domingo, 12 de marzo de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VI.

            Elena y Clarita se asearon para desayunar mientras el viejo Tata se sentaba en un rincón, del bolsillo de su chaqueta sacó una rodaja de pan envuelta en un pañuelo, “Solo traje uno, pero lo pueden compartir…” luego se dirigió a Elena, “Tú no eres de por aquí…” la muchacha miró al viejo sorprendida y luego hacia el suelo, “…tranquila, solo lo digo por el vestido que tienes, ¿Es del convento, verdad?” Elena no respondía nada, pero su silencio era más que elocuente, “Yo escapé de la justicia una vez… hace muchos años. Estuve viviendo en el monte casi dos meses, huyendo a pie, sin caballo ni perros que me acompañaran… cuando regresé, ni mi madre me reconoció…” Tata rió suavemente, era una risa grata, de anciano de corazón blando “…flaco como perro lebrero, cubierto de tierra y con los zapatos rotos. Lo mejor de todo era que ni siquiera me estaban buscando” y Tata soltó una risa que contagió a Elena y Clarita, Gracia en cambió solo meneó la cabeza. “Es bueno enfrentar los problemas, solo así desaparecen…” continuó el viejo “…pero a veces, escapar es necesario, a veces escapar evita que las cosas empeoren…” Luego Tata se puso de pie, se acomodó la gorra y se dirigió a la salida “…bueno, ya me voy, tengo mucho que hacer hoy. Tu abuela te ha echado de menos, y a Gracia, dice que la vayan a ver. Tú también puedes venir… si quieres” dijo, dirigiéndose a Elena, “…le encanta que la visiten y a ti te caerá bien, ella es buena haciendo que las cosas malas se vean menos malas…” “Iremos Tata…” dijo Clarita con la boca llena de pan, “Bien, tendré agua caliente” concluyó el viejo.

Casas Viejas era un poblado tranquilo y acogedor, de casas de barro, grandes pero humildes y chacras rebosantes de cultivos robustos, rodeado todo de terrenos donde el pasto, la maleza y la mora crecían sin restricción y los animales pastaban a sus anchas. Abel Rupano detuvo el coche junto a un pequeño grupo de pobladores que lo aguardaban, entre estos, Ismael Agüero y su hijo. Los dos hombres descendieron del coche, el sacerdote era una figura erguida, imponente y negra de pies a cabeza, a su lado el doctor se veía disminuido, delgado y vestido de ropa clara, ambos cargaban maletines con los bártulos propios de sus diferentes oficios. Apenas bajaron, se formó un raro silencio. Una mujer, joven y atractiva aun, con la cabeza cubierta con un velo, se arrodilló frente a él impulsivamente, “Bendígame Padre, por favor” todos estaban ya enterados de lo sucedido durante la misa de la mañana, el doctor Cifuentes dio un paso atrás, incómodo, Benigno lo reprendió con una mirada, como si se tratara de un delator desvergonzado, luego le dio dos palmadas suaves en la frente a la mujer para que se pusiera de pie, pues sabía que de darle en el gusto, tendría que soportar a quien sabe cuántas más que creían que él era una especie de santo milagroso, pero que no se atrevían a mostrarlo, “¡Ponte de pie, mujer!  Si tanto necesitas esa bendición, te espero mañana en la iglesia, para que te confieses antes…” Eso desanimaría a las demás, luego se dirigió a Ismael “¿Dónde está Úrsula?” El hombre y su hijo se apresuraron a guiarlo a su casa, mientras el médico, aun incómodo, se despedía del grupo con un ligero ademán con su sombrero y se apresuraba a seguirlos. Rupano en cambio, se acomodó en el coche para esperarlos.

La casa de Ismael se veía igual a todas las otras casas del pueblo, amplia y chata. Tejas de barro en un techo con muy poca pendiente y pilares de madera en el frontis, todas las paredes pintadas de un blanco opaco y viejo. Un parrón daba sombra a una mesa y sus bancas, en el patio de la entrada. Dos perros salieron a recibirlos como todos los perros del mundo cuando ven llegar al dueño de casa, pero se detuvieron lloriqueando a varios metros de la vivienda, eso llamó la atención tanto del cura como del médico, “Antes había que sacarlos a escobazos de adentro, ahora no se acercan ni para comer…” dijo Ismael mirando preocupado a sus perros que parecían estar parados nerviosos, tras un obstáculo invisible e infranqueable, “…yo no sé qué les pasa, pero todos saben que un perro asustado, no es nada bueno.” Benigno miró al doctor y luego a los perros. Uno de ellos desistía y se iba a echar a una sombra más alejada, el otro, ladraba y gimoteaba como insistiendo en tratar de advertir algo, “¿Desde cuándo se comportan así?” preguntó el doctor, Ismael no estaba seguro, pero su hijo respondió por él “Desde que la Úrsula trajo a ese chiquillo…” “Cuidado con la cabeza” advirtió Ismael al entrar a la casa, agachándose levemente al pasar por la puerta, pues esta y toda la casa había sido construida por su suegro y el padre de este hace incontables años, y no habían considerado para nada la altura del actual dueño de casa, ni menos la del padre Benigno. El interior era oscuro y fresco como una cueva, Lucila, la esposa de Ismael, una mujer pequeña y laboriosa, dejó sus quehaceres en la cocina para saludar al padre y al médico con extrema amabilidad “Ay Padre, que bueno que vino, ya no sabemos qué hacer con esta niñita, ¡usted tiene que hablar con ella!” “Por supuesto mujer, seguro no hay nada de qué alarmarse. Me acompaña el doctor Cifuentes, él la revisará también para que te quedes tranquila. ¿Dónde está?”

La muchacha, apareció de pie en el fondo del oscuro pasillo central de la casa, justo afuera de su cuarto, no se podía precisar si recién había salido o llevaba allí parada desde hacía rato. Tenía un bebé en los brazos. Benigno, confiado y autoritario, se acercó a ella para hablar, su tono intentaba ser paternal, pero sonaba inevitablemente severo “Hola Úrsula, tus padres están preocupados, cuéntame ¿cómo estás?” La muchacha negó con la cabeza y retrocedió un par de pasos, estaba sumamente nerviosa, casi asustada, “Tranquila muchacha, solo quiero saber cómo te sientes” dijo el cura avanzando un par de pasos a su vez, Úrsula negaba con más énfasis haciendo gestos con su mano para que el sacerdote no siguiera acercándose. El bebé comenzó a llorar suavemente y ella se esmeró en calmarlo, como si ese llanto fuera algo muy malo. El sacerdote se detuvo. Tanto el médico como la familia de la muchacha observaban la escena desde atrás. “Úrsula por favor, deja ese niño unos minutos para que podamos hablar” La muchacha reaccionó como si le hubiesen propuesto deshacerse de una pierna, abriendo los ojos y negando asustada. El cura dio un paso más y el llanto del niño se intensificó, Úrsula lo intentaba calmar con desesperación y de igual manera, pero sin palabras, trataba de hacerle entender al cura que no siguiera avanzando. Benigno dio otro paso, pero entonces debió detenerse. El sacerdote se dobló a la mitad como si hubiese sido apuñalado otra vez, se llevó la mano a su herida y la sintió húmeda y tibia, miró a la muchacha, esta lo observaba asustada. El bebé dejó de llorar. Entonces el cura soltó un grito de dolor, muy fuerte e inesperado y cayó al suelo de rodillas, apretándose la herida con la mano que en ese momento la sentía como si alguien le estuviese introduciendo los dedos y tirando de ella para desgarrarle la carne. Cifuentes se le acercó alarmado para asistirlo y ayudarlo a ponerse de pie, pero el sacerdote estaba totalmente derrotado e inmovilizado por el dolor. El médico levantó la vista para mirar a la muchacha y esta se veía aterrada, el bebé en cambio, estaba tranquilo y feliz, chupándose los dedos con una ternura desbordante. Úrsula no resistió más, “¡Lárguense de mi casa! ¡Fuera, fuera de aquí! ¡Lárguense!” gritó histérica, mientras se metía a su cuarto y se encerraba dando un portazo, solo entonces el médico pudo ayudar al cura y ponerlo de pie, con ayuda de Ismael lo acomodaron en un sillón y el doctor le abrió la ropa, la venda estaba empapada de sangre como si la herida hubiese sido recién hecha, “Oh por Dios…” dijo el doctor restregándose la frente, mientras Lucila se persignaba una y otra vez. El médico abrió su maletín y cogió un nuevo rollo de vendas y se las puso encima de las otras para contener el sangrado “…ayúdeme a llevarlo al coche. En mi casa podré tratar esa herida correctamente”

            Fuera de la casa, las personas que lo habían estado esperando al llegar, aguardaban con un cotilleo insistente que se silenció abruptamente al ver salir al cura agarrado del hombro de Ismael y con la otra mano en la herida cubierta de sangre “¡Ay pero por Dios Padre, ¿qué le pasó?” mientras el doctor abría paso “Por favor señoras, déjenos pasar. Este no es momento para aclarar sus dudas” Benigno no decía nada, estaba demasiado consternado, incluso, para regañar la insana curiosidad de los pueblerinos.


León Faras. 

viernes, 3 de marzo de 2017

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

VI.

Baros no tenía ninguna intención de negociar nada con los Salvajes, para él, la maldición era falsa y la mujer maldita, seguramente muerta, además, tampoco era que fueras a vivir tanto en el mundo así como estaba, por lo que no se preocuparía más por la supuesta maldición. Ahora tenía una oportunidad, había sido liberado por Rávaro y no pensaba regresar, ni recibir más órdenes de ese desquiciado ni de ningún otro. Estaba desarmado y custodiado por cuatro soldados de Rávaro, pero había decidido huir y enfrentar lo que fuera necesario enfrentar para conseguirlo. Por lo que decidió aprovechar el bosque que cruzaban, espoloneó brusco y de improviso su caballo y corrió a todo lo que daba el animal, internándose entre los árboles hasta perder a sus custodios. Lo que no esperaba, era que los soldados que le acompañaban, ni siquiera se molestaron en perseguirlo, solo se detuvieron y lo observaron confundidos, como quien ve a un desconocido corriendo desnudo por la calle. Ellos tampoco pensaban regresar al castillo de Rávaro, ni menos entregarle el pequeño tesoro que llevaban a los Salvajes de la ciudad vertical, sino repartírselo y largarse lejos, y si Baros les ponía alguna objeción, lo matarían, pero la huida de este simplemente no estaba en sus planes, aunque tampoco los afectaba demasiado. Los cuatro soldados, luego de un par de minutos, continuaron su camino, llevaban provisiones, estaban armados y tenían el oro, solo debían buscar un lugar donde pasar la noche y continuar al día siguiente. Esos bosques húmedos no eran para nada seguros.

Idalia contemplaba la ciudad Antigua cada vez más atónita, a medida que la barca se acercaba y entraba en ella. Los arcos y pilares que la recibían eran gigantescos; las torres que sobresalían, imponentes y hermosas; las numerosas escaleras y sus muchos puentes, elegantes y llamativos; las viviendas, uniformes y estilizadas; inclusive los muros y caminos eran perfectamente planos y angulares como Idalia no había visto nunca, pues nada parecía estar hecho de piezas o bloques de piedra o de cualquier otro material natural conocido, sino que la ciudad entera era una gran escultura hecha de un solo material, único y omnipresente, que Idalia no podría nunca identificar. La oscuridad era completa, pero toda la ciudad estaba iluminada por una multitud de faroles repartidos por todas partes, que brindaban una luz cálida y pacífica, además de un paisaje sobrecogedoramente hermoso. En un extremo, podía verse la silueta de lo que parecía ser un árbol, parecía ser, porque era extraordinariamente grande para serlo. La barca se orilló en un muelle al que Driana subió de un salto, y ayudó a subir a Idalia quien seguía totalmente maravillada, lo que para la muchacha era extraño, pues todos sabían que del otro lado del foso, la ciudad Antigua debía permanecer viva, libre y seguramente, más hermosa aun, y que la mujer debería haberla contemplado en todo su esplendor antes de llegar allí o tal vez, hasta había vivido en ella, sin embargo, cuando Idalia le dijo que del otro lado solo había visto ruinas consumidas por la selva, la muchacha se mostró perturbada, pero pronto Driana se compuso, tenían algo mucho más acuciante de qué preocuparse, estaban en permanente oscuridad, pero la noche, la oscuridad total, se acercaba y debían refugiarse pronto. Ambas mujeres echaron a correr, la ciudad se veía desierta salvo por algunas siluetas estáticas que a Idalia le pareció ver, como estatuas, similares tal vez, a la criatura que había visto sobre el muro y en el puente antes de caer al foso, sin embargo, nada se movía, y el silencio era inquietante. Se metieron por un callejón y luego bajaron por una escalera, larga y angosta. Driana corría sin parar echando un vistazo de vez en cuando a Idalia que la seguía sin saber a dónde iba. Una vez abajo, la ciudad perdía su elegancia y belleza, el agua corría por una especie de acueducto subterráneo, sucio y frío, iluminado escasamente por antorchas distantes e improvisadas. Idalia no podía imaginar qué clase de lugar era ese, pues no había ciudad en el mundo que ella conociera que tuviera cloacas así. Cruzaron el canal que corría, por encima de un tablón a modo de puente y se introdujeron por otro túnel, más pequeño, largo y completamente oscuro. Idalia continuaba siguiendo el sonido que hacían los pasos de Driana al golpear contra el agua y esta no paraba de hablarle para comprobar si seguía tras ella y para que no se le despegara. El túnel desembocó en una gran cámara rectangular en la que convergían varios túneles similares y la que estaba completamente destruida en un extremo, toda el agua que llegaba allí caía varios metros abajo en un enorme socavón. Idalia no pudo evitar echar un vistazo, pues toda esa gigantesca cavidad, estaba iluminada como por la luz del día.

La noche entró como una bruma desde la selva, como un vapor negro y denso que se tragó todo rastro de luminosidad en la ciudad Antigua. Corría por el suelo como un manto de fina seda, adhiriéndose a las paredes y subiendo por ellas, sofocando todos los faroles, escurriendo por las escaleras, escalando las torres e inundando las cloacas hasta cubrirlo todo con un grueso manto de impenetrable oscuridad, todo menos el socavón, pues allí la bruma llegaba debilitada, desprendiéndose por los túneles como una tela que se desintegra con el inexorable paso del tiempo y desapareciendo antes de tocar el suelo, totalmente derrotada por la luz que iluminaba el lugar.


Baros se internó en el bosque a todo lo que daba su caballo, cuando echó un vistazo atrás y vio que nadie lo seguía, se detuvo cabreado. Esperaba que lo siguieran, escabullirse, lograr separar a uno, emboscarlo, conseguir una espada, coger algo del oro, pero irse así sin nada, no estaba para nada en sus planes. De pronto notó algo en el aire y se preocupó, un hedor esparcido y persistente, miró en todas direcciones pero no se veía ni oía nada, sin embargo, sabía que debía salir de ahí lo antes posible, estaba en territorio de los Grelos, su nauseabundo olor era inconfundible y el ocaso era su hora favorita para salir de cacería. Entonces surgieron los aullidos, agudos y estridentes, aunque lejanos, seguramente los soldados de Rávaro que le acompañaban estaban siendo atacados, pensó en ayudarlos, aliarse con ellos para salir de ahí pero inmediatamente se dijo que aquello era una estupidez, ni siquiera tenía una espada para defenderse él, de ninguna manera podría enfrentar a una banda de Grelos. El galope de un caballo, se acercaba a la velocidad del miedo a morir, Baros desmontó y se movió sigiloso entre los árboles, uno de los hombres seguramente intentaba huir, pero no era así, solo era el animal sin su jinete, Baros pensó que aun podía llevar oro en las alforjas, su entusiasmo no duró nada, los aullidos le sonaron encima, tan cerca que su propio caballo echó a correr espantado, mientras el otro caía con cuatro flechas clavadas en el cuello. Los Grelos podían ser muy poco inteligentes, feísimos y oler horrible, pero tenían una habilidad con las flechas realmente exquisita. Baros se quedó petrificado tras un árbol, los Grelos chillaron tan cerca que se le heló la sangre, pero luego pasaron por encima de él cabalgando sobre sus ranas tras la alocada carrera de su caballo, dos se quedaron ahí, y bajaron hasta el suelo, donde estaba el cuerpo del caballo muerto. Solo una cosa podía gustarles más a los Grelos que la carne cruda: El oro. No sabían para qué servía ni cómo usarlo, pero su color y brillo les encantaba, los embobaba con el amor más fuerte. Los dos Grelos tomaron el oro con ternura, sonriendo complacidos, luego olfatearon el aire con suspicacia, montaron en sus ranas y se fueron. Baros buscó el camino para salir del bosque, y lo siguió durante toda la noche, no quiso buscar supervivientes entre los soldados de Rávaro atacados por los Grelos ni tampoco perder el tiempo buscando si estos habían dejado algo del oro tirado por ahí, estaba con vida y eso debía bastar por el momento. Cuando por fin llegó al río, se dejó caer sediento a beber agua, y luego se tendió de espaldas a descansar, no se movió hasta que sintió unos pasos sobre el agua poco caudalosa. No lo podía creer, era el caballo de uno de los hombres que venía con él, también calmaba la sed en el río, ensillado y con sus alforjas intactas, una con provisiones, carne seca, queso, pan de cebada y una increíble y maravillosa botella de vino. La otra alforja tenía una porción del oro, no demasiado pero suficiente, su felicidad estaba completa.


León Faras.

sábado, 18 de febrero de 2017

El Circo de Rareza de Cornelio Morris.

XV.

Aun caían las últimas gotas de la que había sido una lluvia espectacular y abundante, la luz del día ya se había ido y los hombres del circo por fin se tomaban un descanso, secándose y secando sus cosas junto a los braseros o a improvisados fuegos encendidos en tarros de lata. Von Hagen sentado en una caja de madera con los pies descalzos, mantenía su único par de zapatos en vilo, secándolos sobre las brasas, en las que también hervía suavemente una tetera. A su lado, Ángel Pardo saboreaba un mate sentado sobre un taburete, un asiento pequeño para sus piernas desproporcionadamente largas, como si fuera un saltamontes sentado sobre una pequeña piedra “No puedo creer que esté muerto…” dijo este, llenando nuevamente de agua el mate, y alcanzándoselo a su compañero, “…No era un mal tipo, solo que no sabía bien cómo lidiar con su trabajo y el resto de nosotros” Horacio asentía en silencio, todo lo relacionado con la muerte de Charlie Conde, le parecía de lo más inverosímil, “…Es cierto. En este sitio te mueres y simplemente desapareces sin que a nadie le importe… ¿sabes? más vale que hablemos de otra cosa” “Cierto…” convino el gigante, recibiendo el mate de vuelta vacío, para volver a llenarlo. La lluvia ya se había detenido completamente cuando apareció Eloísa, se veía radiante, sus ojos brillaban y no dejaba de sonreír “¿Y, qué les parece?; ¿Genial no?” dijo abriendo los brazos y dándose una vuelta para lucir sus alas, como una chica coqueta que desea que le confirmen lo bien que le queda su vestido nuevo. “Ni que lo digas… nos hemos quedado con la boca abierta al verte. Fue alucinante” respondió Pardo ofreciéndole el mate que la chica aceptó gustosa, “Realmente espectacular” agregó Von Hagen. Eloísa se sentía feliz y orgullosa de sí misma y eso era algo muy raro para una atracción del circo de Cornelio Morris, tan inaudito, que era difícil suponer si aquello era algo bueno o malo, sin embargo, ellos eran los primeros que la chica conocía allí y los únicos con los que podía compartir su felicidad, a excepción de Charlie Conde, al que también recordaba “¿Dónde está su amigo? aquel de la enorme joroba en su espalda, lo he estado buscando para agradecerle pero, no lo he visto por ninguna parte” “Está muerto…” respondió Cornelio Morris parado fuera de la tienda. Ese hombre siempre aparecía de la nada, justo en el lugar donde no estabas mirando, “…ven linda, tengo algo para ti” Agregó, tomando suavemente a la muchacha por el hombro, mientras les dirigía una mirada a los dos hombres sentados, que a Von Hagen le pareció amenazante.

Vicente Corona se quitó la chaqueta y se remangó la camisa, luego con sumo cuidado comenzó a desembalar los equipos. Diego Perdiguero, que en ese momento bebía una taza de café, se puso de pie para mirar de cerca el extraño aparato que Vicente armaba, “¿Qué demonios es eso?” el aludido no pudo menos que sonreír, “Esto es el futuro, amigo mío” Los hermanos Corona se tomaban muy en serio su trabajo y además de eso, se podía decir que eran bastante innovadores y visionarios, pues después de muchos intentos, pruebas y ensayos, habían logrado desarrollar un eficiente aunque aparatoso híbrido entre una cámara fotográfica de cajón y un telescopio especialmente acondicionado, que les permitía capturar objetivos a una prudente distancia, algo sumamente útil en su oficio, cuyos detalles técnicos guardaban celosamente, pues no les interesaba en absoluto popularizar su creación. Habían alquilado una pequeña habitación exenta de lujos, pues tenían como regla general, no llamar la atención mientras estaban haciendo un trabajo, sin importarles dormir en el suelo o en su furgoneta o comer cualquier cosa que les quitara el apetito, incluso sus atuendos eran de lo más corrientes. Ya una vez terminado el encargo, podían volver a disfrutar de los lujos que les permitía su pujante y particular oficio. La idea, era tomar la mayor cantidad de fotos posibles para terminar el trabajo en un solo día, pues sabían que si el circo simplemente decidía marcharse, perderían mucho tiempo en volver a localizarlo, para ello solo necesitaban dos cosas, un buen lugar donde instalarse con su cámara y un hermoso día soleado y de lo primero ya se estaba encargando Damián Corona. Lo mejor de todo, era que las fotos que tomaran valdrían oro en el mercado. Enrique Bolaño les había encargado fotografiar la sirena, pero cuando viera esa criatura volando como un mismísimo ángel del cielo, pagaría lo que le pidieran y si se negaba, había muchos más que con seguridad estarían encantados de publicar algo así en sus medios.

“Oh, un hecho lamentable, al parecer tuvo una discusión con un tipo y este le disparó…” Eloísa se llevó una mano a la boca consternada, “Oh, por Dios…” Cornelio continuó con tono paternalista “…sí, la gente se está volviendo loca. Puedes juzgarlos por sus rostros o por su aspecto, pero no puedes saber qué diablos tienen en la cabeza… Es el mundo en el que nos toca vivir. Pero será mejor que dejemos descansar en paz al pobre Charlie, ven, deja que te muestre lo que tengo para ti…” Cornelio Morris llevó a la muchacha hasta una tienda en perfecto estado, al menos comparada con la de los trabajadores, en la puerta estaba parada la pequeña Sofía, realmente emocionada con las alas nuevas de Eloísa. En el interior de la tienda, Beatriz Blanco se afanaba en los últimos detalles. Ya había repartido o desechado todas las pertenencias del antiguo dueño y trasformado el lugar en un sencillo pero acogedor hogar para la muchacha, algo que Eloísa nunca antes había tenido, apenas Cornelio le informó que era suya, la chica se le lanzó encima y se le quedó pegada en un abrazo largo y emotivo, tan espontáneo para una como inesperado para el otro. La pequeña Sofía rió y aplaudió abrazada a su feo pero querido conejo de trapo, mientras Beatriz observaba incrédula y sorprendida la escena, más aun cuando Cornelio correspondió ese abrazo con una increíblemente afectuosa caricia en la cabeza de la chica, algo que la mujer fue incapaz de descifrar de qué clase de sentimientos o intenciones provenía. “Serás nuestra estrella. Mañana debutarás y estoy seguro de que serás la atracción más grande y maravillosa que estas personas hayan visto y verán en toda su vida…”

Era de madrugada cuando Horacio Von Hagen se levantó de su cama, en la otra litera, Ángel Pardo dormía profundamente, con ambos pies desbordados fuera de las cobijas y uno de sus brazos colgando hasta el suelo. El hombre simio salió de su tienda, observó a todos lados, cogió un palo que había reservado como garrote y se perdió furtivo en la oscuridad de la noche. Se sentía increíblemente asustado, su corazón parecía querer delatarlo con el ruido que hacía y las manos le temblaban. Las aves nocturnas le parecían especialmente grandes y activas esa noche, los ronquidos de los hombres, más ruidosos y sus sueños, más livianos; realmente estaba luchando con todo contra sí mismo y su propia inseguridad y no se sentía para nada vencedor, sino más bien, alguien que resiste a duras penas. Las monedas que encontró, aun estaban escondidas entre las rendijas de las tablas del piso de la jaula de Braulio Álamos, a pesar de que esta había sido limpiada y lavada para quitarle en parte el horroroso hedor que acumuló el “Cometodo” mientras estuvo ahí. Von Hagen siguió caminando buscando las sombras y deteniéndose cada vez que algo crujía bajo el peso de su pie, incluso los crujidos más pequeños, se acercó sigiloso hasta la tienda de Mustafá, se asomó conteniendo el aliento y vio que el hombre que Cornelio había dejado de guardia, dormía plácidamente en un rincón, tirado en el suelo, abrazado a sí mismo y con una manta enrollada bajo la cabeza a modo de almohada, la escopeta del hombre estaba tirada en el suelo junto a él, eso lo alivió en parte, pues honestamente no se sentía capaz de aturdir a un hombre con su garrote. Horacio tomó el arma y la apoyó en una pared fuera del alcance inmediato de aquel hombre que dormía, en caso de que este despertara, luego se plantó frente a la caja de vidrio y cogió una moneda de su bolsillo. Tenía la sensación de que su respiración podía ser oída en todo el campamento. Horacio sabía que Mustafá despertaba con una melodía aguda y desafinada, pero estaba preparado para eso y cubrió la bocina con un pañuelo al momento que echaba la moneda en la ranura con una mano sumamente temblorosa. El lugar estaba pobremente iluminado por un brasero encendido, lo que contribuía a hacer más tétrica la figura del muñeco arábigo que lo observaba expectante a oír su pregunta, “¿Cómo libero a Lidia del estanque de agua sin que ella muera?” Von Hagen se agachó y pegó su oído a la bocina aun cubierta con su pañuelo y oyó una inquietante respiración desde el otro lado, luego una respuesta que ya había oído antes de boca de Román Ibáñez, “Antes debes matar a Cornelio Morris” Horacio esperaba otra cosa, algo más a su alcance, algo de lo que se sintiera más capaz. En ese momento, una voz sonó en su oído como un susurro que por poco lo mata de un infarto, “¿Qué haces?”

Eloísa, feliz y emocionada como estaba, no había conseguido pegar los ojos, por lo que había salido a estirar sus alas nuevas en la fresca noche. Desde el aire vio a Horacio moverse sigiloso por el campamento y divertida y traviesa, lo había seguido hasta allí. Von Hagen se vio obligado a explicarle todo en un largo e incómodo susurro, pero dejándole muy en claro que estar ahí estaba terminantemente prohibido, que nadie debía saberlo y que no debían hacer ningún ruido para no delatarse. La chica miró a Mustafá poco convencida, luego le pidió una moneda a Von Hagen con una sonrisa como una pequeña que le pide dinero a su padre para comprar sus golosinas favoritas. Horacio le dio una de sus monedas nervioso y resignado “¡Bueno, pero date prisa!” la chica la echó con seguridad y preguntó: “¿Mi padre está muerto, verdad?” Luego oyó la respuesta “No, aun no lo está” Eloísa se levantó y miró a Von Hagen con desilusión “La verdad, no creo que esta cosa funcione…” Horacio se extrañó, por lo que todos sabían, el muñeco jamás se equivocaba, pero debían salir de ahí y hacerlo ya. Lo hizo con extremo sigilo, seguido de cerca por Eloísa, pero cuando se volteó para advertirle a la chica que guardara silencio, esta, ya había desaparecido en el aire.


León Faras.

jueves, 16 de febrero de 2017

Zaida

VI.

Apenas se encontró dentro del templo y tendida en una mesa cubierta de paños y telas, la princesa Viserina se abandonó a sí misma y permitió a su cuerpo relajarse, a su mente consciente desconectarse y a los monjes trabajar. El lugar era amplio, iluminado con numerosas velas, y rodeado de algunos monjes que simplemente oraban en silencio. Missa Yendé trajo con toda solemnidad un cuenco con un poco de líquido soporífero para que la princesa lo bebiera, pero al encontrarla desmayada, se lo dio él mismo, empapando un trozo de tela en el líquido y estrujándoselo en los labios, hasta asegurarse de que la princesa entrara en un sueño profundo. Missa Passel, era el más preparado en el arte de curar personas y animales, conocía desde las oraciones más poderosas para sanar el cuerpo y la mente, hasta las hierbas más beneficiosas en el tratamiento de malestares y heridas. El monje limpió el corte en el hombro de la muchacha minuciosamente hasta asegurarse de que no tuviera rastros de suciedad ni indicios de infección, luego la coció, le puso un emplasto de hierbas y lo vendó todo. Luego continuó con la flecha clavada en el muslo de la princesa, esto era algo complicado, en la zona había arterias capaces de drenar un cuerpo completo en minutos. También la extracción de la flecha era algo que se debía trabajar con precaución, debido a la gran variedad de puntas que existían: Las forma de hoja, de punzones, triangulares, romboides, cola de golondrina, de medialuna, además de esas malditas desmontables que podían soltarse dentro de la carne o de órganos al intentar removerlas. Passel decidió que la forma más fácil y rápida era también la más factible, atravesarla, pues esta había entrado en diagonal y su salida estaba próxima. Así que tomó la flecha firmemente por el astil, sujetó la pierna de la princesa con la ayuda de otro monje, y la empujó hacia dentro hasta hacer brotar la punta por el otro lado, luego cortó la cabeza de hierro y deslizó suavemente el astil hasta extraerlo. Una vez hecho esto, curó la herida de la misma forma que con la anterior.

Missa Budara era un hombre físicamente intimidante para quien no le conocía, en especial para la pequeña Zaida que, al verlo por primera vez, se refugió tras la figura protectora de Missa Badú. Tenía una postura erguida y recta que resaltaba su altura superior a la de los demás; su rostro era severo, como la de un juez inflexible y en su cuerpo magro y delgado, con cada movimiento se marcaban los músculos bajo una capa de fina piel. Sin embargo su voz, clara y pausada, acusaba sabiduría y benevolencia pero no daba ningún indicio de su avanzada edad. Missa Badú narró todos los acontecimientos desde que encontró a la niña, hasta su llegada a Missa Pandur, incluyendo las palabras de Missa Samada y la responsabilidad que esta había descargado en él, también el extraño incidente en el puente con aquel hombre que aseguraba servir a una doncella ensangrentada de la cual nadie había oído hablar. Budara observaba a la niña con la rudeza de un oficial al mando de un pelotón de fusilamiento, “Tu responsabilidad es nuestra, Missa Badú” respondió Budara pausado, “…ver más allá de lo natural, no es habilidad para cualquiera, pero comprender que el mundo no termina con la capacidad de nuestros sentidos, es deber de todos. La conciencia de la propia ignorancia, ya es sabiduría en sí. Debemos ser humildes y diligentes, Missa Badú ya que la grandeza y valor de un obsequio depende del que lo recibe y no del obsequio en sí mismo” Badú observó a la pequeña afable y luego a Budara, “Comprendo. Haré todo para ser digno de este obsequio” “Todos lo haremos” concluyó Missa Budara.

“¡Mierda, lo sabía! A veces no entiendo cómo pueden ser tan idiotas… esto está mal. Esto está muy mal y se pondrá peor… ¡Mierda!”

Ribo le dio una patada de frustración a la pared de piedra y luego se dirigió a la escalera, bajó, corrió por el pasillo pobremente iluminado y tomó otra escalera para seguir bajando. Algunos monjes encendían antorchas iluminando el monasterio, agazapado el muchacho, cogió las siguientes escaleras sin que lo vieran y siguió bajando. Ya era el ocaso y no debía andar correteando por ahí. Corrió hacia las habitaciones donde seguramente sus amigos ya se preparaban para acostarse, rogando no encontrarse con Missa Nemir en su camino. Se detuvo, espió por una ventana desde el pasillo y ya más tranquilo y confiado se aprestaba a entrar por ella cuando una mano lo agarró firmemente por el hombro “¿Qué rayos crees que estás haciendo? ¿De dónde vienes?” “¡Eres un idiota Driba! Casi me matas del susto” Ribo respondió con un empujón pero su captor no bromeaba y no lo soltó, “Será mejor que tengas una buena excusa o te quedarás toda la noche limpiando las letrinas” Ribo le descargó un pisotón que obligó a Driba a soltarlo, “Si crees que alguien dormirá esta noche, eres más tonto de lo que pareces” En ese momento apareció Gunta por la ventana “¡Cállense ya! Hasta Uri puede oír sus gritos… ¡Y tú, dónde diablos estabas! Missa Nemir preguntó por ti, le dije que te dolía el estómago, ¡así que es mejor que comiences a enfermarte ya! ¡¿Dónde diablos estabas?!” Ribo saltó por la ventana, Driba lo siguió, más intrigado ahora que enojado por el pie que aun le dolía. Debía admitir que Ribo siempre se enteraba de cosas interesantes. “¿Es que no lo ven?...” dijo Ribo, ya metiéndose a su cama sin siquiera quitarse la ropa, “…tenemos a una princesa enemiga aquí dentro, y un pedazo del ejército invasor allá afuera. ¿Cuánto creen que tardarán los nuestros en aparecer?” Gunta parecía estar haciendo complicadísimos cálculos matemáticos en su mente, a juzgar por la expresión de su rostro, un poco más allá, Paqui dormía con la boca abierta y un pie colgando. Driba comprendía, pero no aceptaba “No se atreverían a llegar hasta aquí. Además, solo cumplimos con la sagrada obligación de ayudar a quien lo necesite y de salvar una vida.” “Ya están aquí, tonto…” Respondió Ribo con forzada resignación “…los vi desde el mirador y les aseguro que vendrán por esa princesa…” “Es un gran botín, ¿no?” reflexionó Gunta con gravedad, “Esto es un monasterio sagrado, no se atreverían a entrar aquí” insistió Driba, pero Ribo no confiaba nada en eso “Piensa lo que quieras, pero yo esta noche dormiré con la ropa puesta…” En ese momento la voz de un monje los interrumpió “¿Por qué dices que dormirás vestido?” Ribo sintió que se le estrangulaban las tripas, se dio la vuelta abrazándose el estómago y con el rostro dramáticamente compungido, era Badú que traía a la pequeña Zaida para asignarle una cama allí, con los muchachos. Ribo se bajó de su cama, curvado, con los músculos apretados y dando pasitos cortos, “Missa Badú, es mi estómago… debo ir a las letrinas” Gunta lo miró sorprendido, pensando en lo bien que fingía estar enfermo, en la entrada apareció Missa Nemir, que hacía su ronda normal para asegurarse de que los jóvenes monjes estuvieran en sus camas, al ver a Ribo, se hizo a un lado de un salto, como si aquel tuviera algo contagioso “¡Por Pandur, Ribo! ¡Qué fue lo que comiste esta vez! ¡Date prisa muchacho!” Gunta se rascaba la cabeza, era increíble, hasta Missa Nemir le creía lo de su repentino malestar.


Los hombres que trajeron a la princesa Viserina, apenas trece en total, se habían refugiado en una pequeña pero amplia caverna que Uri les enseñó y que era usada como refugio para las cabras. El lugar olía a mil diablos, pero al menos estarían a cubierto y podrían encender un fuego que no llamara demasiado la atención, algo imprescindible, dadas las inclemencias del clima. El mismo Uri los proveyó de algo de queso y pan de cebada antes de irse al monasterio. Este era un hombre con el brazo derecho atrofiado, problemas de lenguaje y una inteligencia inferior a la normal, había sido criado por los monjes luego de ser abandonado por su familia y se había dedicado al cuidado de las cabras del monasterio, las que proveían a estos de leche y sus derivados, labor que realizaba con gran eficiencia. Bardo, ya había despachado a dos de sus hombres para avisar de su situación y para pedir refuerzos, y a otros cuatro para que montaran guardia, el resto comían algo y descansaban, para relevar a sus compañeros luego. Uno de los hombres que montaban guardia llegó alarmado, un destacamento enemigo se acercaba hacía el monasterio por enfrente, esto era algo que ya se temían, pues aquellos sabían que la princesa había resultado herida y habían seguido su rastro hasta Missa Pandur, el sitio más obvio para que la princesa recibiera ayuda en aquellas montañas desiertas. El problema era grave, ya que según el guardia, sus enemigos habían logrado reunir más hombres, siendo el destacamento que se acercaba, cercano a cien soldados. Este grupo, ya había sido avistado por Ribo desde el mirador del monasterio. Bardo y sus hombres estaban perdidos, no había forma de que los enfrentaran sin que aquello acabara en una muerte sabidamente inevitable, pero dolorosamente inútil de todos ellos. Entonces llegó Uri, señalando con dos palabras y muchos gestos que alguien lo acompañaba, aquel era Missa Budara, erguido y duro como un árbol se presentó en la caverna, ya había sido avisado del destacamento que se acercaba y venía a advertirles que no podría ayudarles con eso, pero que mantendría su promesa de proteger a la princesa, eso, si estaban de acuerdo con la proposición que les traía. 


León Faras.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XXIV

Ya estaba bien entrada la noche, pero aparte de los más pequeños, pocos dormían en Rimos, una batalla no era algo que debía tomarse a la ligera, menos una que significara una conquista. Si se ganaba, no ocurría gran cosa, el rey y su familia se volvían más ricos y con más tierras y recursos de los que disponer, mientras los pobladores seguían con sus vidas más o menos iguales; pero si se perdía, entonces sí la situación podía volverse realmente preocupante, porque quedaban a merced de un nuevo gobernante con poder absoluto para expulsarlos de sus casas si lo deseaba, esclavizarlos de por vida o matar a quien fuera de la forma más corriente o de la más extravagante que se le ocurriera, si así lo prefería. Los guardias que vigilaban la entrada a la ciudad, divisaron primero las antorchas y luego los estandartes de Rimos, aun así no se confiaron, eran un contingente pequeño de jinetes los que se acercaban subiendo el cerro a paso calmo y había que asegurarse de no ser sorprendidos. El capitán Yaras, un hombre mayor, experimentado, con una oreja y dos dedos de su mano izquierda mutilados hace tiempo, cogió su caballo y cuatro hombres más le imitaron, al resto le ordenó permanecer atentos mientras él salía a recibir a los visitantes. Se trataba de ocho personas, cuatro caballos y un asno, el capitán Dagar venía al frente. Yaras, no estaba informado, al ver al príncipe Ovardo, le costó trabajo reconocerlo, pero cuando lo hizo, su figura era tan lamentable que Yaras inmediatamente supuso que el ataque a Cízarin había sido un estrepitoso fracaso, pues si el príncipe se veía así de mal y en tan poco tiempo, no se podía esperar menos de los demás soldados. Ambos oficiales hablaron a parte, la noticia de la calamitosa caída del príncipe de Rimos se propagaba rápidamente, y antes del amanecer, toda la ciudad estaría enterada, sin embargo, al príncipe aun le quedaba enterarse de lo peor, lo que sin duda terminaría de destruir lo poco que le quedaba de integridad: La muerte de su mujer, la princesa Delia.

Los callejones y callejuelas de Cízarin, eran inseguros y asfixiantes para los soldados de Rimos, que se veían obligados a huir constantemente sin siquiera poder enfrentarse frente a frente con el enemigo, ahogados por los arqueros Cizarianos que aparecían y desaparecían, acosándolos, las innumerables trampas repartidas por todas partes y las llamas, que creaban a ratos cortinas infranqueables de calor y humo. Nila intentó desesperadamente contener la sangre que brotaba del cuello del soberano de Rimos pero no pudo hacer más que empapar sus manos y su ropa con ella y verlo morir, impotente, cargado de rabia y frustración. Llevaban demasiado tiempo detenidos y esos minutos eternos de aparente tranquilidad, crispaba los nervios de todos, excepto por un muchacho llamado Trego, silencioso y paciente que parecía ser absurdamente inmune a la tensión y al estrés de la batalla, como si toda aquella matanza y destrucción en nada le incumbiera. Se encontraban en un lugar oscuro y estrecho, cuyas salidas desaparecían en recodos que se veían todas iguales, cualquiera fuera la que tomasen. Nadie había deseado matar a Nila antes cuando el rey lo ordenó y nadie querría matarla ahora, pero lo cierto era que abandonarla allí o llevarla con ellos, era igual de malo. De pronto uno de los soldados llamado Jacán, notó un sonido curioso, era distinto a los demás sonidos abundantes en el ambiente de una batalla, pues este era persistente y parecía hacerse más nítido cada vez, los hombres prestaron atención, era algo grande y se acercaba. Los soldados se agruparon y empuñaron sus espadas, algunos comenzaron a retroceder tímidamente, mirando en todas direcciones, incluso arriba, pero nada, entonces Trego se agachó, pegó su oído al suelo por unos segundos y luego miró con un leve dejo de preocupación en los ojos. Para cuando habló, sus compañeros ya sabían de qué se trataba, “Suena como a una estampida…” Los hombres corrieron, tras ellos no tardó en aparecer por lo menos una docena de enormes reses enceguecidas por el miedo y el dolor, algunas de ellas aun con fuego encendido en sus cuerpos, otras parcialmente quemadas, avanzaban a toda velocidad por un callejón estrecho, dándose tumbos y violentos empellones unas con otras. Luego de pasar un quiebre, al fondo del camino apareció una salida hacia una de las calles principales, pero también encontraron un grupo de soldados enemigos apostados allí, armados con espadas y escudos, estos vieron al grupo de Rimorianos corriendo a toda velocidad contra ellos y se prepararon para hacerles frente. El choque fue violento y la escena, absurda, pues casi nadie resultó herido y los hombres que corrían, pasaron como pudieron, a punta de golpes, envites y espadazos a diestra y siniestra, y siguieron su alocada carrera sin detenerse siquiera, sin embargo, lo más ridículo, es que tras ellos pasó corriendo una mujer ensangrentada que gritaba sin parar, parecía perseguirles como una loca enajenada de la cual huían despavoridos un grupo de soldados preparados, adultos y debidamente armados. Solo unos segundos duró la confusión, pues para cuando se dieron cuenta, la violenta estampida de reses estaba tan cerca, que huir era inútil y evadirla, imposible.


“El simio y la serpiente” sería una buena forma de describir lo que era el combate entre Darco el Rimoriano y Siandro, rey de Cízarin. El primero luchaba con las espadas caídas, casi tocando el suelo, colgadas de sus brazos inertes, la espalda se mantenía curva protegiendo así la garganta, el torso y el vientre, la mirada no era directa, no estaba en ningún punto en especial sino en todos a la vez, se movía lento pero amenazante. El segundo en cambio era elegante, recto y en guardia lateral, con las espadas en frente, manteniendo al enemigo a distancia, la vista fija, la expresión confiada, los movimientos suaves y armoniosos. Para todos los que presenciaron el combate, fue un verdadero espectáculo de destreza de dos estilos de esgrima completamente opuestos, los ataques eran hábilmente desviados o esquivados y seguidos de contraataques violentos que con la misma destreza eran anulados. El simio saltaba de un lugar a otro y rodaba por el suelo tanto para atacar como para evadir, mientras que la serpiente, avanzaba y retrocedía con gracia y rapidez, girando sobre sí mismo cuando su rival se le venía encima, el inmortal mantenía la distancia y se defendía atacando, el rey en cambio, anticipaba los ataques de su enemigo antes de que estos cogieran fuerza, los anulaba en el aire y contraatacaba en el acto. La batalla se prolongaba por largos minutos, muchos más de los que Siandro esperaba, pero finalmente logró inclinar la balanza a su favor cuando en un furioso ataque de Darco, lo esquivó cayendo sobre su rodilla y atacando con una de sus espadas la pierna del Rimoriano, y luego, mientras se ponía de pie con un elegante giro, descargó un brutal golpe en la espalda de su enemigo, haciendo que este cayera al suelo. El rey de Cízarin se quedó parado, orgulloso de sí mismo, dejándose admirar por sus soldados, luego, con gesto pedante, caminó hasta ponerse en frente de su rival, quien lentamente se incorporaba sobre sus rodillas, para darle el golpe de gracia para gusto y deleite de sus espectadores, sin embargo, cometió un error, olvidar que el soldado de Rimos era un inmortal. Apenas lo tuvo en frente, y cuando Siandro se aprestaba a decapitarlo, Darco le descargó un golpe feroz con su puño en la entrepierna y se abalanzó sobre el rey derribándolo y estrangulándolo, hasta que los guardias que observaban el combate intervinieron y se lo quitaron de encima a su soberano. Así terminó el combate, Siandro con el cuello y los testículos magullados y sintiendo que había aprendido una valiosa lección y con el cuerpo del Rimoriano horrorosamente inutilizado y su cabeza finalmente separada de él.

León Faras.

martes, 31 de enero de 2017

La hacedora de vida.

2.

Cuando Nora descubrió que el baño de Yen Zardo no tenía puerta, ya era demasiado tarde para recular, no era lo más cómodo al estar en la casa de otra persona, pero ya estaba allí y no dudaría en usarlo. La explicación que el muchacho le dio al rato, la sorprendió un poco pero acabó por aceptar que era de lo más lógica. El incidente con el robot mensajero y el desestabilizador, no era el primero en el que Nora terminaba perjudicada de alguna manera sin tener nada que ver. Apenas unos días antes, Zardo y Doble R, como casi todos llamaban a Reni Rochi, consiguieron unas turbinas urbanas anti-gravitatorias de segunda mano, un modelo clásico y a muy buen precio que, luego de revisar cuidadosamente, decidieron que no había nada mejor que probarlas dentro del edificio. Estas turbinas, que se ponían en la espalda como una mochila, no estaban diseñadas para salir volando a gran altura ni a altas velocidades, por lo que no era del todo desquiciado probarlas en los pasillos, su función, era transportar a una personas en vilo sujeta con un arnés a una velocidad razonable para moverse dentro de una ciudad sin necesidad de caminar. Yen Zardo se la puso, pues Rochi era físicamente enorme. El caso es que los muchachos rápidamente descubrieron un juego de lo más divertido, Reni tomaba a su compañero por encima de su cabeza, quien gracias a la máquina pesaba muy poco, y lo lanzaba tan lejos como podía, pero la caída de Yen era amortiguada por la turbina quien detenía su cuerpo antes de que tocara el piso, estabilizándolo nuevamente de forma suave y segura, resultando un truco genial e intensamente emocionante. El juego era fantástico y Rochi lo hacía cada vez con más fuerza y violencia, lanzándolo más y más lejos, hasta que las cosas, como era de esperarse, salieron mal. Rochi en un mal cálculo lanzó a su amigo demasiado alto estrellando la turbina contra las tuberías y luminarias del cielo, algo se rompió dentro del aparato y otro algo se salió de donde debía estar, con lo que la magia se acabo repentinamente en el aire y el pobre Yen se estrelló en el piso de forma violenta y dolorosa, justo en la puerta del departamento de Nora. Esta fumaba un cigarrillo mientras veía la televisión, cuando tuvo que salir a mirar alertada por el golpe. Ahí estaban los dos, Reni intentando liberar a su amigo del arnés que lo sujetaba mientras este, reía y se quejaba a la vez tirado a los pies de Nora, la chica los miraba sin enojo ni entusiasmo, como cuando lo que ves, no hace más que confirmar lo que ya sospechabas, de pronto Rochi se puso serio, algo olía raro, su amigo Yen Zardo fue apagando la risa hasta concentrarse en su olfato también, Nora no olía nada ni le interesaba, su aburrido y repetido programa de televisión la estaba esperando y por el momento no quería saber nada más sobre ninguna otra cosa, botó su cigarro ahí mismo y se dio la vuelta sin decir palabra, en ese momento los muchachos se dieron cuenta de que lo que olían, era gas inflamable que salía de la turbina. El cigarrillo cayó en cámara lenta, ambos lo miraron espantados, Nora cerraba su puerta de un empujón en el momento en que Zardo y Rochi se ponían de pie y comenzaban a correr, gritando algo sobre una explosión, Nora los escuchó y se quedó parada un segundo allí, como cuando no estás seguro y esperas a oír algo más, la puerta se cerró y eso fue una suerte para la muchacha, pues la máquina explotó ahí mismo, de una manera breve pero increíblemente violenta, tanto que si la puerta no se hubiese alcanzado a enganchar, la hubiese lanzado de vuelta golpeando a Nora de forma terrible. Sin embargo, la suerte de Nora no fue la misma para la pobre puerta, que soportó estoica, pero quedó con las bisagras de más abajo desvencijadas y su estructura de metal abollada, como si hubiese sido golpeada por un diminuto meteorito . Nora, luego de un minuto, volvió a abrir la puerta, los muchachos aun no se ponían de pie, un poco incrédulos todavía de estar ilesos, sin embargo, ninguno de los tres se salvó de la sordera temporal y el pitido sostenido en el oído. Al día siguiente, los muchachos llegaron con una puerta casi nueva y reemplazaron la de Nora, ella ni se lo imaginó en ese momento, pero esa puerta era la del baño de Yen Zardo, al fin y al cabo, él no la usaba casi nunca y además, todas las puertas de todos los departamentos, eran exactamente iguales. La turbina quedó rota irreparablemente, una lástima, hubiese sido utilísima para transportar al robot, fuera del departamento de Nora.

El departamento donde vivía Nora, no era para nada un lugar especial, de hecho, toda la ciudad seguía la misma línea de poco espacio en las viviendas y hacinamiento en las calles y lugares públicos, los edificios se elevaban a enormes alturas con ridículamente estrechas separaciones entre sí que apenas dejaban pasar la luz del sol durante el día o ver las estrellas por la noche; los carteles, anuncios y señaléticas también tenían su parte importante en esto último, esto también se podía ver en las angostas calles que solo permitían el movimiento de peatones o de medios de transporte pequeños para uno o dos personas como máximo, todo medio de transporte para un número de gente superior a ese, se hacía por aire o bajo tierra. La naturaleza era escasa, jardines o mascotas, casi inexistentes. Los sueños y los ídolos estaban obsoletos, nadie escribía canciones o pensaba que viajar por el mundo podría ser algo grandioso. Tal vez era culpa de la comida o de algo que había en el aire, pero la gente no parecía tener aspiraciones ni deseos de cambios, todos vivían el día sin ilusiones en el futuro, incluso el sexo parecía estar dominado, contenido o atrofiado de alguna manera artificial, que parecía no llamar mayormente la atención de las personas, nunca habían violaciones o abusos, pero tampoco se podían ver parejas que se dieran muestras de afecto o atracción, sino más bien desgano y pereza por el cortejo o la sexualidad. Curiosamente a nadie le llamaba la atención esto, como si sintieran que siempre ha sido así. Ni siquiera los enfermos morían como seres humanos, sino que se extinguían lentamente como una llama que se le agota el combustible o se secaban y marchitaban como si fueran plantas olvidadas que hace rato nadie riega, idiotizados, inhumanizados con sustancias que les permitían morir sin dolor ni voluntad ni esperanza alguna. Una tendencia se está haciendo frecuente, el nacimiento de jóvenes con dones extraños, habilidades que nunca han pertenecido a la raza humana, aunque nada espectaculares sino más bien estorbosas a veces e inútiles en su mayoría. Nora, y su don de dar vida, era un claro ejemplo de esto, pero no el único.


Los robots mensajeros no eran el medio más rápido para enviar mensajes importantes, pero sí el más barato y seguro, ya que estas máquinas estaban provistas de una voluntad casi heroica para cumplir con su encargo, y además, estaban muy bien equipados para comprobar sin lugar a errores la identidad de la persona indicada antes de entregar su mensaje, siempre recibido y transmitido de forma oral e irremediablemente eliminado de la memoria una vez entregado. Sin embargo, como a la usanza antigua, el mensaje moría con el mensajero, lo que dejaba a Nora sin la información que esperaba y con casi doscientos kilos de chatarra sobre su inodoro, la chica necesitaba una solución lo antes posible y se reunió con sus dos amigos fuera de su baño. Yen Zardo propuso arrojarlo por la ventana durante la noche, lo que era una idea muy tonta, no solo por el riesgo más que evidente de que mataran a alguien de un golpe fulminante, sino que también porque la ventana estaba enrejada. Rochi propuso desarmarlo y sacarlo del edificio por partes, no alcanzó a terminar su idea, cuando su amigo lo interrumpió, en una ostentación de genialidad, diciendo que la solución perfecta era lanzarlo por la ventana, pieza por pieza. “Traeré mi caja de herramientas…” dijo Rochi, pero antes de que se fuera, y en medio del susurro constante que transmitía el robot, se le escuchó a este decir “Zeipa… marretienas… Porza pei zeipa…” Todos se quedaron inmóviles, con los ojos pequeños y la boca abierta, como si eso ayudara. “Creo que es griego” comentó Zardo profundamente serio, “No, no… estoy seguro que eso de Marratienas es un lugar… una isla o algo así”  aseguró Rochi, “Pues yo creo que aun tiene puesto el desestabilizador que ustedes le pusieron” Concluyó Nora, cogiendo la nuca del robot y retirando el dichoso aparato, el androide se quedó mirando el suelo largo rato y sin levantar la cabeza dijo “Herramientas…” luego miró directo a los, desmesuradamente abiertos, ojos de Nora “…pieza por pieza” repitió “¡También quiere que lo desarmemos!” exclamó Yen Zardo sorprendido, “Está aprendiendo a hablar, idiota” replicó Rochi, también incrédulo. “Idiota…” dijo el robot mirándolo, y luego dirigiéndose a Zardo repitió “Idiota.”

León Faras.

lunes, 16 de enero de 2017

Del otro lado.

XXVI. 


Una vez terminada la plática entre Olivia y el padre José María, este vio tan desilusionada a su amiga con las prácticamente nulas posibilidades de destruir un Escolta, que le ofreció un pequeño consuelo, una pequeña hebra de la que seguir tirando. Él conocía a un hombre, un materializado. El sacerdote no tenía la habilidad de Olivia para ver, reconocer y no olvidar a estos espíritus, pero este materializado era diferente, habían pasado más de trescientos años desde su muerte y su materialización se había completado, ahora era un hombre como cualquier otro, pero incapaz de envejecer o morir, un inmortal atrapado en este mundo para siempre que intentaba llevar una vida normal, mientras su condición no se delatara. El cura lo había ayudado en más de una oportunidad debido a que el hombre era incapaz de conseguir documentos y por lo tanto, de obtener un trabajo normal y estable. Con los años, se habían hecho amigos y el hombre le había contado toda su increíble historia, historia que por supuesto, el cura guardaba en secreto. El padre José María prometió a Olivia hablar con este hombre lo antes posible, tal vez sabía algo, tal vez había oído algo, tal vez podía darle alguna pista de quién había matado a Laura.

Alan estaba sentado en uno de los bancos de una pequeña plazoleta cercana a la casa de Manuel, Gastón le acompañaba pero más bien como un apoyo moral, no tenía ni la intención ni la autorización para intervenir, estaba sentado bajo un árbol, a prudente distancia. Habían llegado hasta allá para hablar con el viejo amigo de Alan, pero la verdad es que este no sabía qué le iba a decir. Todo lo averiguado recientemente por Olivia era terrible, y más cuando esta última les explicó que no había forma de deshacerse de esa cosa y que la única solución posible era encontrar al dueño original de ese Escolta para devolvérselo, cosa que sonaba más difícil que encontrar un ángel para destruirlo. Alan fumaba un cigarrillo encontrado por casualidad en la calle, nunca había sido un buen fumador, ni siquiera en vida, pero a veces sentía que le ayudaba a pensar. En ese momento apareció Julieta, hacía mucho rato que buscaba a Alan recorriendo los lugares que frecuentaban. Se paró junto a Alan, este se veía derrotado, Gastón, un poco más lejos, no se veía mejor. Ella nunca antes había visto a Huerta, pero ya sabía de él y de lo sucedido de boca de Alan, sin embargo, se alegró de conocerlo, y de que alguna manera, estuvieran dejando el odio y el dolor de lado y dándole paso al perdón y a la reconciliación. La chica, al enterarse de todo se dio cuenta de que la información que traía ya era inútil y se sintió triste. Mientras Alan le contaba a Julieta lo que Olivia les había explicado sobre la muerte de Laura y el terrible Escolta que la perseguía, pasó por ahí Richard Cortez, el Chavo, quien miró a Alan extrañado, pues este parecía estar hablando solo e hizo un comentario para sí mismo un tanto sarcástico y sin dejar de caminar, como si aquello le hubiera parecido gracioso, sin embargo, Alan se quedó con la impresión de que aquel tipo no lo había borrado de su memoria al dejar de verlo. Julieta también tuvo la misma idea, y recordó que, en más de una oportunidad, desde que vivía en casa de Richard, ella lo había oído asegurar que a Laura la habían matado, como si él hubiese podido ver algo que nadie más vio. Lo había repetido muchas veces desde el primer momento. Eso le dejaba a Alan una idea en qué pensar, sabía por Manuel que el Chavo había estado presente en el accidente y si era cierto que Richard de algún modo tenía el don de ver a un materializado y no olvidarlo, entonces, era posible que hubiese visto al asesino de Laura y supiera quién lo hizo, tal vez pudiera entregarles alguna pista que seguir, alguna descripción o alguna seña a la que aferrarse. Aunque esa era solo una vaga esperanza.

Al llegar a la casa de Manuel se separaron, Alan debía quedarse a hablar con él y explicarle más o menos, la difícil situación en la que estaba su nieta, pero que a pesar de eso, seguiría buscando la manera de ayudarla. Por su parte, Julieta se fue acompañada de Gastón Huerta, pues quería hacer algo que no podía hacer sola, una idea que acariciaba desde hace un tiempo, algo que en su interior quería hacer por Lucas, el hijo del Chavo y la Macarena, a quien ella amaba sinceramente.

El padre José María aguardaba desde hacía rato en un paradero de buses cuando divisó que el hombre al que buscaba se acercaba caminando. Lo había ido a buscar a su casa, pero al no encontrarlo se había quedado esperando. Ya casi había perdido la esperanza de encontrarlo ese día “Qué tal Richard, ¿Cómo va todo?” El Chavo se detuvo sorprendido de encontrar al sacerdote ahí, pero en seguida lo saludó calurosamente, como quien se encuentra con un amigo de la infancia. Richard Cortez no era un hombre normal como parecía, era un muerto con demasiados años en este mundo, tantos que ya empezaba a preguntarse si algún día podría irse y si un muerto podía volver a morir. Luego de tantos años, su cuerpo espiritual ya se había adaptado completamente a la realidad terrenal, al menos en apariencia, pues ya nunca sería el hombre de carne y hueso que alguna vez fue, y lo peor, es que nadie en el mundo podía decirle qué le espera en adelante, cómo vivir una eternidad o cómo dejar este mundo algún día, cuando el paso del tiempo se hiciera insoportable. Los últimos diez años había formado una relación con una mujer y había tomado como propio al hijo de esta, aunque nunca le había dicho nada de su condición y su mujer tampoco lo sospechaba. Quién podría sospechar algo así. Sin embargo, sabía que algún día se lo tendría que decir, algún día su inmortalidad se haría evidente, algún día tendría que dejarla o ella lo dejaría a él. El cura, le planteó a Richard el motivo de su visita, la muerte de Laura no había sido un accidente y necesitaban saber quién lo había hecho. Tal vez él sabía algo o algo había oído. El Chavo se mostró incrédulo de esa preocupación tardía del sacerdote y no entendía qué había despertado su interés, “…Escúcheme Padre, Laura ya está muerta y no hay nada que hacer al respecto, sea como sea que haya sucedido, nada hará cambiar eso. Debería dejar el asunto en paz…” El cura se empujó los anteojos, “Dejar el asunto en paz significa abandonar a esa muchacha a su suerte frente a un Escolta que no le dará ninguna oportunidad” El Chavo no tenía ni idea de eso “¿Qué…? ¿Un Escolta…? ¿Cómo…? Eso no puede ser…” El padre se peinaba el bigote con nerviosismo, “Pues ni más ni menos. A Laura la mataron para endosarle esa cosa y que la persiguiera a ella, ¿Entiendes? No sé cómo lo hicieron, no sé qué clase de poder usaron pero lo lograron y ahora tal vez la única oportunidad de ayudar a esa muchacha sea encontrar al culpable y buscar la forma de revertirlo” El Chavo guardó silencio un rato, se veía consternado por la situación de Laura, él la conoció bien y aunque nunca fueron amigos, ella y su familia le caían bien. Tomó una bocanada de aire “No Padre. Yo le puedo decir quién lo hizo, pero dudo que eso le sirva de algo. Alguien más está detrás de todo.”



León Faras.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Autopsia. Segunda parte.

V.

Clarita despertó de golpe e inmediatamente remeció a Elena para que despertara también, “…Apúrate. Gracia dice que alguien viene.” Era muy temprano pero ya había amanecido. Elena se incorporó, algo estaba soñando pero lo olvidó de inmediato. Tardó un poco en asimilar la información y darse cuenta de que quien se acercaba, podía estar buscándola a ella, con lo que se puso de pie de un salto, miró a un lado y a otro sin saber si huir o esconderse. Clarita y su perro ya habían desaparecido. Se sintió atrapada por un segundo, no estaba preparada para afrontar su culpa, ni menos el vendaval condenatorio que le caería encima de parte de las monjas o del padre Benigno o de cualquier otro sacerdote. Ya se sentía lo suficientemente culpable, como para que encima, le pusieran a toda la corte celestial en su contra, cosa que le parecía injusto pero le daba un miedo terrible, pues sentía que la iglesia tenía ese poder. No alcanzó a hacer nada, inopinadamente apareció un hombre en la entrada, un anciano que la miraba como si ella fuera un fantasma, espantado. El viejo, se rascó la cabeza por debajo de su gorra “¡Oh por Dios! Creo que por fin puedo ver a tu hermana, aunque, imaginaba que era más pequeña…” A su lado apareció Clarita riendo suavemente, abrazada a una botella llena de leche “No seas bobo Tata, ella no es Gracia. Ella es…” La niña no recordó el nombre de Elena debido a que ésta no se lo había dicho aún. Gracia tampoco lo sabía y al parecer no le interesaba en absoluto “…es Alguien, necesitaba un lugar donde dormir…” y luego agregó con una sonrisa y en tono confidente “…se estaba comiendo las aceitunas directas desde el árbol” E hizo una graciosa mueca de estar probando algo de muy mal sabor. Elena se sintió como la única persona en el mundo que no sabía cómo se comían las dichosas aceitunas. Clarita continuó dirigiéndose a ésta “Él es Tata…” la niña tampoco conocía el verdadero nombre del viejo, Gracia sí lo sabía, pero tampoco le importaba demasiado. Luego Clarita agregó triunfante “¡Mira! es leche de cabra. Nos ha traído leche de cabra” y su hermana hizo un gesto sarcástico de falso júbilo que nuevamente hizo brotar la risa fácil de la pequeña.

“…El castigo brutal y el dolor de la carne que recibió y soportó por nosotros y nuestros pecados nuestro Señor Jesucristo, siendo Él el más inocente de los hombres, hasta el día de hoy no encuentra parangón alguno en sufrimiento recibido por cualquier otro mortal. Algunos santos han logrado acercarse pálidamente, soportando tormentos realmente espantosos en el santo nombre de Dios y de la Iglesia, como nuestro patrono, San Lorenzo mártir, pero el calvario de nuestro Señor sin duda hace palidecer cualquier muestra de sufrimiento humano…” El padre Benigno daba su sermón con la severidad y vehemencia de siempre, ante su enorme y habitual audiencia de temerosos fieles, que veían en el sacerdote, a un hombre con el poder de condenar sus almas ante el menor descarrilamiento de su conducta, inculcándoles un arrepentimiento inclemente, incluso en los inocuos pecados del pensamiento, que los obligaba a buscar el perdón y consuelo so pena de perderse para siempre del bendito amor de Dios “…Hombres de poca fe, quejumbrosos y débiles de espíritu. Se atribulan con sus pequeños problemas culpando al Padre santo de ellos, olvidándose por completo de que nada son comparados con la terrible corona de espinas incrustadas hasta el hueso en el cráneo. Con la pesada cruz que nuestro Señor fue obligado a cargar, aun teniendo su santo cuerpo cubierto de terribles y dolorosas laceraciones. Con los clavos que atravesaron su carne y rompieron los huesos de sus manos y sus pies. ¿Se olvidan acaso de la lanza que de manera brutal puso fin a su vida y…?” En ese momento interrumpió su sermón, pues se le hizo evidente el dolor de su herida que hasta ese momento había olvidado por completo. Tanto rato de pie y todo su efusivo y aparatoso aspaviento, le había recordado de pronto que la puñalada en su vientre aún era demasiado reciente. Se mantuvo imperturbable, pero se llevó la mano al costado del vientre para presionarse la herida e inmediatamente la sintió húmeda, se dio cuenta de su error y de que a su pesar, su odiosa ama de llaves, nuevamente tenía razón cuando le insistió en que no debía hacer misa, sino que era preferible que se disculpara y guardara reposo, pero ya estaba allí y no se arrepentiría de cumplir con su deber. Dominó el dolor e iba a continuar pero reparó en la cara de Jacinto, su joven y poco alumbrado sacristán, que lo miraba espantado, el cura tenía su mano manchada de sangre y su ropa también, eso le pareció una desagradable contrariedad y hasta se enojó un poco consigo mismo. No le quedaba de otra que dar por terminada la ceremonia cuando vio incrédulo y disgustado, como sus fieles uno a uno se ponían de pie espantados, se persignaban y luego caían al suelo de rodillas venerando al cura como un santo bendecido con una milagrosa herida en su costado, igual a la hecha por la lanza que mató a Cristo, “¿Pero qué creen que están haciendo?” dijo Benigno, más irritado que sorprendido. Se volteó hacia su sacristán pero no lo encontró, éste también estaba postrado en el suelo junto a él con la frente pegada al piso. Enojado y ya al límite de su paciencia, el sacerdote obligó al pobre Jacinto a pararse con tres puntapiés en las costillas y lo mandó a que despachara a toda esa gente a su casa y cerrara la iglesia antes de que él mismo los sacara a todos a patadas.

El doctor Cifuentes reía mientras limpiaba la herida del padre Benigno y escuchaba, de boca de éste, toda la extraña anécdota en la que había acabado su misa, luego de que se abriera su herida justo en medio de su sermón, cosa que para el sacerdote estaba lejos de ser gracioso, sino más bien irritante “La gente necesita creer que existen cosas superiores al ser humano Padre, que existen los milagros, que Dios los toma en cuenta y se manifiesta para ellos, eso los ayuda a creer…” “No lo crea así Doctor, el milagro y poder de Dios se manifiesta todos los días en todas las cosas, pero la gente tarde o temprano termina empeñada en venerar Becerros de Oro…” El médico desenrollaba una venda para ponérsela al cura. Entre ambos se estaba formando curiosamente, una relación de mutuo respeto muy diferente a la que tenía el sacerdote con el antiguo doctor, “No me lo tiene que decir a mí Padre, en mi corta carrera he presenciado verdaderos milagros que la ciencia no puede explicar por más que lo intente, pero la gente común sólo sabe de mitos y tradiciones, necesita de estos sucesos milagrosos, aunque sean falsos, para justificar su fe en medio de sus vidas llenas de precariedades y sufrimientos…” “Es precisamente en la precariedad y el sufrimiento en donde se pone a prueba la verdadera fortaleza de la fe y del amor a Dios, Doctor… Pero estas creencias idólatras e impías, no hacen más que alejar al hombre del verdadero camino, de la verdadera fe y mi obligación es evitar a toda costa que eso suceda.”El doctor Cifuentes se quedó mirándolo con gravedad, luego asintió con la cabeza y dijo sin asomo de sarcasmo “Estoy seguro de que nadie mejor que usted para eso, Padre…” luego de unos segundos de pausa, agregó “…Será mejor que esta vez sí guarde reposo o se le volverá a abrir ese corte…” Benigno comenzó a vestirse, “Eso no será posible, Doctor. Tengo que hacer un viaje ahora mismo, a un pueblo cercano” El cura debía visitar a la hija de Ismael Agüero, como había prometido. Cifuentes se empujó los anteojos hacia arriba y se peinó hacia un lado su flequillo rebelde, contrariado “Es que la herida no le va sanar así, Padre. Si hace un viaje, aunque sea breve, lo más probable es que vuelva a tener problemas con el sangrado” “No se preocupe doctor, usted me va a acompañar” El médico se quedó extrañado “¿Y eso…?” fue todo lo que atinó a preguntar…


Al salir a la calle el sacerdote acompañado del doctor, un hombre joven los detuvo mientras le estiraba la mano al cura para saludarlo, “El Padre Benigno Hopfen, supongo” El sacerdote lo miró de arriba abajo, muy pocas personas usaban su apellido y muchas menos lo pronunciaban correctamente, pero por más que lo observó, no logró reconocerlo “Sí, soy yo…” admitió éste, dándole un apretón fuerte pero breve, como acostumbraba. “Soy Ignacio Ballesteros. Estoy buscando a mi hermana, Elena Ballesteros, seguro la recuerda. Entiendo que usted conoce su paradero y me gustaría contactarla para encargarme de ella como su hermano mayor” Benigno se enderezó y lo miró suspicaz desde lo alto de su imponente figura, no sabía hasta qué punto estaba enterado aquel hombre de los últimos sucesos acontecidos, “Debo entender que usted está al tanto de lo sucedido entre su padre y su hermana, ¿No?” Ignacio se llevó una mano a la frente, “Por supuesto, Padre, y precisamente por eso es que me urge encontrar a Elena. Ella aún tiene familia que la ama y que se preocupa por ella” El rostro del sacerdote parecía esculpido en mármol, “Pues esa familia dejó pasar bastante tiempo antes de recordar que la amaba y que le preocupaba esa muchacha” Ignacio se sintió ofendido, “¿Cómo dice?” Benigno no se andaba con rodeos, “Luego de lo sucedido me vi obligado a enviarla al Convento de las Hermanas de la Resignación para que las monjas se encargaran de su sanación mental y sobre todo espiritual, pero las cosas no salieron lo bien que esperábamos” Ignacio miró a Cifuentes consternado, pero éste no entendía ni media palabra de lo que sucedía, “¿De qué está hablando Padre?; ¿Qué le pasó a mi hermana?” “Las Hermanas de la Resignación me enviaron hace poco un telegrama informándome que habían encontrado muy mal a Elena luego de que ésta se provocara un aborto…” Ignacio se cubrió la boca incrédulo “¿Un aborto?...” El sacerdote lo miró con ruda compasión “Creí que estaba al tanto de los hechos. Su hermana fue embarazada por su propio padre” Ignacio no podía creer lo que oía. Conocía los hechos pero no los detalles, “Dios mío… Imagino cómo debe estar… Necesito ir a verla lo antes posible, Padre. Le agradecería que me dijera dónde está ese convento…” Benigno miró al cielo y respiró hondo por la nariz, aún no le contaba todo, “Apenas recibí ese telegrama fui a verla, la encontré restablecida de salud pero era una muchacha muy diferente a la que era antes…” Ignacio oía atentamente, el sacerdote continuó, “…su fe y su fortaleza espiritual estaban gravemente resquebrajadas, culpando a Dios de todo lo sucedido y renegando de forma muy ofensiva de Él y de su santo nombre. Intenté hacerla entrar en razón, que ese era el peor error que podía cometer, pero, todo acabó en una fuerte discusión y ella salió huyendo… A pesar de esto, creo que lo más probable es que ya haya regresado al convento, no hay mucho adonde ir en los alrededores para una muchacha de su clase. Las Hermanas me enviarían un telegrama para ponerme al tanto pero aún no he recibido noticias” “Entiendo…” respondió Ignacio con la vista pegada en los ojos del sacerdote pero con la mente asimilando la situación “…Esperemos que esté en ese convento o de lo contrario es imprescindible encontrarla lo antes posible.” “Por supuesto.” Convino el cura quien aún sentía algo de culpa por las potenciales consecuencias de su arrebato de ira.

León Faras.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

V.

Más de cinco mil personas habitaban la ciudad vertical de los Salvajes, en ella, ya habían pasado cientos de generaciones que habían crecido y prosperado en paz, bajo sus propias leyes y creencias, sobreviviendo de la cacería, la recolección y una agricultura limitada pero aprovechada al máximo. Pero una ciudad que en un principio, había nacido solo como un refugio, un sitio al que fueron arrastrados, obligados a huir. El mundo estaba dividido en dos por el abismo, y aparte de aquellas criaturas dotadas de la capacidad de volar, muy pocos seres podían dar cuenta de lo que había más allá del gran agujero, entre estos los Salvajes. De los primeros que llegaron a habitar las cuevas en los barrancos del abismo, solo quedaban las historias pasadas de generación en generación, las ruinas de una enorme ciudad de piedra y los recuerdos de una batalla en la que habían resultado derrotados. Originalmente, los Salvajes habían construido una ciudad hermosa y colosal totalmente de roca labrada, todo estaba pavimentado, las escaleras eran de piedra, el agua circulaba limpia por los acueductos y las estructuras se sostenían en maravillosos pilares hábilmente tallados. Los hombres criaban animales, tenían fértiles tierras donde prosperaba la agricultura y lujosos festines para celebrar y agradecer a los dioses, todo esto gracias en parte a los Nobora, conocidos como los Hombres-Perro. Estos eran seres de baja estatura, velludos y musculosos, prácticamente incansables, su aspecto era como el de un perro humanizado tal como su inteligencia limitada. Sumamente pendencieros, constantemente tenían disputas entre sí, a menudo violentas y por las causas más variadas y absurdas, esto hacía difícil su auto organización, pero facilitó en buena medida su esclavización, debido a que un Nobora rara vez estaba de acuerdo en algo con otro, a menos que se tratara de la comida o la bebida, por lo tanto era muy improbable que alguna vez se revelaran, sin embargo, eso fue lo que sucedió. Un Hombre-Perro surgió para unificar a todos los Nobora, lo llamaban Ganta, era extrañamente alto para su raza y particularmente inteligente, por lo que consiguió el respeto y admiración necesarios para ser escuchado y obedecido por un grupo de incondicionales que rápidamente se fue multiplicando. Los innumerables clanes, dispersos por todos lados atendieron su llamado, y un día se reunieron para seguir a un solo hombre, algo que ni los más viejos recordaban haber visto antes. La tierra era tan extensa y los Nobora tan disgregados, que el número que se reunió fue totalmente inesperado, incluso para ellos mismos, nadie, nunca, en ninguna parte, había visto tantos Nobora reunidos en un solo lugar y ninguno de los presentes allí siquiera sospechaba que su raza fuera tan abundante. Ese día, los Hombres-Perro comieron, bebieron alcohol e infusiones mágicas y atendieron las palabras de su nuevo líder, Ganta, quien les dijo que aquellos hombres que los esclavizaban no eran dioses, que las tierras que esos hombres ocupaban, eran territorio de los Nobora, que cada uno de ellos había nacido para vivir libre en esas tierras, que debían atacar todos juntos y acabar con el enemigo, arrasar la ciudad que habían sido obligados a levantar y recuperar su territorio y su libertad.

Así fue como los Salvajes perdieron su ciudad y fueron empujados al abismo. Los Nobora atacaron de improviso y en un número totalmente insospechado. Previamente alcoholizados y narcotizados, llegaron como una oleada furiosa e incontrolable que corría en cuatro patas como animales. Los Salvajes se defendieron, pero los Hombres-Perro luchaban como enajenados incontrolables, totalmente inmunes al cansancio o al dolor, el cual solo parecía volverlos más violentos. El fuego que iluminaba la ciudad de los Salvajes, rápidamente se volvió en su contra, incendiándolo todo. Muchos de los habitantes de la ciudad resistieron hasta el final, pero conscientes de que ya estaban perdidos, solo para darles tiempo a un grupo que huía a refugiarse en las cuevas del abismo, estos fueron los únicos sobrevivientes, pues los Nobora los persiguieron, pero por muy furiosos y enloquecidos que estuvieran, seguían temiéndole a algo por sobre todas las cosas, a la altura.

De los participantes en esa batalla, ya no queda ninguno con vida, sin embargo, la tradición todavía sobrevive y ambas razas continúan siendo enemigos ancestrales, los Salvajes aun cazan en las tierras más allá del abismo, pero se cuidan de no adentrarse demasiado, mientras los Hombres-Perro se mantienen alejados del abismo, viviendo en tribus pequeñas que se disgregaron por todas partes. Los Salvajes poco recuerdan de sus tiempos como amos, mientras muchos de los Nobora ya hace rato que han olvidado que alguna vez, todos se unieron para seguir a un solo hombre a la batalla.


Dágaro despertaba, tenía la vista borrosa, la boca seca y le dolían las tripas. Estaba boca abajo sobre la tierra y se sentía muy agotado. No recordaba dónde estaba ni qué le había pasado y ver algunas siluetas a su alrededor de unos hombres pequeños lo confundían aun más. Intentó moverse pero su cuerpo se sentía terriblemente pesado, sin embargo, el solo intento hizo que los hombres pequeños se alejaran casi de un salto. Siguió tirado en el suelo. Al cabo de un rato, recordó que había tomado el cuerpo de un enano de rocas al que por azar le había llegado la piedra de reencarnación. Recordó el combate con la Bestia, a la que él mismo había liberado manipulando como títere a uno de los guardias apostado en el lugar, con la intención de tomar ese cuerpo enorme y poderoso y también recordó que durante la pelea, había logrado ser engullido por esa Bestia y que una vez dentro, él mismo se había desprendido la piedra de reencarnación y la había adherido a las entrañas de la Bestia. No podía verse a sí mismo, pero podía deducir que entonces había logrado su objetivo y se encontraba en el cuerpo del enorme animal peludo, eso explicaba el dolor de tripas y también el tamaño pequeño de los hombres a su rededor. Se sintió tranquilo, complacido y decidió que debía descansar hasta recuperar sus fuerzas, reuniría a sus guardias espectrales y derrocaría a su hermano de una vez y para siempre. En ese momento apareció Rávaro frente a él, el semi-demonio lo reconoció en seguida, traía en su mano algo como una esfera del tamaño de una naranja, aunque Dágaro podía sospechar que no se trataba de una naranja. Rávaro se le acercó, le sonrió, le habló y luego se volvió a poner a prudente distancia para activar el “Quebranta espíritus” que le había instalado. El dolor fue tan intenso en su cerebro y espina dorsal que la Bestia se retorció en el suelo soltando un grito atronador, luego y súbitamente el dolor desapareció por completo y Dágaro se encontró jadeante y tendido esta vez boca arriba, asustado y con menos fuerzas que antes. Entonces Rávaro apareció nuevamente ante sus ojos, nuevamente sonreía complacido, le mostró la esfera en su mano y le dijo que desde ahora le obedecería en todo lo que le ordenara y que de ninguna manera volvería a rebelarse ni a atacar a sus soldados.

León Faras.

domingo, 4 de diciembre de 2016

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XIV.

Hilario Cruces miraba con rabia y frustración ese maldito pozo seco en el que una vez más había caído uno de sus animales. Las malas noticias nunca venían solas. Su hija Amelia estaba embarazada y no sólo de un Ibáñez, sino que del peor de ellos. Las tierras de los Ibáñez habían crecido enormemente en los últimos años, absorbiendo o haciendo desaparecer a sus vecinos más débiles o empobrecidos, pero Hilario se resistía, unos pocos animales y una pequeña chacra lo mantenían con vida, sin embargo, sus vecinos insistían en mantener ese maldito pozo seco ahí, que solo servía para que, de tanto en tanto, alguno de sus animales o sus crías, cruzaran el cerco, misteriosamente cortado en algún punto, y cayeran dentro malográndose, como si aquello fuera parte de su plan.

Rómulo Ibáñez tenía seis hijos, de los cuales uno ya estaba estudiando para ser cura, un tremendo orgullo y prestigio del que pocos podían presumir, tres hijas hermosas, el segundo, al cual bautizó Rómulo Segundo en desmedro de su primogénito y educó como su sucesor y heredero, y su hijo mayor, Román, un enano con fama de bueno para nada, borracho y pendenciero, como casi siempre es el que le sobra el dinero pero le falta todo lo demás, quien precisamente, e Hilario no se explicaba cómo, había embarazado a su hija. A penas Román se había enterado de esto, comunicó a su familia la noticia, la que fue recibida sin entusiasmo pero tampoco con demasiado rechazo. Su madre, Rosa Salamanca sí estaba contenta, aunque solo lo demostró sutilmente, acostumbrada con los años a no marcar demasiado contraste con el humor de su esposo, solo su hermano, Rómulo Segundo, compartió su enorme felicidad, se abrazaron y celebraron como nunca antes Román lo había hecho, con total mesura y educación, y trazaron planes de una vida nueva para el enano, en la que él estaba verdaderamente dispuesto a cambiar, a trabajar, a ser productivo, a dejar la bebida, a formar una familia de bien junto a esa mujer que lo había aceptado y querido y con la que estaba dispuesto a casarse como Dios manda. Sin embargo, los meses de ausencia de Amelia Cruces hacían crecer un mal presentimiento, al ser consultado, Hilario solo respondió que su hija había estado enferma pero que ya se recuperaba, le preguntaron por el embarazo de la muchacha, pero este solo respondió con burla que su hija nunca había estado embarazada, y que pensar aquello era una estupidez. Hilario no soportaba la idea de ver a su hija en la iglesia junto a ese monstruo deforme, las miradas de los vecinos, los comentarios, las risas, pero peor aún, tenía la certeza de que su nieto sería un monstruo igual a su padre, tampoco deseaba a los Ibáñez como parientes, tal como sabía que los Ibáñez no lo querían a él. Con el paso del tiempo, los rumores y sospechas se volvían menos alentadores, algunos afirmaban que la muchacha no estaba preñada sino que se había agarrado una de esas enfermedades raras en que la fiebre era tan intensa que los paños fríos se secaban en la frente como si los pusieran sobre una piedra bajo el sol, las habitaciones de los enfermos se caldeaban, y cualquiera podía contagiarse sin siquiera tocar o mirar directamente al enfermo. Otros, decían que sí estaba preñada, pero que la hija de Hilario, nunca había tenido madera de madre, que su consistencia delgaducha y enfermiza no soportaría lo que significaba un embarazo, condición heredada de su propia madre, quien todos recordaban como una mujer silenciosa y risueña que no alcanzó a soportar tres días luego de parir a su hija bajo un sauce, cuando el alumbramiento se le vino encima mientras lavaba la ropa en el riachuelo. Por otro lado, había quienes aseguraban, que habían visto a ciertas personas rondando la casa de los Cruces, y que lo más probable, era que la muchacha había sido obligada por su padre a hacerse un remedio para perder la criatura, y que de seguro, su prolongada desaparición, se debiera a las nefastas consecuencias de un procedimiento tan inseguro y peligroso como ese. Román estaba desesperado, no tardaría en volver a beber y a comportarse como un patán.

Hilario Cruces miraba con rabia y frustración ese maldito pozo seco en el que una vez más había caído uno de sus animales. El sol ya se ponía y estaba cansado luego de cabalgar todo el día de ida y vuelta hacia el pueblo, cuando se topó con los alambres cortados de su cerco, solo quiso echar un vistazo para confirmar lo que ya sospechaba, pues tenía prisa por volver a su casa, pero no lo hizo, Román estaba allí, aguardándolo pacientemente en compañía de una botella de coñac. La discusión fue acalorada, se insultaron mutuamente, Hilario sostenía el rebenque en la mano con el que azotaba a su animal, mientras el enano apretaba la botella vacía en la suya, la ira y el odio no tardaron en imponerse y la discusión concluyó de la peor manera. Román, quien no tenía posibilidades de luchar, descargó su rabia lanzando la botella vacía, pero la fortuna, buena o mala, quiso que impactara de lleno en la frente de Hilario, quien trastabilló adolorido y cayó dentro del pozo quedando inconsciente, entonces el enano rasguñó la tierra con sus propias manos hasta cubrir por completo el cuerpo del hombre caído dentro, mientras jadeaba incontables insultos y maldiciones, luego lloró, luego volvió a enfurecerse y a gritar amenazas e insultos hasta bien avanzada la noche, finalmente se durmió. Cuando despertó ya casi amanecía y decidió que era una buena idea visitar a Amelia. La encontró en su cama, en la pequeña y deteriorada casa de los Cruces, a su lado estaba Prudencia, la vieja hermana de Hilario, al otro lado, el sacerdote que el mismo Hilario había traído esa misma tarde desde el pueblo, pues su hija se lo había pedido insistentemente. En una esquina estaba sentada una mujer y junto a ella una chiquilla de pie, eran la partera y su hija que aguardaban allí, pues pronto deberían actuar. Román se acercó tímido, Amelia estaba dormida, sudada y evidentemente embarazada, el sacerdote a su lado rezaba inmutable, como si estuviera librando una ardua batalla espiritual por el alma de la muchacha y su criatura. Solo Prudencia Cruces le dirigió la palabra y solo fue un susurro corto y agrio, “A mi hermano no le va a gustar nada encontrarte aquí cuando regrese…” “¿Cómo está?” preguntó el enano con cara de idiota. Nadie le respondió, solo Dominga, la partera le informó después de un rato, “Tal vez si Hilario llega a tiempo con las medicinas que le encargué del pueblo, podamos hacer algo por ella…” Román se quedó allí, mirando a Amelia y deseando que Hilario volviera pronto con esas medicinas, hasta que de pronto recordó, como un hecho lejano o tal vez soñado, confuso, lo que había sucedido entre Hilario y él en el pozo y se asustó horriblemente, palideció tanto y de manera tan abrupta que Dominga se puso de pie para ayudarlo, pero el enano simplemente salió de la casa, horrorizado y echó a correr.

Cuando Román llegó al pozo, encontró a su hermano Rómulo Segundo montado a caballo y a cuatro de sus hombres que ya habían cubierto el pozo casi por completo. Hace ya varios días que habían tomado la decisión de dejar de tener conflictos con su vecino por ese agujero que no le servía a nadie y que solo traía problemas. Román Ibáñez se agarró la cabeza y cayó al suelo de rodillas espantado, los ojos se le llenaron de lágrimas y la desesperación se apoderó de él como si éfuera, el que estaba dentro del pozo. Tanto su hermano como los hombres que le acompañaron no comprendieron nada, se acercaron a él, lo tomaron, le preguntaron qué le sucedía, pero el enano no dijo nada, como si repentinamente hubiese perdido la cordura y se comportara de la forma más absurda sin razón alguna, pero para Román, la culpa en su interior era tan grande, el remordimiento tan doloroso y las consecuencias tan terribles que no se atrevía a confesarlas y no lo haría ante nadie, menos ante su hermano. Ese día y al igual que Hilario, Román desaparecería para siempre y sin dejar rastro ni explicación alguna, como si se los hubiese tragado la tierra, aunque en el caso de Hilario aquella frase adquiría tintes horrorosamente reales.

Fue entonces cuando Román conoció a Cornelio Morris, este se le apareció quién sabe de dónde cómo un amigo que sabía y comprendía inexplicablemente todos los detalles de lo sucedido, le ofreció alcohol y un alivio para su culpa. Él podía traer de vuelta a Hilario, Román le creyó, en parte porque necesitaba más que a nada esa redención y en parte porque aquel hombre tenía algo muy particular y muy poderoso en sus palabras, en su mirada, en todo lo que lo rodeaba, una convicción fuera de lo común que no dejaba dudas en lo que aseguraba. Aquella noche Román firmó el contrato alumbrado por una vela y aferrado a una botella de whisky, y Cornelio le presentó a Mustafá, un horroroso muñeco de aspecto arábigo encerrado en una caja de vidrio que aseguraba tener la capacidad de adivinar cualquier cosa. El cuerpo de Hilario no se podía recuperar así que ese sería su cuerpo de ahora en adelante, su alma estaría allí y el enano se había comprometido a darle vida hasta el final de sus días.


Nunca lo supo Román, pero la historia de la madre de Amelia se repitió con ella. Entre el cura, Prudencia y Dominga con su hija, solo lograron salvar a la criatura, una niña, pequeña y debilucha como su madre, a la que ninguno de los presentes supo cómo bautizar.


León Faras.