente, haciéndola caer sobre el velador, esparramando todo lo que había sobre este, excepto por una cosa. El cura se irguió en todo su largo “Solo la arrogancia y la necedad del espíritu humano, pueden ser tan grandes como para culpar al Padre eterno de las desdichas que nos acechan, cuando nos alejamos de su amor y misericordia…” La muchacha apretaba puños y dientes, el cura continuó “…es imperioso que enmiendes tu camino ahora, o…” Pero su amenaza quedó inconclusa, porque Elena se le fue encima, clavándole el cuchillo que le habían traído para la comida bajo la costilla izquierda, y que  providencialmente había quedado justo bajo su mano al ser abofeteada, sin caer como todo lo demás, luego, la chica retrocedió asustada, se llevó una mano a la boca incapaz de creer lo que acababa de hacer y murmurando un “perdóneme padre…” echó a correr del lugar, mientras el sacerdote, aun con el cuchillo clavado y apretándose la herida con la mano, resbalaba por la pared hasta quedar sentado en el suelo, incrédulo de ver su propia sangre.


León Faras.

martes, 13 de octubre de 2015

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

II.

Cuando Gálbatar llegó a los comedores de los soldados luego de haber acordado el trabajo para Rávaro, encontró a Gíbrida y Bolo sentados en una mesa en un rincón del salón bebiéndose una botella de licor. El alquimista no lucía satisfecho, más bien cabreado, cuando supo lo que Rávaro le pediría, planeó pedir una cantidad realmente exagerada como recompensa con la esperanza de que fuera rechazado, pero Rávaro aceptó sin ni siquiera regatear y su estrategia para librarse de tan complejo encargo fue un desastre. Para Gálbatar, lo que Rávaro le había pedido era aquello que todo hombre necio e ignorante anhelaba más que cualquier otra cosa en el mundo, y no se trataba de sabiduría, como Gíbrida supuso en un primer momento, sino que era nada menos que inmortalidad, Rávaro temía mucho por su vida últimamente que se había deshecho de su hermano y disfrutaba ampliamente de todo el poder y riqueza para él solo, pero sobre todo desde que la mujer maldita había desaparecido, aquello lo estaba volviéndo paranoico, cada pequeña jaqueca, cada cansancio anormal, cada problema de sueño o falta de apetito lo hacía preocuparse de sobremanera y buscar ungüentos y pócimas que de una u otra manera alargaran su vida, pero ahora estaba detrás de una solución radical y definitiva, la eternidad y para conseguirla, necesitaba de una magia más poderosa, una magia que muy pocos sabían donde conseguir y menos cómo llegar a ese lugar, la Ciudad Antigua y era allí donde Gálbatar debía ir. Un ave voló liberada en el momento que ambos hombres llegaron a un acuerdo y terminaron su discusión y al mismo tiempo, pero a muchos kilómetros de allí, en la profundidad del bosque, Rodana, la hechicera de las jaulas despertaba de su trance cansada y preocupada, Dendé le acercó una taza de té rojo amargo, notó en su ama la angustia y supo en el acto que lo que esta acababa de descubrir no era nada bueno.

Aunque Gíbrida se mostró entusiasmada con la misión y la recompensa y Bolo dispuesto como siempre, Gálbatar lucía contrariado, encontrar la Ciudad Antigua nunca era fácil, además de que se trataba de un lugar potencialmente peligroso e impredecible, antaño poderosos en magia y tecnología y en la mezcla de ambas, que con el tiempo se había silenciado aunque no extinguido. El alquimista tenía una enorme curiosidad profesional por conocer y dominar algunos de los secretos de los antiguos habitantes de la ciudad Antigua, pero ante todo era un hombre sensato, y la sensatez decía que ninguna recompensa, por grande que esta fuera, valía la pena si se perdía la vida por conseguirla. Sin embargo nada de eso importaba ya, el trato ya estaba cerrado y él, ante todo, era un hombre de palabra, la misión ya estaba en marcha y partirían lo antes posible. Un hombre pasó junto a su mesa y Gálbatar le llamó para preguntarle qué tan buenos eran los hombres de aquel lugar para hacer apuestas, el hombre respondió que de los mejores y el alquimista se puso de pie haciendo sonar una respetable bolsa de oro y proclamando que se la llevaría el que apostara al vencedor de la pelea entre el mejor de los soldados contra su esclavo Bolo, quien permanecía sentado, controlando con dificultad la ansia, enardecida por el alcohol, que le provocaba saber que una buena pelea se avecinaba, la misma ansiedad, si se puede decir, que sentiría un hombre que ve aproximarse al amor de su vida. Los soldados no dudaron ni un minuto en aceptar la propuesta, tenían al hombre perfecto para enfrentar al pequeño y musculoso perro de Gálbartar, lo llamaban Ferroso y no se trataba de un soldado sino de un herrero, este era un hombre en la plenitud de su vida a pesar de que lucía prematuramente abundantes canas, usaba la barba larga, y tenía las manos grandes y la espalda ancha. Era un boxeador nato, tanto física como vocacionalmente y con frecuencia sacaba buenos beneficios económicos de su habilidad pugilística, era resistente y golpeaba fuerte. Cuando vio a Bolo, juzgó de inmediato que no sería fácil de derrotar, pero tampoco era un rival con el que debiera tener demasiada precaución de salir dañado, aquel era musculoso, pero liviano; duro, pero pequeño. Gíbrida organizó las apuestas, de entrada, Bolo recibió de lleno un puñetazo en el mentón que lo hizo girar y caer al suelo en el acto, pero de inmediato se puso de pie, Gálbatar sonrió confiado, su perro parecía lento para cubrirse mientras su rival bailaba a su alrededor dejándole caer golpes potentes que con frecuencia alcanzaban su objetivo, sin embargo, para Bolo el momento de atacar parecía no llegar nunca, obstinado, se prestaba para que Ferroso lo golpeara y lo hiciera trastabillar, pero continuaba, lento, torpe y duro como un árbol, hasta que en el momento menos esperado, Bolo esquivó un golpe con una habilidad impredecible y sorprendente y ambos hombres quedaron pegados, entonces Ferroso se vio atenazado e inmovilizado de los brazos con una fuerza inesperada, podía quitárselo de encima usando el resto de su cuerpo, pero antes de que lo hiciera, recibió un cabezazo brutal en la frente que lo aturdió levemente, y luego otro, y otro, hasta quedar totalmente aturdido y desorientado como un borracho que se esfuerza en concentrarse en algo y mantenerse en pie al mismo tiempo. En ese estado fue sorprendente que resistiera no uno, sino tres de los potentes puñetazos de Bolo antes de desplomarse y quedarse allí. Gíbrida feliz y sonriente cobró lo que habían ganado, mientras Gálbatar le daba de beber un trago a su perro y preguntaba con naturalidad si había alguien más dispuesto a pelear.


Idalia caminó sobre el puente en la única dirección disponible para hacerlo, hacia el muro, este no era un muro macizo, sino hecho a base de pilares y arcos que partían altos y robustos en la base y se volvían más pequeños y estilizados mientras más arriba, abriendo paso a una gran entrada en la parte donde el puente desembocaba, igualmente formada de dos columnas y un arco, sobre el cual se podía ver posada una figura, como una escultura de piedra deteriorada por el clima y la selva y media colonizada por esta. Era una criatura alada de cuerpo largo, delgado y curvo como un insecto, terminado en una cola recta y tubular, su diseño era basto y minimalista, sin detalles ni adornos, salvo por algunas enredaderas capaces de llegar hasta allí y sujetarse sin caer. El puente se acababa casi apenas pasado el muro, rompiéndose en el vacío, a varios metros abajo, la selva le abría un generoso espacio al paso del río, manso y salvaje, en medio de este y bajo el muro, una mancha oscura de gran tamaño denunciaba la existencia de un gran foso cubierto por el agua. Era extraño, pero en la selva reinaba un silencio anormal y una paz inquietante, nada parecía vivir allí más allá de la vegetación, ni siquiera aves. Entonces Idalia sintió algo, no podría precisar qué, si un leve susurro o una brisa apenas perceptible, tal vez solo un presentimiento que la hizo voltearse y encontrarse cara a cara con la escultura que antes estaba sobre ella, posada en lo alto del dintel, esta no era de roca, sino de metal, un material trabajado burdamente y deteriorado por el uso, el tiempo y la intemperie, sus ojos eran dos rendijas horizontales en cuyo interior, la mujer vio claramente otras dos líneas verticales que se movieron para observarla, ni siquiera la sintió llegar allí, sorprendida, Idalia tomó una bocanada de aire y dio un paso atrás inconscientemente, pero su pie no encontró apoyo y la mujer cayó al río bajo la atenta e impasible mirada de la escultura de metal.


León Faras.